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LAS DESVENTURAS Y MALDADES DE LA BONDAD EXTREMA SOCIAL-COMUNISTA.

No considere a los colectivistas como ‘idealistas sinceros pero engañados’. La propuesta de esclavizar a algunos hombres por el bien de otros no es un ideal; la brutalidad no es ‘idealista’, no importa cuál sea su propósito. Nunca diga que el deseo de ‘hacer bien’ por la fuerza es un buen motivo. Ni la impetuosidad ni la estupidez son buenos motivos. AYN RAND.

AYN RAND.

No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio. 

AYN RAND.

Por: Carlos Aurelio Caldito Aunión

Es mucha la gente, demasiada, que hoy en pleno siglo XXI piensa que el comunismo es bueno y que sus seguidores y quienes han pretendido llevarlo a la práctica, durante el siglo XX y lo que llevamos del XXI, es gente bienintencionada, todo ello a pesar de las enormes maldades que el socialcomunismo ha ocasionado durante décadas y décadas: hambre, enfermedad, muerte, tragedias y más tragedias, en nombre del socialismo.

Dicen que la ignorancia es muy atrevida y lleva a decir tonterías. Así es, sin duda. Y, para más INRI quienes hacen de altavoces del social-comunismo, ahora travestido de globalismo (¿qué fue primero, el huevo o la gallina?) están logrando, tras haber asaltado las univesidades y los centros de enseñanza en general, que la gente haga un acto de desmemoria y siga mirando con simpatías las diversas fórmulas colectivistas, intervencionistas, de planificación centralizada de la economía y la cada vez mayor limintación de derechos y libertades, con los pretextos más increíbles… Claro que, en parte, la buena fama del social-comunismo guarda relación con el hecho de haber sido los vencedores del nazi-fascismo en la segunda guerra mundial. Aunque, esto último es harina de otro costal, y asunto a tratar en otro texto.

Pues sí, sigue habiendo una inmensa -que no famélica- legión de progres que consideran que la URRSS (Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas) actuaba de buena fe y que sus dirigentes, eran buena gente si su proyecto no funcionó es porque se equivocaron (aquello de «humanum errare est»). Pues, como bien se sabe Lenin, Stalin, Mao, Pol-Pot, y etc. estaban movidos por su enorme amor a la Humanidad y su objetivo fundamental era conseguir un mundo feliz donde los humanos gocen del amor… y, cómo no, merjorar las condiciones de la clase trabajadora. Lo que ocurre es que lo hicieron de manera equivocada.

La mayoría de los jóvenes estadounidenses prefiere el socialismo o el comunismo al capitalismo, según estudios de opinión realizados en los últimos años… el 51 por ciento de esos estadounidenses actualmente entre las edades de 21 y 29, “millennials” (generación del milenio), preferiría vivir en un país socialista o comunista que en un país capitalista.

Ya digo, la URRSS y sus países satélites (Alemania Oriental, Rumanía, Yugoslavia, Hungría, Polonia, Checoslovaquia, etc.) no fueron un regímenes malvados.

La revolución bolchevique, allá por 1917, dio lugar casi instantáneamente a un estado de partido único con represión de la disidencia, ejecuciones sumarias, campos de concentración (con unos 70.000 reclusos en el momento de la muerte de Lenin a principios de 1924), una campaña estatal concertada contra la religión, terror contra el campo. – y así sucesivamente.

Sin mencionar una policía secreta dieciséis veces más grande que cualquier cosa que el Zar Alejandro hubiera construido.

Y eso sin mencionar las atrocidades mucho peores que vinieron después: más de cien millones de muertos (algunos hablan de ciento cincuenta millones).

Oigan, ucranianos, estamos llevando a cabo la colectivización de una manera que matará de hambre a millones de ustedes, pero cariño, no se atrevan a olvidar que nuestros corazones están en el lugar correcto. 

El Holodomor, la mejor muestra de la bondad extrema del socialcomunismo.

La colectivización forzosa impuesta por Iósif Stalin condenó a una cruel muerte por inanición a unos siete millones de personas en toda la Unión Soviética, particularmente en Ucrania. El aparato del Estado requisó cosechas y alimentos y cercó poblaciones enteras para que nadie pudiera salir, sentenciando a sus habitantes a una muerte segura.

Ucrania, Kazajastán y el norte del Cáucaso fueron las regiones más castigadas por la «colectivización forzosa» propuesta por el Estado. Esta obligaba al campesinado a convertirse en proletario. A finales de 1927 estalló la llamada «crisis de las cosechas», cuando se produjo una caída espectacular en las entregas de los productos agrícolas a los organismos del Estado y se agravó en 1928, cuando los campesinos sólo pudieron entregar 4,8 millones de toneladas en lugar de los 6,8 millones del año anterior.

