Etiqueta: MISTERIO

NO TENGO SUEÑO (RELATO)

 

Fin de semana. Como muchos Samuel pasa las noches solo en su casa, sin amigos más que sus padres,y con su hermanita que juega a la fuerza a las muñequas con él, ¿patético, no?.

 

Ya pasada la media noche decide salir a la puerta de su casa,echando un vistazo solo encuentra oscuridad,decide salir a caminar, los perros le ladran, está solo. Llegando a la esquina mira como unos muchachos devuelven lo consumido en una fiesta cercana , patéticos como Samuel.

 

Sigue, ya van dos calles y sigue sin siquiera estar cansado. Decide doblar y bajar hacia la avenida principal. Está a dos calles de ella, pero dobla y se encuentra caminando por la calle paralela a su casa. Sin mucha iluminación, estando casi a mitad del camino, ve sentado a un niño llorando no mayor a 10 años. Se acerca, decide preguntarle su nombre, sigue llorando pero le contesta.

 

«Mi nombre es Luis, me duele mucho». Samuel un poco nervioso mira a su alrededor, se pregunta qué hace un niño a esas horas en la oscuridad; lo levanta con cuidado, lo mira bien: no tiene un solo rasguño, pero Luis sigue diciendo lo mucho que le duele…

 

-Vamos, dime dónde está tu casa y cómo se llaman tus padres.

 

Luis señala con un dedo la dirección. No están lejos. Lo carga en brazos y caminan.

 

-Estamos cerca, Luis.

 

-Sí, es allí -apunta con su manito.

 

-Toca el timbre, te abrirá mi mamá, se llama Shara.

 

Lo baja lentamente le dice que espere. Toca un par de veces seguido,una luz se prende en el interior y alguien se asoma por la ventana, sale y es su madre.

 

-¿Quién llama?, es muy tarde, diga su nombre

 

-Me llamo Samuel, vivo en la calle paralela a ésta. Salí y encontré a su hijo llorando, dice llamarse Luis.

 

La madre sale apresurada, al escuchar el nombre de su hijo.

 

-¿Dónde está?, ¿está bien? Dígame…¿cómo conoce a mi hijo?…

 

Samuel mira atrás suyo, le tiemblan las piernas, se queda paralitico, y solo atina a decir “ no está”. Mira a su alrededor, se queda mudo. Su madre insiste en saber dónde está su hijo. Entonces recuerda que hace como una hora su padre y Luis fueron a buscar una farmacia para un medicamento que necesitaba su hijo. Recuerda que salió en moto y ya debían de llegar.

 

Le pide a Samuel que lo acompañe a la avenida, su madre presiente algo.Llegando miran a su alrededor, deciden caminar en dirección a la farmacia, a un lado del camino una moto está desecha y dos cuerpos yacen cerca, sangrando inconcientes los dos.

 

-Busca ayuda rápido. Samuel no sabe qué hacer, logra hacer parar un auto, le pide ayuda, llaman a una ambulancia. Tarda 10 minutos en llegar, los examinan. Sobrevivirán.

 

La madre de Luis da gracias, gracias a Samuel y le pregunta qué hacía a esas horas por allí. Samuel, entre tartamudeos, solo alcanza a decir “no tenía sueño», y «salí a caminar”.

 

Llega a su casa, se pregunta si lo que pasó esta noche fue real, si no lo soñó. El patético de Samuel no sabe que, gracias a su patética vida sin amigos, sin novia o algo en que ocupara su triste existencia, ayudó a una familia.

 

Entra a su casa con la miranda quién sabe dónde. Su madre sale a preguntarle dónde fue a estas horas, y el patético (bueno, ahora no tan patético) de Samuel solo alcansa a decir: “no tenía sueño, salí a caminar”.

AUTOR: loko21 

FUENTE:  Escalofrio.com

 

 

KARMA DE SANGRE.

 

POR: tonyjfc

 

Nunca se enamoraba, era una norma. Nunca se acercaría a chicas demasiado atractivas o que tuvieran esa chispa peligrosa. Sus amigos le admiraban porque era capaz de liarse con la chica que se propusiera, lo que no sabían era que él sabía perfectamente a lo que podía aspirar. En aquella ocasión, Jaime le señaló a una pelirroja y le enseñó un billete de diez euros.

