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EL SEPULTURERO.

Traía en la sangre el carácter corrupto. Su padre había sido un as del fraude y por ello había muerto. Limpió un pequeño banco rural mediante artimañas contables, y huyó con su mujer a San Antonio cuando le pareció que estaban por atraparlo. Poco hábil para eludir la acción de la justicia, fue sorprendido una tarde a las afueras de su casa por ejidatarios descontentos. Lo desnudaron, lo colgaron por los tobillos de una rama y, tras propinarle un sinfín de latigazos, aderezaron sus heridas con jugo de limón. Los campesinos recibieron santo y seña sobre el paradero de sus ahorros robados, pero ello no los disuadió de consumar el linchamiento. Untaron brea en el cuerpo sangrante y le prendieron fuego. Se dispersaron al ver las patrullas que se acercaban, y que habían sido llamadas por Rayo, la esposa del desafortunado. La persecución produjo un solo capturado; los otros, con sabuesos pisándoles los talones, lograron cruzar el río y esconderse aquí y allá. Los paramédicos bajaron el cadáver del linchado y lo declararon muerto. Rayo trató de impedir que Galán viera los despojos de su padre, pero el niño contempló la masa calcinada, humeante, una imagen que se grabó en su memoria para siempre. También presenció el funeral. Le fascinó la gran caja donde yacía su padre, y admiró la pericia con que el enterrador, un viejo correoso infestado de arrugas, dispuso el ataúd en el fondo de un hoyo y lo cubrió de tierra a paletadas.

Rayo volvió a México, a la ciudad fronteriza donde había conocido a su fallecido amor. Galán extrañó San Antonio hasta que se propuso vengar a su padre, quien les había dado una vida que, aparentemente, no recuperarían con facilidad. La barbarie de los campesinos no permanecería impune. Si la policía no había hecho nada porque el delito se había cometido en el extranjero, sería preciso pagar con la misma moneda. Galán contaba quince años cuando dejó la escuela y se sumó a una partida de cosechadores de sorgo. Los extensos campos fueron su hogar durante dos meses, en cuyo transcurso trabó amistad con la mayor parte de sus colegas. Su fin era recabar información que lo llevara a los asesinos de su padre. Poco a poco se enteró del paradero de casi todos, y la adrenalina lo sometió al darse cuenta de que algunos de aquellos canallas se codeaban con él. Como su debut en el mundo adolescente lo había aproximado a barrios donde imperaba el narcotráfico, al punto consiguió una AK-47 y dos granadas de mano. Destinó una noche para masacrar a los campesinos; a la luz del plenilunio cazó a doce miserables que rogaron por su vida antes de caer barridos por la metralla, y encendió fuego a la cosecha para que las llamas envolvieran a los que corrían y calcinaran los cadáveres regados a sus pies. Huyó en una camioneta robada, que hundió discretamente en el río Bravo junto con el arma homicida.

Rayo se enteró de la desgracia y pensó que su hijo había muerto. Inquirió con las autoridades, quienes la dejaron examinar restos inidentificables. Se resignó a no ver por última vez la cara de su hijo y volvió a casa, donde dio un respingo al hallar al supuesto desaparecido en la cocina, descamisado y bebiendo cerveza. La expresión de Galán le dio a entender por qué había logrado salvarse. Tragó saliva y se retiró a su cuarto, donde rezó fervorosamente por que los campesinos no vinieran a quitarle ahora a su hijo. Pero nada pasó, salvo el tiempo. Galán alcanzó dieciocho años de edad y cobró una reputación temible en barrios decadentes. Se entregó al tráfico de drogas y empezó a conducir una pick up cargada de armamento para abastecer a cierto cártel; entonces, una madrugada fue interceptado por la policía y no logró preparar a tiempo sus armas. En la cárcel lo visitó un abogado al servicio de ciertos barones de la droga, quienes le mandaban decir que le convenía callar respecto de las actividades que le habían costado la libertad. Galán comprendió y soportó diversas torturas. Por fin, hartos de conformarse con el cuento de que las armas eran de propiedad particular y que habían sido adquiridas para la defensa doméstica, el reo fue soltado. Galán regresó a casa y halló muerta a su madre, abierta en canal dentro de la bañera. Los narcos no habían querido correr riesgos. El huérfano entendió que tenía la opción de vengarse de aquellos sádicos, pero la seguridad de que no serían víctimas tan fáciles como los campesinos lo hizo olvidar el asunto. No tenía dinero para sepultar a la muerta, así que la cremó en el horno de la casa, pulverizó las cenizas y las arrojó al viento una noche lluviosa.

Sobre su casa pesaba una hipoteca, cuyas mensualidades no se pagaban desde hacía tiempo. La visita de un funcionario bancario bastó para que Galán decidiera mudarse. Vagó un día por las calles antes de entrar en una cantina donde se solicitaba un mesero. Se entrevistó con el dueño y pasó por alto su historial delictivo; el empleador se quedó con la imagen de un joven deseoso de superarse y lo contrató. Galán sirvió bebidas el tiempo suficiente para conocer a Lori y meterse en problemas con el dueño. Una noche, tras barrer el sitio, Galán se acercó de puntillas a la caja y trató de vaciarla, pero lo sorprendió una alarma hipersensible que el mañoso dueño había instalado para esas eventualidades. El ladrón frustrado eludió un escopetazo brindado por su empleador e inició una trifulca con él; llovieron los puñetazos para ambos bandos, pero la tenacidad del contrincante joven derrotó a la furia del viejo. Galán estrelló dos sillas en la cabeza del oponente y salió por una ventana, de forma tan espectacular que los policías que se habían congregado afuera quedaron boquiabiertos. Persiguieron un rato al prófugo, y al fin, cansados de no dar con él y habida cuenta de que no había robado ni un peso, lo olvidaron.

 

Galán se refugió en casa de Lori. Ella estaba encantada con él. Siempre había adorado a los mexicanos, pero nunca había conocido a uno que la tratara como cualquier compatriota enajenado por el sexo. Galán no tenía más límite que el cansancio. Abusaba de Lori de todas las formas posibles, entre las que destacaba el juego de los insectos enfrascados, y luego, rendido por la fatiga, se echaba junto a la mujer y le pedía que le contara cosas. Ella, cuajada de moretones y piquetes de arañas, narraba detalladamente su vida en Nueva York, a merced de sus primos, quienes la violaban una vez al día. Cuando aquellos miserables acabaron encarcelados por haberse sumado a una comunidad de pedófilos recalcitrantes, ella tuvo que procurarse el sustento como pudo. Era tan bella que al punto descubrió su fortuna como prostituta; se convertía en leyenda en el centro de Manhattan cuando un cliente texano, gordo, con bigote de aguacero y acciones en la industria del petróleo, la invitó a vivir con él en su terruño. Lori lo dejó todo y siguió a Don —el texano— a una linda mansión, donde había una esposa esperando a su marido. Sobrevino un lío y las influencias de aquella mujer produjeron que la recién llegada pasara un rato en prisión. Luego quedó libre y sin dinero; volvió a la prostitución y se dejó llevar por un chihuahuense que se hartó de ella en Ciudad Juárez. Como Lori no quisiera sumarse a las muertas regadas por la ciudad, se marchó pidiendo aventón y acabó de mesera en una cantina, donde se enamoró de Galán y se prometió seguirlo para siempre.

