Mes: septiembre 2011

RELATOS DE EDGAR ALLAN POE: » HOP FROG «

 

Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La

Edgar Allan Poe (1809-1849)

manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.

Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.

En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.

Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio… y la suya propia.

Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.

Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.

Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.

No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.

No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.

En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.

Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión… salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.

Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».

-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes… personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.

Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.

-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!

¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.

-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.

-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos… ¡Ja, ja, ja!.

Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.

También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.

-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?

-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.

-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que…!

El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.

Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo… de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.

La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.

Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.

-¿Qué… qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.

Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:

-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.

-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.

-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.

Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.

-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria… una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y…

-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?

-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.

Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.

-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.

-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.

Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad… y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.

-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!

-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.

-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.

La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.

Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.

El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.

El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.

Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.

El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.

Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.

Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.

A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.

-¡Dejádmelos a mi!-gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!

Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:

-¡Pronto podré deciros quiénes son!

Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.

Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.

-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!

Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.

Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:

-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón… y ésta es mi última bufonada.

A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.

Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.

FUENTE: Rincón Castellano.

 

EL TALLARÍN ENMASCARADO (AUDIO).

 

Improvisando improvisando, Fesser y Cano se montan una gran ópera con sus actos diferenciados, sus voces y su argumento. Recogen todos los lugares comunes de las óperas: el poder, la opresión, el h…eroísmo… Aunque como es obvio, esto no es nada serio y el italiano usado es de andar por casa. Bastante pegadizo. PINCHAR EN LA IMÁGEN

LAS SANGUIJUELAS DE ESPAÑA (AUDIO).

 

Editorial de César Vidal

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Es la noche de César
Presentado por César Vidal
7:31
César Vidal comenta cómo los nacionalistas son insaciables en sacar partido a costa de España. PINCHAR EN LA IMAGEN:

¡¡MUERDE EL POLVO, PALESTINO, J OJOJOJOJOOOO..!!!

Un ingenioso ejemplo de Oratoria y de Política, en las Naciones Unidas, hizo sonreír a la comunidad mundial presente.

El representante de Israel ante las Naciones Unidas:
– «Antes de empezar mi discurso querría contarles algo sobre Moisés:

Cuando Moisés golpeó la roca y de ella salió agua, pensó «qué buena oportunidad para darme un baño».

Se quitó la ropa, la dejó junto a la roca y entró al agua. Cuando acabó su baño y quiso vestirse, su ropa no estaba allí. Se la habían robado los palestinos».

El representante de Palestina saltó furioso y dijo:
– «¡Qué dice! ¡Si los Palestinos no estaban allí entonces!».

El representante de Israel sonrió y dijo: – «Muy bien… y ahora que ha quedado claro quienes llegamos primero a este territorio y quienes fueron sus invasores, comenzaré mi discurso».

LENGUAS PARA SEPARAR.

 

Este verano quizás lo haya detectado usted en Cataluña o en zonas donde pasaban sus vacaciones familias catalanas: en numerosos casos sus niños sufrían tratando de hablar en castellano con otros niños con los que querían jugar.

Aunque ya de adultos consigan mayor fluidez con el idioma de 500 ó 600 millones de seres, mantendrán limitaciones para expresarse con corrección léxica y ortográfica que demuestren el dominio del idioma llamado mundialmente español.

La enseñanza impuesta exclusivamente en catalán por el nacionalismo y el socialismo –no a los hijos de sus líderes– limitará enormemente su desarrollo personal fuera de Cataluña, un territorio que sólo es el 6,3 por ciento de la superficie de España, y cabeza de alfiler en el mundo de su expansión histórico-comercial, el hispanohablante.

Algún día esos niños odiarán a quienes les han impuesto sus limitaciones, sabiendo que podrían dominar perfectamente ambos idiomas españoles si dividireran equitativamente las clases.

Un odio a la lengua impuesta que se detecta fácilmente entre muchos niños gallegos, tras los cuatro años del bipartito socialista-nacionalista que trató de imitar el sistema de inmersión catalán, a pesar de que ya había bastante enseñanza en gallego desde la época de Fraga Iribarne, presidente de la Xunta 1990-2005.

