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Etiqueta: LITERATURA
LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: El padre del rey / NASRUDIN’S MULLÁH INGENIOUS TALES: The king’s father

EL rey entrevistaba a un centenar de candidatos a ocupar el puesto de astrólogo de la corte. A cada uno de ellos le pidió que leyera su destino en las estrellas.
—¡Serás el mayor gobernante que el mundo ha conocido!, sentenció uno.
—Vivirás cien años, salmodió otro.
Cada hombre se esforzaba por dar una lectura más favorable que el anterior. Finalmente, le tocó a Nasrudín impresionar al monarca.
—Tus hijos y tu esposa tienen buena salud. Y tu padre vivirá hasta los noventa años, dijo el Mullah.
—¡Eso es imposible!, dijo el rey con un bufido. Mi padre murió hace años, a los cincuenta y cinco años.
—Las estrellas nunca mienten, insistió Nasrudín.
—¿Cómo te atreves?, dijo enfurecido el rey. ¡Te haré encarcelar por tu impertinencia!
—Pero Majestad, respondió el Mullah Nasrudín, ¿cómo puedes estar absolutamente seguro de la identidad de tu padre verdadero?
Nasrudín fue nombrado astrólogo de la corte.

ENGLISH
The king interviewed about a hundred candidates for the position of astrologer at the court. Each of them asked him to read his destiny in the stars.
«You will be the greatest ruler the world has ever known!» Said one.
«You will live a hundred years,» chanted another.
Each man endeavored to give a more favorable reading than the previous one. Finally, it was Nasrudin’s turn to impress the monarch.
«Your children and your wife are in good health. And your father will live to be ninety years old, said the Mullah.
«That is impossible!» Said the king with a snort. My father died years ago, at fifty-five.
«The stars never lie,» Nasrudin insisted.
«How dare you!» Said the king, enraged. I will imprison you for your impertinence!
«But Your Majesty,» replied Mullah Nasrudin, «how can you be absolutely sure of the identity of your true father?»
Nasrudin was appointed court astrologer.

Gritos en el vacio. Relato.
POR: Unraveling
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Las palabras del general Jackson resonaban nuevamente en los adentros de Stefanovic, mientras deambula con su rifle de pulsos a rastras sobre los ensangrentados pisos de la estación Titan, su pesado traje anti-impactos le molestaba, su casco color azul metálico paso a ser una mezcla entre azul manchado de sangre y color plata desgastado, las garras de las criaturas atravesaron su visor y lo dejaron ciego de uno ojo…el corredor de la muerte era el paraíso comparado con esto. Casi una década en el ejercito aeroespacial para terminar así. Le dieron a elegir entre ser ejecutado por insubordinación o realizar una «sencilla» misión en la colosal estación Titan, ubicada en una de las lunas de Saturno, jamás pensó que tal misión fuese el Infierno en carne
propia, a través de los ductos del recinto, en cada sistema de ventilación y en los rincones mas oscuros se encontraban aquellas bestias bípedas, se asemejan vagamente a los humanos, garras en vez de brazos, una asquerosa piel que se pudre y regenera constantemente en una especie de horrorífico movimiento perpetuo, parecen ser ciegos y se guían por el sonido, sus dientes son tan diminutos pero en tanta cantidad que podrían arrancar hasta el trozo de carne mas profundo, color carnoso con aspecto rancio…engendros del diablo.
Pensaba en su amada Lovisa, su hija, esperándolo como siempre dormida, nunca temía que su padre no regresara de sus misiones, era de los mejores, y los mejores siempre regresaban. Ya no había marcha atrás, sus latidos eran cada vez rápidos, la herida de su brazo era muy profundo, una garra provoco una fisura en su hueso, un dolor punzante, la teniente White fue la primera en morir, decapitada por esas cosas, de nada le sirvió tanta rudeza. Eventualmente todos se separaron y fueron cazados lentamente por ellos. ¿Civiles? Por favor, todos se encontraban muertos, destasados y devorados. Al parecer solo quedaba Stefanovic, un pesado serbio que sudaba esteroides, pero ya no le servía tanto músculo. Lentamente, tambaleándose debido a la perdida de sangre logro encontrar una pequeña unidad médica, al menos un par de horas de vida mas, un par de horas en este universo. No quería morir en esa abandonada base de porquería, quería morir en la tierra, en su país de origen al menos, en la gloria del gran ejercito aeroespacial, pero ya nada de eso era posible, nadie sabia de aquella misión, no los iban a calificar como perdidos en acción, un poco de sucia y demente corrupción, serán llamados desertores, enemigos del ejercito…mentiras burocráticas, todos estaban muertos. Inyectó la pequeña jeringa en su herida y esta sano completamente, al menos la medicina era muy avanzada, aunque desearía poder hacer algo por su ojo…
Salio de la unidad médica y observo un gran ventana presurizada, una vasta vista hacia el infinito vacío, tan calmado, tan frío y solitario, tan lejos de casa. Observaba a Saturno desde lejos, a su gran anillo formado por asteroides…se pregunto si las criaturas eran de ahí. Un par de arañazos que se escuchaban de los ductos de ventilación, habían encontrado a Stefanovic, su casco le dificultaba la vista y le costaba escuchar bien, lo retiro y lo observo un momento, el logo del ejercito aeroespacial a los costados, ya no sentía miedo a
