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El Feminismo Corporativo: una verdadera lacra social.

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«En Francia piropear o sencillamente silbar a una mujer por la calle supone una multa de 750 euros.»

Por Javier Benegas en Disidentia 

En apenas unos años, hemos pasado de disfrutar de una cierta libertad a tener que medir cada una de nuestras palabras, expresiones y actos. Las coacciones que atentan contra nuestra libertad de expresión y de acción, se han multiplicado. Y son las que emanan del bullicioso Feminismo Corporativo (en adelante FC) las que se han vuelto más expeditivas y peligrosas. De hecho, no resulta exagerado afirmar que este nuevo feminismo se ha convertido en la peor y más corrosiva de todas manifestaciones de la Corrección Política.

Censura, censura y más censura

 

El FC censura por definición cualquier alusión al aspecto físico de la mujer, muy especialmente si ésta se produce en un medio de comunicación. Referirse a la belleza o la fealdad de una fémina —no así de un hombre—, o simplemente aludir a su forma de vestir en un reportaje o noticia, es un acto castigado con el escarnio del profesional que firme la nota, aunque se trate de una sátira o una simple crónica rosa.

Si el protagonista del reportaje es una mujer relevante, estos es, según el lenguaje FC, un “referente”, entonces directamente se califica de atentado. Y el autor (muchas veces autora) es arrojado a la hoguera por hereje.

El FC también ha elevado el vulgar piropo a la categoría de agresión sexual. Así, en Francia piropear o sencillamente silbar a una mujer por la calle supone una multa de 750 euros. Y si esto sucede en el transporte público el importe de la sanción se duplica; es decir, 1.500 euros. Una medida que pronto podría ser imitada por otros países europeos.

Por si esto no fuera bastante se pretende que este tipo de sanciones se apliquen, además de en la calle, en otros ámbitos, como la prensa. Y que se tipifique como delito en un medio de información cualquier referencia remotamente sexual sobre una mujer.

La falsa cultura de la violación

A pesar de que las violaciones son delitos cometidos por una diminuta minoría de varones, en comparación con la población total, el FC pretende imponer la idea de que en nuestras sociedades existe una “cultura de la violación“. Y para que ninguna interacción entre hombres y mujeres escape a su control, toda acción debe ser fiscalizada y calificada como algún tipo de agresión sexual, desde una simple palabra, pasando por una insinuación, hasta la franca proposición sexual.

El FC pretende además que el supuesto delito sexual deje de depender de los hechos objetivos y pase a estar sujeto a la apreciación subjetiva de una de las partes, es decir, de la mujer. Y que ni siquiera se necesaria una mínima coherencia temporal. Así, la mujer tendrá derecho a arrepentirse al día siguiente de la relación sexual que mantuvo voluntariamente la noche anterior. Y su cambio de parecer podrá ser base suficiente para procesar al varón.

Universidades y tribunales paralelos

En numerosas universidades norteamericanas el FC ha logrado que se pueda denunciar a un estudiante por el hecho de “mirar raro”, algo por otra parte que es imposible de demostrar salvo que la palabra de la mujer se convierta en ley. Así, en los campus norteamericanos proliferan los comités que actúan como tribunales paralelos, suplantando las competencias de los tribunales ordinarios.

Cualquier joven puede ver su reputación arruinada irremediablemente por obra y gracia de un malentendido, un despecho o una desavenencia con una compañera. Los comités que le juzgarán, además de estar presionados por la corriente feminista, carecen de la preparación y los medios necesarios para realizar pesquisas mínimamente garantistas. Para colmo de males, están saturados, puesto que todo es susceptible de ser considerado agresión sexual.

Como es lógico, los dictámenes de estos comités suelen acabar en los tribunales ordinarios, donde verdaderos jueces terminan finalmente exonerando al estudiante… pero cuando el daño reputacional es ya irreparable. En la era de Internet, las viejas noticias permanecen en la Red durante largo tiempo y, en muchos casos, también las fotografías de los “ajusticiados”. A estos contenidos se puede acceder desde cualquier parte del planeta. Por lo que la víctima no tiene siquiera la posibilidad de rehacer su vida en otra parte.

Feminismo Corporativo e intereses

El FC ha convertido el Día Internacional de la Mujer en un acto de desagravio en el que se denuncia, entre otras cosas, la falsa “cultura de la violación”. Así, lo que hasta hace tan solo unos años era una jornada de celebración y de estímulo, ha derivado en un ajuste de cuentas generalizado, una interesada guerra de sexos con la que se presiona a los legisladores para que redacten leyes particulares. Y la ley deje de ser igual para todos y se convierta en privilegio.

Como ejemplo inquietante de cómo el FC ha penetrado en unas instituciones que se supone neutrales, basta pasear por delante del Ministerio de Igualdad y contemplar la enorme pancarta con un lazo morado que pende de su fachada. Una imagen que tiene ciertas reminiscencias de la Alemania nazi, en cuyos edificios oficiales pendían grandes estandartes con la esvástica.

Lamentablemente, cuanto más ceden los políticos a la presión, más lobbies feministas florecen en aquellos sectores más prometedores. Para las activistas, todo sector relevante, con posibilidades de promoción, se convierte en un objetivo estratégico. Una característica que revela la existencia de intereses que no son ni mucho menos extensibles a todas las mujeres.

En efecto, resulta bastante sospechoso que se ponga el foco en determinados sectores profesionales, casualmente aquellos que resultan más cercanos y atractivos a las activistas y, en especial, a sus núcleos duros. Raro es ver movilizaciones similares en actividades que resultan de escaso interés para las activistas. No existe, por ejemplo, ningún movimiento feminista relevante en los oficios más sufridos, donde la posibilidad de ascender y obtener privilegios es prácticamente inexistente.

En cambio, en el mundo de la dirección de empresas, las finanzas, las ciencias sociales, la política o el periodismo la guerra es total. La razón es sencilla, el FC es por definición un movimiento elitista, integrado por mujeres de clase media que aspiran a mejorar su posición por encima de sus méritos. Son personas que buscan en el activismo su ascensor social.

No es feminismo, es elitismo

El FC se asemeja bastante a los nacionalismos supremacistas. Al igual que estos, crea un enemigo exterior: el hombre o, en su defecto, el patriarcado; construye una causa general con la que promete grandes beneficios a todos los que la apoyen, pero luego las ventajas y prebendas recaen en una minoría; establece barreras de entrada similares a la imposición lingüística, en su caso se trata de una serie de preceptos, reglas, códigos de conducta y dogmas cuya definición y certificación queda a discreción de una selecta cúpula; no significa más y mejores oportunidades, sino selección adversa, un proceso donde no ascienden las más capaces sino las más dogmáticas; y, por último, es intrínsecamente elitista: no hay nada que desagrade más a las nuevas feministas que las mujeres esforzadas, esas que, motu proprio, trabajan duro y velan por las personas a las que quieren, en vez de sumarse a su causa.

En definitiva, el Feminismo Corporativo se ha convertido en un grave problema para la convivencia y la sociedad abierta. No representa a todas las mujeres, sino a una clase muy concreta de mujeres que busca la manera de situarse por encima de todos los demás.

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HISTORIA DE DOS TRAICIONES: MOCIÓN DE CENSURA Y GOBIERNO DE PEDRO SÁNCHEZ

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En los últimos días, hemos asistido con consternación ciudadana a dos traiciones que han evidenciado la miseria moral y política de sus protagonistas, y el grave peligro que amenaza a la España constitucional que una inmensa mayoría de ciudadanos desea mantener, como ámbito de convivencia que garantice sus derechos y libertades.

Tras la presentación de la moción de censura contra Mariano Rajoy Brey, el país se debatía, institucionalmente hablando, entre mantener un gobierno “zombie” (lo que finalmente no aconteció), designar a un gobierno “Frankenstein” o concurrir a un proceso electoral.

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Mariano Rajoy aplaudido por los suyos durante la moción de censura.

Tres caminos podrían haberse seguido, y previsiblemente se ha optado por el peor:

  • Mantener en el poder a un gobierno “cobarde, timorato y cómplice” de los golpistas e independentistas;
  • Provocar la caída de Mariano Rajoy Brey para abrir el camino a La Moncloa a “un gobierno en manos de golpistas, proetarras, independentistas y comunistas – lo que finalmente ha sucedido -;
  • O que, aplicando el sentido de Estado, Rajoy hubiese presentado su dimisión al cargo, desactivando, de ese modo, la moción de censura, facilitando que los ciudadanos españoles, en un plazo relativamente corto, pudieran pronunciarse en las urnas. Toda esperanza en esta posibilidad quedó descartada cuando la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, compareció ante los medios para anunciar que de nada valdría la dimisión de Rajoy, dado que ello no garantizaría que el PP continuase en el gobierno. Pero, una vez más, el cobarde Rajoy traicionó a los ciudadanos.

