Etiqueta: TERROR

Visiones apocalípticas.

NOTA: Pinchando sobre las imágenes, se pueden ver en su  tamaño REAL.

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Visiones oscuras.

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Lluvia.

167222_145109515548374_100001479808686_259841_329299_n El cielo ennegrece, las nubes gruesas de agua cubren cualquier azul que quiera asomar. Solo miro desde mi escondite como todo se torna oscuridad, me gusta y sonrío por tal motivo. Espero un poco a que todo termine por volverse gris… Entonces salto. Doscientos cincuenta metros me separan del piso y nadie se ha dado cuenta que he caído de pie como un gato, pero con más elegancia.

Mis pasos se pierden entre tanta gente, ¿Quién puede notar la diferencia entre un cuerpo caliente y uno frío? Parece que ellos no.

Las gotas comienzan a caer, pequeñas y castigantes para aquellos que no les gusta. Me detengo un segundo, mis ojos oscurecidos por las sombras voltean hacia arriba, se escucha un trueno y los pasos se apresuran por todos lados.

Y entre tanta muchedumbre le miro, coqueta como siempre; ofreciendo sus encantos ha aquellos que los quieran aceptar. Me acerco con cautela mirándole de en hito en hito… Deslizando mi vista entre sus curvas con grato placer. O más bien morboso placer, se que no hace demasiado ella era un él, y me divierte ver como muchos no notan la diferencia.

No es la primera vez que le observo pero no pensé encontrarla bajo la lluvia, las gotas hacen que su atuendo se pegue aun más de lo que es, su maquillaje aprueba de agua se mantiene sobre su rostro, mientras sus cabellos de rojo vivo se oscurecen por el agua que atrapan.

Me encanta verle… Y deleitarme con sus pensamientos, tan sádicos como yo.

Ella vende su cuerpo pero a la vez regala la muerte, lo sabe y lo disfruta, en eso se parece a mí solo que la que ella esparce es lenta y dolorosa… La que yo ofrezco es rápida pero no menos indolora.

Me mira, sus ojos azules tan muertos como su alma me devoran, y pide dentro de su pensamiento que sea su cliente solo por una noche. No necesita más ni yo tampoco. Pero no pienso darle ese placer de morir tan rápido, me gusta ver su sufrimiento. Así que niego lentamente y “no” le digo con la mirada, ella sonríe pensando en que ya habrá alguna otra oportunidad de fingir orgasmos a mi lado. Yo le correspondo la sonrisa, no queriendo desilusionarle.

Veo al incauto de la noche, se le acerca un poco tembloroso no por el frio que hace ni por lo mojado que está sino porque esa noche dejará de ser la burla de sus amigos. Lo está evaluando, sin leer la mente del chico se da cuenta que será su primera vez, sin pudor alguno le da un beso depredador. Después susurra palabras para él…

Le dice que no.

Le ha rechazado. Vaya ¿Así que todavía tiene corazón? Una diferencia más entre ella y yo.

El mío hace mucho que ha dejado de latir. Y no me interesa arrebatar la vida de un mozalbete como ese.

Él se desilusiona, tanto tiempo que tardo en reunir el dinero para poderla sentir y ella no acepta. No sabe que suerte tiene.
Se retira cabizbajo… Llevando en su pensamiento la idea de ir algún burdel moderno para no desperdiciar lo ganado aunque no sea con la que él quería.

Ella permanece en su esquina, recargada sobre la pared de una edificación antigua, sigue aguardando a que la presa480973_170091616476731_1602141489_n perfecta llegue. Yo me deslizo entre la muchedumbre hasta un rincón donde le pueda ver y no ser visto por sus bellos ojos.
Las gotas todavía son llovizna, nada que ella no pueda soportar; sabe que bajo el agua se ve más sexy y lo utiliza a su favor. Ahora sí, un galán se acerca… Es de esos que se creen que deben de besar el suelo por donde pasan o eso me dice su expresión… El incauto perfecto, lo sé al ver su sonrisa de depredador “Amor, aquí tu eres la presa” – piensa ella. Estoy de acuerdo. Se cuelga sutilmente de su brazo y se van hacia el auto estacionado a unos cien metros.

Ahí va mi encanto, contoneando sus caderas, causando envidias y celos por donde pasa. Sonrisa triunfadora en sus labios, esta es una de esas noches que realmente piensa disfrutar… Yo también.

Mis pasos, después de horas, me llevan a “La cueva de Narciso” un lugar de moda en la ciudad donde jóvenes entrados en los veintes van a disfrutar… Mis presas favoritas. Me encanta su supuesta madurez y su estúpida forma de pensar, creen que tienen el mundo en sus manos y como cual pastel están ansiosos por devorarlo sin dejar migajas.

Esta noche estoy contento, una extraña alegría me invade así que me dejo guiar por la música y entre sus notas me enredo. Mis piernas y brazos se mueven al ritmo que escucho. Solo dejo que la magia fluya… Mis manos recorren mi cuerpo de una forma seductora, una invitación para nada sutil que ya ha sido captada. Unas manos juguetonas se unen a las mías; medianas, suaves, tersas que se quieren esconder entre los pliegues de mi camisa. Tocan mi piel y se estremecen por lo fría de ésta pero aun así no se retiran siguen explorando debajo de la tela. Un casto beso es depositado en mi espalda… pidiendo algo más que esto.

Me volteo sin escaparme del abrazo, bajo un poco la mirada para toparme con almendrados ojos. Grandes, llamativos, cautivadores, soñadores, ebrios ojos castaños. El olor a alcohol huye de sus poros, su mirar se ve algo turbia, seguramente lo combino con algo más; algo frecuente y nada extraño en lugares como este donde la “sana diversión” no existe.
Se pega más a mí y mueve sus caderas de tal forma que busca animarme con ello… Le sonrío. Me agacho y le beso… al ambiente se torna ardiente, sus hormonas exigen más.

Seguimos moviéndonos con la música, extiendo el juego lo más que se pueda… hasta que, ella harta de mis sutiles retrocesos me toma de la mano y me jala hasta el cuarto oscuro. Dejo que lo haga, es más divertido cuando piensan que tienen el control de la situación.

El aroma a sexo golpea mi olfato, miro a las distintas parejas copulando en cualquier lugar confiados en que la oscuridad los cubre. Sonrío para mis adentros mientras ella tropieza con algunos cuerpos que se revuelcan en el piso.

Al fin llegamos a un lugar que parece ser de su agrado, al lado nuestro ya hay una pareja entregada al placer.

Sus brazos se enredan en mi cuello jugueteando con mis cabellos obligando a agacharme en un demandante beso… las caricias proliferan.

La pareja a nuestro lado se ha ido. No pasa mucho en que otra toma ese lugar… nosotros ya estamos terminando con lo nuestro, ella parece satisfecha pero falto yo. Mi lengua se desliza por su cuello, ella suelta un sutil suspiro. Mis colmillos se encajan en su piel causando que se estremezca entre mis brazos forcejeando para que la suelte… sus quejidos se confunden con placenteros, su voz atorada en la garganta sin poder pedir ayuda. De apoco sus fuerzas la dejan mientras continuo alimentándome. Al final, su cuerpo está completamente laxo entre mis manos. Lo suelto y este se desliza, sin gracia alguna, hasta el piso.
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Le miro sin emoción alguna. Mi apetito no ha sido saciado en su totalidad… la pareja de al lado no se ha dado cuenta de nada. Me uno a ellos besando a la chica, la cual no protesta sino al contrario corresponde el beso con ansias…

El chico sigue con un vaivén en las caderas mientras yo me apropio de su cuello, ella recibe gustosa… no por mucho tiempo, cuando termino dejo que él continúe disfrutando de un cuerpo sin vida.



Cuando salgo del antro la lluvia ya está en su apogeo… Ésta cae sobre mí eliminando el nauseabundo aroma del que se había impregnado mi ropa… Las gotas me limpian el rostro del sudor ajeno y de mis labios se llevan los rastros de sangre que había.

Nunca he sido muy pulcro a la hora de comer por tal motivo gozo de la lluvia… Porque ella suavemente retira de mi toda señal que pueda revelar el peligroso ser que realmente soy, ese que esconde detrás de mis ojos verdes.

Me alejo del lugar, mis pasos se ahogan entre el imparable caer del agua… mientras, satisfecho, me abrigo entre las frescas capas de la lluvia; mi contento se ha extinguido igual que la magia que me envolvía esta noche, es hora de volver a casa.

AUTOR: eternity_bat

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GUILTY ROSE.

-Mamá…tengo frió

 

-…

 

-Mamá, ¿estás bien?

 

-…

 

-Mamá ¿Por qué tu ropa está manchada de rojo?

 

-…

 

-¿Mama?…

 

-Charlotte, ¡Despiértate!

 

Abrí los ojos lentamente, me giré, mi hermanito Liam me miraba curioso.

 

-¿Por qué?..

 

-Porque hoy empiezas clases y son las 6:30

 

-….¡MIERDA!

 

Salté de la cama hacia el baño, perdón por mis modales. Me llamo Charlotte Black y vivo en Allentown, Pennsylvania, me acabo de mudar y se me hace tarde para la prepa.

 

-¿POR QUÉ NO ME DESPERTASTE ANTES? -Dije mientras me vestía, me caí al ponerme los pantalones, cayendo en mi..trasero -¡Ay!

 

-Tienes el sueño demasiado pesado -dijo aburrido.

 

Bajé rápidamente las escaleras mientras me recogía el cabello en una coleta.

 

-¡Buenos días! -dije tomando una tostada y comiéndomela rápidamente.

 

-Hasta que te despiertas -dijo mi padre- buenos días, hija.

 

-¡Me voy! -miré la foto de una mujer de ojos oliva y cabellos chocolate.

 

– Hasta luego, mamá.

 

Mi madre murió cuando Liam tenia 2 años, yo tendría como… perdón, pero antes de todo eso, mi memoria la perdí en un accidente.

 

Miré que había pocas personas entrando, la campana sonaba.

 

-¡Joder!

 

Entré rápidamente, corrí por los pasillos hasta llegar a la recepción.

 

-Me puede..dar mi…horario…-dije entre jadeos.

 

La mujer lanzó una risita y me miró amable.

 

-Toma, cariño, tu salón está derecho, el 201, el profesor Briard aún no llega así que puedes caminar.

 

Asentí avergonzada y me encaminé a mi salón, justo cuando llegaba también lo hacía el profesor, éste solo me sonrió, era un viejito.

 

-¿Charlotte? -asentí- espera aquí, te avisaré cuándo entrar.

 

Escuché un poco de bulla pero él entró, dijo alguna cosa y me dio la señal para entrar.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dije, en realidad soy muy tímida pero al extremo imprudente.

 

-Bien. Se sentará con….El joven Chris.

