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Porqué es inevitable que la izquierda gane. / Why it is inevitable that the left will win.

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«AUNQUE SE INSISTA EN LA RESPONSABILIDAD DE COLEGIOS Y UNIVERSIDADES A LA HORA DE PRODUCIR SUJETOS CON UNA INMADUREZ CRÓNICA, EL ORIGEN DE ESTA DERIVA ESTÁ TAMBIÉN EN LOS HOGARES»

Por Javier Benegas para DISIDENTIA

Dios no existe, no hay más allá, esto que ves es todo. Así pues, si no hay un paraíso al otro lado, si no hay vida más allá de esta, el sufrimiento y la adversidad dejan de ser entendidos como episodios que nos redimen y fortalecen, y se convierten en agresiones y ofensas que deben ser evitadas. Así lo entendemos todos, no sólo los adversarios. Por eso el mundo se vuelve antagónico a la libertad y la responsabilidad. Por eso también es falso que la izquierda tenga superpoderes, simplemente expande su imperio de la corrección política sobre el desierto de los ideales contrarios.

¿Mérito y esfuerzo?… Nadie se lo cree, tampoco los conservadores y liberales porque prácticamente desaparecieron. Fueron arrastrados con todo lo demás por la corriente arrolladora de un desesperado nihilismo. En la actualidad, ser libre y responsable es un desiderátum y la independencia, la muerte social. Todos buscamos con desesperación una tribu, un grupo o simplemente una banda en la que alistarnos. Por eso medimos cada una de nuestras manifestaciones públicas, cada mensaje, incluso una simple declaración o la ocasional reseña que hacemos de un tercero, porque si nos descuidamos podemos liberar una crítica inconveniente que, como un neutrón separado de su núcleo, provocará en nuestro círculo una reacción en cadena que pondrá demasiadas cosas en duda, y eso arruinaría nuestros planes.

No sólo en la izquierda, sino en todos lados, ser tenido en cuenta exige una lealtad a toda prueba, un aplauso permanente, un servilismo libre de cualquier sombra de duda. De esta forma se consigue el salvoconducto para ingresar en el pelotón de la carrera hacia la relevancia. Pero esta relevancia carece de verdadera utilidad, menos aún tiene algún sentido trascendente. Al contrario que nuestros antepasados, ya no creemos en la inmortalidad. Pero no nos hemos parado ahí, hemos ido más lejos: tampoco creemos en la importancia del legado. Tenemos prisa por alcanzar el falso ideal de la seguridad y no queremos equipaje porque, aunque la palabra muerte sea tabú, nuestro conocimiento es básicamente conocimiento de la muerte: sabemos que hoy estamos vivos pero mañana ya no.

La búsqueda de la recompensa inmediata ha degenerado en un presentismo que se derrama de arriba abajo para, luego, rebotar de abajo arriba generando un círculo vicioso. Así, como el ciclo del agua, la mentira del mundo feliz cae sobre nosotros como una lluvia fina y persistente que cala hasta los huesos, y, después, mediante el inevitable desencanto de cada uno, regresa a las alturas en forma de microscópicas partículas que, sumadas unas a otras, dan lugar a las tormentas.

Los que atribuyen la responsabilidad de esta pérdida de referencias a la escuela, o a la universidad, tienen razón, pero sólo en parte. El problema es mucho más complejo y profundo: nuestra visión del mundo es por lo general intranscendente y estrecha, se ciñe al presente inmediato y a la autosatisfacción. Por eso el mérito y el esfuerzo ya no sirven para alcanzar la relevancia. Prima la pertenencia al grupo, los contactos, las relaciones personales; no el talento ni la honestidad.

Para Richard M. Weaver, da igual que llamemos a este fenómeno decadencia de la religión o pérdida de interés en la metafísica, el resultado es el mismo, puesto que ambas son núcleos integradores que, cuando ceden, generan una dispersión inabarcable que sólo cesa cuando la cultura ha sido reducida a escombros. Y, quizá, esté en lo cierto, porque Occidente parece ir camino de convertirse en un inmenso patio de colegio gobernado por los caprichos y ocurrencias de seres infantiles.

Sin embargo, aunque se insista en la responsabilidad de colegios y universidades a la hora de producir sujetos con una inmadurez crónica, el origen de esta deriva está también en los hogares. Muchos padres —bien es verdad que animados por la opinión de los expertos— llegaron a la conclusión de que ser severos y exigentes con los hijos mermaba sus fuerzas y convertía su fugaz paso por el mundo en un suplicio innecesario. ¿Por qué debían sufrir si su existencia era intrascendente y breve? Había pues que actuar en sentido contrario, evitándoles contrariedades y sufrimientos, y engordando su autoestima. Así, los padres renunciaron a su autoridad para convertirse en amigos de sus hijos, en cómplices cuyo deber era eliminar obstáculos y proporcionar una autoestima artificial que ya no procedía de la experiencia, de las duras lecciones de la vida, sino de la potenciación del ego.

