Etiqueta: SUSPENSE

GUILTY ROSE.

-Mamá…tengo frió

 

-…

 

-Mamá, ¿estás bien?

 

-…

 

-Mamá ¿Por qué tu ropa está manchada de rojo?

 

-…

 

-¿Mama?…

 

-Charlotte, ¡Despiértate!

 

Abrí los ojos lentamente, me giré, mi hermanito Liam me miraba curioso.

 

-¿Por qué?..

 

-Porque hoy empiezas clases y son las 6:30

 

-….¡MIERDA!

 

Salté de la cama hacia el baño, perdón por mis modales. Me llamo Charlotte Black y vivo en Allentown, Pennsylvania, me acabo de mudar y se me hace tarde para la prepa.

 

-¿POR QUÉ NO ME DESPERTASTE ANTES? -Dije mientras me vestía, me caí al ponerme los pantalones, cayendo en mi..trasero -¡Ay!

 

-Tienes el sueño demasiado pesado -dijo aburrido.

 

Bajé rápidamente las escaleras mientras me recogía el cabello en una coleta.

 

-¡Buenos días! -dije tomando una tostada y comiéndomela rápidamente.

 

-Hasta que te despiertas -dijo mi padre- buenos días, hija.

 

-¡Me voy! -miré la foto de una mujer de ojos oliva y cabellos chocolate.

 

– Hasta luego, mamá.

 

Mi madre murió cuando Liam tenia 2 años, yo tendría como… perdón, pero antes de todo eso, mi memoria la perdí en un accidente.

 

Miré que había pocas personas entrando, la campana sonaba.

 

-¡Joder!

 

Entré rápidamente, corrí por los pasillos hasta llegar a la recepción.

 

-Me puede..dar mi…horario…-dije entre jadeos.

 

La mujer lanzó una risita y me miró amable.

 

-Toma, cariño, tu salón está derecho, el 201, el profesor Briard aún no llega así que puedes caminar.

 

Asentí avergonzada y me encaminé a mi salón, justo cuando llegaba también lo hacía el profesor, éste solo me sonrió, era un viejito.

 

-¿Charlotte? -asentí- espera aquí, te avisaré cuándo entrar.

 

Escuché un poco de bulla pero él entró, dijo alguna cosa y me dio la señal para entrar.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dije, en realidad soy muy tímida pero al extremo imprudente.

 

-Bien. Se sentará con….El joven Chris.

 

Miré, estaba a lo ultimo, era un muchacho bastante pálido, tenía el cabello negro y ojos verdes, al instante que me senté, todas y digo todas las del salón me miraron feo.

 

-Hola…-le dije al chico y éste me ignoró, hasta creo que se alejó de mí.

 

-Hm…-fue lo único que dijo para seguir ignorándome, el idiota.

 

 

…………………………….

 

Me desperté mirando la ventana, no quería ir a la escuela, tenía un muy mal presentimiento, pero al ser Joshua el menor y entrar por primera vez a la prepa tenía que cuidarlo, a no ser que quisiera que masacre a media escuela, aún no es muy bueno controlando su apetito. Ah, sí, soy un vampiro.

 

-Buenos días…

 

-Hola -dijo Arriane. Ella era la esposa de Adam, el líder de la manada, pero al ser mayor que Sasha, Joshua y yo, se cree nuestro padre.

 

Las leyendas de los vampiros tradicionales son una mentira vulgar, nosotros podemos exponernos la sol, pero solo por 6 o 7 horas, pues nos debilitaríamos mucho, cuando bebemos sangre, no es cualquiera, cada quien tiene su gusto específico. Por ejemplo, a mí me gusta la sangre con sentimientos de soledad, confusión y amabilidad, es una mezcla amarga y dulce, nosotros rara vez dormimos, solo cuando es necesario o para recuperar fuerzas y la única forma de asesinarnos es cortándonos en pedazos y enterrar las partes del cuerpo alejadas unas de otras, para que no se regeneren.

 

-Vamonos ya! -dijo Sasha obstinada, en el carro ya estaban Joshua y ella así que no había problema.

 

Llegamos y entramos al salón, todas me miraban embobadas, pobre Joshua.

 

-Ella será su nueva compañera desde hoy, trátenla bien -dijo el profesor.

 

Me giré y un tenúe olor a vainilla y flores me embargó, era delicioso, era la nueva….y la persona más bella que haya visto.

 

-Mi nombre es Charlotte, mucho gusto…-dijo tímidamente, sus ojos eran un oliva cristalino y su piel blanca era resaltada por su cabello chocolate oscuro, unos lindos bucles caían por los lados de su cara, tenía el pelo recogido y tenía una nariz chiquita y puntiaguda, al igual que unos labios de un perfecto color rosa pálido….Su sangre también huele bien…Mierda, no he comido en días.

 

-Bien, se sentará con….El joven Chris.

 

…Dios me odia..es seguro.

 

-Hola…-me dijo, y yo solo la ignoré y ésta al parecer se molestó..

 

Este día va a ser muy largo….

 

AUTOR: bloodyrose
FUENTE: Escalofrío.com

EL CAZADOR DE SANGRE.

Max Van der Heyden, periodista especializado en la investigación de fenómenos presuntamente paranormales, es para algunos, “el verdadero Van Helsing del siglo XXI”. Claro que, en honor a la verdad, debemos añadir que esos “algunos” que tanto lo admiran son muy pocos comparados con quienes lo tienen por un loco o un farsante. Y aun son muchos más quienes jamás han oído hablar de él. Sin embargo, tampoco podemos ocultar que bastantes de los que en público abominan de su nombre, o niegan todo conocimiento del mismo, son los primeros en pedir su ayuda (“extraoficialmente”, por supuesto) cuando se enfrentan a hechos que van más allá de lo científicamente explicable. Eso hicieron, por ejemplo, las autoridades de cierto país africano cuando varias aldeas, situadas en las proximidades de la selva, se vieron atacadas por un horror sin precedentes. Primero empezaron a aparecer los cadáveres desangrados de varios leñadores y cazadores que se habían internado en la selva para ganarse el sustento. Luego comenzaron a correr igual suerte las mujeres que iban a lavar la ropa al río y los niños que se dirigían a las huertas para llevarles comida o agua fresca a sus atareados padres. Finalmente, cuando un par de turistas ingleses hallaron la muerte en circunstancias semejantes, la situación se hizo insostenible. A las autoridades quizás no les importase demasiado la desaparición de algunos pobres aldeanos, pero no podían tolerar que les sucediese otro tanto a adinerados visitantes de piel blanca, pues ello podría tener graves consecuencias para la boyante industria turística del país. Y si las muertes de los pobres campesinos son fáciles de mantener ocultas, no sucede lo mismo con las de los ricos extranjeros, especialmente si sus cadáveres traen consigo las inoportunas visitas de embajadores demasiado curiosos, por lo cual el problema debía solucionarse lo antes posible, fuera como fuera.

 

Así pues, Max fue llamado al lugar de los hechos. Una vez allí, encontró alojamiento, con todos los gastos pagados, en los lujosos bungalows del mismo parque nacional donde pocos días antes habían tenido lugar las muertes de los dos británicos. Apenas hubo depositado su escaso equipaje en el cuarto que le había sido reservado, Max se encaminó al lugar exacto donde habían aparecido los cadáveres, acompañado por varios empleados del parque y por el mismísimo Monsieur François Lissouba, jefe supremo de la Policía Nacional. Hay que decir que este se mostraba radicalmente escéptico respecto a la posibilidad de que hubiera algo sobrenatural tras los asesinatos y pensaba que eran obra de alguna fiera aficionada a la sangre humana. Decía:

 

-Mis muchachos han hallado las huellas inconfundibles de una enorme pantera cerca de los todos los lugares donde alguien ha aparecido con la garganta destrozada. Francamente, creo que, como dicen ustedes, blanco y en botella igual a leche. O dicho de otra forma, tras todo este asunto no hay nada que no se pueda solucionar con una bala bien dirigida. Lo que pasa es que los malditos ecologistas…

 

-Disculpe, Monsieur Lissouba, pero me consta que las panteras, aunque en raras ocasiones ataquen a la gente, lo hacen para comer su carne, no para beber su sangre.

-¿A usted le consta eso? Disculpe mi atrevimiento, Monsieur Van der Heyden, pero… en su Holanda natal, ¿ha visto usted muchas panteras? ¡Porque, según parece, debe de conocerlas muy bien!

-La verdad es que no he visto muchas, pero he leído…

-¡Ah, así que usted HA LEÍDO! Pues yo sólo leo atestados policiales, pero le informo que siempre he vivido en este país y…

-¿Y habrá visto muchas panteras?

-Bueno, en realidad… yo tampoco es que haya visto muchas. Claro, ellas viven en la selva, no en la capital. Pero he oído historias y…

-¡Ah, así que usted HA OÍDO HISTORIAS!

-Bueno, supongo que un experto de su categoría tendrá la amabilidad de darnos una explicación alternativa de los hechos.

-Evidentemente, esto es obra de un vampiro. De hecho, conozco las leyendas locales y algunas mencionan la existencia de esos seres en las profundidades de la selva.

-Con todo, el forense afirma que las mordeduras sufridas por las víctimas pudieron haber sido realizadas por un felino de gran tamaño.

-Y las leyendas afirman que los vampiros pueden adoptar distintas formas (tanto animales como humanas) para atacar a sus víctimas.

-¿Y cómo piensa librarnos de su supuesto vampiro? ¿Con cruces y ajos?

-No. Esas cosas alejan a los vampiros, y yo a este quiero tenerlo lo más cerca posible de mí… para matarlo. Observe este juguetito.