 

Miré, estaba a lo ultimo, era un muchacho bastante pálido, tenía el cabello negro y ojos verdes, al instante que me senté, todas y digo todas las del salón me miraron feo.

 

-Hola…-le dije al chico y éste me ignoró, hasta creo que se alejó de mí.

 

-Hm…-fue lo único que dijo para seguir ignorándome, el idiota.

 

 

…………………………….

 

Me desperté mirando la ventana, no quería ir a la escuela, tenía un muy mal presentimiento, pero al ser Joshua el menor y entrar por primera vez a la prepa tenía que cuidarlo, a no ser que quisiera que masacre a media escuela, aún no es muy bueno controlando su apetito. Ah, sí, soy un vampiro.

 

-Buenos días…

 

-Hola -dijo Arriane. Ella era la esposa de Adam, el líder de la manada, pero al ser mayor que Sasha, Joshua y yo, se cree nuestro padre.

 

Las leyendas de los vampiros tradicionales son una mentira vulgar, nosotros podemos exponernos la sol, pero solo por 6 o 7 horas, pues nos debilitaríamos mucho, cuando bebemos sangre, no es cualquiera, cada quien tiene su gusto específico. Por ejemplo, a mí me gusta la sangre con sentimientos de soledad, confusión y amabilidad, es una mezcla amarga y dulce, nosotros rara vez dormimos, solo cuando es necesario o para recuperar fuerzas y la única forma de asesinarnos es cortándonos en pedazos y enterrar las partes del cuerpo alejadas unas de otras, para que no se regeneren.

 

-Vamonos ya! -dijo Sasha obstinada, en el carro ya estaban Joshua y ella así que no había problema.

 

Llegamos y entramos al salón, todas me miraban embobadas, pobre Joshua.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

Me giré y un tenúe olor a vainilla y flores me embargó, era delicioso, era la nueva….y la persona más bella que haya visto.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dijo tímidamente, sus ojos eran un oliva cristalino y su piel blanca era resaltada por su cabello chocolate oscuro, unos lindos bucles caían por los lados de su cara, tenía el pelo recogido y tenía una nariz chiquita y puntiaguda, al igual que unos labios de un perfecto color rosa pálido….Su sangre también huele bien…Mierda, no he comido en días.

 

-Bien, se sentará con….El joven Chris.

 

…Dios me odia..es seguro.

 

-Hola…-me dijo, y yo solo la ignoré y ésta al parecer se molestó..

 

Este día va a ser muy largo….

 

AUTOR: bloodyrose
FUENTE: Escalofrío.com

EL CAZADOR DE SANGRE.

Max Van der Heyden, periodista especializado en la investigación de fenómenos presuntamente paranormales, es para algunos, “el verdadero Van Helsing del siglo XXI”. Claro que, en honor a la verdad, debemos añadir que esos “algunos” que tanto lo admiran son muy pocos comparados con quienes lo tienen por un loco o un farsante. Y aun son muchos más quienes jamás han oído hablar de él. Sin embargo, tampoco podemos ocultar que bastantes de los que en público abominan de su nombre, o niegan todo conocimiento del mismo, son los primeros en pedir su ayuda (“extraoficialmente”, por supuesto) cuando se enfrentan a hechos que van más allá de lo científicamente explicable. Eso hicieron, por ejemplo, las autoridades de cierto país africano cuando varias aldeas, situadas en las proximidades de la selva, se vieron atacadas por un horror sin precedentes. Primero empezaron a aparecer los cadáveres desangrados de varios leñadores y cazadores que se habían internado en la selva para ganarse el sustento. Luego comenzaron a correr igual suerte las mujeres que iban a lavar la ropa al río y los niños que se dirigían a las huertas para llevarles comida o agua fresca a sus atareados padres. Finalmente, cuando un par de turistas ingleses hallaron la muerte en circunstancias semejantes, la situación se hizo insostenible. A las autoridades quizás no les importase demasiado la desaparición de algunos pobres aldeanos, pero no podían tolerar que les sucediese otro tanto a adinerados visitantes de piel blanca, pues ello podría tener graves consecuencias para la boyante industria turística del país. Y si las muertes de los pobres campesinos son fáciles de mantener ocultas, no sucede lo mismo con las de los ricos extranjeros, especialmente si sus cadáveres traen consigo las inoportunas visitas de embajadores demasiado curiosos, por lo cual el problema debía solucionarse lo antes posible, fuera como fuera.

 

Así pues, Max fue llamado al lugar de los hechos. Una vez allí, encontró alojamiento, con todos los gastos pagados, en los lujosos bungalows del mismo parque nacional donde pocos días antes habían tenido lugar las muertes de los dos británicos. Apenas hubo depositado su escaso equipaje en el cuarto que le había sido reservado, Max se encaminó al lugar exacto donde habían aparecido los cadáveres, acompañado por varios empleados del parque y por el mismísimo Monsieur François Lissouba, jefe supremo de la Policía Nacional. Hay que decir que este se mostraba radicalmente escéptico respecto a la posibilidad de que hubiera algo sobrenatural tras los asesinatos y pensaba que eran obra de alguna fiera aficionada a la sangre humana. Decía:

 

-Mis muchachos han hallado las huellas inconfundibles de una enorme pantera cerca de los todos los lugares donde alguien ha aparecido con la garganta destrozada. Francamente, creo que, como dicen ustedes, blanco y en botella igual a leche. O dicho de otra forma, tras todo este asunto no hay nada que no se pueda solucionar con una bala bien dirigida. Lo que pasa es que los malditos ecologistas…

 

-Disculpe, Monsieur Lissouba, pero me consta que las panteras, aunque en raras ocasiones ataquen a la gente, lo hacen para comer su carne, no para beber su sangre.

-¿A usted le consta eso? Disculpe mi atrevimiento, Monsieur Van der Heyden, pero… en su Holanda natal, ¿ha visto usted muchas panteras? ¡Porque, según parece, debe de conocerlas muy bien!

-La verdad es que no he visto muchas, pero he leído…

-¡Ah, así que usted HA LEÍDO! Pues yo sólo leo atestados policiales, pero le informo que siempre he vivido en este país y…

-¿Y habrá visto muchas panteras?

-Bueno, en realidad… yo tampoco es que haya visto muchas. Claro, ellas viven en la selva, no en la capital. Pero he oído historias y…

-¡Ah, así que usted HA OÍDO HISTORIAS!

-Bueno, supongo que un experto de su categoría tendrá la amabilidad de darnos una explicación alternativa de los hechos.

-Evidentemente, esto es obra de un vampiro. De hecho, conozco las leyendas locales y algunas mencionan la existencia de esos seres en las profundidades de la selva.

-Con todo, el forense afirma que las mordeduras sufridas por las víctimas pudieron haber sido realizadas por un felino de gran tamaño.

-Y las leyendas afirman que los vampiros pueden adoptar distintas formas (tanto animales como humanas) para atacar a sus víctimas.

-¿Y cómo piensa librarnos de su supuesto vampiro? ¿Con cruces y ajos?

-No. Esas cosas alejan a los vampiros, y yo a este quiero tenerlo lo más cerca posible de mí… para matarlo. Observe este juguetito.

 

Max extrajo de su mochila una especie de ballesta medieval primorosamente manufacturada y varias flechas de madera, sin un solo gramo de metal en ninguna de ellas. Lissouba sonrió, comparando mentalmente aquella antigüedad con su pistola. Max pareció adivinar su pensamiento:

 

-Las balas y las armas blancas con punta metálica no sirven para nada contra los vampiros. Para matarlos es necesario destrozar sus cuerpos totalmente o, por lo menos, agujerearlos en algún punto vital con estacas o dardos de madera. La leyenda…

 

Monsieur Lissouba se quedó sin saber qué decía la leyenda, pues en aquel preciso instante aparecieron varios guardias del parque para avisar que acababa de producirse un nuevo ataque. Una turista francés llamado Armand Mounier, su sobrina Lorraine, de doce años, y dos guías de raza negra se habían internado en la selva, para visitar un árbol donde anidaba una colonia de cálaos, cuando una terrible fiera, una pantera negra de ojos rojos como llamaradas, se había abalanzado sobre ellos. Instantes después, Mounier y uno de los guías estaban muertos, y el segundo guía había sufrido tales heridas que falleció poco después, tras haber gastado sus últimas fuerzas contándoles lo sucedido a los guardias, que habían acudido al lugar alertados por horrendos chillidos de terror y agonía. Tanto la pantera como la pequeña Lorraine habían desaparecido. Una vez informado de los hechos, Lissouba le espetó a Max:

 

-Supongo que ahora estará convencido de que todo esto es cosa de una pantera.

-En absoluto. Para empezar, las panteras de verdad tienen los ojos verdes o amarillos, no rojos. Y, en segundo lugar, si era una verdadera pantera, ¿por qué se ha llevado a la niña?

-¿Cómo sabe que se la ha llevado? La niña pudo haber escapado a la selva.

-¿A la selva y no a los bungalows? Curioso.

-Una pobre chavala asustada huye a donde puede, no a donde debe. Y si hubiera sido un vampiro, ¿por qué se la habría llevado?

-Lorraine tiene doce años. Los vampiros a veces raptan niñas recién llegadas a la pubertad, para realizar con ellas ciertas ceremonias, especialmente repugnantes, en honor a las Fuerzas del Mal. Estas exigen el cumplimiento de esos ritos a cambio de sus favores, y todo vampiro les debe su poder sobrenatural a los malos espíritus.

-Será verdad si usted lo dice. Pero ahora lo más importante es hallar a la niña.

-Me parece que por fin estamos de acuerdo en algo.

 

Un par de horas después, con su ballesta en las manos, Max atravesaba un sombrío sendero que se internaba en las profundidades de la selva. Había rechazado la compañía de los guardias del parque y de los agentes de Lissouba porque sabía que si iba solo habría más posibilidades de que el vampiro lo atacara. Y eso era lo que Max quería. Ya no quedaba mucho para la puesta del sol, pero Max había sido informado de que en un extenso claro de la selva se levantaban las ruinas de una vieja misión católica, abandonada tras las últimas guerras civiles, y prefería pernoctar allí, para continuar su búsqueda al día siguiente, antes que retornar a las dependencias del parque sin la pequeña Lorraine.

 

Cerca de la misión, el sendero atravesaba lo que antes había sido el maizal de los misioneros, donde el maíz seguía creciendo, cuidado y alimentado por la Naturaleza tal como en otros tiempos lo había sido por la mano del hombre. Aquel lugar era menos sombrío que la selva propiamente dicha, donde el dosel formado por las copas de los árboles impedía que los rayos del sol llegasen al suelo, y, aunque se aproximaban las tinieblas de la noche, la visibilidad todavía era bastante buena. En un momento dado, Max observó que, unos cien metros delante de él, una figura grande y negra emergía del maizal para plantarse en medio del camino. Era una enorme pantera negra. O, por lo menos, algo que parecía una enorme pantera negra. A aquella distancia, Max no podía distinguir el color de sus ojos. Pero sí podía adivinar que aquellos ojos se habían percatado de su presencia y lo estaba mirando con malignas intenciones. El primer impulso de Max fue preparar su ballesta para asaetear a la presunta pantera cuando esta se acercara, pero entonces su mente fue asaltada por un pensamiento poco tranquilizador. Si aquel animal era una pantera de verdad, una pobre flecha de madera sólo conseguiría enfurecerla. Así pues, Max decidió que sería mejor recurrir a la poco prestigiosa, pero frecuentemente imprescindible, estratagema de la huida.

