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Quiénes se lucran con la Ley de Violencia de Género

En España, la “Ley contra la Violencia de Género” vulneró principios fundamentales como la igualdad ante la ley y la presunción de inocencia

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«Cuantas más denuncias, más ayudas, más financiación; y cuantas más ayudas, más se incentivan las denuncias»

Detrás de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, promulgada en España, se esconden tres verdades políticamente incorrectas.

La primera, el sobredimensionamiento de la denominada violencia de género por parte del pensamiento hegemónico. La segunda, a diferencia de lo que muestran los medios de comunicación, España está a la cola en muertes violentas de mujeres, siendo estable los casos desde 1999 (60-70 casos anuales), tal como señalé en otro artículo. La tercera: con esta ley se lucran asociaciones feministas, los partidos políticos y cualquier medio o entidad que se circunscriba a sus dogmas. Todos ellos manipulan la realidad para mostrarla de tal forma que les siga siendo rentable esta dichosa ley.

Para comprender cómo se lucran todas estas entidades, es necesario entender que se trata de un circuito de retroalimentación, donde se encuentran las denuncias por violencia de género, los presupuestos y subvenciones y la financiación con los Fondos Europeos. Cuantas más denuncias, más ayudas, más financiación; y cuantas más ayudas, más se incentivan las denuncias.

Las denuncias falsas existen

Hasta la década de los 90 se producían en España en torno a 15.000-20.000 denuncias al año por violencia de hombres a mujeres en el ámbito de la pareja. Posteriormente, hasta principios de este milenio, se registraron unas 70.000 denuncias anuales. Y a partir del 2005, con la implantación de la ley, las denuncias ascienden a 126.000 al año, cifra que continúa aumentando (en 2017 ya 166.000). El primer salto se explica porque, en 1999, comienza a contemplarse el maltrato psicológico como delito y, además, el delito de violencia contra la mujer se extiende a los casos entre ex parejas. Eso explica que se incremente sustancialmente el número de denuncias.

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Pero el segundo salto no se debe a una recalificación de los actos delictivos, sino a la “Ley contra la Violencia de Género”, que introduce el concepto de discriminación positiva, vulnerando así, de forma evidente, la igualdad ante la ley. Se empiezan a aplicar penas diferentes en función de si el hecho lo comete un hombre o una mujer. Incluso, determinados actos constituyen delito si son cometidos por un hombre… pero no si los comete una mujer. También se suprime la presunción de inocencia, invirtiendo la carga de la prueba: el hombre denunciado es culpable hasta que no demuestre su inocencia. Y, además, esta ley concede sustanciosas ayudas económicas y ventajas jurídicas a las mujeres que denuncian, incluso antes de que se dicte sentencia.

No sólo eso, se crea una jurisdicción específica para la violencia de género, unos Tribunales de Excepcióninconstitucionales pues están expresamente prohibidos por la Constitución Española de 1978, en los que solamente se juzga a hombres. A este proceso discriminatorio se le añade otro más perverso: se crean fuertes incentivos para que la mujer acuse a su esposo de malos tratos en los procesos de separación conyugal. Hasta el punto que surgen abogados especializados en ello, que introducen estas acusaciones como elemento de presión en la negociación del divorcio.

Pero, ¿qué impulsa a una mujer a recurrir a estas más que dudosas prácticas de denuncia indebida? Muy sencillo: con una denuncia por malos tratos se agiliza el proceso de separación. Para empezar, el expediente de separación pasa de ser un trámite civil (Juzgado de Familia) a uno penal (Juzgado de Violencia de Género). Además, sin que el esposo haya sido juzgado, se aplican medidas cautelares desproporcionadas, como una orden de alejamiento.

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Pero aquí no termina el despliegue de incentivos. La mujer que ha denunciado obtiene, en pocos días, la custodia total de los hijos, una pensión alimenticia y el derecho exclusivo al uso de la vivienda. Y, aunque la mujer disponga de medios económicos sobrados, puede beneficiarse de los servicios gratuitos de un abogado a cargo de la Administración. Infinidad de beneficios para la mujer; al hombre, por el contrario, se le despoja de todo sin haber sido ni siquiera juzgado.

Las denuncias falsas apenas se investigan

Mientras esta práctica inmoral está a la orden del día, los medios de comunicación insisten en afirmar que sólo el 0.0075% de las denuncias son falsas. Su fuente proviene de la Fiscalía General del Estado pero lo que dice esta fiscalía realmente no es que sólo exista este porcentaje de denuncias falsas sino que solo ha investigado y comprobado como falsas ese número. Existen muchas más que quedan impunes. Pero ¿por qué no se investigan?

