No me gusta escribir sobre La Guerra Civil, sobre la última, porque aquí desde el siglo XIX, eso de acuchillarnos unos a otros por envidias, rencillas, lindes y etcéteras es deporte nacional y una de nuestras peores (y tenemos muchas) costumbres autodestructivas…
Pero el otro día, una señora mayor, una anciana que tiene en su casa más libros que yo pelos en la cabeza, me contó una historia.
Una historia real, vivida por ella y su familia durante aquellos negros días. Una historia que ilustra lo que fue aquel conflicto, y todos al fin y al cabo, una sarracina de pueblo inculto arrastrado por los intereses de unos y de otros. Apóstoles todos de los mas altos valores, dueños de la verdad indiscutible.
Una historia no de frentes y batallas, no de heroísmo, no de acciones de hombres valientes contra hombres valientes.
Una historia de retaguardia. De ratas disfrazadas de libertadores y de uniformados para los que el honor estaba en el fondo de una botella.
Relata cómo nos volvemos, cómo nos cegamos, cómo aprovechamos para saldar cuentas con el vecino. Amparados por la masa cometieron mil tropelías, mil canalladas, y las cometieron todos, sin excepción. Sin distingos, uniendo en la maldad y la vergüenza a rojos y a azules…
Y el pobre Pueblo Español, desangrado, abandonado, perdido entre cirios o entre eslóganes altisonantes, engañado y vendido, pobre gente ignorante y atrasada, que solo quiere pan y paz y futuro, y que siempre se lo niegan, que siempre se lo roban los que se aprovechan, los que siempre sobreviven, sean de derechas o izquierdas, la mugre que nos tapa el sol, la negra y dura conciencia, la maldita costumbre española, de chocar siempre, contra la misma piedra.
Nuestra protagonista era una cría cuando aquello. Una pequeña que iba a la escuela, a la que no faltaba un plato de comida, que iba a Misa los domingos con sus papás y con el resto del pueblo…
Era un poco privilegiada, ella misma lo reconoce, pero es que su padre, se ganaba un buen jornal, llevándole al Señorito, las cuentas del cortijo…
Contable. En aquella España de analfabetos, tan parecida a la de ahora, saber leer y escribir y las cuatro reglas era todo un lujo, y si además, siendo humilde, habías conseguido estudiar, como su padre, y sabías de cuentas y asientos, se te rifaban…
Y eso le había pasado a su padre, que tras años de sacrificio, estudio y esfuerzo, siendo hijo de un pobre minero de Alquife, había sacado sus estudios de contabilidad en la capital, trabajando como un burro en los mercados y estudiando hasta la madrugada.
Por eso ahora, podía pagar la escuela de sus hijos, y en su mesa se comía a diario, y los domingos, incluso, había carne. Algún pato, liebre, conejo o perdiz que el Señorito le regalaba…
El hombre nunca había expresado sus ideas políticas en público, no las tenía, me dice su hija, nunca las tuvo. Era un hombre honrado, y con eso bastaba.
Llevaba las oscuras cuentas del Señorito, no se metía con nadie y su única diversión era el domingo, tras la misa, irse con sus amigos a la tasca, a jugar al dominó y a trasegarse un litro o dos, de buen vino añejo y hablar de la vida, cómo hablan los hombres entre el humo de cigarros y risas rudas.
Y entonces estalló la guerra.
Y el miedo ocupó la vida de la gente. Y las noticias de que se mataba sin freno, de que se violaba, de que se incendiaba, de que se fusilaba sin contemplaciones, corrió como la pólvora.
La viejecita recuerda con ojos tristes. No llora, dice que ya lo hizo de niña, a raudales, a litros. Y que aquellas lágrimas se las provocaron tanto unos, como otros.
Su pueblo quedó en ese terreno incierto que es la línea frontera entre los unos y los otros. Tomado ahora por los de la hoz, ahora por los de las camisas azules. Mío, tuyo, tuyo, mío…
Un día, llegaron al pueblo unos que se decían milicianos, gente bruta, ruda, guiados por las consignas revolucionarias de algún iluminado lector de Marx.
Camiones atestados de gente armada, con gorrillos cuarteleros y pañuelos al cuello, los puños en alto entonando el himno anarquista, o alguno de ésos, a mí, me sonaban todos iguales, dice la anciana.
Se llevaron al Señorito, alcalde, al cura y al maestro, curiosa costumbre la de los marxistas de llevarse siempre por delante a los que enseñan, a los que tienen cultura, se los llevaron y nada se volvió a saber de ellos.