Por tanto, asistimos a una muestra de felonía política nunca evidenciada en nuestra democracia, y Rajoy fue su principal protagonista.

Sin embargo, la traición de Mariano Rajoy Brey comenzó mucho antes: en el Congreso del Partido Popular de Valencia (2008), al que el periodista Federico Jiménez Losantos denomina “Congreso de Bulgaria, capital Valencia”, cuando Mariano Rajoy decidió salvarse a sí mismo, traicionando todos los principios ideológicos del Partido Popular, traicionando la herencia política del aznarismo y entregando el accionar propagandístico a la izquierda radical.

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Congreso del PP de 2008, en Feria Valencia.

Pero, independientemente de la gran traición de Rajoy al PP, a sus afiliados y a sus principios, lo peor ha sido la gran traición del ex presidente a la confianza depositada por millones de ciudadanos.

A más de 10 años de ese “congreso”, nadie recordará la pedantería y soberbia de algunos dirigentes populares, para quienes, aunque pusieran una fregona en las listas, jamás bajarían de los diez millones de sufragios. La realidad ha conducido a muchos de esos políticos a tribunales, a otros a la cárcel, a cientos al ostracismo político, a algunos pocos a la tumba y a miles a perder el mayor político que jamás detentó una formación en toda la historia de nuestra democracia.

Pero Rajoy no sólo ha traicionado el programa del Partido Popular, Rajoy ha traicionado la confianza de millones de ciudadanos.

Recordemos que, para esas elecciones, el lema de campaña del PP había sido “Súmate al cambio”, y los ciudadanos se sumaron: 10.866.566 ciudadanos confiaron en el programa del Partido Popular. Y esa confianza se tradujo en una mayoría absoluta de 188 escaños.

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Distribución de escaños en el Congreso de los Diputados,

El mapa político de España se “tiñó de azul”, otorgando a los populares la gran responsabilidad de gobernar, tras el nefasto gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y de no defraudar la confianza de los ciudadanos.

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Mapa político “azul popular” surgido de las elecciones de 2011.

¿Qué votaron los españoles en 2011?

Los ciudadanos votaron un programa basado en una serie de principios, a saber: rebaja fiscal, apoyo a las familias, fortalecimiento de la sociedad civil y de eficientización del Estado, respaldo a los autónomos para facilitarles la creación de empleo, reducción de duplicidades entre administraciones, liderazgo internacional, revalorización de las pensiones, reducción del paro, lucha contra el terrorismo y reducción de la deuda pública, por citar solo algunos ejemplos.

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Portada del programa del PP de 2011.

Rajoy, con su traición, ha empeñado nuestro presente e hipotecado nuestro futuro, así como el de varias generaciones de ciudadanos quienes, por primera vez desde la recuperación de la vida democrática, vivirán mucho peor que sus padres y que sus abuelos.

Rajoy traicionó a los españoles en lo económico, en lo político y en lo social.

En lo económico, y más allá del supuesto “mejoramiento de la economía”, Rajoy ha endeudado a los ciudadanos durante varias generaciones, condenándoles a un presente aciago y a un futuro desolador, en cuanto el Banco Central Europeo deje de comprar deuda y aumenten los tipos de interés.

En lo político, por ejemplo, Rajoy, tras la consulta ilegal del 1-O y la aplicación del artículo 155 de la Constitución Nacional, optó por convocar elecciones en la autonomía catalana, sin desmantelar las estructuras del golpe de estado, posibilitando el regreso de los golpistas al poder. La consecuencia de esa traición es el regreso al poder de los independentistas catalanes, liderados por un xenófobo supremacista que llama “bestias con forma humana” a los castellanoparlantes.

En lo social, Rajoy ha traicionado a la familia, ha permitido la imposición de la ideología de género en las instancias educativas (incluso por gobernantes del PP), ha permanecido incólume ante la fragmentación social y familiar derivada de la Ley de Memoria Histórica y ha condenado a la muerte a cientos de miles de no natos, favoreciendo el ingreso de decenas de miles de extranjeros contrarios a la cultura occidental, y deseosos de imponer un proyecto social totalitario al que encubren bajo un manto pseudo religioso.

En síntesis, Rajoy ha sido uno de los mayores traidores de toda la historia de España, tanto que quizás deberíamos llamarlo, Mariano, el felón.

Así como en un momento de nuestra historia, el Rey Fernando VII consideró que no podía enfrentarse al poder de Francia, creencia que le condujo a unir sus intereses políticos con los de Napoleón, Mariano asumió que nunca podría enfrentarse al discurso político de la izquierda y, por ello, traicionó todo el ideario liberal conservador y la confianza de millones de ciudadanos, para unir su futuro político al de una izquierda radical que funcionaría a modo de pinza contra el PSOE y que le permitiría estar durante muchos más años en el poder.

Una vez más, Mariano se equivocó.

Y el colofón de su traición ha culminado con un gobierno del PSOE, con Pedro Sánchez como Presidente, respaldado por golpistas catalanes, nacionalistas vascos, independentistas varios y comunistas totalitarios.

Hoy se ha presentado la foto del nuevo gobierno, al que no nos referiremos en este artículo.

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Pedro Sánchez, Presidente de Gobierno, rodeado de sus ministros.

Las consecuencias de estas dos traiciones: la de Mariano nacida del 2008, y la de Sánchez aceptando los votos de Bildu, ERC, PdCaT, Podemos, Compromís y otros, la viviremos en próximos días.

Concesiones al golpismo catalán, millones al independentismo vasco, dinero público para los lobbys partidarios de la ideología de género, aumento de la presión fiscal para familias y autónomos, incremento del gasto público en desmedro de la economía productiva, adoctrinamiento educativo, ideologización radical del discurso político y otros serán los efectos de esas traiciones. Pero de esto escribiremos en los próximos días.

FUENTE: Políticamente Incorrectos.

SOCIALISTAS: ¡¡Ya empiezan!!

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Ya empiezan a despilfarrar Pedro Sánchez y sus mariachis. Más ministerios, más secretarías, funcionarios, coches oficiales, viajes, dietas, pisos… Gastan nuestro dinero a manos llenas, pero ellos, como creen que el dinero público no es de nadie, ni siquiera admiten que tengamos derecho a reclamarlo.

Pronto nos dirán que no hay dinero y que hay que subir los impuestos. Es lo que siempre hacen los sátrapas.

Aunque aún es pronto para hacer cuentas, ya se perciben los gestos y las tendencias, sin que se vea una sola gota de austeridad o ahorro. Ya han dejado de controlar el dinero público de la Generalitat de Cataluña, lo que permite a los golpistas seguir robando, como hicieron durante los últimos años.

Por supuesto, no podía faltar esto:

Sánchez dará sanidad universal y gratuita a los inmigrantes ilegales

que supone un GASTO BRUTAL QUE TENEMOS QUE PAGAR TODOS Y ENCIMA PARA QUE VENGAN UN MONTÓN DE PARÁSITOS CARADURAS QUE NO TIENEN LA MENOR INTENCIÓN DE INTEGRARSE Y, EN MUCHÍSIMOS CASOS, BUSCAN IMPONERNOS SUS LEYES Y COSTUMBRES TENIENDO QUE CEDER EN LAS NUESTRAS PARA «NO OFENDER SUS CREENCIAS», además, claro está, del TERRORISMO YIHADISTA.

Todo parece indicar que nos arruinarán de nuevo, como ya hicieron antes González y Zapatero.

Hay que obligarles a abrir las urnas. No queremos “amos” políticos y menos sin la legitimidad de los votos populares.

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El autobus

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Una señora por equivocación se mete en un autobús del PSOE y viaja acompañada de su hija de cinco años. 

Al pasar por una esquina, la chiquilla ve a unas prostitutas y pregunta:
«Oye, mamá, ¿quiénes son esas señoras?»

Nerviosa, la mujer responde:
«Son señoras que están mirando escaparates y esperando que sus maridos salgan de trabajar, hijita». 

El conductor del autobús que estaba atento y venía escuchando todo, se dirige a la madre:
«¡Por la cresta, señora, dígala la verdad: son prostitutas, son unas putas!»

Se hace un tenso silencio en el autobús. En eso, la niña lanza otra pregunta:
«Oye, mami, ¿y las prostitutas y las putas quienes son?»
Hija mía mira son mujeres de la vida, que cuando tienen un hijo lo meten de conductor de autobús del PSOE.

Saludos y gracias.

🇪🇸Ángel Miranda🇪🇸

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El caso Robinson: a prisión por islamófobo

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Robinson ha sido declarado ‘no-persona’ porque está en contra de los mantras de la diversidad y el multiculturalismo y porque denuncia.