Aquellas historias dormían a Galán. Roncaba hasta que los rayos del sol le daban en la cara. Entonces se levantaba, hacía suya a Lori y bebía cerveza para espabilarse. Al día siguiente de la refriega que sostuvo en la cantina, le dijo a Lori que ambos tendrían que hallar otra fuente de trabajo. Ella se dispuso a obedecer, de modo que Galán caviló un instante y resolvió usarla de ama de casa por un rato. Algunos contactos le permitieron entrar en una ferretería, donde despachó sin ánimo a gente que empezó a quejarse con el dueño del establecimiento. Finalmente, como siempre sucedía, Galán se metió con la caja registradora bajo la lente de una cámara de seguridad. Su jefe le dio a escoger: o retirarse previa disculpa o soportar los tratamientos policíacos. El delincuente prefirió la primera opción, se largó sin tardanza y visitó a un viejo amigo que tal vez lo ayudara a recuperarse. El amigo lo condujo ante un funcionario de la aduana, quien tomó en serio la recomendación para pagar un favor recibido hacía tiempo. Galán fue contratado, se le destinó un escritorio y se le explicaron sus funciones, que debería cumplir vestido con un uniforme color caqui. El flamante empleado se sintió orgulloso de haber conseguido un trabajo en tan poco tiempo, y al punto caviló sobre cómo triplicar el rastrero sueldo que le habían designado. Lori felicitó a su hombre, le dijo que su uniforme la excitaba y se le entregó para celebrar el acontecimiento. Galán la ató a la cama, la sodomizó y, por último, le puso en la espalda una cucharada de chocolate, junto con dos cucarachas que encerró bajo un frasco. Observó los movimientos de aquellos insectos y se excitó oyendo los gemidos de Lori, cuyo terror hacia las alimañas databa de la niñez. La idea de que algún bicho le perforara la piel y acabara en sus entrañas le destrozaba los nervios. Pero a Galán le gustaba hacerla sufrir, y se complacía en ahondar sus miedos en beneficio de su propia tranquilidad.

Pasó lo de siempre. Gente que rehusaba declarar ciertas cosas se coludió con Galán para que nadie levantara la voz. El funcionario corrupto recibía a los sinvergüenzas y, sin decir palabra, abría un cajón del escritorio, donde caían sobres repletos de dólares y alhajas auténticas. Falluca y drogas entraron en México gracias a Galán. La administración empezó por sospechar de él, y finalmente echó a andar una estratagema que rindió los frutos esperados. Un policía vestido de civil encaró a Galán y lo movió a realizar su habitual corruptela. En cuanto una placa salió a relucir, el delincuente se abrió paso a codazos y llegó hasta la salida, donde media docena de agentes lo sometió a punta de pistola y de cachiporrazos. Galán recobró el sentido en la cárcel; fue enjuiciado con rapidez y sentenciado a disfrutar la sombra durante casi dos décadas.

Lori equiparó la suerte de su amante con el fin del mundo. Se sintió desamparada, y a punto estuvo de perder la razón cuando supo que esperaba un hijo. Como al visitar a Galán lo hallaba con cara de pocos amigos, calló lo del embarazo, pero tras cuatro meses el propio recluso hizo preguntas. Se puso violento al suponer que Lori se había entregado a otro, pero la intervención de dos guardias y los juramentos de la mujer lo convencieron de que pronto sería padre de familia. Lori sólo quería saber cómo subsistiría sin la ayuda de su hombre.

—¿Acaso estás tullida o algo así? —bramó Galán—. ¿No eres capaz de conseguir trabajo?
Aquel tono de voz era severo y burlón a partes iguales. Lori lloró por su causa, y con tal de evitar otros comentarios aseguró que se las arreglaría para salir adelante por cuenta propia.
—Más te vale —dijo él—. Cuando salga de aquí, querré ver a mi hijo esperándome a las puertas de este agujero. ¡Si te atreves a irte con otro, te buscaré hasta encontrarte…!

Una cachiporra acalló sus alaridos. La visita había terminado. Lori se fue sin saber qué haría. En su casucha ojeó un periódico; los anuncios clasificados demandaban personal femenino instruido, no chicas crecidas al amparo de la depravación y la falta de reglas. Sólo un anuncio resultó prometedor. Lori llamó e hizo una cita para el día siguiente. Hablaría con la dueña de un pequeño salón de belleza, donde se necesitaba a una criada. Para eso no hacía falta ni saber leer.

Galán intentó acostumbrarse a su vida de reo. No era aquélla la primera vez que residía en una prisión, pero jamás le habían tocado instalaciones tan truculentas. Pensar que pasaría años en condiciones infrahumanas lo enloquecía paulatinamente. Compartía la celda con un chicano rarísimo, que le hablaba sin cesar a una estampa percudida donde figuraba un presunto santo. Galán lo toleró algunos meses, hasta que se hartó de escuchar a diario las mismas retahílas salpicadas de fragmentos de oraciones y otras incoherencias. Aguardó que el chicano se durmiera y le robó la estampa, que rompió en pedazos cuyo destino fue el retrete. A la mañana siguiente, el chicano sufrió un colapso nervioso y atentó contra Galán, quien se defendió a puñetazos. Dos guardias los separaron. El chicano, inconsolable, acabó en la enfermería, con el rostro amoratado y las cejas rotas. Le daban puntadas cuando vio de refilón un escalpelo. Nadie lo vio tomarlo y fue tarde para impedir que se lo clavara en el corazón. Galán fue culpado del incidente, pero su sentencia no fue incrementada. El asunto se consideró una típica reyerta entre internos y se olvidó a la larga.

Sin embargo, el brutal reo volvería a compartir la celda, ahora con un liberiano renegrido llamado Craig. Era tranquilo. Prefería no meterse con nadie con tal que le redujeran la sentencia por buen comportamiento. Galán lo encontró más soportable que el chicano y entabló con él una estrecha camaradería. Con el tiempo, las pláticas entre ambos fueron particularmente instructivas para Galán. Se enteró de que Craig había pasado años en Haití, de donde había salido por piernas para evitar que lo convirtieran en zombie, preludio a toda una vida de esclavitud en una plantación. El arte arcano que permitía criar muertos vivientes fue sólo una de las cosas que Craig aprendió en aquel país; llegó a dominar otros ensalmos sumamente efectivos. Cuando Galán le propuso que invirtiera sus conocimientos mágicos en sacarlos del muladar donde languidecían, Craig respondió que nunca había podido dañar ni a una mosca.

—Soy hombre de paz —dijo—, y te repito que debo portarme bien para estar menos años aquí.
—Yo no tengo tanta paciencia, Craig. Necesito tu ayuda. ¿Qué se necesita para convertir a alguien en zombie?

El negro pecó de ingenuidad. Detalló el procedimiento sin sospechar que su compañero pretendía usarlo como conejillo de indias. Galán, por carta o en persona, encargó a Lori que consiguiera diversos ingredientes a cuál más estrambótico. La chica, cerca de dar a luz y agobiada por la carga de trabajo, gastaba lo poco que ganaba en los mejunjes que le solicitaban, y los introducía en prisión tras sobornar a un par de guardias. Fueron formidables los juegos de manos con que Galán adulteró la bebida de Craig, quien no se quejó para evitarse sinsabores. Ingirió varias dosis de una rara sustancia antes de perder el juicio. Si había distintas categorías de zombies, él se inscribió en la de los violentos. Una mañana, mientras los internos erraban por el patio, se dedicó a babear, lanzar alaridos y atacar a quien le quedara a la mano. Arrancó una oreja y una nariz, y estaba por aferrar a un enano de ojos saltones cuando lo abatieron a tiros. Cubierto de orificios sanguinolentos, se aquietó al fin; los paramédicos evitaron formalidades y lo sepultaron enseguida, en un terreno miserable ubicado a las afueras de la prisión. Galán quedó maravillado y se dispuso a trastornar a los guardias para que nadie le impidiera escapar.