 

Max extrajo de su mochila una especie de ballesta medieval primorosamente manufacturada y varias flechas de madera, sin un solo gramo de metal en ninguna de ellas. Lissouba sonrió, comparando mentalmente aquella antigüedad con su pistola. Max pareció adivinar su pensamiento:

 

-Las balas y las armas blancas con punta metálica no sirven para nada contra los vampiros. Para matarlos es necesario destrozar sus cuerpos totalmente o, por lo menos, agujerearlos en algún punto vital con estacas o dardos de madera. La leyenda…

 

Monsieur Lissouba se quedó sin saber qué decía la leyenda, pues en aquel preciso instante aparecieron varios guardias del parque para avisar que acababa de producirse un nuevo ataque. Una turista francés llamado Armand Mounier, su sobrina Lorraine, de doce años, y dos guías de raza negra se habían internado en la selva, para visitar un árbol donde anidaba una colonia de cálaos, cuando una terrible fiera, una pantera negra de ojos rojos como llamaradas, se había abalanzado sobre ellos. Instantes después, Mounier y uno de los guías estaban muertos, y el segundo guía había sufrido tales heridas que falleció poco después, tras haber gastado sus últimas fuerzas contándoles lo sucedido a los guardias, que habían acudido al lugar alertados por horrendos chillidos de terror y agonía. Tanto la pantera como la pequeña Lorraine habían desaparecido. Una vez informado de los hechos, Lissouba le espetó a Max:

 

-Supongo que ahora estará convencido de que todo esto es cosa de una pantera.

-En absoluto. Para empezar, las panteras de verdad tienen los ojos verdes o amarillos, no rojos. Y, en segundo lugar, si era una verdadera pantera, ¿por qué se ha llevado a la niña?

-¿Cómo sabe que se la ha llevado? La niña pudo haber escapado a la selva.

-¿A la selva y no a los bungalows? Curioso.

-Una pobre chavala asustada huye a donde puede, no a donde debe. Y si hubiera sido un vampiro, ¿por qué se la habría llevado?

-Lorraine tiene doce años. Los vampiros a veces raptan niñas recién llegadas a la pubertad, para realizar con ellas ciertas ceremonias, especialmente repugnantes, en honor a las Fuerzas del Mal. Estas exigen el cumplimiento de esos ritos a cambio de sus favores, y todo vampiro les debe su poder sobrenatural a los malos espíritus.

-Será verdad si usted lo dice. Pero ahora lo más importante es hallar a la niña.

-Me parece que por fin estamos de acuerdo en algo.

 

Un par de horas después, con su ballesta en las manos, Max atravesaba un sombrío sendero que se internaba en las profundidades de la selva. Había rechazado la compañía de los guardias del parque y de los agentes de Lissouba porque sabía que si iba solo habría más posibilidades de que el vampiro lo atacara. Y eso era lo que Max quería. Ya no quedaba mucho para la puesta del sol, pero Max había sido informado de que en un extenso claro de la selva se levantaban las ruinas de una vieja misión católica, abandonada tras las últimas guerras civiles, y prefería pernoctar allí, para continuar su búsqueda al día siguiente, antes que retornar a las dependencias del parque sin la pequeña Lorraine.

 

Cerca de la misión, el sendero atravesaba lo que antes había sido el maizal de los misioneros, donde el maíz seguía creciendo, cuidado y alimentado por la Naturaleza tal como en otros tiempos lo había sido por la mano del hombre. Aquel lugar era menos sombrío que la selva propiamente dicha, donde el dosel formado por las copas de los árboles impedía que los rayos del sol llegasen al suelo, y, aunque se aproximaban las tinieblas de la noche, la visibilidad todavía era bastante buena. En un momento dado, Max observó que, unos cien metros delante de él, una figura grande y negra emergía del maizal para plantarse en medio del camino. Era una enorme pantera negra. O, por lo menos, algo que parecía una enorme pantera negra. A aquella distancia, Max no podía distinguir el color de sus ojos. Pero sí podía adivinar que aquellos ojos se habían percatado de su presencia y lo estaba mirando con malignas intenciones. El primer impulso de Max fue preparar su ballesta para asaetear a la presunta pantera cuando esta se acercara, pero entonces su mente fue asaltada por un pensamiento poco tranquilizador. Si aquel animal era una pantera de verdad, una pobre flecha de madera sólo conseguiría enfurecerla. Así pues, Max decidió que sería mejor recurrir a la poco prestigiosa, pero frecuentemente imprescindible, estratagema de la huida.

 

Al mismo tiempo que la pantera iniciaba su carga, Max empezó a correr hacia la misión, abandonando la senda y atravesando el maizal que lo separaba del viejo edificio lo más velozmente que pudo. Si aquella era una pantera normal, sería, sin duda, mucho más veloz que un ser humano, pero, acostumbrada a cazar al acecho, no lo perseguiría durante un trecho demasiado largo. Sin detenerse en ningún momento, ni siquiera para cerciorarse de si el felino lo perseguía o no, Max alcanzó la misión en menos de un minuto y se coló en su interior a través de una ancha ventana que había perdido todos sus cristales. Una vez dentro del edificio, cuyo interior estaba sumido en la mayor de las negruras, Max oyó un sollozo o gemido inconfundiblemente humano. Rápidamente extrajo una linterna del bolsillo y enfocó el lugar de donde procedía aquel sonido. Allí, acurrucada sobre un amasijo de trapos sucios, se hallaba una niña de piel blanca y ojos azules. Lorraine, indudablemente. La pobre criatura se hallaba visiblemente bajo los efectos de una terrible tensión mental, pálida y temblorosa, con el rostro descolorido y las mejillas inundadas de lágrimas. Sin embargo, y dejando aparte algunos rasguños sin importancia, parecía totalmente ilesa. Max se agachó junto a la niña y, empleando palabras dulces y tranquilizadoras, intentó calmarla, a la vez que le preguntaba cómo había llegado allí. Lorraine habló, primero con balbuceos entrecortados y posteriormente con una voz más segura:

 

-La pantera… Mató a mi tío y a los demás, luego también me quiso matar a mí. Yo escapé por la selva, estaba loca de miedo y no sabía adónde ir ni qué hacer, sólo quería huir, nada más que huir, ¡tenía mucho miedo! Ella estuvo a punto de cogerme, pero me metí entre unos arbustos espinosos, no se atrevió a seguirme y la dejé atrás. Luego, caminé durante horas, perdida en medio de la selva, hasta que llegué a este sitio. Entré para no tener que pasar la noche a la intemperie, pero… ¿Y si ella entra? ¡Está fuera y, si usted ha entrado saltando por la ventana, ella también podrá hacerlo!

-Tranquila, cariño. Nosotros tuvimos que entrar aquí para salvarnos, pero ella no tiene ninguna necesidad de meterse en esta ratonera para alimentarse: de noche, la selva está llena de monos y antílopes (para no asustarte más, no te diré que acaso nos estemos enfrentando a algo mucho peor que una simple pantera). Además, tengo mi ballesta. Ahora, si te parece bien, vamos a descansar y mañana, cuando amanezca, iremos en busca de ayuda. Duerme un poco, guapa, te hará bien.

-Lo… lo intentaré, señor. ¿Y usted no duerme?

-Yo vigilaré la ventana, no sea que ese bicho decida hacernos una visita nocturna. Tú no te preocupes y duerme tranquila.

 

Pero Lorraine, al parecer, no podía conciliar el sueño, lo cual, teniendo en cuenta sus últimas experiencias, no era algo difícil de comprender. Quizás para olvidarse de la situación y del miedo que le roía el alma, la niña comenzó a hablar con Max de toda clase de temas: de sus padres, que eran médicos en París, de su colegio, de sus amigos, de su afición al voleibol y a las canciones de Justin Bieber, de su primer viaje en avión… Max, con un encomiable esfuerzo mental, intentaba seguir las continuas, atropelladas y a veces incoherentes explicaciones de la pequeña al mismo tiempo que permanecía atento a cualquier indicio de amenaza que pudiera llegar a sus ojos o a sus oídos. Entonces, le pareció escuchar un sonido procedente del piso de arriba, como si un cuerpo (al parecer, más bien pequeño) estuviera moviéndose en lo que en otro tiempo había sido el desván o trastero del edificio. Sin duda, sería algún animal inofensivo, seguramente una civeta o una mangosta en busca de ratones, pero convendría ir a echar un vistazo. Max mandó callar a la niña con un gesto y le dijo en voz baja:

 

-Voy a ir arriba un momento, a echar un vistazo con mi linterna. Tú será mejor que te quedes aquí, por si acaso.

-Pero… no quiero quedarme sola de nuevo. ¿Y si la pantera…?

-Toma mi ballesta y vigila bien la ventana. Si la pantera intenta entrar, mándale un buen flechazo, y procura darle en un ojo. ¿Vale?

-Vale, señor. Pero por favor, no tarde mucho.

 

Max se levantó y, malamente guiado por la pobre luz de su linterna, subió los crujientes y poco fiables peldaños de la polvorienta escalera que llevaba al piso superior. Tras atravesar la espesa capa de telarañas que hacía el papel de puerta, penetró en el desván y la luz proyectada por su foco iluminó a la criatura que había perturbado el silencio nocturno agitando su pequeño cuerpo sobre las carcomidas tablas que cubrían el suelo. No era una pantera, pero tampoco una civeta. ¡Era una niña de piel blanca, y estaba atada y amordazada, con sus ojos azules dilatados por el mayor terror que una muchacha de doce años puede sentir antes de perder el conocimiento o la cordura! ¡Y aquella niña tenía el mismo rostro que Lorraine Mounier! ¡Era Lorraine Mounier!

 

-Veo que has encontrado a la niña. En fin, ahora ya no os servirá de nada a ninguno de los dos.

 

Max se volvió, incluso antes de que aquellas palabras asaltaran su oído. Tras él, sosteniendo la ballesta que él mismo le había entregado un minuto antes, se hallaba la “otra” Lorraine, la Lorraine del piso de abajo, totalmente idéntica a la verdadera salvo en que ahora sus ojos ya no eran azules, sino rojos como el fuego. Y Max le había entregado ingenuamente la única arma que podría haberle hecho daño a aquel ser. Al parecer, había olvidado que los vampiros no sólo pueden adoptar formas animales, sino también humanas. Y además pueden leer las mentes de las personas a las que suplantan para conocer todos sus recuerdos. Entonces, tanto la verdadera Lorraine como él mismo se hallaban a merced del monstruo que había raptado a la niña y engatusado a su presunto salvador, ¡el vampiro de la selva los había atrapado a ambos! Este siguió hablando, al mismo tiempo que partía las flechas como si fueran briznas de paja en manos de un gigante:

 

-Esta misma noche, cuando la Luna llegue a su cenit, les ofreceré a los Señores Oscuros el cuerpo de esa cría. Pero antes creo que voy a tomarme una ligera cena. Ahí, por supuesto, es donde intervienes tú, amigo Max… o más bien tu garganta.