 

Al mismo tiempo que la pantera iniciaba su carga, Max empezó a correr hacia la misión, abandonando la senda y atravesando el maizal que lo separaba del viejo edificio lo más velozmente que pudo. Si aquella era una pantera normal, sería, sin duda, mucho más veloz que un ser humano, pero, acostumbrada a cazar al acecho, no lo perseguiría durante un trecho demasiado largo. Sin detenerse en ningún momento, ni siquiera para cerciorarse de si el felino lo perseguía o no, Max alcanzó la misión en menos de un minuto y se coló en su interior a través de una ancha ventana que había perdido todos sus cristales. Una vez dentro del edificio, cuyo interior estaba sumido en la mayor de las negruras, Max oyó un sollozo o gemido inconfundiblemente humano. Rápidamente extrajo una linterna del bolsillo y enfocó el lugar de donde procedía aquel sonido. Allí, acurrucada sobre un amasijo de trapos sucios, se hallaba una niña de piel blanca y ojos azules. Lorraine, indudablemente. La pobre criatura se hallaba visiblemente bajo los efectos de una terrible tensión mental, pálida y temblorosa, con el rostro descolorido y las mejillas inundadas de lágrimas. Sin embargo, y dejando aparte algunos rasguños sin importancia, parecía totalmente ilesa. Max se agachó junto a la niña y, empleando palabras dulces y tranquilizadoras, intentó calmarla, a la vez que le preguntaba cómo había llegado allí. Lorraine habló, primero con balbuceos entrecortados y posteriormente con una voz más segura:

 

-La pantera… Mató a mi tío y a los demás, luego también me quiso matar a mí. Yo escapé por la selva, estaba loca de miedo y no sabía adónde ir ni qué hacer, sólo quería huir, nada más que huir, ¡tenía mucho miedo! Ella estuvo a punto de cogerme, pero me metí entre unos arbustos espinosos, no se atrevió a seguirme y la dejé atrás. Luego, caminé durante horas, perdida en medio de la selva, hasta que llegué a este sitio. Entré para no tener que pasar la noche a la intemperie, pero… ¿Y si ella entra? ¡Está fuera y, si usted ha entrado saltando por la ventana, ella también podrá hacerlo!

-Tranquila, cariño. Nosotros tuvimos que entrar aquí para salvarnos, pero ella no tiene ninguna necesidad de meterse en esta ratonera para alimentarse: de noche, la selva está llena de monos y antílopes (para no asustarte más, no te diré que acaso nos estemos enfrentando a algo mucho peor que una simple pantera). Además, tengo mi ballesta. Ahora, si te parece bien, vamos a descansar y mañana, cuando amanezca, iremos en busca de ayuda. Duerme un poco, guapa, te hará bien.

-Lo… lo intentaré, señor. ¿Y usted no duerme?

-Yo vigilaré la ventana, no sea que ese bicho decida hacernos una visita nocturna. Tú no te preocupes y duerme tranquila.

 

Pero Lorraine, al parecer, no podía conciliar el sueño, lo cual, teniendo en cuenta sus últimas experiencias, no era algo difícil de comprender. Quizás para olvidarse de la situación y del miedo que le roía el alma, la niña comenzó a hablar con Max de toda clase de temas: de sus padres, que eran médicos en París, de su colegio, de sus amigos, de su afición al voleibol y a las canciones de Justin Bieber, de su primer viaje en avión… Max, con un encomiable esfuerzo mental, intentaba seguir las continuas, atropelladas y a veces incoherentes explicaciones de la pequeña al mismo tiempo que permanecía atento a cualquier indicio de amenaza que pudiera llegar a sus ojos o a sus oídos. Entonces, le pareció escuchar un sonido procedente del piso de arriba, como si un cuerpo (al parecer, más bien pequeño) estuviera moviéndose en lo que en otro tiempo había sido el desván o trastero del edificio. Sin duda, sería algún animal inofensivo, seguramente una civeta o una mangosta en busca de ratones, pero convendría ir a echar un vistazo. Max mandó callar a la niña con un gesto y le dijo en voz baja:

 

-Voy a ir arriba un momento, a echar un vistazo con mi linterna. Tú será mejor que te quedes aquí, por si acaso.

-Pero… no quiero quedarme sola de nuevo. ¿Y si la pantera…?

-Toma mi ballesta y vigila bien la ventana. Si la pantera intenta entrar, mándale un buen flechazo, y procura darle en un ojo. ¿Vale?

-Vale, señor. Pero por favor, no tarde mucho.

 

Max se levantó y, malamente guiado por la pobre luz de su linterna, subió los crujientes y poco fiables peldaños de la polvorienta escalera que llevaba al piso superior. Tras atravesar la espesa capa de telarañas que hacía el papel de puerta, penetró en el desván y la luz proyectada por su foco iluminó a la criatura que había perturbado el silencio nocturno agitando su pequeño cuerpo sobre las carcomidas tablas que cubrían el suelo. No era una pantera, pero tampoco una civeta. ¡Era una niña de piel blanca, y estaba atada y amordazada, con sus ojos azules dilatados por el mayor terror que una muchacha de doce años puede sentir antes de perder el conocimiento o la cordura! ¡Y aquella niña tenía el mismo rostro que Lorraine Mounier! ¡Era Lorraine Mounier!

 

-Veo que has encontrado a la niña. En fin, ahora ya no os servirá de nada a ninguno de los dos.

 

Max se volvió, incluso antes de que aquellas palabras asaltaran su oído. Tras él, sosteniendo la ballesta que él mismo le había entregado un minuto antes, se hallaba la “otra” Lorraine, la Lorraine del piso de abajo, totalmente idéntica a la verdadera salvo en que ahora sus ojos ya no eran azules, sino rojos como el fuego. Y Max le había entregado ingenuamente la única arma que podría haberle hecho daño a aquel ser. Al parecer, había olvidado que los vampiros no sólo pueden adoptar formas animales, sino también humanas. Y además pueden leer las mentes de las personas a las que suplantan para conocer todos sus recuerdos. Entonces, tanto la verdadera Lorraine como él mismo se hallaban a merced del monstruo que había raptado a la niña y engatusado a su presunto salvador, ¡el vampiro de la selva los había atrapado a ambos! Este siguió hablando, al mismo tiempo que partía las flechas como si fueran briznas de paja en manos de un gigante:

 

-Esta misma noche, cuando la Luna llegue a su cenit, les ofreceré a los Señores Oscuros el cuerpo de esa cría. Pero antes creo que voy a tomarme una ligera cena. Ahí, por supuesto, es donde intervienes tú, amigo Max… o más bien tu garganta.

Max contestó, en un tono más sereno de lo esperable en semejante coyuntura:

-Sin duda, te las prometes muy felices. Pero, antes de nada, debo decirte que me has decepcionado. No has cumplido bien tu misión.

-¿Cómo? Los Señores Oscuros no me encomendaron más misión que proporcionarles una virgen para satisfacer sus deseos carnales y aquí les espera una bastante hermosa. ¡Yo he cumplido las órdenes que me encomendaron!

-No lo dudo. Pero no has cumplido la orden que te había encomendado yo. ¡Vigilar la ventana!

 

Antes de que el confiado vampiro pudiera reaccionar, antes incluso de que su tenebrosa mente hubiera interpretado adecuadamente las palabras de Max, la enorme pantera negra de la jungla se había abalanzado sobre su espalda. Al contrario de lo que dicen ciertas leyendas, todos los animales carnívoros del bosque odian a los vampiros, que exterminan sus presas naturales, y aquella pantera no deseaba nada tanto como coger desprevenido al monstruo para destrozarlo entre sus fauces. De haber estado alerta, el vampiro, dotado de una fuerza sobrehumana, hubiera podido vencer a la pantera, pero esta había cobrado ventaja gracias al factor sorpresa y no le costó demasiado despedazar a su enemigo. Al parecer, el felino sabía instintivamente que necesitaba descuartizar al vampiro para anular su invulnerabilidad. Una vez que los dientes y las garras del felino hubieron hecho pedazos el cuerpo del vampiro, los fragmentos de carne empezaron a arder espontáneamente, envueltos por una llamarada pálida y fétida que los hizo cenizas en apenas unos instantes, a la vez que provocaron la huida de la pantera, asustada por la brusca aparición de aquel fuego sobrenatural. Una vez que las llamas se hubieron extinguido, Max se dispuso a desatar a la pobre Lorraine Mounier, la cual, aunque casi desvanecida de puro terror, se hallaba sana y salva. Con todo, Max, hombre honesto, no pudo ocultarse a sí mismo que su papel en aquella misión de rescate no había sido demasiado afortunado. Había actuado como un principiante, al fiarse de las apariencias y entregarle su arma al adversario. Había sido un error imperdonable. Por suerte, el enemigo también había cometido su propio error. En fin, tanto él como la niña habían salido ilesos de esta aventura y, como todo buen aficionado al fútbol sabe, a veces hay que conformarse con el resultado.

 POR: Javier
Fontenla

FUENTE: ESCALOFRIO.COM

 

PASAJES DEL TERROR: La historia de Peter Kürten «El vampiro de Düsseldorf».

 

Kürten nació en la localidad de Mülheim (ahora distrito de la ciudad alemana de Colonia) y fue el tercero de trece hermanos en el seno de una familia extremadamente pobre. Peter presenció cómo su padre, un alcóholico y violento trabajador en paro, maltrataba a su madre e, incluso, violaba con total impunidad a algunas de sus hermanas menores. Así fue como a la edad de ocho años, Kürten se escapó de su hogar familiar y dirigió sus pasos al mundo de la delincuencia en la ciudad de Düsseldorf. A los 9 años, realiza sus primeros asesinatos cuando ahogó a dos amigos mientras se bañaban en el Rin.

El añorado Juan Antonio Cebrian nos narra la historia de este otro brutal psicokiller.

Menudo «bisho», afirmo.

 

PASAJES DEL TERROR: ISSEI SAGAWA, EL GRAN CANIBAL JAPONÉS.

 

Issei Sagawa -el gran canibal japonés-, protagoniza el Pasaje del Terror de Juan Antonio Cebrián. PINCHAR EN LA IMAGEN:

 

Pasajes del Terror – La casa de AmityVille

 

Pasaje del Terror del programa la Rosa de los Vientos narrado por Juán Antonio Cebrián – La Casa de AmityVille.

