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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: » El plano espiritual «

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Dos viajeros cruzaban junto a Nasrudín las montañas del Himalaya, discutiendo sobre la importancia de poner en práctica todo aquello que habían aprendido en el plano espiritual. Estaban tan entretenidos en el plano espiritual que no fue hasta bien entrada la noche que se dieron cuenta de que solamente llevaban consigo un pedazo de pan.

Decidieron no discutir sobre quién merecía comerlo. Sin duda eran hombres piadosos; dejarían la decisión en manos de los dioses. Rezaron para que durante la noche, un espíritu superior les indicase quién de ellos recibiría el alimento.

A la mañana siguiente, los tres se levantaron al salir el sol.
—He aquí mi sueño, principió el primer viajero. Yo iba cargado hacia lugares donde nunca había estado antes, y experimenté toda la paz y armonía que he buscado en vano en esta vida terrenal. En medio de ese idílico paraíso, un sabio de largas barbas me decía: «Tú eres mi preferido, ya que jamás te entregastes al placer mundano y siempre renunciaste a todo lo vacuo. Sin embargo, para confirmar mi alianza contigo, me gustaría que comieras un pedazo de pan».
—Es bien extraño, comentó el segundo viajero,porque en mi sueño, yo vi mi pasado de santidad y mi futuro de maestro. Mientras miraba el porvenir, encontré un hombre de gran sabiduría diciendome: «Tú necesitas comer más que tus dos amigos porque tendrás que liderar a mucha gente, y para ello necesitarás fuerza y energía.”
—En mi sueño, intervino entonces Nasrudín, yo no vi nada, no visité ningún lugar ni encontré a ningún sabio. Sin embargo, a determinada hora de la noche me desperté de repente. Y me comí el pan.
Los otros dos se enfurecieron:
—¿Dinos, por qué no nos llamaste, antes de tomar una decisión tan personal?
—Vaya, ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Estabais tan lejos, encontrándoos con maestros y teniendo visiones sagradas! Ayer argumentábamos sobre la importancia de poner en práctica todo aquello que aprendemos en el plano espiritual. En mi caso, Dios actuó rápido y me hizo despertar a causa del hambre.

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: » La joven impúdica «

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Durante mucho tiempo, Nasrudín había tenido la intención de pedir la mano de cierta joven. Pero antes de que hubiera ahorrado el dinero de la dote, su amigo le dijo que iba a casarse con la bella muchacha. El Mullah se quedó trastornado y, pensando un momento, dijo:
—Te felicito, ella es verdaderamente el mejor premio. Casualmente, hoy hablaba con otro hombre, que admitía, que estaba deslumbrado por sus encantos.
—¿Estás diciendo que ha aparecido sin velo en público?, preguntó su amigo.
—Simplemente repito lo que he oído, no he hecho preguntas, contestó Nasrudín.

Muy angustiado, el otro hombre salió corriendo a la casa de su futuro suegro y rompió el compromiso.

Unos meses después, cuando finalmente Nasrudín había conseguido el dinero de la dote, se comprometió con la muchacha. Cuando su amigo oyó la noticia, se enfadó mucho.
—¡Qué va! ¡Si no me hubieras dado a entender que era impúdica, me habría casado con ella!
—Estás confundido, dijo Nasrudín. Jamás insinué que fuera impúdica.
—Dijiste que habías hablado con otro hombre que estaba deslumbrado por su belleza.
—¿No mencioné que el otro hombre era su padre?,preguntó Nasrudín.

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: «El maestro espiritual»

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Un anciano sabio había llegado a la aldea desde más allá de Ashsharq, un lejano territorio de Oriente. Sus exposiciones filosóficas eran tan abstrusas, y sin embargo tan fascinantes, que los parroquianos de la casa de té llegaron a pensar que quizá podría llegar a revelarles los misterios de la vida.

El Mullah Nasrudín lo escuchó durante un rato.

—Sabrá usted, acotó Nasrudin, que he tenido experiencias parecidas a las que usted vivió durante sus viajes. Yo también he sido un maestro errante.

—Cuénteme algo de eso, si es imprescindible,precisó el anciano, algo molesto por la interrupción.

—Oh, sí, debo hacerlo, afirmó el Mullah, por ejemplo, en un viaje que hice por el Kurdistán era bienvenido por dondequiera que fuese. Me hospedaba y trasladaba de un monasterio a otro, donde los derviches escuchaban atentamente mis palabras. Me suministraban alojamiento gratuitamente en las posadas y comidas en las casas de té. En todas partes la gente al verme quedaba impresionada.