 – Esta vez tendrás premio si te ligas a esa. Fíjate, ha rechazado ya a tres tíos mazas -le retó.

Echó una mirada y vio que la chica estaba sentada en la barra, sola, aburrida, como si estuviera esperando a alguien. Justo en ese momento se le acercó otro chico, un tío de casi dos metros de alto que parecía jugador de baloncesto. Su sonrisa confiada tardó apenas dos segundos en convertirse en una expresión de odio profundo. No podía verle bien la cara a la chica, pero tenía una malla negra y una blusa ceñida que hacía adivinar el cuerpazo que tenía. En un momento giró la cabeza y vio uno de los rostros más bonitos que había visto en su vida. Su mirada era al mismo tiempo confiada y melancólica.

– Lo siento, esa mujer espera a alguien, es casi imposible -explicó Charly.

Jaime soltó una carcajada jocosa y se llevó la mano a la cartera.

– Tío, sé que puedes hacerlo pero necesito verlo. Esa tía está que rompe y tú no fallas nunca.

Está bien,… -Rebuscó en su cartera y extrajo un billete de veinte euros.

– No voy a… -Iba a protestar.

– Este dinero no es para que te la ligues tú, sino para que me ayudes a conocerla. Si puedo enrollarme con esa tía podré morir con una sonrisa en la boca, ¿entiendes?

– Es casi imposible para mí, ¿cómo puedes esperar que te la consiga a ti?

Jaime se sintió ofendido.

– Tú tienes la labia, macho. Yo tengo el cuerpo.

 – Sí claro -replicó Charly. – Cincuenta euros -zanjó Jaime-.

Ahora no tengo tanto, pero te lo doy mañana.

Tío, ese caramelo tiene que ser mío.

– Me das pena -se burló Charly-.

Voy a intentarlo pero si no puede ser, luego no me llores con que te dejó en ridículo.

– Eso es imposible, mi leyenda -señaló hacia su pene, con suma confianza-, siempre satisface a las tías. Lo que me falla es al conocerlas, no sé qué decirles.

Tú preséntanos que yo haré el resto.

 – Como quieras -respondió-. Tú espera aquí. –

Tú puedes, avísame campeón.

Jaime le dio una palmada en el pecho. Charly se acercó a la barra con confianza y se metió entre la chica y el que estaba a su lado, luchando por conseguir una copa.

 – Hola -se presentó, ofreciendo su mano-. Tengo una cosa que proponerte.

 – Piérdete -respondió ella enojada.

– No lo entiendes…

 – Tú sí que no lo entiendes, gilipollas -replicó ella, con la mirada de odio más fuerte que nadie le había echado nunca-. O te largas o tendré que hacerte daño.

– Pero solo es… Los ojos marrones de la pelirroja se incendiaron y por un momento pensó que habían cambiado de color e incluso se habían iluminado en un tono rojo sangre. Le dio tanto miedo que dio varios pasos atrás y tropezó con otros que pasaban por allí.

– ¡Mira por donde andas! -escupió uno al que pisó.

– Perdona…

Volvió con Jaime y éste le miraba con evidente decepción.

– ¿Qué ha pasado? -Preguntó, intrigado.

– Colega, esa tía no es para nosotros. Más vale que te fijes en otras.

 – No me fastidies. ¡Me debes cincuenta napos! Charly negó con la cabeza. Nunca debió aceptar esa estúpida apuesta, no tenía ni para pagar una copa más.

– Espera, espera, lo intentaré de nuevo.

Jaime sonrió. – Ese es mi colega. ¡Dale caña campeón! Charly se dio la vuelta bastante nervioso. La pelirroja era increíblemente atractiva y encima era una tía con carácter. Ahora le atraía mucho más que al principio y pensó que si la conseguía entrar y ligársela prefería perder los cincuenta euros y quedársela para él. Aunque parecía tan difícil que en lo único que podía pensar era en no perder la apuesta. Solo tenía que conseguir presentársela a Jaime, eso no debía ser tan difícil. Se volvió a acercar a ella y se puso en la barra como si fuera a pedir una copa a su lado. No pasó por alto que la chica le miraba con bastante fastidio.

– Camarero -llamó Charly.