Por   en Libertad Digital 

No hay ningún riesgo de que ninguno de los grandes popes de la libertad de expresión en nuestro país, esos mismos que se han indignado por que la Guardia Civil haya notificado una denuncia a Evaristo La Polla Records Páramos, diga una palabra más alta que otra por el encarcelamiento de Stephen Lennon, más conocido como Tommy Robinson. El activista había sido ya sentenciado el año pasado a tres meses de cárcel –más otros dieciocho en suspenso– por llamar a una banda de pedófilos musulmanes «banda de pedófilos musulmanes» antes de que hubiera sentencia. Fueron declarados culpables.

Ha sido detenido de nuevo, el pasado viernes, mientras grababa delante de otro tribunal en Leeds donde se juzgaba el caso de violaciones masivas de bandas de musulmanes de este mes: 29 acusados (todos ellos con nombres como Mohammed, Zahid, Abdul… ya saben) por violar a 18 mujeres de entre 11 y 17 años en un caso similar a los de Rotherham o Telford, o el de Alicante en España. Esta vez tuvo cuidado en hablar de «presuntos». Pero dio igual. Los policías que detuvieron a Robinson lo justificaron con que «alteraba la paz». Lo malo es que está todo grabado y, salvo preguntar a algunos de los acusados a la entrada del juzgado cómo se sentían ante el posible veredicto, no hizo nada más que grabarse a sí mismo hablando. Sin acceso a su abogado, el defensor de oficio le recomendó que se declarara culpable de desacato y ha sido condenado a trece meses de cárcel por el juez Geoffrey Marson, quien ordenó además a los medios británicos que no publicaran la noticia. Varios ya lo habían hecho, y tuvieron que eliminar sus noticias o tacharlas para no incumplir la orden, que lleva acarreada una pena de hasta dos años de cárcel.

Mientras, en casos de violaciones masivas de bandas de musulmanes de otros meses, a familiares y amigos de los acusados se les ha permitido manifestarse a la puerta e insultar y acosar a las denunciantes sin castigo ninguno. Uno podría pensar que las feministas británicas se indignarían con estas cosas, si no fuera porque sabemos que son como las nuestras: lo importante es denunciar el despatarre en el metro, no proteger a las denunciantes de bandas de violadores. Al fin y al cabo, suelen ser chicas de clase baja procedentes de familias desestructuradas. Que les den.

 

Tommy Robinson ya ha pasado tiempo en prisión. Fue condenado a dieciocho meses por no decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad en los papeles de su hipoteca y apalizado en la cárcel por presos de, digamos, religión y procedencia étnica distintas a la suya. «Asiáticos», que es como se les llama oficialmente en el Reino Unido y que solivianta a muchos hindúes, porque los mete en el mismo saco. Robinson no es un angelito. Ha pasado por fases muy extremistas y también ha colaborado con grupos musulmanes moderados. Pero la cuestión no es esa. El periodista Rod Liddle ha dicho:

No soy fan de Robinson ni de lejos. Pero no me gusta la idea de que te puedan detener simplemente por ser Robinson.

Y es que parece claro que Robinson ha sido declarado no-persona porque está en contra de los mantras de la diversidad y el multiculturalismo y porque denuncia. Etiquetarlo en la extrema derecha ayuda a que nada de lo que se le haga produzca indignación entre los biempensantes. Pero nos equivocaríamos si lo dejáramos pasar. Robinson, en sí, da igual. Lo que no da igual es que, en un país que tantas y tan buenas aportaciones ha hecho a la libertad, un juez te pueda condenar a trece meses de prisión por hablar delante de un juzgado y además prohibir que se informe sobre ello, a pocos metros del lugar donde la presunta banda de violadores musulmanes de este mes recibe un juicio justo y con todas las garantías.

Cada día que pasa, y aun siendo consciente de los muchos abusos que se pueden cometer en su nombre, soy más firme admirador de la Primera Enmienda norteamericana. En los países donde no la tenemos, deberíamos trabajar para que las restricciones a la libertad de expresión fueran cada vez menos, y no más. Donde se pudiera hornear a un cristo y también pasear un autobús que diga que los niños tienen pene y las niñas vagina. Y donde se pueda decir que si estamos todos los meses condenando a bandas de musulmanes violadores, igual es que tenemos un problema con los miembros de la comunidad «asiática» y todo. Aunque no estemos de acuerdo.

Arrestado por pensar distinto:

Cientos de personas se concentran en Down Street en apoyo de Tommy Robinson:

¿Camino de Alemania o de Grecia?

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Pablo Iglesias saluda a Pedro Sánchez, este viernes, en el Congreso de los Diputados. | EFE

No es fácil llegar a ser un país del primer mundo… pero casi más complicado es dejar de serlo. Eso sí, hay ejemplos de que, si lo intentas, lo puedes conseguir.

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Siempre que me preguntan digo que yo soy optimista (hacia el futuro) porque soy realista (hacia el pasado). España, por ejemplo, ¿cómo será en 2040? Pues lo normal es que sea un país mejor: más rico, más próspero, más avanzado…

No lo digo por decir, es que todo nos empuja a ello. Los últimos 40 años son el asidero más resistente al que atar mi pronóstico: nunca hemos vivido un período que haya combinado así la estabilidad institucional, el crecimiento económico, la integración con las economías más avanzadas del mundo, la paz social. Sí, ha habido enormes dificultades, desde los crímenes de ETA a la crisis de 2008-2014, pero en conjunto podemos decir que hemos vivido el mejor período de nuestra historia. Y no es un cliché.

Además, como dice mi compañero Raúl Vilas, otro optimista-realista, en ese futuro previsible de prosperidad y crecimiento nos ayudan casi todas las grandes fuerzas que llegan del exterior: la globalización y la Unión Europea, el desarrollo tecnológico y la integración de los mercados. Como saben nuestros padres y abuelos (aquellos que nacieron en una terrible postguerra de hambre, miseria y aislamiento), no es nada fácil subirse al vagón del primer mundo… pero es casi más difícil bajarse.

 

Dejar de ser un país rico requiere de un trabajo denodado. Sólo empeñándote con todas tus fuerzas puedes conseguirlo: miren lo que les ha costado a griegos o argentinos. Décadas de un esfuerzo ímprobo. Eso sí, una vez que lo logras, la marcha atrás también es casi imposible.

Hace unos días se viralizó la carta de James Rhodes, un pianista y escritor que nos recordó algo tan obvio como que España es uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. Y no lo digo con ese patrioterismo barato de «como mi pueblo no hay ninguno». Pensemos en el clásico juego: si fueras un extraterrestre y te preguntasen dónde querrías que aterrizara tu nave para vivir infiltrado como un humano, ¿Qué dirías? Yo lo tengo clarísimo: España, Francia (excepto París, una ciudad que siempre me ha parecido muy incómoda), el norte de Italia… Y poco más. Intuyo que Australia, sobre todo en esa costa que marcha de Melbourne a Sidney y Brisbane, también tiene que ser un buen sitio.

Hace 50 ó 100 años no creo que hubiera dicho lo mismo, pero ahora me quedo sin ninguna duda con mis tres elecciones mediterráneas: con esa mezcla de buen clima, desarrollo institucional (con todos los defectos que se quieran), democracia liberal (más defectos), progreso económico, cultural y social… Por cierto, que el clima y las playas están ahí porque sí; pero el resto, desde la tranquilidad que da pasear por las calles de Madrid (una de las capitales más seguras del mundo occidental), a tener la esperanza de vida más elevada del planeta junto a la de Japón, pasando por la extraordinaria red de carreteras, los bares pijos de Malasaña donde tomar el brunch este domingo, un sistema judicial capaz de juzgar y condenar al cuñado del Rey o la empresa de moda más importante del mundo (Inditex)… todo eso no ha surgido por generación espontánea. Démosle al César lo que es del César, y a la casta y al bipartidismo (y a los tecnócratas del Opus, que no se nos olviden, que también tiene su parte) lo que les toca.

Quizás por eso desde hace tiempo vivo las elecciones con una cierta distancia. No confío mucho en ninguno de los partidos. El 99% de los candidatos me parece de una mediocridad espantosa. Y sí, mis esperanzas de una revolución liberal (aunque sea mini-revolución) son cercanas al 0 absoluto. Pero tampoco me preocupaba especialmente el resultado. De hecho, en algunas ocasiones ni siquiera he ido a votar (y cuando lo he hecho, he apoyado a quien sabía que no iba a ganar, como UPyD al menos en dos ocasiones). Mis amigos forofos, los que siguen la actualidad política con la camiseta de su equipo puesta, le meten mucho dramatismo al asunto: «Si gana el PSOE nos hundimos», «Si vuelve el PP no se podrá vivir aquí», «A saber lo que hace Ciudadanos»… Y yo siempre les digo lo mismo: «Qué más da».

