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La Opinión de Andrés Aberasturi (Dedicado a Cayo Lara)

 

Carta a Cayo Lara del padre de un hijo tonto

  Sr. Cayo Lara: Me resulta complicado empezar esta carta de otra forma porque ni puedo escribir «querido amigo» porque no lo es, ni albergo en mi interior por usted ese sentimiento que podría justificar la utilización del socorrido «estimado», así que vale como está.
   El motivo de esta carta no es polemizar con usted sobre la III República, que tanto desea, ni sobre la expropiación de YPF, que tanto parece gustarle, ni sobre nada demasiado trascendente; es más, esta carta no trata siquiera de polemizar ni de discutir sino, sencillamente de explicarle algo que, por lo visto, usted ignora y todo hace sospechar que desprecia: un hijo tonto. Yo tengo un «hijo tonto» Sr. Cayo Lara y le podría explicar qué hemos hecho y que hacemos su madre, su hermano, su familia, cada hora de cada día en los últimos 32 años.
   Mire usted, se me ocurren mil formas de cuestionar la monarquía bastante mas inteligentes que decir lo que usted ha dicho y que transcribo textualmente para quien no lo sepa: «No entendemos que alguien por el hecho de ser hijo de, tenga que ser jefe de un Estado. ¿Y si sale tonto? ¿Tenemos que cargar con un jefe del Estado tonto?» La primera frase incluso la comparto plenamente, pero en la segunda me temo que no sólo no ha estado usted muy afortunado sino que, más que ofender, ha herido a demasiada gente de forma gratuita. Sabemos que no era su intención, faltaría más, pero cuando algo se dice sin intención, es lícito pensar que de alguna forma funciona el subconsciente y, en su caso, lo de menos es la realidad que ponía como ejemplo; lo que duele es el desprecio que se traduce en ese «y si nos sale tonto», en ese «tenemos que cargar». Ya, ya sé que habla usted de un presunto Jefe de Estado pero eso no le justifica en absoluto. Ustedes -y hacen bien aunque equivocados- se pasan el día con lo de «compañeros y compañeras» para no discriminar a la mujer. ¿Qué le parece que podemos sentir todos los que tenemos un hermano con síndrome de Down o un hijo con parálisis cerebral, eso que usted llama genéricamente «tonto»?
   Sé que algunos van a entender que exagero, que saco las cosas de su contexto, que voy más allá de lo que en realidad no deja de ser una expresión casi coloquial. Y ese es precisamente el problema, que se hayan convertido en algo coloquial adjetivos como subnormal y derivados. Hay tanto desprecio, tanta ignorancia del dolor y el trabajo y la lucha y la alegría de quienes sí tenemos no un adjetivo sino una realidad «subnormal» a la que amamos sobre todas las cosas, que oír lo que usted dijo en RNE -y no he visto que haya pedido disculpas por ello, puede ser, pero yo no lo he leído- nos produce primero incredulidad y luego desprecio. El mismo desprecio que sentimos por el concejal de Izquierda Unida -mire usted, también de IU- en el Ayuntamiento de Badajoz, Manuel Sosa, cuando en una rueda se comentó sobre el accidente de Froilán que lamentaba «que el nieto del Rey se haya pegado un tiro en el pie con la cantidad de sitios que hay en el cuerpo para pegarse un tiro».
   Señor Cayo Lara, créame: así no vamos a ninguna parte.
Ni suyo y afectísimo, firma esta carta el padre de un niño tonto.

AMORDAZANDONOS DULCEMENTE.

Amordazándonos dulcemente

¿Carecemos de sensibilidad hacia aquellos que deberían ser libres?

por Mark Steyn

                       

Para ser honesto, no había pensado de hecho demasiado en la “libertad de expresión” hasta que me convertí en objeto de tres demandas por “discurso de odio” en Canadá en el 2007. Quiero decir que yo estaba filosóficamente a favor de ella y me he opuesto consecuentemente a las espantosas comisiones de “derechos humanos” del Dominion y sus equivalente en cualquier parte durante toda mi vida adulta y, de vez en cuando, cuando surge algún ejemplo especialmente selecto de imposición políticamente correcta, lo aporreo un rato en una o dos columnas.

Pero no creo que entendiese realmente cuán avanzado estaba en verdad el asalto de la izquierda a este núcleo de libertad occidental. En 2008, poco después de que mi escrito fuese procesado por “flagrante islamofobia” en la Columbia Británica, varios lectores del National Review me enviaron correos electrónicos desde los Estados Unidos para preguntarme cuál era el gran problema.  Vamos, relájate, ¿qué pueden hacer unas pseudo-cortes de “derechos humanos”? Y yo les respondí que la pena establecida por la ley bajo el Código de “Derechos Humanos” de la Columbia Británica era que a Maclean’s, el semanario de noticias más vendido de Canadá y, por extensión, a cualquier otra publicación, podría serle prohibido a partir de entonces publicar cualquier cosa mía sobre el Islam, Europa, terrorismo, demografía, asistencia social, multiculturalismo y varios temas relacionados. Y que esta prohibición duraría para siempre y que se estimaba que tenía la misma fuerza que una decisión de la corte suprema. Yo resultaría impublicable, en efecto, en mi país natal. En teoría, si se me presentase un trabajo de crítico de danza o corresponsal de jardinería, podría solicitarlo, aunque si el Ballet Real de Winnipeg se decidiera a ofrecer Yihad: El Ballet para su sesión de Navidad tendría probablemente que rechazarlo.

Y lo que me pareció raro de esto es que a muy pocas personas les pareció raro. En realidad, el sistema canadiense parece pensar que es totalmente natural que el estado canadiense deba encargarse del negocio de la prohibición de por vida de publicaciones, de la misma manera que el sistema holandés piensa que es totalmente natural que el estado holandés deba procesar a líderes electos de la oposición parlamentaria por sus plataformas políticas, y que el sistema francés piensa que es apropiado que el estado francés procese a novelistas por sentimientos expresados por personajes ficticios. A través de casi todo el mundo occidental, salvo por América, el estado se siente cada vez más cómodo con los discursos públicos microrregulados y, de hecho, con los discursos no-tan-públicos: Lars Hedegaard, jefe de la Sociedad de Prensa Libre danesa, ha sido procesado, ha sido absuelto, se le ha invalidado la absolución y ha sido condenado por “racismo” por algunos comentarios sobre el tratamiento a las mujeres del Islam realizados (así pensaba él) en privado, pero grabados y hechos públicos a todo el mundo. El reverendo Stephen Boissoin fue condenado por el atroz crimen de escribir una carta homófoba a su periódico local y fue sentenciado por Lori Andreachuk, la agresiva ingeniera social que trabaja de comisaria de “derechos humanos” en Alberta, a una prohibición de por vida a pronunciar nunca más nada “despreciativo” sobre la homosexualidad en sus sermones, en periódicos, en la radio o en correos electrónicos privados. Nótese ese concepto legal: no “ilegal” u “odioso”, sino simplemente “despreciativo”. Dale McAlpine, un (atención) cristiano practicante, estaba repartiendo folletos en la ciudad inglesa de Workington y cuchicheando con los compradores cuando fue arrestado bajo cargos de “orden público” por Constable Adams, un oficial de relaciones comunitarias gay, lesbiana, bisexual y transexual. El oficial escuchó al Sr. McAlpine  decir que la homosexualidad es un pecado. “Soy gay”, dijo Constable Adams. “Bueno, sigue siendo un pecado”, dijo el Sr. McAlpine. Así que Constable Adams lo arrestó por causar angustia a Constable Adams.

Para ser justos, debería añadir que el Sr. McAlpine fue arrestado también por causar angustia, en general, a los miembros de su público y no sólo al ofendido poli gay. En realidad ningún miembro del público se quejó, pero, como Constable Adams señaló, el Sr. McAlpine estaba hablando “con una voz tan alta” que podría haber sido, teóricamente, “escuchado por otros”. Y no podemos permitirlo, ¿verdad? Así que se le tomaron las huellas, muestras de ADN y se le lanzó a una celda durante siete horas. Cuando era un chaval, el viejo chiste de los lavabos públicos de Picadilly Circus era que no debías mirar nunca a los ojos a nadie porque ese lugar estaba abarrotado de risibles policías vestidos poco convincentemente de paisano en jerséis blancos de cuello de cisne deseando arrestarte por solicitar sexo gay. Ahora están deseando arrestarte por no solicitarlo.