NIÑA MALDITA.

1

Lo crean o no, hubo una vez en la que fui una niña feliz. Era la segunda hija de una familia acomodada de la ciudad de México. Mi padre era un político muy respetado, y mi madre la hija mayor de una familia de clase media alta del estado de Nuevo León. Tenía una hermana mayor de nombre Samanta, que era dos años mayor que yo, y una hermana menor llamada Ágata, que era un año y medio menor. Vivíamos en una casa muy bonita, con un amplio jardín, al norte de la ciudad. En aquellos tiempos la vida era agradable, ahora no podría decir que realmente tengo una vida.

 

Caminé por el viejo cementerio de San Fernando, de la ciudad de México, donde tantas personas ilustres de esté país yacían. Los cementerios siempre me han traído paz, tal vez porque es el lugar al que, según las tradiciones populares, pertenecen los de mi especie. Aunque, yo más bien pienso que es por el hecho de que estos parecen existir alejados de todo lo que me recuerda lo que fui. Los cementerios son pequeñas ciudades hechas para los muertos, y este en especial, está construido a la usanza del viejo siglo XIX, yo no viví en ese siglo, sino en el XX, pero aun así me gusta el estilo que se tenía entonces.

 

Soy una niña eterna, aunque capaz de razonar como un adulto, los juegos infantiles y la manera simplista de ser de un niño siguen presentes en mí. Leí en una novela de vampiros que aunque el cuerpo permanecía igual la mente maduraba. Eso es cierto en muchos sentidos, pero también falso. En ocasiones, como ahora al narrar esto, soy capaz de actuar y expresarme como alguien mayor de edad, pero eso es sólo por la gran cantidad de cosas que he leído, visto y experimentado. En el fondo, aún soy una niña, aún busco muñecas a las que peinar y ataviar con vestidos hermosos, como aquellos con los que visto, aún cantó rondas infantiles y, en las noches más oscuras y solitarias, buscó algún parque vacío, me siento en un columpio y comienzo a mecerme entre risas o tarareando alguna canción infantil. Me siento niña, y sólo pienso con madurez cuando estoy en peligro, o cuando debó de hacer cosas necesarias para mantenerme.

 

Al alimentarme, la mayor parte de las veces, soy una adulta, aunque, algunas otras, juego con mis victimas. A los humanos les aterran muchas cosas, pero ninguna más que una niñita fantasma, o un demonio con forma de niño. Para ellos los niños son símbolo de pureza, y nada les aterra más que la posibilidad que esa pureza se corrompa. Un niño malvado o monstruoso es algo impensable para ellos.

 

Fue en uno de esos momentos en los que me encontré con Raúl. Un chico atormentado por pesadillas, al que era realmente fácil llevar a la locura con esos asuntos. Me deleite con los sueños que su mente era capaz de crear. Quería beber su sangre más que ninguna otra cosa, al tiempo que lo llevaba al colapso, haciendo realidad sus pesadillas. Eso era divertido para mí.

 

Dejé que me escuchara en dos ocasiones, colándome en su casa por la ventana del pasillo del segundo piso, al mismo tiempo que usaba mi poder para despertarlo, y hacer que sus padres no pudieran siquiera moverse, en caso de que Raúl fuera a hacer algo como gritar, aunque era poco probable. Esas dos veces lo aterré como ninguna de sus pesadillas podría hacer jamás. Y luego me mostré ante él, sólo para incrementar más aún ese miedo. Y la última vez, considerando que ya lo había atormentado demasiado, me dispuse a obtener de él lo que quería. Su sangre. Mi alimento.

 

Fue cuando él sacó la vieja fotografía, fue cuando supe quien era él. ¡Mi sobrino nieto! Había encontrado a la familia de la que me separaran tantos años atrás en Guanajuato, o al menos a su descendencia. Esa vieja fotografía, tomada en la Alameda Central de la ciudad de México, justo dos meses antes de ese viaje a Guanajuato, removió los recuerdos ocultos en lo más profundo de mi mente durante setenta años.

 

No atiné a nada más que agradecerle, luego tomé la fotografía como a un gran tesoro, y me alejé de él. No dañaría a mi familia recién encontrada.

 

Esa noche, llegué a la casa de la anciana Clara casi al amanecer.

 

Clara era una mujer de sesenta años, aunque se veía mayor, había perdido a toda su familia en un accidente de trafico veinte años atrás, un accidente en el que ella fue la única superviviente. Apenas si vivía de lo que quedaba de una pensión que su esposo le había dejado. Su esposo había sido el heredero de una familia acomodada de Guadalajara, que se había enamorado de ella cuando la conoció en un hotel en Tampico. Su familia se había opuesto al matrimonio, por supuesto, pero, para ese momento, él ya era un hombre que incluso había tomado la herencia, luego de que su padre muriera de tuberculosis un par de años atrás. Se habían casado y habían tenido dos hijos, un niño y una niña, la joven familia había logrado vivir feliz por unos años. Hasta el fatídico accidente.

 

La familia del hombre había logrado con engaños apoderarse de todo, dejándola a ella solo con una mínima pensión que su esposo había dejado previendo esa situación. La mujer se había derrumbado, usando el dinero dejado por su esposo en alcohol. Cuando la encontré, no fue difícil convencerla de que yo era su hija, en su estado permanente entre la razón y la locura se convenció de ello.

 

—María —dijo Clara, mientras se acercaba a mí para abrazarme. Como siempre, permanecí inmutable, esa mujer sólo me era útil para tener un lugar en donde vivir.

 

El tener el aspecto eterno de una niña me obliga a hacer ese tipo de cosas. Nadie le rentaría o vendería una casa a una niña de siete años que anda por ahí sola. El dinero no es un problema, siempre puede obtenerse de las victimas a las que ataco, o incluso manipular a algunos ladronzuelos para que roben por mí. Conseguir una casa donde pasar algún tiempo es más importante que el dinero, o me veo obligada a descansar en casas abandonadas o cementerios.

 

Ignoré a Clara y camine hacia la habitación que ella me había asignado. Era pequeña y sólo tenía una cama con un colchón duro y sin almohadas, además de un ropero que estaba a punto de caerse en pedazos, pero no necesitaba nada más.

 

Me recosté en la cama y saque la fotografía donde aparecía con mis hermanas. Si pudiera llorar, seguramente lo habría hecho en ese instante. Recordé como había comenzado todo. Recordé lo pasado en el ya lejano 1941.

 

2

Eran años tumultuosos, el mundo estaba en guerra, aunque mis padres no querían que mis hermanas y yo nos enteráramos, eso era complicado, ya que en el colegio de monjas donde estudiábamos, todo el mundo estaba por demás enterado de la situación. Además, en ese mes de marzo, comenzó a circular el rumor de que el país entraría a la guerra en favor de los Aliados. Yo no entendía a que se referían esos rumores, pero sabía que si el país entraba en guerra muchas personas serían enviadas a matar a otras, había incluso posibilidades de que mi padre tuviera que ir. Yo no quería que mi padre se fuera. Luego me enteraría que México sí entró en guerra, pero hasta más de un año después.

 

Una tarde de viernes, cuando mis hermanas y yo volvimos a casa luego de la escuela, nos encontramos con que nuestra madre estaba preparando unas pequeñas maletas. Extrañadas preguntamos lo que ocurría.

 

—Su abuela Martina está muy enferma —respondió, ella, mientras guardaba uno de sus vestidos en una valija de piel—, iremos todo el fin de semana a Guanajuato para visitarla.

 

La abuela Martina era mi abuela paterna. A mi me gustaba mucho ir a su casa durante las vacaciones porque ella vivía en una casa enorme. Era la casa donde mi padre había vivido hasta que se mudó a la ciudad de México para estudiar leyes en la Universidad. La abuela siempre tenía chocolates y me regalaba una muñeca, muchas de ellas muy bonitas, de porcelana con vestidos suntuosos.

 

Salimos de la capital en una tarde lluviosa. El viaje duró hasta muy avanzada la noche, por lo que nosotras estábamos profundamente dormidas cuando llegamos a Guanajuato. La casa de la familia Martínez era una enorme casa estilo colonial en el centro de la ciudad, muy cerca de la Alhóndiga de Granaditas, tenía amplios ventanales recubiertos con protectores de hierro forjado pintado de negro, tres pisos y ocho habitaciones, además de una sala de estar, un amplio comedor, una alacena, una enorme cocina y cuatro baños. En la entrada principal, había una enorme escalera de madera tallada a mano, sus peldaños estaban recubiertos con una alfombra persa color vino y subía hasta el segundo piso. Con gran cansancio, suní esas escaleras hasta la habitación que la criada había preparado para nosotras en el segundo piso. Me quede dormida tan pronto mi cabeza toco la almohada.

 

A la mañana siguiente, desperté encontrándome con la habitación que usaba cada verano cuando íbamos a esa misma casa a pasar dos semanas de sus vacaciones. Era una pieza amplia con tres camas individuales, un closet, cuatro buros, cuatro lámparas y una hermosa vista a un parque a través de un enorme ventanal.

 

Me levanté, mis hermanas ya habían salido de la habitación y la luz del sol se colaba por las cortinas color pastel. Rápidamente me cambié de ropa, me puse un hermoso vestido azul celeste que la tía Sofía me había traído de Europa, antes de que estallara la guerra. Me lavé y traté de peinar mi larga cabellera castaña oscura pero no pude conseguir mucho, más tarde tal vez, mi madre o la criada, Elisa, pudieran peinarme.

 

Encontré a mis hermanas y a mi padre ya en el comedor, listos para el almuerzo. Me senté justo al lado de Ágata y esperé a que Elisa me sirviera mi plato. Al poco rato entró mi madre y se dirigió a hacia mi padre. Hablaban en voz baja, tratando de que nosotras no escucháramos nada. Aun así fui capaz de captar algunas palabras: doctor, grave y poco tiempo. Luego mis padres salieron del comedor, antes de eso mamá nos ordenó permanecer allí y almorzar.

 

—¿A dónde irán? —pregunté, sin comprender muy bien lo que ocurría.

 

Samanta me dedicó una mirada brillante a causa de las lágrimas. Ella había estado más cerca, por lo que había podido escuchar mucho más de la conversación de los adultos.

 

—La abuela está muy mal —respondió, mientras bajaba la mirada al plato de huevos que tenía al frente.

 

—¿Sé pondrá bien? —pregunté.

 

Samanta sólo pudo negar con la cabeza.

