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Policía Trans ¿salvación o condena?

Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder

Por: Irene González

Dos personas sostienen una bandera trans durante una concentración convocada frente al Congreso de los Diputados. Europa Press

Desde que el Gobierno aprobó la nueva Ley Trans, que permite la libre autodeterminación de género, tengo pesadillas recurrentes sobre cómo defenderé mi intimidad el día que un tipo entre en el vestuario de mujeres de mi gimnasio afirmando que es mujer. No es ninguna excusa para no ir. Es un miedo real ante una posibilidad cada vez más cercana. Como era previsible y constatable, según experiencia de otros países Occidentales perturbados, antaño civilizados, hay un aumento exponencial de solicitudes de cambio registral de sexo, donde más del 95% de éstas son de hombres biológicos.

Me sentiría vejada, incómoda, amenazada e indefensa. Pero, ¿cómo voy a defenderme sola en una situación vulnerable para mi privacidad, ante alguien que accede a ella al resguardo de la ley y contra mi voluntad? ¿Cómo puedo protegerme de esta humillación a la que soy obligada desde el Gobierno a consentir contra mi expreso deseo? Ni siquiera me estaría permitido mostrar mi disconformidad. Sólo podría sonreír y aplaudir, como mujer sumisa que no soy. Me han arrebatado mi derecho a no consentir, a decir ¡no! Ya ni siquiera sé si es posible pensarlo, si puedo compartir mis miedos como mujer a modo casi de auxilio ante la posible situación violenta para mi intimidad, en la que una persona con genitales masculinos esté junto a mí en el vestuario. Tengo que apuntarme a kárate o boxeo, o ir con una bolsa en la que pueda llevar un palo para defenderme si es preciso.

Si pido auxilio al personal del centro no me defenderán. Podrían ser acusados de tránsfobos y cometer infracción muy grave con sanción entre 10.001€ y 150.000€ según la citada Ley. Si hago una foto y lo denuncio en redes, la Policía Nacional vendría a detenerme por delito de odio y no al que se descubre desnudo ante mí contra mi voluntad. Cambiarme de gimnasio no solucionaría el problema, especialmente en aquellos exclusivos para mujeres. Si el feminismo posmoderno considera que todos los hombres biológicos son machistas, violadores y depredadores, ¿cómo es posible que la mera voluntad de estos en su autodefinición como mujer haga desaparecer ese peligro para nosotras? Al contrario, me siento más expuesta a esa minoría que sí son realmente unos delincuentes sexuales, o violentos misóginos que encuentran amparo en esta legislación, con la que acceden a sus víctimas mayor facilidad. Ellos tienen incentivos para la solicitud del cambio de sexo en el Registro Civil, como los presos que lo han solicitado para ser trasladados a cárceles de mujeres. Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder.

Pero quizá haya una salvación en la propia condena de la agenda global del género. Una grieta en el sistema que nos muestra de forma involuntaria el policía Trans. Un opositor a Policía Local en varios municipios de Madrid efectuó la solicitud de cambio registral de sexo para poder conseguir más fácilmente una plaza como policía. Las pruebas físicas del examen de acceso tienen unos baremos inferiores para mujeres. Su innegable superioridad física como hombre biológico le permitió conseguir mejor puntuación que el resto de aspirantes femeninas, y por tanto una enorme ventaja para el acceso a un puesto de Policía.

Pero esta noticia que ha indignado a tantas ilumina el camino. La Ley Trans de libre autodefinición del género es una denuncia a todo ese sistema injusto de acceso al Ejército, a la Guardia Civil, a los bomberos o a la Policía que establece diferentes baremos físicos entre hombres y mujeres. Esa diferencia es un reconocimiento explícito a dos cuestiones clave: que biológicamente los hombres tienen más fuerza física que las mujeres, y que la existencia de esos baremos diferentes supedita a los ciudadanos, y especialmente de las ciudadanas, a los deseos de unas mujeres de acceder a una profesión por encima de las necesidades de seguridad de la población.