Ya sé que igual-igual no es. Si en los próximos 30 años predominan los presidentes mediocres y unos ministros poco hábiles pues creceremos algo menos y seremos un país más burocratizado y esclerotizado. Si tenemos suerte y caen dos o tres listos por La Moncloa, pues quizás podamos remendar los agujeros que le han ido saliendo a nuestros ropajes, porque no podemos negar que varios necesitan una puesta a punto: tendremos una normativa menos intrusiva, que facilite la creación de tejido empresarial más competitivo, flexible, liberalizado y con menos intromisión del BOE; un sistema de financiación autonómica más lógico; una fiscalidad más moderna; una normativa laboral menos decimonónica… Pero lo primero que debemos tener claro es que, en ese futuro en el que decidamos si queremos que nuestra economía sea más Italia-Francia o más Suiza-Holanda, los partidos harán lo que les pidamos.

Y, en ese relato de aburrida prosperidad o de estable mediocridad, ¿no podemos fastidiarla? Pero lo que se dice fastidiarla de verdad. Sí, claro que podemos. Miren a Grecia, a Argentina, a Venezuela (por cierto, tres países que hace 50-60 años eran más ricos que España). Es complicado pero, si lo intentas, lo consigues. También los habitantes de estos países pensaron que allí no podía pasar. Lo explica muy bien Nassim Taleb en sus libros: el problema de hacer predicciones basándote en las medias, en lo ocurrido en el pasado o en las tendencias… el problema es que obvias los grandes riesgos y lo que ocurre en los extremos de la distribución. Es como una empresa que crece cada año al 2% pero se endeuda cada vez más. Si no se vuelven locos y mantienen controlado el pasivo, es fácil prever dónde estará dentro de 10 años: pues será un 20-25% más grande. Pero si quiebra, la cuenta ya no sale. Da igual que tuviera el potencial de seguir creciendo. Tras la liquidación, lo que queda es la nada. En esa línea continua de mejora, ya hablemos de un país o una compañía, una disrupción que lo arrase todo es lo único que no te puedes permitir.

Nunca había pensado en que esos riesgos pudieran estar presentes en España. Siempre imaginé que íbamos a convertirnos en una de esas predecibles democracias donde la gente ni siquiera conoce a sus políticos o practica la alternancia por aburrimiento. Que estábamos a un pasito de ser Suiza o Alemania (un pasito muy grande, eso es verdad). Y ahora tenemos a un 25-30% del arco parlamentario con la intención declarada de destrozar la arquitectura institucional bajo la que nos hemos organizado en las últimas cuatro décadas (esto son los que hablan de hacer saltar por los aires el candado del 78) o romper directamente la misma unidad que nos ha traído hasta aquí (un nacionalismo de raíz étnica y xenófoba que debería estar enterrado en los campos de batalla centroeuropeos pero que en nuestro país pervive y manda).

Porque además, a estos tipos les da igual tener mayoría que no tenerla: ya lo han demostrado allí donde han podido, su objetivo es el poder y una vez en el mismo (aunque lo hayan alcanzado de milagro, por un diputado que cambió su voto o por una aritmética parlamentaria imposible) no se marcharán. Aquí no vale lo de decir: «Les damos una oportunidad y si no lo hacen bien, los echamos». Volvemos a lo de la normalidad y los extremos. A estos, cuando consiguen lo que quieren, no les echas (de nuevo, miren a Venezuela o a Argentina).

¡Un 30%! Y tienen pinta de que podrían ganar. Quien no quiera verlo es un ciego: desde hace 4-5 años estamos ante el asalto a un régimen, el del 78, que con todos sus defectos es el mejor que hemos conseguido hasta la fecha. Esto no tiene nada que ver con la dimisión de Rajoy o con la elección de Sánchez, sino con la destrucción del marco normativo y el armazón institucional. ¿Lo conseguirán? Si tuviera que apostar diría que no. En porcentaje, creo que tenemos un 75% de opciones de que las cosas salgan bien, se reconduzcan y volvamos al camino que nos lleva a Alemania o Francia o Suiza o…. Pero eso quiere decir que nos queda un 25% para el desastre.

Eso sí, ni de broma creo que esto es un argumento para estar relajado. Que un país rico, próspero y desarrollado como España tenga un 20-25% de opciones de entrar en un proceso de argentinización no es nada tranquilizador. De hecho, es una locura total. Y el peligro no terminará tras las próximas elecciones, sea cual sea el resultado. Probablemente la clave será qué partido sale de esta crisis al mando de la izquierda. Ya lo decía Pablo Iglesias en un artículo de la revista New Left Review en 2015: el objetivo no es ganar tal o cuál elección, sino sustituir al PSOE como fuerza hegemónica en la izquierda. Si eso se logra, llegar al poder es cuestión de tiempo, de pura alternancia democrática. Y cuando lleguen, no se irán.

El resultado final depende fundamentalmente de dos cosas: de las ganas de suicidio de los españoles y del PSOE, de si recupera la cordura o entra de forma definitiva en barrena. En este sentido, la elección de Sánchez podría ser hasta una buena noticia, si lograra lo que debería ser su objetivo principal: usar este tiempo en La Moncloa para recuperar para su partido el control de la izquierda, devolverle una idea de España que alguna vez se pudo intuir que tuvo y mandar a Podemos a la marginalidad de la que no debió salir. En sus manos estamos. De acuerdo, muy tranquilizador… no es.

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Posdata: este artículo nace de una doble incredulidad. La de ver que un país como España corre el riesgo cierto de tirar por la borda el mejor período de su historia. Y la de constatar que el 28-30% de los españoles vota a partidos que tienen como razón fundacional acabar con el régimen político que les ha traído hasta aquí (y, ya de paso, con uno de los países en los que mejor se vive del mundo). Yo puedo entender que un tipo en Zimbabwe esté de vuelta de todo, que le dé igual 8 que 80, que esté dispuesto a ir al infierno con tal de ir a alguna parte. Pero, ¿en España? ¿Un 30% de los votos? Pues así es.

Culpables de esto hay muchos. Rajoy desde luego. El PP, también: un partido miedoso y corroído por la corrupción. Zapatero, sin duda. Y el PSOE, una máquina infecta y enferma de poder que, por mantenerse en el mismo, en La Moncloa o en sus taifas regionales, ha estado dispuesto, casi siempre, a casi todo.

Pero que no se nos olvide una cosa. Si hemos llegado hasta aquí es por una razón fundamental: en España se miente y se ha mentido mucho. Ahora nos hemos dado cuenta por lo ocurrido en Cataluña: cómo puede ser, se preguntan los extranjeros, que Cataluña se quiera separar de España. Una de las regiones más prósperas de la UE saliéndose de la Unión. Un territorio con una autonomía real que para sí quisieran en muchos estados federales hablando de opresión. Pues porque la realidad que se ha dibujado es falsa: desde hace 40 años, cada problema, cada caricatura, cada contratiempo, cada revés, se ha asociado a España. El mensaje era «Tú eres mejor que ellos y tienes derecho a todo. Y si no lo consigues, es culpa de Madrid». Lo mezclas con unas gotas de supremacismo racial y superioridad moral y es hasta lógico que quieran irse. Porque, además, no ha habido un relato alternativo.

Y las mentiras no se han quedado sólo en la prensa (por llamarla de alguna manera) nacionalista. El retrato que se ha hecho de nuestro país en los últimos años en los medios de comunicación españoles (sobre todo en las televisiones, pero no sólo allí) también es mentira. La imagen de un país arrasado por la pobreza extrema, los desahucios y la desigualdad, tomado por una élite impune que robaba al ciudadano lo que era suyo, al borde de perder las libertades por la Ley Mordaza o por una sentencia judicial discutible… Cada uno de esos problemas existía y era discutible. Pero el conjunto que se ha dibujado, en tertulias, en columnas de opinión, en los titulares y en los reportajes de «interés social» es mentira. Mentira y de las gordas.

