Etiqueta: TERROR

Gritos en el vacio. Relato.

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POR: Unraveling

Una misión sencilla, búsqueda y rescate, nivel de peligro: Casual…participación obligatoria…

Las palabras del general Jackson resonaban nuevamente en los adentros de Stefanovic, mientras deambula con su rifle de pulsos a rastras sobre los ensangrentados pisos de la estación Titan, su pesado traje anti-impactos le molestaba, su casco color azul metálico paso a ser una mezcla entre azul manchado de sangre y color plata desgastado, las garras de las criaturas atravesaron su visor y lo dejaron ciego de uno ojo…el corredor de la muerte era el paraíso comparado con esto. Casi una década en el ejercito aeroespacial para terminar así. Le dieron a elegir entre ser ejecutado por insubordinación o realizar una «sencilla» misión en la colosal estación Titan, ubicada en una de las lunas de Saturno, jamás pensó que tal misión fuese el Infierno en carne11074311_1682301225330599_4217473929599253603_o propia, a través de los ductos del recinto, en cada sistema de ventilación y en los rincones mas oscuros se encontraban aquellas bestias bípedas, se asemejan vagamente a los humanos, garras en vez de brazos, una asquerosa piel que se pudre y regenera constantemente en una especie de horrorífico movimiento perpetuo, parecen ser ciegos y se guían por el sonido, sus dientes son tan diminutos pero en tanta cantidad que podrían arrancar hasta el trozo de carne mas profundo, color carnoso con aspecto rancio…engendros del diablo.

1389582244Pensaba en su amada Lovisa, su hija, esperándolo como siempre dormida, nunca temía que su padre no regresara de sus misiones, era de los mejores, y los mejores siempre regresaban. Ya no había marcha atrás, sus latidos eran cada vez rápidos, la herida de su brazo era muy profundo, una garra provoco una fisura en su hueso, un dolor punzante, la teniente White fue la primera en morir, decapitada por esas cosas, de nada le sirvió tanta rudeza. Eventualmente todos se separaron y fueron cazados lentamente por ellos. ¿Civiles? Por favor, todos se encontraban muertos, destasados y devorados. Al parecer solo quedaba Stefanovic, un pesado serbio que sudaba esteroides, pero ya no le servía tanto músculo. Lentamente, tambaleándose debido a la perdida de sangre logro encontrar una pequeña unidad médica, al menos un par de horas de vida mas, un par de horas en este universo. No quería morir en esa abandonada base de porquería, quería morir en la tierra, en su país de origen al menos, en la gloria del gran ejercito aeroespacial, pero ya nada de eso era posible, nadie sabia de aquella misión, no los iban a calificar como perdidos en acción, un poco de sucia y demente corrupción, serán llamados desertores, enemigos del ejercito…mentiras burocráticas, todos estaban muertos. Inyectó la pequeña jeringa en su herida y esta sano completamente, al menos la medicina era muy avanzada, aunque desearía poder hacer algo por su ojo…

Salio de la unidad médica y observo un gran ventana presurizada, una vasta vista hacia el infinito vacío, tan calmado, tan frío y solitario, tan lejos de casa. Observaba a Saturno desde lejos, a su gran anillo formado por asteroides…se pregunto si las criaturas eran de ahí. Un par de arañazos que se escuchaban de los ductos de ventilación, habían encontrado a Stefanovic, su casco le dificultaba la vista y le costaba escuchar bien, lo retiro y lo observo un momento, el logo del ejercito aeroespacial a los costados, ya no sentía miedo a
1389578860 morir…Cargo su rifle con su último cartucho de protones y apunto hacia el ducto de ventilación, encendió la linterna del arma y a través de la rejilla de ventilación se observo a la criatura inerte, no le molestaba la luz ya que carecía de vista, su respiración era horrible y su piel caía a través de la rejilla mientras se volvió a regenerar, ese olor a putrefacción hizo que los ojos de Stefanovic se llenaran de lagrimas, sin prisa jalo el gatillo y destrozo la cabeza de aquel engendro, volando casi toda la ventilación y parte de la pared, armas de calidad sin duda alguna, la criatura cayo al suelo y comenzó a agitarse bestialmente, de su destrozado cuello salía una sangre lechosa y unos finos hilillos color carne comenzaban a salir, había empezado a regenerarse y no parecía muy feliz…Stefanovic comenzó a caminar mientras escuchaba aquel sonido carnoso…

Criaturas comenzaron a salir a través de las ventanas de las habitaciones y de10687860_721232094653104_3321376405465303458_o los paneles del suelo, los pasos de Stefanovic eran lentos y precisos, caminaba entre ellos con suma tranquilidad, era como si estuviese detrás de las lineas enemigas. Si daba un paso en falso su cuerpo iba a quedar complemente irreconocible y destrozado. Las criaturas con una desarrollado sentido de la audición trataban de encontrar a su victima, Stefanovic bajo unas largas escaleras metálicas produciendo un sonido causado por el golpe de sus botas de acero contra el frío hierro de las escaleras, las criaturas escucharon el sonido y se dirigieron hacia su fuente de origen.

Un conjunto de pasillos largos y estrechos, hechos para que solo una persona los atravesara, el olor a productos de limpieza causaba un ambiente a muerte, fusionado con el hedor de aquellas criaturas era insoportable, Stefanovic buscaba desesperadamente la «habitación mágica». Los pasillos eran oscuros e interminables, como aquellos de las películas de horror de antaño. Unas letras iluminadas se veían a lo lejos, como una especie de luz al final del túnel, se leía fácilmente «Reactor principal», Stefanovic apresuro el paso mientras desde los oscuros pasillos se escuchaba como las bestias se iban acercando rápidamente a el. Entro y la gran puerta metálica se cerro a sus espaldas, y frente a el estaba el gran reactor principal, al rojo vivo como si estuviese a punto de estallar, con destellos de vapor saliendo desde sus válvulas hidráulicas. Tomo el explosivo C4 de su muslera y lo coloco cuidadosamente en el panel de control y recordó como sus camaradas se burlaban de el por usar un explosivo tan anticuado, la mayoria de los soldados actuales preferian las granadas de IEM, pero Stefanovic era de la vieja escuela, era un yugoslavo clásico. Las garras atravesaban fácilmente la gruesa puerta de acero inoxidable, como si fuese mantequilla. Stefanovic tomo fuertemente el detonador y le dio la espalda al reactor, viendo de frente a la ya magullada puerta metálica… Las palabras de Ratko, su difunto padre sonaban en su cabeza en un lenguaje serbio…»¿Sabes lo que dice el profeta, que permanezca bendito y en paz, sobre la matanza de inocentes?»

Las criaturas entraron al mismo tiempo que el presionaba el botón de detonación…Todo estaba tan en calma…

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El secretario (relato).

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POR: FRIKY

Recién terminados sus estudios, el joven ingeniero de minas Fermín Vázquez decidió abandonar su Galicia natal y viajar a la Argentina, para trabajar a las órdenes de su tío Eduardo, que dirigía una de las principales compañías mineras de Catamarca. O al menos esa era su intención, porque una vez allí lo que sucedió fue que Fermín dejó su puesto en la empresa para casarse con una muchacha de buena familia llamada Lucía Elisa Marconi. Debemos dejar claro que el amor de Fermín hacia la señorita Marconi era completamente sincero y desinteresado, aunque lo cierto es que supuso un importante ascenso social para el joven ingeniero, quien pocos años después era el copropietario de una próspera hacienda situada cerca de la frontera paraguaya.

En aquellos tiempos lo único que enturbiaba la felicidad del matrimonio era la incapacidad de doña Lucía para darle descendencia a su marido. Por este motivo decidieron adoptar a una huerfanita de pocos meses llamada Helena María (siendo hija de padres desconocidos, este nombre había sido elegido por la directora del orfanato y se debía a que la pequeña había llegado al hospicio un 18 de agosto). Todo fue bien hasta que la niña murió antes de cumplir los cuatro años de edad, a causa de la mordedura que le propinó una víbora mientras jugaba en el jardín de la hacienda. Sumidos en el dolor, don Fermín y doña Lucía optaron por adoptar a otra niña, a la que hallaron en el mismo orfanato donde habían encontrado a la primera, y que, por una casualidad que les pareció sumamente agradable, también se llamaba Helena María.

