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AUTOR: Incubus
LA LIBERTAD, SI NO ES INDIVIDUAL, NO ES LIBERTAD. Politicamente MUY incorrecto.
Etiqueta: RELATOS
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AUTOR: Incubus
No solo era un San Valentín más, apenas hace un día nos habíamos reconciliado de la pelea que tuvimos el 8 de febrero, ni bien despertaste me deseaste feliz día, sonreí mientras pensaba que era una tontera estar saludando por algo tan irrelevante cuando hacía solo 2 semanas que no quisiste decir nada el día de nuestro aniversario.
– Bien – pensé- tratemos de llevar la fiesta en paz, solos tu y yo, pero si me lastimas como en ti ya es costumbre ahora si te vas a enterar…
El día transcurrió tranquilo, me prometiste un regalo, salimos juntos como una familia normal, luego de cenar me comprarías el regalo, de alguna manera la ilusión que sentí con esa promesa me daba esperanzas de ser mejor y tener un buen día… pero como siempre…
– Hola ¿qué tal? – ahí estaba tu amigo y jefe con su familia, sonriendo de oreja a oreja y augurando que mi día terminaría arruinado por completo
– Bien, ahora veremos como actúa, si sigue solo con nosotros o se pone a andar de arriba abajo con su amiguito
Hice al mal tiempo buena cara, pero para mi decepción sucedió lo de siempre también, preferías a tu amiguito por encima de tu familia y lo peor es que teníamos que alojarlo en casa; tuve que aguantarme la molestia, aunque tú sabes bien que no soporto a ese pata y que tenerlo cerca me crispa los nervios.
Llego la noche y otro amigo más se unió, hicieron planes para salir a pasear, bailar, el karaoke, estuve de acuerdo en un principio, pero las horas pasaban y ustedes seguían hablando como cotorras, mi frustración aumento ya que ni siquiera tuviste la amabilidad de comprarme el regalo prometido…. Abreviando decidí no ir contigo, mi cólera ya estaba creciendo, era mejor quedarme a cuidar del bebe, con la esperanza de que no regresaras muy tarde… vanas esperanzas.
Me entretuve una hora leyendo relatos de esta página, algunos eran realmente tenebrosos, a media noche decidí dormir de una vez, él bebe ya hace horas que descansaba, me acurruque a su lado y cerré los ojos, cuando los abrí mire la hora las 2 am… ¿dónde diablos estabas que no venias hasta ahora? El insomnio se apodero de mí, y no fue solo eso, mis manos cuyas unas no había cortado hace unos días se sentían como con vida propia, unas afiladas y largas, sentía al bebe durmiendo pasivamente a mi lado, y las ansias de lastimar a mi hijo crecían, tuve que respirar y contenerme, la pobre criatura no me había hecho ningún daño.
Las horas siguieron pasando, a las 3 am te mande un mensaje al celular y solo contestaste que ya se venían.
Así como pasaban las horas aumentaba mi cólera, mi odio por ti crecía hasta el punto de verme dominada y querer maltratar al ser que más querías, nuestro hijo… no pude resistirlo mis manos cobraron vida propia, empecé por hacerle suaves arañazos en el cuerpecito el nene no despertaba, lo cual hacia que mi cólera aumentara, quería que despertara, gritase, llorase y supiera que era maltratado; mire su cuellito, que frágil! si lo apretaba un solo momento sería capaz de asfixiarlo, como disfrutaba pensando en el dolor que sentirías al volver y ver ese cuerpecito en un charco de sangre, sin una gota de vida… mi corazón se henchía de gozo al imaginar tu sufrimiento, mi ojos miraban enloquecidos de fiebre, odio, venganza…
Al fin llegaste, eran las 4 am, abriste la puerta esperando no hacer ruido para no despertarnos, mi espera fue recompensada al ver tus ojos desorbitarse mientras mirabas el charco rojo de las sabanas, de alguna manera adivinabas lo que había sucedido, me miraste con odio, yo solo sonreí, una sonrisa felina y macabra “que esperas, lánzate sobre mí, lucha!” tenía tantas ganas de lanzarme hacia ti, arañar, morder, destruir, desfogar en ti mi odio, hacer de este un San Valentín Sangriento… lo hice cual fiera me abalance a tu rostro, era inmenso el placer que sentía al desgarrar tu carne, destrozar tu rostro, sabía que eras fuerte, pero mi fuerza se veía incrementada por algo maligno, aun así me agotaba, podía perder en cualquier momento, tome tu cabeza tratando de golpearla contra algo, lo conseguí te golpee una y otra vez contra el borde de la mesita de noche, tu cabeza sonaba con cada golpe y mi ansias de sangre crecían…
Desperté… estabas acurrucado a mi lado durmiendo plácidamente, al otro lado se encontraba nuestro bebe también dormido… ya era 15 de febrero y mi San Valentín sangriento fue solo un sueño…
Aleksei Raidenovich tomó de nuevo asiento en la silla estando colocados cada uno de los electrodos en su cráneo. Se encontraba sumergido en una de las más costosas investigaciones científicas del mundo, y hoy se consumarían los esfuerzos suyos y de muchos otros. La meta del proyecto era abrir la mente del ser humano y permitirle percibir las dimensiones espaciales que están por sobre las tres primeras.
El resultado todavía era un punto de consternación, pero se sospechaba que, de ser exitoso, un individuo sería capaz de estudiar todos los posibles universos que podrían crearse partiendo de sus propias acciones, y escoger el que desease seguir. Un hombre en el que cada una de sus acciones sería perfecta pues ya habría previsto los resultados.
Aleksei, joven y persistente, se anotó de inmediato a la oportunidad. Apenas en sus 20 y brillante en el campo de la mecánica cuántica, estaba saboreando la dicha de aplicar las facetas teóricas de su obra a un medio físico. Hizo un ademán de inicio a los técnicos tras el vidrio de seguridad, y activaron la primera fase de la máquina. Dijo Aleksei a través del micrófono:
—Si he visto más allá que otros, es porque he puesto pie sobre el hombro de los gigantes. —El remedo era la más grande forma de alago, pensó con una sonrisa.
La silla se reclinó hacia atrás quedando a manera de una mesa y una gran cúpula bajó rotando hasta cubrirle la totalidad de su cuerpo. Tenía revestida una compleja estructura cristalina en el interior. Aleksei se concentró en las facetas del cristal y pronto notó cómo empezaba a mutar, variando en formas que su mente no podía procesar.
Su vista fue bruscamente empañada con destellos de luz y su cuerpo convulsionó de forma violenta. Al leer sus signos vitales en la sala de control, los ingenieros enseguida detuvieron la operación. Un médico se apresuró a revisar a Aleksei, y estaba contento de sentir un débil, pero constante latido.
Un par de minutos después Aleksei volvió en sí. Miró al médico y se sobresaltó al notar dónde estaba.
—¿Qué pasó? No siento nada diferente…
El médico sonrió y le dio unas palmadas en el hombro.
—Cualquier aterrizaje del que puedes salir caminando, es un buen aterrizaje, ¿no?
Se volteó para regresar a la sala de control, enredó su tobillo entre los cables esparcidos por el suelo, tropezó y estampó su frente en la esquina de la mesa. Su cabeza se torció en un ángulo repulsivo…
De nuevo
Se volteó para regresar a la sala de control, enredó su tobillo entre los cables esparcidos por el suelo, tropezó y en un ágil movimiento fue tomado desde atrás por Aleksei, deteniéndolo a centímetros de la esquina de la mesa.
Aleksei vomitó y colapsó, sus manos temblaban. Se dio cuenta de que había percibido dos universos y activamente seleccionado el que deseaba. Sonrió al médico.
—¡Lo hice!, puedo verlos…, ¡puedo verlos todos…!
Su rostro palideció.
Ahora vio dos más universos, tan diferentes y vívidos como los anteriores. Sucesivamente, un tercero, cuarto y quinto irrumpieron en su mente. Veía todas las alternativas posibles. Su mente empezó a agrietarse.
Aleksei tomó al médico y en un acto de furia innatural hundió sus pulgares en los ojos del hombre…
De nuevo
Aleksei desvío su mirada al techo y comenzó a gritar de sobremanera, rehusándose a parar aún cuando burbujas de sangre escurrieron por el borde de su boca…
De nuevo
Aleksei tomó como soporte la pata de la mesa y con vigor cabeceó la esquina de la misma, consiguiendo fracturar su cráneo para el cuarto golpe…
De nuevo
Aleksei se sentó en el piso experimentando todos los potenciales males de los que era físicamente capaz. Su cuerpo se sacudía y sollozaba despavorido. Jaló de la corbata al médico quedando cara a cara con él.
—¡Demasiado!, ¡es demasiado! —gritó.
Sus ojos quedaron en blanco, tornándose amarillos y marchitos en cuestión de segundos, a un tiempo que su cabello era despojado de color. Aleksei, en sus últimos momentos, se hizo consciente de una magnitud de universos cayendo sobre él y tenía que pasar por cada uno de ellos. Su agarre desistió y su mente se perdió en el abismo.
De nuevo

Una fría y brumosa mañana de otoño (era 31 de octubre, concretamente), el Bar de Manolo sólo tenía tres clientes. Dos de ellos compartían una mesa y charlaban animadamente; el tercero hojeaba desmayadamente un periódico en la barra del local, indiferente al café que se enfriaba dentro de una taza olvidada. Los dos primeros eran personas bien conocidas en la ciudad: el canónigo don Cesáreo y su viejo amigo Luis Meiriño, inspector de la Policía Nacional. El tercero era un perfecto desconocido.
Don Cesáreo y el inspector Meiriño eran buenos amigos desde la infancia y se lo pasaban en grande juntos, pese a sus notables divergencias ideológicas: el bueno del cura era considerado un hombre medieval incluso por sus propios camaradas, mientras que el inspector se jactaba de ser un hombre “de mente abierta”, esto es, un progresista escéptico. El tema de aquella conversación, inusitadamente, no tenía nada que ver con el fútbol ni con la política, sino con unos extraños y terroríficos sucesos que habían conmocionado a la ciudad un par de días antes. Como consecuencia de tales hechos, una profesora del instituto había perdido la vida y una de sus alumnas había desaparecido en circunstancias tan misteriosas como inquietantes. El inspector Meiriño se había visto obligado a confesar que las autoridades se hallaban completamente desconcertadas y el sacerdote don Cesáreo no dudó en aprovecharse de ello para llevar el asunto a su propio terreno:
-¡Te digo que esto sólo puede ser obra del Diablo!
Meiriño frunció el ceño y dijo a su vez:
-¡El Diablo! ¡Menuda estupidez! Ese es otro cuento que os habéis inventado los curas para manipular los miedos infantiles de los tontos.
El sacerdote, envalentonado por cierta sombra de inseguridad que creyó advertir en la mirada de su interlocutor, ya que no en sus palabras, recogió el guante y respondió:
-Pues si lo hemos inventado nosotros, como tú dices, habrá muchos que podrían denunciarnos por plagio. Todas las culturas que han existido a lo largo de la Historia reconocieron la existencia del Maligno.
-¡Eso es mentira! En las mitologías de los antiguos paganos no se mencionaba al Diablo para nada.
-¡Sólo faltaría! Aquellos paganos tenían dioses que exigían sacrificios humanos para garantizar la fertilidad de las cosechas. Con dioses como esos, ¿quién necesita diablos? ¡Las divinidades del paganismo eran demonios disfrazados!