Max contestó, en un tono más sereno de lo esperable en semejante coyuntura:

-Sin duda, te las prometes muy felices. Pero, antes de nada, debo decirte que me has decepcionado. No has cumplido bien tu misión.

-¿Cómo? Los Señores Oscuros no me encomendaron más misión que proporcionarles una virgen para satisfacer sus deseos carnales y aquí les espera una bastante hermosa. ¡Yo he cumplido las órdenes que me encomendaron!

-No lo dudo. Pero no has cumplido la orden que te había encomendado yo. ¡Vigilar la ventana!

 

Antes de que el confiado vampiro pudiera reaccionar, antes incluso de que su tenebrosa mente hubiera interpretado adecuadamente las palabras de Max, la enorme pantera negra de la jungla se había abalanzado sobre su espalda. Al contrario de lo que dicen ciertas leyendas, todos los animales carnívoros del bosque odian a los vampiros, que exterminan sus presas naturales, y aquella pantera no deseaba nada tanto como coger desprevenido al monstruo para destrozarlo entre sus fauces. De haber estado alerta, el vampiro, dotado de una fuerza sobrehumana, hubiera podido vencer a la pantera, pero esta había cobrado ventaja gracias al factor sorpresa y no le costó demasiado despedazar a su enemigo. Al parecer, el felino sabía instintivamente que necesitaba descuartizar al vampiro para anular su invulnerabilidad. Una vez que los dientes y las garras del felino hubieron hecho pedazos el cuerpo del vampiro, los fragmentos de carne empezaron a arder espontáneamente, envueltos por una llamarada pálida y fétida que los hizo cenizas en apenas unos instantes, a la vez que provocaron la huida de la pantera, asustada por la brusca aparición de aquel fuego sobrenatural. Una vez que las llamas se hubieron extinguido, Max se dispuso a desatar a la pobre Lorraine Mounier, la cual, aunque casi desvanecida de puro terror, se hallaba sana y salva. Con todo, Max, hombre honesto, no pudo ocultarse a sí mismo que su papel en aquella misión de rescate no había sido demasiado afortunado. Había actuado como un principiante, al fiarse de las apariencias y entregarle su arma al adversario. Había sido un error imperdonable. Por suerte, el enemigo también había cometido su propio error. En fin, tanto él como la niña habían salido ilesos de esta aventura y, como todo buen aficionado al fútbol sabe, a veces hay que conformarse con el resultado.

 POR: Javier
Fontenla

FUENTE: ESCALOFRIO.COM

 

¡¡SOLO 18 AÑITOS Y….QUE DELICIA !!

Mire abajo……

    una delicia…

 

18 añitos………..

 para disfrutarla toda…

degustarla con moderación…

KARMA DE SANGRE.

 

POR: tonyjfc

 

Nunca se enamoraba, era una norma. Nunca se acercaría a chicas demasiado atractivas o que tuvieran esa chispa peligrosa. Sus amigos le admiraban porque era capaz de liarse con la chica que se propusiera, lo que no sabían era que él sabía perfectamente a lo que podía aspirar. En aquella ocasión, Jaime le señaló a una pelirroja y le enseñó un billete de diez euros.

 – Esta vez tendrás premio si te ligas a esa. Fíjate, ha rechazado ya a tres tíos mazas -le retó.

Echó una mirada y vio que la chica estaba sentada en la barra, sola, aburrida, como si estuviera esperando a alguien. Justo en ese momento se le acercó otro chico, un tío de casi dos metros de alto que parecía jugador de baloncesto. Su sonrisa confiada tardó apenas dos segundos en convertirse en una expresión de odio profundo. No podía verle bien la cara a la chica, pero tenía una malla negra y una blusa ceñida que hacía adivinar el cuerpazo que tenía. En un momento giró la cabeza y vio uno de los rostros más bonitos que había visto en su vida. Su mirada era al mismo tiempo confiada y melancólica.

– Lo siento, esa mujer espera a alguien, es casi imposible -explicó Charly.

Jaime soltó una carcajada jocosa y se llevó la mano a la cartera.

– Tío, sé que puedes hacerlo pero necesito verlo. Esa tía está que rompe y tú no fallas nunca.

Está bien,… -Rebuscó en su cartera y extrajo un billete de veinte euros.

– No voy a… -Iba a protestar.

– Este dinero no es para que te la ligues tú, sino para que me ayudes a conocerla. Si puedo enrollarme con esa tía podré morir con una sonrisa en la boca, ¿entiendes?

– Es casi imposible para mí, ¿cómo puedes esperar que te la consiga a ti?

Jaime se sintió ofendido.

– Tú tienes la labia, macho. Yo tengo el cuerpo.

 – Sí claro -replicó Charly. – Cincuenta euros -zanjó Jaime-.

Ahora no tengo tanto, pero te lo doy mañana.

Tío, ese caramelo tiene que ser mío.

– Me das pena -se burló Charly-.

Voy a intentarlo pero si no puede ser, luego no me llores con que te dejó en ridículo.

– Eso es imposible, mi leyenda -señaló hacia su pene, con suma confianza-, siempre satisface a las tías. Lo que me falla es al conocerlas, no sé qué decirles.

Tú preséntanos que yo haré el resto.

 – Como quieras -respondió-. Tú espera aquí. –

Tú puedes, avísame campeón.

Jaime le dio una palmada en el pecho. Charly se acercó a la barra con confianza y se metió entre la chica y el que estaba a su lado, luchando por conseguir una copa.

 – Hola -se presentó, ofreciendo su mano-. Tengo una cosa que proponerte.

 – Piérdete -respondió ella enojada.

– No lo entiendes…

 – Tú sí que no lo entiendes, gilipollas -replicó ella, con la mirada de odio más fuerte que nadie le había echado nunca-. O te largas o tendré que hacerte daño.

– Pero solo es… Los ojos marrones de la pelirroja se incendiaron y por un momento pensó que habían cambiado de color e incluso se habían iluminado en un tono rojo sangre. Le dio tanto miedo que dio varios pasos atrás y tropezó con otros que pasaban por allí.

– ¡Mira por donde andas! -escupió uno al que pisó.

– Perdona…

Volvió con Jaime y éste le miraba con evidente decepción.

– ¿Qué ha pasado? -Preguntó, intrigado.

– Colega, esa tía no es para nosotros. Más vale que te fijes en otras.

 – No me fastidies. ¡Me debes cincuenta napos! Charly negó con la cabeza. Nunca debió aceptar esa estúpida apuesta, no tenía ni para pagar una copa más.

– Espera, espera, lo intentaré de nuevo.

Jaime sonrió. – Ese es mi colega. ¡Dale caña campeón! Charly se dio la vuelta bastante nervioso. La pelirroja era increíblemente atractiva y encima era una tía con carácter. Ahora le atraía mucho más que al principio y pensó que si la conseguía entrar y ligársela prefería perder los cincuenta euros y quedársela para él. Aunque parecía tan difícil que en lo único que podía pensar era en no perder la apuesta. Solo tenía que conseguir presentársela a Jaime, eso no debía ser tan difícil. Se volvió a acercar a ella y se puso en la barra como si fuera a pedir una copa a su lado. No pasó por alto que la chica le miraba con bastante fastidio.

– Camarero -llamó Charly.

 Ella le ignoró por completo. Volvió a dirigir su atención al resto de la gente, como si buscara a una persona.

– ¿Qué quieres? -Preguntó el camarero, al verle gesticular tanto.

– Ehm… Dame un Malibú con piña, por favor.

Sin decir nada, el camarero se puso manos a la obra para prepararle la mezcla.

 – ¿Quieres que te pida algo? -Preguntó, como si le hiciera un favor a la pelirroja.

– Piérdete -replicó ella, enojada.

 – Mira, te voy a ser sincero -respondió él, como si no la hubiera escuchado-. ¿Ves a ese chico de allí?

– ¿Aún sigues hablándome? -exclamó ella.

– Si vas a hablar con él, te doy veinticinco euros. Puedes decirle que se vaya a la mierda, no importa, pero ve y habla con él.

La pelirroja se volvió lentamente y le miró como si no pudiera creer lo que oía.

– Sabes qué… -sonrió, le mostró los dientes más perfectos y bonitos que había visto nunca.

– ¿Vas a ir?

 – No, vamos a salir fuera tú y yo… Me impresiona tanta insistencia. No parecía una proposición indecente sino una amenaza.

 – Aquí tienes, son doce euros -interrumpió el camarero, al poner el vaso de tubo en el mostrador.

– Tenga -sacó la billetera y pagó.

 – ¿A qué esperas? -insistió ella. Estaba tan nervioso que cogió su bebida y se la bebió de un trago, a pesar de que se le heló la garganta por el paso de un líquido tan frío.

– Cuando quieras, preciosa -aceptó con la voz ronca por el esfuerzo de beber tan deprisa. Ella le cogió de la mano y se lo llevó fuera. Pasaron entre la gente como si fueran sombras. Charly estaba excitado porque no sabía lo que pasaría fuera, aunque estaba seguro de que no quería estar en el pellejo de nadie más. Esa noche sería inolvidable.

 Era el inconveniente de estar hambrienta. Llevaba veinticuatro horas sin probar la sangre y su naturaleza depredadora la hacía tan irresistible que no pasaba desapercibida. Pero lo tenía decidido, esa noche iría a por un chico malo, uno malo de verdad que hiciera daño a las mujeres, alguien que mereciera la muerte. Necesitaba sentirse más humana y cada vez que hacía daño a un chico corriente se sentía vacía, como un monstruo.

 

Esa sensación la llevaba a desear su propia destrucción. Era como el sexo, antes de beber su sangre pensaba que era algo necesario, algo que la haría subir al séptimo cielo y después de dejarles muertos se hundía. No había detectado ningún alma oscura en aquel Pub, muchos se le habían acercado pero solo uno había logrado sacarla de sus casillas. Puede que no mereciera morir por eso, pero estaba volviendo a sentir el dolor intenso en el estómago, un dolor que amenazaba con hacerla gritar. Nunca quería dejar pasar tanto tiempo porque la sed de sangre podía ser tan dolorosa que perdía completamente la razón y podía atacar a cualquiera, lo que la exponía demasiado a la sociedad ya que tenía que usar la fuerza y ser violenta para conseguir la siguiente víctima aceptable. La sed se volvía tan dolorosa que su estómago se contraía como si alguien se lo cogiera desde dentro y se lo apretara con fuerza, tirando de él hacia abajo. Solo la sangre cálida podía calmar ese dolor. Y no bastaba un trago, cuando el dolor la mortificaba tenía que beber hasta la última gota de sangre a su próxima víctima.