Hay mujeres policías excepcionalmente buenas y capaces para puestos donde la fuerza física no sea lo primordial. Pero ante un ataque de una manada de atacantes, quizá sean capaces de defenderme mejor unos hombres biológicos policías con la misma fuerza que mis atacantes. Quizá ahora los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad cubran todas sus plazas con hombres y personas Trans de origen masculino provocando un incremento de la seguridad ciudadana de las mujeres.

Estas políticas lunáticas de género ya han conseguido su finalidad, que no es proteger a las personas con disforia, sino dividir a la población y enfrentarla. La ruptura del sistema de realidad y el desprecio a la biología para imponer un nuevo orden social en el que no haya mujeres, ni hombres, sino una homogénea sociedad de géneros confusos y fluidos, de clones prescindibles e hipnotizados por la falsa bandera de la diversidad.

Autismo, abusos y problemas para toda la vida: todo lo que se ha ignorado con la ‘ley trans’

La nueva ley trans se ha aprobado sin tener en cuenta las alertas de cientos de expertos y familias que defienden que hay puntos muy problemáticos, especialmente en todo lo relacionado con los menores

Dos personas sostienen una bandera trans durante una concentración convocada frente al Congreso de los Diputados. Europa Press

REGINA MARÍN LATONDA

La ‘ley trans’, la polémica y controvertida ‘ley trans’, ya es una realidad. El pasado jueves 16 de ferebro, el Congreso aprobó la ley de Irene Montero con la abstención de Carmen Calvo. Y se ha aprobado ignorando las alertas de cientos de expertos y familias que defienden que hay puntos muy problemáticos en la norma, especialmente en todo lo que tiene que ver con los menores.

Los redactores de la ley han ignorado, entre otras cosas, que en el caso de los niños y adolescentes, los problemas de disforia de género (es decir, la incomodidad que pueden sentir algunas personas porque su identidad de género no coincide con el sexo de nacimiento) tienen origen en otros problemas psicológicos que nada tienen que ver con la falta de identidad, como depresión, ansiedad o trastornos obsesivos-compulsivos, que puede solucionarse con otros tratamientos.

También, han obviado el hecho de que un 40% sufre de trastorno del espectro autista y que un 70% han sufrido bullying, abusos o malos tratos, según los datos del Colegio de Médicos de Madrid. «Esto es lo que primero hay que tratar», señalan.

Con datos, la doctora Lisa Littman, especializada en problemas de disforia y transexualidad, reveló en su estudio más reciente que el 62,5% de pacientes jóvenes diagnosticados con disforia de género tienen otros problemas psicológicos previos, que se tienen que tratar antes de iniciar la transición. «No se puede hacer una ley que destruye la vida de muchos por una minoría. La ley tiene que contemplar todas las opciones. Y muchas de esas opciones son que la disforia no se produce porque sea realmente transexual, sino porque hay un problema anterior que se refleja en un rechazo del propio cuerpo», cuentan desde la Agrupación de Madres de Adolescentes y Niñas con Disforia Acelerada (AMANDA), una plataforma que da voz a jóvenes que en algún momento han querido cambiarse de sexo y más tarde se han arrepentido.

En esta misma línea, los doctores expertos en la materia Kaltiala-Heino, R., Bergman, H., Työläjärvi, M., & Frisén, L., revelaron en un informe de 2018 que el 80% de niños y niñas que en la pubertad manifestaron disforia de género la superaron una vez terminada la pubertad de manera natural. «Es fundamental tener en cuenta estos datos. La supresión del criterio médico, la rapidez y la facilidad de realizar la transición provocan un aumento de casos que no tendría que ocurrir, porque la disforia tiene su origen en un problema mayor y subyacente. Es necesario que hagan la ley incluyendo informes psicológicos en todas las etapas que demuestren que la disforia y el rechazo al propio cuerpo no oculta otros trastornos, especialmente en los menores», han denunciado en repetidas ocasiones distintos expertos a este periódico.

