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SOCIALISMO, EL OPIO DEL PUEBLO.

 

Tengo amigos y conocidos que votaron al PSOE en las últimas elecciones municipales y autonómicas, y cuando les pregunto por qué lo hicieron, todos o casi todos me responden con la archirrepetida frase de “para que no gane el Partido Popular”… todos ellos me han confesado que lo hicieron tapándose la nariz. Y cuando les pregunto qué van a hacer el próximo domingo <veinte ene> su respuesta es muy semejante.

En el fondo, mis amigos y conocidos están hablando de que votan al PSOE por miedo.

Amedrentar al personal en tiempo de elecciones, sea con un peligro real, sea con uno imaginario, siempre ha sido útil; cuando algunos políticos recurren al miedo consiguen que la gente sacrifique su libertad, para conseguir una ilusión de seguridad, apelando al instinto de supervivencia frente a supuestos enemigos…

Desde que tengo uso de “razón política” siempre, he oído de forma reiterativa, hasta el hartazgo, hasta aburrir, un mensaje casi omnipresente, el de que “los ricos”, los empresarios, los capitalistas, son gente sospechosa (como poco) de haber hecho fortuna de manera poco ética… y que eso que llaman la “derecha” (que se supone que la integra la gente que apoya a los ricos y al sistema capitalista, que genera desigualdad, opresión, esclavitud… injusticia,…) es un grupo de personas absolutamente perverso, que la “derecha” es egoísta, malvada… el summun, lo máximo de todos los males, pretéritos, presentes y por venir… (En España este mensaje es cosa antigua, presente ya en la llamada Edad Media, hasta el extremo de que determinadas actividades estaban consideradas indignas, deshonestas… y reservadas a determinados grupos sociales en exclusiva, e impropias de buenos cristianos…)

También he oído que lo contrario de todo esto, vamos ¡los buenos! son la “izquierda”, los representantes, y defensores, de la gente pobre, los más desfavorecidos, la gente que lleva una vida mísera, indigna, de esclavitud… y que quienes forman parte de la “izquierda” velan por nuestro bien (frente a los perversos y anacrónicos derechistas, reaccionarios, conservadores…, como decía, los malvados…) y pretenden redimirnos de todos los males presentes y construir un mundo mejor.

Ni que decir tiene que, como la mayoría de los humanos somos gente de buena voluntad, y a poco que miremos a nuestro alrededor acabamos percatándonos de que hay personas que lo pasa mal, acabamos observando que hay pobreza, desigualdad, injusticia… e inevitablemente, pocos somos los que no nos dejamos tentar por “utopías bienintencionadas”, fórmulas mágicas que pretenden un cambio social profundo… que desean implantar el paraíso ahora… Es que quien tenga un poco de sensibilidad es casi imposible que no se conmueva cuando ve gente sufriendo, es difícil no sentirse concernido por el dolor y la miserias ajenos.

Decía el psicólogo Carl Rogers que por muy malvado que alguien parezca, siempre encontraremos un fondo de “humanidad”, de bondad en esa persona, y que, eso es al fin y al cabo lo que caracteriza a esa persona, y que todo lo demás son añadidos alienantes,… al fin y al cabo, lo de Rousseau, de que los humanos nacemos “buenos”, libres e iguales y que la sociedad nos sojuzga, nos malea y nos corrompe.

Por ello, los “progres” e izquierdistas diversos generalmente suelen ser “buena gente”, gente bien intencionada (claro que, como dice el refrán: el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones).

Hasta tal extremo hemos llegado en España que, poca gente se atreve a decir abiertamente que no es una persona “de izquierdas”… Poca gente se atreve a decir “Sí, yo soy de derechas”. Raro es el grupo político que no se hace llamar “progresista” y que no utiliza un lenguaje “progre”, llevado por el miedo –pánico- de ser tildado de reaccionario, facha,… inmoral al fin y al cabo.

No olvidemos que en España quienes ganan elecciones suelen ser los que menos antipatías despiertan en el electorado.

– Oiga, y ¿se puede saber por qué dice usted que es progresista y de “izquierdas?

-Hombre, esa pregunta ofende… Ser progresista, de izquierdas es lo más-más, lo más noble que se puede ser en este mundo-mundial…De todos modos, me alegra que me haga usted esa pregunta; pero es que esa es una cuestión difícil de explicar, ser progresista es… ¿Cómo le diría yo? Es un sentimiento, es que se lleva en los genes, es cosa de “pedigrí”… Mi abuelo era progresista, mi padre también, y yo (no podía ser de otro modo) pues también lo soy… Eso es como los “colores de un equipo de fútbol, se sienten o no se sienten…” Ser de izquierdas es una actitud personal, ética y política que consiste, en una apuesta radical por la libertad, la igualdad y la fraternidad… mientras haya capitalismo la igualdad, la libertad, la justicia y la fraternidad no son posibles, y significa que luchar por el socialismo es la manera más coherente de ser de izquierdas. De la lucha sistemática por abolir la explotación, el dominio y la desigualdad. Esto es, la lucha del ser humano por autogobernarse y decidir su futuro. La pregunta que debemos hacernos es ¿quién dirige la vida? ¿El mercado capitalista o la sociedad democrática? Para nosotros la clave es que la sociedad debe de autodirigirse, liberarse, y para eso tiene que domar al mercado y superar las relaciones de explotación actuales. Pero, si no lo hacemos en breve no habrá sociedad, porque el capitalismo está poniendo en peligro la vida humana en el planeta. Para luchar contra eso y hoy más que nunca, hay que ser de izquierdas.

