Etiqueta: OPINIÓN

Sánchez e Iglesias: máximos responsables de la crisis sanitaria y económica de España. / Sánchez e Iglesias: those most responsible for the health and economic crisis in Spain

España se enfrenta a la mayor crisis económica desde la Guerra Civil con uno de sus peores saldos públicos (de toda la Unión Europea) y con el peor Gobierno en democracia.

Por  Hugo Pereira Chamorro en PANAN POST

pedropablo
El gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es el máximo responsable del desborde de la situación sanitaria y económica. (EFE)

El gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias es el máximo responsable del desborde de la situación sanitaria y económica. El anteponer sus intereses ideológicos, para contentar los deseos de las radicales feministas, y el focalizar toda su atención en  favorecer las exigencias de sus maquiavélicos socios de Gobierno, entre ellos Quim Torra y su “coñazo catalán”, obviando y minusvalorando el coronavirus, se ha traducido en más de diez mil muertos y casi -de momento- ciento veinte mil contagiados.

Pedro Sánchez desoyó todas y cada una de las exigencias que la OMS y otros organismos internacionales realizaban a todos los países, entre ellos -obviamente- a España, y que pedían encarecidamente la prohibición de eventos multitudinarios y la realización de test rápidos de forma masiva. Pues bien, ni una cosa ni la otra. No solo se ha permitido la congregación de cientos de miles de personas entorno al 8M sino que, además, otros eventos, como los deportivos, pudieron llevarse a cabo con total normalidad. Esto es una auténtica negligencia que se ha llevado por delante la vida de miles de personas, dejando desoladas a tantas miles de familias.

Y sí que se podía saber. Que no nos engañen. La Policía, hace escasos días, nos confirmó que desde enero ya se había ordenado la compra de mascarillas y otros utensilios sanitarios. Además, la que era en aquel entonces una epidemia descontrolada en China estaba ya invadiendo otros países asiáticos y europeos. Se sabía y bien. Es más, se sabía tan bien que decidieron hasta mentir y ocultar el número de muertos ocurridos entre los días 7 y 8 de marzo para no alertar a la población. El problema es que si el Gobierno prohibía determinados eventos, no habría excusa para mantener el 8M y, claro, la gran fiesta ideológica de la izquierda no podría, de ninguna forma, verse cancelada. “Antes muertos que fascistas”.

La gran crisis económica que nos viene encima

A esta gran crisis sanitaria, empero, le precederá una gran crisis económica. Y si el Gobierno ya ha demostrado que ni ante el peligro de que personas mueran es capaz de dejar a un lado su sectarismo, imaginad qué desastre acometerá en la economía. Y no es cuestión de imaginarse nada. Ya lo estamos comprobando. España se enfrenta a la mayor crisis económica desde la Guerra Civil con uno de sus peores saldos públicos (de toda la Unión Europea) y con el peor Gobierno en democracia.

Para poder entender por qué en España se originará una gran crisis económica, debemos tener en cuenta nuestros precedentes. En el año 2019, el conjunto de las administraciones registró un déficit de 32.882 millones (que se corresponde al 2’6% del PIB) que duplica el objetivo del 1’3%. A pesar ello, los ingresos públicos subieron un 3’8% interanual. En otras palabras, el Estado aumentó el gasto en un 4’1% (recordemos: viernes sociales, elevación de las pensiones, elevación de los sueldos públicos…). En este sentido, la deuda pública cerró el pasado ejercicio en el 95’5% del PIB cuando el máximo de endeudamiento que se establece en el Tratado de Maastricht es del 60%.

Pedro Sánchez, por tanto, no tiene margen para endeudarse. Ahora más que nunca entendemos por qué era, y es, necesario sanear las cuentas públicas en los tiempos en los que sí se podía hacer y así tener, cuando se requiera, capacidad de endeudamiento. Actualmente, nos encontramos con que España e Italia cargan con muchos más pasivos que Alemania y Holanda, países que, desde 2013, se esforzaron en reducirlos de forma sostenida, mientras que los primeros los mantuvieron esencialmente estables.

En consecuencia, ahora, España e Italia (entre otros), por no haber equilibrado su presupuesto y aumentado así su margen de endeudamiento, están pidiendo que Alemania y Holanda, que sí hicieron los deberes, les “regalen” financiación fácil, sin prácticamente coste o condiciones. Una vez más, por tanto, vemos la necesidad de aplicar las medidas liberales, que postulan mantener las cuentas en equilibrio (no tener más gastos que ingresos) y, sobre todo, no despilfarrar dinero público, de modo que no se incremente la deuda o, en todo caso, los impuestos (que imposibilitan, en muchas ocasiones, la función empresarial). La mayoría de los expertos estiman que la caída del PIB podría oscilar entre el -5% y el -13% en 2020.

Como decía antes, no es cuestión de imaginación, ya estamos viendo las nefastas medidas económicas que está aplicando el Gobierno de España y que nos llevará directo al agujero negro. En primer lugar, no está teniendo en cuenta la desaceleración que ya hacía mella antes de la crisis; en segundo, no está comprendiendo que nuestras empresas (la mayor parte de ellas, pequeñas, con menos de diez trabajadores -concretamente el 89% de las PYMES-) no pueden aguantar varios meses con cero ingresos y afrontando el obligado pago de impuestos y de costes fijos que se van acumulando (la media de caja de que disponen estos negocios, en el mejor de los casos, es de 35-60 días); en tercero, el Gobierno piensa, o eso da a entender, que cuando el estado de alarma cese, las compañías van a poder, no solo recuperar lo que han perdido, sino, además, obtener más beneficios; y, en cuarto, y fundamental problema de base, no se hacen cargo del escenario en que nos encontramos.

Por desgracia, los últimos datos evidencian que no nos enfrentamos a una crisis con forma de “V”, sino de “L”, lo cual implica un desplome de la economía bastante abrupto y una recuperación lenta y muy dura. Parece que, incluso, la situación se volverá estructural, y podríamos estar ante una recesión aún peor que la iniciada en 2008. Por todos estos motivos, el Gobierno está abordando francamente mal, tanto el diagnóstico, como las soluciones.

 

Autoritarismo vs. libertad en tiempos de coronavirus. / Authoritarianism vs. freedom in times of coronavirus.

No es sostenible (como muchos políticos y aún científicos argumentan) una cuarentena prolongada o indefinida.

Por Andres Patarroyo para PANAN POST

samuel

Para áreas como la economía, la teoría del cisne negro, enuncia que cada cierto tiempo aparece un escenario de sucesos en la sociedad de tremendo impacto socioeconómico de manera “sorpresiva” y, que, habiendo hecho un ejercicio de retrospectiva, se podría explicar y eventualmente predecir.

Eso es justamente lo que ha sucedido con la aparición del COVID-19, un brote que, debido a su elevada tasa de contagio, pasó de ser una simple epidemia (que tenía el potencial de ser regional como habían sido las anteriores brotes de gripe surgidos hace varios años en las provincias chinas), a ser un virus con alcance global.

El surgimiento de esta pandemia ha llevado a que muchos gobiernos alrededor del mundo hayan optado por incrementar el control a los ciudadanos, bajo el clásico pretexto de que: “​el papá Estado sabe mejor que tú, que es lo que te conviene y por ende, yo Estado, dicto que permanezcas en cuarentena obligatoria el tiempo que yo considere necesario​”.

Bajo ese contexto, las ideas de la libertad, soportadas por la ciencia y la técnica, deben prevalecer. No es sostenible (como muchos políticos y aún científicos argumentan) la cuarentena prolongada o indefinida. O bueno, sí se puede realizar, con el consecuente resultado de la decapitación de la economía, el estrangulamiento del comercio y la consiguiente depresión económica. Es la falsa disyuntiva entre la salud y la economía. En otras palabras, te pones en cuarentena para cuidar la salud, pero al perder tu empleo te enfermas del estrés para encontrar otro empleo y sostener a tu familia. ¿Entonces quién decide que salud cuidar? ¿El estado?

Quienes están a cargo de la administración de un país deben considerar variables técnicas que a su vez permitan que el ciudadano no permanezca confinado en su residencia. Tarde o temprano, debemos enfrentar el virus y si es el caso, contagiarse. Se sabe que Corea del Sur, Singapur, Taiwán e incluso Japón, no impusieron cuarentenas a su población. ¿Cómo se logró esto? A través de la aplicación gratuita de ​tests masivos a su población. ¿Que hicieron para preservar la libertad? extendieron ​recomendaciones a la población para que permanezcan en sus casas sin obligarlos a estar en ellas, sin cerrar la economía y sin arrestar a nadie.

¿El resultado de esto? Las más bajas tasas de crecimiento de infectados (cuando escribo estas líneas: Corea y Taiwán 1%). Corea y Taiwán por ejemplo, llevarían al doble el número de contagiados cada 151 días, sin restricciones a la libertad individual y sin clausurar la economía, mientras que países con cuarentenas impuestas como India y Perú las doblaría cada 4.5 días (datos del Washington Post y del New York Times).

No se trata únicamente de realizar el test, luego de ello, el ciudadano portador del virus es identificado y aislado y se hace seguimiento del círculo social con el cual tuvo contacto, generando una base de información sólida para enfocarse en los pacientes actuales y prevenir futuros contagios.

Recientemente Google y Apple se han unido para trabajar en una aplicación que, en tiempo real, pueda darle información al ciudadano de cuales son las áreas con mayor riesgo de contagio, basados en la información suministrada de los tests. Algo así como el “waze” del corona-virus donde la aplicación tendrá información de manera anónima de los contactos alrededor de los individuos que han tenido contacto con la epidemia. Estos mecanismos inteligentes son los que en el futuro ayudarán a prevenir y a mitigar el efecto de la infección.

Dada la coyuntura actual, los gobiernos se ven tentados a imponer medidas restrictivas y a actuar como un estado policial restringiendo las libertades civiles anteponiendo el autoritarismo sobre la técnica. Si bien el estado tiene un papel relevante en principio para movilizar recursos y población en el corto plazo y de manera forzada, en el mediano y largo plazo ese esquema no es sostenible.

Otro caso de abuso de poder de los gobiernos, son los controles de precios. Sin ahondar en tecnicismos, la historia ha dado incontables ejemplos de cómo la libre competencia es la mejor alternativa para la fijación de precios de un bien o un servicio. Pero la tentación de los gobernantes en regular e intervenir el mercado lleva a pretender nuevamente reinventar la rueda y decretar que X o Y producto no debe ser objeto de “especulación”. ¿Cuál es el gran problema? La distorsión de precios que esto conlleva, porque, como bien es sabido, a través del control de precios no se generan los incentivos necesarios para que las empresas y los productores comercialicen sus bienes y servicios.

