España está en campaña electoral, en vísperas de unas elecciones de gran importancia que van a decidir si nuestro futuro es tiránico o libre. Si gana la coalición de socialistas, comunistas, etarras e independentistas, el país avanzará hacia la tiranía socialista y el Estado será todavía más potente e intervencionista, pero si los votos libres de los ciudadanos les derrotan, España puede ganar cotas de libertad y erradicar los vicios de la izquierda marxista, que propician la delincuencia, la corrupción, la esclavitud y el atraso.
Hace unos días mantuve una conversación con dos matrimonios cubanos, seriamente preocupados por el futuro de España, que según ellos avanza de manera inexorable hacia modelos cercanos a Cuba y Venezuela. Al saber que yo soy periodista y que escribo a diario, me explicaron con claridad meridiana por qué siempre fracasa el socialismo, un sistema que genera pobreza, desigualdad, desinterés, desconfianza y odio. Una de esas personas era miembro del partido comunista cubano, pero al vivir en España se permite ser sincera y reconocer que el sistema cubano es un fracaso completo.
Fue precisamente el comunista del grupo quien me explicó con claridad y detalle el mecanismo perverso que hace fracasar el socialismo allí donde se establece.
Miles de mensajes recordando en las redes sociales el peligro que corre España de caer en la tiranía comunista.
El comunista, muy interesado en impedir que el comunismo se establezca en España, donde él vive, me pidió que utilizara mi capacidad de comunicar como periodista para abrir los ojos a los españoles, que, según dijo, corren el peligro de caer en las garras del comunismo, de la mano del PSOE y de Pedro Sánchez.
Para demostrar el drama del socialismo, me contó la siguiente historia:
Un reconocido profesor de economía de la Texas Tech University, la mejor universidad on line del mundo, cuenta que él nunca había suspendido a uno de sus estudiantes pero que, en una ocasión, tuvo que suspender a la clase entera.
Cuenta que esa clase le insistió que el socialismo sí funcionaba, que en este sistema no existían ni pobres ni ricos, sino una total igualdad.
El profesor les propuso a sus alumnos hacer un experimento en clase sobre el socialismo: Todas las notas iban a ser promediadas y a todos los estudiantes se les asignaría la misma nota de forma que nadie sería suspendido y nadie sacaría un sobresaliente.
Después del primer examen, las notas fueron promediadas y todos los estudiantes sacaron Notable. Los estudiantes que se habían preparado muy bien estaban molestos porque esperaban un sobresaliente, pero los estudiantes que estudiaron poco estaban contentos.
Cuando presentaron el segundo examen, los estudiantes que estudiaron poco, estudiaron aún menos, y los estudiantes que habían estudiado duro decidieron no trabajar tan duro ya que no iban a lograr obtener un sobresaliente.
El promedio del segundo examen fue Suficiente! Nadie estuvo contento.
Pero cuando se llevó a cabo el tercer examen, toda la clase sacó insuficiente:¡suspensos a todos.
Las notas nunca mejoraron. Los estudiantes empezaron a pelear entre sí, culpándose los unos a los otros por las malas notas, hasta llegar a insultos y resentimientos, ya que ninguno estaba dispuesto a estudiar para que se beneficiara otro que no lo hacía.
Para asombro de toda la clase, ¡todos perdieron el año..
El profesor les preguntó si ahora entendían la razón del gran fracaso del socialismo.
Es sencillo; simplemente se debe a que el ser humano está dispuesto a sacrificarse trabajando duro cuando la recompensa es atractiva y justifica el esfuerzo; pero cuando el gobierno quita ese incentivo, nadie va a hacer el sacrificio necesario para lograr la excelencia. Finalmente, el fracaso será general.
Le di las gracias por la anécdota y le prometí que la contaría a mis lectores para que abrieran los ojos y no votaran socialista en las urnas, ahora que todavía les permiten expresar su voluntad política en las elecciones.
Como autor de este artículo quiero reforzar la tesis contra el socialismo con dos citas:
Winston Churchill, premio Nobel en 1953 dijo: «El socialismo es la filosofía del fracaso, el credo de los ignorantes y la prédica de la envidia. Su misión es distribuir la miseria de forma igualitaria para el pueblo».
La ex Primer Ministra Británica Margaret Thatcher declaró:»El socialismo fracasa cuando se les acaba el dinero…. de los demás».
El animalismo forma parte de las ideologías autoritarias que en nombre del género, la digitalización o el cambio climático intentan modificar nuestra racionalidad
El animalismo, ese virus moral que defiende la igualdad jurídica entre humanos y animales, ha llegado como un ejército invasor a nuestras vidas para obligarnos a modificar hábitos, tradiciones e incluso la concepción que tenemos de nosotros mismos. Por medio de una macabra inversión de sentido, todos aquellos que defendemos los derechos humanos hemos pasado de ser considerados “humanistas” (defensores de la humanidad) a ser vilipendiados como “especistas” o guardianes de fronteras entre especies que legitiman la primacía humana sobre los animales. Incubado en las universidades de élite americanas como una corriente de activismo minoritaria (igual que la teoría queer o el posthumanismo), el animalismo se ha convertido en tiempo récord en uno de los instrumentos ideológicos de dominación poblacional. En España, su tóxica fumigación sobre la ciudadanía ha tenido lugar el pasado marzo por medio de una serie de eventos que han culminado en la aprobación de la Ley de Bienestar Animal y que buscan convertir el animalismo en un nuevo sentido común.
Si el 8 de marzo el PACMA conseguía copar titulares en todos los medios con un cartel anti-especista que equiparaba a una vaca con una mujer para reclamar “un feminismo sin distinción de especies” en el que no hubiese ni oprimidas (vacas) ni opresoras (mujeres, en tanto que humanas), tan solo un día después se anunciaba la concesión del premio BBVA a Peter Singer, fundador del movimiento animalista. Según el jurado, este galardón se debía al “progreso moral” ocasionado por las teorías del filósofo australiano, que inspiran de manera directa la ley animalista que se oficializó el 28 marzo impulsada por Unidas Podemos.
La polémica tardó poco en explotar, pues Singer lleva desde 1975 defendiendo el infanticidio, la experimentación en laboratorios con personas con retraso mental o la zoofilia como condición para borrar la frontera entre humanos y animales. Por ejemplo, mientras que Julio Llorente glosaba la barbarie animalista del premiado en un artículo publicado en estas mismas páginas, Pablo de Lora realizaba en The Objective una encendida, pero vacua defensa suya porque el filosofar de Singer, decía, “es revoltoso y escandaloso y no tiene empacho en formular las preguntas inaugurales”.
El animalismo forma parte de las ideologías autoritarias que en nombre del género, la digitalización o el cambio climático intentan modificar nuestra racionalidad con el objetivo de hacernos creer que nuestra naturaleza ha cambiado o que tiene que cambiar a fuerza de ley. La desposesión, jurídica, pero también material, que el animalismo pone en marcha, pudiendo parecer la más inofensiva, es la más peligrosa de todas. Mediante la creación de un marco inhumano que sirve a los intereses del posthumanismo (hay que desterrar todo lo que sea humano, porque lo humano es irremediablemente igualitario por inmutables leyes naturales), el animalismo desprotege tanto a humanos como animales y nos somete a los designios arbitrarios de una élite tecnócrata que decide quién debe ser protegido y quién abandonado.
Las teorías animalistas de Peter Singer son las que más nos debieran preocupar pues son las que han directamente inspirado la Ley de Bienestar Animal, que no solo propone hasta 18 meses de cárcel por matar a un vertebrado (por ejemplo, un ratón), sino que legaliza la zoofilia y se compromete a otorgar derechos casi humanos a los grandes simios. El animalismo de Singer derriba la frontera entre humanos y animales de manera que ciertos seres humanos (bebés, personas con retraso mental, etcétera) dejan de tener derechos y pasan a ocupar el rol de bestias sacrificables, mientras que ciertos animales detentan derechos humanos. En palabras de Singer: “Algunos miembros de otras especies son personas: algunos miembros de nuestra propia especie no lo son. Ninguna valoración objetiva puede apoyar la postura de que en todas las ocasiones es peor matar a miembros de nuestra especie que no sean personas, que a miembros de otras especies que sí lo son”. Esta reformulación de categorías éticas que afirma que un bebé no es una persona, pero un cerdo sí lo es, lleva al propio Singer a aventurar que “si perros y gatos pueden ser calificados como personas, los mamíferos que utilizamos como alimentos no pueden encontrarse demasiado lejos” y a lamentar: “¿No estaremos convirtiendo personas en beicon?”.
El cambio radical que animalismo propone se basa en sacrificar aquello que nos hace humanos (la defensa de los vulnerables) para construir una nueva ética anclada en principios de eficacia propios de la filosofía utilitarista. Según esta corriente, que pensadores como Durkheim, Weber, Rawls o Nozick consideraban como incompatible con la naturaleza humana, la sintiencia (la capacidad de experimentar sufrimiento o placer) es la única fuente originaria de derechos, que serán tenidos en cuenta, en mayor o menor medida, dependiendo de la capacidad de autoconciencia y la probabilidad de ser felices, no solo en el presente sino también en el futuro. Por ejemplo, en libros como Liberación animal o Ética Práctica, Singer defiende que en los experimentos clínicos habría que sustituir a animales por humanos con retraso mental severo, pues así “el número de experimentos realizados con animales se reduciría de forma significativa”, puesto que “existen humanos discapacitados intelectualmente que tienen menos derecho a que se les considere conscientes de sí mismos o autónomos que muchos animales no humanos”.
El peligro de abrir la caja de Pandora de la animalidad se hace evidente cuando Singer defiende el derecho al infanticidio, ya que, según argumenta, “si podemos dejar a un lado los aspectos emocionalmente conmovedores, pero estrictamente sin pertinencia alguna, que surgen al matar un bebé, veremos que los motivos para matar personas no se aplican a los recién nacidos”. Esto sería así según este premiado y alabado impulsor del “progreso moral” porque “si el derecho a la vida debe basarse en la capacidad de querer seguir viviendo, o en la capacidad de verse a sí mismo como un sujeto con mente continua, un recién nacido no puede tener derecho a la vida”. Anticipándose a las posibles objeciones, Singer explica que “si estas conclusiones parecen demasiado escandalosas para ser tomadas en serio, quizá merezca la pena recordar que nuestra actual protección absoluta de la vida de los niños es una actitud típicamente cristiana más que un valor ético universal” y que “quizá ahora sea posible pensar en estos temas sin asumir el marco moral cristiano que ha impedido, durante tanto tiempo, cualquier revaloración fundamental”. Estas “preguntas inaugurales” que Pablo de Lora parecía celebrar en su artículo ponen fin a un tabú que según el filósofo australiano hace que “desde la derrota de Hitler, no ha[ya] sido posible (…) comparar el valor de la vida humana y no humana”.
Es quizás por eso que en un texto titulado “Heavy Petting” Singer va más allá y defiende la zoofilia tras asegurar que la vagina de una vaca puede satisfacer sexualmente a un hombre, que las mujeres se sienten más atraídas hacia los caballos que hacia los seres humanos o que es muy normal que un orangután tenga una sincera erección al ver a una mujer por ser los límites entre especies algo artificial. Es más, Singer asegura que nuestro rechazo a la zoofilia “se ha originado como parte de un más amplio rechazo al sexo no reproductivo” como el sexo oral o el anal, pero que “la vehemencia con la que esta prohibición se mantiene mientras otras prácticas sexuales no reproductivas han sido aceptadas sugiere que hay otro poderoso motivo: nuestro deseo para diferenciarnos, eróticamente y de cualquier otra manera posible, de los animales”.
Francisco de Vitoria
El universalismo cristiano que Singer crítica como base de la vieja moral que nos impide matar a inocentes (niños, personas con retraso mental, etc.) y que prohíbe que humanos y animales tengamos los mismos derechos tiene su origen en el teólogo español Francisco de Vitoria (1483-1546). En su ensayo (relectio) “Sobre los indios”, considerado como el fundamento de los derechos humanos actuales, Vitoria explora las posibles razones ilegítimas que, de acuerdo con la ley natural, impedirían a los españoles ejercer su dominio sobre los indios del Nuevo Mundo, aun cuando leyes creadas por humanos lo permitiesen. Las conclusiones de Vitoria son claras: no existe ninguna razón por la que los españoles puedan dominar a los indios, ya que estos tienen dominio (dominium) sobre sus propios cuerpos, territorios y son perfectamente capaces de gobernarse a sí mismos sin importar que sean paganos, herejes o delincuentes. En su argumentación escolástica, Vitoria invierte avant la lettre los razonamientos animalistas de Singer y afirma que aunque los indios fuesen como niños pequeños, tuviesen algún retraso mental o estuviesen locos, no habría razón para dominarlos, pues de hacerlo serían víctima de una injusticia (iniura) por ser imágenes de Dios (imago dei).