En un clima como éste, las características nacionales honradas durante mucho tiempo se extinguen fácilmente. Hace una generación, incluso los politécnicos trotskianos y marxistas de Inglaterra mantenían todavía una suficiente parte inglesa, residualmente, como para sentir que el cuento de escala industrial de familia y amigos que fueron a la Europa del Este comunista no era precisamente un juego limpio, compañero. Ahora Inglaterra es la Pequeña Stasi-on-Avon, un país donde, si estás fuera del alcance de ser escuchado por un oficial gay, un infeliz comentario en presencia de un compañero de trabajo o incluso de juegos es más que suficiente. Codie Scott, de catorce años, preguntó a su profesor del Instituto Harrop Fold si podía sentarse con otro grupo para hacer su proyecto de ciencias, ya que en el suyo los otros cinco alumnos hablaban urdu y ella no entendía qué estaban diciendo. El profesor llamó a la policía, se la llevaron a comisaría, la fotografiaron, le tomaron las huellas, muestras de ADN, le quitaron su joyería y los cordones de los zapatos, la metieron en una celda durante tres horas y media o cuatro horas y la interrogaron por ser sospechosa de haber cometido una “infracción del orden público racial” según la Sección Quinta. “Se realizó una acusación de naturaleza muy seria sobre un comentario motivado racialmente”, declaró el director, Antony Edkins. El instituto “no tolerará el racismo en ninguna de sus formas”. En una declaración, la Greater Manchester Police dijo que se toman muy seriamente los “crímenes de odio” muy seriamente y que su trato a la señorita Stott estaba en consonancia con el “procedimiento normal”.

Sin duda lo estaba. Y ése es el problema. Cuando me metí en problemas en el norte, unos cuantos miembros con principios de entre los bien pensants de Canadá hicieron frente argumentando que la policía estaba fuera de control y que la ley debía frenarse. Entre ellos estaba Keith Martin, un miembro liberal del parlamento y así mismo miembro de una minoría evidente o, como él dice, un “chico marrón”. Para su desesperación, tanto él como otros liberales con principios fueron motivo de burla por parte de Warren Kinsella, asesor de imagen de tercera del partido liberal y tipo que se las da de ser el James Carville de Canadá. Tal y como Kinsella se burló de estos solitarios defensores de la libertad de expresión, ¿cómo os sentís al estar en el mismo bando que Steyn… y los antisemitas… y los defensores de la supremacía de la raza blanca? Eh, eh, ¿cómo os sentís por eso, eh?

Al Sr. Kinsella se le obligó, posteriormente, a ofrecer una humillante disculpa ante la “comunidad china” por hacer un chiste sobre pedir gato en su restaurante chino favorito de Ottawa: incluso los más censuradores de entre los que prescriben la corrección política, a veces, se olvidan de sí mismos y, sin querer, se comportan como seres humanos normales. Pero, antes de que el gato chino se comiese su lengua, el escritorzuelo liberal, como tantos otros del mismo tipo, no capta lo esencial: “libertad de expresión” no significa que el “chico marrón” está en el mismo bando que el “defensor de la supremacía de la raza blanca”. Significa que reconoce que el otro tiene derecho a elegir un bando. Por otro lado, las comisiones de “derechos humanos” de Canadá y el oficial comunitario gay de Inglaterra y los diferentes fiscales de Europa parecen pensar que tan sólo debería haber un bando en este debate, y están más cómodos que nunca sosteniendo eso de forma bastante abierta.

Así que, después de que Anders Breivik acribillase a balazos a docenas de sus compatriotas noruegos, lo único sobre esta historia que hizo la boca agua a la izquierda occidental fue la oportunidad que les permitía reducir todavía más los parámetros del discurso público. Con regocijo se lanzaron sobre su “manifesto” de 1.500 páginas, en el que me cita a mí, a John Derbyshire, Bernard Lewis, Theodore Dalrymple y a diversos nombres familiares en estos lares. También cita a Winston Churchill, Thomas Jefferson, Mahatma Gandhi, Mark Twain, Hans Christian Andersen y a mi compatriota de izquierdas, Naomi Klein, la chica “No logo” columnista de The Nation en los Estados Unidos y del Guardian en Inglaterra. Para que conste, mi nombre aparece cuatro veces, el de la señorita Klein aparece cuatro veces.

Y a pesar de ello, la izquierda británica, canadiense, australiana, europea y americana —y más que unos pocos americanos de ideas afines— se alzaron juntos para pedir restricciones sobre una muy estrecha tajada del material de lectura extraordinariamente —¿cuál es la palabra? — diverso de Anders Breivik.

“No puedo comprender que pienses que está bien que la gente vaya por ahí diciendo que debemos matar a todos los musulmanes”, suspiró Tanya Plibersek, la ministra australiana de servicios humanos, en una mesa redonda, “y que eso no tenga ningún efecto real en el mundo”. Porque, después de todo, abogar por el asesinato de todos los musulmanes es lo que yo y Bernard Lewis y Theodore Dalrymple y Naomi Klein y Hans Christian Andersen hacemos durante todo el día.

Se estaba dirigiendo a Brendan O’Neill, un atribulado defensor de la libertad de expresión en un programa en el que el anfitrión, los invitados, la audiencia del estudio y los tweeteros que seguían la emisión estaban todos animadamente a favor de la regulación estatal, y no de actos humanos sino de opiniones. Y no sólo por incitar a chalados noruegos, sino también a Rupert Murdoch. De un modo u otro, también estaban a favor de que el gobierno tomara medidas para poner en su sitio a los medios. ¿En qué sitio? Bueno, en el del gobierno, presumiblemente. Tanto si consiguen salirse con la suya en las regiones australes, en Londres se está animando activamente al Estado británico a regular el contenido de la prensa por primera vez en cuatro siglos.

¿Cómo llegamos a esta situación? Cuando mis tribulaciones en Canadá comenzaron, alguien me recordó un comentario del escritor americano Heywood Broun: “Todo el mundo está a favor de la libertad de expresión en los momentos de inactividad en los que no se han de enterrar las hachas”. Creo que es exactamente lo contario. Es precisamente cuando no hay hachas que enterrar que Occidente decidió que podía prescindir de la libertad de expresión. Hubo un tiempo, hace unos 40 años, cuando parecía que todas las grandes preguntas habían sido solucionadas: no habría más Tercer Reichs, ni más regímenes fascistas, ni más antisemitismo; las democracias sociales avanzadas se dirigían inevitablemente a una avenida iluminada de una sola dirección hacia el pacífico reino del multiculturalismo; y así parecía a una determinada mentalidad que era totalmente razonable introducir códigos de expresión y crímenes de pensamiento, esencialmente como un tipo de operación de limpieza. Los tribunales de “derechos humanos” de Canadá fueron creados originalmente para ocuparse de la discriminación laboral y doméstica, pero los canadienses no son terriblemente odiosos y no había mucho de eso, así que se pusieron a perseguir el “discurso del odio”. Era una noción no liberal impuesta, supuestamente, por la causa del liberalismo: ¿que un puñado de perdedores neonazis en habitaciones alquiladas  en los sótanos están dejando folletos de supremacía blanca en las cabinas telefónicas? Venga, relájate, cazaremos a esos perdedores marginales y extremistas y nos aseguraremos de que no te molesten más. No son más que unos pocos cavernícolas recalcitrantes que se han negado a seguir el ritmo. No penséis en ellos. Nada importante, chicos.

Cuando aceptas que el estado tiene el derecho a criminalizar la negación del Holocausto, estás terriblemente cediendo mucho mucho terreno. No me refiero únicamente de forma específica: la República de Weimar era una auténtica proto-Trudeaupia de leyes de “discurso del odio”. 15 años antes de la subida de los nazis al poder, hubo más de 200 procesos por “discurso antisemita” en Alemania, y cedieron mucho terreno. Pero más importante que la inutilidad práctica de tales leyes es la suposición que estás haciendo: estás aceptando que el estado, al excluir una opinión de sus límites, se contentará con detenerse ahí.