Puedo continuar con innumerables ejemplos de cómo la intervención del sector privado más que la del Estado ayuda a prevenir riesgos y a salvar vidas. Bill Gates recientemente ha iniciado la financiación de varios grupos de investigación, que en paralelo, avanzan en la carrera de buscar la vacuna contra el virus, de modo que, si cualquiera de ellos la encuentra, los demás no pierdan el incentivo monetario por perder la carrera para obtener la patente. Personalmente creo que tiene más probabilidades Bill Gates de encontrar una vacuna para el virus que un burócrata desde el estado fabulando un plan para hacerlo.

Una alternativa desde el punto de vista liberal definitivamente no es mantener el confinamiento, ni el control de precios, una alternativa será convivir con el virus y aplicar las medidas técnicas arriba enunciadas: test masivos, aislamiento de pacientes y generación de bases de datos para trazar los posibles contagios, abriendo la economía y recomendando a los ciudadanos permanecer en casa. No es menos importante, otorgar créditos a grandes empresas y pymes, a la vez que se alivia la carga tributaria a empresas e individuos.

Muchos ponderan al Estado como el “gran salvador” en esta hora amarga para la humanidad, olvidando que fue el mismo estado comunista chino quien pecó por acción y omisión al no informar oportunamente al mundo sobre la gravedad del tipo de contagio y de la cepa del virus, siendo este mismo estado quien persiguió al afamado doctor Li Wenliang, cuando este alertaba sobre el riesgo potencial de la epidemia. Ese mismo estado en muchos lugares del planeta restringe la libertad de movimiento de los ciudadanos, a cambio de dar alivios tributarios, sube impuestos y en general, prefiere que la economía de guerra sea para usted y la bonanza sea para ellos.

Andrés Patarroyo es ingeniero de software egresado de la Universidad Nacional de Colombia. Actualmente trabaja en el sector de las tecnologías de la información como Product Manager y Analista de Negocios. Defensor de la libertad.

COMISIONES DE LA VERDAD Y POR EL MONTE LAS SARDINAS

ancient-aliens

Escrito por Miguel A.Velarde

El verano, junto con la cabalgata presupuestaria anual, siempre es el momento propicio para que un gobierno cuele todas esas cosas que no se atrevería a hacer en épocas en las que los ciudadanos están algo más atentos a las noticias. Tampoco es que hacerlo de forma descarada vaya a tener demasiada repercusión, en un país en el que la mayoría ha asumido orgullosamente su papel de siervos obedientes que necesitan ser protegidos por un amo sabio. No, pero quizás algunas cosas den algo más de reparo, y es mejor hacerlas de forma más discreta, sin que los afectados vayan a dedicarle mucho tiempo en pensar sobre ellas.

A cambio, se nos suelen regalar polémicas menos trascendentes para tenernos entretenidos, lo que se agradece, puesto que nos permite mantener cierto nivel de indignación y cabreo (“conviene que haya tensión” como decía el gobernante que sin duda pasará a la Historia como modelo y síntoma de la decadencia de la Europa del siglo XXI). A los yonkis se nos tiene que dar nuestra dosis para que no nos alteremos demasiado.

¿Temas intrascendentes? Quizá. Ningún tema en política lo es y a la vez todos lo son. La vida sigue después de cualquier acto del gobierno. Se pueden socavar derechos y decretar el hundimiento económico de un país, y al día siguiente el sol vuelve a salir y la gente sigue tomándose su café de la mañana, e indignándose porque tal o cual mamarracho ha dicho cualquier cosa. Pocos notaron el final del Imperio Romano de Occidente. Se levantaron un día siendo súbditos del rey de los ostrogodos, y lo vivieron exactamente igual que el día anterior cuando eran ciudadanos romanos. Acercándonos más, se nos privó del derecho al recurso de apelación civil en los asuntos de menos de 3.000 € y la vida siguió. Se nos limitó el derecho al uso de dinero en efectivo y no se acabó el mundo. ¿Nos vamos a preocupar por cuestiones menores? La vida va a seguir igual.

Más o menos. Al menos un tiempo.

Este verano la cosa nos pilló por sorpresa con el tema de la inmigración. El gobierno nos vendió que iba a ser caritativo y amoroso, para llevarse bien con su principal socio parlamentario, pero enseguida descubrió que su masa principal de votantes no veía bien esa caridad (convencer a la gente que son competidores por los subsidios con los inmigrantes, es lo que tiene), así que lo que toca es correr un tupido velo y tratar de agradar a todo el mundo: ahora acojo a éstos porque salen muy bien en las fotos y ahora entrego a Marruecos a estos otros porque nadie me lo puede impedir.

Mejor seguir con el plan A preparado desde un principio que es… Franco.

batalla-de-nc3a1jera-froissart-280x245
En España siempre tenemos muy presentes y de actualidad nuestros conflictos civiles del pasado.

Lo que ocurre con Francisco Franco es muy curioso, y debiera ser objeto de un estudio en bastante mayor profundidad. Que 43 años después del fin de un régimen, tipos que no lo vivieron actúen como si fuese algo actual debiera ser bastante sorprendente. Pero rascando un poco, vemos que es el Mcguffin perfecto de nuestro país.

Para empezar, Franco es el coco, el hombre del saco, y a la vez el mito fundacional de buena parte de las fuerzas políticas españolas. Estamos en un mundo en el que la socialdemocracia ha muerto de éxito (de éxito político, de cuota de poder, que no en lo relativo a solucionar ningún problema). Durante décadas no hubo espacio relevante en Europa para ninguna fuerza política no socialdemócrata. Se podían dividir en democristianos (con un toque más conservador en lo social) o socialdemócratas propiamente dichos (con un toque menos conservador en lo social), por usar la terminología alemana aplicable a casi todo el continente, pero en el fondo, las diferencias eran tan mínimas que la crisis de partidos era inevitable. Incluso los comunistas renunciaron en su día a la dictadura del proletariado, admitiendo (al menos de palabra) las reglas de la democracia representativa. El eurocumunismo fue una palabra muy de moda hasta que les empezó a dar vergüenza usarla.

Por supuesto, entre las cloacas (en los escaños minoritarios de los parlamentos y las administraciones menores) se movían las ratas que se oponían a la socialdemocracia imperante. Teniéndolos a ellos como alternativa al sistema, resultaba evidente que era mejor seguir como se estaba: comunistas, fascistas, ecologistas sandía (con un sorprendente éxito en algunos momentos)…

¿En qué se podían diferenciar entre ellos, entonces, los socialdemócratas españoles, una vez superadas las cuestiones estéticas (las chaquetas de pana tuvieron su época, y no daban para más)?: Franco.

threegreys-334x245
Todo español entre 20 y 90 años corrió delante de los grises. Ellos lo confirman

Así, ya desde el principio, unos alzaron la antorcha de su heroica lucha antifranquista como origen de su legitimidad, y otros agacharon la cabeza para que no los relacionaran con el régimen anterior. Da igual que ninguno hubiera luchado en su vida contra la dictadura, y que todos tuvieran sus comienzos políticos cuanto menos cierta relación con la política previa a la democracia. El cambio de régimen fue “de la ley a la ley”, como se ha repetido, y los que eran funcionarios, sindicalistas o alcaldes a principios de 1975 seguían siéndolo para fin de año.

Pero daba igual. Unos se inventaron un pasado ficticio para ellos, y otros prefirieron avergonzarse del suyo, esperando que nadie se lo recordase. La ficción, evidentemente, tiene más fuerza que la vergüenza.

Pasaron las décadas, y el pecado original pervivió al igual que el mito. Los hijos de los que nunca habían hecho nada para derrocar la dictadura, se enorgullecían de las novelescas heroicidades de sus mentores políticos, mientras que echaban en cara a los nuevos políticos del otro bando que los fundadores de su partido habían tenido cargos públicos antes de la Constitución. Así, Franco se convirtió en la kriptonita de unos socialdemócratas (los del PP) y en la poción mágica de Panoramix de los otros socialdemócratas.

Al fin y al cabo, todos seguimos teniendo una gran querencia por la justicia bíblica, y los pecados de los padres se transmiten a sus hijos, sin redención posible. Si es que nos rascan un poco y sale el pastor neolítico que llevamos dentro.

¿Relevancia práctica? Ninguna. Estética. Estética. Franco y el antifranquismo convertidos en las nuevas chaquetas de pana.

Luego llegó la etapa final de la última crisis económica, que trajo consigo la crisis (aunque tampoco para tanto) de los partidos tradicionales. Por toda Europa, los fascismos y los comunismos por fin dejaron de tratar de arrebatarse violentamente la clientela potencial y asumieron todas las cosas que los unían ideológicamente. Así, de la fusión de grupúsculos de ideología totalitaria surgieron cosas como Podemos. Pero como rascando debajo de las estupideces y los unicornios de sus programas electorales (me encanta el término burricornio que acuñó Eclectikus) cualquiera con un coeficiente intelectual algo mayor que un boniato de tamaño medio, huiría de ellos como de la peste, tuvieron que enarbolar otras banderas para atraerse indignados. En algunos sitios fue la inmigración (a favor o en contra), o las políticas de género, o el odio al turista (una rama de la xenofobia bastante clásica)… En España, además de ello, tenían el principal Mcguffin a su alcance: Franco.

Ellos podían acusar a todo bicho viviente de franquista, porque según su propia fantasía fundacional, afirmaban ser los nuevos, los recién llegados, los que no tenían pasado, al contrario que el resto: Los del PP eran franquistas, pero los del PSOE también. Y como la mala conciencia debe explotar por alguna parte, los aludidos siempre estuvieron dispuestos a hacer cualquier cosa para librarse del sambenito, al igual que los conversos del siglo XVI para evitar ser acusados de judaizantes.

Y es que vivir en sus torres (universitarias, parlamentarias, funcionariales…) alejadas de la realidad es lo que tiene. En el mundo real, Franco está tan presente como Leovigildo, el general Prim o la princesa de Éboli. Hay una pequeña panda que aún lo odia como si todavía caminase por la calle, temiendo que sus designios controlen sus vidas, y otro pequeño grupúsculo que lo adora de idéntica forma. Todos ellos irrelevantes en la práctica, pero que parecen ser los motores de la política actual, en vista de lo que los medios (al calor del oligopolio fáctico estatal) y sus subvencionadores políticos nos muestran.

He tenido ocasión de ver discusiones muy raras en las redes. Tipos que no han escuchado hablar de las guerras carlistas, dando lecciones sobre los motivos sociales de la guerra del 36 y la dictadura, y de cómo ésta es la causa de los males de nuestra sociedad actual. Y todo ello bajo el mejor de los argumentos posibles: el “es mi opinión y debes respetarla”.

– Oiga, es que yo creo que Franco fue un dictador asesino y malvado que merece lo peor.

– Oiga, que yo creo que Franco fue el salvador de España y reunía en su persona todas las virtudes.

Pues vale. ¿Y a mí qué me cuentan?

– Oiga, que yo veo muy mal que se produzcan actos de exaltación de Franco y de su dictadura.

– Oiga, que yo veo muy mal que se insulte la memoria de Franco.

Pues vale. ¿Y a mí qué me cuentan?