Mientras él planeaba cómo disolver su pócima en la comida de los guardias, Lori pujaba para expulsar a un niño. Se hallaba en el trabajo cuando le sobrevinieron los dolores del parto. Las clientas del salón se enternecieron y movieron influencias para que la parturienta diera a luz en una clínica. La ayuda fue efectiva y la madre alumbró en condiciones saludables. Tuvo un niño rubicundo, muy pesado para un recién nacido. Lori lo cargó y, bañada en lágrimas, se juró que sería una madre ejemplar, lo que entrañaba anteponer las virtudes a las pasiones. En cuanto terminó de convalecer, visitó a Galán y le presumió a su hijo. El delincuente lo encontró hermoso y pidió que le permitieran cargarlo. El permiso fue denegado, y de las discusiones subsiguientes obtuvo un surtido de patadas. Lori estrechó al niño contra su pecho y se fue, sollozando.

Galán supo cómo salirse con la suya. Empeñado en regenerarlo, el director de la prisión arregló que lo metieran en un curso de repostería. Al principio, el reo se negó a aprender, pero cuando lo dejaron solo para preparar la masa concibió un tremendo plan. Elaboró el inmenso pastel con que los internos obsequiarían al director el día de su cumpleaños. Entre reclusos, guardias, enfermeros y personal administrativo, el patio se llenó. El director probó el pastel y le pareció bueno, aunque un poco amargo, y se remangó antes de partir tantos pedazos como fuera posible. Galán se limitó a observar, y al rato quedó maravillado y horrorizado, atestiguando los cambios que se operaban en quienes degustaban su obra. Reinó la confusión a causa de las bestias. Se atacaron unos a otros, la sangre comenzó a esparcirse por el suelo. Galán eludió a un enajenado que ansiaba sacarle los ojos y alcanzó una torre de vigilancia, donde un solo guardia se había perdido un trozo de pastel. Galán se le echó encima, le arrebató el rifle y un manojo de llaves y desanduvo sus pasos, dejando al desafortunado a merced de un par de brutos antropófagos.

Galán repartió balazos en su camino a la puerta principal, que abrió no tanto gracias a las llaves como a la suerte. Cerró tras sí y se echó a correr bajo el cielo crepuscular, mientas allá atrás evolucionaba una matanza demencial entre seres semihumanos, que acabaron despedazándose antes de que el problema llamara la atención. En casa, descamisado y bebiendo cerveza, Galán se puso a ver un noticiero, y entonces notó las consecuencias de su fatídico plan. Se sintió aliviado porque nadie lo acusaría, y aun supuso que lo considerarían muerto, acaso devorado por los demás, de modo que sin duda no sería buscado. Tal fue el relajamiento que le sobrevino, que se durmió inadvertidamente. Abrió los ojos al escuchar que tocaban a la puerta; como era improbable que Lori hubiera olvidado las llaves, debía de tratarse de un visitante no deseado. Galán se armó con un cuchillo y se acercó a abrir. Abrió la boca para gritar, pero ni un solo ruido salió de su garganta. Vio a Craig en el umbral, cubierto de gusanos de pies a cabeza y con los ojos inyectados en sangre. Despertó sobresaltado y dejó escapar un grito. Seguía echado en el sofá, y ahora escuchó que alguien abría la puerta. Pálido y tembloroso, intentó correr hacia cualquier parte, pero el horror lo dejó inmóvil. Se calmó al ver a Lori.

Galán tuvo que contarle lo que había pasado y Lori le juró que por nada del mundo lo denunciaría. Acordaron vivir en paz de entonces en adelante. Él trabajaría en algo que no despertara su avaricia y ella se dedicaría a cuidar al niño. El día en que Lori renunció al salón de belleza, Galán fue contratado para reemplazar al antiguo sepulturero del pueblo, quien había contraído una infección al disponer de varios cadáveres traídos de la prisión. Galán no se ocuparía de enterrar cadáveres mordisqueados y malolientes. Con el paso del tiempo se limitó a enterrar ancianos, drogadictos infartados y niños muertos al nacer. Era una labor poco redituable, pero que demandaba una dedicación que la volvía noble. Galán comenzó a sentirse una especie de ciudadano modelo, designado para hacer un trabajo benéfico para la sociedad. Aprendió a resistir la tentación de cometer tropelías y se encariñó con el cementerio, a grado tal que combinó sus funciones de enterrador con las de jardinero y grabador de lápidas. Le fascinaba descansar en una de éstas al atardecer, al amor de un cigarrillo y el frescor del viento. Luego, cuando la noche se cernía, encendía un quinqué y hacía una ronda entre las tumbas. Cuadro tenebroso. Se detenía de cuando en cuando para recoger gusanos y encerrarlos en un frasco.
Es que Galán retomó la costumbre de aprovecharse de Lori. Su rechazo al delito no había incluido olvidar el sufrimiento que siempre le había gustado infligir a su mujer. En cuanto Oriol, su hijo, se quedaba dormido, retorcía un brazo de Lori para sujetarla a la cama, y luego de poseerla la colmaba de gusanos y tierra del cementerio. Las bestezuelas hacían su labor típica, pretendiendo devorar aquella piel hasta dejar los huesos al descubierto. Amordazada, Lori sólo podía gemir rabiosamente, tratando de conmover a Galán. Era inútil. Él decidía cuándo suspender su manía, a fin de impedir que algún gusano penetrara donde no debía. La persistente costumbre de Galán hizo que Lori pensara en abandonarlo; se negaba a que Oriol aprendiera prácticas viciosas, preludio a una vida consumida entre crímenes y visitas a prisión, como había sido la de su padre. Mientras afinaba detalles de su plan de evasión, notó que Galán cambiaba, aunque no para bien. Era evidente que perdía la razón a marchas forzadas. Se habituó a verlo pálido, temblando, con la boca entornada y la respiración arrítmica. Tenía miedo.

No era para menos. Las visiones de Galán se habían incrementado. Ya no estaba solo en el cementerio. Craig reapareció, pero ya no en una pesadilla. Enfrentó a Galán y quiso decirle algo, aunque de su boca sólo brotó una ristra de sonidos inarticulados, combinada con salivazos y gusanos masticados. Galán corrió lanzando gritos, tropezó con una lápida y se golpeó la cabeza al caer. Se recuperó del desmayo y se vio en medio de tinieblas. No sabía dónde estaba el quinqué, así que anduvo braceando hacia donde dejaba sus herramientas de trabajo. En el transcurso de su vagabundeo, sintió que lo tocaban y empujaban, y oyó otros galimatías, pronunciados por más de una persona. Cuando al fin encendió el quinqué, lo paseó a su alrededor y la mortecina luz puso ante sus ojos las figuras putrefactas y agusanadas de sus antiguos compañeros de la prisión. Incapaz de hablar, dio un paso al frente y cayó sin sentido. Despertó y notó que era de día. Estaba solo, pero no pudo dudar que la víspera había tenido una experiencia real, no un sueño. Durante días fingió que todo estaba bien; siguió mancillando a Lori y cavando tumbas, tratando de convencerse de que sus nefandas visiones se extinguirían tan repentinamente como habían aparecido. Finalmente, tras una noche donde los espectros lo asediaron con singular tesón, se dedicó a exhumar las tumbas de los antiguos habitantes de la cárcel, para cerciorarse de que alguna vez los habían inhumado. El problema fue que un cortejo, listo para dar el último adiós a un prominente personaje local, pilló al demente en sus actos profanadores. Las autoridades se presentaron y no pudieron calmar al hombre por las buenas; dando mandobles con la pala, Galán trató de repeler el avance de los policías, a quienes veía bañados en gusanos. Fue necesaria una bala para apaciguar al loco. Su cuerpo, cuya cabeza lucía ahora un agujero de notable diámetro, fue enterrado en un rincón, sin lápida.