Otros datos que han ignorado los redactores de la ley, para la que, según los expertos, no han contado con ellos: el 50% de las personas que iniciaron la transición la abandonaron debido a que ésta no aliviaba su disforia de género (estudio de Elie Vandenbussche) o que un 59% de personas detransitaron (revirtieron su operación de cambio de sexo) debido al hecho de encontrar mecanismos alternativos para afrontar la disforia (información del Comité Nacional de Salud y Bienestar de Suecia). «Lo repetimos y no nos cansaremos de repetirlo, con la esperanza de que algún día nos escuchen y modifiquen esta ley: no se puede prescindir del análisis psicológico en los menores con disforia».

Consecuencias de transicionar

Tampoco han analizado las consecuencias físicas de transicionar, especialmente de hacerlo a edad temprana, en pleno desarrollo físico. Entre otras: el 100% de estos menores pasan a utilizar hormonas de distinto sexo una vez tratados con bloqueadores de la pubertad, lo que les deja permanentemente estériles.

El estudio Dhejne desvela que la tasa de suicidios consumados en el grupo de reasignación de sexo, 10 años después de que ésta se produjera, en comparación con la población general, se multiplica por 19, al igual que la tasa de mortalidad por todas las causas y de atención psiquiátrica, que se multiplica por tres, en comparación la del resto de la población.

La vicepresidenta del Colegio de Médicos de Madrid, Luisa González, declaró el pasado 20 de febrero en El programa de Ana Rosa que están «muy preocupados porque es una ley completamente acientífica». «Los protocolos sanitarios que se derivan de esta ley están fuera de toda ciencia, producen efectos adversos irreversibles. Hay daños en la fertilidad irrevocables, insatisfacción del deseo sexual, aumento de la incidencia de tumores y no se ha tenido en cuenta ni el testimonio de los desistidores ni la experiencia de países que llevan 12 años por delante y han dicho que hay que tener cuidado», denunció la doctora.

Por otro lado, los resultados de un estudio científico en Canadá realizado en hombres tras realizarse una vaginoplastia desvela que un tercio de los que se someten a la operación tienen problemas serios para ir al baño y problemas sexuales; un 50% tienen fuertes dolores a lo largo de su vida y que el 100% son farmacodependientes para siempre.

Además, todos ellos, especialmente las mujeres, sufren problemas hormonales muy serios que repercuten en su salud física y psicológica…

Otros problemas derivados de la ley trans

Más allá de los problemas de salud que se esconden tras la disforia y el cambio de sexo, las familias y las asociaciones alertan del peligro de perder la patria potestad con esta ley. Si los padres no quieren enfrentarse a la posible pérdida de la patria potestad de sus hijos, se ven abocados a autorizar todos los tratamientos médico-quirúrgicos que reclamen.

La alerta se basa en el punto 66.4 del proyecto de ley, en el que se dice que «la negativa a respetar la orientación e identidad sexual, expresión de género o características sexuales de una persona menor, como componente fundamental de su desarrollo personal, por parte de su entorno familiar, deberá tenerse en cuenta a efectos de valorar una situación de riesgo, de acuerdo con lo dispuesto en el artículo 17 de la Ley Orgánica 1/1996, de 15 de enero». Esta ley, a su vez, asegura que si se considera que un menor está en una situación de riesgo, se podrá evaluar la situación y la entidad pública competente podrá tomar decisiones que pueden incluir, entre otras cosas, retirar la patria potestad.

Por otro lado, los médicos denuncian que, al igual que con los padres, la ley les deja desprotegidos en los casos en los que, por algún motivo, decidan que la operación de transición no es necesaria y que el problema del paciente se puede solucionar por otras vías, como las consultas psicológicas.

En el artículo 75.4.d se califica como infracciones administrativas muy graves «la promoción o la práctica de métodos, programas o terapias de aversión, conversión o contracondicionamiento, ya sean psicológicos, físicos o mediante fármacos, que tengan por finalidad modificar la orientación sexual, la identidad sexual, o la expresión de género de las personas, con independencia del consentimiento que pudieran haber prestado las mismas o sus representantes legales». En el siguiente artículo se establecen además cuáles son las sanciones para todos aquellos que cometan una infracción muy grave, que van desde multas de entre 10.000 y 150.000 euros, inhabilitación profesional de tres años o la denegación, supresión, cancelación o suspensión, total o parcial, de subvenciones que la persona sancionada tuviera reconocidas.