morir…Cargo su rifle con su último cartucho de protones y apunto hacia el ducto de ventilación, encendió la linterna del arma y a través de la rejilla de ventilación se observo a la criatura inerte, no le molestaba la luz ya que carecía de vista, su respiración era horrible y su piel caía a través de la rejilla mientras se volvió a regenerar, ese olor a putrefacción hizo que los ojos de Stefanovic se llenaran de lagrimas, sin prisa jalo el gatillo y destrozo la cabeza de aquel engendro, volando casi toda la ventilación y parte de la pared, armas de calidad sin duda alguna, la criatura cayo al suelo y comenzó a agitarse bestialmente, de su destrozado cuello salía una sangre lechosa y unos finos hilillos color carne comenzaban a salir, había empezado a regenerarse y no parecía muy feliz…Stefanovic comenzó a caminar mientras escuchaba aquel sonido carnoso…
Criaturas comenzaron a salir a través de las ventanas de las habitaciones y de
los paneles del suelo, los pasos de Stefanovic eran lentos y precisos, caminaba entre ellos con suma tranquilidad, era como si estuviese detrás de las lineas enemigas. Si daba un paso en falso su cuerpo iba a quedar complemente irreconocible y destrozado. Las criaturas con una desarrollado sentido de la audición trataban de encontrar a su victima, Stefanovic bajo unas largas escaleras metálicas produciendo un sonido causado por el golpe de sus botas de acero contra el frío hierro de las escaleras, las criaturas escucharon el sonido y se dirigieron hacia su fuente de origen.
Un conjunto de pasillos largos y estrechos, hechos para que solo una persona los atravesara, el olor a productos de limpieza causaba un ambiente a muerte, fusionado con el hedor de aquellas criaturas era insoportable, Stefanovic buscaba desesperadamente la «habitación mágica». Los pasillos eran oscuros e interminables, como aquellos de las películas de horror de antaño. Unas letras iluminadas se veían a lo lejos, como una especie de luz al final del túnel, se leía fácilmente «Reactor principal», Stefanovic apresuro el paso mientras desde los oscuros pasillos se escuchaba como las bestias se iban acercando rápidamente a el. Entro y la gran puerta metálica se cerro a sus espaldas, y frente a el estaba el gran reactor principal, al rojo vivo como si estuviese a punto de estallar, con destellos de vapor saliendo desde sus válvulas hidráulicas. Tomo el explosivo C4 de su muslera y lo coloco cuidadosamente en el panel de control y recordó como sus camaradas se burlaban de el por usar un explosivo tan anticuado, la mayoria de los soldados actuales preferian las granadas de IEM, pero Stefanovic era de la vieja escuela, era un yugoslavo clásico. Las garras atravesaban fácilmente la gruesa puerta de acero inoxidable, como si fuese mantequilla. Stefanovic tomo fuertemente el detonador y le dio la espalda al reactor, viendo de frente a la ya magullada puerta metálica… Las palabras de Ratko, su difunto padre sonaban en su cabeza en un lenguaje serbio…»¿Sabes lo que dice el profeta, que permanezca bendito y en paz, sobre la matanza de inocentes?»
Las criaturas entraron al mismo tiempo que el presionaba el botón de detonación…Todo estaba tan en calma…
El secretario (relato).
POR: FRIKY
Recién terminados sus estudios, el joven ingeniero de minas Fermín Vázquez decidió abandonar su Galicia natal y viajar a la Argentina, para trabajar a las órdenes de su tío Eduardo, que dirigía una de las principales compañías mineras de Catamarca. O al menos esa era su intención, porque una vez allí lo que sucedió fue que Fermín dejó su puesto en la empresa para casarse con una muchacha de buena familia llamada Lucía Elisa Marconi. Debemos dejar claro que el amor de Fermín hacia la señorita Marconi era completamente sincero y desinteresado, aunque lo cierto es que supuso un importante ascenso social para el joven ingeniero, quien pocos años después era el copropietario de una próspera hacienda situada cerca de la frontera paraguaya.
En aquellos tiempos lo único que enturbiaba la felicidad del matrimonio era la incapacidad de doña Lucía para darle descendencia a su marido. Por este motivo decidieron adoptar a una huerfanita de pocos meses llamada Helena María (siendo hija de padres desconocidos, este nombre había sido elegido por la directora del orfanato y se debía a que la pequeña había llegado al hospicio un 18 de agosto). Todo fue bien hasta que la niña murió antes de cumplir los cuatro años de edad, a causa de la mordedura que le propinó una víbora mientras jugaba en el jardín de la hacienda. Sumidos en el dolor, don Fermín y doña Lucía optaron por adoptar a otra niña, a la que hallaron en el mismo orfanato donde habían encontrado a la primera, y que, por una casualidad que les pareció sumamente agradable, también se llamaba Helena María.
Dos décadas después, don Fermín, que se había quedado viudo, seguía viviendo en su hacienda, mientras que Helena estudiaba Medicina en Buenos Aires y pasaba la mayor parte del año en su piso de la capital, aunque durante las vacaciones estivales viajaba al norte para reunirse con su padre adoptivo.
