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Progresista desea conocer a islamista para lo que surja / Progressive wants to meet Islamist for what emerges (SPANISH-ENGLISH)

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Ministras de Suecia con velo en una reunión con el presidente iraní Hassan Rouhani.

Por/By Carlos López Díaz

Aparentemente, nada hay más opuesto al progresismo que el islam, una religión surgida en los inicios de la Edad Media que no establece diferencias entre el plano político y el religioso.

Una religión que reprime la libertad de pensamiento, llegando en algunos países a castigar con la pena de muerte la apostasía o la blasfemia.

Una religión que considera a la mujer inferior al hombre, que promueve matrimonios de viejos con niñas de diez años, que castiga el adulterio en algunos países con la lapidación, que culpa de una violación a la propia víctima, que ahorca a homosexuales en grúas… y me abstengo de seguir.

¿No es esto todo lo contrario de lo que defiende el progresismo? Bien, habría algunos matices que hacer. El progresismo defiende la libertad de pensamiento, siempre y cuando un autobús no circule con el rótulo “Los niños tienen CENSURADO”, en cuyo caso nuestras bienamadas autoridades progresistas se consideran legitimadas para inmovilizarlo y multarlo, además de tolerar agresiones físicas contra el vehículo y sus ocupantes.

Los progresistas aseguran defender a las mujeres, siempre y cuando una mujer valiente como Alicia Rubio no publique un libro documentado y lúcido titulado Cuando os prohibieron ser mujeres… y os persiguieron por ser hombres, y encima se atreva a ir por ahí presentándolo. En ese caso, será coaccionada físicamente para impedirle la libre difusión de sus ideas y se tratará de que pierda su trabajo.

Los progresistas también aseguran ser los defensores de los gais, siempre y cuando un homosexual como Philippe Ariño no afirme públicamente que está a favor de la castidad, en cuyo caso boicotearán sus conferencias y lo cubrirán de insultos. No digamos ya si especialistas como Elena Lorenzo tratan de ayudar a personas que desean voluntariamente abandonar la homosexualidad: entonces exigen que se les prohíba ejercer su actividad profesional.

Es cierto que, a pesar de todo ello, resulta difícil negar la existencia de un abismo entre el islam y el progresismo. Pero es un abismo que los progresistas se esfuerzan denodadamente en salvar. Pensemos en la reacción típica del progre a un atentado yihadista. Tras la retórica solidaridad con las víctimas y las condenas rituales de la “violencia” (así, genéricamente), el progre utiliza invariablemente una de las dos plantillas discursivas siguientes, cuando no ambas.

La primera plantilla se resume como “¡cuidado con la islamofobia!” Bien es verdad que los progres no suelen entrar mucho en detalles, pero sin duda debe tratarse de algo terrible. En el canal La Sexta alguien afirmó: “Hay que resignarse ante los atentados. El peligro es que se alimente la islamofobia.” ¿Habrá algo peor que los miles de asesinatos perpetrados por el islamismo? Por lo visto, sí.

Imaginen que un fundamentalista cristiano cometiera un atentado. ¿Escucharíamos análogas prevenciones contra el riesgo de cristianofobia? Sospecho que sucedería todo lo contrario. Se multiplicarían ataques contra autoridades de la Iglesia que se hubieran significado por su defensa sin remilgos de la doctrina católica, acusándolas directamente de instigadoras. Ataques que por lo demás ya sufren, sin necesidad de que se produzca un incidente real de islamofobia.

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Imagen de la virgen rota en la iglesia / Le Pahre

La segunda plantilla discursiva es la que podría asociarse con las fórmulas “la culpa es de Occidente” o “algo malo habremos hecho”. Pedro Santisteve, alcalde de Zaragoza en la órbita de Podemos, a cuento del atentado en el puente de Westminster, sostuvo que los ataques islamistas son “una respuesta a la violencia de Occidente”. No se trata de una ocurrencia particular, sino de un leitmotiv del progresismo.

Se podrían escribir volúmenes enteros sobre la abyecta reacción de cientos de periodistas, políticos y activistas progresistas a los atentados del 11-S contra las Torres Gemelas y el Pentágono. La miserable Hebe de Bonafini se alegró públicamente de la matanza. Algunas de sus declaraciones se pueden hallar incluso en la Wikipedia: “cuando pasó lo del atentado (…), sentí alegría. No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada.”