-¿Y los primeros judíos? Como supongo que sabrás tú mejor que yo, en los primeros libros de la Biblia nunca se menciona al Diablo, lo cual quiere decir que los patriarcas de Israel no creían en él.
-O quizás creían tanto en él y le tenían tanto miedo que ni siquiera se atrevían a mencionarlo. Y también podían referirse a él dándole los nombres de los dioses paganos adorados en la tierra de Canaán: Baal, Moloch, Astarté, Dagón, Lilit…
-¡Ya, lo que tú digas! Pero el que los paletos del mundo antiguo creyeran en el Diablo no demuestra nada. En nuestros tiempos esas tonterías ya no le importan a casi nadie, sólo a esos niños de papá aburridos que juegan al satanismo cuando se les estropea la consola.
-Si me permiten intervenir en su conversación, señores, creo que eso último no es del todo cierto.
El que había pronunciado la última frase había sido el misterioso tercer cliente, el desconocido que apoyaba sus codos y hojeaba la prensa sobre la barra del bar, sin acordarse para nada del café que había pedido. Era este un hombre que aparentaba unos cuarenta años, de cuerpo enjuto y facciones angulosas. Se le podría llamar apropiadamente el Hombre Gris, pues todo en él -su traje, su piel, su cabello, sus pupilas, incluso la expresión melancólica de su rostro- sugería las tonalidades tristes y grisáceas del cielo otoñal. Su voz era serena y agradable, aunque a veces presentaba una sonoridad extraña, vagamente turbadora. Habló así:
-El satanismo, al igual que la santidad, puede falsificarse, pero su verdadera esencia es algo terrible. Y nadie puede poner en duda su existencia. Brujería y religión han marchado juntas a lo largo de los siglos, como dos hermanas siamesas, mal avenidas pero no por ello menos inseparables. Una y otra son el anverso y el reverso de la misma moneda, o, dicho de otra forma, una es la imagen de la otra, pero al revés, como reflejada en un espejo.
El cura habló tímidamente:
-Bien… puede que usted tenga razón en lo que dice. Tal vez el Mal absoluto sea una inversión del Bien supremo. Dice la Biblia que en este mundo, dominado por las fuerzas del Mal, lo vemos todo al revés, como en un espejo, mientras que en el Reino de los Cielos veremos las cosas como son realmente. Por otra parte… ¿no fueron el pecado de Adán y la impureza de Eva reflejos perversos del sacrificio de Cristo y de la virginidad de María?
Bufó el policía:
-¡Ay, por favor, basta de misticismos! Yo soy agente de policía y me gusta hablar de cosas concretas. Con los misterios de este mundo ya tengo bastante.
Entonces volvió a tomar la palabra el tercer cliente:
-¿Los misterios de este mundo? ¿Podría, entonces, hablarnos de los casos que está investigando la policía de esta ciudad? Según el periódico, aquí han pasado últimamente cosas bastante extrañas. Aunque, siendo este un diario de difusión nacional, no da muchos detalles al respecto. Le agradecería mucho, inspector, que me contara lo que sepa sobre este asunto… sin revelar nada confidencial, por supuesto.
-Bueno, dado que el asunto ya ha saltado a los medios de comunicación, creo que no faltaré a la ética profesional si le hago un resumen de sucedido, dejando aparte ciertos detalles que deben permanecer en secreto mientras dure la investigación.
La historia narrada por el inspector era tan inverosímil y rocambolesca que resultaba difícil de creer. Sin embargo, su punto de partida había sido una situación totalmente normal. El profesor de Música del instituto había cogido una baja de varios meses por razones médicas, siendo sustituido por una interina de nombre Eliana Ferreiro. Esta era una joven muy atractiva y de aspecto agradable, que, según sus propias palabras, procedía de otra provincia y había alquilado un apartamento en las afueras de la ciudad.
Nada más llegar al instituto, se ganó a sus compañeros y alumnos con su belleza y su simpatía, que eran realmente irresistibles. Una vez en clase, se mostró muy cordial con los niños, a los que les hizo muchas preguntas relativas a su vida personal, mostrándose especialmente curiosa en lo relativo a las fechas de sus cumpleaños. Y también propuso retomar aquella misma tarde los ensayos para las actuaciones musicales del festival de Navidad (dichos ensayos se realizaban en el aula de Música y a ellos asistían varias niñas de 3º de ESO). Quedaron para ensayar a las cuatro de la tarde, pero, como es normal en tales casos, las alumnas fueron llegando de forma escalonada, apareciendo algunas alumnas a la hora en punto y otras con bastantes minutos de retraso. A medida que las chavalas llegaban al instituto, Eliana (que era mucho más fuerte de lo que parecía) las fue cogiendo una por una. Cuando las hubo atrapado a todas, las escondió en el aula de Música, bien atadas y amordazadas.
Finalmente, aquella extraña mujer se fue del instituto, llevándose consigo a una niña de trece años llamada Paula Carballiño y dejando allí a las demás. No se sabe bien cómo pudo salir del centro con su prisionera sin llamar la atención de nadie, pero lo cierto es que lo consiguió, de modo que nadie se enteró de lo que había pasado hasta una hora después, cuando una limpiadora escuchó los gemidos de las demás niñas y las liberó.
Alertada rápidamente la Policía, varios agentes fueron al apartamento que Eliana decía haber alquilado. No esperaban hallarla allí, pero lo cierto es que sí la hallaron… muerta.
Había sido brutalmente asesinada (el inspector Meiriño no quiso entrar en detalles al respecto) y, según el forense, llevaba al menos un par de días muerta. Por tanto, la hermosa joven que había aparecido en el instituto diciendo ser la profesora Ferreiro no había sido otra cosa que una impostora. Esta, sin duda, no sólo había raptado a Paula, sino que además había sido la autora material del asesinato de la verdadera profesora, aunque tanto los móviles de dichos crímenes como el paradero de la niña seguían siendo misterios impenetrables para la Policía. Todo parecía indicar que aquella misteriosa mujer estaba loca, pero el inspector Meiriño terminó la relación de los hechos reconociendo que se hallaba completamente desconcertado por el asunto.
Tras escuchar la historia del rapto, el desconocido, que hasta entonces había permanecido en silencio, escuchando atentamente las palabras del policía, tomó de nuevo la palabra:
-La niña desaparecida tenía trece años, ¿no?
-En efecto. Y mañana, si la pobre sigue viva, tendrá catorce. Su cumpleaños es precisamente el 1 de noviembre.
-¡Así que la desaparecida cumple años precisamente el día de Todos los Santos! Es decir, en una fecha consagrada a las fuerzas oscuras desde tiempos inmemoriales, lo cual resulta… muy interesante.
-¡Lo será para usted! A mí eso no me dice nada.
-Oiga, una pregunta. ¿Cuándo examinaron el cuerpo de la víctima mortal…?
-Disculpe, pero me temo que no podré decirle nada más sobre este asunto hasta que la investigación haya finalizado.
-Lo comprendo, pero sólo quiero hacerle una pregunta muy sencilla. ¿No vieron en la garganta de la profesora dos pequeñas heridas circulares de color violeta?
El inspector Meiriño se levantó bruscamente, como impulsado por un resorte, y su voz se alzó furiosa, mientras observaba a su misterioso interlocutor como si este se hubiera convertido de repente en un demonio cornudo con alas de murciélago:
-¿Cómo sabe usted eso? ¡No lo ha publicado ningún medio de comunicación, ese es un dato confidencial! ¿Quién coño es usted? ¿De dónde ha salido y para qué ha venido a esta ciudad? Y, sobre todo, ¿qué es lo que sabe realmente?
-Perdone, inspector, pero no voy a contestarle. Si la policía tiene sus secretos, yo también tengo los míos. Y ahora, si me disculpan, debo irme.
-¡De eso nada! Le ordeno que se quede quieto y que responda a mis preguntas. Si no obedece, me veré obligado a…
El desconocido, indiferente a las amenazas del inspector, se limitó a encaminarse pausadamente hacia la puerta del bar y a salir a la calle con la mayor tranquilidad del mundo. Meiriño se quedó quieto y callado durante unos segundos, pasmado ante la osadía de aquel sujeto enigmático. Pero recuperó pronto su ímpetu habitual y salió corriendo del local, con la mano derecha en el bolsillo donde llevaba su pistola de reglamento. Sin embargo, una vez que llegó a la calle vio que el Hombre Gris se había desvanecido completamente, como si su cuerpo se hubiera disuelto en la niebla. El inspector volvió a su mesa, temblando de ira y frustración. Don Cesáreo, que aún no había sido capaz de asumir el giro tomado por el asunto, se limitó a escuchar en silencio cómo su amigo murmuraba con mal contenida cólera:
-¡Ha desaparecido como si se lo hubieran llevado los marcianos! ¡No, si aún vas a tener razón tú con eso del Diablo! Quizás, después de todo, el Diablo exista… y, en ese caso, no me sorprendería demasiado saber que se ha pasado los últimos minutos en este bar, leyendo la prensa y charlando con nosotros.
Pero el inspector se equivocaba. El Hombre Gris no era el Diablo. Aunque quizás sí tuviera algo que ver con él.
Los días de otoño son breves. Ya faltaba poco para el atardecer cuando el Hombre Gris se encontró frente a una vieja ermita, que se levantaba en la cima de un monte situado a varios kilómetros de la ciudad. Un angosto sendero de tierra era la única vía de acceso a aquel pobre santuario, que apenas recibía visitantes, dejando aparte a los murciélagos que moraban en su tenebroso interior. Aunque la construcción era obra del siglo XVII, se habían aprovechado los cimientos de un edificio románico anterior, levantado en los primeros siglos de la Edad Media. No había más edificios por los alrededores, sólo brezos y alguna sombría arboleda azotada por el frío viento otoñal.
El Hombre Gris se paró a pensar, mientras numerosos murciélagos revoloteaban en torno a los desvencijados muros del santuario, tan indiferentes como él mismo al frío y a la oscuridad crecientes. Tras unos segundos de cavilación, se dijo:
-Es sabido que las ermitas medievales solían construirse en lugares donde antiguamente se celebraban cultos paganos. Así pues, este será un buen lugar para comenzar mi búsqueda… y también para terminarla.
Tras derribar, sin aparente esfuerzo, las tablas podridas que cubrían la entrada de la ermita, el Hombre Gris penetró en el tenebroso interior de la misma. El sol ya se había ocultado tras las montañas y ninguna luz podía atenuar la oscuridad imperante. Pero eso a él no le importaba. Estaba sobradamente acostumbrado a las tinieblas.
Sus ojos pudieron distinguir sobre una de las losas de granito que cubrían el suelo varias palabras latinas, casi borradas por el paso del tiempo: IS. XXXIV XIV, IBI CUBAVIT LAMIA, “aquí habitará la lamia”. El Hombre Gris sonrió torvamente. Estaba empezando a ver el asunto muy claro… y también muy oscuro, en cierto sentido del término.
Haciendo uso de una fuerza hercúlea que nadie hubiera imaginado en un cuerpo tan enjuto como el suyo, el Hombre Gris levantó la losa, poniendo al descubierto un pozo o agujero de profundidad indefinida.
-Ahora toca hacer un viajecito al Infierno. A estas alturas ya debería estar acostumbrado.
