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EDGAR ALLAN POE – «EL HOMBRE DE NEGOCIOS».

Aquí tenemos otro relato del gran Edgar de los de su colección de «Cuentos humorísticos» o «Relatos humorísticos», en fin, los relatos que no son los que mas conocemos, vaya. Otro de los que van en la linea de «El Angel de lo extraño» y demás.

Una vez mas, es humor pero….un humor….en fin, si, esto es….un hombre de negocios, unos negocios, una forma de hacer negocios…

Bueno, el protagonista, emprededor, lo que es emprendedor….¡¡lo es!! y en cuanto a imaginación…..¡¡¡voto al diablo!!!.

Ahora bien, los resultados…………

Otra magnífica «flipada» de Mr. Allan Poe para hacernos «flipar».

Y la verdad…..casi que no, como que si la cosa es así….pues a mi….hacerme «hombre de negocios»………

 

“El método es el alma de los negocios.” (proverbio antiguo)

Yo soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. Después de todo, el método es la clave. Pero no hay gente a la que desprecie más de corazón que a esos estúpidos excéntricos, que no hacen más que hablar acerca del método sin entenderlo; ateniéndose exclusivamente a la letra y violando su espíritu. Estos individuos siempre están haciendo las cosas más insospechadas de lo que ellos llaman la forma más ordenada.

Ahora bien, en esto, en mi opinión, existe una clara paradoja. El verdadero método se refiere exclusivamente a lo normal y lo obvio, y no se puede aplicar a lo outré. ¿Qué idea concreta puede aplicarse a expresiones tales como “un metódico Jack o’Dandy”, o “un Will o’the Wisp”?

Mis ideas en torno a este asunto podrían no haber sido tan claras, de no haber sido por un afortunado accidente, que tuve cuando era muy pequeño. Una bondadosa ama irlandesa (a la que recordaré en mi testamento) me agarró por los talones un día que estaba haciendo más ruido del necesario, y dándome dos o tres vueltas por el aire, y diciendo pestes de mí, llamándome “mocoso chillón”, golpeó mi cabeza contra el pie de la cama. Esto, como digo, decidió mi destino y mi gran fortuna.

Inmediatamente me salió un chichón en el sincipucio, que resultó ser un órgano ordenador de los más bonitos que pueda uno ver en parte alguna. A esto debo mi definitiva apetencia por el sistema y la regularidad que me han hecho el distinguido hombre de negocios que soy.

Si hay algo en el mundo que yo odie, ese algo son los genios. Los genios son todos unos asnos declarados, cuanto más geniales, más asnos, y esta es una regla para la que no existe ninguna excepción. Especialmente no se puede hacer de un genio un hombre de negocios, al igual que no se puede sacar dinero de un Judío, ni las mejores nueces moscadas, de los nudos de un pino.

Esas criaturas siempre salen por la tangente, dedicándose a algún fantasioso ejercicio de ridícula especulación, totalmente alejado de la “adecuación de las cosas” y carente de todo lo que pueda ser considerado como nada en absoluto. Por tanto, puede uno identificarse a estos individuos por la naturaleza del trabajo al que se dedica. Si alguna vez ve usted a un hombre que se dedica al comercio o a la manufactura, o al comercio de algodón y tabaco, o a cualquiera otra de esas empresas excéntricas, o que se hace negociante de frutos secos, o fabricante de jabón, o algo por el estilo, o que dice ser un abogado, o un herrero, o un médico, cualquier cosa que se salga de lo corriente, puede usted clasificarle inmediatamente como un genio, y, en consecuencia, de acuerdo con la regla de tres, es un asno.

Yo, en cambio, no soy bajo ningún aspecto un genio, sino simplemente un hombre de negocios normal. Mi agenda y mis libros se lo demostrarán inmediatamente. Están bien hechos, aunque esté mal que yo lo diga, y en mis hábitos de precisión y puntualidad jamás he sido vencido por el reloj. Lo que es más, mis ocupaciones siempre han sido organizadas para adecuarlas a los hábitos normales de mis compañeros de raza. No es que me sienta en absoluto en deuda en este sentido con mis padres, que eran extraordinariamente tontos, y que, sin duda alguna, me hubieran convertido en un genio total si mi ángel de la guarda no hubiera llegado a tiempo para rescatarme. En las biografías, la verdad es el todo, y en las autobiografías, mucho más aún, y, no obstante, tengo poca esperanza de ser creído al afirmar, no importa cuan seriamente, que mi padre me metió, cuando tenía aproximadamente quince años de edad, en la contaduría de lo que él llamaba “un respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”. ¡Una magnífica basura! No obstante, como consecuencia de su insensatez, a los dos o tres días me tuvieron que devolver a casa a reunirme con los cabezas huecas de mi familia, aquejado de una gran fiebre, y con un dolor extremadamente violento y peligroso en el sincipucio, alrededor de mi órgano de orden. Mi caso era de gran gravedad, estuve al borde de la muerte durante seis semanas, los médicos me desahuciaron y todas esas cosas. Pero, aunque sufrí mucho, en general era que me sentía agradecido a mi suerte. Me había salvado de ser un “respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”, y me sentía agradecido a la protuberancia que había sido la causa de mi salvación, así como también a aquella bondadosa mujer, que había puesto a mi alcance la citada causa.

La mayor parte de los muchachos se escapan de sus casas a los diez o doce años de edad, pero yo esperé hasta tener dieciséis.

No sé si me hubiera ido entonces de no haber sido porque oí a mi madre hablar de lanzarme a vivir por mi cuenta con el negocio de las legumbres, ¡De las legumbres! ¡Imagínense ustedes! A raíz de eso decidí marcharme e intentar establecerme con algún trabajo decente, sin tener que seguir bailando con arreglo a los caprichos de aquellos viejos excéntricos, arriesgándome a que me convirtieran finalmente en un genio. En esto tuve un éxito total al primer intento, y cuando tenía dieciocho años cumplidos tenía ya un trabajo amplio y rentable en el sector de Anunciadores ambulantes de Sastres.

Fui capaz de cumplir con las duras labores de esta profesión tan sólo gracias a esa rígida adherencia a un sistema qué era la principal peculiaridad de mi persona. Mis actos se caracterizaban, al igual que mis cuentas, por su escrupuloso método. En mi caso, era el método, y no el dinero el que hacía al hombre: al menos,, aquella parte que no había sido confeccionada por el sastre al que yo servía.

Cada mañana, a las nueve, me presentaba ante aquel individuo para que me suministrara las ropas del día. A las diez estaba ya en algún paseo de moda o en algún otro lugar, dedicado al entretenimiento del público. La perfecta regularidad con la que hacía girar mi hermosa persona, con el fin de poner a la vista hasta el más mínimo detalle del traje que llevaba puesto, producía la admiración de todas las personas iniciadas en aquel negocio.

Nunca pasaba un mediodía sin que yo hubiera conseguido un cliente para mis patronos, los señores Cut y Comeagain.1 Digo esto con orgullo, pero con lágrimas en los ojos, ya que aquella empresa resultó ser de una ingratitud que rayaba en la vileza. La pequeña cuenta acerca de la que discutimos, y por la que finalmente nos separamos, no puede ser considerada en ninguno de sus puntos como exagerada por cualquier caballero que esté verdaderamente familiarizado con la naturaleza de este negocio. No obstante, acerca de esto siento cierto orgullo y satisfacción en permitir al lector que juzgue por sí mismo. Mi factura decía así: “Señores Cut y Comeagain, sastres, A Peter Proffit, anunciador ambulante.” 10 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer un cliente.

0,25 dólares 11 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer 0,25 dólares 1 Cut significa cortar, y Comeagain, vuelva otra vez. (N del T.) un cliente.

12 de julio Por una mentira, segunda clase; una tela negra estropeada, vendida como verde invisible.

0,25 dólares 13 de julio Por una mentira, primera clase, calidad y tamaño extra; recomendar satinete como si fuera paño fino.

0,75 dólares 20 de julio Por la compra de un cuello de camisa de papel nuevo o pechera, para resaltar el Petersham gris.

2 centavos 15 de agosto Por usar una levita de cola corta, con doble forro (temperatura 76 F. a la sombra).

0,25 dólares 16 de agosto Por mantenerse sobre una sola pierna durante tres horas para exhibir pantalones con trabilla, de nuevo esti- 037 ½ dólares lo, a 12 centavos y medio por pierna por hora.

17 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre gordo) 0,50 dólares 18 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (tamaño mediano) 0,50 dólares 19 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre pequeño y mal pagador).

6 centavos 2,96 ½ dólares La causa fundamental de la disputa producida por esta factura fue el muy moderado precio de dos centavos por la pechera. Palabra de honor que éste no era un precio exagerado por esa pechera. Era una de las más limpias y bonitas que jamás he visto, y tengo buenas razones para pensar que fue la causante de la venta de tres Petershams. El socio más antiguo de la firma, no obstante, quería darme tan sólo un penique, y decidió demostrar cómo se pueden sacar cuatro artículos tales del mismo tamaño de un pliego de papel ministro. Pero es innecesario decir que para mí aquello era una cuestión de principios.

Los negocios son los negocios, y deben ser hechos a la manera de los negociantes.

No existía ningún sistema que hiciera posible el escatimarme a mí un penique —un fraude flagrante de un cincuenta por ciento—. Absolutamente ningún método. Abandoné inmediatamente mi trabajo al servicio de los señores Cut y Comeagain, afincándome por mi cuenta en el sector de Lo Ofensivo para la Vista, una de las ocupaciones más lucrativas, res—; potables e independientes de entre las normales.

Mi estricta integridad, mi economía y mis rigurosos hábitos de negociante entraron de nuevo en juego. Me encontré a la cabeza de un comercio floreciente, y pronto me convertí en un hombre distinguido en el terreno del “Cambio”. La verdad sea dicha, jamás me metí en asuntos llamativos, me limité a la buena, vieja y sobria rutina de la profesión, profesión en la que, sin duda, hubiera permanecido de no haber sido por un pequeño accidente, que me ocurrió llevando a cabo una de las operaciones normales en la dicha profesión. Siempre que a una vieja momia, o a un heredero pródigo, o a una corporación en bancarrota, se les mete en la cabeza construir un palacio, no hay nada en el mundo que pueda disuadirles, y esto es un hecho conocido por todas las personas inteligentes.

Este hecho es en realidad la base del negocio de lo Ofensivo para la Vista. Por lo tanto, en el momento en que un proyecto de construcción está razonablemente en marcha, financiado por alguno de estos individuos, nosotros los comerciantes nos hacemos con algún pequeño rinconcillo del solar elegido, o con algún punto que esté Justo al lado o inmediatamente delante de éste. Una vez hecho esto, esperamos hasta que el palacio está a medio construir, y entonces pagamos a algún arquitecto de buen gusto para que nos construya una choza ornamental de barro, justo al lado, o una pagoda estilo sureste, o estilo holandés, o una cochiquera, o cualquier otro ingenioso juego de la imaginación, ya sea Esquimal, Kickapoo u Hotentote. Por supuesto, no podemos permitirnos derribar estas estructuras si no es por una prima superior al 500 por ciento del precio del costo de nuestro solar y nuestros materiales. ¿No es así? Pregunto yo.

Se lo pregunto a todos los hombres de negocios.

Sería irracional el suponer que podemos.

Y, a pesar de todo, hubo una descarada corporación que me pidió precisamente eso, precisamente eso. Por supuesto que no respondí a su absurda propuesta, pero me sentí en el deber de ir aquella noche y cubrir todo su palacio de negro de humo. Por hacer esto, aquellos villanos insensatos me metieron en la cárcel, y los caballeros del sector de lo Ofensivo para la Vista se vieron obligados a darme de lado cuando salí libre.

El negocio del Asalto con Agresión a que me vi obligado a recurrir para ganarme la vida resultaba» en cierto modo, poco adecuado para mi delicada constitución, pero me dediqué a él con gran entusiasmo, y encontré en él, como en otras ocasiones, el premio a la metódica seriedad y a la precisión de mis hábitos, que había sido fijada a golpes en mi cabeza por aquella deliciosa ama. Sería, desde luego, el más vil de los humanos si no la recordara en mi testamento. Observando, como ya he dicho, el más estricto de los sistemas en todos mis asuntos, y llevando mis libros con gran precisión, fue como conseguí superar muchas dificultades, estableciéndome por fin muy decentemente en mi profesión.

La verdad sea dicha, pocos individuos establecieron un negocio en cualquier rama mejor montado que el mío. Transcribiré aquí una o dos páginas de mi Agenda, y así me ahorraré la necesidad de la autoalabanza, que es una práctica despreciable, a la cual no se rebajará ningún hombre de altas miras. Ahora bien, la agenda es algo que no miente.

1 de enero. Año Nuevo. Me encontré con Snap en la calle; estaba piripi. Memo; él me servirá. Poco después me encontré a Gruff, más borracho que una cuba. Memo; también me servirá. Metí la ficha de estos dos caballeros en mi archivo, y abrí una cuenta corriente con cada uno de ellos.

2 de enero. Vi a Snap en la Bolsa; fui hasta él y le pisé un pie. Me dio un puñetazo y me derribó. ¡Espléndido! Volví a levantarme.

Tuve alguna pequeña dificultad con Bag, mi abogado. Quiero que pida por daños y perjuicios un millón, pero él dice que por un incidente tan trivial no podemos pedir más de quinientos. Memo. Tengo que prescindir de Bag, no tiene ningún sistema.

3 de enero. Fui al teatro a buscar a Gruff.

Le vi sentado en un palco lateral del tercer piso, entre una dama gruesa y otra delgada.

Estuve observando al grupo con unos gemelos hasta que vi a la dama gruesa sonrojarse y susurrarle algo a G. Fui entonces hasta su palco y puse mi nariz al alcance de su mano.

No me tiró de ella, no hubo nada que hacer.

Me la limpié cuidadosamente y volví a intentarlo; nada. Entonces me senté y le hice guiaos a la dama delgada, y entonces tuve la gran satisfacción de sentir que él me levantaba por la piel del pescuezo, arrojándome al patio de butacas. Cuello dislocado y la pierna derecha magníficamente rota. Me fui a casa enormemente animado; bebí una botella de champaña, apunté una petición de cinco mil contra aquel joven. Bag dice que está bien.

15 de febrero. Llegamos a un compromiso en el caso del señor Snap. Cantidad ingresada —50 centavos— por verse.

16 de febrero. Derrotado por el villano de Gruff, que me hizo un regalo de cinco dólares.

Costo del traje, cuatro dólares y 25 centavos.

Ganancia neta —véanse libros—, 75 centavos”.

Como pueden ver, existe una clara ganancia en el transcurso de un breve período de tiempo de nada menos que un dólar y 25 centavos, y esto tan sólo en los casos de Snap y Gruff, y juro solemnemente al lector que estos extractos han sido tomados al azar de mi agenda.

No obstante, es un viejo proverbio, y perfectamente cierto, que el dinero no es nada en comparación con la buena salud. Las exigencias de la profesión me parecieron un tanto excesivas para mi delicado estado de salud, y una vez que finalmente descubrí que estaba totalmente deformado por los golpes, hasta el punto que no sabía muy bien qué hacer y que mis amigos eran incapaces de reconocerme como Peter Proffit cuando me cruzaba con ellos por la calle, se me ocurrió que lo mejor que podría hacer sería alterar la orientación de mis actividades. En consecuencia, dediqué mi atención a las Salpicaduras de Lodo, y estuve dedicado a ello durante algunos años.

Lo peor de esta ocupación es que hay demasiada gente que se siente atraída por ella, y en consecuencia, la competencia resulta excesiva. Todos aquellos individuos ignorantes que descubren que carecen de cerebro como para hacer carrera como hombreanuncio, o como pisaverde de la rama de lo Ofensivo para la Vista, o como un hombre de Asalto con Agresión, piensan, por supuesto, que su futuro está en las Salpicaduras de Lodo. Pero jamás pudo haber una idea más equivocada que la de pensar que no hace falta cerebro para dedicarse a salpicar de lodo. Especialmente no hay en este negocio nada que hacer si se carece de método. Por lo que a mí respecta, mi negocio era tan sólo al por menor, pero mis antiguos hábitos sistemáticos me hicieron progresar viento en popa. En primer lugar elegí mi cruce de calles con gran cuidado, y jamás utilicé un cepillo en ninguna otra parte de la ciudad que no fuera aquélla. También puse gran atención en tener un buen charco a mano, de tal forma que pudiera llegar a él en cuestión de un momento. Debido a esto, llegué a ser conocido como una persona de fiar; y esto, permítanme que se lo diga, es tener la mitad de la batalla ganada en este oficio. Jamás nadie que me echara una moneda atravesó mi cruce con una mancha en sus pantalones. Y ya que mis costumbres en este sentido eran bien conocidas, jamás tuve que enfrentarme a ninguna imposición. Caso de que esto hubiera ocurrido, me hubiera negado a tolerarlo. Jamás he intentado imponerme a nadie, y en consecuencia, no tolero que nadie haga el indio conmigo. Por supuesto, los fraudes de los bancos eran algo que yo no podía evitar.

Su suspensión me dejó en una situación prácticamente ruinosa. Estos, no obstante, no son individuos, sino corporaciones, y como todo el mundo sabe, las corporaciones no tienen ni cuerpo que patear ni alma que maldecir.

Estaba yo ganando dinero con este negocio cuando en un mal momento me vi inducido a fusionarme con los Viles Difamadores, una profesión en cierto modo análoga, pero ni mucho menos igual de respetable. Mi puesto era sin duda excelente, ya que estaba localizado en un lugar céntrico y tenía unos magníficos cepillos y betún. Mi perrillo, además, estaba bastante gordo y puesto al día en todas las técnicas del olisqueo. Llevaba en el oficio mucho tiempo, y me atrevería a decir que lo comprendía. Nuestra rutina consistía en lo siguiente: Pompey, una vez que se había rebozado bien en el barro, se sentaba a la puerta de la tienda hasta que veía acercarse a un dandy de brillantes botas. Inmediatamente salía a recibirle y se frotaba un par de veces contra sus Wellingtons. Inmediatamente, el dandy se ponía a Jurar profusamente y a mirar a su alrededor en busca de un limpiabotas. Y allí estaba yo, bien a la vista, con mi betún y mis cepillos. Al cabo de un minuto de trabajo recibía mis seis peniques.

Esto funcionó moderadamente bien durante un cierto tiempo. De hecho, yo no era avaricioso, pero mi perro lo era. Yo le daba un tercio de los beneficios, pero él decidió insistir en que quería la mitad. Esto fui incapaz de tolerarlo, de modo que nos peleamos y nos separamos.

Después me dediqué algún tiempo a probar suerte con el Organillo, y puedo decir que se me dio bastante bien. Es un oficio simple y directo, y no requiere ninguna habilidad particular.