Los procesos legales son complejos; si el juez no aprecia delito de violencia de género se debe a que o no existió o bien no se encuentran indicios o pruebas. La mayoría de las veces no se sabe si se debe a una razón u otra y por ello se procede a archivar y a absolver al hombre denunciado. Del más de millón de denuncias interpuestas desde la ley, la tasa de delitos inexistentes, archivados o sobreseídos es del 80% respecto a los hombres enjuiciados, según los datos del CGPJ. Exactamente ahí, en esas sentencias es donde se ocultan las denuncias falsas.

Ahora bien, si el juez tiene claro que no hay pruebas porque no hay delito de malos tratos y sospecha que la denunciante lo sabía, entonces se puede abrir un nuevo proceso por denuncia falsa. Pero este nuevo procedimiento discurre de igual modo: si no hay pruebas de denuncia falsa, el caso se archiva. Al contrario, si hay pruebas de ello y se condena, la pena máxima para esa mujer es de 2 años de prisión pero, sin antecedentes, la pena queda en suspenso. Por tanto, para una mujer, el riesgo de denunciar falsamente a su esposo es mínimo, casi inexistente.

Resumiendo, ese famoso 0,0075% hace referencia solamente a los casos en los que se abrió un proceso penal contra la mujer, se acusó, juzgó y condenó, confirmando la Audiencia Provincial la sentencia. Cabe preguntarse por qué la Fiscalía no actúa de oficio ante un falso testimonio. Lo cierto es que sólo actúa en casos muy flagrantes y, además, resulta que denunciar sin pruebas no es un delito. Pero, sobre todo, lo fundamental aquí es que la Fiscalía no es independiente: trabaja para el Gobierno, para el Poder Político.

Existen incentivos cuantiosos para incitar la denuncia falsa

Todo el edificio económico de subvenciones pivota en un hecho jurídico, las denuncias. A través de la ley se establecen unos criterios para el reparto de los Fondos Europeos. Una tercera parte de los fondos atiende a criterios vinculados con valores demográficos. Las otras dos terceras partes atiende al número de mujeres asesinadas, al número de mujeres que se declaran maltratadas y al número de denuncias interpuestas. Así, a mayor número de denuncias más dinero procedente del Fondo Social Europeo se reparte al Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad.

Qué mejor forma de obtener fondos que por medio de las denuncias. Pero, para ello, tuvieron que modificar el Código Penal y violentar los principios de igualdad ante la ley, causalidad y presunción de inocencia. Así se amparan situaciones esperpénticas como un hombre que fue condenado por soltar una ventosidad durante una discusión con su pareja. Incorporándose este hecho en el largo catálogo de acciones punibles por las que los hombres pueden ser denunciados. En palabras de Soledad Murillo de la Vegacuando hicimos la ley se nos planteaba el dilema entre la presunción de inocencia y el derecho a la vida, y optamos por salvar vidas”. Suena a naufragio: “primero las mujeres y los niños”.

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A las motivaciones para denunciar se suma la llamada Renta Activa de Inserción (RAI),una ayuda que, como otras, se concede a la mujer por la mera denuncia, sin que exista base legal base legal constitutiva de la existencia de maltrato. Así se explica que, a pesar del descenso de número de hombres condenados, haya aumentado el número de mujeres perceptoras de los pagos de la RAI: 10.913 hombres condenados frente a 31.555 mujeres perceptoras de la RAI en 2015.

A este sistema de percepción de fondos se le suman las múltiples subvenciones que conceden las Administraciones Públicas. Hace poco Absolutexe, el Grifo de Twitter, documentó más de 93 millones de euros concedidos, en más de 9.000 subvenciones aprobadas desde el año 2014. Partiendo de los términos “mujer” y “convocatoria” hizo toda una aproximación. Así aparecen entidades como la Fundación Mujeres, la Asociación Mujeres para la Salud o la Asociación de Mujeres Juristas Themis, quienes reciben cuantiosas ayudas en esta materia además de otras distintas instancias. En cualquier caso, la lista de entidades que reciben subvenciones es muy larga. Es todo un enredo de aportaciones que confirma el lucro de estas asociaciones y otras tantas. Pero también confirma el papel del Estado y su intención a la hora de incentivarlas y mantenerlas.

