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THE SUIT OF LIGHT

 

Un video de animación realmente bien hecho.

Yo no soy partidario PARA NADA de las corridas de toros, me parecen una costumbre bárbara pero una cosa es dicha costumbre y otra lo que es un corto de animación y en este caso es un corto fenomenal.

Además, la historía es, cuando menos, curiosa.

VISTO EN: EPHENIC

GUILTY ROSE.

-Mamá…tengo frió

 

-…

 

-Mamá, ¿estás bien?

 

-…

 

-Mamá ¿Por qué tu ropa está manchada de rojo?

 

-…

 

-¿Mama?…

 

-Charlotte, ¡Despiértate!

 

Abrí los ojos lentamente, me giré, mi hermanito Liam me miraba curioso.

 

-¿Por qué?..

 

-Porque hoy empiezas clases y son las 6:30

 

-….¡MIERDA!

 

Salté de la cama hacia el baño, perdón por mis modales. Me llamo Charlotte Black y vivo en Allentown, Pennsylvania, me acabo de mudar y se me hace tarde para la prepa.

 

-¿POR QUÉ NO ME DESPERTASTE ANTES? -Dije mientras me vestía, me caí al ponerme los pantalones, cayendo en mi..trasero -¡Ay!

 

-Tienes el sueño demasiado pesado -dijo aburrido.

 

Bajé rápidamente las escaleras mientras me recogía el cabello en una coleta.

 

-¡Buenos días! -dije tomando una tostada y comiéndomela rápidamente.

 

-Hasta que te despiertas -dijo mi padre- buenos días, hija.

 

-¡Me voy! -miré la foto de una mujer de ojos oliva y cabellos chocolate.

 

– Hasta luego, mamá.

 

Mi madre murió cuando Liam tenia 2 años, yo tendría como… perdón, pero antes de todo eso, mi memoria la perdí en un accidente.

 

Miré que había pocas personas entrando, la campana sonaba.

 

-¡Joder!

 

Entré rápidamente, corrí por los pasillos hasta llegar a la recepción.

 

-Me puede..dar mi…horario…-dije entre jadeos.

 

La mujer lanzó una risita y me miró amable.

 

-Toma, cariño, tu salón está derecho, el 201, el profesor Briard aún no llega así que puedes caminar.

 

Asentí avergonzada y me encaminé a mi salón, justo cuando llegaba también lo hacía el profesor, éste solo me sonrió, era un viejito.

 

-¿Charlotte? -asentí- espera aquí, te avisaré cuándo entrar.

 

Escuché un poco de bulla pero él entró, dijo alguna cosa y me dio la señal para entrar.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dije, en realidad soy muy tímida pero al extremo imprudente.

 

-Bien. Se sentará con….El joven Chris.

 

Miré, estaba a lo ultimo, era un muchacho bastante pálido, tenía el cabello negro y ojos verdes, al instante que me senté, todas y digo todas las del salón me miraron feo.

 

-Hola…-le dije al chico y éste me ignoró, hasta creo que se alejó de mí.

 

-Hm…-fue lo único que dijo para seguir ignorándome, el idiota.

 

 

…………………………….

 

Me desperté mirando la ventana, no quería ir a la escuela, tenía un muy mal presentimiento, pero al ser Joshua el menor y entrar por primera vez a la prepa tenía que cuidarlo, a no ser que quisiera que masacre a media escuela, aún no es muy bueno controlando su apetito. Ah, sí, soy un vampiro.

 

-Buenos días…

 

-Hola -dijo Arriane. Ella era la esposa de Adam, el líder de la manada, pero al ser mayor que Sasha, Joshua y yo, se cree nuestro padre.

 

Las leyendas de los vampiros tradicionales son una mentira vulgar, nosotros podemos exponernos la sol, pero solo por 6 o 7 horas, pues nos debilitaríamos mucho, cuando bebemos sangre, no es cualquiera, cada quien tiene su gusto específico. Por ejemplo, a mí me gusta la sangre con sentimientos de soledad, confusión y amabilidad, es una mezcla amarga y dulce, nosotros rara vez dormimos, solo cuando es necesario o para recuperar fuerzas y la única forma de asesinarnos es cortándonos en pedazos y enterrar las partes del cuerpo alejadas unas de otras, para que no se regeneren.

 

-Vamonos ya! -dijo Sasha obstinada, en el carro ya estaban Joshua y ella así que no había problema.

 

Llegamos y entramos al salón, todas me miraban embobadas, pobre Joshua.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

Me giré y un tenúe olor a vainilla y flores me embargó, era delicioso, era la nueva….y la persona más bella que haya visto.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dijo tímidamente, sus ojos eran un oliva cristalino y su piel blanca era resaltada por su cabello chocolate oscuro, unos lindos bucles caían por los lados de su cara, tenía el pelo recogido y tenía una nariz chiquita y puntiaguda, al igual que unos labios de un perfecto color rosa pálido….Su sangre también huele bien…Mierda, no he comido en días.

 

-Bien, se sentará con….El joven Chris.

 

…Dios me odia..es seguro.

 

-Hola…-me dijo, y yo solo la ignoré y ésta al parecer se molestó..

 

Este día va a ser muy largo….

 

AUTOR: bloodyrose
FUENTE: Escalofrío.com

EL CAZADOR DE SANGRE.

Max Van der Heyden, periodista especializado en la investigación de fenómenos presuntamente paranormales, es para algunos, “el verdadero Van Helsing del siglo XXI”. Claro que, en honor a la verdad, debemos añadir que esos “algunos” que tanto lo admiran son muy pocos comparados con quienes lo tienen por un loco o un farsante. Y aun son muchos más quienes jamás han oído hablar de él. Sin embargo, tampoco podemos ocultar que bastantes de los que en público abominan de su nombre, o niegan todo conocimiento del mismo, son los primeros en pedir su ayuda (“extraoficialmente”, por supuesto) cuando se enfrentan a hechos que van más allá de lo científicamente explicable. Eso hicieron, por ejemplo, las autoridades de cierto país africano cuando varias aldeas, situadas en las proximidades de la selva, se vieron atacadas por un horror sin precedentes. Primero empezaron a aparecer los cadáveres desangrados de varios leñadores y cazadores que se habían internado en la selva para ganarse el sustento. Luego comenzaron a correr igual suerte las mujeres que iban a lavar la ropa al río y los niños que se dirigían a las huertas para llevarles comida o agua fresca a sus atareados padres. Finalmente, cuando un par de turistas ingleses hallaron la muerte en circunstancias semejantes, la situación se hizo insostenible. A las autoridades quizás no les importase demasiado la desaparición de algunos pobres aldeanos, pero no podían tolerar que les sucediese otro tanto a adinerados visitantes de piel blanca, pues ello podría tener graves consecuencias para la boyante industria turística del país. Y si las muertes de los pobres campesinos son fáciles de mantener ocultas, no sucede lo mismo con las de los ricos extranjeros, especialmente si sus cadáveres traen consigo las inoportunas visitas de embajadores demasiado curiosos, por lo cual el problema debía solucionarse lo antes posible, fuera como fuera.

 

Así pues, Max fue llamado al lugar de los hechos. Una vez allí, encontró alojamiento, con todos los gastos pagados, en los lujosos bungalows del mismo parque nacional donde pocos días antes habían tenido lugar las muertes de los dos británicos. Apenas hubo depositado su escaso equipaje en el cuarto que le había sido reservado, Max se encaminó al lugar exacto donde habían aparecido los cadáveres, acompañado por varios empleados del parque y por el mismísimo Monsieur François Lissouba, jefe supremo de la Policía Nacional. Hay que decir que este se mostraba radicalmente escéptico respecto a la posibilidad de que hubiera algo sobrenatural tras los asesinatos y pensaba que eran obra de alguna fiera aficionada a la sangre humana. Decía:

 

-Mis muchachos han hallado las huellas inconfundibles de una enorme pantera cerca de los todos los lugares donde alguien ha aparecido con la garganta destrozada. Francamente, creo que, como dicen ustedes, blanco y en botella igual a leche. O dicho de otra forma, tras todo este asunto no hay nada que no se pueda solucionar con una bala bien dirigida. Lo que pasa es que los malditos ecologistas…

 

-Disculpe, Monsieur Lissouba, pero me consta que las panteras, aunque en raras ocasiones ataquen a la gente, lo hacen para comer su carne, no para beber su sangre.

-¿A usted le consta eso? Disculpe mi atrevimiento, Monsieur Van der Heyden, pero… en su Holanda natal, ¿ha visto usted muchas panteras? ¡Porque, según parece, debe de conocerlas muy bien!

-La verdad es que no he visto muchas, pero he leído…

-¡Ah, así que usted HA LEÍDO! Pues yo sólo leo atestados policiales, pero le informo que siempre he vivido en este país y…

-¿Y habrá visto muchas panteras?

-Bueno, en realidad… yo tampoco es que haya visto muchas. Claro, ellas viven en la selva, no en la capital. Pero he oído historias y…

-¡Ah, así que usted HA OÍDO HISTORIAS!

-Bueno, supongo que un experto de su categoría tendrá la amabilidad de darnos una explicación alternativa de los hechos.

-Evidentemente, esto es obra de un vampiro. De hecho, conozco las leyendas locales y algunas mencionan la existencia de esos seres en las profundidades de la selva.

-Con todo, el forense afirma que las mordeduras sufridas por las víctimas pudieron haber sido realizadas por un felino de gran tamaño.

-Y las leyendas afirman que los vampiros pueden adoptar distintas formas (tanto animales como humanas) para atacar a sus víctimas.

-¿Y cómo piensa librarnos de su supuesto vampiro? ¿Con cruces y ajos?

