Etiqueta: POLÍTICA

Quien suba los impuestos, ese es el canalla. / Whoever raises the taxes, that is the scoundrel.

scene-97966

«EN EL CAMINO QUE CREÍAMOS DE DIRECCIÓN ÚNICA APARECE UNA BIFURCACIÓN INESPERADA. EL BUEN GOBERNANTE SABE VERLO, TIENE LA SABIDURÍA Y EL CORAJE PARA TOMAR LA DESVIACIÓN OPORTUNA. EL MALO SUELE SEGUIR DE FRENTE. COMO EN EL REFRÁN DEL TONTO Y LA LINDE QUE SE ACABA, CONTINÚA ANDANDO UN CAMINO QUE YA NO EXISTE HASTA PERDERSE»

Por Javier Benegas para DISIDENTIA

Durante la campaña electoral de 2011, el líder del Partido Popular, Mariano Rajoy, incluía entre sus promesas una bajada de impuestos destinada a aliviar la presión que en plena Gran recesión asfixiaba a familias, emprendedores, empresas y capitales. La idea era estimular la economía para invertir la tendencia de un PIB en caída libre y domeñar la tasa de desempleo que alcanzaba prácticamente el 23 por ciento (22,9). Esta medida, junto a la promesa de reformar en profundidad el modelo administrativo, sedujo a millones de votantes angustiados por la insólita profundidad de la crisis.

Así, el domingo 20 de noviembre de 2011 los electores otorgaron al Partido Popular una mayoría absoluta. Sin embargo, tan sólo un mes más tarde el nuevo gobierno del PP, a través de su ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, anunció una subida «temporal» de impuestos de carácter «equitativo» para recaudar 6.000 millones de euros más en 2012. Esta subida se reflejó en un aumento del IRPF y del IBI. Rajoy admitió que no figuraba en el programa electoral del PP, pero que había tenido que tomar esta decisión porque “no quedaba otra alternativa”, y que lo único que pretendía era “favorecer el crecimiento económico y el empleo”. Durante la campaña electoral había asegurado que esos objetivos se lograrían mediante la bajada de impuestos y la racionalización del gasto. Apenas un mes después argumentaba lo contrario.

Esta no sería la única vez que Rajoy subiría los impuestos. Nueve meses más tarde, concretamente el 1 de septiembre de 2012, hacía efectiva la subida del IVA, cuyo tipo general pasó del 18 por ciento al 21; y el reducido, del 8 por ciento al 10. Después, en 2017, aplicó otra subida que elevó la factura fiscal en 7.500 millones de euros adicionales. En esa ocasión, el esfuerzo se endosó mayoritariamente a las empresas mediante el aumento de Impuesto de Sociedades y el “destope” de las bases máximas de cotización. Preguntado sobre cómo se tomarían las subidas de impuestos los electores, Cristóbal Montoro, con su proverbial cinismo, respondió: «No hubo ninguna promesa electoral que dijera que íbamos a bajar los impuestos, porque no podía haberla».

Es cierto que cuando Mariano Rajoy obtuvo la mayoría absoluta, España se encontraba al borde del abismo. Pero son precisamente las grandes crisis, con sus potentes shocks, las que abren una ventana de oportunidad para acometer cambios críticos y necesarios. La única condición para salir airoso es actuar muy rápido. En los momentos de conmoción y angustia, la opinión pública se siente apremiada y suele dar manga ancha, “hagan lo que sea preciso, pero arréglenlo”. De esta forma, en el camino que creíamos de dirección única aparece una bifurcación inesperada. El buen gobernante sabe verlo, tiene la sabiduría y el coraje para tomar la desviación oportuna. El malo suele seguir de frente. Como en el refrán del tonto y la linde que se acaba, continúa andando un camino que ya no existe hasta perderse.

Sea como fuere, las sucesivas subidas de impuestos de Rajoy se tradujeron en un aumento agónico de la recaudación que, finalmente, llevaron al ejercicio de 2017 a las puertas de batir el récord absoluto de ingresos fiscales logrado en 2007, cuando el boom inmobiliario estaba en su momento más álgido. Pero también lastraron fatalmente la economía, impidiendo que a largo plazo la recaudación pudiera seguir creciendo, y prolongaron la crisis innecesariamente durante años. Alemania necesitaría apenas dos años para superarla, España prácticamente ocho, aunque en realidad nunca terminó de superarla. Para colmo, de una deuda pública per cápita de 9.511 euros en 2008 pasamos a 25.241 en 2019.

Expresado de forma gráfica, las sucesivas subidas de impuestos contribuyeron a convertir la recuperación económica en una larga y mortificante montaña rusa de la que, en realidad, nunca nos bajamos. Para comprobarlo, basta una breve cronología. La mayor caída del PIB de la Gran recesión tuvo lugar en 2009, con un -3,8 por ciento. Esta cifra se redujo muy significativamente en los ejercicios de 2010 y 2011, que arrojaron respectivamente un resultado positivo de 0,2 y otro negativo de -0,8. Combinadas ambas cifras, el retroceso fue de apenas el 0,6 por ciento, lo que podría indicar que lo peor de la crisis había pasado. Sin embargo, en 2012, año en que se aplican las drásticas subidas del IRPF, IB e IVA, el PIB se contraería súbitamente un 3 por ciento.

Se podría pensar que fue una casualidad o una maldad de los dioses, que se la tenían jurada a Rajoy… pero a la subida de impuestos de 2016 también le sucedió casualmente un enfriamiento de la economía. Demasiadas casualidades juntas.

En efecto, si bien en 2015 parecía consolidarse el regreso a la senda de un fuerte crecimiento con un incremento del PIB del 3,8 por ciento, esta tendencia perdería impulso coincidiendo con la nueva subida de impuestos. El PIB cayó al 2,9 por ciento en 2017 (año en que se rozó el récord de recaudación), al 2,4 por ciento en 2018 y al 2 por ciento en 2019.

Se puede argumentar que esta tendencia estaba también condicionada por la economía global. El viento, que había soplado favorable —precio del petróleo contenido, inversión internacional creciente, aumento histórico de las exportaciones, turismo en cifras récord…—, habría empezado a virar. Pero aun siendo así, lo que quedaría al descubierto es que España es un país con una economía sospechosamente vulnerable. Con el viento radicalmente a favor, crece de forma inconsistente y errática, y su tasa de desempleo se mantiene anormalmente alta también cuando el PIB crece con fuerza.

Sin embargo, cada vez que los políticos proyectan nuevas subidas de impuestos, ignoran deliberadamente estas “misteriosas” anomalías. Aplican a la economía española el rasero propio de economías de países mucho más ricos y solventes. Así, de cara a una más que probable nueva subida de impuestos, el argumento es que seguimos estando muy lejos de la media europea en recaudación, que es del 46,3 por ciento del PIB. Por lo tanto, nuestra brecha de ingresos es del 7,4 por ciento del PIB, porcentaje que traducido a cifras absolutas vendría a suponer alrededor de 80.000 millones de euros anuales.

Esta cantidad, dicen algunos expertos, permitiría reducir todo el déficit público y financiar el aumento del gasto en pensiones por la jubilación de la generación del ‘baby boom’, aunque se revalorizasen con el IPC y se eliminase el factor de sostenibilidad… Pero es la cuenta de la vieja, porque si algo han demostrado nuestros políticos es que todo aumento de ingresos se traduce automáticamente en un aumento del gasto. En los partidos con opciones de poder prima la compra de votos y voluntades por encima de la previsión y el ahorro. Por eso, incluso el ejercicio de 2017, que a punto estuvo de batir todos los récords de recaudación, se cerró con un déficit de 35.138 millones de euros.

Afirmar que, según el PIB, la presión fiscal en España es inferior en un 7 por ciento que, por ejemplo, en Alemania, implica ignorar deliberadamente la diferencia real que existe entre economías. Esta diferencia donde se aprecia con claridad es en el PIB per cápita, que en Alemania fue de 41.350 euros en 2019, mientras que en España fue de 26.440 euros; también en el salario medio, que en Alemania fue de 52.185 euros al año (4.349 euros al mes si hacemos el cálculo suponiendo 12 pagas anuales), mientras que en España se quedó en 27.537 euros (2.295 euros al mes); o también en la tasa de desempleo, que en Alemania fue del 3,3 por ciento, mientras que en España fue del 13,7 por ciento. Desde esta perspectiva, mucho más realista y bastante menos interesada, el esfuerzo fiscal sería proporcionalmente mayor en España que en Alemania, puesto que los contribuyentes españoles son bastante menos ricos que los alemanes.