Como resulta claro ahora, no lo está. Las restricciones en la libertad de expresión socavan los fundamentos de la justicia, incluyendo el principio fundamental: igualdad ante la ley. Cuando se trata de la libre expresión, Inglaterra, Canadá, Australia y Europa son, antes que países de leyes, países de hombres –y de mujeres, heteros y gays, musulmanes e infieles– cuyos derechos ante la ley varían en función de a qué combinación de estos diferentes grupos identitarios pertenezcan.

Apareciendo en un club de comedia de Vancouver, Guy Earle se vio obligado a calmar a un par de borrachas que lo interrumpieron. Si me lo hubiese dicho a mí o a Jonah Goldberg, no tendríamos una compensación legal. Por desgracia para él, se lo dijo a dos borrachas molestas de creencias lésbicas, así que lo acusaron de hacerlas callar homofóbicamente y fue multado con 15.000 dólares. Si John O’Sullivan y Kathryn Lopez hubieran tenido la ocasión de entrar en el bar Driftwood Beach de la Isla de Wight mientras, en el curso de una noche de personas mayores, Simon Ledger interpretaba “Kung Fu Fighting”, no habrían tenido motivos para quejarse, incluso si hubiese tocado una nueva mezcla dance extendida. Sin embargo, los que pasaron por allí eran chinos y por ello el Sr. Ledger fue arrestado por racismo.

En un mundo así, las palabras no tienen un sentido consensuado. “Eran chinos enrollados del barrio chino enrollado” es legal o ilegal según quién lo escuche. Ciertamente, en mi ejemplo favorito de este modo de pensar, las mismas palabras pueden servir de prueba a dos crímenes de odio completamente diferentes. Iqbal Sacranie es un musulmán cuya “moderación” ejemplar ha sido armada caballero por la Reina. El jefe del Concilio Musulmán de Inglaterra, Sir Iqbal, fue entrevistado en la BBC y expresó la opinión de que la homosexualidad era “inmoral”, “no era aceptable”, “propaga enfermedades” y “daña los fundamentos básicos de la sociedad”. Un grupo gay se quejó y Sir Iqbal fue investigado por la “unidad de seguridad comunitaria” de Scotland Yard por “crímenes de odio” y “homofobia”.

Independiente pero simultáneamente, la revista de GALHA (Gay and Lesbian Humanist Association) llamó al Islam “doctrina descabellada” creciendo “como un cáncer” y profundamente “homofóbica”. A su vez,  el Foro de Crimen Racial de Londres pidió a Scotland Yard que investigara a GALHA por islamofobia.

¿Lo pilláis? Si un musulmán dice que el Islam se opone a la homosexualidad, Scotland Yard lo investigará por homofobia; pero si un gay dice que el Islam se opone a la homosexualidad, Scotland Yard lo investigará por islamofobia.

Dos hombres dicen exactamente lo mismo y se les investiga por diferentes crímenes de odio. Por otro lado, podrían haber cantado “Kung Fu Fighting” una y otra vez durante todo el día y no habría sido un crimen a no ser que una pareja de transeúntes chinos entrara en la sala.

Si no eres gay o musulmán o chino, probablemente te estarás preguntando: ¿cómo puedo tener un trozo del pastel? Después de todo, si el Estado crea un derecho humano para ser ofendido y lo extiende sólo a los miembros de determinados grupos de interés, está incentivando de forma bastante natural la afiliación a aquellos grupos de interés. Andrew Bolt, destacado columnista de Australia, estaba sorprendido por la bien notable no negritud de un gran número de destacados australianos “negros” y escribió un par de columnas sobre el tema del oportunismo de los grupos identitarios. Ahora está siendo arrastrado a la corte y denunciado como “racista”: “racismo” que ha degenerado en un término para cualquiera que mencione el tema. Pero, si la ley confiere privilegios particulares a los miembros de grupos identitarios reconocidos, cómo definimos los criterios de pertenencia de esos grupos es sin duda un tema legítimo para un de debate público.

Uno de los puntos fuertes del derecho consuetudinario ha sido su antipatía generalizada hacia los derechos colectivos, porque la minoría fundamental es el individuo. En cuanto tengas derechos colectivos, necesitarás un poder estatal drásticamente magnificado para mediar entre las jerarquías de los diferentes grupos de víctimas. En un mundo de gays islamófobos, musulmanes homófobos y negros blancos, es tentador asumir que todo este jaleo colapsará sobre el peso de su propia absurdidad.

En lugar de esto, la ley se inclina cada vez más ante esos que peor la tratan. En algunas de las más antiguas sociedades libres del mundo, el Estado no está actuando como mediador para asegurar la tranquilidad social, sino que tortura la lógica y la ley y la libertad de formas cada vez más estúpidas para acomodarse a aquellos que podrían verse tentados a expresar sus preocupaciones de un modo no discursivo. Considérese el caso de Elisabeth Sabaditsch-Wolff, un ama de casa vienesa que ha vivido en varios países musulmanes. Fue llevada a una corte austríaca por llamar a Mahoma pedófilo en base a que consumó su matrimonio cuando su esposa, Aisha, tenía nueve años. La Sra. Sabbaditsch-Wolff fue declarada culpable y multada con 480 euros. El razonamiento del juez fue fascinante: “La palabra pedofilia es objetivamente errónea, ya que la pedofilia es una preferencia sexual que se dirige única o principalmente a niños. Sin embargo, no se aplica a Mahoma. Seguía casado con Aisha cuando ésta tenía 18 años”.

Ah, lo pillo. Así que, según la ley austríaca, no eres un pedófilo si desfloras a la niña de cuarto grado pero sigues con ella hasta el instituto. Es un consejo muy útil si estás planeando unas vacaciones en la montaña en los Alpes este otoño. ¿O se trata de otra de esas exenciones que no tiene aplicación universal?

Los gobiernos occidentales han ido ya demasiado lejos por este camino. “La majestuosa idea de ‘la guerra al racismo’ se está convirtiendo, poco a poco, en una ideología terriblemente falsa”, dijo en 2005 el filósofo francés Alain Finkielkraut. “Y este anti-racismo será para el s. XXI lo que el comunismo fue para el s. XX: una fuente de violencia”. Impecable. Aceptemos en nombre del argumento que el racismo es malo, que la homofobia es mala, que la islamofobia es mala, que las aseveraciones ofensivas son malas, que los pensamientos miserables son malos. ¿Y qué?

Tan malos como puedan ser, que el gobierno los criminalice todos y constituya un régimen de orden público para microrregularnos en su cumplimiento es mil veces peor. Si ésa es la alternativa, dadme el “Kung Fu Fighting” cantado por la esposa de nueve años de Mahoma mientras hago que dos molestas lesbianas devuelvan el Gato del Día de un restaurante chino.

Como John Milton escribió en su Areopagítica de 1644, “Dadme la libertad de conocer, de hablar y de discutir libremente según mi consciencia, sobre todas las libertades”.

O como me dijo un ciudadano canadiense ordinario, después de que yo testificara en defensa de la libertad de expresión ante el parlamento de Ontario en Queen’s Park: “Dadme el derecho a la libertad de expresión y lo utilizaré para reclamar todos mis otros derechos”.

A la inversa, si les dejas tomar tu derecho a la libertad de expresión, ¿cómo vas a evitar que te quiten el resto?

FUENTE: AGON Grupo de Estudios Filosóficos

Descubre la realidad de los trabajadores españoles.

. Los denominados «beneficios de los trabajadores» se han ido «ganando» a través del tiempo, pero sobre todo cuando en el poder no estaban los socialistos, Éstos han ido recortándolos más que nunca. Y es que la historia, y sobre todo la de España, nos da estas sorpresas…

Lo que los auténticos social-patriotas consiguieron para los trabajadores, l…o que los «demócratas», en apenas 40 años, han eliminado. Eso es lo que le debemos a sindicatos, partidos políticos de izquierdas, sobre todo, y a ese festín de ambos llamado «democracia». Desde que los lobbies sindicales de izquierda lideran la lucha por los intereses de los trabajadores no han conseguido un solo logro significativo para los trabajadores. Al contrario, se han convertido en grupos de poder, a base de continuas traiciones a los trabajadores….