– Tienes mucho valor, chico -felicitó con sorna.

– Si puedo conocer a una chica magnífica como tú, cualquier sacrificio merece la pena.

– ¿No dijiste que habías apostado con tu amigo para que me presentaras?

El chico se ruborizó, asustado. Sin conocerla ya sabía que cualquier cosa que dijera podía suponer la muerte prematura.

 Claro que él no lo sabía, para él solo era una muerte figurada. Pensaba que si se enojaba otra vez con él huiría con el rabo entre las piernas…

– Estoy perdiendo los cincuenta euros por salir contigo aquí fuera -reconoció, finalmente.

– Puede que pierdas mucho más que eso -se jactó ella, sonriente.

– Tienes razón, Jaime no volverá a hablarme después de esto…

– ¿Qué piensas que va a pasar entre nosotros? -preguntó, conteniendo una mueca por el dolor del abdomen.

Estaban caminando demasiado despacio y esa calle estaba muy transitada. No podía llamar la atención.

– ¿Tienes coche? -se precipitó, acariciándole el antebrazo, melosa.

– No,… Caray, estás congelada y no hace tanto frío…

– Soy muy friolera.

No solo eso, su piel empezaba a arrugarse por la sed, su belleza estaba a punto de empezar a deteriorarse. Necesitaba beberle la sangre inmediatamente.

– Ven aquí anda -ofreció el muchacho, rodeándola por la cintura con su brazo. La arteria carótida de su cuello estaba tan cerca que el olor agudizaba sus convulsiones internas. Ser vampiresa era la peor tortura que existía, ese sufrimiento era el castigo de Dios por su vida terrible y despiadada. Deseó curarse esa enfermedad si es que era posible, pero no sabía ni dónde encontrar más vampiros, mucho menos cómo curarse el vampirismo.

– Déjame besarte -siseó, empujándolo contra una pared. Golpeó su espalda contra la vitrina de un escaparate y besó su cálido cuello con ansiedad. Le pasó los brazos por detrás, le abrazó con fuerza y él soltó un gemido de placer. Su piel se erizó momentáneamente, le había hecho sufrir un escalofrío con su sensual contacto. Estaba a su merced y nadie que pasara por la calle sospecharía.

Sus comillos se alargaron por el instinto depredador y los clavó en su tierna piel mientras con la mano derecha le tapaba la boca para evitar que gritara. Él forcejeó en sus brazos, trató de luchar pero la sangre ya estaba entrando por su gaznate, el cálido flujo la cegaba por completo, podía sentir cada latido de su corazón e incluso la angustia que sentía. Por la manera de luchar podía saber si esa persona dejaba mucho atrás o no. Ese chico luchó con mucho coraje pero en seguida se rindió a ella, sus rodillas se aflojaron y poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que ella le sostenía en sus brazos mientras su corazón bombeaba sus últimos latidos. Cuando sintió que se detenía se sentía repleta, succionó la última sangre que había sido bombeada y pasó la lengua por la herida. Su saliva podía cicatrizar al instante la piel humana, nadie vería los mordiscos y cuando lo encontraran por la mañana la policía pensaría que había muerto por alguna clase de anemia agudizada por la borrachera. La gente que pasaba por la calle se apartaba de ellos pensando que eran una pareja de enamorados. Demasiada gente, maldita sea, sería difícil fingir que su novio se había quedado dormido durante su beso en el cuello. La cabeza del muchacho cayó hacia un lado y una chica que pasaba junto a ellos gritó al verlo. Sam se volvió hacia ella, enfurecida. Iba acompañada por dos amigas y cuando las miró retrocedieron aterradas. Sus ojos debían estar aún rojos, sus labios manchados de sangre, era una vampiresa demasiado llamativa. Y no solo lo era en el aspecto, también era un animal salvaje desbocado. Antes de que pudiera contenerse había matado a dos de ellas de sendas patadas que reventaron sus cajas torácicas y estaba encarando a la que había gritado, que había retrocedido tanto que estaba pisando la carretera. De alguna forma eso le evitó el problema. Un autobús le pasó por encima haciendo un fuerte chirrido con los frenos y el derrape de sus ruedas.

En lo que pareció apenas un pensamiento, estaba sobre la azotea del edificio de al lado. Se estaba clavando las uñas en sus palmas con fuerza, otra vez había perdido el control, otra vez había tenido que matar a muchos más de los necesarios. Pero a quién quería engañar… Ella era un monstruo y no había algo llamado «conciencia» en su interior. Aquella era su rutina. La muerte.

FUENTE: Escalofrio.com

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LA VENGANZA DE DJEMAL (RELATO).

POR:  Patricia Highsmith

En las profundidades del desierto arábigo vivía Djemal con su amo Mahmet.Dormían en el desierto porque era más barato. De día iban los dos, Mahmet montado en Djemal, a la ciudad más próxima que era Elu-Bana, en donde Djemal paseaba a losturistas, mujeres que chillaban, con vestidos de verano, y nerviosos hombres conpantalones cortos. Éste era el único tiempo en que Mahmet iba a pie.

Djemal se daba cuenta de que los otros árabes no apreciaban a Mahmet. Los otros camelleros soltaban bajos gruñidos, cuando Djemal y Mahmet se les acercaban.Había muchos regateos sobre los precios, sobre denarios, entre Mahmet y los otroscamelleros, que inmediatamente acosaban a Mahmet. Se levantaban manos y las vocesse tornaban gritos. Pero nadie sacaba los denarios, sólo se hablaba de ellos. Por fin,Mahmet llevaba a Djemal cerca del grupo de turistas que miraban curiosos, daba unapalmada a Djemal y a gritos le ordenaba que se arrodillara.El pelo había- desaparecido de las rodillas de Djemal, tanto en las delanterascomo en las traseras, de modo que en estos lugares su piel parecía cuero viejo. En cuanto al resto del cuerpo, era de peludo color castaño, con algunos lugares de peloamazacotado y otros casi pelados, como si hubieran sido atacados por las polillas.Pero los grandes ojos castaños de Djemal eran límpidos, y sus generosos e inteligentes labios tenían un aspecto agradable, como si sonrieran constantemente, aun cuandoesto último estaba muy lejos de ser verdad. De todas maneras, Djemal sólo tenía diecisiete años, es decir, estaba en la flor de la vida, y era insólitamente corpulento y fuerte.

 Ahora, debido a que era verano, estaba cambiando el pelo.Una señora gorda se balanceó violentamente a uno y otro lado, cuando Djemalse puso en pie, alcanzando su normal e impresionante estatura.-¡Oooooooh! ¡Jiiiiiii! -exclamó la señora-. ¡Parece que el suelo esté aquilómetros de distancia!-¡Ten cuidado! -advirtió la voz de un inglés a- la señora-. ¡No vayas a caerte!¡Agárrate! ¡La arena no es tan suave como parece!El menudo y sucio Mahmet, con sus polvorientas ropas, tiraba de la brida deDjemal, y éste salía a paso de paseo, golpeando con sus anchos pies la arena, ydirigiendo la mirada a donde le diera la gana, ya a las blancas cúpulas de la ciudadrecortadas contra el cielo azul, ya a un automóvil que pasaba zumbando por lacarretera, ya a un montón de limones amarillos junto a la carretera, ya a otros camellos que paseaban o que cargaban o descargaban su humana carga. Aquella mujer, lo mismo que cualquier otro ser humano, parecía no pesar, no podía ni compararse con los grandes sacos de limones o de naranjas que a menudo Djemal tenía quetransportar, o con los sacos de yeso o los haces de arbolillos que a veces cargaba durante largos trayectos por el desierto.De vez en cuando, incluso los turistas discutían, con sus voces dubitativas y deintrigados acentos, con Mahmet. Discutían los precios. Todo tenía un precio. Todo quedaba reducido a denarios. Los denarios, en papel o en moneda, inducían a los hombres a esgrimir las dagas, o á levantar los puños y golpearse en la cara.Mahmet, con su turbante, sus zapatillas puntiagudas y con la punta vuelta hacia arriba, y con su chilaba, parecía el más árabe de todos los árabes. Quería ser una atracción turística, fotogénico (cobraba un módico precio para dejarse fotografiar),con un aro de oro en una oreja, una cara morena y reseca casi oculta por las pobladascejas y una barba absolutamente descuidada. Con tanto pelo, apenas se le veía la boca.La razón por la que los otros camelleros odiaban a Mahmet radicaba en que no respetaba el precio fijo por paseo en camello que los otros camelleros habían acordado. Mahmet había prometido respetar el precio, pero cuando se le acercaba un turista y efectuaba lamentables intentos de regatear (como habían aconsejado a los turistas, lo que Mahmet sabía muy bien), rebajaba ligeramente el precio, con lo que conseguía cerrar el trato, y dejaba al turista de tan buen humor, por haber triunfado en su regateo, que a menudo después del paseo le daba una propina de valor superior a la rebaja conseguida. Por otra parte, cuando había mucha demanda de paseos en camello,Mahmet subía los precios, sabedor de que serían aceptados, y a veces lo hacía alalcance de los oídos de los otros camelleros. Ello no quiere decir que el resto de sus compañeros fuera un ejemplo de honradez, pero existían unos acuerdos verbales, y lamayoría de ellos los respetaban. Por culpa de la falta de escrúpulos de Mahmet, aveces Djemal recibía el golpe de una piedra arrojada contra su jiba, piedra que, en realidad, iba destinada a Mahmet.