La tenebrosa Ley Trans, Parto o aborto de Irene Montero, la desquiciada.

#NoALaLeyTrans #NoALaIdeologíaDeGénero

RAMIRO GRAU MORANCHO

Confieso que ya no leo en BOE, boletín oficial del estado.

Ya soy mayor, y he dejado de leer tebeos.

No creo en el  capitán Trueno, ni en Pulgarcito, pero si en el  guerrero del Antifaz, que ya tarda en venir a España, para librarnos de los miles (posiblemente, cientos de miles), de ladrones, corruptos y traidores que nos circundan y oprimen.

Creo en Dios, en la Virgen del Pilar, en la Patria, en la familia, en los amigos, y en mí mismo, por este orden.

La vida es corta, y no estoy dispuesto a perder el tiempo leyendo paridas, ocurrencias, y mentiras sin compasión.

Antes, cuando el BOE se publicada en papel, siempre podía ser útil para limpiar los cristales, o hasta limpiarse la parte donde la espalda pierde su honroso nombre, a falta de papel higiénico, pero ahora, ni eso…

Quiero decir con esto, que si no leo las leyes nuevas, la mayoría reales decretos leyes, del gobierno, que luego se transforman en leyes, con la anuencia de la mayoría de los culoparlantes, y del rey Felipe VI (iba a poner Felpudo VI, por error), menos aún voy a leer y estudiar los proyectos de los varios gobiernos que tenemos: algo que creo queda del PSOE, el partido sanchista, que es mayoritario –en el  gobierno, pero no en la sociedad-, y las taradas de Podemos.

Y la expresión taradas, no la uso en sentido peyorativo, sino meramente descriptivo.

Las cosas son lo que son, y no hay que darles más vueltas.

Pero esta mañana, 4 de noviembre de 2022,  al leer el   diario digital PaNam Post, en el que colaboro desde hace años, y que se edita en Miami, para toda Hispanoamérica, he visto un brillante artículo de doña Gabriela Moreno, que se titula así:

“Tres cambios de sexo en dos años permite polémica Ley Trans de Irene Montero”,

Y me he quedado a cuadros, la verdad.

(Les aconsejo que lo lean y, si es posible, que el medio lo reproduzca, pues es de lo más sensato que he leído en mucho tiempo).

Independientemente de las aberraciones jurídicas del  proyecto de ley que explica de forma sencilla y exhaustiva el  artículo,

 ¿Cómo va a hacer nuestra seguridad social para poder atender la avalancha de personas que quieren ser lo que no son…?

¿Y que coste económico van a tener esas operaciones, los periodos de estancia hospitalaria, pre y post operatorios, etc…?

Antes, cuando se legislaba bien, toda norma jurídica de cierto rango, leyes, reales decretos leyes, reales decretos…, tenía que llevar adjunta una memoria económica, para ver el coste estimado que iba a tener el asunto, de donde iba a salir el dinero, etc.

Pero ahora, se le ocurre una parida a cualquier tarada o desquiciada, y allá va el  proyecto de ley.

Todo ello sin intervención de médicos, psicólogos y psiquiatras, faltaría más. ¡Qué sabrán ellos, habiendo tantas desquiciadas en el “monasterio de igualmedatodo”!

Y los menores de edad, que puedan cambiar de sexo, sin necesidad de autorización de sus padres.

Si ya pueden abortar, o tomar la píldora del día después, que produce graves daños, cuando les salga del coño, y nunca mejor dicho, y sin que sus padres lo sepan, ¿qué más da que se extirpen el pene y los testículos, por ejemplo, como el que se va al cine?