Ésta es la historia:

> Las leyes del FUERO DEL TRABAJO

Ya en plena Cruzada Nacional de Liberación, el 9 de marzo de 1938, Franco dicta la Ley del Fuero del Trabajo, en beneficio de los trabajadores. En base a esta ley fundamental, se aprueban las siguientes leyes:

1 de septiembre de 1939 …….. Ley del Subsidio familiar.

23 de septiembre de 1939……. Ley del Subsidio de Vejez.

13 de julio de 1940…………….. Ley de Descanso dominical y días festivos.

25 de noviembre de 1942…….. Ley de Patrimonios familiares.

14 de diciembre de 1942……… Seguro Obligatorio de enfermedad.

 

Para dar cobertura a la Ley del Seguro Obligatorio de enfermedad, se construyó una red hospitalaria, dependiente de la Seguridad Social, constituida por:

Residencias hospitalarias….. 292

Ambulatorios…………………. 500

Consultorios………………….. 425

Residencias concertadas…… 96

 

26 de enero de 1944………. Contrato de Trabajo, vacaciones retribuidas, maternidad para las mujeres trabajadoras y garantías sindicales.

19 de noviembre de 1944……… Paga extraordinaria de Navidad.

18 de julio de 1947……………… Paga extraordinaria del 18 de julio.

14 de junio de 1950…………….. Reforma del I.N.P. para una mejor cobertura en la acción protectora.

22 de junio de 1956…………….. Accidentes de Trabajo

24 de abril de 1958……………… Convenios colectivos

23 de abril de 1959 …………….. Mutualidad agraria. En esta ley se encuadran 2.300.000 trabajadores del campo, por cuenta ajena y propia.

2 de abril de 1961………………. Seguro de Desempleo.

14 de junio de 1962 ……………. Ayuda a la Ancianidad.

28 de diciembre de 1963 ………. Ley de Bases de la Seguridad Social.

31 de mayo de 1966…………….. Régimen Especial Agrario.

2 de octubre de 1969……………. Ordenanza General del Campo, donde se establece la jornada laboral de 8 horas.

20 de agosto de 1970 ……………. Mutualidad de Autónomos Agrícolas.

23 de diciembre de 1970………… Ley de Empleo Comunitario.

 

Así que en la Ley del 9 de julio de 1976, todos los trabajadores españoles tenían cubiertas todas las contingencias por el Estado que había nacido el 18 de julio de 1936, con la Victoria del 1º de Abril de 1939. Pasamos a enumerarlas:

-Seguro de Desempleo.

-Subsidio de Vejez.

-Invalidez permanente total.

-Invalidez absoluta.

-Gran invalidez.

-Discapacitados y Disminuidos.

-Subsidio de Ancianidad.

-Enfermedad Común no laboral.

-Accidente Común no laboral.

-Subsidio familiar.

-Protección familias numerosas.

-Asistencia farmacéutica.

-Asistencia médica.

-Asistencia hospitalaria.

-Vacaciones retribuidas.

-Descanso Dominical y días festivos.

-Paga extraordinaria de Navidad.

-Paga extraordinaria del 18 de julio.

-Pagas sobre beneficios.

-Convenios Colectivos.

-Representantes sindicales (liberados).

-Jurados de empresa.

-Representación Consejos de la administración de las empresas.

 

Todo esto lo hemos perdido por culpa de los sindicatos de izquierdas, la «Psoe,SL», los nazionalistas y muchos progres del PP.

 

20 N

El demente que ha ocupado  la Moncloa rodeándose de eminencias que ven muu grande el aeropuerto de Barajas, que «olvidan» que son hijos de caciques franquistas o que quieren convencernos que los fetos humanos son extraterrestres…

… ese engendro, que durante siete años – con la AYUDA y SUSTENTO de sus caciques, hijos de caciques, acomodados en la carrera de San Jerónimo y en los gobiernos autonómicos y municipales – ha ejercido el poder a base de decretos ley, incumpliendo todos los acuerdos tomados por los partidos políticos durante los años de democracia en materias fundamentales para el Estado..

… esa antigualla, anclada en el estalinismo…

… ese, que se ha leído las obras completas de los dictadores  para ver en donde radicaba el secreto para permanecer en el poder durante 40 años, y lo único que ha conseguido sacar en limpio es una relación de cunetas, tumbas y fechas necrológicas …

Ese ignorante, no podía abandonar la escena sin un último acto final acorde con su grado de estulticia. Obsesionado con un único objetivo :  sacar de lo más profundo de nuestras entrañas colectivas los fantasmas del odio, ha ido a elegir una fecha para dejarnos en paz, que como todas, es efeméride varipointa de todo lo bueno y lo malo de la  historia del ser humano.

Se tarda menos de dos horas en leer esta relación de «cumpleaños» , pero está visto que ni ese  tiempo es capaz de concentrar la atención semejante cerebro.

1520   La expedición marítima de Fernando de Magallanes atraviesa el estrecho que llevará su nombre

1542   Promulgación de las Nuevas Leyes de Indias

1602   Nace Otto von Guericke, inventor de la bomba de aire

1809   Camilo Torres, en nombre del cabildo de Santa Fe, redacta el histórico “Memorial de agravios”

1815   Segunda y definitiva Paz de París, que acaba con las guerras napoleónicas

1845   Combate de la Vuelta de Obligado: el General Lucio Mansilla repele a la escuadra anglo-francesa

1848   El príncipe Luis Napoleón jura su cargo de presidente de la República francesa

1852   Inauguración del Congreso Constituyente argentino, en el histórico cabildo de Santa Fe

1859   Nace Cecilia Grierson, la primera médica argentina, higienista y educadora

1865   Fallece Francisco Manuel da Silva, compositor brasileño

1889   Nace Edwin Hubble, astrónomo estadounidense

1894   Muere Anton Rubinstein, compositor ruso

1900   Nace Chester Gould, creador de la historieta Dick Tracy

1900   La prensa barcelonesa exige pavimentar la Plaza Cataluña porque es una laguna cuando llueve

1910   Estalla en México un movimiento de rebeldía dirigido por Francisco Madero contra el presidente Porfirio Díaz, comienzo de la revolución mexicana

1910   Fallece Leon Tolstoi, escritor ruso

1911   Nace Jorge Negrete, cantante y actor mexicano

1915   Nace Silverio Pérez Gutiérrez, torero mexicano

1919   Muere Francisco P. Moreno, perito, geógrafo, antropólogo y naturalista argentino

1920   Domingo sangriento en Dublín: 72 muertos por disparos de los agentes británicos

1925   Nace Maya Plisetskaya, bailarina y coreógrafa rusa

1927   Los guerrilleros de César Augusto Sandino, contrario a los acuerdos de los políticos nicaragüenses con EEUU,  conquistan la localidad de Ciudad Antigua

1929   Primera exposición del pintor español Salvador Dalí en París

1931   España: contabilizados más de medio millón de enfermos de tuberculosis

1936   Muere fusilado José Antonio Primo de Rivera, político español

1945   Comienza el proceso de Nuremberg contra acusados de crímenes de guerra

1951   Nace León Gieco, músico argentino

1952   Muere Benedetto Croce, filósofo y humanista italiano

1956   Nace Bo Derek, actriz estadounidense

1959   Las Naciones Unidas adoptan la Declaración de los Derechos del Niño

1963   Fallece Luis Cernuda, poeta español

1969   Manifestación de más de 250.000 personas en Washington por la paz en Vietnam

1969   Pelé marca su gol No. 1.000

1975   Muere el general dictador Francisco Franco

1981   Anatoly Karpov retiene el campeonato mundial de ajedrez

1991   Mueren más de 80 personas al descarrilar un tren en Tehuacán, la mayor tragedia ferroviaria en México

1991   España: algunas entidades financieras no exigen la devolución de créditos al Partido Socialista

1995   Diana de Gales admite en la TV que ha cometido adulterio

1998   Un cohete Protón-K pone en órbita el módulo ruso “Zariá”, primera pieza de la futura estación espacial internacional habitada

2011   Termina la zégira de la ignorancia ¡por fin!

DIOS LOS CRIA Y ELLOS SOLITOS SE ARREJUNTAN

AUTOR: Kas O. Perdido. 