El progre/izquierdista modelo sólo lee el periódico del grupo Prisa, y “Público”, escucha también en exclusiva la cadena Ser, y hasta hace bien poco se deleitaba viendo la televisión en la que actuaba el telepredicador Iñaqui Gabilondo…

Para el feligrés progre era una obligación no perderse ni uno de los sesudos análisis de la actualidad diaria, en los que pontificaba y hablaba ex cátedra el Sr. Iñaqui… Claro, que sí no todos, los progres en general tienden a orgasmear con la televisión zaparetista y sus zafiedades. Lo más sublime para un progre son los programas de la Sexta (y en especial el del tal Wyoming). Para un progre cualquier asunto que tenga que ver con la iglesia católica es un asunto casposo, anacrónico, despreciable. Y por el contrario, por aquello de la “alianza de civilizaciones zaparteril” todo lo que suene a musulmán, es digno del mayor de los “respetos” y aceptar todo lo que huela a Islam es una muestra de “tolerancia” (no se sabe bien, si detrás de esta pose de “talante” está aquello de “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, o se trata simple y llanamente de miedo) todo sea por el multiculturalismo y demás consignas progres.

Intentar conversar con un progre, sea cual sea el asunto que se aborde, es harto problemático; si uno es tan incauto de sacar a colación que en el norte de África, los únicos que pueden pasear por la playa con el torso desnudo sin ser apedreados, son los varones, y que las mujeres por el contrario se bañan vestidas en el mar y hasta en piscinas públicas, la contestación, será que así se bañaban nuestras bisabuelas (suelen tener un lapsus de memoria, y olvidan que de ello hace más de un siglo); si se comentan las bombas de Atocha, Nueva York o Londres, ya sabemos lo que nos espera: bombas tiran todos; de mencionar el millón de tutsis escabechados por los hutus en Ruanda, nos arrojarán encima las dos bombas atómicas lanzadas por Estados Unidos sobre el Japón; si se habla de los crímenes del marxismo (de los millones de muertos por la noble causa de la emancipación del proletariado, Estalin, Mao, etc.) responderán que peor lo hicieron los nazis; si hablamos de la piratería inglesa padecida por los barcos procedentes de América en otros tiempos, saldrá a relucir que el Imperio Español lo tenía bien merecido por haberle quitado el oro a los indios.

Pero lo más increíble es acabar comprobando lo enormemente reacios que son los progres a aceptar que la realidad puede tener varias caras; resulta chocante hasta que punto llegan a ignorar las desgracias, las injusticias, los abusos que no estén en su repertorio absolutamente maniqueo, no se olvide que para ellos sólo existe lo blanco y lo negro, o se está con ellos –se es de “los nuestros”- o se está contra ellos, para el progre no existen tonos grises… quienes no están con “nosotros” dicen memeces, son “fachas”, “peperos”, amigos, nostálgicos, o simpatizantes del régimen franquista… Quienes no compartan sus ideas son seres perversos, egoístas, profundamente inmorales, o poseen algún tipo de fobia…; les hablo, por supuesto de quienes proclaman la necesidad de potenciar, dar prioridad a “lo público”, la escuela pública, la sanidad pública… y llevan a sus hijos a colegios privados, y acuden a la sanidad privada. Son aquellos que ponen por locos a quienes se atreven a cuestionar el dogma de la izquierda oficial, acerca del “calentamiento global”, o la versión progre de la historia reciente de España , o la llamada “perspectiva de género”.

¡¡Curiosa panda la de los progres!!

Pero, aparte de estos “progres relativamente bienintencionados y aparentemente inofensivos”, están los “progres realmente peligrosos”, los dirigentes e integrantes de “la secta”, que se hace llamar izquierda, ese grupo de sinvergüenzas, cínicos, que ni tienen programa, ni principios, ni objetivos (bueno, sí, objetivo si tienen, CONSERVAR EL PODER A TODA COSTA…) y que proclaman que están al lado de los más desfavorecidos. Claro, que aunque suenen parecidas, una cosa es la Ética, y otra la Estética…

Esta secta de “paripé” es toda una especialista en posar, aparentar, mentir y demás. De eso andan bastante bien; pero de “Moral”, lo que se dice de “Moral”, entienden bien poquito.

Lo que sí hay que reconocerles, en honor a la verdad, es su enorme habilidad anestésica, su enorme capacidad de manipular a la gente corriente y de crear falsas expectativas…

Que se sepa, nunca ha habido ningún régimen populista/socialista que haya conseguido -o que de veras lo pretendiera- poner remedio a la injusticia, mejorar la vida de los más favorecidos, acabar con la pobreza (miseria tanto económica como cultural) Ningún sistema político “populista-progresista” ha promovido una verdadera educación, orientada a fomentar el pensamiento crítico, a erradicar las formas de pensar acientíficas, supersticiosas, las diversas formas de fanatismo.

Los programas políticos de gobiernos “socialistas” como los que hemos tenido en España desde la muerte del General Franco, nunca han tenido como objetivo lograr un desarrollo sólido y perdurable (“sostenible” lo

llaman ahora).

Realmente lo que menos les interesa son los derechos de las personas, les despreocupan los intereses de la gente corriente, y por supuesto les importa un bledo la salud de las instituciones “democráticas”, la participación ciudadana, y toda la retahíla con la que adornan sus discursos vacíos…

Muy al contrario, procuran crear más y más situaciones de dependencia asistencial, fomentando el clientelismo-servilismo, “estómagos agradecidos”, servidumbres más o menos voluntarias, todas las formas posibles de subsidios, y adoctrinan a la población inculcándoles “valores” cargados de resentimiento, de revanchismo, o como poco de perplejidad y confusión…