Lori se enteró de lo sucedido y resopló. No pasaría más noches espantosas. Comenzó una vida tranquila, trabajando como cocinera en una casa y cuidando que Oriol creciera como un niño normal. Lo alentaba a estudiar, relacionarse con niños más o menos tranquilos, asistir a misa domingo a domingo y evitar el cementerio. El muchacho creció en paz, descolló en los estudios y, cuando terminó la preparatoria, decidió convertirse en ingeniero. Le parecía una noble profesión. Su madre esperó que estudiara la carrera en la universidad local, pero él había diseñado otros planes: viajaría a la capital para asegurarse mejores oportunidades de trabajo. La separación fue desgarradora para Lori; se calmó apenas al escuchar la promesa de que sería visitada tan frecuentemente como fuera posible. Oriol hizo el viaje con un amigo; ambos rentaron un departamento diminuto y empezaron a adaptarse a la vida de la megalópolis. Combinaron el estudio con el esparcimiento y consiguieron sendas novias. La de Oriol se llamaba Virginia, y era tan conservadora que desde el principio exigió conocer a quien, con suerte, acabaría siendo su suegra. Oriol no tuvo inconveniente y prometió que en su próximo viaje al norte iría acompañado. Mientras se acercaba ese momento, empezó a recibir cartas desalentadoras. Al parecer, Lori había enfermado por culpa de la soledad; no podía concebirse otra causa, dado que físicamente parecía estar bien. Las cosas que escribía se antojaban salidas de una mente deteriorada. ¿Podía creerse que recibía visitas nocturnas de alguien que ya no podía visitar a nadie? Oriol lloró al concluir que su madre había enloquecido. Habló con Virginia y le dijo que aún no viajarían juntos, pues él quería encargarse a solas de asegurar el bienestar de su madre. Desoyó las protestas de la otra y partió.

No pudo haber imaginado lo que encontraría. Lori siempre había sido discreta respecto del estilo de vida a que Galán la había sometido. Oriol llegó a la vieja casa y la encontró decadente. No había sido adecentada desde hacía meses. Era obvio que la enfermedad se había adueñado por completo de la ocupante. Oriol se encaminó al cuarto de Lori, entró cautelosamente y fijó la vista en la cama. Ahí estaba ella, tendida cuan larga era, con los ojos cerrados y cubierta hasta el mentón por una manta. Oriol trató de despertarla verbalmente, pero no obtuvo respuesta. Tocó una frente helada, y al querer percibir una respiración retrocedió espantado. Empezó a llorar. Se sentó en una silla y contempló la mórbida escena. Entonces le pareció que se había equivocado, que su madre vivía. Sí, debía de querer sacar una mano para estrechar la de su hijo. El movimiento de la manta no dejaba lugar a dudas. Oriol se acercó ansiosamente y descubrió el cuerpo de su madre hasta la cintura. El horror sustituyó a su esperanza.

Del cuello hacia abajo, el esqueleto de Lori había sido totalmente descarnado por miles de gusanos famélicos.

 

AUTOR: Underhersoles

LA «LUMI», EL POLÍTICO Y EL CHOFER.

 

Amanda, una prostituta que trabaja en el parque del retiro, es una mujer de 25 años de hermosas formas y mirada triste, esta casada y es madre de dos hijos.

De repente ve como se acerca un coche, una limusina, los ojos de Amanda brillan ilusionados, si se lo trabajaba bien, no tendría problemas en todo el mes.

Para su sorpresa, bajó Pedro, uno de los gobernantes del país que lo único que hacia era reprimirla.

-¡señorita! Debería irse usted y todas las demás de aquí, esta prohibida la prostitución – decía Pedro.

Amanda no creía lo que decían, ¿prohibida la prostitución? Con cierto temor preguntó él porque.

-¡porque atentan contra su dignidad como mujeres! Señoritas, ¿usted no se siente vejada en este trabajo? – decía Pedro.

-s-si – dijo Amanda con lagrimas en los ojos – la única cosa bonita que oí en mis siete años de trabajo son «sigue chupando así y te pagó el doble».

-pues no se preocupe señorita, con el fin de la prostitución, su dignidad de mujer volverá a lo que era, ya no será un objeto usado que solo se abre de piernas por un billete, ya sus hijos no les llamaran hijos de puta, ya su marido no tendrá que aguantar el peso de su cornamenta, gracias a mí, tendrá un trabajo decente – decía Pedro.

-si ya lo tengo, de día me dedico a fregar los suelos del gran hotel y solo con esto no llego – decía Amanda.

-que su marido trabaje – decía Pedro.

-si le echaron de la obra hace cinco años y no para de buscar trabajo, pero los del INEM no le encuentran el perfil – decía Amanda llorando.

-pues exija aumento de sueldo en el hotel – decía Pedro sonriente.

-¿para que me echen? ¿Con la cantidad de chicas que desean mi puesto? ¿Acaso quiere que juegue con el pan de mis hijos? – decía Amanda.

-vaya, ya se el motivo, usted esta en manos de la mafia, no se preocupe, si testifica, nosotros la protegeremos hasta el juicio – decía Pedro.

-¡no estoy en manos de una mafia!, ¡Estoy aquí porque necesito dinero! – decía Amanda disgustada.

Un cliente iba a requerir los servicios de Amanda, pero Pedro lo espanta bajo amenazas de multa y prisión.

-¡Joder! ¡Yo que necesitaba desahogarme porque mi jefe no para de darme por el culo! – decía el cliente.

-además hago un servicio social, ese hombre le rechazan todas las mujeres ¿cómo va a desahogarse? ¿Violando estudiantes? – decía Amanda furiosa por la perdida de su cliente.

-para eso esta su mano y la tele y los videojuegos y nuestras excitantes campañas políticas – decía Pedro sonriente.

-en vez de apartarnos, ayúdenos, AYUDENOS A DEJAR ESTE TRABAJO DE MIERDA – decía Amanda llorando.

-no puedo, no hay presupuesto – decía Pedro encogiéndose de hombros.

La cara de Amanda quedó con una mueca de sorpresa ¿no puede?.

-¿y los 30.000 millones de euros que dan a los bancos? – preguntaba Amanda.

-ese dinero es necesario para salvar a la banca y que la banca arregle este pequeño crecimiento negativo económico temporal – decía Pedro.

-multidimensional de los pépticos omega alfa Orión veis, ¡llámelo crisis como todo el mundo! – decía disgustada Amanda.

-bueno, esta claro que sois lo que sois, deshechos sociales antihigiénicos que no tienen pizca de dignidad, vamonos Bongo ¡y como lleguemos tarde para acosar sexualmente a mi secretaria te bajo el sueldo otra vez! – decía Pedro.

-¡alto ahí! ¡Págueme lo que me debe! – gritaba Amanda.

-¿deberle? ¿Deberle que? – preguntó Pedro.

-¡la hora de murga que me ha dado y lo del cliente que me ha espantado! ¡Son 80 euros! – decía Amanda.