El Hombre Gris se dejó caer por el agujero y fue a parar a una especie de conducto subterráneo, de paredes rocosas y suelo fangoso. Se enderezó rápidamente y sus finos oídos captaron los movimientos furtivos de ciertas criaturas repulsivas, que huían a sus madrigueras asustadas por el ruido de la caída. Al Hombre Gris no le interesaba esperar a que tales anfitriones volvieran para darle la bienvenida, así que empezó a caminar, chapoteando en el fango y, a veces, aplastando con sus pisadas algo que crujía como si estuviera hecho de hueso. Fue una larga caminata por las entrañas de la tierra, descendiendo, siempre descendiendo, algunas veces en línea recta y otras en zigzag, pero siempre en medio de una oscuridad absoluta. Sin embargo, el Hombre Gris sabía muy bien adónde iba y no necesitaba la luz para llegar a su destino.
Pasó mucho tiempo, quizás horas enteras. Fuera, en el mundo exterior, ya sería noche cerrada. El Hombre Gris apuró su paso. Tenía que llegar a su destino antes de la medianoche. Y lo consiguió, en efecto.
Vio a lo lejos un resplandor mortecino, que atenuaba la oscuridad con unos destellos lívidos, casi espectrales. Dirigió sus pasos hacia aquella luz fantasmal, procurando no hacer demasiado ruido al caminar. Pronto se vio en lo que parecía una ancha cripta subterránea, iluminada por unas llamas pálidas y fétidas, vomitadas por seis pozos, que parecían (o eran) las puertas del Infierno.
En un punto equidistante de los seis pozos, y sentada sobre un montón de paja, se encontraba Paula Carballiño, atada y amordazada. Paula era una muchachita de pelo castaño y ojos marrones, guapa, esbelta y ligeramente alta para su edad. Sin duda estaba muy asustada, pero físicamente parecía hallarse en buen estado. El Hombre Gris se acercó a ella, la acarició suavemente e intentó tranquilizarla con palabras teñidas de sincera dulzura, pero no la desató ni le quitó la mordaza. Aún no había llegado el momento. Antes tendría que hacer otras cosas.
-Así que has venido, Vladimir. Sabía que andabas por estos lugares, pero la verdad es que no te esperaba. Ignoraba que compartieras mi debilidad por las niñas.
El Hombre Gris no se sobresaltó cuando esas palabras hirieron sus oídos. Se sabía observado desde que había llegado a la cripta. Examinó a su interlocutora, que era una mujer de belleza casi irresistible. La marmórea blancura de su piel contrastaba con la ardiente rojez de sus labios voluptuosos. Una melena de pelo negro como el azabache coronaba la perversa hermosura de su rostro, en el que ardían dos fascinantes ojos esmeraldinos. A pesar del frío imperante en aquellos húmedos infiernos subterráneos, sólo un fino peplo de seda negra cubría su cuerpo, dejando adivinar la sensual perfección de sus formas. En cuanto a su voz, era al mismo tiempo dulce y siniestra, lánguida y mareante, como aquellos perfumes empleados en las viejas tumbas orientales para disimular el hedor de la putrefacción. El Hombre Gris habló, con gélida serenidad:
-Me complace comprobar que después de tantos años todavía puedes reconocer mi rostro, hermosa Lilit, princesa de los vampiros.
-Aunque hubiera olvidado tus rasgos, podría adivinar tu identidad en la serenidad que demuestras. Sólo alguien tan maligno como yo podría contemplarme sin estremecerse.
-Creo ser un poco menos maligno que tú… a pesar de todo.
-¡No me hagas reír! ¿Acaso pretendes renegar ahora de tu pasado? ¿Acaso has venido a rescatar a la niña para expiar tus culpas? ¿Piensas que una buena obra podrá compensar todos los pecados que has cometido?
-Yo ya no podría salvarme ni con las mayores penitencias. O quizás sí. Dicen los Libros Sagrados que para Dios no hay nada imposible.
-Esos libros nos dicen que para Él todo es posible… pero no que todo le resulte fácil. ¿Quién podría decir cuánto sufrimiento le cuesta cada victoria que consigue frente a las fuerzas del Mal? No sería pequeña tarea para la Gracia de Dios sojuzgar a todos los demonios que viven en tu alma. ¿Acaso crees que Él está dispuesto a realizar por ti un esfuerzo semejante?
-Siempre puedo hacer algo para merecer su misericordia
.
-¿Hacer qué?
-Pues, por ejemplo… destruirte para siempre, Lilit.
Tras unos instantes de silencio, Lilit estalló en obscenas carcajadas:
-¡En tantos siglos nunca había escuchado nada tan ridículo! ¡Que un miserable como tú pretenda convertirse en un paladín de la Luz! ¡Tú, maldita sanguijuela henchida de podredumbre! ¡Tú, cargado de pecados capaces de ennegrecer el fulgor del sol y de las estrellas!
-Me temo que estás utilizando un lenguaje demasiado poético, mi hermosa Lilit. El sol y las estrellas sólo son masas de gas incandescente. Poco les importan, pues, los pecados de los hombres. Más te importará a ti lo que voy a enseñarte.
Dicho esto, el Hombre Gris extrajo de un bolsillo de su gabardina un pequeño frasco. Lilit frunció el ceño. Sin duda, estaba lleno de agua bendita, una de las pocas cosas en el mundo que podían destruirla. Pero para eso el agua purificadora tendría que llegar a su cuerpo, cosa que ella estaba dispuesta a obstaculizar con todas sus fuerzas. Pero al Hombre Gris eso no le preocupaba demasiado, pues él se sabía mucho más fuerte que ella.
Entonces Paula intentó gritar, pero su mordaza convirtió lo que pretendía ser un grito en un gemido ahogado. Casi al mismo tiempo, un enorme sabueso, grande como un lobo y negro como las tinieblas que rodeaban la cripta, se arrojó sobre el Hombre Gris y lo arrojó al suelo antes de que pudiera reaccionar. Aturdido por el súbito impacto, el Hombre Gris dejó caer el frasco del agua bendita, que se rompió en mil pedazos tras estrellarse contra una piedra. Aquello sin duda estaba planeado: Lilit había engañado a su adversario cuando le dijo que no lo esperaba. Ello explicaba que no le hubiera quitado la mordaza a Paula, pues era necesario que ella no pudiera advertir a su presunto rescatador del peligro que lo acechaba.
Pero el Hombre Gris era muy fuerte y, una vez que se hubo repuesto de la sorpresa, agarró con ambas manos la peluda garganta del sabueso y le partió la cerviz mediante un solo movimiento fulminante. Sin embargo, Lilit había aprovechado la refriega para acercarse sigilosamente y, nada más oír el chasquido que hizo el cuello del sabueso al romperse, se abalanzó sobre el Hombre Gris antes de que este pudiera ponerse en guardia contra ella.
Una vez que la vampiresa hubo alcanzado a su adversario, hundió sus colmillos de lobo en su yugular y empezó a absorber su sangre. Ello no sería suficiente para destruirlo, pero sí lo debilitaría, de modo que luego ella pudiera arrojarlo a uno de los pozos llameantes y librarse de él para siempre. En todo caso, Lilit tampoco pensaba beber demasiado, pues quería reservarse para un plato mucho más apetitoso: la sangre pura y virginal de la pobre Paula, que sería sacrificada cuando llegara la medianoche. Pero apenas hubo saboreado la fría y amarga sangre del Hombre Gris, Lilit sintió que una quemazón insoportable laceraba repentinamente sus entrañas, obligándola a doblarse de puro dolor. Instantes después, la vampiresa se retorcía sobre el húmedo suelo de la cripta, estremeciéndose en los estertores de la agonía, mientras su boca, cada vez más descolorida, escupía espumarajos de rabia y gritos de angustia. Ella sabía que se moría, pero no comprendía por qué. El Hombre Gris habló, con el tono pausado que le era propio:
-Cometiste un grave error al morderme, Lilit. ¿No te fijaste en que el frasco del agua bendita estaba casi vacío? Había previsto que podrías vencerme, y por tanto decidí guardarme un as en la manga, por si sucedía lo peor. Antes de entrar en la ermita, me bebí parte del agua bendita, para que esta fluyera por mis venas, mezclada con mi sangre. Al absorber la una, absorbiste también la otra. Morirás en poco tiempo. O, si lo prefieres, moriremos ambos, pues el agua bendita también es un veneno para mí. Consuélate pensando que tu asesino te acompañará al Infierno. Aunque yo tardaré algo más en emprender mi viaje, puesto que, si tú posees la belleza de una princesa, yo tengo la resistencia de un guerrero.
Lilit no llegó a oír las últimas palabras del Hombre Gris. Cuando este dejó de hablar, de la vampiresa sólo quedaban un peplo de seda negra y un amasijo de cenizas heladas. Entonces un vapor miasmático empezó a extenderse por la ya viciada atmósfera de la cripta, sumiendo a Paula en un profundo desmayo.
A la mañana siguiente, apenas un macilento sol otoñal hubo empezado a regar valles y montañas con la suave lluvia de sus rayos, Paula se despertó en la cuneta de una carretera comarcal, poco transitada, que atravesaba los yermos páramos de la comarca. Tenía la mente muy confusa y, si sus muñecas no conservaran marcas de ligaduras, habría podido pensar que sus últimas experiencias habían pertenecido al reino de las pesadillas más bien que al de la realidad. Una vez que el frío aire matutino hubo despejado un poco sus pensamientos, miró a su alrededor y vio a su lado tres cosas: un traje gris, un montón de cenizas frías y un papel escrito a mano. Cogió el papel, que parecía una carta, y lo leyó:
-“Querida Paula: Como supongo que te sentirás desconcertada después de lo que has vivido durante las últimas horas, creo que te debo una explicación. Cuando leas este papel, yo ya no seré más que un montón de cenizas, al igual que tu secuestradora, la vampiresa Lilit. Pero deseo que sepas lo que fui, para que no lamentes demasiado mi muerte.
Hace muchos, muchos años, yo era un guerrero noble y valiente, respetado por sus vasallos y temido por sus adversarios, pero al que una profunda inquietud espiritual aguijoneaba en las honduras del alma. Insatisfecho con las doctrinas ortodoxas de la Iglesia, me adherí en secreto a una secta herética, según la cual el universo material no era creación de Dios, sino del Diablo. De tales doctrinas extraje la conclusión de que es al Príncipe de las Tinieblas y no al de la Luz a quien debemos nuestra adoración, por lo que acabé convirtiéndome en un adorador de Satanás. Finalmente, recibí una revelación de los Señores del Infierno, que me impulsó a iniciar el camino hacia la inmortalidad. Disfrazado de peregrino, viajé durante varios años por los rincones más tenebrosos de Europa y Oriente Medio, buscando a Lilit, princesa de los vampiros, a la que terminé encontrando en un monasterio abandonado de los Balcanes. Tras ofrecerle a cambio de sus favores una repugnante ofrenda que prefiero no recordar, recibí su beso impío en mi garganta y yo mismo me convertí en un vampiro, sanguinario, feroz y casi indestructible. Durante siglos muchas personas de toda condición, incluyendo niñas inocentes como tú misma, aliviaron con su sangre la sed eterna que devoraba mis entrañas, sin que sus gritos de terror despertaran la menor compasión en mi alma, corroída por el pecado. En varias ocasiones mis adversarios consiguieron destruirme, pero ignoraban cómo hacerlo de forma definitiva, de modo que las puertas del Infierno siempre acababan abriéndose para permitirme volver a la vida y continuar con mi reinado de terror. Sin embargo, acabé sintiéndome hastiado de todo ello y empecé a sentir una nostalgia, vaga al principio y luego devoradora, del hombre que había sido en otros tiempos. Así pues, yo mismo, por mi propia voluntad y sin esperar revelaciones de ningún tipo, opté por iniciar la búsqueda de una expiación… no con la esperanza de alcanzar el Cielo, cuyas puertas considero cerradas para mí desde hace mucho tiempo, sino únicamente para asumir mi inevitable condena con la trágica dignidad de un hombre y no con la abyecta desesperación de un demonio.