La verdadera lacra de la Ley de Violencia de Género

Como se puede apreciar, esto es un círculo vicioso: la pescadilla que se muerde la cola. Con una simple denuncia se activan los mecanismos económicos: y las ayudas y subvencionas animan a denunciar. La dotación para la denominada “violencia de género” y su difusión y relevancia en los medios de comunicación nada tiene que ver con el bienestar de las personas sino con el beneficio privado que las ayudas proporcionan a algunas asociaciones, que han hecho de la Ley de Violencia de Género su medio de vida.

Como consecuencia de esta perniciosa ley se violan sistemáticamente los derechos humanos, no sólo de los hombres afectados, sino también de niños, abuelos, familias, etc. Y otro daño colateral de esta ley es el infligido a aquellas mujeres que realmente necesitan ayuda, que piden auxilio y no tienen las asistencias necesarias para salvaguardar sus vidas.

La ley falla porque no quiere ver que la violencia íntima en la pareja es un problema humano en el que están implicados factores psicobiológicos y culturales. La Ley no funciona porque no protege ni siquiera a las mujeres, por más que diferentes estamentos elogien su aprobación y puesta en marcha. Pero los datos en contra son muy tozudos. Sólo la sociedad puede impedir que la política y sus brazos largos se adueñen definitivamente de nuestras vidas. Depende absolutamente de todos nosotros no seguir ignorando tan enorme daño. La vida de cada persona no debería tener un precio distinto y menos aún en función de su “género”.

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Las mujeres no matan.

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Foto EFE

Debe de haber un error en la detención por el presunto asesinato del pequeño Gabriel. La asesina no ha podido ser una mujer, y para colmo inmigrante, y además, de color. Imposible. El pasado día 8 las más conspicuas publicistas del sexismo feminista, y los periodistos feministos que cumplen condena de género, han repetido infinitas veces que la violencia es cosa del heteropatriarcado machista y criminal. Vamos, que son cosa de hombres y sólo de hombres todas las manifestaciones violentas, desde la guerra al asesinato antes llamado de violencia doméstica o de pareja. Tras la implantación de la Ley contra la Violencia de Género, que discrimina al hombre y la mujer que cometen un mismo delito (de forma claramente anticonstitucional, pero aceptada prostitucionalmente por el Alto Tribunal, con el aplauso de todos los partidos), no hay posibilidad legal de que las mujeres maten por las mismas razones que los hombres, porque estarían sujetas al mismo castigo y eso está prohibido por Ley. Por el sexo de la Ley.

Zoido, que no deja de ser un machito sevillano, habrá inventado esa estadística según la cual de los 23 asesinatos de niños de este último año, 16 los cometieron las madres. Eso es imposible. La alcaldesa de Madrid, que además era jueza, dice que las mujeres no matan. Y la prueba, insisto, es que el Código Penal discrimina el delito por el sexo. No se penalizaría al marido con respeto a la mujer si no hubiera diferencia entre la capacidad criminal del varón, que es toda, y la de la mujer, que es ninguna. ¿Complejo de Medea, a cuenta del niño Gabriel? ¡Antiguallas! ¿Qué eran Esquilo y Sófocles sino machos griegos, adictos al queso de cabra? En la España actual las mujeres no matan, y si lo hacen, es por una buena razón: vengarse del hombre asesino, aunque el muerto no hubiera matado una mosca.

Corre por las redes la especie de que la amante dominicana del padre de Gabriel, que posó con él y con la madre para la televisión mientras el niño yacía muerto en el pozo, no fue detenida antes para que no pareciera que el Gobierno boicoteaba la jornada sexista del 8-M. Yo no lo creo, aunque viendo a Carmen Martínez Castro manifestándose con las periodistas ricas, entiendo el bulo. Tras contemplar a Rajoy con lazo malva, morado o lila, todo disparate es verosímil. Nada puede sorprendernos.

Federico Jimenez Losantos en El Mundo

 

No, yo no mato mujeres

«Ya está bien, me niego a aceptar ni la más mínima culpa por los delitos que yo no he cometido, por las actitudes que no tengo. Yo no mato mujeres, señor Fernández Vara, señoras militantes del feminismo ultra.»

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Por  en Libertad Digital

Ya está bien, me niego a aceptar ni la más mínima culpa por los delitos que yo no he cometido, por las actitudes que no tengo. Yo no mato mujeres, señor Fernández Vara, señoras militantes del feminismo ultra, no las mato ni por ser mujeres, ni por ser mediopensionistas ni por vestir de una u otra forma. No las mato, no las golpeo, no las maltrato. Nada.