Claro que, en un país antes llamado España, donde 202 diputados, no menos tarados, votaron a favor de la eutanasia, nada tiene que extrañarnos. (Supongo que incluirían una disposición transitoria, en su propio “beneficio”, de forma que a los 202 se les aplique la eutanasia en su momento, y más bien pronto que tarde… ¡Qué menos!).

En fin, termino ya, que soy hipertenso, y no me conviene calentarme más.

En el  hipotético supuesto de que alguien me lea,  ruego hagan todo lo que puedan para evitar que esta aberración,  jurídica y social, se convierta en ley, y no sea un parto, sino un aborto.

¿O es que no queda nada de sociedad civil, libre e independiente, es decir, no subvencionada…?

Y sino, que Dios se lo demande a todos los que no hayan cumplido con su deber.

¡Vade retro, Satanás!

Cuando buena parte del legislativo se “trans”… torna.

«La Ley Trans, se aprobará… ahora o un poco más tarde… Y no será la última aberración a la que nos sometan»

Irene Montero asegura que la Ley Trans será ley

Por: Antonio de la Torre

Sin ánimo de entrar en profundidades gramaticales, recojo en el título un prefijo, convertido en “trans”… cendental en los últimos días.

Un prefijo, “trans”, que el Diccionario de la R. A. E. define como “Al otro lado de” o “a través de”, y, en su entrada, deja ejemplos como Transalpino o trasalpino, transpirenaico o traspirenaico, translucido o traslúcido, transcendental o trascendental… trasladar, traspaso, trastienda y se podrían añadir algunos más como trasmitir o trasmitir, transcribir o trascribir… y, entre otros, uno que en política se da con más frecuencia de la que, a mí, particularmente, me gustaría, “tránsfuga o trásfuga”, que contribuye a la prostitución creciente que se ha producido en nuestra democracia. Precisamente el término “trastorno”, es de los que no tienen esa duplicidad.

Si no recuerdo mal, hubo un tiempo, hasta no sé cuando, exactamente –desde luego, en mi etapa escolar creo recordar que era así–, en el que, “trans”, era un prefijo potente e indiscutible, en las palabras que lo portaban. Pero perdió la “n”, no sé muy bien si por “economía” fonética o por cubrir la vagancia lingüística –y/u ortográfica– que se ha venido expandiendo –cual nefasta “plandemia”– en las dos o tres últimas generaciones, dos, si atendemos el criterio del Profesor Amando de Miguel que nos dice que una generación se corresponde con 30 años, la diferencia normal entre padres e hijos, aunque, según ese parámetro, hoy, posiblemente, nos iríamos a 40 o más en nuestra querida España, de no ser por la inmigración, islámica, fundamentalmente.

Volviendo al “trastorno”, que el citado D. R. A. E. define también, en su segunda acepción, como “Alteración leve de la salud”, parece que, en esa “buena parte del legislativo” que cito en el título, evolucionó al “trastorno mental” –puede que transitorio– que, de nuevo en su segunda acepción, desde el punto de vista psicológico lo recoge como “Perturbación de las funciones psíquicas y del comportamiento”. No otra cosa puede interpretarse, cuando se ven esas aberraciones que pretende convertir en normalidad la mal llamada Ley Trans, para un colectivo que no está preparado para tomar ese tipo de decisiones, a una edad tan temprana, niños o adolescentes. Y lo que es peor, con efectos irreversibles si se consuma. Innumerables estudios científicos coinciden en que más del 70% de los niños que piden cambiar de sexo, cuando pasan la adolescencia, no siguen pensando lo mismo. En cualquier caso, no deja de ser un “trampantojo” de unos cuantos “ideólogos” marxistas, que quieren justificar sus delirios con el pretexto de “satisfacer” a un colectivo, absolutamente minoritario, que lo sería aún más si, esos mismos “dementes” –transitorios o no–, hubieran recibido una educación basada más en los valores y principios que, en otra época menos “desarrollada”, eran los más comunes en la sociedad, que en una ideología artificial y antinatural.

