El Pasaje del Terror de Juan Antonio Cebrián trata sobre la secta creada por un psicokiller, Heidnik.
Cuidado con esos proselististas, predicadores, etc., y con las religiones….nunca se sabe.
LA LIBERTAD, SI NO ES INDIVIDUAL, NO ES LIBERTAD. Politicamente MUY incorrecto.
Etiqueta: RELATOS
El Pasaje del Terror de Juan Antonio Cebrián trata sobre la secta creada por un psicokiller, Heidnik.
Cuidado con esos proselististas, predicadores, etc., y con las religiones….nunca se sabe.
Esa noche estaba nevando más de lo usual en Alemania, pero eso no le importaba a Charles Goldsmith ya que sus pensamientos eran para el bienestar de sus grandes tesoros: su esposa Elizabeth y su primogénito.
Su esposa se encontraba encerrada en la habitación con dos enfermeras que la estaban asistiendo en el parto, para el nacimiento de su primer bebe, mientras que él se encontraba abajo con Damián; un amigo de la familia; esperando resultados. De pronto se escuchó el llanto de un bebé, rápidamente subió por el pasillo hasta llegar a la habitación en donde se encontraba su esposa, abrió la puerta, pero una de las enfermeras lo detuvo diciéndole:
– Aun no, todavía falta uno.
Charles se quedo pasmado mientras que la enfermera le cerraba la puerta en su cara. Se dirigió lentamente a donde se encontraba Damián y se sentó junto con él para seguir esperando el fin de esto.
Pasó casi una hora y de pronto se escucharon unos pasos que se dirigían hacia ellos, al levantar la mirada, notaron que era una de las enfermeras que asistían a Elizabeth, los vio a ambos y les dijo con una voz muy alegre y suave:
– Ya nacieron y tanto la madre como los pequeños están fuera de peligro, así que ya puede verlos.
En ese instante; Charles corrió hacia donde se encontraba Elizabeth, al entrar encontró a su esposa acostada en una enorme cama y observó que cargaba en ambos brazos unos pequeños bultos, se acercó despacio, tomó uno de los bultos y al acercárselo observó a una pequeña bebita.
Su esposa le dijo con voz cansada y enternecedora:
– Son gemelas, nuestras pequeñas gemelitas.
Charles no pudo contener la alegría y soltó una risa al mismo tiempo que en sus mejillas pasaba una lágrima, vio a la pequeña que tenía en brazos y en voz alta le dijo a Elizabeth:
– Esta pequeña se llamará Serenety.
Entonces Elizabeth también pronuncio:
– Y ésta se llamará Serena.
Charles Goldsmith y Elizabeth Baudelaire, pertenecen a dos poderosos clanes en el terreno de los vampiros, ellos se conocieron hace unos años, cuando eran jóvenes, pero como nacieron en esas familias, en ellos recaía la gran responsabilidad de darle la vida al ser más poderoso en el mundo vampírico.
Cuando Elizabeth quedó embarazada, se esperaba que naciera un solo bebe, pero por algún motivo, nacieron dos gemelas, recibieron los ancianos del mundo vampírico y esto estaba relacionado con alguna profecía y efectivamente si, ellas eran las gemelas predestinadas, en la cual una de ellas va a ser el ser más poderoso del mundo, no solo de los vampiros sino del universo, pero la única manera para que este ser continúe su legado, se tenía que reproducir con un descendiente de uno de los ancianos, es decir la familia Kamiya. Pero para algunos vampiros ellas dos, junto con el descendiente del anciano eran una gran amenaza.
Después de 5 años del nacimiento de Serenety y Serena, ambas habían sido criadas con una educación superior que la de un ser humano, aprendieron también como combatir ante enemigos, pero como eran muy jóvenes y el entrenamiento estaba empezando.
La familia Goldsmith, se encontraba en casa, junto en la chimenea, de pronto se escuchó un horrible estruendo, Charles se levantó, busco un sable y se dirigió a donde se originaba ese estruendo, caminó por el pasillo y observó que habían 10 hombres , entonces él les preguntó:
– ¿Quiénes son ustedes?, ¿qué hacen en mi casa?
Uno de los hombres se le acercó y le dijo:
– por ordenes del consejo de la jerarquía vampírica, tenemos la orden de matarlo a usted y a su familia.
Charles no esperó más y grito a Elizabeth:
– Elizabeth, saca a las niñas de aquí, huyan…
Inmediatamente, Elizabeth tomó a ambas niñas, las cubrió y salió corriendo con ellas fuera de la casa para esconderse, pero la nieve era tan densa, que les impedía correr muy rápido.
Cuando estaban corriendo, Serenety se cayó, al voltearse Elizabeth para recogerla, vio muy aterrada a los hombres que habían entrado a la casa.
Los hombres tenían sus ropas manchadas de sangre y a la vez sus ojos eran horribles, estaban rojos de sangre, típicos de un vampiro. Uno de ellos tenía en sus manos algo y al levantarlo, Serena grito aterrada, ese algo era la cabeza cercenada de su padre.
Elizabeth levantó a Serenety y la empujó hacia donde estaba Serena y les dijo:
– ¡Corran niñas, corran!.
Serenety y Serena corrieron, pero ambas voltearon y miraron como su madre era asesinada antes sus ojos, chorro de sangre cubrían la nieve blanca, Serenety grito y los hombres se empezaron a acercar a ellas. Cuando uno de ellos tenía enfrente a Serenety, cayó al suelo con la cabeza destrozada, tanto fue la explosión de la cabeza que la sangre cayó en las niñas.
Todos voltearon a ver lo que era, incluyendo a las niñas y observaron que detrás de ellos había un niño de uno 9 años, vestía una abrigadora chaqueta color caqui y pantalones negros, el cabello era negro tenía una palidez asombrosa y por ultimo sus ojos eran rojos, iguales a los vampiros que las estaban atacando. Serenty se quedó inmóvil al verlo, pero 4 de esos hombres se lanzaron hacia el niño y 6 hacia ellas, uno de ellos tomó a Serena por el cabello y estaba a punto de morderle el cuello cuando de pronto le exploto la cabeza.
Al caer el cuerpo sin vida de aquel hombre, Serena alzó la mirada hacia Serenety y vio que sus ojos estaban rojos, Serenety tenía los mismos ojos rojos de aquel niño, era como el despertar de un vampiro sanguinario. Serenety se le acercó a Serena y le dio la espalda, al mismo tiempo que le decía:
– Yo te protegeré, no permitiré que te hagan daño.
Los otros hombres, al ver a uno de ellos muerto, se abalanzaron hacia Serenety, pero cada uno iba cayendo muerto con la cabeza hecha pedazos. Esa acción la había cansado mucho y cayó encima de la nieve cubierta de sangre, Serena se le acercó y vio que los ojos de Serenety brotaban lágrimas mientras que sus ojos volvieron a la normalidad. Serenety trató de levantarse y difícilmente lo logró, estaba completamente cansada, pero el hecho de proteger a su hermana le dio la fuerza para mantenerse en pie.
Su vista se centro en donde estaba el niño y ambas vieron que él se acercaba a donde ellas estaban, le dio la mano a Serenety, pero como estaba agotada cayó en los brazos del niño quedando completamente inconsciente.
Serena le pregunto al niño:
– ¿Cómo te llamas?
El niño la quedo viendo y le respondió:
– Mi nombre es Kaoru Kamiya y soy hijo de Julia y Sabusa Kamiya, una de las familias de vampiros más poderosas del mundo.
Serena trato de presentarse, pero el niño la interrumpió:
– Tu eres Serena, la hija mayor de la pareja Goldsmith y ella es Serenety, ustedes son las gemelas predestinadas. No se preocupen yo las llevare a un lugar seguro.
Entonces cargo a Serenety en sus hombros y las llevó a la casa de Damian. Cuando golpearon la puerta, Damian abrió y vio que los niños estaban ensangrentados, tras hacerlos pasar a la casa, llevó a Serenty a una habitación y la recostó en la cama.
Después fue a la sala en donde se encontraba Serena y Kaoru y le preguntó sobre lo ocurrido:
– Mataron a mis padres y no sé dónde iremos ahora. Respondió Serena
Damián replicó:
– Se quedaran conmigo.
Kaoru se levanto y camino hacia la puerta diciendo:
– Me voy, volveré mañana para ver como están.
Damián lo siguió hacia la puerta y antes de salir de la casa Kaoru dijo:
-Serenety es mi prometida.
Damián asintió con la cabeza.
A la mañana siguiente Serenty se levanto muy asustada buscando a Serena, pero se tranquilizo cuando la vio a su lado, se puso algo de ropa y bajo junto con ella a la sala en donde se encontraba Damián y Kaoru. Ella los observó fijamente preguntó:
– ¿Porqué que asesinaron a nuestros padres?
Damián respondió:
– Ellos eran unas de las familias más poderosas de los vampiros y por eso los mandaron a asesinar, pero el gran error que cometieron es que no las asesinaron a ustedes ya que una de ustedes es el ser más poderoso de todos los vampiros. Y él es Kaoru Kamiya, hijo de un poderoso clan vampírico, también asesinaron a sus padres.
Por asunto de protegerlas, he decidido que nos iremos de este país, nos iremos a Nicaragua.
Y así llegaron a ese país y se cambiaron los nombres, ahora ellas eran Brenda y Cinthya Murillo.
AUTORA: cinthya 2009

Juan Antonio Cebrián narra la historia de este asesino, cuyo caso sirvió de inspiración para películas como Psicosis, American Psycho, La Matanza de Tejas o El Silencio de los Corderos.