-No. Esas cosas alejan a los vampiros, y yo a este quiero tenerlo lo más cerca posible de mí… para matarlo. Observe este juguetito.

 

Max extrajo de su mochila una especie de ballesta medieval primorosamente manufacturada y varias flechas de madera, sin un solo gramo de metal en ninguna de ellas. Lissouba sonrió, comparando mentalmente aquella antigüedad con su pistola. Max pareció adivinar su pensamiento:

 

-Las balas y las armas blancas con punta metálica no sirven para nada contra los vampiros. Para matarlos es necesario destrozar sus cuerpos totalmente o, por lo menos, agujerearlos en algún punto vital con estacas o dardos de madera. La leyenda…

 

Monsieur Lissouba se quedó sin saber qué decía la leyenda, pues en aquel preciso instante aparecieron varios guardias del parque para avisar que acababa de producirse un nuevo ataque. Una turista francés llamado Armand Mounier, su sobrina Lorraine, de doce años, y dos guías de raza negra se habían internado en la selva, para visitar un árbol donde anidaba una colonia de cálaos, cuando una terrible fiera, una pantera negra de ojos rojos como llamaradas, se había abalanzado sobre ellos. Instantes después, Mounier y uno de los guías estaban muertos, y el segundo guía había sufrido tales heridas que falleció poco después, tras haber gastado sus últimas fuerzas contándoles lo sucedido a los guardias, que habían acudido al lugar alertados por horrendos chillidos de terror y agonía. Tanto la pantera como la pequeña Lorraine habían desaparecido. Una vez informado de los hechos, Lissouba le espetó a Max:

 

-Supongo que ahora estará convencido de que todo esto es cosa de una pantera.

-En absoluto. Para empezar, las panteras de verdad tienen los ojos verdes o amarillos, no rojos. Y, en segundo lugar, si era una verdadera pantera, ¿por qué se ha llevado a la niña?

-¿Cómo sabe que se la ha llevado? La niña pudo haber escapado a la selva.

-¿A la selva y no a los bungalows? Curioso.

-Una pobre chavala asustada huye a donde puede, no a donde debe. Y si hubiera sido un vampiro, ¿por qué se la habría llevado?

-Lorraine tiene doce años. Los vampiros a veces raptan niñas recién llegadas a la pubertad, para realizar con ellas ciertas ceremonias, especialmente repugnantes, en honor a las Fuerzas del Mal. Estas exigen el cumplimiento de esos ritos a cambio de sus favores, y todo vampiro les debe su poder sobrenatural a los malos espíritus.

-Será verdad si usted lo dice. Pero ahora lo más importante es hallar a la niña.

-Me parece que por fin estamos de acuerdo en algo.

 

Un par de horas después, con su ballesta en las manos, Max atravesaba un sombrío sendero que se internaba en las profundidades de la selva. Había rechazado la compañía de los guardias del parque y de los agentes de Lissouba porque sabía que si iba solo habría más posibilidades de que el vampiro lo atacara. Y eso era lo que Max quería. Ya no quedaba mucho para la puesta del sol, pero Max había sido informado de que en un extenso claro de la selva se levantaban las ruinas de una vieja misión católica, abandonada tras las últimas guerras civiles, y prefería pernoctar allí, para continuar su búsqueda al día siguiente, antes que retornar a las dependencias del parque sin la pequeña Lorraine.

 

Cerca de la misión, el sendero atravesaba lo que antes había sido el maizal de los misioneros, donde el maíz seguía creciendo, cuidado y alimentado por la Naturaleza tal como en otros tiempos lo había sido por la mano del hombre. Aquel lugar era menos sombrío que la selva propiamente dicha, donde el dosel formado por las copas de los árboles impedía que los rayos del sol llegasen al suelo, y, aunque se aproximaban las tinieblas de la noche, la visibilidad todavía era bastante buena. En un momento dado, Max observó que, unos cien metros delante de él, una figura grande y negra emergía del maizal para plantarse en medio del camino. Era una enorme pantera negra. O, por lo menos, algo que parecía una enorme pantera negra. A aquella distancia, Max no podía distinguir el color de sus ojos. Pero sí podía adivinar que aquellos ojos se habían percatado de su presencia y lo estaba mirando con malignas intenciones. El primer impulso de Max fue preparar su ballesta para asaetear a la presunta pantera cuando esta se acercara, pero entonces su mente fue asaltada por un pensamiento poco tranquilizador. Si aquel animal era una pantera de verdad, una pobre flecha de madera sólo conseguiría enfurecerla. Así pues, Max decidió que sería mejor recurrir a la poco prestigiosa, pero frecuentemente imprescindible, estratagema de la huida.

 

Al mismo tiempo que la pantera iniciaba su carga, Max empezó a correr hacia la misión, abandonando la senda y atravesando el maizal que lo separaba del viejo edificio lo más velozmente que pudo. Si aquella era una pantera normal, sería, sin duda, mucho más veloz que un ser humano, pero, acostumbrada a cazar al acecho, no lo perseguiría durante un trecho demasiado largo. Sin detenerse en ningún momento, ni siquiera para cerciorarse de si el felino lo perseguía o no, Max alcanzó la misión en menos de un minuto y se coló en su interior a través de una ancha ventana que había perdido todos sus cristales. Una vez dentro del edificio, cuyo interior estaba sumido en la mayor de las negruras, Max oyó un sollozo o gemido inconfundiblemente humano. Rápidamente extrajo una linterna del bolsillo y enfocó el lugar de donde procedía aquel sonido. Allí, acurrucada sobre un amasijo de trapos sucios, se hallaba una niña de piel blanca y ojos azules. Lorraine, indudablemente. La pobre criatura se hallaba visiblemente bajo los efectos de una terrible tensión mental, pálida y temblorosa, con el rostro descolorido y las mejillas inundadas de lágrimas. Sin embargo, y dejando aparte algunos rasguños sin importancia, parecía totalmente ilesa. Max se agachó junto a la niña y, empleando palabras dulces y tranquilizadoras, intentó calmarla, a la vez que le preguntaba cómo había llegado allí. Lorraine habló, primero con balbuceos entrecortados y posteriormente con una voz más segura:

 

-La pantera… Mató a mi tío y a los demás, luego también me quiso matar a mí. Yo escapé por la selva, estaba loca de miedo y no sabía adónde ir ni qué hacer, sólo quería huir, nada más que huir, ¡tenía mucho miedo! Ella estuvo a punto de cogerme, pero me metí entre unos arbustos espinosos, no se atrevió a seguirme y la dejé atrás. Luego, caminé durante horas, perdida en medio de la selva, hasta que llegué a este sitio. Entré para no tener que pasar la noche a la intemperie, pero… ¿Y si ella entra? ¡Está fuera y, si usted ha entrado saltando por la ventana, ella también podrá hacerlo!

-Tranquila, cariño. Nosotros tuvimos que entrar aquí para salvarnos, pero ella no tiene ninguna necesidad de meterse en esta ratonera para alimentarse: de noche, la selva está llena de monos y antílopes (para no asustarte más, no te diré que acaso nos estemos enfrentando a algo mucho peor que una simple pantera). Además, tengo mi ballesta. Ahora, si te parece bien, vamos a descansar y mañana, cuando amanezca, iremos en busca de ayuda. Duerme un poco, guapa, te hará bien.

-Lo… lo intentaré, señor. ¿Y usted no duerme?

-Yo vigilaré la ventana, no sea que ese bicho decida hacernos una visita nocturna. Tú no te preocupes y duerme tranquila.

 

Pero Lorraine, al parecer, no podía conciliar el sueño, lo cual, teniendo en cuenta sus últimas experiencias, no era algo difícil de comprender. Quizás para olvidarse de la situación y del miedo que le roía el alma, la niña comenzó a hablar con Max de toda clase de temas: de sus padres, que eran médicos en París, de su colegio, de sus amigos, de su afición al voleibol y a las canciones de Justin Bieber, de su primer viaje en avión… Max, con un encomiable esfuerzo mental, intentaba seguir las continuas, atropelladas y a veces incoherentes explicaciones de la pequeña al mismo tiempo que permanecía atento a cualquier indicio de amenaza que pudiera llegar a sus ojos o a sus oídos. Entonces, le pareció escuchar un sonido procedente del piso de arriba, como si un cuerpo (al parecer, más bien pequeño) estuviera moviéndose en lo que en otro tiempo había sido el desván o trastero del edificio. Sin duda, sería algún animal inofensivo, seguramente una civeta o una mangosta en busca de ratones, pero convendría ir a echar un vistazo. Max mandó callar a la niña con un gesto y le dijo en voz baja:

 

-Voy a ir arriba un momento, a echar un vistazo con mi linterna. Tú será mejor que te quedes aquí, por si acaso.

-Pero… no quiero quedarme sola de nuevo. ¿Y si la pantera…?

-Toma mi ballesta y vigila bien la ventana. Si la pantera intenta entrar, mándale un buen flechazo, y procura darle en un ojo. ¿Vale?

-Vale, señor. Pero por favor, no tarde mucho.

 

Max se levantó y, malamente guiado por la pobre luz de su linterna, subió los crujientes y poco fiables peldaños de la polvorienta escalera que llevaba al piso superior. Tras atravesar la espesa capa de telarañas que hacía el papel de puerta, penetró en el desván y la luz proyectada por su foco iluminó a la criatura que había perturbado el silencio nocturno agitando su pequeño cuerpo sobre las carcomidas tablas que cubrían el suelo. No era una pantera, pero tampoco una civeta. ¡Era una niña de piel blanca, y estaba atada y amordazada, con sus ojos azules dilatados por el mayor terror que una muchacha de doce años puede sentir antes de perder el conocimiento o la cordura! ¡Y aquella niña tenía el mismo rostro que Lorraine Mounier! ¡Era Lorraine Mounier!