Una tórrida tarde de enero (nos hallamos en el hemisferio sur), don Fermín decidió coger su vieja escopeta e ir al monte en busca de caza menor. O al menos esa era su intención, porque allí hacía tanto calor que el hacendado decidió renunciar a la cacería antes de haber encontrado un solo animal y refugiarse en una arboleda particularmente sombría hasta que empezase a refrescar. Pero su tranquilo reposo a la sombra de los árboles no tardaría en ser interrumpido por el súbito estampido de un disparo. Inmediatamente después, el sorprendido don Fermín oyó un gruñido procedente de los arbustos que había a su espalda y al volverse vio cómo un enorme puma, asustado por el disparo, huía velozmente hacia las profundidades del bosque. Alguien había salvado la vida del desprevenido hacendado, disparando al aire para espantar al felino antes de que este hubiera tenido tiempo de iniciar su ataque.
Y don Fermín, todavía pálido de emoción, no tardó en darle las gracias a su misterioso salvador: este era un forastero completamente desconocido, que vestía ropas bastante viejas, cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y sólo llevaba en las manos la escopeta de caza con la cual había espantado al puma. El forastero, que dijo llamarse David Estrada, era un hombre ya maduro, de piel blanca, aunque en algunos puntos muy tostada por el sol, constitución delgada, cuerpo fibroso y expresión enigmática, aunque no desagradable. Don Fermín, bien dispuesto de antemano hacia un hombre que acababa de salvarle la vida, no pudo dejar de alegrarse cuando supo que el señor Estrada también era de origen gallego, lo cual, por otra parte, se reflejaba claramente en su acento. Según sus propias palabras, David Estrada había sido en otro tiempo un hombre de buena posición económica (en todo caso, bastaba con oírle hablar para advertir que no carecía de cultura) y un feliz padre de familia, pero ciertos reveses de fortuna lo habían condenado a la ruina y a la ruptura de su matrimonio, además de obligarlo a cruzar el Atlántico en busca de fortuna.
Una vez en Sudamérica, las cosas no le habían ido mucho mejor y, no teniendo ni un trabajo fijo ni dinero para volver a España, recorría el campo argentino en busca de alguien que quisiera darle algún empleo, por humilde que fuera. Tras oír esto, el agradecido don Fermín lo invitó a acompañarlo a su hacienda, donde podría quedarse todo el tiempo que quisiera, primero en calidad de huésped y luego, cumplidas ciertas formalidades, como su secretario particular (en realidad, don Fermín nunca había necesitado la ayuda de nadie para administrar sus bienes, pero decidió que ofrecerle un puesto de trabajo era lo menos que podía hacer por Estrada). Por supuesto, el vagabundo aceptó su ofrecimiento sin disimular su alegría y, poco después, los dos hombres se encaminaron hacia la hacienda como buenos amigos.
Aquella misma noche don Fermín, tras regalarle a Estrada uno de sus mejores trajes, lo invitó a cenar con él y con su hija Helena en el suntuoso salón de la hacienda, como si fuera un verdadero amigo en vez de un simple empleado. El buen hacendado, que era un hombre agradecido, ya había decidido en su fuero interno que su paisano cenaría siempre en el salón y no con los demás trabajadores de la hacienda. O al menos esa era su intención, pero durante la cena hubo algo que le causó inquietud y enfrió, hasta cierto punto, su sentimiento de gratitud hacia Estrada. Lo cierto es que no le gustó cómo miraba el forastero a su hija Helena, quien se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Don Fermín, con una benevolencia un tanto forzada, se dijo a sí mismo que era normal que los hombres miraran con ojos ardientes a las jóvenes hermosas, pero lo cierto es que Estrada nunca volvió a ser invitado a la mesa de su patrón. Hay que decir que este siempre lo trató con suma amabilidad y le ofreció un buen sueldo, pero lo cierto es que no le dio más oportunidades para intimar con su hija, quien, por su parte, no parecía especialmente interesada por el nuevo habitante de la casa. Después de todo, este, aunque era un hombre atractivo, para ella no dejaba de ser un desconocido que por edad hubiera podido ser su padre.
Durante algunas semanas todo fue bien: David Estrada se mostró muy competente en su nuevo oficio y los negocios de don Fermín iban viento en popa. Pero cuando ya faltaba poco para que terminase el verano y Helena volviera a Buenos Aires, empezaron los problemas. El ganado de la hacienda empezó a sufrir continuos ataques por parte de un puma, quizás el mismo animal que había amenazado la vida de don Fermín y que, aparentemente, buscaba resarcirse devorando a sus animales. No era aquella la primera ni la segunda vez que el hacendado tenía problemas con pumas o gatos monteses, pero, mientras que en otras ocasiones la cuestión había sido solucionada rápidamente de un balazo, aquella fiera parecía sumamente astuta y sabía cómo burlar la vigilancia de los guardias más avezados. Siempre atacaba de noche, pero nunca a la misma hora, y sabía elegir los puntos peor vigilados del rancho: si los guardias se concentraban en el corral donde dormían las ovejas, entraba en el gallinero, o viceversa, y cuando no podía llevarse un cerdo se llevaba un potrillo. Realmente parecía que aquel puma actuaba guiado por una inteligencia humana y entre los peones de sangre india empezaron a circular extrañas supersticiones al respecto.