Muchos emplearon un lenguaje algo más hipócrita para sugerir que Estados Unidos se lo tenía merecido. Juan Luis Cebrián, en un artículo publicado en El País del 12 de septiembre de 2001 (el del infame titular de portada “El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush”), pontificaba sobre la comprensible reacción de “los desheredados de la tierra” (el multimillonario Ben Laden, si alguien se lo tradujo, debió reír un buen rato), víctimas de la creciente distancia económica entre países y de la “falta de diálogo” internacional.

El editorial de Le Monde de ese mismo día, bajo el engañoso título de “Nous sommes tous Américains venía a decir que Estados Unidos, en definitiva, cosechaba los frutos de su “cinismo”. El mismo periódico, semanas más tarde (3 de noviembre), fijaba la doctrina progresista sin tapujos: “La opresión y la riqueza generan resentimiento. El terrorismo es una respuesta legítima [¡sic!] a las iniquidades de la globalización y el imperialismo.”[1]

Progresismo e islamismo comparten enemigos comunes: Occidente, Israel y el cristianismo. Y esto une mucho. No son casuales los lazos entre el “socialismo del siglo XXI” e Irán, ni el apoyo de la teocracia persa a Podemos, a través del canal Hispan TV; ni la manifestación de feministas cubiertas con hiyab contra Trump, nada más iniciar su mandato. Tampoco son casuales los numerosos gestos de los ayuntamientos dominados por la ultraizquierda, vejando gratuitamente a los católicos mientras se desviven por felicitar a los musulmanes por el ramadán y la fiesta del cordero.

Culpar al Occidente judeocristiano de todos los males reales e imaginarios conlleva necesariamente exculpar al islam, o al menos relativizar la violencia que se comete en su nombre. Islamistas y progresistas puede que acaben chocando en un futuro, pero por ahora actúan como una pinza diabólica contra quienes no somos musulmanes ni nos adherimos al discurso dominante de la ideología de género, el socialismo ni el multiculturalismo.

[1] Martín Alonso, Doce de septiembre. La guerra civil occidental, Gota a Gota, Madrid, 2006, pág. 34.

inglaterra

ENGLISH

Apparently, there is nothing more opposed to progressivism than Islam, a religion emerged in the early Middle Ages that does not differentiate between the political and the religious.

A religion that represses freedom of thought, arriving in some countries to punish with the death penalty apostasy or blasphemy.

A religion that considers women inferior to men, which promotes marriages of old men with ten-year-old girls, who punishes adultery in some countries with stoning, which is blamed for a violation of the victim himself, who hangs up homosexuals on cranes … And I refrain from following.

Is not this the opposite of what advocates of progressivism? Well, there would be some nuances to do. Progressivism defends freedom of thought, as long as a bus does not circulate with the label «Children have CENSORED», in which case our beloved progressive authorities are considered legitimate to immobilize and fine it, in addition to tolerate physical aggression against the vehicle and its Occupants.

Progressives claim to defend women, as long as a brave woman like Alicia Rubio does not publish a documented and lucid book entitled «When you were banned from being women … and you were persecuted for being men, and even dare to go there and present it. In that case, he will be coerced physically to prevent the free dissemination of his ideas and will try to lose his job.

Progressives also claim to be gay defenders, as long as a homosexual like Philippe Ariño does not state publicly that he is in favor of chastity, in which case they will boycott his lectures and cover him with insults. Let’s not say if specialists like Elena Lorenzo try to help people who voluntarily want to abandon homosexuality: then they demand that they be prohibited from exercising their professional activity.

It is true that, despite all this, it is difficult to deny the existence of an abyss between Islam and progressivism. But it is an abyss that progressives strive hard to save. Consider the typical reaction of the progre to a jihadist attack. Following the rhetorical solidarity with the victims and the ritual condemnation of «violence» (thus, generically), the «progre» invariably uses one of the following two discursive templates, if not both.

The first template is summed up as «beware of Islamophobia!» It is true that progress is not often very detailed, but it must certainly be something terrible. On the La Sexta channel someone said: «You have to resign yourself to the attacks. The danger is that Islamophobia will feed. «Is there anything worse than the thousands of murders perpetrated by Islam? Apparently, yes.