Después de un día de buenos negocios con los turistas, día que se prolongaba hasta el ocaso, Mahmet dejaba a Djemal atado a una palmera, en la ciudad, y se pegaba un festín de cuscús, en un barracón transformado en restaurante que tenía una terraza y un loro chillón. Entretanto, Djemal ni siquiera había podido beber agua,debido a que Mahmet atendía primero a sus propias necesidades, y a Djemal no le quedaba más remedio que mordisquear las hojas de los árboles que pudiera alcanzar.Sentado a una mesa, Mahmet comía solo, despreciado por los otros camelleros que sesentaban juntos a otra mesa, armando mucho ruido, un ruido alegre. Entre plato y plato, uno de ellos tocaba un instrumento de cuerda. Mahmet roía los huesos de carnero en silencio, y se limpiaba los dedos en sus ropas. No dejaba propina.

A veces, llevaba a Djemal a la fuente pública y otras no lo hacía, pero siempre iba subido sobre Djemal, mientras éste caminaba por el desierto camino del grupito de árboles en donde Mahmet sentaba sus reales todas las noches. A veces, Djemal no podía ver en la oscuridad, pero su olfato le guiaba hacia el montoncillo de ropas de Mahmet, hacia la tienda enrollada, los sacos de cuero, todo ello empapado por el peculiar hedor agrio del sudor de Mahmet.

En los ardientes meses de verano, generalmente le tocaba a Djemal transportar limones a primeras horas de la mañana.

«Gracias a Alá -pensaba Mahmet-, el gobierno ha decretado que las horas de»paseos en camello» para turistas sean de 10 a 12 por la mañana, y de 6 a 9, por la tarde. Así los camelleros pueden ganar dinero en la parte media del día, y dedicarse al negocio de los turistas en horas fijamente determinadas.»

Mientras el gran sol anaranjado se hundía en el horizonte de arena, Mahmet yDjemal se encontraban fuera del alcance de la voz del muecín, en Elu-Bana. PeroMahmet ponía en funcionamiento su transistor, aparatito no más grande que su puño,que se colocaba en el hombro, sostenido entre los pliegues de su chilaba. Sonaba unainterminable canción quejumbrosa, cantada en falsete por un hombre. Mahmet tarareaba, mientras extendía una maltratada alfombra sobre la arena y echaba sobre ella unos harapos. Esto era su cama.-¡Djemal, ponte ahí! -decía Mahmet.E indicaba un lugar por el que el viento soplaba en dirección a su cama.

Djemal desprendía considerable calor, y al mismo tiempo su cuerpo no dejaba pasar el viento.Djemal seguía comiendo maleza seca a varias yardas de distancia. Pero Mahmet se le acercaba y lo golpeaba con un látigo de cuero trenzado. Los golpes no hacían daño a Djemal. Se trataba de un rito que Djemal dejaba que siguiera durante unos cuantos minutos, antes de decidirse a apartarse de las matas de color verde oscuro.

Aquella noche, afortunadamente Djemal no tenía sed.-Ay… Ay… Ayaya Ayay Ay… -gemía el transistor. Djemal se arrodilló,situándose en posición un tanto apartada de los deseos de Mahmet, de manera que elleve viento casi le daba en la cola. Djemal no quería recibir arena en la nariz. Alargó su largo cuello, apoyó la cabeza en el suelo, casi cerró los orificios de su nariz y cerró completamente los párpados. Al cabo de un rato, sintió que Mahmet se apoyaba en sucostado izquierdo, tirando de la vieja manta roja con la que se arropaba, y clavandosus pies con las sandalias puestas en la arena. Mahmet dormía casi sentado. Era su descanso.

A veces, Mahmet leía unos versículos del Corán, musitando las palabras. Apenas sabía leer, pero desde la infancia se sabía de memoria gran parte del Corán. Las enseñanzas que recibió Mahmet, igual que las que actualmente se impartían, tuvieron lugar en una estancia llena de niños sentados en el suelo que repetían las frases pronunciadas por un hombre alto y con chilaba, que paseaba entre ellos, a grandes zancadas, leyendo por encima de sus cabezas frases del Corán. Esta sabiduría, estas palabras, eran como poesía para Mahmet, muy lindas cuando se leían, pero carentes de toda utilidad en el vivir cotidiano.

Aquella noche, el Corán de Mahmet -un grueso librillo con las puntas de las páginas retorcidas hacia arriba y letra casi borrada- se quedó en el interior de la bolsa de cordel entretejido, juntamente con unos cuantos dátiles pegajosos y una porción de pan seco. Mahmet pensaba en la próxima Carrera Nacional de Camellos. Se rascó la picadura de urca pulga en la parte interior de subrazo izquierdo.

La carrera de camellos comenzaría al día siguiente por la noche y duraría una semana. El trayecto iba desde Elu-Bana a Khassa, importante ciudad del país, con un gran puerto, en la que había todavía más turistas. Desde luego, los camelleros dormirían al aire libre y tenían que llevar consigo suministros de alimentos y agua, y tenían que hacer un alto en Souk Mandela, en donde los camellos beberían,para seguir luego la carrera.

Mahmet revisó sus planes. No se detendría en SoukMandela, naturalmente. Y ésta era la razón por la que, ahora, mantenía a Djemal a régimen seco. Después de que Djemal bebiera y acumulara agua en su cuerpo,mañana, antes de que la carrera comenzara, Mahmet estimaba que Djemal podía pasarse siete días sin agua, y, de todas maneras, Mahmet proyectaba terminar el reco-rrido en seis días.Tradicionalmente, la carrera de Elu-Sana a Khassa era muy reñida, y en su último tramo, los camelleros azotaban constantemente a sus camellos. El premio era de trescientos denarios, lo suficiente para que resultara interesante.

Mahmet puso la manta roja de forma que le tapara la cabeza, y se sintió seguro y autosuficiente. Mahmet no tenía esposa, ni siquiera familia, o mejor dicho, sí que tenía familia en un lejano pueblo, pero sus familiares le tenían antipatía y él se la tenía a ellos, por lo que Mahmet jamás pensaba en sus familiares. Siendo chico, había cometido unos cuantos hurtos, y la policía había acudido con demasiada frecuencia acasa de su familia, para hacer unas cuantas advertencias a Mahmet y a sus padres, por lo que éste había abandonado su hogar a la edad de trece años. A partir de entonces,llevó una vida nómada, lustrando zapatos en la capital, trabajando de camarero durante una temporada hasta que le descubrieron en el acto de hurtar dinero de la caja,  robando carteras en museos y mezquitas, haciendo de ayudante de un alcahuete en una cadena de burdeles de Khassa, y siendo agente de un comprador de objetos robados,en una ocasión en ese trabajo un policía le pegó un tiro en una pantorrilla, a raíz de locual Mahmet cojeaba.

Mahmet tenía treinta y siete o treinta y ocho años, quizá incluso cuarenta, aunque no lo sabía de cierto. Cuando hubiera ganado la Carrera Nacional de Camellos, con el dinero pagaría el anticipo para comprar una casita en Elu-Sana. Ya había visto la casita de dos habitaciones, blanca, con agua corriente y un menudo hogar de leños. La vendían a bajo precio debido a que su anterior propietario había sido asesinado mientras se encontraba en la cama, y nadie quería vivir en ella.

El día siguiente, Djemal quedó sorprendido por la relativa levedad de su trabajo.Djemal y Mahmet anduvieron por entre los montones de limones en las afueras deElu-Sana, y las dos alforjas de Djemal fueron cargadas y descargadas cuatro veces antes del anochecer, lo cual era prácticamente nada.

Por lo general, Djemal hubiera sido obligado a avanzar mucho más de prisa por los caminos.-¡Ho-ya, Djemal! -gritó alguien.-¡Mahmet! ¡Fuisssss…!Allí había excitación. Djemal ignoraba por qué. Los hombres batían palmas. ¿En elogio o en censura? Djemal tenía conciencia de que nadie sentía simpatía hacia su amo, y parte de estas antipatías, y en consecuencia, aprensiones, recaían sobre el propio Djemal. A éste le molestaba en gran manera recibir un golpe traicionero, de algo arrojado contra su cuerpo, que en realidad iba destinado a Mahmet. Los grandes camiones se pusieron en marcha, cargados con los limones que antes habían transportado docenas y docenas de camellos.

Los camelleros descansaban sentados, ya apoyados en las panzas de sus camellos, ya con las piernas cruzadas y el trasero sobre los pies. En el momento en que Djemal salía del recinto, otro camello, sin razón alguna que lo justificara, adelantó la cabeza y pegó un mordisco en la jiba de Djemal.Djemal se volvió rápidamente, levantó su saliente labio superior, poniendo al descubierto largos y poderosos dientes frontales, y contestó con otro mordisco que casi atrapó el morro del otro camello. El otro camellero fue casi derribado por el movimiento de retroceso de su camello, y maldijo a Mahmet, quien contestó lo mejor que pudo.

A pesar de que Djemal ya estaba repleto de agua, Mahmet lo llevó de nuevo al abrevadero de la ciudad. Djemal bebió un poco, despacio, deteniéndose de vez encuando para levantar la cabeza y olisquear la brisa. Desde lejos le llegaba al olfato el perfume de los turistas. Oía música recia, lo cual no era insólito ya que los transistores emitían sus estridentes sonidos durante todo el día y en todas partes, pero esta música era mucho más recia, más sólida. Djemal sintió un golpe en su pata trasera izquierda.Y, acto seguido, Mahmet se puso a caminar delante de él, tirando de sus riendas.Allí había banderas, turistas, una tribuna, y dos altavoces que difundían aquella música. Todo, al borde del desierto. Había camellos alineados. Un hombre hablaba con voz artificialmente fuerte. Los camellos tenían buen aspecto. ¿Se trataría acaso deuna carrera? Djemal había participado en una, montado por Mahmet, y recordaba que había corrido más de prisa que los otros camellos. Eso ocurrió el año anterior, año en que Mahmet compró a Djemal. Éste recordaba borrosamente a su primer amo, que fue quien lo había adiestrado. Se trataba de un hombre alto, amable y bastante viejo.Había discutido con Mahmet, sin duda por cuestión de denarios, y Mahmet había ganado la discusión.