Y es que la izquierda, con el permiso, si no connivencia, de la derecha, lo ha sabido hacer muy bien. Como decía Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, PCI, “para dominar a un pueblo basta hacerse con la cultura y la educación”. Y eso, precisamente es lo que se ha venido haciendo –y dejando hacer– en España (no sólo aquí), en los últimos 40 años, aunque la tarea venía ya de antes. Entraron en la Universidad en los finales de los 60, primero discretamente y hoy dominan la pública, por lo menos, y, por ende, buena parte de la población que sale de ella y, ya, “educa”, en el ámbito de muchas familias y colegios. Y lo hicieron empezando por poner en práctica otro de los mensajes del citado Gramsci: «La realidad está definida con palabras. Por lo tanto, el que controla las palabras controla la realidad«. Y también en eso están imponiendo su ley. Por ejemplo con el avance del lenguaje inclusivo, cada día más extendido. Uno de sus mayores triunfos ha sido sin duda el hacer “sinónimos” los términos “sexo” y “género”, hasta el punto de que el segundo ha sustituido prácticamente al primero en el vocabulario de la calle y de los medios de comunicación, otra conquista del poder dominante, de influencia claramente comunista.

Asistía hace pocas semanas a una conferencia de la Profesora y diputada, Alicia Rubio, con el título “La Ideología de Género frente a la Antropología Natural”. En ella decía que “La disforia de género es una condición que la medicina conoce y trata desde hace unos cien años”. Hablaba también de que “la incidencia histórica, de alrededor de un caso por cada dos mil niños nacidos” (0’05%), “afectaba muy mayoritariamente a varones y era muy rara en niñas”, y subía exponencialmente, en Occidente, “desde los años noventa, debido a determinadas políticas públicas”. Lo hacía en niños de ambos sexos que “buscan una transición médico quirúrgica de sus rasgos sexuales hormonales y físicos”. Y ponía énfasis en que se da el caso de que “en determinados países y comunidades autónomas, se prohíben y sancionan los tratamientos psicológicos de reversión, mientras se fomentan las ayudas psicológicas, médicas y quirúrgicas para impulsar la transición”. Lo dicho, una aberración.

Pero claro, cuando al frente del ejecutivo está un personaje afectado de un síndrome de narcisismo agudo y ambición sin límite, exento de escrúpulos y sin un solo principio moral, que incluye en su equipo a miembros de esas minorías ideologizadas, no se puede esperar otra cosa. Sobre todo si, unido a lo anterior, el único objetivo personal del individuo es mantenerse en el poder “como sea”, que decía su antecesor, hoy bolivariano, José Luis Rodríguez. O lo que puede ser peor, que lo que está haciendo no sea sólo una imposición de sus socios, sino que forme parte de su ideología personal, que tampoco habría que descartarlo, visto el talante del personaje. Conviene recordar cuando, el que no lo iba a dejar “dormir tranquilo, como al 95% de los españoles”, decía aquello de que era “el más femenino de los hombres”. Y no olvidemos tampoco que, hoy, en esta perversión del sistema democrático que vivimos, cada día más avanzada, el poder ejecutivo, controla y manipula, a cambio de lo que sea, al poder legislativo, ahondando un poco más al Montesquieu enterrado por su antecesor Felipe González, entonces jefe de Alfonso Guerra, al que se le atribuye el “entierro”.

Leía recientemente, al respecto de esta polémica ley, un interesante artículo de un buen amigo, Luis Antequera, publicado en Religión en Libertad: “Entre el berrido de los cabrones y el silencio de los corderos”, que invito a leer. Decía, entre otras, cosas que “La llamada ‘Ley Trans’ no es una ley aislada y solitaria, presentada al albur de las ocurrencias de una cajera de supermercado metida a ministra… es sólo una más del entramado aberrante que nació con la ley del aborto, allá por 1985, y continuó con las leyes de cuotas, discriminaciones varias (todas ellas “positivas” faltaría más), violencia machista, ideología de género, animalistas, eugenésicas, adoctrinamiento en las escuelas, antifamilia, ‘sólo sí es sí’, cambio climático, sostenibilidad, eutanasia… Todas tienen en común un ataque frontal y perfectamente orquestado contra la reproducción, la familia y en última instancia, el género humano, que ha pasado de ser el ‘Rey de la Creación’, a una plaga más, y no menor, para el planeta”. Ese es el objetivo, desnaturalizar al hombre como individuo, su esencia personal y, de inmediato la naturaleza de la familia, célula principal de la sociedad. Haciendo dudar al ser humano sobre su naturaleza sexual y rompiendo la familia en una amalgama de uniones dispares, el éxito está asegurado. Y a por ello van.