Los impuestos los pagan los contribuyentes y las empresas con lo que realmente ganan, no con los datos agregados del PIB. Para que los políticos españoles recauden los mismo que sus homólogos alemanes, primero deben dejar de colocar el carro delante de los bueyes; es decir, primero tendrá que converger nuestro nivel de renta con Europa, y después, en todo caso, el nivel de recaudación relativo en términos de PIB. Esta es la gran verdad de la fiscalidad española, y también el gran fraude político, que, a lo que parece, todos los partidos se empeñan en ocultar a la opinión pública.

Con los datos en la mano, afirmar que la crisis fiscal española se debe a que los fontaneros, con nuestra complicidad, se ahorran el IVA de las facturas, es una recurrente tontería. Necesitaríamos un ejército de cientos de miles de fontaneros, todos completamente defraudadores, trabajando a destajo, día y noche, para justificar el catastrófico desfase de las cuentas públicas (deuda pública 1.234.693,96 millones de euros en abril de 2020).

En cuanto a la mitificada economía sumergida, conviene señalar que ésta suele ser el vivero de la economía formal, y que el ritmo de transición de una a otra es proporcional a las barreras de entrada que los legisladores coloquen en el proceso. Por lo tanto, que en España la economía sumergida sea anormalmente grande se debe en buena medida a que estas barreras no se ajustan a la realidad de los ingresos de demasiados potenciales contribuyentes.

Pretender que trabajadores por cuenta propia que ingresan poco más de 1.000 euros mensuales, se retengan cada mes entre el 10 y el 20 por ciento de sus ingresos y que además abonen 286 euros mensuales a la Seguridad Social, es irreal, completamente irreal. Lo mismo cabría decir de millones de asalariados que apenas llegan a mileuristas, y a quienes las administraciones les sustraen sin que se enteren, en concepto de retenciones y cotizaciones, una buena parte de su nómina bruta.

Es habitual denunciar que los empresarios explotan a los trabajadores, pero diríase que en España el peor patrón, el más esclavista es el Estado. Un Estado que, capturado por partidos devenidos en bandas, está alcanzando cotas de una crueldad inaudita. Sólo así se explica que ante una contracción de la economía sin precedentes, como la que se avecina, se vaya a optar una vez más por subir los impuestos. Hay que ser muy ignorante o muy malvado, o ambas cosas.

Los grandes países europeos están optando por afrontar lo que ha de venir con bajadas de impuestos, incluso Italia, con sus cuentas públicas en situación crítica, o Portugal, con un gobierno socialista. Estimular la economía de forma audaz y decidida es la forma más segura de evitar la quiebra. Subir los impuestos es, por el contrario, una manera ruin de salvar los muebles en el corto plazo —sobre todo, los muebles de las intocables administraciones públicas, los partidos y las redes clientelares— pero sus consecuencias a largo son desastrosas.

Lamentablemente, el gobierno socialista parece determinado a cometer los mismos errores, pero añadiendo nuevas dosis de incompetencia y sectarismo, y esta vez en una crisis cuya profundidad no tiene precedentes. Una bomba de relojería.

Querido lector, no se equivoque, esto no es ideología: es supervivencia. Quien suba los impuestos, ése es el canalla.

¿Está en riesgo la libertad? / Is freedom at risk?

sven-przepiorka-aiz1uwopmeo-unsplash

«CLARO QUE ESTÁ EN RIESGO NUESTRA LIBERTAD, Y ACABARÁ POR PERECER SI NO ACERTAMOS A SER VALIENTES Y EXIGENTES CON LA RAZÓN, CON LA LÓGICA, CON LA EXPERIENCIA, CON EL CONOCIMIENTO CIERTO Y A NUESTRO ALCANCE SIN CONSENTIR CONFORMARNOS CON FÁBULAS NECIAS»

Por J.L. Gonzalez Quirós para DISIDENTIA

En los largos milenios que están a nuestra vista, la libertad política constituye una rara excepción. Incluso en la época posterior a lo que se llaman las revoluciones atlánticas, en los últimos dos siglos de nuestra civilización, que constituyen el período más brillante para las ideas democráticas, las libertades de opinión, de asociación y de movimiento, han estado muchas veces en peligro, cuando no perseguidas con saña. Ahora mismo, los países en los que impera un régimen que respete las libertades básicas de los ciudadanos constituyen una minoría y su pervivencia está expuesta al desafío de gigantes autoritarios como China que se presentan a los ojos del mundo como la síntesis perfecta del desarrollo, la tecnología y el orden social. Su pregonado éxito en el crecimiento económico y en la salud pública se proponen como ejemplo a contrastar con la ineficacia y la desunión de la vieja Europa, o la supuesta decadencia política del gigante americano.

Con todo, las amenazas principales a la libertad no provienen de fuera, sino que nacen en el seno mismo de nuestras sociedades. Al comienzo mismo de su excelente En defensa de la política advierte Bernard Crick de que el tedio por las verdades establecidas es el gran enemigo de los hombres libres. Nuestro criticismo con las innegables imperfecciones de las democracias y la tendencia a imaginar un futuro catastrófico, para lo que hay unas cuantas versiones disponibles, hace que muchos añoren la protección de un régimen que imponga el Bien de manera definitiva, que acabe con lo que cada cual considera los insoportables defectos del sistema.

La tendencia a imponer por las bravas supuestas verdades, por ejemplo, mediante legislaciones absurdas y liberticidas, se extiende por todas partes sin que parezcan ser sólidas las defensas oportunas. Una idea instrumental del poder legislativo, sin ningún respeto a la libertad de conciencia de cada cual, nos depara de continuo la implantación de nuevos delitos, y cada vez se está más cerca de considerar que es delictivo todo lo que no está conforme con una visión estrecha y autoritaria de lo que son los bienes morales. La libertad de opinión se proscribe con mucha facilidad, basta con no dejar hablar al que se espera que pueda decir algo que sea inconveniente y los medios de comunicación se lanzan con entusiasmo digno de mejor causa a facilitar estas formas descaradas de nueva censura, como si la creencia un poco infantil en que el miedo ha cambiado de bando autorizase a perseguir a los ciudadanos a escobazos, como si estuviésemos en el tren de la bruja.

Basta la superioridad numérica en el Parlamento para que se considere que se puede imponer como dogma cualquier gilipollez del gusto de los nuevos Torquemadas. En esto, nuestro Congreso está llegando a cimas de ridículo, a expresiones que uno creería más propias de El Mundo Today que de políticos en activo, como con el caso de una diputada de ERC que preguntó con toda seriedad al Gobierno que iba a hacer para impedir la ola de violencia policial en los Estados Unidos, es posible que esperase un gesto torero de Ábalos o una encendida condena de cualquiera a la espera de medidas más contundentes en un inmediato futuro. Parece claro que unos personajes que se creen que podrían leerle la cartilla a los EEUU estarán convencidos de poseer poderes sobrenaturales, como el que Cristo concedió a los apóstoles de perdonar los pecados, pero no para perdonar a nadie, sino para castigarlo con la debida severidad.

No es fácil explicar de otro modo que el Congreso se haya prestado a considerar la creación de un nuevo delito para aquellos que profesen la vergonzosa creencia negacionista de considerar como poco inteligente encasillar la violencia en géneros, o en transgéneros que no me he enterado muy bien. Esta inmensa bobería de creer que cambiando los nombres se cambian las cosas pertenece a un género, con perdón, de delirios lógicos difícil de combatir, porque es una variante lela de esa inmensa contradicción de creer que sea compatible sostener que todo es una construcción social al tiempo que se pueden combatir las fake news por mil procedimientos que este tipo de descerebrados considera obvios.