 Ella le ignoró por completo. Volvió a dirigir su atención al resto de la gente, como si buscara a una persona.

– ¿Qué quieres? -Preguntó el camarero, al verle gesticular tanto.

– Ehm… Dame un Malibú con piña, por favor.

Sin decir nada, el camarero se puso manos a la obra para prepararle la mezcla.

 – ¿Quieres que te pida algo? -Preguntó, como si le hiciera un favor a la pelirroja.

– Piérdete -replicó ella, enojada.

 – Mira, te voy a ser sincero -respondió él, como si no la hubiera escuchado-. ¿Ves a ese chico de allí?

– ¿Aún sigues hablándome? -exclamó ella.

– Si vas a hablar con él, te doy veinticinco euros. Puedes decirle que se vaya a la mierda, no importa, pero ve y habla con él.

La pelirroja se volvió lentamente y le miró como si no pudiera creer lo que oía.

– Sabes qué… -sonrió, le mostró los dientes más perfectos y bonitos que había visto nunca.

– ¿Vas a ir?

 – No, vamos a salir fuera tú y yo… Me impresiona tanta insistencia. No parecía una proposición indecente sino una amenaza.

 – Aquí tienes, son doce euros -interrumpió el camarero, al poner el vaso de tubo en el mostrador.

– Tenga -sacó la billetera y pagó.

 – ¿A qué esperas? -insistió ella. Estaba tan nervioso que cogió su bebida y se la bebió de un trago, a pesar de que se le heló la garganta por el paso de un líquido tan frío.

– Cuando quieras, preciosa -aceptó con la voz ronca por el esfuerzo de beber tan deprisa. Ella le cogió de la mano y se lo llevó fuera. Pasaron entre la gente como si fueran sombras. Charly estaba excitado porque no sabía lo que pasaría fuera, aunque estaba seguro de que no quería estar en el pellejo de nadie más. Esa noche sería inolvidable.

 Era el inconveniente de estar hambrienta. Llevaba veinticuatro horas sin probar la sangre y su naturaleza depredadora la hacía tan irresistible que no pasaba desapercibida. Pero lo tenía decidido, esa noche iría a por un chico malo, uno malo de verdad que hiciera daño a las mujeres, alguien que mereciera la muerte. Necesitaba sentirse más humana y cada vez que hacía daño a un chico corriente se sentía vacía, como un monstruo.

 

Esa sensación la llevaba a desear su propia destrucción. Era como el sexo, antes de beber su sangre pensaba que era algo necesario, algo que la haría subir al séptimo cielo y después de dejarles muertos se hundía. No había detectado ningún alma oscura en aquel Pub, muchos se le habían acercado pero solo uno había logrado sacarla de sus casillas. Puede que no mereciera morir por eso, pero estaba volviendo a sentir el dolor intenso en el estómago, un dolor que amenazaba con hacerla gritar. Nunca quería dejar pasar tanto tiempo porque la sed de sangre podía ser tan dolorosa que perdía completamente la razón y podía atacar a cualquiera, lo que la exponía demasiado a la sociedad ya que tenía que usar la fuerza y ser violenta para conseguir la siguiente víctima aceptable. La sed se volvía tan dolorosa que su estómago se contraía como si alguien se lo cogiera desde dentro y se lo apretara con fuerza, tirando de él hacia abajo. Solo la sangre cálida podía calmar ese dolor. Y no bastaba un trago, cuando el dolor la mortificaba tenía que beber hasta la última gota de sangre a su próxima víctima.

– Tienes mucho valor, chico -felicitó con sorna.

– Si puedo conocer a una chica magnífica como tú, cualquier sacrificio merece la pena.

– ¿No dijiste que habías apostado con tu amigo para que me presentaras?

El chico se ruborizó, asustado. Sin conocerla ya sabía que cualquier cosa que dijera podía suponer la muerte prematura.

 Claro que él no lo sabía, para él solo era una muerte figurada. Pensaba que si se enojaba otra vez con él huiría con el rabo entre las piernas…

– Estoy perdiendo los cincuenta euros por salir contigo aquí fuera -reconoció, finalmente.

– Puede que pierdas mucho más que eso -se jactó ella, sonriente.

– Tienes razón, Jaime no volverá a hablarme después de esto…

– ¿Qué piensas que va a pasar entre nosotros? -preguntó, conteniendo una mueca por el dolor del abdomen.

