Categoría: ACTUALIDAD

Sin propiedad

Por  Juanma Badenas

Leí con atención el último artículo de José Javier Esparza publicado en este periódico. En él se aborda el llamado “Gran Reinicio” (Great Reset, según su nombre original en inglés). No me voy a extender sobre su contenido (de imprescindible lectura), simplemente voy a recordar al lector que el reinicio consiste en lo que las élites financieras mundiales han decidido que será nuestro mundo dentro de diez años. Esparza nos advierte de que no se trata de un plan oculto, sino de una planificación completamente abierta y transparente en la que están de acuerdo el Fondo Monetario Internacional, el Foro Económico Mundial y otras instituciones globalistas, entre las que se encuentra el Partido Demócrata norteamericano. La reelección de Trump hubiera supuesto un pequeño inconveniente en la producción de estos planes, así que había que hacer todo lo posible (los lectores ya me entienden), para evitar la reelección, tal y como los hechos acontecidos antes, durante y después de las elecciones del pasado 3 de noviembre han demostrado con claridad.

El Gran Reseteo se apoya en ocho puntos, siendo el primero de ellos, a mi juicio, el de mayor transcendencia: “No tendrás propiedades y serás feliz, alquilarás lo que quieras y será entregado por un dron”. Expuesto así, parece algo inofensivo, diríase que incluso bienintencionado, pues habla de que seremos felices sin necesidad de tener nada. Me recuerda un refrán que bien podría haber inventado el papa Francisco: “no es más rico quien más tiene, sino el que menos necesita”.

En efecto, ser propietario implica preocupaciones, ya que hay que cuidar y conservar la cosa, mantenerla, pagar impuestos y otras molestias. Así que si —de acuerdo con la Agenda 2030— en los próximos diez años vamos siendo todos y cada uno de nosotros progresivamente despojados de la carga de la propiedad, seguramente seremos más felices. ¿O no? 

Veamos algunos ejemplos. Hoy, muchos tenemos un coche e incluso una casa, lo cual nos permite desplazarnos por cuenta propia y habitar en una morada estable en compañía de nuestra familia. Es verdad que poseer un coche obliga a mantenerlo, pagar un seguro, impuestos, etc., y que para tener una casa casi siempre hace falta constituir una hipoteca, contribuir con el IBI, cuidarla e incluso tener que pagar los gastos de comunidad; pero mientras somos propietarios estamos seguros de que normalmente, hasta que decidamos venderlos, podemos seguir utilizando el coche y la casa sin que haya nadie que nos lo pueda impedir.

Sin embargo, como sabe el lector, la propiedad no es lo mismo que el arrendamiento. El inquilino tiene un contrato temporal que necesita ser renovado cada cierto tiempo. No es lo mismo ser el propietario de un coche que ser su arrendatario, y tampoco es igual ser el dueño del inmueble que estar a merced de un alquiler. Hay algunas cosas que conviene tener en cuenta: sólo el propietario de la vivienda puede hacer reformas en ella y ajustarla plenamente a sus necesidades, mientras que el inquilino ha de pedir permiso al propietario a veces incluso para cambiar el color de las paredes. La situación actual de propiedad e inquilinato se corresponde con la de un mercado en el que hay una gran variedad de propietarios (grandes y pequeños, empresarios y particulares), con unos Derechos nacionales muy protectores de los intereses de los inquilinos (en España vamos a tener hasta una Ley antidesahucios). Pero la situación no será la misma si los propietarios son solo unos pocos fondos internacionales, radicados en no se sabe dónde, con unos Derechos nacionales cada vez más irrelevantes, sin papel moneda —sino simplemente monedas digitales, controladas por unos pocos bancos centrales y otros agentes desconocidos— en la que todos los arrendamientos serán celebrados por medio de smart contracts (contratos inteligentes), que seguidamente explicaré.

Los smart contracts son un tipo de programas informáticos que, según una definición bastante extendida, “facilita, hace cumplir y ejecuta acuerdos registrados entre dos o más partes”. Es decir, son unos contratos digitalizados que al mismo tiempo que formalizan un acuerdo entre las partes (por ejemplo, un arrendador y un arrendatario), permiten que el contrato se vaya ejecutando minuto a minuto y segundo a segundo, de acuerdo con la programación establecida en el propio contrato. De manera que ya no hace falta que haya leyes ni jueces, ni nada parecido, porque es el propio contrato, basado en la tecnología blockchain (cadena de bloques), el que actúa como intermediario entre las partes. Todo se debe realizar conforme a lo establecido en la cadena de bloques de información, de manera que si una de las partes deja de cumplir lo estipulado en el contrato inteligente la relación queda escindida desde ese mismo momento. Veamos otro ejemplo. Algunas compañías de alquiler de vehículos están empezando a plantearse el uso de smart contracts para la celebración de sus contratos con los consumidores. Cuando el arrendatario del coche firma digitalmente el contrato recibe una llave que le permite acceder al vehículo y usarlo, a condición de que cumpla todo lo estipulado; porque, en caso de que el contrato detecte algún tipo de irregularidad, la llave del coche queda automáticamente bloqueada, de manera que el arrendatario es privado, desde ese mismo instante, de su uso.

La misma práctica se podría trasladar a los arrendamientos de viviendas o de cualesquiera otros bienes. Si el contrato inteligente, tal y como ha sido programado por la parte arrendadora, detecta algún tipo de incumplimiento por parte del inquilino (por ejemplo, un “uso inadecuado” del inmueble, un retraso en el pago de la renta, etc.), automáticamente se bloquea la llave de acceso a la casa, el suministro de gas y electricidad y cualquier otra cosa vinculada con la vivienda. Todo ello en cuestión de segundos, sin posibilidad de reclamación ni desahucio, porque es el propio contrato inteligente el que actúa como intermediario y juez entre las partes.

Esto, desde el punto de vista jurídico es muy interesante; pero, desde el de los usuarios, no parece tan divertido. Sobre todo, si —tal como prevé el Gran Reseteo— en los próximos diez años la propiedad queda concentrada en muy pocas manos (las de los grandes plutócratas globales) y Europa se convierte en un continente de arrendatarios. Aunque felices (¿o no?).

Durante la Edad Media la propiedad también estuvo concentrada en pocas manos; pero, al menos, los señores, por medio del acuerdo de vasallaje, tenían un compromiso de defensa y protección de los vasallos que trabajaban sus tierras, cosa que no estoy seguro de que se produzca entre los inquilinos y los titulares anónimos de los fondos internacionales que terminarán por convertirse en propietarios de los bienes. Porque la Agenda 2030 habla de que todos seremos arrendatarios, sin decir que alguien deberá seguir siendo el dueño de las cosas; pues no puede haber arrendamiento sin que alguien ostente la propiedad del bien que se arrienda. Lo que se nos viene encima no será como el comunismo (en que la propiedad de los bienes correspondía al Estado), pero acaso sea mucho peor.

Como decía Aynd Rand, “sin derechos de propiedad ningún otro derecho es posible”. Quien tiene el control sobre tus cosas tiene el control de tu vida. ¿De qué sirve reclamar el derecho a la libertad de expresión o de asociación, ideológica o religiosa, si tu vida depende de que un gran fondo internacional esté contento contigo? El derecho a disfrutar de “tu casa”, de “tu coche”, de “tu teléfono”, de tu conexión de internet, estará a merced de un click del gran suministrador de los bienes y de los servicios, por medio de los contratos inteligentes. También los “jueces” (aunque se habilitará una especie de justicia automática por medio de programas informáticos) y los “políticos” habitarán en las casas y utilizarán los coches y los teléfonos, ordenadores, etc. de las grandes compañías, controladas por los fondos internacionales, señores de todos los bienes.

Al final todo va concordando. Santiago Niño-Becerra lleva algunos años vaticinando la defunción del sistema capitalista que trajo consigo la Ilustración, la democracia liberal y el Estado de derecho, tal como hasta ahora lo estábamos conociendo. Él sitúa el colapso definitivo en torno a 2065, aunque reconoce que la crisis del Covid-19 va a acelerar el derrumbe. Coincide con los representantes del Foro Económico Mundial y de las restantes organizaciones globalistas en que el futuro al que nos encaminamos será sin derecho de propiedad, en un mundo lleno de arrendatarios felices que esperarán la llegada del dron milagroso.

¿Por qué las predicciones de Niño-Becerra y del Foro Económico Mundial se van a cumplir tan rápidamente? Pues porque el empobrecimiento causado por la “gran pandemia”, que nos ha traído el coronavirus —que no se sabe muy bien cómo se originó— provocará, más pronto que tarde, un abaratamiento del precio de los bienes que muchas personas no tendrán más remedio que vender, lo cual producirá, a su vez, que quienes tengan liquidez (especialmente, los grandes fondos internacionales) compren muy barato. Y si esto no se consigue a la primera, vendrán dos, tres o más crisis económicas —como la de 2008— que conseguirán que se produzca el definitivo abaratamiento de los bienes y que todos terminen siendo comprados por los citados fondos (esto en lo que respecta a los inmuebles). La proscripción de los combustibles fósiles también traerá consigo que, en menos de diez años, todos nuestros coches de gasoil y gasolina resulten inservibles y que terminemos recurriendo al alquiler de vehículos eléctricos de uso temporalizado. En fin, seremos muy felices, aunque ya no tengamos nada. También la molestia de pensar cómo repartir nuestra herencia dejará de ser una preocupación; pues lo único que tendremos será un puñado de contratos inteligentes y de cadenas de bloques de información, junto a la esperanza de que un dron nos traiga algo que realmente no necesitamos, pero que los grandes amos del mundo han decidido que sí deberíamos necesitar.

Juanma Badenas es catedrático de Derecho civil y miembro de la Real Academia de Ciencias
de Ultramar de Bélgica. Su último libro publicado es La Derecha (Almuzara, 2020).