OTRA VEZ, DESMINTIENDO A LA IZQUIERDA.

 

Franco y la Seguridad Social

El año 2000 ha sido declarado oficialmente como el año del Centenario de la Seguridad Social. Es también el 25 aniversario de la muerte de Francisco Franco. Y vale la pena hacer, como homenaje a su memoria, algunas consideraciones sobre la excepcional significación de su Régimen en el desarrollo de esta Institución, básica para la justicia, la solidaridad y la paz de los españoles.

Verdaderamente es difícil señalar fecha de nacimiento a fenómenos socio-políticos tan complejos como la Seguridad Social. Y es discutible que la Ley Dato de 1900 tuviera ya este carácter. Pero hay que reconocer que ha sido inteligente por parte del Gobierno vincular el centenario por abajo con un Gobierno conservador como el de Silvela, del que era ministro Dato, y por arriba con el actual de centro-derecha, arrebatando esta bandera a la izquierda, que, con tanta audacia como poco mérito, le hubiera gustado hacer suya. El centenario de la Seguridad Social puede ser una buena ocasión para poner de manifiesto que muchos de los avances sociales son obra de gobiernos considerados de «derecha», frente a lo que pregonan los políticos y los doctrinarios de «izquierda», mucho más parciales y radicales que los de derecha, aunque presuman de lo contrario. Ya comentaremos más adelante la decisiva aportación del régimen de Franco al desarrollo de la Seguridad Social española, que le costará mucho trabajo reconocer a una izquierda empeñada en dar una imagen capitalista y reaccionaria del mismo. Quizá por todas estas razones, el entusiasmo de la izquierda por esta conmemoración brilla hasta ahora por su ausencia. Ni partidos políticos de este signo ni organizaciones sindicales han hecho hasta ahora nada por resaltar algo tan importante para los trabajadores como el nacimiento de la Seguridad Social.

La Seguridad Social ha sido, a mi juicio, el instrumento más poderoso para el cambio social, para la redistribución de la renta, para la igualdad de oportunidades, para la constitución de una sociedad más igualitaria y más libre. Bastaría que por una abstracción mental elimináramos del entramado de nuestra sociedad y de la vida de los españoles el sistema público de pensiones, la protección sanitaria, el seguro de accidentes, la protección frente al desempleo… Nos daríamos cuenta de que retrocederíamos a una sociedad distinta, en la que la mayoría ni se sentirían iguales, ni se sentirían auténticamente libres, acosados por incertidumbres e inseguridades absolutamente vitales, de las que sólo estarían libres los económicamente privilegiados; retrocederíamos a una sociedad no sólo injusta, sino insegura y enfrentada por el espíritu de clase.

En la construcción de esta sociedad en la que vivimos han sido importantes, sin duda, los avances en la protección del trabajo y el salario, la política impositiva, la creación incesante de bienes y servicios… pero, si se piensa en ello profundamente, habrá que concluir que para la verdadera igualdad, seguridad, promoción y libertad de los hombres en que esta sociedad se basa, ha habido dos instrumentos decisivos: el acceso de todos a la educación y la cultura, y la Seguridad Social. En ambos temas, la obra de Franco ha sido decisiva.

Y hay que resaltarlo para evitar que una vez más se pueda falsear la Historia, como ya se hizo al comienzo del centenario en un medio público. Estos medios están siempre disponibles y abiertos para cualquier ataque directo o indirecto a Franco y a su Régimen y para la exaltación de las ideas, los hechos y las personas que lo combatieron. Extraña manera de entender la objetividad y la verdad histórica en el servicio a los españoles. Se dice, por algunos, que ello contribuye a la «pacificación» de las «dos Españas», que parece que exige dar ahora la victoria en las conciencias a los que perdieron la Guerra, convirtiendo a los vencidos en vencedores y viceversa. Extraña manera de pacificar los espíritus, reabriendo heridas que estaban ya bien cerradas y cicatrizadas…

Se está creando en la conciencia y en la opinión pública española un sentimiento de hostilidad y un juicio realmente falso y «revanchista», por incompleto y parcial, de lo que el Régimen de Franco supuso y fue en realidad. Menos mal que todavía quedan muchos testigos de aquellos años que conocen la verdad. Ellos saben quién creó sus regímenes de pensiones, sus Residencias y Ambulatorios, sus sistemas de protección social. Pero cuando ellos falten, y para muchos desde ya mismo, se puede empezar a creer que «todo», y en ese «todo» entra la Seguridad Social, ha sido obra de los gobiernos de la democracia. No hace muchos días me contaba un amigo una anécdota reveladora. Estaba en la Residencia hospitalaria «La Paz», visitando a un familiar enfermo, y oyó cómo, en la cama de al lado, un hombre relativamente joven comentaba con otro visitante las excelencias del hospital y lo que había supuesto en su enfermedad, y terminaba su comentario diciendo: «¡Hay que ver lo que le debemos a Felipe González!». Mi amigo tuvo que recordar a su vecino que en ese mismo hospital había muerto el anterior Jefe del Estado, por lo que mal se podía atribuir la Institución a ningún político actual.

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Por ello, y ya que se ha hablado del Centenario de la Seguridad Social, hay que dejar algún testimonio de la verdad, de cómo, cuándo y por quiénes se ha creado realmente. Ningún lugar mejor para hacerlo que las páginas de Razón Española, que tan denodadamente está defendiendo la verdad y la razón.

Cuando en 1936 España se vio envuelta en la tragedia de la Guerra, ni siquiera a nivel doctrinal o programático existía la idea de la Seguridad Social, como hemos dicho al principio. Ni en España ni en la mayor parte de Europa, excepción hecha de la Alemania de Bismark. Sólo se habían producido pequeños avances en la protección social de algunos sectores de trabajadores, y se estaba fomentando lo que podría llamarse la «previsión social». Aquella Ley Dato, de 1900, sobre accidentes de trabajo, que se ha tomado como origen del centenario, supuso un avance importantísimo en la protección social de esta contingencia, como ya hemos dicho, al declarar la responsabilidad objetiva del empresario por los accidentes laborales de sus trabajadores; pero no se configuró como un embrionario seguro social, de alcance limitado a ciertos sectores hasta 1932, siendo Ministro de Trabajo el socialista Largo Caballero, cuyo nombre no quiero dejar de citar para no caer en la misma parcialidad que estoy denunciando.

En 1905 se creó el Instituto de Reformas Sociales, y en 1908, y también por el Gobierno «conservador» de Dato, se creó el Instituto Nacional de Previsión, meritoria Institución de gran prestigio, que tuve el honor de dirigir y que fue luego clave en el desarrollo de la Seguridad Social, pero que hasta los años cuarenta estuvo concebido más como un instrumento de impulso de la provisión popular. En 1919 se había creado el Retiro Obrero y en 1929 el Seguro de Maternidad. Ambos, aunque con limitaciones, podrían considerarse ya «seguros sociales». Y poco más. Todo limitado, embrionario y parcial, con el mérito que hay que reconocer siempre a quienes en la doctrina y en los hechos van abriendo camino en las reformas sociales.

Lo cierto es que en 1936 apenas existían atisbos doctrinales y escasas medidas de protección, limitadas a ciertos sectores de trabajadores asalariados, que de ninguna manera configuraban un sistema de Seguridad Social más o menos incipiente.

El gran aldabonazo y la orden de salida para una auténtica Seguridad Social, que, no obstante, tardaría todavía años en lograrse, se dio en 1938, todavía en plena Guerra, con el Fuero del Trabajo (inspirado, como he dicho en otras ocasiones, en la idea de justicia social de José Antonio y en la doctrina social de la Iglesia). El Fuero del Trabajo no sólo decía que «el Estado valora y exalta el trabajo y lo protegerá con la fuerza de la ley, otorgándole las máximas consideraciones y constituyéndolo en uno de los más nobles títulos de jerarquía y honor», sino que estableció, además, el compromiso del Estado de proporcionar al trabajador la seguridad de su amparo en el infortunio, estableciendo que se incrementarían los seguros sociales de vejez, invalidez, maternidad, accidentes de trabajo, enfermedades profesionales, tuberculosis y paro forzoso, tendiéndose a la implantación de un seguro total. El Fuero se mueve todavía en ideas de «previsión» y protecciones sociales parciales y dispersas, pero habla ya de «seguros sociales» en su conjunto y apunta a la idea de un seguro total; en definitiva, a la idea de una Seguridad Social completa e integrada. Lo que se refuerza en el Fuero de los Españoles de 1945, que da ya un cuadro bastante completo de seguros sociales. Esa Seguridad Social completa e integradora se acabó consiguiendo con el desarrollo de estos principios a lo largo del Régimen, como veremos luego. Y se puede hablar de un verdadero Sistema de Seguridad Social a partir de la Ley de Bases de 1963.