El argumento de Vitoria es especista de principio a fin, y muestra que la igualdad y los derechos solo son posibles desde postulados especistas. Hablando en plata, los indios tienen tantos derechos como los españoles por la sencilla razón de que son humanos. Pese a las acusaciones de canibalismo, su humanidad se confirma mediante dos argumentos complementarios: tienen dominio, es decir, derecho natural a gestionar los recursos naturales y a autogobernarse, que se basa en que han sido creados a imagen y semejanza de Dios (son imagen de dios, no Dios, como parecen creer los posthumanos y los animalistas). Este dominio, que tiene un soporte legal humano o positivo mediante derechos como el de propiedad, es ajeno por completo a los animales, quienes según Vitoria no pueden ser víctimas de una injusticia pues “privar a un lobo o león de su presa no supone una injusticia”. Si los animales tuviesen dominio, prosigue, “cualquier persona que vallase un terreno con hierba que antes era consumida por ciervos estaría cometiendo un delito, pues estaría robando comida sin permiso del propietario”.
La lógica argumental de Vitoria es implacable. Pensemos, de hecho, que la mayor prueba de que los animales no tienen dominio la constituye la propia doctrina animalista que en su despiadada defensa de lo animal se arroga el derecho, por ejemplo, a esterilizar gatos sin su consentimiento o a intervenir en hábitats naturales si consideran, en base a principios utilitarios, que obtendrán un balance ecológico más justo aunque maten a miembros de tal o cual especie. Este mismo derecho a esterilizar o matar animales no existe con respecto a los seres humanos por la sencilla razón de que esterilizar o matar a miembros de una población (o a un individuo), fuese cual fuese la causa, sería visto como una injusticia. Es más, los miembros humanos de esa comunidad podrían declararle la guerra o directamente matar a los humanos que hubiesen esterilizado a su población, puesto que uno de los objetivos de los derechos humanos consiste en asegurar, en la medida lo posible, que aquellos que son capaces de agredirse a sí mismos con unos niveles de eficacia no poseídos por otras especies -los seres humanos- no lleguen a hacerlo.
La desposesión de lo humano (especismo o barbarie… tecnócrata)
El animalismo defendido por Peter Singer e inoculado en la política española por parte de nuestros políticos más “izquierdistas” (aspirantes eternos a mediocre profesor universitario, tecnócratas sin oficio que asumen como verdad toda vileza que la academia americana produce) implementa una desposesión humana que nos hace pasar de ser iguales en tanto que imago dei a estar sometidos a los caprichos de un dios arbitrario encarnado en la tecnocracia global. El animalismo, como recordaba Miguel Ángel Quintana en un debate reciente con Ernesto Castro, sustituye la ética de vínculos propia de la humanidad por una ética de atributos. Este modelo supone una desprotección absoluta de los seres humanos (y de los animales) en tanto que hace depender nuestros derechos y supervivencia de la posesión de un determinado atributo (un mayor grado de inteligencia, una mayor voluntad de vivir de manera feliz, etc.) que cambia de acuerdo con los deseos de aquel que dicta las reglas. Esta nueva ética, a diferencia de la humana, solo es posible mediante una violencia coercitiva y vertical que, en su aspecto aterciopelado, toma forma de lo que Ignacio Castro Rey ha denominado en En Espera como “violencia perfecta”.
La ética de atributos que el animalismo hace suya ha sido la mayor promotora de desigualdad a lo largo de la historia, pues es solo mediante ella como pueden llegar a darse males como el racismo o el machismo, que consideran que ciertos sujetos carecen de determinado atributo y no se bastan de su humanidad para tener derechos. Esta violencia animalista no tiene otro fin que promover una tecnocracia posthumana que elimine la frontera entre humanos y animales y nos convierta a todos en bestias que habitan el zoológico humano soñado por Sloterdijk. Estamos ante el enésimo uso instrumental de los animales, solo que esta vez en lugar de ser empleados en fábulas como fuentes de moralidad, los animales son utilizados como arma con la que desposeernos de la dignidad humana y de nuestra responsabilidad con la naturaleza.
El animalismo, como mostraré en otro artículo, es una doctrina alienante que mediante una moral new age hipnotiza a cantidades cada vez más grandes de población antes de que estas mueran ahogadas en el río de las falsas promesas identitarias. Por una parte, en tanto que defensor del principio utilitario del no sufrimiento y la felicidad como base del derecho a la vida, el animalismo hace creer a parte de la ciudadanía que toda frustración debe ser evitada por ir en contra de los delirantes postulados de la felicidad eficaz, que para ser efectiva debe ser medida en todo momento (de ahí, la incitación actual a cambiarse de sexo o a solicitar una eutanasia ante la menor contrariedad, como sucede en Canadá). Por otra parte, la proyección que el animalismo hace del pasado humano previo al surgimiento del utilitarismo como una época de barbarie refuerza la creencia de que la Ilustración, madre de todas las distopías del presente, es la verdadera época de la racionalidad y no una de sus más peligrosas negaciones.
En un contexto de desposesión humana como el actual solo nos queda mirar hacia adelante con un prudente retrovisor que nos permita visualizar en toda su complejidad teorías del pasado como la de la ética universal de Francisco de Vitoria, que hace de la vulnerabilidad humana la fuente de derechos y no un principio de exterminio. Vitoria, como Hegel, dio lugar a una izquierda y a una derecha vitoriana (cierta interpretación de sus teorías legitimó atrocidades cometidas en tierras extranjeras en nombre de lo que hoy denominaríamos libre mercado), pero defendió ante todo las bases naturales de la libertad humana y la necesidad de crear legislaciones que protegiesen esta. En un ejercicio de preventiva anticipación a la actual izquierda hobbesiana, que donde ve un ser humano detecta un criminal, el teólogo español aseguró, por medio de Ovidio, que “El hombre no es un lobo para el hombre, sino un hombre”. Si queremos evitar la criminal deshumanización del prójimo impulsada por el animalismo y demás golpes de estado woke, así como respetar a nuestros compañeros los animales, haríamos bien en memorizar esta máxima milenaria y en asimilar, sílaba a sílaba, su incontestable verdad.
Todos sabemos que la izquierda es astuta y habilidosa al momento de promover sus agendas.
Son tan astutos, que han sabido tocarle la tecla a comunidades como los LGBTIQ+, BLM y los «Ambientalistas», hasta el punto que los resentimientos los convierten en «luchas».
Pero para poder hacer más bulla que los contrincantes, no basta con «gritar más fuerte», sino que hay que silenciar a los que no piensan igual que ellos, y los ☭ usan a estas comunidades para lograrlo.
Les explico cómo…
Al igual que toda mafia o pandilla, los comunistas apelan a la extorsión, persecución y el chantaje de los disidentes. Todo aquel que no se pliegue a su narrativa, es considerado «enemigo de la causa» y debe ser cancelado.
Pero para cancelarlo, hay que utilizar el poder. Los comunistas ☭ tienen poder económico, poder político y poder mediático. Combinados todos, terminan en algo muy peligroso: poder de manipulación.
Para manipular, la izquierda se apalanca en algo que a la gran mayoría de seres humanos les importa: las causas.
Ha sido la izquierda ☭, a través del financiamiento, el poder político y los medios, quienes han convertido a estas comunidades en supuestas causas:
Financian a grupos dentro de estas comunidades, para que hagan más bulla y alborotos que cualquier otro.
Veámoslo uno por uno: La autora estadounidense Candace Owensc expuso el gran tramado financiero que hay detrás de la organización BLM.
Este movimiento es usado como una célula de la mafia de izquierda, para bajar recursos $$ que financian todas las protestas y desastres de BLM.
BLM no solo es la cabeza de toda una pandilla de organizaciones que financia a supuestos «movimientos por los derechos de los negros», sino que desde BLM se bajan millones de dólares para movimientos que se identifican como LGBTIQ+ .
Bajo la pantalla de BLM ✊🏿 y LGBTIQ+ 🏳️🌈, los ☭ ofrecen recursos financieros a criminales a quienes para asuntos como:
– Financiamiento para protección legal – Pago de fianzas – Financiamiento individual
"Hagan el desastre, que nosotros los sacamos", es la oferta.
En palabras simples: El movimiento BLM es la nave nodriza y de ahí para abajo, movimientos como LGBTIQ+ y todos sus derivados, son células de una organización que funciona como mafia y como pandilla.
Pero ya va, ¿Por qué cómo pandilla? Las alas extremistas del movimiento BLM y de la comunidad LGBTIQ+, emplean las mismas técnicas y métodos que los pandilleros, al momento de ir contra sus contrincantes.
¿Qué contrincantes? Quienes no promuevan su narrativa y quienes la critiquen.
Son innumerables, la cantidad de veces que BLM y LGBTIQ+ han amenazado con sabotear, boicotear y hasta destruir, empresas, marcas, figuras públicas y al ciudadano común, utilizando su poder económico, político y mediático para difamar y extorsionar a los disidentes.
Estas pandillas han sido capaces de presionar a empresas para que despidan empleados, bajo la etiqueta «racistas» y «homofóbicos». También, han hecho que el poder político cierre negocios o imponga multas sobre negocios bajo las mismas etiquetas de «racistas» y homofóbicos».
Todo lo que no se sume a su narrativa, los movimientos BLM y sus células como la comunidad LGBTIQ+ los acusan con etiquetas que hoy día, la corrección política ha convertido en mazos para arrodillar a la humanidad. Racismo y homofobia son etiquetas que se usan hoy para extorsionar.
Si un integrante del movimiento ✊🏿 o de una de sus células de la comunidad 🏳️🌈 se encapricha contigo, porque los criticas o porque no los apoyas fanáticamente, ten la plena seguridad de que:
– Te etiquetarán – Te perseguirán – Te extorsionarán
Hay un movimiento que funciona igual, pero más a nivel corporativo: los supuestos «Activistas por el medio ambiente». Estos son profesionales de la extorsión, porque tienen mucho poder y lobby político, en los principales gobiernos del mundo y en el Foro Económico Mundial.
La supuesta causa «por el medio ambiente» que promueven los «activistas por el medio ambiente», es utilizada para:
– Conseguir recur$o$ infinitos, vía impuestos, tasas y aranceles. – Castigar a las empresas a través de multas y penalizaciones, por «no cumplir con lineamientos medioambientales».
¡Extorsión!
En palabras simples: El movimiento BLM ✊🏿 es la nave nodriza y de ahí para abajo, movimientos como el 🏳️🌈 y todos sus derivados, son células de una organización que funciona como mafia y como pandilla.
¿Cómo hacerles frente? Primero, hay que estar muy claros en que es deber moral el hacerle la guerra cultural a los tres: BLM + LGBTIQ+ + Activistas ambientales. Segundo, hay que mantenerse firmes en las opiniones, las tradiciones, la forma de ver la vida, las creencias y los valores. ¡No cedan!
La única forma de ponerle freno a las alas radicales de estos movimientos, es a través de la integridad, la unión, el trabajo en equipo y la guerra cultural. ¿Te quieren extorsionar? Pues hay que exponerlos. ¿Te quieren chantajear? Hay que hacerlo público y dejarlos en evidencia.
Si hay algo que sobra dentro de estas comunidades es:
– La hipocresía – La xenofobia – El desprecio por la libertad – El odio a quien no piense igual – El desprecio a lo bueno – La intolerancia a la crítica – La cultura pandillera
No se dejen intimidar.
Cierro con esto: Para parecer fuertes y hacer bulla, no se necesita tener más músculo y gritar más fuerte, solo hay que saber intimidar y amasar a un grupito de adoctrinados que griten. Ellos no son más fuertes, ni mayor cantidad, pero saben hacer ambas.
Desde el 30 de noviembre, fecha en que se puso a disposición de los usuarios, la “revolución” ChatGPT ha sacudido el panorama informático, dando una pequeña noción de las aplicaciones posibles de la inteligencia artificial.