Los niños no fueron felices, pero sí el creciente ejército de profesores en el “idioma patrio”, trabajo fácil, seguro y por entonces de fuerte expansión.

Por eso el patrioterismo lingüístico escolar no sufre crisis económicas: no hay nadie más patriota que quien vive de una lengua minoritaria a la que dice querer salvar.

Las lenguas son solamente los instrumentos que usamos para el diálogo y beneficio de todos. Son útiles, bonitas, tienen un sonido musical enternecedor, etcétera, etcétera.

Cuando los neardentales decían bramidos de amor, sus chicas neardentales pensaban que no había berrea más hermosa.

Las lenguas diferentes separan. Y si son manipuladas políticamente unas separan más que otras: el socialnacionalismo catalán quiere alejar a los catalanes de los hispanohablantes.

“Adiós, Cataluña”, escribió Boadella, quizás proféticamente.

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SALAS

FUENTE: Crónicas Bárbaras.

10 AÑOS DEL 11-S (AUDIO).

Editorial de César Vidal

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Es la noche de César
Presentado por César Vidal
7:49
César Vidal editorializa sobre el décimo aniversario de los atentados de Nueva York y Washington y opina sobre cómo recuerdan a las víctimas del terrorismo en Estados Unidos.

Y como bien dice D. Cesar, aquí, PANFLETOS INFECTOS, MANIPULADORES Y EMBUSTEROS como «El País» (y porque no existia «Púbico», perdón, «Público») olvidando a las víctimas y preoupandose por lo que harían los norteamericanos como contestación a esos bárbaros.

Pues lo que debian de hacer y que, lastimosamente, con este presidente de ahora han dejado de hacer, darle todas las tundas posibles al Islam para ponerlo en su sitio.

Y ¿que decir de ZP, el PSOE y la izquierda española?, PARA FUSILARLOS SUMARIAMENTE.

ROD STEWART – » OH NO NOT MY BABY «

 

 ESTUPENDA CANCIÓN DE ROD STEWART, del año ¡¡¡1.973!!, cuando todavía estaba vivo el grupo «THE FACES» que llevaban el y Ron Wood que tras la ruptura, como todos los rockeros que realmente lo somos sabemos, se fué a los Stones a sustituir a Mick Taylor.

Todavía lo tengo ahí, entre mis viejos vinilos, aunque claro, escucharlo es mas dificil, pues, logicamente, está bastante «cascadillo» el pobre.

Jooooo….que recuerdos me está trayendo mientras lo escucho y…ahí lo dejo, ¿escribir sobre Rod Stewart?, absurdo, ¿no?, anda que no hay post en millones de blogs y demás sobre el, ¿que voy a descubrir yo?.

Bueno….quizás este magnífico tema que, curiosamente, no veo que mucha gente suba a sus post, está como un tanto olvidadito y la verdad, ya se que no es una «masterpiece» pero……¡¡¡¡ES COJONUDO!!!!. El tema en realidad no es de el. Originalmente es una  canción escrita por Gerry Goffin y Carole King alla por 1.964 pero luego se fueron haciendo muchas versiones y variaciones. Rod Stewart lanzó esta versión produciéndola el mismo y montándoselo a su puta bola en 1.973 y la sacó como single, teniendo un gran éxito en U.K, situándose dentro del «Top Ten» de las listas (en España, como de costumbre, pasó muy desapercibida). 

ROD STEWART – » OH NO NOT MY BABY «

When my friends told me you had someone new,
I didn’t believe a single word was true
I told them all I had faith in you.
I kept a-right on sayin’
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
You’re not like all those other girls
who play with the men’s hearts like they were toys.
My mama told me, «Son when rumors spread
that there is truth somewhere,
and you should use your head.»
But sure didn’t listen to what she said,
don’t you know I kept a-right on sayin’
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
You’re not like all those other girls
who lead you on and tell you lies
No, no, my baby
Tell me, baby
I don’t believe what they say, no
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
Not my baby, not my baby
Not my baby, not my baby
Not my baby, not my baby
Not my sweet sweet baby,
Not my baby, not my baby
Not my baby, not my baby
Not my baby, not my baby
No way, not my baby
Not my baby, not my baby
not my sweet sweet baby
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.
Oh, no, not my baby,
oh no, not my sweet baby.