El anciano monje comenzaba a impacientarse ante tanta propaganda personal:
—¿Nadie se opuso en ningún momento a algo de lo que usted decía?, preguntó agresivamente.
—Sí, afirmó un inefable Nasrudín, una vez en un pueblo fui golpeado, introducido al cepo y finalmente expulsado del lugar.
—¿Cuál fue el motivo?
—Bueno, verá usted, ocurrió que en esa ciudad la gente comprendía turco, el idioma con el que yo impartía mis enseñanzas.
—¿Y qué sucedía con aquella gente que lo recibía tan bien?
Ah, pues esos eran kurdos; tienen su propio idioma. Estaba a salvo mientras estuviera entre ellos.

 

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: ¿Saben de qué les voy a hablar?

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Esta historia comienza cuando Nasrudín llega a un pequeño pueblo en algún lugar lejano de Medio Oriente.

Era la primera vez que estaba en ese pueblo y una multitud se había reunido en un auditorio para escucharlo. Nasrudín, que en verdad no sabía que decir, porque él sabía que nada sabía, se propuso improvisar algo y así intentar salir del atolladero en el que se encontraba.

Entró muy seguro y se paró frente a la gente. Abrió las manos y dijo:

-Supongo que si ustedes están aquí, ya sabrán que es lo que yo tengo para decirles.

La gente dijo:

-No… ¿Qué es lo que tienes para decirnos? No lo sabemos ¡Háblanos! ¡Queremos escucharte!

Nasrudín contestó:

-Si ustedes vinieron hasta aquí sin saber qué es lo que yo vengo a decirles, entonces no están preparados para escucharlo.

Dicho esto, se levantó y se fue.

La gente se quedó sorprendida. Todos habían venido esa mañana para escucharlo y el hombre se iba simplemente diciéndoles eso. Habría sido un fracaso total si no fuera porque uno de los presentes -nunca falta uno- mientras Nasrudín se alejaba, dijo en voz alta:

-¡Qué inteligente!

Y como siempre sucede, cuando uno no entiende nada y otro dice “¡qué inteligente!”, para no sentirse un idiota uno repite: “¡sí, claro, qué inteligente!”. Y entonces, todos empezaron a repetir:

-Qué inteligente.

-Qué inteligente.

Hasta que uno añadió:

-Sí, qué inteligente, pero… qué breve.

Y otro agregó:

-Tiene la brevedad y la síntesis de los sabios. Porque tiene razón. ¿Cómo nosotros vamos a venir acá sin siquiera saber qué venimos a escuchar? Qué estúpidos que hemos sido. Hemos perdido una oportunidad maravillosa. Qué iluminación, qué sabiduría. Vamos a pedirle a este hombre que dé una segunda conferencia.

Entonces fueron a ver a Nasrudín. La gente había quedado tan asombrada con lo que había pasado en la primera reunión, que algunos habían empezado a decir que el conocimiento de Él era demasiado para reunirlo en una sola conferencia.

Nasrudín dijo:

-No, es justo al revés, están equivocados. Mi conocimiento apenas alcanza para una conferencia. Jamás podría dar dos.

La gente dijo:

-¡Qué humilde!

Y cuanto más Nasrudín insistía en que no tenía nada para decir, con mayor razón la gente insistía en que querían escucharlo una vez más. Finalmente, después de mucho empeño, Nasrudín accedió a dar una segunda conferencia.

Al día siguiente, el supuesto iluminado regresó al lugar de reunión, donde había más gente aún, pues todos sabían del éxito de la conferencia anterior. Nasrudín se paró frente al público e insistió con su técnica:

-Supongo que ustedes ya sabrán que he venido a decirles.

La gente estaba avisada para cuidarse de no ofender al maestro con la infantil respuesta de la anterior conferencia; así que todos dijeron:

-Sí, claro, por supuesto lo sabemos. Por eso hemos venido.

Nasrudín bajó la cabeza y entonces añadió:

-Bueno, si todos ya saben qué es lo que vengo a decirles, yo no veo la necesidad de repetir.

Se levantó y se volvió a ir.

La gente se quedó estupefacta; porque aunque ahora habían dicho otra cosa, el resultado había sido exactamente el mismo. Hasta que alguien, otro alguien, gritó:

-¡Brillante!

Y cuando todos oyeron que alguien había dicho “¡brillante!”, el resto comenzó a decir:

-¡Si, claro, este es el complemento de la sabiduría de la conferencia de ayer!

-Qué maravilloso

-Qué espectacular

-Qué sensacional, qué bárbaro

Hasta que alguien dijo:

-Sí, pero… mucha brevedad.

-Es cierto- se quejó otro

-Capacidad de síntesis- justificó un tercero.