En opinión de Hanna Arendt, era en la crianza y educación de los niños donde la autoridad en el sentido más amplio siempre se consideró un imperativo natural. Se exigía tanto por las necesidades naturales, como es la indefensión del niño, como por una evidente necesidad política: la continuidad de una civilización sólo podía perdurar si sus vástagos asumían el mundo preexistente y aceptaban que debían madurar, es decir, alcanzar cierta edad y sabiduría, para ocupar un sitio en la mesa de los adultos. Sin embargo, Arendt añadía ya en 1950 que la Autoridad no había entrado en crisis, sino que era una causa perdida.

Un buen amigo sostiene que el principio de autoridad no ha desaparecido, simplemente se habría trasladado de las figuras tradicionales, como podía ser el maestro, el cura o el médico, a otras nuevas, como los “influencers” de Instagram. Pero discrepo de esta idea. El principio de autoridad clásico, aunque evolucionara de forma progresiva, era bastante estable, no se mostraba voluble ante las reacciones del público porque estaba incardinado en la tradición y en un marco común de entendimiento que trascendía a la persona, esto hacía que el principio de autoridad, por lo general, no se plegara a los estados de opinión del momento o a modas pasajeras.

El influencer, en cambio, gira a la deriva en el remolino de las tendencias, está sometido al arbitrismo del público y el espejismo de su autoridad se desvanece tan pronto como contraría a sus seguidores. En realidad, es la masa quien domina al influencer, ejerciendo sobre él no ya una cierta y paradójica autoridad, sino un voluble e imprevisible autoritarismo. Por eso el influencer sólo expresa aquello que, estima, agradará al público, no lo que debe ser dicho. Como los padres con sus hijos, alimenta la autoestima de sus seguidores.

En un demoledor artículo sobre la izquierda actual y la propensión al totalitarismo de buena parte de la juventud, Gonzalo Garcés apunta a las universidades y se pregunta “por qué la democracia tiene tantas dificultades para defenderse de un virus ideológico que ni siquiera atinamos a nombrar: ¿política identitaria? ¿Social justice? ¿Posmodermismo? ¿Teoría crítica?” Pero si los universitarios de hoy no saben quién fue Aristóteles, mucho menos sabrán qué es la Teoría crítica. Pueden reconocer determinadas expresiones, términos y consignas, pero son incapaces de vincularlas a argumentos elaborados.

Han aprendido a odiar a Occidente, pero no saben razonarlo; menos aún son capaces de confrontar sus opiniones con otras distintas porque su ánimo no obedece a teorías ni razonamientos, sino a un hipertrofiado sentimiento de amor propio que ha sido alimentado con devoción por el entorno. Por eso cualquier argumentación contraria desata su furia, porque no pone en cuestión una determinada idea u opinión sino su propio ego.

A este respecto, apuntaba Margaret Thatcher en la década de los 60 del pasado siglo que uno de los efectos de la rápida difusión de la educación superior había sido equipar a las personas para criticar y cuestionar casi todo. Y añadía que algunas de ellas parecían haberse detenido allí en lugar de pasar a la siguiente etapa, que consistía en llegar a nuevas convicciones o reafirmar las antiguas. Así, recordaba la noticia en la prensa del momento en la que se reseñaba que el líder estudiantil Daniel Cohn-Bendit había sido premiado por un trabajo extraordinario. Sus examinadores justificaban el galardón en que había planteado una serie de preguntas muy inteligentes, a lo que Thatcher añadía: “¿Significativo? Hubiera sido más feliz si él también hubiera encontrado una serie de respuestas inteligentes.” Pero el tiempo no pasa en balde. Desde entonces hasta hoy las universidades se han degradado bastante, y los activistas universitarios ya ni siquiera plantean preguntas inteligentes, las han sustituido por dogmas.

En este proceso, los ideólogos han actuado como los belicistas del pasado, utilizando el ansia por significarse de la juventud para promocionar sus guerras. Han asimilado los impulsos irreflexivos de los jóvenes a teorías que no están en el origen de los delirios narcisistas, sino que surgen a colación de éstos. En realidad, no son los artífices, simplemente, como el “influencer” de Instagram, seducen al público diciéndole aquello que quiere oír. Su trabajo consiste, pues, en avivar el fuego. Aunque les gusta que creamos que ellos dan forma al mundo, a lo sumo están contribuyendo a destruirlo. Pero sobre las ruinas no podrán edificar el sistema totalitario que añoran, porque el caos que están ayudando a desencadenar es una fuerza ciega que lo arrollará todo a su paso, a ellos también.