Finalmente, don Fermín, furioso ante lo que consideraba el resultado de una negligencia por parte de sus hombres, reunió a todos sus empleados (salvo a Estrada, cuya labor nada tenía que ver con el cuidado del ganado) y les ordenó pasar la noche siguiente en vela, así como todas las noches que fuera necesario, hasta que cazaran al maldito puma. Además les dejó claro que si la fiera moría todos ellos, y especialmente el hombre que la matara, recibirían una generosa recompensa, pero añadió que si volvía a arrebatarle una sola cabeza de ganado, o simplemente si volvía a escaparse, los responsables se lo pagarían con creces. Don Fermín era un buen hombre y un patrón comprensivo, pero aquella vez se hallaba verdaderamente enfadado y así lo comprendieron sus peones, que se armaron con escopetas y se resignaron a pasar por lo menos una noche al aire libre.
Al llegar la noche, todos los habitantes de la hacienda, salvo el patrón, su hija y el secretario, se hallaban apostados en los alrededores del rancho, aguardando la llegada del felino. Como se trataba de cazarlo y no de espantarlo, todos los perros habían sido encerrados para que no lo asustaran con sus ladridos y las puertas de los corrales habían sido abiertas a propósito para tentar al merodeador nocturno. Sin embargo, pasaban las horas y el puma no hacía acto de presencia, lo cual suponía un alivio para los timoratos y un motivo de desesperación para los más ambiciosos. Ya faltaba poco para el alba cuando Juan Moreno, un mestizo paraguayo que ejercía de capataz, creyó distinguir un gemido procedente del interior del rancho. Ninguno de sus compañeros había notado nada, pero Juan, como todos los hombres habituados a la vida en el monte, se jactaba de tener un oído muy fino y, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía de que algo no iba bien en el interior del edificio.
Arriesgándose a recibir una reprimenda del patrón por abandonar su puesto antes de tiempo, Juan les ordenó a los peones que siguieran en sus puestos y se dirigió a la puerta principal. Para su sorpresa, esta había sido cerrada por dentro y además nadie respondió a sus llamadas, por lo que su inquietud instintiva no tardó en convertirse en verdadero temor. Resignándose de antemano a lo que pudiera pasarle, Juan, que era un hombre recio y valiente, derribó la puerta y penetró rápidamente en el amplio y oscuro vestíbulo del edificio, con su escopeta preparada para disparar. Intentó encender la luz, pero esta había sido cortada, sin duda deliberadamente. “Mejor”, se dijo Juan, “ya he hecho bastante ruido al derribar la puerta y, si alguien me está esperando para dispararme, quizás la oscuridad me salve la vida”. Por suerte, Juan estaba acostumbrado a cazar de noche en las tinieblas de la selva y además sabía moverse sin hacer ruido. Llegó sin problemas al salón y, una vez allí, la luz lunar que se colaba por las ventanas abiertas le ofreció un espectáculo horrendo. Una vez más, Juan se alegró de que la visibilidad fuera reducida, pues,
pese a ser un hombre duro, nunca le había gustado contemplar de cerca el rostro de los muertos. Dos cuerpos humanos vestidos con ropa de cama yacían allí sobre sendos charcos de sangre. Eran el patrón y su secretario, y ambos parecían haber sido apuñalados hasta la muerte. Al parecer, y teniendo en cuenta la doble estela de sangre que se distinguía sobre los peldaños de la escalera que llevaba al piso superior, las víctimas no había muerto allí, sino que habían sido acuchilladas en sus habitaciones y luego su asesino (suponiendo que fuera uno solo) había arrastrado los cadáveres hacia el salón, por algún motivo que Juan no acertó a comprender.
Como Juan no podía creer que la señorita Helena pudiera ser la autora del doble crimen, decidió que este sólo podía ser un intruso, que había conseguido colarse dentro del edificio sin ser advertido, y que aún podía estar allí, probablemente oculto en alguna de las habitaciones del segundo piso… quizás en el dormitorio de Helena.
Fuera como fuera, Juan se dijo que su deber más inmediato era ir en busca de la señorita Helena, que quizás se hallara en grave peligro, por lo cual se dirigió a su cuarto, sin detenerse para examinar los cadáveres ni acordarse de llamar a sus hombres. A pesar de los nervios, subió las escaleras con cuidado, no sólo para no delatar sus movimientos con el ruido de unas pisadas demasiado fuertes, sino por miedo a resbalar en la sangre que cubría los peldaños.
Una vez alcanzada la segunda planta, el valeroso capataz entró en la alcoba de la muchacha, cuya puerta estaba entreabierta. La luz lunar le permitió ver que Helena yacía boca arriba sobre su cama, inconsciente y pálida como una muerta, pero viva y relativamente ilesa. Tenía los miembros fláccidos y respiraba con dificultad, pero a simple vista su cuerpo no había sufrido daños físicos, dejando aparte algunos rasguños de poca importancia. En cambio, su
camisón había sido desgarrado en torno a sus pechos y su cintura, como si alguien la hubiera forzado después de drogarla (el extraño olor que emanaba de un vaso vacío que se hallaba sobre la mesilla de noche, al lado de un pequeño objeto brillante, le sugirió a Juan la idea de la droga). Tan nervioso se sentía Juan que en aquel momento cometió su único error fatal: ansioso por atender a Helena, dejó su escopeta en un rincón del cuarto, cerca de la puerta. Apenas se hubo separado unos metros del arma, se percató de su imprudencia y se dio la vuelta para cogerla de nuevo, pero ya era demasiado tarde: en la puerta del cuarto, borroso y casi espectral en la penumbra imperante, se hallaba David Estrada, vivo y sonriente, con la escopeta del capataz bien sujeta en sus manos ensangrentadas. Juan comprendió rápidamente que Estrada era el asesino y que lo había engañado, manchando sus ropas con la sangre de don Fermín para hacerse el muerto, pero también comprendió que se hallaba en sus manos: el secretario sólo tendría que apretar el gatillo de la escopeta para acabar con su vida y lo único que le extrañaba era que estuviese tardando tanto en hacerlo.