Se puede conseguir un organillo a cambio de una simple canción, y para ponerlo al día no hay más que abrir la maquinaria y darle dos o tres golpes secos con un martillo.

Esto produce una mejora en el aparato, de cara al negocio, como no se pueden ustedes imaginar. Una vez hecho esto, no hay más que pasear con el organillo al hombro hasta ver madera fina en la calle y un llamador envuelto en ante. Entonces uno se detiene y se pone a dar vueltas a la manivela, procurando dar la impresión de que está uno dispuesto a seguir haciéndolo hasta el día del juicio. Al cabo de un rato se abre una ventana desde donde arrojan seis peniques junto con la solicitud “cállese y siga su camino”, etc., etc. Yo soy consciente de que algunos organilleros se han permitido el lujo de “seguir su camino” a cambio de esta suma, pero por lo que a mí respecta, yo consideraba que la inversión inicial de capital necesaria había sido excesiva como para permitirme el “seguir mi camino” por menos de un chelín.

Con esta ocupación gané bastante, pero por algún motivo no me sentía del todo satisfecho, así que finalmente la abandoné. La verdad es que trabajaba con la desventaja de carecer de un mono, y además las calles americanas están tan embarradas y la muchedumbre democrática es muy molesta y está repleta de niños traviesos.

Estuve entonces sin trabajo durante algunos meses, pero finalmente conseguí, gracias al gran interés que puse en ello, procurarme un puesto en el negocio del Correo Fingido. El trabajo aquí es sencillo y no del todo improductivo.

Por ejemplo: muy de madrugada yo tema que hacer mi paquete de falsas cartas.

En el interior de cada una de éstas tema que garrapatear unas cuantas líneas acerca de cualquier tema que me pareciera lo suficientemente misterioso, y firmar todas estas epístolas como Tom Dobson, o Bobby Tompkins, o algo por el estilo. Una vez dobladas y cerradas todas, y selladas con un falso matasellos de Nueva Orleáns, Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy alejado, recorría mí ruta diaria como si tuviera mucha prisa.

Siempre me presentaba en las casas grandes para entregar las cartas y solicitar el pago del sello. Nadie duda en pagar por una carta, especialmente por una doble; la gente es muy tonta y no me costaba nada doblar la esquina antes de que tuvieran tiempo de abrir las epístolas. Lo peor de esta profesión era que tenía que andar tanto y tan deprisa, y que tenía que variar mi ruta tan frecuentemente.

Además, tenía escrúpulos de conciencia.

No puedo aguantar el ver abusar de individuos inocentes, y el entusiasmo con el que toda la ciudad se dedicó a maldecir a Tom Dobson y a Bobby Tompkins era realmente alga horrible de oír. Me lavé las manos de aquel asunto con gran repugnancia.

Mi octava y última especulación ha sido en el terreno de la Cría de Gatos. He encontrado este negocio extraordinariamente agradable y lucrativo, y prácticamente carente de problemas.

Como todo el mundo sabe, el país está infectado de gatos; tanto es así, que recientemente se presentó ante el legislativo, en su última y memorable sesión, una petición para que el problema se resolviera, repleta de numerosas y respetables firmas. La asamblea en aquellos tiempos estaba desusadamente bien informada, y habiendo aceptado otros muchos sabios y sanos proyectos, coronó su actuación con el Acta de los Gatos. En su forma original, esta ley ofrecía una prima por la presentación de “cabezas” de gato (cuatro peniques la pieza), pero el Senado consiguió enmendar la cláusula principal sustituyendo la palabra “cabezas” por “colas”. Esta enmienda era tan evidentemente adecuada que la totalidad de la Cámara la aceptó me, con.

En cuanto el gobernador hubo firmado la ley, invertí la totalidad de mi dinero en la compra de Gatos y Gatas. Al principio sólo podía permitirme el alimentarles con ratones (que resultan baratos), pero aun así cumplieron con la Ordenanza Bíblica a un ritmo tan maravilloso que finalmente consideré que la mejor línea de actuación sería la de la generosidad, de modo que regalé sus paladares con ostras y tortuga. Sus colas, según el precio establecido, me producen ahora unos buenos ingresos, ya que he descubierto un método por medio del cual, gracias al aceite de Macassar, puedo conseguir tres cosechas al año. También me encanta observar que los animales se acostumbran rápidamente a la cosa y acaban prefiriendo el tener el tal apéndice cortado que no tenerlo. Me considero, por lo tanto, realizado y estoy intentando conseguir una residencia en el Hudson.

EDGAR ALLAN POE, «EL SISTEMA DEL DOCTOR ALQUITRÁN Y EL PROFESOR PLUMA». RELATO

 

¿Que tal fué con «El Angel de lo extraño», bien?, pues dentro de los «Relatos Humorísticos» de Poe tenemos esta otra pequeña obra maestra cuyo título ya te pone sobre aviso de la que se viene encima.

En este caso se trata de un manicomio donde al parecer se está probando una novedosa terapia y….

Bueno, mejor no digo nada mas, mejor leer.

Delirante, GENIALMENTE DELIRANTE:

 

El sistema del doctor Alquitrán y el Profesor Pluma
Edgard Allan Poe

 

Durante el otoño de 18…, mientras visitaba las provincias del Mediodía de Francia, mi ruta me condujo a las proximidades de cierta casa de salud, hospital particular de locos, del cual había oído hablar en París a notables médicos amigos míos. Como yo no había visitado jamás un estable­cimiento de esta índole, me pareció propicia la ocasión, y para no desper­diciarla propuse a mi compañero de viaje -un gentleman con el cual había entablado amistad casualmente días antes- apartarnos un poco de nuestra ruta, desviarnos alrededor de una hora y visitar el sanatorio. Pero él se negó desde el primer momento, alegando tener mucha prisa y obje­tando después el horror que le había inspirado siempre ver a un alienado. Me rogó, sin embargo, que no sacrificase a un deseo de ser cortés con él la satisfacción de mi curiosidad y me dijo que continuaría cabalgando hacia adelante y despacio, de manera que yo pudiese alcanzarlo en el mismo día o, a lo sumo, al siguiente. Cuando se despedía de mí me vino a la mente que tropezaría quizá con alguna dificultad para penetrar en ese estable­cimiento, y participé a mi camarada mis temores. Me respondió que, en efecto, a no ser que conociese personalmente al señor Maillard, el direc­tor, o que me proveyese de alguna carta de presentación, podría surgir al­guna dificultad, porque los reglamentos de esas casas particulares de locos eran mucho más severos que los de los hospicios públicos. Por su parte, añadió, algunos años antes había conocido a Maillard y podía, al menos, hacerme el servicio de acompañarme hasta la puerta y presentarme; pero la repugnancia que sentía por todas las manifestaciones de la demencia no le permitía entrar en el establecimiento.

 

Se lo agradecí; y separándonos de la carretera, nos internamos en un camino de atajo, bordeado de césped, que, al cabo de media hora, se per­día casi en un bosque espeso, que bordeaba la falda de una montaña. Habíamos andado unas dos leguas a través de este bosque húmedo y som­brío, cuando divisamos la casa de salud. Era un fantástico castillo, muy ruinoso, y que, a juzgar por su aspecto de vetustez y deterioro, apenas de­bía de estar habitado. Su aspecto me produjo verdadero terror, y, dete­niendo mi caballo, casi sentía deseos de tomar las bridas de nuevo. Sin embargo, pronto me avergoncé de mi debilidad y continué el camino. Cuando nos dirigimos a la puerta central noté que estaba entreabierta y vi un rostro de hombre que miraba de reojo. Un momento después, este hombre se adelantaba, se acercaba a mi compañero, llamándolo por su nombre, le estrechaba cordialmente la mano y le rogaba que bajara del caballo. Era el mismo señor Maillard, un verdadero gentleman a la antigua usanza: hermoso rostro, noble continente, modales exquisitos, dignidad y autoridad, a propósito para producir una buena impresión.

 

Mi amigo me presentó y expresó mi deseo de visitar el establecimien­to; Maillard le prometió que tendría conmigo todas las atenciones posi­bles. Mi compañero se despidió y desde entonces no lo he vuelto a ver.

 

Cuando se hubo marchado, el director me introdujo en un locutorio extremadamente pulcro, donde se veían, entre otros indicios de gusto refinado, -muchos libros, dibujos, jarrones con flores e instrumentos de música. Un vivo fuego ardía alegremente en la chimenea. Al piano, can­tando un aria de Bellini, estaba sentada una mujer joven y muy bella, que a mi llegada interrumpió su canto y me recibió con una graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y había en todos sus modales algo de atormentado. Creí ver huellas de dolor en todo su rostro, cuya palidez excesiva no deja­ba de tener cierto encanto a mis ojos, al menos. Estaba vestida de riguroso luto, y despertó en mi corazón un sentimiento mezclado de respeto, de in­terés y de admiración.

 

Había oído decir en París que la casa de salud del señor Maillard es­taba organizada conforme a lo que generalmente se llama sistema de benig­nidad; que se evitaba el empleo de todo castigo; que no se recurría a la reclusión sino muy de tarde en tarde; que los enfermos, vigilados secreta­mente, gozaban en apariencia de una gran libertad, y que podían casi siempre circular por la casa y por los jardines vestidos como las personas que están en sus cabales.

 

Todos estos detalles estaban presentes en mi ánimo; por eso cuidé muy bien de lo que podía hablar ante la señora joven; porque nada me certificaba que estuviese en el pleno dominio de su razón; en efecto, había en sus ojos cierto brillo inquieto que me inducía casi a creer que no estaba plenamente cuerda. Restringí, pues, mis observaciones a temas generales o a los que creía que no podían desagradar a una loca, ni siquiera excitar­la. Respondió a todo lo que le dije de una manera perfectamente sensata, y sus observaciones personales estaban robustecidas por el más sólido buen sentido. Pero un detenido estudio de la fisiología de la locura me ha­bía enseñado a no fiarme de semejantes pruebas de salud mental, y conti­nué, durante toda la entrevista, practicando la prudencia que había empleado al principio.

 

En ese momento, un criado muy elegante trajo una bandeja cargada de frutas, de vinos y de refrescos, de los cuales me hicieron participar; al poco tiempo, la dama abandonó la sala. Después que hubo salido, dirigí a mi huésped una mirada interrogante.

 

-No -dijo-. ¡Oh, no! Es una persona de mi familia… mi sobrina… una mujer perfectamente correcta…

 

-Le pido mil perdones por la sospecha -repliqué-; pero sabrá usted disculparme. La excelente administración de su sanatorio es muy conocida en París, y yo creí que sería posible, después de todo…; ¿com­prende usted?…

 

-Sí, sí, no me diga más; yo soy más bien quien debo darle las gracias por la muy loable prudencia que ha demostrado. Encontramos rara vez tanta cautela en los jóvenes y más de una vez hemos presenciado deplo­rables incidentes por la ligereza de nuestros visitantes. Durante la aplica­ción de mi sistema, y cuando mis enfermos tenían el privilegio de pasear por todos los sitios a su capricho, caían algunas veces en crisis peligrosas a causa de las personas irreflexivas, invitadas a visitar nuestro estable­cimiento. Me he visto, pues, forzado a imponer un riguroso sistema de ex­clusión, y en lo sucesivo nadie ha podido tener acceso a nuestra casa si yo no podía contar con su discreción.

 

-¿Durante la aplicación de su primer sistema? -le dije, repitiendo sus propias palabras-. ¿Debo entender con eso que el sistema de benigni­dad, de que tanto se me habló, ha cesado de ser aplicado aquí?

 

– Hace ahora unas semanas -replicó- que hemos decidido aban­donarlo para siempre.

 

– En verdad, me asombra usted.

 

-Hemos juzgado absolutamente necesario -dijo, exhalando un suspiro- volver a los viejos errores. El sistema de lenidad era un espan­toso peligro en todos los momentos y sus ventajas se han avaluado con plusvalía exagerada. Creo, señor mío, que si alguna vez se ha hecho una prueba leal y sincera, ha sido en esta misma casa. Hemos hecho todo lo que razonablemente podía sugerir la humanidad. Siento que usted no nos haya hecho una visita en época anterior. Habría podido juzgar por sí mis­mo. Pero supongo que está usted al corriente del tratamiento de benignidad en todos sus detalles.

 

-Nada absolutamente. Lo que yo sé, lo sé de tercera o cuarta mano.

 

-Definiré, pues, el sistema en términos generales; un sistema en que el enfermo era tratado con cariño, un sistema de dejar hacer. No contra­riábamos ninguno de los caprichos que se incrustaban en el cerebro del enfermo. Por el contrario, no sólo nos prestábamos a ellos, sino que los alentábamos, y así hemos podido operar un gran número de curaciones radicales. No hay razonamiento que impresione tanto la razón debilitada de un demente como la reducción al absurdo. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que se creían pollos. El tratamiento consistía en este caso en re­conocer y en aceptar el caso como un hecho evidente; en acusar al enfer­mo de estupidez, porque no reconocía el suyo como un caso positivo, y, desde luego, en negarle durante una semana toda otra alimentación que la que corresponde propiamente a un pollo. Gracias a este método basta­ba un poco de mijo para aperar milagros.

 

-Pero esta especie de aquiescencia a la monomanía por parte de us­tedes, ¿era todo lo que constituía el método?

 

-No. Teníamos gran fe también en las diversiones de índole senci­lla, tales como la música, el baile, los ejercicios gimnásticos en general, los naipes, cierta clase de libros, etcétera. Dábamos indicios de tratar a cada individuo por una afección física corriente y no se pronunciaba jamás la palabra locura. Un detalle de gran importancia era dar a cada loco el en­cargo de vigilar las conversaciones de todos los demás. Poner su confianza en la inteligencia o en la discreción de un loco, es ganarlo en cuerpo y alma. Por esta causa no podíamos prescindir de una tropa de vigilantes que nos salía muy costosa.

 

-¿Y no tenía castigos de ninguna clase?

 

-Ninguno.

 

-¿Y no encerraba jamás a sus enfermos?…

 

– Muy rara vez. De cuando en cuando, la enfermedad de algún in­dividuo se exaltaba hasta una crisis, o se convertía súbitamente en furor; entonces lo transportábamos a una celda secreta, por miedo de que el de­sorden de su cabeza contagiase a los demás, y lo reteníamos allí hasta el momento en que pudiésemos enviarlo a casa de sus parientes o sus ami­gos, porque no queríamos tener nada que ver con un loco furioso. Por lo general, era trasladado a los hospicios públicos.

 

-¿Y ahora ha cambiado todo eso y cree haber acertado?…

 

-Decididamente, sí. El sistema tenía sus inconvenientes y aun sus peligros. Actualmente, está condenado, ¡a Dios gracias!… en todas las ca­sas de salud de Francia.

 

– Estoy muy sorprendido -dije- de todo lo que me cuenta usted…

 

-Pero llegará el día en que aprenda a juzgar por sí mismo todo lo que acontece en el mundo, sin fiarse en la charla de otro. No crea nada de lo que oiga decir y no crea sino la mitad de lo que vea. Ahora bien; con respecto a nuestras casas de salud, es evidente que algún ignaro se ha bur­lado de usted. Después de comer, cuando usted haya descansado de las fa­tigas del viaje, tendré sumo gusto en pasearlo a través de la casa y hacerle apreciar un sistema que, en mi opinión y en la de todas las personas que han podido apreciar sus resultados, es incomparablemente el mejor y más eficaz de todos los concebidos hasta el día.

 

-¿Es su propio sistema? -pregunté-. ¿Un sistema de su inven­ción?…

 

-Estoy orgulloso -replicó- de confesar que es mío, al menos has­ta cierto punto.

 

Conversé así con el señor Maillard durante una hora o dos, durante las cuales me mostró los jardines y los terrenos del establecimiento.

 

– No puedo -me dijo- dejarlo ver a mis enfermos inmediatamen­te. Para un espíritu sensitivo hay algo siempre más o menos repugnante en esta clase de exhibición y no quiero quitarle el apetito para la comida.

 

Porque comeremos juntos. Puedo ofrecerle ternera a la Sainte-Menéhould; coliflores con salsa aterciopelada; después de eso un vaso de Clos de Vou­geót; sus nervios quedarán bien vigorizados…

 

A las seis se anunció la comida y mi anfitrión me introdujo en un am­plio comedor, donde se había congregado una numerosa bandada, veinti­cinco o treinta personas en conjunto. Eran, en apariencia, personas pertenecientes a la buena sociedad, seguramente de esmerada educación, aunque sus trajes, a lo que me pareció, fuesen de una ostentación extra­vagante y participasen algo del fastuoso refinamiento de la antigua corte de Francia[1].

 

Observé también que las dos terceras partes de los convidados eran mujeres, y que algunas de ellas no estaban vestidas conforme a la moda que un parisién de hoy considera como el buen gusto del día. Muchas se­ñoras que no tenían menos de setenta años, estaban adornadas con pro­fusión de cadenas, dijes, sortijas, brazaletes y pendientes, todo un surtido de bisutería, y mostraban sus senos y sus brazos ofensivamente desnudos. Noté igualmente que muy pocos de estos trajes estaban bien cortados o, al menos, muy pocos se adaptaban a las personas que los llevaban. Miran­do alrededor, descubrí a la interesante jovencita a quien el señor Maillard me había presentado en la sala de visitas; pero mi sorpresa fue enorme al verla emperifollada con una enorme falda de volados, con zapatos de ta­cón alto y un gorrito de encaje de Bruselas, demasiado grande para ella, tanto que daba a su figura una ridícula apariencia de pequeñez. La prime­ra vez que la había visto, iba vestida de luto riguroso, que le sentaba a ma­ravilla. En suma, había un aire de extravagancia en toda la indumentaria de esta sociedad, que me trajo a la mente mi idea primitiva del sistema de benignidad y me hizo pensar que el señor Maillard había querido engañar­me hasta el final de la comida por miedo a que experimentase sensaciones desagradables durante el ágape, dándome cuenta de que me sentaba a la mesa con unos lunáticos. Pero me acordé de que me habían hablado en París de los provincianos del Mediodía como de personas singularmente excéntricas y obsesionadas por una multitud de ideas rancias; y, además, hablando con algunos de los convidados, pronto sentí disiparse por com­pleto mis aprensiones…

 

El comedor, aunque ofreciese algunas comodidades y tuviese buenas dimensiones, no ostentaba toda la elegancia deseable. Así el pavimento casi no estaba alfombrado; es cierto que esto ocurre con frecuencia en Francia. Las ventanas no tenían visillos; las contraventanas, cuando esta­ban cerradas, se hallaban sólidamente sujetas por barras de hierro, fijas en diagonal, a la manera usual de las cerraduras de los comercios. Observé que la sala formaba, por sí sola, una de las alas del castillo y que las ven­tanas ocupaban así tres lados del paralelogramo, pues la puerta estaba co­locada en el cuarto lado. No había menos de diez ventanas en total.