 

El día paso de manera extraña. Un doctor llegó cerca del medio día y se quedo en la casa hasta el anochecer. Mis padres y Elisa entraban y salían de la habitación de la abuela cada cierto tiempo. A las cuatro de la tarde, mientras mis hermanas y yo estábamos en la sala de estar jugando con algunas muñecas, mi madre fue a recogernos. Hizo que nos bañaran y nos vistió con nuestra mejor ropa. Ya bien arregladas, nos llevó al cuarto de la abuela. La habitación tenía un olor raro, como a alcohol y otras cosas. La abuela lucia muy mal, y estaba en cama con un trapo empapado en la frente, el cual Elisa retiraba para volverlo a remojar cada pocos minutos. En una silla al lado de la cama, estaba mi padre, se veía cansado y demacrado, pero no tanto como la abuela.

 

—Acérquense niñas —nos pidió, con voz suave.

 

De inmediato obedecimos y nos acercamos a la cama de nuestra convaleciente abuela. Allí el olor era más penetrante. La abuela abrió los ojos por un momento y nos dedico una mirada llena de lágrimas. Alzó la mano como si pretendiera alcanzarnos, pero de inmediato volvió a caer sobre la cama.

 

—Mis niñas, tan grandes —dijo, y su voz era ronca.

Permanecimos un largo rato allí, hasta que la abuela se quedo dormida. Mamá se volvió hacia el doctor, el cual pareció comprender lo que trataba de decirle. El doctor asintió. No era contagioso.

 

—Niñas, den a su abuela un beso de las buenas noches —nos susurró nuestra madre.

 

Luego de obedecerla, Elisa nos llevó al comedor para que cenáramos algo ligero antes de enviarnos a dormir.

 

Al día siguiente había más agitación en la casa. La tía Sofía llegó muy temprano en la mañana, y casi al instante fue a ver a la abuela. El tío Abelardo, por su parte, estaba en la sala donde sostenía una conversación con el doctor. El primo Jorge, por su parte, estaba más inquieto que de costumbre. Pero, al rato, la tía Sofía lo regaño más fuerte de lo que nunca había hecho.

 

Por la tarde, la abuela volvió a dormirse, y esta vez, los adultos se pusieron muy tristes. El mismo doctor del día anterior llegó junto con otras personas, que entraron a la habitación de la abuela y pasaron un largo rato allí. Ninguno de los otros adultos volvió a entrar.

 

Como a las cinco de la tarde, mientras unas personas con trajes comenzaban a llevar enormes candelabros que colocaban en la sala, el tío Abelardo le sugirió a Elisa, quien tenía los ojos rojos, pues había estado llorando, que nos llevara al parque, mientras los hombres de la funeraria se ocupaban de arreglar todo para el velatorio. Según el hombre, lo mejor era que estuviéramos cansadas para que pudiéramos dormir toda la noche y no fuéramos a molestar a los dolientes.

 

Ese viaje al parque marcario el último encuentro que tendría con mi familia hasta décadas después cuando me encontrara con Raúl.

 

Dejé de recordar esas cosas.

 

3

Mientras vagaba por el cementerio, no podía evitar pensar en la familia humana que había dejado atrás. ¿Qué clase de vida habían llevado? ¿Me olvidaron o pasaron el resto de su vida buscándome? Eran preguntas que rondaban mi cabeza en todo momento. Quería saber como habían muerto mis padres, cuando y con quienes se habían casado mis hermanas, cuantos hijos habían tenido, cuantos nietos. Conocía a Raúl, nieto de Ágata, pero aun no sabía nada de Samanta. Necesitaba respuestas, y sólo había un lugar al que podía ir en busca de estás.

 

Hacia ya más de un mes que no estaba en ese lugar, la casa de Raúl, mi sobrino nieto. Sondeé los pensamientos de sus habitantes. Mi rostro debió de ensombrecerse por la culpa y la tristeza. Raúl tenía aún horribles pesadillas causadas por mis apariciones ante él. Me arrepentí por primera vez en años de dejarme llevar por mis sádicos juegos, y deseé nunca haberme topado con ese pobre chico. Pero, por otro lado, me consolaba el hecho de saber que sí no lo hubiera encontrado y elegido cómo a una victima, nunca habría sabido que aún quedaba algo de mí familia humana.

 

Usando mi poder hice que Raúl me olvidara, al menos por un tiempo, de esa manera tendría algo de descanso, deseé poder borrar totalmente el conocimiento sobre mi exigencia de su mente, pero con el poco poder que poseo, comparado con el de otros que son como yo, no soy capaz de tal hazaña, al menos no por ahora.

 

Pasé entonces a buscar en la mente, no sólo de Raúl, sino de todos los habitantes de esa casa, información sobre mi familia. Me entere de que Samanta había muerto apenas unos meses atrás, y de que Ágata vivía felizmente con su esposo en Monterrey, desde hacía al menos veinticinco años. Obtuve la información del lugar donde estaba enterrada mi hermana mayor y la dirección donde vivía la menor.

 

Me dirigí al cementerio donde yacían los restos mortales de Samanta. Me senté sobre la lapida, mientras observaba el grabado con el nombre de mi hermana.

 

«Samanta Martínez Soto

1932–2005″

 

Pasé mis dedos sobre el relieve de su nombre, deseando poder derramar algunas lagrimas, pero mis ojos muertos nuevamente no me lo permite, hace ya casi setenta años que no lo hacen. Allí, sentada sobre la tumba de la que fuera mi hermana querida, rememoré aquella fatídica noche en Guanajuato, cuando mi cuerpo y parte de mi mente fueron estancadas en los siete años por una muerte que no fue muerte, valga la redundancia.

 

El parque en al que Elisa nos llevo era uno enorme. Tenía grandes jardines y un área llena de columpios, toboganes y balancines. Mis hermanas corrieron de inmediato a un tobogán, mientras el primo Jorge hacía lo propio pero hacia un tobogán un poco más alejado. Cómo todo niño de esa edad, no le agradaban las niñas, decía que olían mal y prefería jugar solo a hacerlo con una de nosotras. Yo por mi parte, siempre he sido muy fanática de los columpios, es lo primero que busco cuando voy a un parque. De inmediato divisé unos, pero estaban totalmente ocupados por unos chicos que juagaban a saltar de estos en noviecito.

 

Di algunas vueltas al lugar tratando de encontrar otros columpios. Encontré unos un tanto alejados del resto, estaban en un parte donde la hierba estaba algo crecida, y una gran cantidad de arboles tapaban la vista hacía el resto de los juegos. No me importó, además siempre me gusto explorar, y esa arboleda era un bosque debía atravesar para encontrar un tesoro. Una vez llegué a los columpios, me senté en uno, las cuerdas se tensaron y la estructura pareció temblar, pero luego se estabilizo. Comencé a mecerme, mientras tarareaba la ronda de Doña Blanca.

 

El sol, había estado ya ocultándose cuando llegamos al parque, y mientras yo estaba en el columpio, terminó de oscurecer. Las luces del parque se encendieron, aunque la que estaba en el área donde yo me encontraba, parpadeaban cada pocos minutos, dejándome en completa oscuridad por unos momentos. Fue en uno de esos momentos cuando apareció.

 

Yo cerré los ojos por un instante, mientras trataba de columpiarme más fuerte, tratando de superar mi marca anterior. Cuando abrí los ojos, ella estaba frente a mí, recargada en un árbol viéndome con sus ojos terriblemente amarillos. Llevaba un vestido blanco sencillo, y su larga cabellera negra contrastaba por completo con su piel blanca y de aspecto impío cómo si se tratara de nieve.

 

Dejé de mecerme y volví la cabeza hacía todos lados, tratando de buscar a alguien más, pues esa mujer me daba mucho miedo. Todos estaban demasiado lejos. Aun siendo una niña, comprendí que había cometido un terrible error al alejarme demasiado del lugar donde Elisa y mis hermanas estaban.

 

Rápidamente me puse de pie y traté de correr hacia donde ellas se encontraban, pero la mujer fue más rápida. Me tomó por la espalda, levantándome con mucha facilidad, mientras me tapaba la boca con su mano. Traté de liberarme, pateando y forcejeando, pero ella era más fuerte.

 

—Mi dulce niña —dijo ella en un susurró, tan dulce pero a la vez aterrador—. Te estaba buscando, Sarah.

 

Lo último que supe antes perder la conciencia, fue que algo filoso como alfileres se clavaba en mi cuello.

 

4

No supe cuanto tiempo permanecí inconsciente, pudieron haber sido horas, días o incluso semanas. Me encontré con una habitación desprovista casi por completo de muebles, salvo una cama que rechinaba horriblemente cada vez que me movía. El colchón, la almohada y la manta donde yacía no eran más que un montón de retazos de tela unidos por precarias costuras. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de hollín, dejando ver que en el pasado el sitio había sufrido daños por un incendio. A la derecha de la cama había una ventana con un marco de madera astillado, que al parecer había sido colocado recientemente, pues no había marcas de fuego en él. No tenía cristales y las persianas que pretendían cubrirla estaban mal colocadas. A través de esa ventana se colaba un aire húmedo, y el olor de la lluvia reciente. Frente a la cama había una puerta de madera la cual si parecía haber estrado el fuego.

 

Me puse de pie y camine hasta la ventana. De inmediato note que mi vestido estaba sucio y olía a sudor, el olor era penetrante, además, estaba mezclado con un olor dulzón que de inmediato hizo que mi estómago sintiera abre. Pero no era un hambre común, era como tener sed y hambre al mismo tiempo, mi boca parecía seca y sentía como sí en lugar de estómago tuviera un hueco. Con paso ligero, a pesar del malestar, caminé hacía la ventana. Me encontré con una vista magnifica de Guanajuato al atardecer. Casa estaba ubicada en uno de los cerros cercanos a la ciudad. Dejé atrás esa magnifica vista y me dirigía hacia la puerta.

 

Mis manos de llenaron de tizne cuando empuje la puerta, la cual se abrió con un rechinido. Me encontré con una habitación en penumbras, aunque extrañamente era capaz de distinguir perfectamente cada detalle del lugar. Aquí había muebles antiguos que parecían haber sido sacados recientemente de un incendio. Las paredes lucían un estado mucho peor que el anterior. En el centro, estaba una mesa en mucho mejor estado que el resto, pero no era cualquier tipo de mesa, era de metal. Sobre la mesa yacía el cuerpo de un niño harapiento. Me acerqué y lo observé con cierto asombro.

 

El hambre rugió dentro de mí, y la sed parecía haber transformado mi boca en arena. El olor dulzón que había percibido antes era más fuerte, y provenía de ese niño. El niño, estaba vestido con restos de tela remendados que simulaban ser ropa. Tenía una cabellera negra grasosa y pastosa debido a las plastas de tierra y sudor que la impregnaban. Su piel no estaba en mejor estado, estaba ceniza y demacrada, además de que parecía no haber sido la lavada en mucho tiempo.

 

—Sarah, querida, que bien que despertaras —dijo una voz desde alguna parte de la habitación.