Se trata de conseguir lealtades a ultranza, asegurarse la adhesión inquebrantable de la mayoría de la población, eso sí, mayorías “secularmente oprimidas, maltratadas y con enormes carencias”. Las diversas formas de socialismo autoritario (aunque posiblemente todos los socialismos lo son) así como los diversos fascismos, recurren a estrategias semejantes: se inventan un enemigo exterior, se inventan un enemigo interno y un enemigo en el pasado reciente. Por supuesto, para “echar balones fuera” la responsabilidad siempre es de otros, de la etapa política anterior, la “deuda histórica” lo llaman. De ese modo podrán seguir medrando, expoliando y malversando por mucho tiempo y con total impunidad…

En España contamos con referencias para dar y tomar: La causa principal de todos los males es “la derecha casposa, egoísta y reaccionaria, contraria a cualquier forma de progreso”, también el franquismo, y otro recurso muy eficaz es el “caciquismo secular”. Y ya en tiempos más recientes, el gobierno de José María Aznar (enemigos “pretéritos”) Por descontado las etapas en las que gobernó el PSOE en España, con Felipe González, nunca existieron (¿Se acuerda alguien a estas alturas de Filesa, los GAL, “Mister X”, los “fondos reservados”…?)

De la actual situación que padece España el partido gobernante –según parece- no tiene ninguna culpa, y a Felipe González y Rodríguez Zapatero, y sus diversos gobiernos, ni nombrarlos. La versión del régimen es tan chocante, tan zafia, tan esperpéntica que ni a Valle Inclán se le hubiera ocurrido. Es un guión perfecto para una película de Pedro Almodóvar… Los actuales gobernantes formaban parte del mismo partido político, aplaudían a rabiar todas las ocurrencias del “jefe”, todas sus decisiones, participaron en todas sus campañas en las que fue elegido y reelegido, le rindieron pleitesía,…

En los regímenes como el de José Luis Rodríguez Zapatero, los presupuestos siempre son manipulados con arbitrariedad. Los controles son silenciados o ninguneados. La forma de gobierno socialista-populista identifica fondos del Estado con fondos del gobierno o -peor aún- fondos de quien tiene la vara de mando. Los usa a discreción para someter a opositores, comprar voluntades y hacerse auto bombo (ni en tiempos de crisis, ¿Qué crisis?). Para los regímenes populistas no hay limitaciones ni medidas fiscalizadoras o que fomenten la mínima transparencia en la gestión de la cosa pública, solo se admiten “observatorios inoperantes y laudatorios”, nada de instituciones independientes, llámense comisiones de investigación, tribunales de cuentas, defensores del pueblo, o cuestiones semejantes.

En un régimen populista-progresista no pueden faltar las alianzas con la “burguesía amiga” o los “empresarios patrióticos”, es decir, aquellos que prefieren sobornar a funcionarios, pagar “el impuesto revolucionario” para obtener privilegios, a producir de forma realmente competitiva.

También es característico de este tipo de régimen político su absoluto desprecio hacia el orden legal. Igual que en las monarquías absolutistas y a la manera de los caudillos “dueños de vidas y haciendas de sus súbditos”, la ley es apenas un traje que se ajusta a gusto y medida.

Todo lo anterior está aderezado con una buena dosis de buenismo, de pensamiento Alicia. La constante propaganda de que se está avanzando hacia un futuro maravilloso, de dicha, de felicidad, de equidad nunca vistos. Lo mismo que un ilusionista, que crea un escenario impresionante, que sólo es perceptible desde un determinado ángulo, y siempre y cuando todos los intentos de un estudio crítico sean abortados.

Es un espejismo que se publicita de manera machacona, hasta la saciedad (con mucha eficacia, todo hay que decirlo) lo mismo se divulga el echarles la culpa a los otros y a la herencia del régimen anterior y a sus cachorros, para tapar y camuflar la ineficacia de su gestión, sus fracasos, su actuar chapucero, y ocultar los síntomas de deterioro.

Repetir que se han logrado resultados notables desde que ellos gobiernan, y que nos espera un futuro aún mejor, no deja de confundir, “convencer” y tener realmente un efecto anestésico en los ciudadanos; o como poco siembra la resignación, la aceptación de la mediocridad imperante como algo soportable.

Los regímenes democráticos (no populistas) propiamente dichos no participan de la ristra de corrupciones mencionadas a lo largo de este escrito. No practican el personalismo narcotizante, anestésico, no manipulan los medios de comunicación, no usan de forma arbitraria el presupuesto, no alientan el odio, no desprecian la legalidad vigente, no boicotean la seguridad jurídica, no temen la alternancia, no descalifican de forma ruin y zafia a la oposición; no espantan las inversiones sino que las reciben con los brazos abiertos, se abren al comercio exterior y no distorsionan las estadísticas para engañar a la ciudadanía y hasta cuidan las formas (pero no con el “talante” cargado de un profundo cinismo)

Los regímenes democráticos -no populistas-poseen un mayor nivel de bienestar y de crecimiento, son previsibles e infunden más confianza.

Por eso nos vamos quedando en el vagón de cola, en el “trasero del mundo”, pese a las enormes potencialidades que seguimos manteniendo inactivas por responsabilidad del modelo populista-progresista que hipnotiza, esclaviza y embrutece.

La persona más peligrosa para determinados gobiernos es aquella capaz de pensar cosas por si misma, sin importarle supersticiones ni tabúes. El mayor de los temores de ciertos gobernantes es que este tipo de persona llegue a la conclusión de que el gobierno bajo el que vive es deshonesto, demente e intolerable…

Carlos Aurelio Caldito Aunión.

 

 

ACERCA DE UNO DE LOS DOGMAS/TABÚ MÁS IMPORTANTES DE LA IZQUIERDA: «LA DISCRIMINACIÓN POSITIVA».

 

Leire Pajín, peligrosa "progre" feminazi. Desgraciadamente, Ministra de Sanidad de España

Lo que la progresía llama discriminación positiva no es otra cosa que la manera “postmoderna” de imponer las políticas igualitarias que defiende el socialismo.