Tomada esta decisión, durante los últimos tiempos he vagado por el mundo, buscando de nuevo a la princesa Lilit, pero esta vez para destruirla e impedir que siguiera haciéndoles daño a Dios y a los hombres. Me tomé esta nueva búsqueda de la reina de los vampiros como una inversión (y acaso también como una compensación) de la primera. Llevada a buen término mi misión, mi vida (si así podemos llamarla) ha perdido todo su sentido, por lo cual asumo mi muerte definitiva con resignación y casi con alegría.
Te deseo sinceramente que seas muy feliz en tu vida y sólo te pido que no le cuentes a nadie lo que te he revelado con mis últimas palabras, pues no quiero ser recordado ni compadecido por nadie. Hasta siempre, Paula.
P. D.- Por cierto, se me olvidaba, ¡que tengas un muy feliz cumpleaños!
VLADIMIR DRÁCULA, SEÑOR DE LOS VAMPIROS”
-Mamá…tengo frió
Max Van der Heyden, periodista especializado en la investigación de fenómenos presuntamente paranormales, es para algunos, “el verdadero Van Helsing del siglo XXI”. Claro que, en honor a la verdad, debemos añadir que esos “algunos” que tanto lo admiran son muy pocos comparados con quienes lo tienen por un loco o un farsante. Y aun son muchos más quienes jamás han oído hablar de él. Sin embargo, tampoco podemos ocultar que bastantes de los que en público abominan de su nombre, o niegan todo conocimiento del mismo, son los primeros en pedir su ayuda (“extraoficialmente”, por supuesto) cuando se enfrentan a hechos que van más allá de lo científicamente explicable. Eso hicieron, por ejemplo, las autoridades de cierto país africano cuando varias aldeas, situadas en las proximidades de la selva, se vieron atacadas por un horror sin precedentes. Primero empezaron a aparecer los cadáveres desangrados de varios leñadores y cazadores que se habían internado en la selva para ganarse el sustento. Luego comenzaron a correr igual suerte las mujeres que iban a lavar la ropa al río y los niños que se dirigían a las huertas para llevarles comida o agua fresca a sus atareados padres. Finalmente, cuando un par de turistas ingleses hallaron la muerte en circunstancias semejantes, la situación se hizo insostenible. A las autoridades quizás no les importase demasiado la desaparición de algunos pobres aldeanos, pero no podían tolerar que les sucediese otro tanto a adinerados visitantes de piel blanca, pues ello podría tener graves consecuencias para la boyante industria turística del país. Y si las muertes de los pobres campesinos son fáciles de mantener ocultas, no sucede lo mismo con las de los ricos extranjeros, especialmente si sus cadáveres traen consigo las inoportunas visitas de embajadores demasiado curiosos, por lo cual el problema debía solucionarse lo antes posible, fuera como fuera.
estaba loca de miedo y no sabía adónde ir ni qué hacer, sólo quería huir, nada más que huir, ¡tenía mucho miedo! Ella estuvo a punto de cogerme, pero me metí entre unos arbustos espinosos, no se atrevió a seguirme y la dejé atrás. Luego, caminé durante horas, perdida en medio de la selva, hasta que llegué a este sitio. Entré para no tener que pasar la noche a la intemperie, pero… ¿Y si ella entra? ¡Está fuera y, si usted ha entrado saltando por la ventana, ella también podrá hacerlo!
Max se volvió, incluso antes de que aquellas palabras asaltaran su oído. Tras él, sosteniendo la ballesta que él mismo le había entregado un minuto antes, se hallaba la “otra” Lorraine, la Lorraine del piso de abajo, totalmente idéntica a la verdadera salvo en que ahora sus ojos ya no eran azules, sino rojos como el fuego. Y Max le había entregado ingenuamente la única arma que podría haberle hecho daño a aquel ser. Al parecer, había olvidado que los vampiros no sólo pueden adoptar formas animales, sino también humanas. Y además pueden leer las mentes de las personas a las que suplantan para conocer todos sus recuerdos. Entonces, tanto la verdadera Lorraine como él mismo se hallaban a merced del monstruo que había raptado a la niña y engatusado a su presunto salvador, ¡el vampiro de la selva los había atrapado a ambos! Este siguió hablando, al mismo tiempo que partía las flechas como si fueran briznas de paja en manos de un gigante:
1
Lo crean o no, hubo una vez en la que fui una niña feliz. Era la segunda hija de una familia acomodada de la ciudad de México. Mi padre era un político muy respetado, y mi madre la hija mayor de una familia de clase media alta del estado de Nuevo León. Tenía una hermana mayor de nombre Samanta, que era dos años mayor que yo, y una hermana menor llamada Ágata, que era un año y medio menor. Vivíamos en una casa muy bonita, con un amplio jardín, al norte de la ciudad. En aquellos tiempos la vida era agradable, ahora no podría decir que realmente tengo una vida.
Caminé por el viejo cementerio de San Fernando, de la ciudad de México, donde tantas personas ilustres de esté país yacían. Los cementerios siempre me han traído paz, tal vez porque es el lugar al que, según las tradiciones populares, pertenecen los de mi especie. Aunque, yo más bien pienso que es por el hecho de que estos parecen existir alejados de todo lo que me recuerda lo que fui. Los cementerios son pequeñas ciudades hechas para los muertos, y este en especial, está construido a la usanza del viejo siglo XIX, yo no viví en ese siglo, sino en el XX, pero aun así me gusta el estilo que se tenía entonces.
Soy una niña eterna, aunque capaz de razonar como un adulto, los juegos infantiles y la manera simplista de ser de un niño siguen presentes en mí. Leí en una novela de vampiros que aunque el cuerpo permanecía igual la mente maduraba. Eso es cierto en muchos sentidos, pero también falso. En ocasiones, como ahora al narrar esto, soy capaz de actuar y expresarme como alguien mayor de edad, pero eso es sólo por la gran cantidad de cosas que he leído, visto y experimentado. En el fondo, aún soy una niña, aún busco muñecas a las que peinar y ataviar con vestidos hermosos, como aquellos con los que visto, aún cantó rondas infantiles y, en las noches más oscuras y solitarias, buscó algún parque vacío, me siento en un columpio y comienzo a mecerme entre risas o tarareando alguna canción infantil. Me siento niña, y sólo pienso con madurez cuando estoy en peligro, o cuando debó de hacer cosas necesarias para mantenerme.
Al alimentarme, la mayor parte de las veces, soy una adulta, aunque, algunas otras, juego con mis victimas. A los humanos les aterran muchas cosas, pero ninguna más que una niñita fantasma, o un demonio con forma de niño. Para ellos los niños son símbolo de pureza, y nada les aterra más que la posibilidad que esa pureza se corrompa. Un niño malvado o monstruoso es algo impensable para ellos.
Fue en uno de esos momentos en los que me encontré con Raúl. Un chico atormentado por pesadillas, al que era realmente fácil llevar a la locura con esos asuntos. Me deleite con los sueños que su mente era capaz de crear. Quería beber su sangre más que ninguna otra cosa, al tiempo que lo llevaba al colapso, haciendo realidad sus pesadillas. Eso era divertido para mí.
Dejé que me escuchara en dos ocasiones, colándome en su casa por la ventana del pasillo del segundo piso, al mismo tiempo que usaba mi poder para despertarlo, y hacer que sus padres no pudieran siquiera moverse, en caso de que Raúl fuera a hacer algo como gritar, aunque era poco probable. Esas dos veces lo aterré como ninguna de sus pesadillas podría hacer jamás. Y luego me mostré ante él, sólo para incrementar más aún ese miedo. Y la última vez, considerando que ya lo había atormentado demasiado, me dispuse a obtener de él lo que quería. Su sangre. Mi alimento.
Fue cuando él sacó la vieja fotografía, fue cuando supe quien era él. ¡Mi sobrino nieto! Había encontrado a la familia de la que me separaran tantos años atrás en Guanajuato, o al menos a su descendencia. Esa vieja fotografía, tomada en la Alameda Central de la ciudad de México, justo dos meses antes de ese viaje a Guanajuato, removió los recuerdos ocultos en lo más profundo de mi mente durante setenta años.
No atiné a nada más que agradecerle, luego tomé la fotografía como a un gran tesoro, y me alejé de él. No dañaría a mi familia recién encontrada.
Esa noche, llegué a la casa de la anciana Clara casi al amanecer.
Clara era una mujer de sesenta años, aunque se veía mayor, había perdido a toda su familia en un accidente de trafico veinte años atrás, un accidente en el que ella fue la única superviviente. Apenas si vivía de lo que quedaba de una pensión que su esposo le había dejado. Su esposo había sido el heredero de una familia acomodada de Guadalajara, que se había enamorado de ella cuando la conoció en un hotel en Tampico. Su familia se había opuesto al matrimonio, por supuesto, pero, para ese momento, él ya era un hombre que incluso había tomado la herencia, luego de que su padre muriera de tuberculosis un par de años atrás. Se habían casado y habían tenido dos hijos, un niño y una niña, la joven familia había logrado vivir feliz por unos años. Hasta el fatídico accidente.
La familia del hombre había logrado con engaños apoderarse de todo, dejándola a ella solo con una mínima pensión que su esposo había dejado previendo esa situación. La mujer se había derrumbado, usando el dinero dejado por su esposo en alcohol. Cuando la encontré, no fue difícil convencerla de que yo era su hija, en su estado permanente entre la razón y la locura se convenció de ello.
—María —dijo Clara, mientras se acercaba a mí para abrazarme. Como siempre, permanecí inmutable, esa mujer sólo me era útil para tener un lugar en donde vivir.
El tener el aspecto eterno de una niña me obliga a hacer ese tipo de cosas. Nadie le rentaría o vendería una casa a una niña de siete años que anda por ahí sola. El dinero no es un problema, siempre puede obtenerse de las victimas a las que ataco, o incluso manipular a algunos ladronzuelos para que roben por mí. Conseguir una casa donde pasar algún tiempo es más importante que el dinero, o me veo obligada a descansar en casas abandonadas o cementerios.
Ignoré a Clara y camine hacia la habitación que ella me había asignado. Era pequeña y sólo tenía una cama con un colchón duro y sin almohadas, además de un ropero que estaba a punto de caerse en pedazos, pero no necesitaba nada más.
Me recosté en la cama y saque la fotografía donde aparecía con mis hermanas. Si pudiera llorar, seguramente lo habría hecho en ese instante. Recordé como había comenzado todo. Recordé lo pasado en el ya lejano 1941.
2
Eran años tumultuosos, el mundo estaba en guerra, aunque mis padres no querían que mis hermanas y yo nos enteráramos, eso era complicado, ya que en el colegio de monjas donde estudiábamos, todo el mundo estaba por demás enterado de la situación. Además, en ese mes de marzo, comenzó a circular el rumor de que el país entraría a la guerra en favor de los Aliados. Yo no entendía a que se referían esos rumores, pero sabía que si el país entraba en guerra muchas personas serían enviadas a matar a otras, había incluso posibilidades de que mi padre tuviera que ir. Yo no quería que mi padre se fuera. Luego me enteraría que México sí entró en guerra, pero hasta más de un año después.
Una tarde de viernes, cuando mis hermanas y yo volvimos a casa luego de la escuela, nos encontramos con que nuestra madre estaba preparando unas pequeñas maletas. Extrañadas preguntamos lo que ocurría.