Estrada, adivinando el pasmo y la ansiedad del mestizo, le dijo tranquilamente:
-Bien, Juan, en breves vas a morir, por lo que no tengo inconveniente en satisfacer tu curiosidad antes de enviarte a la tumba. Dejando aparte que mi verdadero nombre no es David Estrada, la historia que le conté a don Fermín no estaba muy lejos de la realidad: hace algunos años, yo vivía feliz en mi Galicia natal, con una esposa a la que quería y dos niños pequeños a los que adoraba. Pero, del mismo modo que la luz del Sol apaga la de las estrellas, todo eso se desvaneció de mi alma cuando un capricho del Destino puso en mis manos cierto libro, que me reveló cuáles son la verdadera esencia del Universo y el único camino hacia la sabiduría. Debes saber, pobre ignorante, que la esencia del Universo es el Mal, al que tú llamarías Diablo, y que si un hombre ansía el Poder y el Conocimiento debe abrir su alma a la Maldad Suprema, pasando por encima de cualquier otro interés que pueda estorbar sus propósitos. Tan bien lo comprendí que desde entonces he teñido mi vida con la negrura del pecado y la rojez de la sangre, incluida la de mis propios hijos, y a cambio he adquirido poderes y conocimientos que tú ni siquiera podrías imaginar. Pero me faltaba un pecado para alcanzar la cúspide del Mal y el don supremo que este concede a sus acólitos más avezados, es decir, la inmortalidad. El pecado que me faltaba era el incesto. Por eso he venido aquí y por eso he hecho todo esto, con la ayuda de un puma controlado por mi magia negra, que primero me permitió ganar la confianza de don Fermín y luego apartar de la casa a los peones mientras realizaba mis planes. Esa desdichada que yace sobre la cama no es hija carnal de Fermín Vázquez, sino mía: yo la concebí deliberadamente para poseerla cuando hubiera alcanzado la mayoría de edad, yo rapté y violé a su madre para asesinarla después de que hubiera dado a luz, yo la abandoné a las puertas del orfanato donde la halló su padre adoptivo hace más de veinte años… y yo he gozado esta noche de su carne. ¡Y ahora por fin soy uno con el Mal Supremo, diabólicamente perfecto e indestructible por los siglos de los siglos! ¡Ahora ya siento cómo mi nuevo poder se difunde por mis entrañas y ni siquiera todos vosotros juntos podréis detenerme!
Mientras aquel monstruo terminaba su perorata con una carcajada sardónica, Juan, que sólo comprendía a medias aquellas palabras preñadas de pecado y locura, se había ido acercando lentamente a la mesilla y había agarrado discretamente el abrecartas que había visto brillar débilmente sobre aquel mueble al entrar en el cuarto. Aparentemente, el asesino, que debía sentirse muy seguro de sí mismo, fuera por el arma que sostenían sus manos o porque realmente se creyera inmortal, no se había percatado de sus movimientos. En un arrebato de audacia, Juan
se arrojó sobre el presunto David Estrada y le clavó el abrecartas en el ojo derecho con todas sus fuerzas, antes de que su enemigo pudiera disparar o hacer cualquier otra cosa para impedirlo. Una expresión, no tanto de dolor o de miedo como de sorpresa, se dibujó en el rostro del asesino al mismo tiempo que la punta del abrecartas alcanzaba su cerebro y arrojaba su alma al Olvido. ¿Había sido su presunción de inmortalidad un mero delirio de su mente perturbada? ¿Acaso ignoraba que la muchacha a la que había violado no era su hija y que esta había muerto muchos años antes, en plena infancia y mordida por una víbora? Juan nunca lo supo y, en realidad, ni siquiera se lo planteó. Aquel brujo y asesino había pagado por todos sus crímenes, su alma había alcanzado el Infierno que tanto anhelaba, aunque no precisamente de la forma que a él le hubiera gustado, y no volvería a dañar a nadie nunca más.
En cuanto al puma, no acudió al rancho aquella noche ni volvió a saberse de él en la región: al parecer, una vez desaparecida la inteligencia diabólica que lo controlaba, volvió a ser un animal inocente y perdió todo interés por el ganado de la hacienda.