Como cualquier otra acción que se emprenda con el objetivo de conseguir  “igualar” a los miembros (y “miembras”, je,je,je) de un grupo social concreto, la denominada “discriminación positiva” es intrínsecamente coactiva, y por tanto un ataque a la libertad individual; pero, no podemos olvidar lo más importante –por ser especialmente grave- es también un absoluto menosprecio a las capacidades de los seres humanos, de sus riquezas, es ignorar la tendencia natural de los humanos a la diversidad, frente a la uniformidad… Uniformidad que inevitablemente es sinónimo de mediocridad, precarización, empobrecimiento.

Calificar de «positivo” lo que cualquier diccionario define como negativo, tiene como fin evitar el rechazo de las personas “educadas”, aparte de darle un barniz de ética al asunto. Aunque sus partidarios no oculten que aunque “positiva” sigue siendo “discriminación” (en español lo correcto sería denominarlo “trato preferente, o trato de favor”) su intención no es otra que la de convencernos de que “el fin justifica los medios”, pues se trata de saldar una deuda con gente desfavorecida, maltratada, discriminada, y de que… para tan noble causa es legítimo incluso perjudicar a otros individuos.

La razón principal que esgrime gente tan bienintencionada, filantrópica, los partidarios de la discriminación positiva, es que la Sociedad tiene pendiente de saldar una “deuda histórica” con las personas pertenecientes a determinados grupos sociales debido a que, en algún momento de la Historia sus ancestros fueron discriminados, sojuzgados, esclavizados, violentados, privados de sus derechos… Y como consecuencia de tal “discriminación negativa” sus actuales descendientes son merecedores del derecho a ser compensados, a resarcirse del daño que se le causó a sus antepasados, mediante la reserva en la actualidad de cupos, cuotas, en las prestaciones y servicios que el Estado “del bienestar” proporciona a los ciudadanos, ya sea en la educación, en la sanidad, en la administración de justicia, en el acceso al mercado laboral o cualquier otro ámbito.

Obviamente será el gobierno el que decida (teniendo en cuenta siempre la posible rentabilidad electoral de la “acción positiva”, que es otro eufemismo usado para enmascarar el trato de favor a determinadas minorías…) qué sector de la población es digno de recibir tales beneficios. Las políticas de discriminación positiva (affirmative action) no es que no hayan tenido el efecto esperado por sus defensores, y no hayan solucionado los problemas que pretendían resolver, sino que, en la mayoría de los casos, han perjudicado a sus destinatarios. En este sentido, merece la pena leer las reflexiones que hace Thomas Sowell en su muy interesante libro La discriminación positiva en el mundo. Thomas Sowell, un liberal de raza negra, analiza lo que apenas nadie se atreve ni a nombrar –por la dictadura asfixiante de lo políticamente correcto- y por supuesto argumenta con estadísticas y  enésimos ejemplos.

Las políticas de discriminación positiva se fundamentan en una mezcla de mala conciencia, por las tropelías cometidas por nuestros ancestros; la corrección política, que los medios de información y demás trovadores divulgan de manera machacona, hasta abrurrir; y una intención clara de ingeniería social, de “rediseño social”. Los partidarios de políticas de discriminación positiva, en su afán totalitario e intervencionista, quieren destruir la actual sociedad y construir una nueva a la medida de su “utopía bienintencionada”, porque lo último que desean es que los seres humanos, libres, elijan actuar por sí mismos.

Estamos hablando de puro paternalismo: estamos hablando de gente totalitaria, que se caracteriza por su desconfianza en el libre actuar de las demás personas, considerándolas poco menos que estúpidas e incapaces, y están plenamente convencidos de que deben ser guiadas y dirigidas; en la idea de que «no se las puede dejar solas» (ésta es una idea que comparten las dictaduras diversas) que se las debe «proteger» y «ayudar» en todo (incluso en contra de su voluntad) con mil leyes que les digan qué comer y qué no comer, cómo y con qué se han de drogar-estimular, cómo se ha de hablar (imponiendo un lenguaje «socialmente correcto») cómo y cuánto trabajar o cómo emprender, cómo hacer el amor, cómo educar a los hijos, qué estudiar, las enfermedades que deben tener, e incluso cómo se ha de «ligar», «coquetear», etc. esta gente totalitaria, erigida en nuevos gestores de la moral colectiva, arrogándose una sapiencia fuera de lo común, piensan que, la sociedad no sabe organizarse por sí misma, y necesita de sus directrices.

El problema de la soberbia y la arrogancia intervencionista es que siempre, de manera inevitable, tiene que acabar haciendo frente a la dura y tozuda realidad. Las leyes se  aprueban con la intención de aplicarlas a “sociedades en abstracto” (distorsiones resultado de filtrar la realidad a través de determinadas ideologías), pero acaban afectando a los individuos que las componen. Así, por ejemplo, quienes aprobaron la denominada “paridad”, como la mejor manera de aumentar el número de miembros de un determinado sexo en ámbitos de poder, o trabajos en los que tradicionalmente las mujeres son minoría,  acabarán llegando a la conclusión de que algunos (no pocos) varones mejor preparados que algunas mujeres, acaben quedándose sin plaza… Esos hombres/varones no participarán de la llamada ideología patriarcalista, ni serán culpables de lo que supuestamente hicieron sus tatarabuelos; pero, sin embargo, van a pagar los platos rotos. En resumen: quienes promueven políticas de discriminación positiva pretenden poner solución a injusticias pretéritas, mediante injusticias presentes…