Así lo entendía Djemal. Mahmet se había llevado a Djemal con-sigo.Bruscamente, Djernal se encontró alineado con otros camellos. Sonó un silbato.Mahmet azotó a Djemal, y éste dio un salto al frente y echó a correr, tardando cosa de uno o dos minutos en cogerle el ritmo a la carrera. Después, comenzó a galopar conregularidad hacia el sol poniente. Iba en cabeza. Era fácil. Djemal comenzó a respirar acompasadamente, dispuesto a mantener el ritmo de su galope durante mucho tiempo,si ello fuere necesario. ¿Adónde iban? Djemal no olía hojas o agua, y el terreno no leera conocido.Ca-pa-la-pop, ca-pa-la-pop… El sonido del galope de los camellos que ibandetrás de Djemal iba alejándose. Djemal corrió un poquito menos. Mahmet no lo azotó. Djemal oyó que Mahmet reía un poco.

Salió la luna y siguieron adelante, yendo Djemal al paso. Estaba algo fatigado. Se detuvieron, Mahmet extrajo la cantimplora y bebió, comió algo, y, como de costumbre, se tumbó, arrebujándose, contra el costado de Djemal. Pero en el lugar en que pasaron aquella noche no había árboles ni cobijo alguno. La tierra era llana y ancha.

A la mañana siguiente, al alba, se pusieron en marcha, después de que Mahmetse tomara una jarrita de café dulce, que se preparó en su hornillo de alcohol. Puso enmarcha el transistor y lo sostuvo con la pierna doblada, que se apoyaba en el cuello deDjemal. Detrás de éste no se divisaba camello alguno. A pesar de ello, Mahmet imprimió a Djemal cierta velocidad.

 Mahmet, a juzgar por la firme jiba de Djemal, a su espalda, estimaba que su montura seguiría en buena forma durante cuatro o cinco días más, sin dar muestras de fatiga. A pesar de todo, Mahmet miraba a derecha eizquierda en busca de árboles, o de cualquier tipo de follaje, que los protegieran del sol, aunque sólo fuera por poco tiempo.

Tuvieron que detenerse al mediodía; el calordel sol incluso había penetrado el turbante de Mahmet, a quien el sudor le chorreaba por las cejas. Por primera vez, Mahmet puso un trapo sobre la cabeza de Djemal para protegerla del sol, y así descansaron hasta las cuatro de la tarde. Mahmet no tenía reloj, pero averiguaba con toda exactitud la hora, por el sol.

El día siguiente discurrió de la misma manera, con la salvedad de que Mahmet y Djemal encontraron unos cuantos árboles, aunque no hallaron agua. Mahmet conocía vagamente el territorio. No recordaba si había estado allí años atrás, o si alguien lehabía hablado del paraje.

No había agua salvo en Souk Mandela, en donde los participantes debían detenerse. Ello significaba dar un rodeo, apartándose del trayecto recto, por lo que Mahmet no tenía intención de ir allá. Por otra parte, consideraba que era mejor dar un largo descanso a Djemal al mediodía, y recuperar el tiempo perdido durante la noche. Y esto hicieron. Mahmet se guiaba un poco por las estrellas.

Djemal era perfectamente capaz de pasarse cinco días sin beber agua, siempre y cuando hubiera llevado poca carga y adoptado una velocidad moderada, pero Djemal a menudo se excedía. A la hora del descanso del mediodía de la sexta jornada, Djemal comenzó a sentir las consecuencias del esfuerzo efectuado. Mahmet. farfullaba versículos del Corán.

Soplaba un poco de viento, y éste apagó un par de veces la llamadel hornillo de alcohol que Mahmet utilizaba para preparar café. Djemal reposaba con la cola orientada contra el viento, y los orificios de la nariz abiertos solamente lo su-ficiente para poder respirar.

Mahmet estimó que el estado del tiempo indicaba que se hallaban en los bordesde una tormenta de arena, pero no en la tormenta misma. Dio un par de palmadas en lacabeza de Djemal. Mahmet pensaba que los otros camellos y camelleros se encontraban en plena tormenta, ya que el centro de ésta estaba hacia Souk Mandela,al norte. Mahmet albergaba esperanzas de que todos ellos sufrieran los efectos de la tormenta y los hiciera retrasar notablemente su avance.

Pero Mahmet se equivocaba tal como descubrió el séptimo día. Aquél era el día en que según las previsiones terminaría la carrera. Mahmet inició la marcha al alba, en unos momentos en que la arena se arremolinaba a su alrededor de tal manera que ni siquiera se tomó la molestia de intentar preparar café; se limitó a masticar unos cuantos granos.

Mahmet comenzó a pensar que la tormenta se había desplazado hacíael sur, y que iba a alcanzarle, exactamente en su trayecto hacia Khassa, y. también pensó que quizá sus rivales no se habían equivocado tanto como eso, al hacer un alto en Mandela para abrevar, y, luego, emprender el camino directo hacia Khassa, ya que con eso quedaban en el límite norte de la tormenta y no en medio de ella.

Djemal tenía dificultades en avanzar a buen ritmo, debido a que se veía obligado a mantener los orificios de la nariz casi cerrados para que no entrara arena en ellos, y,en consecuencia, no podía respirar a gusto. Mahmet, montado en las espaldas de Djemal e inclinado sobre su cuello, le azotaba nerviosamente para que corriera más.Djemal se daba cuenta de que Mahmet tenía miedo. ¿Si Djemal no podía ver ni oler hacia dónde iban, cómo iba a poder Mahmet? ¿Se le había acabado el agua a Mahmet?Quizá.

La paletilla derecha de Djemal comenzó a dolerle y, luego, a sangrar a consecuencia de los latigazos que en ella le propinaba Mahmet. En la paletilla derecha era donde más dolían los latigazos, y ésta era la razón por la que según suponía Djemal, Mahmet no le azotaba en la otra paletilla. Ahora, Djemal conocía ya muy bien a Mahmet. Le constaba que esperaba obtener una recompensa gracias a los esfuerzos de Djemal, puesto que, de lo contrario, Mahmet jamás se hubiera prestado a sufrir tantas incomodidades.

Djemal también tenía la vaga idea de que estaba compitiendo con otros camellos, aquellos que había visto en Elu-Bana, debido a que Djemal había sido obligado a participar en otras «carreras», en las que debía correr más de prisa que otros camellos hacia un grupo de turistas que Mahmet había divisado a cosa de un kilómetro de distancia.Mahmet pegaba saltos sobre la espalda de Djemal, esgrimía el látigo y gritaba:-¡Ayé, ayé, ayé!Por fin, comenzaron a salir de la tormenta de arena.

De vez en cuando ya se podía ver el pálido resplandor del sol aunque lejos, cerca del arenoso horizonte.Djemal tropezó, cayó, y con ello derribó a Mahmet. Sin querer, Djemal se tragó un buen puñado de arena. Le hubiera gustado quedarse allí, tumbado durante unos minutos, recobrando fuerzas, pero Mahmet gritó y lo azotó.

Mahmet había perdido su transistor, y anduvo a gatas por la arena, desatentado,con el fin de recobrarlo. Cuando lo encontró atizó una buena patada en la jiba aDjemal, sin que produjera efecto alguno, luego le atizó un despiadado puntapié en el ano, debido a que Djemal seguía tumbado. Mahmet lanzó una sarta de maldiciones.Djemal hizo lo mismo, por el medio de resoplar violentamente y de dejar al descubierto dos formidables dientes frontales, antes de ponerse despacio en pie, conlenta y amargada dignidad.

 Atontado por el calor y la sed, Djemal veía borrosamente a  Mahmet, y estaba tan exasperado que de buena gana le hubiera atacado, pero la fatiga lo había dejado tan debilitado que no podía hacerlo. Mahmet golpeó a Djemal y le ordenó que se arrodillara. Djemal lo hizo y Mahmet montó en él.Volvían a avanzar.

Las pezuñas de Djemal se movían más y más pesadamente, e incluso se arrastraba sobre la arena. Pero Djemal sentía el olor de gente. Agua. Luego oyó música, la habitual música quejumbrosa de los transistores árabes, pero más fuerte, como si sonaran varios al mismo tiempo. Mahmet golpeó a Djemal una y otravez en la paletilla, gritándole frases de ánimo. Djemal no vio razón alguna para esforzarse, debido a que la meta estaba claramente a la vista, pero hizo cuanto pudo para andar a buen paso, animado por la esperanza de que ello induciría a Mahmet a manejar más moderadamente el látigo.

Los gritos de júbilo eran ya más cercanos:-¡Yea!Ahora, Djemal iba con la boca abierta y seca. Poco antes de llegar al lugar enque estaba la gente, a Djemal le falló la vista. También le fallaron los músculos de laspiernas. Y las rodillas. De tal manera que Djemal cayó de costado sobre la arena. La jiba se le bamboleaba inerte, tan vacía como su boca y su estómago.Y Mahmet lo azotó, lanzando gritos.La multitud chillaba y gemía al mismo tiempo.

A Djemal le importaba muy poco. Tenía la impresión de que se estaba muriendo. ¿Por qué alguien no le daba agua? Mahmet se dedicaba a encender cerillas en los talones de Djemal. Este ni siquiera rebulló. Con sumo placer hubiera atravesado de un mordisco el cuello de Mahmet, pero le faltaban las fuerzas precisas. Djemal se desmayó.

Con rabia y rencor, Mahmet vio cómo un camello y su camellero cruzaban la línea de llegada. Luego lo hizo otro. Los camellos tenían aspecto de cansancio, pero no fingían estar muertos de cansancio, como hacía Djemal. En la mente de Mahmet no había lugar para la lástima. Djemal lo había traicionado. Djemal, de quien se decía queera tan fuerte.

Cuando un par de camelleros se rieron de Mahmet e hicieron desagradables observaciones acerca del hecho de que Mahmet no le había dado de beber a Djemal -hecho harto evidente-, Mahmet los maldijo a gritos. Luego arrojó un cubo de agua sobre la cabeza de Djemal, lo que reanimó a éste. Luego, rechinando los dientes,Mahmet vio cómo el vencedor de la carrera (viejo y gordo cerdo, que siempre se burlaba de Mahmet en Elu-Bana) recibía el premio, en forma de cheque.

Naturalmente, el gobierno no iba a dar el dinero en metálico, porque en las apreturas el ganador corría el peligro de que se lo robaran.Aquella noche, Djemal bebió agua, e incluso comió un poco aunque Mahmet no le dio de comer ya que, además, había arbustos y árboles en el lugar en que pasaron la noche. Se encontraban en los aledaños de la ciudad de Khassa.