De una de las secciones del programa de ONDA CERO RADIO «LA ROSA DE LOS VIENTOS», original de Juan Antonio Cebrian, desgraciadamente fallecido y hoy conducido por uno de sus colaboradores, Bruno Cardeñosa.
Narraciones sobre terror, misterio, crimen, casos célebres, psicokillers……
Este fué un HECHO REAL.
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Un joven está paseando por la plaza de un pueblo y decide …tomar un descanso. Se sienta en un banco… al lado hay un señor de más edad y, naturalmente, comienzan a conversar sobre el país, el gobierno y finalmente sobre los Políti…cos….
Aquí tenemos otro relato del gran Edgar de los de su colección de «Cuentos humorísticos» o «Relatos humorísticos», en fin, los relatos que no son los que mas conocemos, vaya. Otro de los que van en la linea de «El Angel de lo extraño» y demás.
Una vez mas, es humor pero….un humor….en fin, si, esto es….un hombre de negocios, unos negocios, una forma de hacer negocios…
Bueno, el protagonista, emprededor, lo que es emprendedor….¡¡lo es!! y en cuanto a imaginación…..¡¡¡voto al diablo!!!.
Ahora bien, los resultados…………
Otra magnífica «flipada» de Mr. Allan Poe para hacernos «flipar».
Y la verdad…..casi que no, como que si la cosa es así….pues a mi….hacerme «hombre de negocios»………
“El método es el alma de los negocios.” (proverbio antiguo)
Yo soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. Después de todo, el método es la clave. Pero no hay gente a la que desprecie más de corazón que a esos estúpidos excéntricos, que no hacen más que hablar acerca del método sin entenderlo; ateniéndose exclusivamente a la letra y violando su espíritu. Estos individuos siempre están haciendo las cosas más insospechadas de lo que ellos llaman la forma más ordenada.
Ahora bien, en esto, en mi opinión, existe una clara paradoja. El verdadero método se refiere exclusivamente a lo normal y lo obvio, y no se puede aplicar a lo outré. ¿Qué idea concreta puede aplicarse a expresiones tales como “un metódico Jack o’Dandy”, o “un Will o’the Wisp”?
Mis ideas en torno a este asunto podrían no haber sido tan claras, de no haber sido por un afortunado accidente, que tuve cuando era muy pequeño. Una bondadosa ama irlandesa (a la que recordaré en mi testamento) me agarró por los talones un día que estaba haciendo más ruido del necesario, y dándome dos o tres vueltas por el aire, y diciendo pestes de mí, llamándome “mocoso chillón”, golpeó mi cabeza contra el pie de la cama. Esto, como digo, decidió mi destino y mi gran fortuna.
Inmediatamente me salió un chichón en el sincipucio, que resultó ser un órgano ordenador de los más bonitos que pueda uno ver en parte alguna. A esto debo mi definitiva apetencia por el sistema y la regularidad que me han hecho el distinguido hombre de negocios que soy.
Si hay algo en el mundo que yo odie, ese algo son los genios. Los genios son todos unos asnos declarados, cuanto más geniales, más asnos, y esta es una regla para la que no existe ninguna excepción. Especialmente no se puede hacer de un genio un hombre de negocios, al igual que no se puede sacar dinero de un Judío, ni las mejores nueces moscadas, de los nudos de un pino.
Esas criaturas siempre salen por la tangente, dedicándose a algún fantasioso ejercicio de ridícula especulación, totalmente alejado de la “adecuación de las cosas” y carente de todo lo que pueda ser considerado como nada en absoluto. Por tanto, puede uno identificarse a estos individuos por la naturaleza del trabajo al que se dedica. Si alguna vez ve usted a un hombre que se dedica al comercio o a la manufactura, o al comercio de algodón y tabaco, o a cualquiera otra de esas empresas excéntricas, o que se hace negociante de frutos secos, o fabricante de jabón, o algo por el estilo, o que dice ser un abogado, o un herrero, o un médico, cualquier cosa que se salga de lo corriente, puede usted clasificarle inmediatamente como un genio, y, en consecuencia, de acuerdo con la regla de tres, es un asno.
Yo, en cambio, no soy bajo ningún aspecto un genio, sino simplemente un hombre de negocios normal. Mi agenda y mis libros se lo demostrarán inmediatamente. Están bien hechos, aunque esté mal que yo lo diga, y en mis hábitos de precisión y puntualidad jamás he sido vencido por el reloj. Lo que es más, mis ocupaciones siempre han sido organizadas para adecuarlas a los hábitos normales de mis compañeros de raza. No es que me sienta en absoluto en deuda en este sentido con mis padres, que eran extraordinariamente tontos, y que, sin duda alguna, me hubieran convertido en un genio total si mi ángel de la guarda no hubiera llegado a tiempo para rescatarme. En las biografías, la verdad es el todo, y en las autobiografías, mucho más aún, y, no obstante, tengo poca esperanza de ser creído al afirmar, no importa cuan seriamente, que mi padre me metió, cuando tenía aproximadamente quince años de edad, en la contaduría de lo que él llamaba “un respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”. ¡Una magnífica basura! No obstante, como consecuencia de su insensatez, a los dos o tres días me tuvieron que devolver a casa a reunirme con los cabezas huecas de mi familia, aquejado de una gran fiebre, y con un dolor extremadamente violento y peligroso en el sincipucio, alrededor de mi órgano de orden. Mi caso era de gran gravedad, estuve al borde de la muerte durante seis semanas, los médicos me desahuciaron y todas esas cosas. Pero, aunque sufrí mucho, en general era que me sentía agradecido a mi suerte. Me había salvado de ser un “respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”, y me sentía agradecido a la protuberancia que había sido la causa de mi salvación, así como también a aquella bondadosa mujer, que había puesto a mi alcance la citada causa.
La mayor parte de los muchachos se escapan de sus casas a los diez o doce años de edad, pero yo esperé hasta tener dieciséis.
No sé si me hubiera ido entonces de no haber sido porque oí a mi madre hablar de lanzarme a vivir por mi cuenta con el negocio de las legumbres, ¡De las legumbres! ¡Imagínense ustedes! A raíz de eso decidí marcharme e intentar establecerme con algún trabajo decente, sin tener que seguir bailando con arreglo a los caprichos de aquellos viejos excéntricos, arriesgándome a que me convirtieran finalmente en un genio. En esto tuve un éxito total al primer intento, y cuando tenía dieciocho años cumplidos tenía ya un trabajo amplio y rentable en el sector de Anunciadores ambulantes de Sastres.
Fui capaz de cumplir con las duras labores de esta profesión tan sólo gracias a esa rígida adherencia a un sistema qué era la principal peculiaridad de mi persona. Mis actos se caracterizaban, al igual que mis cuentas, por su escrupuloso método. En mi caso, era el método, y no el dinero el que hacía al hombre: al menos,, aquella parte que no había sido confeccionada por el sastre al que yo servía.
Cada mañana, a las nueve, me presentaba ante aquel individuo para que me suministrara las ropas del día. A las diez estaba ya en algún paseo de moda o en algún otro lugar, dedicado al entretenimiento del público. La perfecta regularidad con la que hacía girar mi hermosa persona, con el fin de poner a la vista hasta el más mínimo detalle del traje que llevaba puesto, producía la admiración de todas las personas iniciadas en aquel negocio.
Nunca pasaba un mediodía sin que yo hubiera conseguido un cliente para mis patronos, los señores Cut y Comeagain.1 Digo esto con orgullo, pero con lágrimas en los ojos, ya que aquella empresa resultó ser de una ingratitud que rayaba en la vileza. La pequeña cuenta acerca de la que discutimos, y por la que finalmente nos separamos, no puede ser considerada en ninguno de sus puntos como exagerada por cualquier caballero que esté verdaderamente familiarizado con la naturaleza de este negocio. No obstante, acerca de esto siento cierto orgullo y satisfacción en permitir al lector que juzgue por sí mismo. Mi factura decía así: “Señores Cut y Comeagain, sastres, A Peter Proffit, anunciador ambulante.” 10 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer un cliente.
0,25 dólares 11 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer 0,25 dólares 1 Cut significa cortar, y Comeagain, vuelva otra vez. (N del T.) un cliente.
12 de julio Por una mentira, segunda clase; una tela negra estropeada, vendida como verde invisible.
0,25 dólares 13 de julio Por una mentira, primera clase, calidad y tamaño extra; recomendar satinete como si fuera paño fino.
0,75 dólares 20 de julio Por la compra de un cuello de camisa de papel nuevo o pechera, para resaltar el Petersham gris.
2 centavos 15 de agosto Por usar una levita de cola corta, con doble forro (temperatura 76 F. a la sombra).
0,25 dólares 16 de agosto Por mantenerse sobre una sola pierna durante tres horas para exhibir pantalones con trabilla, de nuevo esti- 037 ½ dólares lo, a 12 centavos y medio por pierna por hora.
17 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre gordo) 0,50 dólares 18 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (tamaño mediano) 0,50 dólares 19 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre pequeño y mal pagador).
6 centavos 2,96 ½ dólares La causa fundamental de la disputa producida por esta factura fue el muy moderado precio de dos centavos por la pechera. Palabra de honor que éste no era un precio exagerado por esa pechera. Era una de las más limpias y bonitas que jamás he visto, y tengo buenas razones para pensar que fue la causante de la venta de tres Petershams. El socio más antiguo de la firma, no obstante, quería darme tan sólo un penique, y decidió demostrar cómo se pueden sacar cuatro artículos tales del mismo tamaño de un pliego de papel ministro. Pero es innecesario decir que para mí aquello era una cuestión de principios.
