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Locas, locas, locas…

#StopFeminazis

No, yo no mato mujeres

«Ya está bien, me niego a aceptar ni la más mínima culpa por los delitos que yo no he cometido, por las actitudes que no tengo. Yo no mato mujeres, señor Fernández Vara, señoras militantes del feminismo ultra.»

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Por  en Libertad Digital

Ya está bien, me niego a aceptar ni la más mínima culpa por los delitos que yo no he cometido, por las actitudes que no tengo. Yo no mato mujeres, señor Fernández Vara, señoras militantes del feminismo ultra, no las mato ni por ser mujeres, ni por ser mediopensionistas ni por vestir de una u otra forma. No las mato, no las golpeo, no las maltrato. Nada.

Yo no soy un delincuente, mucho menos un asesino. No soy un engranaje más de una supuesta máquina de opresión, ni un eslabón nuevo de no sé qué cadena secular. Convivo con muchas mujeres en mi propia casa, en el trabajo o cuando estoy entre amigos, y las trato a todas como lo que son: personas, iguales, sin imponerles nada, pero sin dejarme imponer ningún peso moral por asesinatos que yo condeno como el que más y por delitos que a mí también me asquean.

Hay una estrategia clara para socializar determinadas culpas, en algunos casos por un fanatismo cuasirreligioso, en otros por puro rencor, en ocasiones porque es un carro del que se espera recoger un puñado de votos, a veces por simple y llana estupidez, pero la culpa no puede ser de un grupo social: en una sociedad democrática con un mínimo de justicia las culpas no son nunca ni de los hombres, ni de las mujeres, ni de los pobres, ni de los ricos… Son de los culpables. Culpables que, por cierto, son aquellos condenados por un tribunal tras un proceso con garantías, no necesariamente los que se señalan en los pseudoinformativos televisivos, las primeras páginas de los periódicos o determinadas cuentas de Twitter.

La violencia doméstica es intolerable, cualquier tipo de violencia ejercida contra una persona más débil es intolerable, sea esa persona una mujer, un niño o un hombre, y que eso ocurra entre las paredes del hogar o en el marco de una relación afectiva está claro que hace la situación mucho más dramática y dicho comportamiento más repugnante.

 

Pero el problema de las mujeres asesinadas por sus parejas no lo vamos a solucionar ni llamando a las cosas por lo que no son, ni convirtiendo a la mitad de la humanidad en potenciales asesinos y culpables sin juicio. Porque no lo somos, porque no debemos soportar esa infamia y porque tampoco lo vamos a consentir.

Femicomunismo

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Hacía mucho tiempo que no se proponía como banderín de enganche para una huelga general de la mitad de la humanidad sita en España (nada menos) un texto tan grotesco, tan contrario a la Historia, la gramática, el sentido común y el sentir general de las mujeres como el que alguna célula femicomunista ha alumbrado para el día 8, homoheterotranshuelga a la que se ha sumado el arzobispo de Madrid en nombre de la Virgen María.

Se ha manipulado algo el sentido de las palabras de Osoro, porque habló del símbolo de la maternidad que sería la Madre de Dios, pero es pura justicia poética que el que traicionó al cura que denunció el asalto a su capilla por Pitita y las chequistas al grito de “¡Arderéis como en el 36!” y “¡El Papa no nos deja comernos las almejas!”, quede en ridículo alistando a la Esclava del Señor en la lucha contra el heteropatriarcado capitalista. A la logorrea politiquera se une el esperpento teológico. Menos mal que las monjas que atienden a los enfermos terminales de sida no harán “huelga de cuidados” y salvarán el honor de la Cruz, envilecido por obispos y curas separatistas.

El comunismo se caracteriza por hablar en nombre de una clase o un grupo social para dividir esa sociedad en dos y alcanzar el Poder absoluto. Desde ese momento, el proletariado en cuyo nombre se hace la revolución queda privado de todos sus derechos, desde el de huelga hasta el de cobrar un salario por trabajar. Y a los que se quejan, paredón. El femicomunismo habla, teóricamente, en nombre de todas las mujeres, pero va en contra de lo que hace y dice la mayoría de las mujeres reales. No aparece en el leñoso panfleto podemita una sola referencia al islam, cárcel real y simbólica de buena parte de las mujeres del mundo. Pero es que para el comunismo del siglo XXI el islam es un aliado, no un enemigo.