Ya en 1938, todavía antes de terminar la Guerra, se crearon los subsidios familiares, completados luego con el Plus Familiar (los famosos puntos), que en muchos sectores profesionales y para muchas familias llegó a suponer el 20% del salario. Yo tuve el honor de que mi primera intervención en un Pleno de las Cortes, para defender un proyecto de Ley, cuando a principios de los sesenta era Delegado General del Instituto Nacional de Previsión, fuera precisamente para defender la Ley de Régimen Laboral de Ayuda familiar. Esta ayuda no formaba parte propiamente de la Seguridad Social, pero sí la completaba, y constituía en todo caso una protección a la familia de carácter obligatorio, que luego, con el tiempo, desapareció, por los inconvenientes que acabó suscitando.

La Ley de Bases de 1963 integró los subsidios y el «plus» en un único sistema de prestaciones económicas de protección a la familia, lo que se potenció y amplió en las leyes de 1972 y 1974, de las que hablaremos más ampliamente en otro lugar, porque son claves para el Sistema de la Seguridad Social y han constituido la base de su posterior desarrollo legislativo. La protección era muy amplia y comprendía: asignaciones por hijo, incluso ilegítimo, asignación mensual por la esposa, con ciertas limitaciones, asignaciones por matrimonio y natalidad, que incluso beneficiaban a los pensionistas. La protección se incrementaba en los casos de familias numerosas. El sistema era, como en otras prestaciones de la Seguridad Social, de los más completos de Europa, si bien la cuantía de las prestaciones me pareció siempre escasa.

Es una pena que el deterioro del sistema de protección a la familia se haya ido acentuando a partir de los años setenta, deterioro que se refiere no sólo a la cuantía sino también al carácter y alcance de las prestaciones, según la nueva regulación de 1994. Nunca podremos determinar en qué medida este deterioro ha influido en el descenso de la natalidad, que está adquiriendo caracteres alarmantes. Lo cierto es que los países que quieren invertir esa tendencia están incrementando las prestaciones familiares, entre otras medidas.

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El antiguo Retiro Obrero se sustituyó por un auténtico Seguro de Vejez e Invalidez, cuya reforma empezó ya también en 1939 y fue luego ampliándose y perfeccionándose al mismo tiempo que se extendía a colectivos inicialmente excluidos y se suprimían limitaciones. Pero no se puede hablar de los avances en la protección social de los trabajadores en su vejez, en aquellos años, sin resaltar la importancia del Mutualismo Laboral, a través del cual se establecieron pensiones complementarias por rama de actividad, integrando a trabajadores y empresarios en la gestión. El Mutualismo Laboral llegó a alcanzar una fuerza y popularidad impresionantes, no sólo por la cuantía de las prestaciones, que mejoraban substancialmente el Régimen general, sino por la creación de servicios y actividades complementarias para los afiliados y sus hijos, entre las cuales destacaron las Universidades Laborales, que tantas posibilidades de promoción social dieron a los hijos de los trabajadores. Pero fueron importantes también las ayudas para adquisición de viviendas, préstamos de interés social, becas, etc.

La creación de la Mutualidad Agraria, del Montepío del Servicio Doméstico, del Régimen de autónomos… fueron abriendo camino para la creación de un genuino sistema de pensiones, que, como hemos dicho, adquirió ya el sentido de parte integrante de un auténtico Sistema de Seguridad Social con la Ley de Bases de 1963 y posteriormente con la Ley de 1972, por la que tanto luché siendo Ministro, y en la que se sentaron los principios de un completo sistema de pensiones, proporcionales al salario y permanentemente actualizadas.

En la Ley de 1972 se señalaban como objetivos esenciales el acercamiento de las cotizaciones y las prestaciones a los salarios reales, y en definitiva y como resultado una elevación permanente de las pensiones. Al defender la Ley en el Pleno de las Cortes dije que «lo que queremos es que en ese horizonte cada día más amplio de la España del desarrollo, tengan un lugar al sol los hombres que han aportado y están aportando a ese desarrollo la principal fuente de energía, que es el trabajo. Que participen en la renta nacional que se vaya consiguiendo con una participación suficiente que les corresponde no sólo por razones de solidaridad sino de justicia… La renta nacional que ahora tenemos no la produce sólo nuestro esfuerzo, la produce también el esfuerzo aportado antes por los que a lo largo del tiempo y en condiciones ciertamente mucho más difíciles fueron creando nuestro patrimonio y las bases que hacen posible esa renta; fueron creando esa España mejor en la que nosotros podemos permitirnos ahora el orgullo de mirar un horizonte de esperanza para nosotros y para nuestros hijos, horizonte del que no podemos dejar al margen precisamente a nuestros padres…». Naturalmente, este discurso y los principios que contiene fueron consultados con Franco, que los respaldó plenamente.

Siempre he sostenido que el problema de las pensiones es un problema de solidaridad, no sólo entre sectores, sino entre generaciones, y no puede tratarse con la frialdad con que últimamente lo tratan algunos desde una concepción puramente individualista de liberalismo económico. No se puede decir a los hombres que cada uno se las arregle como pueda para constituir un capital con el que tener en el futuro una pensión. No sólo porque no es seguro, sino porque es profundamente insolidario e injusto y condenaría a la miseria a los sectores más débiles de nuestra sociedad, que nunca podrían constituir con sus ahorros el capital que les garantice la pensión suficiente, pero sí han aportado su trabajo a la creación permanente de riqueza.

En definitiva, y como no puedo extenderme más en los conceptos doctrinales y políticos que inspiraron la regulación de las pensiones en el Régimen de Franco, lo que sí quiero resaltar es que en 1975, España tenía, como parte esencial de la Seguridad Social, un sistema completo de pensiones, permanentemente actualizadas, que se había ido extendiendo desde los trabajadores asalariados industriales a los hombres del mar, a los campesinos, a los autónomos, a los empleados de hogar, al clero, a los artistas, a los escritores, a los toreros…, en definitiva, a toda la población necesitada de esta protección.

Y la política en relación con los mayores no se quedó sólo en las pensiones, sino que en 1970 aprobamos el Plan Gerontológico Nacional (ese que llevan no sé cuantos años diciendo que quieren aprobar ahora), y empezamos a construir Residencias y Hogares de Pensionistas por toda España a un ritmo que en 1975 suponía inaugurar una Residencia cada mes y un hogar cada semana. Residencias y Hogares se constituyeron en centros de asistencia y convivencia, pero también en centros de rehabilitación y de participación y difusión cultural, comenzándose entonces las exposiciones, conferencias y viajes protegidos que, después, y hay que alabarlo, han conseguido tan notable desarrollo. Avances importantes que hay que fomentar e incrementar con una política integral de mayores, que no debería degradarse ni envilecerse nunca convirtiéndola en instrumento electoral.

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Pero tal vez el avance más importante en materia de Seguridad Social lo constituyó la creación del Seguro de Enfermedad en 1942. Como en otras cosas, el ímpetu revolucionario de José Antonio Girón venció todas las barreras que dificultaron su creación y puesta en marcha. Cuando se habla de la Seguridad Social española, hay que recordar a Pedro González Bueno, Ministro cuando se proclamó el Fuero del Trabajo y se crearon los subsidios familiares, pero es de necesaria justicia decir que su gran impulsor, de acuerdo con las directrices de Franco, fue el Ministro de Trabajo José Antonio Girón. El fue abriendo los caminos y poniendo las piedras fundamentales sobre las cuales pudimos construir y avanzar los ministros que le sucedimos: Fermín Sanz Orrio, Jesús Romeo Gorría, Fernando Suárez, yo mismo… Cada uno iniciamos una nueva etapa o dimos un giro o una impronta nueva a lo que al final ya era de verdad uno de los sistemas de Seguridad Social más completos y avanzados de Europa, que abarcaba a la muerte de Franco al 87,8% de la población española, con un cuadro de prestaciones perfectamente comparable al de cualquier país europeo.