Los negocios son los negocios, y deben ser hechos a la manera de los negociantes.
No existía ningún sistema que hiciera posible el escatimarme a mí un penique —un fraude flagrante de un cincuenta por ciento—. Absolutamente ningún método. Abandoné inmediatamente mi trabajo al servicio de los señores Cut y Comeagain, afincándome por mi cuenta en el sector de Lo Ofensivo para la Vista, una de las ocupaciones más lucrativas, res—; potables e independientes de entre las normales.
Mi estricta integridad, mi economía y mis rigurosos hábitos de negociante entraron de nuevo en juego. Me encontré a la cabeza de un comercio floreciente, y pronto me convertí en un hombre distinguido en el terreno del “Cambio”. La verdad sea dicha, jamás me metí en asuntos llamativos, me limité a la buena, vieja y sobria rutina de la profesión, profesión en la que, sin duda, hubiera permanecido de no haber sido por un pequeño accidente, que me ocurrió llevando a cabo una de las operaciones normales en la dicha profesión. Siempre que a una vieja momia, o a un heredero pródigo, o a una corporación en bancarrota, se les mete en la cabeza construir un palacio, no hay nada en el mundo que pueda disuadirles, y esto es un hecho conocido por todas las personas inteligentes.
Este hecho es en realidad la base del negocio de lo Ofensivo para la Vista. Por lo tanto, en el momento en que un proyecto de construcción está razonablemente en marcha, financiado por alguno de estos individuos, nosotros los comerciantes nos hacemos con algún pequeño rinconcillo del solar elegido, o con algún punto que esté Justo al lado o inmediatamente delante de éste. Una vez hecho esto, esperamos hasta que el palacio está a medio construir, y entonces pagamos a algún arquitecto de buen gusto para que nos construya una choza ornamental de barro, justo al lado, o una pagoda estilo sureste, o estilo holandés, o una cochiquera, o cualquier otro ingenioso juego de la imaginación, ya sea Esquimal, Kickapoo u Hotentote. Por supuesto, no podemos permitirnos derribar estas estructuras si no es por una prima superior al 500 por ciento del precio del costo de nuestro solar y nuestros materiales. ¿No es así? Pregunto yo.
Se lo pregunto a todos los hombres de negocios.
Sería irracional el suponer que podemos.
Y, a pesar de todo, hubo una descarada corporación que me pidió precisamente eso, precisamente eso. Por supuesto que no respondí a su absurda propuesta, pero me sentí en el deber de ir aquella noche y cubrir todo su palacio de negro de humo. Por hacer esto, aquellos villanos insensatos me metieron en la cárcel, y los caballeros del sector de lo Ofensivo para la Vista se vieron obligados a darme de lado cuando salí libre.
El negocio del Asalto con Agresión a que me vi obligado a recurrir para ganarme la vida resultaba» en cierto modo, poco adecuado para mi delicada constitución, pero me dediqué a él con gran entusiasmo, y encontré en él, como en otras ocasiones, el premio a la metódica seriedad y a la precisión de mis hábitos, que había sido fijada a golpes en mi cabeza por aquella deliciosa ama. Sería, desde luego, el más vil de los humanos si no la recordara en mi testamento. Observando, como ya he dicho, el más estricto de los sistemas en todos mis asuntos, y llevando mis libros con gran precisión, fue como conseguí superar muchas dificultades, estableciéndome por fin muy decentemente en mi profesión.
La verdad sea dicha, pocos individuos establecieron un negocio en cualquier rama mejor montado que el mío. Transcribiré aquí una o dos páginas de mi Agenda, y así me ahorraré la necesidad de la autoalabanza, que es una práctica despreciable, a la cual no se rebajará ningún hombre de altas miras. Ahora bien, la agenda es algo que no miente.
1 de enero. Año Nuevo. Me encontré con Snap en la calle; estaba piripi. Memo; él me servirá. Poco después me encontré a Gruff, más borracho que una cuba. Memo; también me servirá. Metí la ficha de estos dos caballeros en mi archivo, y abrí una cuenta corriente con cada uno de ellos.
2 de enero. Vi a Snap en la Bolsa; fui hasta él y le pisé un pie. Me dio un puñetazo y me derribó. ¡Espléndido! Volví a levantarme.
Tuve alguna pequeña dificultad con Bag, mi abogado. Quiero que pida por daños y perjuicios un millón, pero él dice que por un incidente tan trivial no podemos pedir más de quinientos. Memo. Tengo que prescindir de Bag, no tiene ningún sistema.
3 de enero. Fui al teatro a buscar a Gruff.
Le vi sentado en un palco lateral del tercer piso, entre una dama gruesa y otra delgada.
Estuve observando al grupo con unos gemelos hasta que vi a la dama gruesa sonrojarse y susurrarle algo a G. Fui entonces hasta su palco y puse mi nariz al alcance de su mano.
No me tiró de ella, no hubo nada que hacer.
Me la limpié cuidadosamente y volví a intentarlo; nada. Entonces me senté y le hice guiaos a la dama delgada, y entonces tuve la gran satisfacción de sentir que él me levantaba por la piel del pescuezo, arrojándome al patio de butacas. Cuello dislocado y la pierna derecha magníficamente rota. Me fui a casa enormemente animado; bebí una botella de champaña, apunté una petición de cinco mil contra aquel joven. Bag dice que está bien.
15 de febrero. Llegamos a un compromiso en el caso del señor Snap. Cantidad ingresada —50 centavos— por verse.
16 de febrero. Derrotado por el villano de Gruff, que me hizo un regalo de cinco dólares.
Costo del traje, cuatro dólares y 25 centavos.
Ganancia neta —véanse libros—, 75 centavos”.
Como pueden ver, existe una clara ganancia en el transcurso de un breve período de tiempo de nada menos que un dólar y 25 centavos, y esto tan sólo en los casos de Snap y Gruff, y juro solemnemente al lector que estos extractos han sido tomados al azar de mi agenda.
No obstante, es un viejo proverbio, y perfectamente cierto, que el dinero no es nada en comparación con la buena salud. Las exigencias de la profesión me parecieron un tanto excesivas para mi delicado estado de salud, y una vez que finalmente descubrí que estaba totalmente deformado por los golpes, hasta el punto que no sabía muy bien qué hacer y que mis amigos eran incapaces de reconocerme como Peter Proffit cuando me cruzaba con ellos por la calle, se me ocurrió que lo mejor que podría hacer sería alterar la orientación de mis actividades. En consecuencia, dediqué mi atención a las Salpicaduras de Lodo, y estuve dedicado a ello durante algunos años.
Lo peor de esta ocupación es que hay demasiada gente que se siente atraída por ella, y en consecuencia, la competencia resulta excesiva. Todos aquellos individuos ignorantes que descubren que carecen de cerebro como para hacer carrera como hombreanuncio, o como pisaverde de la rama de lo Ofensivo para la Vista, o como un hombre de Asalto con Agresión, piensan, por supuesto, que su futuro está en las Salpicaduras de Lodo. Pero jamás pudo haber una idea más equivocada que la de pensar que no hace falta cerebro para dedicarse a salpicar de lodo. Especialmente no hay en este negocio nada que hacer si se carece de método. Por lo que a mí respecta, mi negocio era tan sólo al por menor, pero mis antiguos hábitos sistemáticos me hicieron progresar viento en popa. En primer lugar elegí mi cruce de calles con gran cuidado, y jamás utilicé un cepillo en ninguna otra parte de la ciudad que no fuera aquélla. También puse gran atención en tener un buen charco a mano, de tal forma que pudiera llegar a él en cuestión de un momento. Debido a esto, llegué a ser conocido como una persona de fiar; y esto, permítanme que se lo diga, es tener la mitad de la batalla ganada en este oficio. Jamás nadie que me echara una moneda atravesó mi cruce con una mancha en sus pantalones. Y ya que mis costumbres en este sentido eran bien conocidas, jamás tuve que enfrentarme a ninguna imposición. Caso de que esto hubiera ocurrido, me hubiera negado a tolerarlo. Jamás he intentado imponerme a nadie, y en consecuencia, no tolero que nadie haga el indio conmigo. Por supuesto, los fraudes de los bancos eran algo que yo no podía evitar.
Su suspensión me dejó en una situación prácticamente ruinosa. Estos, no obstante, no son individuos, sino corporaciones, y como todo el mundo sabe, las corporaciones no tienen ni cuerpo que patear ni alma que maldecir.
Estaba yo ganando dinero con este negocio cuando en un mal momento me vi inducido a fusionarme con los Viles Difamadores, una profesión en cierto modo análoga, pero ni mucho menos igual de respetable. Mi puesto era sin duda excelente, ya que estaba localizado en un lugar céntrico y tenía unos magníficos cepillos y betún. Mi perrillo, además, estaba bastante gordo y puesto al día en todas las técnicas del olisqueo. Llevaba en el oficio mucho tiempo, y me atrevería a decir que lo comprendía. Nuestra rutina consistía en lo siguiente: Pompey, una vez que se había rebozado bien en el barro, se sentaba a la puerta de la tienda hasta que veía acercarse a un dandy de brillantes botas. Inmediatamente salía a recibirle y se frotaba un par de veces contra sus Wellingtons. Inmediatamente, el dandy se ponía a Jurar profusamente y a mirar a su alrededor en busca de un limpiabotas. Y allí estaba yo, bien a la vista, con mi betún y mis cepillos. Al cabo de un minuto de trabajo recibía mis seis peniques.