Estaban caminando demasiado despacio y esa calle estaba muy transitada. No podía llamar la atención.

– ¿Tienes coche? -se precipitó, acariciándole el antebrazo, melosa.

– No,… Caray, estás congelada y no hace tanto frío…

– Soy muy friolera.

No solo eso, su piel empezaba a arrugarse por la sed, su belleza estaba a punto de empezar a deteriorarse. Necesitaba beberle la sangre inmediatamente.

– Ven aquí anda -ofreció el muchacho, rodeándola por la cintura con su brazo. La arteria carótida de su cuello estaba tan cerca que el olor agudizaba sus convulsiones internas. Ser vampiresa era la peor tortura que existía, ese sufrimiento era el castigo de Dios por su vida terrible y despiadada. Deseó curarse esa enfermedad si es que era posible, pero no sabía ni dónde encontrar más vampiros, mucho menos cómo curarse el vampirismo.

– Déjame besarte -siseó, empujándolo contra una pared. Golpeó su espalda contra la vitrina de un escaparate y besó su cálido cuello con ansiedad. Le pasó los brazos por detrás, le abrazó con fuerza y él soltó un gemido de placer. Su piel se erizó momentáneamente, le había hecho sufrir un escalofrío con su sensual contacto. Estaba a su merced y nadie que pasara por la calle sospecharía.

Sus comillos se alargaron por el instinto depredador y los clavó en su tierna piel mientras con la mano derecha le tapaba la boca para evitar que gritara. Él forcejeó en sus brazos, trató de luchar pero la sangre ya estaba entrando por su gaznate, el cálido flujo la cegaba por completo, podía sentir cada latido de su corazón e incluso la angustia que sentía. Por la manera de luchar podía saber si esa persona dejaba mucho atrás o no. Ese chico luchó con mucho coraje pero en seguida se rindió a ella, sus rodillas se aflojaron y poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que ella le sostenía en sus brazos mientras su corazón bombeaba sus últimos latidos. Cuando sintió que se detenía se sentía repleta, succionó la última sangre que había sido bombeada y pasó la lengua por la herida. Su saliva podía cicatrizar al instante la piel humana, nadie vería los mordiscos y cuando lo encontraran por la mañana la policía pensaría que había muerto por alguna clase de anemia agudizada por la borrachera. La gente que pasaba por la calle se apartaba de ellos pensando que eran una pareja de enamorados. Demasiada gente, maldita sea, sería difícil fingir que su novio se había quedado dormido durante su beso en el cuello. La cabeza del muchacho cayó hacia un lado y una chica que pasaba junto a ellos gritó al verlo. Sam se volvió hacia ella, enfurecida. Iba acompañada por dos amigas y cuando las miró retrocedieron aterradas. Sus ojos debían estar aún rojos, sus labios manchados de sangre, era una vampiresa demasiado llamativa. Y no solo lo era en el aspecto, también era un animal salvaje desbocado. Antes de que pudiera contenerse había matado a dos de ellas de sendas patadas que reventaron sus cajas torácicas y estaba encarando a la que había gritado, que había retrocedido tanto que estaba pisando la carretera. De alguna forma eso le evitó el problema. Un autobús le pasó por encima haciendo un fuerte chirrido con los frenos y el derrape de sus ruedas.

En lo que pareció apenas un pensamiento, estaba sobre la azotea del edificio de al lado. Se estaba clavando las uñas en sus palmas con fuerza, otra vez había perdido el control, otra vez había tenido que matar a muchos más de los necesarios. Pero a quién quería engañar… Ella era un monstruo y no había algo llamado «conciencia» en su interior. Aquella era su rutina. La muerte.

FUENTE: Escalofrio.com

****

***

**

*

 

RELATOS DE EDGAR ALLAN POE: » HOP FROG «

 

Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La

Edgar Allan Poe (1809-1849)

manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.

Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.

En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.

Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio… y la suya propia.

Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.

Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.

Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.

No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.

No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.

En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.

Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión… salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.

Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».

-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes… personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.

Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.

-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!

¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.

-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.

-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos… ¡Ja, ja, ja!.

Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.

También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.

-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?

-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.

-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que…!

El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.

Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo… de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.