 Al día siguiente,después de haber adquirido provisiones -pan, dátiles, agua y un par de salchichas, todo para Mahmet- los dos emprendieron el camino de regreso por el desierto. Djemal estaba todavía un poco cansado y descansar durante un día no le hubiera sentado mal.¿Se detendría Mahmet, en esta ocasión para permitir que Djemal bebiera agua en algún lugar u otro? Eso esperaba Djemal. A fin de cuentas, no estaban haciendo una carrera.

Hacia el mediodía, cuando les tocaba descansar a la sombra, a Djemal le falló la rodilla derecha, en el momento en que intentaba arrodillarse para que Mahmet desmontara. Mahmet cayó rodando por la arena, se puso en pie de un salto, y golpeó un par de veces con la empuñadura de su látigo a Djemal, en la cabeza.-¡Estúpido! -gritó Mahmet en árabe.

Djemal mordió el látigo, apoderándose de él. Cuando Mahmet se echó hacia adelante para recobrar el látigo, Djemal volvió a morder y atrapó con sus dientes la muñeca de Mahmet.Mahmet chilló.Djemal se puso en pie, dispuesto a proseguir su ataque. ¡Cuánto odiaba a aquelser menudo y maloliente que se consideraba su «amo»!

Retrocediendo y blandiendo el látigo, Mahmet chilló:-¡Aaah! ¡Atrás! ¡Al suelo!Djemal se acercó despacio a Mahmet, con los dientes al descubierto, y los ojos rojos y dilatados de rabia. Mahmet huyó corriendo y se refugió detrás del inclinado tronco de una palmera. Djemal trazó un círculo alrededor del árbol. A su olfato llegaba el penetrante hedor que despedía el aterrado cuerpo de Mahmet.

Mahmet se quitó la vieja chilaba y el turbante y acto seguido arrojó ambas prendas contra Djemal.Sorprendido, Djemal mordió aquellos malolientes trapos, y lo hizo sacudiendo la cabeza, como si entre sus dientes tuviera el cuello de Mahmet, y sacudiera a aquel hombrecillo, para matarlo.

Djemal resopló y atacó el turbante, que, al quedar desenroscado no era más que un largo y sucio harapo. Se tragó buena parte del turbante, y masticó el resto con sus grandes dientes frontales.

Mahmet, situado detrás del árbol, comenzó a respirar mejor. Sabía que los camellos a veces desfogaban su ira en las ropas del hombre al que odiaban, y que con ello se quedaban tranquilos. Ésta era la esperanza que albergaba Mahmet. No tenía el menor deseo de regresar a pie a Khassa. Quería ir a Elu-Bana, ciudad que consideraba«suya».

Por fin, Djemal se tumbó en el suelo. Estaba cansado, tan cansado que no se tomó la molestia de situarse a la irregular sombra que proyectaba la palmera. Y se durmió.

Cautelosamente, Mahmet lo golpeó hasta despertarlo. El sol se estaba poniendo.Djemal intentó morderle pero falló. Mahmet juzgó oportuno no castigar a Djemal, y dijo:-¡Arriba, Djemal! ¡Arriba que nos vamos!Djemal se puso en marcha. Avanzó en la noche, intuyendo más que viendo, la confusa senda en la arena. La noche era fresca.

En el tercer día, llegaron a Souk Mandela, ajetreada aunque pequeña poblacióncon mercado. Mahmet había decidido vender allí a Djemal. En consecuencia se dirigió al mercado al aire libre en el que se vendían alfombras, joyas, sillas de camello,cacharros, peines, y cuanto se quiera, todo se encontraba en venta, allí, en el suelo.

En un rincón se vendían camellos. Mahmet llevó a Djemal allí, yendo a pie, mirando de vez en cuando hacia atrás, bastante adelantado con respecto a Djemal, no fuera que le mordiera.

Mahmet dijo al tratante de camellos:

-Barato. Seiscientos denarios. Es un hermoso camello, como puedes ver. ¡Yacaba de ganar la carrera de Elu-Bana a Khassa!

Un camellero con turbante oyó estas palabras y se echó a reír, como también lohicieron otros dos. El camellero dijo:-¿De veras? No es esto lo que nos han contado. ¡Tu camello se cayó al suelo!-¡Sí, nos han dicho que no te detuviste para darle de beber, viejo sinvergüenza hijo de mala madre! -dijo otro. -Incluso en este caso… -comenzó a decir Mahmet.

Y pegó un salto para evitar una dentellada de Djemal.

 Un viejo con barbas dijo:-¡Oooh! Ni siquiera su camello le tiene simpatía…-¡Trescientos denarios! -chilló Mahmet-. ¡Silla incluida! Un hombre indicó la golpeada paletilla de Djemal, que estaba todavía ensangrentada y sobre la que se habían posado moscas, como si se tratara de una llaga permanente, y ofreció doscientos cincuenta denarios.

Mahmet aceptó. En metálico. El hombre tenía que ir a su casa, en busca del dinero. Mahmet esperó, taciturno, a la sombra, mientras el tratante en camellos y otro hombre llevaban a Djemal al abrevadero que había en la plaza. 

Mahmet había perdido un buen camello -y también había perdido dinero, lo cual era todavía más doloroso-,pero estaba muy contento de haberse desembarazado de Djemal. A fin de cuentas, su vida era más valiosa que el dinero.

Aquella tarde, Mahmet tomó un incómodo autobús que iba a Elu-Bana. Llevaba su equipo, sus vacías cantimploras, su hornillo de alcohol, su cazo para guisar y su manta. Durmió como los muertos en una calleja que se encontraba detrás del restaurante en que solía comer cuscús. A la mañana siguiente, teniendo una visión muy clara de su mala suerte, y con el mortificante recuerdo del bajo precio que había obtenido por uno de los mejores camellos del país, Mahmet robó en el automóvil de un turista.

 Consiguió una manta trenzada, y algo inesperado que había debajo de ella -una cámara fotográfica-, se apropió también de un frasco de plata que encontró en la guantera, y de un paquete envuelto en papel castaño que contenía una pequeña alfom-bra, evidentemente recién comprada en el mercado. Tardó menos de un minuto en cometer este hurto, debido a que la portezuela del vehículo no estaba cerrada con llave. El automóvil se encontraba enfrente de un sórdido bar, y un par de descalzos adolescentes sentados a una mesa, se limitaron a reír, al contemplar cómo Mahmet cometía su hurto.

Mahmet vendió su botín, antes del mediodía, por setenta denarios (la cámara eraun buen aparato alemán), con lo cual se sintió un poco mejor. Con esta suma, añadida a los denarios anteriormente atesorados por Mahmet, que llevaba consigo en una bolsa cosida en una manta, ahora ya poseía casi quinientos denarios.

Podía comprar otro camello, aunque no tan bueno como Djemal, que le había costado cuatrocientos denarios. Y aún le quedaría lo suficiente para hacer un primer pago, a cuenta de la casita que quería comprar. La temporada de turismo no había terminado aún, y Mahmet necesitaba un camello para ganar dinero, ya que el oficio de camellero era el único que conocía.

Entretanto, Djemal había ido a parar a buenas manos. Lo había comprado un hombre pobre pero decente, llamado Chak, para añadirlo a los tres con que ya contaba. Principalmente, Chak se dedicaba a transportar limones y naranjas con sus camellos, pero durante la temporada turística también ofrecía paseos en camello. A Chak le encantaba la gracia y la buena voluntad con que Djemal trataba a los turistas.

Y además, debido a su altura, siempre era el. camello preferido por aquellos turistas que querían contemplar el «.panorama.Djemal ya se había curado la paletilla herida, iba bien alimentado, no trabajaba en exceso, y estaba muy contento con su manera de vivir y de su amo.

Sus recuerdos de Mahmet iban borrándose, debido a que nunca le veía, ya que Elu-Bana tenía muchos caminos, tanto de entrada como de salida. A menudo Djemal trabajaba amillas de distancia, y la casa de Chak se encontraba un poco lejos de la ciudad. En ella, Djemal dormía en compañía de los otros camellos, en un cobertizo, cerca de la casa en que Chak vivía con su familia.

A principios de otoño, un día, en que el tiempo era un poquito más fresco y en que la mayoría de los turistas se habían ido, llegó al olfato de Djemal el peculiar hedor que desprendía Mahmet. En aquellos momentos, Djemal estaba entrando en el mercado de fruta de Elu-Bana, con un pesado cargamento de pomelos. Grandes camiones estaban siendo cargados con pesadas cajas de pomelos y de piñas, y allí había mucho ruido, con conversaciones y gritos de los trabajadores, y los transistores difundiendo diferentes programas a todo volumen.

Djemal no vio a Mahmet, pero los pelos del cuello se le erizaron un poco, y temió recibir un golpe. Obedeciendo las órdenes de Chak, Djemal se arrodilló, y le quitaron la carga que llevaba a uno y otro costado.

Entonces vio a Mahmet ante él, a la distancia de un largo de camello. Mahmet también vio a Djemal, se quedó mirándolo durante uno o dos segundos, para tener lacerteza de que realmente se trataba de Djemal, y acto seguido, Mahmet pegó un salto,retrocedió y se metió unos cuantos billetes en algún lugar de su chilaba.

Otro camellero, indicando con el pulgar a Djemal, dijo a Mahmet:-Este es el camello que tenías antes, ¿verdad? ¿Todavía le tienes miedo,Mahmet?-¡Jamás le he tenido miedo! -replicó Mahmet.-¡Ja, ja!

Dos camelleros más se unieron a la conversación. Djemal observó a Mahmet,mientras éste se estremecía, encogía los hombros y no dejaba de hablar. Djemal le olía muy bien ahora, y su odio se despertó de nuevo, en toda su pujanza, y se acercó a Mahmet.

Un camellero con turbante, que había bebido demasiado vino, dijo riendo:-¡Ja, ja …! ¡Ten cuidado, Mahmet! Mahmet retrocedió.Djemal siguió adelante. Siguió caminando, a pesar de que oyó la voz de Chak llamándolo. Luego, Djemal inició el trote, en el instante en que Mahmet se escondía detrás de un camión.