Esto funcionó moderadamente bien durante un cierto tiempo. De hecho, yo no era avaricioso, pero mi perro lo era. Yo le daba un tercio de los beneficios, pero él decidió insistir en que quería la mitad. Esto fui incapaz de tolerarlo, de modo que nos peleamos y nos separamos.
Después me dediqué algún tiempo a probar suerte con el Organillo, y puedo decir que se me dio bastante bien. Es un oficio simple y directo, y no requiere ninguna habilidad particular.
Se puede conseguir un organillo a cambio de una simple canción, y para ponerlo al día no hay más que abrir la maquinaria y darle dos o tres golpes secos con un martillo.
Esto produce una mejora en el aparato, de cara al negocio, como no se pueden ustedes imaginar. Una vez hecho esto, no hay más que pasear con el organillo al hombro hasta ver madera fina en la calle y un llamador envuelto en ante. Entonces uno se detiene y se pone a dar vueltas a la manivela, procurando dar la impresión de que está uno dispuesto a seguir haciéndolo hasta el día del juicio. Al cabo de un rato se abre una ventana desde donde arrojan seis peniques junto con la solicitud “cállese y siga su camino”, etc., etc. Yo soy consciente de que algunos organilleros se han permitido el lujo de “seguir su camino” a cambio de esta suma, pero por lo que a mí respecta, yo consideraba que la inversión inicial de capital necesaria había sido excesiva como para permitirme el “seguir mi camino” por menos de un chelín.
Con esta ocupación gané bastante, pero por algún motivo no me sentía del todo satisfecho, así que finalmente la abandoné. La verdad es que trabajaba con la desventaja de carecer de un mono, y además las calles americanas están tan embarradas y la muchedumbre democrática es muy molesta y está repleta de niños traviesos.
Estuve entonces sin trabajo durante algunos meses, pero finalmente conseguí, gracias al gran interés que puse en ello, procurarme un puesto en el negocio del Correo Fingido. El trabajo aquí es sencillo y no del todo improductivo.
Por ejemplo: muy de madrugada yo tema que hacer mi paquete de falsas cartas.
En el interior de cada una de éstas tema que garrapatear unas cuantas líneas acerca de cualquier tema que me pareciera lo suficientemente misterioso, y firmar todas estas epístolas como Tom Dobson, o Bobby Tompkins, o algo por el estilo. Una vez dobladas y cerradas todas, y selladas con un falso matasellos de Nueva Orleáns, Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy alejado, recorría mí ruta diaria como si tuviera mucha prisa.
Siempre me presentaba en las casas grandes para entregar las cartas y solicitar el pago del sello. Nadie duda en pagar por una carta, especialmente por una doble; la gente es muy tonta y no me costaba nada doblar la esquina antes de que tuvieran tiempo de abrir las epístolas. Lo peor de esta profesión era que tenía que andar tanto y tan deprisa, y que tenía que variar mi ruta tan frecuentemente.
Además, tenía escrúpulos de conciencia.
No puedo aguantar el ver abusar de individuos inocentes, y el entusiasmo con el que toda la ciudad se dedicó a maldecir a Tom Dobson y a Bobby Tompkins era realmente alga horrible de oír. Me lavé las manos de aquel asunto con gran repugnancia.
Mi octava y última especulación ha sido en el terreno de la Cría de Gatos. He encontrado este negocio extraordinariamente agradable y lucrativo, y prácticamente carente de problemas.
Como todo el mundo sabe, el país está infectado de gatos; tanto es así, que recientemente se presentó ante el legislativo, en su última y memorable sesión, una petición para que el problema se resolviera, repleta de numerosas y respetables firmas. La asamblea en aquellos tiempos estaba desusadamente bien informada, y habiendo aceptado otros muchos sabios y sanos proyectos, coronó su actuación con el Acta de los Gatos. En su forma original, esta ley ofrecía una prima por la presentación de “cabezas” de gato (cuatro peniques la pieza), pero el Senado consiguió enmendar la cláusula principal sustituyendo la palabra “cabezas” por “colas”. Esta enmienda era tan evidentemente adecuada que la totalidad de la Cámara la aceptó me, con.
En cuanto el gobernador hubo firmado la ley, invertí la totalidad de mi dinero en la compra de Gatos y Gatas. Al principio sólo podía permitirme el alimentarles con ratones (que resultan baratos), pero aun así cumplieron con la Ordenanza Bíblica a un ritmo tan maravilloso que finalmente consideré que la mejor línea de actuación sería la de la generosidad, de modo que regalé sus paladares con ostras y tortuga. Sus colas, según el precio establecido, me producen ahora unos buenos ingresos, ya que he descubierto un método por medio del cual, gracias al aceite de Macassar, puedo conseguir tres cosechas al año. También me encanta observar que los animales se acostumbran rápidamente a la cosa y acaban prefiriendo el tener el tal apéndice cortado que no tenerlo. Me considero, por lo tanto, realizado y estoy intentando conseguir una residencia en el Hudson.

¿Que tal fué con «El Angel de lo extraño», bien?, pues dentro de los «Relatos Humorísticos» de Poe tenemos esta otra pequeña obra maestra cuyo título ya te pone sobre aviso de la que se viene encima.
En este caso se trata de un manicomio donde al parecer se está probando una novedosa terapia y….
Bueno, mejor no digo nada mas, mejor leer.
Delirante, GENIALMENTE DELIRANTE:
El sistema del doctor Alquitrán y el Profesor Pluma
Edgard Allan Poe
Durante el otoño de 18…, mientras visitaba las provincias del Mediodía de Francia, mi ruta me condujo a las proximidades de cierta casa de salud, hospital particular de locos, del cual había oído hablar en París a notables médicos amigos míos. Como yo no había visitado jamás un establecimiento de esta índole, me pareció propicia la ocasión, y para no desperdiciarla propuse a mi compañero de viaje -un gentleman con el cual había entablado amistad casualmente días antes- apartarnos un poco de nuestra ruta, desviarnos alrededor de una hora y visitar el sanatorio. Pero él se negó desde el primer momento, alegando tener mucha prisa y objetando después el horror que le había inspirado siempre ver a un alienado. Me rogó, sin embargo, que no sacrificase a un deseo de ser cortés con él la satisfacción de mi curiosidad y me dijo que continuaría cabalgando hacia adelante y despacio, de manera que yo pudiese alcanzarlo en el mismo día o, a lo sumo, al siguiente. Cuando se despedía de mí me vino a la mente que tropezaría quizá con alguna dificultad para penetrar en ese establecimiento, y participé a mi camarada mis temores. Me respondió que, en efecto, a no ser que conociese personalmente al señor Maillard, el director, o que me proveyese de alguna carta de presentación, podría surgir alguna dificultad, porque los reglamentos de esas casas particulares de locos eran mucho más severos que los de los hospicios públicos. Por su parte, añadió, algunos años antes había conocido a Maillard y podía, al menos, hacerme el servicio de acompañarme hasta la puerta y presentarme; pero la repugnancia que sentía por todas las manifestaciones de la demencia no le permitía entrar en el establecimiento.
Se lo agradecí; y separándonos de la carretera, nos internamos en un camino de atajo, bordeado de césped, que, al cabo de media hora, se perdía casi en un bosque espeso, que bordeaba la falda de una montaña. Habíamos andado unas dos leguas a través de este bosque húmedo y sombrío, cuando divisamos la casa de salud. Era un fantástico castillo, muy ruinoso, y que, a juzgar por su aspecto de vetustez y deterioro, apenas debía de estar habitado. Su aspecto me produjo verdadero terror, y, deteniendo mi caballo, casi sentía deseos de tomar las bridas de nuevo. Sin embargo, pronto me avergoncé de mi debilidad y continué el camino. Cuando nos dirigimos a la puerta central noté que estaba entreabierta y vi un rostro de hombre que miraba de reojo. Un momento después, este hombre se adelantaba, se acercaba a mi compañero, llamándolo por su nombre, le estrechaba cordialmente la mano y le rogaba que bajara del caballo. Era el mismo señor Maillard, un verdadero gentleman a la antigua usanza: hermoso rostro, noble continente, modales exquisitos, dignidad y autoridad, a propósito para producir una buena impresión.
Mi amigo me presentó y expresó mi deseo de visitar el establecimiento; Maillard le prometió que tendría conmigo todas las atenciones posibles. Mi compañero se despidió y desde entonces no lo he vuelto a ver.
Cuando se hubo marchado, el director me introdujo en un locutorio extremadamente pulcro, donde se veían, entre otros indicios de gusto refinado, -muchos libros, dibujos, jarrones con flores e instrumentos de música. Un vivo fuego ardía alegremente en la chimenea. Al piano, cantando un aria de Bellini, estaba sentada una mujer joven y muy bella, que a mi llegada interrumpió su canto y me recibió con una graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y había en todos sus modales algo de atormentado. Creí ver huellas de dolor en todo su rostro, cuya palidez excesiva no dejaba de tener cierto encanto a mis ojos, al menos. Estaba vestida de riguroso luto, y despertó en mi corazón un sentimiento mezclado de respeto, de interés y de admiración.
Había oído decir en París que la casa de salud del señor Maillard estaba organizada conforme a lo que generalmente se llama sistema de benignidad; que se evitaba el empleo de todo castigo; que no se recurría a la reclusión sino muy de tarde en tarde; que los enfermos, vigilados secretamente, gozaban en apariencia de una gran libertad, y que podían casi siempre circular por la casa y por los jardines vestidos como las personas que están en sus cabales.
