Etiqueta: LIBRE MERCADO

Planificación estatal vs. proceso de mercado

Como ha subrayado Hayek, los fenómenos complejos de las ciencias sociales son contraintuitivos, debe escarbarse en distintas direcciones de la historia, la filosofía, la economía y el derecho para llegar a conclusiones acertadas, como decía el decimonónico Bastiat hurgar en “lo que se ve y lo que no se ve”.

 por Alberto Benegas Lynch

Resulta muy relevante percatarse del orden que presenta la libertad y el desorden a que conduce la prepotencia de los megalómanos del aparato estatal. En este contexto antes he citado al periodista John Stossel que ilustra magníficamente la idea con un trozo de carne envuelto en celofán en la góndola de un supermercado. Stossel nos invita a cerrar los ojos e imaginarnos todos los procesos en regresión desde los agrimensores calculando espacios en los campos, los alambrados, los postes, los fertilizantes, los plaguicidas, los tractores, las cosechadoras, los caballos, las riendas y monturas, los peones en medio de cartas de crédito, bancos, transportes y las fábricas para construir esos medios de transporte, etc, etc. Hay cientos de miles de personas cooperando entre sí solo interesadas en lo que hacen en el spot pero vía el mecanismo de precios coordinan sus actividades que a veces como nos dice Michael Polanyi ni siquiera las pueden explicitar puesto que se trata de “conocimiento tácito” y, sin embargo contribuyen a formar un proceso de información dispersa y fraccionada que permite lograr objetivos de producción.

Pero luego enfatiza Stossel arriban los planificadores de sociedades que dicen que no puede dejarse las cosas a la anarquía del mercado e intervienen con precios controlados y otras sandeces, lo cual conduce a que desaparezca el celofán, el trozo de carne, la góndola y eventualmente el supermercado. Es lo que el premio Nobel en economía Friedrich Hayek ha bautizado como “la arrogancia fatal”. Y tengamos en cuenta que el mercado no es un lugar ni una cosa, el mercado somos todos, el sacerdote cuando compra su sotana, cuanto tomamos un taxi, cuando adquirimos ropa, medicamentos o lectura, el cirujano cuando opera, el verdulero cuando vende, el que opera con un celular y así sucesivamente.

Es alarmante la ignorancia supina que ponen de manifiesto aquellos que la emprenden contra el mercado sin percatarse que la emprenden contra la gente pues, como queda dicho, de eso se trata. Al vociferar que debe contradecirse el mercado se está diciendo que hay que contradecir las preferencias de la gente en pos de los caprichos de quienes se ubican en el trono del poder político que en lugar de dar paso a información fraccionada y dispersa optan por la concentración de ignorancia con los resultados nefastos y caóticos por todos conocidos.

Afortunadamente han existido y existen autores notables que enriquecen la tradición de pensamiento liberal, principalmente desde la Roma republicana del derecho, el common law, la Escolástica Tardía o Escuela de Salamanca, Grotius, Richard Hooker, Pufendorf, Sidney y Locke, la Escuela Escocesa, la siempre fértil e inspiradora Escuela Austríaca, la rama del Public Choice y tantos pensadores de fuste que alimentan al liberalismo, constantemente en ebullición y que en toda ocasión tiene presente que el conocimiento es provisorio sujeto a refutación según la valiosa mirada popperiana.

Nullius in verba -el lema de la Royal Society de Londres que tantas veces cito- puede tomarse como un magnífico resumen de la perspectiva liberal, no hay palabras finales, lo cual no significa adherir al relativismo epistemológico, ni cultural, ni hermenéutico ni ético ya que la verdad -el correlato entre el juicio y lo juzgado- es independiente de las respectivas opiniones, de lo contrario no solo habría la contradicción de que suscribir el relativismo convierte esa misma aseveración en relativa, sino que nada habría que investigar en la ciencia la cual se transformaría en un sinsentido.

También es de gran relevancia entender que el ser humano no se limita a kilos de protoplasma sino que posee estados de conciencia, mente o psique por lo que tiene sentido la libertad, sin la cual no habría tal cosa como proposiciones verdaderas o falsas, ideas autogeneradas, la posibilidad de revisar los propios juicios, la responsabilidad individual, la racionalidad, la argumentación y la moral.