Y en seguida se oyó:

-Queremos más, queremos escucharlo más. ¡Queremos que este hombre nos de más de su sabiduría!

Entonces, una delegación de los notables fue a ver a Nasrudín para pedirle que diera una tercera y definitiva conferencia. Nasrudín dijo que no, que de ninguna manera; que él no tenía conocimientos para dar tres conferencias y que, además, ya tenía que regresar a su ciudad de origen.

La gente le imploró, le suplicó, le pidió una y otra vez; por sus ancestros, por su progenie, por todos los santos, por lo que fuera. Aquella persistencia lo persuadió y, finalmente, Nasrudín aceptó temblando dar la tercera y definitiva conferencia.

Por tercera vez se paró frente al público, que ya eran multitudes, y les dijo:

-Supongo que ustedes ya sabrán de qué les voy a hablar.

Esta vez, la gente se había puesto de acuerdo: sólo el intendente del poblado contestaría. El hombre de primera fila dijo:

-Algunos si y otros no.

En ese momento, un largo silencio estremeció al auditorio. Todos, incluso los jóvenes, siguieron a Nasrudín con la mirada.

Entonces el maestro respondió:

-En ese caso, los que saben… cuéntenles a los que no saben.

Se levantó y se fue.

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: La Sopa de Pato

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pato-a-la-cazuelaCierto día, un campesino fué a visitar a Nasrudín, atraído por la gran fama de éste. Deseoso de ver de cerca al hombre más ilustre y más idiota del país, le llevó como regalo un magnífico pato.

El Mulá, muy honrado, invitó al hombre a cenar y pernoctar en su casa. Comieron una exquisita sopa preparada con el pato.

 A la mañana siguiente, el campesino regresó a su campiña, feliz de haber pasado algunas horas con un personaje tan importante.

Algunos días mas tarde, los hijos de este campesino fueron a la ciudad y a su regreso pasaron por la casa de Nasrudín.

– Somos los hijos del hombre que le regaló un pato – se presentaron.

Fueron recibidos y agasajados con sopa de pato.

Una semana después, dos jóvenes llamaron a la puerta del Mulá.

– ¿Quienes son ustedes?

– Somos los vecinos del hombre que le regaló un pato.

El Mulá empezó a lamentar haber aceptado aquél pato. Sin embargo, puso al mal tiempo buena cara, e invitó a sus huéspedes a comer.

A los ocho días, una familia completa pidió hospitalidad al Mulá.

– Y ustedes ¿quiénes son?

– Somos los vecinos de los vecinos del hombre que le regaló un pato.

Entonces el Mulá hizo como si se alegrara y los invitó al comedor. Al cabo de un rato, apareció con una enorme sopera llena de agua caliente y llenó cuidadosamente los tazones de sus invitados. Luego de probar el líquido, uno de ellos exclamó:

– Pero …. ¿qué es esto, noble señor? ¡Por Allah que nunca habíamos visto una sopa tan desabrida!

El Mulá Nasrudín se limitó a responder:

-Esta es la sopa de la sopa de la sopa de pato que con gusto les ofrezco a ustedes, los vecinos de los vecinos de los vecinos del hombre que me regaló el pato !!!

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: Los granjeros a los que se les daban bien los números.

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Nasrudín es un Mulá (maestro) que protagoniza una larga serie de historias-aventuras-cuentos-anécdotas, representando distintos papeles: agricultor, padre, juez, comerciante, juez, sabio, maestro o tonto. Cada una de estas historias cortas hace reflexionar a quién la lee u oye, como una fábula, y además suelen ser humorísticas, con el humor simple de lo cotidiano, a veces con contrasentidos y aparentes absurdos.

Sus enseñanzas, que han sido y son utilizadas por los maestros del sufismo, van desde la explicación de fenómenos científicos y naturales, de una manera más fácilmente comprensible, a la ilustración de asuntos morales.

Idres Shah popularizó en Occidente al personaje a través de diversas recopilaciones de estos cuentos breves rescatados de la literatura y tradición oral de las culturas donde es conocido.

Ya, ya se que yo estoy totalmente en contra del Islam y esto puede parecer una contradicción pero lo cierto es que SON RELATOS HUMORÍSTICOS y en ellos NO se hace proselitismo religioso, así que contradición ninguna. Es, sencillamente, un relato humorístico (por supuesto cada uno se lo puede tomar como quiera) y, en mi opinión, SON TODOS DIVERTIDÍSIMOS, yo me parto jejev con este menda.

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Los granjeros…

a los que se les daban bien los números.