 

La mesa estaba espléndidamente servida; cubierta de vajilla de plata y cargada de toda clase de exquisiteces. Era una profusión absolutamente barroca. Había bastantes manjares para regodear a los Anakim. Jamás ha­bía contemplado en mi vida tanta monstruosa ostentación, tan extrava­gante derroche de todas las cosas buenas que la vida ofrece; pero había poco gusto en el arreglo del servicio; y mis ojos, acostumbrados a luces te­nues, sentíanse heridos vivamente por el prodigioso brillo de una multi­tud de bujías, en candelabros de plata que se habían puesto sobre la mesa y diseminado en toda la sala, dondequiera que se había podido encontrar un sitio. El servicio lo hacían muchos domésticos diligentísimos, y, en una gran mesa, al fondo de la sala, estaban sentadas siete u ocho personas con violines, flautas, trombones y un tambor. Esos personajes, en determina­dos intervalos de tiempo, durante la comida, me fatigaron mucho con una infinita variedad de ruidos, que tenían la pretensión de ser música, y que, al parecer, causaban un vivo placer a los circunstantes; bien entendido, con excepción mía.

 

En fin, yo no podía dejar de pensar que había cierta extravagancia en lo que veía; pero, después de todo, el mundo está compuesto de toda clase de gente, que tiene maneras de pensar muy diversas y una porción de usos completamente convencionales. Y, además, ya había viajado lo bastante para ser un perfecto adepto del nil admirari; por consiguiente, tomé tran­quilamente asiento al lado de mi anfitrión, y, dotado de excelente apetito, hice los honores a esa buena comida.

 

La conversación era animada y general. Pronto vi que esa sociedad estaba compuesta, casi por completo, de gente bien educada, y mi hués­ped por sí solo era un tesoro de anécdotas alegres. Parecía que se disponía a hablar de su posición de director de una casa de salud, y con gran sor­presa mía, la misma locura sirvió de tema de conversación favorita a todos los convidados.

 

-Tuvimos aquí en una ocasión un gracioso -dijo un señor grueso sentado a mi derecha- que se creía tetera y, dicho sea de paso, ¿no es no­table que este capricho particular entre tan frecuentemente en el cerebro de los locos? No hay en Francia un manicomio que no pueda suministrar una tetera humana. Nuestro señor era una tetera de fabricación inglesa y tenía cuidado de limpiarse él mismo todas las mañanas con una gamuza y blanco de España…

 

-Y, además -dijo un hombre alto que estaba precisamente enfren­te-, hemos tenido, no hace mucho tiempo, un individuo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual, metafóricamente ha­blando, era perfectamente cierto. Era un enfermo muy fatigoso y teníamos que tener mucho cuidado para que no se propasara. Durante muchísimo tiempo no quiso comer más que cardos; pero lo curamos pronto de esa idea, insistiendo en que no comiera otra cosa. Se entretenía sin cesar en cocear así… así…

 

-¡Señor de Kock! Le agradecería mucho que se contuviese -inte­rrumpió entonces una señora anciana sentada al lado del orador-. Guar­de, si le parece, las coces para usted. ¡Me ha estropeado mi vestido de brocado! ¿Es necesario aclarar una observación de un modo tan material? Nuestro amigo, que está aquí, lo comprenderá igualmente sin esta demos­tración física. Palabra, que es usted casi tan asno como ese pobre loco que creía serlo. Su agilidad en cocear es completamente natural, tan cierto como yo soy quien soy…

 

-¡Mil perdones, señorita! -respondió el señor de Kock, interpela­do de esa manera-. ¡Mil perdones! Yo no tenía intención de ofenderla. Señorita Laplace; el señor de Kock solicita el honor de brindar una copa de vino con usted.

 

Entonces, el señor de Kock se inclinó, le besó ceremoniosamente la mano y bebió el vino que le ofreció la señorita Laplace.

 

– Permítame usted, amigo mío -dijo el señor Maillard, dirigiéndose a mí-, permítame ofrecerle un pedazo de esta ternera a la Sainte-Mené­hould; la encontrará delicadísima…

 

Tres robustos criados habían conseguido depositar, sin riesgo, sobre la mesa, un enorme plato, que más bien parecía un barco, contenien­do lo que yo suponía ser el monstrum horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum.

 

Un examen más atento me confirmó, no obstante, que sólo era una ternera asada, entera, apoyada en sus rodillas, con una manzana entre los dientes, según la moda usada en Inglaterra para servir una liebre.

 

-No, muchas gracias -repliqué-; para decir verdad, no tengo una gran debilidad por la ternera a la Sainte… ¿cómo dice usted?, porque, ge­neralmente, no me sienta bien. Le suplico que haga cambiar este plato y que me permita probar algo de conejo.

 

Había sobre la mesa algunos platos laterales, que contenían lo que me parecía ser conejo casero, a la francesa; un bocado delicioso que me per­mito recomendaros.

 

-¡Pedro! -gritó mi anfitrión-. Cambie el plato del señor y sírvale un pedazo de ese conejo al gato.

 

-¿De ese… qué? -interrogué.

 

-De ese conejo al gato.

 

-¡Ah, pues lo agradezco mucho!… Pensándolo bien, renuncio a co­merlo y prefiero servirme un poco de jamón.

 

En realidad (pensaba yo) no sabe uno lo que come en la mesa de estas personas de provincia. No quiero saborear conejo al gato por la misma ra­zón que no querría probar gato al conejo.

 

Y luego -dijo un personaje de figura cadavérica, colocado al ex­tremo de la mesa, reanudando el hilo de la conversación donde se había interrumpido-, entre otras extravagancias, hemos tenido en cierta épo­ca a un enfermo que se obstinaba en creerse un queso y que se paseaba con un cuchillo en la mano, invitando a sus amigos a cortar, para sabo­rearlo, un pedazo de su muslo.

 

-Era, sin duda, un loco perdido -interrumpió otra persona-; pero no se podía comparar con un individuo que todos hemos conocido, con excepción de este caballero extranjero. Me refiero al hombre que se figuraba ser una botella de champaña y que hablaba siempre con un pau… pau… y un pschi… i… i…, de esta manera…

 

Entonces el orador, muy torpemente, a mi juicio, metió su pulgar de­recho bajo su carrillo izquierdo, y lo retiró bruscamente con un ruido se­mejante al estallido de un corcho que salta, y luego, por un hábil movimiento de la lengua sobre los dientes, produjo un silbido agudo, que duró algunos minutos, para imitar el borboteo del champaña. Esta mímica no fue grata al señor Maillard, por lo que pude observar; no obstante, no dijo nada. Entonces la conversación fue reanudada por un hombre menu­do, muy flaco, con una gran peluca.

 

-Había también -dijo- un imbécil que se creía una rana, animal al cual se asemejaba extraordinariamente, dicho sea de paso. Quisiera que usted lo hubiese visto, señor (se dirigía a mí); le habría causado alegría ver el aire de naturalidad que daba a su papel. Señor, si ese hombre no era una rana, puedo decir que era una gran desgracia que no lo fuese. Su croar era, aproximadamente, así: ¡O… o… o… güe… o… ooo… güe…! … Solía dar verdaderamente la nota más limpia del mundo; i un sí bemol!, y cuando ponía los codos sobre la mesa de esta manera, después de haber bebido una o dos copas de vino, y distendía su boca así, y giraba sus ojos de esta manera, y luego los hacía pestañear con excesiva rapidez, así, ¿ve usted?…, señor, le juro de la manera más seria y positiva que usted habría caído en éxtasis ante la genialidad de ese hombre.

 

-No lo dudo -respondí.

 

-Había también (dijo otro personaje) un tal Petit Gaillard que se creía una pizca de tabaco y que estaba desconsolado de no poder tomarse a sí mismo entre su índice y su pulgar.

 

-Hemos tenido también a Julio Deshouliéres, que era verdadera­mente un genio singular y que se volvió loco sugestionado por la idea de que era una calabaza. Perseguía sin cesar al cocinero para hacer que lo pu­siera en un pastel, cosa a la cual el cocinero se negaba con indignación. i Por mi parte, no afirmaré que un pastel a la Deshouliéres no fuese un manjar exquisito, en verdad!…

 

-Usted me asombra -dije.

 

Y miré al señor Maillard con ademán interrogativo.

 

-¡Ah, ah! -dijo éste-. ¡Eh, eh! ¡Ih, ih! ¡Oh, oh, oh! ¡Uh, uh, uh!… Excelente, en verdad. No debe asombrarse, amigo mío; este señor es un extravagante, un gran bromista; no hay que tomar al pie de la letra lo que dice…

 

   ¡Oh!… -dijo otra persona de la reunión-. Pero también hemos conocido a Bouffon-Legrand, otro personaje muy extraordinario en su gé­nero. Se le trastornó el cerebro por una pasión amorosa y se imaginó que era poseedor de dos cabezas. Afirmaba que una de ellas era la de Cicerón; en cuanto a la otra, se la imaginaba compuesta, siendo la de Demóstenes desde la frente hasta la boca y la de Lord Brougham desde la boca hasta el remate de la barbilla. No sería imposible que estuviese engañado; pero lo habría convencido de que tenía razón, porque era un hombre de gran elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no podía contenerse en manifestarlo. Por ejemplo, tenía la costumbre de saltar así sobre la mesa y luego…

 

En ese momento, un amigo del orador, sentado a su lado, le puso la mano en el hombro y le cuchicheó algunas palabras al oído; al oír esto, el otro cesó inmediatamente de hablar y se dejó caer sobre la silla.

 

– Y luego -dijo el amigo, el que había hablado en voz baja- hubo también un tal Boulard, la girándula. Lo llamo la girándula porque estuvo atacado de la manía singular acaso, pero no absolutamente insensata, de creerse transformado en veleta. Hubieran muerto de risa al verlo girar. Pi­rueteaba sobre sus talones de esta manera: vea usted…

 

Entonces, el amigo a quien él había interrumpido un momento antes, le prestó exactamente, a su vez, el mismo servicio.

 

-Pero -exclamó una anciana con voz chillona- su señor Boulard era un loco y un loco muy estúpido además. Porque, permítame pregun­tarle: ¿quién ha oído hablar jamás de una veleta humana? La cosa es ab­surda en sí misma. Madame Joyeuse era una persona más sensata, como usted sabe. También tenía su manía, pero una manía inspirada por el sen­tido común, y que causaba gran satisfacción a todos los que tenían el ho­nor de conocerla. Había descubierto, tras madura reflexión, que había sido transformada, por un singular accidente, en gallo; pero en su calidad de gallo, se comportaba normalmente. Batía las alas así, así, con un esfuerzo prodigioso, y su canto era deliciosísimo… ¡Coo… o… co… coo… o…! ¡Coo… o… co… coo… oo…!

 

-Madame Joyeuse, le ruego que procure contenerse -interrumpió nuestro anfitrión con cólera-. Si no quiere conducirse correctamente como una dama debe hacerlo, puede abandonar la mesa inmediatamente. ¡Elija usted!…

 

La dama (a quien yo quedé asombrado de oír nombrar Madame Jo­yeuse, después de la descripción de Madame Joyeuse que ella acababa de hacer) se ruborizó hasta las pestañas y pareció profundamente humillada por la reprimenda. Bajó la cabeza y no respondió ni una sílaba. Pero una dama más joven reanudó el tema de conversación. Era la hermosa mu­chacha de la sala de visitas.

 

-¡Oh! -exclamó-. i Madame Joyeuse era una loca! Pero había mucho sentido común en la fantasía de Eugenia Salsafette. Era una her­mosísima joven, de aire modesto y contrito, que juzgaba muy indecente la costumbre vulgar de vestirse y que quería vestirse siempre poniéndose fuera de sus ropas, no dentro. Es cosa muy fácil de hacer, después de todo. No tenéis más que hacer así… y luego así… y después… y finalmente…

 

-¡Dios mío! ¡Señorita Salsafette! -exclamaron una docena de vo­ces a coro-. ¿Qué hace usted? ¡Conténgase!… ¡Basta! ¡Ya vemos cómo puede hacerse! ¡Basta!…

 

Y varias personas saltaban ya de las sillas para impedir a la señorita Salsafette ponerse al igual de la Venus de Médicis, cuando el resultado apetecible fue súbita y eficazmente logrado por consecuencia de los gritos o de los aullidos que provenían de algún departamento principal del cas­tillo. Mis nervios se sintieron muy impresionados, si he de decir la verdad, por esos aullidos; pero los otros convidados me causaron lástima. Nunca he visto en mi vida reunión de personas sensatas tan absolutamente em­pavorecidas. Se tornaron todos pálidos como cadáveres, saltaban sobre la silla, se estremecían y castañeteaban de tenor y parecían esperar con oídos ansiosos la repetición del mismo ruido. Se repitió, en efecto, con tono más alto y como aproximándose; y luego una tercera vez, muy fuerte, muy fuerte, y, por fin, una cuarta vez, con energía que iba en descenso. Ante ese aparente apaciguamiento de la tempestad, toda la reunión recobró in­mediatamente su alegría y su animación y las anécdotas pintorescas comenzaron de nuevo. Me aventuré entonces a indagar cuál era la causa de ese ruido.

 

-Una bagatela -dijo el señor Maillard-. Estamos ya fatigados de ello y nos preocupamos muy poco. Los locos, a intervalos regulares, se po­nen a aullar a coro, excitándose el uno al otro, y llegando a veces a formar como una jauría de perros por la noche. Ocurre también de cuando en cuando que ese concierto de aullidos va seguido de un esfuerzo simultá­neo de todos para evadirse; en ese caso, hay quien siente algún temor, na­turalmente.

 

-¿Y cuántos tienen ahora encerrados?

 

-Por ahora, diez entre todos.

 

-Supongo que mujeres, principalmente…

 

-¡Oh, no! Todos hombres y robustos mozos; se lo puedo afirmar. – La verdad es que yo había oído decir siempre que la mayoría de los locos pertenecía al sexo amable.

 

-En general, sí; pero no siempre. Hace algún tiempo teníamos aquí unos veintisiete enfermos y de este número no había menos de dieciocho mu­jeres; pero desde hace poco, las cosas han cambiado mucho, como usted ve.

 

– Sí… han cambiado mucho… como usted ve -interrumpió el señor que había destrozado la tibia de Mademoiselle Laplace.

 

– Sí, han cambiado mucho, como usted ve -clamó al unísono la so­ciedad.

 

-¡Cállense ustedes, cállense!… ¡Contengan la lengua!… -gritó mi anfitrión, en un acceso de cólera.

 

Al oír esto, toda la reunión guardó durante un minuto un silencio de muerte. Hubo una dama que obedeció al pie de la letra al señor Maillard, es decir que, sacando la lengua, una lengua excesivamente larga, la agarró con las dos manos y la tuvo así con mucha resignación hasta el fin del banquete.

 

– Y esta señora -dije al señor Maillard, inclinándome hacia él y ha­blándole en voz baja-, esta excelente dama que hablaba hace un mo­mento y que nos lanzaba su ¡cocoricó! y ¡kikirikí!, ¿es absolutamente inofensiva, totalmente inofensiva, eh?

 

-¡Inofensiva! -exclamó con sorpresa no fingida-. ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?

 

-¿No está más que ligeramente atacada? -dije yo señalándole la frente-. Supongo que no está peligrosamente afectada, ¿eh?

 

-¡Dios mío! ¿Qué se imagina usted? Esta dama, mi particular y an­tigua amiga, Madame Joyeuse, tiene el cerebro tan sano como yo. Padece de algunas excentricidades, sin duda alguna; pero ya sabe usted que todas las ancianas, todas las señoras muy ancianas, son más o menos ex­céntricas…

 

-Sin duda alguna -dije-, sin duda. ¿Y el resto de esas señoras y  señores?…

 

-Todos son mis amigos y mis guardianes -interrumpió el señor Maillard, irguiéndose con altivez-, mis excelentes amigos y mis ayudantes.

 

-¿Cómo? ¿Todos ellos? -pregunté-. ¿Y las mujeres, también, sin excepción?…

 

– Indudablemente -dijo-. No podríamos hacer nada sin las muje­res: son las mejores enfermeras del mundo para los locos; tienen una ma­nera suya especial, ¿sabe usted? Sus ojos producen efectos maravillosos, algo como la fascinación de la serpiente, ¿sabe usted?…

 

– Seguramente -dije yo-, seguramente. Se conducen de un modo algo extravagante, ¿no es eso? Tienen algo de original. ¿No le parece a usted?

 

– ¡Extravagante! ¡Original! ¡Cómo! ¿Opina usted así?… A decir ver­dad, en el Mediodía no somos hipócritas; hacemos todo lo que nos agrada; gozamos de la vida; y todas esas costumbres, ya comprende usted…

 

– Perfectamente -dije-, perfectamente…

 

– Y luego ese Clos de Vougeót es algo capitoso, ¿comprende usted?; un poco fuerte, ¿no es eso?

 

-Seguramente -dije yo-, seguramente. Entre paréntesis, señor, ¿no le he oído yo decir que el sistema adoptado por usted, en sustitución del famoso sistema de benignidad, era de una severidad rigurosa?…

 

-De ningún modo. La reclusión es absolutamente rigurosa; pero el tratamiento -el tratamiento médico, quiero decir- es agradable para los enfermos.

 

– ¿Y el nuevo sistema es de su invención?

 

-Nada de eso, absolutamente. Algunos aspectos de mi sistema de­ben ser atribuidos al profesor Alquitrán y del cual ha oído usted forzosa­mente hablar; y hay en mi plan modificaciones que me es grato reconocer como pertenecientes de derecho al célebre Pluma, a quien ha tenido us­ted el honor, si no me engaño, de conocer íntimamente.

 

– Me siento avergonzado de confesar -repliqué- que hasta ahora jamás había oído pronunciar los nombres de esos señores.

 

-¡Cielo santo! -exclamó mi anfitrión, retirando bruscamente la si­lla y levantando las manos en alto-. i Es posible que yo le haya entendido mal!… ¿No habrá querido usted decir, verdad, que no ha oído hablar ja­más del erudito doctor Alquitrán ni del famoso profesor Pluma?…

 

-Me veo forzado a reconocer mi ignorancia -respondí-; pero la verdad ante todo. Créame que me siento humillado de no conocer las obras de esos dos hombres, sin duda alguna, extraordinarios. Voy a ocu­parme de buscar sus escritos y los leeré con estudiosa diligencia. Señor Maillard, usted me ha hecho, lo confieso, avergonzarme de mí mismo…

 

Y era la pura verdad.

 

-No hablemos más de eso, mi joven y excelente amigo -dijo con bondad, estrechándome la mano-; tomemos cordialmente juntos un vaso de Sauterne.