Todos estos detalles estaban presentes en mi ánimo; por eso cuidé muy bien de lo que podía hablar ante la señora joven; porque nada me certificaba que estuviese en el pleno dominio de su razón; en efecto, había en sus ojos cierto brillo inquieto que me inducía casi a creer que no estaba plenamente cuerda. Restringí, pues, mis observaciones a temas generales o a los que creía que no podían desagradar a una loca, ni siquiera excitarla. Respondió a todo lo que le dije de una manera perfectamente sensata, y sus observaciones personales estaban robustecidas por el más sólido buen sentido. Pero un detenido estudio de la fisiología de la locura me había enseñado a no fiarme de semejantes pruebas de salud mental, y continué, durante toda la entrevista, practicando la prudencia que había empleado al principio.
En ese momento, un criado muy elegante trajo una bandeja cargada de frutas, de vinos y de refrescos, de los cuales me hicieron participar; al poco tiempo, la dama abandonó la sala. Después que hubo salido, dirigí a mi huésped una mirada interrogante.
-No -dijo-. ¡Oh, no! Es una persona de mi familia… mi sobrina… una mujer perfectamente correcta…
-Le pido mil perdones por la sospecha -repliqué-; pero sabrá usted disculparme. La excelente administración de su sanatorio es muy conocida en París, y yo creí que sería posible, después de todo…; ¿comprende usted?…
-Sí, sí, no me diga más; yo soy más bien quien debo darle las gracias por la muy loable prudencia que ha demostrado. Encontramos rara vez tanta cautela en los jóvenes y más de una vez hemos presenciado deplorables incidentes por la ligereza de nuestros visitantes. Durante la aplicación de mi sistema, y cuando mis enfermos tenían el privilegio de pasear por todos los sitios a su capricho, caían algunas veces en crisis peligrosas a causa de las personas irreflexivas, invitadas a visitar nuestro establecimiento. Me he visto, pues, forzado a imponer un riguroso sistema de exclusión, y en lo sucesivo nadie ha podido tener acceso a nuestra casa si yo no podía contar con su discreción.
-¿Durante la aplicación de su primer sistema? -le dije, repitiendo sus propias palabras-. ¿Debo entender con eso que el sistema de benignidad, de que tanto se me habló, ha cesado de ser aplicado aquí?
– Hace ahora unas semanas -replicó- que hemos decidido abandonarlo para siempre.
– En verdad, me asombra usted.
-Hemos juzgado absolutamente necesario -dijo, exhalando un suspiro- volver a los viejos errores. El sistema de lenidad era un espantoso peligro en todos los momentos y sus ventajas se han avaluado con plusvalía exagerada. Creo, señor mío, que si alguna vez se ha hecho una prueba leal y sincera, ha sido en esta misma casa. Hemos hecho todo lo que razonablemente podía sugerir la humanidad. Siento que usted no nos haya hecho una visita en época anterior. Habría podido juzgar por sí mismo. Pero supongo que está usted al corriente del tratamiento de benignidad en todos sus detalles.
-Nada absolutamente. Lo que yo sé, lo sé de tercera o cuarta mano.
-Definiré, pues, el sistema en términos generales; un sistema en que el enfermo era tratado con cariño, un sistema de dejar hacer. No contrariábamos ninguno de los caprichos que se incrustaban en el cerebro del enfermo. Por el contrario, no sólo nos prestábamos a ellos, sino que los alentábamos, y así hemos podido operar un gran número de curaciones radicales. No hay razonamiento que impresione tanto la razón debilitada de un demente como la reducción al absurdo. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que se creían pollos. El tratamiento consistía en este caso en reconocer y en aceptar el caso como un hecho evidente; en acusar al enfermo de estupidez, porque no reconocía el suyo como un caso positivo, y, desde luego, en negarle durante una semana toda otra alimentación que la que corresponde propiamente a un pollo. Gracias a este método bastaba un poco de mijo para aperar milagros.
-Pero esta especie de aquiescencia a la monomanía por parte de ustedes, ¿era todo lo que constituía el método?
-No. Teníamos gran fe también en las diversiones de índole sencilla, tales como la música, el baile, los ejercicios gimnásticos en general, los naipes, cierta clase de libros, etcétera. Dábamos indicios de tratar a cada individuo por una afección física corriente y no se pronunciaba jamás la palabra locura. Un detalle de gran importancia era dar a cada loco el encargo de vigilar las conversaciones de todos los demás. Poner su confianza en la inteligencia o en la discreción de un loco, es ganarlo en cuerpo y alma. Por esta causa no podíamos prescindir de una tropa de vigilantes que nos salía muy costosa.
-¿Y no tenía castigos de ninguna clase?
-Ninguno.
-¿Y no encerraba jamás a sus enfermos?…
– Muy rara vez. De cuando en cuando, la enfermedad de algún individuo se exaltaba hasta una crisis, o se convertía súbitamente en furor; entonces lo transportábamos a una celda secreta, por miedo de que el desorden de su cabeza contagiase a los demás, y lo reteníamos allí hasta el momento en que pudiésemos enviarlo a casa de sus parientes o sus amigos, porque no queríamos tener nada que ver con un loco furioso. Por lo general, era trasladado a los hospicios públicos.
-¿Y ahora ha cambiado todo eso y cree haber acertado?…
-Decididamente, sí. El sistema tenía sus inconvenientes y aun sus peligros. Actualmente, está condenado, ¡a Dios gracias!… en todas las casas de salud de Francia.
– Estoy muy sorprendido -dije- de todo lo que me cuenta usted…
-Pero llegará el día en que aprenda a juzgar por sí mismo todo lo que acontece en el mundo, sin fiarse en la charla de otro. No crea nada de lo que oiga decir y no crea sino la mitad de lo que vea. Ahora bien; con respecto a nuestras casas de salud, es evidente que algún ignaro se ha burlado de usted. Después de comer, cuando usted haya descansado de las fatigas del viaje, tendré sumo gusto en pasearlo a través de la casa y hacerle apreciar un sistema que, en mi opinión y en la de todas las personas que han podido apreciar sus resultados, es incomparablemente el mejor y más eficaz de todos los concebidos hasta el día.
-¿Es su propio sistema? -pregunté-. ¿Un sistema de su invención?…
-Estoy orgulloso -replicó- de confesar que es mío, al menos hasta cierto punto.
Conversé así con el señor Maillard durante una hora o dos, durante las cuales me mostró los jardines y los terrenos del establecimiento.
– No puedo -me dijo- dejarlo ver a mis enfermos inmediatamente. Para un espíritu sensitivo hay algo siempre más o menos repugnante en esta clase de exhibición y no quiero quitarle el apetito para la comida.
Porque comeremos juntos. Puedo ofrecerle ternera a la Sainte-Menéhould; coliflores con salsa aterciopelada; después de eso un vaso de Clos de Vougeót; sus nervios quedarán bien vigorizados…
A las seis se anunció la comida y mi anfitrión me introdujo en un amplio comedor, donde se había congregado una numerosa bandada, veinticinco o treinta personas en conjunto. Eran, en apariencia, personas pertenecientes a la buena sociedad, seguramente de esmerada educación, aunque sus trajes, a lo que me pareció, fuesen de una ostentación extravagante y participasen algo del fastuoso refinamiento de la antigua corte de Francia[1].
Observé también que las dos terceras partes de los convidados eran mujeres, y que algunas de ellas no estaban vestidas conforme a la moda que un parisién de hoy considera como el buen gusto del día. Muchas señoras que no tenían menos de setenta años, estaban adornadas con profusión de cadenas, dijes, sortijas, brazaletes y pendientes, todo un surtido de bisutería, y mostraban sus senos y sus brazos ofensivamente desnudos. Noté igualmente que muy pocos de estos trajes estaban bien cortados o, al menos, muy pocos se adaptaban a las personas que los llevaban. Mirando alrededor, descubrí a la interesante jovencita a quien el señor Maillard me había presentado en la sala de visitas; pero mi sorpresa fue enorme al verla emperifollada con una enorme falda de volados, con zapatos de tacón alto y un gorrito de encaje de Bruselas, demasiado grande para ella, tanto que daba a su figura una ridícula apariencia de pequeñez. La primera vez que la había visto, iba vestida de luto riguroso, que le sentaba a maravilla. En suma, había un aire de extravagancia en toda la indumentaria de esta sociedad, que me trajo a la mente mi idea primitiva del sistema de benignidad y me hizo pensar que el señor Maillard había querido engañarme hasta el final de la comida por miedo a que experimentase sensaciones desagradables durante el ágape, dándome cuenta de que me sentaba a la mesa con unos lunáticos. Pero me acordé de que me habían hablado en París de los provincianos del Mediodía como de personas singularmente excéntricas y obsesionadas por una multitud de ideas rancias; y, además, hablando con algunos de los convidados, pronto sentí disiparse por completo mis aprensiones…
El comedor, aunque ofreciese algunas comodidades y tuviese buenas dimensiones, no ostentaba toda la elegancia deseable. Así el pavimento casi no estaba alfombrado; es cierto que esto ocurre con frecuencia en Francia. Las ventanas no tenían visillos; las contraventanas, cuando estaban cerradas, se hallaban sólidamente sujetas por barras de hierro, fijas en diagonal, a la manera usual de las cerraduras de los comercios. Observé que la sala formaba, por sí sola, una de las alas del castillo y que las ventanas ocupaban así tres lados del paralelogramo, pues la puerta estaba colocada en el cuarto lado. No había menos de diez ventanas en total.