Aquella situación proporcionó a Stalin el pretexto perfecto para intervenir directamente en Ucrania. Como respuesta a aquella crisis, la Unión Soviética puso en marcha un plan quinquenal encaminado a desarrollar un ambicioso proyecto económico además de proceder a la modernización de la industria pesada en todo el país. Y una de sus propuestas estrella consistía en que fueran las exportaciones de trigo quienes pagaran la factura: la exportaciones de trigo ucraniano.

A partir de 1930, destacamentos de la Dirección Política del Estado (GPU) comenzaron a requisar de forma abusiva el grano y el trigo ucranianos, dejando las tierras sin las semillas necesarias para que pudieran germinar, ni tampoco dieron tiempo suficiente a la tierra para que se pudiera volver a plantar.

El 7 de agosto de 1932 se aprobó la Ley de las Espigas, que establecía castigos para todos aquellos que estuviesen en contra de la confiscación y, sobre todo, para todos los campesinos que se atreviesen a robar grano. De esa manera, se impusieron penas de prisión a muchas personas que fueron encarceladas en centros penitenciarios de las ciudades de Balashevo o Elan. A pesar de aquellas medidas, los robos fruto de la desesperación fueron tan elevados que las autoridades crearon tribunales para dictar penas de muerte a los saqueadores. Según registros de la época, bajo el paraguas jurídico de la Ley de las Espigas se ejecutó a 5.400 personas y 125.000 más fueron enviadas a los gulags de Siberia.

Al amparo de la Ley de las Espigas se ejecutó a más de 5.000 personas y unas 125.000 más fueron enviadas a los gulags.

Temeroso de una contrarrevolución, Stalin tenía muy presente la revuelta de los campesinos ucranianos durante la Guerra Civil Rusa que tuvo lugar entre 1918 y 1921. Conocedor de la hambruna que sufría el país a comienzos de los años treinta, en 1932 tomó la decisión de endurecer las condiciones en Ucrania, bloqueando las fronteras del país para que la gente no pudiera salir y creando unas brigadas que iban de casa en casa confiscando la comida de los campesinos.

Conocido como Holodomor, palabra ucraniana que significa «matar de hambre», el programa diseñado por el Estado soviético tenía una doble finalidad: por una parte pretendía eliminar físicamente a los campesinos que se resistían a las colectivizaciones forzosas de sus tierras, sobre todo a los kulaks, pequeños propietarios de tierras y ganado, y, por otra, reprimir cualquier síntoma de rebrote del nacionalismo ucraniano que se definía como proeuropeo y anti Moscú.

En apenas unos meses, a comienzos de la primavera de 1932, los campesinos ucranianos empezaron a morir de hambre. Algunos documentos hablan de niños con el vientre hinchado por la falta de alimento, familias enteras obligadas a alimentarse de hierba o cortezas de roble, e incluso se comían a los perros y a los gatos. La situación llegó a tal punto que algunos historiadores afirman que en las zonas rurales más pobres se generalizó el canibalismo y los cadáveres se agolpaban en las calles porque nadie tenía fuerzas para poder darles sepultura.

En la obra Todo fluye, del ucraniano Vasili Grossman, el autor describe los efectos de la hambruna de la siguiente manera: «Al principio el hambre te echa de casa. Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el alma: el hombre huye de casa […]. Luego llega el día en que el hambriento vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado. Una vez el hambre lo ha vencido, el hombre ya no se levantará, no solo porque ya no tenga fuerzas: le falta interés, ya no quiere vivir. Se queda tumbado en silencio y no quiere que nadie lo toque. El hambriento no quiere comer […] no quiere que le molesten: quiere que le dejen en paz».

De los campos de trigo llegaba un hedor insoportable, y la gente hambrienta se arrastraba hasta allí para cortar las espigas y comérselas, pero al no poder digerirlas morían allí mismo. Era tal la cantidad de cadáveres que se acumulaban en los campos, que los soldados de la GPU tuvieron que emplear trenes para retirar los cuerpos sin vida y cavar gigantescas fosas comunes para evitar que se propagasen enfermedades. Los campesinos que eran capturados por la GPU eran sometidos a terribles torturas en los centros de detención.