 

Bebimos ambos. La reunión siguió el ejemplo sin vacilaciones. Char­laban, bromeaban, reían, realizaban mil extravagancias. Los violines ras­caban, el tambor multiplicaba sus rataplanes, los trombones mugían como toros de Phalaris; y toda la cuadrilla, exaltándose a medida que los vinos la dominaban imperiosamente, se convirtió al fin en una especie de pan­demónium in petto. Sin embargo, el señor Maillard y yo, con algunas bo­tellas de Sauterne y de Clos de Vougeót repartidas entre nosotros dos, continuábamos el diálogo a chillidos. Una palabra pronunciada en el dia­pasón ordinario no habría tenido más probabilidades de ser oída que la voz de un pez en el fondo del Niágara.

 

-Señor -le grité al oído-, me hablaba usted, antes de la comida, del peligro que implica el antiguo sistema de lenidad. ¡A qué se refiere usted?

 

– Sí -respondió-, había algunas veces un gran peligro. No es po­sible darse cuenta de los caprichos de los locos; y, a mi juicio, y asimismo según la opinión del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no es pruden­te jamás dejarlos pasearse libremente y sin vigilantes. Un loco puede ser pacífico, como suele decirse, por algún tiempo, pero al fin es siempre capaz de turbulencias. Además, su astucia es proverbial y verdaderamente muy grande. Si tiene un plan sabe ocultarlo con maravillosa hipocresía; y la habilidad con que remeda la lucidez ofrece al estudio del filósofo uno de los más singulares problemas psíquicos. Cuando un loco parece completa­mente razonable, es ocasión, créamelo, de ponerle la camisa de fuerza.

 

-Pero ese peligro, querido amigo, ¿ese peligro de que usted habla?… Según su propia experiencia, desde que esta casa está bajo su control, ¿ha tenido usted una razón material y positiva para considerar peligrosa la li­bertad en un caso de locura?…

 

     ¿Aquí? ¿Por mi propia experiencia?… Ciertamente, no puedo res­ponder ¡sí!… Por ejemplo, no hace mucho tiempo, una circunstancia singu­lar se ha presentado en esta misma casa. El sistema de benignidad, como usted sabe, estaba entonces en uso y los enfermos se hallaban en libertad. Se conducían notablemente bien, a tal punto que toda persona de buen sentido hubiera podido deducir de esa cordura la prueba de que se fragua­ba entre estos amigos algún plan diabólico. Y, en efecto, una buena ma­ñana, los guardianes aparecieron atados de pies y manos y arrojados a las celdas, donde fueron vigilados por los mismos locos que habían usurpado las funciones de guardianes.

 

-¡Oh! ¿Qué me dice usted? No he oído hablar jamás, en mi vida, de absurdo semejante…

 

– Es un hecho. Todo eso ocurrió, gracias a un necio, a un estúpido, a un loco a quien se le había metido en la cabeza que era el inventor del mejor sistema de gobierno de que se hubiera oído hablar jamás, gobierno de locos, bien entendido. Deseaba dar una prueba de su invento y así per­suadió a los otros enfermos de unirse a él en una conspiración para derri­bar al poder reinante.

 

– ¿Y lo consiguió realmente?…

 

-Completamente. Los vigilantes y los vigilados tuvieron que trocar sus respectivos papeles, con la diferencia muy importante, sin embargo, de que los locos habían quedado libres mientras que los guardianes fueron inmediatamente encerrados en calabozos y tratados (me duele confesar­lo) de una manera muy poco gentil.

 

-Pero presumo que ha debido llevarse a cabo muy pronto una con­trarrevolución. Esta situación no podía durar mucho tiempo. Los campe­sinos de las cercanías y los visitantes que venían a ver el establecimiento habrán dado, sin duda, la voz de alarma.

 

– Está usted en un error. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para que eso pudiera ocurrir. No admitió en lo sucesivo a ningún visitan­te; con excepción, por una sola vez, de un caballero joven, de fisonomía muy boba y que no podía inspirarle desconfianza alguna. Le permitió visi­tar la casa, como para introducir en ella un poco de variedad y para diver­tirse con él. Inmediatamente que le hubo enseñado todo, lo dejó salir…

 

-¿Y cuánto tiempo ha durado el reinado de los locos?…

 

-¡Oh, mucho tiempo, en verdad! Un mes, seguramente; no sé si más; acaso, pero no puedo precisarlo. Sin embargo, los locos se daban buena vida; puedo jurárselo. Desecharon sus trajes viejos y raídos, y apro­vecharon lindamente el guardarropa de familia y las joyas. Las bodegas del castillo estaban bien provistas de vino y esos demonios de locos son buenos catadores y saben beber bien. Han vivido espléndidamente, se lo aseguro…

 

-¿Y el tratamiento? ¿Cuál era el género de tratamiento que aplicaba el jefe de los rebeldes?…

 

– En cuanto a eso, he de decirle que un loco no es necesariamente necio, como ya se lo he hecho observar, y es mi humilde opinión que su tratamiento era un tratamiento bastante mejor que el que había sido mo­dificado. Era un tratamiento verdaderamente fundamental, sencillo, lim­pio, sin obstáculo alguno, realmente delicioso… era…

 

Aquí las observaciones de mi anfitrión fueron bruscamente interrum­pidas por una nueva serie de gritos, de la misma calidad de los que ya nos habían desconcertado. Sin embargo, esta vez parecían proceder de perso­nas que se iban acercando rápidamente.

 

-¡Cielo santo! -exclamé-. Los locos se han escapado, sin duda.

 

-Me temo que tenga usted razón -respondió el señor Maillard, po­niéndose entonces terriblemente pálido.

 

Apenas concluida su frase cuando se hicieron oír grandes clamores e imprecaciones debajo de las ventanas, e inmediatamente después obser­vamos, con toda claridad, que algunos individuos que estaban fuera se in­geniaban para entrar por maña o por fuerza en la sala. Se golpeaba en la puerta con algo que debía de ser una especie de cencerro o un enorme martillo y las contraventanas eran sacudidas y empujadas con prodigiosa violencia.

 

Siguió una escena de la más terrible confusión, el señor Maillard, con gran asombro mío, se escondió debajo del aparador. Hubiera esperado de él más resolución y energía. Los miembros de la orquesta, que desde un cuarto de hora antes parecían demasiado beodos para ejercer sus funcio­nes artísticas, saltaron sobre sus taburetes y sus instrumentos y, escalando el tablado, atacaron al unísono una marcha, el Yankee-Doodle[2],que ejecu­taron, si no con maestría, al menos con una energía sobrehumana, duran­te todo el tiempo que duró el desorden.

 

Con todo, el señor a quien antes se le había impedido, con gran difi­cultad, saltar sobre la mesa, saltó ahora en medio de vasos y botellas. In­mediatamente que estuvo instalado con toda comodidad, inició un discurso que indudablemente hubiera parecido de primer orden si se le hubiera podido oír. En el mismo instante el hombre cuyas predilecciones estaban por la veleta, se puso a piruetear alrededor de la habitación, con inmensa energía, tanto que tenía el aspecto de una verdadera veleta, de­rribando a todos los que encontraba a su paso. Y luego, oyendo increíbles petardeos y chorreos inauditos de champaña, descubrí que todo eso pro­cedía del individuo que durante la comida había desempeñado tan bien el papel de botella. Al mismo tiempo, el hombre-rana croaba con todas sus fuerzas, como si la salvación de su alma dependiese de cada nota que pro­fería. En medio de todo ello, se elevaba, dominando todos los ruidos, el ininterrumpido rebuzno de un asno. En cuanto a mi antigua amiga, Ma­dame Joyeuse, parecía hallarse atacada de tan horrible perplejidad, que me inspiraba deseos de llorar. Estaba de pie en un rincón, cerca de la es­tufa, y se contentaba con cantar, a voz en cuello, ¡cocoricó, kikirikí!

 

Por fin, llegó la crisis suprema, la catástrofe del drama. Como los gri­tos, los aullidos y los kikirikís eran las únicas formas de resistencia, los únicos obstáculos opuestos a los esfuerzos de los asaltantes, las dos venta­nas fueron forzadas rápidamente y casi simultáneamente. Pero no olvida­ré jamás mis sensaciones de aturdimiento y de horror cuando vi saltar por las ventanas y precipitarse atropelladamente entre nosotros, gesticulando con las manos, con los pies, con las uñas, un verdadero ejército aullador de monstruos, que primeramente tomé por chimpancés, orangutanes o grandes babuinos negros del Cabo de Buena Esperanza.

 

Recibí unos terribles golpes, y entonces me apelotoné debajo de un diván, donde quedé inmóvil. Después de haber permanecido allí un cuar­to de hora aproximadamente, durante el cual escuché todo lo que ocurría en la sala, obtuve, al fin, con el desenlace, una explicación satisfactoria de esa tragedia. El señor Maillard, al contarme la historia del loco que había excitado a sus camaradas a la rebelión, no había hecho sino relatar sus propias fechorías. Ese señor había sido, en efecto, dos o tres años antes, director del establecimiento; luego su cerebro se había perturbado y había pasado al número de los enfermos. Este hecho no era conocido del com­pañero de viaje que me había presentado a él. Los guardianes, en número de diez, habían sido súbitamente atacados, luego bien alquitranados, lue­go cuidadosamente emplumados, luego, por fin, encerrados en los sóta­nos. Habían estado así encerrados más de un mes, y durante todo ese tiempo el señor Maillard no sólo les había concedido generosamente el al­quitrán y las plumas (lo cual constituía su sistema) sino también… algo de pan y agua en abundancia. Diariamente una bomba impelente les enviaba su ración de duchas…

 

Al fin, uno de ellos, habiéndose evadido por una alcantarilla, devol­vió la libertad a todos los demás.

 

El sistema de benignidad, con importantes modificaciones, ha sido res­taurado en el sanatorio de los locos; pero no puedo menos de reconocer, con el señor Maillard, que su tratamiento, el suyo original y peculiar, era, en su género, un tratamiento fundamental. Como él mismo hacía observar con exactitud, era un tratamiento sencillo, limpio, sin dificultad alguna, abso­lutamente ninguna…

 

Sólo he de añadir unas palabras.

 

Aunque he buscado por todas las bibliotecas de Europa las obras del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no he podido, hasta hoy, a pesar de todos mis esfuerzos, conseguir un ejemplar.

 

EDGAR ALLAN POE, «EL ANGEL DE LO SINGULAR». RELATO

 

El gran Edgar, a mi me encanta este escritor y además desde muy joven, desde los 12 o 13 años. Primero por uno de sus relatos que habían pasado a comic en una de aquellas publicaciones de terror que se vendian entonces «Dossier Negro», el relato era «El Gato Negro» y sabiendo que el libro con los relatos estaba por mi casa, lo agarré por banda y me lo tragué casi de tirón.

Pero sin embargo son menos conocidos los llamados «RELATOS HUMORÍSTICOS». Si, son humorísticos, pero con un humor….un tanto especial, peculiar.

Aquí voy a poner uno de esos relatos, a mi me hizo flipar en colores.

Eso si, que mania tienen con las traducciones de los títulos, en este le han dado el nombre que he puesto, sin embargo en mi libro, cambian la última palabra, en mi libro se titula «EL ANGEL DE LO EXTRAÑO» y he visto internet que también se ha traducido como «EL ANGEL DE LO ESTRAMBÓTICO».

Well, pero el caso es que es una pasada, ¿preparados?, bien, pues allá vá:

EL ÁNGEL DE LO SINGULAR

EDGAR ALLAN POE

Era una fría tarde de noviembre. Acababa de dar fin a un almuerzo más copioso que de costumbre, en el cual la indigesta trufa constituía una parte apreciable, y me encontraba solo en el comedor, con los pies apoyados en el guardafuegos, junto a una mesita que había arrimado al hogar y en la cual había diversas botellas de vino y liqu eur. Por la mañana había estado leyendo elL eónidas, de Glover; laEpigoniada, de Wilkie; elPeregrinaje, de Lamartine; la Columbiada, de Barlow; la Sicilia, de Tuckermann, y las Curiosidades, de Griswold; confesaré,por tanto, que me sentía un tanto estúpido. Me esforzaba por despabilarme con ayuda de frecuentes tragos de Laffitte, pero como no me daba resultado, empecé a hojear desesperadamente un periódico cualquiera. Después de recorrer cuidadosamente la columna de casas de alquiler, la de perros perdidosy las dos de esposas y aprendices desaparecidos, ataqué resuelto el editorial, leyéndolo del principio al fin sin entender una sola sílaba; pensando entonces que quizá estuviera escrito en chino, volví a leerlo del fin al principio, pero los resultados no fueron más satisfactorios. Me disponía a arrojar disgustado este infolio de cuatro páginas, feliz obraqueue ni siquiera los poetas critican,cuando mi atención se despertó a la vista del siguiente párrafo:

Los caminos de la muerte son numerosos y extraños. Un periódico londinense se ocupa del singular fallecimiento de un individuo. Jugaba éste a soplar el dardo, juego que consiste en clavar en un blanco una larga aguja que sobresale de una pelota de lana, todo lo cual se arroja soplándolo con una cerbatana. La víctima colocó la aguja en el extremo del tubo que no correspondía y, al aspirar con violencia para juntar aire, la aguja se le metió por la garganta, llegando a los pulmones y ocasionándole la muerte en pocos días.

Al leer esto, me puse furioso sin saber exactamente por qué.

-Este artículo –exclamé- es una despreciable mentira, un triste engaño, la hez de las invenciones de un escritorzuelo de a un penique la línea, de un pobre cronista de aventuras en el país de Cucaña. Individuos tales, sabedores de la extravagante credulidad de nuestra época, aplican su ingenio a fabricar imposibilidades probables… accidentes extraños, como ellos lo denominan. Pero una inteligencia reflexiva (como la mía, pensé entre paréntesis apoyándome el índice en la nariz), un entendimiento contemplativo como el que poseo, advierte de inmediato que el maravilloso incremento que han tenido recientemente dichos accidentes extrañoses en sí el más extraño de los accidentes. Por mi parte, estoy dispuesto a no creer de ahora en adelante nada que tenga alguna apariencia singular.

-¡Tíos mío, que estúpido es usted, ferdaderamente! –pronunció una de las más notables voces que jamás haya escuchado.

En el primer momento creí que me zumbaban los oídos (como suele suceder cuando se está muy borracho), pero pensándolo mejor me pareció que aquel sonido se asemejaba al que sale de un barril vacío si se lo golpea con un garrote; y hubiera terminado por creerlo de no haber sido porque el sonido contenía sílabas y palabras. Por lo general, no soy muy nervioso, y los pocos vasos de Laffitte que había sido saboreado sirvieron para darme aún más coraje, por lo cual alcé los ojos con toda calma y los paseé por la habitación en busca del intruso. No vi a nadie.

-¡Humf! –continuó la voz, mientras seguía yo mirando-. ¡Debe estar más borracho que un cerdo, si no me fe sentado a su lado!

Esto me indujo a mirar inmediatamente delante de mis narices y, en efecto, sentado en la parte opuesta de la mesa vi a un estrambótico personaje del que, sin embargo, trataré de dar alguna descripción. Tenía por cuerpo un barril de vino, o una pipa de ron, o algo por el estilo que le daba un perfecto aire a lo Falstaff. A modo de extremidades inferiores tenía dos cuñetes que parecían servirle de piernas. De la parte superior del cuerpo le salían, a guisa de brazos, dos largas botellas cuyos cuellos formaban las manos. La cabeza de aquel monstruo estaba formada por una especie de cantimplora como las que usan en Hesse y que parecen grandes tabaqueras con un agujero en mitad de la tapa. Esta cantimplora (que tenía un embudo en lo alto, a modo de gorro echado sobre los ojos) se hallaba colocada sobre aquel tonel, de modo que el agujero miraba hacia mí; y por dicho agujero, que parecía fruncirse en un mohín propio de una solterona ceremoniosa, el monstruo emitía ciertos sonidos retumbantes y ciertos gruñidos que, por lo visto, respondían a su idea de un lenguaje inteligible.

-Digo –repitió- que debe estar más borracho que un cerdo para no ferme sentado a su lado. Y digo también que debe ser más estúpido que un ganso para no creer lo que esdá impreso en el diario. Es la ferdad… toda la ferdad… cada palabra.

-¿Quién es usted, si puede saberse? –pregunté con mucha dignidad, aunque un tanto perplejo-. ¿Cómo ha entrado en mi casa? ¿Yqué significan sus palabras?
-Cómo he endrado aquí no es asunto suyo –replicó la figura-; en cuanto a mis palabras, yo hablo de lo que me da la gana; y he fenido aquí brecisamente para que sepa quién soy.
-Usted no es más que un vagabundo borracho –dije-. Voy a llamar para que mi lacayo lo eche a puntapiés a la calle.
-¡Ja, ja! –rió el individuo-. ¡Ju, ju, ju! ¡Imbosible que haga eso!
-¿Imposible? –pregunté-. ¿Qué quiere decir?
-Toque la gambanilla –me desafió, esbozando una risita socarrona con su extraña y condenada boca.

Al oír esto me esforcé por enderezarme, a fin de llevar a ejecución mi amenaza; pero entonces el miserable se inclinó con toda deliberación sobre la mesa y me dio en mitad del cráneo con el cuello de una de las largas botellas, haciéndome caer otra vez en el sillón del cual acababa de incorporarme. Me quedé profundamente estupefacto y por un instante no supe que hacer. Entretanto, él seguía con su cháchara.

-¿Ha visto? Es mejor que se guede guieto. Y ahora sabrá guien soy. ¡Míreme! ¡Fea! Yo soy el Ángel de lo Singular.

-¡Vaya si es singular! –me aventuré a replicar-.
Pero siempre he vivido bajo la impresión de que un ángel tenía alas.
-¡Alas! –gritó, furibundo-. ¿Y bara qué quiero las alas? ¡Me doma usted por un bollo?

-¡Oh, no, ciertamente! –me apresuré a decir muy alarmado-. ¡No, no tiene usted nada de pollo!-Pueno, entonces quédese sentado y bórtese pien, o le begaré de nuevo con el buño. El bollo tiene alas, y el púho tiene alas, y el duende tiene alas, y el gran tiablo tiene alas. El ángel no tiene alas, y yo soy el Ángel de lo Singular.
-¿Yqué se trae usted conmigo? ¿Se puede saber…?
-¡Qué me draigo! –profirió aquella cosa-. ¡Bues… que berfecto maleducado tebe ser usted para breguntar a un ángel qué se drae!