 

-Veo que has encontrado a la niña. En fin, ahora ya no os servirá de nada a ninguno de los dos.

 

Max se volvió, incluso antes de que aquellas palabras asaltaran su oído. Tras él, sosteniendo la ballesta que él mismo le había entregado un minuto antes, se hallaba la “otra” Lorraine, la Lorraine del piso de abajo, totalmente idéntica a la verdadera salvo en que ahora sus ojos ya no eran azules, sino rojos como el fuego. Y Max le había entregado ingenuamente la única arma que podría haberle hecho daño a aquel ser. Al parecer, había olvidado que los vampiros no sólo pueden adoptar formas animales, sino también humanas. Y además pueden leer las mentes de las personas a las que suplantan para conocer todos sus recuerdos. Entonces, tanto la verdadera Lorraine como él mismo se hallaban a merced del monstruo que había raptado a la niña y engatusado a su presunto salvador, ¡el vampiro de la selva los había atrapado a ambos! Este siguió hablando, al mismo tiempo que partía las flechas como si fueran briznas de paja en manos de un gigante:

 

-Esta misma noche, cuando la Luna llegue a su cenit, les ofreceré a los Señores Oscuros el cuerpo de esa cría. Pero antes creo que voy a tomarme una ligera cena. Ahí, por supuesto, es donde intervienes tú, amigo Max… o más bien tu garganta.

Max contestó, en un tono más sereno de lo esperable en semejante coyuntura:

-Sin duda, te las prometes muy felices. Pero, antes de nada, debo decirte que me has decepcionado. No has cumplido bien tu misión.

-¿Cómo? Los Señores Oscuros no me encomendaron más misión que proporcionarles una virgen para satisfacer sus deseos carnales y aquí les espera una bastante hermosa. ¡Yo he cumplido las órdenes que me encomendaron!

-No lo dudo. Pero no has cumplido la orden que te había encomendado yo. ¡Vigilar la ventana!

 

Antes de que el confiado vampiro pudiera reaccionar, antes incluso de que su tenebrosa mente hubiera interpretado adecuadamente las palabras de Max, la enorme pantera negra de la jungla se había abalanzado sobre su espalda. Al contrario de lo que dicen ciertas leyendas, todos los animales carnívoros del bosque odian a los vampiros, que exterminan sus presas naturales, y aquella pantera no deseaba nada tanto como coger desprevenido al monstruo para destrozarlo entre sus fauces. De haber estado alerta, el vampiro, dotado de una fuerza sobrehumana, hubiera podido vencer a la pantera, pero esta había cobrado ventaja gracias al factor sorpresa y no le costó demasiado despedazar a su enemigo. Al parecer, el felino sabía instintivamente que necesitaba descuartizar al vampiro para anular su invulnerabilidad. Una vez que los dientes y las garras del felino hubieron hecho pedazos el cuerpo del vampiro, los fragmentos de carne empezaron a arder espontáneamente, envueltos por una llamarada pálida y fétida que los hizo cenizas en apenas unos instantes, a la vez que provocaron la huida de la pantera, asustada por la brusca aparición de aquel fuego sobrenatural. Una vez que las llamas se hubieron extinguido, Max se dispuso a desatar a la pobre Lorraine Mounier, la cual, aunque casi desvanecida de puro terror, se hallaba sana y salva. Con todo, Max, hombre honesto, no pudo ocultarse a sí mismo que su papel en aquella misión de rescate no había sido demasiado afortunado. Había actuado como un principiante, al fiarse de las apariencias y entregarle su arma al adversario. Había sido un error imperdonable. Por suerte, el enemigo también había cometido su propio error. En fin, tanto él como la niña habían salido ilesos de esta aventura y, como todo buen aficionado al fútbol sabe, a veces hay que conformarse con el resultado.

 POR: Javier
Fontenla

FUENTE: ESCALOFRIO.COM

 

LEONTINE.

 

UN VIDEO REALMENTE BUENO PERO DRAMÁTICO, incluso LACRIMÓGENO y es que, además, ES MUY DE ACTUALIDAD POR EL TEMA QUE TRATA.

Historia de un desahucio a una indefensa anciana.

VISTO EN: EPHENIC.

 

NIÑA MALDITA.

1

Lo crean o no, hubo una vez en la que fui una niña feliz. Era la segunda hija de una familia acomodada de la ciudad de México. Mi padre era un político muy respetado, y mi madre la hija mayor de una familia de clase media alta del estado de Nuevo León. Tenía una hermana mayor de nombre Samanta, que era dos años mayor que yo, y una hermana menor llamada Ágata, que era un año y medio menor. Vivíamos en una casa muy bonita, con un amplio jardín, al norte de la ciudad. En aquellos tiempos la vida era agradable, ahora no podría decir que realmente tengo una vida.

 

Caminé por el viejo cementerio de San Fernando, de la ciudad de México, donde tantas personas ilustres de esté país yacían. Los cementerios siempre me han traído paz, tal vez porque es el lugar al que, según las tradiciones populares, pertenecen los de mi especie. Aunque, yo más bien pienso que es por el hecho de que estos parecen existir alejados de todo lo que me recuerda lo que fui. Los cementerios son pequeñas ciudades hechas para los muertos, y este en especial, está construido a la usanza del viejo siglo XIX, yo no viví en ese siglo, sino en el XX, pero aun así me gusta el estilo que se tenía entonces.

 

Soy una niña eterna, aunque capaz de razonar como un adulto, los juegos infantiles y la manera simplista de ser de un niño siguen presentes en mí. Leí en una novela de vampiros que aunque el cuerpo permanecía igual la mente maduraba. Eso es cierto en muchos sentidos, pero también falso. En ocasiones, como ahora al narrar esto, soy capaz de actuar y expresarme como alguien mayor de edad, pero eso es sólo por la gran cantidad de cosas que he leído, visto y experimentado. En el fondo, aún soy una niña, aún busco muñecas a las que peinar y ataviar con vestidos hermosos, como aquellos con los que visto, aún cantó rondas infantiles y, en las noches más oscuras y solitarias, buscó algún parque vacío, me siento en un columpio y comienzo a mecerme entre risas o tarareando alguna canción infantil. Me siento niña, y sólo pienso con madurez cuando estoy en peligro, o cuando debó de hacer cosas necesarias para mantenerme.

 

Al alimentarme, la mayor parte de las veces, soy una adulta, aunque, algunas otras, juego con mis victimas. A los humanos les aterran muchas cosas, pero ninguna más que una niñita fantasma, o un demonio con forma de niño. Para ellos los niños son símbolo de pureza, y nada les aterra más que la posibilidad que esa pureza se corrompa. Un niño malvado o monstruoso es algo impensable para ellos.

 

Fue en uno de esos momentos en los que me encontré con Raúl. Un chico atormentado por pesadillas, al que era realmente fácil llevar a la locura con esos asuntos. Me deleite con los sueños que su mente era capaz de crear. Quería beber su sangre más que ninguna otra cosa, al tiempo que lo llevaba al colapso, haciendo realidad sus pesadillas. Eso era divertido para mí.

 

Dejé que me escuchara en dos ocasiones, colándome en su casa por la ventana del pasillo del segundo piso, al mismo tiempo que usaba mi poder para despertarlo, y hacer que sus padres no pudieran siquiera moverse, en caso de que Raúl fuera a hacer algo como gritar, aunque era poco probable. Esas dos veces lo aterré como ninguna de sus pesadillas podría hacer jamás. Y luego me mostré ante él, sólo para incrementar más aún ese miedo. Y la última vez, considerando que ya lo había atormentado demasiado, me dispuse a obtener de él lo que quería. Su sangre. Mi alimento.

 

Fue cuando él sacó la vieja fotografía, fue cuando supe quien era él. ¡Mi sobrino nieto! Había encontrado a la familia de la que me separaran tantos años atrás en Guanajuato, o al menos a su descendencia. Esa vieja fotografía, tomada en la Alameda Central de la ciudad de México, justo dos meses antes de ese viaje a Guanajuato, removió los recuerdos ocultos en lo más profundo de mi mente durante setenta años.

 

No atiné a nada más que agradecerle, luego tomé la fotografía como a un gran tesoro, y me alejé de él. No dañaría a mi familia recién encontrada.

 

Esa noche, llegué a la casa de la anciana Clara casi al amanecer.

 

Clara era una mujer de sesenta años, aunque se veía mayor, había perdido a toda su familia en un accidente de trafico veinte años atrás, un accidente en el que ella fue la única superviviente. Apenas si vivía de lo que quedaba de una pensión que su esposo le había dejado. Su esposo había sido el heredero de una familia acomodada de Guadalajara, que se había enamorado de ella cuando la conoció en un hotel en Tampico. Su familia se había opuesto al matrimonio, por supuesto, pero, para ese momento, él ya era un hombre que incluso había tomado la herencia, luego de que su padre muriera de tuberculosis un par de años atrás. Se habían casado y habían tenido dos hijos, un niño y una niña, la joven familia había logrado vivir feliz por unos años. Hasta el fatídico accidente.

 

La familia del hombre había logrado con engaños apoderarse de todo, dejándola a ella solo con una mínima pensión que su esposo había dejado previendo esa situación. La mujer se había derrumbado, usando el dinero dejado por su esposo en alcohol. Cuando la encontré, no fue difícil convencerla de que yo era su hija, en su estado permanente entre la razón y la locura se convenció de ello.

 

—María —dijo Clara, mientras se acercaba a mí para abrazarme. Como siempre, permanecí inmutable, esa mujer sólo me era útil para tener un lugar en donde vivir.