 

nasrudin02De entre todos los pueblos que el mula Nasrudin visitó en sus viajes, había uno que era especialmente famoso porque a sus habitantes se les daban muy bien los números. Nasrudin encontró alojamiento en la casa de un granjero. A la mañana siguiente se dio cuenta de que el pueblo no tenía pozo. Cada mañana, alguien de cada familia del pueblo cargaba uno o dos burros con garrafas de agua vacías y se iban a un riachuelo que estaba a una hora de camino, llenaban las garrafas y las llevaban de vuelta al pueblo, lo que les llevaba otra hora más.

«¿No sería mejor si tuvieran agua en el pueblo?», preguntó Nasrudin al granjero de la casa en la que se alojaba. «¡Por supuesto que sería mucho mejor!», dijo el granjero. «El agua me cuesta cada día dos horas de trabajo para un burro y un chico que lleva el burro. Eso hace al año mil cuatrocientas sesenta horas, si cuentas las horas del burro como las horas del chico. Pero si el burro y el chico estuvieran trabajando en el campo todo ese tiempo, yo podría, por ejemplo, plantar todo un campo de calabazas y cosechar cuatrocientas cincuenta y siete calabazas más cada año.»

«Veo que lo tienes todo bien calculado», dijo Nasrudin admirado. «¿Por qué, entonces, no construyes un canal para traer el agua al río?» «¡Eso no es tan simple!», dijo el granjero. «En el camino hay una colina que deberíamos atravesar. Si pusiera a mi burro y a mi chico a construir un canal en vez de enviarlos por el agua, les llevaría quinientos años si trabajasen dos horas al día. Al menos me quedan otros treinta años más de vida, así que me es más barato enviarles por el agua.»

«Sí, ¿pero es que serías tú el único responsable de construir un canal? Son muchas familias en el pueblo.»

«Claro que sí», dijo el granjero. «Hay cien familias en el pueblo. Si cada familia enviase cada día dos horas un burro y un chico, el canal estaría hecho en cinco años. Y si trabajasen diez horas al día, estaría acabado un año.»

«Entonces, ¿por qué no se lo comentas a tus vecinos y les sugieres que todos juntos construyáis el canal?

«Mira, si yo tengo que hablar de cosas importantes con un vecino, tengo que invitarle a mi casa, ofrecerle té y halva, hablar con él del tiempo y de la nueva cosecha, luego de su familia, sus hijos, sus hijas, sus nietos. Después le tengo que dar de comer y después de comer otro té y él tiene que preguntarme entonces sobre mi granja y sobre mi familia para finalmente llegar con tranquilidad al tema y tratarlo con cautela. Eso lleva un día entero. Como somos cien familias en el pueblo, tendría que hablar con noventa y nueve cabezas de familia. Estarás de acuerdo conmigo que yo no puedo estar noventa y nueve días seguidos discutiendo con los vecinos. Mi granja se vendría abajo. Lo máximo que podría hacer sería invitar a un vecino a mi casa por semana. Como un año tiene sólo cincuenta y dos semanas, eso significa que me llevaría casi dos años hablar con mis vecinos. Conociendo a mis vecinos como les conozco, te aseguro que todos estarían de acuerdo con hacer llegar el agua al pueblo, porque todos ellos son buenos con los números. Y como les conozco, te digo, que cada uno prometería participar si los otros participasen también. Entonces, después de dos años, tendría que volver a empezar otra vez desde el principio, invitándoles de nuevo a mi casa y diciéndoles que todos están dispuestos a participar.» «Vale», dijo Nasrudin, «pero entonces en cuatro años estarías preparados para comenzar el trabajo. ¡Y al año siguiente, el canal estaría construido!»

«Hay otro problema», dijo el granjero. «Estarás de acuerdo conmigo que una vez que el canal esté construido, cualquiera podrá ir por agua, tanto como si ha o no contribuido con su parte de trabajo correspondiente.»

«Lo entiendo», dijo Nasrudin . «Incluso si quisierais, no podríais vigilar todo el canal.»

«Pues no», dijo el granjero. «Cualquier caradura que se hubiera librado de trabajar, se beneficiaría de la misma manera que los demás y sin coste alguno.»

«Tengo que admitir que tienes razón», dijo Nasrudin.

«Así que como a cada uno de nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escabullirnos. Un día el burro no tendrá fuerzas, el otro el chico de alguien tendrá tos, otro la mujer de alguien estará enferma, y el niño, el burro tendrán que ir a buscar al médico.

Como a nosotros se nos dan bien los números, intentaremos escurrirnos el bulto. Y como cada uno de nosotros sabe que los demás no harán lo que deben, ninguno mandará a su burro o a su chico a trabajar. Así, la construcción del canal ni siquiera se empezará.»