Aquel lenguaje era más de lo que podía soportar, incluso de un ángel; por lo cual, reuniendo mi coraje, me apoderé de un salero que había a mi alcance y lo arrojé a la cabeza del intruso. O bien lo evitó o mi puntería era deficiente, pues todo lo que conseguí fue la demolición del cristal que protegía la esfera del reloj sobre la chimenea. En cuanto al ángel, me dio a conocer su opinión sobre mi ataque en forma de dos o tres nuevos golpes en la cabeza. Como es natural, esto me redujo inmediatamente a la obediencia, y me avergüenza confesar que, sea por el dolor o la vergüenza que sentía, me saltaron las lágrimas de los ojos.

-¡Tíos mío! –exclamó el ángel, aparentemente muy sosegado por mi desesperación-. ¡Tíos mío, este hombre está muy borracho o muy triste! Usted no tebe beber tanto… usted tebe echar agua al fino. ¡Vamos beba esto… así, berfecto! ¡Y no llore más, famos!

Y, con estas palabras, el Ángel de lo Singular llenó mi vaso (que contenía un tercio de oporto) con su fluido incoloro que dejó salir de una de las botellas-manos. Noté que las botellas tenían etiquetas y que en las mismas se leía:Kirs chen wa ss er.

La amabilidad del ángel me ablandó grandemente y, ayudado por el agua con la cual diluyó varias veces mi oporto, recobré bastante serenidad como para escuchar su extraordinarísimo discurso. No pretendo repetir aquí todo lo que me dijo, pero deduje de sus palabras que era el genio que presidía sobre loscontre tempsde la humanidad, y que su misión consistía en provocar los accidentes singularesque asombraban continuamente a los escépticos. Una o dos veces, al aventurarme a expresar mi completa incredulidad sobre sus pretensiones, se puso muy furioso, hasta que, por fin, estimé prudente callarme la boca y dejarlo que hablara a gusto. Así lo hizo, pues, extensamente, mientras yo descansaba con los ojos cerrados en mi sofá y me divertía mordisqueando pasas de uva y tirando los cabos en todas direcciones. Poco a poco el ángel pareció entender que mi conducta era desdeñosa para con él. Levantóse, poseído de terrible furia, se caló el embudo hasta los ojos, prorrumpió en un largo juramento, seguido de una amenaza que no pude comprender exactamente y, por fin, me hizo una gran reverencia y se marchó, deseándome en el lenguaje del arzobispo en Gil Blas,beaucoup de bonheur et un peu plus de bon sens.

Su partida fue un gran alivio para mí. Lospoquís imosvasos de Laffitte que había bebido me producían una cierta modorra, por lo cual decidí dormir quince o veinte minutos, como acostumbraba siempre después de comer. A la seis tenía una cita importante, a la cual no debía faltar bajo ningún pretexto. La póliza de seguro de mi casa había expirado el día anterior, pero como surgieran algunas discusiones, quedó decidido que los directores de la compañía me recibirían a las seis para fijar los términos de la renovación. Mirando el reloj de la chimenea (pues me sentía demasiado adormecido para mi reloj del bolsillo) comprobé con placer que aún contaba con veinticinco minutos. Eran las cinco y media; fácilmente llegaría a la compañía de seguros en cinco minutos; y como mis siestas habituales no pasaban jamás de veinticinco, me sentí perfectamente tranquilo y me acomodé para descansar.

Al despertar, muy satisfecho, miré nuevamente el reloj y estuve a punto de empezar a creer en accidentes extraños cuando descubrí que en vez de mi sueño ordinario de quince o veinte minutos sólo había dormido tres, ya que eran las seis menos veintisiete. Volví a dormirme, y al despertar comprobé con estupefacción quetodaví aeran las seis menos veintisiete. Corrí a examinar el reloj, descubriendo que estaba parado. Mi reloj de bolsillo no tardó en informarme que eran las siete y media y, por consiguiente, demasiado tarde para la cita.

-No será nada –me dije-. Mañana por la mañana me presentaré en la oficina y me excusaré.
Pero, entretanto, ¿qué le ha ocurrido al reloj?

Al examinarlo descubrí que uno de los cabos del racimo de pasas que había estado desparramando a capirotazos durante el discurso del Ángel de lo Singular había aprovechado la rotura del cristal para alojarse –de manera bastante singular- en el orificio de la llave, de modo que su extremo, al sobresalir de la esfera, había detenido el movimiento del minutero.

-¡Ah, ya veo! –exclamé-. La cosa es clarísima. Un accidente muy natural, como los que ocurren a veces.

Dejé de preocuparme del asunto y a la hora habitual me fui a la cama. Luego de colocar una bujía en una mesilla de lectura a la cabecera, y de intentar la lectura de algunas páginas de la Omnipresencia de la Deidad, me quedé infortunadamente dormido en menos de veinte segundos, dejando la vela encendida.

Mis sueños se vieron aterradoramente perturbados por visiones del Ángel de lo Singular. Me pareció que se agazapaba a los pies del lecho, apartando las cortinas, y que con las huecas y detestables resonancias de una pipa de ron me amenazaba con su más terrible venganza por el desdén con que lo había tratado. Concluyó una larga arenga quitándose su gorro-embudo, insertándomelo en el gaznate e inundándome con un océano de Kirschenwasser, que manaba a torrentes de una de las largas botellas que le servían de brazos. Mi agonía se hizo, por fin, insoportable y desperté a tiempo para percibir que una rata se había apoderado de la bujía encendida en la mesilla, pero no  a tiempo de impedirle que se metiera con ella en su cueva. Muy pronto asaltó mis narices un olor tan fuerte como sofocante; me di cuenta de que la casa se había incendiado, y pocos minutos más tarde las llamas surgieron violentamente, tanto, que en un período increíblemente corto el entero edificio fue presa del fuego.

Toda salida de mis habitaciones había quedado cortada, salvo una ventana. La multitud reunida abajo no tardó en procurarme una larga escala. Descendía por ella rápidamente sano y salvo cuando a un enorme cerdo (en cuya redonda barriga, así como en todo su aire y fisonomía había algo que me recordaba al Ángel de lo Singular) se le ocurrió interrumpir el tranquilo sueño de que gozaba en un charco de barro y descubrir que le agradaría rascarse el lomo, no encontrando mejor lugar para hacerlo que el ofrecido por el pie de la escala. Un segundo después caí yo desde lo alto, con la ,a la fortuna de quebrarme un brazo.

Aquel accidente, junto con la pérdida de mi seguro y la más grave del cabello (totalmente consumido por el fuego), predispuso mi espíritu a las cosas serias, por lo cual me decidí finalmente a casarme.

Había una viuda rica, desconsolada por la pérdida de su séptimo marido, y ofrecí el bálsamo de mis promesas a las heridas de su espíritu. Llena de vacilaciones, cedió a mis ruegos. Arrodilléme a sus pies, envuelto en gratitud y adoración. Sonrojóse, mientras sus larguísimas trenzas se mezclaban por un momento con los cabellos que el arte de Grandjean me había proporcionado temporariamente. No sé cómo se enredaron nuestros cabellos, pero así ocurrió. Levantéme con una reluciente calva y sin peluca, mientras ella, ahogándose con cabellos ajenos, cedía a la cólera y al desdén. Así terminaron mis esperanzas sobre aquella viuda por culpa de un accidente por cierto imprevisible, pero que la serie natural de los sucesos había provocado.

Sin desesperar, empero, emprendí el asedio de un corazón menos implacable. Los hados me fueron propicios durante un breve período, pero un incidente trivial volvió a interponerse. Al encontrarme con mi novia en una avenida frecuentada por toda laélite de la ciudad, me preparaba a saludarla con una de mis más respetuosas reverencias, cuando alguna partícula de alguna materia se me alojó en el ojo, dejándome completamente ciego por un momento. Antes de que pudiera recobrar la vista, la dama de mi amor había desaparecido, irreparablemente ofendida por lo que consideraba descortesía al dejarla pasar a mi lado sin saludarla. Mientras permanecía desconcertado por lo repentino de este accidente (que podía haberle ocurrido, por lo demás, a cualquier mortal), se me acercó el Ángel de lo Singular, ofreciéndome su ayuda con una gentileza que no tenía razones para esperar. Examinó mi congestionado ojo con gran delicadeza y habilidad, informándome que me había caído en él una gota, y –sea lo que fuere aquella gota- me la extrajo y me procuró alivio.

Pensé entonces que ya era tiempo de morir, puesto que la mala fortuna había decidido perseguirme, y, en consecuencia, me encaminé al río más cercano. Una vez allí me despojé de mis ropas (dado que bien podemos morir como hemos venido al mundo) y me tiré de cabeza a la corriente, teniendo por único testigo de mi destino a un cuervo solitario, el cual, dejándose llevar por la tentación de comer maíz mojado en aguardiente, se había separado de sus compañeros. Tan pronto me hube tirado al agua, el pájaro resolvió echar a volar llevándose la parte más indispensable de mi vestimenta. Aplacé, por tanto, mis designios suicidas, y luego de introducir las piernas en las mangas de mi chaqueta, me lancé en persecución del villano con toda la celeridad que el caso reclamaba y que las circunstancias permitían. Mas mi cruel destino me acompañaba, como siempre. Mientras corría a toda velocidad, la nariz en alto y sólo preocupado por seguir en su vuelo al ladrón de mi propiedad, percibí de pronto que mis pies ya no tocaban terra firma: acababa de caer a un precipicio, y me hubiera hecho mil pedazos en el fondo, de no tener la buena fortuna de atrapar la cuerda de un globo que pasaba por ahí.

Tan pronto recobré suficientemente los sentidos como para darme cuenta de la terrible situación en que me hallaba (o, mejor, de la cual colgaba), ejercité todas las fuerzas de mis pulmones para llevar dicha terrible situación a conocimiento del aeronauta. Pero en vano grité largo tiempo. O aquel estúpido no me oía, o aquel miserable no quería oír, Entretanto el globo ganaba altura rápidamente, mientras mis fuerzas decrecían con no menor rapidez. Me disponía a resignarme a mi destino y caer silenciosamente al mar, cuando cobré ánimos al oír una profunda voz en lo alto, que parecía estar canturreando un aire de ópera. Mirando hacia arriba, reconocí al Ángel de lo Singular. Con los brazos cruzados, se inclinaba sobre el borde de la barquilla; tenía una pipa en la boca y, mientras exhalaba tranquilamente el humo, parecía muy satisfecho de sí mismo y del universo. En cuanto a mí, estaba demasiado exhausto para hablar, por lo cual me limité a mirarlo con aire implorante.

Durante largo tiempo no dijo nada, aunque me contemplaba cara a cara. Por fin, pasándose la pipa al otro lado de la boca, condescendió a hablar.
-¿Quién es usted y qué diablos hace aquí? –preguntó-.
A esta desfachatez, crueldad y afectación sólo pude responder con una sola palabra:
¡Socorro!
-¡Socorro! –repitió el malvado-. ¡Nada te eso! Ahí fa la potella… ¡Arréglese usted solo, y que el tiablo se lo lleve!

Con estas palabras, dejó caer una pesada botella de Kirschenwasser que, dándome exactamente en mitad del cráneo, me produjo la impresión de que mis sesos acababan de volar. Dominado por esta idea me disponía a soltar la cuerda y rendir mi alma con resignación, cuando fui detenido por un grito del ángel, quien me mandaba que no me soltara.

-¡Déngase con fuerza! –gritó-. ¡Y no se abresure! ¿Quiere que le dire la otra potella… o brefiere bortarse bien y ser más sensato?

Al oír esto me apresuré a mover dos veces la cabeza, la primera negativamente, para indicar que por el momento no deseaba recibir la otra botella, y la segunda afirmativamente, a fin de que el ángel supiera que me portaría bien y que sería más sensato. Gracias a ello logré que se dulcificara un tanto.

-Entonces… ¿cree por fin? –inquirió-. ¿Cree por fin en la bosibilidad de lo extraño?

Asentí nuevamente con la cabeza.

-¿Y cree en mí, el Ángel de lo Singular?

Asentí otra vez.

-¿Y reconoce que usted es un borracho berdido y un estúbido?

Una vez más dije que sí.

-Bues, pien, bonga la mano terecha en el polsillo izquierdo te los bantalones, en señal de su entera sumisión al Ángel de lo Singular.

Por razones obvias me era absolutamente imposible cumplir su pedido. En primer lugar, tenía el brazo izquierdo fracturado por la caída de la escala y, si soltaba la mano derecha de la soga, no podría sostenerme un solo instante con la otra. En segundo término, no disponía de pantalones hasta encontrara al cuervo. Me vi, pues, precisado, con gran sentimiento, a sacudir negativamente la cabeza, queriendo indicar con ello al ángel que en aquel instante me era imposible acceder a su muy razonable demanda. Pero, apenas había terminado de moverla, cuando…

-¡Fáyase al tiablo, entonces! –rugió el Ángel de lo Singular.

Y al pronunciar dichas palabras dio una cuchillada a la soga que me sostenía, y como esto ocurría precisamente sobre mi casa (la cual, en el curso de mis peregrinaciones, había sido hábilmente reconstruida), terminé cayendo de cabeza en la ancha chimenea y aterricé en el hogar del comedor.

Al recobrar los sentidos –pues la caída me había aturdido terriblemente- descubrí que eran las cuatro de la mañana. Estaba tendido allí donde había caído del globo. Tenía la cabeza metida en las cenizas del extinguido fuego, mientras mis pies reposaban en las ruinas de una mesita volcada, entre los restos de una variada comida, junto con los cuales había un periódico, algunos vasos y botellas rotos y un jarro vacío de Kirschenwasser de Schiedam. Tal fue la venganza del Ángel de lo Singular.

MIS AMADAS SOMBRAS.

Todo empezó uno de esos días, en los que se le agradece al mismo padre de los cielos de haber nacido. Un día esplendoroso, con un sol radiante y con los pajarillos cantando como los serafines.
Pero siempre, cuando uno piensa que éste es su día, en sólo cuestión de segundos se da cuenta de lo contrario y la rueda del destino efectúa un giro de trescientos sesenta grados.
Mi mujer, me había dado como recado el de ir en busca de víveres al súper; que estaba a tan sólo unos pasos del vecindario. Que por cierto, era muy tranquilo y lleno de vecinos solidarios, que ponían la mejilla antes de entrar en algún pleito. Sin dudas, un barrio de beatos.
Cuando iba camino al súper, ajeno ante todo, como un chiquillo cuando se dirige a un kiosco con unos centavos para comprar algunos dulces. Sucedió lo incomprensible, en cuestión de segundos el cielo se cubrió de negro como si la noche se hubiese adelantado.
Los cielos se deformaban con la oscuridad, terribles sombras se encargaban de cubrirlo todo, como si fueran madres tapando a sus hijos con frazadas, en esas noches gélidas de invierno.
Pero junto con estas sombras, venían unas criaturas muy pequeñas, con unos ojos amarillos que centellaban en sus contornos. Esto, erizó cada tejido cutáneo de mi cuerpo y me impulsó a correr, sin ningún rumbo, sólo yendo hacia adelante como una topadora sin control.
Me alejé lo bastante de las sombras, pero no lo suficiente y en esos momentos que la adrenalina corría por mi alma escuché una voz, que jamás hubiese querido escuchar, una voz que al parecer me conocía como a la palma de su mano o al menos, si tenía mano.
-David…
Los susurros no eran aterradores, sino más bien, eran como los de un ángel. Pero yo, no era estulto y jamás hubiese dejado que me atrapasen esas sombras que irradiaban oscuridad hacia todas las direcciones.
-David…
La voz esotérica seguía musitando.
En aquellos momentos tan terroríficos, mientras corría, pasaban muchas preguntas por mi mente. -¿Por qué me conoce? ¿Qué es lo que ocurre? ¿De dónde han surgido estos mantos de oscuridad? ¿Por qué a mí?- En fin, sin lugar a dudas no comprendía esta situación. Pero de lo que sí estaba seguro era, que esta oscuridad no traía paz y amor. Sino que traía, odio y destrucción.
Logrando mirar en un breve espacio del tiempo hacia mis espaldas (mientras corría), pude avistar como estas sombras mortíferas, arrasaban con todo como si lo devorarán con un hambre voraz. Las sombras, estaban cubriendo todo a mis espaldas, casas, personas, autos, todo, no tenían compasión alguna por nada, ni nadie.
Mi corazón y mis pulmones me estaban ordenando que descansase, pero yo sabía que esto era casi como un suicidio. Pero, como soy humano, y los humanos somos tan impredecibles, decidí hacer lo más estúpido de toda mi vacua vida. Me adentré en un callejón sin salida, mientras las sombras con los mantos oscuros y las bestias con sus ojos amarillos fieles en su lugar, me seguían desenfrenadamente como si estuviesen en época de caza.
-David… no te resistas… es inútil…
La oscuridad, seguía con su labor susurrándome, como si esa voz estuviera a sólo un palmo de mis oídos.
Acorralado contra una pared, sólo aguardaba a morir con dignidad como lo habían hecho todas las personas de la manzana. Pero lo que ocurrió en aquellos momentos me dejó perplejo. Porque estas sombras que traían el mismo averno a la tierra, me susurraron otra vez, sólo que en esta ocasión fueron tres y me dijeron algo aliviador para mi alma.
-David… ¿Te sientes bien?
La voz era suave, pero penetrante para el sentido auditivo.
-David… ¿Quieres jugar?
Una invitación amena, pero poco convincente ya que provenía de las sombras aberrantes.
-David… ¿Quieres ayuda?
Algo que precisaba en aquel espacio del tiempo pero que era inaceptable para mi lucidez, sin dudas porque la ayuda provenía de quién sabe qué regente infernal.
En aquellos momentos pensé en contestarles pero no lo hice. Hice algo, que se basaba en la ingenuidad completa. Ingenuidad aún peor, que la de haberme metido en aquel callejón sin salida.
Corrí contra los mantos sombríos, como nadando en un río contra la corriente. Mantos, que estaban custodiados por las criaturas oscuras y pequeñas, con los ojos amarillos en forma de óvalos.
Audazmente logré abrirme paso, por la barrera de demonios que por cierto, sólo demostraban ser amedrentadores, ya que su falta de fuerzas era muy considerable. Cuando empujé a éstas pequeñas alimañas me sentí como esos héroes de Hollywood, que enfrentan a cualquier peligro y siempre salen victoriosos.
Una vez que atravesé los mantos me pude aunar con la avenida principal, que aún hacía notar un considerable gentío. Pero si hubo algo que me dejó atónito en aquellos momentos fue, lo que me decía la gente.
-¿Por qué corres?
Decía un hombre delgado, gesticulando duda.
-¿Estás loco?
Me juzgaba con anticipación una anciana con semejanza a un simio fugado de un zoológico.
-¡Imbécil!
Una mujer de rizos dorados, pero lengua viperina y palabras de poca educación, no se ausentaba en la fiesta denigrante que efectuaban hacia mi persona.