– Oiga, que hay que impedir que se produzcan actos de exaltación de Franco y de la dictadura.

– Oiga, que hay que prohibir que se insulte la memoria de Franco.

Pues miren, no. Ahí entramos en la libertad de opinión y de expresión, que no puede defenderse sólo para quien opine lo mismo que yo.

Si alguien sale en televisión llamando genocida a Franco y a usted no le gusta, refútelo. Y si alguien se va a un monumento a enarbolar banderas con el águila de San Juan y pedir que Franco resucite, y a usted no le gusta, refútelo también, o monte al día siguiente otro acto pidiendo que se quede en su tumba.

No es posible pedir respeto por los derechos fundamentales, pero sólo de los que piensan como nosotros.

Y aquí estamos, discutiendo sobre lo banal y usándolo como excusa para atacar lo importante. Gritos indignados por el lugar donde está enterrado un cadáver, pero lo solucionamos infringiendo el artículo 86 de la Constitución. Porque ¿qué es el principio del sometimiento del poder a normas, comparado con una polémica veraniega?

Pero estas cosas arrastran consecuencias más divertidas aún. Ahora nos anuncian una “comisión de la verdad” para dejar zanjados todos los debates sobre la guerra civil (la de 1936 a 1939, supongo, porque los debates sobre la que enfrentó a Pedro I de Castilla con Enrique de Trastámara, por ejemplo, aún continúan donde deben, que es en los ámbitos académicos). Y lo sueltan así, sin vergüenza ninguna, porque saben que han preparado bien a la audiencia. Todos dispuestos a obedecer sumisamente a quien el que manda diga que es un experto. Y todos tan hartos ya de la cansina matraca que están dispuestos a admitir cualquier cosa que la ponga fin.

O quizá convenga pararse un poco a reflexionar. Quizá.

comisiones-de-la-verdad-309x245
Las comisiones de la verdad siempre han tenido mucho trabajo en todas partes.

Hace 2234 años de la batalla de Cannas, y aún no hay consenso absoluto de cuál de los dos cónsules la pifió ese día, o si lo hicieron de común acuerdo. Hace 120 años de la guerra de Cuba, y aún no están claros los movimientos políticos del gobierno español. Sólo por poner dos ejemplo. ¿El 11-M, el golpe de estado de Tejero, la transición, la primera república..?

¿Nadie ve el problema de permitir que unos políticos y sus expertos decidan cómo fue la Historia e impongan por Ley sus conclusiones? ¿Y luego qué? ¿Penalizamos al discrepante? ¿Abolimos la libertad de expresión, al tiempo que prohibimos la investigación histórica?

¿Y por qué quedarnos ahí? ¿Por qué no hacemos lo mismo con el resto de la Historia de España? Que los expertos a sueldo del político de turno establezcan la verdad irrefutable de todo cuanto sucedió. Y ya que estamos, de todo cuanto sucede.

Y extendámoslo a otros ámbitos, y así nos quedaremos más tranquilos. La Filosofía es una lata. ¿Por qué no dejar sentado legalmente qué corriente de pensamiento tiene la razón? E igual con la Física, la Química, la Biología…Todo sea por evitar las polémicas, que sólo traen crispación y… bueno sí, avance en todos los ámbitos del saber. Pero viviremos todos tan tranquilos…

Y por supuesto, la política. ¿Por qué no determinar ya desde el poder qué ideología es la correcta? ¿Y qué gobernante es el mejor?

Y todo ello gracias a Franco. El personaje más útil de la Historia. Dictador, vale, pero un chollo. Eso es lo que es.

Los impuestos los pagas tu (Taxes you pay for)

PARA QUE SE ENTEREN SOBRE TODO, LOS CRETINOS QUE VOTAN A PODEMOS Y PARTIDOS SIMILARES O AL MISMO PSOE.

impuestos-1170x780

Escrito por José Luis Montesinos

Es bien conocido por una parte importante de la ciudadanía que los impuestos siempre recaen sobre la clase media. Si se incrementan en demasía la clase media se convierte en baja y el país se va al carajo. Así de sencillo. Las clases altas, y más en un mundo globalizado, tienen los recursos necesarios para poner el dinero a buen recaudo, fuera de la voracidad de la sanguijuela de turno del ministerio de economía.

Todas las veces que repitamos este mantra son pocas. Comprobado está, de la misma forma. que existen políticos que reiteran que los impuestos los van a pagar los ricos y tontos de baba que les creen. La envidia siempre se consideró el pecado endémico de los españoles y eso de que paguen otros y que se jodan cala como gota malaya.

Mientras es un hecho que la economía repunta, los salarios en España se mantienen bajos. Las empresas que han sufrido un tremendo reajuste en los últimos tiempos no acaban de transferir esta bonanza a la cuenta de sus empleados, entre otras cosas porque no acaban de notarla. Habiendo como hay más trabajo, en el mundo global competir con otros países implica mantener los costes bien embridados. En un país donde la energía se paga al doble de lo que cuesta, gracias a los impuestos, es muy difícil transponer las subidas en el volumen de negocio a subidas salariales. El tejido empresarial español, en donde las empresas de alto valor añadido son la excepción, no puede repuntar si a cada paso que de les suben el gasoil, la luz o Sociedades.

Las pretendidas subidas de impuestos que se han anunciado y que pagaran las grandes empresas y las pymes, se repercutirán directamente en los salarios de sus empleados. Hasta en un 75%, según los estudios.

Los conocimientos más básicos de economía nos enseñan que el precio viene determinado por el mercado, cuando el número de competidores va en aumento. En la economía mundial, a excepción de algunos monopolios y oligopolios, el número de actores que participan en el mercado de cada producto o servicio es cada vez mayor, lo que impide que nadie pueda marcar el precio, por lo que nuestras empresas deberán reducir sus costes cada vez que al iluminado recaudador le parece que necesita hacer caja. Mientras suben ventas e ingresos el beneficio se lo lleva Hacienda y los salarios se quedan igual. Sencillo de entender.

Así de sencillo. Tú pagas el pato, como trabajador de una empresa de que haya que recaudar más. Tú pagas el pato como consumidor, porque eres clase media y cuando suben impuestos te los suben siempre a ti. Tú pagas. Y ¿callas?

ESTADO4

liberalismolibertario2

EL ESTADO DEL BIENESTAR ES EL PROBLEMA (THE STATE OF WELFARE IS THE PROBLEM)

inmigracion

Si en un club privado, exclusivo o de andar por casa, pasara lo que pasa en un país, en un Estado del Bienestar, sus empleados se irían a la calle rápidamente, pero el Estado del Bienestar no es un club privado, es una falacia per se.

Escrito por José Luis Montesinos 

Imaginemos un club de campo, en el que sus miembros pueden disfrutar de unas magníficas instalaciones que incluyen piscina al aire libre para el verano y climatizada en invierno, campo de golf, gimnasio, spa, eventos deportivos y servicio de restaurante, entre otras exclusivas ofertas de ocio. Uno de esos que salen en las películas, con gente muy rica y mucho pijerío. La entrada cuesta un potosí y no digamos la membresía. Cuesta creer que los miembros del club acepten nuevos miembros sin pasar ningún filtro. Los accesos están controlados, hay vallas y cancelas, equipo de seguridad, a veces perros. Se hacen una idea.

Esto es lo que prometen los promotores y mantenedores del Estado del Bienestar. Un club exclusivo con servicios exclusivos y, desde luego que sí, a un precio desorbitado, para mantener la exclusividad. Sin embargo, a la hora de la verdad, dejan entrar a cualquiera, otorgándoles el mismo estatus de miembro, o incluso en ocasiones mejores servicios, a los nuevos recién llegados al club que no han pagado la membresía. Evidentemente, muchos miembros del club del Estado del Bienestar, que llevan años empeñando la mitad de su sueldo en la cuota protestan y se enfadan. Son los empleados de la institución los que, pese a vivir del sueldo que pagan los miembros, se pasan por el arco del triunfo sus reclamaciones y deciden prestar los servicios a quien a ellos les interesa.

Si en un club privado, exclusivo o de andar por casa, pasara lo que pasa en un país, en un Estado del Bienestar, sus empleados se irían a la calle rápidamente, pero el Estado del Bienestar no es un club privado, es una falacia per se.

Muchos españoles (y europeos) que se han tragado la mentira, reclaman que el club es suyo y que no puede entrar nadie a quien ellos no aprueben. Los empleados del club, que obtienen el apoyo, incluso violento, de esos a los que subsidian con el dinero de los socios con pedigrí, prefieren seguir subsidiando. La realidad es que el Estado del Bienestar no es ningún club. No tiene socios. No se basa en la propiedad privada.

¿Qué nos queda? Repetir una y mil veces la gran mentira que supone eso de que la voluntad de unos gobernantes que se presuponen ungidos por las urnas es capaz de traer la felicidad a sus ciudadanos. Repetir que es falso y argumentar que lo es. Nos queda defender lo que la Libertad ha conseguido de forma mucho más eficaz que los políticos, que cualquiera puede y debe ser bienvenido a sumar mientras respete a los demás, mientras sea libre y permita que los demás lo sean y que es en realidad es club quimérico e ilusorio el que crea los problemas que venía a resolver. Sin sanidad y educación falsamente gratuitas, sin trabas al emprendimiento, ni licencias, ni cuota de autónomos, ni impuestos abusivos, cualquier recién llegado puede empezar a ganarse la vida en las mismas condiciones que los que estamos aquí de siempre.

Todo en el Estado del Bienestar es mentira. Todos y cada uno de nosotros nos ganamos el bienestar a pesar del Estado. Y con la inmigración, como en cualquier otro asunto, el problema nace de su existencia y sus pretendidas soluciones. No de las personas que huyen del hambre.

Racismo bueno, racismo malo (Good racism, bad racism)

lobostudio-hamburg-63041-unsplash-696x385

“Todos los blancos están predispuestos genéticamente a quemarse más rápido bajo el sol, de modo que desde el punto de vista lógico sólo son adecuados para vivir bajo tierra, como humildes gnomos”

Por José Carlos Rodríguez

La llegada de Donald Trump al poder ha revalidado la actualidad del racismo. Si bien, según los medios de comunicación, cualquier líder del partido de Abraham Lincoln es automáticamente racista, en el caso de Donald Trump, con un discurso que desborda la pretensión de que la inmigración sea legal y ordenada, se ha ganado el epíteto por sí solo.

Los escribidores más avispados apuntan a la derecha alternativa, un movimiento ciertamente abominable y que tenía puestas sus esperanzas en la llegada al poder del candidato Trump. He de reconocer que, más allá del manejo del lenguaje de internet, con sus piezas mínimas de comunicación, sus mensajes sencillos e impactantes, no sé qué relevancia social tiene. Pero quien le dice a la realidad cómo es en verdad son los medios, y éstos han decidido que es un movimiento poderoso y muy peligroso, pues legitima el racismo.