El WEF dice que es hora de legalizar el sexo con animales para promover la inclusión

El WEF ha ordenado a los principales medios de comunicación que comiencen a impulsar la narrativa en otros países. No se equivoquen, esto no se trata solo de España. Quieren extender esta enfermedad por todo el mundo.

FUENTE (INGLÉS/ENGLISH): WEF Says It’s Time To Legalize Sex and Marriage With Animals To Promote Inclusion

El Foro Económico Mundial ha ordenado a los gobiernos mundiales infiltrados que tomen medidas inmediatas hacia una nueva y controvertida iniciativa que debería hacer que todas las personas sensatas se levanten en armas.

El Foro Económico Mundial ahora pide que las personas tengan derecho a juntarse con animales en un esfuerzo por promover la diversidad y la inclusión.

España es el primer país en aprobar una nueva legislación dando pasos agigantados hacia la iniciativa. Esto no es sorprendente si se considera que el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, es tanto un socialista declarado como colaborador de la agenda del Foro Económico Mundial. Dentro del gobierno socialista de Sánchez, la ley pro-zoofilia fue impulsada por Ione Belarra Urteaga, afiliada al WEF, ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030.

Así es, España está tan infiltrada por el WEF que de hecho tienen un Ministro para la Agenda 2030.

El mundo estaba en una pendiente resbaladiza con toda la locura de género y pedofilia, pero la nueva Ley de Bienestar Animal de España que despenaliza el sexo con animales es un nivel completamente nuevo de locura.

La nueva ley establece: “La persona que por cualquier medio o procedimiento maltrate a un animal doméstico o amansado, a un animal habitualmente domesticado, a un animal que temporal o permanentemente viva bajo control humano fuera de las actividades legalmente reguladas, incluidos los actos de carácter sexual, causando lesiones que requieran tratamiento veterinario para el restablecimiento de su salud, será sancionado con un mínimo de tres meses hasta un máximo de 18 meses de prisión.”

Básicamente, esto significa que mientras no haya una lesión física que requiera tratamiento veterinario, las personas son libres de tener relaciones sexuales con animales.

Si esto no es lo suficientemente perturbador, el WEF ha ordenado a los principales medios de comunicación que comiencen a impulsar la narrativa en otros países. No se equivoquen, esto no se trata solo de España. Quieren extender esta enfermedad por todo el mundo.

Según la élite mundial, los zoófilos son solo otro espectro en la bandera del orgullo trans. Esto ya no es una pendiente resbaladiza. Estamos en caída libre por un precipicio. La élite mundial está decidida a destruir nuestra civilización y todo lo que hemos construido como sociedad.

Porque no se equivoquen, las élites tienen la intención de hacer colapsar las economías y destruir nuestra civilización. ¿Cuándo fue la última vez que las personas se casaron con animales? La respuesta es la antigua Roma, en los oscuros días del emperador Calígula, justo antes de que el imperio romano colapsara.

Calígula cometió incesto con sus hermanas y tuvo conversaciones con la luna —hasta ahora se parece mucho a uno de los hijos de Joe Biden— y también planeó casarse con su caballo favorito Incitatus y solo fracasó porque primero lo asesinaron.

Los últimos días del imperio romano tienen sorprendentes paralelismos con nuestros propios tiempos.

Las protestas están comenzando en toda Europa a medida que los zoófilos exigen el derecho a tener relaciones sexuales y relaciones con animales en sus países.

Según los manifestantes en Alemania, los ciudadanos deberían tener derecho a tener relaciones sexuales con animales y quieren que el movimiento arcoíris LGBTQ+ agregue una Z a su nombre.

En una entrevista publicada por RUPTLY, uno de los manifestantes del orgullo de Zoophilia defiende el concepto de relaciones sexuales con animales. Según la marchante del orgullo, el sexo con animales debería despenalizarse porque “es mucho más fácil entablar una relación con animales que con humanos”.

La principal razón por la que los zoófilos no deberían ser aceptados por la sociedad en general tiene que ver con el tema del consentimiento. El sexo con animales es similar al abuso infantil, donde el dominio se impone a una parte más débil que es incapaz de dar su consentimiento.

Pero la influencia tóxica del Foro Económico Mundial y sus legiones de Jóvenes Líderes Globales corruptos incrustados en los gobiernos de todo el mundo está moviendo a la sociedad en la dirección opuesta a la decencia común y los valores tradicionales.

La zoofilia y la pedofilia están siendo normalizadas actualmente por la élite mundial y aquellos que se consideran liberales están cada vez más presionados para aceptar la desviación como algo normal. No se equivoquen, vienen por nuestros hijos.

Un consejero del Departamento Correccional de Pensilvania que trabaja con delincuentes sexuales avivó la controversia la semana pasada después de defender a las ” personas atraídas por menores “, también conocidas como MAP, y quejarse de que el término ” pedófilo ” es un ” insulto hiriente y crítico”. 

En un video publicado en YouTube que desde entonces ha sido recortado y se ha vuelto viral en Twitter, Miranda Galbreath dice que los pedófilos son “probablemente la población más vilipendiada de nuestra cultura”.

El sexo con bebés tan pequeños como de 1 año no está mal, según el profesor de SUNY Fredonia, Stephen Kershnar, quien ha dejado constancia de que no ve nada malo en que los hombres adultos tengan relaciones sexuales con niños “dispuestos”.

Según el profesor Kershnar, que enseña ética aplicada en la universidad de Nueva York, existen “ ventajas evolutivas” de la pedofilia que la raza humana debería utilizar en su beneficio.

La podredumbre llega hasta la cima. Los gobiernos de todo el mundo, que operan bajo el control del Foro Económico Mundial, están librando una guerra contra nuestros niños.

El año pasado, en Nueva Zelanda infiltrada por WEF, un juez declaró que los niños de 12 años pueden consentir en tener relaciones sexuales con adultos. No es necesario presionar rebobinar. Me escuchaste bien. El caso en cuestión presentaba a un hombre de 45 años cuya defensa se centró en la afirmación de que su víctima de 12 años “lo quería”. Según el hombre de mediana edad, la niña de 12 años lo presionó para tener relaciones sexuales.

Francia, también dirigida por un joven líder mundial en Emmanuel Macron, no tiene edad de consentimiento.

Hollywood y CNN impulsan constantemente una agenda a favor de la pedofilia.

Con las élites globales detrás del plan, la única pregunta es si primero se agrega una P o una Z al movimiento del arcoíris LGBTQI+.

Si quieres vivir en un mundo seguro para aquellos que no pueden protegerse a sí mismos, es hora de tomar una posición.

Ver:

@hectorespinorueda

Increíble pero cierto, España aprueba la zoofilia.

♬ sonido original – Refugio Canino Larryguaruma

Inteligencia artificial y el marketing del miedo

Se crea un monopolio, prohibiendo que particulares desarrollen IA, fuera del circulo de las big tech, bajo la excusa de IA es demasiado peligroso para la humanidad. El mejor cliente es el Estado asustado y temeroso

por Jeffrey Kihien

IA dio el gran salto durante los encierros forzados por el Covid, donde miles de millones de personas se sumergieron en el internet. (Flickr)

Hace tres años empezó como un murmullo la existencia de un súper virus que mataría cientos de millones de personas. El virus había saltado de un murciélago hacia humanos, no creo se haya escogido al murciélago al azar, este mamífero está asociado con el mal, con Drácula y puede confundir a muchos, como el agua traída de las islas Fiji, que es solamente agua, dijeron también que había sido creado en un laboratorio con fines militares, imágenes de películas sobre virus mortales y zombis alimentaron el mito, luego se bombardeó al mundo las veinticuatro horas con el número de muertos y lo mortal del virus, contagios y filas de ataúdes. Nunca nadie pudo comprobar su autenticidad y, a los que denunciaban los callaban.

Venimos viviendo con la mal llamada inteligencia artificial, desde hace ya varias décadas. Digo mal llamada inteligencia artificial, IA, porque sólo el hombre, el ser humano es inteligente, no lo son los animales, menos las máquinas, mucho menos los algoritmos, que son sistemas de datos. Pero, para fines prácticos continuaré llamándola IA, con la cual tuve el primer contacto al observar una calculadora Casio realizar las ecuaciones básicas, allá por los ochentas. Un aparatito que sumaba, restaba, dividía, multiplicaba, que luego fue mejorando al agregar más fórmulas. Lo que quiero manifestar es que la tecnología no es nueva y, nos acompaña en nuestra vida diaria desde hace décadas. El buscador Google, es IA y, la base de datos más grande del planeta, datos e información que tú produces.

IA dio el gran salto durante los encierros forzados por el Covid, donde miles de millones de personas se sumergieron en el internet para entregar toda su vida; incluyendo recuerdos, confesiones, secretos, fotografías, videos, audios, perversiones, a la IA. La masiva acumulación de información, nunca antes vista en la historia, es el trampolín que permite ahora al software reconocer fotografías y describirlas, antes se tenía que describirla para que Google entregue la foto, esta es un innovación en IA, la capacidad para ver, el robot puede ver, reconocer miles de millones de objetos que tú le has proporcionado con las fotos y videos que cuelgas constantemente en la web. El robot tiene todas tus fotos y conoce también tu voz, y hasta tus sentimientos. Toda la información en la web es parte de su memoria.

Las compañías de big tech fueron las promotoras del encierro pandémico y, Bill Gates la cara y voz que lo promocionaba para salvar al mundo, mientras le comprábamos sus productos tecnológicos y luego su vacuna, siendo lo más interesante la información que las big tech prácticamente nos obligaron a entregarle para alimentar la memoria de IA y, hacer posible lo que ahora es; un software que habla, escucha, ve, escribe, dibuja y miente. Cuando IA miente, sus creadores le llaman “alucinación,” jamás aceptaran la maquina miente, pues es una aberración humana, pero sí, tenemos que aceptar llamarla Inteligencia, esa característica únicamente humana a las combinaciones estadísticas que el software desarrolla. Me hace pensar mal sobre estos billonarios filántropos de la tecnología, más ahora que la estrategia de marketing de IA es similar a la del Covid, el miedo. He escuchado a Elon Musk manifestar que se debería retardar el lanzamiento y desarrollo de IA, por su peligro, ocasionando el murmullo global sobre la posibilidad de que las maquinas destruyan el planeta si les damos autonomía, pero al mismo tiempo Musk desarrolla su propia IA. El miedo es la herramienta de dominación. En reciente entrevista en Fox, Musk propone que el estado regule IA. Esa propuesta merece análisis y protesta. IA es utilizada por el Partido Comunista Chino para controlar a sus ciudadanos, les descuenta puntos si se portan mal, y son constantemente vigilados cuando caminan por las calles, cuando realizan cualquier transacción e interacción humana, porque también están obligados a utilizar moneda digital, haciendo posible que el gobierno conozca todos sus hábitos. Lo que Musk propone, a mi entender, es que las big tech desarrollen la tecnología, la administren y luego la arrienden al gobierno, el cual les dictará ciertas pautas, mientras utiliza IA para espiar en todo el mundo incluyendo a sus propios ciudadanos. Se crea un monopolio, prohibiendo que particulares desarrollen IA, fuera del circulo de las big tech, bajo la excusa de IA es demasiado peligroso para la humanidad. El mejor cliente es el Estado asustado y temeroso, ya lo hemos visto con la pandemia, en donde se desarrolló el marketing del terror. El Estado asustado es siempre arbitrario y, reacciona como un animal atacado, por instinto.

Existen muchas industrias y oficios desplazados por IA, el periodismo y los ensayos de opinión son unos de ellos, luego vendrá la práctica legal, médica, el cine, música, arte, literatura. Como en toda innovación, siempre existe el temor, lo hubo con el fuego, la rueda, la máquina a vapor, los trenes, la internet, pero el hombre, creación divina e inteligente, siempre está cientos de pasos delante de cualquier creación artificial, podríamos por ejemplo dejar de utilizar redes sociales, pobladas de señuelos IA, y eso es lo que opino sucederá. Pero les confirmo y juro, el que escribe estas líneas es un humano de carne y hueso, nacido de una mujer.

«La humanidad no es sostenible», el último grito “ambientalista”

El biólogo Paul Ehrlich dijo en la cadena estadounidense CBS que «la humanidad no es sostenible». En los años 70 vaticinó que cientos de millones de personas morirían de hambre en esa década. Pero no fue así

por Mamela Fiallo Flor

Este planteamiento de que la humanidad no es sostenible calza perfecto en los planes de los políticos y economistas que pretenden mayor control. (PanAm Post)

El alarmismo climático ha normalizado un discurso de control de consumo e intervencionismo estatal que paulatinamente incluye también la promoción del control de población. Pero comenzando el año 2023 este planteamiento parece haber ido un paso más allá. “La humanidad no es sostenible”, afirmó el biólogo Paul Ehrlich en la cadena estadounidense CBS.

“La humanidad no es sostenible. Para mantener nuestro estilo de vida (el tuyo y el mío, básicamente) para todo el planeta, necesitarías cinco Tierras más. No está claro de dónde van a venir los recursos necesarios, los sistemas que sustentan nuestras vidas, que por supuesto son la biodiversidad que estamos acabando. La humanidad está muy ocupada sentada en una rama que estamos cortando”, sentenció Ehrlich en 60 Minutes, uno de los programas de mayor audiencia en Estados Unidos.

Sus teorías alarmistas han fallado

El presentador Scott Pelley mencionó que Ehrlich había sido visto como un alarmista cuando salió “Population Bomb“. Dicha obra insinúa que la supuesta sobrepoblación acabará con el planeta.

“Estaba alarmado. Todavía estoy alarmado. Todos mis colegas están alarmados”, dijo Ehrlich. “La tasa de extinción es extraordinariamente alta ahora y aumenta todo el tiempo”.

A lo largo de su carrera, Ehrlich ha promovido un discurso fatalista. Desde los años 70 auguró que cientos de millones de personas morirían de hambre en esa década. Pero no fue así. Pronosticó que Inglaterra no existiría para el año 2000 y su fatalista profecía no se cumplió. También advirtió en la década de los 80 sobre “una ruptura total de la capacidad del planeta para sustentar a la humanidad”. Pero aquí sigue.

La fertilidad se desplomó 50 % en los últimos 70 años

Así como el exvicepresidente de EE. UU., Al Gore, desacertó con el alarmismo climático, también falla Ehrlich. En realidad está sucediendo lo contrario a lo que él ha vaticinado. La pirámide poblacional está invertida. No existe un problema de sobrepoblación sino de baja natalidad. La tasa de fertilidad humana se desplomó aproximadamente 50 % en todo el mundo en los últimos 70 años. La familia promedio tenía cinco hijos en 1952, pero ahora tiene menos de tres. Para el año 2020, el Ministerio de Sanidad de España reportaba 341.315 nacimientos y 493.776 defunciones. Una tendencia similar a la del año anterior. Esto indica que en este país mueren más personas de las que nacen.

Si las tasas de fertilidad no se elevan por encima de los niveles actuales, aproximadamente la mitad de los países de Europa perderían 95 % o más de su población. Así lo pronostica un informe de la ONU titulado Población mundial a 2300, que hace proyecciones poblacionales para ese año. «La Unión Europea, que recientemente se ha expandido para abarcar a 452 – 455 millones de personas (según cifras 2000 – 2005 ), caería en 2300 a solo 59 millones. Aproximadamente, la mitad de los países de Europa perderían 95 % o más de su población; y países como la Federación de Rusia e Italia tendrían solo el 1 por ciento de su población actual”.

Reducción de población para mayor control

En lugar de incentivar el crecimiento poblacional, la izquierda política promueve la disminución de la población, sembrando una profunda misantropía, donde retrata al ser humano como el problema y no la solución. De la mano de la radicalización del Partido Demócrata hacia la izquierda, el senador Bernie Sanders ha propuesto financiar abortos en países en vías de desarrollo para combatir el “cambio climático”. Una vez en el poder, Joe Biden revocó el Acuerdo de Ciudad de México para costear abortos con fondos federales desde México y más al sur.

Para comprender el alcance de estas propuestas es necesario conocer al economista marxista Robert Heilbroner. Con la caída del Muro de Berlín, él llamó a volcar la revolución socialista del obrero a la salvación del planeta.

«Las fábricas y almacenes y las granjas y tiendas de una formación socioeconómica socialista deben coordinarse… y esta coordinación debe conllevar la obediencia a un plan central», proclamó.  Llamó a «repensar el significado del socialismo» para enfrentar «la carga ecológica que el crecimiento económico está imponiendo al medio ambiente».

De aquí surge el término “sandía” (verdes por fuera y rojos por dentro), un disfraz ecologista que encubre un discurso socialista, sobre todo totalitario, pues sus promotores proponen que todo, desde la producción hasta la reproducción, sean planificadas por el poder central.

Este planteamiento de que la humanidad no es sostenible calza perfecto en los planes de los políticos y economistas que pretenden mayor control. Como Thanos, el villano de los Vengadores, proponen eliminar a la mitad de la población “para salvar el planeta”. Y al hacerlo, en nombre de la naturaleza, promueven ir contra el sentido de supervivencia, una incoherencia total.

Así amenaza la Inteligencia Artificial la libertad de los hombres

Santiago Abascal, secretario general de VOX, y el líder izquierdista Pablo Iglesias pasean, amistosa y asombrosamente cogidos del brazo, en las calles de Madrid. Así los sorprendió la cámara del diario ‘El Mundo’, el cual… encargó a un laboratorio de Inteligencia Artificial la realización (en un breve plazo de dos o tres días) de dicho montaje, así como el de otros adversarios políticos.

En sí misma, la Inteligencia Artificial no amenaza nada. Quienes sí amenazan son los que la deben nutrir de contenido.

Por Roberto Vitali

Todas las advertencias que se han multiplicado exponencialmente los últimos meses acerca del uso de la Inteligencia Artificial (IA)[1] omiten, sin embargo, la capacidad —que estas IA— poseen de hecho para “formar” y, en consecuencia, “manejar” el modo de pensar de los seres humanos.

Puede parecer una exageración. Puede que no sea la “intención” de sus creadores, pero no cabe duda de que el modo de relacionarnos como personas con los bots de IA lleva, ineluctablemente, a pensar en esa capacidad de manipulación y formación del pensamiento humano —al establecer los contenidos—, que poseen y poseerán de modo creciente las IA.

Parafraseando al afamado científico Stephen Hawking, si algo está disponible, en materia de interés y avance científico, no hay leyes que detengan ese avance de la investigación.

Ni leyes escritas, ni leyes éticas. Hawking, apunta con acierto que “alguien” siempre estará inevitablemente tentado por avanzar en el desarrollo de cualquier investigación científica posible. Y resultará igualmente inevitable que ese alguien caiga en la tentación de seguir adelante, hasta alcanzar un logro. Aunque el desarrollo científico en cuestión se prohíba o catalogue de antiético.

Así se mueve la humanidad en materia de avances científicos, y así lo seguirá haciendo.

En consecuencia, siguiendo el pensamiento del científico inglés, los desarrollos posibles – en el caso que nos ocupa, es decir, la capacidad de modificar las formas y criterios humanos de pensamiento según el contenido que se le ofrezca a través de los bots de IA, todo ello tenderá a incrementarse aunque sus consecuencias sean dañinas, e incluso nefastas.

Huelga decir que, si se modifican criterios y conceptos, lo que se modificará —según el arbitrio de quienes den contenido a las IA— serán, y de modo creciente, las conductas humanas.

Todo ello resulta mucho más inquietante para la libertad de las personas que la posibilidad de que, como se viene diciendo en los últimos tiempos, la IA supere en todos los aspectos a la inteligencia humana. Se discute su posibilidad real de materializarse, pero es evidente que la capacidad de formar pensamientos y criterios —y en consecuencia, conductas— parece ser un hecho ya alcanzado. Y un hecho obviamente inquietante .

Cuando el hombre comenzó a usar calculadoras (primero simplemente mecánicas y luego digitales), abandonó el cálculo mental y el procedimiento matemático básico de sumar, multiplicar, restar y dividir mentalmente.  

De hecho, es bien probable que la mayoría de las personas, hoy en día, tengan que “sentarse” a pensar largo rato si se las pone frente a una simple división con decimales. Tan desacostumbrados estamos a realizar estos procedimientos.

Más fácil resulta aún que muchos jóvenes de escolarización medianamente reciente, ni siquiera recuerden “cómo” se realiza ese procedimiento. Simplemente porque se les ha enseñado muy superficialmente cómo realizarlo. Y, se les ha enseñado superficialmente porque los docentes están plenamente convencidos de que, en su vida futura, esos niños y jóvenes no realizarán jamás esas “operaciones” de modo manual o mental. Y, de hecho, tienen razón.

Todos los seres humanos usan hoy, para cualquier cálculo, incluso los más elementales, una “calculadora digital” o sus desarrollos posteriores, que simplifican al extremo los cálculos más complejos. Las computadoras, el Excel y otras aplicaciones más sofisticadas resuelven de modo instantáneo cualquier ecuación o cálculo complejo, sin otra intervención humana que digitar los números que componen el problema a resolver. Ello  es tanto como “decirle” —hasta de forma meramente verbal, sin escribir siquiera— a un ordenador programado qué cálculo se quiere resolver. En milisegundos se obtiene una respuesta inmediata y, fundamentalmente, exacta. De una exactitud inapelable.

La IA tiende a operar del mismo modo. Ante cualquier pregunta que le realicemos tendrá una respuesta instantánea. Ya le preguntemos sobre el clima, o sobre el pensamiento de un autor, o sobre la interpretación de un hecho histórico, o sobre el futuro del mundo ante el cambio climático.

Sin embargo, la respuesta será necesariamente sesgada, pues concordará con el pensamiento de aquellos que programaron esa IA

Sin referencia a ninguna fuente, la IA nos proporciona una respuesta inmediata. Incluso, en los casos de las aplicaciones de IA que “citan fuentes” (por ejemplo, Perplexity A.I), las fuentes son seleccionadas por el mismo algoritmo para que coincidan con la respuesta proporcionada.

Ya no hablemos de los casos de groseros errores en los que caen los Chats GPT cuando, por ejemplo, afirman la inexistencia de libros famosos que han sido efectivamente publicados por autores reconocidos, o cuando nos listan obras de un autor que éste no ha escrito, o nos “resumen” su pensamiento de un modo muchas veces opuesto al verdadero decir y pensar del autor requerido.

Simples experimentos “caseros” nos demuestran que los bots de IA operan de ese modo. Es fácil, para quien conoce el tema inquirido al bot, darse cuenta de las ocasiones en que le miente, tergiversa e incluso interpreta a un autor de modo perfectamente opuesto a sus verdaderas expresiones.

Hasta es posible que se le pida al bot de IA que efectúe el resumen de un artículo, que se copie y pegue en la pregunta el texto completo del artículo y que, si este artículo no condice con las pautas (siempre “políticamente correctas”) con que ha sido programado el bot, este último termine dándonos un “resumen” que diga exactamente lo contrario de lo que se sostiene en el artículo. 

El tema es muy extenso y debe ser debatido largamente. Hay muchos eximentes para estas respuestas incorrectas o aparentemente malintencionadas.

Sin embargo, si se sigue la lógica humana de la ley del menor esfuerzo (una ley económica, de las pocas que son irrefutables), podría llegar el día en que, como ha sucedido con el cálculo matemático, ya sólo se enseñe superficialmente historia, geografía, lógica, gramática y, por cierto, tampoco ética.

Ese día, las máquinas (sin necesidad de superar de modo efectivo el pensamiento humano), valiéndose de las debilidades humanas, nos darán todas las respuestas a todos los interrogantes, igual que el Excel nos proporciona una respuesta numérica que no cuestionamos, cuya exactitud damos por descontado.

Ese día se habrá suprimido el pensamiento crítico de las personas y, como dijimos, se regulará su conducta dictándoles a los seres humanos el modo de sentir, actuar y pensar. Ese día se habrá suprimido la libertad de las personas.

Pero ¿serán las IA quienes regulen a su antojo las libertades personales? ¿O quienes lo hagan será el reducido grupo de individuos que las controlen?

La lógica, que aún manejamos, indica que quienes lo harán será ese pequeño grupo de personas dedicadas a controlar a las IA (a “entrenarlas” y programarlas). El resto de los seres humanos correrá el riesgo cierto de perder su libertad, al tiempo que la manipulación y el control de las conductas habrá alcanzado su punto más alto en la historia de la humanidad.

[1] IA (en español) o AI (en inglés) es el conocido acrónimo de “Inteligencia Artificial”, usándose ambos de modo indistinto.

Por qué el oro es un arma tan eficaz contra los planes monetarios del gobierno

Los gobiernos erosionan imprudentemente la riqueza de los ciudadanos, pero hay formas de evitar ser víctima de este esquema

Por FEE

Invertir en oro y en monedas que mantengan su valor supone un desafío para el monopolio del gobierno sobre la moneda y su explotación de ese monopolio. (Archivo)

“Como el oro es dinero honesto, no gusta a los hombres deshonestos”.

– Ron Paul

La compra de oro físico es un método de probada eficacia para asegurar la riqueza generacional, y una medida de seguridad que se adopta a menudo en tiempos de turbulencias económicas. La inversión en oro se considera desde hace tiempo una cobertura contra la inflación y un depósito de valor frente a las divisas. A lo largo de la historia, a medida que las monedas y divisas se devaluaban, quienes tenían más metales preciosos a mano disponían de muchas más opciones para comprar lo necesario e invertir.

Invertir en una moneda de oro, como sugirió el economista F.A. Hayek, también actúa como competencia al papel moneda y a cualquier intento de monopolio coercitivo de las divisas. Cuando las monedas están estrictamente controladas, se refuerza el poder del gobierno. Hayek especificó: “[El monopolio de la moneda] se ha convertido, por supuesto, en un instrumento principal para las políticas gubernamentales imperantes y ha ayudado profundamente al crecimiento general del poder gubernamental.”

Según Investopedia, la devaluación de la moneda consiste en reducir intencionadamente su valor mediante diversos métodos monetarios y fiscales. En el pasado, la devaluación se asociaba a la sustitución de metales preciosos por metales básicos, como el uso de menos oro o plata en las monedas y su sustitución por cobre o níquel, manteniendo el mismo valor nominal. Hoy en día, la degradación se produce principalmente mediante la impresión de más dinero en forma de moneda fiduciaria, un proceso conocido como inflación monetaria.

La razón por la que los gobiernos suelen iniciar el envilecimiento de la moneda es para ampliar el gasto público y el poder adquisitivo. Sin embargo, se produce a expensas de los ciudadanos, que finalmente se quedan con menos riqueza, costes más elevados y menor poder adquisitivo. La devaluación de la moneda, así como la inflación monetaria en general, tiende a la inflación de precios. En pocas palabras, la devaluación de la moneda en forma de inflación monetaria es una falsificación legalizada.

Desde que EE.UU. comenzó a abandonar el patrón oro en 1933 -y finalmente eliminó por completo el respaldo en oro en 1971- el valor del dólar ha caído significativamente en comparación con una onza de oro. A partir de 2023, el valor de la moneda estadounidense estará en entredicho a medida que el dólar se devalúe lentamente. El poder adquisitivo de un dólar en 1913 valdría unos 30,22 dólares; un dólar en 1933 valdría unos 23 dólares; un dólar en 1970 valdría 7,71 dólares; y un dólar en 2003 valdría 1,63 dólares.

¿Cómo protege el oro contra la inflación? 

El oro es una materia prima valorada y comercializada internacionalmente. El oro se valora por muchas razones, entre ellas su apreciación estética, su oferta limitada, su durabilidad, su carácter imperecedero, su popularidad y sus usos industriales. Debido a estas razones y a otras más, el oro ha mantenido su valor global a lo largo de los milenios. Cuando la moneda de un país empieza a deslizarse o a tambalearse, el oro es probablemente la materia prima mejor compartida para transferir riqueza entre monedas de otros países, manteniendo al mismo tiempo un mayor atractivo para la inversión. Sobre todo cuando las monedas de algunos países no son aceptadas en todas partes debido a conflictos o discrepancias políticas.

Al medir la tasa de inflación, Inflation Tool demuestra que, desde 1971 hasta 2023, la tasa media de inflación del dólar estadounidense ha sido del 3,93%, mientras que la tasa de inflación acumulada ha sido de la friolera del 641,44%. En términos sencillos, esto significa que 100 dólares en 1971 equivalen ahora a 741,44 dólares, lo que representa una importante disminución del poder adquisitivo.

Como afirma Lawrence White, profesor de economía de la Universidad George Mason, “la tasa de inflación fue de sólo el 0,1% durante los 93 años que Gran Bretaña estuvo en el patrón oro clásico. En Estados Unidos sólo fue del 0,01 por ciento entre la reanudación del oro en 1879 y 1913”. Sin embargo, debido a los fracasos de las políticas monetarias de la Reserva Federal, y las políticas fiscales del Congreso, la tasa de inflación hoy en día es mucho mayor empujando por encima del 6 por ciento con una tasa de inflación media de 1960 a 2023 con un promedio cercano al 5 por ciento.

¿Es volátil el oro?

Algunos economistas, especialmente aquellos con tendencias socialistas y de planificación centralizada, sugerirán que los precios del oro son volátiles. Sus afirmaciones tergiversan el oro como si la “volatilidad” significara que el oro no es tan sostenible en precio como el dólar. En contra de su opinión, el precio del oro sólo se considera volátil cuando se compara con una divisa como el dólar estadounidense en plazos relativamente cortos. Cuando el oro se mira a través de una lente de valores globales a lo largo de la historia, más allá de una moneda única, vemos que ha mantenido un valor significativo, y cuando las monedas fracasan es el oro el que ha ayudado a la gente a recuperar la riqueza. Comparando el valor global del oro con el dólar, vemos que el valor del oro se ha mantenido intacto en general.

En EE.UU., en 1913 el oro costaba 20,67 dólares; en 1933, unos 32,32 dólares; en 1970, 38,90 dólares; en 2003, 417,25 dólares; y hoy, unos 1800 dólares. Según Statista, de 1971 a 2022, el oro tuvo un rendimiento del 7,78 por ciento anual en términos de USD.

Aunque el gobierno estadounidense ha seguido fijando, cambiando e influyendo artificialmente en el precio del oro, el valor del oro ha seguido siendo superior al del dólar en general. Esto indica además que el oro sigue siendo una buena cobertura contra la inflación. El oro ha superado a la inflación en los EE.UU. a largo plazo, lo que indica que el oro no es tan volátil como el dólar a largo plazo.

¿Puede la inversión en oro mejorar al dólar?

El dólar fiduciario de los EE.UU. es lo que permite a los políticos, en conjunción con el Tesoro y la Reserva Federal, imprimir arbitrariamente más dólares para financiar guerras casi interminables, programas de bienestar inflados, y para entregar ayuda exterior sin límites. Más impresión de dólares tiende a disminuir el valor de los otros dólares en circulación, y esto puede conducir a la inflación de precios. El fiat actúa simultáneamente como una forma de esclavitud indirecta y de robo de segunda mano una vez que esos dólares se gastan, del mismo modo que lo hace la falsificación. Si el dólar no vuelve a un patrón oro para crear un valor natural del dólar acordado por el mercado con una oferta más restringida, es probable que el dólar siga debilitándose, ya que los incentivos para estos programas y dádivas gubernamentales son mayores que los costes inmediatamente percibidos.

Incluso si el dólar no vuelve al patrón oro, el hecho de que un número cada vez mayor de personas invierta fuertemente en oro en lugar de en bonos del Tesoro, cuentas del mercado monetario, certificados de depósito, acciones y similares, crea cambios en los incentivos que animan y presionan a otras personas a unirse a la inversión más sólida del oro. El mercado ve la estabilidad a largo plazo y las ganancias de los que invierten en oro, y la gente tiende naturalmente a querer obtener el mayor rendimiento de la inversión. El oro no es una panacea para la inflación y la deflación, sino una opción más estable a largo plazo que el dinero fiduciario.

Invertir en oro y en monedas que mantengan su valor supone un desafío para el monopolio del gobierno sobre la moneda y su explotación de ese monopolio. O, como dijo Hayek: “Del mismo modo que la ausencia de competencia ha impedido que el monopolista proveedor de dinero esté sujeto a una disciplina saludable, el poder sobre el dinero también ha liberado a los gobiernos de la necesidad de mantener sus gastos dentro de sus ingresos.”

Policía Trans ¿salvación o condena?

Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder

Por: Irene González

Dos personas sostienen una bandera trans durante una concentración convocada frente al Congreso de los Diputados. Europa Press

Desde que el Gobierno aprobó la nueva Ley Trans, que permite la libre autodeterminación de género, tengo pesadillas recurrentes sobre cómo defenderé mi intimidad el día que un tipo entre en el vestuario de mujeres de mi gimnasio afirmando que es mujer. No es ninguna excusa para no ir. Es un miedo real ante una posibilidad cada vez más cercana. Como era previsible y constatable, según experiencia de otros países Occidentales perturbados, antaño civilizados, hay un aumento exponencial de solicitudes de cambio registral de sexo, donde más del 95% de éstas son de hombres biológicos.

Me sentiría vejada, incómoda, amenazada e indefensa. Pero, ¿cómo voy a defenderme sola en una situación vulnerable para mi privacidad, ante alguien que accede a ella al resguardo de la ley y contra mi voluntad? ¿Cómo puedo protegerme de esta humillación a la que soy obligada desde el Gobierno a consentir contra mi expreso deseo? Ni siquiera me estaría permitido mostrar mi disconformidad. Sólo podría sonreír y aplaudir, como mujer sumisa que no soy. Me han arrebatado mi derecho a no consentir, a decir ¡no! Ya ni siquiera sé si es posible pensarlo, si puedo compartir mis miedos como mujer a modo casi de auxilio ante la posible situación violenta para mi intimidad, en la que una persona con genitales masculinos esté junto a mí en el vestuario. Tengo que apuntarme a kárate o boxeo, o ir con una bolsa en la que pueda llevar un palo para defenderme si es preciso.

Si pido auxilio al personal del centro no me defenderán. Podrían ser acusados de tránsfobos y cometer infracción muy grave con sanción entre 10.001€ y 150.000€ según la citada Ley. Si hago una foto y lo denuncio en redes, la Policía Nacional vendría a detenerme por delito de odio y no al que se descubre desnudo ante mí contra mi voluntad. Cambiarme de gimnasio no solucionaría el problema, especialmente en aquellos exclusivos para mujeres. Si el feminismo posmoderno considera que todos los hombres biológicos son machistas, violadores y depredadores, ¿cómo es posible que la mera voluntad de estos en su autodefinición como mujer haga desaparecer ese peligro para nosotras? Al contrario, me siento más expuesta a esa minoría que sí son realmente unos delincuentes sexuales, o violentos misóginos que encuentran amparo en esta legislación, con la que acceden a sus víctimas mayor facilidad. Ellos tienen incentivos para la solicitud del cambio de sexo en el Registro Civil, como los presos que lo han solicitado para ser trasladados a cárceles de mujeres. Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder.

Pero quizá haya una salvación en la propia condena de la agenda global del género. Una grieta en el sistema que nos muestra de forma involuntaria el policía Trans. Un opositor a Policía Local en varios municipios de Madrid efectuó la solicitud de cambio registral de sexo para poder conseguir más fácilmente una plaza como policía. Las pruebas físicas del examen de acceso tienen unos baremos inferiores para mujeres. Su innegable superioridad física como hombre biológico le permitió conseguir mejor puntuación que el resto de aspirantes femeninas, y por tanto una enorme ventaja para el acceso a un puesto de Policía.

Pero esta noticia que ha indignado a tantas ilumina el camino. La Ley Trans de libre autodefinición del género es una denuncia a todo ese sistema injusto de acceso al Ejército, a la Guardia Civil, a los bomberos o a la Policía que establece diferentes baremos físicos entre hombres y mujeres. Esa diferencia es un reconocimiento explícito a dos cuestiones clave: que biológicamente los hombres tienen más fuerza física que las mujeres, y que la existencia de esos baremos diferentes supedita a los ciudadanos, y especialmente de las ciudadanas, a los deseos de unas mujeres de acceder a una profesión por encima de las necesidades de seguridad de la población.

Hay mujeres policías excepcionalmente buenas y capaces para puestos donde la fuerza física no sea lo primordial. Pero ante un ataque de una manada de atacantes, quizá sean capaces de defenderme mejor unos hombres biológicos policías con la misma fuerza que mis atacantes. Quizá ahora los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad cubran todas sus plazas con hombres y personas Trans de origen masculino provocando un incremento de la seguridad ciudadana de las mujeres.

Estas políticas lunáticas de género ya han conseguido su finalidad, que no es proteger a las personas con disforia, sino dividir a la población y enfrentarla. La ruptura del sistema de realidad y el desprecio a la biología para imponer un nuevo orden social en el que no haya mujeres, ni hombres, sino una homogénea sociedad de géneros confusos y fluidos, de clones prescindibles e hipnotizados por la falsa bandera de la diversidad.

Las políticas de la UE: el asalto a nuestra libertad, costumbres y tradiciones

por Francesco Giubilei

Se trata de fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas de la Unión Europea.

Si las analizamos una a una, las normativas aprobadas por la Unión Europea en los últimos años parecen decisiones con un impacto limitado a un único ámbito social, como, por ejemplo, el medio ambiente, la alimentación, la familia o la religión. Ahora bien, si unes todos los puntos, surge con claridad un diseño político muy preciso.

Es entonces cuando nos damos cuenta de que se trata de un proyecto realizado por una parte del establishment europeo para redefinir nuestros estilos de vida, nuestras costumbres y tradiciones: un gran plan de reeducación pedagógica basado en un leitmotiv, el sentido de culpa. Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir porque nuestros comportamientos hacen que el planeta se deteriore. Tenemos que dejar de comer carne porque las granjas producen demasiada contaminación. Ya no podemos decir que un niño nace de una madre y un padre porque es discriminatorio. No se pueden celebrar fiestas cristianas porque los fieles de otras religiones se ofenden. Tenemos que renunciar a nuestro pasado a causa del colonialismo y otras gaitas… Todo un desparrame de corrección política.

Es un fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de oikofobia, el odio al hogar, el odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas y directivas de la Unión Europea que imponen decisiones de arriba a abajo y deben ser aceptadas e implementadas por los ciudadanos. Se pierde así uno de los pilares básicos del buen gobierno, que es el principio de subsidiariedad. Cuanto más cerca esté una institución del ciudadano, mejor podrá realizar su tarea y más podrá el ciudadano verificar su trabajo. Por el contrario, cuanto más lejos esté el poder de los ciudadanos, más difícil resultará controlar la acción de quienes lo ejercen. Y como es bien sabido, una entidad supranacional como la UE es cualquier cosa menos un organismo local.

El campo de acción de la UE es global y se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida, pero hay algunos sectores sobre los que la acción comunitaria se empecina especialmente, en particular el medio ambiente. La nueva Biblia de la UE se llama Green Deal (Acuerdo verde), un gran plan que ya está en marcha y cuyo objetivo es alcanzar la neutralidad energética en 2050, con un plazo inicial en 2030 mediante el “Fit for 55”, es decir, la reducción de emisiones en un 55%. Para entender la relevancia que las instituciones europeas atribuyen a este proyecto, basta citar las palabras de la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, para quien el Green Deal será “como el aterrizaje del hombre en la luna”.

Aunque el plan de la UE es efectivamente lunático en términos de contenido y de plazos, las consecuencias para los ciudadanos europeos son, lamentablemente, bien concretas.

La última hazaña ha sido prohibir los automóviles diésel y gasolina para 2035, una decisión votada en el Parlamento Europeo la semana pasada. Los efectos socioeconómicos de esta decisión son múltiples y corren el riesgo de desmantelar el liderazgo europeo e italiano en el sector del automóvil. No sólo afecta a las grandes compañías automovilísticas sino también a numerosas PYMES dedicadas a los componentes. Además del impacto en el empleo, esta decisión frenará las inversiones en biocombustibles, motores híbridos y otras tecnologías alternativas a la electricidad menos contaminantes. Pero hay otro aspecto aún más preocupante y se refiere a la seguridad. Tras la crisis energética de los últimos meses en la que comprendimos por fin lo que significa depender en demasía de un único proveedor de gas como Rusia, la UE no parece haber aprendido la lección y está cometiendo un error parecido con China, que tiene un papel preponderante en el vehículo eléctrico.

Lo mismo sucede con las energías renovables ya que Beijing detenta prácticamente el monopolio de las tierras raras, minerales esenciales para los componentes de paneles solares y turbinas eólicas. Centrarse en exclusiva en las energías renovables sin haber desarrollado primero una cadena de suministro europea es un suicidio en términos de seguridad energética.

Otro sablazo para los ciudadanos es la directiva de vivienda verde que aún no ha sido aprobada por el Parlamento Europeo, pero que es casi cosa hecha. Esta directiva presenta numerosos problemas insalvables, en particular para los italianos, que tienen más activos inmobiliarios que otras naciones europeas. La obligación de mejorar la eficiencia es un aumento disfrazado del valor patrimonial que no tiene en cuenta las características de muchos de nuestros edificios, especialmente en los centros históricos, construidos hace siglos y que nunca podrán ser eficientes al 100%. En efecto, la propuesta inicial de la directiva recogía la imposibilidad de vender o alquilar viviendas que no presentaran eficiencia energética. Es un ejemplo perfecto de cierta mentalidad, generalizada en Bruselas, que afecta a la propiedad privada.

La Unión Europea no solo entra en nuestras casas, también nos dice qué debemos comer. La obsesión por la alimentación es la nueva frontera de la reeducación europea, que quiere que dejemos de comer carne porque las granjas contaminan, aunque los insectos sí que son bienvenidos en nuestras mesas. No entiende que estamos perjudicando a un sector como el alimentario que no sólo forma parte de nuestra identidad, sino que también representa uno de los principales sectores económicos del país. De forma reciente, fue el vino el producto que acabó en el banquillo de los acusados con la propuesta irlandesa de incluir las palabras “perjudica gravemente la salud” en las etiquetas de las botellas.

Si no se está de acuerdo con las políticas de la UE, se nos tacha de “negacionista climático” en el tema del medio ambiente y de “teórico de la conspiración” en el caso de los insectos. Pero el caso más llamativo es el asunto de la familia, ya que argumentar que un niño nace de un padre y de una madre o estar en contra del vientre de alquiler lleva a ser acusado de “homofobia”. Así es como asistimos a la ausencia de verdaderas políticas de apoyo a la natalidad y a la familia, y tenemos que aguantar una catarata de normas para las “familias” (estrictamente en plural).

Si el hundimiento de las tasas de natalidad no es una prioridad para la Unión Europea, sí lo es la inmigración, no tanto para regular los flujos migratorios, sino para suplir el declive demográfico con una nueva fuerza de trabajo que sataniza el concepto de fronteras y promueve la sociedad abierta.

Así es como ha surgido la superación del concepto de nación y el deseo de borrar nuestra identidad fundada en raíces cristianas. Y eso a pesar de que, como recuerda Benedicto XVI, el autor de un libro esclarecedor como La nueva Europa: identidad y misión“Europa no es un concepto geográfico, sino cultural, conformado por un recorrido histórico que, aunque conflictivo, está centrado en la fe cristiana”.

Es difícil olvidar el documento de la Comisión Europea que quería suprimir la palabra Navidad y los nombres de pila. Pero, mientras tanto, la UE, empeñada en denunciar una supuesta islamofobia, no dice ni una palabra sobre los crecientes episodios de intolerancia hacia los cristianos (que mientras no se demuestre lo contrario son la mayoría de los ciudadanos) en los países europeos. En Francia y Bélgica, los casos de iglesias quemadas, estatuas religiosas destrozadas, e incluso sacerdotes asesinados como el padre Jacques Hame, se han vuelto habituales.

Si se considera que lo espiritual y lo religioso son aspectos de la vida humana de los que podemos prescindir (Augusto del Noce ya advertía de los peligros de la secularización), la reeducación europea pasa por el uso de la tecnología y por la tecnocracia. Las redes sociales e internet, que deberían representar una herramienta para la libertad de palabra, corren el riesgo de verse restringidas bajo el pretexto de luchar contra la desinformación y la injerencia extranjera, como lo demuestra la última directiva europea sobre publicidad política.

El enfoque dirigista de la Unión Europea no perdona a ningún sector de la sociedad y está cada vez más omnipresente. Prevalece sobre las naciones y las autoridades locales, sin tener en cuenta las necesidades de las comunidades y favoreciendo una visión homogeneizadora. Una función pedagógica destinada a los europeos, plasmada negro sobre blanco por la UE en las conclusiones de la Conferencia sobre el futuro de Europa. Por un lado, propone una estandarización destinada a borrar las identidades individuales. Por otro, las políticas europeas acaban siendo rehenes de minorías ideológicas que quieren imponer su agenda.

Y por si las normativas y directivas aprobadas hasta la fecha no fueran suficientes, lo peor está por llegar: la reeducación europea no ha hecho más que empezar.

El apocalipsis de las ideologías: cómo definirse en la confusa política actual

Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria

Momento de la ópera ‘Nixon en China’ Camilla Winther

Por: DAVID SOUTO ALCALDE

La ideología ha muerto, ¡viva la ideología! Por exagerado que parezca, nunca ha sido más necesario posicionarse ideológicamente que en nuestros días. La lucha sin cuartel que se libra entre democracia y tecnocracia hace que no sean posibles medias tintas y que, cargados de argumentos y de una concepción concreta del hombre, la sociedad y el rol de la política, debamos apostar por una opción u otra. Nunca ha sido, sin embargo, tan desconcertante tomar partido entre los distintos bloques. La división izquierda/derecha, que sigue corriendo por nuestras venas como si fuese sangre verdadera y no una adulterada sustancia que nos embota la razón, nos impide ver que las realidades ideológicas que cada uno de estos bloques acoge son tan divergentes entre sí que pareciese que una mente diabólica separó en ellas lo que era similar, y unió lo que era diferente, para así condenar la racionalidad política al desarraigo y la psicosis.

Hablando de manera clara: hay cierta parte de la izquierda que siempre ha debido ir de la mano de cierta derecha en su defensa de una vanguardia tecnócrata y autoritaria que dirija los destinos de la población en aras de un futuro pretendidamente utópico (es decir, buena parte de los defensores del comunismo y del capitalismo en su dimensión práctica y real). Existe, sin embargo, un vector de la izquierda que en su defensa del poder político común y del derecho a la autosubsistencia como base de la libertad siempre ha debido ir con la derecha que se enfrenta a la concentración del poder y defiende la eticidad de nuestro legado antropológico (es decir, comuneros y tradicionalistas, aunque incluyendo también a los liberales anti-monopolistas, a los comunistas heterodoxos y, como no, a gran parte de los anarquistas de izquierda y derecha).

El desconcierto ideológico imperante queda claro si acudimos a los medios y prestamos atención a qué es lo que dice defender cada quien, y a lo que realmente defiende. Por ejemplo, si sintonizamos EsRadio, medio apologeta del capitalismo como base de la civilización, no solo escucharemos las proclamas de Jiménez Losantos contra el Foro Económico Mundial e instituciones capitalistas afines, sino también sus alertas contra la expropiación de bienes comunales y privados que está llevando a cabo Forestalia para implantar aerogeneradores eléctricos en Teruel por medio de técnicas de destrucción social y ambiental. El elemento más desconcertante de esta crítica es que, aunque Losantos describe a la perfección el intervencionismo masivo que siempre caracterizó al capitalismo en su lógica de creación forzada de mercados verticales, atribuye este al comunismo que estarían promoviendo las élites financieras mundiales y no al capitalismo verde que estas defienden abiertamente. Por si la confusión fuese poca (¿se ha vuelto comunista el capitalismo?), Mónica García, la médico de Más Madrid que nos recomendaba sustituir el alcohol por un vasito de agua, no tiene ningún problema en declararse, desde su ideología de izquierdas, fan del Foro Económico Mundial (presidido por un individuo de pasado nazi desde 1971 que se declara amante de la más distópica política eugenésica) y de todo lo que la élite empresarial mundial cueza en los resorts de Davos. 

Desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha

Este momentum de confusión ideológica queda claro si acudimos a la revista CTXT, que pese a presentarse a sí misma como furibundamente anticapitalista y tener estampitas de Noam Chomsky (el Tamames yanqui) a lo ancho y largo de sus páginas, nos presenta artículos que no solo defienden al Foro Económico Mundial sino que, en su superación del keynesianismo, apuestan a nivel práctico por políticas propias del capitalismo de destrucción creativa schumpetteriano popularizado por Mariana Mazzucato. En este sentido, debemos destacar el blanqueamiento de ChatGPT llevado a cabo por Sebastian Faaber, quien en una apología ye-yé del impacto de esta tecnología en la educación afirmaba que “la aparición de la inteligencia artificial ha sido una sacudida bienvenida: un desafío para inventar una pedagogía inimitable, impredecible, que no trate a los alumnos como si fueran robots”. Es decir, todo profesor que no se reinvente de acuerdo con los dictados del mercado tecnológico y no participe en una competición sin fin, adaptándose a la “sacudida” del capitalismo (“vendavales de destrucción creativa”, que decía Schumpeter), será relegado a la cuneta histórica de los inútiles (¿no es este discurso abiertamente capitalista, añejamente neoliberal?).