Dos décadas después, don Fermín, que se había quedado viudo, seguía viviendo en su hacienda, mientras que Helena estudiaba Medicina en Buenos Aires y pasaba la mayor parte del año en su piso de la capital, aunque durante las vacaciones estivales viajaba al norte para reunirse con su padre adoptivo.

Una tórrida tarde de enero (nos hallamos en el hemisferio sur), don Fermín decidió coger su vieja escopeta e ir al monte en busca de caza menor. O al menos esa era su intención, porque allí hacía tanto calor que el hacendado decidió renunciar a la cacería antes de haber encontrado un solo animal y refugiarse en una arboleda particularmente sombría hasta que empezase a refrescar. Pero su tranquilo reposo a la sombra de los árboles no tardaría en ser interrumpido por el súbito estampido de un disparo. Inmediatamente después, el sorprendido don Fermín oyó un gruñido procedente de los arbustos que había a su espalda y al volverse vio cómo un enorme puma, asustado por el disparo, huía velozmente hacia las profundidades del bosque. Alguien había salvado la vida del desprevenido hacendado, disparando al aire para espantar al felino antes de que este hubiera tenido tiempo de iniciar su ataque.

Y don Fermín, todavía pálido de emoción, no tardó en darle las gracias a su misterioso salvador: este era un forastero completamente desconocido, que vestía ropas bastante viejas, cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y sólo llevaba en las manos la escopeta de caza con la cual había espantado al puma. El forastero, que dijo llamarse David Estrada, era un hombre ya maduro, de piel blanca, aunque en algunos puntos muy tostada por el sol, constitución delgada, cuerpo fibroso y expresión enigmática, aunque no desagradable. Don Fermín, bien dispuesto de antemano hacia un hombre que acababa de salvarle la vida, no pudo dejar de alegrarse cuando supo que el señor Estrada también era de origen gallego, lo cual, por otra parte, se reflejaba claramente en su acento. Según sus propias palabras, David Estrada había sido en otro tiempo un hombre de buena posición económica (en todo caso, bastaba con oírle hablar para advertir que no carecía de cultura) y un feliz padre de familia, pero ciertos reveses de fortuna lo habían condenado a la ruina y a la ruptura de su matrimonio, además de obligarlo a cruzar el Atlántico en busca de fortuna.

Una vez en Sudamérica, las cosas no le habían ido mucho mejor y, no teniendo ni un trabajo fijo ni dinero para volver a España, recorría el campo argentino en busca de alguien que quisiera darle algún empleo, por humilde que fuera. Tras oír esto, el agradecido don Fermín lo invitó a acompañarlo a su hacienda, donde podría quedarse todo el tiempo que quisiera, primero en calidad de huésped y luego, cumplidas ciertas formalidades, como su secretario particular (en realidad, don Fermín nunca había necesitado la ayuda de nadie para administrar sus bienes, pero decidió que ofrecerle un puesto de trabajo era lo menos que podía hacer por Estrada). Por supuesto, el vagabundo aceptó su ofrecimiento sin disimular su alegría y, poco después, los dos hombres se encaminaron hacia la hacienda como buenos amigos.

Aquella misma noche don Fermín, tras regalarle a Estrada uno de sus mejores trajes, lo invitó a cenar con él y con su hija Helena en el suntuoso salón de la hacienda, como si fuera un verdadero amigo en vez de un simple empleado. El buen hacendado, que era un hombre agradecido, ya había decidido en su fuero interno que su paisano cenaría siempre en el salón y no con los demás trabajadores de la hacienda. O al menos esa era su intención, pero durante la cena hubo algo que le causó inquietud y enfrió, hasta cierto punto, su sentimiento de gratitud hacia Estrada. Lo cierto es que no le gustó cómo miraba el forastero a su hija Helena, quien se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Don Fermín, con una benevolencia un tanto forzada, se dijo a sí mismo que era normal que los hombres miraran con ojos ardientes a las jóvenes hermosas, pero lo cierto es que Estrada nunca volvió a ser invitado a la mesa de su patrón. Hay que decir que este siempre lo trató con suma amabilidad y le ofreció un buen sueldo, pero lo cierto es que no le dio más oportunidades para intimar con su hija, quien, por su parte, no parecía especialmente interesada por el nuevo habitante de la casa. Después de todo, este, aunque era un hombre atractivo, para ella no dejaba de ser un desconocido que por edad hubiera podido ser su padre.

pumaDurante algunas semanas todo fue bien: David Estrada se mostró muy competente en su nuevo oficio y los negocios de don Fermín iban viento en popa. Pero cuando ya faltaba poco para que terminase el verano y Helena volviera a Buenos Aires, empezaron los problemas. El ganado de la hacienda empezó a sufrir continuos ataques por parte de un puma, quizás el mismo animal que había amenazado la vida de don Fermín y que, aparentemente, buscaba resarcirse devorando a sus animales. No era aquella la primera ni la segunda vez que el hacendado tenía problemas con pumas o gatos monteses, pero, mientras que en otras ocasiones la cuestión había sido solucionada rápidamente de un balazo, aquella fiera parecía sumamente astuta y sabía cómo burlar la vigilancia de los guardias más avezados. Siempre atacaba de noche, pero nunca a la misma hora, y sabía elegir los puntos peor vigilados del rancho: si los guardias se concentraban en el corral donde dormían las ovejas, entraba en el gallinero, o viceversa, y cuando no podía llevarse un cerdo se llevaba un potrillo. Realmente parecía que aquel puma actuaba guiado por una inteligencia humana y entre los peones de sangre india empezaron a circular extrañas supersticiones al respecto.

Finalmente, don Fermín, furioso ante lo que consideraba el resultado de una negligencia por parte de sus hombres, reunió a todos sus empleados (salvo a Estrada, cuya labor nada tenía que ver con el cuidado del ganado) y les ordenó pasar la noche siguiente en vela, así como todas las noches que fuera necesario, hasta que cazaran al maldito puma. Además les dejó claro que si la fiera moría todos ellos, y especialmente el hombre que la matara, recibirían una generosa recompensa, pero añadió que si volvía a arrebatarle una sola cabeza de ganado, o simplemente si volvía a escaparse, los responsables se lo pagarían con creces. Don Fermín era un buen hombre y un patrón comprensivo, pero aquella vez se hallaba verdaderamente enfadado y así lo comprendieron sus peones, que se armaron con escopetas y se resignaron a pasar por lo menos una noche al aire libre.

Al llegar la noche, todos los habitantes de la hacienda, salvo el patrón, su hija y el secretario, se hallaban apostados en los alrededores del rancho, aguardando la llegada del felino. Como se trataba de cazarlo y no de espantarlo, todos los perros habían sido encerrados para que no lo asustaran con sus ladridos y las puertas de los corrales habían sido abiertas a propósito para tentar al merodeador nocturno. Sin embargo, pasaban las horas y el puma no hacía acto de presencia, lo cual suponía un alivio para los timoratos y un motivo de desesperación para los más ambiciosos. Ya faltaba poco para el alba cuando Juan Moreno, un mestizo paraguayo que ejercía de capataz, creyó distinguir un gemido procedente del interior del rancho. Ninguno de sus compañeros había notado nada, pero Juan, como todos los hombres habituados a la vida en el monte, se jactaba de tener un oído muy fino y, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía de que algo no iba bien en el interior del edificio.