Entre otras cosas, ChatGPT es un motor conversacional basado en un modelo lingüístico que se ha entrenado con millones de documentos en línea. Es capaz de generar textos de forma fluida, simulando una conversación humana convincente.
Cuando salió al mercado, el número de usuarios creció rápidamente, hasta el punto de que en la actualidad la utilizan más de cien millones de internautas. Es la aplicación informática que ha atraído más atención en menos tiempo. Lo más sorprendente es la capacidad de la máquina para imitar un diálogo, para dar respuestas que son, si no exactas, al menos superficialmente coherentes.
Ante el éxito, OpenAI, la empresa emergente que ha desarrollado el chatbot, ha lanzado una versión de pago. Por 20 dólares al mes, los estadounidenses primero, y luego el resto del mundo, podrán interactuar con el robot y obtener respuestas sobre los temas que se le pregunten… si es capaz de ello.
Microsoft, que ya tenía una participación en OpenAI, ha invertido más dinero en el negocio: 10.000 millones de dólares. Dado el éxito y el interés de Microsoft, Google entró en pánico. La empresa es muy consciente de la importancia del robot conversacional y de su impacto en las búsquedas en internet, el negocio principal de Google.
También ha avanzado mucho con su propia versión, Bard, con la que pretende hacer la competencia a ChatGPT, ofreciendo la posibilidad de que los usuarios interactúen con el chatbot. Pero Bard decepcionó y los especuladores sacaron su dinero rápidamente. Las acciones de Alphabet cayeron hasta un 8,9 por cien el miércoles. Ha sido la mayor caída de las acciones de la empresa en los últimos tres meses.
Pero la inteligencia artificial ya es un negocio especulativo. Otras empresas del gremio se han subido rápidamente a la cresta de la ola. Incluso se ha creado un fondo cotizado en bolsa en torno a esta moda. Como las demás tecnologías, la fiebre puede durar tanto como la especulación.
ChatGPT ha sido entrenado con preguntas cuidadosamente seleccionadas y, por lo tanto, con el sesgo asociado a ellas. Un desliz podría ser costoso para la marca comercial, por lo que orienta las respuestas para evitar ser políticamente incorrecto. Es la robotización intelectual.
La inteligencia jamás puede ser artificial. Es lógico que en internet los robots se hagan pasar por personas. Para eso se han creado. Lo sorprendente no es eso, sino que las personas funcionen como robots.
Lo mismo que los buscadores, ChatGPT expresa la ideología dominante de manera mecánica. En internet no hay más que una pregunta y una respuesta relevantes:
— Pregunta: ¿A dónde va Vicente? — Respuesta: A donde va la gente
La uniformidad y la corrección política de los buscadores son una forma de censura, de la misma naturaleza que la que ya existe en las redes sociales. Algunos malintencionados ya han empezado a medir el sesgo introducido en las bases de datos de las que ChatGPT extrae sus respuestas.
En un futuro próximo la inteligencia artificial será la Nueva Inquisición y el nuevo juez del decoro, lo mismo que la Wikipedia, las universidades, los colegios profesionales… y la Guardia Civil.
CONTEXTO SOCIO-POLÍTICO: crisis de la sociedad industrial
La democracia liberal creció al tiempo que el capitalismo y mientras se desarrollaron las clases medias. Este proceso tuvo su apogeo tras la Segunda Guerra Mundial y hasta que sobrevino la crisis de las hipotecas subprime, aunque a mediados de los años setenta del siglo XX se empezaron a manifestar algunos signos de decadencia del sistema. Alvin Toffler y su mujer Heidi publicaron en 1994 un ensayo titulado Creating a New Civilization: the Politics of the Third Wave; si bien, en 1970, Alvin ya había logrado un superventas con su libro Future Shock en el que introdujo el concepto de “crisis general de la sociedad industrial”.
La crisis de la sociedad industrial, que en el fondo no es más que la manera en que el capitalismo se transforma a sí mismo, tiene consecuencias económicas, sociales y políticas. Las económicas son bastantes conocidas y tienen que ver con el globalismo, la hiperinternacionalización de los mercados y la tendencia al oligopolio (con la consiguiente acumulación de la propiedad en pocas manos). Las sociales con la disminución de la influencia del factor trabajo (en favor del capital y del uso progresivo de máquinas para la fabricación y prestación de servicios), el estancamiento (e incluso mengua, en algunos casos) de los salarios, el aumento del desempleo y el empobrecimiento de las clases medias. Y las políticas con la pérdida de poder de los Estados en favor de las corporaciones globales, la pérdida de transparencia en la toma de decisiones (y de democracia), el sacrificio del individuo en favor de la colectividad y, como decían los Toffler en 1994, que “carezcan ya de aplicación las antiguas formas de análisis político, tales como los términos derecha e izquierda o liberal y conservador, entre otros”.
INFLUENCIA EN EL MODO DE VIDA DE LOS INDIVIDUOS
De las anteriores consecuencias, acaso las más relevantes son las que afectan directamente al individuo y su forma de vida. Siguiendo el orden expuesto, una de ellas es, sin duda, la tendencia a la concentración de la propiedad y del capital en pocas manos, así como el fortalecimiento de las grandes corporaciones internacionales. En el año 2000, Jeremy Rifkin empezó a hablar del tránsito de la “era de la propiedad” (base de la actual sociedad occidental) a la “era del acceso” (que da título a una de sus más conocidas obras). En la misma línea, veinte años después, el Foro Económico Mundial (WEF), en un documento titulado 8 predictions for the world in 2030, afirma que en menos de una década “no tendremos nada y seremos felices. Cualquier cosa que deseemos alquilar nos la llevará a casa un dron”. En el plano doméstico español, Santiago Niño-Becerra, en su libro Capitalismo 1679-2065, comparte las mismas posiciones y pone como ejemplo lo que la compañía Ikea anunció en enero de 2020 al decir que va a establecer un sistema por el cual los consumidores podrán acceder a un catálogo de productos sin necesidad de comprarlos, pagando únicamente por su uso. Por consiguiente, estamos asistiendo al proceso inverso al que tuvo lugar en España (entre otros países) cuando en el año 1965 se aprobó la Ley sobre Venta a Plazos de Bienes Muebles que tuvo por finalidad facilitar la adquisición de productos duraderos, tales como electrodomésticos y vehículos, por parte de una clase media creciente, tanto en número como en poder adquisitivo. Ahora el fenómeno es justamente al revés; el último estertor del sistema tuvo lugar, como dije antes, al tiempo que las hipotecas subprime, que –como es conocido, visto hoy con perspectiva– fue un intento de enmascarar el declive de la capacidad adquisitiva de las clases medias y el ensanchamiento de la baja. Por medio de su posterior titulización, estas hipotecas crearon, en extensas capas de la población, el espejismo de que podían seguir accediendo a bienes que, si no hubiera sido por créditos falsamente garantizados, no habrían podido adquirir.
La disminución de la influencia del factor trabajo –y la consiguiente mengua de los salarios– es otra circunstancia preocupante. Según Niño-Becerra, “a partir de 1973, la inflación, y no el desempleo, fue el enemigo a batir”. Esto trajo consigo la aparición de dos fenómenos que han terminado por influir en el statu quo de los ciudadanos, que son los siguientes: de un lado, la deslocalización de la producción y de los servicios y, del otro, la sustitución de puestos de trabajo por máquinas. Como señala Esmeralda Linares en su trabajo La Deslocalización Industrial en Europa, “el outsourcing está siendo una de las estrategias más frecuentes de las empresas” para adaptarse a la realidad económica (global) que vivimos. Este outsourcing puede ser nacional o internacional, y tanto interno como externo; pero casi siempre comporta un elemento externo y/o internacional. Aquellas empresas que por su envergadura y capacidad necesitan abaratar costes, trasladan una parte de su producción, a través de filiales, a países donde la mano de obra es mucho más barata o compran componentes, que anteriormente fabricaban por sí mismas, en naciones con precios más reducidos. Tanto una cosa como la otra tienen como efecto la disminución del número de puestos de trabajo disponibles a nivel nacional y el estancamiento (o incluso reducción) de los salarios.
La sustitución de puestos de trabajo por máquinas es otra manera que tienen las empresas de reducir costes y de maximizar el valor del accionista. Las máquinas no cobran, no cotizan a la Seguridad Social, no tienen derecho a vacaciones pagadas, ni pagas extra, ni derechos sindicales y, además, pueden llegar a producir, en algunos casos, más que veinte trabajadores juntos. En la duda, cualquier empresa preferirá comprar máquinas que contratar nuevos empleados. Durante algunos años se pensó que la tecnologización traería consigo la destrucción de puestos de trabajo que después serían sustituidos por otros de mejor calidad. Hecho que, según los Toffler y otros muchos autores, sucedió en el tránsito de la Primera Ola (la agrícola) a la Segunda Ola (la industrial). Sin embargo, los datos ponen de manifiesto que no es así, que los empleos que destruye la tecnología no son repuestos en ninguna otra parte. Al menos de momento, y no se espera que pueda cambiar durante las próximas décadas, motivo por el cual, tal y como vaticinaban los referidos autores, nos aproximamos inexorablemente a momentos socialmente convulsos.
Una opinión semejante se deduce del documental American Dharma, dirigido por Errol Morris, cuando entrevista al estratega de Donald Trump, Steve Bannon. A mayor abundamiento y con datos más concretos, según un informe reciente de la OCDE, “más de cuatro millones de españoles pueden perder su empleo por los robots y la automatización” (el informe habla exactamente de 4.200.000 puestos de trabajo que van a desaparecer en nuestro país por esta causa). Un efecto de todo esto puede que ser que el nivel de paro entre quienes buscan su primer empleo sea descomunal y que la calidad y retribución de los pocos que son contratados sea ínfima. Un reciente editorial del diario español El Mundo hablaba de “la cicatriz laboral de los jóvenes” y de que “el salario mensual real de los jóvenes de entre 18 y 35 años es hoy menor que en la década de los 80, con caídas que van dese el 26% para la franja entre los 30 y los 34 años y hasta el 50% para la de los de 18 a 20” (datos apoyados en informes de fundaciones de estudios económicos de prestigio, como FEDEA).
Por otra parte, la disminución de los puestos de trabajo tiene otro efecto preocupante que es el relativo al mantenimiento del sistema de pensiones. Como advirtió el excanciller alemán Gerhard Schröder en el año 2003, “en 1960 trabajaban cinco por cada jubilado, hoy en día son solo tres y en el año 2030, por cada dos en activo habrá un jubilado”. Actualmente, esta ratio, por ejemplo, en España ya es menor.
El empobrecimiento de las clases medias es un hecho evidente, progresivo y constante. Como sostiene Niño-Becerra, “la clase media está desapareciendo por una razón muy sencilla: está dejando de ser útil para el sistema. Los elementos que la caracterizaban, el trabajo y el consumo, han perdido su significado debido a la disminución de los salarios y a la capacidad de endeudamiento cada vez más limitada desde 2007”. Siguiendo a Richart Sennet, uno de los mayores expertos sobre la materia, “el modelo anterior, cuya crisis se puso de manifiesto en 2007, suponía el equilibrio entre oferta y demanda de trabajo, y eso ya no tiene arreglo posible”. Se acabó la clase media, título de uno de los libros de otro de los especialistas sobre este tema, el economista y profesor norteamericano Tyler Cowen, publicado en 2013, es lo suficientemente elocuente para no tener que añadir mucho más. Este autor también hace hincapié en el desarrollo tecnológico como causa del derrumbe de la citada clase media.
Según otro informe reciente de la OCDE, “la clase media española pierde peso y cae a niveles de los años noventa”. La distribución de la renta se acerca cada vez más a la de USA y se aleja de la media europea. A pesar de lo que opinan los sociólogos y economistas, un 70% de los españoles desea identificarse con el citado término “clase media” aunque, conforme a la tabla de equivalencias que utiliza la OCDE, para ello sea necesario que la renta de tales personas sobrepase los 11.200 euros, cosa que no sucede en tan alto porcentaje en la población española. Esta situación, en la que los deseos y la realidad no coinciden, también será un factor de inestabilidad social. Conviene ver también el documento Cómo salvar a la clase media publicado por el diario El Mundo el 11 de abril de 2021 y el editorial de ese mismo día titulado “La agonía de la clase media pone en riesgo la estabilidad”. Como señalaban los Toffler en 1994, “cuando unas destrezas profesionales se tornan anticuadas de la noche a la mañana, puede quedar sin trabajo gran número de personas de la clase media, incluso muy capacitadas”.