 

El tener el aspecto eterno de una niña me obliga a hacer ese tipo de cosas. Nadie le rentaría o vendería una casa a una niña de siete años que anda por ahí sola. El dinero no es un problema, siempre puede obtenerse de las victimas a las que ataco, o incluso manipular a algunos ladronzuelos para que roben por mí. Conseguir una casa donde pasar algún tiempo es más importante que el dinero, o me veo obligada a descansar en casas abandonadas o cementerios.

 

Ignoré a Clara y camine hacia la habitación que ella me había asignado. Era pequeña y sólo tenía una cama con un colchón duro y sin almohadas, además de un ropero que estaba a punto de caerse en pedazos, pero no necesitaba nada más.

 

Me recosté en la cama y saque la fotografía donde aparecía con mis hermanas. Si pudiera llorar, seguramente lo habría hecho en ese instante. Recordé como había comenzado todo. Recordé lo pasado en el ya lejano 1941.

 

2

Eran años tumultuosos, el mundo estaba en guerra, aunque mis padres no querían que mis hermanas y yo nos enteráramos, eso era complicado, ya que en el colegio de monjas donde estudiábamos, todo el mundo estaba por demás enterado de la situación. Además, en ese mes de marzo, comenzó a circular el rumor de que el país entraría a la guerra en favor de los Aliados. Yo no entendía a que se referían esos rumores, pero sabía que si el país entraba en guerra muchas personas serían enviadas a matar a otras, había incluso posibilidades de que mi padre tuviera que ir. Yo no quería que mi padre se fuera. Luego me enteraría que México sí entró en guerra, pero hasta más de un año después.

 

Una tarde de viernes, cuando mis hermanas y yo volvimos a casa luego de la escuela, nos encontramos con que nuestra madre estaba preparando unas pequeñas maletas. Extrañadas preguntamos lo que ocurría.

 

—Su abuela Martina está muy enferma —respondió, ella, mientras guardaba uno de sus vestidos en una valija de piel—, iremos todo el fin de semana a Guanajuato para visitarla.

 

La abuela Martina era mi abuela paterna. A mi me gustaba mucho ir a su casa durante las vacaciones porque ella vivía en una casa enorme. Era la casa donde mi padre había vivido hasta que se mudó a la ciudad de México para estudiar leyes en la Universidad. La abuela siempre tenía chocolates y me regalaba una muñeca, muchas de ellas muy bonitas, de porcelana con vestidos suntuosos.

 

Salimos de la capital en una tarde lluviosa. El viaje duró hasta muy avanzada la noche, por lo que nosotras estábamos profundamente dormidas cuando llegamos a Guanajuato. La casa de la familia Martínez era una enorme casa estilo colonial en el centro de la ciudad, muy cerca de la Alhóndiga de Granaditas, tenía amplios ventanales recubiertos con protectores de hierro forjado pintado de negro, tres pisos y ocho habitaciones, además de una sala de estar, un amplio comedor, una alacena, una enorme cocina y cuatro baños. En la entrada principal, había una enorme escalera de madera tallada a mano, sus peldaños estaban recubiertos con una alfombra persa color vino y subía hasta el segundo piso. Con gran cansancio, suní esas escaleras hasta la habitación que la criada había preparado para nosotras en el segundo piso. Me quede dormida tan pronto mi cabeza toco la almohada.

 

A la mañana siguiente, desperté encontrándome con la habitación que usaba cada verano cuando íbamos a esa misma casa a pasar dos semanas de sus vacaciones. Era una pieza amplia con tres camas individuales, un closet, cuatro buros, cuatro lámparas y una hermosa vista a un parque a través de un enorme ventanal.

 

Me levanté, mis hermanas ya habían salido de la habitación y la luz del sol se colaba por las cortinas color pastel. Rápidamente me cambié de ropa, me puse un hermoso vestido azul celeste que la tía Sofía me había traído de Europa, antes de que estallara la guerra. Me lavé y traté de peinar mi larga cabellera castaña oscura pero no pude conseguir mucho, más tarde tal vez, mi madre o la criada, Elisa, pudieran peinarme.

 

Encontré a mis hermanas y a mi padre ya en el comedor, listos para el almuerzo. Me senté justo al lado de Ágata y esperé a que Elisa me sirviera mi plato. Al poco rato entró mi madre y se dirigió a hacia mi padre. Hablaban en voz baja, tratando de que nosotras no escucháramos nada. Aun así fui capaz de captar algunas palabras: doctor, grave y poco tiempo. Luego mis padres salieron del comedor, antes de eso mamá nos ordenó permanecer allí y almorzar.

 

—¿A dónde irán? —pregunté, sin comprender muy bien lo que ocurría.

 

Samanta me dedicó una mirada brillante a causa de las lágrimas. Ella había estado más cerca, por lo que había podido escuchar mucho más de la conversación de los adultos.

 

—La abuela está muy mal —respondió, mientras bajaba la mirada al plato de huevos que tenía al frente.

 

—¿Sé pondrá bien? —pregunté.

 

Samanta sólo pudo negar con la cabeza.

 

El día paso de manera extraña. Un doctor llegó cerca del medio día y se quedo en la casa hasta el anochecer. Mis padres y Elisa entraban y salían de la habitación de la abuela cada cierto tiempo. A las cuatro de la tarde, mientras mis hermanas y yo estábamos en la sala de estar jugando con algunas muñecas, mi madre fue a recogernos. Hizo que nos bañaran y nos vistió con nuestra mejor ropa. Ya bien arregladas, nos llevó al cuarto de la abuela. La habitación tenía un olor raro, como a alcohol y otras cosas. La abuela lucia muy mal, y estaba en cama con un trapo empapado en la frente, el cual Elisa retiraba para volverlo a remojar cada pocos minutos. En una silla al lado de la cama, estaba mi padre, se veía cansado y demacrado, pero no tanto como la abuela.

 

—Acérquense niñas —nos pidió, con voz suave.

 

De inmediato obedecimos y nos acercamos a la cama de nuestra convaleciente abuela. Allí el olor era más penetrante. La abuela abrió los ojos por un momento y nos dedico una mirada llena de lágrimas. Alzó la mano como si pretendiera alcanzarnos, pero de inmediato volvió a caer sobre la cama.

 

—Mis niñas, tan grandes —dijo, y su voz era ronca.

Permanecimos un largo rato allí, hasta que la abuela se quedo dormida. Mamá se volvió hacia el doctor, el cual pareció comprender lo que trataba de decirle. El doctor asintió. No era contagioso.

 

—Niñas, den a su abuela un beso de las buenas noches —nos susurró nuestra madre.

 

Luego de obedecerla, Elisa nos llevó al comedor para que cenáramos algo ligero antes de enviarnos a dormir.

 

Al día siguiente había más agitación en la casa. La tía Sofía llegó muy temprano en la mañana, y casi al instante fue a ver a la abuela. El tío Abelardo, por su parte, estaba en la sala donde sostenía una conversación con el doctor. El primo Jorge, por su parte, estaba más inquieto que de costumbre. Pero, al rato, la tía Sofía lo regaño más fuerte de lo que nunca había hecho.

 

Por la tarde, la abuela volvió a dormirse, y esta vez, los adultos se pusieron muy tristes. El mismo doctor del día anterior llegó junto con otras personas, que entraron a la habitación de la abuela y pasaron un largo rato allí. Ninguno de los otros adultos volvió a entrar.

 

Como a las cinco de la tarde, mientras unas personas con trajes comenzaban a llevar enormes candelabros que colocaban en la sala, el tío Abelardo le sugirió a Elisa, quien tenía los ojos rojos, pues había estado llorando, que nos llevara al parque, mientras los hombres de la funeraria se ocupaban de arreglar todo para el velatorio. Según el hombre, lo mejor era que estuviéramos cansadas para que pudiéramos dormir toda la noche y no fuéramos a molestar a los dolientes.

 

Ese viaje al parque marcario el último encuentro que tendría con mi familia hasta décadas después cuando me encontrara con Raúl.

 

Dejé de recordar esas cosas.

 

3

Mientras vagaba por el cementerio, no podía evitar pensar en la familia humana que había dejado atrás. ¿Qué clase de vida habían llevado? ¿Me olvidaron o pasaron el resto de su vida buscándome? Eran preguntas que rondaban mi cabeza en todo momento. Quería saber como habían muerto mis padres, cuando y con quienes se habían casado mis hermanas, cuantos hijos habían tenido, cuantos nietos. Conocía a Raúl, nieto de Ágata, pero aun no sabía nada de Samanta. Necesitaba respuestas, y sólo había un lugar al que podía ir en busca de estás.

 

Hacia ya más de un mes que no estaba en ese lugar, la casa de Raúl, mi sobrino nieto. Sondeé los pensamientos de sus habitantes. Mi rostro debió de ensombrecerse por la culpa y la tristeza. Raúl tenía aún horribles pesadillas causadas por mis apariciones ante él. Me arrepentí por primera vez en años de dejarme llevar por mis sádicos juegos, y deseé nunca haberme topado con ese pobre chico. Pero, por otro lado, me consolaba el hecho de saber que sí no lo hubiera encontrado y elegido cómo a una victima, nunca habría sabido que aún quedaba algo de mí familia humana.

 

Usando mi poder hice que Raúl me olvidara, al menos por un tiempo, de esa manera tendría algo de descanso, deseé poder borrar totalmente el conocimiento sobre mi exigencia de su mente, pero con el poco poder que poseo, comparado con el de otros que son como yo, no soy capaz de tal hazaña, al menos no por ahora.