-lo descontare de sus impuestos – decía Pedro quitándole hierro al asunto.

Pero Amanda tocó un silbato y prostitutas de todas las edades, razas y nacionalidades rodearon el coche de Pedro.

-¿qu-que significa eso? – preguntó Pedro asustado.

-bueno, somos el sindicato de prostitutas ¡a el! – gritaba Amanda.

Todas golpearon a Pedro como si fuera un saco de boxeo, mientras lo golpeaban le caían billetes de 500 euros, a medida que las chicas lo cogían, Pedro gritaba.

-¡nooo! ¡Es para el hotel donde me esperan cuatro prostitu…. estoooo, cuatro embajadoras tailandesas ¡es dinero del estado!

Bongo, el conductor huyó del lugar con una sonrisa, dejando a Pedro en la estacada mientras llamaba por el móvil a la mujer de Pedro diciendo que tendrían toda la semana para ellos.

AQUELLA FATÍDICA NOCHE.

Querida Bella, hace 2 años ligué. Pero no de esa manera patética que tengo de hacerlo, sino por la puerta grande.

Aquella fatídica noche conocí a un bombón que se llamaba Paula. Era una chica sacada de una revista erótica. Una de esas con la que fantaseas todas las noches y que se ves en la calle no te la quitas de la cabeza en seis meses. Paula. Paula se llamaba. Vivíamos en el mismo bloque. Se había mudado hace poco al 8ºD.

Recuerdo que aquella noche pude verla observándome mientras yo bailaba haciendo el «ganso» en la discoteca. Recuerdo cómo se acercó a mí. Como me sonrió. Como se giró. Como me fustigó con su larga y bienoliente melena. Como se me metieron sus pelos en mi ojo y como lloré de dolor. También recuerdo que por un motivo inexplicable en mí conseguí mantener una conversación simpática y que mientras lo hacía notaba algún que otro retortijón.

Como de una nube caí en la realidad que me llevaba a su casa.

– ¡Chavalote hay que cumplir!¡Hay que cumplir!- me dije a mí mismo.

Me invitó a una copa que no me supo a nada. Mientras ella me hablaba cariñosamente agarrada, yo intentaba repasar mentalmente todo lo que había aprendido en 10 años de consumo compulsivo de pornografía. Mi gran maestro, Rocco Sifreddi, me lo había enseñado todo.

En un momento dado, pasó por mi mente el chino de karate kid diciendo: «dal cela, pulil cela dal cela, pulil cela» ¡Lárgate de aquí, cabrón!

Me despertaron de mis cavilaciones, o mejor dicho, mis alucinaciones, unos besos que Paula comenzó a darme en el cuello. Me temblaban las piernas. Se me salía el corazón. Nos íbamos a dar un beso.

-A ver, ¡repasa!- pensé -Posición de los labios. Perfecto. ¿Cantidad de saliva? Bien, bien. ¿Movimiento? Suave y constante. Mano derecha pecho izquierdo, mano izquierda cachete derecho. Todo genial. Perfecto.

Pero de pronto se me encendieron todas las alarmas. ¡Luz roja luz roja! ACUMULACIÓN PELIGROSA DE GASES.

¡Dios mío! Creí que se me iba a escapar el pedo más grande jamás tirado.

-Paula cariño -dije con los ojos achinados y una voz que intentaba disimular el esfuerzo- ¿puedo ir al baño?
– Sí claro, en el pasillo. Segunda puerta a la derecha.

En un último esfuerzo esbocé una sonrisa mientras me dirigía al baño en un paso que se convertía en carrera tras un nuevo retortijón.

Tras varios minutos de descarga y concierto de corneta comencé a recuperar el color y a recordar dónde estaba. Y lo que era más importante, con quién estaba.
Reparé en aquellos momentos en el olor nauseabundo que había creado en aquel pequeño cuarto de baño, pero me volví a relajar cuando vi que tenía ventana y había un bote de desodorante. Además, pensé, estaba en la otra punta de la casa.

Cuando terminé de reflexionar tomé un trozo de papel higiénico y me dispuse a limpiar aquello que siempre hay que limpiar después de hacer una visita al señor Roca, cuando mi mirada fue a parar a mis calzoncillos.

Aquello no era la simple y típica zurrapilla, ni tampoco un pedo sucio. Aquello era una real cagada en mis calzoncillos.

-¿Y ahora qué hago?¿Qué hago? ¡Lavarlos!-exhorté. Pero aquello era demasiado espectacular como para quitarlos con un poquito de agua. Con la tensión por las nubes y las pulsaciones disparadas no podía pensar.

-Céntrate-pensaba-tienes que deshacerte de ellos.

Por una ventana del 8º piso salieron unos slip volando que cayeron en el ojo-patio.

Intentando mantener la dignidad y no hacer mucho ruido lavé mis posaderas en el bidé de aquella casa.

-¿Y ahora que hago? Si me pongo los pantalones va a pensar que soy un guarro. Un tío sin calzoncillos…- pensé- ¡Iré desnudo! Si ahora llego en bolas lo mismo se me pone como una moto.

Me quité el resto de la ropa y salí del baño pensando que era la decisión acertada. Mientras iba por el pasillo iba diciendo: «¡Paula cariño, ya vuelvo!»

Antes de llegar al salón dejé toda la ropa en el suelo y de un salto como si de un equilibrista se tratase entré en el salón con los brazos abiertos, ante el asombro de Paula, Don Antonio (su padre) y Doña Elvira (la madre).

Nuevamente noté los retortijones y sentí que las piernas me fallaban. Sin mediar palabra giré sobre mis pies y me agaché para recoger la ropa ante la incredulidad de los tres, pero con tan mala fortuna que al flexionar el tronco se escuchó como un melódico y sonoro ¡Prrrrt! salía de mi culo.

Tras decir un tímido «losiento» y un «buenasnoches» salí de aquella casa y bajé a toda prisa 4 plantas. Yo vivía en un 3º pero era tal las sensaciones que se agolpaban en mi cabeza y en mi pecho que sentía las piernas paralizadas. Me apoyé de espaldas a la pared mientras trataba se serenarme tomando largas bocanadas de aire.

Pero aquella noche no podía terminar así. La puerta del 4ºC se abrió y apareció Dña Paca una mujer de 76 años, que como supe después, acostumbraba a pasear de madrugada. Esta mujer al verme abrió mucho los ojos, hizo un ruido extraño y cerró la puerta. Tras lo cual se escuchó un golpe seco, que imagino era la cadera de Dña Paca que se había roto al caer.

Tenía que llegar a mi casa. Bajé sigilosa pero velozmente la escalera y saqué la llave de mis pantalones en cuanto llegué a mi puerta.

Debido a mi desconcierto no había escuchado que el ascensor estaba funcionando y que se paraba en mi planta. Y que se abría la puerta. Y que por ella salía mi vecina Mari carmen, que volvía de la juerga.

Tras la sorpresa inicial, fijó su mirada en mi pajarito que tras lo vivido aquella nochecita se había encogido, casi escondido (no recobró su aspecto hasta varios días después). Pues bien, tras echar un vistazo comenzó a reírse sonoramente señalando aquel tímido indicio de hombría.

Aquella fue la peor noche de mi vida. Y la mañana siguiente la más agitada del bloque desde el incendio del 74, ya que Lourdes, la del 6ºB encontró una bola de mierda envuelta en unos calzoncillos en la ventana de su dormitorio. A Dña Paca tuvieron que llevarla al hospital con la cadera rota y una angina de pecho después de que un pervertido desnudo le atacara al salir de casa. Y los Rodríguez, una familia que a pocos les dio tiempo conocer, abandonaron la casa precipitadamente ese día.