 

Surgida de la misma oscuridad, apareció la misma mujer que había visto en el parque. Sus ojos amarillos, que en otro momento había parecido monstruosos, me miraban con una ternura que me recordaba mucho a mi madre. Su piel blanca parecía brillar en la noche, recién caída, pero extrañamente no resultaba contrastante, cómo si no hubiera otro lugar para ella.

 

—Mi nombre es Isabel —le corregí, con la inocencia infantil destilando de mis palabras.

 

La expresión de la mujer pareció turbarse un momento, antes de volver a verme con esa expresión maternal. Soltó una carcajada que sonaba jovial y con un cierto deje de locura. Se acercó a mí con rapidez y me tomó en brazos, antes de dar algunas vueltas por la habitación. Me besó en ambas mejillas y me estrechó contra sí, de la misma manera que yo hacía con mis muñecas cuando jugaba a ser su mamá.

 

—Mi dulce niña, cuando bromeas de esa manera me recuerdas a tu padre.

 

—¿Mamá? —pregunté con voz temblorosa. En el fondo era consiente que esa mujer no era nada más que mi secuestradora, pero de alguna manera estaba comenzando a caer bajo el influjo de una fuerza extraña, los recuerdos de mi verdadera madre parecían adormecerse, mientras la figura de esa mujer ocupaba lentamente su lugar.

 

—Luces hambrienta, Sarah —me dejó en el suelo y luego me guio hacia niño, el cual parecía estar por despertar—. Necesitas comer bien.

 

Con su mano hizo que agachara la cabeza hasta que mis labios parecieron besar el cuello de ese niño. Sentía la vena principal de ese chico palpitar contra mis labios, y escuchaba cada latido de su corazón. El hambre y la sed aumentaron hasta que se hacían insoportables. Todo a mí alrededor pareció dejar de existir, todo a excepción de ese chico y mis necesidades básicas. Mi boca se abrió y unos dientes y colmillos largos y filosos habían remplazado a mi dentadura humana. Asenté la primera mordedura fatal, el chico despertó y trato de gritar, pero instintivamente tape su boca con mi propia mano. La presión que ejercía era tal que en determinado momento su mandíbula cedió quebrándose majo mi fuerza, pero aun así no le solté.

 

Mientras, mi boca había comenzado a sorber de la vena abierta. La sangre fluía en un torrente de sensaciones, calmando mi sed y saciando mi hambre. El corazón del niño latía cada vez más lento, mientras el mió aceleraba a medida que si sangre era absorbida por cada célula de mi cuerpo y depositada en mi sistema circulatorio, remplazando mi propia sangre, la cual ya había sido consumida por madre.

 

Una vez que la sangre del chico se agotó, madre me alejó del chico.

 

—Sarah, ve a tú habitación mientras recojo la mesa.

 

Hice lo que madre me pedía. Entré a la misma habitación donde había despertado. Me recosté en la cama y fije mi vista en el techo con sus vigas ennegrecidas por el humo de un incendio sucedido demasiado tiempo atrás. Sin saber porque, comencé a sentir muchas ganas de llorar, pero el llanto jamás se presentó, mi cuerpo ya no era capaz de hacerlo. Llorar significaba liberar fluidos, liberar sangre, algo que mi nuevo cuerpo diseñado para desear, beber y consumir sangre no se podía permitir.

 

Cuando madre volvió, me tomó en sus brazos y luego me llevó hacia un sótano. Bloqueó la puerta con un gran tablón de madera, y allí dormimos por mucho tiempo, hechas un ovillo contra una de las esquinas del lugar.

 

Así fue nuestra vida por mucho tiempo, tal vez años. Alimentarnos, yo de algún pobre niño sin hogar o de alguno sustraído de alguna casa pobre o de alguna granja cercana a nuestro refugió, ella de cualquiera que se cruzara en su camino. Madre está loca, esa es la única conclusión a la que puedo llegar respecto a ella. Perdió a su hija la misma noche en la que se transformo en lo que es. Ahora, cuando ve a otra niña con características similares, la toma como a una muñeca para que remplace a esa otra niña. Pero, llegado un momento, se cansa de sus juguetes y los rompe. ¿Cuántas hubo antes de mí? Nunca lo sabré, y sé que habrá muchas más luego de mí.

 

5

Clara está enferma, lo sé, pero no he querido deshacerme de ella todavía. Si supiera cómo, tal vez la transformaría en alguien como yo, para poder usarla como protectora eternamente. Pero, eso es algo que madre jamás me enseñó. Ella sólo me dijo cómo matar. El arte de sobrevivir, mezclarme y ocultarme entre los humanos tuve que aprenderlo yo sola. También a usar los pocos poderes que ella me heredo. Jamás he visto a otros como nosotras, pero sé que los hay, después de todo ¿alguien tuvo que haberla transformado a ella en lo que es?

 

El recuerdo de la tumba de Samanta aún estaba fresco en mi mente, mientras me recostaba en la cama. Esa noche, cuando llegué a casa de Clara, la anciana nuevamente tenía un plato de comida ya fría esperándome en la cocina. Como cada noche, lo comí, aun cuando luego tuve que vomitarlo en el retrete. Esa mujer esta tan convencida de que yo soy su hija muerta, al igual que madre.

 

Luego de leer algunos libros sobre psicología, he llegado a la conclusión de que busco a mujeres en un estado de locura similar al de madre para que hagan de mis protectoras. Debe ser una extraña patología que me hace buscar algo familiar a lo que fue la figura materna que tuve al comenzar con esta no-vida. Aunque, lo más probable es que lo hago por resultar más fácil y más cómodo para mí. Nunca lo sabré realmente.

 

Madre era dulce en su trato conmigo, y una fiera cuando alguien parecía amenazar nuestra falsa felicidad. Pero, a pesar de todo, ella nunca podría conseguir que yo olvidara a mis padres reales, y a la familia que ella me había hecho abandonar. Ella suprimía mis recuerdos de ellos con sus poderes, aunque parecía no darse cuenta de ello. Pero, conforme pasaban los meses y los años, mis propios poderes crecían, causando que poco a poco lograra liberarme de su influjo.

 

Sucedió en algún momento de los años cincuenta. Mi poder era lo suficiente para liberarme totalmente de su influjo. Ella lo intuía, de eso estoy segura, ya que semanas antes de que me alejara definitivamente de ella, se volvió más posesiva y trataba de controlarme en todo momento.

 

Cuando mis recuerdos sobre mi vida mortal estaban totalmente restaurados, comencé a buscar información sobre lo que estaba pasando realmente en el mundo. Mi mente, cómo ya he dicho antes, es capaz de actuar maduramente en ciertos momentos, y esa misma madurez me instaba a buscar conocimiento. Robaba diarios y libros de las casas en las que madre y yo nos colábamos en busca de alimento. Comprendí cuanto habían cambiado las cosas en esos años. La guerra de la que se hablaba cuando yo tenía siete años había acabado en 1945. México había entrado, aunque su participación en ella fue efímera, comparada con la de otros países. Pero eso no era lo que me importaba, quería saber sobre mis padres. Pero, cómo es obvio, no encontré nada sobre ellos en ninguna de las publicaciones que pude leer. Ellos no eran tan importantes como yo había pensado antes.

 

Cuando estaba por rendirme, encontré un pequeño artículo sobre mi padre en una vieja revista sobre política.

 

«Tras la desaparición de su hija, Aurelio Martínez, se sumió en una depresión. Tras terminar con su diputación en 1943 no volvió a presentarse para ningún cargo público y dedico el resto de su vida a buscar a la pequeña Isabel, a la que había buscado con ahínco y desesperación desde que desapareciera en la ciudad de Guanajuato marzo de 1941.

 

Aurelio Martínez, quien murió a los cuarenta y siete años, tuvo una corta pero fructífera carrera política. Una lastima que uno de los más prometedores haya tenido que dejar su carrera. Se sabe que hasta sus últimos días siguió buscando a su hija, con la esperanza de algún día tenerla entre sus brazos nuevamente.

 

Le sobreviven…»

 

No fui capaz de saber nada más ya que faltaba un pedazo de hoja. El artículo estaba adornado con una imagen de mi padre. En la fotografía se veía demacrado y envejecido, a pesar de que aun no llegaba siquiera a los cincuenta años. Ese fue otro de los muchos momentos en los que deseé realmente poder derramar lágrimas, aunque fueran de sangre. Pero eso jamás sucedería.

 

Pase las noches siguientes, y también gran parte de los días, observando esa imagen. Hasta que en un momento de desesperación la hice pedazos. ¡Ese no era el hombre al que había llamado padre! Mi padre era un hombre de cabellera negra y ojos vivaces, no un anciano prematuro de cabellera gris y ojos apagados.

 

La realidad me golpeó con su poderoso puño. Toda la vida que alguna vez tuve estaba destrozada, tal vez mi madre también estaba muerta. E incluso alguna de mis hermanas. Aunque el reportaje indicaba que aún quedaban algunos miembros de mi familia, siempre podían referirse a sobrinos, primos o algún otro familiar. No supe nada de mi familia hasta que me encontré con Raúl.

 

Una noche, cuando llegué a casa, luego de haber estado largo rato en un parque cercano jugando en un viejo columpio, madre me esperaba. Se veía más sombría y triste de lo que nunca antes la había visto. No le di mucha importancia a ese hecho, hasta que posé mi mirada en la misma mesa donde años atrás bebí mi primera sangre. Allí había una niña, de mi estura, con el cabello castaño oscuro y del mismo tamaño que él mió. Era mi remplazo.

 

—Te esperábamos, Isabel —dijo madre, y su voz esta vez era fría y distante. Ya no estaba convencida de que yo era su hija perdida—. A Sarah no le gusta compartir, por eso debó de asegurarme de que sea hija única. Sé que lo comprendes, querida.

 

Fue muy veloz, en un instante la tenía sobre mí. Me sujetó por el cuello con ambas manos mientras su cuerpo me aplastaba el pecho y el estómago. Sus manos parecían de acero, mientras ejercían presión sobre mi tráquea. Pero yo permanecí inmóvil, mi cuerpo no necesitaba otra cosa más que sangre, por lo que la perdida de oxígeno no era realmente importante.

 

Fijé mi mirada en los ojos de madre, mientras la miraba indiferente. No me importaba lo que hiciera conmigo, de hecho, si ella sabía una forma de matarme, deseé que la usara en ese mismo momento. Ella pareció intuir esto, pero algo en mi manera de verla hizo que me soltara y se alejara de mí.

 

—¿Cómo lo haces, niña? —preguntó, mientras se agazapaba contra la pared ennegrecida y me miraba llena de preocupación.

 

—¿Hacer qué? —pregunté, sin comprender ese cambio de actitud en ella.

 

—No te importa morir —no era una pregunta, pero me hizo pensar.

 

—No —respondí finalmente, mientras me ponía de pie y me acercaba a ella—. Si realmente sabes cómo, matame.