En 1950, el filósofo Karl Jaspers, que tenía muy presente el enorme desastre que había ocurrido en su patria alemana, escribió que los enemigos de la razón son siempre enemigos de la libertad, en especial por el afán de liberarse de la libertad, de simplificar el mundo hasta hacerlo inhumano, porque según el filósofo, la razón no existe por naturaleza, no aparece espontáneamente sino que surge de la libertad, de la acción en defensa de lo verdadero que está más allá de cualquier mentira, de no ceder a los intentos de ocultar las cosas abiertas a la capacidad del hombre de actuar con libertad, como diría su discípula Hanna Arendt. Siempre existe el riesgo de que muchos prefieran vivir agazapados en mentiras dóciles, a la sombra de diversos hechizos capaces de seducir a gentes deseosas de entregarse a cualquier causa.

En el mundo actual son todavía mucho mayores las posibilidades técnicas de atentar contra nuestra libertad, de ocultar las verdades que no convienen, y eso exige una especial vigilancia, una atención constante. A veces puede parecernos hasta infantil el empeño del Gobierno, por ejemplo, en engañarnos y engañarse acerca del número de víctimas de la pandemia, de disfrazar sus errores, que además no son solo suyos, con retórica bélica y con soflamas muy huecas. Hay que pensar que esas mentiras no son desinteresadas, que buscan privarnos de libertad, además de que nos debilitan en forma muy irresponsable frente a una posible repetición de amenazas de ese tipo o de otros géneros, porque invitan a un optimismo sin fundamento alguno, a una desmemoria, a ser indulgentes con los errores cometidos sin que importe que eso ayude a que puedan repetirse con mucha facilidad.

Claro que está en riesgo nuestra libertad, y acabará por perecer si no acertamos a ser valientes y exigentes con la razón, con la lógica, con la experiencia, con el conocimiento cierto y a nuestro alcance sin consentir conformarnos con fábulas necias. A cualquiera que se le pida esa actitud vigilante frente a los sofismas y los cuentos infantiles destinados a adultos complacientes, se le puede exigir también respeto por la libertad ajena, pero nunca que ese respeto encubra el miedo a buscar la verdad y a decidir por nuestra cuenta. Frente a quienes quieren engañar para maniatarnos hay que oponer un alto nivel de capacidad crítica, hay que esforzarse por no caer en el error que propician las mentiras, porque si se cae en él se acaba maniatado, y de inmediato se comienza a aplaudir al nuevo dueño.

Foto: Sven Przepiorka

Porqué es inevitable que la izquierda gane. / Why it is inevitable that the left will win.

mika-baumeister-t1tp-xf8cs4-unsplash

«AUNQUE SE INSISTA EN LA RESPONSABILIDAD DE COLEGIOS Y UNIVERSIDADES A LA HORA DE PRODUCIR SUJETOS CON UNA INMADUREZ CRÓNICA, EL ORIGEN DE ESTA DERIVA ESTÁ TAMBIÉN EN LOS HOGARES»

Por Javier Benegas para DISIDENTIA

Dios no existe, no hay más allá, esto que ves es todo. Así pues, si no hay un paraíso al otro lado, si no hay vida más allá de esta, el sufrimiento y la adversidad dejan de ser entendidos como episodios que nos redimen y fortalecen, y se convierten en agresiones y ofensas que deben ser evitadas. Así lo entendemos todos, no sólo los adversarios. Por eso el mundo se vuelve antagónico a la libertad y la responsabilidad. Por eso también es falso que la izquierda tenga superpoderes, simplemente expande su imperio de la corrección política sobre el desierto de los ideales contrarios.

¿Mérito y esfuerzo?… Nadie se lo cree, tampoco los conservadores y liberales porque prácticamente desaparecieron. Fueron arrastrados con todo lo demás por la corriente arrolladora de un desesperado nihilismo. En la actualidad, ser libre y responsable es un desiderátum y la independencia, la muerte social. Todos buscamos con desesperación una tribu, un grupo o simplemente una banda en la que alistarnos. Por eso medimos cada una de nuestras manifestaciones públicas, cada mensaje, incluso una simple declaración o la ocasional reseña que hacemos de un tercero, porque si nos descuidamos podemos liberar una crítica inconveniente que, como un neutrón separado de su núcleo, provocará en nuestro círculo una reacción en cadena que pondrá demasiadas cosas en duda, y eso arruinaría nuestros planes.

No sólo en la izquierda, sino en todos lados, ser tenido en cuenta exige una lealtad a toda prueba, un aplauso permanente, un servilismo libre de cualquier sombra de duda. De esta forma se consigue el salvoconducto para ingresar en el pelotón de la carrera hacia la relevancia. Pero esta relevancia carece de verdadera utilidad, menos aún tiene algún sentido trascendente. Al contrario que nuestros antepasados, ya no creemos en la inmortalidad. Pero no nos hemos parado ahí, hemos ido más lejos: tampoco creemos en la importancia del legado. Tenemos prisa por alcanzar el falso ideal de la seguridad y no queremos equipaje porque, aunque la palabra muerte sea tabú, nuestro conocimiento es básicamente conocimiento de la muerte: sabemos que hoy estamos vivos pero mañana ya no.

La búsqueda de la recompensa inmediata ha degenerado en un presentismo que se derrama de arriba abajo para, luego, rebotar de abajo arriba generando un círculo vicioso. Así, como el ciclo del agua, la mentira del mundo feliz cae sobre nosotros como una lluvia fina y persistente que cala hasta los huesos, y, después, mediante el inevitable desencanto de cada uno, regresa a las alturas en forma de microscópicas partículas que, sumadas unas a otras, dan lugar a las tormentas.

Los que atribuyen la responsabilidad de esta pérdida de referencias a la escuela, o a la universidad, tienen razón, pero sólo en parte. El problema es mucho más complejo y profundo: nuestra visión del mundo es por lo general intranscendente y estrecha, se ciñe al presente inmediato y a la autosatisfacción. Por eso el mérito y el esfuerzo ya no sirven para alcanzar la relevancia. Prima la pertenencia al grupo, los contactos, las relaciones personales; no el talento ni la honestidad.

Para Richard M. Weaver, da igual que llamemos a este fenómeno decadencia de la religión o pérdida de interés en la metafísica, el resultado es el mismo, puesto que ambas son núcleos integradores que, cuando ceden, generan una dispersión inabarcable que sólo cesa cuando la cultura ha sido reducida a escombros. Y, quizá, esté en lo cierto, porque Occidente parece ir camino de convertirse en un inmenso patio de colegio gobernado por los caprichos y ocurrencias de seres infantiles.

Sin embargo, aunque se insista en la responsabilidad de colegios y universidades a la hora de producir sujetos con una inmadurez crónica, el origen de esta deriva está también en los hogares. Muchos padres —bien es verdad que animados por la opinión de los expertos— llegaron a la conclusión de que ser severos y exigentes con los hijos mermaba sus fuerzas y convertía su fugaz paso por el mundo en un suplicio innecesario. ¿Por qué debían sufrir si su existencia era intrascendente y breve? Había pues que actuar en sentido contrario, evitándoles contrariedades y sufrimientos, y engordando su autoestima. Así, los padres renunciaron a su autoridad para convertirse en amigos de sus hijos, en cómplices cuyo deber era eliminar obstáculos y proporcionar una autoestima artificial que ya no procedía de la experiencia, de las duras lecciones de la vida, sino de la potenciación del ego.

En opinión de Hanna Arendt, era en la crianza y educación de los niños donde la autoridad en el sentido más amplio siempre se consideró un imperativo natural. Se exigía tanto por las necesidades naturales, como es la indefensión del niño, como por una evidente necesidad política: la continuidad de una civilización sólo podía perdurar si sus vástagos asumían el mundo preexistente y aceptaban que debían madurar, es decir, alcanzar cierta edad y sabiduría, para ocupar un sitio en la mesa de los adultos. Sin embargo, Arendt añadía ya en 1950 que la Autoridad no había entrado en crisis, sino que era una causa perdida.