—Su abuela Martina está muy enferma —respondió, ella, mientras guardaba uno de sus vestidos en una valija de piel—, iremos todo el fin de semana a Guanajuato para visitarla.
La abuela Martina era mi abuela paterna. A mi me gustaba mucho ir a su casa durante las vacaciones porque ella vivía en una casa enorme. Era la casa donde mi padre había vivido hasta que se mudó a la ciudad de México para estudiar leyes en la Universidad. La abuela siempre tenía chocolates y me regalaba una muñeca, muchas de ellas muy bonitas, de porcelana con vestidos suntuosos.
Salimos de la capital en una tarde lluviosa. El viaje duró hasta muy avanzada la noche, por lo que nosotras estábamos profundamente dormidas cuando llegamos a Guanajuato. La casa de la familia Martínez era una enorme casa estilo colonial en el centro de la ciudad, muy cerca de la Alhóndiga de Granaditas, tenía amplios ventanales recubiertos con protectores de hierro forjado pintado de negro, tres pisos y ocho habitaciones, además de una sala de estar, un amplio comedor, una alacena, una enorme cocina y cuatro baños. En la entrada principal, había una enorme escalera de madera tallada a mano, sus peldaños estaban recubiertos con una alfombra persa color vino y subía hasta el segundo piso. Con gran cansancio, suní esas escaleras hasta la habitación que la criada había preparado para nosotras en el segundo piso. Me quede dormida tan pronto mi cabeza toco la almohada.
A la mañana siguiente, desperté encontrándome con la habitación que usaba cada verano cuando íbamos a esa misma casa a pasar dos semanas de sus vacaciones. Era una pieza amplia con tres camas individuales, un closet, cuatro buros, cuatro lámparas y una hermosa vista a un parque a través de un enorme ventanal.
Me levanté, mis hermanas ya habían salido de la habitación y la luz del sol se colaba por las cortinas color pastel. Rápidamente me cambié de ropa, me puse un hermoso vestido azul celeste que la tía Sofía me había traído de Europa, antes de que estallara la guerra. Me lavé y traté de peinar mi larga cabellera castaña oscura pero no pude conseguir mucho, más tarde tal vez, mi madre o la criada, Elisa, pudieran peinarme.
Encontré a mis hermanas y a mi padre ya en el comedor, listos para el almuerzo. Me senté justo al lado de Ágata y esperé a que Elisa me sirviera mi plato. Al poco rato entró mi madre y se dirigió a hacia mi padre. Hablaban en voz baja, tratando de que nosotras no escucháramos nada. Aun así fui capaz de captar algunas palabras: doctor, grave y poco tiempo. Luego mis padres salieron del comedor, antes de eso mamá nos ordenó permanecer allí y almorzar.
—¿A dónde irán? —pregunté, sin comprender muy bien lo que ocurría.
Samanta me dedicó una mirada brillante a causa de las lágrimas. Ella había estado más cerca, por lo que había podido escuchar mucho más de la conversación de los adultos.
—La abuela está muy mal —respondió, mientras bajaba la mirada al plato de huevos que tenía al frente.
—¿Sé pondrá bien? —pregunté.
Samanta sólo pudo negar con la cabeza.
El día paso de manera extraña. Un doctor llegó cerca del medio día y se quedo en la casa hasta el anochecer. Mis padres y Elisa entraban y salían de la habitación de la abuela cada cierto tiempo. A las cuatro de la tarde, mientras mis hermanas y yo estábamos en la sala de estar jugando con algunas muñecas, mi madre fue a recogernos. Hizo que nos bañaran y nos vistió con nuestra mejor ropa. Ya bien arregladas, nos llevó al cuarto de la abuela. La habitación tenía un olor raro, como a alcohol y otras cosas. La abuela lucia muy mal, y estaba en cama con un trapo empapado en la frente, el cual Elisa retiraba para volverlo a remojar cada pocos minutos. En una silla al lado de la cama, estaba mi padre, se veía cansado y demacrado, pero no tanto como la abuela.
—Acérquense niñas —nos pidió, con voz suave.
De inmediato obedecimos y nos acercamos a la cama de nuestra convaleciente abuela. Allí el olor era más penetrante. La abuela abrió los ojos por un momento y nos dedico una mirada llena de lágrimas. Alzó la mano como si pretendiera alcanzarnos, pero de inmediato volvió a caer sobre la cama.
—Mis niñas, tan grandes —dijo, y su voz era ronca.
Permanecimos un largo rato allí, hasta que la abuela se quedo dormida. Mamá se volvió hacia el doctor, el cual pareció comprender lo que trataba de decirle. El doctor asintió. No era contagioso.
—Niñas, den a su abuela un beso de las buenas noches —nos susurró nuestra madre.
Luego de obedecerla, Elisa nos llevó al comedor para que cenáramos algo ligero antes de enviarnos a dormir.
Al día siguiente había más agitación en la casa. La tía Sofía llegó muy temprano en la mañana, y casi al instante fue a ver a la abuela. El tío Abelardo, por su parte, estaba en la sala donde sostenía una conversación con el doctor. El primo Jorge, por su parte, estaba más inquieto que de costumbre. Pero, al rato, la tía Sofía lo regaño más fuerte de lo que nunca había hecho.
Por la tarde, la abuela volvió a dormirse, y esta vez, los adultos se pusieron muy tristes. El mismo doctor del día anterior llegó junto con otras personas, que entraron a la habitación de la abuela y pasaron un largo rato allí. Ninguno de los otros adultos volvió a entrar.
Como a las cinco de la tarde, mientras unas personas con trajes comenzaban a llevar enormes candelabros que colocaban en la sala, el tío Abelardo le sugirió a Elisa, quien tenía los ojos rojos, pues había estado llorando, que nos llevara al parque, mientras los hombres de la funeraria se ocupaban de arreglar todo para el velatorio. Según el hombre, lo mejor era que estuviéramos cansadas para que pudiéramos dormir toda la noche y no fuéramos a molestar a los dolientes.
Ese viaje al parque marcario el último encuentro que tendría con mi familia hasta décadas después cuando me encontrara con Raúl.
Dejé de recordar esas cosas.
3
Mientras vagaba por el cementerio, no podía evitar pensar en la familia humana que había dejado atrás. ¿Qué clase de vida habían llevado? ¿Me olvidaron o pasaron el resto de su vida buscándome? Eran preguntas que rondaban mi cabeza en todo momento. Quería saber como habían muerto mis padres, cuando y con quienes se habían casado mis hermanas, cuantos hijos habían tenido, cuantos nietos. Conocía a Raúl, nieto de Ágata, pero aun no sabía nada de Samanta. Necesitaba respuestas, y sólo había un lugar al que podía ir en busca de estás.
Hacia ya más de un mes que no estaba en ese lugar, la casa de Raúl, mi sobrino nieto. Sondeé los pensamientos de sus habitantes. Mi rostro debió de ensombrecerse por la culpa y la tristeza. Raúl tenía aún horribles pesadillas causadas por mis apariciones ante él. Me arrepentí por primera vez en años de dejarme llevar por mis sádicos juegos, y deseé nunca haberme topado con ese pobre chico. Pero, por otro lado, me consolaba el hecho de saber que sí no lo hubiera encontrado y elegido cómo a una victima, nunca habría sabido que aún quedaba algo de mí familia humana.
Usando mi poder hice que Raúl me olvidara, al menos por un tiempo, de esa manera tendría algo de descanso, deseé poder borrar totalmente el conocimiento sobre mi exigencia de su mente, pero con el poco poder que poseo, comparado con el de otros que son como yo, no soy capaz de tal hazaña, al menos no por ahora.
Pasé entonces a buscar en la mente, no sólo de Raúl, sino de todos los habitantes de esa casa, información sobre mi familia. Me entere de que Samanta había muerto apenas unos meses atrás, y de que Ágata vivía felizmente con su esposo en Monterrey, desde hacía al menos veinticinco años. Obtuve la información del lugar donde estaba enterrada mi hermana mayor y la dirección donde vivía la menor.
Me dirigí al cementerio donde yacían los restos mortales de Samanta. Me senté sobre la lapida, mientras observaba el grabado con el nombre de mi hermana.
«Samanta Martínez Soto
1932–2005″
Pasé mis dedos sobre el relieve de su nombre, deseando poder derramar algunas lagrimas, pero mis ojos muertos nuevamente no me lo permite, hace ya casi setenta años que no lo hacen. Allí, sentada sobre la tumba de la que fuera mi hermana querida, rememoré aquella fatídica noche en Guanajuato, cuando mi cuerpo y parte de mi mente fueron estancadas en los siete años por una muerte que no fue muerte, valga la redundancia.
El parque en al que Elisa nos llevo era uno enorme. Tenía grandes jardines y un área llena de columpios, toboganes y balancines. Mis hermanas corrieron de inmediato a un tobogán, mientras el primo Jorge hacía lo propio pero hacia un tobogán un poco más alejado. Cómo todo niño de esa edad, no le agradaban las niñas, decía que olían mal y prefería jugar solo a hacerlo con una de nosotras. Yo por mi parte, siempre he sido muy fanática de los columpios, es lo primero que busco cuando voy a un parque. De inmediato divisé unos, pero estaban totalmente ocupados por unos chicos que juagaban a saltar de estos en noviecito.
Di algunas vueltas al lugar tratando de encontrar otros columpios. Encontré unos un tanto alejados del resto, estaban en un parte donde la hierba estaba algo crecida, y una gran cantidad de arboles tapaban la vista hacía el resto de los juegos. No me importó, además siempre me gusto explorar, y esa arboleda era un bosque debía atravesar para encontrar un tesoro. Una vez llegué a los columpios, me senté en uno, las cuerdas se tensaron y la estructura pareció temblar, pero luego se estabilizo. Comencé a mecerme, mientras tarareaba la ronda de Doña Blanca.
El sol, había estado ya ocultándose cuando llegamos al parque, y mientras yo estaba en el columpio, terminó de oscurecer. Las luces del parque se encendieron, aunque la que estaba en el área donde yo me encontraba, parpadeaban cada pocos minutos, dejándome en completa oscuridad por unos momentos. Fue en uno de esos momentos cuando apareció.
Yo cerré los ojos por un instante, mientras trataba de columpiarme más fuerte, tratando de superar mi marca anterior. Cuando abrí los ojos, ella estaba frente a mí, recargada en un árbol viéndome con sus ojos terriblemente amarillos. Llevaba un vestido blanco sencillo, y su larga cabellera negra contrastaba por completo con su piel blanca y de aspecto impío cómo si se tratara de nieve.
Dejé de mecerme y volví la cabeza hacía todos lados, tratando de buscar a alguien más, pues esa mujer me daba mucho miedo. Todos estaban demasiado lejos. Aun siendo una niña, comprendí que había cometido un terrible error al alejarme demasiado del lugar donde Elisa y mis hermanas estaban.
Rápidamente me puse de pie y traté de correr hacia donde ellas se encontraban, pero la mujer fue más rápida. Me tomó por la espalda, levantándome con mucha facilidad, mientras me tapaba la boca con su mano. Traté de liberarme, pateando y forcejeando, pero ella era más fuerte.
—Mi dulce niña —dijo ella en un susurró, tan dulce pero a la vez aterrador—. Te estaba buscando, Sarah.
Lo último que supe antes perder la conciencia, fue que algo filoso como alfileres se clavaba en mi cuello.