Nadezhda Alilúyeva, segunda esposa de Stalin, pidió a su marido que reconsiderase su política en Ucrania. Nadezhda se había negado a llevar la vida cómoda que le ofrecía el Kremlin y quiso ingresar en la Escuela Técnica. Allí descubrió la realidad de la miserable vida que llevaba la mayoría de la población. Sus compañeros de trabajo le hablaron de las detenciones y de los fusilamientos arbitrarios que su marido le negaba que sucedieran. Este baño de realidad unido a las continuas infidelidades de Stalin sumergieron a Nadezhda en una profunda depresión. Una noche, en noviembre de 1932, al regresar de una celebración conmemorativa del aniversario de la Revolución, Nadezhda fue hallada muerta en su habitación junto a un revólver Walther, aunque Stalin obligó a los médicos a redactar un informe en el que se informaba que había muerto de apendicitis.

El Holodomor fue silenciado en muchos países gracias al eficiente aparato de propaganda del Komintern (Internacional Comunista), que logró desviar la atención del problema y vender una buena imagen de la URSS a nivel internacional. El antiguo Primer Ministro de Francia y líder del Partido Radical, Édouard Herriot, viajó a Ucrania en 1933 para conocer de primera mano la situación, pero lógicamente las autoridades soviéticas le hicieron visitar granjas donde había comida en abundancia y los campesinos parecían felices. Sorprendido por el resultado de la visita, sus palabras fueron: «¡Pues bien, afirmo que he visto al país como un jardín a pleno rendimiento!».

Gran Bretaña, Estados Unidos y la Sociedad de Naciones adoptaron la misma postura que Francia. Tan sólo unos periodistas italianos presentes en Kharkov, Odessa y Novorossisk quisieron denunciar lo ocurrido, aunque no pudieron informar de los hechos debido a que la Italia fascista de Benito Mussolini, que en aquellos instantes estaba intentando normalizar sus relaciones diplomáticas con la URSS, les prohibió hacerlo.

A inicios de 1934, el Holodomor finalizó en toda Ucrania, Kazajastán y el norte del Cáucaso. El resultado fue que alrededor 7 millones de personas murieron de inanición, y hasta un total de 40 millones de personas en toda la Unión Soviética se vieron afectadas por la hambruna. Para muchos historiadores, el Holodomor que tuvo lugar entre 1932 y 1934 fue el mayor crimen cometido en época de Stalin y de toda la historia de la Unión Soviética, constituyendo una de las mayores tragedias humanitarias del siglo XX.

Para saber más acerca de las bondades del socialcomunismo, les recomiendo que lean ustedes:

«Las desventuras de la bondad extrema»

Mauricio Rojas expone en su libro una de las principales paradojas del marxismo: cómo la bondad extrema de los supuestos fines –la salvación de la humanidad, la búsqueda del hombre nuevo y la construcción del paraíso en la tierra–, se convirtió en la maldad más cruenta y extrema capaz de exigir cualquier sacrificio de vidas humanas para imponer el «progreso». El texto es un recorrido personal que comienza en el doloroso desengaño sufrido ante la utopía marxista y desemboca años después en la asunción personal de los principios de la democracia liberal, donde en vez de la liberación colectiva del género humano prevalecen ya los derechos del individuo, la libertad y la responsabilidad moral de la persona.

 Aquí puede descargar el libro en formato PDF.

Breve historia del fracaso socialcomunista. Por Rafael García Alonso

Por: RAFAEL GARCÍA ALONSO.

La principal seña de identidad del socialcomunismo es su carácter totalitario, subsidiario de la subordinación del individuo a la colectividad. Así, bajo el disfraz de un supuesto “bien común” se esconde la aniquilación de las personas como entidades individuales, de tal forma que bajo el yugo de un Estado con connotaciones hobbesianas los individuos se ven obligadas a renunciar a su propio proyecto vital, asentado en sus valores, motivaciones, talento y laboriosidad. En defensa de sus planteamientos el socialcomunismo ha retorcido el concepto de libertad, recurriendo a lo que Isaiah Berlin denominó “libertad positiva”, la cual conlleva la existencia de un “yo superior” que, lejos de estar doblegado por los deseos del “yo inferior”, busca la autorrealización a través de su conversión en un elemento más de una totalidad social que trasciende los límites del propio individuo. De esta forma, cuando el proyecto individual no coincide con el proyecto colectivo los socialcomunistas arguyen que ello es debido a la ignorancia, razón por la cual entienden imprescindible la reeducación del sujeto para que los objetivos de su “yo auténtico” coincidan con los del “yo colectivo”. En este escenario el Estado socialcomunista se convierte en un gran Leviatán que cercena todo tipo de iniciativa individual en aras de una suerte de “voluntad general”, nítidamente roussoniana, que en realidad no es otra cosa que la voluntad de las élites en el poder.