 

Pero ella río, de la misma manera que lo había hecho esa primera noche tantos años atrás. Aunque, poco a poco, la locura en su risa se iba esfumando, hasta que quedó sólo la jovialidad.

 

—Isabel, eres más fuerte de lo que esperaba —dijo, tras dejar de reír, y por una vez me pareció realmente cuerda—. Si no fuera porque debo cuidar de Sarah, te adoptaría, niña. Ve, sal al mundo y muéstrales lo fuerte que eres, hazlo por mí, por tu madre que te ha criado tan bien.

 

Cerré los ojos, si ella sabía o no como destruirme, no me lo diría, y por supuesto tampoco lo haría. Sabía que no tenía sentido pedírselo, ella nunca aceptaría tal cosa. Estaba, de una manera retorcida y terrible, orgullosa de mí, de su hija inmortal.

 

—¿Cuál es tú nombre? —durante años ella había sido sólo «madre», y yo necesitaba saber que ella realmente tenía un nombre.

 

—Frida —respondió ella, y me dedicó una sonrisa maternal—, nunca olvides mi nombre, hija.

 

Jamás lo olvidaré, no podría hacerlo, ese es el nombre de quien me alejó de todo y me condenó a esta existencia. Por ella he matado, he destrozado y seguiré haciéndolo. Por ella, casi mato a mi sobrino nieto.

 

Me di la vuelta y abandoné ese lugar. Nunca más volvería a verla. Pero, aún sé que sigue buscando a una hija que nunca volverá a estar con ella. Y muchas niñas sufrirán lo que yo he sufrido durante tantos años. Aun no me queda claro si ella realmente sabía cómo destruir a uno de los nuestros. Tal vez por eso creyó que podía hacerlo matándome cómo a un humano cualquiera. Si es así, tal vez hay un montón de niñas monstruosas iguales a mí vagando por el mundo y tratando de saber por qué han tenido que sufrir este destino.

 

6

Luego de dejar a Frida, fui a la casa de la abuela Martina. La casa era ahora una pequeña pensión administrada por alguien que no tenía relación con mi familia. No pude encontrar nada allí que me resultara realmente interesante, por lo que decidí marcharme de allí. Vagué unos días por la ciudad de Guanajuato, pero estaba demasiado cerca de Frida, lo cual me hacia sentir mal.

 

Encontré a mi primera protectora, una mujer con una historia no muy distinta a la de Clara. La usé para viajar por las ciudades más importantes del estado. Residí con ella en León por un tiempo, luego Irapuato, Celaya, Dolores. En Dolores mi protectora murió, y haciendo uso de mis poderes, logré abordar un tren hacia Guadalajara.

 

Continúe recorriendo varios lugares del país, a veces con protectores, otras valiéndome de mis poderes. Finalmente, en 1998, llegué a la ciudad de México. La capital había cambiado mucho, y yo no recordaba en qué parte quedaba la casa donde había vivido mis años mortales, y aunque lo hiciera, no la hubiera podido encontrar. En el 2003 me topé con Clara, quien desde entonces es mi protectora.

 

Una noche, vagaba por las calles solitarias de la parte sur de la ciudad, cuando mi mente captó la de un chico atormentado por pesadillas. Sin saberlo, había encontrado a mi familia mortal.

 

7

Ya lo he decidido, nada me hará cambiara de opinión. Le daré la paz a Clara, quien tanto la necesita, luego iré a Monterrey, necesito ver a Ágata, aunque solo sea de lejos. En un par de años volveré a la capital. Tengo una teoría de cómo podría crear a alguien como yo. Haré algunas pruebas, y si tengo razón, pronto Raúl podrá acompañarme. Necesito un protector permanente, y nadie mejor para el trabajo que alguien de la familia.

AUTOR/A: alucard70

FUENTE: Escalofrio.com

¿SOLO UNA PESADILLA MÁS?

 

 

Las pesadillas son algo común en todas las personas. Desde siempre ha habido ese tipo de cosas, ya sea provocadas, como se cree comúnmente, por cenar demasiado antes de dormir o por otros motivos. Lo cierto es que siempre he tenido pesadillas, y por eso es un tema recurrente en casi todo lo que hago. En la escuela, cuando los profesores solían pedirnos redactar cuentos, siempre escribía sobre mis pesadillas. Recuerdo a la maestra Martha, de mi cuarto año de primaria, quien incluso trató de enviarme al psicólogo escolar, luego de que usara una especialmente desagradable como inspiración para un cuento que nos había pedido para la clase de lenguaje, por ese motivo, deje de usarlas como base en mis redacciones escolares.

 

Mis pesadillas eran extrañas, o al menos es esa la manera en la que yo las percibo. Podían variar de tema de manera abrupta, pero siempre eran similares en el fondo, la representación de uno de mis tantos temores. Soñaba, por ejemplo, que todos en mi familia se habían convertido en vampiros, excepto yo; mis familiares me perseguían intentado morderme para que me uniera a ellos. Sé que suena como algo tonto, pero cuando los soñé debía de tener unos seis años. Un miedo infantil.

 

Otro sueño que recuerdo claramente, y que en verdad resulto aterrador, trataba sobre una muñeca. Mi madre, cuando joven, coleccionaba muñecas de porcelana, esas que parecen inusualmente reales, ataviadas con vestidos victorianos y ese tipo de cosas. Recuerdo que había una habitación llena de ellas en casa de la abuela, que mamá no había querido llevarse a su casa, ya que temía que cuando tuviera hijos estos las destrozaran. Debó de admitir que eso era una posibilidad muy grande cuando yo era un niño. Bueno, sólo hubo una muñeca que ella se llevo a la casa. Media unos cincuenta centímetros y estaba hecha de porcelana blanca, la cual hacia que pareciera tener una piel pálida y lustrosa. Tenía un cabello negro rizado cubierto por un sombrero de ala ancha adornado con encajes blancos y plumas de pavorreal; llevaba un vestido verde oscuro de en estilo victoriano. Esa muñeca me había dado pavor desde que vi una película de miedo sobre una muñeca que estaba viva.

 

Pero, bueno, en el sueño yo era enviado por mi madre a buscar algo a su cuarto. Entraba corriendo, pues sabía que lo que buscaba estaba sobre la cómoda, sólo era cuestión de entrar, tomarla y volver corriendo al primer piso. Abría la puerta con cuidado, veía mi objetivo y corría hacia él, al tomarlo, se escuchaba la puerta cerrarse tras de mí, me volvía para salir y entonces veía a la muñeca parada frente a la puerta. Trataba de gritar, pero de mi boca no salía sonido alguno. La muñeca comenzaba a caminar hacía a mí.

 

—Juega conmigo —decía de pronto ella, mientras extendía sus manos hacia mí. Justo cuando estaba por alcanzarme, despertaba.

 

Ese tipo de sueños han sido comunes durante toda mi vida, lo cierto es que, nunca me he podido deshacer de ellos. En el pasado, despertaba continuamente sintiendo un horror indescriptible. Recuerdo que me levantaba de la cama y me ponía a dar vueltas por la habitación en penumbras, tratando de dejar de pensar en lo que acaba de soñar. Usualmente mi padre se levantaba para decirme que volviera a dormir, cuando más chico inventaba que tenía ganas de ir al baño, pero que me daba miedo bajar solo a la planta baja. Mi padre me acompañaba y se quedaba en el pasillo fuera del cuarto de baño hasta que yo terminaba de hacer mis necesidades. Conforme fui creciendo, deje esa manía de levantarme cuando tenía ese tipo de sueños, y solamente me quedaba acostado, tratando de tranquilizarme pensando cosas agradables.

 

A los doce años, leí en algún lugar que era posible alejar las pesadillas escuchando algo de música relajante mientras se dormía. Antes de eso, había intentado otras cosas, como dormirme en determinada posición. Llegue a creer que si dormía viendo específicamente a la pared este de mí cuarto podía evitarlas. Al final, luego de tanto «remedio casero» intente lo de la música. Elegí música clásica, ya que siempre me ha parecido sumamente relajante, y al poco encontré una estación local que transmitía una selección de música clásica toda la noche. Mis pesadillas disminuyeron considerablemente, o al menos eso pensaba.

 

A los quince años, fue cuando comenzó. Recuerdo que dormía plácidamente, cuando de improviso me desperté. No había soñado algo especialmente desagradable como para que me despertara con un sobresalto, al menos no recuerdo nada. La habitación estaba oscura, salvo por los eventuales destellos de uno que otro coche que pasaba por la calle. En la radio sonaba la Novena de Beethoven. Allí estaba yo, sin saber porque de pronto me había despertado con el corazón latiendo ferozmente y un extraño sudor frio perlándome el cuerpo.

 

Fue la primera vez que la escuche. Una risa como de niña, pero yo era hijo único, así que obviamente no tenía hermana y, aunque la tuviera, era demasiado tarde como para que alguien, salvo el que despierta por una pesadilla, estuviera despierto. La risa parecía provenir de algún lugar del pasillo, fuera de mi habitación. Ya que era invierno, me cubrí con las cobijas hasta la cabeza. Permanecí en vilo, mientras la risa no paraba de sonar. Al poco rato se escucharon unos pasos que se acercaban a la puerta de mi habitación, aún bajo los cobertores y el edredón, apreté los ojos y trate de regular mi respiración agitada, fingir que dormía.

 

Las risas y los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta, la cual estaba cerrada por dentro. Se escucharon cuatro golpes quedos, como los que daría una mano pequeña y luego una risita como de burla. Luego de eso, pasaron unos minutos, pero en ese instante debió de haberme parecido más tiempo, antes de que los pasos se alejaran en dirección a la escalera. Se escucho como si alguien bajara las escaleras con pequeños saltos.

 

c

No pude volver a dormir esa noche, o al menos no me di cuenta de en que momento el sueño volvió a alcanzarme.

A la mañana siguiente creí que había sido una de mis inusuales pesadillas, o tal vez sólo trataba de convencerme de eso. Pasaron dos semanas sin que nada de eso volviera a ocurrir, y el incidente se borró de mi mente. Llegaron las vacaciones de navidad y el tiempo en que podía quedarme hasta noche viendo los programas de comedia de la barra nocturna, que termina a las dos de la mañana.

Los primeros días no pasó nada de importancia, hasta el cuarto día. Estaba por terminar el penúltimo programa de ese día, cuando la risa volvió a escucharse en el pasillo. Me quede paralizado. En la tele Ross decía algo sobre paleontología que los demás no entendían, pero a mi no me hizo gracia el chiste, estaba muerto de miedo. Nuevamente escuche que tocaban a la puerta. Trate de quedarme quieto, de no hacer ruido.

—Sé que estas allí —se escucho una voz de niña, tal vez de entre siete y ocho años, no lo sé, tal vez menos, nunca he sido bueno para definir la edad de las personas sólo por su voz—. Vamos, sal a jugar.