Un buen amigo sostiene que el principio de autoridad no ha desaparecido, simplemente se habría trasladado de las figuras tradicionales, como podía ser el maestro, el cura o el médico, a otras nuevas, como los “influencers” de Instagram. Pero discrepo de esta idea. El principio de autoridad clásico, aunque evolucionara de forma progresiva, era bastante estable, no se mostraba voluble ante las reacciones del público porque estaba incardinado en la tradición y en un marco común de entendimiento que trascendía a la persona, esto hacía que el principio de autoridad, por lo general, no se plegara a los estados de opinión del momento o a modas pasajeras.

El influencer, en cambio, gira a la deriva en el remolino de las tendencias, está sometido al arbitrismo del público y el espejismo de su autoridad se desvanece tan pronto como contraría a sus seguidores. En realidad, es la masa quien domina al influencer, ejerciendo sobre él no ya una cierta y paradójica autoridad, sino un voluble e imprevisible autoritarismo. Por eso el influencer sólo expresa aquello que, estima, agradará al público, no lo que debe ser dicho. Como los padres con sus hijos, alimenta la autoestima de sus seguidores.

En un demoledor artículo sobre la izquierda actual y la propensión al totalitarismo de buena parte de la juventud, Gonzalo Garcés apunta a las universidades y se pregunta “por qué la democracia tiene tantas dificultades para defenderse de un virus ideológico que ni siquiera atinamos a nombrar: ¿política identitaria? ¿Social justice? ¿Posmodermismo? ¿Teoría crítica?” Pero si los universitarios de hoy no saben quién fue Aristóteles, mucho menos sabrán qué es la Teoría crítica. Pueden reconocer determinadas expresiones, términos y consignas, pero son incapaces de vincularlas a argumentos elaborados.

Han aprendido a odiar a Occidente, pero no saben razonarlo; menos aún son capaces de confrontar sus opiniones con otras distintas porque su ánimo no obedece a teorías ni razonamientos, sino a un hipertrofiado sentimiento de amor propio que ha sido alimentado con devoción por el entorno. Por eso cualquier argumentación contraria desata su furia, porque no pone en cuestión una determinada idea u opinión sino su propio ego.

A este respecto, apuntaba Margaret Thatcher en la década de los 60 del pasado siglo que uno de los efectos de la rápida difusión de la educación superior había sido equipar a las personas para criticar y cuestionar casi todo. Y añadía que algunas de ellas parecían haberse detenido allí en lugar de pasar a la siguiente etapa, que consistía en llegar a nuevas convicciones o reafirmar las antiguas. Así, recordaba la noticia en la prensa del momento en la que se reseñaba que el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit había sido premiado por un trabajo extraordinario. Sus examinadores justificaban el galardón en que había planteado una serie de preguntas muy inteligentes, a lo que Thatcher añadía: “¿Significativo? Hubiera sido más feliz si él también hubiera encontrado una serie de respuestas inteligentes.” Pero el tiempo no pasa en balde. Desde entonces hasta hoy las universidades se han degradado bastante, y los activistas universitarios ya ni siquiera plantean preguntas inteligentes, las han sustituido por dogmas.

En este proceso, los ideólogos han actuado como los belicistas del pasado, utilizando el ansia por significarse de la juventud para promocionar sus guerras. Han asimilado los impulsos irreflexivos de los jóvenes a teorías que no están en el origen de los delirios narcisistas, sino que surgen a colación de éstos. En realidad, no son los artífices, simplemente, como el “influencer” de Instagram, seducen al público diciéndole aquello que quiere oír. Su trabajo consiste, pues, en avivar el fuego. Aunque les gusta que creamos que ellos dan forma al mundo, a lo sumo están contribuyendo a destruirlo. Pero sobre las ruinas no podrán edificar el sistema totalitario que añoran, porque el caos que están ayudando a desencadenar es una fuerza ciega que lo arrollará todo a su paso, a ellos también.

Las guerras —también las culturales— se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan ni tampoco cómo acaban. El problema añadido en el presente es que los ideólogos y políticos carecen de la autoridad que sí tenían los viejos gobernantes. Van a remolque de los acontecimientos, no controlan su deriva. Corren apresuradamente para colocarse en la cabeza de la manifestación, pero no la gobiernan, la masa les arrastra mediante la gratificación de la relevancia… y la promesa del poder.

En los años 70 del siglo XX algunos pensaban que el enorme deterioro de la Autoridad abriría una nueva era de mayor libertad individual. Otros creían, por el contrario, que conduciría a la anarquía social y al caos moral. Robert Nisbet apuntó, sin embargo, que el vacío dejado por la Autoridad sería llenado por un ascenso irresistible del poder. La pregunta medio siglo después es: ¿qué poder será ése?

Sea cual sea la respuesta, debemos tomar conciencia del peligro y entender que lo que cada uno haga o deje de hacer importa y mucho, que salvaguardar la libertad no sólo depende de las leyes o del Estado de derecho, que no existe un modelo político, por óptimo que sea, que por sí mismo la garantice y evite el auge irresistible del poder sobre el que advierte Nisbet.

La libertad es un valor trascendente, lleno de significado, por lo tanto, es incompatible con la creencia de que nuestros actos individuales son intrascendentes. Puede que la existencia sea un suceso fugaz, sin embargo, lo que hacemos tiene consecuencias. Así pues, debemos asumir nuestra responsabilidad y aceptar determinados sacrificios. No podemos abandonar a los jóvenes porque, en el colmo del cinismo, hemos concluido que son una causa perdida; tenemos que hablar con ellos, aunque hacerlo implique contrariarlos. Es crítico ayudarles a entender aquello que dijo Orwell, que, si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír. Ningún colegio, universidad, gobierno o Estado hará esto por nosotros.

Foto: Mika Baumeister

Pedro Sánchez es un peligroso psicópata. / Pedro Sánchez is a dangerous psychopath.

Sánchez está dirigiendo España hacia el desastre más absoluto, el hundimiento de la actividad laboral, y en definitiva, la quiebra del Estado

20568173584_cfc95d75aa_k-e1591639286700
Pedro Sánchez, presidente de Gobierno de España. (Foto: Flickr)

España, una nación con más de cinco siglos de historia, y 47 millones de personas, no puede estar al albur de un individuo que confunde la realidad con sus paranoias, que no tiene ni idea de economía (a pesar de ser un falso doctor en economía) y que publica un libro que le escribe Irene Lozano, a la que nombra secretaria de Estado para “pagarle” el favor.

En cualquier país normal, esas actuaciones, y otras más que me reservo para no aburrirles, descalificarían a cualquier persona normal para ocupar cargos públicos, pero aquí tenemos a ese sujeto ocupando la presidencia del gobierno, nada menos.

No soy médico, psiquiatra ni psicólogo, por lo que solo puedo escribir como un hombre normal, de la calle, que habla con todo el mundo, y escucha mucho, pero en mi opinión, Pedro Sánchez es un psicópata, y un psicópata peligroso, que no solo puede hacer daño a su familia o seres queridos, sino que nos está jodiendo a los 47 millones de personas que vivimos en esta vieja piel de toro.

Un tipo que con tal de continuar unos años más, o previsiblemente, solo en unos meses, no le importa ceder ante todo y ante todos, terroristas incluidos, separatistas vascos y catalanes o agravar una pandemia de gravísimas consecuencias con su inacción y pasotismo.

Un sujeto que es rehén del comunismo más rancio que subsiste en Europa, aquí representado por Unidas Podemos, ese partido que tanto ha contribuido a la propagación del coronavirus en nuestra sociedad, que parece hecho a propósito (yo le llamo «comunistavirus», pues eso es lo que es).

Y con estos mimbres, un intervencionismo total y absoluto de la actividad económica, del mundo de la empresa, de las relaciones laborales (ya solo les falta regular las relaciones sexuales, los días y horas, las diversas “modalidades”, pero todo se andará), está dirigiendo España hacia el desastre más absoluto, el hundimiento de la actividad laboral, y en definitiva, la quiebra del Estado.

¿Cuántos meses tardaremos en tener que pedir ayuda a la Unión Europea ante la imposibilidad de atender nuestras obligaciones económicas? No creo que podamos resistir así hasta fin de año.