Ser un hombre o una mujer de progreso exige hacer unas renuncias muy importantes, graves incluso, como la de dimitir de cualquier capacidad crítica. Una vez acallada, el maná progresista es mucho más fácil de asumir, pese a sus contradicciones.

Verbigracia, el racismo. Por un lado debemos rechazarlo. Por otro, forma parte de esa nueva moral que todos debemos aprender y asumir. Si ha de haber una discriminación positiva, ¿cómo no ha de haber un racismo positivo? Es más, necesitamos abrazar con espíritu de progreso, moral por supuesto, un nuevo racismo que fije una prelación de razas, un orden moral genético que nos sirva de guía a la hora de discriminar de forma científica. La propia expresión, discriminación positiva, exige que concurran dos criterios: uno taxonómico (en este caso, la raza), y otro moral (de ahí lo de positiva). No sólo hay que distinguir a los individuos según la categoría a la que pertenecen por su ADN, sino que es necesario aplicar a cada grupo un valor moral de tal modo que la discriminación sea positiva, que cada acto legal discriminatorio nos sitúe en un estadio superior de moralidad pública. En caso de duda, basta con aprender que en esa prelación la última de las razas ha de ser la blanca; con eso es suficiente para ir tirando.

El diario The New York Times, canon de esta nueva moral, ha vuelto a dar muestras de por dónde van los tiros. El NYT vive un momento maravilloso desde el punto de vista comercial. La llegada de Trump al poder ha hecho que aumenten las suscripciones al contenido del periódico, que vive la crisis de la prensa desde una cómoda bonanza. Esta situación le permite ampliar su plantilla, y el lunes 30 de julio incorporó a Sarah Jeong. Jeong es una periodista especializada en tecnología. Ha pasado por Vice, The Verge, The Guardian o Forbes, que entre sus numerosas listas tiene una para los menores de 30 que destaquen en su industria (30 under 30), incluyó a Jeong en la lista del año pasado de medios de comunicación.

Tiene un currículum brillante, y con Jeong el NYT quiere reforzar su sección de tecnología. Ahora bien, el medio ha sido criticado por la decisión de contratarla, y no es por su pericia periodística, sino por su ideología. Sarah Jong es conocida por su izquierdismo y por su racismo igualmente militantes. The Federalist ha recabado varios de los juicios morales de Jeong, que no dejan lugar a dudas: “Todos los blancos están predispuestos genéticamente a quemarse más rápido bajo el sol, de modo que desde el punto de vista lógico sólo son adecuados para vivir bajo tierra, como humildes gnomos”. Desde el punto de vista racista, este tuit es irreprochable, pero es cuestionable que una periodista volcada a la información tecnológica no tenga en cuenta que el hombre ha arbitrado infinidad de ingenios para protegerse del sol.

Para resarcirse de esa metedura de pata con la ciencia, Jeong recoge también un gráfico que mostraría una correlación entre ser blanco y ser horrible (“awful”). Aunque, reconozcámoslo, el gráfico no responde a más realidad que a la mente progresista y racista de la propia periodista del NYT.

Y así podríamos seguir poniendo un ejemplo tras otro. Como ese tuit en el que dice: “En teoría no se puede ser racista contra los blancos, pero jajaja cómo describir el extraño rumor del olor a perro”. La referencia al olor de los blancos es de primero de racismo, pero lo interesante es lo primero que dice: “En teoría no se puede ser racista contra los blancos”. O, dicho de otro modo, puedes dividir a las personas en función de su raza y mostrar tu odio hacia los que pertenecen a una en particular, siempre que sea de raza blanca; en ese caso, no es racismo. Es la misma concepción que hay detrás de la expresión “ser una persona racializada”. Alguien “racializado” es quien no sea blanco. Y, por tanto, tenga una identidad racial portadora de agravios históricos y de unos derechos que van más allá de la vieja concepción liberal de la persona. El derecho, por ejemplo, a ser discriminado a su favor.

El diario The New York Times ha defendido su derecho a contratarla. Lo tiene en plenitud. Y ha defendido la profesionalidad de Sarah Jeong, que en realidad nadie pone en duda. El diario no tiene mayor problema con el racismo alegre y desenvuelto de la periodista. Cabría pensar que, puesto que son opiniones que nada tienen que ver con la tecnología, el NYT simplemente se pone de perfil, pero no es el caso.

Muy recientemente el diario despidió a otra periodista, Quinn Norton, también de la sección de tecnología, por su relación con el racismo. Es una relación indirecta, ya que el diario no cita ninguna opinión de Norton que sea racista. Lo que alega el diario es que ella ha reconocido ser amiga de Andrew Auernheimer, que trabaja para el diario neonazi The Daily Stormer.

En una sociedad abierta se entiende que dos personas sean amigas, o tengan cualquier tipo de relación personal, comercial o profesional, aun cuando tienen formas distintas de pensar. Sensu contrario, ser amigo de una persona que no piensa como tú no la convierte en alguien indeseable. Excepto, claro, para el NYT que explicó en una nota que al conocer la relación entre ambos “sobre esta base, hemos decidido ir por caminos separados”.

Si el NYT tiene escrúpulos por relacionarse con una amiga de un racista, pero no los tiene contratando a otra, ambas para la misma sección, es evidente que el diario asume uno de los racismos como indeseable, pero el otro como perfectamente asumible.

Es la vuelta a la barbarie moral, revestida de progresismo.

Foto LoboStudio Hamburg

¡Paga, calla y muere! (Pay, shut up and die!)

atentadosbarcelona-678x381

«No sólo nos quieren sumisos, sino también callados.»

Por Yolanda Couceiro Morin

“¡Paga, calla y muere!”

Ésta es la consigna que nuestros gobernantes, sometidos a sus patrones mundialistas, nos imponen a los europeos. Bruselas dicta la orden y los gobiernos la ponen en marcha.

“¡Paga!”

La Comisión Europea organiza y ordena la invasión de millones de “refugiados” supuestamente sirios (los hay de 50 nacionalidades diferentes), entre los que se cuelan miles de terroristas y criminales de toda laya. Unos cometerán atentados, otros robarán, violarán y asesinarán, y todos parasitarán a la población que se ve obligada a soportarlos. Esta invasión programada es tanto más criminal ya que entre los europeos autóctonos hay millones de parados y millones de pobres.

Si te opones a acoger a esos supuestos refugiados (caso Hungría, Polonia…), las presiones, las amenazas y las sanciones empezarán para intentar doblegar a los disconformes y los protestarios. Se llegará a maniobras desestabilizadoras e incluso a intentonas golpistas. Soros tiene el brazo muy largo y la chequera muy bien surtida, y una legión de pequeños peones y funcionarios subalternos está dispuesta a hacer el trabajo sucio de la hiperclase mundialista que tiene un plan para cada uno de nosotros. Los tiempos venideros nos enseñarán los verdaderos límites y las auténticas metas de la oligarquía desalmada y destructora que rige nuestros destinos. Como unos perros rabiosos no soltarán la presa mientras tengan aliento.

Los que se niegan a acoger a esos supuestos refugiados deberán pagar su rebeldía y desobediencia de alguna manera. Por el contrario, los que se avengan a acatar las órdenes de Bruselas deberán pagar los costes de la acogida e “integración” de esos “refugiados”: vivienda, sanidad, escuela, pagas, etc…, todo de manera prioritaria, aunque eso signifique relegar y discriminar a millones de ciudadanos autóctonos. Los pueblos europeos se ven en la obligación de financiar, bajo la amenaza de sanciones, no sólo los abultados sueldos de los burócratas de Bruselas y los de los distintas países de la UE, sino también la trasformación de Europa en una mezcla de Oriente Medio y África.

“¡Calla!”

No sólo nos quieren sumisos, sino también callados. Calla, pues, no te quejes, no critiques, no protestes, ya que podrías incurrir en un delito de odio. Mejor calla y no te rebeles o serás condenada por racista, xenófoba, islamófoba, y todo lo que se le ocurra a los amos. Calla, no exijas la verdad, no cuestiones el poder, no le pidas cuentas a la casta. Calla porque en Europa han eliminado la libertad de expresión, no conviene oír a quienes no están de acuerdo con la transformación de Europa en una tierra devastada y saqueada por legiones de invasores belicosos sedientos de dominación y botín.

“¡Muere!”

Muere, esa es la única opción que nos dejan, no te defiendas, no actúes, no te enfrentes, no provoques, no protestes… Muere apuñalado por un cuchillo sin control, atropellado por un camión loco, o reventado a bombazos, pero no alborotes, muere discretamente y no dejes fotos escandalosas que el sistema tenga que censurar.

Muere, los medios se ocuparán de que el culpable sea un perturbado, un desequilibrado, siempre un caso aislado que nada tiene que ver con los otros centenares de casos aislados, casualmente siempre con el denominador común del sello islámico. Las autoridades te pedirán que seas comprensivo, que seas digno en tu desgracia, que sufras en silencio, que no te dejes cegar por el odio y envenenar por el rechazo al “otro“, que no aportes agua al molino de la intolerancia y el racismo, y que estés seguro que en el fondo no existe ningún motivo real de alarma, que la inseguridad que te desasosiega sólo es una impresión, una sensación, incluso un espejismo. No reacciones, no hagas nada, sé un muerto en vida.

Nuestras autoridades saben lo que es bueno para tí, lo que necesita nuestra sociedad, los cambios que son inevitables: la transformación y la refundación de tu país y tu cultura algo diferente y opuesto. Déjate llevar, sigue la corriente, no obstaculices la marcha del progreso hacia el paraíso terrenal de la multicultura y la islamización. Lo único que tienes que hacer es seguir las consignas que te dictan los medios a sueldo. El único papel que debemos desempeñar los europeos está contenido en la sabia consigna: ” ¡Paga, calla y muere!“.

Torra es ilegítimo, Rajoy se ha deslegitimado

rajoy-torra130518
Rajoy, en El Puerto de Santamaría/Quim Torra con Elsa Artadi durante el debate | EFE

Nadie que acepte la investidura de Torra podrá decir que no participa en el Golpe, porque lo hace.

Por 

Plácido Fernández-Viagas, letrado del parlamento andaluz e hijo del primer presidente de la Junta de Andalucía, luego senador por el PSOE y miembro del CGPJ, publicó ayer en El Mundo un gran artículo que, a mi juicio, ilumina la gravedad de la situación institucional española tras la proclamación del candidato «limpio» que buscaba Rajoy y que ha resultado ser un racista redomado llamado Torra, cuyo discurso de investidura fue una burla al Estado, un reto a los jueces y una llamada al conflicto civil entre catalanes, que son los separatistas, y los «fascistas españoles que viven en Cataluña», más de la mitad de los votantes que no aceptan el apartheid antiespañol. Nunca se vio con tal claridad la condición criminal del proyecto separatista y la gravísima responsabilidad de las instituciones españolas si lo aceptan.