«Tengo que reconocer que tus razones suenan muy convincentes», dijo Nasrudin. Se quedó pensativo por un momento, pero de repente exclamó: «Conozco un pueblo al otro lado de la montaña que tiene el mismo problema que ustedes tienen. Pero ellos tienen un canal desde hace ya veinte años.»

«Efectivamente», dijo el granjero, «pero a ellos no se les dan bien los números.»

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Hambre.

BiRgnsnCEAA6KQKEra una noche fresca y había salido a caminar por una solitaria y oscura calle, sin buscar nada ni a nadie, hasta que en una esquina vi que él dio la vuelta. Era alto, cabello negro, iba de traje con un maletín en una mano, su aroma era dulce, embriagante hasta el éxtasis.

Me envolvió completamente su ser, su calor, toda su energía, y decidí seguirle, cada paso que daba me daba la sensación del cazador que iba por su presa dispuesto a atraparla a como diera lugar, era tan fuerte esa sensación que el noto mi presencia y al girarse bruscamente para buscar quien era ese ser que le perseguía con tanta insistencia, se encontró con la calle vacia, silenciosa y muy oscura sonrió sintiéndose tranquilo de que no era nada.

La calle no tenia fin, y yo ya no podía esperar mas por tenerlo entre mis brazos, sentir su calor, su respiración y la piel de su cuello rasposa por la barba. Me hice notar poco a poco, a el le inquieto que de la nada se escucharan unas pisadas tan fuertes y rapidas, el inconfundible sonido que hacen los tacones de una mujer al chocar contra el asfalto, el acelero aun mas el paso a mi me pareció muy tierno que intentara huir de esa manera, su respiración se acelero, sus latidos aumentaron aun mas, el estaba atento a cualquier ataque para intentar defenderse. Me acercaba aun mas a el, hasta estar a tres pasos lista para atraparlo entre mis brazos, pero el empezó a correr y cuando se sintió mas seguro y cansado disminuyo la velocidad volvió a girarse, y ahí estaba, la calle totalmente vacia, nada del peligro que el sentia.

Tratando de tranquilizarse intento respirar con normalidad, dejo caer su maletín y se llevo las manos a la cara, aun estaba temblando y sudando, después de unos segundos levanto su maletín y se dio la vuelta para darse un susto de muerte frente a el estaba yo, una mujer normal sonriendo sin nada amenazante, dio unos pasos atrás por la impresión, luego rió apenado por su reacción. Se disculpó, por estar tan asustado por eso no escucho mis pasos, siguió con sus disculpas y su historia casi fantástica de que alguien lo estaba siguiendo, yo me acerque a el y note su miedo, reconoció ese sonido, el sonido de mis pasos; quedo paralizado del terror mientras yo lo abrazaba y sentía su respiración y su piel rasposa, intentaba pedir auxilio pero yo lo tenia tan fuertemente abrazado a mi que podía escuchar el crujir de sus huesos rompiendose y su corazón que cada vez latía mas y mas despacio mientras yo me alimentaba de el, con ese dulce néctar que llenaba cada fibra de mi del mas delicioso placer.

Cuando su corazón latió por ultima vez me separe de el, lo deje suavemente en el asfalto y me fui caminando tranquila y satisfecha.

POR: ginger feroz

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Don Gallo.