 

Pasé entonces a buscar en la mente, no sólo de Raúl, sino de todos los habitantes de esa casa, información sobre mi familia. Me entere de que Samanta había muerto apenas unos meses atrás, y de que Ágata vivía felizmente con su esposo en Monterrey, desde hacía al menos veinticinco años. Obtuve la información del lugar donde estaba enterrada mi hermana mayor y la dirección donde vivía la menor.

 

Me dirigí al cementerio donde yacían los restos mortales de Samanta. Me senté sobre la lapida, mientras observaba el grabado con el nombre de mi hermana.

 

«Samanta Martínez Soto

1932–2005″

 

Pasé mis dedos sobre el relieve de su nombre, deseando poder derramar algunas lagrimas, pero mis ojos muertos nuevamente no me lo permite, hace ya casi setenta años que no lo hacen. Allí, sentada sobre la tumba de la que fuera mi hermana querida, rememoré aquella fatídica noche en Guanajuato, cuando mi cuerpo y parte de mi mente fueron estancadas en los siete años por una muerte que no fue muerte, valga la redundancia.

 

El parque en al que Elisa nos llevo era uno enorme. Tenía grandes jardines y un área llena de columpios, toboganes y balancines. Mis hermanas corrieron de inmediato a un tobogán, mientras el primo Jorge hacía lo propio pero hacia un tobogán un poco más alejado. Cómo todo niño de esa edad, no le agradaban las niñas, decía que olían mal y prefería jugar solo a hacerlo con una de nosotras. Yo por mi parte, siempre he sido muy fanática de los columpios, es lo primero que busco cuando voy a un parque. De inmediato divisé unos, pero estaban totalmente ocupados por unos chicos que juagaban a saltar de estos en noviecito.

 

Di algunas vueltas al lugar tratando de encontrar otros columpios. Encontré unos un tanto alejados del resto, estaban en un parte donde la hierba estaba algo crecida, y una gran cantidad de arboles tapaban la vista hacía el resto de los juegos. No me importó, además siempre me gusto explorar, y esa arboleda era un bosque debía atravesar para encontrar un tesoro. Una vez llegué a los columpios, me senté en uno, las cuerdas se tensaron y la estructura pareció temblar, pero luego se estabilizo. Comencé a mecerme, mientras tarareaba la ronda de Doña Blanca.

 

El sol, había estado ya ocultándose cuando llegamos al parque, y mientras yo estaba en el columpio, terminó de oscurecer. Las luces del parque se encendieron, aunque la que estaba en el área donde yo me encontraba, parpadeaban cada pocos minutos, dejándome en completa oscuridad por unos momentos. Fue en uno de esos momentos cuando apareció.

 

Yo cerré los ojos por un instante, mientras trataba de columpiarme más fuerte, tratando de superar mi marca anterior. Cuando abrí los ojos, ella estaba frente a mí, recargada en un árbol viéndome con sus ojos terriblemente amarillos. Llevaba un vestido blanco sencillo, y su larga cabellera negra contrastaba por completo con su piel blanca y de aspecto impío cómo si se tratara de nieve.

 

Dejé de mecerme y volví la cabeza hacía todos lados, tratando de buscar a alguien más, pues esa mujer me daba mucho miedo. Todos estaban demasiado lejos. Aun siendo una niña, comprendí que había cometido un terrible error al alejarme demasiado del lugar donde Elisa y mis hermanas estaban.

 

Rápidamente me puse de pie y traté de correr hacia donde ellas se encontraban, pero la mujer fue más rápida. Me tomó por la espalda, levantándome con mucha facilidad, mientras me tapaba la boca con su mano. Traté de liberarme, pateando y forcejeando, pero ella era más fuerte.

 

—Mi dulce niña —dijo ella en un susurró, tan dulce pero a la vez aterrador—. Te estaba buscando, Sarah.

 

Lo último que supe antes perder la conciencia, fue que algo filoso como alfileres se clavaba en mi cuello.

 

4

No supe cuanto tiempo permanecí inconsciente, pudieron haber sido horas, días o incluso semanas. Me encontré con una habitación desprovista casi por completo de muebles, salvo una cama que rechinaba horriblemente cada vez que me movía. El colchón, la almohada y la manta donde yacía no eran más que un montón de retazos de tela unidos por precarias costuras. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de hollín, dejando ver que en el pasado el sitio había sufrido daños por un incendio. A la derecha de la cama había una ventana con un marco de madera astillado, que al parecer había sido colocado recientemente, pues no había marcas de fuego en él. No tenía cristales y las persianas que pretendían cubrirla estaban mal colocadas. A través de esa ventana se colaba un aire húmedo, y el olor de la lluvia reciente. Frente a la cama había una puerta de madera la cual si parecía haber estrado el fuego.

 

Me puse de pie y camine hasta la ventana. De inmediato note que mi vestido estaba sucio y olía a sudor, el olor era penetrante, además, estaba mezclado con un olor dulzón que de inmediato hizo que mi estómago sintiera abre. Pero no era un hambre común, era como tener sed y hambre al mismo tiempo, mi boca parecía seca y sentía como sí en lugar de estómago tuviera un hueco. Con paso ligero, a pesar del malestar, caminé hacía la ventana. Me encontré con una vista magnifica de Guanajuato al atardecer. Casa estaba ubicada en uno de los cerros cercanos a la ciudad. Dejé atrás esa magnifica vista y me dirigía hacia la puerta.

 

Mis manos de llenaron de tizne cuando empuje la puerta, la cual se abrió con un rechinido. Me encontré con una habitación en penumbras, aunque extrañamente era capaz de distinguir perfectamente cada detalle del lugar. Aquí había muebles antiguos que parecían haber sido sacados recientemente de un incendio. Las paredes lucían un estado mucho peor que el anterior. En el centro, estaba una mesa en mucho mejor estado que el resto, pero no era cualquier tipo de mesa, era de metal. Sobre la mesa yacía el cuerpo de un niño harapiento. Me acerqué y lo observé con cierto asombro.

 

El hambre rugió dentro de mí, y la sed parecía haber transformado mi boca en arena. El olor dulzón que había percibido antes era más fuerte, y provenía de ese niño. El niño, estaba vestido con restos de tela remendados que simulaban ser ropa. Tenía una cabellera negra grasosa y pastosa debido a las plastas de tierra y sudor que la impregnaban. Su piel no estaba en mejor estado, estaba ceniza y demacrada, además de que parecía no haber sido la lavada en mucho tiempo.

 

—Sarah, querida, que bien que despertaras —dijo una voz desde alguna parte de la habitación.

 

Surgida de la misma oscuridad, apareció la misma mujer que había visto en el parque. Sus ojos amarillos, que en otro momento había parecido monstruosos, me miraban con una ternura que me recordaba mucho a mi madre. Su piel blanca parecía brillar en la noche, recién caída, pero extrañamente no resultaba contrastante, cómo si no hubiera otro lugar para ella.

 

—Mi nombre es Isabel —le corregí, con la inocencia infantil destilando de mis palabras.

 

La expresión de la mujer pareció turbarse un momento, antes de volver a verme con esa expresión maternal. Soltó una carcajada que sonaba jovial y con un cierto deje de locura. Se acercó a mí con rapidez y me tomó en brazos, antes de dar algunas vueltas por la habitación. Me besó en ambas mejillas y me estrechó contra sí, de la misma manera que yo hacía con mis muñecas cuando jugaba a ser su mamá.

 

—Mi dulce niña, cuando bromeas de esa manera me recuerdas a tu padre.

 

—¿Mamá? —pregunté con voz temblorosa. En el fondo era consiente que esa mujer no era nada más que mi secuestradora, pero de alguna manera estaba comenzando a caer bajo el influjo de una fuerza extraña, los recuerdos de mi verdadera madre parecían adormecerse, mientras la figura de esa mujer ocupaba lentamente su lugar.

 

—Luces hambrienta, Sarah —me dejó en el suelo y luego me guio hacia niño, el cual parecía estar por despertar—. Necesitas comer bien.

 

Con su mano hizo que agachara la cabeza hasta que mis labios parecieron besar el cuello de ese niño. Sentía la vena principal de ese chico palpitar contra mis labios, y escuchaba cada latido de su corazón. El hambre y la sed aumentaron hasta que se hacían insoportables. Todo a mí alrededor pareció dejar de existir, todo a excepción de ese chico y mis necesidades básicas. Mi boca se abrió y unos dientes y colmillos largos y filosos habían remplazado a mi dentadura humana. Asenté la primera mordedura fatal, el chico despertó y trato de gritar, pero instintivamente tape su boca con mi propia mano. La presión que ejercía era tal que en determinado momento su mandíbula cedió quebrándose majo mi fuerza, pero aun así no le solté.

 

Mientras, mi boca había comenzado a sorber de la vena abierta. La sangre fluía en un torrente de sensaciones, calmando mi sed y saciando mi hambre. El corazón del niño latía cada vez más lento, mientras el mió aceleraba a medida que si sangre era absorbida por cada célula de mi cuerpo y depositada en mi sistema circulatorio, remplazando mi propia sangre, la cual ya había sido consumida por madre.

 

Una vez que la sangre del chico se agotó, madre me alejó del chico.

 

—Sarah, ve a tú habitación mientras recojo la mesa.

 

Hice lo que madre me pedía. Entré a la misma habitación donde había despertado. Me recosté en la cama y fije mi vista en el techo con sus vigas ennegrecidas por el humo de un incendio sucedido demasiado tiempo atrás. Sin saber porque, comencé a sentir muchas ganas de llorar, pero el llanto jamás se presentó, mi cuerpo ya no era capaz de hacerlo. Llorar significaba liberar fluidos, liberar sangre, algo que mi nuevo cuerpo diseñado para desear, beber y consumir sangre no se podía permitir.