Todo el mundo sabía, sin embargo, que los habían matado. Pero nadie podía decir nada.
La segunda noche, se llevaron a su padre. Y al capataz del cortijo, y a Paco el barbero, al que le habían cogido escondida, una bandera de España, de las de antes…
La anciana se estremece un poco al recordar. Imagino a la niña llorando, abrazada a su madre y a sus hermanillos, mientras los puercos se desparraman por su hogar, vuelcan las mesas, roban las joyas, toquetean a la madre, incluso a ella la miran lascivos, y por fin, se llevan a su padre, maniatado gritándole fascista y cabrón y te vamos a dar matarile…
Tres días estuvo fuera su padre. Tres días de luto en la casa, de llanto y de dolor, de rabia, de odio, tres días en los que la desgracia y la muerte fueron sus compañeras…
El tercer día llegó a lomos de un borrico, el aguador que traía el agua fresca de la sierra, lo había encontrado medio muerto, apaleado, a un lado del camino, donde La Fuente Grande…. De los que con él se fueron, jamás se supo…
Cambió, me dice la anciana. Se volvió huraño y desconfiado. Nunca nos contó lo que pasó en el bosque, pero de ser un hombre decidido y fuerte, pasó a ser una piltrafa destruida y acabada…Nos costó años recuperarle…Y todavía no habían terminado con él…
Un par de meses después, con los frentes estables, y la calma chicha haciendo de las retaguardias un infierno, llegaron al pueblo los nuevos mandamases, con mucha trompeta y boato repartieron las tierras y destrozaron la iglesia…
Y claro, traían burocracia, papeleo, cuentas…
Y alguno fue con el cuento, de que el “fascista ése” sabía de números y de cuadrar libros…
Y lo pusieron a trabajar… Ahora todo era camarada y palmaditas en la espalda, siempre con la espada de Damocles encima, de su pasado fascista…
Y al hombre no le quedó más remedio, se puso manos a la obra, a llevar libros de cuentas y a distribuir los recursos entre las milicias…
Y entonces empezaron a perder la guerra…
La anciana ahora sonríe con amargura… Mi pobre madre, dice, esperaba más de los que llegaron…Más diferencias…Pero no las había…
Una mañana aparecieron unos moros, la gente corría de espanto a refugiarse en sus casas. Pero sólo pasaron, sorprendidos de que allí, no hubiese resistencia ni milicianos ni a Cristo por las calles.
Tampoco la anciana se queja de la soldadesca que después invadió el pueblo, bebían y gritaban, alguna paliza dieron y a alguna moza violentaron, pero lo malo llegó después.
Cuando de nuevo se estabilizó la cosa y en la retaguardia se queda el poso de venganza, las ganas de revancha y la maligna presencia de los hombres oscuros.
Su padre, que jamás se había metido en política, que había estudiado, que tenía cultura, al que casi fusilan los rojos, fue detenido una noche. Casi igual que la primera vez, patada en la puerta, camisas azules y mosquetones, miradas de odio, esta vez pintado con papeles de legalidad…
Y se lo llevaron…
Y otra vez el miedo y el terror por la persona amada, la incertidumbre, la pena, la tristeza…
La abuela vuelve a tener la expresión sombría…Y tuvo suerte, mucha…
Otros no pudieron decir lo mismo. A mi padre lo soltaron, porque lo reconoció, uno del pueblo que era capitán de La Legión, y lo había liberado…
Ya se lo llevaban vaya usted a saber donde… Su nombre aparecía en libros de cuentas capturados al enemigo. Un rojo con estudios, los más peligrosos, artistas e intelectuales de mierda, decían…
Ella se levanta, los viejos huesos crujiendo, a mi no se porqué, me viene a la cabeza que la viejita encorvada es como mi amada España.
Vapuleada, dolorida, vieja y cansada. Harta de ver en su vida tan solo malos gobiernos, hambres, miserias y guerras. Harta de ver como sus hijos entre ellos se maltratan, se pelean, los ojos se arrancan. Harta de querer y no poder, harta de que no la dejemos ser lo que debe ser.
Esta es la historia que La Señora me contó, sin rencores, sin odios, mirando atrás con mirada serena y lúcida.
Cerrando las heridas y convirtiéndolas en cicatrices, en recuerdos, en lecciones aprendidas.
Una cosa que deberíamos hacer, el resto de españoles…Pero, como siempre fue, no nos da la gana. Cómo decimos aquí: No nos sale de los cojones.
Un hombre de negocios norteamericano estaba en el embarcadero de un pueblecito costero de México cuando llegó una barca con un solo tripulante y varios ATUNES muy grandes.