La mesa estaba espléndidamente servida; cubierta de vajilla de plata y cargada de toda clase de exquisiteces. Era una profusión absolutamente barroca. Había bastantes manjares para regodear a los Anakim. Jamás había contemplado en mi vida tanta monstruosa ostentación, tan extravagante derroche de todas las cosas buenas que la vida ofrece; pero había poco gusto en el arreglo del servicio; y mis ojos, acostumbrados a luces tenues, sentíanse heridos vivamente por el prodigioso brillo de una multitud de bujías, en candelabros de plata que se habían puesto sobre la mesa y diseminado en toda la sala, dondequiera que se había podido encontrar un sitio. El servicio lo hacían muchos domésticos diligentísimos, y, en una gran mesa, al fondo de la sala, estaban sentadas siete u ocho personas con violines, flautas, trombones y un tambor. Esos personajes, en determinados intervalos de tiempo, durante la comida, me fatigaron mucho con una infinita variedad de ruidos, que tenían la pretensión de ser música, y que, al parecer, causaban un vivo placer a los circunstantes; bien entendido, con excepción mía.
En fin, yo no podía dejar de pensar que había cierta extravagancia en lo que veía; pero, después de todo, el mundo está compuesto de toda clase de gente, que tiene maneras de pensar muy diversas y una porción de usos completamente convencionales. Y, además, ya había viajado lo bastante para ser un perfecto adepto del nil admirari; por consiguiente, tomé tranquilamente asiento al lado de mi anfitrión, y, dotado de excelente apetito, hice los honores a esa buena comida.
La conversación era animada y general. Pronto vi que esa sociedad estaba compuesta, casi por completo, de gente bien educada, y mi huésped por sí solo era un tesoro de anécdotas alegres. Parecía que se disponía a hablar de su posición de director de una casa de salud, y con gran sorpresa mía, la misma locura sirvió de tema de conversación favorita a todos los convidados.
-Tuvimos aquí en una ocasión un gracioso -dijo un señor grueso sentado a mi derecha- que se creía tetera y, dicho sea de paso, ¿no es notable que este capricho particular entre tan frecuentemente en el cerebro de los locos? No hay en Francia un manicomio que no pueda suministrar una tetera humana. Nuestro señor era una tetera de fabricación inglesa y tenía cuidado de limpiarse él mismo todas las mañanas con una gamuza y blanco de España…
-Y, además -dijo un hombre alto que estaba precisamente enfrente-, hemos tenido, no hace mucho tiempo, un individuo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual, metafóricamente hablando, era perfectamente cierto. Era un enfermo muy fatigoso y teníamos que tener mucho cuidado para que no se propasara. Durante muchísimo tiempo no quiso comer más que cardos; pero lo curamos pronto de esa idea, insistiendo en que no comiera otra cosa. Se entretenía sin cesar en cocear así… así…
-¡Señor de Kock! Le agradecería mucho que se contuviese -interrumpió entonces una señora anciana sentada al lado del orador-. Guarde, si le parece, las coces para usted. ¡Me ha estropeado mi vestido de brocado! ¿Es necesario aclarar una observación de un modo tan material? Nuestro amigo, que está aquí, lo comprenderá igualmente sin esta demostración física. Palabra, que es usted casi tan asno como ese pobre loco que creía serlo. Su agilidad en cocear es completamente natural, tan cierto como yo soy quien soy…
-¡Mil perdones, señorita! -respondió el señor de Kock, interpelado de esa manera-. ¡Mil perdones! Yo no tenía intención de ofenderla. Señorita Laplace; el señor de Kock solicita el honor de brindar una copa de vino con usted.
Entonces, el señor de Kock se inclinó, le besó ceremoniosamente la mano y bebió el vino que le ofreció la señorita Laplace.
– Permítame usted, amigo mío -dijo el señor Maillard, dirigiéndose a mí-, permítame ofrecerle un pedazo de esta ternera a la Sainte-Menéhould; la encontrará delicadísima…
Tres robustos criados habían conseguido depositar, sin riesgo, sobre la mesa, un enorme plato, que más bien parecía un barco, conteniendo lo que yo suponía ser el monstrum horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum.
Un examen más atento me confirmó, no obstante, que sólo era una ternera asada, entera, apoyada en sus rodillas, con una manzana entre los dientes, según la moda usada en Inglaterra para servir una liebre.
-No, muchas gracias -repliqué-; para decir verdad, no tengo una gran debilidad por la ternera a la Sainte… ¿cómo dice usted?, porque, generalmente, no me sienta bien. Le suplico que haga cambiar este plato y que me permita probar algo de conejo.
Había sobre la mesa algunos platos laterales, que contenían lo que me parecía ser conejo casero, a la francesa; un bocado delicioso que me permito recomendaros.
-¡Pedro! -gritó mi anfitrión-. Cambie el plato del señor y sírvale un pedazo de ese conejo al gato.
-¿De ese… qué? -interrogué.
-De ese conejo al gato.
-¡Ah, pues lo agradezco mucho!… Pensándolo bien, renuncio a comerlo y prefiero servirme un poco de jamón.
En realidad (pensaba yo) no sabe uno lo que come en la mesa de estas personas de provincia. No quiero saborear conejo al gato por la misma razón que no querría probar gato al conejo.
– Y luego -dijo un personaje de figura cadavérica, colocado al extremo de la mesa, reanudando el hilo de la conversación donde se había interrumpido-, entre otras extravagancias, hemos tenido en cierta época a un enfermo que se obstinaba en creerse un queso y que se paseaba con un cuchillo en la mano, invitando a sus amigos a cortar, para saborearlo, un pedazo de su muslo.
-Era, sin duda, un loco perdido -interrumpió otra persona-; pero no se podía comparar con un individuo que todos hemos conocido, con excepción de este caballero extranjero. Me refiero al hombre que se figuraba ser una botella de champaña y que hablaba siempre con un pau… pau… y un pschi… i… i…, de esta manera…
Entonces el orador, muy torpemente, a mi juicio, metió su pulgar derecho bajo su carrillo izquierdo, y lo retiró bruscamente con un ruido semejante al estallido de un corcho que salta, y luego, por un hábil movimiento de la lengua sobre los dientes, produjo un silbido agudo, que duró algunos minutos, para imitar el borboteo del champaña. Esta mímica no fue grata al señor Maillard, por lo que pude observar; no obstante, no dijo nada. Entonces la conversación fue reanudada por un hombre menudo, muy flaco, con una gran peluca.
-Había también -dijo- un imbécil que se creía una rana, animal al cual se asemejaba extraordinariamente, dicho sea de paso. Quisiera que usted lo hubiese visto, señor (se dirigía a mí); le habría causado alegría ver el aire de naturalidad que daba a su papel. Señor, si ese hombre no era una rana, puedo decir que era una gran desgracia que no lo fuese. Su croar era, aproximadamente, así: ¡O… o… o… güe… o… ooo… güe…! … Solía dar verdaderamente la nota más limpia del mundo; i un sí bemol!, y cuando ponía los codos sobre la mesa de esta manera, después de haber bebido una o dos copas de vino, y distendía su boca así, y giraba sus ojos de esta manera, y luego los hacía pestañear con excesiva rapidez, así, ¿ve usted?…, señor, le juro de la manera más seria y positiva que usted habría caído en éxtasis ante la genialidad de ese hombre.
-No lo dudo -respondí.
-Había también (dijo otro personaje) un tal Petit Gaillard que se creía una pizca de tabaco y que estaba desconsolado de no poder tomarse a sí mismo entre su índice y su pulgar.
-Hemos tenido también a Julio Deshouliéres, que era verdaderamente un genio singular y que se volvió loco sugestionado por la idea de que era una calabaza. Perseguía sin cesar al cocinero para hacer que lo pusiera en un pastel, cosa a la cual el cocinero se negaba con indignación. i Por mi parte, no afirmaré que un pastel a la Deshouliéres no fuese un manjar exquisito, en verdad!…
-Usted me asombra -dije.
Y miré al señor Maillard con ademán interrogativo.
-¡Ah, ah! -dijo éste-. ¡Eh, eh! ¡Ih, ih! ¡Oh, oh, oh! ¡Uh, uh, uh!… Excelente, en verdad. No debe asombrarse, amigo mío; este señor es un extravagante, un gran bromista; no hay que tomar al pie de la letra lo que dice…
– ¡Oh!… -dijo otra persona de la reunión-. Pero también hemos conocido a Bouffon-Legrand, otro personaje muy extraordinario en su género. Se le trastornó el cerebro por una pasión amorosa y se imaginó que era poseedor de dos cabezas. Afirmaba que una de ellas era la de Cicerón; en cuanto a la otra, se la imaginaba compuesta, siendo la de Demóstenes desde la frente hasta la boca y la de Lord Brougham desde la boca hasta el remate de la barbilla. No sería imposible que estuviese engañado; pero lo habría convencido de que tenía razón, porque era un hombre de gran elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no podía contenerse en manifestarlo. Por ejemplo, tenía la costumbre de saltar así sobre la mesa y luego…
En ese momento, un amigo del orador, sentado a su lado, le puso la mano en el hombro y le cuchicheó algunas palabras al oído; al oír esto, el otro cesó inmediatamente de hablar y se dejó caer sobre la silla.