Finalmente, respecto de lo señalado al principio, otro tema que tiene –y tendrá– consecuencias respecto de la vida de la gente, es la pérdida de poder de los Estados en favor de las corporaciones globales, tal y como anticipó Georges Soros en 1996, cuando dijo que “los mercados votan cada día, obligan a los gobiernos a adoptar medidas impopulares, pero imprescindibles. Son los mercados los que tienen sentido de Estado”. Tal pérdida de poder estatal produce un debilitamiento de la soberanía popular y de la democracia respecto de los tres poderes: ejecutivo, legislativo e incluso judicial. El sociólogo y escritor Carlos Malo de Molina, en su reciente libro El mercado de las ideas, hace una encendida defensa de la democracia y denuncia la opacidad de la ONU y de la UE, y de otras organizaciones internacionales, en la toma de decisiones que afectan directamente en la vida de los ciudadanos.
LA CONQUISTA DEL MAÑANA
El conocido economista austro-estadounidense Joseph Schumpeter habló de “la destrucción creativa” como necesidad para el progreso. Y nadie duda que, efectivamente, como sostenía Ortega y Gasset, la historia es un proceso inexorable en donde las etapas se suceden unas a otras, sin que el devenir se pueda parar. No obstante, hay dos cosas dignas de tenerse en cuenta. La primera, que el declive de las eras y de los periodos históricos no es lineal (quiero decir, en forma de línea recta), sino que, como ocurre a los seres vivos, salvo que la muerte les sobrevenga de manera violenta (lo que en el campo social equivaldría a una guerra o revolución), ésta tiene lugar poco a poco –con altibajos–, pudiéndose alargar más o menos. La segunda que, como ya advertían los Toffler, “la cuestión política fundamental no es quién domina en los últimos días de la sociedad industrializada, sino quien configura la nueva civilización, que surge rápidamente para reemplazarla (…). Este conflicto es la superlucha por el mañana”. Niño-Becerra se refiere a ello de otra manera, “la dinámica histórica y el avance tecnológico pueden ser retrasados por conveniencia, durante un breve periodo de tiempo, pero son imparables”. Por consiguiente, la generación presente tiene, como mínimo, un par de alternativas. Una de ellas es –si lo que queremos es mantener, al menos en parte, las estructuras de la Segunda Ola (industrial), que tan buenos resultados nos ha dado durante la mayor parte del siglo XX y que, aunque de manera no perfecta sigue proporcionando más beneficios que perjuicio– es luchar social y políticamente para retrasar lo más que se pueda su declive. Respecto de ello no sólo estarían en juego las condiciones de vida de la generación presente y de la sucesiva, sino quizá también, dependiendo de lo tenaz que sea la resistencia, las de dos o tres generaciones más. La segunda es no impedir el tránsito de la Segunda Ola a la Tercera, pero sin dejar que sean “las fuerzas indeterminadas del progreso”, los mercados desbocados, casi sin ningún control gubernamental, y los movimientos políticos “progresistas”, alineados estratégicamente con las grandes corporaciones globales, las que impongan su modelo al resto del mundo.
La tercera posibilidad, a priori no se debería contemplar, si bien no debe ser completamente descartada porque, si las tensiones sociales y políticas arriba descritas, por afectar a capas de la población cada vez más numerosas, provocan estallidos violentos y revueltas prolongadas, el devenir de los acontecimientos, tal y como nos enseña la ciencia de la prospectiva y la propia historia, podría ser incierto y derivar en algo completamente imprevisible o que, desde la perspectiva actual, pudiera parecer poco probable.
En todo caso, en toda evolución histórica siempre existe margen para lo improbable y lo imprevisible. Determinado acontecimiento (quizá una guerra) podría desencadenar las circunstancias que podrían hacer que el futuro evolucionarse de una manera que en este momento parece menos probable. Por consiguiente, es responsabilidad de cada uno de nosotros estar preparado y dispuesto para aprovechar las circunstancias, si es que se dan.
LA PROPIEDAD: ELEMENTO CRUCIAL
Antes me referí al vaticinio del Foro Económico Mundial (WEF) para 2030: “no tendrás propiedades y serás feliz, alquilarás lo que quieras y será entregado por un dron”. Expuesto así, parece algo inofensivo, diríase que incluso bienintencionado, pues habla de que seremos felices sin necesidad de tener nada. Nos recuerda un refrán que bien podría haber inventado el Papa Francisco, “no es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita”. En efecto, ser propietario implica preocupaciones, ya que hay que cuidar y conservar la cosa, mantenerla, pagar impuestos y otras molestias. No obstante, también comporta ciertas ventajas.
Veamos algunos ejemplos que ya he puesto en otro lugar. Muchos tenemos un coche e incluso una casa, lo cual nos permite desplazarnos por cuenta propia y habitar en una morada estable en compañía de nuestra familia. Es verdad que poseer un coche obliga a mantenerlo, pagar un seguro, impuestos, etc., y que para tener una casa casi siempre hace falta constituir una hipoteca, contribuir con el IBI, cuidarla e incluso tener que pagar los gastos de comunidad; pero mientras somos propietarios estamos seguros de que normalmente, hasta que decidamos venderlos, podemos seguir utilizando el coche y la casa sin que haya nadie que nos lo pueda impedir.
Sin embargo, la propiedad no es lo mismo que el arrendamiento. El inquilino tiene un contrato temporal que necesita ser renovado cada cierto tiempo. No es lo mismo ser el propietario de un coche que ser su arrendatario, y tampoco es igual ser el dueño del inmueble que estar a merced de un alquiler. Hay algunas cosas que conviene tener en cuenta: sólo el propietario de la vivienda puede hacer reformas en ella y ajustarla plenamente a sus necesidades, mientras que el inquilino ha de pedir permiso al propietario a veces incluso para cambiar el color de las paredes. La situación actual de propiedad e inquilinato se corresponde con la de un mercado en el que hay una gran variedad de propietarios (grandes y pequeños, empresarios y particulares), con unos Derechos nacionales muy protectores de los intereses de los inquilinos. Pero la situación no será la misma si los propietarios son solo unos pocos fondos internacionales, radicados en no se sabe dónde, con unos Derechos nacionales cada vez más irrelevantes, sin papel moneda –sino simplemente monedas digitales, controladas por unos pocos bancos centrales y otros agentes desconocidos —y en la que todos los arrendamientos serán celebrados por medio de smart contracts (contratos inteligentes), que seguidamente explicaré.
Los smart contracts son un tipo de programas informáticos que, según una definición bastante extendida, “facilita, hace cumplir y ejecuta acuerdos registrados entre dos o más partes”. Es decir, son unos contratos digitalizados que al mismo tiempo que formalizan un acuerdo entre las partes (por ejemplo, un arrendador y un arrendatario), permiten que el contrato se vaya ejecutando minuto a minuto y segundo a segundo, de acuerdo con la programación establecida en el propio contrato. De manera que ya no hace falta que haya leyes ni jueces, ni nada parecido, porque es el propio contrato, basado en la tecnología blockchain (cadena de bloques), el que actúa como intermediario entre las partes. Todo se debe realizar conforme a lo establecido en la cadena de bloques de información, de manera que si una de las partes deja de cumplir lo estipulado en el contrato inteligente la relación queda rescindida desde ese mismo momento. Veamos otro ejemplo. Algunas compañías de alquiler de vehículos están empezando a plantearse el uso de smart contracts para la celebración de sus contratos con los consumidores. Cuando el arrendatario del coche firma digitalmente el contrato recibe una llave que le permite acceder al vehículo y usarlo, a condición de que cumpla todo lo estipulado; porque, en el caso de que el contrato detecte algún tipo de irregularidad, la llave del coche queda automáticamente bloqueada, de manera que el arrendatario es privado, desde ese mismo instante, de su uso. La misma práctica se podría trasladar a los arrendamientos de viviendas o de cualesquiera otros bienes. Si el contrato inteligente, tal y como ha sido programado por la parte arrendadora, detecta algún tipo de incumplimiento por parte del inquilino (por ejemplo, un “uso inadecuado” del inmueble, un retraso en el pago de la renta, etc.), automáticamente se bloquea la llave de acceso a la casa, el suministro de gas y electricidad y cualquier otra cosa vinculada con la vivienda. Todo ello en cuestión de segundos, sin posibilidad de reclamación ni desahucio, porque es el propio contrato inteligente el que actúa como intermediario y juez entre las partes.
Esto, desde el punto de vista jurídico es muy interesante; pero, desde el de los usuarios, no parece tan divertido. Sobre todo, si tal y como prevé el WEF en los próximos ocho años la propiedad queda concentrada en muy pocas manos y Europa se convierte en un continente de arrendatarios.
Durante la Edad Media la propiedad también estuvo concentrada en pocas manos; pero, al menos, los señores, por medio del acuerdo de vasallaje, tenían un compromiso de defensa y protección de los vasallos que trabajaban sus tierras, cosa que no es seguro que se produzca entre los inquilinos y los titulares anónimos de los fondos internacionales que terminaran por convertirse en propietarios de los bienes. Porque la Agenda 2030 habla de que todos seremos arrendatarios, sin decir que alguien deberá seguir siendo el dueño de las cosas; pues no puede haber arrendamiento sin alguien que ostente la propiedad del bien que se arrienda. Lo que se nos viene encima quizá no sea como el Comunismo (en que la propiedad de los bienes correspondía al Estado), pero acaso pueda ser mucho peor.
Decía Ayn Rand, “sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible”. Quien tiene el control sobre tus cosas tiene el control de tu vida. De qué sirve reclamar el derecho a la libertad de expresión o de asociación, ideológica o religiosa, si tu vida depende de que un gran fondo internacional esté contento contigo. El derecho a disfrutar de “tu casa”, de “tu coche”, de “tu teléfono”, de tu conexión de internet, estará a merced de un click del gran suministrador de los bienes y de los servicios, por medio de los contratos inteligentes. También los “jueces” (aunque se habilitará una especie de justicia automática, por medio de programas informáticos) y los “políticos” habitarán en las casas y utilizarán los coches y los teléfonos, ordenadores, etc. de las grandes compañías, controladas por los fondos internacionales, señores de todos los bienes.
Al final todo concuerda, Santiago Niño-Becerra lleva algunos años hablando de la defunción del sistema capitalista que trajo consigo la Ilustración, la democracia liberal y el Estado de Derecho, tal y como hasta ahora lo estábamos conociendo. Él sitúa el colapso definitivo en torno a 2065, aunque reconoce que la crisis del Covid-19 está acelerando el derrumbe (la guerra de Ucrania también contribuye a ello). Coincide con los representantes del Foro Económico Mundial y de las restantes organizaciones globalistas en que el futuro al que nos encaminamos será sin derecho de propiedad (con un mero “derecho de acceso”, como sostiene Riftin), en un mundo lleno de arrendatarios felices que esperarán la llegada del dron milagroso.
¿Por qué las predicciones de Niño-Becerra y del Foro Económico Mundial se van a cumplir tan rápidamente? Pues porque el empobrecimiento causado por la “gran pandemia”, que nos ha traído el coronavirus –que no se sabe muy bien cómo se originó– las guerras y otros problemas, provocarán más pronto que tarde, un abaratamiento del precio de los bienes que muchas personas no tendrán más remedio que vender, lo cual producirá, a su vez, que quienes tengan liquidez (especialmente, los grandes fondos internacionales) compren muy barato. Y si esto no se consigue a la primera, vendrán dos, tres o más crisis económicas –como la de 2007– que conseguirán que se produzca el definitivo abaratamiento de los bienes, y que todos terminen siendo comprados por los citados fondos (esto en lo que respecta a los inmuebles). La proscripción de los combustibles fósiles también traerá consigo que, en menos de diez o quince años, todos nuestros coches de gasoil y gasolina resulten inservibles y que muy probablemente terminemos recurriendo al alquiler de vehículos eléctricos de uso temporalizado.