El norteamericano felicitó al mexicano por la calidad del pescado y le preguntó cuánto tiempo había tardado en pescarlo.
El mexicano replicó: Oh! Sólo un ratito.
Entonces el norteamericano le preguntó por qué no se había quedado más tiempo para coger más peces.
El mexicano dijo que ya tenía suficiente para las necesidades de su familia.
El norteamericano volvió a preguntar: ¿Y qué hace usted entonces con el resto de su tiempo?
– El mexicano contestó: – Duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer, voy cada tarde al pueblo a tomar unas copas y a tocar la guitarra con los amigos.. Tengo una vida plena y ocupada, señor.
– El norteamericano dijo con tono burlón: – Soy un graduado de Harvard y le podría echar una mano. Debería dedicar más tiempo a la pesca y con las ganancias comprarse una barca más grande. Con los beneficios que le reportaría una barca más grande, podría comprar varias barcas. Con el tiempo, podría hacerse con una flotilla de barcas de pesca. En vez de vender su captura a un intermediado, se la podría vender al mayorista; incluso podría llegar a tener su propia fábrica de conservas. Controlaría el producto, el proceso industrial y la comercialización. Tendría que irse de esta aldea y mudarse a Ciudad de México, luego a Los Ángeles y finalmente a Nueva York, donde dirigiría su propia empresa en expansión.
– Pero señor, ¿cuánto tiempo tardaría todo eso?
– De quince a veinte años.
– Y luego ¿qué?
– El norteamericano soltó una carcajada y dijo que eso era la mejor parte:
– Cuando llegue el momento oportuno, puede vender la empresa en bolsa y hacerse muy rico. Ganaría millones.
– ¿Millones, señor? Y luego ¿qué?
– Luego se podría retirar. Irse a un pequeño pueblo costero donde podría dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con sus nietos, hacer la siesta con su mujer e irse de paseo al pueblo por las tardes a tomar unas copas y tocar la guitarra con sus amigos.
– Bueno, pero eso es lo que hago ahora señor ¿Por qué tengo que esperar veinte años?.
Llego a casa nervioso y excitado. Hoy voy a poner en práctica mi plan para sorprender a cuchicuchi y pasar una noche de sexo animal. He decidido depilarme pubis y testículos y quedarme suave como un Cd virgen, a ver si se anima la cosa matrimonial, que últimamente anda de capa caída.
Como no tengo ni idea de cómo hacer esto, pregunto a una amiga de un foro aprovechando que veo en una foto suya que ella también se rasura.
Leo y apunto sus consejos:
– Primero rapar con máquina de cortar el pelo
– Utilizar espuma o gel
– Pasar maquinilla, nunca a contrapelo
– Luego echarse crema hidratante
No puede ser tan difícil. Todas las tías de las fotos con las que me la meneo llevan el chochete como la pantalla del PC. Llego a casa y manos a la obra. Primero la máquina del cortar el pelo. Esto es fácil. Intento pensar en el Fary manteniendo relaciones homosexuales con TinkyWinky porque el cosquilleo de la maquinilla en las pelotas me está poniendo cachondo, y como me líe…
Acabo el primer rasurado con la máquina. Coño, cómo mola, ahora llevo el mismo corte en la cabeza, en la perilla y en la polla. Soy capicúa.
Vamos con la espuma. Esto también tiene su gracia. Vuelta a pensar en el Fary y TinkyWinky. Con la espuma, mi pito parece un Papá Noel. Hago el bobo delante del espejo «¡Aaaaahhhhh!, un pene rabioso, ¡aaaaahhh!». Bueno, al grano que te me distraes.
Cojo la cuchilla de afeitar. Se van a cagar, es la Guillete Mach3 Turbo TDI 16v. Esto corta más que la sierra de Viernes 13. Grácilmente levanto mi escroto para tener mejor visión. Primera duda: Vale, hazlo en el sentido del pelo. ¡Coño! ¿Cuál es el sentido del pelo en un cojón? Cagada, yo tengo el huevo redondo (¿qué raro, no?), los pelillos no parecen tener un «sentido». Simplemente, salen de punta. Bueno, pues entonces dará igual. Voy pasando la maquinilla con cuidado, aunque no evito darme un pellizquito. Miro haber si por el corte que me acabo de hacer en el huevo asoma el pollito. No, ha habido suerte. No asoma ni un esperma. Lo he pasado mal cuando he llegado a la zona que linda con el ojo deSauron, casi atrás, pero la cosa no ha ido mal.
Ataco el otro huevo, más de lo mismo, como en el chiste:
– Manolo, ¿sabes que tengo abilismo?