El diccionario de la lengua española, que no castellana, define la psicopatía como una “Enfermedad mental”, en su acepción primera, y explica que la psicopatía es una “anomalía psíquica por obra de la cual, a pesar de la integridad de las funciones perceptivas y mentales, se halla patológicamente alterada la conducta social del individuo que la padece” (acepción segunda).

Hablando claramente: ¿ustedes creen, de verdad que este tipo está bien de la azotea? Yo, no.

Todos conocemos a personas con problemas psiquiátricos, que tienen delirios, paranoias o trastornos bipolares. Tengo varios amigos y conocidos en esa situación, y procuro apoyarles en lo que puedo, hablo con ellos, les animo cuando están hundidos, e intento que se sientan normales e integrados en la sociedad.

Pero no son personas peligrosas, pues solo pueden hacer daño, en su caso, a las personas que viven o conviven con ellos, a sus compañeros de trabajo (la mayoría están sin trabajo, precisamente por esos problemas: inadaptación al medio, conducta y relaciones sociales), pero claro, una cosa son esas personas, normales y corrientes, y otra bien distinta ser el Presidente del Gobierno de España, nada menos.

Los crímenes perpetrados por el comunismo al que defiende el ultraizquierdista Pablo Iglesias / The crimes perpetrated by communism defended by the ultraleftist Pablo Iglesias

49571241973_a800fd161a_b

EL VICEPRESIDENTE ESPAÑOL SALE EN APOYO DE UNA IDEOLOGÍA TAN VIL COMO EL NAZISMO

Durante el siglo XX, el mundo sufrió los terribles efectos de dos ideologías totalitarias: el comunismo y el nacional-socialismo, ambas con muchos millones de víctimas.

Nazismo y comunismo iniciaron juntos la Segunda Guerra Mundial

El nacional-socialismo fue derrotado militarmente en 1945, y en el año siguiente, durante los Juicios de Nüremberg, salieron a la luz los innumerables crímenes cometidos por los partidarios de esa monstruosa ideología. El amplio rechazo que afortunadamente recibe el nazismo contrasta, lamentablemente, con la insistencia de muchos izquierdistas en blanquear a la otra gran ideología criminal del siglo XX: el comunismo. Se trata de toda una paradoja, pues la Segunda Guerra Mundial fue iniciada por Hitler y Stalin con su invasión conjunta de Polonia, acordada en el pacto secreto firmado por sus respectivas dictaduras en agosto de 1939, un pacto en virtud del cual se repartieron tanto ese país como Finlandia, Lituania, Estonia y Letonia, repúblicas que la URSS invadió entre 1939 y 1940.

Los efectos de la alianza entre nazis y comunistas

Los soviéticos rivalizaron con los nazis en criminalidad: prueba de ello es la masacre de 22.000 oficiales polacos en Katyn a manos del NKVD de Stalin, un crimen de guerra por el que nadie fue castigado. Hitler y Stalin mantuvieron su alianza hasta junio de 1941, cuando Alemania invadió la URSS. Fue una alianza tan estrecha que Moscú dio orden a los comunistas franceses de sabotear el esfuerzo bélico de su país en plena invasión alemana de Francia en 1940. Por esa misma razón, los Partidos Comunistas a las órdenes de Stalin no se unieron a los movimientos de resistencia de los países ocupados por los alemanes hasta que éstos invadieron la URSS. En el marco de la alianza entre esas dos potencias totalitarias, el NKVD soviético entregó a la Gestapo nazi a unos 4.000 judíos y comunistas alemanes que habían huido a la URSS.

Media Europa pasó de la tiranía nazi a la tiranía comunista sin poder elegir otra cosa

Al final de la Segunda Guerra Mundial, en algunos países la tiranía sólo cambió de color: media Europa pasó de estar bajo la dictadura nazi a estar bajo la dictadura soviética, sin que la URSS le diese la oportunidad de elegir un sistema democrático. Los comunistas llegaron a aprovechar un campo de concentración alemán para encerrar a polacos que habían combatido contra el nazismo, simplemente porque esos combatientes no obedecían las órdenes de Stalin. En varios países la “liberación” soviética consistió en una ola masiva de violaciones de mujeres y niñas por parte de los soldados del Ejército Rojo. A eso hay que unir el pillaje cometido por los soviéticos. Aún hoy en Polonia se conoce al Ejército de Stalin como “czerwona zaraza” (La plaga roja), por las atrocidades que cometieron en ese país.

Un sistema totalitario que ha matado a más de 100 millones de seres humanos

El comunismo instauró dictaduras allí donde conquistó el poder, estableciendo sistemas de partido único sin elecciones libres, en los que los derechos humanos eran sistemáticamente violados, y en los que más de 100 millones de personas fueron víctimas de sus políticas genocidas. Tomando los dogmas ideológicos de Marx y de Engels como referencia, e impulsando el odio de clase con el mismo fanatismo con el que el nazismo promovió el odio de raza, el comunismo se dedicó a perseguir, torturar y asesinar a científicosa homosexualesa huelguistas, a propietarios agrícolas, a disidentes políticos y a religiosos. Ningún otro sistema político ha dedicado tantos recursos a reprimir la libertad y a asesinar a millones de personas: en esto los comunistas ganaron por goleada a los nazis. Aún a día de hoy más de 1.500 millones de personas, es decir, la quinta parte de la humanidad, siguen sometidas a dictaduras comunistas (China, Corea del Norte, Cuba, Laos y Vietnam).

El Parlamento Europeo condenó los crímenes del comunismo: el PCE rechazó esa condena

El año pasado, el Parlamento Europeo condenó los crímenes del nazismo y del comunismo, recordando que “los regímenes nazi y comunista cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad en el siglo XX a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad”. La moción de condena también rechazaba “toda manifestación y propagación de ideologías totalitarias, como el nazismo y el estalinismo, en la Unión”. El Partido Comunista de España (PCE) rechazó esa condena, que considera una “equiparación de los crímenes del nazismo con los supuestos “crímenes del estalinismo”, según los términos utilizados en la resolución del Parlamento Europeo”Llamar “supuestos” a los crímenes del estalinismo es un claro caso de negacionismo. Y lo peor es que dos ministros del Gobierno español pertenecen a ese partido.

Un vicepresidente del Gobierno español sale en defensa del comunismo

Teniendo en cuenta esto, resulta escandaloso escuchar la defensa que hizo ayer Pablo Iglesias del comunismo. El vicepresidente podemita del Gobierno español llegó a decir que considera “un honor” representar al PCE:

El siniestro historial del PCE a las órdenes de Stalin

Iglesias se refiere al mismo partido que estuvo implicado en crímenes de guerra como la Masacre de Paracuellos, en la que fueron asesinadas 5.000 personas por motivos políticos, incluidos 50 niños. Un crimen monstruoso por el que ningún dirigente del PCE ha pedido perdón hasta la actualidad. Es más: el año pasado Podemos acusó de “fascismo” a las víctimas de esa masacre, un insulto miserable por el que el partido de extrema izquierda todavía no se ha disculpado. Hay que decir que los crímenes del PCE no se dirigieron sólo contra católicos y derechistas: también colaboró en la represión de comunistas disidentes como los trotskistas del POUM, siguiendo los dictados de Stalin. También por orden de Moscú, e igual que otros Partidos Comunistas, el PCE justificó la invasión nazi-soviética de Polonia y la invasión soviética de Finlandia, difamando y calumniando a los países invadidos.

El PCE sigue defendiendo hoy a dictaduras y dictadores comunistas

Sé que alguien alegará que el PCE es en la actualidad un partido democrático. No es verdad. El PCE sigue apoyando a dictaduras comunistas como ChinaVietnam y Cuba, y sus Juventudes incluso han apoyado a Corea del Norte. De hecho, el pasado 23 de abril el PCE ensalzó al primer dictador comunista, Lenin, cuyo régimen utilizó las más brutales torturas y fue responsable de la muerte de millones de personas por hambre y represión. Un partido así no debería ser legal, como tampoco debería serlo un partido nazi. Es el colmo que un gobernante español considere “un honor” defender a un partido totalitario como ése. Teniendo en cuenta esto, e igual que Pablo Iglesias equiparó el franquismo con el nazismo hace dos años, con mayor motivo cabe preguntarse: ¿qué país libre aceptaría ser gobernado por alguien que defiende el nacional-socialismo? ¿Y por qué aceptamos en España a un gobernante que defiende una ideología igual de criminal como es el comunismo?