Desgraciadamente, y pese a que la colonización ideológica no tiene en cuenta la realidad ni la verdadera diversidad de las personas, y a que el Papa Francisco habla de la “asquerosidad que se hace hoy en día con el adoctrinamiento de la teoría de género”, como recoge también el artículo antes citado, “La Ley Trans, se aprobará… ahora o un poco más tarde… Y no será la última aberración a la que nos sometan”.

Pero permítanme terminar con una nota de humor, que ha dejado uno de esos “genios” anónimos, que se manifiestan en las redes sociales: “Que inventen veinte géneros más. Al final, sólo se podrá elegir entre el urólogo y el ginecólogo”. Pues eso, que hay que alimentar la esperanza y pensar que, aunque no será tarea fácil, se recuperará el sentido común.

¿Estamos de acuerdo, Don Alberto Núñez Feijóo? Además de la economía, que se va a encontrar hacha unos zorros, vamos a la tarea de recuperar la cultura y la educación y a dar la batalla ideológica que sus antecesores descuidaron. España, y las generaciones futuras, a las que no quiere endeudar, como acaba de prometer ante sus Nuevas Generaciones, se lo agradecerán.

La Ley Trans, limbo de Sánchez y del cabo Klinger

Para Montero son leyes con mucha bombillita para los creyentes, como una capilla de Las Vegas, pero para Sánchez son sólo combustible

Un grupo de mujeres del Movimiento Feminista de Madrid sostienen una pancarta durante una acción reivindicativa frente al Congreso de los Diputados EP

Por: Luis Miguel Fuentes

La Ley Trans está parada o desinflándose para que Sánchez flote, como un experimento del instituto con globos o petardos. Sánchez impulsa pactos y leyes sólo para mantenerse en el aire, es el combustible de ángel que utilizan él o su Falcon, no para ir a ningún lado en concreto sino para seguir ahí, en su nube de aparición, en su vidriera de gloria. El personal anda muy distraído con las polémicas culturales, ideológicas y rupturistas, pero mientras, Sánchez flota, y es de lo que se trata. Discutimos sobre el contínuum de los géneros, que su arcoíris abanderado es, cierta y físicamente, como el arcoíris óptico, y Sánchez flota. Discutimos sobre la madurez para la propiocepción sexual o afectiva (quieren poner la frontera en esa edad en la que nosotros elegíamos entre ciencias y letras, que también era una decisión angustiosa e irreversible), y Sánchez flota. Discutimos sobre la idiosincrasia volandera de los genitales, que yo creo que ya sólo son un disfraz, como unas gafas con nariz, y Sánchez flota. Y a lo mejor la ley no llega a nada, pero Sánchez flota.

La Ley Trans está por ahí, no en un limbo generacional, ideológico, antropológico ni taxonómico, sino en el limbo de Sánchez, como todo en España. El limbo de la conveniencia de Sánchez, de los tiempos de Sánchez, de las trampas de Sánchez. La ley sale de un ministerio que sale de un pacto que sale de una necesidad de Sánchez, y lo que sigue mandando es esa necesidad de Sánchez, no de la ley ni de la gente que pueda usar la ley mientras transita por el arcoíris o por donde le da la gana. La ley está parada no en la sociedad anticuada ni en las contradicciones de los varios feminismos o del propio PSOE, sino que está parada en los puntos suspensivos de Sánchez, que por eso no dice nada. La ley pasó por su Consejo de Ministros, tal cual está, sin pegas ni desmayitos, pero Sánchez mide ahora todo, tiene guiones para la gente que le da la mano y planes de contingencia para sus camiseros, y debe pensarse si le conviene, o qué le conviene y qué no, de una ley que se dejaba por ahí, por los ministerios, por los activistas, por los adictos, como se le deja a un gato un ovillo.