Pero volvamos a la asistencia sanitaria. Como digo en mi libro Valió la pena, los avances del Seguro de Enfermedad (que adquirió tanta importancia que llegó a llamarse popularmente el «Seguro» por excelencia) supusieron inicialmente una tensión con los sectores privados de la medicina y los propios profesionales, que veían recortado su ejercicio profesional libre. Era comprensible su punto de vista. Pero la extensión de un Servicio de Sanidad al máximo nivel para la gran mayoría de la población española era una exigencia de la justicia social. Y requería una ampliación y modernización de la red hospitalaria, entonces escasa, anticuada y deficiente, la creación de ambulatorios o centros de salud y la estructuración, coordinación y jerarquización de servicios. La medicina privada española no estaba entonces en condiciones de abordar este cambio, que tampoco podía ni debía hacerse desde la beneficencia. Había que hacerlo desde la Seguridad Social. Y se hizo. Es cierto que recortamos a la medicina privada y a los médicos el ejercicio profesional libre, pero pusimos en cambio a su disposición instituciones y servicios que mejoraron rápidamente y de forma impresionante su ejercicio profesional y dieron a la gran mayoría amplias posibilidades de promoción y seguridad en el trabajo. Ellos acabaron entendiéndolo y se integraron plenamente en la Seguridad Social, cuya medicina pusieron al máximo nivel de prestigio y eficacia.

Las Residencias sanitarias de la Seguridad Social, a las que no se quiso llamar «hospitales» por el sentido peyorativo que esta palabra tenía entre la población trabajadora, acabaron convirtiéndose en centros no sólo asistenciales, sino de formación e investigación, siendo decisivos a este respecto la labor y el impulso del Dr. Segovia Arana. Y su prestigio ha permitido que puedan llamarse «hospitales», palabra que ya no tiene el sentido peyorativo que tenía cuando se creó el seguro de enfermedad.

Sólo quienes conocen el antes y el después pueden comprender el avance que para la medicina española y para la salud de los españoles supuso la Seguridad Social. La Seguridad Social hizo una auténtica revolución de la sanidad española, no sólo al ponerla al alcance de todos los españoles, sino al dotarla de un nivel de servicios hasta entonces desconocidos. En 1936, en España sólo existían las clínicas privadas (escasas y mal dotadas), para los que podían pagarlas; y los hospitales y servicios de Beneficencia (meritísimos, pero insuficientes, infradotados y masificados), para la inmensa mayoría de la población española. En 1975, España disponía de una de las más modernas y completas redes de Hospitales y Ambulatorios de Europa, y de un cuadro médico capacitado al máximo nivel al servicio de todos los españoles. Entre una y otra fecha está la ingente obra de un Régimen.

Esa obra no puede ser silenciada y olvidada. En todas las principales ciudades españolas se levanta el testimonio de las Ciudades Sanitarias o Residencias hospitalarias sobre las que todavía se sigue apoyando la asistencia sanitaria de los españoles y cuyas fechas de construcción dan fe de cuándo se hicieron. Pensemos, por ejemplo, lo que suponen en Madrid los hospitales de «La Paz», «Puerta de Hierro», «12 de Octubre», «Ramón y Cajal»… Y pensemos en lo que suponen «La Fe» en Valencia, el «Valle de Hebrón» u «Hospitalet» en Barcelona, el «Rocío» en Sevilla, «Cruces» en Bilbao. Y tantos y tantos en todas las ciudades de España… Todos son obra del Régimen. (No de Felipe González como decía, intoxicado por la propaganda, el enfermo de «La Paz» en la anécdota que contamos antes).

En 1975, los indicadores de la Organización Mundial de la Salud colocaban a España en el aspecto de dotaciones sanitarias en el tercio de cabeza de los países desarrollados. Se disponía de 5,33 unidades de hospitalización por cada 1.000 habitantes, muy cerca de la media europea, siendo además la mayoría de nuestros hospitales más modernos. El porcentaje de médicos superaba la media europea… Pero no sólo se trata del número de instituciones o de médicos, es que el nivel de asistencia era tan alto que los no incluidos en la Seguridad Social querían ser asistidos en sus hospitales, pagando lo que fuera. Muchas veces tuve que hacer frente a este tipo de peticiones. Desgraciadamente, la ampliación de la población protegida y de la demanda de servicios, unida a la falta de construcción de nuevos centros y de modernización de los antiguos y a la descoordinación de muchos servicios, ha hecho que el nivel en muchos casos no se haya mantenido. Me duele conocer casos cada vez más frecuentes de beneficiarios de la Seguridad Social que si pueden se pagan ahora un seguro privado.

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La protección de los accidentes de trabajo y enfermedades profesionales, que se inició en 1900 y adquirió el carácter de seguro social en 1932, se desarrolló y amplió durante el Régimen, siendo clave a estos efectos la Ley de 1955, en cuanto a los accidentes, y las de 1947-49 y 1961-62 para las enfermedades profesionales. Las posteriores de 1963 y 1972, citadas reiteradamente a lo largo de este trabajo, eran ya reguladoras de la Seguridad Social como un sistema completo, y por tanto incluían en su ámbito de protección los accidentes de trabajo y las enfermedades profesionales con la máxima amplitud. En el orden asistencial, se construyeron modernos centros de Traumatología y llegamos a contar con uno de los centros señeros de Europa en su especialidad: el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo.

En 1971 pusimos en marcha el Plan Nacional de Prevención de accidentes de trabajo y dotamos de centros regionales y provinciales de prevención y reconocimiento a toda la geografía española, incidiendo así favorablemente en la sangría abierta que para la vida y la capacidad de los españoles suponen los accidentes de trabajo. El Plan, como tantas otras cosas, se descuidó; no se siguió insistiendo en esta fundamental tarea y la sangría de los accidentes ha vuelto a incrementarse de forma alarmante.

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El Seguro de desempleo se creó en 1961, y antes se había creado el Seguro Escolar, el Montepío del Servicio Doméstico, y más tarde se perfeccionaron y ampliaron la Seguridad Social Agraria y la del Mar. La Seguridad Social se fue extendiendo también a los autónomos, a los escritores, al clero, a los toreros, a los artistas… No vamos a abrumar al lector con una interminable lista de fechas y disposiciones que fueron jalonando los distintos avances parciales. Lo que importa subrayar es que el objetivo de una Seguridad Social completa, que comprendiera a la práctica totalidad de la población trabajadora, con un sistema integrado de prestaciones, se había conseguido en los años sesenta. Los diversos avances parciales se convirtieron ya legalmente en un verdadero Sistema por la Ley de Bases de 1963 y por la Ley de Perfeccionamiento de 1972, tantas veces citadas. Tan importantes y decisivas fueron estas leyes, que las posteriores, que no siempre han mejorado el sistema, las toman siempre como punto de referencia para modificarlas más o menos parcialmente, y luego hacer textos refundidos, hasta el punto de que algunas colecciones legislativas siguen publicándolas para el mejor entendimiento de las normas vigentes.

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Hoy, la Seguridad Social, gracias sobre todo a la obra de Francisco Franco, es una realidad consolidada en el patrimonio del pueblo español, que hay que defender a toda costa.

En este Centenario de la Seguridad Social, tenía la necesidad de llenar silencios y olvidos injustificables, con estas consideraciones, que tratan de hacer justicia a su significación histórica, social y política, y a la tarea de los hombres que la hicieron posible, a cuyo frente está Francisco Franco Y al hablar de los hombres, no me refiero sólo ni especialmente a los políticos. Están ahora en mi memoria centenares, miles de representantes sindicales, de mutualistas, millones de trabajadores y empresarios, sobre cuyas inquietudes sociales y esfuerzo de creación de riqueza fue posible construir tan hermosa obra de solidaridad y justicia, para la convivencia y el bienestar de nuestro pueblo.