4
No supe cuanto tiempo permanecí inconsciente, pudieron haber sido horas, días o incluso semanas. Me encontré con una habitación desprovista casi por completo de muebles, salvo una cama que rechinaba horriblemente cada vez que me movía. El colchón, la almohada y la manta donde yacía no eran más que un montón de retazos de tela unidos por precarias costuras. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de hollín, dejando ver que en el pasado el sitio había sufrido daños por un incendio. A la derecha de la cama había una ventana con un marco de madera astillado, que al parecer había sido colocado recientemente, pues no había marcas de fuego en él. No tenía cristales y las persianas que pretendían cubrirla estaban mal colocadas. A través de esa ventana se colaba un aire húmedo, y el olor de la lluvia reciente. Frente a la cama había una puerta de madera la cual si parecía haber estrado el fuego.
Me puse de pie y camine hasta la ventana. De inmediato note que mi vestido estaba sucio y olía a sudor, el olor era penetrante, además, estaba mezclado con un olor dulzón que de inmediato hizo que mi estómago sintiera abre. Pero no era un hambre común, era como tener sed y hambre al mismo tiempo, mi boca parecía seca y sentía como sí en lugar de estómago tuviera un hueco. Con paso ligero, a pesar del malestar, caminé hacía la ventana. Me encontré con una vista magnifica de Guanajuato al atardecer. Casa estaba ubicada en uno de los cerros cercanos a la ciudad. Dejé atrás esa magnifica vista y me dirigía hacia la puerta.
Mis manos de llenaron de tizne cuando empuje la puerta, la cual se abrió con un rechinido. Me encontré con una habitación en penumbras, aunque extrañamente era capaz de distinguir perfectamente cada detalle del lugar. Aquí había muebles antiguos que parecían haber sido sacados recientemente de un incendio. Las paredes lucían un estado mucho peor que el anterior. En el centro, estaba una mesa en mucho mejor estado que el resto, pero no era cualquier tipo de mesa, era de metal. Sobre la mesa yacía el cuerpo de un niño harapiento. Me acerqué y lo observé con cierto asombro.
El hambre rugió dentro de mí, y la sed parecía haber transformado mi boca en arena. El olor dulzón que había percibido antes era más fuerte, y provenía de ese niño. El niño, estaba vestido con restos de tela remendados que simulaban ser ropa. Tenía una cabellera negra grasosa y pastosa debido a las plastas de tierra y sudor que la impregnaban. Su piel no estaba en mejor estado, estaba ceniza y demacrada, además de que parecía no haber sido la lavada en mucho tiempo.
—Sarah, querida, que bien que despertaras —dijo una voz desde alguna parte de la habitación.
Surgida de la misma oscuridad, apareció la misma mujer que había visto en el parque. Sus ojos amarillos, que en otro momento había parecido monstruosos, me miraban con una ternura que me recordaba mucho a mi madre. Su piel blanca parecía brillar en la noche, recién caída, pero extrañamente no resultaba contrastante, cómo si no hubiera otro lugar para ella.
—Mi nombre es Isabel —le corregí, con la inocencia infantil destilando de mis palabras.
La expresión de la mujer pareció turbarse un momento, antes de volver a verme con esa expresión maternal. Soltó una carcajada que sonaba jovial y con un cierto deje de locura. Se acercó a mí con rapidez y me tomó en brazos, antes de dar algunas vueltas por la habitación. Me besó en ambas mejillas y me estrechó contra sí, de la misma manera que yo hacía con mis muñecas cuando jugaba a ser su mamá.
—Mi dulce niña, cuando bromeas de esa manera me recuerdas a tu padre.
—¿Mamá? —pregunté con voz temblorosa. En el fondo era consiente que esa mujer no era nada más que mi secuestradora, pero de alguna manera estaba comenzando a caer bajo el influjo de una fuerza extraña, los recuerdos de mi verdadera madre parecían adormecerse, mientras la figura de esa mujer ocupaba lentamente su lugar.
—Luces hambrienta, Sarah —me dejó en el suelo y luego me guio hacia niño, el cual parecía estar por despertar—. Necesitas comer bien.
Con su mano hizo que agachara la cabeza hasta que mis labios parecieron besar el cuello de ese niño. Sentía la vena principal de ese chico palpitar contra mis labios, y escuchaba cada latido de su corazón. El hambre y la sed aumentaron hasta que se hacían insoportables. Todo a mí alrededor pareció dejar de existir, todo a excepción de ese chico y mis necesidades básicas. Mi boca se abrió y unos dientes y colmillos largos y filosos habían remplazado a mi dentadura humana. Asenté la primera mordedura fatal, el chico despertó y trato de gritar, pero instintivamente tape su boca con mi propia mano. La presión que ejercía era tal que en determinado momento su mandíbula cedió quebrándose majo mi fuerza, pero aun así no le solté.
Mientras, mi boca había comenzado a sorber de la vena abierta. La sangre fluía en un torrente de sensaciones, calmando mi sed y saciando mi hambre. El corazón del niño latía cada vez más lento, mientras el mió aceleraba a medida que si sangre era absorbida por cada célula de mi cuerpo y depositada en mi sistema circulatorio, remplazando mi propia sangre, la cual ya había sido consumida por madre.
Una vez que la sangre del chico se agotó, madre me alejó del chico.
—Sarah, ve a tú habitación mientras recojo la mesa.
Hice lo que madre me pedía. Entré a la misma habitación donde había despertado. Me recosté en la cama y fije mi vista en el techo con sus vigas ennegrecidas por el humo de un incendio sucedido demasiado tiempo atrás. Sin saber porque, comencé a sentir muchas ganas de llorar, pero el llanto jamás se presentó, mi cuerpo ya no era capaz de hacerlo. Llorar significaba liberar fluidos, liberar sangre, algo que mi nuevo cuerpo diseñado para desear, beber y consumir sangre no se podía permitir.
Cuando madre volvió, me tomó en sus brazos y luego me llevó hacia un sótano. Bloqueó la puerta con un gran tablón de madera, y allí dormimos por mucho tiempo, hechas un ovillo contra una de las esquinas del lugar.
Así fue nuestra vida por mucho tiempo, tal vez años. Alimentarnos, yo de algún pobre niño sin hogar o de alguno sustraído de alguna casa pobre o de alguna granja cercana a nuestro refugió, ella de cualquiera que se cruzara en su camino. Madre está loca, esa es la única conclusión a la que puedo llegar respecto a ella. Perdió a su hija la misma noche en la que se transformo en lo que es. Ahora, cuando ve a otra niña con características similares, la toma como a una muñeca para que remplace a esa otra niña. Pero, llegado un momento, se cansa de sus juguetes y los rompe. ¿Cuántas hubo antes de mí? Nunca lo sabré, y sé que habrá muchas más luego de mí.
5
Clara está enferma, lo sé, pero no he querido deshacerme de ella todavía. Si supiera cómo, tal vez la transformaría en alguien como yo, para poder usarla como protectora eternamente. Pero, eso es algo que madre jamás me enseñó. Ella sólo me dijo cómo matar. El arte de sobrevivir, mezclarme y ocultarme entre los humanos tuve que aprenderlo yo sola. También a usar los pocos poderes que ella me heredo. Jamás he visto a otros como nosotras, pero sé que los hay, después de todo ¿alguien tuvo que haberla transformado a ella en lo que es?
El recuerdo de la tumba de Samanta aún estaba fresco en mi mente, mientras me recostaba en la cama. Esa noche, cuando llegué a casa de Clara, la anciana nuevamente tenía un plato de comida ya fría esperándome en la cocina. Como cada noche, lo comí, aun cuando luego tuve que vomitarlo en el retrete. Esa mujer esta tan convencida de que yo soy su hija muerta, al igual que madre.
Luego de leer algunos libros sobre psicología, he llegado a la conclusión de que busco a mujeres en un estado de locura similar al de madre para que hagan de mis protectoras. Debe ser una extraña patología que me hace buscar algo familiar a lo que fue la figura materna que tuve al comenzar con esta no-vida. Aunque, lo más probable es que lo hago por resultar más fácil y más cómodo para mí. Nunca lo sabré realmente.
Madre era dulce en su trato conmigo, y una fiera cuando alguien parecía amenazar nuestra falsa felicidad. Pero, a pesar de todo, ella nunca podría conseguir que yo olvidara a mis padres reales, y a la familia que ella me había hecho abandonar. Ella suprimía mis recuerdos de ellos con sus poderes, aunque parecía no darse cuenta de ello. Pero, conforme pasaban los meses y los años, mis propios poderes crecían, causando que poco a poco lograra liberarme de su influjo.
Sucedió en algún momento de los años cincuenta. Mi poder era lo suficiente para liberarme totalmente de su influjo. Ella lo intuía, de eso estoy segura, ya que semanas antes de que me alejara definitivamente de ella, se volvió más posesiva y trataba de controlarme en todo momento.
Cuando mis recuerdos sobre mi vida mortal estaban totalmente restaurados, comencé a buscar información sobre lo que estaba pasando realmente en el mundo. Mi mente, cómo ya he dicho antes, es capaz de actuar maduramente en ciertos momentos, y esa misma madurez me instaba a buscar conocimiento. Robaba diarios y libros de las casas en las que madre y yo nos colábamos en busca de alimento. Comprendí cuanto habían cambiado las cosas en esos años. La guerra de la que se hablaba cuando yo tenía siete años había acabado en 1945. México había entrado, aunque su participación en ella fue efímera, comparada con la de otros países. Pero eso no era lo que me importaba, quería saber sobre mis padres. Pero, cómo es obvio, no encontré nada sobre ellos en ninguna de las publicaciones que pude leer. Ellos no eran tan importantes como yo había pensado antes.
Cuando estaba por rendirme, encontré un pequeño artículo sobre mi padre en una vieja revista sobre política.
«Tras la desaparición de su hija, Aurelio Martínez, se sumió en una depresión. Tras terminar con su diputación en 1943 no volvió a presentarse para ningún cargo público y dedico el resto de su vida a buscar a la pequeña Isabel, a la que había buscado con ahínco y desesperación desde que desapareciera en la ciudad de Guanajuato marzo de 1941.
Aurelio Martínez, quien murió a los cuarenta y siete años, tuvo una corta pero fructífera carrera política. Una lastima que uno de los más prometedores haya tenido que dejar su carrera. Se sabe que hasta sus últimos días siguió buscando a su hija, con la esperanza de algún día tenerla entre sus brazos nuevamente.
Le sobreviven…»
No fui capaz de saber nada más ya que faltaba un pedazo de hoja. El artículo estaba adornado con una imagen de mi padre. En la fotografía se veía demacrado y envejecido, a pesar de que aun no llegaba siquiera a los cincuenta años. Ese fue otro de los muchos momentos en los que deseé realmente poder derramar lágrimas, aunque fueran de sangre. Pero eso jamás sucedería.
Pase las noches siguientes, y también gran parte de los días, observando esa imagen. Hasta que en un momento de desesperación la hice pedazos. ¡Ese no era el hombre al que había llamado padre! Mi padre era un hombre de cabellera negra y ojos vivaces, no un anciano prematuro de cabellera gris y ojos apagados.
La realidad me golpeó con su poderoso puño. Toda la vida que alguna vez tuve estaba destrozada, tal vez mi madre también estaba muerta. E incluso alguna de mis hermanas. Aunque el reportaje indicaba que aún quedaban algunos miembros de mi familia, siempre podían referirse a sobrinos, primos o algún otro familiar. No supe nada de mi familia hasta que me encontré con Raúl.