Las guerras —también las culturales— se sabe cuándo empiezan, pero no cuándo terminan ni tampoco cómo acaban. El problema añadido en el presente es que los ideólogos y políticos carecen de la autoridad que sí tenían los viejos gobernantes. Van a remolque de los acontecimientos, no controlan su deriva. Corren apresuradamente para colocarse en la cabeza de la manifestación, pero no la gobiernan, la masa les arrastra mediante la gratificación de la relevancia… y la promesa del poder.

En los años 70 del siglo XX algunos pensaban que el enorme deterioro de la Autoridad abriría una nueva era de mayor libertad individual. Otros creían, por el contrario, que conduciría a la anarquía social y al caos moral. Robert Nisbet apuntó, sin embargo, que el vacío dejado por la Autoridad sería llenado por un ascenso irresistible del poder. La pregunta medio siglo después es: ¿qué poder será ése?

Sea cual sea la respuesta, debemos tomar conciencia del peligro y entender que lo que cada uno haga o deje de hacer importa y mucho, que salvaguardar la libertad no sólo depende de las leyes o del Estado de derecho, que no existe un modelo político, por óptimo que sea, que por sí mismo la garantice y evite el auge irresistible del poder sobre el que advierte Nisbet.

La libertad es un valor trascendente, lleno de significado, por lo tanto, es incompatible con la creencia de que nuestros actos individuales son intrascendentes. Puede que la existencia sea un suceso fugaz, sin embargo, lo que hacemos tiene consecuencias. Así pues, debemos asumir nuestra responsabilidad y aceptar determinados sacrificios. No podemos abandonar a los jóvenes porque, en el colmo del cinismo, hemos concluido que son una causa perdida; tenemos que hablar con ellos, aunque hacerlo implique contrariarlos. Es crítico ayudarles a entender aquello que dijo Orwell, que, si la libertad significa algo, será, sobre todo, el derecho a decirle a la gente aquello que no quiere oír. Ningún colegio, universidad, gobierno o Estado hará esto por nosotros.

Foto: Mika Baumeister

La incontenible infantilización de Occidente

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La adolescencia se extiende hoy hasta edades muy avanzadas, generando una sociedad inmadura, unos sujetos que exigen cada vez más de la vida pero entienden cada vez menos el mundo que los rodea

Por Juan M. Blanco en Disidentia

Desde hace años, sociólogos, antropólogos o psicólogos vienen advirtiendo sobre la infantilización de la sociedad postindustrial. La media de edad aumenta incesantemente, la población envejece, pero los rasgos adolescentes permanecen en una porción significativa de sujetos adultos. La juventud se ha convertido en icono de culto, objeto de incesante alabanza, de veneración. Lo grave no es que la gente intente aparentar juventud física, recurra en exceso a la cirugía estética o a los implantes capilares. Es más preocupante que un creciente porcentaje de adultos se afane en el cultivo consciente de su propia inmadurez. Hoy día no son los jóvenes quienes imitan la conducta de los adultos… sino al revés. La experiencia, el conocimiento que proporciona la edad no es ya virtud sino rémora, un lastre del que desprenderse a toda costa. It’s so hard to get old without a cause. Youth is like diamonds in the sun, and diamonds are forever.

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Marcel Danesi, profesor de antropología y autor del libro “Forever Young”, describe este síndrome colectivo: la adolescencia se extiende hoy hasta edades muy avanzadas, generando una sociedad inmadura, unos sujetos que exigen cada vez más de la vida pero entienden cada vez menos el mundo que los rodea. La opinión pública tiende a considerar la inmadurez deseable, incluso normal para un adulto. Como resultado, cunde una sensación de inutilidad, de profunda distorsión: quienes toman las decisiones cruciales suelen ser individuos con valores adolescentes. Va desapareciendo la cultura del pensamiento, de la reflexión, del entendimiento y es sustituida por el impulso, la búsqueda de la satisfacción instantánea. La infantilización se impone.

El discurso político se simplifica, dogmatiza, se agota en sí mismo, se limita a meras consignas, sencillas estampas. Pierde la complejidad que correspondería a un electorado adulto. En concordancia con la visión adolescente del mundo, no se exige en los líderes políticos ideas, capacidad de elaboración, sino belleza, atractivo, tópicos, divertidas frases, una imagen que conecte con un electorado envejecido en edad pero muy rejuvenecido en mentalidad.