Pero aún hay más: los supuestos beneficiarios son en última instancia los más perjudicados, y eso por no hablar de los graves disturbios que suelen provocar estas medidas de discriminación institucional, que en muchos lugares del planeta se han cobrado miles de víctimas (en España, sin ir más lejos, la aplicación de la denominada “Ley Integral contra la Violencia de Género”, plasmación de la “discriminación positiva” en ámbito judicial, con el noble pretexto de “proteger a las mujeres”, ha traído como consecuencia la detención y el procesamiento indiscriminados de cientos de miles de hombres –más de un millón tras un lustro de su puesta en vigor- ocasionando más y mayores problemas que los que supuestamente se pretendían solucionar… y, ni que decir tiene que las supuestas beneficiarias de tales medidas de discriminación positiva, siguen estando en situación tan o más vulnerable que en la que se encontraban antes de la aprobación de tan perversa ley…)

Las políticas de discriminación positiva no provocan otra cosa, generalmente, que un enorme resentimiento social. Cuando el poder político promueve medidas de discriminación positiva (lo cual hace por puro electoralismo, favoreciendo a un grupo social fácilmente identificable para conseguir el apoyo de sus miembros en futuras citas electorales) acaba corrompiendo moralmente a la sociedad, pues se acaba propagando la idea de que es legítimo reivindicar la compensación de un determinado agravio pretérito, en lugar de preocuparse de labrar su futuro confiando en sus posibilidades, en igualdad de oportunidades con el resto de sus semejantes.

Es innegable que han sido muchas las minorías a las que se ha privado del acceso a la igualdad de oportunidades, unas veces por prejuicios racistas, otras ideológicos, o por motivos religiosos; pero la solución no pasa por rebajar la nota mínima de acceso a la universidad, o engordando las calificaciones de determinados estudiantes, o creando tribunales especiales para juzgar a los hombres –varones- de manera exclusiva, o castigándolos con penas más severas cuando incurren en los mismo “ilícitos penales” que las mujeres, o privándolos del derecho constitucional a la presunción de inocencia. De estas y otras maneras sólo se consigue perjudicar a buena parte de los miembros de las minorías que se pretende proteger, y se fomenta un sentimiento de discriminación entre quienes se han visto tratados injustamente…

Dar trato de favor, beneficiar a los miembros de un grupo social, sea por su color de piel, sea por su sexo, sea por la circunstancia personal que fuere, significa que no se confía en que los integrantes de ese grupo sean capaces de progresar por sí mismos, si se les da las mismas oportunidades que al resto de la población.

Al igual que el racismo no se combate con racismo, la misoginia no se combate con misandria. Resulta especialmente llamativo que no haya generalmente ningún político que acepte debatir sobre los efectos perjudiciales de la perversa discriminación positiva; si hablan de ello, lo hacen para proclamar la necesidad de aumentar las medidas de discriminación, con el objetivo de solucionar un problema que las medidas de discriminación positiva no han hecho más que agravar.

Y, no se olvide una cosa: Los males ocasionados por las generaciones que nos precedieron en siglos pasados, hágase lo que se haga seguirán siendo males, da igual lo que se haga en el tiempo presente…

AUTOR: Carlos Aurelio Caldito Aunión.

RECIBIDO POR MAIL: » EL DERECHO A IRSE «.

 

CON ALGUNAS MATIZACIONES, ES DECIR, NO DE ACUERDO EN UN 100 % PERO, A GROSSO MODO, SI, ESTO ES ASÍ Y ESTOY DE ACUERDO.

Mas clarito agua, quien venga aquí sepa que esto es España (catalunya, galicia, extremadura, valencia, aragón ….) y así queremos que sigaaaaa, ni más ni menos.

 Yo sí estoy de acuerdo. 

Asunto: EL DERECHO DE IRSE
¡ya está bien!

«SON LOS INMIGRANTES, NO LOS ESPAÑOLES, LOS QUE DEBEN ADAPTARSE. O lo toman o lo dejan. Estamos hartos de que esta nación tenga que preocuparse si estamos ofendiendo a otras culturas o a otros individuos. Desde el inicio de la crisis económica en nuestro país, estamos experimentando un incremento del patriotismo en la mayoría de los Españoles.»


«Nuestra cultura se ha ido desarrollando durante varios siglos de luchas, tribulaciones y victorias por parte de millones de hombres y mujeres que buscaban libertad»

«Hablamos principalmente ESPAÑOL,( CASTELLANO,EUSKERA, GALEGO I CATALÁN), no Libanés, Árabe, Chino, Ingles, Japonés, Ruso o cualquier otro idioma. De modo que si Usted quiere formar parte de nuestra sociedad, aprenda idiomas ESPAÑOLES.«

«La mayoría de los Españoles creen en Dios. Esto no es una posición Cristiana, política o de la extrema derecha. Esto es un hecho, porque hombres y mujeres cristianos, de principios cristianos, fundaron esta nación. Esto es históricamente comprobable. Y es ciertamente apropiado que esto aparezca en las paredes de nuestras escuelas. Si Dios le ofende a Usted, sugiero que considere vivir en otra parte del mundo, porque Dios es parte de nuestra cultura.»

«Aceptamos sus creencias y sin preguntar por qué. Todo lo que pedimos es que Usted acepte las nuestras, y viva en armonía y disfrute en paz con nosotros.»

«Éste es NUESTRO PAÍS, NUESTRA PATRIA y  ESTAS SON NUESTRAS COSTUMBRES Y ESTILO DE VIDA y PERMITIREMOS QUE DISFRUTEN DE LO NUESTRO pero cuando dejen de quejarse, de lloriquear y de protestar contra nuestra Bandera, Nuestra lengua, nuestro compromiso nacionalista, Nuestras Creencias Cristianas o Nuestro modo de Vida, le animamos a que aproveche otra de nuestras grandes libertades Españolas, «EL DERECHO DE IRSE.»