Cuando Djemal llegó al camión, Mahmet echó a correr velozmente hacia una casita, especie de cobijo para camelleros.Ante el horror de Mahmet, resultó que la puerta de la casita estaba cerrada con llave. Corrió a ocultarse detrás de la casita.

Djemal fue tras de él, y con sus dientes atrapó a Mahmet por la chilaba y por parte de su espinazo. Mahmet cayó al suelo, y Djemal le pateó y le pateó, en lacabeza.

-¡Mirad! ¡Una pelea entre un hombre y un camello!

-¡Este hijo de mala madre se lo merece! -gritó alguien.

Diez o doce hombres y, después, veinte se congregaron para contemplar el espectáculo, riendo, y esperando, al principio, que alguien interviniera y pusiera fin aaquello, pero nadie lo hizo.

Contrariamente, alguien hizo pasar de mano en mano una jarra de vino.Mahmet chillaba.

Djemal pateó con fuerza la parte media de la espalda de Mahmet. Entonces todo se acabó. Por lo menos, Mahmet se quedó quieto, muy quieto.

Djemal, reuniendo valor para llevar a cabo su propósito, mordió la desnuda pantorrilla izquierda de Mahmet.La multitud rugió.

 Los que la formaban estaban a salvo, ya que el camello no ibaa atacarlos a ellos, sino que atacaba a un hombre al que detestaban, a Mahmet, que no sólo era tacaño sino absolutamente deshonesto, incluso con personas a las que él inducía a creer que era su amigo.

-¡Qué camello! ¿Cómo se llama?

-¡Djemal! ¡Ja, ja!

Alguien repitió, como si todos no lo supieran:-Hasta hace poco era el camello de Mahmet.

-¡Djemal! ¡Basta, Djemal! -intervino por fin Chak.

-¡Que Djemal nos vengue! -chilló alguien.

-¡Esto es terrible! -gritó Chak.

Los hombres rodearon a Chak, diciéndole que aquello no era terrible, y diciéndole que ellos se encargarían de ocultar el cadáver en algún lugar. No, no, no,no había necesidad alguna de llamar a la policía.

¡Era absurdo! ¡Toma un poco de vino, Chak!

Incluso unos cuantos conductores de camión se habían unido al grupo,sonriendo siniestramente divertidos por lo que había ocurrido detrás del barracón.Djemal, ahora con la cabeza alta, había comenzado a calmarse. Juntamente con el hedor propio de Mahmet, también olía a sangre. Altanero, Djemal pasó por encimade su víctima, alzando cuidadosamente las patas, y acudió al lado de su amo, Chak,que todavía estaba nervioso.

Chak decía:-No, no…Debido a que los hombres, todos ellos un poco borrachos, le ofrecían setecientos denarios y más, por Djemal.

 Lo ocurrido había dejado a Chak estremecido, y, al mismo tiempo, orgulloso de Djemal, de quien no se hubiera desprendido, en aquellos momentos, ni por mil denarios.

Djemal sonreía.

Levantó la cabeza, y miró fríamente, con sus ojos de largas pestañas, hacia el horizonte. Los hombres le acariciaban los costados, las paletillas. Mahmet estaba muerto. La ira de Djemal, como un veneno, ya no corría junto con su sangre. Djemal siguió a Chak, sinque éste cogiera las riendas, cuando Chak se alejó, mirando hacia atrás y llamando aDjemal por su nombre.

FUENTE: Scribd.com

***

LOS ASESINATOS DEL LIGUERO.

 

Eso del «liguero» suena picantito ¿ein?, well, well, well, pues……..ADELANTE, ADELANTE, ECOUTEZ.

Je jee jeee jeeee jeeeeeee……

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EL ESPEJO DE MATSUYAMA.

 

En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos con su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital y, después de u…na larga tiempo, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y escuchó lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

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OCHO PATAS.

 

Descripción: relatos de terror de teo rodriguez del programa de milenio 3.

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RELATOS: » EN LA LINEA DE FUEGO «

Cuando el Teniente Daekan recorre las calles de la devastada y confusa 4ta Metrópolis, un descorazonador escalofrío recorre su cuerpo. Las cosas han cambiado mucho en los últimos 200 años, y desde su tercer nacimiento en 3036, a Daekan le ha tocado vivir ya muchos de esos años, demasiados piensa.

Las morfosis experimentadas y los miles de viajes ínter temporales en su espalda le han reservado un extraordinariamente largo e interminable ciclo de extravida, como suelen llamarlo los científicos ahora. Sus días pueden resumirse en pocas palabras, mas la cantidad de tiempo abarcado es indescriptible, pues cada salto en los portales exeter ínter espaciales de la colonia hacia universos lejanos supone para él sólo un par de horas en la rutina, pero varios años terrestres para el resto de los mortales. Un sin fin de años, sin embargo, no hacen una vida plena, lo ha aprendido Daekan, y al caminar por las calles esta noche se le hace cada vez más presente este hecho.

A su alrededor puede observar todas las consecuencias de la serie de ataques nucleares que vivió esta tierra, si así pudiéramos llamarla, durante las guerras cybertecnológicas de hace 200 años, no sólo la aniquilación casi completa de quienes habitaron alguna vez las colonias terrestres de esta luna artificial, que orbita los restos del alguna vez llamado Planeta Tierra, sino además los efectos visibles en quienes sobrevivieron como él, luego de años de lucha y peor aún, en las generaciones posteriores, frutos de la contaminación radiactiva.

Aunque las sociedades poco a poco vuelven a aflorar y enriquecerse, el caos anterior ha sido suplantado por algo parecido a un sistema urbano, en donde las pandillas de niños asesinos deambulan por cada rincón y callejuela aún existente. Es por eso que el Teniente Daekan necesita hacer sus rondas cada noche, pues son estas las horas en que despiertan los ejecutores, violadores y asesinos con los que suele toparse en su caminar.

Poco queda por proteger, y de eso poco desea ser protegido, ya que esta vida no resulta ser un asunto de gran importancia para los hijos del efecto post nuclear. Todo ahora es distinto, hace mucho que murieron las enfermedades que conocíamos y para las cuales estábamos más o menos preparados, las epidemias de hoy son mucho más crueles y del todo mortales, las grandes corporaciones farmacéuticas sobrevivientes al desplome financiero de 3015 han desaparecido como fuentes de cura, sus fármacos obsoletos fueron cambiados por los increíbles modificadores de Nanogenomas, que han intentado inhibir la incalculable taza de deformidades congénitas, en lo que apenas, se puede definir como raza humana. Esa raza para la cual trabaja Daekan, y a la que hace mucho dejó de pertenecer. Sus implantes de Cyborg regeneradores musculares, las cámaras de alta definición inyectadas a sus globos oculares, su nuevo sistema circulatorio reforzado con un nuevo corazón de alto rendimiento, su nueva piel, resistente a radiaciones e impactos, su cerebro mejorado en el laboratorio del ejercito y estimulado por los, aun en estudio, implantes neuro aceleradores de lo que primitivamente se conocía como cobre.

Poco queda del hombre llamado Daekan. Su conciencia es lo único 100% humano que le va quedando, y eso es lo que más le asusta, pues ¿quién se puede fiar de la conciencia humana?.

Una noche más de inspección es todo lo que queda por afrontar, su paso seguro, su vista aguda, son unas de las tantas ventajas con que cuenta al controlar el vandalismo imperante. A unos metros observa a las cada vez más pequeñas prostitutas que se le aparece en cada segundo de ronda, no menos violentas que las bandas de niños. Esa es su forma de obtener unos pocos bonos de canje por alguna ración de comida o un galón de agua, elementos escasos y valiosos en este lugar, mucho más valiosos que el sexo o las drogas, estimulantes que en este nuevo mundo carecen de sentido. Los nuevos animales surgidos en las alcantarillas sucias y rojas, híbridos salvajes, portadores de las nuevas infecciones que terminan de consumir lo poco que queda de vida ahora en la otrora más fructífera colonia extraterrena, esas bestias no lo atemorizan.

Fue cuando las máquinas adoptaron conciencia humana, cuando las nuevas y sofisticadas inteligencias artificiales hicieron propios sentimientos de hombre, ahí fue cuando su orgullo y ambición las llevó a volverse en nuestra contra, eso piensa Daekan, la humanidad adoptada por las IA, la humanidad lo hunde todo.

Para soportar las largas horas de patrullaje, activa en sus impulsores auditivos nervio adaptados, un poco de esa primitiva poesía de la tierra antigua, música le llamaban, según sabe, los habitantes de aquel periodo pasado. Y es lo que lo lleva a confusión, El Teniente Daekan no comprende cómo, cómo una raza poseedora de semejante belleza, pudo destruir todo aquello que los mantenía libres de su propia bajeza.

Pero la noche ha sido tranquila, su bastón protoagresor permanece inofensivo en la funda de su cinto y en su fase no mortal, tal vez esta noche no sea necesario usarlo en su forma asesina.

Las pequeñas y contaminadas rameras de la calle no suponen mayores ofensas para sus ojos, y extrañamente las pandillas de niños poco trabajo le han ocasionado en los últimos días. Sólo es su conciencia la que lo perjudica drásticamente a cada paso, ¿podría ayudar a esta gente?, poco importa, la contaminación nuclear aun los va matando lentamente, y El Teniente Daekan sabe que nada puede hacer.

Cuando el soldado raso Daekan despertó de aquella pesadilla por el brillo del sol en su ventana, una sensación de angustia amenazaba con apoderarse de su cuerpo, mucho hacía que no soñaba con un nivel tan claro de realeza, podía sentir en su cabeza aun, el hedor de las calles moribundas. Cuando el soldado raso Daekan decidió observar aquella mañana desde su ventana el brillo del sol, un terror inmenso se apoderó de su persona, mientras a lo lejos, en donde debía estar el sol, un gran hongo negro y ensordecedor se elevaba por los cielos, cegando con su luz devastadora todo el paisaje de lo que hasta ahora era su amada tierra.

AUTOR: Revolver

FUENTE: Rosavientos.es

EL VAMPIRO. UNA BROMA MACABRA.

 

Descripción: El vampiro, broma macabra

Estupenda narración del ya mítico programa Luna de Medianoche del añorado Chicho Ibañez Serrador, una broma que puede salir mal y convertirse en una verdadera pesadilla para los que la han protagonizado.

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