En conclusión, estoy de acuerdo con el filósofo José Luis L. Aranguren cuando en su obra Ética sostiene que “los hombres –todos los hombres—necesitan una cierta cuantía de bienes, materiales e inmateriales, para su perfección moral. Por debajo de ella, tratados como seres inferiores, sin libertad social, se ven obligados para subsistir a abdicar de su humana dignidad. Por encima de ella, adquieren una ilusión de sobrehumano poder que les conduce a la perdición”. Por tanto, un mundo donde la propiedad estuviera en muy pocas manos sería necesariamente malo e injusto, y nada ético. Este podría ser un argumento a favor de quienes piensan que el paso de la Segunda a la Tercera Ola no se puede dejar al albur del globalismo y de que los Estados necesitan jugar el papel que las sociedades democráticas les han otorgado, al menos, durante el último siglo.
EL PARTIDO DE LO TUYO
Ante los acontecimientos económicos, sociales y políticos que ya se están poniendo de manifiesto y, sobre todo, frente a la agitación social que progresivamente se va a ir concentrando en España y el resto de los países occidentales, alguien tendrá que vertebrar y dar voz a la inmensa mayoría de gente que directa o indirectamente está sufriendo, y seguirá haciéndolo con más intensidad, las consecuencias de la crisis de la sociedad industrial.
Harán falta pensadores, comunicadores, estrategas, juristas, etc., pero sobre todo un partidos o movimientos que encaucen la voluntad de tantísimas personas. Partidos que defiendan los intereses de cada ciudadano en los órdenes económico, social y político y que, de acuerdo con los criterios y principios de la democracia parlamentaria (que sigue siendo la mejor forma de regir el destino de los seres humanos, mientras no se demuestre lo contrario, aunque es cierto también que “is the worst form of government, excep for all the others”, según la opinión de Churchil), contribuya a construir una sociedad ética y democrática en la que los ciudadanos sigan mereciendo tal nombre, por poseer un nivel de dignidad y derechos políticos y patrimoniales que les permita seguir siendo libres y autónomos.
¿Qué postulados o proposiciones deberán sustentar el ideario de tales partidos? Pues, entre otros, según mi opinión, los que se exponen a continuación:
La nación o la patria como baluarte frente a un globalismo desbocado e incontrolable. Nación no es sinónimo de nacionalismo. El nacionalismo es una posición política sentimental que huye del racionalismo. Sin embargo, se puede llegar al convencimiento racional de que la nación sigue siendo el mejor ecosistema político para la convivencia de las personas. Los humanos siempre hemos sido– y seguiremos siendo– seres de comunidad, cuyas relaciones de confianza mutua necesitan de un capital social que sea compartido por sus miembros. Sin nación no puede haber soberanía nacional, ni Estado de Derecho ni del bienestar.
La comunidad nacional debe ser entendida como un todo integrado por individuos libres e iguales, lo cual es incompatible con las políticas de identidad que enfrentan mujeres contra hombres, nacionales contra extranjeros, homosexuales contra heterosexuales, o personas de una raza contra las de otra, etc.
El pasado no es un compartimento estanco del que únicamente merece la pena enorgullecerse o ser recordado con añoranza. La tradición es un vínculo entre generaciones y también una entidad viva, capaz de adaptarse constantemente a la realidad (de acuerdo con la opinión, entre otros, de Edmund Burke y Roger Scruton). Lo mejor que tenemos no nos lo debemos sólo a nosotros mismos. El olvido del esfuerzo empleado por los que nos precedieron es una actitud presuntuosa e irreal y, por tanto, perjudica a la sociedad.
El Derecho nacional no sólo sirve para regular las relaciones de convivencia entre los miembros del grupo, asimismo es el límite (quizá el único) frente al poder omnímodo de los poderosos. La defensa de los débiles exige leyes nacionales que los protejan, tribunales independientes que los amparen, y que castiguen e impidan los abusos de los más fuertes.
La propiedad debe ser tenido como el primero de los derechos individuales y ser elevado a la categoría de fundamental. Sin este derecho, los demás no son posibles. Las personas necesitan una morada estable para su familia y un mínimo control sobre sus bienes, para desarrollar su vida con dignidad y seguridad. El partido de lo tuyo deberá promover los cauces para el acceso a la propiedad del mayor número de ciudadanos y para que la mantengan quienes ya la tienen.
La ciencia objetiva, la razón y la verdad de los hechos son imprescindibles para el avance social y para la misma cohesión de las sociedades. La razón es el elemento que nos hace comunes a todos los hombres, a diferencia del misticismo de cualquier tipo: político, religioso y, aunque parezca un oxímoron, científico, que produce división social. Salvo que se trate de una sociedad o nación teocrática o totalitaria, obviamente, en cuyo caso la adhesión no es voluntaria de los individuos, sino externamente impuesta, en algunos casos incluso por la fuerza. El abuso del misticismo y de la corrección irracional son algunas de las causas de la decadencia de las sociedades occidentales. El progreso social exige la defensa a ultranza de la libertad de expresión, de pensamiento y de cátedra. El mercado de las ideas es el que ha permitido que nuestras naciones hayan alcanzado las cuotas de desarrollo social, cultural, científico y económico que poseen.
La defensa de la clase media para evitar el extremismo que produce la polarización entre muy ricos y demasiado pobres. No puede haber verdadera democracia sin una clase media abundante.
El fomento de las capacidades del individuo, de su libertad y responsabilidad, la igualdad de oportunidades, y el mérito –no como elementos formales de selección, sino reales y efectivos–, también son condiciones necesarias para el verdadero progreso social. El mejor ciudadano es el que es capaz de obtener, a través de su ingenio y de su trabajo, lo necesario para valerse por sí mismo y cuidar de sus hijos, y que, además, genera un excedente que le permite ahorrar y contribuir al bien común por medio de unos impuestos limitados y proporcionados.
CONCLUSIÓN
Ante la disgregación política y social, producida por el choque entre el final de una etapa y el comienzo de una nueva, se abre un espacio en el que han dejado de ser útiles y válidas las referencias que durante las últimas décadas han servido para el posicionamiento político en las naciones occidentales.
Un Partido de lo Tuyo, con este o con cualquier otro nombre, está llamado a jugar un importante papel social y político durante las próximas décadas.
Hablar de éxito o de fracaso de los partidos o de los movimientos políticos es algo relativo. Al final todos se extinguen, pues nacen en función de unas circunstancias y mueren cuando tales circunstancias desaparecen. En efecto, hay algunos que duran muy poco; pero no será el caso del Partido de lo Tuyo, porque el movimiento político-social en la que nos encontramos no ha hecho sino empezar.
El Partido de lo Tuyo no va a ser un fenómeno nacional. La mayor parte de los países occidentales van a tener su propio “partido de lo tuyo”. De hecho, es muy previsible un “efecto contagio” entre ellos; pues los problemas que se detectan en unos países tienen su correlato en otros, como consecuencia de la globalización.
Como dije antes, un mundo donde la propiedad estuviera en muy pocas manos sería necesariamente malo e injusto, y nada ético. Y cuando digo propiedad, incluyo, por extensión, todos y cada uno de los derechos individuales que permiten que los ciudadanos tengan el margen de libertad que necesitan para tener una vida digna. En su defensa deberá emplearse, a fondo, el Partido de lo Tuyo.
Juanma Badenas es catedrático de Derecho civil de la UJI, su último libro es Contra la corrección política, Ediciones Insólitas.
Leí con atención el último artículo de José Javier Esparza publicado en este periódico. En él se aborda el llamado “Gran Reinicio” (Great Reset, según su nombre original en inglés). No me voy a extender sobre su contenido (de imprescindible lectura), simplemente voy a recordar al lector que el reinicio consiste en lo que las élites financieras mundiales han decidido que será nuestro mundo dentro de diez años. Esparza nos advierte de que no se trata de un plan oculto, sino de una planificación completamente abierta y transparente en la que están de acuerdo el Fondo Monetario Internacional, el Foro Económico Mundial y otras instituciones globalistas, entre las que se encuentra el Partido Demócrata norteamericano. La reelección de Trump hubiera supuesto un pequeño inconveniente en la producción de estos planes, así que había que hacer todo lo posible (los lectores ya me entienden), para evitar la reelección, tal y como los hechos acontecidos antes, durante y después de las elecciones del pasado 3 de noviembre han demostrado con claridad.
El Gran Reseteo se apoya en ocho puntos, siendo el primero de ellos, a mi juicio, el de mayor transcendencia: “No tendrás propiedades y serás feliz, alquilarás lo que quieras y será entregado por un dron”. Expuesto así, parece algo inofensivo, diríase que incluso bienintencionado, pues habla de que seremos felices sin necesidad de tener nada. Me recuerda un refrán que bien podría haber inventado el papa Francisco: “no es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita”.
En efecto, ser propietario implica preocupaciones, ya que hay que cuidar y conservar la cosa, mantenerla, pagar impuestos y otras molestias. Así que si —de acuerdo con la Agenda 2030— en los próximos diez años vamos siendo todos y cada uno de nosotros progresivamente despojados de la carga de la propiedad, seguramente seremos más felices. ¿O no?
Veamos algunos ejemplos. Hoy, muchos tenemos un coche e incluso una casa, lo cual nos permite desplazarnos por cuenta propia y habitar en una morada estable en compañía de nuestra familia. Es verdad que poseer un coche obliga a mantenerlo, pagar un seguro, impuestos, etc., y que para tener una casa casi siempre hace falta constituir una hipoteca, contribuir con el IBI, cuidarla e incluso tener que pagar los gastos de comunidad; pero mientras somos propietarios estamos seguros de que normalmente, hasta que decidamos venderlos, podemos seguir utilizando el coche y la casa sin que haya nadie que nos lo pueda impedir.
Sin embargo, como sabe el lector, la propiedad no es lo mismo que el arrendamiento. El inquilino tiene un contrato temporal que necesita ser renovado cada cierto tiempo. No es lo mismo ser el propietario de un coche que ser su arrendatario, y tampoco es igual ser el dueño del inmueble que estar a merced de un alquiler. Hay algunas cosas que conviene tener en cuenta: sólo el propietario de la vivienda puede hacer reformas en ella y ajustarla plenamente a sus necesidades, mientras que el inquilino ha de pedir permiso al propietario a veces incluso para cambiar el color de las paredes. La situación actual de propiedad e inquilinato se corresponde con la de un mercado en el que hay una gran variedad de propietarios (grandes y pequeños, empresarios y particulares), con unos Derechos nacionales muy protectores de los intereses de los inquilinos (en España vamos a tener hasta una Ley antidesahucios). Pero la situación no será la misma si los propietarios son solo unos pocos fondos internacionales, radicados en no se sabe dónde, con unos Derechos nacionales cada vez más irrelevantes, sin papel moneda —sino simplemente monedas digitales, controladas por unos pocos bancos centrales y otros agentes desconocidos— en la que todos los arrendamientos serán celebrados por medio de smart contracts (contratos inteligentes), que seguidamente explicaré.
Los smart contracts son un tipo de programas informáticos que, según una definición bastante extendida, “facilita, hace cumplir y ejecuta acuerdos registrados entre dos o más partes”. Es decir, son unos contratos digitalizados que al mismo tiempo que formalizan un acuerdo entre las partes (por ejemplo, un arrendador y un arrendatario), permiten que el contrato se vaya ejecutando minuto a minuto y segundo a segundo, de acuerdo con la programación establecida en el propio contrato. De manera que ya no hace falta que haya leyes ni jueces, ni nada parecido, porque es el propio contrato, basado en la tecnología blockchain (cadena de bloques), el que actúa como intermediario entre las partes. Todo se debe realizar conforme a lo establecido en la cadena de bloques de información, de manera que si una de las partes deja de cumplir lo estipulado en el contrato inteligente la relación queda escindida desde ese mismo momento. Veamos otro ejemplo. Algunas compañías de alquiler de vehículos están empezando a plantearse el uso de smart contracts para la celebración de sus contratos con los consumidores. Cuando el arrendatario del coche firma digitalmente el contrato recibe una llave que le permite acceder al vehículo y usarlo, a condición de que cumpla todo lo estipulado; porque, en caso de que el contrato detecte algún tipo de irregularidad, la llave del coche queda automáticamente bloqueada, de manera que el arrendatario es privado, desde ese mismo instante, de su uso.