Sí, es mentira hacer artículos sobre la miseria en Madrid cuando Carmena hablaba de decenas de miles de niños en Madrid que vivían desnutridos y obviar el tema al día siguiente de que sea elegida. Sí, es mentira asociar la desigualdad, la precariedad o la pobreza con el PP, como si hubieran brotado del subsuelo en diciembre de 2011 y cuando en muchas de estas métricas económicas el peor período de la crisis fue el de 2009-2011. Sí, es mentira publicar 50 noticias al año sobre desigualdad o precariedad entre 2012 y 2018 y dos de 2009 a 2011 (hagan la prueba en un buscador, metan estos términos y vean la diferencia del número de noticias publicadas en función de quién gobierna y dónde). Sí, será mentira que desaparezcan de nuestras mañanas televisivas (y desaparecerán a partir del lunes) los reportajes sobre familias a las que desahucian o han perdido el subsidio del desempleo. Se ha dibujado un país que no existe. Se ha exagerado, sabiendo que se exageraba, por razones puramente ideológicas. Se ha descrito una realidad más norteafricana que europea. Y al mismo tiempo se han blanqueado partidos que hunden sus raíces ideológicas en los más abyectos totalitarismos del siglo XX. Se ha ocultado o minimizado quiénes los trajeron hasta aquí y cuál es su razón de ser (muy fan de esos politólogos socialdemócratas exquisitos que se van de debate con Monedero o con Errejón pero luego llaman derecha extrema al PP). De ahí, de esas mentiras, también salen esas quejas absurdas, ese sentimiento impostado, ese desprecio sel pasado reciente, de los que dicen este domingo que «Este país no puede ir a peor» o «Somos la primera generación que vivirá peor que sus padres» mientras se piden su segundo gin-tonic con pepino en la terraza del Matadero antes de irse a montar en bici por Madrid-Río.

Espero que tengamos suerte y que nos toque ese 75% del que hablaba antes. Pero, si no es así, recordemos quiénes ayudaron a los que nos quieren empujar hacia el abismo.

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Aunque la llamen así, no es Democracia.

democracia

«El engaño y la desinformación han permitido al los déspotas garantizarse mayorías para realizar sus intereses personales y los de “su grupo”

Por  Luis I. Gómez Fernández  en Disidentia

Casi ninguna otra palabra es utilizada de forma tan manipuladora y corruptora, de forma tan descuidada y para nada meditada como la palabra Democracia. Baste con dar un vistazo a la interminable lista de prefijos y sufijos que casi siempre la adornan (social, cristiana, liberal, popular, …) para comprender los innumerables intentos de apropiación indebida, de adaptación semántica a la que es sometida.

 

Permítanme, antes de nada, recordar cordialmente a los utilizadores y paridores inconscientes de tales adjetivaciones el gigantesco daño que le causan a la verdad cada vez que, en su ensoñación irracional y nada meditada, cualifican a la democracia con uno de tales adjetivos. Su pecado es, sin embargo, claramente venial si lo comparamos con el de aquellos que, a sabiendas de lo vacuo de tales adjetivaciones, las utilizan conscientemente, ya sea para manipular a determinados grupos, ya sea para justificar su propia violentación del concepto Democracia.

La democracia ateniense

La historia de la Democracia cuenta ya unos 2.600 años. Nace de una iniciativa de los griegos atenienses, según la cual las decisiones en las polis, sobre todo aquellas referidas a la guerra y las relaciones con los pueblos vecinos, no deberían ser tomadas exclusivamente por los nobles gobernantes, sino por los miembros del Consejo de la ciudad de Atenas que tuviesen un mayor grado de competencia sobre el asunto.

El reconocimiento personal se lo debemos sin duda a Heráclito de Epheso (aprox. 545 al 480 a.d.C) y al padre de la Historia, Heródoto (aprox. 484 al 425 a.d.C) quien había estudiado, durante sus viajes, los usos y costumbres de lidios, persas, egipcios, babilonios y escitas. Cabe destacar su disputa con Pericles y Sófocles durante las guerras persas, pues de ella surge la primera exposición seria del pensamiento de Heródoto sobre cómo ejercer el gobierno.

Ya antes, la ruptura con la creencia por la que el Gobernador ocupaba su puesto por mandato divino, debiendo justificar sus actos más ante la deidad que ante su pueblo, abrió el pasillo ideológico necesario para que Solon (aprox. 640 al 560 a.d.C) cambiase notoriamente las leyes, condonase las deudas a los pequeños propietarios y eliminase la ley por la que el endeudamiento estaba condenado con la esclavitud. Fué Solon quien por primera vez divide la población (en cuatro clases) según sus propiedades y no según su título familiar, concediendo a cada clase diversos derechos políticos.

La democracia ateniense sería el ingrediente principal de una cultura dominante durante varios siglos. La caída de Atenas y la llegada de los romanos supusieron el fin de aquella primera democracia, sustituida por un sistema elitista senatorial que subsistió, hasta la llegada de Julio Cesar, más como sucedáneo que como verdadero reflejo de los principios atenienses.

Desde el punto de vista semántico, “demos kratein” ha de ser traducido como “gobierno del pueblo”, si bien aquella democracia (ejercida sólo por una parte del pueblo) siempre estuvo sometida, en su capacidad decisoria, al cumplimiento de determinadas normas. Nunca ha existido una “democracia ilimitada y generalizada”. Tampoco hoy. Tampoco podemos identificar “demos kratein” con el gobierno de una nación o un pueblo. De hecho, en la antigua Attika existían unas 30 “demoi” grandes y más de cien pequeñas.

¿Quién tiene derecho a voto en la “demos”?

Una precisión: en democracia, tal y como ha de ser entendida históricamente, los votantes deciden sobre todas las cuestiones. Empecemos con las limitaciones. ¿Tiene todo el mundo derecho a voto? ¿No importan la edad o el género? ¿Cómo se decide a partir de qué edad se consigue el derecho a votar? ¿Es la edad determinante, muestran la misma madurez todas las personas mayores de 18 años? ¿Cuánto vale un voto surgido de un núcleo de población pequeño? ¿Y si surge de un núcleo grande? ¿Valen lo mismo?

A la hora de decidir sobre una cuestión, ¿debe el votante certificar de alguna forma su capacidad para poder tomar esa decisión? ¿Puede un grupo minoritario decidir mayoritariamente no respetar la decisión impuesta por un grupo mayoritario? ¿El derecho a voto es exclusivo de quienes llevan “mucho tiempo” viviendo en un sitio? Tras una decisión democráticamente adoptada, ¿quién asume la responsabilidad en caso de error? ¿Vale más el voto de una persona experimentada que el de una persona analfabeta? En otras palabras: ¿quién decide democráticamente las reglas de juego de la democracia? ¿Cómo es posible decidir democráticamente sobre las reglas de la democracia?

Resulta curioso comprobar como ninguna de esas preguntas ha encontrado respuesta satisfactoria (democrática) durante los últimos 2.500 años. A lo largo de la historia han sido siempre ciertos grupos dominantes los que se han encargado de dictar esas normas, o de heredarlas. El lector avezado me dirá: “esos principios generales forman parte de las constituciones y/o de los programas de los partidos políticos”. Efectivamente: pero nadie ha venido a debatir conmigo sobre la ley electoral, por ejemplo. Han sido ellos quienes la han redactado y aprobado. ¿Se han preguntado alguna vez qué es eso de “una mayoría democrática cualificada”? Pues ya les dejo yo con la pregunta.

La obligación por ley, el engaño y la desinformación han sido siempre armas rentables para no pocos déspotas a la hora de garantizarse las mayorías respectivas, para realizar sus intereses personales y los de “su grupo”. Recuerden que más del 60% de los representantes políticos en nuestra pseudo-democracia ya está decidido mucho antes de ustedes puedan votar: es la magia de los partidos y sus listas de candidatos.

Los políticos y los funcionarios dominan nuestra “democracia” exactamente igual que lo hacían antiguamente los barones, condes y marqueses. Sólo hay que ver la “legitimidad democrática” de tantas y tantas decisiones que alguien toma por nosotros sin más justificación que números paupérrimos de participación o párrafos escondidos en remotos lugares de un programa electoral. Sobre la capacidad cognitiva y profesional de muchos de nuestros “representantes democráticos” a la hora de tomar decisiones prefiero no hablar ahora. Estoy de buen humor.

De la democracia a la fractocracia

Puesto que siempre habrá más pobres que ricos, más arrendatarios que propietarios, más empleados que empresarios, más miedosos que valientes, más colectivistas que individuos responsables y más personas incultas que cultas, resulta facilísimo para los numerosos “héroes políticos”, con su falta de escrúpulos, de sentido de la responsabilidad y su avidez por todo lo que huela a poder, adueñarse de la correspondiente mayoría para expropiar, recortar en sus derechos a la minoría sometiéndola por vía democrática a su voluntad.

Si prefieren que lo exprese de forma más polémica: hazte con la masa de los estúpidosmediante promesas populistas y agitación demagógica y excluyente, y será fácil dominar de “manera legítima y democrática” a cualquier grupo minoritario que pueda amenazar tu privilegio de poder. Es la fórmula mágica que tantas veces ha funcionado en la larga historia de la humanidad, ora disfrazada de despotismo, ora de feudalismo, ora de democracia. Por eso me niego a aceptar que vivo en una sociedad democrática. La nuestra es más bien una democracia fracturada.