Una noche, cuando llegué a casa, luego de haber estado largo rato en un parque cercano jugando en un viejo columpio, madre me esperaba. Se veía más sombría y triste de lo que nunca antes la había visto. No le di mucha importancia a ese hecho, hasta que posé mi mirada en la misma mesa donde años atrás bebí mi primera sangre. Allí había una niña, de mi estura, con el cabello castaño oscuro y del mismo tamaño que él mió. Era mi remplazo.
—Te esperábamos, Isabel —dijo madre, y su voz esta vez era fría y distante. Ya no estaba convencida de que yo era su hija perdida—. A Sarah no le gusta compartir, por eso debó de asegurarme de que sea hija única. Sé que lo comprendes, querida.
Fue muy veloz, en un instante la tenía sobre mí. Me sujetó por el cuello con ambas manos mientras su cuerpo me aplastaba el pecho y el estómago. Sus manos parecían de acero, mientras ejercían presión sobre mi tráquea. Pero yo permanecí inmóvil, mi cuerpo no necesitaba otra cosa más que sangre, por lo que la perdida de oxígeno no era realmente importante.
Fijé mi mirada en los ojos de madre, mientras la miraba indiferente. No me importaba lo que hiciera conmigo, de hecho, si ella sabía una forma de matarme, deseé que la usara en ese mismo momento. Ella pareció intuir esto, pero algo en mi manera de verla hizo que me soltara y se alejara de mí.
—¿Cómo lo haces, niña? —preguntó, mientras se agazapaba contra la pared ennegrecida y me miraba llena de preocupación.
—¿Hacer qué? —pregunté, sin comprender ese cambio de actitud en ella.
—No te importa morir —no era una pregunta, pero me hizo pensar.
—No —respondí finalmente, mientras me ponía de pie y me acercaba a ella—. Si realmente sabes cómo, matame.
Pero ella río, de la misma manera que lo había hecho esa primera noche tantos años atrás. Aunque, poco a poco, la locura en su risa se iba esfumando, hasta que quedó sólo la jovialidad.
—Isabel, eres más fuerte de lo que esperaba —dijo, tras dejar de reír, y por una vez me pareció realmente cuerda—. Si no fuera porque debo cuidar de Sarah, te adoptaría, niña. Ve, sal al mundo y muéstrales lo fuerte que eres, hazlo por mí, por tu madre que te ha criado tan bien.
Cerré los ojos, si ella sabía o no como destruirme, no me lo diría, y por supuesto tampoco lo haría. Sabía que no tenía sentido pedírselo, ella nunca aceptaría tal cosa. Estaba, de una manera retorcida y terrible, orgullosa de mí, de su hija inmortal.
—¿Cuál es tú nombre? —durante años ella había sido sólo «madre», y yo necesitaba saber que ella realmente tenía un nombre.
—Frida —respondió ella, y me dedicó una sonrisa maternal—, nunca olvides mi nombre, hija.
Jamás lo olvidaré, no podría hacerlo, ese es el nombre de quien me alejó de todo y me condenó a esta existencia. Por ella he matado, he destrozado y seguiré haciéndolo. Por ella, casi mato a mi sobrino nieto.
Me di la vuelta y abandoné ese lugar. Nunca más volvería a verla. Pero, aún sé que sigue buscando a una hija que nunca volverá a estar con ella. Y muchas niñas sufrirán lo que yo he sufrido durante tantos años. Aun no me queda claro si ella realmente sabía cómo destruir a uno de los nuestros. Tal vez por eso creyó que podía hacerlo matándome cómo a un humano cualquiera. Si es así, tal vez hay un montón de niñas monstruosas iguales a mí vagando por el mundo y tratando de saber por qué han tenido que sufrir este destino.
6
Luego de dejar a Frida, fui a la casa de la abuela Martina. La casa era ahora una pequeña pensión administrada por alguien que no tenía relación con mi familia. No pude encontrar nada allí que me resultara realmente interesante, por lo que decidí marcharme de allí. Vagué unos días por la ciudad de Guanajuato, pero estaba demasiado cerca de Frida, lo cual me hacia sentir mal.
Encontré a mi primera protectora, una mujer con una historia no muy distinta a la de Clara. La usé para viajar por las ciudades más importantes del estado. Residí con ella en León por un tiempo, luego Irapuato, Celaya, Dolores. En Dolores mi protectora murió, y haciendo uso de mis poderes, logré abordar un tren hacia Guadalajara.
Continúe recorriendo varios lugares del país, a veces con protectores, otras valiéndome de mis poderes. Finalmente, en 1998, llegué a la ciudad de México. La capital había cambiado mucho, y yo no recordaba en qué parte quedaba la casa donde había vivido mis años mortales, y aunque lo hiciera, no la hubiera podido encontrar. En el 2003 me topé con Clara, quien desde entonces es mi protectora.
Una noche, vagaba por las calles solitarias de la parte sur de la ciudad, cuando mi mente captó la de un chico atormentado por pesadillas. Sin saberlo, había encontrado a mi familia mortal.
7
Ya lo he decidido, nada me hará cambiara de opinión. Le daré la paz a Clara, quien tanto la necesita, luego iré a Monterrey, necesito ver a Ágata, aunque solo sea de lejos. En un par de años volveré a la capital. Tengo una teoría de cómo podría crear a alguien como yo. Haré algunas pruebas, y si tengo razón, pronto Raúl podrá acompañarme. Necesito un protector permanente, y nadie mejor para el trabajo que alguien de la familia.
AUTOR/A: alucard70
FUENTE: Escalofrio.com
Las pesadillas son algo común en todas las personas. Desde siempre ha habido ese tipo de cosas, ya sea provocadas, como se cree comúnmente, por cenar demasiado antes de dormir o por otros motivos. Lo cierto es que siempre he tenido pesadillas, y por eso es un tema recurrente en casi todo lo que hago. En la escuela, cuando los profesores solían pedirnos redactar cuentos, siempre escribía sobre mis pesadillas. Recuerdo a la maestra Martha, de mi cuarto año de primaria, quien incluso trató de enviarme al psicólogo escolar, luego de que usara una especialmente desagradable como inspiración para un cuento que nos había pedido para la clase de lenguaje, por ese motivo, deje de usarlas como base en mis redacciones escolares.
Mis pesadillas eran extrañas, o al menos es esa la manera en la que yo las percibo. Podían variar de tema de manera abrupta, pero siempre eran similares en el fondo, la representación de uno de mis tantos temores. Soñaba, por ejemplo, que todos en mi familia se habían convertido en vampiros, excepto yo; mis familiares me perseguían intentado morderme para que me uniera a ellos. Sé que suena como algo tonto, pero cuando los soñé debía de tener unos seis años. Un miedo infantil.
Otro sueño que recuerdo claramente, y que en verdad resulto aterrador, trataba sobre una muñeca. Mi madre, cuando joven, coleccionaba muñecas de porcelana, esas que parecen inusualmente reales, ataviadas con vestidos victorianos y ese tipo de cosas. Recuerdo que había una habitación llena de ellas en casa de la abuela, que mamá no había querido llevarse a su casa, ya que temía que cuando tuviera hijos estos las destrozaran. Debó de admitir que eso era una posibilidad muy grande cuando yo era un niño. Bueno, sólo hubo una muñeca que ella se llevo a la casa. Media unos cincuenta centímetros y estaba hecha de porcelana blanca, la cual hacia que pareciera tener una piel pálida y lustrosa. Tenía un cabello negro rizado cubierto por un sombrero de ala ancha adornado con encajes blancos y plumas de pavorreal; llevaba un vestido verde oscuro de en estilo victoriano. Esa muñeca me había dado pavor desde que vi una película de miedo sobre una muñeca que estaba viva.
Pero, bueno, en el sueño yo era enviado por mi madre a buscar algo a su cuarto. Entraba corriendo, pues sabía que lo que buscaba estaba sobre la cómoda, sólo era cuestión de entrar, tomarla y volver corriendo al primer piso. Abría la puerta con cuidado, veía mi objetivo y corría hacia él, al tomarlo, se escuchaba la puerta cerrarse tras de mí, me volvía para salir y entonces veía a la muñeca parada frente a la puerta. Trataba de gritar, pero de mi boca no salía sonido alguno. La muñeca comenzaba a caminar hacía a mí.
—Juega conmigo —decía de pronto ella, mientras extendía sus manos hacia mí. Justo cuando estaba por alcanzarme, despertaba.
Ese tipo de sueños han sido comunes durante toda mi vida, lo cierto es que, nunca me he podido deshacer de ellos. En el pasado, despertaba continuamente sintiendo un horror indescriptible. Recuerdo que me levantaba de la cama y me ponía a dar vueltas por la habitación en penumbras, tratando de dejar de pensar en lo que acaba de soñar. Usualmente mi padre se levantaba para decirme que volviera a dormir, cuando más chico inventaba que tenía ganas de ir al baño, pero que me daba miedo bajar solo a la planta baja. Mi padre me acompañaba y se quedaba en el pasillo fuera del cuarto de baño hasta que yo terminaba de hacer mis necesidades. Conforme fui creciendo, deje esa manía de levantarme cuando tenía ese tipo de sueños, y solamente me quedaba acostado, tratando de tranquilizarme pensando cosas agradables.
A los doce años, leí en algún lugar que era posible alejar las pesadillas escuchando algo de música relajante mientras se dormía. Antes de eso, había intentado otras cosas, como dormirme en determinada posición. Llegue a creer que si dormía viendo específicamente a la pared este de mí cuarto podía evitarlas. Al final, luego de tanto «remedio casero» intente lo de la música. Elegí música clásica, ya que siempre me ha parecido sumamente relajante, y al poco encontré una estación local que transmitía una selección de música clásica toda la noche. Mis pesadillas disminuyeron considerablemente, o al menos eso pensaba.
A los quince años, fue cuando comenzó. Recuerdo que dormía plácidamente, cuando de improviso me desperté. No había soñado algo especialmente desagradable como para que me despertara con un sobresalto, al menos no recuerdo nada. La habitación estaba oscura, salvo por los eventuales destellos de uno que otro coche que pasaba por la calle. En la radio sonaba la Novena de Beethoven. Allí estaba yo, sin saber porque de pronto me había despertado con el corazón latiendo ferozmente y un extraño sudor frio perlándome el cuerpo.
Fue la primera vez que la escuche. Una risa como de niña, pero yo era hijo único, así que obviamente no tenía hermana y, aunque la tuviera, era demasiado tarde como para que alguien, salvo el que despierta por una pesadilla, estuviera despierto. La risa parecía provenir de algún lugar del pasillo, fuera de mi habitación. Ya que era invierno, me cubrí con las cobijas hasta la cabeza. Permanecí en vilo, mientras la risa no paraba de sonar. Al poco rato se escucharon unos pasos que se acercaban a la puerta de mi habitación, aún bajo los cobertores y el edredón, apreté los ojos y trate de regular mi respiración agitada, fingir que dormía.
Las risas y los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta, la cual estaba cerrada por dentro. Se escucharon cuatro golpes quedos, como los que daría una mano pequeña y luego una risita como de burla. Luego de eso, pasaron unos minutos, pero en ese instante debió de haberme parecido más tiempo, antes de que los pasos se alejaran en dirección a la escalera. Se escucho como si alguien bajara las escaleras con pequeños saltos.
c
No pude volver a dormir esa noche, o al menos no me di cuenta de en que momento el sueño volvió a alcanzarme.
A la mañana siguiente creí que había sido una de mis inusuales pesadillas, o tal vez sólo trataba de convencerme de eso. Pasaron dos semanas sin que nada de eso volviera a ocurrir, y el incidente se borró de mi mente. Llegaron las vacaciones de navidad y el tiempo en que podía quedarme hasta noche viendo los programas de comedia de la barra nocturna, que termina a las dos de la mañana.