Evidentemente, para que esta infernal maquinaria liberticida pueda funcionar a pleno rendimiento se hace imprescindible la existencia de unas fuerzas represivo que mantenga a la población sumida en el miedo, un aparato adoctrinador y propagandístico que fortalezca el sometimiento social a su perversión ideológica  y una planificación centralizada de la economía, la cual supone, como Friedrich A. Hayek señala en su obra Camino de servidumbre, “la organización deliberada de los esfuerzos de la sociedad en pro de un objetivo social determinado”. Con este planteamiento de base, el socialcomunismo defiende la dictadura del proletariado y la propiedad estatal de los medios de producción, de tal manera que, sustituyendo al libre mercado y la competencia, debe existir una entidad única, bajo el mando del Partido Comunista, que tendrá la tarea de establecer los bienes y servicios que han de producirse, así como el coste de los mismos. La aplicación de este sistema económico ha demostrado una ineficiencia absoluta, ya que la planificación centralizada de la producción ha provocado allí donde se ha aplicado una deficiente utilización de los recursos y una falta de incentivos a la producción, determinando todo ello la desaparición de la iniciativa privada, la recesión económica y el empobrecimiento de la población.

La República Democrática Alemana (RDA) constituye un ejemplo paradigmático de lo acontecido en los países que cayeron tras la Segunda Guerra Mundial bajo la abyecta sombra proyectada por el llamado por Winston Churchill “Telón de Acero Soviético”. Así, en la RDA cada año el gobierno decidía qué y cuánto se producía, el coste de lo producido y cuanto se dedicaba al mercado interno y a la exportación, estableciendo además un determinado objetivo productivo. Sin embargo, la economía de la Alemania Oriental lejos de crecer se encogía, mientras la deuda pública aumentaba continuamente y la calidad de vida de la población empeoraba progresivamente. Sin embargo, los alemanes orientales no cabían en sí de gozo y no pudiendo soportar tan elevadas dosis de felicidad decidieron huir en masa, de tal forma que cerca de 3 millones de personas abandonaron la RDA. Como las autoridades de la Alemania Oriental no podían consentir tamaño disparate decidieron acabar con el masivo éxodo, para lo cual construyeron en 1961 el Muro de Berlín, al cual llamaron “Muro de Protección Antifascista”, ya que, como es lógico suponer, su única finalidad no era evitar la despoblación, sino proteger a los trabajadores de las garras del capitalismo. Finalmente, en noviembre de 1989, una marea pacífica de alemanes orientales derribó para siempre el muro de la vergüenza.

El fracaso económico de la Europa comunista propició que el Partido Socialdemócrata de Alemania, en el Congreso de Bad Godesberg celebrado en 1959, renunciara al marxismo y se mostrara partidario de la democracia liberal y el libre mercado. Sin embargo, probablemente debido a reminiscencias de su pasado comunista, la socialdemocracia abogó por un Estado paternalista, ignorando que, como decía Immanuel Kant, “el paternalismo es el mayor despotismo imaginable”. En consonancia con ello, orientaron sus esfuerzos en materia económica a procurar una profunda redistribución de la riqueza mediante políticas impositivas confiscatorias y un gasto público desmesurado, sin caer en la consideración de que, como muestra la “Curva de Laffer”, a partir de un determinado punto de inflexión a medida que suben los impuestos disminuye la recaudación fiscal. Generalmente se pone a Suecia como nación que ejemplifica el éxito de la socialdemocracia, pero, como demuestra con todo lujo de detalles Daniel Lacalle en su obra Viaje a la libertad económica, la realidad es muy distinta de la dibujada por los socialistas de nuevo cuño. Así, desde 1960 a 1989, con el Partido Socialdemócrata Sueco en el poder, la carga tributaria soportada por los suecos pasó del 28% al 56% del PIB.; además durante este periodo se perdieron más de 300.000 empleos privados, mientras que el número de funcionarios creció en 885.000 personas, duplicando la media de los países de la OCDE. A comienzos de los años 90, con un Gasto Público del 70% del PIB, un déficit público del 11% del PIB y una tasa de paro del 14%, la situación se tornó insostenible, de tal forma que el sistema saltó por los aires, viéndose Suecia obligada a llevar a cabo una profunda reforma económica de carácter liberal, gracias a la cual pudo revertir la situación y salir de la crisis a la que se vio abocada por la aplicación de unas políticas socialdemócratas en sí mismas autodestructivas.