Cuando escuché esto, no me detuve a contestarles, ya que las sombras aún me perseguían. Sin dudas, estas personas querían morir o no querían darse cuenta de la gravedad de la situación.
Yo, seguí con mi trabajo de escapista pero cuando quise darme cuenta, los susurros habían desaparecido, como las sombras y las criaturas provenientes del mismísimo inframundo.
Realmente, nunca supe lo que ocurrió aquel día y quizá jamás lo sabré. Pero, de lo que sí estoy seguro es que todo lo que había vivido fue real y, que todo aquello me había llenado de júbilo. Tanto, que me encantaría volver a repetirlo, no es que esté loco, sino que esas sombras que traían el mismo infierno, fueron los únicos seres en el mundo que me hicieron las tres preguntas más divinas de toda mi insulsa vida.
“¿Te sientes bien?”-siempre, tuve focos depresivos en mi austera vida y jamás, ningún ser cercano me hizo esta pregunta.
“¿Quieres jugar?”-de niño, nunca tuve la oportunidad de conocer una buena y digna infancia. Nunca nadie me había invitado a jugar, ya que en ningún momento tuve la oportunidad de hacerlo, por el peso de tener una madre prostituta y un padre alcohólico, los cuales me pegaban todos los santos día de mi niñez.
“¿Quieres ayuda?”-jamás alguien, me había preguntado si necesitaba ayuda, lo único que hacía mi hermosa familia todos lo milagrosos días era decirme:-papá, has esto… querido, compra esto… papá, termina esto… yerno, esto está sucio límpialo…
Los días pasaron, y nunca más volví a presenciar los mantos sombríos a los que jamás olvidaré. Mantos de sombras, que me hicieron crecer como persona.
Muchos vecinos, piensan que soy un desquiciado, por lo que sucedió aquella vez. Pero yo, realmente pienso que soy un afortunado del destino.
El mismo día que me dirigía hacia el súper por un recado de mi mujer, me iba arrojar contra un auto, sin dudas, con la intención de líbrame de la penosa vida que llevaba. Gracias a esas sombras, que sólo lograron ver mis divinos ojos color azul, me recuperé de mi depresión y ahora, estoy más firme que nunca, rebalsado en júbilo y a la vez inundado en carácter.
Ahora nadie me ordena nada, todos me invitan a jugar y todos están constantes en mi sentir humano.
Mis sombras interiores ya son cosa del pasado y murieron con mi antiguo ser. Ahora, lo único que llevo en mi alma, es la hermosa luz radiante de mi superación emocional.

AUTOR: Damián Fryderup

DE LA PUREZA DEL LENGUAJE.

Señores: Un servidor,
Pedro Pérez Paticola,
cual la Academia Española
\»Limpia, Fija y da Esplendor\».
Pero yo lo hago mejor
y no por ganas de hablar,
pues les voy a demostrar
que es preciso meter mano
al idioma castellano,
donde hay mucho que arreglar.

¿Me quieren decir por qué,
en tamaño y en esencia,
hay esa gran diferencia
entre un buque y un buqué?
¿Por el acento? Pues yo,
por esa insignificancia,
no concibo la distancia
de presidio a presidió,
ni de tomas a Tomás,
ni de topo al que topó.

Mas dejemos el acento,
que convierte, como ves,
las ingles en un inglés,
y pasemos a otro cuento.
¿ A ustedes no les asombra
que diciendo rico y rica,
majo y maja, chico y chica,
no digamos hombre y hombra?
Por eso no encuentro mal
si alguno me dice cuala,
como decimos Pascuala,
femenino de Pascual.

¿Por qué llamamos tortero
al que elabora una torta
y al sastre, que trajes corta,
no le llamamos trajero?
¿Por qué las Josefas son
por Pepitas conocidas,
como si fuesen salidas
de las tripas de un melón?

De largo sacan largueza
en lugar de larguedad,
y de corto, cortedad
en lugar de sacar corteza.
De igual manera me quejo
de ver que un libro es un tomo;
será tomo, si lo tomo
y sino lo tomo, un dejo.

Si se le llama mirón
al que está mirando mucho,
cuando mucho ladre un chucho
se le llamará ladrón.

Porque la silaba \»on\»
indica aumento, y extraño
que a un ramo de gran tamaño
no se le llame Ramón.

Y por la misma razón,
si los que estáis escuchando
un gran rato estáis pasando,
estáis pasando un ratón.
Y sobra para quedar
convencido el mas profano,
que el idioma castellano
tiene mucho que arreglar.

Melitón González
Pablo Parellada (1855-1944)
de su obra “Entremeses, sainetes y teatralerías”, publicada en 1921.
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

EL ARTE DE LAS PUTAS por NICOLAS FERNANDEZ DE MORATÍN.

 

Siguiendo con el amigo Moratín, aquí tenemos, nada mas y nada menos que un ejemplo de literatura erótica (y la verdad es que te partes la caja), este poema que estuvo circulando en su época de forma clandestina y que tardó mucho en publicarse.

Cosas de la España del siglo XVIII y la lamentablemente famosa Inquisición.

Se compuso a principios de la década de 1770, no se publicó en vida del autor sino más de un siglo después de su creación, recién en 1898, debido a la férrea censura que impuso laInquisición española, que lo incluyó como libro prohibido en la edición de 1790 del Index Librorum Prohibitorum.1 2 Ello no se convirtió en óbice para que los círculos literarios de la época lo elogiasen y esto demuestra además que, con picardía, uno puede saltarse todo tipo de estupidas censuras.

Se trata, de un anecdotario que relata las peripecias de las trabajadoras de la noche de un pujante Madrid borbónico.

Y repito, TE PARTES LA CAJA.

Nada, nada, en vacaciones navideñas, nada mejor que la literatura, sobre todo si, como me ocurrió a mi este finde, el puñetero monitor del PC me da la tabarra.

Esto es un contubernio musulmano-sociata-nazional-separatista, estoy convencido .

NOTA: Son EXTRACTOS, pero si alguien quiere leer ABSOLUTAMENTE TODO vale con ir a la casa de pu…diiiigoooo, a «ca tio Google» (¿en que andaría yo pensando?) y poner el título. Es facil.

ARTE DE LAS PUTAS

AUTOR: Nicolás Fernández de Moratín (Madrid, 1737-1780).
Prólogo: Pilar Pedraza.
Ed. La Máscara (Malditos heterodoxos!). Valencia, 1999.

    HERMOSA Venus que el amor presides,
    y sus deleites y contentos mides,
    dando a tus hijos con abiertas manos
    en este mundo bienes soberanos: pues ves lo justo de mi noble intento
    déle a mi canto tu favor aliento,
    para que sepa el orbe con cuál arte las gentes deberán
    solicitarte, cuando entiendan que enseña la voz mía

    tan gran ciencia como es la putería.
    Y tú, Dorisa, que mi amor constante
    te dignaste escuchar, tal vez amante,
    atiende ahora en versos atrevidos
    cómo instruyo a los jóvenes perdidos,

    y escucha las lecciones muy galanas
    que doy a las famosas cortesanas.
    Mas ya advertido mi temor predice
    que al escuchar propuestas semejantes
    tu modesto candor se escandalice;
    pues no, Dorisa bella, no te espantes
    que no es como en el título parece, 
    en la sustancia esta obra abominable.

    […]

    A mi Musa también decir le agrada
    dónde hay la provisión más abundante. 
    La famosa bodega del Chocante 
    y otras muchas, están despatarrando 
    mil mozas con el néctar dulce y blando

    que da el manchego Baco a sus gaznates.
    La gran casa también es bien que trates 
    a quien Jácome Roque dio su nombre, 
    y entrando en ella no saldrás para hambre. 
    Los barrios del Barquillo y Leganitos,

    Lavapiés bajo y altas Maravillas 
    remiten a millares las chiquillas, 
    con achaque de limas y avellanas; 
    salado pasto a lujuriosas ganas. 
    También alrededor de los cuarteles

    rondan los putañeros más noveles 
    las putas mal pagadas de soldados, 
    pues en Madrid hay más de cien burdeles 
    por no haber uno sólo permitido 
    como en otras ciudades, que no pierden

    por eso; y tú, Madrid, nada perdieras, 
    antes menos escándalo así dieras. 
    Pero, ¿de qué me admiro que en serrallos 
    no se gaste el dinero, cuando ha habido 
    sujeto tan sabiondo que decía

    que para nada a la nación servía 
    la Academia Española? Yo a mi cuento 
    vuelvo, y no siento el haberme distraído. 
    Ni le pesará al chusco haber venido 
    debajo de la Real Panadería,

    donde chupando sin cesar cigarros 
    los soldados están de infantería: 
    verá allí a la Morilla, a la Mellada
    y ¡oh Juanita! serás también cantada 
    de mis versos; ¡qué chusca estabas antes

    de haber tantos virotes ablandado, 
    que te encajaron de asquerosas bubas 
    y en un portal baldada te han dejado! 
    A las chicas también que venden uvas 
    por las calles, embiste y logra caza

    de la Cebada en la espaciosa plaza, 
    al tiempo que ya vaya anocheciendo, 
    y allí como dos líos de colchones 
    dará sus grandes tetas la Ramona
    Tú también, Puerta y Puente Toledana,

    franquear soléis el paso a la Gitana
    y ella a los concurrentes su persona. 
    ¿Quién niega de burdel la gran corona 
    a la barranca fiel de Recoletos, 
    las Arcas y la Fuente Castellana?

    En el hoyo vi yo a la Perpiñana
    a vista del camino de Hortaleza 
    plantar nabos con tanta ligereza 
    que una tarde arrancó y plantó hasta ciento. 
    No dejarán tu miembro descontento

    las camaristas chicas del famoso 
    Paseo Verdegay de las Delicias 
    la RosuelaCaturria y Medio Coño 
    (llaman así una moza del trabajo, 
    y en verdad que aunque chico, él es entero),

    te harán venir el golpe a cuatro vientos. 
    Y si de andar te hallares con alientos, 
    el soto de Luzón a la Pelada 
    te ofrece junto a un árbol recostada. 
    No callaré tampoco los nocturnos

    pasatiempos que da también el Prado, 
    vi clérigos y frailes embozados 
    amolar la Vicenta y la Aguedilla 
    y por los granaderos maltratados. 
    Mas sólo con andar toda la Villa

    encontrarás remedio en los portales 
    desarrugando un poco tu resmilla. 
    Supongo que continuo armado sales 
    del condón, tu perenne compañero, 
    y así no ensuciarás los hospitales.

    La calle Angosta que frecuentes quiero, 
    con la Ancha a quien su nombre dio Bernardo, 
    ni en la de Fuencarral has de ser tardo, 
    o en la que al forastero hace notoria 
    de Jacome de Tezzo la memoria.

    Los vecinos que habitan la alta calle 
    que acuerda el lugarcillo de Hortaleza, 
    están hechos a hallar en sus zaguanes 
    cuatro patas a oscuras. Se tropieza 
    y se pasa tragando, callandito,

    envidia y miedo, de ambos un poquito. 
    De Jerónimo el Magno en la Carrera, 
    en la Puerta del Sol todas las noches, 
    y en la calle también de la Montera 
    al son de los chasquidos de los coches

    se enfalda la salada Calesera
    la basquiñuela, que al revés se pone 
    de miedo de emporcarla tantas veces, 
    la Rita, arrugando en mil dobleces 
    la mantilla y las sayas que hace almohadas,

    aquella a la cabeza, éstas al culo, 
    con la una mano y grande disimulo 
    te toma los testículos en peso 
    y al verte absorto, con el rabo tieso, 
    dirige a su bolsillo esotra mano

    y de raíz te arranca si no aprietas 
    con tus manos las suyas, y sus tetas. 
    Y en fin, todo Madrid al ser de noche 
    le da a un hombre de bien mil portaleras, 
    y aunque pobres, no gálicos infieras

    que albergan en sus ingles: más seguras 
    que las de rumbo son: éstas no tienen 
    de Holanda y de Cambray las blandas mudas; 
    con todos sus males a los ojos vienen 
    sin que oculte el engaño la limpieza,

    pues nada disimula su pobreza; 
    mas si ésta le fastidia a tus intentos, 
    oye a mi Musa nuevos documentos.

    […]

    PORQUE, según el género de caza, 
    dispone el cazador las prevenciones; 
    no echa a los fieros lobos los hurones, 
    ni dispara a las tímidas alondras

    con balas de cañón de artillería, 
    que aquello poco y mucho esto sería, 
    y así son menester astucias nuevas, 
    si a la Marcela o chusca Sinforosa 
    de tu amor quieres dar líquidas pruebas,

    o a la Isidra que ostenta vanidosa 
    por su cotilla aquel gran mar de tetas 
    donde la vista en su extensión se pierde 
    y mueve tempestad en las braguetas; 
    o si echar a perder un trigo verde

    quieres con la Torre, santificada 
    con el miembro del clérigo que espera 
    fruto de bendición, encarcelado 
    por esto y por hallarse lo guardado; 
    o si a la Coca o Paca la Cochera

    con tu virilidad atragantarlas 
    la garganta de abajo boca arriba; 
    o bien si de la Cándida muy seria 
    te quieres arrastrar por la barriga. 
    Vosotras, madre e hija, las Hueveras,

    en mi canto también seréis loadas, 
    y no menos vosotras, las Canteras
    la Roma, con morros abultados, 
    y el esponjoso empeine muy peludo 
    almohadón a los miembros ya cansados.

    Ni dejarán mis versos en silencio 
    la Antonia de ojos negros, que reciente 
    de mi amorosa herida aún se resiente; 
    ni a la Marina, ni callar yo quiero 
    la Alquiladora que estafó a Talongo,

    ni a ti, la escandalosa Policarpa
    que te hacen más lugar que a un aceitero. 
    No puedo menos de aplaudir, Carrasca
    el acorde vaivén de tu galope; 
    ningún miembro por grande se te atasca,

    ¡Oh Carrasca, blasón de las pobretas, 
    de grandes muslos y pequeñas tetas! 
    Ni serán de mis Musas, no, cantadas 
    la Teresa Mané que ha cuatro días 
    salió de Antón Martín de carenarse,

    la Felipa y majísima Nevera
    LuisaGiralda, y tú, Caracolera
    la Narcisa, célebre gitana, 
    la Carreterota, catalana. 
    También la Vinagrera que de gusto

    tanto tiempo sirvió a su señoría; 
    pero aunque el arte de la putería 
    no tuviera más bien que haberme dado 
    la Alejandra una noche en matrimonio, 
    que luego a la mañana fue anulado,

    eternamente yo lo celebrara. 
    ¡Qué empeine vi, qué pechos y qué cara! 
    Pero dejemos esto, que escribiendo 
    solamente, me estoy humedeciendo, 
    y ¡oh Pepita Guzmán! a ti me vuelvo.

    A cualquier fraile la flaqueza absuelvo 
    de ahorcar por ti los hábitos; disculpa 
    tienen los que por ti se estoquearon, 
    mas no de que los dos no se mataron. 
    Primero el astro que a la luz preside

    faltara al cielo, que mi verso olvide 
    ¡oh Belica! tu gracia y tu belleza; 
    miente la fama que a decir empieza 
    que es tu amor sabrosísimo homicida; 
    no es sino capaz de infundir vida.

    Las putas mienten con decir que matas, 
    Dios guarde al que bien sabe que es mentira. 
    Por desacreditarte y comer ellas 
    tal voz esparcen; mas tus carnes bellas, 
    el alto empeine y su penacho bello

    de negro pelo y tu mimado halago 
    embelesa al que logra merecello. 
    No lo logró el presbítero taimado 
    por más que hizo; rabió de envidia y celos, 
    te acusó de un delito impune en otras

    y por tu gran presencia, a la Galera 
    el baldón le mudó de horrible en fiera, 
    donde, aunque allí mil fueron sentenciados, 
    fueran muchos, mas pocos los forzados. 
    Bien sé yo, aunque eres puta, tus virtudes,

    que bien cabe virtud en una puta; 
    y así no querrás tú que haga injusticia 
    con mi silencio a la Poneta-y-Pona 
    que por treinta dineros a un viejo 
    le entretiene con blanda y dulce risa,

    con genio juguetón, chiste y gracejo, 
    que en esto se parece a mi Dorisa
    Mas ¿dónde, arrebatado, haciendo alarde 
    del batallón de Venus, me transporto? 
    ¿Cuál ingenio será que a tanto baste?

«SABER SIN ESTUDIAR» por NICOLAS FERNANDEZ DE MORATÍN.

 

Aunque esta me la se de memoria desde niño, es muy facil.

D. Nicolas Fernandez de Moratín, uno de los pocos escritores sobresalientes del neoclasicismo español. De esos tuvimos pocos, el siglo de oro fué el anterior, con el barroco, pero desgraciadamente, a la Ilustración se apuntaron pocos, fué también una caida en decadencía.

Y el problema es que esto si que es un mal endémico, ese localismo cazurresco de que «bah, eso es cosa de guiris» y encerrarnos en nosotros mismos, con el consiguiente retraso, es evidente.

El caso es que el poemita tiene su puntito de mala leche, jejejejejejeejejejeje.

SABER SIN ESTUDIAR

Por: Nicolas Fernandez de Moratín.

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es» 
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho.

«LOS SANTOS DE FRANCIA» de JUAN VALERA

 

Haciendo una limpieza exahustiva por un armario empotrado de mi casa, en un altillo, encontré varias cosas de cuando iba al «cole», cosas que creia perdidas.

Y entre ellas, un libro, bastante hecho polvo por cierto, con pequeñas narraciones, extractos de obras, cuentos, etc., que se usaban sobre todo, para las clases de lectura y volvian a servir, posteriormente, para hacer análisis sintacticos en clase de gramática.

Y los hay cachondísimos, como este del escritor español del siglo XIX, JUAN VALERA, títulado «Los santos de Francia».

Jis jis jis, como puede cambiar una persona según viva en un ambiente u otro, n’ est ce pas?, aquí queda claro.

LOS SANTOS DE FRANCIA

Por: Juan Valera

En una de las mejores poblaciones de la Mancha vivía, no hace mucho tiempo, un rico labrador, muy chapado a la antigua, cristiano viejo, honrado y querido de todo el mundo. Su mujer, rolliza y saludable, fresca y lozana todavía, a pesar de sus cuarenta y pico de años, le había dado un hijo único, que era muy lindo muchacho, avispado y travieso.

Como este muchacho estaba mimadísimo por su padre y por su madre, era harto difícil hacer carrera con él. A pesar de su mucha inteligencia, a la edad de diez años, leía con dificultad y al escribir hacía unos garrapatos ininteligibles. Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario. Cuantos le conocían le reían los chistes y ponían su ingenio por las nubes, con lo cual al rico labrador se le caía la baba de gusto.

-¡Qué lástima, decía, que este chico se críe cerril en el pueblo, sin hacer más que jugar al hoyuelo, a las chapas, al toro y al salto de la comba, con todos los pilletes! Si yo le enviase a un buen colegio, en una gran ciudad, sin duda que volvería hecho un pozo de ciencia, sería la gloria y el apoyo de mi vejez y serviría y honraría a su patria.