Cuando mis amigos me dijeron que había alguien nuevo,
  Yo no creía una sola palabra era verdad
  Les dije todo lo que tenía fe en ti.
  Yo tenía una derecha en diciendo
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Tú no eres como todas las otras chicas
  que juegan con el corazón de los hombres como si fueran juguetes.
  Mi mamá me dijo: «Hijo, cuando corrieron rumores de
que no hay verdad en alguna parte,
y usted debe usar la cabeza «.
  Pero que no escuchó lo que dijo,
no sabes que mantuvo una derecha en diciendo
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Tú no eres como todas las otras chicas
  que le llevará a usted y decirle mentiras
  No, no, mi bebé
  Dime, baby
  No creo lo que dicen, no
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  No es mi bebé, mi bebé no
  No es mi bebé, mi bebé no
  No es mi bebé, mi bebé no
  No es mi dulce niña dulce,
  No es mi bebé, mi bebé no
  No es mi bebé, mi bebé no
  No es mi bebé, mi bebé no
  De ninguna manera, no a mi bebé
  No es mi bebé, mi bebé no
  no a mi bebé dulce dulce
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé.
  Oh, no, no es mi bebé,
  oh no, no es mi dulce bebé

Inventario General de Insultos, de Pancracio Celdrán Gomáriz

 

Inventario General de Insultos, de Pancracio Celdrán Gomáriz, es una obra dirigida a todos aquellos que desean faltar el respeto al prójimo con precisión lingüística. Os dejo, a modo de muestra, algunos de los insultos de uso común que pueden encontrarse en el libro.

Imbécil.

Al alelado y débil mental, al escaso de razón, llamamos imbécil. Es uno de los insultos más corrientes, cuando se dirige a alguien sensu non stricto, esto es: en sentido figurado. Es palabra latina, en cuya lengua imbecillis significa “débil en sumo grado”…, flojo y escaso de cabeza, de la facultad de pensar. El Diccionario de Autoridades, (primer tercio del siglo XVIII), acentuaba la palabra en la silaba última: “imbecil”, y no le daba otro significado que el que tenía en latín. Con el significado actual empieza a utilizarse en la primera mitad del XIX, en que la Real Academia introduce esa acepción en su diccionario. Unamuno, en un artículo publicado en 1923, Caras y caretas, tiene esto que decir, en cuanto a la etimología: “Imbecillis, el que no tiene bacillus o bastón donde apoyarse, el débil, el inerme, el flaco”.

No fue utilizada como insulto hasta mediados del siglo pasado, por contaminación semántica del término en francés, en cuya lengua la palabra tiene las connotaciones modernas. Por lo general, el término tuvo siempre connotaciones médicas, equivaliendo a cretino e idiota en sus acepciones clínicas. En el sentido de “persona floja de carácter, débil de voluntad” utiliza el término, refiriéndose a las insidias del diablo, Palacios Rubios en el siglo XVI: “Algunas veces a los más osados y más fuertes acomete y vence, y a los más imbéciles y flacos deja”.

Idiota.

Imbécil, falto de entendimiento. En cuanto a su etimología, procede del griego idios, idiotes = peculiar, particular, que no se comunica ni entra a formar parte con los demás. A su paso al latín alteró su semantismo, entendiéndose por idiota al “ignorante o profano en algún asunto u oficio”, ignorancia o impericia atribuida a falta congénita de facultades, por lo que se equiparó al idiota con el imbécil. En sentido figurado, el término se tornó insultante y ofensivo, contexto en el cual lo utiliza Cervantes:

Maravillado estoy, señora, y no sin mucha causa, de que una mujer tan principal, tan honrada y tan rica como vuestra merced, se haya enamorado de un hombre tan soez, tan bajo y tan idiota como fulano…

En su acepción médico-científica, equivale a cretino, atrasado o débil mental, sentido en el que utiliza el término Pedro Felipe Monlau mediado el siglo pasado:

Si son fecundos los matrimonios interconsanguíneos, exponen gravemente la prole a la debilitación física(…) a la idiotez y a la enajenación mental.