Foto: Podemos.

FUENTE: outono.net

Parar y cambiar de conductor. / Stop and change drivers.

CORONA VIRUS21

Esta pandemia ha producido la muerte directa a más de 31.000 españoles, y debido a ello, nunca podremos reincorporarnos a la vida como habitantes de esta gran nación, si no tomamos verdadera conciencia de lo que está ocurriendo y de las terribles secuelas psicológicas, morales, sociales y económicas que padecemos y pronto sufriremos.
Este gobierno, que se basa en una espectacular mentira, que se puede considerar legal gracias a indecentes maniobras políticas, y al que considero ilegítimo e inmoral por razones obvias, es el único responsable de la desastrosa y siniestra gestión de esta epidemia vírica, que ha puesto a España como ejemplo de país irresponsable ante la opinión mundial.
Alguien debe pagar por ello, pues los españoles de a pie, los que madrugan y trabajan para sacar adelante a sus familias y para ser respetados en el contexto internacional, no merecen a una cuadrilla de cínicos e hipócritas que refugiados tras el aforamiento al cargo público, no piensan ni trabaja más que en satisfacer sus propios intereses basados en una ideología rancia, trasnochada, y sobre todo malsana y claramente injusta.
De entre aquellos que les apoyan muchos saldrán a defenderlos ante tanta crítica, unos por convencimiento, otros por ignorancia, otros por dejadez y otros por propio interés personal, por ver si obtienen algún tipo de colocación en cargo público altamente remunerado, pero me consta que cientos de miles de españoles están reflexionando y arrepintiéndose de haber depositado su papeleta en aquellos que utilizaron la mentira para alcanzar el poder para perpetuarse en él.
El ambiente está repleto de gas y saltan chispas por todas partes. Son muchos los muertos, es mucho el sufrimiento y el futuro a corto y medio plazo es desesperanzador para todos y a todos los niveles. Cabe por tanto pedir la dimisión de este gobierno, buscar a gestores apropiados para esta crisis y la convocatoria de nuevas elecciones.
Nadie puede sentirse seguro como pasajero en un autobús en ruta, donde el conductor solo está capacitado para conducir ciclomotores, le gusta hablar con el teléfono móvil y además ya se ha salido varias veces de la carretera. Debido a ello, nadie puede pedir que los viajeros esperen tranquilos hasta llegar al destino, donde allí sí le pedirían responsabilidades al chófer que les engañó cuando se puso al volante para iniciar el viaje. Cabe por tanto, parar el autobús y buscar un conductor capacitado que no mienta en cuanto a formación y preparación, y que lleve a los viajeros a buen término, con las debidas garantías de seguridad y eficacia.
En fín, buenas tardes y feliz jueves.
CORONA VIRUS, REBELIÓN

PODEMOS: ESA BASURA / PODEMOS: THAT GARBAGE

+PODEMOSPSICOPATAS1

Todo iba relativamente bien y vivíamos en paz hasta que en 2014 apareció Podemos.
Nos dijeron que todo era malo, se autodenominaron indignados, y al resto casta.

Inventaron problemas donde no los había.Enfrentaron a padres con hijos, mujeres con hombres y homosexuales con heteros.

Resucitaron la Guerra Civil ya olvidada, hablaron de cunetas, de buenos y malos, y donde había convivencia llegó el odio.

A los que creaban empleo los convirtieron en explotadores y a los orgullosos de España en fascistas. Adoctrinaron a los jóvenes haciéndoles intolerantes.

Enfrentaron lo público con el resto y hablaron de vivienda digna mientras ellos utilizaban los hospitales privados y se mudaban a chalets con piscina y jardín de 2.000 metros cuadrados.

Pasamos de ser aliados en la UE de USA a serlo de las narcodictaduras latinoamericanas.

Empezaron a adorar a dictadores abyectos como Chávez o Maduro, junto con el Ché o los Castro y el propio Lenin mientras nos quitaban el orgullo de la Transición y la Constitución del 78 porque decían que fue un invento franquista.

Y mientras tanto, nos dijeron que no sabíamos lo que era la libertad, ni la tolerancia, ni el sexo, como si no hubiésemos sido jóvenes nunca.

Ellos nos enseñarían todo porque antes de ellos, los adanes, no hubo nada.

Hablaron de tolerancia, pero aparecieron las amenazas y los escraches a quien no pensase como ellos. También en la universidad.

Convirtieron las redes sociales en una pesadilla en la que es mejor estar callado si no quieres que te destrocen decenas de trolls con nombre de muñeca.

Apalear a un policía era un orgullo, utilizar la guillotina una costumbre, meter muertos en ceniceros una gracia y “colgar” jueces libertad de expresión. Saltarse las normas una diversión y okupar viviendas ajenas un derecho constitucional.

Desde aquel 2014 todo ha ido a peor. Nos habéis enfrentado y dividido. Tenemos más problemas y nos habéis instalado en el caos. Nos habéis traído la peste social.

Podéis iros por donde vinisteis. Por favor, cerrad la puerta al salir.

Todo español de bien que pueda, que difunda este gran mensaje. 🇪🇸🇪🇸🇪🇸

Los comunistas preparan la mayor subida fiscal de la historia con la excusa del coronavirus

La «tasa covid» solo es la punta del iceberg. Unidas Podemos pretende subir el IRPF, Sucesiones, Sociedades e incluso gravar los depósitos.

pablo-iglesias-garzon-elecciones-andaluzas-2018
Pablo Iglesias (Izq.) y Alberto Garzón / EFE

Ahora que la crisis sanitaria amaina, tal y como evidencia el gradual desconfinamiento que acaba de anunciar el Gobierno, la crisis económica empieza a mostrar sus primeros efectos. La histórica caída del PIB y la intensa destrucción de empleo que registrará España en 2020 se traducirán también en un amento sustancial del déficit y la deuda pública. ¿Quién pagará, por tanto, la ingente factura presupuestaria del coronavirus?

En líneas generales, existen tres vías para tratar de reequilibrar las cuentas públicas, que, además, se pueden combinar en mayor o menor grado: austeridad (recortes de gasto público), reformas estructurales (para impulsar el crecimiento) o subidas de impuestos.

Podemos, el socio de gobierno de Pedro Sánchez, opta abiertamente por esta última y pretende aprovechar la crisis del coronavirus para imponer su programa fiscal en España. El líder de los comunistas y vicepresidente segundo de Derechos Sociales, Pablo Iglesias, ya avanzó el pasado lunes su intención de implantar un nuevo impuesto para los ricos que, no por casualidad, lleva el nombre de «tasa covid». En realidad, no es más que el gravamen adicional sobre la riqueza que defiende Podemos desde su nacimiento como partido, allá por 2014, solo que ahora lo revisten con la excusa de la pandemia.

La cuestión, sin embargo, es que no se trata de una simple idea peregrina, sino que esta primera propuesta forma parte de un programa fiscal mucho más ambicioso que, en caso de aprobarse, supondrá, de lejos, la mayor subida de impuestos de la historia de España. De hecho, Izquierda Unida ya está trabajando en un documento específico, que, a priori, verá la luz a finales de este mes, a fin de ser debatido en la coalición que conforman con Podemos.

La elaboración de este particular «Plan de Reconstrucción«, que lleva por título «Horizonte País«, fue aprobada en la reunión de la Coordinadora Federal de IU que tuvo lugar el pasado 18 de abril, y, entre otras materias, destina un apartado específico a la fiscalidad, cuyos principales objetivos son, por un lado, subir el IRPF, el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, Sociedades, el Impuesto a los Depósitos y el Impuesto sobre Bienes Inmuebles (IBI); y, por otro, crear nuevas figuras, tales como la «tasa Covid» de Iglesias, un gravamen a las Transacciones Financieras o más impuestos verdes.