Los aportes de liberales, especialmente en el campo de la economía y el derecho han sido notables pero hay un aspecto que podría reconocerse como el corazón mismo del espíritu liberal que consiste en los procesos evolutivos debidos a las faenas de millones de personas que operan cada uno en su minúsculo campo de acción cuyas interacciones producen resultados extraordinarios que no son consecuencia de ninguna acción individual puesto que el conocimiento está fraccionado y es disperso.

En otros términos, la ilimitada soberbia de planificadores hace que no se percaten de la concentración de ignorancia que generan al intentar controlar y dirigir vidas y haciendas ajenas. Uno de los efectos de esta arrogancia supina deriva de que al distorsionar los precios relativos, afectan los únicos indicadores con que cuenta el mercado para operar y, a su vez, desdibuja la contabilidad y la evaluación de proyectos que inexorablemente se traduce en consumo de capital y, por ende, en la disminución de salarios e ingresos en términos reales. Y como apunta Thomas Sowell, el tema no estriba en contar con ordenadores con gran capacidad de memoria puesto que la información no está disponible ex ante la correspondiente acción.

Lorenzo Infantino –el célebre profesor de metodología en Roma y muy eficaz difusor de la tradición de la Escuela Austríaca- expone el antedicho corazón del espíritu liberal y lo desmenuza con una pluma excepcional y un provechoso andamiaje conceptual (para beneficio de los hispanoparlantes, con la ayuda de la magistral traducción de Juan Marcos de la Fuente). Las obras más conocidas de Infantino son Ignorancia y libertad, Orden sin plan y la suculenta Individualismo, mercado e historia de las ideas. Libros a la altura de los jugosos escritos del excelente jurista Bruno Leoni que pone de manifiesto que el derecho es un proceso de descubrimiento y no de diseño o ingeniería social y de los trabajos del muy prolífico, original y sofisticado Anthony de Jasay quien, entre otras cosas, se ocupa de contradecir los esquemas inherentes a los bienes públicos, free riders, asimetría de la información y el dilema del prisionero.

Tiene sus bemoles la pretensión de hacer justicia a un autor en una nota periodística, pero de todos modos transcribo algunos de los pensamientos de Infantino como una telegráfica introducción que a vuelapluma pretende ofrecer un pantallazo de la raíz y del tronco central de la noble tradición liberal.

Explica de modo sumamente didáctico los errores de apreciación a que conduce el apartarse del individualismo metodológico e insistir en hipóstasis que no permiten ver la conducta de las personas y ocultarlas tras bultos que no tienen vida propia como “la sociedad”, “la gente” y afirmaciones tragicómicas como “la nación quiere” o “el pueblo demanda”.

Desarrolla la idea de Benjamin Constant de la libertad en los antiguos y en los modernos, al efecto de diferenciar la simple participación de las personas en el acto electoral y similares respecto de la santidad de las autonomías individuales a través de ejemplos históricos de gran relevancia. Infantino se basa y en gran medida desarrolla las intuiciones de Mandeville y Adam Smith en los dos libros mencionados de aquél autor.

Asimismo, el autor de marras se detiene a explicar los peligros de la razón constructivista (el abuso de la razón) para apoyarse en la razón crítica. Muestra, entre otras, las tremendas falencias y desaciertos de Comte , Hegel y Marx en la construcción de los aparatos estatales totalitarios, al tiempo que alude a la falsificación de la democracia (en verdad, cleptocracia). En este último sentido, dado que el antes referido Hayek sostiene en las primeras doce líneas de la edición original de su Law, Legislation and Liberty que hasta el momento los esfuerzos del liberalismo para ponerle bridas al Leviatán han resultado en un completo fracaso, entonces se hace necesario introducir nuevos límites al poder y no esperar con los brazos cruzados la completa demolición de la libertad y la democracia en una carrera desenfrenada hacia el suicido colectivo.

En este sentido, como ya he escrito en otras oportunidades, para hacer trabajar las neuronas y salirnos de lo convencional, al efecto de limitar el poder hay que prestarle atención a las sugerencia del propio Hayek para el Legislativo, de Leoni para el Judicial y aplicar la receta de Montesquieu para el Ejecutivo, es decir, que el método del sorteo “está en la índole de la democracia”. Mirado de cerca esto último hace que los incentivos sobre cuya importancia enfatizan Coase, Demsetz y North trabajen en dirección a que se establezcan límites estrictos para proteger las vidas, propiedades y libertades de cada uno ya que cualquiera puede gobernar. Además habría que repasar los argumentos de Randolph y Gerry en la asamblea constituyente estadounidense en favor del Triunvirato.