«Si Usted no está contento aquí, entonces VÁYASE. Nosotros no le obligamos a venir aquí. Usted pidió emigrar aquí. Así que ya es hora de que acepten el país que les acogió y les está ayudando, (muchas veces más que a los propios ESPAÑOLES).

Quizás si enviamos esto entre nosotros mismos, encontraremos la valentía para empezar a decir las mismas verdades.

Si Usted está de acuerdo, re-envie esto a tantas personas como le sea posible.

SOCIALISTAS

 

LIBERALISMO Y DEMOCRACIA

 

Quiero decir, ante todo, que no me guía ninguna intención política en las reflexiones que expongo a continuación. Al menos no en el sentido práctico. Primero, porque carente de cualquier ambición, inclinación o vocación de cargo público, no tengo sardina que arrimar a ningún ascua y segundo, porque mi interés por la política es puramente teórico, sin que me preocupe otra cosa que vivir en paz con todo el mundo. Y esa paz que a todos nos preocupa y que a todos nos complace, no se logra por otro camino que por el de la educación y la cultura, y la cultura política es, en general, bastante deficiente en nuestra sociedad, en la que, sin embargo, todo el mundo habla de política y dogmatiza sobre el asunto público con una evidente carencia de conocimientos, lo que añade la confusión a la ignorancia.

Es curioso percibir cómo nadie se atreve a hablar de medicina o de matemáticas sin los conocimientos teóricos y especializados siempre necesarios para emitir opiniones sensatas; sin embargo, cualquiera se lanza a pontificar sobre materias tan abstractas como el derecho, la filosofía, la política o la religión, e incluso sobre lingüística, y más aún ahora que hemos hecho de la lengua una bandería política y, por ello, las opiniones que se emiten al respecto de estas cuestiones, no solamente en tertulias informales sino incluso en los mass media y por gentes, a veces de cierto pretendido nivel cultural, suelen ser bastante pintorescas, cuando no absolutamente erráticas.

Por eso, ahora que no se nos cae de los labios la palabra democracia, la cual hemos sacralizado, haciendo de esta forma política el compendio de todas las excelencias y felicidades, hemos dado en olvidarnos del liberalismo y de lo que el mismo significa en el desarrollo político de la propia democracia, tal como hoy debe ser entendida. Si pretendemos que esta comporte las cotas de libertad y de desarrollo de la convivencia tal como ansiamos cuantos hemos asumido el principio de un hombre, un voto, parece oportuno que hagamos una somera reflexión sobre ambos conceptos a fin de que la libertad no se vea aherrojada y sometida incondicionalmente al criterio de una mayoría, por muy democrática que esta sea, como lo está en los regímenes totalitarios, a la voluntad de un tirano.

Digamos, ante todo, que liberalismo y democracia no son términos equivalentes, sino más bien contradictorios, aunque esta afirmación pueda causar asombro a la mayor parte de quienes lean esta líneas. Sin embargo el concepto de libertad, de donde procede directamente el de liberalismo, casa muy mal con las diversas formas de ejercicio del poder político, ya sean democráticas o autoritarias porque todas ellas, necesariamente, tienden a limitar la autonomía del individuo.

Democracia y liberalismo son dos respuestas a dos cuestiones de derecho político que difieren profundamente entre sí. La primera, democracia, responde al planteamiento de “quién debe ejercer el poder”; y la segunda, liberalismo, al de “qué limitaciones debe tener el poder político, ejérzalo quien lo ejerza”. En otras palabras: la democracia no justifica el uso arbitrario del poder político, por mucho que el sufragio universal se erija mediante las elecciones en decisor del titular de dicho poder, porque una cosa es la titularidad del mismo y otra muy distinta la legitimidad de sus decisiones de gobierno, sobre todo cuando en las cámaras exista una mayoría, ya absoluta, ya pactada, que mediante la disciplina de partido prostituya la decisión y el voto en conciencia de los representantes del pueblo.

Es, por tanto, el liberalismo el principio soberano que proclama que el poder no puede ser absoluto porque las personas tienen derechos anteriores y previos a toda injerencia del Estado. Esta concepción personalista de la política es, sin duda, anterior y superior al propio concepto de democracia. Así lo comprendieron los fundadores de los Estados Unidos, los cuales son la democracia más antigua de las hoy existentes. Washington, Madison, Franklin, etc., en su lucha por la libertad, huían precisamente del propio concepto de democracia, porque lo consideraban tiránico. Para establecer el naciente Estado americano sobre una base más firme y más libre, preferían una concepción distinta y seguramente menos precisa, pero más a su estilo: la de república federal (Madison, J. El federalista. Whorth.& Mauer, Boston, 1878, pag. 12).

Para ellos el concepto de república (res publica, es decir: cosa pública) enmarcaba mejor sus anhelos de libertad y de independencia.
El poder público, como dice Ortega, tiende siempre y dondequiera a no reconocer límite alguno. Es indiferente que se halle en una sola mano o en la de todos. Sería por lo tanto un error de bulto, una ingenuidad absoluta, creer que a fuerza de democracia podemos esquivar el absolutismo; todo lo contrario: no hay tiranía más feroz ni autocracia más salvaje que la difusa e irresponsable del pueblo (Ortega y Gasset, J. El espectador. Sánchez y Leal, Madrid, 1950, pag. 594).

Por eso quien es verdaderamente liberal mira con desconfianza y con plausible recelo los fervores democráticos que tienden a diluir las libertades personales. Así sucede, por ejemplo, con el tradicional desprecio que desde las instancias democráticas más interventoras se tiene por la propiedad privada, que se persigue demagógicamente mediante un nivel excesivo de impuestos que sirven literalmente para comprar el voto de ciertas capas sociales, las cuales buscan en la subvención y en el subsidio (necesarios en prudente medida) lo que debe de ser conseguido mediante el esfuerzo, el mérito y la igualdad de oportunidades.