– Y luego -dijo el amigo, el que había hablado en voz baja- hubo también un tal Boulard, la girándula. Lo llamo la girándula porque estuvo atacado de la manía singular acaso, pero no absolutamente insensata, de creerse transformado en veleta. Hubieran muerto de risa al verlo girar. Pirueteaba sobre sus talones de esta manera: vea usted…
Entonces, el amigo a quien él había interrumpido un momento antes, le prestó exactamente, a su vez, el mismo servicio.
-Pero -exclamó una anciana con voz chillona- su señor Boulard era un loco y un loco muy estúpido además. Porque, permítame preguntarle: ¿quién ha oído hablar jamás de una veleta humana? La cosa es absurda en sí misma. Madame Joyeuse era una persona más sensata, como usted sabe. También tenía su manía, pero una manía inspirada por el sentido común, y que causaba gran satisfacción a todos los que tenían el honor de conocerla. Había descubierto, tras madura reflexión, que había sido transformada, por un singular accidente, en gallo; pero en su calidad de gallo, se comportaba normalmente. Batía las alas así, así, con un esfuerzo prodigioso, y su canto era deliciosísimo… ¡Coo… o… co… coo… o…! ¡Coo… o… co… coo… oo…!
-Madame Joyeuse, le ruego que procure contenerse -interrumpió nuestro anfitrión con cólera-. Si no quiere conducirse correctamente como una dama debe hacerlo, puede abandonar la mesa inmediatamente. ¡Elija usted!…
La dama (a quien yo quedé asombrado de oír nombrar Madame Joyeuse, después de la descripción de Madame Joyeuse que ella acababa de hacer) se ruborizó hasta las pestañas y pareció profundamente humillada por la reprimenda. Bajó la cabeza y no respondió ni una sílaba. Pero una dama más joven reanudó el tema de conversación. Era la hermosa muchacha de la sala de visitas.
-¡Oh! -exclamó-. i Madame Joyeuse era una loca! Pero había mucho sentido común en la fantasía de Eugenia Salsafette. Era una hermosísima joven, de aire modesto y contrito, que juzgaba muy indecente la costumbre vulgar de vestirse y que quería vestirse siempre poniéndose fuera de sus ropas, no dentro. Es cosa muy fácil de hacer, después de todo. No tenéis más que hacer así… y luego así… y después… y finalmente…
-¡Dios mío! ¡Señorita Salsafette! -exclamaron una docena de voces a coro-. ¿Qué hace usted? ¡Conténgase!… ¡Basta! ¡Ya vemos cómo puede hacerse! ¡Basta!…
Y varias personas saltaban ya de las sillas para impedir a la señorita Salsafette ponerse al igual de la Venus de Médicis, cuando el resultado apetecible fue súbita y eficazmente logrado por consecuencia de los gritos o de los aullidos que provenían de algún departamento principal del castillo. Mis nervios se sintieron muy impresionados, si he de decir la verdad, por esos aullidos; pero los otros convidados me causaron lástima. Nunca he visto en mi vida reunión de personas sensatas tan absolutamente empavorecidas. Se tornaron todos pálidos como cadáveres, saltaban sobre la silla, se estremecían y castañeteaban de tenor y parecían esperar con oídos ansiosos la repetición del mismo ruido. Se repitió, en efecto, con tono más alto y como aproximándose; y luego una tercera vez, muy fuerte, muy fuerte, y, por fin, una cuarta vez, con energía que iba en descenso. Ante ese aparente apaciguamiento de la tempestad, toda la reunión recobró inmediatamente su alegría y su animación y las anécdotas pintorescas comenzaron de nuevo. Me aventuré entonces a indagar cuál era la causa de ese ruido.
-Una bagatela -dijo el señor Maillard-. Estamos ya fatigados de ello y nos preocupamos muy poco. Los locos, a intervalos regulares, se ponen a aullar a coro, excitándose el uno al otro, y llegando a veces a formar como una jauría de perros por la noche. Ocurre también de cuando en cuando que ese concierto de aullidos va seguido de un esfuerzo simultáneo de todos para evadirse; en ese caso, hay quien siente algún temor, naturalmente.
-¿Y cuántos tienen ahora encerrados?
-Por ahora, diez entre todos.
-Supongo que mujeres, principalmente…
-¡Oh, no! Todos hombres y robustos mozos; se lo puedo afirmar. – La verdad es que yo había oído decir siempre que la mayoría de los locos pertenecía al sexo amable.
-En general, sí; pero no siempre. Hace algún tiempo teníamos aquí unos veintisiete enfermos y de este número no había menos de dieciocho mujeres; pero desde hace poco, las cosas han cambiado mucho, como usted ve.
– Sí… han cambiado mucho… como usted ve -interrumpió el señor que había destrozado la tibia de Mademoiselle Laplace.
– Sí, han cambiado mucho, como usted ve -clamó al unísono la sociedad.
-¡Cállense ustedes, cállense!… ¡Contengan la lengua!… -gritó mi anfitrión, en un acceso de cólera.
Al oír esto, toda la reunión guardó durante un minuto un silencio de muerte. Hubo una dama que obedeció al pie de la letra al señor Maillard, es decir que, sacando la lengua, una lengua excesivamente larga, la agarró con las dos manos y la tuvo así con mucha resignación hasta el fin del banquete.
– Y esta señora -dije al señor Maillard, inclinándome hacia él y hablándole en voz baja-, esta excelente dama que hablaba hace un momento y que nos lanzaba su ¡cocoricó! y ¡kikirikí!, ¿es absolutamente inofensiva, totalmente inofensiva, eh?
-¡Inofensiva! -exclamó con sorpresa no fingida-. ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?
-¿No está más que ligeramente atacada? -dije yo señalándole la frente-. Supongo que no está peligrosamente afectada, ¿eh?
-¡Dios mío! ¿Qué se imagina usted? Esta dama, mi particular y antigua amiga, Madame Joyeuse, tiene el cerebro tan sano como yo. Padece de algunas excentricidades, sin duda alguna; pero ya sabe usted que todas las ancianas, todas las señoras muy ancianas, son más o menos excéntricas…
-Sin duda alguna -dije-, sin duda. ¿Y el resto de esas señoras y señores?…
-Todos son mis amigos y mis guardianes -interrumpió el señor Maillard, irguiéndose con altivez-, mis excelentes amigos y mis ayudantes.
-¿Cómo? ¿Todos ellos? -pregunté-. ¿Y las mujeres, también, sin excepción?…
– Indudablemente -dijo-. No podríamos hacer nada sin las mujeres: son las mejores enfermeras del mundo para los locos; tienen una manera suya especial, ¿sabe usted? Sus ojos producen efectos maravillosos, algo como la fascinación de la serpiente, ¿sabe usted?…
– Seguramente -dije yo-, seguramente. Se conducen de un modo algo extravagante, ¿no es eso? Tienen algo de original. ¿No le parece a usted?
– ¡Extravagante! ¡Original! ¡Cómo! ¿Opina usted así?… A decir verdad, en el Mediodía no somos hipócritas; hacemos todo lo que nos agrada; gozamos de la vida; y todas esas costumbres, ya comprende usted…
– Perfectamente -dije-, perfectamente…
– Y luego ese Clos de Vougeót es algo capitoso, ¿comprende usted?; un poco fuerte, ¿no es eso?
-Seguramente -dije yo-, seguramente. Entre paréntesis, señor, ¿no le he oído yo decir que el sistema adoptado por usted, en sustitución del famoso sistema de benignidad, era de una severidad rigurosa?…
-De ningún modo. La reclusión es absolutamente rigurosa; pero el tratamiento -el tratamiento médico, quiero decir- es agradable para los enfermos.
– ¿Y el nuevo sistema es de su invención?
-Nada de eso, absolutamente. Algunos aspectos de mi sistema deben ser atribuidos al profesor Alquitrán y del cual ha oído usted forzosamente hablar; y hay en mi plan modificaciones que me es grato reconocer como pertenecientes de derecho al célebre Pluma, a quien ha tenido usted el honor, si no me engaño, de conocer íntimamente.
– Me siento avergonzado de confesar -repliqué- que hasta ahora jamás había oído pronunciar los nombres de esos señores.
-¡Cielo santo! -exclamó mi anfitrión, retirando bruscamente la silla y levantando las manos en alto-. i Es posible que yo le haya entendido mal!… ¿No habrá querido usted decir, verdad, que no ha oído hablar jamás del erudito doctor Alquitrán ni del famoso profesor Pluma?…
-Me veo forzado a reconocer mi ignorancia -respondí-; pero la verdad ante todo. Créame que me siento humillado de no conocer las obras de esos dos hombres, sin duda alguna, extraordinarios. Voy a ocuparme de buscar sus escritos y los leeré con estudiosa diligencia. Señor Maillard, usted me ha hecho, lo confieso, avergonzarme de mí mismo…
Y era la pura verdad.
-No hablemos más de eso, mi joven y excelente amigo -dijo con bondad, estrechándome la mano-; tomemos cordialmente juntos un vaso de Sauterne.
Bebimos ambos. La reunión siguió el ejemplo sin vacilaciones. Charlaban, bromeaban, reían, realizaban mil extravagancias. Los violines rascaban, el tambor multiplicaba sus rataplanes, los trombones mugían como toros de Phalaris; y toda la cuadrilla, exaltándose a medida que los vinos la dominaban imperiosamente, se convirtió al fin en una especie de pandemónium in petto. Sin embargo, el señor Maillard y yo, con algunas botellas de Sauterne y de Clos de Vougeót repartidas entre nosotros dos, continuábamos el diálogo a chillidos. Una palabra pronunciada en el diapasón ordinario no habría tenido más probabilidades de ser oída que la voz de un pez en el fondo del Niágara.