Infantilización: los derechos, o privilegios, imperan sobre los denostados deberes

Los nuevos tiempos son testigos de la preponderancia de los rasgos infantiles sobre los maduros. La impulsividad, los instintos, dominan a la reflexión; el placer a corto plazo a la búsqueda del horizonte. Los derechos, o privilegios, imperan sobre los denostados deberes, esas pesadas obligaciones de un adulto. La inclinación a la protesta, al pataleo, domina a la auto superación. Y la imagen se antepone al mérito y el esfuerzo.

Los medios de comunicación actúan en consecuencia: incluso la prensa más seria promociona el cotilleo más obsceno, el chascarrillo, el escándalo, esas noticias que hacen las delicias del público con mentalidad adolescente. Resulta preocupante la fuerte deriva de la prensa hacia el puro entretenimiento, la mera diversión, en detrimento de la información y análisis rigurosos. La preponderancia de ubres y glúteos sobre la opinión razonada.

El creciente infantilismo fomenta la difusión de miedos, esos temores inventados o exagerados que generan los reflejos distorsionados de la calle en la oscuridad de la habitación. Surge una “sociedad del pánico, tremendamente conservadora, que en el cambio ve peligros, no oportunidades. Una colectividad asustadiza, víctima fácil del terrorismo internacional. Jamás fue el mundo tan seguro como en el presente; pero nunca el ciudadano medio vivió tan aterrado. Ni el intelectual tan temeroso de escribir lo que ocurre.

Vivimos en una sociedad bastante cobarde, insegura, que se asusta de su sombra, de lo que come o respira, que siente pánico ante noticias que, por definición, no son más que excepciones. Prueba de ello es la creciente atracción por el milenarismo: igual que en la Edad Media, los predicadores del Apocalipsis ejercen una singular fascinación, aunque sólo pretendan llenarse los bolsillos.

El populismo, culminación de la infantilización

Muchos olvidan que la madurez consiste básicamente en la adquisición de juicio para distinguir el bien del mal, la formación de los propios principios y, sobre todo, la disposición a aceptar responsabilidades. Y que los dirigentes han contribuido con todas sus fuerzas a diluir o difuminar la responsabilidad individual. A sumir al ciudadano poco avisado en una adolescencia permanente. El Estado paternalista aseguró al súbdito que resolvería hasta la más mínima de sus dificultades a cambio de renunciar al pensamiento crítico, de delegar en los dirigentes todas las decisiones. Fue la promesa de una interminable infancia despreocupada y feliz.

La mentalidad infantil encaja muy bien en la sociedad compuesta por grupos de intereses, que tan magistralmente describió Mancur Olson. Unas facciones que actúan como pandillas de adolescentes en entornos donde escasea la responsabilidad, donde el grito, la pataleta, el alboroto, son vías mucho más eficaces para conseguir ventajas que el mérito y el esfuerzo. Un marco donde predomina quien más vocifera, “reivindica”, apabulla. O el que tiene más amigos, mejores contactos e influencias. Raramente quién aporta razones más profundas.

El populismo constituye la fase final, el perfeccionamiento del proceso de infantilización, la cosecha definitiva de esas semillas sembradas concienzudamente por los dirigentes del Mundo Occidental. Nada tan significativo como el discurso arbitrista, empachado de “lo público”, proclive al reparto de prebendas, tendente a eliminar los restos de responsabilidad individual. Líderes adolescentes y caprichosos para una sociedad infantil, anestesiada, entretenida con los juguetes que los de arriba dejan caer a voluntad.

Ciudadanos malcriados a la sombra del Poder

«Como bebés chapoteando en un líquido amniótico embriagador, las personas eligen y consumen por instinto, ignorantes de todos las herramientas y recursos destinados a generar esas mismas elecciones»

Por  Eduardo Fort  en Disidentia

En un capítulo épico de The Simpsons, quizá la serie que mejor analiza la sociedad occidental contemporánea, dos extraterrestres que simulan ser Bill Clinton y Bob Dole(candidatos presidenciales en las elecciones de 1996) debaten sobre los humanos durante una manifestación pro-aborto y afirman: “Esto es muy sencillo. Banderitas estadounidenses para algunos, aborto para otros”. Ante la sonrisa siniestra de los visitantes del espacio exterior, los ciudadanos aparecen reflejados como niños malcriados a quienes hay que satisfacer.

otto_fc3bcrst_von_bismarck-1La segunda mitad del siglo XX marcó el establecimiento definitivo del Estado de Bienestar en la mayoría de los países desarrollados. Este avance, que nació como un sistema dirigido a paliar las desventajas del mercado capitalista así como alejar la amenaza comunista en los países occidentales, se convirtió pronto en un fetiche para casi todo el arco del espectro político. Sin entrar en detalles: con el paso del tiempo, este Frankenstein cuya existencia se remonta a los primeros bosquejos de la Seguridad Social implementada por el mariscal Otto von Bismarck (1815-1898) durante su mandato como primer canciller del Reich Alemán (1871-1890) degeneró en una especie de gigante dadivoso y deficitario que debe, por fuerza, cumplir los deseos de todos los ciudadanos.