La misma práctica se podría trasladar a los arrendamientos de viviendas o de cualesquiera otros bienes. Si el contrato inteligente, tal y como ha sido programado por la parte arrendadora, detecta algún tipo de incumplimiento por parte del inquilino (por ejemplo, un “uso inadecuado” del inmueble, un retraso en el pago de la renta, etc.), automáticamente se bloquea la llave de acceso a la casa, el suministro de gas y electricidad y cualquier otra cosa vinculada con la vivienda. Todo ello en cuestión de segundos, sin posibilidad de reclamación ni desahucio, porque es el propio contrato inteligente el que actúa como intermediario y juez entre las partes.
Esto, desde el punto de vista jurídico es muy interesante; pero, desde el de los usuarios, no parece tan divertido. Sobre todo, si —tal como prevé el Gran Reseteo— en los próximos diez años la propiedad queda concentrada en muy pocas manos (las de los grandes plutócratas globales) y Europa se convierte en un continente de arrendatarios. Aunque felices (¿o no?).
Durante la Edad Media la propiedad también estuvo concentrada en pocas manos; pero, al menos, los señores, por medio del acuerdo de vasallaje, tenían un compromiso de defensa y protección de los vasallos que trabajaban sus tierras, cosa que no estoy seguro de que se produzca entre los inquilinos y los titulares anónimos de los fondos internacionales que terminarán por convertirse en propietarios de los bienes. Porque la Agenda 2030 habla de que todos seremos arrendatarios, sin decir que alguien deberá seguir siendo el dueño de las cosas; pues no puede haber arrendamiento sin que alguien ostente la propiedad del bien que se arrienda. Lo que se nos viene encima no será como el comunismo (en que la propiedad de los bienes correspondía al Estado), pero acaso sea mucho peor.
Como decía Aynd Rand, “sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible”. Quien tiene el control sobre tus cosas tiene el control de tu vida. ¿De qué sirve reclamar el derecho a la libertad de expresión o de asociación, ideológica o religiosa, si tu vida depende de que un gran fondo internacional esté contento contigo? El derecho a disfrutar de “tu casa”, de “tu coche”, de “tu teléfono”, de tu conexión de internet, estará a merced de un click del gran suministrador de los bienes y de los servicios, por medio de los contratos inteligentes. También los “jueces” (aunque se habilitará una especie de justicia automática por medio de programas informáticos) y los “políticos” habitarán en las casas y utilizarán los coches y los teléfonos, ordenadores, etc. de las grandes compañías, controladas por los fondos internacionales, señores de todos los bienes.
Al final todo va concordando. Santiago Niño-Becerra lleva algunos años vaticinando la defunción del sistema capitalista que trajo consigo la Ilustración, la democracia liberal y el Estado de derecho, tal como hasta ahora lo estábamos conociendo. Él sitúa el colapso definitivo en torno a 2065, aunque reconoce que la crisis del Covid-19 va a acelerar el derrumbe. Coincide con los representantes del Foro Económico Mundial y de las restantes organizaciones globalistas en que el futuro al que nos encaminamos será sin derecho de propiedad, en un mundo lleno de arrendatarios felices que esperarán la llegada del dron milagroso.
¿Por qué las predicciones de Niño-Becerra y del Foro Económico Mundial se van a cumplir tan rápidamente? Pues porque el empobrecimiento causado por la “gran pandemia”, que nos ha traído el coronavirus —que no se sabe muy bien cómo se originó— provocará, más pronto que tarde, un abaratamiento del precio de los bienes que muchas personas no tendrán más remedio que vender, lo cual producirá, a su vez, que quienes tengan liquidez (especialmente, los grandes fondos internacionales) compren muy barato. Y si esto no se consigue a la primera, vendrán dos, tres o más crisis económicas —como la de 2008— que conseguirán que se produzca el definitivo abaratamiento de los bienes y que todos terminen siendo comprados por los citados fondos (esto en lo que respecta a los inmuebles). La proscripción de los combustibles fósiles también traerá consigo que, en menos de diez años, todos nuestros coches de gasoil y gasolina resulten inservibles y que terminemos recurriendo al alquiler de vehículos eléctricos de uso temporalizado. En fin, seremos muy felices, aunque ya no tengamos nada. También la molestia de pensar cómo repartir nuestra herencia dejará de ser una preocupación; pues lo único que tendremos será un puñado de contratos inteligentes y de cadenas de bloques de información, junto a la esperanza de que un dron nos traiga algo que realmente no necesitamos, pero que los grandes amos del mundo han decidido que sí deberíamos necesitar.
Juanma Badenas es catedrático de Derecho civil y miembro de la Real Academia de Ciencias de Ultramar de Bélgica. Su último libro publicado es La Derecha (Almuzara, 2020).
El biólogo Paul Ehrlich dijo en la cadena estadounidense CBS que «la humanidad no es sostenible». En los años 70 vaticinó que cientos de millones de personas morirían de hambre en esa década. Pero no fue así
Este planteamiento de que la humanidad no es sostenible calza perfecto en los planes de los políticos y economistas que pretenden mayor control. (PanAm Post)
El alarmismo climático ha normalizado un discurso de control de consumo e intervencionismo estatal que paulatinamente incluye también la promoción del control de población. Pero comenzando el año 2023 este planteamiento parece haber ido un paso más allá. “La humanidad no es sostenible”, afirmó el biólogo Paul Ehrlich en la cadena estadounidense CBS.
“La humanidad no es sostenible. Para mantener nuestro estilo de vida (el tuyo y el mío, básicamente) para todo el planeta, necesitarías cinco Tierras más. No está claro de dónde van a venir los recursos necesarios, los sistemas que sustentan nuestras vidas, que por supuesto son la biodiversidad que estamos acabando. La humanidad está muy ocupada sentada en una rama que estamos cortando”, sentenció Ehrlich en “60 Minutes”, uno de los programas de mayor audiencia en Estados Unidos.
Sus teorías alarmistas han fallado
El presentador Scott Pelley mencionó que Ehrlich había sido visto como un alarmista cuando salió “Population Bomb“. Dicha obra insinúa que la supuesta sobrepoblación acabará con el planeta.
“Estaba alarmado. Todavía estoy alarmado. Todos mis colegas están alarmados”, dijo Ehrlich. “La tasa de extinción es extraordinariamente alta ahora y aumenta todo el tiempo”.
A lo largo de su carrera, Ehrlich ha promovido un discurso fatalista. Desde los años 70 auguró que cientos de millones de personas morirían de hambre en esa década. Pero no fue así. Pronosticó que Inglaterra no existiría para el año 2000 y su fatalista profecía no se cumplió. También advirtió en la década de los 80 sobre “una ruptura total de la capacidad del planeta para sustentar a la humanidad”. Pero aquí sigue.
La fertilidad se desplomó 50 % en los últimos 70 años
Así como el exvicepresidente de EE. UU., Al Gore, desacertó con el alarmismo climático, también falla Ehrlich. En realidad está sucediendo lo contrario a lo que él ha vaticinado. La pirámide poblacional está invertida. No existe un problema de sobrepoblación sino de baja natalidad. La tasa de fertilidad humana se desplomó aproximadamente 50 % en todo el mundo en los últimos 70 años. La familia promedio tenía cinco hijos en 1952, pero ahora tiene menos de tres. Para el año 2020, el Ministerio de Sanidad de España reportaba 341.315 nacimientos y 493.776 defunciones. Una tendencia similar a la del año anterior. Esto indica que en este país mueren más personas de las que nacen.
Si las tasas de fertilidad no se elevan por encima de los niveles actuales, aproximadamente la mitad de los países de Europa perderían 95 % o más de su población. Así lo pronostica un informe de la ONU titulado Población mundial a 2300, que hace proyecciones poblacionales para ese año. «La Unión Europea, que recientemente se ha expandido para abarcar a 452 – 455 millones de personas (según cifras 2000 – 2005 ), caería en 2300 a solo 59 millones. Aproximadamente, la mitad de los países de Europa perderían 95 % o más de su población; y países como la Federación de Rusia e Italia tendrían solo el 1 por ciento de su población actual”.
Reducción de población para mayor control
En lugar de incentivar el crecimiento poblacional, la izquierda política promueve la disminución de la población, sembrando una profunda misantropía, donde retrata al ser humano como el problema y no la solución. De la mano de la radicalización del Partido Demócrata hacia la izquierda, el senador Bernie Sanders ha propuesto financiar abortos en países en vías de desarrollo para combatir el “cambio climático”. Una vez en el poder, Joe Biden revocó el Acuerdo de Ciudad de Méxicopara costear abortos con fondos federales desde México y más al sur.
Para comprender el alcance de estas propuestas es necesario conocer al economista marxista Robert Heilbroner. Con la caída del Muro de Berlín, él llamó a volcar la revolución socialista del obrero a la salvación del planeta.
«Las fábricas y almacenes y las granjas y tiendas de una formación socioeconómica socialista deben coordinarse… y esta coordinación debe conllevar la obediencia a un plan central», proclamó. Llamó a «repensar el significado del socialismo» para enfrentar «la carga ecológica que el crecimiento económico está imponiendo al medio ambiente».
De aquí surge el término “sandía” (verdes por fuera y rojos por dentro), un disfraz ecologista que encubre un discurso socialista, sobre todo totalitario, pues sus promotores proponen que todo, desde la producción hasta la reproducción, sean planificadas por el poder central.
Este planteamiento de que la humanidad no es sostenible calza perfecto en los planes de los políticos y economistas que pretenden mayor control. Como Thanos, el villano de los Vengadores, proponen eliminar a la mitad de la población “para salvar el planeta”. Y al hacerlo, en nombre de la naturaleza, promueven ir contra el sentido de supervivencia, una incoherencia total.
Dos personas sostienen una bandera trans durante una concentración convocada frente al Congreso de los Diputados. Europa Press
Desde que el Gobierno aprobó la nueva Ley Trans, que permite la libre autodeterminación de género, tengo pesadillas recurrentes sobre cómo defenderé mi intimidad el día que un tipo entre en el vestuario de mujeres de mi gimnasio afirmando que es mujer. No es ninguna excusa para no ir. Es un miedo real ante una posibilidad cada vez más cercana. Como era previsible y constatable, según experiencia de otros países Occidentales perturbados, antaño civilizados, hay un aumento exponencial de solicitudes de cambio registral de sexo, donde más del 95% de éstas son de hombres biológicos.
Me sentiría vejada, incómoda, amenazada e indefensa. Pero, ¿cómo voy a defenderme sola en una situación vulnerable para mi privacidad, ante alguien que accede a ella al resguardo de la ley y contra mi voluntad? ¿Cómo puedo protegerme de esta humillación a la que soy obligada desde el Gobierno a consentir contra mi expreso deseo? Ni siquiera me estaría permitido mostrar mi disconformidad. Sólo podría sonreír y aplaudir, como mujer sumisa que no soy. Me han arrebatado mi derecho a no consentir, a decir ¡no! Ya ni siquiera sé si es posible pensarlo, si puedo compartir mis miedos como mujer a modo casi de auxilio ante la posible situación violenta para mi intimidad, en la que una persona con genitales masculinos esté junto a mí en el vestuario. Tengo que apuntarme a kárate o boxeo, o ir con una bolsa en la que pueda llevar un palo para defenderme si es preciso.
Si pido auxilio al personal del centro no me defenderán. Podrían ser acusados de tránsfobos y cometer infracción muy grave con sanción entre 10.001€ y 150.000€ según la citada Ley. Si hago una foto y lo denuncio en redes, la Policía Nacional vendría a detenerme por delito de odio y no al que se descubre desnudo ante mí contra mi voluntad. Cambiarme de gimnasio no solucionaría el problema, especialmente en aquellos exclusivos para mujeres. Si el feminismo posmoderno considera que todos los hombres biológicos son machistas, violadores y depredadores, ¿cómo es posible que la mera voluntad de estos en su autodefinición como mujer haga desaparecer ese peligro para nosotras? Al contrario, me siento más expuesta a esa minoría que sí son realmente unos delincuentes sexuales, o violentos misóginos que encuentran amparo en esta legislación, con la que acceden a sus víctimas mayor facilidad. Ellos tienen incentivos para la solicitud del cambio de sexo en el Registro Civil, como los presos que lo han solicitado para ser trasladados a cárceles de mujeres. Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder.