Aunque los detalles todavía se desconocen, todas estas medidas están recogidas en los respectivos programas electorales de IU y Podemos. La única diferencia es que, hasta ahora, habían sido aparcadas debido al rechazo inicial del PSOE, pero la crisis del coronavirus abre una nueva ventana de oportunidad para exigir su puesta en marcha en el seno del Gobierno.

A la espera de los cambios concretos que incorpore dicho «Plan de Reconstrucción», el grueso del programa fiscal que defendían IU y Podemos de cara a la presente legislatura se resume en los siguientes puntos:

  • Subir el IRPF a las rentas de más de 100.000 euros anuales, con un tipo marginal del 47%, que llegaría hasta el 55% para las de más de 300.000 euros.
  • Que las rentas del capital tributen en la misma base que las del trabajo, incluyendo las plusvalías generadas en menos de dos años (ampliable a seis en el caso de inmuebles).
  • Eliminar las desgravaciones fiscales de los planes de pensiones, cuyo límite actual se sitúa en 8.000 euros al año por contribuyente.
  • Crear un Impuesto sobre la Riqueza (ahora «tasa covid») sobre patrimonios de más de 1 millón de euros, con el fin de recaudar el 1% del PIB (más de 10.000 millones de euros). Tendría un mínimo exento por primera vivienda de 400.000 euros y gravaría con un 2% los patrimonios de más de 1 millón, con un 2,5% los de más de 10, con un 3% los superiores a 50 y con un 3,5% los de más de 100 millones. Sustituiría al Impuesto de Patrimonio.
  • Elevar el Impuesto de Sucesiones y Donaciones, armonizándolo a escala estatal a partir de un mínimo de tributación para evitar la competencia fiscal entre comunidades autónomas.
  • Establecer un tipo del 35% en el Impuesto de Sociedades para las bases imponibles superiores al millón de euros, introduciendo, además, un tipo mínimo del 15% sobre el resultado contable.
  • Aplicar un Impuesto sobre los Depósitos con un gravamen mínimo del 0,2%, con la posibilidad de que las comunidades autónomas puedan establecer recargos adicionales.
  • Crear un recargo específico en el IBI para viviendas desocupadas.
  • Y aprobar un Impuesto sobre las Transacciones Financieras para gravar con un 0,3% la compra de acciones y derivados, quedando exenta la adquisición de deuda pública.

FUENTE: LIBRE MERCADO

El socialismo es una forma de locura criminal / Socialism is a form of criminal madness

El socialismo es tierra fértil para gobernantes con delirios psicopáticos y claros trastornos de ego.

2470950790_efc40510b3_k-e1587633468631
Como lo relata Orwell en «Rebelión en la granja», las falsas promesas derivan en represión. (Foto: Flickr)

Mi amigo Asier Morales Rasquín señalaba recientemente en su columna del PanAmPost que la conducta de políticos que juegan con los temores de la población impulsando soluciones falsas a problemas reales es psicopática. Morales es Psicólogo clínico con varias maestrías y amplia experiencia, además de egresado de un programa de estudios superiores en economía con mención en teoría del capital y teoría del ciclo económico. Cuando afirma que una política económica es una solución falsa que empeorara un problema en lugar de resolverlo, lo hace como un calificado estudioso de la teoría económica, tanto como cuando explica mediante la Psicología aquellas conductas.

La inviabilidad del socialismo

Que el socialismo es un sistema económico inviable condenado a prolongarse mediante el parasitismo y la explotación para finalmente colapsar, es un hecho bien explicado por la teoría económica desde principios del siglo pasado –algo que economistas socialistas han pretendido falsamente refutar mediante subterfugios teóricos inconsistentes y trucos propagandísticos deleznables–  que todos los experimentos socialistas de la historia –de 1534 a nuestros días– han dejado claro para en todos y cada uno de los casos en que se intentó realmente. Se trata de experimentos insensatos que han ocasionado más sufrimiento, miseria y exterminado más víctimas inocentes que ningún otro en la historia. Negarlo (e insistir tercamente en lo imposible, una y otra vez, con total indiferencia por la destrucción material y moral que en todos y cada uno de los experimentos previos asesinó a cientos, miles o millones, según el alcance criminal de cada caso) es más que un error y peor que una insensatez: es un crimen moral.

La locura socialista

La conducta psicopática del gobernante –o del político que a ello aspira– antes mencionada es casi inconcebible fuera del amplio catálogo de ideas falsas del socialismo en sentido amplio. Serán casi siempre falsedades socialistas las que hagan posible al gobernante psicopático –el que logra sus fines a costa del daño a inocentes mediante la manipulación de la ignorancia y el temor–. Existe una razón para ello: la razón es que la idea misma del socialismo puede y debe ser definida como una forma de locura. La locura la define el diccionario de la RAE como privación del juicio o del uso de la razón. Sin juicio ni uso de razón se llega necesariamente a una desconexión de la realidad externa, física y social. El término «locura» implica que alguien perciba o construya mentalmente una realidad falsa por la que guíe su conducta en el mundo real. Sea la locura producto involuntario de una enfermedad o decisión voluntaria, lo cierto es que ese crimen moral de la insistencia en el error socialista es una forma de locura, una muy ampliamente extendida.

Una patología social

Hay dos grandes subconjuntos de socialismos. Los que tienen el poder y los que luchan por alcanzarlo. No olvidemos que los socialistas entienden por “alcanzar el poder” mucho más que el ejercicio –temporal o permanente– del gobierno de Estado. El poder que buscan es el de rehacer completamente el orden social –de cada consciencia individual a la totalidad de las relaciones de producción y consumo– por un ideal de igualitarismo colectivista que exige destruir todo –hasta los cimientos la cooperación social y la tradición moral– para finalmente imponer sobre las ruinas materiales y morales el más completo, gris y miserable totalitarismo.

Orwell logró en una fábula moderna –Rebelión en la granja– mostrar la realidad tras la falsa promesa socialista, desde la miseria, explotación, propaganda y represión omnipresentes, hasta la última y más descarada mentira en nombre de la que se ha sacrificado a millones, la de una igualdad en que finalmente algunos serán “más iguales que otros”. Los animales de la granja animal le creen al profeta del “animalismo”, el cerdo mayor. Por ello, elevan al poder a los cerdos y se condenan a sí mismos a una espiral de locura mortal bajo el control totalitario del peor cerdo psicópata. Lo que ilustra incluso que inevitablemente serán los peores los que gobernaran en la locura.

Las siete formas de la locura socialista

Con profundo y justificado pesimismo sobre los españoles de su tiempo –previo a la locura del experimento totalitario del frente popular que ocasionó el baño de sangre de la guerra civil y concluyó en el duro mal menor del prolongado autoritarismo que la ganó– Pio Baroja los clasificaba en siete categorías:

  1. Los que no saben;
  2. los que no quieren saber,
  3. los que odian el saber;
  4. los que sufren por no saber;
  5. los que aparentan saber;
  6. los que triunfan sin saber y;
  7. los que medran gracias a lo que los demás no saben.

Estos últimos, concluía Pio Baroja, se llaman a sí mismos políticos a veces hasta intelectuales.

Son también las siete formas del ser socialista –todo socialista entra en una o en varias– porque se trata de negar la realidad. Saber no es otra cosa que comprender y explicar la realidad. Cuando prevalecen tales insensateces, el socialismo triunfa en las mentes. Estamos ante una sociedad condenada que irá, tarde o temprano, a la destrucción y miseria material y moral, mediante la envidia y resentimiento triunfantes en búsqueda del totalitarismo a través de una orgía de destrucción y muerte. Sabemos que tal infierno será minimizado, justificado, defendido, ocultado y finalmente encubierto tras infinidad de mentiras compartidas por los socialistas que en todo el mundo buscan eso –y no otra cosa– en su locura. Esta locura está dotada de una ideología criminal, para mediante la mentira extender la destrucción para alcanzar el poder y materializar el infierno en la tierra. Ser socialista es prometer el cielo para traer el infierno. Creer que es otra cosa y apoyarlo negándose a verlo como es en realidad, también es una forma de locura socialista, la de los tontos útiles sin los que el socialismo poco o nada lograría.