Ya no volví a saber nada de Paula y he intentado olvidar aquella noche. Tan solo la sonrisa burlona de mi vecina Mari carmen me recuerda cada día que aquella noche viví una Pesadilla.

«LOS SANTOS DE FRANCIA» de JUAN VALERA

 

Haciendo una limpieza exahustiva por un armario empotrado de mi casa, en un altillo, encontré varias cosas de cuando iba al «cole», cosas que creia perdidas.

Y entre ellas, un libro, bastante hecho polvo por cierto, con pequeñas narraciones, extractos de obras, cuentos, etc., que se usaban sobre todo, para las clases de lectura y volvian a servir, posteriormente, para hacer análisis sintacticos en clase de gramática.

Y los hay cachondísimos, como este del escritor español del siglo XIX, JUAN VALERA, títulado «Los santos de Francia».

Jis jis jis, como puede cambiar una persona según viva en un ambiente u otro, n’ est ce pas?, aquí queda claro.

LOS SANTOS DE FRANCIA

Por: Juan Valera

En una de las mejores poblaciones de la Mancha vivía, no hace mucho tiempo, un rico labrador, muy chapado a la antigua, cristiano viejo, honrado y querido de todo el mundo. Su mujer, rolliza y saludable, fresca y lozana todavía, a pesar de sus cuarenta y pico de años, le había dado un hijo único, que era muy lindo muchacho, avispado y travieso.

Como este muchacho estaba mimadísimo por su padre y por su madre, era harto difícil hacer carrera con él. A pesar de su mucha inteligencia, a la edad de diez años, leía con dificultad y al escribir hacía unos garrapatos ininteligibles. Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario. Cuantos le conocían le reían los chistes y ponían su ingenio por las nubes, con lo cual al rico labrador se le caía la baba de gusto.

-¡Qué lástima, decía, que este chico se críe cerril en el pueblo, sin hacer más que jugar al hoyuelo, a las chapas, al toro y al salto de la comba, con todos los pilletes! Si yo le enviase a un buen colegio, en una gran ciudad, sin duda que volvería hecho un pozo de ciencia, sería la gloria y el apoyo de mi vejez y serviría y honraría a su patria.

Tanto caviló en esto el labrador, que al fin, sobreponiéndose a la pena que le causaba el separarse de su hijo, le envió a que estudiase en París nada menos.

Seis años estuvo por allí estudiando en uno de los mejores colegios primero y después en la Sorbona.

Como él era, naturalmente, muy despejado, aprovechó mucho, y volvió a casa de sus padres sabiendo cuanto hay que saber, y además elegantísimo y atildadísimo: hecho un verdadero dije; lo que ahora llaman un dandy, un gomoso.

El padre y la madre estaban más encantados que nunca. Sólo no gustaban de cierto irreverente desenfado que el chico tenía y de que daba muestras a cada paso.

Iba a entrar o a salir por una puerta, y exclamando:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní-, pasaba antes que su padre.

Hablaba su padre y le interrumpía, y no le dejaba hablar, diciendo:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

Se ponían a la mesa y se servía antes que su padre y madre, tomando lo mejor de cada plato y diciendo siempre:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní. *

El padre disimuló al principio, ya que por todo lo demás el muchacho le embelesaba: pero, al cabo, hubo de cargarse, perdió la paciencia, y dijo al chico con grande enojo:

-Mira, hijo mío, vete muy enhoramala y no me invoques ni me mientes más en tu vida a esos santos de Francia, que serán muy milagrosos, pero que están infamemente mal criados.

 

* En Francés «Sans façons, sans compliments, sans cérémonies» = Sin cumplidos

 

¡LO QUE YO HUBIERA DADO POR SER HIJO ÚNICO!

 

Ya sé que hay, gente que anda por ahí diciendo que es maravilloso criarse en una familia numerosa….. ¡Hay que ser gilipollas…! Lo mejor es crecer siendo hijo único. Bueno, yo creo que el Fary se hubiera conformado con crecer.

En el colegio, a un hijo único se le reconocía en seguida por dos cosas: la paz interior… y la ropa de su talla. ¡Que es muy humillante que le calculen a uno la edad por las rayas del dobladillo, como si fuera un alcornoque!

Además, en una familia numerosa la infancia es un coñazo, porque normalmente los padres, si eres hijo único, te huelen el culo para ver si te has cagado, pero en una familia numerosa, como sois tantos, no se preocupan en mirar uno por uno a ver quién ha sido. En cuanto huelen algo, ¡tooooodos a la bañera! ¡Que mi casa parecía una piscifactoría!

Y todavía hay gilipollas que dicen que en las familias numerosas todo son ventajas: ‘Huy, además, si eres el pequeño es un chollo, porque cuando te llega la ropa del mayor, vas otra vez a la moda’.En mi época, la moda era hacer la comunión vestido de marinero. Y sí, yo fui de marinero, pero de marinero de la Primera Guerra Mundial. Es que lo heredas todo. Y es muy duro ver a tu madre acercarse por la noche a la cama de tu hermano mayor:

– Cariño, quítate los calcetines, que se los van a dejar los Reyes a tu hermano Emilio.

Y eso si tienes hermanos, porque si lo que tienes son hermanas mayores, tú pides un Geyperman y te regalan una Barbie con el pelo cortado y una barba pintada. Que nada más verlo, ibas todo preocupado a decirle a tu madre:

– Mira mamá, creo que mi Geyperman está echando caderas.

Y luego está lo de la habitación. Lo mío no era una habitación, era un barracón militar. Había tantas literas que parecían estanterías…. Mi madre nos organizaba por orden alfabético, como los libros. Y cuando quería sacar a uno, se iba a las literas:

– Carlos, David, Elías, Fernando… ¡Huy…! ¿Y Emilio? ¡Cariño…! ¿Hemos prestado a Emilio?

Pero lo peor era lo del baño. Había que hacer turnos de quince minutos. Y como siempre había dos o tres hermanos en la edad del pavo, para que no hubiera atascos mi madre tenía que poner bromuro en el Nesquik. Lo que no sé es cómo llegamos a ser tantos, porque mi padre también tomaba Nesquik.

Y en el colegio es un infierno. Porque cargas con la fama de tus hermanos mayores: y si han sido unos macarras, la has jodido. Pero si han sido unos empollones, la has jodido más. Llegas allí, el primer día, y el profesor:

– ¡Aaaaah….! Aragón… ¿Tú no serás hermano de Fernandito?

– Sí, .señor… sí.

– Pues tu hermano era un estudiante ejemplar. Espe ro que sigas sus pasos…

Que tú piensas: ‘Pues seguro, porque llevo sus calcetines…’. Pero, además de la fama, de los hermanos mayores también vas heredando los libros. ¡Subrayados! Que es una putada, porque como el primero subraye mal, suspende toda la familia. Aunque peor que eso es que tu hermano mayor se haya enamorado de Pili, y tengas todo el libro lleno de corazones:

‘Pili,Pili, Pili’… Lo tienes que arreglar de alguna forma.. Así que pones en todos: ‘Pili-la’. Y, claro, el que lo tiene chungo es el hermano siguiente, que tiene el libro lleno de corazones que ponen ‘Pilila’.¡Y a ver cómo explica eso…! .