La ilegitimidad del nombramiento de Torra

Aunque Rajoy, empeñado en conseguir, para evitar nuevas elecciones, un gobierno de la Generalidad a cualquier precio, salió de inmediato a decir que «no le gustaba» el discurso de Torra, pero que aguardaba a «sus hechos», la elección de alguien que anuncia que proseguirá el golpe de Estado plantea un problema no sólo ético -¿debe firmar el Rey el nombramiento de alguien que insulta a los españoles y proclama su empeño en la ilegalidad?- sino legal y político: ¿es legítima la elección de Torra con un programa guerracivilista?

Tres son los aplastantes argumentos de Fernández-Viagas. El primero es el del nombramiento de Torra y su elección por el Parlamento regional.

 

«¿Reúne los requisitos necesarios para superar los límites impuestos por la aplicación del artículo 155 de la CE? Es muy dudoso la verdad, sobre todo si se tiene en cuenta que participar en un proceso de carácter delictivo lo impediría claramente. No se puede incidir en una rebelión y, al mismo tiempo, presidir una de sus comunidades autónomas. Un Estado serio no puede aceptar, por comodidad, miedo, prudencia incluso, una actuación fraudulenta contra su ordenamiento jurídico.»

A partir de ahí, esgrime tres argumentos. El primero, la continuidad de la actividad delictiva de Puigdemont, expresamente exhibida por ambos:

«La candidatura de Quim Torra ha sido impuesta por un señor, Puigdemont, que está encausado por hechos susceptibles de ser tipificados como rebelión, conspiración para la rebelión, o sedición, y que se considera aún presidente legítimo de la Generalitat. Más grave aún, pretende utilizar a Torra como un elemento meramente ejecutor de su proyecto calificado como delictivo. Si es consciente el candidato de todo ello, y no parece muy tonto, debería tener en cuenta que nuestro Código Penal cuando determina la responsabilidad criminal señala, en su artículo 29, que «son cómplices los que, no hallándose comprendidos en el artículo anterior, cooperan a la ejecución del hecho con actos anteriores o simultáneos», algo en lo que podría incidir claramente Quim Torra. ¿Cómo puede considerarse, entonces, legítima una propuesta dirigida a consolidar una rebelión?»

El segundo argumento, aunque no lo cite el artículo, cabría integrarlo en la instrucción del Juez Llarena en el Supremo y el agravamiento del delito:

«Sería disparatado no tener en cuenta que los efectos de los delitos de que viene acusado el señor Puigdemont no han sido consumados. Sus propios autores recuerdan que su único objetivo es «implementar la República». Y en ese propósito se enmarcan las actuaciones que vienen realizando a nivel internacional, los distintos hechos de resistencia, activa y pasiva, que se desarrollan en Cataluña y, sobre todo, la enorme campaña que su aparato de propaganda, desde medios oficiales incluso, sigue protagonizando. El proyecto criminal, de existir, se encontraría en una fase decisiva, la de consolidación del enfrentamiento con parálisis de nuestro aparato estatal.»

Y el tercer argumento, escrito -ojo- antes del discurso de investidura de Torra, plantea el problema de fondo: la «vuelta a la normalidad»… golpista:

«Para restablecer la legalidad constitucional no basta con la elección de un «presidente limpio» de imputación penal. Es ridículo siquiera plantearlo, lo que es necesario es que no participe en forma alguna en hechos que, en su día, pudieran merecerla. Y lo cierto es que el señor Torra está siendo utilizado de manera instrumental en hechos muy posiblemente constitutivos de un delito de rebelión, que el Estado no puede tolerar.»

Evidentemente, si los tres argumentos bastaban y sobraban para rechazar la investidura del candidato por lo que había manifestado antes de la sesión de investidura, el discurso de Torra despreciando la Ley, retando al Estado e insultando a los partidos españoles de Cataluña, lo convierten en absolutamente intolerable. Nadie que acepte la investidura de Torra podrá decir que no participa en el Golpe, porque lo hace. A PP y PSOE, que han hecho del borrón y cuenta nueva la política ante el golpismo catalán, les resultará difícil rectificar, pero si Ciudadanos mantiene -debe hacerlo- la ilegitimidad de la investidura de Torra, Rajoy y Sánchez serán socios de sus fechorías, al mismo nivel de Podemos. Pero el partido más afectado es el del Gobierno.

Ni normalidad, ni legalidad: insurrección que pagan los españoles

El «manejo magistral de los tiempos» de Rajoy, que tanto elogiaban sus turiferarios cuando tuvo una mayoría absolutérrima y no la usó para nada, se ha revelado como una pereza pavorosa a cualquier compromiso con la acción de Gobierno, que es para lo que está en la Moncloa. La vergonzosa dejación de funciones ante el separatismo catalán durante casi seis años, los que consigna Llarena en la instrucción del caso contra los golpistas, ha sido fundamental para que la situación haya desembocado en esto: la designación de un racista por un forajido para representar al Estado Español en Cataluña.

Pero Rajoy tiene un problema: al entregarse de pies y manos al separatismo para tirar año y medio en La Moncloa, sin otro plan que el de su particular y exclusiva supervivencia, sus socios debían procurar no delatarle. Urkullu lo ha hecho al elogiar su «sensibilidad» con los asesinos de la ETA, y ahora la famosa estrategia del «candidato limpio» desemboca en este Torra, que empieza re-proclamando la República, despreciando la Constitución e insultando a los españoles de Cataluña, en los que antaño tenía votos el PP.

Torra ha dejado en ridículo a Rajoy y a Pedro Sánchez a las primeras de cambio. Y le ha servido a Rivera el menú completo para hartarse de votos del PP y el PSOE, indignados por su actitud ante el golpismo vasco y catalán. La estrategia «normalizadora», de la que Rivera supo salirse a tiempo y que Arrimadas enterró ayer con otra gran actuación simbólico-parlamentaria, es un filón electoral sencillamente inagotable para Ciudadanos. Cada fechoría que haga Torra, y las hará a diario, porque es un fanático racista y místico, genuinamente pujolista, como explicaba ayer su examigo Miquel Giménez en Vozpopuli, se cargará en el debe de Rajoy; y en el de Sánchez; y en el de Podemos, porque comunismo y racismo separatista nunca encajan del todo.

El dilema del Rey

Por último, por si faltaba algo, está el dilema del Rey, que apareció en televisión justo cuando, por la deserción bipartidista, ganaba el golpismo y sacó a la calle a la nación española, mostrando la inmensa fuerza que atesora y los partidos desprecian. Afrentado institucionalmente por Torra, que además participó en un escrche contra él, debe firmar (o no firmar) su nombramiento como representante en Cataluña del Estado que quiere violentamente destruir. Porque cuando Arrimadas dijo que Torra no venía a presidir la generalidad sino los CDR dijo exactamente lo que va a hacer: la máxima violencia contra los catalanes no nacionalistas y el máximo desafío al Estado.

¿Y puede el Rey hacerlo como si estuviera respaldando cualquier nombramiento del Gobierno en el ejercicio de su papel constitucional? Dicho de otro modo: ¿es constitucional colaborar con el golpe anticonstitucional? No me extrañaría que, por prudencia y previendo violencias futuras, el Rey retrasara la firma del decreto de nombramiento de Torra como representante del Estado hasta tener un informe del Consejo de Estado sobre la legitimidad de ese nombramiento. Sólo entonces, si fuera positivo, debería firmarlo. En mi opinión, por las razones dadas al principio -o sea, tomadas de Fernández-Viagas- no debería hacerlo. En todo caso, y respetando la difícil decisión que tome, un gesto formal de reprobación sería necesario.

Y si Rajoy y Sánchez se atreven a alegar que eso es salirse de sus funciones, que se preparen. Todos hemos vimos que tuvo que salir en televisión porque ellos no las cumplieron, ni las cumplen, ni piensan hacerlo. España ha entrado en un terreno pantanoso por su personal y política cobardía. Ya veremos cuándo y cómo podemos salir.

La libertad individual y el Estado.

tapa1

Ensayo de Enrique Arenz sobre la doctrina liberal

La libertad individual es la gran conquista de la civilización occidental. Pero una conquista permanentemente amenazada y puesta en tela de juicio por el deseo de algunos de imponer su voluntad a sus semejantes.

Siempre hay personas que aspiran a gobernar a los demás, a pesar de que nadie en el mundo tiene el derecho de hacerlo. Es inevitable que esto ocurra en todos los tiempos y en todas las sociedades. Por eso la libertad no puede conservarse si los hombres no están dispuestos a defenderla cada día de su existencia, siendo muchos los peligros que la acechan permanentemente. Tanto la sociedad en su conjunto, al ejercer sobre las energías creativas de las personas ciertas presiones inhibitorias, como algunos hombres antisociales, al intentar someter a otros hombres, tejen una sutil trama de coacciones que tienen a limitar, restringir o, en algunos casos extremos, a impedir el ejercicio de las libertades individuales.

Por algo el premio Nobel de economía, Friedrich A. Hayek definió a la libertad como aquella condición por la cual la coacción que algunos ejercen sobre los demás queda reducida, en el ámbito social, al mínimo. “La libertad es la independencia frente a la voluntad arbitraria de un tercero”, afirmó resumiendo su claro concepto.

Pero Manuel Tagle va aun más lejos y asevera que la libertad es algo más que la simple ausencia de coerción. En su artículoAlberdi y de Tocqueville, dos almas gemelas, publicado en el diario La Prensa del 25/9/84, dice este pensador argentino: “En una primera instancia menos madura, la libertad se reduce a cortar los lazos dealgo que nos sujeta. Pero una vez alcanzada esa ausencia de coerción, la libertad del individuo se transforma en libertad para algo por realizar”.

Ahora bien, suele pensarse erróneamente que todo orden social implica inevitablemente una disminución de la libertad individual como precio por las ventajas de la civilización. Algunos opinan que el hombre primitivo disfrutaba plenamente de su derecho natural a ser absolutamente libre, pero que al organizarse socialmente debió sacrificar parte de su libertad en beneficio del conjunto.

No es así. La pérdida de la libertad jamás podría ser el precio de la civilización por la sencilla razón de que no puede haber libertad sin civilización. Imposible fuera concebir la libertad individual desvinculada de un ámbito de organización y cooperación social. Sólo en la esfera de las relaciones humanas cobra sentido la idea de la libertad. Tiene razón von Mises cuando nos señala que el hombre no nació ni fue libre en sus orígenes, puesto que en el orden biológico los más fuertes dominan y vencen a los más débiles, razón por la cual nuestros antepasados, los hombres primitivos, aún no organizados socialmente, sólo eran libres hasta que tropezaban con criaturas más fuertes. Cabe afirmar, por lo tanto, que el hombre no puede ser libre si no se organiza socialmente para serlo.