Arriesgándose a recibir una reprimenda del patrón por abandonar su puesto antes de tiempo, Juan les ordenó a los peones que siguieran en sus puestos y se dirigió a la puerta principal. Para su sorpresa, esta había sido cerrada por dentro y además nadie respondió a sus llamadas, por lo que su inquietud instintiva no tardó en convertirse en verdadero temor. Resignándose de antemano a lo que pudiera pasarle, Juan, que era un hombre recio y valiente, derribó la puerta y penetró rápidamente en el amplio y oscuro vestíbulo del edificio, con su escopeta preparada para disparar. Intentó encender la luz, pero esta había sido cortada, sin duda deliberadamente. “Mejor”, se dijo Juan, “ya he hecho bastante ruido al derribar la puerta y, si alguien me está esperando para dispararme, quizás la oscuridad me salve la vida”. Por suerte, Juan estaba acostumbrado a cazar de noche en las tinieblas de la selva y además sabía moverse sin hacer ruido. Llegó sin problemas al salón y, una vez allí, la luz lunar que se colaba por las ventanas abiertas le ofreció un espectáculo horrendo. Una vez más, Juan se alegró de que la visibilidad fuera reducida, pues, cuerpospese a ser un hombre duro, nunca le había gustado contemplar de cerca el rostro de los muertos. Dos cuerpos humanos vestidos con ropa de cama yacían allí sobre sendos charcos de sangre. Eran el patrón y su secretario, y ambos parecían haber sido apuñalados hasta la muerte. Al parecer, y teniendo en cuenta la doble estela de sangre que se distinguía sobre los peldaños de la escalera que llevaba al piso superior, las víctimas no había muerto allí, sino que habían sido acuchilladas en sus habitaciones y luego su asesino (suponiendo que fuera uno solo) había arrastrado los cadáveres hacia el salón, por algún motivo que Juan no acertó a comprender.

Como Juan no podía creer que la señorita Helena pudiera ser la autora del doble crimen, decidió que este sólo podía ser un intruso, que había conseguido colarse dentro del edificio sin ser advertido, y que aún podía estar allí, probablemente oculto en alguna de las habitaciones del segundo piso… quizás en el dormitorio de Helena.

Fuera como fuera, Juan se dijo que su deber más inmediato era ir en busca de la señorita Helena, que quizás se hallara en grave peligro, por lo cual se dirigió a su cuarto, sin detenerse para examinar los cadáveres ni acordarse de llamar a sus hombres. A pesar de los nervios, subió las escaleras con cuidado, no sólo para no delatar sus movimientos con el ruido de unas pisadas demasiado fuertes, sino por miedo a resbalar en la sangre que cubría los peldaños.

Una vez alcanzada la segunda planta, el valeroso capataz entró en la alcoba de la muchacha, cuya puerta estaba entreabierta. La luz lunar le permitió ver que Helena yacía boca arriba sobre su cama, inconsciente y pálida como una muerta, pero viva y relativamente ilesa. Tenía los miembros fláccidos y respiraba con dificultad, pero a simple vista su cuerpo no había sufrido daños físicos, dejando aparte algunos rasguños de poca importancia. En cambio, sucdn (15) camisón había sido desgarrado en torno a sus pechos y su cintura, como si alguien la hubiera forzado después de drogarla (el extraño olor que emanaba de un vaso vacío que se hallaba sobre la mesilla de noche, al lado de un pequeño objeto brillante, le sugirió a Juan la idea de la droga). Tan nervioso se sentía Juan que en aquel momento cometió su único error fatal: ansioso por atender a Helena, dejó su escopeta en un rincón del cuarto, cerca de la puerta. Apenas se hubo separado unos metros del arma, se percató de su imprudencia y se dio la vuelta para cogerla de nuevo, pero ya era demasiado tarde: en la puerta del cuarto, borroso y casi espectral en la penumbra imperante, se hallaba David Estrada, vivo y sonriente, con la escopeta del capataz bien sujeta en sus manos ensangrentadas. Juan comprendió rápidamente que Estrada era el asesino y que lo había engañado, manchando sus ropas con la sangre de don Fermín para hacerse el muerto, pero también comprendió que se hallaba en sus manos: el secretario sólo tendría que apretar el gatillo de la escopeta para acabar con su vida y lo único que le extrañaba era que estuviese tardando tanto en hacerlo.

521611_104645496375882_1705224933_nEstrada, adivinando el pasmo y la ansiedad del mestizo, le dijo tranquilamente:
-Bien, Juan, en breves vas a morir, por lo que no tengo inconveniente en satisfacer tu curiosidad antes de enviarte a la tumba. Dejando aparte que mi verdadero nombre no es David Estrada, la historia que le conté a don Fermín no estaba muy lejos de la realidad: hace algunos años, yo vivía feliz en mi Galicia natal, con una esposa a la que quería y dos niños pequeños a los que adoraba. Pero, del mismo modo que la luz del Sol apaga la de las estrellas, todo eso se desvaneció de mi alma cuando un capricho del Destino puso en mis manos cierto libro, que me reveló cuáles son la verdadera esencia del Universo y el único camino hacia la sabiduría. Debes saber, pobre ignorante, que la esencia del Universo es el Mal, al que tú llamarías Diablo, y que si un hombre ansía el Poder y el Conocimiento debe abrir su alma a la Maldad Suprema, pasando por encima de cualquier otro interés que pueda estorbar sus propósitos. Tan bien lo comprendí que desde entonces he teñido mi vida con la negrura del pecado y la rojez de la sangre, incluida la de mis propios hijos, y a cambio he adquirido poderes y conocimientos que tú ni siquiera podrías imaginar. Pero me faltaba un pecado para alcanzar la cúspide del Mal y el don supremo que este concede a sus acólitos más avezados, es decir, la inmortalidad. El pecado que me faltaba era el incesto. Por eso he venido aquí y por eso he hecho todo esto, con la ayuda de un puma controlado por mi magia negra, que primero me permitió ganar la confianza de don Fermín y luego apartar de la casa a los peones mientras realizaba mis planes. Esa desdichada que yace sobre la cama no es hija carnal de Fermín Vázquez, sino mía: yo la concebí deliberadamente para poseerla cuando hubiera alcanzado la mayoría de edad, yo rapté y violé a su madre para asesinarla después de que hubiera dado a luz, yo la abandoné a las puertas del orfanato donde la halló su padre adoptivo hace más de veinte años… y yo he gozado esta noche de su carne. ¡Y ahora por fin soy uno con el Mal Supremo, diabólicamente perfecto e indestructible por los siglos de los siglos! ¡Ahora ya siento cómo mi nuevo poder se difunde por mis entrañas y ni siquiera todos vosotros juntos podréis detenerme!

Mientras aquel monstruo terminaba su perorata con una carcajada sardónica, Juan, que sólo comprendía a medias aquellas palabras preñadas de pecado y locura, se había ido acercando lentamente a la mesilla y había agarrado discretamente el abrecartas que había visto brillar débilmente sobre aquel mueble al entrar en el cuarto. Aparentemente, el asesino, que debía sentirse muy seguro de sí mismo, fuera por el arma que sostenían sus manos o porque realmente se creyera inmortal, no se había percatado de sus movimientos. En un arrebato de audacia, Juancuchillo se arrojó sobre el presunto David Estrada y le clavó el abrecartas en el ojo derecho con todas sus fuerzas, antes de que su enemigo pudiera disparar o hacer cualquier otra cosa para impedirlo. Una expresión, no tanto de dolor o de miedo como de sorpresa, se dibujó en el rostro del asesino al mismo tiempo que la punta del abrecartas alcanzaba su cerebro y arrojaba su alma al Olvido. ¿Había sido su presunción de inmortalidad un mero delirio de su mente perturbada? ¿Acaso ignoraba que la muchacha a la que había violado no era su hija y que esta había muerto muchos años antes, en plena infancia y mordida por una víbora? Juan nunca lo supo y, en realidad, ni siquiera se lo planteó. Aquel brujo y asesino había pagado por todos sus crímenes, su alma había alcanzado el Infierno que tanto anhelaba, aunque no precisamente de la forma que a él le hubiera gustado, y no volvería a dañar a nadie nunca más.

En cuanto al puma, no acudió al rancho aquella noche ni volvió a saberse de él en la región: al parecer, una vez desaparecida la inteligencia diabólica que lo controlaba, volvió a ser un animal inocente y perdió todo interés por el ganado de la hacienda.