Los primeros días no pasó nada de importancia, hasta el cuarto día. Estaba por terminar el penúltimo programa de ese día, cuando la risa volvió a escucharse en el pasillo. Me quede paralizado. En la tele Ross decía algo sobre paleontología que los demás no entendían, pero a mi no me hizo gracia el chiste, estaba muerto de miedo. Nuevamente escuche que tocaban a la puerta. Trate de quedarme quieto, de no hacer ruido.
—Sé que estas allí —se escucho una voz de niña, tal vez de entre siete y ocho años, no lo sé, tal vez menos, nunca he sido bueno para definir la edad de las personas sólo por su voz—. Vamos, sal a jugar.
Aun paralizado por el miedo, comencé a rezar todas las oraciones que podía recordar de mis días en el catecismo. Nunca he sido muy religioso, pero en momentos como ese toda ayuda, especialmente divina, es bien recibida. El ser fuera de mi cuarto tarareaba una canción infantil, aunque no recuerdo cual, sólo que la forma en que lo hacia tenía un efecto que aumentaba el horror de tal escena.
—Eres muy aburrido —dijo de pronto la niña. Se escucho que sus pasos se alejaban nuevamente hacia la escalera, esta vez de manera veloz, como si estuviera corriendo.
Me metí a la cama sin preocuparme por apagar el televisor y me cubrí nuevamente con las cobijas. Resulta extraño como unas siempre piezas de tela parecer ser una coraza impenetrable para quien experimenta tales horrores.
A la mañana siguiente, algo cansado y asustadizo, baje al comedor a desayunar. Mi padre, que también tenía vacaciones esos días, estaba sentado leyendo el periódico, mientras mi madre preparaba el desayuno.
—Deberías de bajar el sonido cuando ves la televisión por las noches, Raúl —me reprendió de pronto—, juró que esta vez estaba tan alto que parecía retumbar por todo el pasillo.
Me quede helado ante esto, sólo atine a contestar un escuálido: «Sí, papá».
—Hablando de eso —intervino mamá, mientras me servía un plato de huevos revueltos—, ¿qué veías?
—Los programas de comedia —respondía, mientras usaba el tenedor para picar distraídamente mi plato.
—Me pareció que era otra cosa —agregó ella, sentándose a la mesa—. Creo haber escuchado una canción que no oía desde que mi abuela, que en paz descanse, nos la cantaba cuando niña a tus tíos y a mi.
Por la tarde, mis padres salieron para visitar a la tía Samanta que había estado algo enferma, por lo que me quede solo en casa. Por alguna razón me había olvidado de lo ocurrido la noche anterior, quedando sólo como una pesadilla más. Conecte la consola de videojuegos en la televisión de la sala y me dispuse a jugar una partida del juego de guerra que mi abuela me había regalado en mi cumpleaños.
Estaba muy entretenido tratando de entrar a un bunker nazi, cuando escuche nuevamente la voz de la niña en el segundo piso. ¡Esta vez a plena luz del día! Creo que deje caer el control del videojuego, mientras el terror volvía a apoderarse de mí. Podía oír claramente como la niña parecía estar jugando a brincar el avión en el piso de arriba, incluso entonando la vieja melodía. Luego se escuchó como corría hacía las escaleras. Desde la sala, es posible ver el inicio y el final de estas, ya que sólo son separadas por un muro, y las escaleras, además, estas defienden en forma de «U».
Impulsado por una fuerza extraña, volví la mirada hacía estas. Pude ver la forma de unos pequeños piececillos bajar corriendo. Con temor esperé a que el fantasma apareciera en mi marco de visión. Lo cual sucedió de inmediato.
Me encontré frente a una niña de unos seis años. Tenía un largo cabello castaño oscuro y una piel blanca de aspecto cenizo, mostraba una sonrisa inocente en sus pequeños labios sonrosados, aunque esta perdía su fuerza debido al aspecto terrorífico de sus ojos amarillos, los cuales parecían mirar como un depredador. Traía puesto un vestido amarillo de holanes, unas calcetas blancas hasta la rodilla y unos zapatitos negros.
Al verme la «niña» sonrió como si se hubiera encontrado con un juguete nuevo. Comenzó a caminar hacia mí con paso lento. A cada movimiento de sus piececillos podía sentir como mí terror se incrementaba. La niña se dio cuenta de eso y su sonrisa abandono su sonrisa inocente para adoptar una más cruel e inhumana. Era una escena surrealista, una niña jamás debe de verse de esa manera. Era aterrador.
Salí de mi mutismo y me aleje de ella, lo más que pude, arrastrándome al otro lado del sofá en el que estaba sentado. La cosa hizo una mueca.
—¿No quieres jugar, Raúl? —su voz sonaba engañosamente tierna. Se detuvo y me miro con una expresión curiosa. Volvió su mirada a la pantalla del televisor, donde, a esas alturas, se mostraba una imagen de mi personaje muerto y un texto donde se le preguntaba al jugador si quería continuar la partida desde el anterior punto de salve—. Esos son los juegos que te gustan —dijo, mientras parecía analizar la pantalla—. ¡No me gustan! —grito, haciendo una especie de berrinche.
La niña se sentó en el sofá, sin apartar sus orbes amarillentos de mí. Yo hacia lo mismo, pero el ente no parecía querer acercarse más sólo estaba allí, sentada mientras balanceaba sus pies y tarareaba una canción infantil.
—Sabes, me agradas —dijo, mientras se subía por completo al sillón y comenzaba a gatear hacia a mí. Me paralice nuevamente, la niña se detuvo mientras su rostro quedaba a unos escasos centímetros del mió—. Realmente me agradas mucho.
Su aliento olía como a vegetales podridos, aunque sus dientes parecían ser perlas relucientes de lo blancos que estaban. Movió la cabeza cómo si fuera a intentar darme un beso en la mejilla, pero bajo más, de tal manera que pude sentir su fétido aliento en mi cuello. Justo en ese momento se escucho que la puerta automática de la cochera se abría, mis padres habían llegado. La niña se puso de pie de un brinco, y luego subió las escaleras corriendo. No sin antes prometer que jugaríamos en otro momento.
Casi no pude dormir esa noche, ni las siguientes, por temor a la extraña niña. Pero ni una sola vez volví a escuchar sus risas y juegos en el pasillo.
Cerca de tres meses más tarde, me encontraba ayudado a mi madre a acomodar unas cosas en casa de la tía Samanta, que acaba de morir. Ella en realidad era mi tía abuela, y vivía sola desde que su marido muriera poco antes de que nacieran sus hijos gemelos, y nunca se había vuelto a casar.
Estábamos ordenando viejas cajas con fotografías, cuando me tope con una muy extraña. En ella aparecían la tía Samanta, mi abuela y otra niña. Mi abuela era menor que mi tía por cinco años, pero esa otra niña, que estaba a la derecha de mi abuela, quien estaba al centro, parecía ser unos dos años menor que la tía. Traía puesto un vestido blanco de esos que se usaban unos setenta años atrás, en los años cuarenta.
—¿Quién es la otra niña? —pregunte a mi madre.
Ella tomó la fotografía de mi mano y la observo un momento con semblante triste. Luego volvió a guardarla en una de las cajas.
—Era tú tía abuela Isabel —respondió ella, con mirada seria.
—¿Murió? —pregunte.
—Se podría decir —parecía distraída, por lo que no presione a pesar de que tenía curiosidad—. Desapareció —dijo al fin—, en un viaje a Guanajuato para visitar a tus bisabuelos, se perdió en las calles de la ciudad mientras paseaban una noche. Nunca pudieron hallarla. La verdad dudo que siga con vida.
La foto había quedado hasta arriba de las demás. En un momento de descuido de mi madre, la agarré y la guardé en el bolsillo trasero de mis pantalones.
Pasó alrededor de un mes, en el que pude dormir tranquilo, confiándome a que el horror que había vivido con ese extraño ente se había acabado. Volvía a mi vida normal, aunque las pesadillas volvían a atormentarme de vez en cuando, algunas veces soñaba con aquella niña pero nada más. Hasta que volvió.
Esa noche, convenientemente, había olvidado cerrar la puerta de mi habitación por dentro, puesto que me había quedado hasta tarde terminando con un trabajo de química. Cuando me desperté a las dos treinta de la mañana, de la misma manera en que me había ocurrido la primera vez que la escuche, supe que era lo que ocurría.
La escuche reír en el pasillo, mientras sus pasitos de acercaban cada vez más a mi puerta. Cuando ella toco la primera vez, la puerta se entre abrió, causando que ella riera divertida, aunque con un deje de crueldad. Empujó la puerta. Como era verano yo sólo tenía una sabana para cubrirme en caso de mosquitos. Estaba bajo de esta, pero la luz de la luna llena que se colaba por el pasillo me permitía ver perfectamente la silueta de la niña.
La pequeña se acercó hacia a mi, tarareando una de esas viejas melodías infantiles que parecían ser una especie de marca personal en ella. Se detuvo justo al lado de mi cama. La radió sobre mi cabeza tocaba una canción de Mozart cuyo nombre no recuerdo. Las manitas de la niña agarraron la sabana y la jalaron para descubrirme.
—Hola, Raúl —dijo, con ese todo de inocencia fingida—. Esta vez si vamos a jugar.
Aunque estaba paralizado de miedo, me obligue a mi mismo a tomar algo de valor de cualquier lugar. Con voz queda susurré algo.
—¡Espera Isabel! —mi voz era tan baja que por un momento temí haberlo pensado en vez de haberlo dicho.
La niña, que para ese momento ya se estaba acercando hacia mi cuello, mientras se relamía los labios, se detuvo en seco. Sus ojos me miraron con extrañeza, a la vez que me exigían revelar como era que sabía algo tan personal de ella como su nombre.
En un rápido movimiento saqué la fotografía que durante el último mes había permanecido escondida bajo mi almohada. Se la mostré a Isabel quien, tras contemplarla un momento con mudo asombro, la arrebato de mis manos. Siguió observando el retrato, y en cierto momento acarició la imagen como si se tratara de un gran tesoro.
—¿Cómo… ? —parecía realmente confundida por el hecho de que yo tuviera algo como eso.
—¿Eres la tía abuela Isabel? —pregunté—. La hermana desaparecida de la tía Samanta y la abuela Ágata.
Ella me volvió a ver con sus ojos amarillos que parecían tener un destello especial por la noche. No había ningún rastro de malicia en ellos, al contrario, parecían verme con genuina dulzura.
—Gracias, hijo —susurró, antes de salir de mi habitación, mientras sostenía la foto en sus manos como su posesión más preciada. Supongo que era lo único que tenía para recordar a sus hermanas.
Nunca más volví a verla ni a escucharla siquiera, y al poco tiempo deje de soñar con ella. Las otras pesadillas ya no me molestaban tanto, no luego de haber visto un horror de verdad tangible, como lo era, o más bien, es Isabel. No sé que le habrá pasado cuando niña en ese viaje a Guanajuato, ni que es ella realmente, si un fantasma o algo más. Sólo sé que, de la familia o no, no quiero volver a verla ni a escucharla en mi vida.
Al final, al recordarla, deseo que mi encuentro con ella fuera sólo una pesadilla más, aunque el miedo y la incertidumbre que me causo nunca dejaran que tal cosa pasé, ni siquiera en mis pensamientos.
AUTOR: alucard70
FUENTE: Escalofrío.com