-Señor -le grité al oído-, me hablaba usted, antes de la comida, del peligro que implica el antiguo sistema de lenidad. ¡A qué se refiere usted?
– Sí -respondió-, había algunas veces un gran peligro. No es posible darse cuenta de los caprichos de los locos; y, a mi juicio, y asimismo según la opinión del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no es prudente jamás dejarlos pasearse libremente y sin vigilantes. Un loco puede ser pacífico, como suele decirse, por algún tiempo, pero al fin es siempre capaz de turbulencias. Además, su astucia es proverbial y verdaderamente muy grande. Si tiene un plan sabe ocultarlo con maravillosa hipocresía; y la habilidad con que remeda la lucidez ofrece al estudio del filósofo uno de los más singulares problemas psíquicos. Cuando un loco parece completamente razonable, es ocasión, créamelo, de ponerle la camisa de fuerza.
-Pero ese peligro, querido amigo, ¿ese peligro de que usted habla?… Según su propia experiencia, desde que esta casa está bajo su control, ¿ha tenido usted una razón material y positiva para considerar peligrosa la libertad en un caso de locura?…
– ¿Aquí? ¿Por mi propia experiencia?… Ciertamente, no puedo responder ¡sí!… Por ejemplo, no hace mucho tiempo, una circunstancia singular se ha presentado en esta misma casa. El sistema de benignidad, como usted sabe, estaba entonces en uso y los enfermos se hallaban en libertad. Se conducían notablemente bien, a tal punto que toda persona de buen sentido hubiera podido deducir de esa cordura la prueba de que se fraguaba entre estos amigos algún plan diabólico. Y, en efecto, una buena mañana, los guardianes aparecieron atados de pies y manos y arrojados a las celdas, donde fueron vigilados por los mismos locos que habían usurpado las funciones de guardianes.
-¡Oh! ¿Qué me dice usted? No he oído hablar jamás, en mi vida, de absurdo semejante…
– Es un hecho. Todo eso ocurrió, gracias a un necio, a un estúpido, a un loco a quien se le había metido en la cabeza que era el inventor del mejor sistema de gobierno de que se hubiera oído hablar jamás, gobierno de locos, bien entendido. Deseaba dar una prueba de su invento y así persuadió a los otros enfermos de unirse a él en una conspiración para derribar al poder reinante.
– ¿Y lo consiguió realmente?…
-Completamente. Los vigilantes y los vigilados tuvieron que trocar sus respectivos papeles, con la diferencia muy importante, sin embargo, de que los locos habían quedado libres mientras que los guardianes fueron inmediatamente encerrados en calabozos y tratados (me duele confesarlo) de una manera muy poco gentil.
-Pero presumo que ha debido llevarse a cabo muy pronto una contrarrevolución. Esta situación no podía durar mucho tiempo. Los campesinos de las cercanías y los visitantes que venían a ver el establecimiento habrán dado, sin duda, la voz de alarma.
– Está usted en un error. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para que eso pudiera ocurrir. No admitió en lo sucesivo a ningún visitante; con excepción, por una sola vez, de un caballero joven, de fisonomía muy boba y que no podía inspirarle desconfianza alguna. Le permitió visitar la casa, como para introducir en ella un poco de variedad y para divertirse con él. Inmediatamente que le hubo enseñado todo, lo dejó salir…
-¿Y cuánto tiempo ha durado el reinado de los locos?…
-¡Oh, mucho tiempo, en verdad! Un mes, seguramente; no sé si más; acaso, pero no puedo precisarlo. Sin embargo, los locos se daban buena vida; puedo jurárselo. Desecharon sus trajes viejos y raídos, y aprovecharon lindamente el guardarropa de familia y las joyas. Las bodegas del castillo estaban bien provistas de vino y esos demonios de locos son buenos catadores y saben beber bien. Han vivido espléndidamente, se lo aseguro…
-¿Y el tratamiento? ¿Cuál era el género de tratamiento que aplicaba el jefe de los rebeldes?…
– En cuanto a eso, he de decirle que un loco no es necesariamente necio, como ya se lo he hecho observar, y es mi humilde opinión que su tratamiento era un tratamiento bastante mejor que el que había sido modificado. Era un tratamiento verdaderamente fundamental, sencillo, limpio, sin obstáculo alguno, realmente delicioso… era…
Aquí las observaciones de mi anfitrión fueron bruscamente interrumpidas por una nueva serie de gritos, de la misma calidad de los que ya nos habían desconcertado. Sin embargo, esta vez parecían proceder de personas que se iban acercando rápidamente.
-¡Cielo santo! -exclamé-. Los locos se han escapado, sin duda.
-Me temo que tenga usted razón -respondió el señor Maillard, poniéndose entonces terriblemente pálido.
Apenas concluida su frase cuando se hicieron oír grandes clamores e imprecaciones debajo de las ventanas, e inmediatamente después observamos, con toda claridad, que algunos individuos que estaban fuera se ingeniaban para entrar por maña o por fuerza en la sala. Se golpeaba en la puerta con algo que debía de ser una especie de cencerro o un enorme martillo y las contraventanas eran sacudidas y empujadas con prodigiosa violencia.
Siguió una escena de la más terrible confusión, el señor Maillard, con gran asombro mío, se escondió debajo del aparador. Hubiera esperado de él más resolución y energía. Los miembros de la orquesta, que desde un cuarto de hora antes parecían demasiado beodos para ejercer sus funciones artísticas, saltaron sobre sus taburetes y sus instrumentos y, escalando el tablado, atacaron al unísono una marcha, el Yankee-Doodle[2],que ejecutaron, si no con maestría, al menos con una energía sobrehumana, durante todo el tiempo que duró el desorden.
Con todo, el señor a quien antes se le había impedido, con gran dificultad, saltar sobre la mesa, saltó ahora en medio de vasos y botellas. Inmediatamente que estuvo instalado con toda comodidad, inició un discurso que indudablemente hubiera parecido de primer orden si se le hubiera podido oír. En el mismo instante el hombre cuyas predilecciones estaban por la veleta, se puso a piruetear alrededor de la habitación, con inmensa energía, tanto que tenía el aspecto de una verdadera veleta, derribando a todos los que encontraba a su paso. Y luego, oyendo increíbles petardeos y chorreos inauditos de champaña, descubrí que todo eso procedía del individuo que durante la comida había desempeñado tan bien el papel de botella. Al mismo tiempo, el hombre-rana croaba con todas sus fuerzas, como si la salvación de su alma dependiese de cada nota que profería. En medio de todo ello, se elevaba, dominando todos los ruidos, el ininterrumpido rebuzno de un asno. En cuanto a mi antigua amiga, Madame Joyeuse, parecía hallarse atacada de tan horrible perplejidad, que me inspiraba deseos de llorar. Estaba de pie en un rincón, cerca de la estufa, y se contentaba con cantar, a voz en cuello, ¡cocoricó, kikirikí!
Por fin, llegó la crisis suprema, la catástrofe del drama. Como los gritos, los aullidos y los kikirikís eran las únicas formas de resistencia, los únicos obstáculos opuestos a los esfuerzos de los asaltantes, las dos ventanas fueron forzadas rápidamente y casi simultáneamente. Pero no olvidaré jamás mis sensaciones de aturdimiento y de horror cuando vi saltar por las ventanas y precipitarse atropelladamente entre nosotros, gesticulando con las manos, con los pies, con las uñas, un verdadero ejército aullador de monstruos, que primeramente tomé por chimpancés, orangutanes o grandes babuinos negros del Cabo de Buena Esperanza.
Recibí unos terribles golpes, y entonces me apelotoné debajo de un diván, donde quedé inmóvil. Después de haber permanecido allí un cuarto de hora aproximadamente, durante el cual escuché todo lo que ocurría en la sala, obtuve, al fin, con el desenlace, una explicación satisfactoria de esa tragedia. El señor Maillard, al contarme la historia del loco que había excitado a sus camaradas a la rebelión, no había hecho sino relatar sus propias fechorías. Ese señor había sido, en efecto, dos o tres años antes, director del establecimiento; luego su cerebro se había perturbado y había pasado al número de los enfermos. Este hecho no era conocido del compañero de viaje que me había presentado a él. Los guardianes, en número de diez, habían sido súbitamente atacados, luego bien alquitranados, luego cuidadosamente emplumados, luego, por fin, encerrados en los sótanos. Habían estado así encerrados más de un mes, y durante todo ese tiempo el señor Maillard no sólo les había concedido generosamente el alquitrán y las plumas (lo cual constituía su sistema) sino también… algo de pan y agua en abundancia. Diariamente una bomba impelente les enviaba su ración de duchas…
Al fin, uno de ellos, habiéndose evadido por una alcantarilla, devolvió la libertad a todos los demás.
El sistema de benignidad, con importantes modificaciones, ha sido restaurado en el sanatorio de los locos; pero no puedo menos de reconocer, con el señor Maillard, que su tratamiento, el suyo original y peculiar, era, en su género, un tratamiento fundamental. Como él mismo hacía observar con exactitud, era un tratamiento sencillo, limpio, sin dificultad alguna, absolutamente ninguna…
Sólo he de añadir unas palabras.
Aunque he buscado por todas las bibliotecas de Europa las obras del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no he podido, hasta hoy, a pesar de todos mis esfuerzos, conseguir un ejemplar.