Helena recuperó pronto la conciencia, pero necesitó ayuda psicológica para superar el shock traumático provocado por la muerte de su querido padre adoptivo y por el cruel ultraje que ella misma había padecido. Se hizo llegar a las autoridades una versión incompleta de los hechos, de la cual se habían eliminado los elementos más extraños y rocambolescos, y la policía argentina, en colaboración con la española, no tardó en descubrir la verdadera identidad de David Estrada: un erudito aficionada a las ciencias ocultas que, tras muchos años de vida pacífica y laboriosa, había desaparecido, dejando tras él un rastro de cadáveres… sin duda un caso de locura, aunque algunos se nieguen a reconocerlo.

Tras una larga y penosa meditación, Helena decidió abandonar para siempre la hacienda, que vendió a Juan Moreno por un precio muy inferior al real (y aun esto porque el capataz se negó a aceptarla como regalo), se marchó a España y se estableció en Galicia, la tierra natal de su padre adoptivo, para dedicarse a la medicina, buscando en el trabajo la paz y el olvido. O, al menos, tal era su intención, porque una vez allí descubrió que la violación no sólo había tenido consecuencias para su mente, sino también para su cuerpo: Helena estaba embarazada.

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VISIONES OSCURAS (V): «Mortal»

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Visiones oscuras (IV): Vampiras terrofíficas y muy, muy sensuales.

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The Hunter (El Cazador)

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Acechando en silencio, viendo pacientemente acercarse a su presa hasta el momento justo de capturarla con mecánica precisión.

Un corto tecnológico, futurísta, de ciencia-ficción, con suspense y siniestro, muy siniestro, hasta la música es siniestra murcielago jejejejejejejejejejejeeee…

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Hambre.

BiRgnsnCEAA6KQKEra una noche fresca y había salido a caminar por una solitaria y oscura calle, sin buscar nada ni a nadie, hasta que en una esquina vi que él dio la vuelta. Era alto, cabello negro, iba de traje con un maletín en una mano, su aroma era dulce, embriagante hasta el éxtasis.

Me envolvió completamente su ser, su calor, toda su energía, y decidí seguirle, cada paso que daba me daba la sensación del cazador que iba por su presa dispuesto a atraparla a como diera lugar, era tan fuerte esa sensación que el noto mi presencia y al girarse bruscamente para buscar quien era ese ser que le perseguía con tanta insistencia, se encontró con la calle vacia, silenciosa y muy oscura sonrió sintiéndose tranquilo de que no era nada.

La calle no tenia fin, y yo ya no podía esperar mas por tenerlo entre mis brazos, sentir su calor, su respiración y la piel de su cuello rasposa por la barba. Me hice notar poco a poco, a el le inquieto que de la nada se escucharan unas pisadas tan fuertes y rapidas, el inconfundible sonido que hacen los tacones de una mujer al chocar contra el asfalto, el acelero aun mas el paso a mi me pareció muy tierno que intentara huir de esa manera, su respiración se acelero, sus latidos aumentaron aun mas, el estaba atento a cualquier ataque para intentar defenderse. Me acercaba aun mas a el, hasta estar a tres pasos lista para atraparlo entre mis brazos, pero el empezó a correr y cuando se sintió mas seguro y cansado disminuyo la velocidad volvió a girarse, y ahí estaba, la calle totalmente vacia, nada del peligro que el sentia.

Tratando de tranquilizarse intento respirar con normalidad, dejo caer su maletín y se llevo las manos a la cara, aun estaba temblando y sudando, después de unos segundos levanto su maletín y se dio la vuelta para darse un susto de muerte frente a el estaba yo, una mujer normal sonriendo sin nada amenazante, dio unos pasos atrás por la impresión, luego rió apenado por su reacción. Se disculpó, por estar tan asustado por eso no escucho mis pasos, siguió con sus disculpas y su historia casi fantástica de que alguien lo estaba siguiendo, yo me acerque a el y note su miedo, reconoció ese sonido, el sonido de mis pasos; quedo paralizado del terror mientras yo lo abrazaba y sentía su respiración y su piel rasposa, intentaba pedir auxilio pero yo lo tenia tan fuertemente abrazado a mi que podía escuchar el crujir de sus huesos rompiendose y su corazón que cada vez latía mas y mas despacio mientras yo me alimentaba de el, con ese dulce néctar que llenaba cada fibra de mi del mas delicioso placer.

Cuando su corazón latió por ultima vez me separe de el, lo deje suavemente en el asfalto y me fui caminando tranquila y satisfecha.

POR: ginger feroz

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San Valentín sangriento (RELATO).

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No solo era un San Valentín más, apenas hace un día nos habíamos reconciliado de la pelea que tuvimos el 8 de febrero, ni bien despertaste me deseaste feliz día, sonreí mientras pensaba que era una tontera estar saludando por algo tan irrelevante cuando hacía solo 2 semanas que no quisiste decir nada el día de nuestro aniversario.

– Bien – pensé- tratemos de llevar la fiesta en paz, solos tu y yo, pero si me lastimas como en ti ya es costumbre ahora si te vas a enterar…

El día transcurrió tranquilo, me prometiste un regalo, salimos juntos como una familia normal, luego de cenar me comprarías el regalo, de alguna manera la ilusión que sentí con esa promesa me daba esperanzas de ser mejor y tener un buen día… pero como siempre…

– Hola ¿qué tal? – ahí estaba tu amigo y jefe con su familia, sonriendo de oreja a oreja y augurando que mi día terminaría arruinado por completo
– Bien, ahora veremos como actúa, si sigue solo con nosotros o se pone a andar de arriba abajo con su amiguito

Hice al mal tiempo buena cara, pero para mi decepción sucedió lo de siempre también, preferías a tu amiguito por encima de tu familia y lo peor es que teníamos que alojarlo en casa; tuve que aguantarme la molestia, aunque tú sabes bien que no soporto a ese pata y que tenerlo cerca me crispa los nervios.

Llego la noche y otro amigo más se unió, hicieron planes para salir a pasear, bailar, el karaoke, estuve de acuerdo en un principio, pero las horas pasaban y ustedes seguían hablando como cotorras, mi frustración aumento ya que ni siquiera tuviste la amabilidad de comprarme el regalo prometido…. Abreviando decidí no ir contigo, mi cólera ya estaba creciendo, era mejor quedarme a cuidar del bebe, con la esperanza de que no regresaras muy tarde… vanas esperanzas.

Me entretuve una hora leyendo relatos de esta página, algunos eran realmente tenebrosos, a media noche decidí dormir de una vez, él bebe ya hace horas que descansaba, me acurruque a su lado y cerré los ojos, cuando los abrí mire la hora las 2 am… ¿dónde diablos estabas que no venias hasta ahora? El insomnio se apodero de mí, y no fue solo eso, mis manos cuyas unas no había cortado hace unos días se sentían como con vida propia, unas afiladas y largas, sentía al bebe durmiendo pasivamente a mi lado, y las ansias de lastimar a mi hijo crecían, tuve que respirar y contenerme, la pobre criatura no me había hecho ningún daño.

Las horas siguieron pasando, a las 3 am te mande un mensaje al celular y solo contestaste que ya se venían.