Tanto caviló en esto el labrador, que al fin, sobreponiéndose a la pena que le causaba el separarse de su hijo, le envió a que estudiase en París nada menos.

Seis años estuvo por allí estudiando en uno de los mejores colegios primero y después en la Sorbona.

Como él era, naturalmente, muy despejado, aprovechó mucho, y volvió a casa de sus padres sabiendo cuanto hay que saber, y además elegantísimo y atildadísimo: hecho un verdadero dije; lo que ahora llaman un dandy, un gomoso.

El padre y la madre estaban más encantados que nunca. Sólo no gustaban de cierto irreverente desenfado que el chico tenía y de que daba muestras a cada paso.

Iba a entrar o a salir por una puerta, y exclamando:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní-, pasaba antes que su padre.

Hablaba su padre y le interrumpía, y no le dejaba hablar, diciendo:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

Se ponían a la mesa y se servía antes que su padre y madre, tomando lo mejor de cada plato y diciendo siempre:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní. *

El padre disimuló al principio, ya que por todo lo demás el muchacho le embelesaba: pero, al cabo, hubo de cargarse, perdió la paciencia, y dijo al chico con grande enojo:

-Mira, hijo mío, vete muy enhoramala y no me invoques ni me mientes más en tu vida a esos santos de Francia, que serán muy milagrosos, pero que están infamemente mal criados.

 

* En Francés «Sans façons, sans compliments, sans cérémonies» = Sin cumplidos

 

DISCURSO DE MARIO VARGAS LLOSA EN LA ENTREGA DEL NOBEL DE LITERATURA.

 

Elogio de la lectura y la ficción.

Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio y permitiéndome viajar con el capitán Nemo veinte mil leguas de viaje submarino, luchar junto a d’Artagnan, Athos, Portos y Aramís contra las intrigas que amenazan a la Reina en los tiempos del sinuoso Richelieu, o arrastrarme por las entrañas de París, convertido en Jean Valjean, con el cuerpo inerte de Marius a cuestas.

 

La lectura convertía el sueño en vida y la vida en sueño y ponía al alcance del pedacito de hombre que era yo el universo de la literatura. Mi madre me contó que las primeras cosas que escribí fueron continuaciones de las historias que leía pues me apenaba que se terminaran o quería enmendarles el final. Y acaso sea eso lo que me he pasado la vida haciendo sin saberlo: prolongando en el tiempo, mientras crecía, maduraba y envejecía, las historias que llenaron mi infancia de exaltación y de aventuras.

Me gustaría que mi madre estuviera aquí, ella que solía emocionarse y llorar leyendo los poemas de Amado Nervo y de Pablo Neruda, y también el abuelo Pedro, de gran nariz y calva reluciente, que celebraba mis versos, y el tío Lucho que tanto me animó a volcarme en cuerpo y alma a escribir aunque la literatura, en aquel tiempo y lugar, alimentara tan mal a sus cultores. Toda la vida he tenido a mi lado gentes así, que me querían y alentaban, y me contagiaban su fe cuando dudaba. Gracias a ellos y, sin duda, también, a mi terquedad y algo de suerte, he podido dedicar buena parte de mi tiempo a esta pasión, vicio y maravilla que es escribir, crear una vida paralela donde refugiarnos contra la adversidad, que vuelve natural lo extraordinario y extraordinario lo natural, disipa el caos, embellece lo feo, eterniza el instante y torna la muerte un espectáculo pasajero.

 

No era fácil escribir historias. Al volverse palabras, los proyectos se marchitaban en el papel y las ideas e imágenes desfallecían. ¿Cómo reanimarlos? Por fortuna, allí estaban los maestros para aprender de ellos y seguir su ejemplo. Flaubert me enseñó que el talento es una disciplina tenaz y una larga paciencia. Faulkner, que es la forma -la escritura y la estructura- lo que engrandece o empobrece los temas. Martorell, Cervantes, Dickens, Balzac, Tolstoi, Conrad, Thomas Mann, que el número y la ambición son tan importantes en una novela como la destreza estilística y la estrategia narrativa. Sartre, que las palabras son actos y que una novela, una obra de teatro, un ensayo, comprometidos con la actualidad y las mejores opciones, pueden cambiar el curso de la historia. Camus y Orwell, que una literatura desprovista de moral es inhumana y Malraux que el heroísmo y la épica cabían en la actualidad tanto como en el tiempo de los argonautas, la Odisea y la Ilíada.

 
Si convocara en este discurso a todos los escritores a los que debo algo o mucho sus sombras nos sumirían en la oscuridad. Son innumerables. Además de revelarme los secretos del oficio de contar, me hicieron explorar los abismos de lo humano, admirar sus hazañas y horrorizarme con sus desvaríos. Fueron los amigos más serviciales, los animadores de mi vocación, en cuyos libros descubrí que, aun en las peores circunstancias, hay esperanzas y que vale la pena vivir, aunque fuera sólo porque sin la vida no podríamos leer ni fantasear historias.
 

Algunas veces me pregunté si en países como el mío, con escasos lectores y tantos pobres, analfabetos e injusticias, donde la cultura era privilegio de tan pocos, escribir no era un lujo solipsista. Pero estas dudas nunca asfixiaron mi vocación y seguí siempre escribiendo, incluso en aquellos períodos en que los trabajos alimenticios absorbían casi todo mi tiempo. Creo que hice lo justo, pues, si para que la literatura florezca en una sociedad fuera requisito alcanzar primero la alta cultura, la libertad, la prosperidad y la justicia, ella no hubiera existido nunca. Por el contrario, gracias a la literatura, a las conciencias que formó, a los deseos y anhelos que inspiró, al desencanto de lo real con que volvemos del viaje a una bella fantasía, la civilización es ahora menos cruel que cuando los contadores de cuentos comenzaron a humanizar la vida con sus fábulas. Seríamos peores de lo que somos sin los buenos libros que leímos, más conformistas, menos inquietos e insumisos y el espíritu crítico, motor del progreso, ni siquiera existiría. Igual que escribir, leer es protestar contra las insuficiencias de la vida. Quien busca en la ficción lo que no tiene, dice, sin necesidad de decirlo, ni siquiera saberlo, que la vida tal como es no nos basta para colmar nuestra sed de absoluto, fundamento de la condición humana, y que debería ser mejor. Inventamos las ficciones para poder vivir de alguna manera las muchas vidas que quisiéramos tener cuando apenas disponemos de una sola.
 

Sin las ficciones seríamos menos conscientes de la importancia de la libertad para que la vida sea vivible y del infierno en que se convierte cuando es conculcada por un tirano, una ideología o una religión. Quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor.

La buena literatura tiende puentes entre gentes distintas y, haciéndonos gozar, sufrir o sorprendernos, nos une por debajo de las lenguas, creencias, usos, costumbres y prejuicios que nos separan. Cuando la gran ballena blanca sepulta al capitán Ahab en el mar, se encoge el corazón de los lectores idénticamente en Tokio, Lima o Tombuctú. Cuando Emma Bovary se traga el arsénico, Anna Karenina se arroja al tren y Julián Sorel sube al patíbulo, y cuando, en El Sur, el urbano doctor Juan Dahlmann sale de aquella pulpería de la pampa a enfrentarse al cuchillo de un matón, o advertimos que todos los pobladores de Comala, el pueblo de Pedro Páramo, están muertos, el estremecimiento es semejante en el lector que adora a Buda, Confucio, Cristo, Alá o es un agnóstico, vista saco y corbata, chilaba, kimono o bombachas. La literatura crea una fraternidad dentro de la diversidad humana y eclipsa las fronteras que erigen entre hombres y mujeres la ignorancia, las ideologías, las religiones, los idiomas y la estupidez.

Como todas las épocas han tenido sus espantos, la nuestra es la de los fanáticos, la de los terroristas suicidas, antigua especie convencida de que matando se gana el paraíso, que la sangre de los inocentes lava las afrentas colectivas, corrige las injusticias e impone la verdad sobre las falsas creencias. Innumerables víctimas son inmoladas cada día en diversos lugares del mundo por quienes se sienten poseedores de verdades absolutas. Creíamos que, con el desplome de los imperios totalitarios, la convivencia, la paz, el pluralismo, los derechos humanos, se impondrían y el mundo dejaría atrás los holocaustos, genocidios, invasiones y guerras de exterminio. Nada de eso ha ocurrido. Nuevas formas de barbarie proliferan atizadas por el fanatismo y, con la multiplicación de armas de destrucción masiva, no se puede excluir que cualquier grupúsculo de enloquecidos redentores provoque un día un cataclismo nuclear. Hay que salirles al paso, enfrentarlos y derrotarlos. No son muchos, aunque el estruendo de sus crímenes retumbe por todo el planeta y nos abrumen de horror las pesadillas que provocan. No debemos dejarnos intimidar por quienes quisieran arrebatarnos la libertad que hemos ido conquistando en la larga hazaña de la civilización. Defendamos la democracia liberal, que, con todas sus limitaciones, sigue significando el pluralismo político, la convivencia, la tolerancia, los derechos humanos, el respeto a la crítica, la legalidad, las elecciones libres, la alternancia en el poder, todo aquello que nos ha ido sacando de la vida feral y acercándonos -aunque nunca llegaremos a alcanzarla- a la hermosa y perfecta vida que finge la literatura, aquella que sólo inventándola, escribiéndola y leyéndola podemos merecer. Enfrentándonos a los fanáticos homicidas defendemos nuestro derecho a soñar y a hacer nuestros sueños realidad.

 
En mi juventud, como muchos escritores de mi generación, fui marxista y creí que el socialismo sería el remedio para la explotación y las injusticias sociales que arreciaban en mi país, América Latina y el resto del Tercer Mundo. Mi decepción del estatismo y el colectivismo y mi tránsito hacia el demócrata y el liberal que soy -que trato de ser- fue largo, difícil, y se llevó a cabo despacio y a raíz de episodios como la conversión de la Revolución Cubana, que me había entusiasmado al principio, al modelo autoritario y vertical de la Unión Soviética, el testimonio de los disidentes que conseguía escurrirse entre las alambradas del Gulag, la invasión de Checoeslovaquia por los países del Pacto de Varsovia, y gracias a pensadores como Raymond Aron, Jean-François Revel, Isaiah Berlin y Karl Popper, a quienes debo mi revalorización de la cultura democrática y de las sociedades abiertas. Esos maestros fueron un ejemplo de lucidez y gallardía cuando la intelligentsia de Occidente parecía, por frivolidad u oportunismo, haber sucumbido al hechizo del socialismo soviético, o, peor todavía, al aquelarre sanguinario de la revolución cultural china.

De niño soñaba con llegar algún día a París porque, deslumbrado con la literatura francesa, creía que vivir allí y respirar el aire que respiraron Balzac, Stendhal, Baudelaire, Proust, me ayudaría a convertirme en un verdadero escritor, que si no salía del Perú sólo sería un seudo escritor de días domingos y feriados. Y la verdad es que debo a Francia, a la cultura francesa, enseñanzas inolvidables, como que la literatura es tanto una vocación como una disciplina, un trabajo y una terquedad. Viví allí cuando Sartre y Camus estaban vivos y escribiendo, en los años de Ionesco, Beckett, Bataille y Cioran, del descubrimiento del teatro de Brecht y el cine de Ingmar Bergman, el TNP de Jean Vilar y el Odéon de Jean Louis Barrault, de la Nouvelle Vague y le Nouveau Roman y los discursos, bellísimas piezas literarias, de André Malraux, y, tal vez, el espectáculo más teatral de la Europa de aquel tiempo, las conferencias de prensa y los truenos olímpicos del general de Gaulle. Pero, acaso, lo que más le agradezco a Francia sea el descubrimiento de América Latina. Allí aprendí que el Perú era parte de una vasta comunidad a la que hermanaban la historia, la geografía, la problemática social y política, una cierta manera de ser y la sabrosa lengua en que hablaba y escribía. Y que en esos mismos años producía una literatura novedosa y pujante. Allí leí a Borges, a Octavio Paz, Cortázar, García Márquez, Fuentes, Cabrera Infante, Rulfo, Onetti, Carpentier, Edwards, Donoso y muchos otros, cuyos escritos estaban revolucionando la narrativa en lengua española y gracias a los cuales Europa y buena parte del mundo descubrían que América Latina no era sólo el continente de los golpes de Estado, los caudillos de opereta, los guerrilleros barbudos y las maracas del mambo y el chachachá, sino también ideas, formas artísticas y fantasías literarias que trascendían lo pintoresco y hablaban un lenguaje universal.

 
De entonces a esta época, no sin tropiezos y resbalones, América Latina ha ido progresando, aunque, como decía el verso de César Vallejo, todavía hay, hermanos, muchísimo que hacer. Padecemos menos dictaduras que antaño, sólo Cuba y su candidata a secundarla, Venezuela, y algunas seudodemocracias populistas y payasas, como las de Bolivia y Nicaragua. Pero en el resto del continente, mal que mal, la democracia está funcionando, apoyada en amplios consensos populares, y, por primera vez en nuestra historia, tenemos una izquierda y una derecha que, como en Brasil, Chile, Uruguay, Perú, Colombia, República Dominicana, México y casi todo Centroamérica, respetan la legalidad, la libertad de crítica, las elecciones y la renovación en el poder. Ése es el buen camino y, si persevera en él, combate la insidiosa corrupción y sigue integrándose al mundo, América Latina dejará por fin de ser el continente del futuro y pasará a serlo del presente.

Nunca me he sentido un extranjero en Europa, ni, en verdad, en ninguna parte. En todos los lugares donde he vivido, en París, en Londres, en Barcelona, en Madrid, en Berlín, en Washington, Nueva York, Brasil o la República Dominicana, me sentí en mi casa. Siempre he hallado una querencia donde podía vivir en paz y trabajando, aprender cosas, alentar ilusiones, encontrar amigos, buenas lecturas y temas para escribir. No me parece que haberme convertido, sin proponérmelo, en un ciudadano del mundo, haya debilitado eso que llaman «las raíces», mis vínculos con mi propio país -lo que tampoco tendría mucha importancia-, porque, si así fuera, las experiencias peruanas no seguirían alimentándome como escritor y no asomarían siempre en mis historias, aun cuando éstas parezcan ocurrir muy lejos del Perú. Creo que vivir tanto tiempo fuera del país donde nací ha fortalecido más bien aquellos vínculos, añadiéndoles una perspectiva más lúcida, y la nostalgia, que sabe diferenciar lo adjetivo y lo sustancial y mantiene reverberando los recuerdos. El amor al país en que uno nació no puede ser obligatorio, sino, al igual que cualquier otro amor, un movimiento espontáneo del corazón, como el que une a los amantes, a padres e hijos, a los amigos entre sí.

Al Perú yo lo llevo en las entrañas porque en él nací, crecí, me formé, y viví aquellas experiencias de niñez y juventud que modelaron mi personalidad, fraguaron mi vocación, y porque allí amé, odié, gocé, sufrí y soñé. Lo que en él ocurre me afecta más, me conmueve y exaspera más que lo que sucede en otras partes. No lo he buscado ni me lo he impuesto, simplemente es así. Algunos compatriotas me acusaron de traidor y estuve a punto de perder la ciudadanía cuando, durante la última dictadura, pedí a los gobiernos democráticos del mundo que penalizaran al régimen con sanciones diplomáticas y económicas, como lo he hecho siempre con todas las dictaduras, de cualquier índole, la de Pinochet, la de Fidel Castro, la de los talibanes en Afganistán, la de los imanes de Irán, la del apartheid de Africa del Sur, la de los sátrapas uniformados de Birmania (hoy Myanmar). Y lo volvería a hacer mañana si -el destino no lo quiera y los peruanos no lo permitan- el Perú fuera víctima una vez más de un golpe de estado que aniquilara nuestra frágil democracia. Aquella no fue la acción precipitada y pasional de un resentido, como escribieron algunos polígrafos acostumbrados a juzgar a los demás desde su propia pequeñez. Fue un acto coherente con mi convicción de que una dictadura representa el mal absoluto para un país, una fuente de brutalidad y corrupción y de heridas profundas que tardan mucho en cerrar, envenenan su futuro y crean hábitos y prácticas malsanas que se prolongan a lo largo de las generaciones demorando la reconstrucción democrática. Por eso, las dictaduras deben ser combatidas sin contemplaciones, por todos los medios a nuestro alcance, incluidas las sanciones económicas. Es lamentable que los gobiernos democráticos, en vez de dar el ejemplo, solidarizándose con quienes, como las Damas de Blanco en Cuba, los resistentes venezolanos, o Aung San Suu Kyi y Liu Xiaobo, que se enfrentan con temeridad a las dictaduras que sufren, se muestren a menudo complacientes no con ellos sino con sus verdugos. Aquellos valientes, luchando por su libertad, también luchan por la nuestra.

Un compatriota mío, José María Arguedas, llamó al Perú el país de «todas las sangres». No creo que haya fórmula que lo defina mejor. Eso somos y eso llevamos dentro todos los peruanos, nos guste o no: una suma de tradiciones, razas, creencias y culturas procedentes de los cuatro puntos cardinales. A mí me enorgullece sentirme heredero de las culturas prehispánicas que fabricaron los tejidos y mantos de plumas de Nazca y Paracas y los ceramios mochicas o incas que se exhiben en los mejores museos del mundo, de los constructores de Machu Picchu, el Gran Chimú, Chan Chan, Kuelap, Sipán, las huacas de La Bruja y del Sol y de la Luna, y de los españoles que, con sus alforjas, espadas y caballos, trajeron al Perú a Grecia, Roma, la tradición judeo-cristiana, el Renacimiento, Cervantes, Quevedo y Góngora, y la lengua recia de Castilla que los Andes dulcificaron. Y de que con España llegara también el África con su reciedumbre, su música y su efervescente imaginación a enriquecer la heterogeneidad peruana. Si escarbamos un poco descubrimos que el Perú, como el Aleph de Borges, es en pequeño formato el mundo entero. ¡Qué extraordinario privilegio el de un país que no tiene una identidad porque las tiene todas!

La conquista de América fue cruel y violenta, como todas las conquistas, desde luego, y debemos criticarla, pero sin olvidar, al hacerlo, que quienes cometieron aquellos despojos y crímenes fueron, en gran número, nuestros bisabuelos y tatarabuelos, los españoles que fueron a América y allí se acriollaron, no los que se quedaron en su tierra. Aquellas críticas, para ser justas, deben ser una autocrítica. Porque, al independizarnos de España, hace doscientos años, quienes asumieron el poder en las antiguas colonias, en vez de redimir al indio y hacerle justicia por los antiguos agravios, siguieron explotándolo con tanta codicia y ferocidad como los conquistadores, y, en algunos países, diezmándolo y exterminándolo.