La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.

Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.

-¿Qué… qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.

Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:

-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.

-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.

-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.

Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.

-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria… una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y…

-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?

-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.

Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.

-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.

-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.

Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad… y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.

-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!

-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.

-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.

La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.

Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.

El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.

El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.

Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.

El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.

Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.

Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.

A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.

-¡Dejádmelos a mi!-gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!

Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:

-¡Pronto podré deciros quiénes son!

Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.

Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.

-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!

Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.

Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:

-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón… y ésta es mi última bufonada.

A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.

Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.

FUENTE: Rincón Castellano.

 

LOS ASESINATOS DEL LIGUERO.

 

Eso del «liguero» suena picantito ¿ein?, well, well, well, pues……..ADELANTE, ADELANTE, ECOUTEZ.

Je jee jeee jeeee jeeeeeee……

RELATO EN AUDIO, PINCHAR EN LA IMÁGEN

EL ESPEJO DE MATSUYAMA.

 

En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos con su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital y, después de u…na larga tiempo, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y escuchó lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

RELATO EN AUDIO, PINCHAR EN LA IMAGEN

OCHO PATAS.

 

Descripción: relatos de terror de teo rodriguez del programa de milenio 3.

AUDIO. PINCHAR EN LA IMAGEN

MICRO RELATOS DE TERROR: » LA BRUJA «

 

Descripción: Relatos donde las abracadabrantes experiencias de los protagonistas podrían ser las tuyas propias. Para escuchar en soledad y si es posible durante la noche. AUDIO. PINCHAR EN LA IMAGEN:

PASAJES DEL TERROR: la secta de Heidnik

 

El Pasaje del Terror de Juan Antonio Cebrián trata sobre la secta creada por un psicokiller, Heidnik.

DOCUMENTO DE AUDIO, PINCHAR EN LA IMAGEN:

RELATOS: » EN LA LINEA DE FUEGO «

Cuando el Teniente Daekan recorre las calles de la devastada y confusa 4ta Metrópolis, un descorazonador escalofrío recorre su cuerpo. Las cosas han cambiado mucho en los últimos 200 años, y desde su tercer nacimiento en 3036, a Daekan le ha tocado vivir ya muchos de esos años, demasiados piensa.

Las morfosis experimentadas y los miles de viajes ínter temporales en su espalda le han reservado un extraordinariamente largo e interminable ciclo de extravida, como suelen llamarlo los científicos ahora. Sus días pueden resumirse en pocas palabras, mas la cantidad de tiempo abarcado es indescriptible, pues cada salto en los portales exeter ínter espaciales de la colonia hacia universos lejanos supone para él sólo un par de horas en la rutina, pero varios años terrestres para el resto de los mortales. Un sin fin de años, sin embargo, no hacen una vida plena, lo ha aprendido Daekan, y al caminar por las calles esta noche se le hace cada vez más presente este hecho.

A su alrededor puede observar todas las consecuencias de la serie de ataques nucleares que vivió esta tierra, si así pudiéramos llamarla, durante las guerras cybertecnológicas de hace 200 años, no sólo la aniquilación casi completa de quienes habitaron alguna vez las colonias terrestres de esta luna artificial, que orbita los restos del alguna vez llamado Planeta Tierra, sino además los efectos visibles en quienes sobrevivieron como él, luego de años de lucha y peor aún, en las generaciones posteriores, frutos de la contaminación radiactiva.

Aunque las sociedades poco a poco vuelven a aflorar y enriquecerse, el caos anterior ha sido suplantado por algo parecido a un sistema urbano, en donde las pandillas de niños asesinos deambulan por cada rincón y callejuela aún existente. Es por eso que el Teniente Daekan necesita hacer sus rondas cada noche, pues son estas las horas en que despiertan los ejecutores, violadores y asesinos con los que suele toparse en su caminar.