Pero quizá haya una salvación en la propia condena de la agenda global del género. Una grieta en el sistema que nos muestra de forma involuntaria el policía Trans. Un opositor a Policía Local en varios municipios de Madrid efectuó la solicitud de cambio registral de sexo para poder conseguir más fácilmente una plaza como policía. Las pruebas físicas del examen de acceso tienen unos baremos inferiores para mujeres. Su innegable superioridad física como hombre biológico le permitió conseguir mejor puntuación que el resto de aspirantes femeninas, y por tanto una enorme ventaja para el acceso a un puesto de Policía.
Pero esta noticia que ha indignado a tantas ilumina el camino. La Ley Trans de libre autodefinición del género es una denuncia a todo ese sistema injusto de acceso al Ejército, a la Guardia Civil, a los bomberos o a la Policía que establece diferentes baremos físicos entre hombres y mujeres. Esa diferencia es un reconocimiento explícito a dos cuestiones clave: que biológicamente los hombres tienen más fuerza física que las mujeres, y que la existencia de esosbaremos diferentes supedita a los ciudadanos, y especialmente de las ciudadanas, a los deseos de unas mujeres de acceder a una profesión por encima de las necesidades de seguridad de la población.
Hay mujeres policías excepcionalmente buenas y capaces para puestos donde la fuerza física no sea lo primordial. Pero ante un ataque de una manada de atacantes, quizá sean capaces de defenderme mejor unos hombres biológicos policías con la misma fuerza que mis atacantes. Quizá ahora los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad cubran todas sus plazas con hombres y personas Trans de origen masculino provocando un incremento de la seguridad ciudadana de las mujeres.
Estas políticas lunáticas de género ya han conseguido su finalidad, que no es proteger a las personas con disforia, sino dividir a la población y enfrentarla. La ruptura del sistema de realidad y el desprecio a la biología para imponer un nuevo orden social en el que no haya mujeres, ni hombres, sino una homogénea sociedad de géneros confusos y fluidos, de clones prescindibles e hipnotizados por la falsa bandera de la diversidad.
Se trata de fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas de la Unión Europea.
Si las analizamos una a una, las normativas aprobadas por la Unión Europea en los últimos años parecen decisiones con un impacto limitado a un único ámbito social, como, por ejemplo, el medio ambiente, la alimentación, la familia o la religión. Ahora bien, si unes todos los puntos, surge con claridad un diseño político muy preciso.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que se trata de un proyecto realizado por una parte del establishment europeo para redefinir nuestros estilos de vida, nuestras costumbres y tradiciones: un gran plan de reeducación pedagógica basado en un leitmotiv, el sentido de culpa. Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir porque nuestros comportamientos hacen que el planeta se deteriore. Tenemos que dejar de comer carne porque las granjas producen demasiada contaminación. Ya no podemos decir que un niño nace de una madre y un padre porque es discriminatorio. No se pueden celebrar fiestas cristianas porque los fieles de otras religiones se ofenden. Tenemos que renunciar a nuestro pasado a causa del colonialismo y otras gaitas… Todo un desparrame de corrección política.
Es un fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de oikofobia, el odio al hogar, el odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas y directivas de la Unión Europea que imponen decisiones de arriba a abajo y deben ser aceptadas e implementadas por los ciudadanos. Se pierde así uno de los pilares básicos del buen gobierno, que es el principio de subsidiariedad. Cuanto más cerca esté una institución del ciudadano, mejor podrá realizar su tarea y más podrá el ciudadano verificar su trabajo. Por el contrario, cuanto más lejos esté el poder de los ciudadanos, más difícil resultará controlar la acción de quienes lo ejercen. Y como es bien sabido, una entidad supranacional como la UE es cualquier cosa menos un organismo local.
El campo de acción de la UE es global y se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida, pero hay algunos sectores sobre los que la acción comunitaria se empecina especialmente, en particular el medio ambiente. La nueva Biblia de la UE se llama Green Deal (Acuerdo verde), un gran plan que ya está en marcha y cuyo objetivo es alcanzar la neutralidad energética en 2050, con un plazo inicial en 2030 mediante el “Fit for 55”, es decir, la reducción de emisiones en un 55%. Para entender la relevancia que las instituciones europeas atribuyen a este proyecto, basta citar las palabras de la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, para quien el Green Deal será “como el aterrizaje del hombre en la luna”.
Aunque el plan de la UE es efectivamente lunático en términos de contenido y de plazos, las consecuencias para los ciudadanos europeos son, lamentablemente, bien concretas.
La última hazaña ha sido prohibir los automóviles diésel y gasolina para 2035, una decisión votada en el Parlamento Europeo la semana pasada. Los efectos socioeconómicos de esta decisión son múltiples y corren el riesgo de desmantelar el liderazgo europeo e italiano en el sector del automóvil. No sólo afecta a las grandes compañías automovilísticas sino también a numerosas PYMES dedicadas a los componentes. Además del impacto en el empleo, esta decisión frenará las inversiones en biocombustibles, motores híbridos y otras tecnologías alternativas a la electricidad menos contaminantes. Pero hay otro aspecto aún más preocupante y se refiere a la seguridad. Tras la crisis energética de los últimos meses en la que comprendimos por fin lo que significa depender en demasía de un único proveedor de gas como Rusia, la UE no parece haber aprendido la lección y está cometiendo un error parecido con China, que tiene un papel preponderante en el vehículo eléctrico.
Lo mismo sucede con las energías renovablesya que Beijing detenta prácticamente el monopolio de las tierras raras, minerales esenciales para los componentes de paneles solares y turbinas eólicas. Centrarse en exclusiva en las energías renovables sin haber desarrollado primero una cadena de suministro europea es un suicidio en términos de seguridad energética.
Otro sablazo para los ciudadanos es la directiva de vivienda verde que aún no ha sido aprobada por el Parlamento Europeo, pero que es casi cosa hecha. Esta directiva presenta numerosos problemas insalvables, en particular para los italianos, que tienen más activos inmobiliarios que otras naciones europeas. La obligación de mejorar la eficiencia es un aumento disfrazado del valor patrimonial que no tiene en cuenta las características de muchos de nuestros edificios, especialmente en los centros históricos, construidos hace siglos y que nunca podrán ser eficientes al 100%. En efecto, la propuesta inicial de la directiva recogía la imposibilidad de vender o alquilar viviendas que no presentaran eficiencia energética. Es un ejemplo perfecto de cierta mentalidad, generalizada en Bruselas, que afecta a la propiedad privada.
La Unión Europea no solo entra en nuestras casas, también nos dice qué debemos comer. La obsesión por la alimentación es la nueva frontera de la reeducación europea, que quiere que dejemos de comer carne porque las granjas contaminan, aunque los insectos sí que son bienvenidos en nuestras mesas. No entiende que estamos perjudicando a un sector como el alimentario que no sólo forma parte de nuestra identidad, sino que también representa uno de los principales sectores económicos del país. De forma reciente, fue el vino el producto que acabó en el banquillo de los acusados con la propuesta irlandesa de incluir las palabras “perjudica gravemente la salud” en las etiquetas de las botellas.
Si no se está de acuerdo con las políticas de la UE, se nos tacha de “negacionista climático” en el tema del medio ambiente y de “teórico de la conspiración” en el caso de los insectos. Pero el caso más llamativo es el asunto de la familia, ya que argumentar que un niño nace de un padre y de una madre o estar en contra del vientre de alquiler lleva a ser acusado de “homofobia”. Así es como asistimos a la ausencia de verdaderas políticas de apoyo a la natalidad y a la familia, y tenemos que aguantar una catarata de normas para las “familias” (estrictamente en plural).
Si el hundimiento de las tasas de natalidad no es una prioridad para la Unión Europea, sí lo es la inmigración, no tanto para regular los flujos migratorios, sino para suplir el declive demográfico con una nueva fuerza de trabajo que sataniza el concepto de fronteras y promueve la sociedad abierta.
Así es como ha surgido la superación del concepto de nación y el deseo de borrar nuestra identidad fundada en raíces cristianas. Y eso a pesar de que, como recuerda Benedicto XVI, el autor de un libro esclarecedor como La nueva Europa: identidad y misión: “Europa no es un concepto geográfico, sino cultural, conformado por un recorrido histórico que, aunque conflictivo, está centrado en la fe cristiana”.
Es difícil olvidar el documento de la Comisión Europea que quería suprimir la palabra Navidad y los nombres de pila. Pero, mientras tanto, la UE, empeñada en denunciar una supuesta islamofobia, no dice ni una palabra sobre los crecientes episodios de intolerancia hacia los cristianos (que mientras no se demuestre lo contrario son la mayoría de los ciudadanos) en los países europeos. En Francia y Bélgica, los casos de iglesias quemadas, estatuas religiosas destrozadas, e incluso sacerdotes asesinados como el padre Jacques Hame, se han vuelto habituales.
Si se considera que lo espiritual y lo religioso son aspectos de la vida humana de los que podemos prescindir (Augusto del Noce ya advertía de los peligros de la secularización), la reeducación europea pasa por el uso de la tecnología y por la tecnocracia. Las redes sociales e internet, que deberían representar una herramienta para la libertad de palabra, corren el riesgo de verse restringidas bajo el pretexto de luchar contra la desinformación y la injerencia extranjera, como lo demuestra la última directiva europea sobre publicidad política.
El enfoque dirigista de la Unión Europea no perdona a ningún sector de la sociedad y está cada vez más omnipresente. Prevalece sobre las naciones y las autoridades locales, sin tener en cuenta las necesidades de las comunidades y favoreciendo una visión homogeneizadora. Una función pedagógica destinada a los europeos, plasmada negro sobre blanco por la UE en las conclusiones de la Conferencia sobre el futuro de Europa. Por un lado, propone una estandarización destinada a borrar las identidades individuales. Por otro, las políticas europeas acaban siendo rehenes de minorías ideológicas que quieren imponer su agenda.
Y por si las normativas y directivas aprobadas hasta la fecha no fueran suficientes, lo peor está por llegar: la reeducación europea no ha hecho más que empezar.
Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria
Momento de la ópera ‘Nixon en China’ Camilla Winther
La ideología ha muerto, ¡viva la ideología! Por exagerado que parezca, nunca ha sido más necesario posicionarse ideológicamente que en nuestros días. La lucha sin cuartel que se libra entre democracia y tecnocracia hace que no sean posibles medias tintas y que, cargados de argumentos y de una concepción concreta del hombre, la sociedad y el rol de la política, debamos apostar por una opción u otra. Nunca ha sido, sin embargo, tan desconcertante tomar partido entre los distintos bloques. La división izquierda/derecha, que sigue corriendo por nuestras venas como si fuese sangre verdadera y no una adulterada sustancia que nos embota la razón, nos impide ver que las realidades ideológicas que cada uno de estos bloques acoge son tan divergentes entre sí que pareciese que una mente diabólica separó en ellas lo que era similar, y unió lo que era diferente, para así condenar la racionalidad política al desarraigo y la psicosis.
Hablando de manera clara: hay cierta parte de la izquierda que siempre ha debido ir de la mano de cierta derecha en su defensa de una vanguardia tecnócrata y autoritaria que dirija los destinos de la población en aras de un futuro pretendidamente utópico (es decir, buena parte de los defensores del comunismo y del capitalismo en su dimensión práctica y real). Existe, sin embargo, un vector de la izquierda que en su defensa del poder político común y del derecho a la autosubsistencia como base de la libertad siempre ha debido ir con la derecha que se enfrenta a la concentración del poder y defiende la eticidad de nuestro legado antropológico (es decir, comuneros y tradicionalistas, aunque incluyendo también a los liberales anti-monopolistas, a los comunistas heterodoxos y, como no, a gran parte de los anarquistas de izquierda y derecha).
El desconcierto ideológico imperante queda claro si acudimos a los medios y prestamos atención a qué es lo que dice defender cada quien, y a lo que realmente defiende. Por ejemplo, si sintonizamos EsRadio, medio apologeta del capitalismo como base de la civilización, no solo escucharemos las proclamas de Jiménez Losantos contra el Foro Económico Mundial e instituciones capitalistas afines, sino también sus alertas contra la expropiación de bienes comunales y privados que está llevando a cabo Forestalia para implantar aerogeneradores eléctricos en Teruel por medio de técnicas de destrucción social y ambiental. El elemento más desconcertante de esta crítica es que, aunque Losantos describe a la perfección el intervencionismo masivo que siempre caracterizó al capitalismo en su lógica de creación forzada de mercados verticales, atribuye este al comunismo que estarían promoviendo las élites financieras mundiales y no al capitalismo verde que estas defienden abiertamente. Por si la confusión fuese poca (¿se ha vuelto comunista el capitalismo?), Mónica García, la médico de Más Madrid que nos recomendaba sustituir el alcohol por un vasito de agua, no tiene ningún problema en declararse, desde su ideología de izquierdas, fan del Foro Económico Mundial (presidido por un individuo de pasado nazi desde 1971 que se declara amante de la más distópica política eugenésica) y de todo lo que la élite empresarial mundial cueza en los resorts de Davos.
Desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha
Este momentum de confusión ideológica queda claro si acudimos a la revista CTXT, que pese a presentarse a sí misma como furibundamente anticapitalista y tener estampitas de Noam Chomsky (el Tamames yanqui) a lo ancho y largo de sus páginas, nos presenta artículos que no solo defienden al Foro Económico Mundial sino que, en su superación del keynesianismo, apuestan a nivel práctico por políticas propias del capitalismo de destrucción creativa schumpetteriano popularizado por Mariana Mazzucato. En este sentido, debemos destacar el blanqueamiento de ChatGPT llevado a cabo por Sebastian Faaber, quien en una apología ye-yé del impacto de esta tecnología en la educación afirmaba que “la aparición de la inteligencia artificial ha sido una sacudida bienvenida: un desafío para inventar una pedagogía inimitable, impredecible, que no trate a los alumnos como si fueran robots”. Es decir, todo profesor que no se reinvente de acuerdo con los dictados del mercado tecnológico y no participe en una competición sin fin, adaptándose a la “sacudida” del capitalismo (“vendavales de destrucción creativa”, que decía Schumpeter), será relegado a la cuneta histórica de los inútiles (¿no es este discurso abiertamente capitalista, añejamente neoliberal?).
En una línea similar, Nuria Alabao, reconocía en otro artículo el problema futuro que supone la baja natalidad existente en España pero tachaba como etnonacionalismo promover políticas de natalidad (que serían una agresión a la mujeres blancas españolas, suponemos) y apostaba por competir, cuando llegue el momento, con otros países para captar el mayor número de inmigrantes posibles, porque, ya sabemos, atraer mano de obra barata que tenga un estatuto de ciudadanía de segunda o tercera clase para que nos pague las pensiones es política humanitaria (¿desconoce Alabao lo que le ha sucedido a los inmigrantes que desde el siglo XIX han acudido a las llamadas de grandes capitales?)
En definitiva, amarrado a su inconsciente ideológico, el capitalismo, en la más deshumanizada y autoritaria de sus versiones, se está convirtiendo en el espíritu de la nueva izquierda global.
La fusión final de capitalismo y socialismo
¿Son estas posiciones ejemplos de disforia ideológica que requieren la aprobación exprés de una Ley Trans de la ideología, o se trata en realidad de tomas de partido coherentes que muestran en este momento de apocalipsis o revelación ideológica que las aguas están volviendo a su cauce y que cada quien defiende aquello que siempre creyó defender con los vocablos equivocados? Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria que siempre los caracterizó. Por muy contradictorio que pueda parecer equiparar estas dos ideologías, debemos reconocer que la única contradicción es la que se produce entre nuestro ego socialista o capitalista y la terca realidad política. Socialismo y capitalismo son dogmas de fe teóricos que, nacidos como dos reversos de la misma moneda (creencia ciega en el progreso, la industria, etcétera), llevan mezclados ya demasiado tiempo en la práctica como para negar su efectiva coexistencia. El bloque capitalista solo pudo sobrevivir mediante la implantación de políticas de inspiración socialista (pensemos en el New Deal de Roosevelt) mientras que el bloque comunista tuvo que resignarse a promover desde muy pronto un capitalismo de estado que ha dado lugar, en cierto sentido, a la distópica quimera sociocapitalista china tras los pactos entre Nixon y Mao de 1972.
En España la situación no ha sido muy diferente, pues desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha. Esto no significa negar intentos en diferentes lugares del globo de imponer revoluciones capitalistas o comunistas en las últimas décadas, las diferencias que puedan existir en el estado español entre comunidades autónomas que hayan enfatizado más un modelo u otro, o el impacto que una pequeña variación en la política económica pueda tener en la vida de amplios grupos de ciudadanos. Se trata simplemente de afirmar que la distinción izquierda/derecha ha sido el opio de las sociedades surgidas del proyecto ordoliberal europeo, el muro que nos ha impedido ver quiénes son nuestros potenciales aliados de lucha ideológica y quienes nuestros adversarios.
La implosión de la revolución tecnócrata
El corrimiento de tierras ideológico que ha destrozado los bastiones de izquierda y derecha lleva décadas gestándose, pero se hizo notorio tras la revolución tecnócrata-global declarada en marzo del 2019 a propósito de la crisis de la covid-19. El elemento que demuestra que se trata de toda una revolución es que muchos de los que apoyaron con entusiasmo la caza de brujas y las medidas autoritarias y contracientíficas implantadas en aquel momento, despertaron en cuanto comprobaron que la tecnocracia global autoritaria empleada entonces se normalizaba. Para muchos queda ya claro que el propósito del régimen tecnócrata global en ciernes no es otro que imponer arbitrariamente y al margen la división de poderes, la esfera pública o los protocolos de la ciencia, medidas en nombre del cambio climático, la digitalización, la búsqueda de la igualdad o la resignificación woke de lo que es un individuo. Estas políticas no parecen tener otra finalidad que la de destruir el tejido social y extraer riqueza a unos niveles nunca antes vistos.
La división ya no será entre izquierda y derecha sino entre proactivos y precaucionarios
Este mismo furor revolucionario es el que comenzó a alterar el contenido de las distintas ideologías. En un abrir y cerrar de ojos, todos aquellos que desde la izquierda defendían políticas de redistribución de la riqueza pasaron a ser considerados criptofascistas (rojipardos, neorrancios, etc.), mientras que los defensores de políticas asociales y estamentales que hacen de la identidad un producto de consumo, pasaron a encarnar el verdadero socialismo. Este proceso de expropiación ideológica no tardará en llegar a la derecha capitalista, haciendo que aquellos liberales que dicen estar en contra de los monopolios y defienden la seguridad material y jurídica del individuo sean tachados de capitalistas reaccionarios, de traidores, o de socialistas encubiertos si se atreven a criticar el autoritarismo tecnócrata de los grandes poderes mundiales, y no aceptan entregar su cuerpo, su alma, e incluso su casa, a causas como la de la Agenda 2030.
Es sencillo constatar que la revolución tecnócrata-global iniciada en 2019 ha producido cambios en los cimientos de nuestras estructuras ideológicas que serían impensables antes de esas fechas. La conjunción de intereses más extraña que este atentado contra la ciudadanía llevó a cabo fue la que unió en una agenda de mínimos a anarcocapitalistas seguidores de Hayek, Mises y demás “austríacos” con simpatizantes de la izquierda comunalista. Esta confluencia nos muestra que estamos ya viviendo bajo un ethos posthumano, pues si hay algo que unifica a estos dos colectivos es la negativa a creer que un grupo selecto de individuos, por superdotados cognitivamente que sean, pueda entender cómo funciona una sociedad e imponer medidas verticales que hagan que esta llegue a un estadio superior (proyecto del posthumanismo). En este sentido, la democracia popular defendida por cierta izquierda (“o povo é quen máis ordena”) acaba convergiendo con lo que hasta ahora parecía una parodia de la misma, es decir, la consideración de que un mercado ha de estar desregulado porque es la gente con la lógica de compraventa la que decide los precios, pues solo Dios, según decía Juan de Lugo en el siglo XVIII, puede conocer el valor real de cada cosa, vistos los múltiples factores que intervienen en este.
En nuestro país esta revolución tecnócrata-global ha producido enormes modificaciones al convertir a los nacionalismos subestatales en defensores del globalismo autoritario deseosos de entregar las soberanías nacionales, que debieran proteger, a las grandes estructuras de gobernanza mundial y privilegiando, por lo tanto, tecnocracia frente a democracia. Si Ana Pontón, líder del BNG, pedía durante la pandemia al presidente de la Xunta que implantase las mismas políticas de corte fascista que Jacinda Ardern estaba imponiendo en Nueva Zelanda (curioso que no reclamase medidas como las de Suecia o incluso México), el catedrático de Stanford Joan Ramon Resina proclamaba hace un par de semanas la superioridad racional de los catalanes sobre los españoles, por no caer los primeros, como los segundos, presa de discursos que cuestionasen las medidas tecnócratas relativas a la crisis de la covid-19, el cambio climático o la política otanista en la guerra de Ucrania. Según el eximio iberista, esta supuesta diferencia de criterio se debería a la naturaleza europea de los catalanes versus la naturaleza africano-oriental de los españoles, que los haría ingeniosos e impetuosos pero poco racionales..
El apocalipsis de las ideologías ante el posthumanismo
El proceso de beatificación de la tecnocracia ejemplificado en los casos anteriores lleva tiempo ganando adeptos en la esfera pública española por medio de las defensas que de ella hacen santos varones como Daniel Innerarity al fantasear con la idea de que vivimos en sociedades tan complejas que las decisiones no pueden ser ya tomadas de acuerdo con los protocolos de las democracias liberales. Esta disyuntiva, sin embargo, está intrínsicamente relacionada con el proyecto de dominación política en marcha del posthumanismo. Partiendo de una reconfiguración ideológica similar a la descrita en este artículo, los transhumanistas Fuller y Lipinska nos alertan de que, en la sociedad de la inteligencia artificial, la división ideológica ya no será entre izquierda/derecha sino entre proactivos (aquellos que aceptan los dictados biotecnológicos para mejorar como especie, pese a los riesgos que implican y la anulación de libertades que conllevan) y los precaucionarios (aquellos que prefieren seguir siendo humanos, anteponiendo la seguridad física y material a experimentos de dudoso resultado).
Fuller y Lipinska presentan el transhumanismo/posthumanismo como una evolución natural del capitalismo que acabaría arrastrando a la izquierda hacia sus redes. En este sentido, todo liberal que defienda la libertad individual y jurídica de los individuos, así como su derecho a la propiedad, debiera estar en pie de guerra ante la realidad capitalista que se está conformando a manos de la ortodoxia posthumana. Por ejemplo, los mismos Fuller y Lipinska afirman desde un prisma imperialista cristiano que el ser humano ha recuperado su divinidad al ser absuelto del pecado original por la redención de Cristo y que, por lo tanto, está obligado a tratar su propio material genético como un capital (partiendo de la idea de hedge fund hablan de hedge genetics) y sumirse en una lógica de riesgo extremo que, por medio de ensayo-error, permita a otros individuos de la especie alcanzar mayores niveles de inteligencia y longevidad y alcanzar así el estatus divino prometido. Para conseguir estos objetivos, los autores apuestan por lo que denominan un enfoque proactivo que cambiaría nuestro reglamento civilizatorio en al menos tres niveles fundamentales. En primer lugar, modificando los protocolos científicos (acelerándolos, sin necesidad de testeos rigurosos) y dejando de lado la máxima Primum non nocere (“Lo primero es no hacer daño”) atribuida al juramento hipocrático; en segundo lugar, modificando las bases del contrato social y de los estados de bienestar para que los individuos puedan asumir riesgos genéticos (formar parte de un experimento, etc.) y ser recompensados por ello; por último, acabando con la cultura socioliberal de los derechos individuales.
Estas ideas, por muy delirantes que parezcan, forman parte de un nuevo sentido común en ciernes, y no será extraño encontrarse cada vez con más férreos defensores de ellas. Las instituciones globales están ya recorriendo este camino, como muestra el hecho de que Jeremy Farrar, hasta hace poco presidente de Wellcome Trust, institución que patrocina proyectos transhumanos con una agenda prácticamente idéntica a la descrita arriba, haya sido nombrado científico jefe de la Organización Mundial de la Salud.
Es por eso que la batalla ideológica es inminente. No se trata ya de discutir lo que debiera ser la izquierda o la derecha mientras tarareamos canciones de Ismael Serrano, sino de asumir que el verdadero dilema está en la estructura del poder político, y que las opciones que se nos presentan, ofuscadas entre colores y culturas políticas, son solo dos: tecnocracia o democracia.