Gilipollas.

Quiere el Diccionario de la Real Academia de la Lengua que derive de la voz árabe yahil, yihil o gihil = bobo, muy utilizada entre los hablantes de la España musulmana. El vocablo pasó al romance: “gilí” = sujeto ignorante y aturdido. Otra acepción del vocablo “gil” hace referencia al antropónimo “Gil”, por entenderse ser éste una especie de antonomástico de “lelo, imbécil, infeliz”. A este respecto escribe Covarrubias en su Tesoro, (1611): “Este nombre en lengua castellana es muy apropiado a los çagales y pastores…”

Corominas, en su Diccionario Crítico, deriva el término de la voz gilí = tonto, memo, de la palabra gitana jili = inocente, cándido. El erudito Rodríguez Marín, en sus Cantos populares andaluces, parece ser quien primero lo utilizó por escrito, 1882. Poco después lo recogería Pérez Galdós en su novela Misericordia, de ambiente madrileño suburbial. Nada dice del compuesto “gili-pollas”. Camilo José Cela, en su valioso Diccionario del Erotismo, asegura que la segunda parte del término se refiere al pene. De este encuentro de vocablos resultaría una especie de “poya tonta”, “picha loca”, “tonto (de) la pija”, “pichilelo”. El término es de uso general en toda España para tildar a alguien de tonto integral, perdiéndose toda consideración y respeto a quien así se califica, ya que no sólo se le tacha de “tonto y bocazas”, sino que ello se hace con escarnio, mediante una mezcla explosiva de términos: “gilí” (universo gitano) y “pollas” (zona menos noble de la anatomía), evocándose así un universo ínfimo, que enmarca al individuo en un campo semántico ingrato. El gilipollas no es un simple tonto, sino que participa además de la condición espiritual del bocazas, del incontinente verbal que todo lo airea sin guardar secreto ni recato en la divulgación de la noticia, comportamiento que ni siquiera busca el hacer daño. La personalidad del gilipollas es mercurial, cambiante, insegura, y a menudo gratuita. El gilipollas puede salir por peteneras en cualquier momento, y montar desaguisados importantes sin darse cuenta. No es malo porque no tiene coeficiente intelectual suficiente para serlo, pero es muy inoportuno y por ello peligroso, ya que puede echar cualquier cosa a perder llevado de su falta de juicio y de la ausencia en él de criterio para medir el alcance de las acciones y el discurso.

Puta.

Mujer que comercia con su cuerpo, haciendo de la cópula carnal un modo de vida. Como tal oficio siempre existió y tuvo pingües beneficios; pero no siempre estuvo igualmente denostado. El mundo antiguo en general no concedió excesiva carga negativa al arte de fornicar por interés, aunque ello dependía de la puta misma: en el medio griego clásico no era lo mismo una hetaira, cortesana de cultura, porte y belleza, que una auletride o tocadora de flauta en los banquetes o simposya, a la que se le podía pasar la mano por el cuerpo mientras ejercía. Es voz muy antigua en castellano. En un manuscrito del siglo XIII, aparece el término en el siguiente consejo o mandato bíblico: “No tomarás mujer puta”. El término, de origen latino, ya tenía las connotaciones ofensivas de hoy: “ramera, meretriz”, y en lo posible se evitaba pronunciar tal palabra, que se rehuía por malsonante e hiriente a los oídos; sin embargo, Gonzalo de Berceo, en los Milagros de Nuestra Señora, (primer tercio del siglo XIII), utiliza la forma popular “putanna” = putaña:

Fue durament movido el obispo a sanna,
diçié: nunqua de preste oí atal hasanna.
Disso: diçít al fijo de la mala putanna
que venga ante mí, non lo pare por manna.