Imagine a Christian fundamentalist committing an attack. Would we listen to similar precautions against the risk of Christianophobia? I suspect the opposite would happen. Attacks would multiply against authorities of the Church who would have been meant for their defense without regrets of the Catholic doctrine, accusing them directly of instigators. Attacks that otherwise already suffer, without the need for an actual incident of Islamophobia.

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Imagen de la virgen rota en la iglesia / Le Pahre

The second discursive template is the one that could be associated with the formulas «the fault is of the West» or «something bad we will have done». Pedro Santisteve, the mayor of Zaragoza in the orbit of Podemos, told the attack on Westminster Bridge that the Islamist attacks are «a response to the violence of the West.» This is not a particular occurrence, but a leitmotif of progressivism.

Whole volumes could be written about the abject reaction of hundreds of journalists, politicians and progressive activists to the 9/11 attacks on the Twin Towers and the Pentagon. The miserable Hebe of Bonafini was publicly glad of the massacre. Some of his statements can even be found on Wikipedia: «When the attack happened … I felt joy. I’m not going to be a hypocrite, it did not hurt at all. «

Many used somewhat more hypocritical language to suggest that the United States deserved it. Juan Luis Cebrián, in an article published in El País on September 12, 2001 (that of the infamous front-page headline «El mundo en vilo awaiting Bush’s reprisals»), pontificaba on the understandable reaction of «the disinherited The land «(billionaire Ben Laden, if someone translated it, had to laugh a long time), victims of the growing economic distance between countries and the international» lack of dialogue «.

Le Monde’s editorial of that day, under the misleading title of «Nous sommes tous Américains», came to say that the United States, in short, reaped the fruits of its «cynicism.» The same newspaper, weeks later (November 3), fixed the progressive doctrine openly: «Oppression and wealth generate resentment. Terrorism is a legitimate response [sic!] To the inequities of globalization and imperialism. «[1]

Progressives and Islamism share common enemies: the West, Israel and Christianity. And this unites a lot. The ties between «socialism of the 21st century» and Iran, or the support of the Persian theocracy to We, through the Hispan TV channel, are not casual; Nor the manifestation of feminists covered with hijab against Trump, soon to begin its mandate. Nor are they casual the numerous gestures of the ultra-Left-dominated town councils, watching the Catholics gratuitously while they go out of their way to congratulate the Muslims for the ramadan and the feast of the lamb.

Blaming the Judeo-Christian West of all real and imaginary evils entails necessarily exculpating Islam, or at least relativizing the violence committed in its name. Islamists and progressives may end up clashing in the future, but for now they act as a diabolical clamp against those of us who are not Muslims and do not adhere to the dominant discourse of gender ideology, socialism, or multiculturalism.

[1] Martín Alonso, Doce de septiembre. La guerra civil occidental, Gota a Gota, Madrid, 2006, pág. 34.

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DE JOVEN FRANQUISTA A PROGRE RICO

 

¡¡¡JODOOO PETAACAA, «MENUOO BISHOOOO»…!!!:

 

Juan Luis Cebrián Echarri (segundo de seis hermanos) nació en Madrid en 1944 en el seno de una familia acomodada muy vinculada al régimen de Franco. Su padre (Vicente Cebrián), también periodista, era en aquélla época director del diario Arriba, el periódico del sindicalismo vertical del Franquismo.

El marco familiar de Cebrián era claramente conservador: hijo de falangista y nieto de un coronel médico de la Armada. Durante su juventud, el futuro director de El País mostró unas importantes inquietudes religiosas.

Cursó el bachillerato en el colegio de El Pilar, como todo buen niño de Serrano, y allí hizo sus primeros pinitos, dirigiendo (al igual que Anson) la publicación escolar Soy Pilarista.

Además de pilarista, Cebrián era hijo de quien era, y en cuanto consiguió la licenciatura en Filosofóa y se graduó en la Escuela Oficial de Periodismo, su padre le pidió a Emilio Romero, entonces director de Pueblo, que le hiciese un hueco al talentoso muchachote. ¡Y vaya si se lo hizo! Redactor jefe lo nombró Romero en 1964, sin importarle que toda la experiencia del chaval (20 añitos) fuese dirigir la revista del colegio. De esta manera sentó la primera directriz que debe seguir cualquier progre: proveerse de buenos mentores.