Helena recuperó pronto la conciencia, pero necesitó ayuda psicológica para superar el shock traumático provocado por la muerte de su querido padre adoptivo y por el cruel ultraje que ella misma había padecido. Se hizo llegar a las autoridades una versión incompleta de los hechos, de la cual se habían eliminado los elementos más extraños y rocambolescos, y la policía argentina, en colaboración con la española, no tardó en descubrir la verdadera identidad de David Estrada: un erudito aficionada a las ciencias ocultas que, tras muchos años de vida pacífica y laboriosa, había desaparecido, dejando tras él un rastro de cadáveres… sin duda un caso de locura, aunque algunos se nieguen a reconocerlo.
Tras una larga y penosa meditación, Helena decidió abandonar para siempre la hacienda, que vendió a Juan Moreno por un precio muy inferior al real (y aun esto porque el capataz se negó a aceptarla como regalo), se marchó a España y se estableció en Galicia, la tierra natal de su padre adoptivo, para dedicarse a la medicina, buscando en el trabajo la paz y el olvido. O, al menos, tal era su intención, porque una vez allí descubrió que la violación no sólo había tenido consecuencias para su mente, sino también para su cuerpo: Helena estaba embarazada.
El catalán Pedro Ruiz nos da una lección de patriotismo
Y no se parece en nada al nacionalismo, escolti.
El patriotismo es un sentimiento natural; el nacionalismo, una ideología artificial. El patriotismo tiene que ver con el amor; el nacionalismo, con el resentimiento. Los ideólogos de la Generalitat nos intentan dar gato por liebre, pero los sencillos saben que el nacionalismo es la degeneración del patriotismo.
También lo sabe Juan Manuel de Prada. O Pedro Ruiz, humorista de fuste, al que hace tiempo veíamos pasear del brazo con su anciana madre, despacito, por la ribera de Sitges. Ruiz acaba de publicar un libro original y optimista: Lo que amo de aquí. «Aquí» es España, claro, aunque no se atreva a decirlo. Vean la maravillosa descripción que hace del patriotismo:
«Huele a mis padres, hermano, tíos primos… en una vida sencilla y alegre. Llena de esfuerzos y juegos. De grandes aperturas y pequeños planes.
A honradez…
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INOLVIDABLE DÍA DE SAN VALENTÍN…
Entre la edad de oro de los bolcheviques reglamentistas y nuestro Siglo de Oro universitario no hemos aprendido nada
Disfruto hoy con la portada del periódico ABC que expresa uno de los grandes problemas españoles que hasta ahora permanecía silente. Y me retrotraigo a mis últimos recuerdos en la Universidad de Salamanca, la grafía de sus vítores y las aulas de don Miguel de Unamuno y esa otra conservada para la historia que alimentó intelectual y espiritualmente Fray Luis de León, un espacio de culto al pensamiento en el que todo un Quevedo, al que es fácil imaginar como un clásico alumno rebelde, se entretuvo en firmar una de sus bancadas.
Por allí también estuvo el Embajador Saavedra Fajardo, nuestro polítologo por excelencia del Siglo de Oro Español que nos dejó para la reflexión esta cita insuperable sobre la manía reglamentista que hoy nos desborda: “Las sociedades que se rigen con un exceso de leyes ocupan a la mayoría de los habitantes en los juicios y desperdician…
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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: «Dos leñadores»
Cuenta Nasrudin que cierto día dos leñadores fueron a ver al juez.
—Venimos de vender la leña en el mercado, explicó uno, y mi colega dice que tiene derecho a la mitad de las ganancias.
—¿No es eso justo?, preguntó el juez.
—Lo sería si hubiera hecho un trabajo honrado,contestó el hombre, pero mientras yo trabajaba con el hacha, él se sentó en un tronco y
no hizo nada.
—Mientes, apuntó el otro. Mientras tú blandías el hacha, yo gritaba: ¡dale!, para animarte.
—Puede haber gritado ¡dale!, pero yo hice todo el trabajo duro, dijo el primero.
—Pero no habrías podido seguir sin mi estímulo,afirmó el segundo.
Escuchada las declaraciones, el juez reflexionó, pero por mucho que se esforzaba, no podía llegar a un veredicto.
—¿Me permite Su Señoría?, íntervino Nasrudin después que hubieran transcurrido varios minutos.Tomó una moneda y la tiró al aire. Cayó al suelo con un ¡clink!
—¿Has oído ese ruido?, preguntó al segundo leñador.
—Sí, contestó el hombre.
—Bien, entonces toma ese ¡clink! en pago por tu¡dale! y abandona
el tribunal, decidió Nasrudin.
Un empleo a tiempo completo
Vine a la ciudad para trabajar, ahorrar y formar una familia, esa era mi única intención. ‘Dios te bendiga, hijo mío, mucha suerte’, me había dicho mi vecino el párroco, don Julián, antes de marchar. ‘Suerte’, me deseó también mi hermana Sofía. ‘Escríbenos de vez en cuando’. Y así me encontré esperando al autobús, con una pequeña maleta de cuero, y una sensación de melancolía por la marcha, y otra simultánea y estimulante de incertidumbre ante el futuro.
La capital olía a basura y a aguas residuales. Había pordioseros pidiendo limosnas en prácticamente todas las esquinas, y la gente pasaba a su lado sin apenas mirarlos a los ojos. Tenía un papelito arrugado en el bolsillo con la dirección de una pensión en el centro y el teléfono de un tal Javier, un cuñado de una amiga de mi hermana, o algo similar. La pensión estaba en una calle peatonal…
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Versos erótico burlescos, irreverentes y picantones (varios autores)
Y para empezar el finde, un post un tanto picantote e irreverente, hoy me ha dado por ahí, veremos a ver como sale porque algo está pasando aquí en WordPress, las funciones están mal, durante un rato este puñetero editor no se abria, luego no dejaba subir imágenes… en fin.