Antón de Montoro, en una copla que hizo a cierta mujer que era gran bebedora, se expresa así a mediados del siglo XV, sin pelos en la lengua, como se acostumbraba antaño:

Puta vieja, beoda y loca,
que hazéis los tiempos caros,
esso (lo mismo) me da besaros
en el culo que en la boca.

El siglo de oro de las putas parece que fue desde 1450 a 1550, al menos en la vida literaria española.

Dos grandes obras de nuestra literatura las consagran: La Celestina, de Fernando de Rojas, a escala popular, en la ciudad de Toledo; y La Lozana Andaluza, de Francisco Delicado, a escala más refinada, en el medio cortesano y curial de la Roma del Renacimiento. De esta obra extraemos el siguiente catálogo de maneras de llamar a las putas:

Pues déjáme acabar, que quizá en Roma no podríades encontrar con hombre que mejor sepa el modo de cuantas putas hay, con manta o sin manta. Mira, hay putas graciosas más que hermosas, y putas que son putas antes que mochachas. Hay putas apasionadas, putas estregadas, afeitadas, putas esclarecidas, putas reputadas, reprobadas.

Hay putas mozárabes de Zocodover, putas carcaveras. Hay putas de cabo de ronda, putas ursinas, putas güelfas, gibelinas, putas de simiente, putas de botón griñimón, nocturnas, diurnas, putas de cintura y de marca mayor. Hay putas orilladas, bigarradas, putas combatidas, vencidas y no acabadas, putas devotas y reprochadas de Oriente a Poniente y Setentrión; putas convertidas, repentidas, putas viejas, lavanderas porfiadas que siempre han quince años como Elena; putas meridianas, occidentales, putas máscaras enmascaradas, putas trincadas, putas calladas, putas antes de su madre y después de su tía, putas de subientes e descendientes, putas con virgo, putas sin virgo, putas el día del domingo, putas que guardan el sábado hasta que han jabonado, putas feriales, putas a la candela, putas reformadas, putas jaqueadas, travestidas, formadas, estrionas de Tesalia. Putas abispadas, putas terceronas, aseadas, apuradas, gloriosas, putas buenas y putas malas, y malas putas. Putas enteresales, putas secretas y públicas, putas jubiladas, putas casadas, reputadas, putas beatas y beatas putas, putas mozas, putas viejas y viejas putas de trintín y botín…

Ya en XVI, el toledano Sebastián de Horozco, en el Cancionero de amor y de risa, hace el siguiente alegato Contra la multitud de las malas mujeres que hay en el mundo, en la más clara tradición misógina:

Putas son luego en naciendo,
putas después de crecidas,
putas comiendo y bebiendo,
putas velando y durmiendo…

Covarrubias, (1611) se despacha diciendo que es puta “la ramera o ruín muger. Díxose quasi putida, porque está siempre escalentada y de mal olor (…).” Etimología equivocada, desconociéndose de dónde proceda el término a no ser que se trate de una abreviación de la voz latina “reputata” = tenida por, de donde la frase “ser mujer reputada o tenida por ramera”.

Siempre fue ofensa grave, sobre todo desde finales del XV a finales del XVII. Recuérdese que los asuntos del honor llenaron de sangre la vida española, y dotaron de mil argumentos a los autores teatrales. El honor se centra, en la época, en la conducta de la mujer, especie de depositaria de la honra familiar. Moreto, el dramaturgo toledano de mediados del siglo XVII, tacha a alguien de hijo de puta mediante metáforas en las que pescar = tener un hijo, y el anzuelo = pene con el que se engendra. El aludido se defiende devolviendo el insulto de manera directa; véase el pasaje:

-¿Hubo ruegos hacia el padre
que te pescó sin anzuelo?
-Hubo el ladrón de tu abuelo
y la puta de tu madre.