 

Cuando madre volvió, me tomó en sus brazos y luego me llevó hacia un sótano. Bloqueó la puerta con un gran tablón de madera, y allí dormimos por mucho tiempo, hechas un ovillo contra una de las esquinas del lugar.

 

Así fue nuestra vida por mucho tiempo, tal vez años. Alimentarnos, yo de algún pobre niño sin hogar o de alguno sustraído de alguna casa pobre o de alguna granja cercana a nuestro refugió, ella de cualquiera que se cruzara en su camino. Madre está loca, esa es la única conclusión a la que puedo llegar respecto a ella. Perdió a su hija la misma noche en la que se transformo en lo que es. Ahora, cuando ve a otra niña con características similares, la toma como a una muñeca para que remplace a esa otra niña. Pero, llegado un momento, se cansa de sus juguetes y los rompe. ¿Cuántas hubo antes de mí? Nunca lo sabré, y sé que habrá muchas más luego de mí.

 

5

Clara está enferma, lo sé, pero no he querido deshacerme de ella todavía. Si supiera cómo, tal vez la transformaría en alguien como yo, para poder usarla como protectora eternamente. Pero, eso es algo que madre jamás me enseñó. Ella sólo me dijo cómo matar. El arte de sobrevivir, mezclarme y ocultarme entre los humanos tuve que aprenderlo yo sola. También a usar los pocos poderes que ella me heredo. Jamás he visto a otros como nosotras, pero sé que los hay, después de todo ¿alguien tuvo que haberla transformado a ella en lo que es?

 

El recuerdo de la tumba de Samanta aún estaba fresco en mi mente, mientras me recostaba en la cama. Esa noche, cuando llegué a casa de Clara, la anciana nuevamente tenía un plato de comida ya fría esperándome en la cocina. Como cada noche, lo comí, aun cuando luego tuve que vomitarlo en el retrete. Esa mujer esta tan convencida de que yo soy su hija muerta, al igual que madre.

 

Luego de leer algunos libros sobre psicología, he llegado a la conclusión de que busco a mujeres en un estado de locura similar al de madre para que hagan de mis protectoras. Debe ser una extraña patología que me hace buscar algo familiar a lo que fue la figura materna que tuve al comenzar con esta no-vida. Aunque, lo más probable es que lo hago por resultar más fácil y más cómodo para mí. Nunca lo sabré realmente.

 

Madre era dulce en su trato conmigo, y una fiera cuando alguien parecía amenazar nuestra falsa felicidad. Pero, a pesar de todo, ella nunca podría conseguir que yo olvidara a mis padres reales, y a la familia que ella me había hecho abandonar. Ella suprimía mis recuerdos de ellos con sus poderes, aunque parecía no darse cuenta de ello. Pero, conforme pasaban los meses y los años, mis propios poderes crecían, causando que poco a poco lograra liberarme de su influjo.

 

Sucedió en algún momento de los años cincuenta. Mi poder era lo suficiente para liberarme totalmente de su influjo. Ella lo intuía, de eso estoy segura, ya que semanas antes de que me alejara definitivamente de ella, se volvió más posesiva y trataba de controlarme en todo momento.

 

Cuando mis recuerdos sobre mi vida mortal estaban totalmente restaurados, comencé a buscar información sobre lo que estaba pasando realmente en el mundo. Mi mente, cómo ya he dicho antes, es capaz de actuar maduramente en ciertos momentos, y esa misma madurez me instaba a buscar conocimiento. Robaba diarios y libros de las casas en las que madre y yo nos colábamos en busca de alimento. Comprendí cuanto habían cambiado las cosas en esos años. La guerra de la que se hablaba cuando yo tenía siete años había acabado en 1945. México había entrado, aunque su participación en ella fue efímera, comparada con la de otros países. Pero eso no era lo que me importaba, quería saber sobre mis padres. Pero, cómo es obvio, no encontré nada sobre ellos en ninguna de las publicaciones que pude leer. Ellos no eran tan importantes como yo había pensado antes.

 

Cuando estaba por rendirme, encontré un pequeño artículo sobre mi padre en una vieja revista sobre política.

 

«Tras la desaparición de su hija, Aurelio Martínez, se sumió en una depresión. Tras terminar con su diputación en 1943 no volvió a presentarse para ningún cargo público y dedico el resto de su vida a buscar a la pequeña Isabel, a la que había buscado con ahínco y desesperación desde que desapareciera en la ciudad de Guanajuato marzo de 1941.

 

Aurelio Martínez, quien murió a los cuarenta y siete años, tuvo una corta pero fructífera carrera política. Una lastima que uno de los más prometedores haya tenido que dejar su carrera. Se sabe que hasta sus últimos días siguió buscando a su hija, con la esperanza de algún día tenerla entre sus brazos nuevamente.

 

Le sobreviven…»

 

No fui capaz de saber nada más ya que faltaba un pedazo de hoja. El artículo estaba adornado con una imagen de mi padre. En la fotografía se veía demacrado y envejecido, a pesar de que aun no llegaba siquiera a los cincuenta años. Ese fue otro de los muchos momentos en los que deseé realmente poder derramar lágrimas, aunque fueran de sangre. Pero eso jamás sucedería.

 

Pase las noches siguientes, y también gran parte de los días, observando esa imagen. Hasta que en un momento de desesperación la hice pedazos. ¡Ese no era el hombre al que había llamado padre! Mi padre era un hombre de cabellera negra y ojos vivaces, no un anciano prematuro de cabellera gris y ojos apagados.

 

La realidad me golpeó con su poderoso puño. Toda la vida que alguna vez tuve estaba destrozada, tal vez mi madre también estaba muerta. E incluso alguna de mis hermanas. Aunque el reportaje indicaba que aún quedaban algunos miembros de mi familia, siempre podían referirse a sobrinos, primos o algún otro familiar. No supe nada de mi familia hasta que me encontré con Raúl.

 

Una noche, cuando llegué a casa, luego de haber estado largo rato en un parque cercano jugando en un viejo columpio, madre me esperaba. Se veía más sombría y triste de lo que nunca antes la había visto. No le di mucha importancia a ese hecho, hasta que posé mi mirada en la misma mesa donde años atrás bebí mi primera sangre. Allí había una niña, de mi estura, con el cabello castaño oscuro y del mismo tamaño que él mió. Era mi remplazo.

 

—Te esperábamos, Isabel —dijo madre, y su voz esta vez era fría y distante. Ya no estaba convencida de que yo era su hija perdida—. A Sarah no le gusta compartir, por eso debó de asegurarme de que sea hija única. Sé que lo comprendes, querida.

 

Fue muy veloz, en un instante la tenía sobre mí. Me sujetó por el cuello con ambas manos mientras su cuerpo me aplastaba el pecho y el estómago. Sus manos parecían de acero, mientras ejercían presión sobre mi tráquea. Pero yo permanecí inmóvil, mi cuerpo no necesitaba otra cosa más que sangre, por lo que la perdida de oxígeno no era realmente importante.

 

Fijé mi mirada en los ojos de madre, mientras la miraba indiferente. No me importaba lo que hiciera conmigo, de hecho, si ella sabía una forma de matarme, deseé que la usara en ese mismo momento. Ella pareció intuir esto, pero algo en mi manera de verla hizo que me soltara y se alejara de mí.

 

—¿Cómo lo haces, niña? —preguntó, mientras se agazapaba contra la pared ennegrecida y me miraba llena de preocupación.

 

—¿Hacer qué? —pregunté, sin comprender ese cambio de actitud en ella.

 

—No te importa morir —no era una pregunta, pero me hizo pensar.

 

—No —respondí finalmente, mientras me ponía de pie y me acercaba a ella—. Si realmente sabes cómo, matame.

 

Pero ella río, de la misma manera que lo había hecho esa primera noche tantos años atrás. Aunque, poco a poco, la locura en su risa se iba esfumando, hasta que quedó sólo la jovialidad.

 

—Isabel, eres más fuerte de lo que esperaba —dijo, tras dejar de reír, y por una vez me pareció realmente cuerda—. Si no fuera porque debo cuidar de Sarah, te adoptaría, niña. Ve, sal al mundo y muéstrales lo fuerte que eres, hazlo por mí, por tu madre que te ha criado tan bien.

 

Cerré los ojos, si ella sabía o no como destruirme, no me lo diría, y por supuesto tampoco lo haría. Sabía que no tenía sentido pedírselo, ella nunca aceptaría tal cosa. Estaba, de una manera retorcida y terrible, orgullosa de mí, de su hija inmortal.

 

—¿Cuál es tú nombre? —durante años ella había sido sólo «madre», y yo necesitaba saber que ella realmente tenía un nombre.

 

—Frida —respondió ella, y me dedicó una sonrisa maternal—, nunca olvides mi nombre, hija.

 

Jamás lo olvidaré, no podría hacerlo, ese es el nombre de quien me alejó de todo y me condenó a esta existencia. Por ella he matado, he destrozado y seguiré haciéndolo. Por ella, casi mato a mi sobrino nieto.

 

Me di la vuelta y abandoné ese lugar. Nunca más volvería a verla. Pero, aún sé que sigue buscando a una hija que nunca volverá a estar con ella. Y muchas niñas sufrirán lo que yo he sufrido durante tantos años. Aun no me queda claro si ella realmente sabía cómo destruir a uno de los nuestros. Tal vez por eso creyó que podía hacerlo matándome cómo a un humano cualquiera. Si es así, tal vez hay un montón de niñas monstruosas iguales a mí vagando por el mundo y tratando de saber por qué han tenido que sufrir este destino.

 

6

Luego de dejar a Frida, fui a la casa de la abuela Martina. La casa era ahora una pequeña pensión administrada por alguien que no tenía relación con mi familia. No pude encontrar nada allí que me resultara realmente interesante, por lo que decidí marcharme de allí. Vagué unos días por la ciudad de Guanajuato, pero estaba demasiado cerca de Frida, lo cual me hacia sentir mal.