Digámoslo con toda claridad: desde hace dos siglos la emancipación de los indígenas es una responsabilidad exclusivamente nuestra y la hemos incumplido. Ella sigue siendo una asignatura pendiente en toda América Latina. No hay una sola excepción a este oprobio y vergüenza.

Quiero a España tanto como al Perú y mi deuda con ella es tan grande como el agradecimiento que le tengo. Si no hubiera sido por España jamás hubiera llegado a esta tribuna, ni a ser un escritor conocido, y tal vez, como tantos colegas desafortunados, andaría en el limbo de los escribidores sin suerte, sin editores, ni premios, ni lectores, cuyo talento acaso -triste consuelo- descubriría algún día la posteridad. En España se publicaron todos mis libros, recibí reconocimientos exagerados, amigos como Carlos Barral y Carmen Balcells y tantos otros se desvivieron porque mis historias tuvieran lectores. Y España me concedió una segunda nacionalidad cuando podía perder la mía. Jamás he sentido la menor incompatibilidad entre ser peruano y tener un pasaporte español porque siempre he sentido que España y el Perú son el anverso y el reverso de una misma cosa, y no sólo en mi pequeña persona, también en realidades esenciales como la historia, la lengua y la cultura.

De todos los años que he vivido en suelo español, recuerdo con fulgor los cinco que pasé en la querida Barcelona a comienzos de los años setenta. La dictadura de Franco estaba todavía en pie y aún fusilaba, pero era ya un fósil en hilachas, y, sobre todo en el campo de la cultura, incapaz de mantener los controles de antaño. Se abrían rendijas y resquicios que la censura no alcanzaba a parchar y por ellas la sociedad española absorbía nuevas ideas, libros, corrientes de pensamiento y valores y formas artísticas hasta entonces prohibidos por subversivos. Ninguna ciudad aprovechó tanto y mejor que Barcelona este comienzo de apertura ni vivió una efervescencia semejante en todos los campos de las ideas y la creación. Se convirtió en la capital cultural de España, el lugar donde había que estar para respirar el anticipo de la libertad que se vendría. Y, en cierto modo, fue también la capital cultural de América Latina por la cantidad de pintores, escritores, editores y artistas procedentes de los países latinoamericanos que allí se instalaron, o iban y venían a Barcelona, porque era donde había que estar si uno quería ser un poeta, novelista, pintor o compositor de nuestro tiempo. Para mí, aquellos fueron unos años inolvidables de compañerismo, amistad, conspiraciones y fecundo trabajo intelectual. Igual que antes París, Barcelona fue una Torre de Babel, una ciudad cosmopolita y universal, donde era estimulante vivir y trabajar, y donde, por primera vez desde los tiempos de la guerra civil, escritores españoles y latinoamericanos se mezclaron y fraternizaron, reconociéndose dueños de una misma tradición y aliados en una empresa común y una certeza: que el final de la dictadura era inminente y que en la España democrática la cultura sería la protagonista principal.

Aunque no ocurrió así exactamente, la transición española de la dictadura a la democracia ha sido una de las mejores historias de los tiempos modernos, un ejemplo de como, cuando la sensatez y la racionalidad prevalecen y los adversarios políticos aparcan el sectarismo en favor del bien común, pueden ocurrir hechos tan prodigiosos como los de las novelas del realismo mágico. La transición española del autoritarismo a la libertad, del subdesarrollo a la prosperidad, de una sociedad de contrastes económicos y desigualdades tercermundistas a un país de clases medias, su integración a Europa y su adopción en pocos años de una cultura democrática, ha admirado al mundo entero y disparado la modernización de España. Ha sido para mí una experiencia emocionante y aleccionadora vivirla de muy cerca y a ratos desde dentro. Ojalá que los nacionalismos, plaga incurable del mundo moderno y también de España, no estropeen esta historia feliz.

Detesto toda forma de nacionalismo, ideología -o, más bien, religión- provinciana, de corto vuelo, excluyente, que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo, en privilegio moral y ontológico, la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento. Junto con la religión, el nacionalismo ha sido la causa de las peores carnicerías de la historia, como las de las dos guerras mundiales y la sangría actual del Medio Oriente. Nada ha contribuido tanto como el nacionalismo a que América Latina se haya balcanizado, ensangrentado en insensatas contiendas y litigios y derrochado astronómicos recursos en comprar armas en vez de construir escuelas, bibliotecas y hospitales.

No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del «otro», siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.
El Perú es para mí una Arequipa donde nací pero nunca viví, una ciudad que mi madre, mis abuelos y mis tíos me enseñaron a conocer a través de sus recuerdos y añoranzas, porque toda mi tribu familiar, como suelen hacer los arequipeños, se llevó siempre a la Ciudad Blanca con ella en su andariega existencia. Es la Piura del desierto, el algarrobo y el sufrido burrito, al que los piuranos de mi juventud llamaban «el pie ajeno» -lindo y triste apelativo-, donde descubrí que no eran las cigüeñas las que traían los bebes al mundo sino que los fabricaban las parejas haciendo unas barbaridades que eran pecado mortal. Es el Colegio San Miguel y el Teatro Variedades donde por primera vez vi subir al escenario una obrita escrita por mí. Es la esquina de Diego Ferré y Colón, en el Miraflores limeño -la llamábamos el Barrio Alegre-, donde cambié el pantalón corto por el largo, fumé mi primer cigarrillo, aprendí a bailar, a enamorar y a declararme a las chicas. Es la polvorienta y temblorosa redacción del diario La Crónica donde, a mis dieciséis años, velé mis primeras armas de periodista, oficio que, con la literatura, ha ocupado casi toda mi vida y me ha hecho, como los libros, vivir más, conocer mejor el mundo y frecuentar a gente de todas partes y de todos los registros, gente excelente, buena, mala y execrable. Es el Colegio Militar Leoncio Prado, donde aprendí que el Perú no era el pequeño reducto de clase media en el que yo había vivido hasta entonces confinado y protegido, sino un país grande, antiguo, enconado, desigual y sacudido por toda clase de tormentas sociales. Son las células clandestinas de Cahuide en las que con un puñado de sanmarquinos preparábamos la revolución mundial. Y el Perú son mis amigos y amigas del Movimiento Libertad con los que por tres años, entre las bombas, apagones y asesinatos del terrorismo, trabajamos en defensa de la democracia y la cultura de la libertad.

El Perú es Patricia, la prima de naricita respingada y carácter indomable con la que tuve la fortuna de casarme hace 45 años y que todavía soporta las manías, neurosis y rabietas que me ayudan a escribir. Sin ella mi vida se hubiera disuelto hace tiempo en un torbellino caótico y no hubieran nacido Álvaro, Gonzalo, Morgana ni los seis nietos que nos prolongan y alegran la existencia. Ella hace todo y todo lo hace bien. Resuelve los problemas, administra la economía, pone orden en el caos, mantiene a raya a los periodistas y a los intrusos, defiende mi tiempo, decide las citas y los viajes, hace y deshace las maletas, y es tan generosa que, hasta cuando cree que me riñe, me hace el mejor de los elogios: «Mario, para lo único que tú sirves es para escribir».

Volvamos a la literatura. El paraíso de la infancia no es para mí un mito literario sino una realidad que viví y gocé en la gran casa familiar de tres patios, en Cochabamba, donde con mis primas y compañeros de colegio podíamos reproducir las historias de Tarzán y de Salgari, y en la Prefectura de Piura, en cuyos entretechos anidaban los murciélagos, sombras silentes que llenaban de misterio las noches estrelladas de esa tierra caliente. En esos años, escribir fue jugar un juego que me celebraba la familia, una gracia que me merecía aplausos, a mí, el nieto, el sobrino, el hijo sin papá, porque mi padre había muerto y estaba en el cielo. Era un señor alto y buen mozo, de uniforme de marino, cuya foto engalanaba mi velador y a la que yo rezaba y besaba antes de dormir. Una mañana piurana, de la que todavía no creo haberme recobrado, mi madre me reveló que aquel caballero, en verdad, estaba vivo. Y que ese mismo día nos iríamos a vivir con él, a Lima. Yo tenía once años y, desde entonces, todo cambió. Perdí la inocencia y descubrí la soledad, la autoridad, la vida adulta y el miedo. Mi salvación fue leer, leer los buenos libros, refugiarme en esos mundos donde vivir era exaltante, intenso, una aventura tras otra, donde podía sentirme libre y volvía a ser feliz. Y fue escribir, a escondidas, como quien se entrega a un vicio inconfensable, a una pasión prohibida. La literatura dejó de ser un juego. Se volvió una manera de resistir la adversidad, de protestar, de rebelarme, de escapar a lo intolerable, mi razón de vivir. Desde entonces y hasta ahora, en todas las circunstancias en que me he sentido abatido o golpeado, a orillas de la desesperación, entregarme en cuerpo y alma a mi trabajo de fabulador ha sido la luz que señala la salida del túnel, la tabla de salvación que lleva al náufrago a la playa.

Aunque me cuesta mucho trabajo y me hace sudar la gota gorda, y, como todo escritor, siento a veces la amenaza de la parálisis, de la sequía de la imaginación, nada me ha hecho gozar en la vida tanto como pasarme los meses y los años construyendo una historia, desde su incierto despuntar, esa imagen que la memoria almacenó de alguna experiencia vivida, que se volvió un desasosiego, un entusiasmo, un fantaseo que germinó luego en un proyecto y en la decisión de intentar convertir esa niebla agitada de fantasmas en una historia. «Escribir es una manera de vivir», dijo Flaubert. Sí, muy cierto, una manera de vivir con ilusión y alegría y un fuego chisporroteante en la cabeza, peleando con las palabras díscolas hasta amaestrarlas, explorando el ancho mundo como un cazador en pos de presas codiciables para alimentar la ficción en ciernes y aplacar ese apetito voraz de toda historia que al crecer quisiera tragarse todas las historias. Llegar a sentir el vértigo al que nos conduce una novela en gestación, cuando toma forma y parece empezar a vivir por cuenta propia, con personajes que se mueven, actúan, piensan, sienten y exigen respeto y consideración, a los que ya no es posible imponer arbitrariamente una conducta, ni privarlos de su libre albedrío sin matarlos, sin que la historia pierda poder de persuasión, es una experiencia que me sigue hechizando como la primera vez, tan plena y vertiginosa como hacer el amor con la mujer amada días, semanas y meses, sin cesar.
Al hablar de la ficción, he hablado mucho de la novela y poco del teatro, otra de sus formas excelsas. Una gran injusticia, desde luego. El teatro fue mi primer amor, desde que, adolescente, vi en el Teatro Segura, de Lima,La muerte de un viajante, de Arthur Miller, espectáculo que me dejó traspasado de emoción y me precipitó a escribir un drama con incas. Si en la Lima de los cincuenta hubiera habido un movimiento teatral habría sido dramaturgo antes que novelista. No lo había y eso debió orientarme cada vez más hacia la narrativa. Pero mi amor por el teatro nunca cesó, dormitó acurrucado a la sombra de las novelas, como una tentación y una nostalgia, sobre todo cuando veía alguna pieza subyugante. A fines de los setenta, el recuerdo pertinaz de una tía abuela centenaria, la Mamaé, que, en los últimos años de su vida, cortó con la realidad circundante para refugiarse en los recuerdos y la ficción, me sugirió una historia. Y sentí, de manera fatídica, que aquella era una historia para el teatro, que sólo sobre un escenario cobraría la animación y el esplendor de las ficciones logradas. La escribí con el temblor excitado del principiante y gocé tanto viéndola en escena, con Norma Aleandro en el papel de la heroína, que, desde entonces, entre novela y novela, ensayo y ensayo, he reincidido varias veces. Eso sí, nunca imaginé que, a mis setenta años, me subiría (debería decir mejor me arrastraría) a un escenario a actuar. Esa temeraria aventura me hizo vivir por primera vez en carne y hueso el milagro que es, para alguien que se ha pasado la vida escribiendo ficciones, encarnar por unas horas a un personaje de la fantasía, vivir la ficción delante de un público. Nunca podré agradecer bastante a mis queridos amigos, el director Joan Ollé y la actriz Aitana Sánchez Gijón, haberme animado a compartir con ellos esa fantástica experiencia (pese al pánico que la acompañó).

La literatura es una representación falaz de la vida que, sin embargo, nos ayuda a entenderla mejor, a orientarnos por el laberinto en el que nacimos, transcurrimos y morimos. Ella nos desagravia de los reveses y frustraciones que nos inflige la vida verdadera y gracias a ella desciframos, al menos parcialmente, el jeroglífico que suele ser la existencia para la gran mayoría de los seres humanos, principalmente aquellos que alentamos más dudas que certezas, y confesamos nuestra perplejidad ante temas como la trascendencia, el destino individual y colectivo, el alma, el sentido o el sinsentido de la historia, el más acá y el más allá del conocimiento racional.

Siempre me ha fascinado imaginar aquella incierta circunstancia en que nuestros antepasados, apenas diferentes todavía del animal, recién nacido el lenguaje que les permitía comunicarse, empezaron, en las cavernas, en torno a las hogueras, en noches hirvientes de amenazas -rayos, truenos, gruñidos de las fieras-, a inventar historias y a contárselas. Aquel fue el momento crucial de nuestro destino, porque, en esas rondas de seres primitivos suspensos por la voz y la fantasía del contador, comenzó la civilización, el largo transcurrir que poco a poco nos humanizaría y nos llevaría a inventar al individuo soberano y a desgajarlo de la tribu, la ciencia, las artes, el derecho, la libertad, a escrutar las entrañas de la naturaleza, del cuerpo humano, del espacio y a viajar a las estrellas. Aquellos cuentos, fábulas, mitos, leyendas, que resonaron por primera vez como una música nueva ante auditorios intimidados por los misterios y peligros de un mundo donde todo era desconocido y peligroso, debieron ser un baño refrescante, un remanso para esos espíritus siempre en el quién vive, para los que existir quería decir apenas comer, guarecerse de los elementos, matar y fornicar. Desde que empezaron a soñar en colectividad, a compartir los sueños, incitados por los contadores de cuentos, dejaron de estar atados a la noria de la supervivencia, un remolino de quehaceres embrutecedores, y su vida se volvió sueño, goce, fantasía y un designio revolucionario: romper aquel confinamiento y cambiar y mejorar, una lucha para aplacar aquellos deseos y ambiciones que en ellos azuzaban las vidas figuradas, y la curiosidad por despejar las incógnitas de que estaba constelado su entorno.

 
Ese proceso nunca interrumpido se enriqueció cuando nació la escritura y las historias, además de escucharse, pudieron leerse y alcanzaron la permanencia que les confiere la literatura. Por eso, hay que repetirlo sin tregua hasta convencer de ello a las nuevas generaciones: la ficción es más que un entretenimiento, más que un ejercicio intelectual que aguza la sensibilidad y despierta el espíritu crítico. Es una necesidad imprescindible para que la civilización siga existiendo, renovándose y conservando en nosotros lo mejor de lo humano. Para que no retrocedamos a la barbarie de la incomunicación y la vida no se reduzca al pragmatismo de los especialistas que ven las cosas en profundidad pero ignoran lo que las rodea, precede y continúa. Para que no pasemos de servirnos de las máquinas que inventamos a ser sus sirvientes y esclavos. Y porque un mundo sin literatura sería un mundo sin deseos ni ideales ni desacatos, un mundo de autómatas privados de lo que hace que el ser humano sea de veras humano: la capacidad de salir de sí mismo y mudarse en otro, en otros, modelados con la arcilla de nuestros sueños.

De la caverna al rascacielos, del garrote a las armas de destrucción masiva, de la vida tautológica de la tribu a la era de la globalización, las ficciones de la literatura han multiplicado las experiencias humanas, impidiendo que hombres y mujeres sucumbamos al letargo, al ensimismamiento, a la resignación. Nada ha sembrado tanto la inquietud, removido tanto la imaginación y los deseos, como esa vida de mentiras que añadimos a la que tenemos gracias a la literatura para protagonizar las grandes aventuras, las grandes pasiones, que la vida verdadera nunca nos dará. Las mentiras de la literatura se vuelven verdades a través de nosotros, los lectores transformados, contaminados de anhelos y, por culpa de la ficción, en permanente entredicho con la mediocre realidad. Hechicería que, al ilusionarnos con tener lo que no tenemos, ser lo que no somos, acceder a esa imposible existencia donde, como dioses paganos, nos sentimos terrenales y eternos a la vez, la literatura introduce en nuestros espíritus la inconformidad y la rebeldía, que están detrás de todas las hazañas que han contribuido a disminuir la violencia en las relaciones humanas. A disminuir la violencia, no a acabar con ella. Porque la nuestra será siempre, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo y escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, de derrotar a la carcoma del tiempo y de convertir en posible lo imposible.

Estocolmo, 7 de diciembre de 2010.
© FUNDACIÓN NOBEL 2010

LA COLONIZACIÓN DE EUROPA

Extractos del libro

«LA COLONISATION DE L’EUROPE»

LA COLONIZACIÓN DE EUROPA

Por Guillaume Faye

La guerra étnica ha comenzado. Por lo bajo. Y, año tras año, se

amplía. Por el instante, ha tomado la forma de una guerrilla

urbana larvada: incendios de automóviles o de comercios,

agresiones repetidas de europeos, ataques al transporte público,

emboscadas a la policía o a los bomberos, razzias desde los

suburbios hacia los centros urbanos, etc… Como demuestra un

estudio sociológico encargado para analizar el fenómeno, la

delincuencia de los jóvenes afro-magrebíes es también un medio

de conquista de territorios y de expulsión de los europeos en el

interior del territorio estatal francés. No está motivada únicamente

por razones de simple criminalidad económica.

A partir de los suburbios, se crean enclaves o «zonas sin derecho»,

que se extienden como manchas de aceite hacia el exterior. Desde

que la población alógena alcanzó cierta proporción, la

delincuencia ha hecho emigrar a los «petits blancs», acosados por

las bandas étnicas. (…) Se calculan en más de 1000 estas zonas en

Francia. El fenómeno de parcelación del territorio puede sugerir

que estamos entrando en una nueva Edad Media. Pero también

encubre un proceso de colonización territorial, proceso que hace

pedazos las utopías izquierdistas del «mestizaje étnico». Las élites

intelectuales francesas, que suelen vivir en las caras barriadas

reservadas a los blancos, siempre han propuesto el mestizaje

social en las zonas urbanas. El mestizaje funciona de forma muy

diferente entre las clases sociales de origen europeo. Entre las

élites, que niegan las diferencias étnicas, no existe problema

alguno en abandonar amplias zonas urbanas a las mayorías

emigradas. En estos casos se habla de «fractura social», cuando la

realidad es que se agita una fractura racial y etno-cultural.

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