No obstante, como la necedad combinada con la maldad siempre acaba renaciendo como la mala hierba, tras la desintegración de la Europa comunista, la izquierda se vio en la necesidad de reinventarse y así, en el llamado “Foro de Sao Paulo”, celebrado en 1990 bajo los auspicios de tres dictadores como Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula da Silva, nació el llamado “Socialismo del siglo XXI”. Este movimiento político básicamente consiste en la sustitución de la “dictadura del proletariado” por una “democracia iliberal”, es decir, por un sistema político socialcomunista caracterizado por el desmantelamiento del Estado de Derecho mediante el control totalitario de todos los resortes del poder, la nacionalización del tejido productivo, el dominio de los medios de comunicación y el silenciamiento o encarcelamiento de la oposición, celebrándose en este contexto procesos electorales sin ningún tipo de garantías democráticas. Con la llegada al poder en 1999 de un simio antropomorfo como Hugo Chávez, Venezuela se convirtió en el buque insignia del “Socialismo del siglo XXI”. La consecuencia de ello es que dos décadas después la situación no pude ser más dramática para los venezolanos. Así, a pesar de ser el país con mayores reservas de petróleo del mundo, nos encontramos con que, debido al desarrollo de políticas económicas de corte comunista, en el último lustro el PIB venezolano ha caído más del 50%, la tasa de paro ha crecido hasta alcanzar el 47,9%, la pobreza extrema afecta la 79,3% de la población, han emigrado más de 5 millones de personas y Caracas se ha convertido en una de las ciudades más violentas del mundo. De esta forma, se puede decir sin temor a equivocarse que Venezuela lleva años sufriendo las lacras del totalitarismo en el ámbito político y de la miseria en el terreno económico, mostrándonos así la verdadera faz del infernal paraíso socialcomunista.

El “Sanchismo” es otra cosa, es un socialismo sin anclaje ideológico, un salto al vacío, un páramo intelectual, un decorado de cartón piedra, una partitura sin pentagramas, un relato sin trasunto, un retrato desfigurado y, en definitiva, solipsismo narcisista en estado puro. Así, carente de todo principio ético y con la única finalidad de mantenerse en el poder, Pedro Sánchez ha sido capaz de pactar con comunistas desquiciados y separatistas irredentos, aprobando para ello leyes que promueven la falsificación de la historia, la eliminación del sexo biológico, la banalización de la transexualidad, la inmersión lingüística en las Comunidades Autónomas con lenguas cooficiales, ha concedido el indulto a los golpistas catalanes y ha permitido la exaltación del terrorismo etarra. A su vez, el Sanchismo ha provocado una auténtica degradación democrática mediante la politización de la Fiscalía General del Estado, el continuo acoso al Poder Judicial, el asalto a las instituciones del Estado, el control absoluto de los medios de comunicación públicos, la compra de voluntades de los sindicatos de clase a cambio de generosas dádivas y la creación de una costosísima y tupida red clientelar a su servicio. En lo que respecta a la economía los resultados de las políticas sanchistas no han podido ser más desalentadores, ya que, siguiendo unas recetas periclitadas y fracasadas, ha conjugado el Gasto Público desmedido -con el agravante de que hasta 60.000 millones de euros se han utilizado  de manera ineficiente según el Instituto de Estudios Económicos- con unas cargas impositivas desmedidas e inasumibles por los pequeños empresarios, los autónomos y los trabajadores -empeorando la situación su negativa a bajar el IVA de los alimentos básicos- de tal forma que son muchas las familias a las que no les llega el dinero para comer a final de mes. A ello, rindiendo pleitesía a las élites globalistas, debe sumarse un fanatismo medioambiental que impide la utilización de la energía nuclear a pesar de ser la energía más verde, prohíbe explorar la existencia de posibles fuentes energéticas, impulsa la destrucción de 108 embalses, lo cual no solo disminuye la producción de energía hidroeléctrica, sino que también dificulta el suministro de agua a la población, y, finalmente, pone todo tipo de trabas a ganaderos y agricultores, ahogando así al sector primario. Todo ello se corresponde con un ecologismo de salón que soslaya el empobrecimiento energético y demuestra un desconocimiento absoluto de la problemática que rodea al mundo rural. La resultante de todo ello es que, con un crecimiento económico anual prácticamente nulo como demuestran las cifras del PIB, en España estamos asistiendo a la escalada inflacionista más alta de la OCDE, a la tasa de paro más elevada de la eurozona y a una Deuda Pública que ya se sitúa entre las mayores del mundo. En función de todo lo expuesto es inevitable concluir que el Sanchismo ha deteriorado tanto la democracia, hasta convertirla en una oclocracia, como la economía, hasta el punto de sumir a más de un millón de personas en la pobreza. Mientras tanto el psicópata monclovita y su camarilla continúan disfrutando de los privilegios que el ejercicio totalitario y corrupto del poder proporciona.