Poco queda por proteger, y de eso poco desea ser protegido, ya que esta vida no resulta ser un asunto de gran importancia para los hijos del efecto post nuclear. Todo ahora es distinto, hace mucho que murieron las enfermedades que conocíamos y para las cuales estábamos más o menos preparados, las epidemias de hoy son mucho más crueles y del todo mortales, las grandes corporaciones farmacéuticas sobrevivientes al desplome financiero de 3015 han desaparecido como fuentes de cura, sus fármacos obsoletos fueron cambiados por los increíbles modificadores de Nanogenomas, que han intentado inhibir la incalculable taza de deformidades congénitas, en lo que apenas, se puede definir como raza humana. Esa raza para la cual trabaja Daekan, y a la que hace mucho dejó de pertenecer. Sus implantes de Cyborg regeneradores musculares, las cámaras de alta definición inyectadas a sus globos oculares, su nuevo sistema circulatorio reforzado con un nuevo corazón de alto rendimiento, su nueva piel, resistente a radiaciones e impactos, su cerebro mejorado en el laboratorio del ejercito y estimulado por los, aun en estudio, implantes neuro aceleradores de lo que primitivamente se conocía como cobre.

Poco queda del hombre llamado Daekan. Su conciencia es lo único 100% humano que le va quedando, y eso es lo que más le asusta, pues ¿quién se puede fiar de la conciencia humana?.

Una noche más de inspección es todo lo que queda por afrontar, su paso seguro, su vista aguda, son unas de las tantas ventajas con que cuenta al controlar el vandalismo imperante. A unos metros observa a las cada vez más pequeñas prostitutas que se le aparece en cada segundo de ronda, no menos violentas que las bandas de niños. Esa es su forma de obtener unos pocos bonos de canje por alguna ración de comida o un galón de agua, elementos escasos y valiosos en este lugar, mucho más valiosos que el sexo o las drogas, estimulantes que en este nuevo mundo carecen de sentido. Los nuevos animales surgidos en las alcantarillas sucias y rojas, híbridos salvajes, portadores de las nuevas infecciones que terminan de consumir lo poco que queda de vida ahora en la otrora más fructífera colonia extraterrena, esas bestias no lo atemorizan.

Fue cuando las máquinas adoptaron conciencia humana, cuando las nuevas y sofisticadas inteligencias artificiales hicieron propios sentimientos de hombre, ahí fue cuando su orgullo y ambición las llevó a volverse en nuestra contra, eso piensa Daekan, la humanidad adoptada por las IA, la humanidad lo hunde todo.

Para soportar las largas horas de patrullaje, activa en sus impulsores auditivos nervio adaptados, un poco de esa primitiva poesía de la tierra antigua, música le llamaban, según sabe, los habitantes de aquel periodo pasado. Y es lo que lo lleva a confusión, El Teniente Daekan no comprende cómo, cómo una raza poseedora de semejante belleza, pudo destruir todo aquello que los mantenía libres de su propia bajeza.

Pero la noche ha sido tranquila, su bastón protoagresor permanece inofensivo en la funda de su cinto y en su fase no mortal, tal vez esta noche no sea necesario usarlo en su forma asesina.

Las pequeñas y contaminadas rameras de la calle no suponen mayores ofensas para sus ojos, y extrañamente las pandillas de niños poco trabajo le han ocasionado en los últimos días. Sólo es su conciencia la que lo perjudica drásticamente a cada paso, ¿podría ayudar a esta gente?, poco importa, la contaminación nuclear aun los va matando lentamente, y El Teniente Daekan sabe que nada puede hacer.

Cuando el soldado raso Daekan despertó de aquella pesadilla por el brillo del sol en su ventana, una sensación de angustia amenazaba con apoderarse de su cuerpo, mucho hacía que no soñaba con un nivel tan claro de realeza, podía sentir en su cabeza aun, el hedor de las calles moribundas. Cuando el soldado raso Daekan decidió observar aquella mañana desde su ventana el brillo del sol, un terror inmenso se apoderó de su persona, mientras a lo lejos, en donde debía estar el sol, un gran hongo negro y ensordecedor se elevaba por los cielos, cegando con su luz devastadora todo el paisaje de lo que hasta ahora era su amada tierra.

AUTOR: Revolver

FUENTE: Rosavientos.es

EL VAMPIRO. UNA BROMA MACABRA.

 

Descripción: El vampiro, broma macabra

Estupenda narración del ya mítico programa Luna de Medianoche del añorado Chicho Ibañez Serrador, una broma que puede salir mal y convertirse en una verdadera pesadilla para los que la han protagonizado.

RELATO EN DOCUMENTO DE AUDIO, PINCHAR EN LA IMAGEN: