Erase una vez una generación que vino al mundo con un smartphone en la mano. Ese aparato les otorgaba un gran poder. Podían comunicarse con cualquier persona en cualquier parte del mundo. Podían jugar sin necesidad de amigos. Cualquier cosa con la que soñaran aparecía al día siguiente en casa, portada por un extraño paje con furgoneta y mucha prisa. Su smartphone les construía coloridos mundos exóticos y reinos de fantasía de lo más realista, para que ellos no tuvieran que tomarse la molestia de imaginarlos. Controlaba su peso, contaba sus pasos, les recordaba los cumpleaños y encontraba para ellos cualquier cosa que quisieran encontrar, en cualquier lugar, en cualquier momento.
Pero nadie les contaba cuentos.
Nadie les leyó nunca para ayudarles a dormir, ni les contó alguna de esas hermosas historias entonando, repitiendo, gesticulando, adornándolas con floridas onomatopeyas o decorándolas con los más ingeniosos y tiernos efectos especiales.
Ellos…
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