La verdad es que nuestra literatura, cuando se pone «fisna» es para petarse de risa y, naturalmente, seguro que aparecerán, como me ha ocurrido otras veces, los típicos moralistas, estirados, relamidos, etc., etc., a los que habrá que añadir, naturalmente, las femi-nazis, criticando pero… ¡¡¡me los paso a todos por el forro!!! 
Well, vamos p’allá
LA JODIENDA NO TIENE ENMIENDA (Décima de Vargas Ponce (1760-1821) )
Joded, felices humanos,
Sin que nada os alborote,
Y en cansándose el virote
Joded con lengua y con manos.
A moralistas tiranos
Dejadlos en su quimera;
A fé que si yo pudiera
Me transformara en un nabo
Inmenso, y de cabo á rabo
Cien mil veces más jodiera.
en igual sentido escribe Manuel del Palacio (1831-1906),
¡Genios de la jodienda bienhechora,
Espíritus sin fin de la impureza
Que al coño de la virgen dais ardores
Y al carajo del hombre fortaleza!
Vértigos que turbáis nuestras cabezas,
a todos os invoco y os alabo
Con la conciencia limpia y sucio el nabo!
Vamos a abrir el mundo en que vivimos
La peregrina crónica secreta,
Y los santos misterios que leímos
A trocar en cuestiones de bragueta,
Vamos a revelar lo que aprendimos
En nuestra alegre juventud inquieta,
Y a dar a la ficción y el disimulo,
A fuer de caballeros, por el culo.
y Camilo José Cela (1916-2002), en su famosa “Respuesta de don Camilo José”, a Robustiano Cipotón, que no perdió la afición a utilizar del cojón la próvida munición. (Que Dios le conserve, hermano, por los siglos de los siglos, un coño propicio a mano).
Robustiano Cipotón
es un cachondo de Ronda
que desea verrionda
y eficaz
y pertinaz
la conducta del cojón.
¡Qué Dios le oiga, compañero!
Que en este mundo de mierda
no hay cipote que se pierda
por pensar
y practicar
que joder es lo primero.
¡Ay, pija devota y pía,
brújula que del cojón
marcas la dulce sazón
– calentura
y polla dura –
que tan solo el catre enfría!
Robustiano Cipotón
me la desea bravía.
¡Que Dios oiga todavía,
Robustiano,
fiel hermano,
los ruegos de tu oración!
Salut y forsa al canut,
se desea en Barcelona
y en Gerona y Tarragona
para el quilé
y el mangué.
Y calibre de mamut,
como el pijo de Arachidona,
¡cosa bona!,
pide al cielo para usted
su compadre emocionado
y a follar aficionado,
Cela,
Camilo José.
(De la Real Academia
Española,
que contra lo que se dice,
mea sola).
En lo que podríamos denominar apartado de consejos, a destacar el poeta Ventura de la Vega (1807-1865), tan prolijo sobre este tema,
Es nuy soso y no me gusta
Por que tiene poca gracia,
Uno mismo en un rincón
Hacerse necio la paja.
Es un golpe dado en vago,
Es una jodienda falsa,
Es fornicarse á sí mismo,
Es un engaño, una farsa.
Pero hacersela tocar
Por la mano delicada
De una jovencita linda,
desnudo el pecho y la espalda,
Eso es ya muy diferente,
Y merece que se aplauda;
Porque una paja bien hecha
Casi equivale á una vaina.
Las vainas por retaguardia
Son de tal magnificencia,
Que no hay modo de joder
Que más partidarios tenga.
La muger de culo en popa
Los agujeros presenta,
Para que elija el cipote
El que mejor le parezca.
Más arriba o más abajo,
Dos dedos de diferencia,
De todos modos la vaina
Como se ha dicho es soberbia.
… Este modo de joder,
Que por sí se recomienda,
Con encomio lo aconsejo
A la juventud honesta.
…No os descuidéis, mujeres,
Que la ocasión es calva;
Abrid las piernas antes
Que el hombre se distraiga.
Si no, ya veis qué pronto
Gasta en puñetas vanas
Todas las municiones
Que tienen en la canana.
Ostentad á sus ojos
Vuestras gentiles gracias
Cuando quieran forniquen
y no se harán la paja.
…Hay jodedores maestros
Que echarían una vaina
Sobre el filo de un alfanje
O en la punta de una lanza.
Una vez (¡grato recuerdo!)
Forniqué yo a una muchacha
Sentada sobre un poyete
Con las piernas levantadas,
Que en mis hombros coloqué:
Ante ella hincado, apretaba;
Y así despaché el negocio
Sin silla, sofá ni cama.
también merecen mención, y dentro del mismo apartado, los versos del Marqués de Villamediana (1582-1622),
… Fue un tiempo vuestro varon
Capon,
Y es el que os goza al presente
Impotente;
Amen de otro monje añejo
Viejo.
Señora, mi mal consejo
Es que corrais buen caballo,
Y no busqueis para el gallo
Capon, impotente o viejo.