– No jodas, ¿y eso qué es?
– Un huevo grande y el otro lo mismo
Voy a atacar los muslos, ahí casi no tengo vello, excepto en la zona más próxima a la bolsa escrotal. Sin problemas. Queda tan suave como las nalgas de una quinceañera patinadora. Toca la parte superior, que afeito sin problemas. Bidé y agua caliente… parece que noto algo de escozor por algunos puntos. Serán cortecitos. Me miro al espejo. Joer qué impresión. Parece que vuelvo a tener 10 años. No, no lo digo por el tamaño del pene, lo digo por la calva.
Pero algo va mal. Observo grandes deficiencias. Veo las piernas peludas y, llegando a los muslos, de repente, una calva. Los mismo sucede en la panza, baja un canalillo de pelos desde el ombligo y al llegar al paquete…¡zas! Parece los montes de Chernobyl. Y por detrás es aún peor. ¿Cómo voy a llevar un culo peludo y que al girarme parezca que ha llegado el otoño? Queda de pena.
Calma, que no cunda el pánico. Aún quedan 2 horas para que llegue cuchicuchi. Tengo tiempo, espuma, cuchillas y pulso de cirujano (con cirrosis, eso sí). No queda otro remedio. Primero el culo. ¿Alguien se ha depilado el culo sólo? Mientras lo hago siento que soy el primero en intentarlo. Me retuerzo hasta que me cruje el espinazo para poder verme. No llego a verme el culo y empiezo a afeitar sin ver. ¡Mierda! ¡Se me olvidó pasarme la máquina del pelo primero! Ya da igual. Llego a la zona del ano. No veo nada. Cojo un espejo de mano de cuchicuchi, el que utiliza para depilarse las cejas y esas cosas. Me pongo en la cama como una mujer en el paritorio. Con el espejo de la pared y el de mano hago posturas hasta que me veo el culo. ¡Coño! tanto tiempo juntos y apenas nos conocíamos. Un par de minutos depués y a base de pasarme la mano por el «lomo», dejo de notar pelos. ¡Culo depilado!
Después de eso, las piernas no tienen dificultad. El torso lo hago leyendo el Hola. Joer con el Rey, cómo se lo ha pasado en la visita a Marruecos. Bueno, pues dos cuchillas y medio bote de espuma después ¡no me reconozco! Coño, hasta parezco un deportista. ¡Qué fresquito se nota! El aire hace cosquillitas por zonas que antes estaban abrigadas. No sé si ponerme trocitos de papel en los cortecillos, como hago con la barba. Decido que mejor no, no vaya a verme mi mujer y me suelte «¡anda!, ¡qué disfraz de momia más guapo!».
Una duchita para eliminar todos los pelillos y resto de espuma, con la maquinilla voy repasando algún despistado. Esto me gusta, me siento limpito, no sé, como más higiénico sin tanto pelacho.
Queda el paso de la crema hidratante. Vamos allá. Busco entre los potingues de cuchicuchi. Hay cosas rarísimas. Por un momento dudo… ¿No estaré buscando entre sus cosas de restauración de muebles? Leo «lifting», «reafirmante», «Anti-age»… ¡esta! «Leche desmaquilladora hidratante». Justo lo que busco. Espero que me dé para todo el cuerpo. Empiezo a untarme en el mismo orden que me he afeitado. Joer , pues será todo lo hidratante que quieras, pero pica como su puta madre. Voy untando crema mientras todo me va escociendo.
Joer, joer. Ahora entiendo cuando las tías dicen que lo pasan mal con la depilación.
Cuando termino parezco una anchoa en lata. Tengo que sujetarme a la cama porque pego un resbalón en la tarima flotante. Me apunto mentalmente el nombre de la crema por si un día cuchicuchi me deja practicar el sexo anal, joer como desliza, con esto le meto yo la tranca y se piensa que es el meñique. Otra vez, qué no, joer, qué no lo digo por el tamaño, que es por lo que resbala la crema.
Me escuece todo el cuerpo. Parece que tengo un hormiguero cabreado en los huevos. Me visto y me voy a sacar al perro, a ver si se va calmando la cosa. Horrible. Cualquiera que me vea pensará que tengo una batería de coche enchufada a las pelotas. Voy como si me soltaran descargas. Escuece todo, pica que rabia. Algo pasa.
Llego a casa y me desnudo. ¡Otias! ¡estoy más rojo que Llamazares! Uhhhhh, que la he cagado, que la he cagadooooo. Pero si yo he seguido las instrucciones de la Paty. ¿Será que las tías tienen el chirri más resistente? Decido volver a ducharme con agua fría y la cosa se calma, pero donde me rozo me pica un huevo (nunca mejor dicho).