Suele decirse también que el “bienestar común” exige progresivas restricciones a la libertad individual. Debemos rechazar esta cómoda y peligrosa idea sencillamente porque tal “bienestar común” no existe, es una mera abstracción. Sólo existe el bienestar de los individuos siempre y cuando éstos dispongan de suficiente libertad y medios adecuados para alcanzar sus propios y personales fines. Resulta inimaginable una sociedad bien alimentada y feliz, salvo que esté integrada por individuos bien alimentados y felices. La sociedad es una abstracción cuya existencia sería inconcebible sin los individuos que la componen. La sociedad fue voluntariamente creada por las personas cuando éstas comprendieron las ventajas de unirse y cooperar entre sí frente a las dificultades que implicaba tratar de sobrevivir aisladamente. Por lo tanto el individuo está antes que la sociedad. El llamado “bienestar común” deriva en todo caso del bienestar de los individuos que componen la sociedad. Von Mises afirmaba que en libertad las mentes más agudas y ágiles son impulsadas a promover el bienestar de las más rezagadas.

Diferente, en cambio, es el concepto del bien común siempre que con él estemos señalando las condiciones políticas y jurídicas que aseguran las libertades del individuo y a las cuales éste se subordina. El bien común es la finalidad del derecho, según veremos más adelante.

Límites de la libertad

La libertad, sin embargo, nunca es absoluta, ya que necesariamente debe el hombre someterse a tres categorías de leyes que limitan sus acciones: las leyes físicas, las leyes praxeológicas y las leyes humanas de orden público. (En cierto sentido, el orden moral también condicionaría la libertad. Jorge García Venturini afirmada que no hay libertad sin moral ni moral sin libertad. “El hombre -decía- es libre, pero no hace lo que quiere sino lo que puede, y tampoco debe hacer lo que pueda sino lo que deba”. Sin embargo, debemos advertir que esta cuestión pertenece al ámbito de la conciencia individual. Desde el estricto punto de vista de la doctrina libertad todo aquello que contribuye a fortalecer la cooperación social voluntaria es moral, en tanto que lo que tienda a entorpecer o impedir dicha cooperación debe considerarse inmoral).

Las tres categorías de leyes mencionadas arriba (físicas,praxeológicas y humanas) establecen límites a la libertad individual, pero cuando una sociedad está organizada para la libertad, estos límites tienden a expandirse en lugar de contraerse. Puede decirse que la libertad es un sistema de fronteras móviles que el hombre puede ampliar permanentemente.

fronteras001-558x600

Este concepto encierra tanta importancia para la comprensión de nuestra doctrina que es conveniente demorarnos en una más detallada explicación.

Todo el mundo acepta la soberanía de las leyes físicas como razonable límite a la libertad. No ocurre así con las leyes praxeológicas que, por desconocimiento, suelen ser resistidas por las personas. Esto se refleja en las leyes humanas. Cuando la sociedad dicta sus leyes de orden público, respeta escrupulosamente la jurisdicción de las leyes físicas. Ninguna ley humana, por ejemplo, puede contradecir la Ley de gravitación universal de Newton. Sin embargo, las leyes humanas suelen extralimitarse en lo referente a las leyes praxeológicas cuyas zonas invaden por desconocimiento.

Absurdo sería aun para el más ignorante decir que un hombre no es libre porque no puede arrojarse desde un décimo piso y volar como las aves. Cualquier necio comprende las leyes físicas que impiden hacer tal cosa. Sin embargo, cuando se trata de juzgar la suba de precio de un producto que escasea, pocos son los que advierten (aún entre los más cultos) la existencia de leyes praxeológicas que producen ese fenómeno, y la mayoría prefiere culpar a los comerciantes y exigir la intervención del Estado en resguardo de la “libertad” de comprar barato. En muchos casos (en la Argentina y en muchos otros países, sobre todo en tiempos de inflación o de crisis) este reclamo popular induce al legislador a sancionar leyes arbitrarias que comprimen las libertades individuales, vulneran el derecho de propiedad y alteran el orden espontáneo del mercado agravando aun más el problema que se pretendía solucionar. (Comprobaremos más adelante que la “libertad de comprar barato” es equivalente a la “libertad de volar”. Tan ilusoria una como la otra, salvo que atinemos a ampliar inteligentemente las fronteras móviles de la acción humana, en cuyo caso ambas serán posibles.)

El hombre nunca podrá lograr absolutamente todo lo que se propone. Sus deseos son ilimitados, pero las posibilidades de que dispone para satisfacerlos son siempre escasas. Por eso su libertad se halla necesariamente restringida y condicionada a esfuerzos y sacrificios personales para ampliar sus límites.

Las leyes físicas y las leyes praxeológicas son dóciles con quienes las entienden y respetan. Pero castigan implacablemente a quienes las llevan por delante. “La naturaleza no consiente burlas -escribió Goethe-, es siempre verdadera, siempre seria, siempre rigurosa; tiene siempre razón, y los errores y equivocaciones son siempre de los hombres. Ella repudia al inepto y se rinde tan sólo a quien es capaz, verdadero y puro, revelándole sus secretos”

Pero así como las leyes físicas y las leyes praxeológicas ofrecen flexibilidad en el trazado de sus límites a la libertad individual, con la sola condición de que el hombre sepa descubrir y respetar sus postulados, las leyes humanas, cuando pretenden modificar la naturaleza de las cosas, crean barreras rígidas que reducen arbitrariamente la esfera de la acción humana. No hay forma de ensanchar las posibilidades del hombre dentro de un sistema jurídico que pretenda crear y conceder derechos contrarios al orden natural, cuando sólo debiera limitarse a proteger la propiedad privada, la libertad de todos y el ámbito de la convivencia pacífica.

Nadie se rebela contra las leyes físicas cuando son éstas las que se oponen a los caprichos humanos- Pero cuando se trata de leyes praxeológicas las personas suelen resistirse a sus designios simplemente por ignorancia, y en lugar de buscar las soluciones por los cauces que esas mismas leyes les ofrecen, prefieren inducir a los políticos a dictar leyes que expropien (porque de eso en definitiva se trata) los frutos del trabajo de unos en beneficio de otros, creyendo que la falla está en la distribución de la riqueza. Todos pierden libertad y prosperidad por este camino. La invocada “libertad de comprar barato” (que ciertamente no puede concederse por decreto por ser ella el resultado laborioso de comprender y respetar las leyes praxeológicas) se transforma así en una aspiración ilusoria.

Las leyes físicas le dicen al hombre que no puede volar, pero al mismo tiempo le sugieren las soluciones científicas para fabricar una máquina voladora. ¿A quién se le ocurriría pedir al gobierno la derogación de la ley de Newton en resguardo de la “libertad de volar”? Tan sólo respetando esta ley y otras leyes físicas ha podido el hombre volar libremente como los pájaros.

Ahora apliquemos este razonamiento a las leyes praxeológicas. Si un producto comienza a faltar en el mercado, es natural que suba de precios, porque hay una ley praxeológica que se llama “Ley de la oferta y la demanda” que dice que si muchas personas desean al mismo tiempo un bien escaso, se producirá una competencia entre los potenciales consumidores quienes ofrecerán más dinero para quedarse con el producto anhelado. El precio que finalmente se forme en el mercado debido a esta presión de la demanda será el factor selectivo que se encargue de segregar quiénes pueden pagar de quiénes no pueden hacerlo, ya que si así no ocurriera, la violencia o el azar serían los que decidirían a manos de qué consumidores irían a parar las limitadas existencias disponibles.

Puede parecer injusto que en una sociedad civilizada unos puedan pagar y otros no. Sin embargo no es así. Von Mises nos explica en La acción humana que la desigualdad económica entre las personas es en sí misma el resultado de una previa selección del mercado, el cual, en decisiones que se modifican todos los días, hace a la gente rica o pobre, triunfadora o fracasada, según haya sabido o no interpretar y satisfacer los caprichos de… nosotros los consumidores.

Por otra parte, para comprar un producto a un determinado precio, no basta solamente con “poder pagar”, también es indispensable estar dispuesto a hacerlo. Recordemos que todo intercambio comercial se produce únicamente si cada parte valora en más lo que recibe que lo que da. Por consiguiente, habrá consumidores que no aceptarán el precio de un bien deseado a pesar de contar con el dinero necesario, sencillamente porque no lo considerarán un buen negocio y preferirán destinar sus limitados recursos a la compra de otros bienes aun más deseados.

El precio de mercado (esto lo veremos detalladamente más adelante), como fenómeno social selectivo, se produce por influencia de muchos factores concurrentes en cada consumidor y en cada vendedor. Algunos de estos factores son de carácter subjetivo (valor atribuido, preferencia, necesidad, emotividad), y otros, rigurosamente objetivos (capacidad económica, apremio legal, etc.)

Pero retornemos a la cuestión de las leyes praxeológicas. Si bien el fenómeno de los precios nos suele llamar la atención únicamente en aquellos productos que experimentan alteraciones en su abastecimiento, se verifica, en rigor, en todos los bienes y servicios que existen, ya que la oferta siempre es menos a la demanda potencial.

Es la escasez (combinada con su utilidad) lo que convierte a las cosas en bienes económicos. Todo cuesta, todo es dificultoso, todo tiene su precio porque todo lo útil o bien es difícil de obtener, o es obra de la creatividad y del esfuerzo humano. Sólo el aire abunda en todas partes, y por eso no tiene precio. El agua, en cambio, tiene valor comercial en muchos lugares, y aun donde abunda, debe pagarse por el servicio de su potabilización y traslado a los domicilios. Decía Röpke: “Toda sociedad debe confrontar el hecho de que, por un lado están nuestros deseos ilimitados, y por el otro, nuestros limitados recursos para satisfacer dichos deseos”. Es por ello -según ya lo hemos dicho antes-  que nadie ve totalmente satisfechas sus ambiciones. Y cuando alguien se enfrenta a dos cosas que desea ardientemente pero que no puede obtener al mismo tiempo, debe siempre elegir una y renunciar a la otra.

Estas leyes praxeológicas parecen muy antipáticas porque se empeñan en poner freno a nuestros antojos y caprichos. Sin embargo, son estas mismas leyes las que nos enseñan a economizarrecursos escasos a la vez que nos revelan sus secretos sugiriéndonos la forma científica de producir más y mejor para satisfacer cada vez en mayor medida nuestros ilimitados deseos.

Respetando las leyes praxeológicas logramos ampliar sus fronteras y con ellas el campo de las posibilidades humanas. La libertad de comprar barato resulta así tan posible como la libertad de volar. Nada más destructivo para el hombre civilizado que ir contra ellas. Tan vano resulta fijar precios y salarios por decreto (por mencionar tan sólo una de las insensateces de la política moderna, como derogar la ley de Newton.

La libertad debe ser de todos

Ahora bien, de la misma manera que nadie puede considerarse menos libre porque debe obedecer las leyes físicas y las leyes praxeológicas, tampoco puede hablarse de pérdida de libertad cuando el hombre debe respetar los límites que le imponen las leyes humanas, siempre que estas leyes tengan por finalidad únicamente la protección del individuo y la defensa de la libertad de todos. Si las leyes humanas van más allá de este objetivo -que es, por otra parte, su única justificación- la libertad individual es irremediablemente lesionada.