¿Suena exagerado? No lo es y convendría no creer que lo sea. Los habitantes de la posmodernidad, herederos involuntarios pero desagradecidos de décadas de luchas políticas y revoluciones, entienden al Estado como un ente distante y etéreo, que sólo cifra su existencia en la consagración de muchos derechos y casi ninguna obligación. No hay una conciencia de la ciudadanía como conjunto de voluntades aunadas en pos de un objetivo común: ya sea por la fuerza, a lo Hobbes, o por la conveniencia armónica, a lo Rousseau.

Los habitantes de las grandes ciudades, como las chicas de la clásica canción de Cyndi Lauper, sólo quieren divertirse. En el imperio de lo efímero y lo fugaz, donde no existe respeto por la Historia y la Tradición, el distanciamiento con el legado ideológico y político de nuestros antepasados, sea cual fuere, es total. A diferencia de lo ocurrido en siglos anteriores, no se asesina a presidentes, no hay movilizaciones sociales que sacudan los cimientos del sistema y la participación política es nula.

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Quizá aquí los honestos espíritus liberales se congratulen de la descripción, pero habría que detenerse a pensar.

El escenario queda planteado, entonces, de la forma más perversa posible. Los miembros de las sociedades contemporáneas suponen que el Estado debe ponerse a su servicio. Hasta aquí, bien. Pero no es tan sencilla ni diáfana la evolución posterior. Los resortes ocultos que realmente detentan el Poder (dicho esto sin ánimo alguno de enfoques conspiranoicos) optan por generar artificialmente esas mismas necesidades que los ciudadanos creen requerir. Conclusión: nos encontramos con falsos talismanes e ídolos de barro que concitan el interés de las multitudes. Esto, que puede sonar televisivo y limitado al marketing publicitario, tiene un trasfondo siniestro; se aplica tanto a un kilo de arroz cuanto a un automóvil último modelo o al candidato presidencial de moda. No es casualidad que asistamos al boom de los asesores de imagen y los consultores de comunicación. Se votan rostros, vestuarios, maquillajes y estilos estéticos.

¿Y qué sucede con los ciudadanos? Como bebés chapoteando en un líquido amniótico embriagador, las personas eligen y consumen por instinto, ignorantes (en la inmensa mayoría de los casos) de todos las herramientas y recursos destinados a generar esas mismas elecciones. Citando al pionero de la publicidad Edward Bernays (1891-1995), se activan pretensiones que no existían y se inventan consumos jamás imaginados. Legiones de especialistas analizan los aspectos más diversos del (permítaseme la licencia poética) alma humana: se utilizan colores, sonidos, sabores y texturas para atraer al gran público.

¿Cuáles son las consecuencias? Es fácil imaginarlas. Mientras los ciudadanos dedican su tiempo al disfrute vacío y a la persecución vana de necesidades irrelevantes, quienes realmente reparten los naipes de la baraja se frotan las manos y pueden dar rienda suelta a sus más complejos diseños políticos. Como muestra, basta un botón: cualquiera puede advertir que las grandes multinacionales diseñan, merced a sus múltiples tentáculos, los productos necesarios para satisfacer a todos los paladares del mundo.

Con estas piezas sobre el tablero, es imperioso no caer en la tentación totalitaria (en términos de Jean François Revel): el sistema democrático que supimos (supieron) conseguir no tiene por qué terminar en el vertedero de la Historia, descartado sin más.

Jorge Luis Borges afirmó alguna vez, en una de sus clásicas boutades, que la democracia no es más que “un abuso de la estadística”. Es probable, pero, lamento decirlo, no hay a la vista otras reglas del juego más ecuánimes y satisfactorias. Aún corriendo el riesgo de parecer “antisistema”, superados los totalitarismos de corte fascista y comunista, impensables en la mayoría de los países del mundo las intervenciones militares sanguinarias que marcaron a fuego el siglo XX, es hora de criticar y repensar la forma y el fondo del “peor sistema político, exceptuando a todos los demás”, en palabras de Winston Churchill.