Jamás se ha alcanzado por la vía democrática una verdadera reforma de nada. Es cierto que la utilización irresponsable del oportunismo, la comodidad y del continuo estado de dependencia de las masas generó en no pocas ocasiones el espejismo de enormes modificaciones en la situación de la humanidad (revoluciones, derechos humanos, acuerdos de Kioto, Naciones Unidas, …), pero todos esos cambios  (explicados a continuación penosamente por los historiadores) se deben principalmente a la acción de unos pocos que supieron hacer uso de las sociedades fragmentadas para, inculcando primero y recogiendo los parabienes de la mayoría adoctrinada después, alcanzar sus propios objetivos; unas veces loables, otras no.

No son el fruto del “gobierno de todos”, sino más bien el del gobierno de unas mayorías manipuladas y cebadas en promesas, por lo general no involucradas en el proceso más allá de lo que les permitieron los prometedores de turno. No asistimos a una democracia: se trata de una fractocracia (el poder de una parte del demos).

Desde los tiempos de la Ilustración los pensadores y filósofos europeos se devanan las neuronas (en ocasiones con irrisorios resultados) sobre la madre de todas las preguntas: ¿qué reglas y leyes han de regular la base de un Estado moderno y democrático? Situados al principio frente a la negación de cualquier sistema que pretendiese usurpar las prerrogativas de la nobleza, Hegel Kant carecieron de la fuerza necesaria para llevar sus tesis a buen puerto. Fracasaron ante el desinterés de las masas, a las que no consiguieron comunicar, ni con las palabras ni con sus escritos, la necesidad de asumir responsabilidad por la propia vida, los propios actos.

Otros fueron retirándose a la esquina apolítica (GoetheSchopenhauerNietzsche) incluso prefiriendo ahogarse en un mar lírico e insustancial (Schiller). Los representantes de la llamada “Escuela de Frankfurt”, peligrosísimos pseudodemócratas cuyo pensamiento nace del socialista y criminal Marx (de quien como “pensador” sólo cabe decir que nunca entendió ni una sola palabra de “su” Hegel), apenas si pueden ser denominados colaboracionistas a la hora de implantar una conciencia pseudodemocrática por la que se concede a las masas ignorantes el espejismo de ejercer el poder. Todos ellos olvidaron uno de los principios básicos de la democracia clásica: la demos debe ser capaz de compartir cualificadamente (no cuantificadamente) las decisiones que le afectan.

Los individuos deben ser escuchados y deben inmiscuirse en las labores de gobierno. Todos los individuos. Según su capacidad en esta o aquella tarea. No existen los inútiles totales. En una verdadera democracia no existiría un sólo modelo educativo, o sanitario, o agrícola, o de seguridad. En una verdadera democracia los mentirosos crónicos que hoy gobiernan y opositan en nuestro país jamás habrían durado más de tres meses en sus puestos.

Sólo de la libertad individual nacen los derechos democráticos personales. Del mismo modo, los derechos democráticos de cada uno exigen un ejercicio individual de autocrítica a la hora de ejercer el derecho a voto: ¿soy consciente, me he informado suficientemente, dispongo de capacidad real para emitir un juicio sobre aquello que se me pregunta? ¿O prefiero unirme a una masa vociferante y esconderme así de mi propia responsabilidad, cediendo mis derechos a los políticos de turno?

La verdadera democracia presupone una entidad social pequeña, agrupada generalmente en torno a unos objetivos comunes y que protege tanto el derecho de cada uno de sus miembros a someterse a la voluntad de la mayoría como el derecho a la disidencia, sin ver por ello amenazada su existencia dentro del grupo. La verdadera democracia protege y alienta la individualidad, pues sólo desde ella es posible generar pluralidad y sólo desde la pluralidad es posible dar solución al mayor número imaginable de cuestiones. De forma cualificada y no cuantificada.

Miren a su alrededor. ¿Qué ven? Exacto: somos niños peleándonos por los caramelos que nos arrojan los políticos desde sus boyantes carrozas. ¿Hasta cuándo?

Justicia en contraposición a justicia social

«La llamada Justicia Social es la mayor injusticia del hombre para con el hombre.»

Por 

leonard-read-231x300¿Qué es Justicia? «Justicia» dice James Madison «es la finalidad del Gobierno y es la finalidad de la sociedad civil». Esta definición me satisface. Mi contención o tesis es que la Justicia y la llamada «Justicia Social» están en pugna y que pretender fomentar la última es contrarrestar la primera.

La Justicia como la Honradez debe ser la meta de nuestra conducta con los demás. Cierto que también podemos ser injustos o deshonestos con nosotros mismos, pero eso es otro cantar. La que ahora nos ocupa es un problema social que cubre las relaciones entre usted y yo y otros individuos. No son los grupos o clases, sino los individuos los que están sujetos a la justicia o injusticia, a la honradez o deshonestidad, a la armonía o desarmonía. Sabemos que la Sociedad está compuesta por personas como usted y yo, pero en adición a eso, no tenemos ni remota idea de lo que es la sociedad. La Justicia no cabe aplicarse a todos en general, sólo a cada uno en lo particular.

Lo que hemos dado en llamar sociedad civil consiste de una cantidad diversa y variante de individuos, cada uno de por sí, un mundo, y que viven contemporáneamente. Cada uno puede alcanzar el máximo de sus potencialidades sólo en tanto prevalezca la justicia en sus relaciones personales, o sea la ausencia de injusticia. Comprendida en esta forma, la justicia es en realidad la finalidad de la sociedad civil.

El Gobierno en su concepción ideal, no puede tener ninguna otra finalidad que una justicia común, porque esa es la finalidad de la sociedad civil, de la cual el gobierno es sólo el instrumento o el agente. A la diosa Justicia se le representa con los ojos vendados, precisamente porque si atisba, o mira a hurtadillas, trampea. Lo que le concierne no es quién es la persona, sino qué fue lo que hizo o de qué se le acusa. Tal es el significado de lo que se dice ser: «Un gobierno de leyes, no de hombres».

Hemos de admitir que la igualdad de oportunidades, sin favores ni privilegios especiales para nadie, es un ideal u objetivo un tanto lejos de realización y al que apenas podemos aspirar. Sin embargo, no podemos siquiera pretender aproximarnos a dicho ideal, si no comprendemos claramente lo que es la justicia y cómo puede alcanzarse. Algunas verdades o realidades pueden contribuir a aclarar nuestras ideas acerca de la justicia.

«No hagas a otros, lo que no quieras que hagan contigo» es una máxima venerable que puede servirnos de guía de la forma en que cada individuo debe comportarse hacia los demás. La práctica de la mutualidad y reciprocidad es quizás la forma más acertada y por la cual no es dable aproximarnos más al alcance de la justicia.

Podemos también hacer la prueba de lo que es bueno y justo, aplicando el principio de universalidad a las máximas que nos sirven de guía. Por ejemplo, «Tengo derecho moral a la propia vida, a poder adquirir los medios de vida y a la libertad». ¿Es esto justo? Sí, siempre que concedamos el mismo derecho a los demás. ¿Se puede? Entonces es justo. Probemos ahora enunciando la máxima al revés: «¿Me cabe el derecho de quitar la vida, los medios de vida y la libertad a los demás?» ¿Es esto justo?

Lo sería si pudiéramos racionalmente con ceder el derecho de asesinar, robar o esclavizar a los demás. Pero como racionalmente no podemos conceder ese derecho a ninguno, por consiguiente no es ni bueno, ni justo.

La institución de la libertad, correctamente entendida, basta para hacer justicia a cada individuo. John Stuart Mill nos dio la siguiente definición:

«La única libertad que merece el nombre nuestro propio bienestar a nuestra manera, siempre que no intentemos privar a los de más del mismo derecho, o impidamos sus esfuerzos por alcanzarlo».

Mi propia definición si fuera puesta en práctica, asegurarla la justicia universal: «Que no existan restricciones hechas por el hombre que limiten el desenvolvimiento de la energía creadora». Lo cual significa que nadie tendría derecho a inhibir a ningún individuo en ningún sentido, excepto el de impedir cualquier acción destructiva, tales como: el fraude, la violencia, el engaño, el robo, etc.

Las fórmulas expuestas son cuatro maneras de expresar substancialmente la misma idea: «La Justicia en contraposición a la concesión de privilegias es únicamente la ausencia de represión de las aspiraciones creadoras del individuo. Dejad a cada cual que persiga sus propios fines, siempre y cuando no interfiera con la persecución de fines pacíficos por los demás. La Justicia correctamente entendida, es como Alejandro Hamilton la definiera: «El cemento de la sociedad».