AUTOR: Licinio de la Fuente

FUENTE: RAZÓN ESPAÑOLA a través de: Marisa Quel Franco

PROTECTORES Y ENCUBRIDORES DE LOS INDIGNADOS.

INDIGNADÍSIMO ESTOY YO CON ESTA PIARA DE…. lo dejaremos en animales solamente.
¡INDIGNANTE ES este asunto de LOS INDIGNADOS. Se les ha escapado de las manos a sus promotores,creadores, encubridores y defensores hasta ahora no tanto.
Tras interminables quejas de comerciantes, vecinos, transeuntes, turistas, policías, y en definitiva, del conjunto de la ciudadanía contra este colectivo de insurrectos anarquistas, ocupas, vagos y parásitos sociales a los que responsables del gobierno no han hecho ni puto caso o han defendido en aras a las libertades de ellos que son coacción para la mayoría. Así, los han defendido desde que se manifestaron por primera vez antes de las elecciones.
Pero ante los últimos acontecimientos, ahora, todos a una como los mosqueteros, rechazan sus acciones y comportamientos, ¿y por qué?, pues porque los atacados directamente son ellos mismos, y eso no puede ser, claro. Si insultan al príncipe o a los Borbones, no pasa nada. Si roban en comercios, no pasa nada. Si cortan el tráfico, no pasa nada. «Podéis amargar la vida a quien queráis; tirarle botellas, piedras, tomates, hierros…. a la policía; orinar, defecar en fuentes y plazas… ; Pero a nosotros ni nos miréis ¿vale?
Sres. dirigentes políticos y sociales, habéis permitido comportamientos sobre natura a las bandas de indeseables porque obteníais réditos beneficiosos de los mismos y ahora empezáis a sufrir las consecuencias negativas en vuestras propias carnes. De momento, las agresiones van dirigidas a ideologías centristas que vosotros habéis denominado de derechas (porque no hay duda de que ésto nació con el beneplácito de la izquierda mientras las redes de Rubalcaba miraban para otro lado), pero ante la impunidad con que han estado actuando, ahora veis que el cerco se está estrechando, y esque a las cucarachas o se les aplasta o teminan comiéndote. Lo malo de todo es que las cucarachas se llevan bien con las RATAS porque éstas les dejan campar a sus anchas.

ASÍ DE «DEMOCRÁTICA» Y «TOLERANTE» ERA LA, POR MUCHOS AÑORADA, 2ª REPÚBLICA.

 

¿Es esto LIBERTAD?.

Porque VAMOS A VER yo por LIBERTAD entiendo que CADA UNO, INDIVIDUALMENTE, puede seguir o no seguir alguna ideología, tener o no tener alguna creencia y POR SUPUESTO, EN SU PRIVACIDAD, EN SU DOMICILIO, tener LO QUE LE VENGA EN GANA SIN TENER QUE DAR CUENTAS A NADIE Y MUCHO MENOS AL PUTO ESTADO.

Bien pues, vean lo que estos «adalides» de la libertad, aquellos republicanos de izquierdas, entendian por libertad:

Y que no me vengan con MAMARRACHADAS, mil veces he dicho que SOY AGNÓSTICO pero a mi LO QUE SEA MI VECINO, mientras no me robe o me haga cualquier otra barrabasada Y TENER «CRUCIFIJOS, ESTAMPITAS, BANDERAS DEL PARTIDO «TAL» O EL PARTIDO «CUAL» NO ME AFECTA NI PERJUDICA EN NADA (NI A MI NI A NADIE), ME TRAE AL PAIRO.

Mas, como se puede observar, los «adalides de las libertades» tenian un curioso concepto (que no «conceto») de la libertad.

Y lo peor es que los de ahora SON IGUAL, sobre todo LOS QUE GOBIERNAN EN ESTE MOMENTO.

POR CIERTO, si se trata de «cosas islámicas», ENTONCES SI, ENTONCES ESTÁ PERMITIDO Y ADEMÁS PUEDE HASTA QUE TE DEN UNA SUBVENCIÓN Y TODO.

¡¡¡EEEELEEEE LA OBJETIVIDAD Y LA IGUALDAD!!!

ASÍ TRATA LA IZQUIERDA A LOS HOMOSEXUALES

 

La izquierda, tanto los partidos socialistas como los comunistas, se presenta ahora como defensora del reducido sector homosexual de la población. Sin embargo, la verdad histórica es muy distinta. 

Recordemos algunas de las acciones de la izquierda internacional contra los homosexaules.

Históricamente, la izquierda ha visto la homosexualidad como una depravación burguesa, que ha perseguido cuando disponía del poder. En los años 70, tanto antes como después de la muerte de Franco, los grupos comunistas y troskistas solían difamar a quienes los abandonaban con las acusaciones de ‘maricón’ o ‘drogata’. En el fondo, a la izquierda sólo le interesan los homosexuales como una minoría activa que le puede servir para ganar las elecciones y fundar una nueva cultura y una nueva moral en la que ella designe lo que es correcto.

Como prueba del odio que la izquierda siente por los homosexuales basta citar algunas ‘gracias’ de los socialistas. José Luis Corcuera, ministro del Interior, tachó al periodista Pablo Sebastián de «perder aceite» (23 de noviembre de 1993). Alfonso Guerra se rió de la supuesta homosexualidad de Mariano Rajoy en un mitin celebrado en León el 31 de agosto de 2003 ante mineros y el propio Rodríguez Zapatero. El ex vicepresidente del Gobierno y diputado por Sevilla llamó a Rajoy “mariposón”; los asistentes se rieron y aplaudieron mucho, empezando por Rodríguez.

También cabe citar que Rodríguez no propuso en el Congreso ninguna medida a favor de los homosexuales de las que demanda el ‘lobby rosa’ desde que fue elegido diputado por primera vez, en 1986. Rodríguez tardó entre siete y ocho años en comprender la importancia de los derechos de este grupo. Lo mismo se puede aplicar a María Teresa Fernández de la Vega, secretaria de Estado de Justicia en uno de los últimos Gobiernos de Felipe González y luego diputada; silencio ante las peticiones homosexuales. 

 

Los homosexuales y el comunismo soviético

La Unión Soviética empezó diciendo que el Estado no se iba a inmiscuir en la privacidad de las personas y que las leyes no estarían contaminadas de moralidad burguesa, pero pronto cambió de opinión.

La homosexualidad se convirtió en un delito en 1934. En 1936, el diario Pravda comentaba que “el matrimonio es el asunto más serio de la vida”. Se construyó una teoría para demostrar que Marx y Engels nunca estuvieron contra la familia. Los chivos expiatorios fueron Trotsky, Bukharin, Krylenko y sus seguidores, los enemigos del pueblo pagados por los fascistas para propagar la teoría contrarrevolucionaria a favor de la extinción de la familia y el desorden sexual en la URSS para desacreditar a los soviets.

En los años 20, el estatus de los homosexuales soviéticos era aceptable. Algunos homosexuales (Mikhail Kuzmin, Nikolai Klyuev y Sophia Parnok, entre otros), tuvieron un papel relevante en la cultura soviética, aunque una discusión filosófica abierta sobre el tema fue progresivamente muriendo. En 1933, el gobierno anunció el cambio de la ley: el intercurso anal entre hombres era un delito. Los códigos penales de todas las repúblicas fueron modificados.

Según el artículo 121 del código Penal de la Federación Rusa, las relaciones sexuales entre hombres eran punibles con la privación de libertad por un periodo de cinco años y, en caso de haber sido realizadas con fuerza, amenaza, con abuso de superioridad o con un menor, el periodo de privación de libertad podía ser de hasta 8 años.

En 1936, Nikolai Krylenko, Comisario de Justicia del Pueblo, concluyó que la homosexualidad era producto de la decadencia y de la explotación de clases.

 

La izquierda y los homosexuales en la historia

– Stalin aplicó la pena de muerte para los homosexuales.

– Fidel castro aplica la pena de cárcel a los homosexuales. 

– El Che Guevara, idolatrado por la izquierda, ejecutó personalmente a homosexuales.

– Pier Paolo Pasolini fue expulsado del Partido Comunista italiano en 1949 por ser homosexual.

¿TE HA QUEDADO CLARO

 

«PEDRITO»?

Y SI HABLAMOS DEL ISLAM YA NI TE CUENTO.