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– Esto no puede continuar así, – dijo la gallina muy molesta.
– No te me aceleres que te desvíelas, ¿qué quieres que haga?
– Calmar tus instintos, y no andar de pispireto.
– ¿Que piojo te picó hoy?
– Ningún piojo, solo una pulga que la traigo entre ceja y ceja
– Por donde anda ahora, que ya te la picoteo y me la como.
– Eso es lo que andas haciendo con ella, picoteándola y saboreándotela a mis espaldas, no tienes vergüenza, ni te importa lo que digan los demás de nosotros
– ¿Y que van a decir?  Que somos una familia feliz.
– ¿Feliz? ¡Cocó rococó!  Muérome de la risa.  Es lo menos que dicen
.
– ¿Entonces que?
– No te hagas el tonto que no te queda, sabes muy bien que todas mis amigas y familiares te han visto de ala caída con la pelirroja recién llegada.
– Quiquiriquiqui, muerome por no llorar, ni me gusta, ni tiene buena pechuga ni nada por allí ni nada por allá.
– Si pues, lléname el buche con tus palabras, como si no te conociera.
– Me debes de conocer muy bien.  ¿Cuánto tiempo llevamos juntos y cuantos hijos?
– No te metas con mis hijos, que ellos no tienen nada que ver,  porque quiere huevos mantenerlos contigo o sin ti.
– No me dejes a un lado, que algo tengo que ver en eso.
– Si, alguito, porque tus saltitos de gallo a cada rato lo único que me causan es malestar, dolor de cabeza, y nunca puedes lograr complacerme.
– ¿Y cuando te traigo los mejores manjares a la mesa?
– No jodas, estoy hablando sexualmente.
– Pero esa es mi naturaleza, ya lo tendrías que haber entendido.
– Ya lo entendí, pero no me acostumbro. ¡Lástima que ya no hay mas gallos por aquí!
– ¿Que dijiste?  ¡Ni lo vuelvas a repetir!  ¡No me conoces!   Porque cuando me enojo, me pongo como la gran puta.
– ¡Huy!   Donde aprendiste esas palabras, hasta te desconozco.
– Se las escuche al patrón que se las dijo a su mujer.
– ¿Y ella que hizo?
– Le zampo un morongazo que lo dejó dormido…  Pero tu ni lo intentes, que te mando a dormir con los cerdos.
– No te preocupes que pronto ya no me veras.
– ¿A donde vas a ir?
– A las fiestas del pueblo y ya no me volverás a ver.
– No empieces, eso mismo me dijiste hace un año y nada que ver.
– Eso fue porque no quise irme.
– ¿O porque estabas flaca y llena de críos?
– Exactamente, ¿pero ahora que?  Estoy de doble pechuga, buenos muslos, y que decir de las piernas, además, nada me impide volar a otros rumbos.
– No vueles muy alto que puedes caer muy bajo.
– Mas de lo que he caído entre tus brazos no creo, espero estar en otras manos, que  me deseen, me saboreen y que disfruten de todo mi cuerpo y que chupen todos mis huesitos.
– Mejor duermete , solo tonterías hablas – Dijo el gallo doblado la pierna bajo su ala, sobre la estaca de su gallinero.
La madrugada lo encontró en pleno canto anunciando el alba cuando vio las jaulas llenas de gallinas sobre el camión rumbo a la ciudad.  Entre ellas la madre de sus hijuelos… 
Su canto ya no fue de dar la hora del amanecer, sino de tristeza.
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En el espacio.

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Hace días, largas semanas, que vagamos por el Espacio sin saber exactamente dónde llegaremos.
Aún nos quedan provisiones de sobra para algunas semanas más, pero la tripulación empieza agobiarse al no encontrar nada similar a un planeta, aparte de un par de meteoritos que pasan cerca de la nave de vez en cuando… y hasta eso ya ha perdido su emoción.
Está llegando a ser todo tan aburrido… ya no hay nada que hacer, nada de que hablar… nos sabemos la vida y pormenores de unos y otros. Y desde la cabina de mando no se ve nada de nada.

-Si no encontramos pronto nada de interés voy a volverme loco, comandante.
-Tranquilo, hay que tener algo de paciencia.
-¿Más paciencia? Ya no soy yo solo, señor, el resto de la tripulación lo comenta. Quizá sea una misión fallida, como tantas otras.
-Repito, tengamos paciencia, amigo, tengamos paciencia.

Los miembros del equipo sorteaban de vez en cuando algún bólido, comentando la jugada entre ellos.

-Vaya, ese ha pasado cerca.
-Los meteoritos están ya controlados, va a hacer falta que aparezca algo más fuerte y más grande para ponernos, como mucho, nerviosos.
-Ojalá aparezca.
-De verdad que sí.

-¿Has visto eso?
-¿Qué?
-Ahí, a la derecha de la nave, es anaranjado, ¿lo ves?
-Vaya, creo que habrá que avisar al comandante, quizá sea un asteroide o un planeta, no veo nada parecido desde hace semanas.

Dos de mis hombres acaban de irrumpir en la cabina mientras me estaba quedando dormido. A Dios gracias, parece que han avistado algún tipo de asteroide o, puede ser, un planeta a lo lejos.
He dado la orden para acercarnos y la tripulación se ha puesto como loca. Sólo espero poder bajar y estirar las piernas fuera de la nave.

Pasadas unas horas, parecemos haber llegado a un extraño planeta de arena naranja. Tras un rato deliberando y preparándonos, decidimos salir fuera y hacer una pequeña expedición sin alejarnos demasiado de la nave.
No hay moros en la costa, tan sólo una singular vegetación, de colores morados y rojizos adorna el terreno ligeramente abrupto. Un poco más allá, se ve algo parecido a un cráter, tras hablarlo todos, decidimos acercarnos para verlo bien.