Y ustedes dirán: ‘Bueno, hombre, lo de heredar los libros, chungo, pero, a cambio, también heredas las revistas guarras….’. Ya, pero es que la que viene en pelotas es Mayra Gómez Kemp.

Luego hay listos que dicen: ‘Lo bueno de la familia numerosa es que puedes meter a la novia en casa y, entre tanta gente, nadie se entera’. ¡Serán gilipollas…! ¿Y de qué te sirve meterla en casa, si luego no tienes dónde…. meterla?

‘Y lo peor de todo son los telediarios. Estáis allí sentados los diez hermanos y, de repente, dicen: ‘Dos de cada diez jóvenes consumen drogas en fin de semana’.

Y tu padre:

– ¡Castigados todos, hasta que confiesen los dos!

‘Cuatro de cada diez jóvenes pierden la virginidad antes de los 18’.. Y tu madre:

– ¡Ah! ¡La canguro no vuelve por casa!

Bueno, me acuerdo un día que dijeron en la tele: ‘En España, uno de cada diez hijos es fruto de la infidelidad’.

¡Y el pelirrojo se llevó una hostia….!

EL PARTO DE UNA LAGARTIJA.

 

Si

Si has tenido niños, (o eres uno), y has sufrido el «síndrome del veterinario», incluyendo algún funeral en la taza del water por un pez de colores, esta historia te hará reír a carcajadas!

Esto fue lo que ocurrió:

Una noche, justo después de cenar, apareció mi hijo para decirme que a una de las dos lagartijas que tenía prisioneras en su habitación le pasaba algo raro.
«Está tumbada y parece enferma» me dijo. «te lo digo en serio, papi. ¿Me puedes ayudar?»

Puse mi mejor cara de sanador de lagartijas, y le seguí hasta su habitación. Efectivamente, una de las dos lagartijas estaba tumbada boca arriba, y parecía muy nerviosa. Supe inmediatamente qué hacer.

«Cariño, ven y mira la lagartija» «¡Dios mío!» exclamó mi mujer. «Está dando a luz.» «Qué?» preguntó mi hijo. «si se llaman Bert y Ernie , mami!»

Yo me quedé igual de estupefacto.

«¡Oye, cómo puede pasar esto? Creí que habíamos acordado que no queríamos que parieran». Le dije a mi mujer, acusadoramente.

«Ya, pero y qué quieres que hiciera, ¿ponerles un cartel en la jaula? me respondió. (Me pareció que lo decía con mucho sarcasmo!)

«No, pero se supone que debías haber comprado dos machos!»

«Exacto, Bert y Ernie !» mi hijo me apoyaba.

Para entonces, el resto de la familia ya estaba allí, a ver qué pasaba. Me encogí de hombros, tratando de sacar el mejor provecho de la situación.

«Chicos, esta va a ser una experiencia fantástica» les dije: «estamos a punto de ser testigos del milagro de la vida»

«Oh, animal!» me chillaron. Escudriñamos al paciente con detenimiento, y después de mucho esfuerzo, vimos cómo algo parecido a una pequeña pata aparecía brevemente, volviendo a desaparecer tras un segundo escaso.

«No parece que estemos mejorando esto mucho,» comenté.

«viene de pié,» susurró mi esposa, horrorizada.

«Haz algo, papi!» urgía mi hijo.

«vale, vale.» Delicadamente, pillé la pata a la siguiente vez que apareció, y tiré de ella con suavidad. Pero volvió a desaparecer. Lo intenté varias veces más, con el mismo resultado.

«Llamo al 112?» sugirió mi hija mayor.

«A lo mejor nos ayudan en el parto.» (Te imaginas la escena, rodeado de mujeres?)

«Vamos a llevar a Ernie al veterinario,» dije seriamente. Nos metimos en le coche, mi hijo llevaba la jaula sobre sus rodillas.

«Respira, Ernie , respira,» decía para animar a la lagartija.

El veterinario se llevó la lagartija a la sala de exploración, y observó detenidamente al animal con una gran lupa.

«Qué piensa doctor, ¿quizá una cesárea?» le sugerí, científicamente.

«esto es muy interesante» murmuró el vete de repente. Señor y Señora Cameron, ¿puedo hablar con ustedes en privado un momento?

tragué saliva, y le indiqué a mi hijo que saliera con un movimiento de cabeza.

«¿Ernie está bien?» preguntó mi mujer.

«Está perfectamente,» nos aseguró el veterinario. «esta lagartija no está de parto..de hecho, eso nunca ocurrirá. Ernie es un macho. Vea, Ernie es un macho joven. Y de vez en cuando, según va llegando a la madurez, como muchas otras especies…pues….vaya….que se masturba. Justo como acaba de hacer, tumbándose de espalda». Se puso colorado, mirando de reojo a mi mujer.

Nos quedamos en silencio, tratando de asimilar aquéllo.

«O sea que Ernie está..está…simplemente….. excitado,» concluyó mi mujer.

«Exacto,» replicó el veterinario, aliviado porque lo habíamos entendido.

De nuevo el silencio. Hasta que mi maliciosa y cruel mujer empezó a sonreír, a reírse por lo bajo, un poco más alto. Y al final a carcajadas. Le caían lágrimas por la cara. «Es que…me viene a la cabeza la imagen de verte tirando de……su…pequeña…..» tuvo que parar a coger más aire para la siguiente carcajada.

«¡Ya vale!,» le advertí. Le dimos las gracias al veterinario y salimos de allí a toda velocidad, metiéndonos en el coche.
Mi hijo estaba muy contento de que todo hubiera ido bien.

«Sé que Ernie te está realmente agradecido por lo que has hecho, papi,» me dijo.

«Oh, no sabes cuánto,» apostilló mi mujer, casi ahogándose de risa.

Dos lagartijas: 140 €.

Una jaula: 50 €.

Veterinario: 30 €.

El recuerdo de tu marido tirando de la picha de una lagartija: No tiene precio!

Moraleja de esta historia: Pon más atención en las clase de biología. Las lagartijas ponen huevos!

    

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

EL ABOGADO Y LA INSTITUCIÓN DE CARIDAD.

 

Una institución catalana de caridad, jamás había recibido ni una sola donación por parte de uno de los abogados más ricos de la colectividad catalana de la localidad.

Un día, el director de la institución decidió ir personalmente a hablar con el abogado, acerca de este asunto.

– Pues, verá…, quería hacerle notar, si me lo permite y con todo el respeto que su persona me merece, que, según nuestros datos, nos consta que usted gana más de tres millones de euros al año y nunca nos ha donado nada, ni un solo céntimo, para nuestras obras de caridad. ¿Querría usted, mediante suscripción, contribuir con cierta cantidad a nuestras obras?

El abogado, que había escuchado muy atento, quedó pensativo por unos instantes y luego respondió:

– ¿Consta en sus datos que mi madre está muy enferma y que sus gastos médicos están muy por encima de su pensión anual de jubilación?

– Ah, no, por supuesto que no -murmuró el director ¿Qué estoy separado y a mi mujer le paso un dineral?

– No.

-¿Y les consta que mi hermano pequeño es ciego y no encuentra trabajo? El director ni abrió la boca.

-¿Dicen algo sus datos -prosiguió el abogado- acerca de que Jordi, el marido de mi hermana, murió hace poco en un terrible accidente y la dejó sin dinero y con cinco hijos pequeños?

– Desde luego que no -respondió humillado el director-. …. discúlpeme,no tenía ni la menor idea de todo eso

– Y en sus registros, ¿figura, por ejemplo, que tengo a mi padre, diabético y enfermo del corazón, en una silla de ruedas desde hace más de diez años?