De Pueblo saltó a Informaciones como subdirector, y de allí, Pío Cabanillas (su nuevo padrino), le llevó a dirigir los informativos de RTVE, cargo que abandonará un año después, en 1974, para regresar al periódico. 

Cuenta el periodista Jesús Cacho en su libro “El negocio de la libertad” que Cebrián se fue con Pío Cabanillas a dirigir RTVE en la España más lóbrega que imaginar se pueda, naturalmente en vida del dictador. Algunos le acusan de haber enviado a la Dirección General de Seguridad las películas filmadas con los rostros de quienes asistían a manifestaciones antifranquistas y/o acudían a Portugal al baño de alegría de la revolución de los claveles del 25 de abril.

Otra información relevante para conocer la trayectoria del consejero delegado de PRISA aparece en el libro de Ricardo de la Cierva, “España: la sociedad violada”, donde relata lo siguiente:

“Al asumir un periodista, ya prestigioso pese a su juventud, procedente del movimiento y formado en la estupenda escuela de Emilio Romero- Juan Luis Cebrián-, la jefatura de Informativos en la TVE de 1974, bajo la dirección general de Juan Rosón y el ministerio aperturista de información regido por Pío Cabanillas, no desmintió jamás la acrisolada fidelidad franquista que de él se esperaba, no mostró signos de apoyo a la oposición antifranquista e incluso incidió sin vacilaciones en el colaboracionismo, sobre todo en el reportaje hagiográfico que preparó para la frustrada muerte de Franco con su tromboflebitis estival de 1974, pero sintió un primer tirón de lo que luego se conocería como síndrome Suárez, que consiste en alzarse con sentido acrobático a la cresta de la ola, para dejarse llevar en ella sin excesiva preocupación por los orígenes y los principios”.

Así se completaron los 10 años que constituyen el segundo mandamiento de la progresista: servir y adular al poder hasta estar en condiciones de conseguirlo. Cebrián, el «niño bonito » de la prensa del Movimiento y director de informativos de la TVE de Franco, hoy metido a empresario de PRISA y hasta a consejero de Bankinter, da ahora lecciones de democracia en los foros internacionales.

 

El nacimiento de El País, también vinculado al Franquismo

En 1972, tres años antes de fallecer el general Franco, se comenzó la gestación del diario El País, y Jesús Polanco constituyó Promotora de Informaciones SA (PRISA) como sociedad que había de editarlo.    

En estos años se produce una lucha encarnizada entre Juan Tomás de Salas, editor de Cambio 16, y el propio Polanco para obtener el permiso necesario para poder publicar un nuevo periódico. Sin embargo, Polanco había arropado su proyecto periodístico de forma más hábil que De Salas. De hecho, entre sus accionistas se encontraban algunos miembros del régimen, como Pío Cabanillas o Manuel Fraga, no demasiado sospechosos de querer socavar los cimientos del Franquismo.

Según un estudio del profesor de la Facultad de Ciencias de la lnformación Enrique Bustamante, en 1981 el accionariado de PRISA estaba formado, entre otras personas, por dos ex ministros franquistas, cuatro de la UCD, 32 parlamentarios de todas las tendencia y 5 altos cargos del Gobierno del momento.

Además de todo ello, y por si fuera poco, el director del futuro periódico, Cebrián, había sido nada menos que Director de Informativos de la televisión franquista.

En estas circunstancias, Arias Navarro se inclinó por conceder primero la autorización administrativa preceptiva a PRISA. Ese adelanto permitió el arrollador éxito de El País, un periódico que en octubre de 1976 ya ganaba dinero, y del fracaso de Diario 16, que tardó siete años en hacerse un hueco en el mercado.

Desde El País, Cebrián comenzó a lanzar monumentales diatribas contra el franquismo, actitud que a Enrique de Diego, en su libro «ZP en el país de las maravillas», inspira esta acertada pregunta: ¿A quién se referirá Cebrián cuando habla de censura, represión y estulticia del Régimen? ¿A su padre o a él?

La Transición, según «Janli», no se completó hasta que el PSOE llegó a la Moncloa. Es decir, que las anteriores elecciones y referéndum no contaban, según Cebrián, con todas las garantías democráticas. O lo que es lo mismo, que sólo hay democracia cuando gobiernan los míos. Esto enseña otra cualidad del perfecto progre: «Soy yo quien decido lo que es democrático y lo que no lo es, y cuando algo no me gusta, escribo un editorial, digo que tal o cual cosa es fascista y cavernaria, y espero a que me traigan la cabeza del responsable».