-Señor, me da un poco de miedo, a medida que nos acercamos al cráter, se oye un silbido más fuerte, ¿lo oye usted?
-Sí, claro que lo oigo, pero quiero saber de dónde viene.
-Nosotros le acompañaremos comandante, no nos da miedo.
-De acuerdo, ¿hay alguien más al que le de miedo venir y prefiera quedarse vigilando la nave?

Tras un par de minutos y miradas burlonas entre unos y otros, toda la tripulación decide acompañarme al misterioso cráter, armados por supuesto con aparatos de última tecnología.

-Comandante, si este zumbido sigue aumentando de volumen, creo que me van a estallar los oídos.
-A mí también señor, está empezando a ser insoportable.
-¿Alguien más que quiera quejarse como una niña? Callaos ya, vosotros sí que me dais dolor de cabeza con tanta queja y tanta tontería.
-Disculpe señor.

Vaya, el cráter es bastante más grande de lo que pensaba, no más que una piscina normal y corriente, pero es hondo y oscuro. Los hombres tienen miedo, no lo dicen pero se les nota temblar, se miran unos a otros y el sudor invade sus frentes frías.
Y tienen razón, ese zumbido es del todo insufrible.

-¡Señor! Creo que algo se ha movido ahí debajo.
-¿Dónde?
-Me ha parecido ver algo moviéndose.
-Yo no veo nada.
-¡Sí mire, ahí delante!
-¿Están todos locos? Os repito que yo no he visto nada, ni veo nada, estáis dejándoos llevar por el miedo y hasta veis cosas donde no las hay.
-Por favor señor, no sea tan incrédulo, asómese un poco, verá como hay algo. Diría que de esa cosa vienen los zumbidos… por cierto, han dejado de oírse.
-Me tendría que haber quedado en la nave.
-Pues todavía estás a tiempo.
-Creo que no… ¡Mirad!
-¡Se mueve! ¡Viene hacia aquí!
-¡Dejad de gritar! ¿Qué clase de tripulación he traído conmigo que se asustan igual que bebés?
-¡Comandante está acercándose!

Creo que mis hombres tienen razón en cuanto a la procedencia del zumbido… parece que esa cosa verde que se acerca es la causante de nuestro dolor de oídos y el miedo de todos estos señores.

-¡Dios mío!
-¡Shhhh! ¡Sacad las armas, pero que no dispare nadie hasta que yo lo ordene! Quizá sea pacífico.
-Quizá no, comandante.
-¡Silencio!
-Señor, parece más grande según se acerca, cada vez se ven más tentáculos saliendo de su cuerpo.
-Señor, es horrible, ¿qué debemos hacer?
-Que no cunda el pánico, estad todos atentos y con las armas preparadas por si hay que abrir fuego. De momento esperemos a ver cómo reacciona el bicho.
-Se ha parado.
-Parece que nos observa señor. Fíjese qué cantidad de ojos y qué alto es.
-Comandante, da la impresión de que es viscoso, toda su piel brilla y parece mojada.
-Así es, parece que gotea. Pero sigan tranquilos, no pasa nada.
-Vuelve a zumbar, señor, si intensifica mucho más el volumen vamos a tener que retirarnos, no creo que nuestros tímpanos puedan soportarlo.
-¡Señor! ¡Avanza otra vez!
-¡Viene hacia aquí! ¡Se aproxima con sus tentáculos!
-¡Quiere atraparnos señor!
-¡No huyáis! ¡No seáis cobardes! ¡Tenemos que enfrentarnos al monstruo!
-¡Comandante, si sigue avanzando y apenas se puede oír en condiciones! ¡Tendremos que abrir fuego y acabar con él!
-¡Esperad todos! ¡Hay que ver cómo reacciona! Probablemente no nos quiera hacer nada.
-Pero señor, hemos invadido su territorio, seguramente quiera echarnos del cráter.
-Y también matarnos señor.
-¡Panda de miedicas! Hemos de enfrentarnos a él, a vida o muerte. ¡Y será su muerte!
-¡Preparad las armas y esperad a que el comandante de la orden de asalto!
-¡Dividíos para atacar cada uno por un lado al bicho! ¡Tranquilos, no va a pasar nada, hay que acercarse despacio!
-¡Señor, ha atrapado a un soldado! ¡Si el láser de las armas roza al hombre, lo freirá antes que al monstruo!
-¡Hay que dispararle por detrás!
-¡Cuidado con los tentáculos!
-¡Está ahogándolo! Comandante, ¿qué vamos a hacer?
-¡Abrid fuego! ¡Disparad todos al monstruo!
-¡Cuidado!
-¡Señor, me temo que las cosas empeoran!
-¿Qué pasa ahora soldado?
-Dos monstruos aún más grandes que este se aproximan por las afueras del cráter, ¡estamos perdidos!
-¡Dios mío, tienes razón! ¡Todos a la nave! ¡Retirada!