– Lo siento. No, no sabía nada. Me deja usted perplejo.

– ¿Pero sí supongo que sabrá que dos de mis sobrinos son sordomudos?

-volvió a preguntar el abogado.…..Apenas pudo oírse el «no» del director

– Y, por si eso fuera poco -continuó el abogado- ¿saben ustedes que la empresa de mi hermano mayor, el padre de los sordomudos, ha quebrado con la crisis y está prácticamente arruinado?

– Pues no, la verdad -respondió avergonzado el director, por el papelón hecho-. Lo siento de veras; no tenía ni la menor idea de todo lo que usted me ha dicho.

– Entonces -dice el abogado-, dígame:

-¿por qué cojones tengo que darle dinero a usted, si no se lo doy a ellos?-

COMPARACIONES

 

Todos hemos leido textos en los que con más o menos gracia se comaparan a hombres y mujeres. Generalmente uno de los dos géneros termina ridiculizado. En esta ocasión no iba a ser menos. Solo que voy a emplear otro enfoque. Voy a ser más positivo. Sólo se van a decir cosas buenas de los hombres y de las mujeres.

Las mujeres:

– Las mujeres son apasionadas, amantes y cariñosas.

– Las mujeres lloran de alegría.

– Las mujeres siempre hacen algo para demostrar cuánto se preocupan.

– Nunca se detienen por conseguir lo que creen mejor para sus hijos

– Las mujeres tienen la habilidad de sonreír hasta en los peores momentos.

– Saben cómo transformar una simple comida en un agasajo. Saben estirar al máximo el dinero.

– Saben cómo reconfortar a un amigo enfermo.

– Las mujeres traen risas y alegría al mundo.

– Saben como entretener durante horas a los niños!

– Son honestas y leales.

– Las mujeres tienen una voluntad de hierro debajo de una apariencia delicada.

– Harán lo imposible por ayudar a un amigo en problemas.

– Las mujeres lloran fácilmente ante las injusticias.

– Saben cómo hacer sentir al hombre como un rey.

– Las mujeres hacen del mundo un lugar más feliz.

Los hombres:

– Los hombres son buenos para mover objetos pesados y matar arañas.

LIBROS DE BOLSILLO

 

Hace tiempo que estoy buscando dónde conseguir alguno de estos libros, que por su contenido, han sido editados sólo en edición de bolsillo. Si alguien puede facilitarme la dirección de alguna librería especializada le estaría eternamente agradecido.

.    Código del buen gobierno, por J.L. Rodriguez Zapatero.
· Guía de democracias árabes
 
· Avances en China sobre los Derechos Humanos
· Por el mundo con un Peugeot
· Contracepción, por el Papa Juan Pablo II
· Diferentes maneras de deletrear «BOB»
· UNIX fácil
· Cocina alemana sin grasas
· La hospitalidad francesa
· Grandes automóviles rusos
· Investigación – El método albanés
· La guía de las buenas maneras, por Mike Tyson
· Leyes del divorcio Mormón
·
Guía de playas suizas

LA CIGARRA Y LA HORMIGA VERSIÓN CLÁSICA Y VERSIÓN ESPAÑOLA

VERSIÓN CLÁSICA
 
 La hormiga trabaja a brazo partido todo el verano bajo un calor aplastante.
 
 Construye su casa y se aprovisiona de víveres para el invierno.
 
La cigarra piensa que la hormiga es tonta y se pasa el verano haciendo turismo, bailando y de juerga.
 
Cuando llega el invierno, la hormiga se refugia en su casita donde tiene todo lo que le hace falta hasta la primavera.
 
La cigarra tiritando y sin comida, muere de frío.
 
 FIN
 
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 VERSIÓN ESPAÑOLA
 
La hormiga trabaja a brazo partido todo el verano bajo un calor aplastante.
 
Construye su casa y se aprovisiona de víveres para el invierno.
 
La cigarra piensa que la hormiga es tonta , y se pasa el verano haciendo turismo, bailando y de juerga.
 
Cuando llega el invierno, la hormiga se refugia en su casita donde tiene todo lo que le hace falta hasta la primavera.
 
Un dia, tiritando a la salida de un bar de copas, la cigarra organiza con la Sexta una rueda de prensa en la que se pregunta ¿ por qué la hormiga tiene derecho a vivienda y comida cuando quiere, cuando ella, tienen frío y hambre ?.

La Cuatro, las cadenas de TV estatales y la cadena SER, , organizan un programa en vivo , en el que la cigarra sale pasando frío y calamidades , y a la vez muestran extractos del video de la hormiga calentita en su casa y con comida en la mesa .

Los españoles se sorprenden de que en un país tan moderno como el suyo , dejen sufrir a la pobre cigarra , mientras que  otros viven holgadamente Las asociaciones contra la pobreza se manifiestan delante de la casa de la hormiga. TV1 transmite en directo la protesta

Los periodistas de El Pais y El Periodico , escriben una serie de artículos , en los que cuestionan cómo la hormiga se ha enriquecido a espaldas de la cigarra , e instan al Gobierno de Zapatero a que en solidaridad , le aumente los impuestos de la hormiga.

 
Maria Teresa Fernandez de la Vega, muy implicada con los animales, hace una rueda de prensa desde su casa , en el mismo Zoo de la Casa de Campo.
 Respondiendo a las encuestas de opinión, el Gobierno de Zapatero elabora una ley sobre la igualdad económica, en la que califica a la hormiga como una rémora del franquismo, y promueve en el Congreso, una ley anti discriminación, con carácter retroactivo contra las hormigas. 
 Ian Gibson publica su libro : » Las hormigas y el franquismo», que el Gobierno incluye en la asignatura de Educación para la Ciudadanía.
 
 Los impuestos de la hormiga han sido aumentados , y además le llega una multa porque no contrató a la cigarra como ayudante en verano, y eso además se tipifica como que » produjo a la cigarra un maltrato psicológico».
 
 Garzón embarga la casa de la hormiga, ya que ésta no tiene suficiente dinero para pagar la multa y los impuestos.
 

 La hormiga se va de España .
 

 El Tomate hace un reportaje donde sale la cigarra con sobrepeso, porque ya se ha comido casi todo lo que había en la casa de la hormiga , mucho antes de que llegue la época…….
 

 La antigua casa de la hormiga se ha convertido ahora en un albergue social para cigarras , pero la casa se deteriora rápidamente , porque nadie hace nada para mantenerla en buen estado.
 
Al Gobierno se le reprocha no poner los medios necesarios , por lo que Rubalcaba y Garzón, ponen en marcha una comisión de investigación que costará 10 millones de Euros . 
 

 Zerolo, los maricones y las bolleras, se manifiestan por Chueca en solidaridad con las cigarras homosexuales, lesbianas y transexuales.
 
Entretanto la cigarra muere de una sobredosis de Cocaina.
 La Cope y Telemadrid comentan el fracaso del Gobierno para intentar corregir el problema de las desigualdades sociales.
 
La cadena SER, EL PAIS, Iñaki Gabilondo y la tribu catalana del PSOE,(carles francino, angels barcelo y gemma nierga) , dicen que la culpa de todo es de Aznar, Irak, Franco y la Falange .

 La antigua casa de la hormiga , ha sido ya ocupada por una banda de arañas marroquíes inmigrantes , y el Gobierno de Zapatero se felicita en la TV, por la » pluralidad cultural de   España, ejemplo del éxito de la Alianza de Civilizaciones «.