Infantino recorre los temas esenciales que giran en torno a los daños que produce la presunción del conocimiento de los megalómanos que arremeten contra los derechos individuales alegando pseudo derechos o aspiraciones de deseos que de contrabando se pretenden aplicar vía la guillotina horizontal bajo la destructiva manía del igualitarismo.

Lamentablemente, como ha subrayado Hayek, los fenómenos complejos de las ciencias sociales son contraintuitivos, debe escarbarse en distintas direcciones de la historia, la filosofía, la economía y el derecho para llegar a conclusiones acertadas, como decía el decimonónico Bastiat hurgar en “lo que se ve y lo que no se ve”.

A través de la educación de los fundamentos de los valores y principios de la sociedad abierta se corre el eje del debate para que, en esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos se vean obligados a recurrir a la articulación de discursos distintos, mientras se llevan a cabo debates que apuntan en otras direcciones al efecto de preservar de una mejor manera las aludidas autonomías individuales y escapar de la antiutopía orwelliana del gran hermano y, peor aún, a la de Huxley -sobre todo en la versión revisitada- donde las personas piden ser esclavizadas.

Tal vez podamos poner en una cápsula el pensamiento de Infantino con una frase de su autoría: “Cuando renunciamos a las instituciones de la libertad y nos entregamos a la presunta omnisciencia de alguien, cubre su totalidad la escala de la degradación y la bestialidad”.

Cómo enseñar economía austriaca a los hijos del vecino

Por Scott Drylie

Una madre del vecindario ha creado problemas recientemente. Problemas macroeconómicos. He aquí una forma de detectar esos problemas y de ayudar a alimentar la bondad de nuestro modo de vida económico.

Hace unos meses su chico fue de puerta en puerta, presentándose con confianza, explicando su propósito y entregándonos un folleto detallado: «Niño de doce años dispuesto a trabajar». Intentaba ganar dinero para ir a la escuela de vela. Yo estaba impresionado. Mi mujer también. Les dijimos a nuestros hijos que se impresionaran.

Hay virtud en el trabajo duro y la iniciativa, y esa virtud se duplica cuando se trata de preadolescentes y adolescentes. Felicito al chico y a la madre, ambos completamente desconocidos para mí.

Pero entonces las cosas se pusieron feas. No con el chico: era estupendo. Le llamé para que nos subiera a casa los cubos de basura vacíos un día que íbamos a estar fuera de la ciudad. Le prometí diez dólares a mi regreso. Estaba encantado y realizó la tarea con lo que imagino que fue una gran presteza. Nunca me habían subido tan bien los cubos de basura a casa.

Las cosas se pusieron feas cuando recibí el mensaje de mamá: «Fue una tarea fácil. No hace falta pagar».

Una peligrosa premisa subyacente

Reconozco que la tarea era fácil y que diez dólares eran muy generosos. Diablos, ¡probablemente podría haber negociado con el chico una rebaja de cinco dólares! El hecho de que tuviera un salario de reserva de cero fue notable y una oportunidad perdida para evitar infringir la legislación sobre trabajo infantil.

También admito que la caridad y la buena vecindad son hermosas e importantes. Pero esto era otra cosa. El sequitur de la madre era «fácil; ergo, gratis», un análogo del más familiar «difícil; ergo, caro». Con ello, había caído en un razonamiento económico (y moral) que está muy extendido en la sociedad y es peligroso en todas partes. Los economistas lo llaman teoría laboral del valor.

En términos sencillos, la teoría afirma que la cantidad de trabajo duro invertido en un producto o servicio es lo que determina su valor (y su precio). Cuanto más duro sea el trabajo, más valor se genera y, por tanto, más se debe remunerar al trabajador. Suena bastante inocente.

De hecho, esa lógica entra tan fácilmente en el cerebro que está profundamente arraigada en nuestra sensibilidad moral. Es la intuición que nos dice que el duro trabajo y el compromiso de los profesores deberían estar mejor remunerados. Es el impulso que nos dice que los ingresos por lanzamiento, por palabra, por hora y por post de, respectivamente, atletasactoresdirectores ejecutivos y personalidades de Instagram son injustamente altos.

La madre calculó claramente el esfuerzo del chico y se avergonzó de que el esfuerzo no se correspondiera con la remuneración. Quería que el niño aprendiera el valor del trabajo duro. ¿Qué había que aprender en esta situación de dinero fácil? Quizá algo indecoroso.