Así como pasaban las horas aumentaba mi cólera, mi odio por ti crecía hasta el punto de verme dominada y querer maltratar al ser que más querías, nuestro hijo… no pude resistirlo mis manos cobraron vida propia, empecé por hacerle suaves arañazos en el cuerpecito el nene no despertaba, lo cual hacia que mi cólera aumentara, quería que despertara, gritase, llorase y supiera que era maltratado; mire su cuellito, que frágil! si lo apretaba un solo momento sería capaz de asfixiarlo, como disfrutaba pensando en el dolor que sentirías al volver y ver ese cuerpecito en un charco de sangre, sin una gota de vida… mi corazón se henchía de gozo al imaginar tu sufrimiento, mi ojos miraban enloquecidos de fiebre, odio, venganza…

Al fin llegaste, eran las 4 am, abriste la puerta esperando no hacer ruido para no despertarnos, mi espera fue recompensada al ver tus ojos desorbitarse mientras mirabas el charco rojo de las sabanas, de alguna manera adivinabas lo que había sucedido, me miraste con odio, yo solo sonreí, una sonrisa felina y macabra “que esperas, lánzate sobre mí, lucha!” tenía tantas ganas de lanzarme hacia ti, arañar, morder, destruir, desfogar en ti mi odio, hacer de este un San Valentín Sangriento… lo hice cual fiera me abalance a tu rostro, era inmenso el placer que sentía al desgarrar tu carne, destrozar tu rostro, sabía que eras fuerte, pero mi fuerza se veía incrementada por algo maligno, aun así me agotaba, podía perder en cualquier momento, tome tu cabeza tratando de golpearla contra algo, lo conseguí te golpee una y otra vez contra el borde de la mesita de noche, tu cabeza sonaba con cada golpe y mi ansias de sangre crecían…

 

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Desperté… estabas acurrucado a mi lado durmiendo plácidamente, al otro lado se encontraba nuestro bebe también dormido… ya era 15 de febrero y mi San Valentín sangriento fue solo un sueño…

AUTOR: Raksha 

 

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Multidimensional man

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Aleksei Raidenovich tomó de nuevo asiento en la silla estando colocados cada uno de los electrodos en su cráneo. Se encontraba sumergido en una de las más costosas investigaciones científicas del mundo, y hoy se consumarían los esfuerzos suyos y de muchos otros. La meta del proyecto era abrir la mente del ser humano y permitirle percibir las dimensiones espaciales que están por sobre las tres primeras.

El resultado todavía era un punto de consternación, pero se sospechaba que, de ser exitoso, un individuo sería capaz de estudiar todos los posibles universos que podrían crearse partiendo de sus propias acciones, y escoger el que desease seguir. Un hombre en el que cada una de sus acciones sería perfecta pues ya habría previsto los resultados.

Aleksei, joven y persistente, se anotó de inmediato a la oportunidad. Apenas en sus 20 y brillante en el campo de la mecánica cuántica, estaba saboreando la dicha de aplicar las facetas teóricas de su obra a un medio físico. Hizo un ademán de inicio a los técnicos tras el vidrio de seguridad, y activaron la primera fase de la máquina. Dijo Aleksei a través del micrófono:

—Si he visto más allá que otros, es porque he puesto pie sobre el hombro de los gigantes. —El remedo era la más grande forma de alago, pensó con una sonrisa.

La silla se reclinó hacia atrás quedando a manera de una mesa y una gran cúpula bajó rotando hasta cubrirle la totalidad de su cuerpo. Tenía revestida una compleja estructura cristalina en el interior. Aleksei se concentró en las facetas del cristal y pronto notó cómo empezaba a mutar, variando en formas que su mente no podía procesar.

Su vista fue bruscamente empañada con destellos de luz y su cuerpo convulsionó de forma violenta. Al leer sus signos vitales en la sala de control, los ingenieros enseguida detuvieron la operación. Un médico se apresuró a revisar a Aleksei, y estaba contento de sentir un débil, pero constante latido.

Un par de minutos después Aleksei volvió en sí. Miró al médico y se sobresaltó al notar dónde estaba.

—¿Qué pasó? No siento nada diferente…

El médico sonrió y le dio unas palmadas en el hombro.

—Cualquier aterrizaje del que puedes salir caminando, es un buen aterrizaje, ¿no?

Se volteó para regresar a la sala de control, enredó su tobillo entre los cables esparcidos por el suelo, tropezó y estampó su frente en la esquina de la mesa. Su cabeza se torció en un ángulo repulsivo…

De nuevo

Se volteó para regresar a la sala de control, enredó su tobillo entre los cables esparcidos por el suelo, tropezó y en un ágil movimiento fue tomado desde atrás por Aleksei, deteniéndolo a centímetros de la esquina de la mesa.

Aleksei vomitó y colapsó, sus manos temblaban. Se dio cuenta de que había percibido dos universos y activamente seleccionado el que deseaba. Sonrió al médico.

—¡Lo hice!, puedo verlos…, ¡puedo verlos todos…!

Su rostro palideció.

Ahora vio dos más universos, tan diferentes y vívidos como los anteriores. Sucesivamente, un tercero, cuarto y quinto irrumpieron en su mente. Veía todas las alternativas posibles. Su mente empezó a agrietarse.

Aleksei tomó al médico y en un acto de furia innatural hundió sus pulgares en los ojos del hombre…

De nuevo

Aleksei desvío su mirada al techo y comenzó a gritar de sobremanera, rehusándose a parar aún cuando burbujas de sangre escurrieron por el borde de su boca…

De nuevo

Aleksei tomó como soporte la pata de la mesa y con vigor cabeceó la esquina de la misma, consiguiendo fracturar su cráneo para el cuarto golpe…

De nuevo

Aleksei se sentó en el piso experimentando todos los potenciales males de los que era físicamente capaz. Su cuerpo se sacudía y sollozaba despavorido. Jaló de la corbata al médico quedando cara a cara con él.

—¡Demasiado!, ¡es demasiado! —gritó.

Sus ojos quedaron en blanco, tornándose amarillos y marchitos en cuestión de segundos, a un tiempo que su cabello era despojado de color. Aleksei, en sus últimos momentos, se hizo consciente de una magnitud de universos cayendo sobre él y tenía que pasar por cada uno de ellos. Su agarre desistió y su mente se perdió en el abismo.

De nuevo

AUTOR: premutos

DEPRE

HAPPY MEAL HORROR (with a side of chainsaw)

ESPELUZNANTE vídeo de animación y terror basado en la publicidad de McDonalds.

 

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El hombre gris.

   Dragones-86

                                                                                                              bares_vino Una fría y brumosa mañana de otoño (era 31 de octubre, concretamente), el Bar de Manolo sólo tenía tres clientes. Dos de ellos compartían una mesa y charlaban animadamente; el tercero hojeaba desmayadamente un periódico en la barra del local, indiferente al café que se enfriaba dentro de una taza olvidada. Los dos primeros eran personas bien conocidas en la ciudad: el canónigo don Cesáreo y su viejo amigo Luis Meiriño, inspector de la Policía Nacional. El tercero era un perfecto desconocido.

Don Cesáreo y el inspector Meiriño eran buenos amigos desde la infancia y se lo pasaban en grande juntos, pese a sus notables divergencias ideológicas: el bueno del cura era considerado un hombre medieval incluso por sus propios camaradas, mientras que el inspector se jactaba de ser un hombre “de mente abierta”, esto es, un progresista escéptico. El tema de aquella conversación, inusitadamente, no tenía nada que ver con el fútbol ni con la política, sino con unos extraños y terroríficos sucesos que habían conmocionado a la ciudad un par de días antes. Como consecuencia de tales hechos, una profesora del instituto había perdido la vida y una de sus alumnas había desaparecido en circunstancias tan misteriosas como inquietantes. El inspector Meiriño se había visto obligado a confesar que las autoridades se hallaban completamente desconcertadas y el sacerdote don Cesáreo no dudó en aprovecharse de ello para llevar el asunto a su propio terreno:

-¡Te digo que esto sólo puede ser obra del Diablo!
Meiriño frunció el ceño y dijo a su vez:

-¡El Diablo! ¡Menuda estupidez! Ese es otro cuento que os habéis inventado los curas para manipular los miedos infantiles de los tontos.

El sacerdote, envalentonado por cierta sombra de inseguridad que creyó advertir en la mirada de su interlocutor, ya que no en sus palabras, recogió el guante y respondió:

-Pues si lo hemos inventado nosotros, como tú dices, habrá muchos que podrían denunciarnos por plagio. Todas las culturas que han existido a lo largo de la Historia reconocieron la existencia del Maligno.

-¡Eso es mentira! En las mitologías de los antiguos paganos no se mencionaba al Diablo para nada.

-¡Sólo faltaría! Aquellos paganos tenían dioses que exigían sacrificios humanos para garantizar la fertilidad de las cosechas. Con dioses como esos, ¿quién necesita diablos? ¡Las divinidades del paganismo eran demonios disfrazados!

-¿Y los primeros judíos? Como supongo que sabrás tú mejor que yo, en los primeros libros de la Biblia nunca se menciona al Diablo, lo cual quiere decir que los patriarcas de Israel no creían en él.

-O quizás creían tanto en él y le tenían tanto miedo que ni siquiera se atrevían a mencionarlo. Y también podían referirse a él dándole los nombres de los dioses paganos adorados en la tierra de Canaán: Baal, Moloch, Astarté, Dagón, Lilit…

-¡Ya, lo que tú digas! Pero el que los paletos del mundo antiguo creyeran en el Diablo no demuestra nada. En nuestros tiempos esas tonterías ya no le importan a casi nadie, sólo a esos niños de papá aburridos que juegan al satanismo cuando se les estropea la consola.

-Si me permiten intervenir en su conversación, señores, creo que eso último no es del todo cierto.

El que había pronunciado la última frase había sido el misterioso tercer cliente, el desconocido que apoyaba sus codos y hojeaba la prensa sobre la barra del bar, sin acordarse para nada del café que había pedido. Era este un hombre que aparentaba unos cuarenta años, de cuerpo enjuto y facciones angulosas. Se le podría llamar apropiadamente el Hombre Gris, pues todo en él -su traje, su piel, su cabello, sus pupilas, incluso la expresión melancólica de su rostro- sugería las tonalidades tristes y grisáceas del cielo otoñal. Su voz era serena y agradable, aunque a veces presentaba una sonoridad extraña, vagamente turbadora. Habló así:

-El satanismo, al igual que la santidad, puede falsificarse, pero su verdadera esencia es algo terrible. Y nadie puede poner en duda su existencia. Brujería y religión han marchado juntas a lo largo de los siglos, como dos hermanas siamesas, mal avenidas pero no por ello menos inseparables. Una y otra son el anverso y el reverso de la misma moneda, o, dicho de otra forma, una es la imagen de la otra, pero al revés, como reflejada en un espejo.
El cura habló tímidamente:

-Bien… puede que usted tenga razón en lo que dice. Tal vez el Mal absoluto sea una inversión del Bien supremo. Dice la Biblia que en este mundo, dominado por las fuerzas del Mal, lo vemos todo al revés, como en un espejo, mientras que en el Reino de los Cielos veremos las cosas como son realmente. Por otra parte… ¿no fueron el pecado de Adán y la impureza de Eva reflejos perversos del sacrificio de Cristo y de la virginidad de María?
Bufó el policía:

-¡Ay, por favor, basta de misticismos! Yo soy agente de policía y me gusta hablar de cosas concretas. Con los misterios de este mundo ya tengo bastante.

Entonces volvió a tomar la palabra el tercer cliente:

-¿Los misterios de este mundo? ¿Podría, entonces, hablarnos de los casos que está investigando la policía de esta ciudad? Según el periódico, aquí han pasado últimamente cosas bastante extrañas. Aunque, siendo este un diario de difusión nacional, no da muchos detalles al respecto. Le agradecería mucho, inspector, que me contara lo que sepa sobre este asunto… sin revelar nada confidencial, por supuesto.

-Bueno, dado que el asunto ya ha saltado a los medios de comunicación, creo que no faltaré a la ética profesional si le hago un resumen de sucedido, dejando aparte ciertos detalles que deben permanecer en secreto mientras dure la investigación.

La historia narrada por el inspector era tan inverosímil y rocambolesca que resultaba difícil de creer. Sin embargo, su punto de partida había sido una situación totalmente normal. El profesor de Música del instituto había cogido una baja de varios meses por razones médicas, siendo sustituido por una interina de nombre Eliana Ferreiro. Esta era una joven muy atractiva y de aspecto agradable, que, según sus propias palabras, procedía de otra provincia y había alquilado un apartamento en las afueras de la ciudad.

Nada más llegar al instituto, se ganó a sus compañeros y alumnos con su belleza y su simpatía, que eran realmente irresistibles. Una vez en clase, se mostró muy cordial con los niños, a los que les hizo muchas preguntas relativas a su vida personal, mostrándose especialmente curiosa en lo relativo a las fechas de sus cumpleaños. Y también propuso retomar aquella misma tarde los ensayos para las actuaciones musicales del festival de Navidad (dichos ensayos se realizaban en el aula de Música y a ellos asistían varias niñas de 3º de ESO). Quedaron para ensayar a las cuatro de la tarde, pero, como es normal en tales casos, las alumnas fueron llegando de forma escalonada, apareciendo algunas alumnas a la hora en punto y otras con bastantes minutos de retraso. A medida que las chavalas llegaban al instituto, Eliana (que era mucho más fuerte de lo que parecía) las fue cogiendo una por una. Cuando las hubo atrapado a todas, las escondió en el aula de Música, bien atadas y amordazadas.

Finalmente, aquella extraña mujer se fue del instituto, llevándose consigo a una niña de trece años llamada Paula Carballiño y dejando allí a las demás. No se sabe bien cómo pudo salir del centro con su prisionera sin llamar la atención de nadie, pero lo cierto es que lo consiguió, de modo que nadie se enteró de lo que había pasado hasta una hora después, cuando una limpiadora escuchó los gemidos de las demás niñas y las liberó.
Alertada rápidamente la Policía, varios agentes fueron al apartamento que Eliana decía haber alquilado. No esperaban hallarla allí, pero lo cierto es que sí la hallaron… muerta.

Había sido brutalmente asesinada (el inspector Meiriño no quiso entrar en detalles al respecto) y, según el forense, llevaba al menos un par de días muerta. Por tanto, la hermosa joven que había aparecido en el instituto diciendo ser la profesora Ferreiro no había sido otra cosa que una impostora. Esta, sin duda, no sólo había raptado a Paula, sino que además había sido la autora material del asesinato de la verdadera profesora, aunque tanto los móviles de dichos crímenes como el paradero de la niña seguían siendo misterios impenetrables para la Policía. Todo parecía indicar que aquella misteriosa mujer estaba loca, pero el inspector Meiriño terminó la relación de los hechos reconociendo que se hallaba completamente desconcertado por el asunto.

Tras escuchar la historia del rapto, el desconocido, que hasta entonces había permanecido en silencio, escuchando atentamente las palabras del policía, tomó de nuevo la palabra:

-La niña desaparecida tenía trece años, ¿no?

-En efecto. Y mañana, si la pobre sigue viva, tendrá catorce. Su cumpleaños es precisamente el 1 de noviembre.

-¡Así que la desaparecida cumple años precisamente el día de Todos los Santos! Es decir, en una fecha consagrada a las fuerzas oscuras desde tiempos inmemoriales, lo cual resulta… muy interesante.

-¡Lo será para usted! A mí eso no me dice nada.

-Oiga, una pregunta. ¿Cuándo examinaron el cuerpo de la víctima mortal…?

-Disculpe, pero me temo que no podré decirle nada más sobre este asunto hasta que la investigación haya finalizado.

-Lo comprendo, pero sólo quiero hacerle una pregunta muy sencilla. ¿No vieron en la garganta de la profesora dos pequeñas heridas circulares de color violeta?

El inspector Meiriño se levantó bruscamente, como impulsado por un resorte, y su voz se alzó furiosa, mientras observaba a su misterioso interlocutor como si este se hubiera convertido de repente en un demonio cornudo con alas de murciélago:

-¿Cómo sabe usted eso? ¡No lo ha publicado ningún medio de comunicación, ese es un dato confidencial! ¿Quién coño es usted? ¿De dónde ha salido y para qué ha venido a esta ciudad? Y, sobre todo, ¿qué es lo que sabe realmente?

-Perdone, inspector, pero no voy a contestarle. Si la policía tiene sus secretos, yo también tengo los míos. Y ahora, si me disculpan, debo irme.

-¡De eso nada! Le ordeno que se quede quieto y que responda a mis preguntas. Si no obedece, me veré obligado a…
El desconocido, indiferente a las amenazas del inspector, se limitó a encaminarse pausadamente hacia la puerta del bar y a salir a la calle con la mayor tranquilidad del mundo. Meiriño se quedó quieto y callado durante unos segundos, pasmado ante la osadía de aquel sujeto enigmático. Pero recuperó pronto su ímpetu habitual y salió corriendo del local, con la mano derecha en el bolsillo donde llevaba su pistola de reglamento. Sin embargo, una vez que llegó a la calle vio que el Hombre Gris se había desvanecido completamente, como si su cuerpo se hubiera disuelto en la niebla. El inspector volvió a su mesa, temblando de ira y frustración. Don Cesáreo, que aún no había sido capaz de asumir el giro tomado por el asunto, se limitó a escuchar en silencio cómo su amigo murmuraba con mal contenida cólera:

-¡Ha desaparecido como si se lo hubieran llevado los marcianos! ¡No, si aún vas a tener razón tú con eso del Diablo! Quizás, después de todo, el Diablo exista… y, en ese caso, no me sorprendería demasiado saber que se ha pasado los últimos minutos en este bar, leyendo la prensa y charlando con nosotros.
Pero el inspector se equivocaba. El Hombre Gris no era el Diablo. Aunque quizás sí tuviera algo que ver con él.

Los días de otoño son breves. Ya faltaba poco para el atardecer cuando el Hombre Gris se encontró frente a una vieja ermita, que se levantaba en la cima de un monte situado a varios kilómetros de la ciudad. Un angosto sendero de tierra era la única vía de acceso a aquel pobre santuario, que apenas recibía visitantes, dejando aparte a los murciélagos que moraban en su tenebroso interior. Aunque la construcción era obra del siglo XVII, se habían aprovechado los cimientos de un edificio románico anterior, levantado en los primeros siglos de la Edad Media. No había más edificios por los alrededores, sólo brezos y alguna sombría arboleda azotada por el frío viento otoñal.
El Hombre Gris se paró a pensar, mientras numerosos murciélagos revoloteaban en torno a los desvencijados muros del santuario, tan indiferentes como él mismo al frío y a la oscuridad crecientes. Tras unos segundos de cavilación, se dijo:

-Es sabido que las ermitas medievales solían construirse en lugares donde antiguamente se celebraban cultos paganos. Así pues, este será un buen lugar para comenzar mi búsqueda… y también para terminarla.

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Tras derribar, sin aparente esfuerzo, las tablas podridas que cubrían la entrada de la ermita, el Hombre Gris penetró en el tenebroso interior de la misma. El sol ya se había ocultado tras las montañas y ninguna luz podía atenuar la oscuridad imperante. Pero eso a él no le importaba. Estaba sobradamente acostumbrado a las tinieblas.

Sus ojos pudieron distinguir sobre una de las losas de granito que cubrían el suelo varias palabras latinas, casi borradas por el paso del tiempo: IS. XXXIV XIV, IBI CUBAVIT LAMIA, “aquí habitará la lamia”. El Hombre Gris sonrió torvamente. Estaba empezando a ver el asunto muy claro… y también muy oscuro, en cierto sentido del término.

Haciendo uso de una fuerza hercúlea que nadie hubiera imaginado en un cuerpo tan enjuto como el suyo, el Hombre Gris levantó la losa, poniendo al descubierto un pozo o agujero de profundidad indefinida.

-Ahora toca hacer un viajecito al Infierno. A estas alturas ya debería estar acostumbrado.

El Hombre Gris se dejó caer por el agujero y fue a parar a una especie de conducto subterráneo, de paredes rocosas y suelo fangoso. Se enderezó rápidamente y sus finos oídos captaron los movimientos furtivos de ciertas criaturas repulsivas, que huían a sus madrigueras asustadas por el ruido de la caída. Al Hombre Gris no le interesaba esperar a que tales anfitriones volvieran para darle la bienvenida, así que empezó a caminar, chapoteando en el fango y, a veces, aplastando con sus pisadas algo que crujía como si estuviera hecho de hueso. Fue una larga caminata por las entrañas de la tierra, descendiendo, siempre descendiendo, algunas veces en línea recta y otras en zigzag, pero siempre en medio de una oscuridad absoluta. Sin embargo, el Hombre Gris sabía muy bien adónde iba y no necesitaba la luz para llegar a su destino.

Pasó mucho tiempo, quizás horas enteras. Fuera, en el mundo exterior, ya sería noche cerrada. El Hombre Gris apuró su paso. Tenía que llegar a su destino antes de la medianoche. Y lo consiguió, en efecto.

Vio a lo lejos un resplandor mortecino, que atenuaba la oscuridad con unos destellos lívidos, casi espectrales. Dirigió sus pasos hacia aquella luz fantasmal, procurando no hacer demasiado ruido al caminar. Pronto se vio en lo que parecía una ancha cripta subterránea, iluminada por unas llamas pálidas y fétidas, vomitadas por seis pozos, que parecían (o eran) las puertas del Infierno.

En un punto equidistante de los seis pozos, y sentada sobre un montón de paja, se encontraba Paula Carballiño, atada y amordazada. Paula era una muchachita de pelo castaño y ojos marrones, guapa, esbelta y ligeramente alta para su edad. Sin duda estaba muy asustada, pero físicamente parecía hallarse en buen estado. El Hombre Gris se acercó a ella, la acarició suavemente e intentó tranquilizarla con palabras teñidas de sincera dulzura, pero no la desató ni le quitó la mordaza. Aún no había llegado el momento. Antes tendría que hacer otras cosas.

-Así que has venido, Vladimir. Sabía que andabas por estos lugares, pero la verdad es que no te esperaba. Ignoraba que compartieras mi debilidad por las niñas.


Mujer-vampiro

El Hombre Gris no se sobresaltó cuando esas palabras hirieron sus oídos. Se sabía observado desde que había llegado a la cripta. Examinó a su interlocutora, que era una mujer de belleza casi irresistible. La marmórea blancura de su piel contrastaba con la ardiente rojez de sus labios voluptuosos. Una melena de pelo negro como el azabache coronaba la perversa hermosura de su rostro, en el que ardían dos fascinantes ojos esmeraldinos. A pesar del frío imperante en aquellos húmedos infiernos subterráneos, sólo un fino peplo de seda negra cubría su cuerpo, dejando adivinar la sensual perfección de sus formas. En cuanto a su voz, era al mismo tiempo dulce y siniestra, lánguida y mareante, como aquellos perfumes empleados en las viejas tumbas orientales para disimular el hedor de la putrefacción. El Hombre Gris habló, con gélida serenidad:

-Me complace comprobar que después de tantos años todavía puedes reconocer mi rostro, hermosa Lilit, princesa de los vampiros.

-Aunque hubiera olvidado tus rasgos, podría adivinar tu identidad en la serenidad que demuestras. Sólo alguien tan maligno como yo podría contemplarme sin estremecerse.

-Creo ser un poco menos maligno que tú… a pesar de todo.

-¡No me hagas reír! ¿Acaso pretendes renegar ahora de tu pasado? ¿Acaso has venido a rescatar a la niña para expiar tus culpas? ¿Piensas que una buena obra podrá compensar todos los pecados que has cometido?

-Yo ya no podría salvarme ni con las mayores penitencias. O quizás sí. Dicen los Libros Sagrados que para Dios no hay nada imposible.

-Esos libros nos dicen que para Él todo es posible… pero no que todo le resulte fácil. ¿Quién podría decir cuánto sufrimiento le cuesta cada victoria que consigue frente a las fuerzas del Mal? No sería pequeña tarea para la Gracia de Dios sojuzgar a todos los demonios que viven en tu alma. ¿Acaso crees que Él está dispuesto a realizar por ti un esfuerzo semejante?

-Siempre puedo hacer algo para merecer su misericordia
.
-¿Hacer qué?

-Pues, por ejemplo… destruirte para siempre, Lilit.

Tras unos instantes de silencio, Lilit estalló en obscenas carcajadas:

-¡En tantos siglos nunca había escuchado nada tan ridículo! ¡Que un miserable como tú pretenda convertirse en un paladín de la Luz! ¡Tú, maldita sanguijuela henchida de podredumbre! ¡Tú, cargado de pecados capaces de ennegrecer el fulgor del sol y de las estrellas!

-Me temo que estás utilizando un lenguaje demasiado poético, mi hermosa Lilit. El sol y las estrellas sólo son masas de gas incandescente. Poco les importan, pues, los pecados de los hombres. Más te importará a ti lo que voy a enseñarte.

Dicho esto, el Hombre Gris extrajo de un bolsillo de su gabardina un pequeño frasco. Lilit frunció el ceño. Sin duda, estaba lleno de agua bendita, una de las pocas cosas en el mundo que podían destruirla. Pero para eso el agua purificadora tendría que llegar a su cuerpo, cosa que ella estaba dispuesta a obstaculizar con todas sus fuerzas. Pero al Hombre Gris eso no le preocupaba demasiado, pues él se sabía mucho más fuerte que ella.
Entonces Paula intentó gritar, pero su mordaza convirtió lo que pretendía ser un grito en un gemido ahogado. Casi al mismo tiempo, un enorme sabueso, grande como un lobo y negro como las tinieblas que rodeaban la cripta, se arrojó sobre el Hombre Gris y lo arrojó al suelo antes de que pudiera reaccionar. Aturdido por el súbito impacto, el Hombre Gris dejó caer el frasco del agua bendita, que se rompió en mil pedazos tras estrellarse contra una piedra. Aquello sin duda estaba planeado: Lilit había engañado a su adversario cuando le dijo que no lo esperaba. Ello explicaba que no le hubiera quitado la mordaza a Paula, pues era necesario que ella no pudiera advertir a su presunto rescatador del peligro que lo acechaba.

Pero el Hombre Gris era muy fuerte y, una vez que se hubo repuesto de la sorpresa, agarró con ambas manos la peluda garganta del sabueso y le partió la cerviz mediante un solo movimiento fulminante. Sin embargo, Lilit había aprovechado la refriega para acercarse sigilosamente y, nada más oír el chasquido que hizo el cuello del sabueso al romperse, se abalanzó sobre el Hombre Gris antes de que este pudiera ponerse en guardia contra ella.

Una vez que la vampiresa hubo alcanzado a su adversario, hundió sus colmillos de lobo en su yugular y empezó a absorber su sangre. Ello no sería suficiente para destruirlo, pero sí lo debilitaría, de modo que luego ella pudiera arrojarlo a uno de los pozos llameantes y librarse de él para siempre. En todo caso, Lilit tampoco pensaba beber demasiado, pues quería reservarse para un plato mucho más apetitoso: la sangre pura y virginal de la pobre Paula, que sería sacrificada cuando llegara la medianoche. Pero apenas hubo saboreado la fría y amarga sangre del Hombre Gris, Lilit sintió que una quemazón insoportable laceraba repentinamente sus entrañas, obligándola a doblarse de puro dolor. Instantes después, la vampiresa se retorcía sobre el húmedo suelo de la cripta, estremeciéndose en los estertores de la agonía, mientras su boca, cada vez más descolorida, escupía espumarajos de rabia y gritos de angustia. Ella sabía que se moría, pero no comprendía por qué. El Hombre Gris habló, con el tono pausado que le era propio:

-Cometiste un grave error al morderme, Lilit. ¿No te fijaste en que el frasco del agua bendita estaba casi vacío? Había previsto que podrías vencerme, y por tanto decidí guardarme un as en la manga, por si sucedía lo peor. Antes de entrar en la ermita, me bebí parte del agua bendita, para que esta fluyera por mis venas, mezclada con mi sangre. Al absorber la una, absorbiste también la otra. Morirás en poco tiempo. O, si lo prefieres, moriremos ambos, pues el agua bendita también es un veneno para mí. Consuélate pensando que tu asesino te acompañará al Infierno. Aunque yo tardaré algo más en emprender mi viaje, puesto que, si tú posees la belleza de una princesa, yo tengo la resistencia de un guerrero.

Lilit no llegó a oír las últimas palabras del Hombre Gris. Cuando este dejó de hablar, de la vampiresa sólo quedaban un peplo de seda negra y un amasijo de cenizas heladas. Entonces un vapor miasmático empezó a extenderse por la ya viciada atmósfera de la cripta, sumiendo a Paula en un profundo desmayo.

A la mañana siguiente, apenas un macilento sol otoñal hubo empezado a regar valles y montañas con la suave lluvia de sus rayos, Paula se despertó en la cuneta de una carretera comarcal, poco transitada, que atravesaba los yermos páramos de la comarca. Tenía la mente muy confusa y, si sus muñecas no conservaran marcas de ligaduras, habría podido pensar que sus últimas experiencias habían pertenecido al reino de las pesadillas más bien que al de la realidad. Una vez que el frío aire matutino hubo despejado un poco sus pensamientos, miró a su alrededor y vio a su lado tres cosas: un traje gris, un montón de cenizas frías y un papel escrito a mano. Cogió el papel, que parecía una carta, y lo leyó:

-“Querida Paula: Como supongo que te sentirás desconcertada después de lo que has vivido durante las últimas horas, creo que te debo una explicación. Cuando leas este papel, yo ya no seré más que un montón de cenizas, al igual que tu secuestradora, la vampiresa Lilit. Pero deseo que sepas lo que fui, para que no lamentes demasiado mi muerte.

Hace muchos, muchos años, yo era un guerrero noble y valiente, respetado por sus vasallos y temido por sus adversarios, pero al que una profunda inquietud espiritual aguijoneaba en las honduras del alma. Insatisfecho con las doctrinas ortodoxas de la Iglesia, me adherí en secreto a una secta herética, según la cual el universo material no era creación de Dios, sino del Diablo. De tales doctrinas extraje la conclusión de que es al Príncipe de las Tinieblas y no al de la Luz a quien debemos nuestra adoración, por lo que acabé convirtiéndome en un adorador de Satanás. Finalmente, recibí una revelación de los Señores del Infierno, que me impulsó a iniciar el camino hacia la inmortalidad. Disfrazado de peregrino, viajé durante varios años por los rincones más tenebrosos de Europa y Oriente Medio, buscando a Lilit, princesa de los vampiros, a la que terminé encontrando en un monasterio abandonado de los Balcanes. Tras ofrecerle a cambio de sus favores una repugnante ofrenda que prefiero no recordar, recibí su beso impío en mi garganta y yo mismo me convertí en un vampiro, sanguinario, feroz y casi indestructible. Durante siglos muchas personas de toda condición, incluyendo niñas inocentes como tú misma, aliviaron con su sangre la sed eterna que devoraba mis entrañas, sin que sus gritos de terror despertaran la menor compasión en mi alma, corroída por el pecado. En varias ocasiones mis adversarios consiguieron destruirme, pero ignoraban cómo hacerlo de forma definitiva, de modo que las puertas del Infierno siempre acababan abriéndose para permitirme volver a la vida y continuar con mi reinado de terror. Sin embargo, acabé sintiéndome hastiado de todo ello y empecé a sentir una nostalgia, vaga al principio y luego devoradora, del hombre que había sido en otros tiempos. Así pues, yo mismo, por mi propia voluntad y sin esperar revelaciones de ningún tipo, opté por iniciar la búsqueda de una expiación… no con la esperanza de alcanzar el Cielo, cuyas puertas considero cerradas para mí desde hace mucho tiempo, sino únicamente para asumir mi inevitable condena con la trágica dignidad de un hombre y no con la abyecta desesperación de un demonio.

Tomada esta decisión, durante los últimos tiempos he vagado por el mundo, buscando de nuevo a la princesa Lilit, pero esta vez para destruirla e impedir que siguiera haciéndoles daño a Dios y a los hombres. Me tomé esta nueva búsqueda de la reina de los vampiros como una inversión (y acaso también como una compensación) de la primera. Llevada a buen término mi misión, mi vida (si así podemos llamarla) ha perdido todo su sentido, por lo cual asumo mi muerte definitiva con resignación y casi con alegría.

Te deseo sinceramente que seas muy feliz en tu vida y sólo te pido que no le cuentes a nadie lo que te he revelado con mis últimas palabras, pues no quiero ser recordado ni compadecido por nadie. Hasta siempre, Paula.

P. D.- Por cierto, se me olvidaba, ¡que tengas un muy feliz cumpleaños!

VLADIMIR DRÁCULA, SEÑOR DE LOS VAMPIROS”

AUTOR: FRIKI       

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