-¡Niños! Recoged las cajas del jardín, ya está la merienda.
-Nos pasamos no sé cuánto tiempo pensando qué regalarles y se entretienen con cuatro cajas de cartón, como antaño.
-Encantador… ¡Niños! ¿No oís?

-¡Los monstruos quieren acabar con nuestra nave!
-¡Oh, no!
-¡Aagg…!

-¡Niños!

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Un relato Escato-Costumbrista

Ewc-en-el-mundo-07n algún lugar de provincias la España de post guerra se despereza lentamente de la pesadilla. Es el final de los años cincuenta.
Alberto es un joven de su época. Viste traje gris, usa una camisa blanca con cuello y corbata de color por debajo y pantalones amplios. Complementa su estilo con un sombrero. Al menos así se le ve, porque la canícula aprieta la imaginación y de la camisa solo queda el cuello y los puños, todo debidamente cosido a la chaqueta y al chaleco.
Ha estado comiendo en un bar de la carretera de la sierra, comida ligera, unas migas con chorizo, un plato alpujarreño, un entremés de callos y todo regado con un buen cosechero. Así que cuando se baja del tranvía, junto al puente del río, el sopor del vino y el calor de la tarde se alían para intentar tumbarle. Pero no puede ser, ha quedado en el café Suizo para tomar café. Y no es una cita cualquiera. Un tío de su novia le ha invitado a su tertulia para conocerlo antes de contratarlo como contable para su ferretería. Son dos grandes oportunidades, poder iniciarse por fin en el mundo laboral, creando nuevas expectativas para su futuro y además poder asistir a una tertulia en el café Suizo, algo no al alcance de cualquiera.
Así que no hay calor ni alcohol que tuerzan su camino hacia el café. El esfuerzo es grande, la carrera se empina bordeando el río y en su cúspide se alza el edificio de tertulias de la ciudad. Para Alberto los cuatrocientos metros que lo separan de su objetivo le recuerdan el vía crucis de Jesús hacia el Gólgota, solo que, y salvando las diferencias, su cruz no estaba sobre los hombros si no en su estómago. Que en su interior revoloteaban miles de mariposas expresa de una forma muy cursi lo que empezaba a sentir en su vientre. Un símil mas realista sería compararlo con un volcán próximo a entrar en erupción, con sus gases golpeando las paredes en busca de salida y la lava al rojo vivo intentando abrir un cráter por alguna parte de su abdomen.
Cuando por fin consiguió llegar a su destino, no pudo menos que recordar como eran las letrinas de café Suizo y eso le detuvo unos segundos antes de empujar la puerta. Tras bajar unas escaleras había una habitación. A la derecha una serie de puertas escondían las letrinas. En el suelo de las mismas había una taza turca que podría ser que alguna vez hubiera sido blanca y… nada más. El sitio señalado para los pies aparecería la más de las veces inundado y el negro agujero en el suelo que señalaban no ofrecía seguridad de tragarse nada, como se venía a demostrar en alguna de ellas.
Desde una esquina, una mano levantada le obligó a entrar. Mientras se sentaba, su estómago empezó a mandarle inequívocos e inquietantes mensajes. El sudor empezó a asomar sobre su frente mientras maquinalmente pedía un café solo. Fue una mala idea, el primer sorbo hizo despertarse al magma que lanzó bocanadas de gas y provocó intentos de huida de parte del contenido de su abdomen. Tras el segundo, los gases buscaban desesperadamente por donde salir y ni el cruzar las piernas ni el apretarse con fuerza sobre el asiento parecía que fueran a pararlos. Fueron momentos difíciles y había que tomar una decisión. Se levantó, intentando no liberar la presión que cerraba el paso a la inminente erupción.mierda
-Les ruego me disculpen un momento.
Corrió todo lo rápido que pudo por entre las mesas y bajó de dos en dos los escalones hacia los servicios. Antes de abrir la puerta de la primera letrina que alcanzó, ya tenía los pantalones por las rodillas, se giró y liberó la presión que había estado reteniendo hasta ahora. Inmediatamente una voz sonó a sus espaldas:
¡Cristo, me han cagado!
El susto, la impresión de tan inesperada situación, le hicieron saltar hacia adelante y antes de que se diera cuenta volvía a correr entre las mesas, ahora en dirección hacia la calle. Estaba a punto de salir, cuando un pensamiento le asalto la mente:- Para qué corro, si como habré dejado a ese pobre hombre no puede perseguirme.
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