Así pues, frente al poder omnímodo del Estado burocrático y pretendidamente benefactor, que usa y abusa de su legitimidad democrática, el principio liberal significa la exaltación del derecho privado, aspira a la consecución, en definitiva, de un espacio de privacidad, un privilegio, en el que la persona se libere, en la posible proporción, del abuso intervencionista al que la soberanía tiende siempre en el ejercicio del poder.

Por lo tanto el concepto de democracia es en sí mismo poco estimable políticamente si no va indisolublemente unido al de liberalismo. No reconoceremos, pues, otra democracia que la democracia liberal, aunque sabemos de antemano que ambos términos son difícilmente maridables. Sin embargo, pese a su imposible fusión, existen múltiples maneras de que se solapen y complementen. Rafael del Águila ha descrito esta opción con el original nombre de “El Centauro transmoderno” (Vallespín, F. Teoría de la política, vol. 6. Alianza, Madrid, 1995, pag. 628.), tomando el mito del animal mitad hombre mitad caballo, en el que cada parte representa tendencias contradictorias, pero de las que puede surgir una resultante que satisfaga las también contradictorias tendencias del problema político. Este problema no es sino el de la convivencia humana, ya que el hombre, como fue considerado por Aristóteles, no es otra cosa que un animal político y quiéralo o no, solamente pude vivir en la “polis”, es decir, en la sociedad, que es en realidad una creación política, sin la que la vida humana no es comprensible, ya sea como actor protagonista o como comparsa. En esta, pues, difícil simbiosis transgénica de liberalismo y democracia, los teóricos y los estudiosos de los sistemas políticos, desde Hume o Montesquieu hasta otros de nuestros días, han ideado soluciones y herramientas para que la tiranía no tenga asiento en el sistema democrático.

No es ajeno al tinglado político el hecho religioso o, si se quiere, el sistema de creencias. No puede haber vida social sin dicho sistema, la agnosis, la apatía, el escepticismo, la irreligiosidad, en suma, son malos compañeros de viaje para la convivencia humana y, por lo tanto, para la propia democracia. Grecia y Roma, maestras en la construcción de andamiajes políticos, así lo comprendieron, y consecuentemente estimularon por todos los medios el culto público y la pietas y ello no es cuestión baladí. Alexis de Tocqueville, que tuvo la perspicacia de estudiar la democracia americana, cuando dicho sistema aún no había fructificado adecuadamente en Europa, dice textualmente: «Uno de mis sueños al entrar en la vida política, era trabajar por conciliar el espíritu liberal y el espíritu religioso, la sociedad nueva y la Iglesia» (Tocqueville, A. La democracia en América. Aguilar, Madrid, 1972, pag. 255).

Este sueño que Tocqueville comentaba así a un amigo en 1843, se había alimentado y fortificado ante el espectáculo que el autor había observado en los Estados Unidos, donde, el espíritu político y el religioso marchaban perfectamente coordinados, justo al revés de lo que sucedía en la Europa de aquel entonces. Religión y libertad habían presidido concertadamente la formación de la Nueva Inglaterra por los puritanos, quienes habían llevado al Nuevo Mundo su cristianismo “republicano y democrático”. Sería sumamente largo a los propósitos de este artículo entrar en consideraciones históricas al respecto del hecho religioso, sobre todo del cristianismo; pero, por lo mismo que un liberal no puede por menos de respetar profundamente las creencias íntimas e individuales de todo el mundo, tampoco puede dejar de sentirse responsable ante sí mismo de un sentimiento religioso, sea de la confesión o estilo que sea, o aún de elaboración estrictamente personal. Ello no implica ni beatería ni sumisión al dogma, sino un sentimiento de que la vida humana tiene un sentido trascendente, de que el hombre, como decía Unamuno, es “un conato de eternidad”. Pero el profundo desprecio que cierta parte de la sociedad, la más proclive al intervencionismo y al recorte de las libertades individuales, siente por la religión, no aporta nada a la convivencia, es decir, aporta algo profundamente negativo: la ignorancia de nuestra historia y de la formulación de la idea de Europa tal como se ha desarrollado.

En resumen: la Democracia Liberal es el logro más importante y genial que el hombre moderno ha sido capaz de realizar. Es una aventura que ha durado dos centurias y que de consolidarse puede durar indefinidamente. Markoff ha preconizado que la marea democrática es imparable, pero nosotros añadimos que si no va firmemente unida al espíritu del liberalismo, no se habrá progresado en política absolutamente nada.

Los principios sobre los que se basa, pues, el Estado liberal-democrático, y a los que implícitamente ya nos hemos referido a lo largo de las líneas que anteceden, son los siguientes:

– Individualismo.
– Nomocracia (predominio o soberanía de la Ley sobre la arbitrariedad).
– Equilibrio de poderes (separación de legislativo, ejecutivo y judicial).
– Democracia (en el sentido de elecciones libres y periódicas, fijando de antemano su periodicidad).
– Sistema representativo-voluntarista (con libertad absoluta de voto, sin sujeción a líneas de partido ni a mandatos imperativos enmascarados)

La tabla de declaración de los derechos fundamentales como anteriores al Estado, sagrados e inalienables, suprema barrera de todas las actividades del poder; la vinculación de la soberanía a la voluntad popular, pero concretada en la norma o ley fundamental como superior a los poderes del Estado, los cuales distribuyen sus funciones en órganos iguales y distintos, para que mutuamente se limiten y, haciendo imposible la arbitrariedad, hagan efectiva la libertad; la creación de toda instancia imperativa, de toda norma o poder, por la propia voluntad de los ciudadanos; son las ideas que expresan, en síntesis, el contenido de estos principios cuya realización constituye la sustancia de la verdadera democracia liberal (Markoff, J. Olas de democracia. Technos, Madrid, 1996, pag. 125).