 

Polanco lo convierte en Académico de la Lengua

Cebrián dejó la dirección de El País en 1988 para pasar a ser consejero delegado de Prisa, el imperio económico y mediático de su amigo Polanco. Precisamente Polanco fue el que consiguió hacer a Cebrián Académico de la Lengua. Entonces, Cebrián sólo había publicado un nóvela, «La rusa». Eso es el poder: imponer que lo blanco es negro – desatar un turbión de voces proclamándolo- mientras nuestras octogenarias glorias literarias cuchichean su humillación por los rincones. Gracias a Polanco, el pluscuamperfectamente analfabeto Cebrián ocupa, todavía hoy, un sillón en la Academia. 

 

Comisión Trilateral y el Club de Bilderberg

Tanto el director, Cebrián, como el editor, Polanco, del diario «independiente» han tenido una relación muy estrecha con estos poderes a la sombra del Comisión Trilateral y del Club de Bilderberg.

La publicación Británica de izquierdas «big Issue», afirma que, en el transcurso de una reunión del club de Bilderberg, responsables de la OTAN decidieron permitir a Rusia bombardear Chechenia; Jim Tucker, un periodista norteamericano próximo a Bat Buchanan, asegura que los «dirigentes de Bilderberg desestabilizaron a Margaret Thatcher por su oposición al euro».

¿Por que estas reuniones que deciden las estrategias que afectan a la humanidad se hacen en secreto? ¿Por que Cebrián, primer periodista hispano que ocupó el cargo de presidente del Instituto Internacional de Prensa en 1986, (el IPI reunía entonces a 2000 periodistas y editores de más de 60 países) y también máximo responsable de El País desde sus orígenes, ha asistido a varias reuniones del Club de Bilderberg? ¿Acaso en su función de periodista, y así lograr una buena crónica de lo acaecido, pero que ha brillado por su ausencia? No, tememos que ha ido en su función de ideólogo y fiel seguidor de las tesis trilateralistas…

 

Un periodista muy pero que muy rico

Juan Luis Cebrián es consejero delegado de Prisa, es también vicepresidente de Sogecable, Canal Satélite Digital y Ser y consejero de Bankinter. En total, ocupa cerca de una veintena de altos cargos de distintas sociedades del grupo Prisa.

Ya en 2001, la revista Actualidad Económica le estimaba una fortuna personal de 22,3 millones de euros (unos 3.715 millones de pesetas), una cantidad que a buen seguro se ha incrementado notablemente desde entonces.

 

Ideólogo del zapaterismo más ultra

En su libro «Conversaciones con Felipe González», Cebrián actuó como ideólogo del posterior zapaterismo más ultra. De ese lirbo tomó ZP sus señas de identidad: radicalismo laicista, guerracivilismo, reforma de la Constitución, destrucción de España (modificación de las fronteras) y diabolización del PP.

En otro libro («El futuro no es lo que era», 2001), Cebrián dice que hay que «sentarse a comer con los nacionalistas, vascos, catalanes, con el Bloque Galego, con Izquierda Unida, etcétera, y que se vea que la oposición, aun estando en minoría, posee todavía una legitimidad histórica respecto a la construcción de la democracia, tiene algo que decirle a ese poder absoluto de la derecha que, aunque haya sido elegida y legitimada por las urnas, todavía carece, al menos en parte, de ese otro tipo de legitimidad, por más que sus líderes piensen de otra forma». Como se ve, el consejero delegado de Prisa considera que el PP no tiene legitimidad histórica para gobernar. Tal criterio es nítidamente antidemocrático. De ahí que llegue a decir sobre Aznar que «de algún modo es como si Franco se hubiera presentado a las elecciones y las hubiera ganado».

¡¡¡¡Naaaaaa….!!!!, aquí el tronkys es muy, pero que muy de fiar.

Bastante amigo de Garzón, por cierto, creo que hasta ha soltado alguna lágrima y todo (que inmediatamente estará recogida en una fotografia de primer plano y saldrá a la luz cuando…..cuando lo estimen realmente conveniente, es decir, CUANDO LES SEA MUY FAVORABLE).

La «OBJETIVIDAD» de los «PROGRES».

¡¡¡JO, QUE GENTE!!!.