En una línea similar, Nuria Alabao, reconocía en otro artículo el problema futuro que supone la baja natalidad existente en España pero tachaba como etnonacionalismo promover políticas de natalidad (que serían una agresión a la mujeres blancas españolas, suponemos) y apostaba por competir, cuando llegue el momento, con otros países para captar el mayor número de inmigrantes posibles, porque, ya sabemos, atraer mano de obra barata que tenga un estatuto de ciudadanía de segunda o tercera clase para que nos pague las pensiones es política humanitaria (¿desconoce Alabao lo que le ha sucedido a los inmigrantes que desde el siglo XIX han acudido a las llamadas de grandes capitales?)

En definitiva, amarrado a su inconsciente ideológico, el capitalismo, en la más deshumanizada y autoritaria de sus versiones, se está convirtiendo en el espíritu de la nueva izquierda global.

La fusión final de capitalismo y socialismo

¿Son estas posiciones ejemplos de disforia ideológica que requieren la aprobación exprés de una Ley Trans de la ideología, o se trata en realidad de tomas de partido coherentes que muestran en este momento de apocalipsis o revelación ideológica que las aguas están volviendo a su cauce y que cada quien defiende aquello que siempre creyó defender con los vocablos equivocados? Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria que siempre los caracterizó. Por muy contradictorio que pueda parecer equiparar estas dos ideologías, debemos reconocer que la única contradicción es la que se produce entre nuestro ego socialista o capitalista y la terca realidad política. Socialismo y capitalismo son dogmas de fe teóricos que, nacidos como dos reversos de la misma moneda (creencia ciega en el progreso, la industria, etcétera), llevan mezclados ya demasiado tiempo en la práctica como para negar su efectiva coexistencia. El bloque capitalista solo pudo sobrevivir mediante la implantación de políticas de inspiración socialista (pensemos en el New Deal de Roosevelt) mientras que el bloque comunista tuvo que resignarse a promover desde muy pronto un capitalismo de estado que ha dado lugar, en cierto sentido, a la distópica quimera sociocapitalista china tras los pactos entre Nixon y Mao de 1972. 

En España la situación no ha sido muy diferente, pues desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha. Esto no significa negar intentos en diferentes lugares del globo de imponer revoluciones capitalistas o comunistas en las últimas décadas, las diferencias que puedan existir en el estado español entre comunidades autónomas que hayan enfatizado más un modelo u otro, o el impacto que una pequeña variación en la política económica pueda tener en la vida de amplios grupos de ciudadanos. Se trata simplemente de afirmar que la distinción izquierda/derecha ha sido el opio de las sociedades surgidas del proyecto ordoliberal europeo, el muro que nos ha impedido ver quiénes son nuestros potenciales aliados de lucha ideológica y quienes nuestros adversarios.

La implosión de la revolución tecnócrata

El corrimiento de tierras ideológico que ha destrozado los bastiones de izquierda y derecha lleva décadas gestándose, pero se hizo notorio tras la revolución tecnócrata-global declarada en marzo del 2019 a propósito de la crisis de la covid-19. El elemento que demuestra que se trata de toda una revolución es que muchos de los que apoyaron con entusiasmo la caza de brujas y las medidas autoritarias y contracientíficas implantadas en aquel momento, despertaron en cuanto comprobaron que la tecnocracia global autoritaria empleada entonces se normalizaba. Para muchos queda ya claro que el propósito del régimen tecnócrata global en ciernes no es otro que imponer arbitrariamente y al margen la división de poderes, la esfera pública o los protocolos de la ciencia, medidas en nombre del cambio climático, la digitalización, la búsqueda de la igualdad o la resignificación woke de lo que es un individuo. Estas políticas no parecen tener otra finalidad que la de destruir el tejido social y extraer riqueza a unos niveles nunca antes vistos.

La división ya no será entre izquierda y derecha sino entre proactivos y precaucionarios

Este mismo furor revolucionario es el que comenzó a alterar el contenido de las distintas ideologías. En un abrir y cerrar de ojos, todos aquellos que desde la izquierda defendían políticas de redistribución de la riqueza pasaron a ser considerados criptofascistas (rojipardos, neorrancios, etc.), mientras que los defensores de políticas asociales y estamentales que hacen de la identidad un producto de consumo, pasaron a encarnar el verdadero socialismo. Este proceso de expropiación ideológica no tardará en llegar a la derecha capitalista, haciendo que aquellos liberales que dicen estar en contra de los monopolios y defienden la seguridad material y jurídica del individuo sean tachados de capitalistas reaccionarios, de traidores, o de socialistas encubiertos si se atreven a criticar el autoritarismo tecnócrata de los grandes poderes mundiales, y no aceptan entregar su cuerpo, su alma, e incluso su casa, a causas como la de la Agenda 2030.

Es sencillo constatar que la revolución tecnócrata-global iniciada en 2019 ha producido cambios en los cimientos de nuestras estructuras ideológicas que serían impensables antes de esas fechas. La conjunción de intereses más extraña que este atentado contra la ciudadanía llevó a cabo fue la que unió en una agenda de mínimos a anarcocapitalistas seguidores de Hayek, Mises y demás “austríacos” con simpatizantes de la izquierda comunalista. Esta confluencia nos muestra que estamos ya viviendo bajo un ethos posthumano, pues si hay algo que unifica a estos dos colectivos es la negativa a creer que un grupo selecto de individuos, por superdotados cognitivamente que sean, pueda entender cómo funciona una sociedad e imponer medidas verticales que hagan que esta llegue a un estadio superior (proyecto del posthumanismo). En este sentido, la democracia popular defendida por cierta izquierda (“o povo é quen máis ordena”) acaba convergiendo con lo que hasta ahora parecía una parodia de la misma, es decir, la consideración de que un mercado ha de estar desregulado porque es la gente con la lógica de compraventa la que decide los precios, pues solo Dios, según decía Juan de Lugo en el siglo XVIII, puede conocer el valor real de cada cosa, vistos los múltiples factores que intervienen en este.

En nuestro país esta revolución tecnócrata-global ha producido enormes modificaciones al convertir a los nacionalismos subestatales en defensores del globalismo autoritario deseosos de entregar las soberanías nacionales, que debieran proteger, a las grandes estructuras de gobernanza mundial y privilegiando, por lo tanto, tecnocracia frente a democracia. Si Ana Pontón, líder del BNG, pedía durante la pandemia al presidente de la Xunta que implantase las mismas políticas de corte fascista que Jacinda Ardern estaba imponiendo en Nueva Zelanda (curioso que no reclamase medidas como las de Suecia o incluso México), el catedrático de Stanford Joan Ramon Resina proclamaba hace un par de semanas la superioridad racional de los catalanes sobre los españoles, por no caer los primeros, como los segundos, presa de discursos que cuestionasen las medidas tecnócratas relativas a la crisis de la covid-19, el cambio climático o la política otanista en la guerra de Ucrania. Según el eximio iberista, esta supuesta diferencia de criterio se debería a la naturaleza europea de los catalanes versus la naturaleza africano-oriental de los españoles, que los haría ingeniosos e impetuosos pero poco racionales..

El apocalipsis de las ideologías ante el posthumanismo

El proceso de beatificación de la tecnocracia ejemplificado en los casos anteriores lleva tiempo ganando adeptos en la esfera pública española por medio de las defensas que de ella hacen santos varones como Daniel Innerarity al fantasear con la idea de que vivimos en sociedades tan complejas que las decisiones no pueden ser ya tomadas de acuerdo con los protocolos de las democracias liberales. Esta disyuntiva, sin embargo, está intrínsicamente relacionada con el proyecto de dominación política en marcha del posthumanismo. Partiendo de una reconfiguración ideológica similar a la descrita en este artículo, los transhumanistas Fuller y Lipinska nos alertan de que, en la sociedad de la inteligencia artificial, la división ideológica ya no será entre izquierda/derecha sino entre proactivos (aquellos que aceptan los dictados biotecnológicos para mejorar como especie, pese a los riesgos que implican y la anulación de libertades que conllevan) y los precaucionarios (aquellos que prefieren seguir siendo humanos, anteponiendo la seguridad física y material a experimentos de dudoso resultado). 

Fuller y Lipinska presentan el transhumanismo/posthumanismo como una evolución natural del capitalismo que acabaría arrastrando a la izquierda hacia sus redes. En este sentido, todo liberal que defienda la libertad individual y jurídica de los individuos, así como su derecho a la propiedad, debiera estar en pie de guerra ante la realidad capitalista que se está conformando a manos de la ortodoxia posthumana. Por ejemplo, los mismos Fuller y Lipinska afirman desde un prisma imperialista cristiano que el ser humano ha recuperado su divinidad al ser absuelto del pecado original por la redención de Cristo y que, por lo tanto, está obligado a tratar su propio material genético como un capital (partiendo de la idea de hedge fund hablan de hedge genetics) y sumirse en una lógica de riesgo extremo que, por medio de ensayo-error, permita a otros individuos de la especie alcanzar mayores niveles de inteligencia y longevidad y alcanzar así el estatus divino prometido. Para conseguir estos objetivos, los autores apuestan por lo que denominan un enfoque proactivo que cambiaría nuestro reglamento civilizatorio en al menos tres niveles fundamentales. En primer lugar, modificando los protocolos científicos (acelerándolos, sin necesidad de testeos rigurosos) y dejando de lado la máxima Primum non nocere (“Lo primero es no hacer daño”) atribuida al juramento hipocrático; en segundo lugar, modificando las bases del contrato social y de los estados de bienestar para que los individuos puedan asumir riesgos genéticos (formar parte de un experimento, etc.) y ser recompensados por ello; por último, acabando con la cultura socioliberal de los derechos individuales.