Como puede verse, en una democracia como la nuestra actual, en la que el principio individualista cede ante los intereses espurios de la compra de votos, mediante la demagogia del gasto inmoderado (que sale de los impuestos), en la que la separación de poderes es una ficción que los partidos políticos manejan a su gusto, eligiendo a los jueces según el peso de las diversas ideologías en las cámaras y donde el legislativo y el ejecutivo confunden sus funciones mediante expedientes de arreglos impresentables o del uso y abuso de la legislación administrativa. Una democracia donde igualmente se conculca el principio democrático por los partidos políticos que elaboran candidaturas cerradas con las que se impide la libre elección de las personas (lo que vicia también el principio individualista) y donde la representación de las voluntades está sujeta a las instrucciones de la dirección y del aparato de cada partido, y un largo etcétera que sería demasiado extenso para comentar aquí, propician una democracia que tiene muy poco de liberal y un mucho de autoritaria…

Por ello, los liberales aún tienen un largo camino que recorrer y una lucha tenaz por delante para lograr un sistema más limpio, más justo y, en suma, más liberal.

Desgraciadamente, la autonomía y la iniciativa de los individuos son ahora dos valores en baja, ante la planificación interventora creciente, enmascarada tras las disposiciones burocrático-administrativas y ante la agresión constante al primero de los derechos individuales, la propiedad privada, sin el respeto a la cual son letra muerta todos los demás derechos humanos proclamados a bombo y platillo por los demócratas de toda la vida que ejercen ahora el poder. Nada nuevo en suma, pues, como dice Ortega, «Los demócratas de ayer, son los tiranos de hoy»( Ortega y Gasset, J. op. cit., pag. 598.) .

 

Texto: Fernando Álvarez Balbuena para Asturias Liberal

A PROPOSITO DEL SOCIALISMO

 

Si alguien promueve una ideología que muestra total desprecio por el individuo y ha causado miseria y la muerte de cientos de millones de personas de la mano de sus gobiernos, ¿qué pensaría usted de esa persona? La ideología es el socialismo y sus múltiples variaciones, incluido el socialismo utópico, el socialismo fabiano, el nacionalsocialismo y el comunismo.

El socialismo es un sistema económico bajo el cual el gobierno es dueño y controla los medios de producción. A lo largo de dos siglos, todos los experimentos socialistas han acabado con la libertad de la gente y han fracasado económicamente. ¿Cómo, entonces, es que hay tanta gente que se sigue proclamando socialista? Los partidos socialistas siguen siendo populares en Europa, África y América Latina. En España y Portugal han sido elegidos gobiernos socialistas en el último año. Muchos profesores universitarios se declaran socialistas.

Los nacionalsocialistas alemanes causaron la muerte de decenas de millones de personas. Los comunistas, en Rusia, China, Camboya, Corea del Norte y Cuba, han matado a más de 100 millones de personas y empobrecido a muchas más. Yo estaba en Moscú en agosto de 1992, cuando los demógrafos rusos anunciaron que habían comprobado que durante el Gobierno de Stalin, entre 1923 y 1953, se había matado a 63 millones de personas.

Los socialistas del Tercer Mundo han mantenido sus países en la miseria por más de medio siglo. Los socialdemócratas ganaron las elecciones en Gran Bretaña en 1945, y la prosperidad inglesa se hundió bajo Clement Attlee, recuperándose sólo con la privatización de la economía, bajo Margaret Thatcher, a partir de 1979.

Muchas otras economías socialistas sufrieron el mismo fracaso, y después de las privatizaciones de los años 80 y 90 muchos países han regresado al socialismo; sus líderes aseguran haber aprendido la lección, pero siguen fracasando porque la teoría es defectuosa.

En los años 20 el economista Ludwig von Mises demostró que el socialismo no puede funcionar porque no tiene manera de sustituir el sistema de precios para asignar la utilización de recursos. Y el economista y premio Nobel Friedrich A. Hayek aportó en su último libro, La fatal arrogancia, la prueba definitiva de por qué el socialismo no funciona. 

La esencia de su argumento es que si el mundo entero fuera socialista no habría manera objetiva de determinar los precios, y por lo tanto sería imposible hacer un uso eficiente de los recursos.

Si la gente conociera la historia real del socialismo y los defectos de su teoría, pocos serían socialistas. Pero la mayoría de la gente desconoce los desastres del socialismo, porque los académicos y gran parte de los medios de comunicación se han dedicado a taparlos.

En todas partes del mundo la gran mayoría de los maestros son empleados gubernamentales o dependen de subvenciones estatales. Por lo tanto, casi todos ellos son hostiles a la realidad de que las empresas gubernamentales no operan eficientemente y no están dispuestos a enseñar que el modelo socialista no funciona ni en la teoría ni en la práctica. Todas las encuestas muestran que, entre los maestros de escuelas públicas, una avasallante mayoría es de izquierda, por lo que no nos puede sorprender que no enseñen los fracasos del socialismo a sus alumnos.

Alrededor del mundo, gran parte de la televisión y la radio es propiedad del Estado o es controlada por los gobiernos. En Estados Unidos, la National Public Radio transmite las noticias de la BBC de Londres, que difunde propaganda izquierdista.

Las agencias gubernamentales alimentan con propaganda estatal a los reporteros de la prensa, y no son muchos los que están dispuestos a hacer su propia investigación para reportar la verdad.

Quizá Internet sea nuestra salvación, porque permite a la gente encontrar, sin filtro alguno, los hechos sobre la miseria propiciada por los experimentos socialistas a lo largo de 200 años.

 

Texto: Richard W. Rahn