(DE ESTE NO HE PODIDO PILLAR NINGÚN RETRATO NI COSA POR EL ESTILO)
y estos otros, atribuidos a J. de Espronceda (1808-1842),
… Cuán necios son los que al pulsar la lira
cantan a la mujer himnos de amores!
¡Cuán necios son si buscan la mentira
por consolar sus ansias y dolores!
Pues la mujer, si llora y si suspira,
es por que en sus histéricos furores
desea un hombre que la ponga al cabo
pan en la boca y en el coño un nabo.
Miente cuando te jura amor constante
(su helado corazón no se enamora),
miente cuando te dice eres mi amante,
miente cuando se ríe y cundo llora,
es de lujuria, sólo el anhelante
suspiro que exhalando está a toda hora;
jodiendo se resuelve esta contienda,
no hay más amor allí que la jodienda.
Las seguidillas y copla aquí recogidas, corresponden a autores anónimos (siglos XVI-XVII),
A Tendilla se parte la niña bella
el galán no a Tendilla sino a tendella.
¡Ay, Jesús que me mata! ¡Quítenme este hombre,
que huele a marido toda la noche!
Divina Belisa, niña de perlas,
déjame que te ensarte, no te me pierdas.
Como ya no se usan los virgos, madre,
uno que tenía dile de balde.
Vete poco a poco, Juan de mi alma,
que si soy tardona la noche es larga.
Tiénelo tan ancho la mi morena
que no sé si esta dentro o si está fuera.
¡Ay que para arriba y para abajo
hacen su efecto el coño y el carajo!
¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!
Estábase la moza
despaldas en el lecho
las piernas abiertas,
y, mirando al techo,
dice con despecho:
“Agua, balde agua,
quel fuego está en la fragua!”
…Toda se comía
en grande manera,
quel dedo metía
por la hurgonera.
Llorando decía
con voz lastimera:
“¡Agua, balde agua,
quel fuego esta en la fragua!”
Hácese pedazos,
toda se desuella;
quería los brazos
meter por la mella,
dando esta querella:
“¡Agua, dadle agua,
quel fuego está en la fragua!”…
Y PARA REMATAR, es evidente que los curas, monjas (¡¡¡eeeeh!!! no empecemos a meter política y demás, esto, mal que les pese a muchos, resulta que es literatura y es de tiempos ha), frailes y militares, ocupan una parte importante dentro de la versificación erótico burlesca. Hemos optado por escoger aquellos considerados como más representativos por su contenido y jocosidad.
Del Diccionario Secreto,I, de C. J. Cela –Alianza Alfaguara,1975- a resaltar estas letrillas anónimas de finales del Siglo XVIII,
Los cojones del cura
de Almendralejo,
le pesan veinte arrobas
sin en pellejo.
Los cojones del cura
de Tarancón,
que abulta cada uno
como un melón.
Los cojones del cura
de Villalpando,
los llevan cuatro bueyes
y van sudando.
Al cura de Villarejo
de Salvanés,
le llegan los cojones
hasta los pies.
El cura de Morata de Tajuña
se rasca los cojones con la uña,
pero en cambio el de Arganda
se pisa los cojones cuando anda.
¡Rediós, y qué locuras
hacen con los cojones esto curas!
DE esta obra hay en Google sitios para descargasela en PDF
la creatividad poética de José Vargas Ponce (1760-1821), no deja en olvido a los curas,
El Prebendado indolente,
Delicado y sibarita,
La quiere joven, fresquita,
Que sea rabicaliente;
Empero cuando ya siente
Ménos robustez y anhelo,
Temiendo la ira del Cielo,
Y del infierno la llama,
Se compone con un Ama,
O con dos si viene á pelo.
ni a las monjas,
La Monjita, si es discreta,
Cuando vá al Confesionario,
Presenta su tafanario
A la rejilla secreta.
Hácela allí la puñeta,
Con el dedo, el Confesor,
O si se puede, mejor,
Aunque sea con trabajo,
Urgala con el carajo,
Mientras ora con fervor.
Otras se suelen meter,
A falta de un buen pepino,
Los dedos en el chumino
Hasta que les dá placer.
Tambien se suelen joder
Una á otra en ocasiones,
Y aunque no tienen cojones,
Juntado ámbas el coñito
Consiguen tener gustito
Con aquellas frotaciones.
frailes,
Viuda, doncella, casada,
¿Cuál es la que no ha probado
De un Fraile desenfrenado
La lujuria encarnizada?
Para él seis vainas es nada;
Y la mujer de respeto
Y buen gusto que en secreto
A joder cita al Hermano,
Pilla un nabo largo, sano,
Tieso, gordo y bien repleto.
y militares,
El Militar fanfarrón
Joder quiere á trochimoche,
De la mañana a la noche,
De la grande hasta el pulpon;
No desperdicia ocasión
Por rincón, barranco ó soto,
Aunque por este alboroto
Venga á parar su bambolla
En que le corten la polla,
Y luego se haga devoto.
Well, pues ahora solo falta que esto no falle y todo se vaya al cuerno (les mando un escrito a los de WordPress que me vienen las autoridades federales norteamericanas a buscar a casa
)
Estos literatos celtibéricos……. 



