Perspectiva económica neoclásica

Yo veía la oportunidad de aprendizaje de otra manera. Su madre y yo íbamos a luchar por el alma de este niño y por el futuro de nuestro orden económico.

El valor, como reconocen la mayoría de los economistas desde la revolución marginal de finales del siglo XIX, no se determina en realidad calculando el número de horas de producción. Más bien, el valor lo determina el cliente, es decir, cuánto aprecia el producto en relación con su disponibilidad. El valor es intrínsecamente subjetivo.

En lo que se conocerá como la «debacle de los cubos de basura de 2023», yo valoraba mucho el servicio de cubos de basura. Los cubos de basura en la acera señalaban ausencia e invitaban a los malhechores a entrar y robar mis preciosas chucherías y brillantes adornos. Habría pagado veinte dólares. Quizá más.

El chico tuvo suerte con mi acertijo. Pero esta suerte no era gratuita. Era un emprendedor. Se le ocurrió la idea, elaboró unos folletos excelentes y luego se armó de valor para ir de puerta en puerta y mirar a los ojos a completos desconocidos y causar impresión. También tuvo que recordar que, entre el preálgebra y los LEGO, tenía que recuperar cubos de basura en el frío. Probablemente estuvo ansioso durante días.

La teoría laboral del valor se equivoca al dirigirnos a calcular lo más visible. Pero para mí había mucho más beneficio que el que podía obtenerse del fácil movimiento de objetos vacíos. Y mover esos objetos vacíos suponía mucho más que caminar los veinte metros que me separaban de mi casa. Como dijo el filósofo romano Séneca (y el famoso entrenador de fútbol y plagiario Vince Lombardi), «La suerte es cuando la oportunidad se encuentra con la preparación».

Una moral alternativa

De ahí mi contribución moral a la crianza de este niño: Tu valor está en toda tu persona, no sólo en tu «trabajo». Tus ideas tendrán valor en la sociedad actual. Tus agallas tendrán valor. Tu carácter también. Averigua qué aprecia el mundo. Ganarás bien y mejorarás la suerte de los demás.

Adam Smith veía moralidad en ese espíritu de búsqueda de riqueza. Aquel niño de doce años era mi carnicero, mi cervecero o mi panadero aquel día. No me ofreció sus servicios por espíritu caritativo, sino por espíritu egoísta para llegar a la escuela de vela. Y eso está bien. Fíjate en el resultado, no en la intención. Me proporcionó efectivamente una limosna (o lo que los economistas llaman «excedente del consumidor»).

Smith nació este año hace trescientos años. Su tipo de pensamiento moral amenazaba el monopolio de los líderes políticos y espirituales de su época. Hoy hace lo mismo. A Alexandria Ocasio-Cortez le gustaría que pensaras que a menudo intercambiamos dinero por las almas alienadas de los trabajadores. El Papa Francisco insiste en que las transacciones laborales son eventos «ganar-perder» entre los que tienen y los que no tienen.

Mi intercambio con el chico dice lo contrario. En los mercados, cambiamos deseos por provisiones, necesidades por satisfacciones y sueños por realizaciones. Todos somos pobres que se convierten en ricos, y ricos que proveen a pobres.

Formación continua

Al final, pagué al chico y no prediqué. La moralidad del mercado se aprende a menudo simplemente participando en él.

Si el chico y yo seguimos haciendo negocios juntos este año, ambos saldremos ganando. Además, para garantizar la continuidad de las transacciones, es probable que él se mantenga íntegro y yo evite ser un grosero y un bruto (a pesar de este artículo).

El año que viene mi vecindario experimentará una demostración de la mano invisible de Smith, así como del doux commerce. Se trata de una demostración que se repite una y otra vez en las sociedades libres, en las que diversos desconocidos se reúnen, resuelven los problemas de los demás y se comportan de un modo que favorece la tolerancia, la democracia, la paz y la confianza.

Una sociedad así es una causa a la que merece la pena donar. Así que busca a ese chico del barrio dispuesto a trabajar, y asegúrate de pagarle. Estarás alimentando el milagroso sentimiento de que el comercio tiene sus virtudes. Al hacerlo, estarás pagando por todos nosotros.

Author:

Scott Drylie

Scott Drylie is an Assistant Professor of Economics, Cost Analysis, and Acquisition Management at the Air Force Institute of Technology in Dayton, Ohio.