La Ley Trans no es de Irene Montero, sino de Sánchez. La idea puede ser de Irene Montero, que ella gusta mucho de estas ideas siempre más escandalosas que útiles, como si fuera una de aquellas punkis asustaviejas de mis tiempos. Pero la ley es de Sánchez, él la permitió, la impulsó, la paró, ahora la contempla como un frisbi en el aire, con esa cosa de guapete acrobático con frisbi que tiene nuestro presidente, y ya decidirá qué pasa con ella. Para Montero son leyes trofeos, leyes escarapelas, leyes con gorro frigio en las que lo importante es su intervención, su novedad (hacernos creer, por ejemplo, que hasta que llegó ella no hacía falta consentimiento para el sexo), o el simple soponcio de la gente. Montero tenía que hacer algo con su ministerio, volver a meter miedo a la mujer por los callejones para después salvarla, volver a hacer del transexual alguien a quien se persigue por los tablaos, y esas cosas. Para Montero son leyes con mucha bombillita para los creyentes, como una capilla de Las Vegas, pero para Sánchez son sólo combustible, su combustible, y ahora él está dosificando ese combustible como corresponde al invierno del fin del mundo, que a lo mejor es el fin de su mundo.

Esos ministerios de Podemos que son todo focos y pasillos blancos tenían que hacer sus cosas, al menos pintar la pared vacía con algo, y un mural de flores del pubis que se mueven, se intercambian y hasta se pierden como abanicos parece una buena idea. Hay que buscar clientela, que ya las clases se confunden o se desclasan, y a veces hay hasta que inventar problemas, que si no nos quedamos sin salvadores. El problema de esperar hasta los 18 años no para ser lo que ya eres, sino para que el Estado te dé un carné de ello como el de la biblioteca; o el problema de que un especialista certifique que sí que quieres cambiar de sexo, y no librarte de la mili en M.A.S.H (recuerden al cabo Klinger), a mí me parecen ese tipo de problemas.

Podemos tenía que hacer sus cosas y Sánchez tenía que hacer las suyas, o sea flotar, flotar con lo que fuera, firmando pactos e impulsando leyes como el ángel que empuja fuerte con sus alas, ángel volador o sólo labriego, que entonces casi parece más una tortuga ponedora. Las mujeres, los transexuales, los niños asustados o confusos o simplemente asombrados con su gusanito o con su huchita no creo que les importen mucho a ninguno, más bien parecen un sitio conveniente y llamativo para poner sus anuncios, anuncios como de lotería, bonos del Tesoro u otro Plan E de los bajos privados de cada uno. No es lo que el Gobierno puede hacer por tu gusanito, sino lo que tu gusanito puede hacer por el Gobierno. A mí ya me parecía cruel decidir a los 16 entre letras y ciencias, o sea que decidir volverse del revés el calcetín del cuerpo o del alma (para siempre si es el del cuerpo), lo veo una barbaridad.

Tampoco me parece que una persona transexual tenga aquí ningún impedimento para ser reconocida en el sexo en el que se ubica. La autodeterminación de género sí me parece problemática, pero sólo porque, precisamente, hay leyes específicas de género, leyes a las que alguien (el cabo Klinger, un psicópata o un incel vengativo) podría decidir acogerse arbitraria y espuriamente, creando otro peligroso limbo que sumar al limbo de Sánchez. Sí, se puede entrar en todas las polémicas de la Ley Trans, pero, sobre todo, yo no creo que esta ley vaya a crear ni a salvar transexuales. Más bien se trata de crear una ministra a partir de una punki ociosa y de salvar a un presidente que ya va cayendo como un ángel o un Elvis que engordó. A lo mejor la ley no llega a nada, pero fíjense cómo Sánchez todavía flota.