Ahora consideraremos lo que es conocido como: «Justicia Social», aunque tanto en teoría como en la práctica, dista mucho de ser Justicia. La Justicia Social refleja la corriente de nuestros tiempos. Es de origen muy antiguo, aunque todavía sirve como bandera para políticos y planificadores que tratan de ganar votos para alcanzar el poder. La Justicia Social sirve únicamente para conquistar el poder, no tiene ninguna base racional y es simplemente una manifestación del complejo de Diosificación que hoy día afecta en gran parte de la humanidad.

En la práctica de la tan recantada Justicia Social, al individuo se le ignora por completo. En cambio a la población y a la economía se le considera globalmente; a los individuos se les clasifica vagamente como: ricos y pobres, y en las votaciones se les toma en cuenta como bloques de finqueros, asalariados, pensionados, minorías oprimidas, víctimas de desastres, personas desalojadas, habitantes de palomares, y muchas otras clases de grupos, en la guerra que se libra contra la pobreza.

Justicia Social es el juego por el cual se «roba al minoritario de Pedro para ayudar al mayoritario de Pablo». Esta forma de comportamiento político busca el beneficio de algunos a costa del sacrificio de otros y en realidad es una forma de lo enunciado por Marx en su fórmula: «de cada cual según su habilidad, a cada cual según su necesidad». No es el hecho de que la Justicia Social siga los lineamientos del pensamiento de Marx, lo que la condena, sino únicamente lo que atrae nuestra censura es el hecho de que la justicia queda burlada. Para apreciar la diferencia, sometamos los principios de la Justicia Social a algunas de las fórmulas usadas con anterioridad.

«La Regla de Oro». Si no estuvieras de acuerdo en aprobar que otros forcivoluntariamente te quitaran lo tuyo para apropiárselo, tampoco puedes pretender que se les quite a ellos para tu propio beneficio. La Justicia Social está en pugna con este principio.

«Universalidad». Si no puedes racionalmente aprobar la práctica del despojo legal por parte de otros como medio de enriquecerse, tampoco puedes aprobarlo como medio de enriquecimiento propio. La Justicia Social resulta totalmente antagónica a este principio.

«La persecución del propio bien, siempre que a los demás no se les prive del mismo derecho». La Justicia Social persigue exactamente el fin opuesto, o sea el de privar a los demás, para beneficio propio.

«Que no existan restricciones hechas por el hombre que impidan el desenvolvimiento de energías creadoras». La Justicia Social busca premiar al indolente, penando y restringiendo a los que han ejercitado su energía creadora.

La llamada Justicia Social es la mayor injusticia del hombre para con el hombre. En vez de cimentar y consolidar a la sociedad, fomenta la codicia del poder y privilegio y es la semilla que germina en la corrupción y caída del hombre.

Finalmente, la Justicia Social en modo alguno se ajusta a la pretensión de sus partidarios, quienes pretenden que es expresión de misericordia y de piedad. Estas virtudes son de carácter estrictamente personal y hallan expresión únicamente en la voluntaria donación de lo que es de uno, nunca en la acción de arrebatar y redistribuir las posesiones de los demás.

Los ciudadanos que actúan motivados por una educación moral y ética, pueden condonar una filosofía tal como la llamada Justicia Social, solamente en caso de no darse cuenta de la terrible injusticia involucrada en la misma.

Sangre de hermanos.

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«Pero hay un hecho que revuelve las tripas de cualquier persona normal y es la miseria moral del candidato electo.»

Por Agustín Muro

Como viejo socialista del 82; nada que ver con la jauría actual de Ferraz, he asistido anonadado al número circense del Congreso en estas dos últimas jornadas.

Y nada que decir del resultado. El procedimiento está contemplado por nuestra Constitución y como demócrata nada que objetar, aunque no lo comparta.

Pero hay un hecho que revuelve las tripas de cualquier persona normal y es la miseria moral del candidato electo.

Ha contado con apoyos bastardos y sangrientos y lo más dramático es que ni necesitaba los votos de los heredero de los pistoleros que asesinaron a compañeros socialistas que con su sacrificio hicieron posible la España que hoy tenemos.

Pedro Sánchez tiene sobre su conciencia el olvido de los Germán González, Vicente Gajate, Fernando Mújica, Fernando Buesa, Juan Mª Jauregui, Ernes Lluch, Frilán Elespe y Jose Luis López de la Calle.

Estos eran sus hermanos socialistas y la sangre que entonces manchó las manos de los asesinos, hoy debían haberle obligado a no permitir el apoyo de los herederos del terror y la estulticia.

Pero para eso hay que tener honor y respeto al menos por los suyos, pero este personaje se deshonra él, denigra a su partido y ofende la memoria de sus víctimas con tal de cumplir sus bastardos deseos.

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Cuando el lenguaje «políticamente correcto» atenta contra la libertad de expresión.

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En las universidades de los Estados Unidos el debate plantea por qué el exceso de prudencia en las palabras genera el “no debate” (Shutterstock)

En las principales universidades de los Estados Unidos se abrió un debate sobre cuáles son las mejores formas de expresarse para evitar caer en denuncias por racismo y discriminación

¿Pueden las palabras provocar la unión de los pueblos? Sí. ¿Pueden las palabras dividir a los pueblos? Sí. Pero claro que no son las palabras las culpables, sino el uso que se hace de ellas. Este siglo XXI parece ser un escenario férfil y complejo para que corran estas ¿aparentes? contradicciones. Tan basado en la diversidad cultural, política y religiosa que sin embargo parece ser que el uso de palabras justas y políticamente correctas conforman un debate acerca de lo «no dicho» que opera más para separar que para unir.

 

En Estados Unidos, esta discusión se dio de manera profunda en varias universidades de diferentes Estados del país del Norte. La revista Newsweek realizó al respecto un informe preciso sobre cómo se extiende y el daño que provoca esta situación de aparente «no debate»; pero que en realidad se trata de un debate efímero y epidérmico, que hoy se da en el interior de los claustros universitarios.

 

Para los sociólogos, este cambio de paradigma en el uso del lenguaje en las instituciones educativas de EEUU disparó la primera piedra. Allí, la demonización de ciertas expresiones y la amplificación casi inmediata en las redes sociales está provocando una ola de censura encubierta, donde la extrema corrección política pasa a ser un eje primordial.

 

La universidad siempre fue un campo fértil para la incorrección, para desafiar ideas preconcebidas, para jugar con el lenguaje y transgredir las fronteras mediante la creatividad. Sin embargo, esa óptica rupturista, que caracteriza a los jóvenes, parece en la actualidad estar cambiando.

 

Uno de los casos más llamativos fue el de Clyde Lynch, quien presidió durante 18 años el Lebanon Valley College. En su honor, hace un tiempo bautizaron al edificio principal con su nombre. Sin embargo, un grupo de estudiantes comenzó a juntar firmas y adhesiones en las redes sociales para cambiar la denominación. Los motivos no dejan de ser sorprendentes. El rechazo no está relacionado con la conducta de Lynch, ni con su trabajo, sino con el significado de su apellido, ya que «lynch», en inglés, significa linchar y en los petitorios aducían que el nombre del edificio tenía «connotaciones raciales».

 

Algo similar le sucedió a Eve Ensler, la reconocida dramaturga estadounidense, quién jamás se imaginó que una representación de su obra Los monólogos de la vagina, interpretada cientos de veces por miles de artistas alrededor del mundo, sería cancelada en un colegio de mujeres por ser ofensiva contra las «mujeres sin vagina».

 

Según los especialistas, estas nuevas camadas salen a un mundo sin reglas, pero con la contradicción de «vivir en lo prohibido», donde ciertas conductas verbales resultan ofensivas y donde los nombres de las personalidades más crueles de la historia están resaltados en monumentos y edificios públicos.

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La tapa de la revista Newsweek puso el debate en la picota

En los últimos años los programas de estudio norteamericanos han ido cambiando: buscan reflejar las nuevas sensibilidades sociales. Los libros ahora vienen con «advertencias gatillo» –trigger warnings, en inglés- un concepto originado en Internet para advertir a las personas con trastorno de estrés postraumático -veteranos de guerra, sobrevivientes de abuso infantil y otros- sobre los contenidos que podrían «activar» un fantasma psicológico del pasado.

 

Otra de las conductas que causaron revuelo fue la postura de estudiantes de la Universidad de Columbia, quienes están dejando de leer mitología griega para no despertar impresiones del pasado relacionadas al abuso sexual. Y mientras que en Rutgers University realizaron una huelga de «libros caídos» por los textos de Virginia Woolf ante el temor a «activar» tendencias suicidas.