 

Encontré a mi primera protectora, una mujer con una historia no muy distinta a la de Clara. La usé para viajar por las ciudades más importantes del estado. Residí con ella en León por un tiempo, luego Irapuato, Celaya, Dolores. En Dolores mi protectora murió, y haciendo uso de mis poderes, logré abordar un tren hacia Guadalajara.

 

Continúe recorriendo varios lugares del país, a veces con protectores, otras valiéndome de mis poderes. Finalmente, en 1998, llegué a la ciudad de México. La capital había cambiado mucho, y yo no recordaba en qué parte quedaba la casa donde había vivido mis años mortales, y aunque lo hiciera, no la hubiera podido encontrar. En el 2003 me topé con Clara, quien desde entonces es mi protectora.

 

Una noche, vagaba por las calles solitarias de la parte sur de la ciudad, cuando mi mente captó la de un chico atormentado por pesadillas. Sin saberlo, había encontrado a mi familia mortal.

 

7

Ya lo he decidido, nada me hará cambiara de opinión. Le daré la paz a Clara, quien tanto la necesita, luego iré a Monterrey, necesito ver a Ágata, aunque solo sea de lejos. En un par de años volveré a la capital. Tengo una teoría de cómo podría crear a alguien como yo. Haré algunas pruebas, y si tengo razón, pronto Raúl podrá acompañarme. Necesito un protector permanente, y nadie mejor para el trabajo que alguien de la familia.

AUTOR/A: alucard70

FUENTE: Escalofrio.com

DRAMA JUDICIAL.

 

Un niño de 7 años fue ayer el centro de atención en un drama en la audiencia provincial de  Madrid, cuando recurrió una orden del juzgado sobre quien debería tener su custodia.

Los padres del chico le han estado pegando palizas desde muy pequeño, por ello el juez inicialmente concedió la custodia a su tía de acuerdo con la ley que intenta que la unidad de la familia se mantenga lo mas posible.

El niño sorprendió al juzgado cuando dijo que su tía le metía incluso mas palizas que sus padres y que se negaba rotundamente a vivir con ella.

Cuando el juez sugirió que viviera con sus abuelos el chico, llorando, dijo que ellos también le metían palizas.

Tras considerar al resto de su inmediata familia y darse cuenta que la violencia doméstica parece ser una forma de vida entre ellos, el juez tomo la sorprendente decisión de preguntar al chico que quien creería él que debería tener su custodia.

Tras dos parones para verificar referencias legales, sentencias anteriores y hablar sobre el tema con los funcionarios de la fiscalía de protección al menor, el juez dio temporalmente la custodia del niño al Atlético de  Madrid, a quienes el niño considera totalmente incapaces de meter una paliza a nadie.

CONDUCCIÓN RESPONSABLE.

 

Conduccion responsable….

Sigan el ejemplo cabritos
 
 
 
 
Deseo compartir con Uds. una experiencia relativa al beber y el conducir.
 
Como Uds. saben algunos de nosotros hemos tenido algunas dificultades con las autoridades en nuestro regreso a casa, después de haber participado en alguna actividad social, durante estos últimos años.
 
Hace un par de noches, estando con amigos en la previa a las fiestas de fin de semana, ya con un par de cervezas y algunos vodkas en exceso, me di cuenta de que se me había pasado un poco la mano, por que hice algo que nunca antes había hecho: opté por tomar un bus e irme a casa.
 
Llegar sano y salvo a casa fue una agradable sorpresa, considerando que nunca en mi vida había manejado un bus, no sé dónde lo conseguí y lo tengo estacionado frente a mi casa hasta que alguien lo venga a reclamar.
 
¡¡Ojalá, les sirva la experiencia!!

DIRECTORA PERO, POR SIEMPRE, MAESTRA.

En una escuela secundaria de lomas de zamora, el año pasado, las alumnas habían adquirido la mala costumbre de besar los espejos para dejarlos con las marcas de sus lápices de labios.

 

Todas las mañanas, los espejos de los baños de las mujeres amanecían llenos de «besos» de colores.

 

La directora publicó entonces un «comunicado», pidiendo «por favor» a todas las alumnas que se abstuvieran de imprimir besos en los espejos «porque recargaba el trabajo del personal de limpieza.

 

La explicación del motivo no sirvió de nada, lo mismo que la civilizada solicitud, ya que los espejos siguieron apareciendo llenos de marcas de pintura de labios.

 

Al final, la directora junto a la mayor cantidad de alumnas que pudieron entrar al mismo tiempo en el baño de mujeres, les explicó que quería mostrarles lo difícil que era para el personal de limpieza eliminar esas marcas todos los días.

 

Ya reunidas en ese lugar, le pidió a la señora de la limpieza que procediera con la tarea. La mujer cumplió enseguida: tomó un trapo seco, lo mojó varias veces en un inodoro, lo escurrió y procedió a sacar las marcas una por una. Cada tanto volvió a mojar el trapo en otro inodoro, lo retorció y siguió limpiando, hasta que todos los espejos quedaron brillantes …

 

Nunca más aparecieron marcas de labios en los espejos … *

 

*MORALEJA: Maestritos hay muchos. Educadores, no tantos..*.

 

*»El verdadero hombre inteligente es el que aparenta ser pelot …, delante de un pelot … que aparenta ser ¡Inteligente !!!….*

QUERIDA BELLA: ………

 

Querida Bella, hace 2 años ligué. Pero no de esa manera patética que tengo de hacerlo, sino por la puerta grande.

Aquella fatídica noche conocí a un bombón que se llamaba Paula. Era una chica sacada de una revista erótica. Una de esas con la que fantaseas todas las noches y que se ves en la calle no te la quitas de la cabeza en seis meses. Paula. Paula se llamaba. Vivíamos en el mismo bloque. Se había mudado hace poco al 8ºD.

Recuerdo que aquella noche pude verla observándome mientras yo bailaba haciendo el «ganso» en la discoteca. Recuerdo cómo se acercó a mí. Como me sonrió. Como se giró. Como me fustigó con su larga y bienoliente melena. Como se me metieron sus pelos en mi ojo y como lloré de dolor. También recuerdo que por un motivo inexplicable en mí conseguí mantener una conversación simpática y que mientras lo hacía notaba algún que otro retortijón.

Como de una nube caí en la realidad que me llevaba a su casa.

– ¡Chavalote hay que cumplir!¡Hay que cumplir!- me dije a mí mismo.

Me invitó a una copa que no me supo a nada. Mientras ella me hablaba cariñosamente agarrada, yo intentaba repasar mentalmente todo lo que había aprendido en 10 años de consumo compulsivo de pornografía. Mi gran maestro, Rocco Sifreddi, me lo había enseñado todo.

En un momento dado, pasó por mi mente el chino de karate kid diciendo: «dal cela, pulil cela dal cela, pulil cela» ¡Lárgate de aquí, cabrón!

Me despertaron de mis cavilaciones, o mejor dicho, mis alucinaciones, unos besos que Paula comenzó a darme en el cuello. Me temblaban las piernas. Se me salía el corazón. Nos íbamos a dar un beso.

-A ver, ¡repasa!- pensé -Posición de los labios. Perfecto. ¿Cantidad de saliva? Bien, bien. ¿Movimiento? Suave y constante. Mano derecha pecho izquierdo, mano izquierda cachete derecho. Todo genial. Perfecto.

Pero de pronto se me encendieron todas las alarmas. ¡Luz roja luz roja! ACUMULACIÓN PELIGROSA DE GASES.

¡Dios mío! Creí que se me iba a escapar el pedo más grande jamás tirado.

-Paula cariño -dije con los ojos achinados y una voz que intentaba disimular el esfuerzo- ¿puedo ir al baño? – Sí claro, en el pasillo. Segunda puerta a la derecha.

En un último esfuerzo esbocé una sonrisa mientras me dirigía al baño en un paso que se convertía en carrera tras un nuevo retortijón.

Tras varios minutos de descarga y concierto de corneta comencé a recuperar el color y a recordar dónde estaba. Y lo que era más importante, con quién estaba. Reparé en aquellos momentos en el olor nauseabundo que había creado en aquel pequeño cuarto de baño, pero me volví a relajar cuando vi que tenía ventana y había un bote de desodorante. Además, pensé, estaba en la otra punta de la casa.

Cuando terminé de reflexionar tomé un trozo de papel higiénico y me dispuse a limpiar aquello que siempre hay que limpiar después de hacer una visita al señor Roca, cuando mi mirada fue a parar a mis calzoncillos.

Aquello no era la simple y típica zurrapilla, ni tampoco un pedo sucio. Aquello era una real cagada en mis calzoncillos.

-¿Y ahora qué hago?¿Qué hago? ¡Lavarlos!-exhorté. Pero aquello era demasiado espectacular como para quitarlos con un poquito de agua. Con la tensión por las nubes y las pulsaciones disparadas no podía pensar.

-Céntrate-pensaba-tienes que deshacerte de ellos.

Por una ventana del 8º piso salieron unos slip volando que cayeron en el ojo-patio.

Intentando mantener la dignidad y no hacer mucho ruido lavé mis posaderas en el bidé de aquella casa.

-¿Y ahora que hago? Si me pongo los pantalones va a pensar que soy un guarro. Un tío sin calzoncillos…- pensé- ¡Iré desnudo! Si ahora llego en bolas lo mismo se me pone como una moto.

Me quité el resto de la ropa y salí del baño pensando que era la decisión acertada. Mientras iba por el pasillo iba diciendo: «¡Paula cariño, ya vuelvo!»