“El derecho -escribe Kant- puede definirse en general como la limitación impuesta a la libertad de un individuo hasta donde lo permite su acuerdo con la libertad de todos los otros individuos, en cuanto ello es posible por medio de una ley universal”.

Y recordemos a nuestro Alberdi: “Lo que llamamos nuestro deber no es más que la libertad de los otros: es la libertad nuestra que paga el respeto que debe a la libertad de otros”

La libertad, pues, debe ser de todos, y ella presupone la existencia de un contexto de cooperación e interdependencia social y la ausencia de coacción. Más allá de los límites impuestos por la libertad de los demás, el individuo libre disfruta de una amplia esfera de actividad privada en la cual no pueden intervenir los otros ni la sociedad.

A cada integrante de la sociedad le conviene que sus vecinos y conciudadanos desarrollen al máximo sus energías creadoras a fin de que el aporte de cada uno de ellos hacia la comunidad sea el máximo que su capacidad le permita. Un país con abundancia es un país donde todos producen y se benefician con la diversidad creciente de posibilidades y recursos. Ahora bien, si la libertad individual (según lo hemos visto en el capítulo anterior) es la condición indispensable para el fenómeno productivo se multiplique geométricamente mediante la liberación de las energías creativas individuales, es natural que todos nosotros, desde el más pobre al más rico, tengamos especial y personal interés en la libertad de los otros. En las antiguas monarquías absolutas el rey no era más libre que sus siervos: no podía curar sus enfermedades, no disponía de medios para viajar cómodo y seguro, no había calefacción en sus húmedos y fríos aposentos, no era dueño de darse una ducha caliente ni de hacer sus necesidades en un cómodo sanitario.

“¡El Estado soy yo!”  “¡Después de mí el diluvio!”  Así expresaban su arrogancia los soberanos absolutos cuya autoridad de origen divino les concedía la potestad sobre vidas y haciendas de sus súbditos. Sin embargo no podían disfrutar de las mínimas comodidades que hoy tiene a su alcance el más humilde obrero de un país capitalista. Con todo acierto William Allen White dijo que la libertad es la única cosa que uno no puede tener sin estar dispuesto a que los demás también la tengan. Porque si yo tengo libertad para trabajar, comerciar y poseer bienes y las demás personas no la tienen, no podré intercambiar nada con ellas, por lo cual no dispondré de aquellos indispensables medios que sólo la múltiple creatividad de los otros podría proporcionarme. Y sin tales medios, de poco habrá de servirme la libertad, pues mis posibilidades de elección serán casi nulas. Por el contrario, si todos somos libres, aún el más pobre recibirá parte de la riqueza creada por todos. “La vida del hombre medio es hoy más fácil, cómoda y segura que la del más poderoso en otro tiempo. ¿Qué le importa no ser más rico que otros, si el mundo lo es y le proporciona magníficos caminos, ferrocarriles, telégrafo, hoteles, seguridad corporal y aspirina?” (Ortega y Gasset, La rebelión de las masas).

Yo viajo diariamente en autobús. Mi asombro se renueva en cada uno de esos fantásticos viajes. Confortablemente sentado en una mullida y bien tapizada butaca individual, suelo preguntarme si no estoy soñando al desplazarme velozmente como en un cuento de hadas por lisos y bien nivelados pavimentos, protegido del frío y de la lluvia por grandes y transparentes ventanilla. Cuando llego a destino, oprimo un botón y como en el país de las maravillas de Alicia, el vehículo se detiene y la puerta trasera se abre para que yo, el soberano del siglo XX, pueda descender. ¿Cómo es posible no asombrarse frente a ese prodigio de la civilización? ¿Es que a alguien puede parecerle cosa natural un autobús circulando a frecuencia regular al servicio de la gente? Yo, al menos, no lo creo así. Soy consciente de que cada vez que hago ese fantástico viaje estoy recibiendo generosamente la cooperación acumulada de millones de personas que trabajaron, estudiaron, crearon, inventaron, ahorraron e invirtieron para que yo, por unos centavos, me pueda dar diariamente ese lujo inconcebible en otros tiempos. He ahí un sencillo ejemplo -a menudo inadvertido- de lo mucho que nos beneficia la acumulación de capital y la creatividad libremente expresada.

Gracias al capitalismo, cualquier trabajador recibe de millones de personas que jamás conocerá, más servicios y ventajas personales que los que obtenía a fuerza de látigo un señor feudal de sus esclavos.

Fácilmente deducimos, entonces, que el principal interés de toda comunidad consiste en asegurar a todos por igual el ejercicio de la libertad individual, creando leyes y costumbres tendientes a tal fin y abjurando del principal enemigo de la libertad, la divinización del poder, ya sea en su forma individual o colectiva.

El Estado y el orden jurídico 

Recapitulando, recordaremos que libertad individual es aquella condición por la cual todo hombre disfruta de una amplia esfera de actividad privada en la cual los demás no pueden interferir.

Si quisiéramos analizar el significado de la libertad desde un punto de vista negativo, deberíamos definir la esclavitud. Para ello nada mejor que recurrir a Herbert Spencer. Decía este pensador que esclavo es alguien que trabaja sometido a coerción para satisfacer los deseos de otro, y el grado de severidad de la esclavitud a que está sometido depende de la mayor o menor medida en que el esfuerzo es aplicado compulsivamente en beneficio de otro en lugar de serlo en propio beneficio.

Hemos analizado hasta aquí las dos condiciones extremas de un hombre: la total libertad individual (limitada por las físicas, las leyes praxeológicas y las leyes humanas), y la máxima esclavitud posible (también limitada por la última y trágica libre opción del esclavo: obedecer o suicidarse). Todos los infinitos estados intermedios que puedan imaginarse entre ambas condiciones extremas, son exponentes de pérdida de libertad del hombre. No es una exageración tautológica afirmar que el hombre nunca es más o menos libre, sino más o menos esclavo. La condición del hombre libre es una sola: no absoluta ni ilimitada, como queda dicho, pero sí susceptible de constante perfeccionamiento. Nadie puede considerarse libre “a medias”. Sólo se puede ser esclavo a medias.

Ahora bien, cuando se pierde la condición de hombre libre, la disminución progresiva de la libertad no se detiene. Lamentablemente esto ocurre en forma gradual y las personas no advierten lo que les está sucediendo, sobre todo cuando la pérdida de la libertad se produce por el avance del Estado sobre el ámbito de acción privativo de los particulares, en violación de las leyes praxeológicas del mercado, provocan desocupación de un sector laboral en beneficio de los obreros que conservan sus empleos. Con esta arbitrariedad no solamente limitan la libertad del empleador -y del consumidor, que en definitiva es quien fija precios y salarios- sino que también limitan la libertad de los propios trabajadores que quizás preferirían trabajar por un sueldo menor antes que quedar sin empleo.

Los límites del Estado han sido siempre un motivo de discusión, ya que de la misma manera con que algunos pretenden llevar su poder hasta extremos en que el hombre se transforma en su siervo, otros pretenden negar toda forma de autoridad política, aduciendo que el menor atisbo de coerción gubernamental implica pérdida de libertad.

Ninguna de ambas posiciones es aceptable. Es más, constituyen las dos caras de una misma moneda totalitaria: el colectivismo y el anarquismo.

Von Mises se encargó de aclarar, con estas palabras los fundamentos del orden jurídico en un sistema de libertad: “Mientras el gobierno, es decir, el aparato social de autoridad y mando, limita sus facultades de coerción y violencia a impedir la actividad antisocial, la libertad individual prevalece intacta. Esta coerción no limita la libertad del hombre, pues aunque éste decidiera prescindir del orden jurídico y el gobierno, no podría al mismo tiempo disfrutar de las ventajas de la cooperación social, y actuar sin frenos obedeciendo a sus instintos de violencia y rapacidad”.

En efecto, cuando el hombre delega la defensa de su libertad en una organización social, no renuncia a dicha libertad, ya que lo que quiere es precisamente preservarla. A lo que renuncia es a la irracionalidad y a la violencia. Por eso el hombre no puede ser libre si no se desenvuelve en un medio social donde todos los hombres hayan pactado cooperar entre sí para ser libres.

Es obvio que los gobiernos carecerían de toda justificación moral si los hombres no tuvieran aquellos instintos de rapacidad y violencia que los llevan a enfrentar permanentemente entre sí. De no existir reglas estipuladas de convivencia y una fuerza defensiva organizada, los más fuertes e inescrupulosos terminarían por someter a los más débiles e indefensos. La justificación moral de todo gobierno se nutre en un derecho natural de todo ser viviente: usar de la fuerza para defenderse de las acciones destructivas de los demás.

Nadie pone en duda que el derecho más elemental e incuestionable de todo ser humano es el derecho a vivir y a conservar la propia existencia. Este derecho, lógicamente, implica el uso de los medios adecuados para la obtención del sustento y la preservación de la vida y la salud. (Recuérdese que hay una sola cosa que el hombre puede hacer sin medios: dejarse morir). Ahora bien, si admitimos el presupuesto del derecho a la vida y al uso de los medios idóneos para defenderla, fácilmente deducimos que el hombre es libre para elegir, usar y disponer de una variedad ilimitada e imponderable de dichos medios con los cuales ha de conservar la vida, ponerla a cubierto de futuros riesgos, asegurar la supervivencia y bienestar de los hijos, acumular reservas para la vejez y eventuales enfermedades y, finalmente, alcanzar fines superiores. Nadie puede razonablemente negarle al hombre tales lógicas atribuciones, con lo cual queda claramente perfilado su derecho natural e inalienable a poseer bienes y disponer libremente de ellos. He aquí el sentido de la propiedad privada.

Pero la propiedad privada sería ilusoria si no se la protegiera en forma efectiva mediante el orden jurídico. Los más fuertes y violentos impedirían este derecho a los más débiles y terminarían por apropiarse de todo. La vida humana se extinguiría en el planeta.

En todos los tiempos han existido hombres pacíficos y hombres violentos. Hombres buenos y hombres malos. Los pacíficos han intentado vivir en comunidad, trabajando, creando e intercambiando libremente el fruto de su trabajo. Pero los violentos, han utilizado sus energías destructoras para imponer su voluntad a sus semejantes y apropiarse por la fuerza de las energías creadoras de los demás.

He aquí, en esta realidad de la condición humana, la primera amenaza a la libertad del hombre. Caín impone su violencia homicida sobre el pacífico Abel. El Antiguo Testamento nos muestra descarnadamente esta trágica circunstancia que habrá de acompañar eternamente el destino del hombre: la libertad y su amenaza permanente. El hombre pacífico frente a su tirano, el hombre violento.

Como se recordará, Leonard Read define a esta realidad como “el único problema social que existe”, ya que todo lo demás queda en la jurisdicción de lo creativo y lo individual.