 

Más de la mitad de los colegios y universidades de Estados Unidos tienen códigos de expresión restrictivos y, de acuerdo con un observatorio de la censura, 217 instituciones -incluyendo algunas de los más prestigiosas- tienen códigos de expresión que «sin ambigüedades inciden en la libertad de expresión».

 

La Primera Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos se ha interpretado en términos generales, dando a los estadounidenses algunos de los derechos de expresión más amplios del mundo. Sin embargo, en las últimas dos décadas, y especialmente en los últimos años, los administradores universitarios y muchos estudiantes han tratado de limitar el uso de algunas palabras y han generado movimientos para restringirlo en las aulas también.

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En las universidades de Columbia y Rutgers la sensibilidad acerca de textos de Virginia Woolf y otros escritos ya generaron polémica (The Atlantic)

Para proteger a los estudiantes de la incomodidad de tener que escuchar las ideas y opiniones de otros que puedan dañar sus creencias, el Departamento de Educación de Estados Unidos entre otras autoridades educativas- han señalado al «discurso» como una «conducta verbal que potencialmente puede violar los derechos civiles de las minorías y las mujeres».

El contraste del discurso anti minorías de Donald Trump

 

Algunos campus universitarios están empezando a parecerse a la Oceanía de George Orwell con su policía del pensamiento. Los periódicos estudiantiles se debaten ante la elección del uso de algunos vocablos y los estudiantes que hacen uso de frases y expresiones calificadas como «discurso del odio» son señalados por el resto. En paralelo, las redes sociales todo lo amplifican y lo comunican como un ojo omnipresente y protagonista vital de este tiempo.

 

Los profesores también se enfrentan a la posibilidad de ofender accidentalmente a cualquier estudiante y es por eso que están reconsiderando los planes de estudio y la restricción de las discusiones en clase sólo a cuestiones simples y «lavadas». Un profesor de la Universidad de Brandeis tuvo que atravesar recientemente una investigación administrativa secreta por acoso racial después de usar la expresión «espalda mojada» en clase, que se considera ofensiva y dirigida a los inmigrantes mexicanos que quieren ingresar a los Estados Unidos.

 

A medida que las universidades se han convertido en bastiones de una corrección política rigurosa, en la arena política se destaca un ambiente muy distinto. Y lo más manifiesto es la posición del candidato republicano a la presidencia, Donald Trump. Él se caracteriza por repartir macro-agresiones a diario y con un uso de expresiones muy políticamente incorrectas. Sus discursos incluyen acusaciones sobre la supuesta «portación de criminalidad» de los hispanos y musulmanes o comentarios que contienen expresiones que promueven la violencia de género sobre la gordura o fealdad de sus rivales mujeres políticas. Este tipo de discurso, en la actualidad, sería casi imposible que ocurriera en la mayoría de los campus universitarios.

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Mientras que algunos textos como los de Virginia Woolf despiertan “traumas”; el discurso misógino del candidato republicano Donald Trump contrasta con la corrección política de las universidades (Shutterstock)

Algunos líderes de negocios, escritores, políticos y hasta cómicos están siendo excluidos de los campus para evitar incomodar a las minorías -o a la mayoría-. La primavera en Estados Unidos es la estación donde ocurren los discursos de graduación y que ahora se denominó con ironía «temporada de no invitación». Los estudiantes y las universidades debaten acaloradamente sobre la idoneidad moral de quienes hablan en las graduaciones y se involucran en peleas sobre si los oradores ligeramente controvertidos merecen estar detrás de un podio.

 

Algunos incluso declinan el convite. Christine Lagarde, directora del Fondo Monetario Internacional y una de las mujeres más poderosas del mundo, canceló recientemente un discurso en la Universidad de Smith, uno de los colegios de mujeres más preeminentes de los Estados Unidos, después de una protesta contra ella en Facebook de estudiantes y profesores, a raíz de su conexión con los «capitalistas globales».

Los temas sobre diversidad sexual y raza son los que generan mayor debate con respecto al rol de la universidad. ¿Es un laboratorio para experimentar cómo hacer una sociedad más amable y justa? ¿O se trata de un campo de entrenamiento para el cerebro, donde las mentes jóvenes son desafiadas por otros puntos de vista para aprender a defender los propios? ¿O ambos?

 

Irónicamente, los jóvenes que claman por las «advertencias gatillo» es una generación criada por los valores de hombres y mujeres que alcanzaron la mayoría de edad en la década de 1960, en pleno auge del movimiento pro libertad de expresión de la Universidad de Berkeley, California que  estableció un nuevo estándar para hablar sin restricciones. El Free Speech Movement (FSM).

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Las universidades solían ser el espacio para lo disruptivo. Ya no (Shutterstock)

El movimiento de censura en los campus de hoy es un impulso profundamente conservador, incrustado dentro de una cultura permisiva y decadente que está muy lejos de ser «segura».

Cinco meses atrás, la Universidad de Yale organizó el debate Inteligencia Squared para analizar la proposición «La libertad de expresión está amenazada en el campus». Allí, cuatro destacados profesores y escritores argumentaron durante 1 hora y 45 minutos. Después, el público votó la proposición y el 66 por ciento estuvo de acuerdo. El debate tuvo muy poca cobertura, posiblemente debido a que se realizó el Supermartes, una noche en la que el dueño de las macro-agresiones, Donald Trump, lideró la atención de los medios.

 

El debate de Yale devino en una discusión acerca de si la demanda de libertad de expresión es en realidad un ataque encubierto a la izquierda. «Debemos tener en cuenta la posibilidad de que lo que realmente está sucediendo es que la libertad de expresión ha sido cooptada por los grupos sociales dominantes, para servir a sus intereses y silenciar a los marginados», dijo el profesor de filosofía de la Universidad de Yale Stanley Jason.

Shaun Harper, director del centro para el estudio de la raza y la equidad en la educación de la Universidad de Pennsylvania desestimó las quejas generalizadas acerca de la censura en el campus, diciendo que «sólo un puñado de las universidades tienen políticas restrictivas y que el racismo en los campus americanos es un problema más generalizado y urgente que la censura». Como prueba de ello, dijo que 8 mil presidentes de universidades y otros directores de alto nivel han llegado a su centro de orientación para saber cómo responder al racismo en sus campus.

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Para los especialistas, en algunas universidades hay más problemas de racismo que de libertad de expresión (Shutterstock)

La escritora y abogada Wendy Kaminer, en cambio, argumentó a favor de la idea y coincidió: «La libertad de expresión está amenazada en el campus» y desgranó las estadísticas que muestran que la mitad de los colegios y universidades de Estados Unidos tienen códigos de expresión restrictivos.

 

Kaminer ha escrito libros y ensayos que critican los movimientos de autoayuda y recuperación, así como la censura, y argumentó que el número de restricciones «vagas» en el habla, los chistes y los gestos en los campus son «demasiados para memorizarlos».

La opinión de Kaminer es interesante, ya que ella misma tuvo problemas con la «policía del lenguaje«. Poco antes del debate en Yale, ella participó en un panel organizado por los alumnos de la Universidad de Smith en Nueva York donde se debatió sobre el desafío de enseñar o no con el libro de Mark Twain «Huckleberry Finn», donde se usa repetidamente la palabra «nigger», forma despectiva de llamar a una persona de descendencia africana.

 

Opinó Kaminer a la revista Newsweek: «En la clase propuse hablar de estas palabras que sólo podemos mencionar por sus iniciales. Cuando digo ‘la palabra N’, todos oyen la palabra nigger en sus cabezas. Una alumna que estaba presente lo filmó y lo posteó en las redes «fogoneando» un debate sobre el supuesto racismo de la escritora. Fue realmente sorprendente para mí que mis agresores, no pudieran distinguir entre el discurso racista y el hecho de hablar sobre el discurso racista. No hubo diferencia«.

El jurista y crítico cultural Stanley Fish, autor del libro «No hay tal cosa como la Libertad de Expresión», dice que los administradores universitarios deberían ignorar las demandas de censura de los estudiantes, ya que van en contra del propósito de la universidad.

 

«La investigación académica no puede ser impedida por demonizar a ciertas formas de discurso por adelantado o por santificar a ciertos tipos de discurso con antelación», dijo.

«Lo que estamos viendo no son sólo fobias sobre el lenguaje», dijo Kaminer. «Hemos ido más allá de la corrección política y estamos viendo una disminución real del pensamiento crítico. Si usted no sabe la diferencia entre una palabra citada y un epíteto, entonces usted no sabe pensar».

FUENTE: Infobae

NOTA PERSONAL: Pues todo esto en Europa es aun peor y, si PODEMOS llegara a gobernar en España … ¡¡NI TE CUENTO!! MEJOR SER MUDO.