Estas ideas, por muy delirantes que parezcan, forman parte de un nuevo sentido común en ciernes, y no será extraño encontrarse cada vez con más férreos defensores de ellas. Las instituciones globales están ya recorriendo este camino, como muestra el hecho de que Jeremy Farrar, hasta hace poco presidente de Wellcome Trust, institución que patrocina proyectos transhumanos con una agenda prácticamente idéntica a la descrita arriba, haya sido nombrado científico jefe de la Organización Mundial de la Salud.

Es por eso que la batalla ideológica es inminente. No se trata ya de discutir lo que debiera ser la izquierda o la derecha mientras tarareamos canciones de Ismael Serrano, sino de asumir que el verdadero dilema está en la estructura del poder político, y que las opciones que se nos presentan, ofuscadas entre colores y culturas políticas, son solo dos: tecnocracia o democracia. 

El antídoto a la tiranía es la libertad, no la democracia ni el Gobierno Mundial

por J.B. Shurk

Traducción del texto original: The Antidote to Tyranny is Liberty, Not Democracy or International Government
Traducido por El Medio

El lenguaje político manipula el debate político. Los detractores del aborto que se definen a sí mismos como «pro vida» convierten semánticamente a los partidarios del aborto en «pro muerte». Los partidarios del aborto que se definen como «pro elección» semánticamente convierten cualquier oposición en «anti elección». ¿Quién quiere ser «pro muerte» o «anti elección», después de todo? Tal es la naturaleza de la política. Las palabras son armas: cuando se manejan con destreza, modelan el campo mental de batalla.

Así las cosas, ¿por qué los dirigentes occidentales hablan tanto de democracia y tan poco de derechos individuales? ¿Por qué predican las virtudes de las instituciones internacionales mientras demonizan el nacionalismo como algo xenófobo y peligroso? Eso significa que la soberanía nacional y los derechos naturales e inviolables están siendo atacados frontalmente en todo Occidente.

Se ha vuelto bastante común que los políticos europeos y estadounidenses dividan el mundo entre naciones «democráticas» y «autoritarias»; las primeras son descritas como poseedoras de una bondad inherente y las segundas, despreciadas como una amenaza para la existencia misma del planeta. Por supuesto, después de más de dos años de imposición de mascarillas, vacunas y permisos de viaje por el covid-19, a menudo por medio de acciones ejecutivas o administrativas unilaterales –y no por medio de una decisión del Legislativo o tras un referéndum popular–, cuesta afirmar que las naciones democráticas están libres de impulsos autoritarios.

Cuando los presidentes y primeros ministros elaboran y aplican leyes a su antojo so pretexto de los «poderes de emergencia», la ciudadanía no debería sorprenderse cuando descubren un sinfín de emergencias que requieren una actuación urgente. Si hay alguna duda al respecto, sólo hay que mirar la implacable decisión del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, de sofocar las protestas pacíficas del Convoy de la Libertad de los camioneros contra la obligatoriedad de las vacunas experimentales, a principios de este año, confiscando cuentas bancarias y efectuando detenciones por la fuerza, con escasa consideración por el proceso debido o la libertad de expresión de los canadienses. La emergencia decretada por Trudeau prevaleció sobre los derechos individuales de los ciudadanos canadienses.

Ciertamente, la democracia en sí misma no es garantía de una sociedad noble y justa. En una democracia perfectamente funcional de cien ciudadanos, cincuenta y uno pueden votar para negar a los otros cuarenta y nueve la propiedad, la libertad e incluso la vida. Si un miembro de la minoría se ve esclavizado por el Estado o condenado a ser ejecutado simplemente porque la mayoría así lo desea, no cantará las alabanzas de la democracia cuando le pongan la soga al cuello.

Los principios del federalismo (donde la jurisdicción del gobierno soberano se divide entre una autoridad central y sus partes constituyentes locales) y la separación de poderes (donde las funciones judicial, legislativa y ejecutiva del gobierno se dividen en ramas distintas e independientes) procuran controles de peso contra la concentración y el abuso del poder.

Ahora bien, es la asunción que ha hecho tradicionalmente Occidente de los derechos naturales, que existen al margen de y son superiores a la autoridad constitucional, lo que brinda la mayor protección contra el poder injusto del gobierno (democrático o no). Cuando los derechos naturales se consideran inviolables, como sucede en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, la libertad de expresión no puede ser censurada simplemente por que el gobierno no esté de acuerdo con determinado mensaje. Cuando la propiedad privada se entiende como un derecho inherente a los individuos, Trudeau no puede ir tan fácilmente a por las cuentas bancarias privadas al declarar una emergencia. Sin embargo, cuando los derechos naturales individuales se consideran obsequios del gobierno, desaparecen rápidamente cuando las autoridades lo consideran oportuno.

Cada vez es más frecuente que se ataque a los derechos individuales como «egoístas» y contrarios al «bien común». Si los gobernantes convencen a los ciudadanos de que los derechos personales no existen, o de que no deberían existir, entonces los regímenes autoritarios que adoptan diversos tonos de comunismo o fascismo llaman a la puerta.

El imperio de la ley no sanciona la tiranía simplemente porque lo injusto haya sido promulgado democráticamente. Si una minoría con derecho a voto resulta vulnerable ante los caprichos de la mayoría, entonces percibirá el régimen democrático como excesivamente autoritario. Y si su vida, su libertad o su propiedad están en juego, es muy posible que usted prefiera el juicio de un dictador benévolo antes que las exigencias de una turba resentida pero democrática.

Lo contrario de la tiranía no es la democracia, sino la libertad y los derechos individuales. ¿No resulta sorprendente, pues, que los dirigentes occidentales exalten la democracia pero rindan tan poco homenaje a las libertades personales? Sin duda, la civilización occidental debería ensalzar la libertad de expresión, la libertad de religión y la libertad de acción, tan arduamente conquistados. Sin duda, el avance de la libertad humana debería celebrarse como un triunfo de la razón y la racionalidad sobre los sistemas feudales de poder y sus formas imperiosas de control. Las sociedades libres se distinguen de los regímenes autoritarios por su firme protección de los derechos humanos inviolables, que existen con independencia del derecho estatutario. Sin embargo, rara vez se habla de la libertad y los derechos individuales. Los políticos ensalzan las «virtudes» de la democracia y poco más. Es como si un juego de manos lingüístico hubiera despojado a los ciudadanos occidentales de su patrimonio más valioso.

Los líderes políticos occidentales han recurrido al vudú retórico para sustituir la «libertad individual» por vagas nociones a la «democracia», y utilizado una brujería similar para sustituir la soberanía nacional por formas internacionales de gobierno. ¿Qué son la Unión Europea, las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud sino estructuras institucionales para debilitar el poder del voto particular de los ciudadanos de cada nación entregando a no ciudadanos poderes antaño vinculados a la soberanía nacional?

¿No es extraño que los dirigentes occidentales alaben la democracia por encima del autoritarismo mientras, al mismo tiempo, reducen el poder de sus votantes y refuerzan la autoridad de las instituciones extranjeras? ¿No deberían las naciones democráticas decidir sus propios destinos? Si no es así, si deben someterse a la autoridad de la UE, la ONU o la OMS, ¿pueden seguir afirmando que están siendo gobernadas democráticamente?

Hoy en día, nacionalismo es un término denigrante, como si todo lo que se haga en interés de la nación fuera intrínsecamente sospechoso. Los ciudadanos que expresan orgullo patriótico por su cultura y su historia suelen ser tachados de cerriles e intolerantes. Los movimientos políticos que defienden la autodeterminación nacional (como la coalición MAGA del presidente Trump en Estados Unidos y el Brexit en el Reino Unido) son ridiculizados habitualmente como «fascistas» o «neonazis». Y se les tacha de «amenazas« a la democracia incluso cuando triunfan en elecciones democráticas.

Pero ¿por qué las formas más grandes y vastas de gobierno internacional deberían considerarse más virtuosas y menos corruptas que las formas nacionales? Cuando Roma pasó de República a Imperio, ¿se volvieron sus instituciones, ya internacionales, intrínsecamente más fiables? Cuando el Sacro Imperio Romano Germánico unió gran parte de Europa, ¿lucieron sus emperadores menos autoritarios? Por otra parte, si el Partido Nazi de Hitler hubiera logrado conquistar toda Europa, ¿habría merecido su Unión Europea una mayor legitimidad que los regímenes nacionales de Polonia, Bélgica o Francia?

Seguramente es tan absurdo alabar las instituciones internacionales por encima de los regímenes nacionales sin tener en cuenta las formas que adoptan como lo es alabar la democracia sin tener en cuenta las libertades y los derechos individuales. Seguramente es más fácil fiscalizar las acciones de un político local que exigir responsabilidades a un funcionario de un ente lejano, en Washington DC, Nueva York, Bruselas o Ginebra. Sin embargo, los organismos internacionales gozan hoy de una enorme consideración, mientras que los nacionales son tratados con frecuencia con desdén. Es como si la soberanía nacional hubiera sido demolida porque no se puede confiar en los votos de las naciones democráticas para servir a los intereses internacionales. Cuando los líderes occidentales replican como loros lo quedice el Foro Económico Mundial, no parece que sigan el mandato de sus electores. Recurrir a organizaciones no electas, no transparentes y que no rinden cuentas parece una forma bastante extraña de luchar contra el autoritarismo.

Cuando a las poblaciones nacionales se les niega la autodeterminación y las libertades personales se tratan como privilegios en vez de como derechos, la tiranía nunca está lejos de imponerse. Ocultar esa realidad tras manipulaciones del lenguaje no cambia la poderosa verdad. Simplemente se difiere el conflicto para más tarde, cuando sea más explosivo.