Aguanto como un campeón a que vuelva cuchicuchi.
Me conoce como si me hubiera parido, así que según entra por la puerta y me ve, dice «Algo has hecho». Es como cuando le digo voy a comprarme un casco para la moto que está en oferta de 175 euros… y vuelvo con uno que cuesta 399, según entro por la puerta tiene la carita igualita a la de este momento.
– Verás, creo que la he cagado.
– ¿Qué has roto? ¿Cuánto te ha costado? ¿Llevas mucho tiempo tirándotela?
– Que no, que no, que no es una cagada de esas… mira.
Me desnudo y le enseño mi obra. Parezco un Alemán en Torrevieja un 2 de Agosto. O una gamba de Huelva.
– ¡Ay la madre que te parió! pero si estás en carne viva
– Yo es queee… quería darte una sorpresita… quería raparme los huevos y eso… pero claro, quedaba mal, y tirando, tirando…
– Pero.. ¿cómo lo has hecho? ¿con hacha?
– Nopes. Yo creo que ha sido la crema hidratante. Ahí si que me ha empezado a picar.
Historia de una depilación. Capítulo II. Miércoles
Por fin se ha pasado los picores. Lo peor ha sido el culo. Me he retorcido como si tuviera lombrices. Parecía que había plantado el ano en un avispero. El pecho pica y la zona genital. Tanto me he rascado que un amigo me preguntó «Tío… ¿no te habrás ido de putas y te han pegado algo?». No tuve valor de explicarle lo ocurrido, así que ha dejado de hablarme porque es amigo de mi mujer y piensa que soy un putero.
Hoy voy a intentar hacer el amor con mi mujer. Estos dos días ni me la he meneado. Cualquier movimiento irritaba alguna zona de mi cuerpo y terminaba rascándome mientras veía como mi pene (casi la única zona de mi cuerpo que no está irritada) se bajaba.
Ahora me noto mucho mejor, casi no me pica nada, no tengo nada irritado. Ayer tenía unos granos rojos por todo el cuerpo, como picaduras de mosquito. Mi mujer decía que tenía «cada poro de tu cuerpo cabreado contigo».
Pero hoy se va a cagar. Eso si, le diré que se abra de piernas en el borde de la cama. No quiero roces.
Esto no me sucedió a mi. Le sucedió a un amigo de un amigo cuyo amigo es ahijado de mi hermano… ¡EN SERIO!!!
El amigo de amigo cuyo amigo es ahijado de mi hermano, tiene por alias «Chizito»… ya imaginaran por qué.
La cuestión es que el amigo de un amigo cuyo amigo es ahijado de mi hermano, a través de un famoso sitio de compras virtuales, decidió subsanar su malogrado y a maltaer ego.
Como podrán deducir por su apodo, dicho amigo tiene un problemita de … ejem… tamaño. Y navegando por las imensidades mayúsculas de la web, encontro un producto que prometía ser la solución de su congoja.
Un magnífico aparato que permitiría en brevísimo tiempo agrandar las dimensiones de aquella parte de su anatomía que tantos pesares le traía.
1.80 € pago por esa maravilla. De contado, contante y sonante, en un mundo donde todos se tambalean ante el fantasma del crédito usurero.
Al cabo de una semana, recibió en su casa la encomienda que ponía en sus manos la panacea. Dejaría, pues, de ser el «Chizito» de tantas damas y su nueva vida sexual cobraría nuevos ímpetus y vigores…
Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La
Edgar Allan Poe (1809-1849)
manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.
Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.
En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.
Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio… y la suya propia.
Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.
Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.
Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios separecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.
No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.
No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.
En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.
Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión… salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.
Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».
-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes… personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.
Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.
-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!
¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.
-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.
-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos… ¡Ja, ja, ja!.
Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.
También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.
-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?
-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.
-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que…!
El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.
Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo… de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.
La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.
Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.
-¿Qué… qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.
Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:
-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.
-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.
-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.
Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.
-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria… una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y…
-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?
-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.
–Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.
-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.
-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.
–Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad… y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.
-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!
-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.
-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.
La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.
Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.
El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.
El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.
Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.
El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.
Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.
Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.
A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.
-¡Dejádmelos a mi!-gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!
Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:
-¡Pronto podré deciros quiénes son!
Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.
Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.
-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!
Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.
Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:
-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón… y ésta es mi última bufonada.
A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.
Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.
En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos con su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital y, después de u…na larga tiempo, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y escuchó lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.