En el siglo XVIII se vió todo con mayor amplitud de miras. También el Refranero abordó el personaje de forma desenfadada, sin el hierro que la literatura moralista puso en el asunto. Así, son numerosos los refranes que comprenden o salvan a la puta, o ramera: “Veinte años puta, y uno santera: tan buena soy como cualquiera”; “Puta a la primería: beata a la derrería”; “Puta temprana: beata tardana”; “Veinte años de puta, y dos de beata: cátala santa”; “A la mocedad, ramera; a la vejez, candelera”…, y así ad infinitum. Pero no historiamos aquí el viejo arte de Afrodita, diosa que llevó a las putas al templo para que se prostituyeran en su divino beneficio; ni siquiera hacemos un recorrido por toda nuestra literatura. Sólo queremos dar una idea ligera de la carga peyorativa que el término llevaba consigo, y lo que de ofensivo, injurioso e insultante tenía el improperio en cuestión. De hecho, “puta” se encuentra entre las cinco palabras mayores, así llamadas antaño las más injuriosas, ofensivas e insultantes, siendo las otras: sodomita, renegado, ladrón y cornudo. Tres de ellas tienen que ver con el sexo, tabú con el que siempre anduvimos a vueltas.

Hijo(de)puta.

Hideputa, fijoputa. Es término con el que se afrenta a quien de hecho es hijo bastardo, ilegítimo o espurio, recordándosele sus orígenes. Fue insulto grave, y ofensa que requería satisfacción, y durante mucho tiempo el más violento y soez. En el fuero de Madrid, (1202) aparece la forma femenina “filia de puta” como insulto castigado severamente por las leyes. En diversos pasajes de la literatura áurea, como en el Quijote, el término “hideputa” ya había perdido virulencia para convertirse en exclamación ponderativa sin intención de injuria, en la misma línea en que hoy calificamos con familiaridad y ligereza de “cabrón” a un amigo, en frases exclamativas o de asombro fingido. En uso parecido utiliza el sintagma el autor de la Tragedia Policiana, (mediados del siglo XV), poniéndolo en boca de un personaje popular: “¡Oh hideputa neçio, qué hechizado está con aquella putilla de Philomena…! E juro a los Euangelios no ay mayor rabosa en el reyno…”.

A finales del mismo siglo, Juan del Encina, en su Cancionero, hace decir al pastor Bras, dirigiéndose a su colega Lloriente:

Hidesputas, mamillones,
no dexáys
cabra que no la mamáys.

Con valor semejante usa el término Lope de Rueda, en el paso de El ratón manso, donde Sulco, el amo de Leno, dice a éste:

¡Oh, hideputa, perro! ¡Qué diligente mozo! (…) ¿Parécete bien que a estar sin comer en casa, que estuviéramos frescos? ¡Habla! ¿De qué enmudeces? ¿Qué hacías escondido en la pajiza, do el asno…?

Coetáneamente, Sebastián de Horozco, en sus Representaciones, utiliza el término en tono familiar, sin ánimo de insulto, aunque entre gente baja y de ningún valer. A pesar de usos como éste, festivos, o en son de gracia y broma no quiere decir que hubiera dejado de ser insulto serio, incluso entre pícaros y pilluelos, sobre todo por las connotaciones sociales, y la humillación pública que suponía, más incluso que por el hecho en sí, cosa que al protagonista de la novela picaresca de Quevedo le tiene en su fuero interno sin cuidado, como se ve en el siguiente texto de la Vida del Buscón don Pablos:

Todo lo sufría, hasta que un día un muchacho se atrevió a decirme a voces hijo de una puta y hechicera; lo cual, como me lo dijo tan claro -que aún si lo dijera turbio no me pesara- agarré una piedra y descalabréle.

Agustín de Salazar y Tones, poeta del siglo XVII, en su Cítara de Apolo emplea de esta manera irreverente para con los dioses clásicos, el término:

Hijo de Venus y de sus maldades,
que la veleta fue de las deidades,
y, en fin…: hijo de puta.