Aun paralizado por el miedo, comencé a rezar todas las oraciones que podía recordar de mis días en el catecismo. Nunca he sido muy religioso, pero en momentos como ese toda ayuda, especialmente divina, es bien recibida. El ser fuera de mi cuarto tarareaba una canción infantil, aunque no recuerdo cual, sólo que la forma en que lo hacia tenía un efecto que aumentaba el horror de tal escena.

 

—Eres muy aburrido —dijo de pronto la niña. Se escucho que sus pasos se alejaban nuevamente hacia la escalera, esta vez de manera veloz, como si estuviera corriendo.

 

Me metí a la cama sin preocuparme por apagar el televisor y me cubrí nuevamente con las cobijas. Resulta extraño como unas siempre piezas de tela parecer ser una coraza impenetrable para quien experimenta tales horrores.

 

A la mañana siguiente, algo cansado y asustadizo, baje al comedor a desayunar. Mi padre, que también tenía vacaciones esos días, estaba sentado leyendo el periódico, mientras mi madre preparaba el desayuno.

 

—Deberías de bajar el sonido cuando ves la televisión por las noches, Raúl —me reprendió de pronto—, juró que esta vez estaba tan alto que parecía retumbar por todo el pasillo.

 

Me quede helado ante esto, sólo atine a contestar un escuálido: «Sí, papá».

 

—Hablando de eso —intervino mamá, mientras me servía un plato de huevos revueltos—, ¿qué veías?

 

—Los programas de comedia —respondía, mientras usaba el tenedor para picar distraídamente mi plato.

 

—Me pareció que era otra cosa —agregó ella, sentándose a la mesa—. Creo haber escuchado una canción que no oía desde que mi abuela, que en paz descanse, nos la cantaba cuando niña a tus tíos y a mi.

 

Por la tarde, mis padres salieron para visitar a la tía Samanta que había estado algo enferma, por lo que me quede solo en casa. Por alguna razón me había olvidado de lo ocurrido la noche anterior, quedando sólo como una pesadilla más. Conecte la consola de videojuegos en la televisión de la sala y me dispuse a jugar una partida del juego de guerra que mi abuela me había regalado en mi cumpleaños.

 

Estaba muy entretenido tratando de entrar a un bunker nazi, cuando escuche nuevamente la voz de la niña en el segundo piso. ¡Esta vez a plena luz del día! Creo que deje caer el control del videojuego, mientras el terror volvía a apoderarse de mí. Podía oír claramente como la niña parecía estar jugando a brincar el avión en el piso de arriba, incluso entonando la vieja melodía. Luego se escuchó como corría hacía las escaleras. Desde la sala, es posible ver el inicio y el final de estas, ya que sólo son separadas por un muro, y las escaleras, además, estas defienden en forma de «U».

 

Impulsado por una fuerza extraña, volví la mirada hacía estas. Pude ver la forma de unos pequeños piececillos bajar corriendo. Con temor esperé a que el fantasma apareciera en mi marco de visión. Lo cual sucedió de inmediato.

 

Me encontré frente a una niña de unos seis años. Tenía un largo cabello castaño oscuro y una piel blanca de aspecto cenizo, mostraba una sonrisa inocente en sus pequeños labios sonrosados, aunque esta perdía su fuerza debido al aspecto terrorífico de sus ojos amarillos, los cuales parecían mirar como un depredador. Traía puesto un vestido amarillo de holanes, unas calcetas blancas hasta la rodilla y unos zapatitos negros.

 

Al verme la «niña» sonrió como si se hubiera encontrado con un juguete nuevo. Comenzó a caminar hacia mí con paso lento. A cada movimiento de sus piececillos podía sentir como mí terror se incrementaba. La niña se dio cuenta de eso y su sonrisa abandono su sonrisa inocente para adoptar una más cruel e inhumana. Era una escena surrealista, una niña jamás debe de verse de esa manera. Era aterrador.

 

Salí de mi mutismo y me aleje de ella, lo más que pude, arrastrándome al otro lado del sofá en el que estaba sentado. La cosa hizo una mueca.

 

—¿No quieres jugar, Raúl? —su voz sonaba engañosamente tierna. Se detuvo y me miro con una expresión curiosa. Volvió su mirada a la pantalla del televisor, donde, a esas alturas, se mostraba una imagen de mi personaje muerto y un texto donde se le preguntaba al jugador si quería continuar la partida desde el anterior punto de salve—. Esos son los juegos que te gustan —dijo, mientras parecía analizar la pantalla—. ¡No me gustan! —grito, haciendo una especie de berrinche.

 

La niña se sentó en el sofá, sin apartar sus orbes amarillentos de mí. Yo hacia lo mismo, pero el ente no parecía querer acercarse más sólo estaba allí, sentada mientras balanceaba sus pies y tarareaba una canción infantil.

 

—Sabes, me agradas —dijo, mientras se subía por completo al sillón y comenzaba a gatear hacia a mí. Me paralice nuevamente, la niña se detuvo mientras su rostro quedaba a unos escasos centímetros del mió—. Realmente me agradas mucho.

 

Su aliento olía como a vegetales podridos, aunque sus dientes parecían ser perlas relucientes de lo blancos que estaban. Movió la cabeza cómo si fuera a intentar darme un beso en la mejilla, pero bajo más, de tal manera que pude sentir su fétido aliento en mi cuello. Justo en ese momento se escucho que la puerta automática de la cochera se abría, mis padres habían llegado. La niña se puso de pie de un brinco, y luego subió las escaleras corriendo. No sin antes prometer que jugaríamos en otro momento.

 

Casi no pude dormir esa noche, ni las siguientes, por temor a la extraña niña. Pero ni una sola vez volví a escuchar sus risas y juegos en el pasillo.

 

Cerca de tres meses más tarde, me encontraba ayudado a mi madre a acomodar unas cosas en casa de la tía Samanta, que acaba de morir. Ella en realidad era mi tía abuela, y vivía sola desde que su marido muriera poco antes de que nacieran sus hijos gemelos, y nunca se había vuelto a casar.

 

Estábamos ordenando viejas cajas con fotografías, cuando me tope con una muy extraña. En ella aparecían la tía Samanta, mi abuela y otra niña. Mi abuela era menor que mi tía por cinco años, pero esa otra niña, que estaba a la derecha de mi abuela, quien estaba al centro, parecía ser unos dos años menor que la tía. Traía puesto un vestido blanco de esos que se usaban unos setenta años atrás, en los años cuarenta.

 

—¿Quién es la otra niña? —pregunte a mi madre.

 

Ella tomó la fotografía de mi mano y la observo un momento con semblante triste. Luego volvió a guardarla en una de las cajas.

 

—Era tú tía abuela Isabel —respondió ella, con mirada seria.

 

—¿Murió? —pregunte.

 

—Se podría decir —parecía distraída, por lo que no presione a pesar de que tenía curiosidad—. Desapareció —dijo al fin—, en un viaje a Guanajuato para visitar a tus bisabuelos, se perdió en las calles de la ciudad mientras paseaban una noche. Nunca pudieron hallarla. La verdad dudo que siga con vida.

 

La foto había quedado hasta arriba de las demás. En un momento de descuido de mi madre, la agarré y la guardé en el bolsillo trasero de mis pantalones.

 

Pasó alrededor de un mes, en el que pude dormir tranquilo, confiándome a que el horror que había vivido con ese extraño ente se había acabado. Volvía a mi vida normal, aunque las pesadillas volvían a atormentarme de vez en cuando, algunas veces soñaba con aquella niña pero nada más. Hasta que volvió.

 

Esa noche, convenientemente, había olvidado cerrar la puerta de mi habitación por dentro, puesto que me había quedado hasta tarde terminando con un trabajo de química. Cuando me desperté a las dos treinta de la mañana, de la misma manera en que me había ocurrido la primera vez que la escuche, supe que era lo que ocurría.

 

La escuche reír en el pasillo, mientras sus pasitos de acercaban cada vez más a mi puerta. Cuando ella toco la primera vez, la puerta se entre abrió, causando que ella riera divertida, aunque con un deje de crueldad. Empujó la puerta. Como era verano yo sólo tenía una sabana para cubrirme en caso de mosquitos. Estaba bajo de esta, pero la luz de la luna llena que se colaba por el pasillo me permitía ver perfectamente la silueta de la niña.

 

La pequeña se acercó hacia a mi, tarareando una de esas viejas melodías infantiles que parecían ser una especie de marca personal en ella. Se detuvo justo al lado de mi cama. La radió sobre mi cabeza tocaba una canción de Mozart cuyo nombre no recuerdo. Las manitas de la niña agarraron la sabana y la jalaron para descubrirme.

 

—Hola, Raúl —dijo, con ese todo de inocencia fingida—. Esta vez si vamos a jugar.

 

Aunque estaba paralizado de miedo, me obligue a mi mismo a tomar algo de valor de cualquier lugar. Con voz queda susurré algo.

 

—¡Espera Isabel! —mi voz era tan baja que por un momento temí haberlo pensado en vez de haberlo dicho.

 

La niña, que para ese momento ya se estaba acercando hacia mi cuello, mientras se relamía los labios, se detuvo en seco. Sus ojos me miraron con extrañeza, a la vez que me exigían revelar como era que sabía algo tan personal de ella como su nombre.

 

En un rápido movimiento saqué la fotografía que durante el último mes había permanecido escondida bajo mi almohada. Se la mostré a Isabel quien, tras contemplarla un momento con mudo asombro, la arrebato de mis manos. Siguió observando el retrato, y en cierto momento acarició la imagen como si se tratara de un gran tesoro.

 

—¿Cómo… ? —parecía realmente confundida por el hecho de que yo tuviera algo como eso.

 

—¿Eres la tía abuela Isabel? —pregunté—. La hermana desaparecida de la tía Samanta y la abuela Ágata.

 

Ella me volvió a ver con sus ojos amarillos que parecían tener un destello especial por la noche. No había ningún rastro de malicia en ellos, al contrario, parecían verme con genuina dulzura.

 

—Gracias, hijo —susurró, antes de salir de mi habitación, mientras sostenía la foto en sus manos como su posesión más preciada. Supongo que era lo único que tenía para recordar a sus hermanas.

 

Nunca más volví a verla ni a escucharla siquiera, y al poco tiempo deje de soñar con ella. Las otras pesadillas ya no me molestaban tanto, no luego de haber visto un horror de verdad tangible, como lo era, o más bien, es Isabel. No sé que le habrá pasado cuando niña en ese viaje a Guanajuato, ni que es ella realmente, si un fantasma o algo más. Sólo sé que, de la familia o no, no quiero volver a verla ni a escucharla en mi vida.

 

Al final, al recordarla, deseo que mi encuentro con ella fuera sólo una pesadilla más, aunque el miedo y la incertidumbre que me causo nunca dejaran que tal cosa pasé, ni siquiera en mis pensamientos.

AUTOR:  alucard70

FUENTE: Escalofrío.com