MarxLenin o Mao odiaban a los obreros que ellos nunca fueron por buscar mejores condiciones laborales y salariales en vez de quemar las fábricas y entronizarlos como dictadores. Cien millones de muertos han dado la razón a los obreros. Parodiando a Stieg Larsson, diríase que las femicomunistas de cartilla son mujeres que odian a las mujeres, a las reales, que ni aceptan su sexismo, ni odian a todos los hombres, ni van a dejar de cuidar a sus madres un día porque ellas lo manden. ¡Y mira que les gusta mandar!

Federico Jiménez LoSantos ( El Mundo )

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El feminismo excluyente. Una peligrosa paranoia.

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NOTA: Dice «ayer» por el pasado dia 14 de agosto. Yo lo publico hoy porque en realidad lo importante es el hecho en si, la fecha es irrelevante.

Escrito por Luis I. Gómez

Ayer el feminismo excluyente patrio convocaba una manifestación en Madrid para protestar frente a la violencia machista. No todas las buenas causas me sacarían a la calle, pues siempre me fijo al lado de quién camino llevando una pancarta. No es lo mismo manifestarse contra el abuso de menores al lado de Heinrich, mi vecino, su mujer y nuestros vecinos, que hacerlo al lado de un neonazi salido de la caverna marrón del subconsciente germano. En el caso de las convocantes de la marcha madrileña contra la violencia machista, no me dejan elección: los hombres no podíamos participar en la “marcha”.

Como lo leen: marcha NO MIXTA, es decir, solo para mujeres.

¿Por qué no nos está permitido a los hombres que repudiamos la violencia en calquiera de sus formas participar en una marcha contra la violencia en una de sus formas? Porque para las convocantes todos los hombres -sí, todos, usted y yo también- somos presuntos violadores, presuntos agresores y presuntos homicidas. Sin paliativos y sin atenuantes. Deberíamos vivir bajo permanente vigilancia, pues en cualquier momento podríamos pasar a la acción.

Uno de los procesos psicológicos que conducen a las ilusiones o los delirios, entre los que se encuentra la paranoia, es lo que en inglés se denomina “jumping to conclusions” una inferencia espuria o distorsionada que hace que en ausencia de evidencias que apoyen una determinada conclusión el individuo, de todas maneras, llega a dicha conclusión saltándose la lógica de la racionalidad.

Otro modelo psicológico que explica la ocurrencia de la paranoia es el modelo de la anticipación de la amenaza. De acuerdo con este modelo sentimientos internos y eventos externos causan la aparición de la manía persecutoria o paranoia. Los sentimientos internos son experiencias anómalas clave para la ideación paranoide y los eventos externos son expresiones faciales, miradas, gestos ambiguos que se interpretan como amenazantes.

Efectivamente, la violencia es un hecho real. Muchos humanos son, desgraciadamente, violentos, y cobardes: aplican la violencia frente a los que consideran más débiles confiando en que las represalias sean leves o inexistentes. Debido a las diferentes características físicas de hombres y mujeres, muchos hombres violentos eligen a las mujeres como sujetos de violencia, pues las consideran débiles. Yo soy un hombre que nadie puede caracterizar como violento. Ni la violencia física, ni la verbal son herramientas válidas para mí. Asisto, pues, con preocupación a toda manifestación de violencia, y mi preocupación aumenta si las víctmas son especialmente débiles: niños, mujeres, ancianos, minusválidos….

Sin embargo, no veo la razón para hacer un distingo entre la violencia aplicada a niños, o mujeres, o ancianos, o cristianos en Nigeria, o cualquier otro grupo o individuo que sea atacado pecisamente por ser débil o diferente.

La iniciativa de las feministas patrias es un absurdo en sí misma: en lugar de usar el derecho de libertad de expresión para convocar al mayor número posible de personas frente a lo que ellas consideran un delito (que lo es, y muy grave), deciden renunciar al apoyo de hombres como yo, pervirtendo un acto de intenciones posiblemente positivas en un aquelarre segregacionista de vulgaridad incomparable y profundamente patológico: ellas, y SÓLO ELLAS son las víctimas; nosotros, y TODOS NOSOTROS somos los enemigos culpables. Cualquier psicólogo al que consulten les dirá que eso necesita tratamiento.

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