Conoció formas abreviadas, para quitar hierro a lo grueso de la frase: “ahijuna” = hijo de una puta; o el “juepucha, hijueputa” argentinos. La propia violencia del insulto ha hecho necesaria la creación de paliativos eufemísticos que quitaran grosor a la injuria: bastardo, hijo adulterino, hijo natural, hijo sacrílego. En otros casos se ha preferido distensión y cierto tono festivo o jocoso, con el que se resta virulencia y veneno a la puta y se traslada al hijo, que es a quien de hecho se quiere ofender, y de quien se ríe el insultante, dejándolo en ridículo y expuesto a la broma: Hijo de condón pinchado, hijo de la Gran Bretaña, de la Grandísima Petra, hijo de la piedra, hijo de su madre, hijo de la chuta, del arpa o de la chingada, hijo de porra, de lapa, de mil leches…, y un larguísimo etc.

Cabrón.

Marido engañado, o que consiente en el adulterio de su mujer; llamamos también cabrón al rufián, individuo miserable y envilecido que vive de prostituir a las mujeres. En otro orden de cosas, se dice de quien por cobardía aguanta las faenas o malas pasadas de otro, sin rechistar; también de quien las hace. Es palabra tomada en sentido figurado, del aumentativo de cabra, cabrón, animal que siempre gozó de mala reputación por haber tomado su figura el diablo en los aquelarres, o prados del macho cabrío, para copular con las brujas en los ritos de estas reuniones nocturnas, teniendo acceso a las mujeres hermosas por delante, y a las feas por detrás. Es palabra de uso en castellano desde los orígenes del idioma, muy utilizada ya por Gonzalo de Berceo, en todas las acepciones que todavía le da el DRAE. En el Cancionero de obras de burlas provocantes a risa, el autor de un Aposento que se hizo en la Corte al papa Alixandre cuando vino legado en Castilla…, se utiliza así el término (s. XV):

Y el cabrón de miçer Prades,
descornado,cabiztuerto,
saco lleno de ruindades,
y otro tropel de abades,
en las cámaras del huerto.

Covarrubias, con la sencillez y claridad que caracteriza su entretenido Tesoro de la Lengua Castellana (1611), tiene esto que decir:

Llamar a uno cabrón, en todo tiempo y entre todas las naciones, es afrentarle. Vale lo mesmo que cornudo, a quien su muger no le guarda lealtad, como no la guarda la cabra, que de todos los cabrones se dexa tomar (…); y también porque el hombre se lo consiente, de donde se siguió llamarle cornudo, por serlo el cabrón según algunos…

Siempre hubo grados entre cabrones. No es lo mismo, como advierte Camilo José Cela en su delicioso Diccionario, un cabrón ignorante de su condición, que un cabrón con pintas, consentidor e incluso alcahuete de su mujer. Cela razona así:

Cabrón consentido: el que aguanta marea por la razón que fuere; es más triste que el cabrón con pintas, más pudoroso que el cabronazo, y su noción coincide con la de cabroncillo o cabronzuelo.

Diego de Torres Villarroel, a modo de advertencia misógina y pesimista, advierte a los candidatos a marido, en su Ultimo sacudimiento de botarates y tontos, del siglo XVIII: “…Cásese y profese en el cabronismo, y comerá a costa de otro, que no hay vida más acomodada en el mundo que la de cabrón…”.

FUENTE: Inner, El Pendejo.

LOS RELATOS DE CESAR VIDAL: » LOS LOCOS QUE DIRIGIAN EL HOSPITAL » (AUDIO).

 

Presentado por César Vidal
2:13
Los locos que dirigían el hospital. PINCHAR EN LA IMÁGEN.

EL GASTO AUTONÓMICO (AUDIO).

 

Editorial de César Vidal: El gasto autonómico.

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Es la noche de César
Presentado por César Vidal
6:56
César Vidal lee su nuevo editorial.
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