Antes de llegar al salón dejé toda la ropa en el suelo y de un salto como si de un equilibrista se tratase entré en el salón con los brazos abiertos, ante el asombro de Paula, Don Antonio (su padre) y Doña Elvira (la madre).

Nuevamente noté los retortijones y sentí que las piernas me fallaban. Sin mediar palabra giré sobre mis pies y me agaché para recoger la ropa ante la incredulidad de los tres, pero con tan mala fortuna que al flexionar el tronco se escuchó como un melódico y sonoro ¡Prrrrt! salía de mi culo.

Tras decir un tímido «losiento» y un «buenasnoches» salí de aquella casa y bajé a toda prisa 4 plantas. Yo vivía en un 3º pero era tal las sensaciones que se agolpaban en mi cabeza y en mi pecho que sentía las piernas paralizadas. Me apoyé de espaldas a la pared mientras trataba se serenarme tomando largas bocanadas de aire.

Pero aquella noche no podía terminar así. La puerta del 4ºC se abrió y apareció Dña Paca una mujer de 76 años, que como supe después, acostumbraba a pasear de madrugada. Esta mujer al verme abrió mucho los ojos, hizo un ruido extraño y cerró la puerta. Tras lo cual se escuchó un golpe seco, que imagino era la cadera de Dña Paca que se había roto al caer.

Tenía que llegar a mi casa. Bajé sigilosa pero velozmente la escalera y saqué la llave de mis pantalones en cuanto llegué a mi puerta.

Debido a mi desconcierto no había escuchado que el ascensor estaba funcionando y que se paraba en mi planta. Y que se abría la puerta. Y que por ella salía mi vecina Mari carmen, que volvía de la juerga.

Tras la sorpresa inicial, fijó su mirada en mi pajarito que tras lo vivido aquella nochecita se había encogido, casi escondido (no recobró su aspecto hasta varios días después). Pues bien, tras echar un vistazo comenzó a reírse sonoramente señalando aquel tímido indicio de hombría.

Aquella fue la peor noche de mi vida. Y la mañana siguiente la más agitada del bloque desde el incendio del 74, ya que Lourdes, la del 6ºB encontró una bola de mierda envuelta en unos calzoncillos en la ventana de su dormitorio. A Dña Paca tuvieron que llevarla al hospital con la cadera rota y una angina de pecho después de que un pervertido desnudo le atacara al salir de casa. Y los Rodríguez, una familia que a pocos les dio tiempo conocer, abandonaron la casa precipitadamente ese día.

Ya no volví a saber nada de Paula y he intentado olvidar aquella noche. Tan solo la sonrisa burlona de mi vecina Mari carmen me recuerda cada día que aquella noche viví una Pesadilla.

EL PORTERO DEL PROSTÍBULO.

Hay un cuento en el Talmud, trata sobre un hombre común. Ese hombre era el portero de un prostíbulo. No había en aquel pueblo un oficio peor conceptuado y peor pagado que el de portero del prostíbulo… Pero ¿qué otra cosa podría hacer aquel hombre? De hecho, nunca había aprendido a leer ni a escribir, no tenía ninguna otra actividad ni oficio. En realidad, era su puesto porque su padre había sido el portero de ese prostíbulo y también antes, el padre de su padre. Durante décadas, el prostíbulo se pasaba de padres a hijos y la portería se pasaba de padres a hijos.

Un día, el viejo propietario murió y se hizo cargo del prostíbulo un joven con inquietudes, creativo y emprendedor. El joven decidió modernizar el negocio. Modificó las habitaciones y después citó al personal para darle nuevas instrucciones.

Al portero, le dijo: —A partir de hoy, usted, además de estar en la puerta, me va a preparar una planilla semanal. Allí anotará usted la cantidad de parejas que entran día por día. A una de cada cinco, le preguntará cómo fueron atendidas y qué corregirían del lugar. Y una vez por semana, me presentará esa planilla con los comentarios que usted crea convenientes

El hombre tembló, nunca le había faltado disposición al trabajo pero…

– Me encantaría satisfacerlo, señor –balbuceó— pero yo… yo no sé leer ni escribir.

– ¡Ah! ¡Cuánto lo siento! Como usted comprenderá, yo no puedo pagar a otra persona para que haga estoy y tampoco puedo esperar hasta que usted aprenda a escribir, por lo tanto…

– Pero señor, usted no me puede despedir, yo trabajé en esto toda mi vida, también mi padre y mi abuelo…No lo dejó terminar.

– Mire, yo comprendo, pero no puedo hacer nada por usted. Lógicamente le vamos a dar una indemnización, esto es, una cantidad de dinero para que tenga hasta que encuentre otra cosa. Así que, los siento. Que tenga suerte. Y sin más, se dio vuelta y se fue.

El hombre sintió que el mundo se derrumbaba. Nunca había pensado que podría llegar a encontrarse en esa situación. Llegó a su casa, por primera vez, desocupado. ¿Qué hacer? Recordó que a veces en el prostíbulo cuando se rompía una cama o se arruinaba una pata de un ropero, él, con un martillo y clavos se las ingeniaba para hacer un arreglo sencillo y provisional. Pensó que esta podría ser una ocupación transitoria hasta que alguien le ofreciera un empleo. Buscó por toda la casa las herramientas que necesitaba, sólo tenía unos clavos oxidados y una tenaza mellada. Tenía que comprar una caja de herramientas completa. Para eso usaría una parte del dinero que había recibido. En la esquina de su casa se enteró de que en su pueblo no había una ferretería, y que debería viajar dos días en mula para ir al pueblo más cercano a realizar la compra.

¿Qué más da? Pensó, y emprendió la marcha. A su regreso, traía una hermosa y completa caja de herramientas. No había terminado de quitarse las botas cuando llamaron a la puerta de su casa.

Era su vecino.

– Vengo a preguntarle si no tiene un martillo para prestarme.

– Mire, sí, lo acabo de comprar pero lo necesito para trabajar… como me quedé sin empleo…

– Bueno, pero yo se lo devolvería mañana bien temprano.

– Está bien.

A la mañana siguiente, como había prometido, el vecino tocó la puerta

– Mire, yo todavía necesito el martillo. ¿Por qué no me lo vende?

– No, yo lo necesito para trabajar y además, la ferretería está a dos días de mula.

– Hagamos un trato –dijo el vecino- Yo le pagaré a usted los dos días de ida y los dos días de vuelta, más el precio del martillo, total usted está sin trabajar. ¿Qué le parece?

Realmente, esto le daba un trabajo por cuatro días… Aceptó. Volvió a montar su mula.

Al regreso, otro vecino lo esperaba en la puerta de su casa.—Hola, vecino. ¿Usted le vendió un martillo a nuestro amigo?

—Sí…

—Yo necesito unas herramientas, estoy dispuesto a pagarle sus cuatro días de viaje y una pequeña ganancia por cada herramienta. Usted sabe, no todos podemos disponer de cuatro días para nuestras compras.

El ex –portero abrió su caja de herramientas y su vecino eligió una pinza, un destornillador, un martillo y un cincel. Le pagó y se fue.“

…No todos disponemos de cuatro días para hacer compras”, recordaba.

Si esto era cierto, mucha gente podría necesitar que él viajara a traer herramientas.

En el siguiente viaje decidió que arriesgaría un poco del dinero de la indemnización, trayendo más herramientas que las que había vendido. De paso, podría ahorrar algún tiempo en viajes. La voz empezó a correrse por el barrio y muchos quisieron evitarse el viaje. Una vez por semana, el ahora corredor de herramientas viajaba y compraba lo que necesitaban sus clientes.

Pronto entendió que si pudiera encontrar un lugar donde almacenar las herramientas, podría ahorrar más viajes y ganar más dinero.

Alquiló un almacén. Luego le hizo una entrada más cómoda y algunas semanas después con una vidriera, el almacén se transformó en la primera ferretería del pueblo.

Todos estaban contentos y compraban en su negocio. Ya no viajaba, de la ferretería del pueblo vecino le enviaban sus pedidos. Él era un buen cliente. Con el tiempo, todos los compradores de pueblos pequeños más lejanos preferían comprar en su ferretería y ganar dos días de marcha.

Un día se le ocurrió que su amigo, el tornero, podría fabricar para él las cabezas de los martillos. Y luego, ¿por qué no? las tenazas… y las pinzas… y los cinceles. Y luego fueron los clavos y los tornillos…Para no hacer muy largo el cuento, sucedió que en diez años aquel hombre se transformó con honestidad y trabajo en un millonario fabricante de herramientas. El empresario más poderoso de la región. Tan poderoso era, que un año para la fecha de comienzo del curso escolar, decidió donar a su pueblo una escuela. Allí se enseñarían además de lectoescritura, las artes y los oficios más prácticos de la época.

El intendente y el alcalde organizaron una gran fiesta de inauguración de la escuela y una importante cena de agasajo para su fundador.

A los postres, el alcalde le entregó las llaves de la ciudad y el intendente lo abrazó y le dijo:

—Es con gran orgullo y gratitud que le pedimos nos conceda el honor de poner su firma en la primera hoja del libro de actas de la nueva escuela.

—El honor sería para mí –dijo el hombre—. Creo que nada me gustaría más que firmar allí, pero yo no sé leer ni escribir. Yo soy analfabeto.

– ¿Usted? –Dijo el intendente, que no alcanzaba a creerlo — ¿Usted no sabe leer ni escribir? ¿Usted construyó un imperio industrial sin saber leer ni escribir? Estoy asombrado. Me pregunto ¿qué hubiera hecho si hubiera sabido leer y escribir?

– Yo se lo puedo contestar –respondió el hombre con calma—. ¡Si yo hubiera sabido leer y escribir… sería portero del prostíbulo…!