+

Podemos: un Estado dentro del Gobierno / Podemos: a State within the Government

podemos67

Los comunistas avanzan a toda velocidad en la constitución de ese Estado paralelo que ha empezado, siguiendo la lógica leninista, por donde es más fácil derribar el Poder enemigo, es decir, el régimen constitucional.

Por

Las respuestas al ataque de Podemos a la administración de Justicia y no sólo a la sentencia que condena a Isa Serra por agredir a la policía y por atacar a una agente con feroces insultos heteropatriarcales -«puta, hija de puta, zorra, cocainómana, que os folláis a los policías, si tuvieras un hijo con una pistola tendría que pegarte un tiro en la cabeza»-, demuestran que jueces, medios y partidos políticos siguen sin entender absolutamente nada sobre la naturaleza ideológica y la estrategia política de Podemos, es decir, del comunismo instalado en el Gobierno, pero no como otro Gobierno, sino como otro Estado, como un Poder paralelo que sólo reconoce su propia ley.

Es lo que desde Lenin hasta Chávez suele llamarse «poder popular». Es lo que gritaban los primeros podemitas: «¡Forjar, crear Poder Popular!», y siguen gritando los grupos que desfilan de forma paramilitar en Madrid exhibiendo banderas rojas, al modo de Sendero Luminoso o de las FARC. Lo importante es entender que, en estricto marxismo leninismo, se trata de una estrategia que actúa simultáneamente por abajo, mediante la violencia de «las masas» dirigidas por el partido, y por arriba, en las instituciones que se pueden corromper y, si no, a las que se debe implacablemente combatir.

La literalidad del tuit de Iglesias

Pero ni las asociaciones de jueces, ni el CGPJ ni siquiera los medios de comunicación han entendido que en su ya famoso tuit, Iglesias no decía nada sobre la independencia de los jueces, algo en lo que insistía su esbirro mediático Echenique, o el separatista catalán Assens, sino algo mucho más grave: el Vicepresidente mentía de forma descarada y calumniosa sobre la sentencia que ha condenado a Serra por dos delitos y una falta como hechos probados y cometidos contra el cumplimiento de una orden de desahucio, que en España, a diferencia del «Exprópiese» de Chávez, necesita esa orden judicial. Y agredir a una fuerza policial en funciones de policía judicial es atacarla dos veces: una, como fuerza del orden para imponer que se cumpla una ley; otra, como encarnación uniformada de esa ley, a la Ley misma.

Podemos, como buen partido leninista, ha sido siempre violento. Además de los elogios a Lenin, Stalin, Guevara, Chávez y demás asesinos de masas, recuérdese el «jarabe democrático» que prescribía el Doctor Iglesias Escrache a las derechas -Soraya, impidiendo que durmiera su bebé- o izquierdas -Rosa Díaz, González, a los que impedía hablar en el «soviet de la Complu», como le llamaba graciosamente Rita Maestre en La Tuerka. La obsesión genital del caudillo podemita se manifestaba en esos días elogiando al golpista y genocida Chávez como «demócrata con agallas», variante bolivariana de la «democracia orgánica» del franquismo que tan fervorosamente defendió su abuelo en muchos libros, tras evitar la condena a muerte por su actividad chequista haciendo «desaparecer» a dos personas. Si no la adjetivan, a algunos la palabra democracia les parece intolerable.

Pero ¿ha atacado realmente la independencia judicial, ha negado la separación de poderes el vicepresidente del Gobierno Iglesias Turrión? No. Ha hecho algo menos y algo más. Implícitamente ha negado las dos cosas, pero puede alegarse que se trata de una crítica como las que el Gobierno de Rajoy, Ciudadanos, el PSOE, Bildu y Podemos hicieron a la sentencia de La Manada o el Caso Juana Rivas, ese populismo punitivo que impregna la nueva «Ley contra la Libertad sexual» de Irene Montero, pareja de Iglesias.

Lo que ha dicho exactamente Iglesias en su tuit es esto:

«Las sentencias se acatan (y en este caso se recurren) pero me invade una enorme sensación de injusticia. En España mucha gente siente que corruptos muy poderosos quedan impunes gracias a sus privilegios y contactos, mientras se condena a quien protestó por un desahucio vergonzoso.»

No son todos independientes

El vicepresidente del Gobierno miente a sabiendas, figura clásica de la prevaricación, porque Isabel Serra no ha sido condenada por oponerse a un «desahucio vergonzoso», sino por agredir e insultar a la policía cuando trataba de ejecutar una orden judicial. Hubo dos heridos, hay grabaciones inequívocas y se consideran hechos probados los violentos que protagonizó Serra, candidata del sector de Iglesias a la presidencia de la Comunidad de Madrid y también encausada por quemar un cajero automático. Lo pasmoso es que nadie dice que Iglesias ha mentido, sino que ataca la independencia de los jueces y la separación de poderes. Yo creo que, sin pretenderlo, y tal y como decían los españoles antiguos, «ha sacado, de mentira, verdad».

Y la verdad es que la justicia en España, al máximo nivel, no es ni puede ser independiente por la politización a que ha sido sometida desde la Ley Orgánica del Poder Judicial de 1985, obra de González y celebrada por su vicepresidente Alfonso Guerra con la frase «Montesquieu ha muerto». Ha sido la clase política, con el PSOE y el PP a la cabeza, la que se ha repartido y se reparte los cargos en los máximos tribunales, mediante el CGPJ o directamente en el Supremo y el Constitucional. Pero eso es lo que reclaman precisamente los podemitas, que Casado permita quitar a Lesmes de en medio para que haya una mayoría social-comunista que coloque a sus jueces afines, que andan merodeando como lobos por las bardas del corral.

Lo que han dicho Iglesias y sus esbirros tuiteros es que Lesmes y el CGPJ es ilegítimo como lo es cualquier justicia «que sirva a la Derecha». No niegan que sean independientes, sino que no sean sus independientes. En cuanto a la separación de Poderes, ¿de qué Poderes hablamos, cuando la Ley de Violencia de Género, la de Memoria Histórica o la de Libertad Sexual niegan las bases mismas de cualquier Estado de Derecho, desde la presunción de inocencia, la necesidad de la prueba o la libertad de opinión?

Sacar, de mentira, verdad

Los jueces, paradójicamente, han salido a defender lo que menos defensa tiene, y no han defendido la verdad y lo justo del procedimiento en el caso de esa sentencia. Lo más grave, prueba de hasta qué punto Podemos ha invadido ya una institución tan importante como el Gobierno, es que en vez de censurar la agresión, porque lo quiere ser, de todo un Vicepresidente contra una resolución judicial, recurrible sin necesidad de ser tergiversable, el Gobierno en pleno se haya solidarizado con la condenada Isabel Serra y no con la condena, y que, como recordaba ayer Javier Gómez de Liaño, los tres jueces y ex-miembros del CGPJ que forman parte del Gobierno no se hayan atrevido a discutir la actuación de Iglesias, su Partido y su Partida.

La Partida, evidentemente, es la del prevaricador Baltasar Garzón, expulsado de la carrera judicial, miembro egregio de las cloacas judiciales y policiales, íntimo de la exministra de Justicia y ahora Fiscal General del Estado y cabecilla del Juzgado Popular Paralelo de La Sexta, junto a otros miembros de la izquierda judicial jubilada o del Rastro de rábulas togados.

El comunismo avanza rápidamente

Han hecho contra las asociaciones judiciales lo mismo que Maduro con la Asamblea Nacional: como no podía con ella, creó otra paralela a sus pies. Y no faltarán Zapateros, que a comisión o por sectarismo ideológicos, les bailen el agua. Pueden decir que hay «opiniones distintas en el mundo judicial», aunque no sean comparables ni en cantidad ni en calidad, porque el efecto es el mismo: el doble Poder, el de un orden legal opuesto al de los que administran la Ley, es decir, un Poder Popular al que se oponen ciertos poderes ancestrales, hijos de la corrupción, el privilegio… y el franquismo.

Los comunistas avanzan a toda velocidad en la constitución de ese Estado paralelo que ha empezado, siguiendo la lógica leninista, por donde es más fácil derribar el Poder enemigo, es decir, el régimen constitucional. Y el punto más débil del régimen es, precisamente, este maldito Gobierno.