Según hemos visto, el derecho a la vida y a conservar la propia existencia, implica necesariamente el derecho a la libre elección de los medios con los cuales lograr tales primarios fines. No cabe pues duda de que la libertad individual es un derecho anterior al hombre mismo ya que proviene de su Creador que lo dotó de la voluntad de vivir y del instinto de la supervivencia. La libertad, sin embargo (y esto también lo dijimos), sólo es posible en un contexto de organización social, ya que el hombre primitivo jamás pudo ejercerla. Es, por lo tanto, un derecho que requiere el voluntario propósito de cultivarlo (la conciencia del hombre libre es, en rigor, un estado cultural), un derecho que exige una clara convicción de su conveniencia social y, sobre todo, una firme decisión de preservarlo. La manera moderna de ejercer la libertad individual (sobre todo en el plano económico que es donde alcanza su máxima significación social) constituye, como afirmamos al principio de este capítulo, la gran conquista de la civilización occidental. Pero una conquista constantemente amenazada y puesta en tela de juicio. Por ello la libertad es un derecho que debe ser defendido todos los días, un derecho ligado a la vida misma que -al igual que ésta- se halla expuesta a mil peligros y acechanzas.

Por esta razón la libertad no es posible sin los medios adecuados para defenderla. Ahora bien, cualquiera tiene el derecho moral de impedir las acciones destructivas de los demás. Pero, por las razones que analizaremos a continuación, el hombre pacífico no puede enfrentar por sí mismo a los seres violentos que amenazan su libertad.

En primer lugar porque el hombre pacífico que dedica todas sus energías creativas a su trabajo, no puede estar de vigilante, temeroso de las acechanzas de los demás. Y aunque así lo hiciera, su reducido ámbito de información no le permitiría conocer los peligros que se ciernen sobre su vida y bienes, tramados a veces a mucha distancia.

Porque si cada individuo se hiciera cargo personalmente de su propia defensa, tendríamos en la Argentina 35 millones de tribunales de justicia, cada cual con su propia concepción del derecho.

Porque al hombre sólo le está moralmente permitido usar la “fuerza defensiva” y jamás la “fuerza agresiva”. La diferencia entre ambas es demasiado sutil para que cada cual la interprete a su manera.

Y finalmente el argumento más convincente: porque si se trata de imponerse por el uso de la fuerza, es imprescindible el empleo de las armas, y en este terreno siempre ganan los que las manejan mejor. Entre un hombre laborioso y pacífico y un delincuente, sin duda este último habrá de manejar más hábilmente las armas. Si cada cual estuviese librado a su propia defensa, los delincuentes no tardarían en erigirse en gobernantes y someter por la fuerza agresiva a todos los seres pacíficos.

Con lo cual no podemos sino llegar a la siguiente conclusión:El hombre debe delegar la defensa de su libertad en una organización que utilice con carácter de monopolio la fuerza defensiva, a fin de enfrentar -orgánica y eficientemente- el único problema social que existe: las agresiones de algunos individuos contra la libertad individual. De ahí la necesidad de que exista un gobierno y un orden jurídico.

La organización de un Estado sólo se justifica, entonces, en la necesidad de los individuos de defenderse contra las acciones humanas que inhiben la energía creadora y su libre intercambio. Un gobierno justo deriva de esta única motivación: la necesidad común de todos los hombres de protegerse contra aquellos que quisieran limitar sus posibilidades creativas.

“El principio que justifica la organización, por parte de la sociedad, de una función defensiva -nos advierte Leonard Read-, impone limitaciones a lo que debe realizar dicha organización. En una palabra, la limitación del derecho reside en la propia justificación del derecho.La fuerza es una cosa peligrosa. Por lo tanto, la función organizada de la sociedad es un instrumento peligroso. Contrariamente a lo que algunos sostienen, no es un mal necesario. Siempre que se limite a su debido alcance defensivo, es un bien positivo. Cuando excede sus justas limitaciones y se convierte en una agresión, no es un mal necesario sino un mal, directamente.”

Es simple deducir que las facultades de un Estado están limitadas por los mismos principios que justificaron su creación. Si ningún individuo tiene el derecho de gobernar a otro, mucho menos la asociación de muchos individuos (el Estado) formada precisamente para proteger a sus integrantes de aquellos que aspiran a imponerles su voluntad por la fuerza, podría asumir facultades que el individuo no tiene. Es decir, si yo me organizo junto a otros individuos en una sociedad para evitar que los merodeadores violentos intenten limitar mi libertad, mal puedo aceptar que esa misma sociedad vaya más allá de sus fines y avance sobre los derechos para cuya preservación fue creada.

Podemos, en fin, hacer un resumen de lo expresado hasta aquí diciendo que el ámbito donde la criatura humana puede desarrollar al máximo sus potencialidades creativas e intercambiar libremente sus energías en una cooperación voluntaria que beneficia a todos, es la libertad individual. Como dicha libertad está siempre amenazada, el hombre debe hacer algo para preservarla. El Estado, pues, es la consecuencia de la necesidad del hombre de proteger su libertad. Por tal razón el Estado es una organización subordinada al hombre que tiene, por definición, facultades estrictamente limitadas. Si estos límites defensivos son sobrepasados, cosa que ocurre hoy, lamentablemente, en todos los países del mundo, el individuo pierde independencia y ve interferida y reducida su esfera privada de acción.

Digamos, para finalizar este capítulo que existen dos tipos de fuerza  según ya lo insinuamos antes: la fuerza defensiva y lafuerza agresiva. La primera es un derecho indiscutido de todo ser viviente sobre la tierra. La segunda, en cambio, es siempre inmoral y socialmente destructiva. La violencia agresiva sólo es legítima en el mundo salvaje, en medio de la competencia biológica por la supervivencia.

 La competencia social propia del hombre civilizado se basa en la cooperación y en la búsqueda de ganancias mediante un mejor servicio a los demás. Decididamente, toda forma de agresividad es dañina y antisocial.

Hemos visto que el hombre se ve precisado a delegar en el cuerpo político de la sociedad, el uso de la fuerza defensiva. Ahora bien, si nadie tiene el derecho moral de emplear la fuerza agresiva contra sus semejantes, nadie tampoco puede delegar en el gobierno ese derecho que no tiene. Además, lo que no puede hacer un solo individuo, tampoco lo puede hacer un grupo de individuos o una sociedad. Sólo la fuerza defensiva podemos moralmente utilizar, y sólo la fuerza defensiva delegamos legítimamente en el gobierno,

Sin embargo, los gobiernos suelen atribuirse derechos y facultados que los individuos no tienen. A raíz de esta extralimitación, la fuerza defensiva del Estado puede transformarse, casi inadvertidamente, en una fuerza agresiva y volverse contra aquellos mismos a los cuales debiera proteger.

El padre del liberalismo político, John Locke, ha dicho que la grande y principal finalidad de los hombres que se unen en república y se someten al gobierno es el mantenimiento de su propiedad. Podríamos agregar que la única función de un gobierno republicano es defender la propiedad privada, amparar la libertad de los ciudadanos y asegurar la convivencia pacífica.

Podemos afirmar que todo empleo de la fuerza agresiva por parte del gobierno atenta contra la propiedad, reduce las esferas privadas de acción, inhibe las energías creadoras de los individuos y disminuye las posibilidades y recursos globales perjudicando a toda la sociedad. En este aspecto la doctrina liberal es, como acertadamente la definió Carlos Sánchez Sañudo, la doctrina de la limitación del poder.

En resumen: el orden social de la libertad es un inteligente sistema de fronteras móviles que el hombre puede ensanchar hasta el infinito siempre que tenga la sabiduría de armonizar sus propias y falibles leyes con aquellas otras leyes perfectas que el Creador estableció en todo el Universo para nuestro exclusivo uso y beneficio.

La manada magrebí: 10 inmigrantes violan y… ¡los medios lo ocultan!

violadores

El mes pasado 10 magrebíes violaron (violaron de violar, violar) en el piso donde vivían, en Alicante, a 3 chicas de 14, 15 y 17 años, grupalmente y durante horas. Por esta noticia han pasado algunos medios de puntillas…

Por Victor Sánchez

¿Quiénes escriben el guión de lo que pasa en España? Los MEDIOS DE COMUNICACIÓN. Y aquí tenemos uno de esos casos donde el pueblo zombificado baila al ritmo que le marcan los medios.

Estos días, ves a todo el mundo en Facebook (pero todos es TODOS) expresando su repulsa contra ‘la manada española’ ante la sentencia de 371 folios que, por supuesto, no piensan leerse, aunque ello conlleve llevar la contraria a jueces que llevan dos años de sumario, y que han tenido acceso a vídeos que no son públicos.

Pero vamos al meollo, el mes pasado 10 magrebíes violaron (violaron de violar, violar) en el piso donde vivían, en Alicante, a 3 chicas de 14, 15 y 17 años, grupalmente y durante horas. Por esta noticia han pasado algunos medios de puntillas…

En una tertulia, en un famoso programa de televisión, el otro día un contertulio sacó a colación la noticia y… cambiaron rápidamente de tema. A ver, señores, seamos sinceros, seamos honestos ¿Por qué de esto no y eso sí? ¿Cuál es la diferencia? ¿Por qué los MEDIOS DE COMUNICACIÓN deciden ascender la historia de la manada a noticia de alcance nacional, y la historia de la manada magrebí es ocultada? ¿Alguien sabe responderlo? ¿Por qué no tenemos “manada magrebí”? ¿Por qué tenemos monográficos, programas especiales, reportajes y dos de pecho televisados cada dos por tres?

Pues la respuesta es fácil. Porque los medios son máquinas de enfrentar y de generar odio y rencor, pero de igual manera que cuando se dispara y hay que apuntar, cuando se genera odio también hay que apuntar. Y generar odio contra el hombre, el patriarcado y España parece ser lo único correcto, pero invocar las terribles ventiscas del odio contra 10 magrebíes es estimado “no conveniente”, o no “suficientemente constructivo”.

Y los mismos que el mes pasado, con el horrible asesinato del pequeño Gabriel, hacían control de daños, llamaban a no legislar en caliente, o incluso decían “todos somos Ana Julia” (artículo de un concejal de IU en Madrid), y por supuesto hablaban de que el objetivo de la cárcel es la rehabilitación y no la venganza con la cuestión de la Prisión Permanente Revisable, esos mismos se suman hoy a las masas enfurecidas, pidiendo modificar la legislación en el acto, no ya en caliente sino en ardiendo, y se suman a la escalada verbal contra “la manada” (de energúmenos, que lo son), respecto a la que los MEDIOS han concedido que hay bula para odiar y odiar todo lo que, cuando se trata de los 10 magrebíes, callan todos como putas.

Y ahora vendrá alguno o alguna a decirme a mí, que tengo madre y mujer, que me parece bien lo de la manada. Es el precio que se paga en España por ser un poco coherente. Vivimos en una colonia de hipócritas, pero sobre todo de patéticas marionetas de los medios de comunicación…

15727100_1801226123449739_7048532836610571024_n