Yo no soy un delincuente, mucho menos un asesino. No soy un engranaje más de una supuesta máquina de opresión, ni un eslabón nuevo de no sé qué cadena secular. Convivo con muchas mujeres en mi propia casa, en el trabajo o cuando estoy entre amigos, y las trato a todas como lo que son: personas, iguales, sin imponerles nada, pero sin dejarme imponer ningún peso moral por asesinatos que yo condeno como el que más y por delitos que a mí también me asquean.

Hay una estrategia clara para socializar determinadas culpas, en algunos casos por un fanatismo cuasirreligioso, en otros por puro rencor, en ocasiones porque es un carro del que se espera recoger un puñado de votos, a veces por simple y llana estupidez, pero la culpa no puede ser de un grupo social: en una sociedad democrática con un mínimo de justicia las culpas no son nunca ni de los hombres, ni de las mujeres, ni de los pobres, ni de los ricos… Son de los culpables. Culpables que, por cierto, son aquellos condenados por un tribunal tras un proceso con garantías, no necesariamente los que se señalan en los pseudoinformativos televisivos, las primeras páginas de los periódicos o determinadas cuentas de Twitter.

La violencia doméstica es intolerable, cualquier tipo de violencia ejercida contra una persona más débil es intolerable, sea esa persona una mujer, un niño o un hombre, y que eso ocurra entre las paredes del hogar o en el marco de una relación afectiva está claro que hace la situación mucho más dramática y dicho comportamiento más repugnante.

 

Pero el problema de las mujeres asesinadas por sus parejas no lo vamos a solucionar ni llamando a las cosas por lo que no son, ni convirtiendo a la mitad de la humanidad en potenciales asesinos y culpables sin juicio. Porque no lo somos, porque no debemos soportar esa infamia y porque tampoco lo vamos a consentir.

De lo sustancial

Enya-basta principio estoy a favor de las huelgas, ¿cómo no iba a estarlo?En Cuba las huelgas están prohibidas, como casi todo. Allí donde quiera que se implante el castro-comunismo, lo más relevante es y será siempre la prohibición, la censura, la negativa como respuesta inicial y definitiva. ¿Quién se enfrenta a eso sin correr el riesgo de la cárcel, el fusilamiento, el destierro? A estas alturas, el que lo ignore no es más que un colaboracionista del régimen, y su deplorable cúmbila.

El único sindicato de trabajadores existente en Cuba, la CTC, fundado antes del año fatídico, 1959, se preocupa más –desde hace 59 años– de ejercer su servidumbre al castrismo que de defender los derechos de los obreros. Varios documentos y documentales atestiguan este hecho.

Entonces, reitero, apoyo el derecho de los trabajadores a las protestas sociales mediante huelgas. Ojalá esas huelgas pudieran hacerse en Cuba, aunque esa huelga de brazos caídos, de alguna manera, lleva décadas ejerciéndose y es reflejada de manera oblicua en el desgano, apatía y desidia de los ciudadanos.

Sin embargo, no estoy de acuerdo con la huelga de mujeres del 8 de marzo. No puedo apoyar principios que no me representan como mujer ni como feminista, y mucho menos como persona. Tampoco creo que sea una huelga reivindicativa de derechos, estamos ante un lamentable espectáculo provisto de odios, resentimientos y actos politizados y vengativos. No me interesa esa muestra espantosa de cretinismo y de eliminación de un supuesto adversario que ya ni siquiera es para ellas el macho, sino el capitalismo, representado exclusivamente por el hombre.

 

No y no. No, porque no es una huelga, es una afrenta bruta y bestial, gratuita y mezquina, exenta de intelecto, por no llamarlo sencillamente, juicio. Es un ultraje, un agravio, de esa izquierdona malcriada, que con sus millones pretende zaherir y vilipendiar, antes que acordar y solucionar. Su mayor argumento es el chillido, el arañazo, la fútil impertinencia.

Situemos lo sustancial:

Antes que feminista soy mujer. Antes que mujer soy un ser humano. A menudo antes que ser yo soy otro.

No se trata de un conflicto sexual o sexista.

Estamos frente a un estallido de la bestialidad contra la humanidad, de hostilidad al razonamiento, del sentimiento frente a la sensibilidad.

No cuenten conmigo para ninguna sublevación que aniquile a la inteligencia.

 en Libertad Digital

Femicomunismo

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Hacía mucho tiempo que no se proponía como banderín de enganche para una huelga general de la mitad de la humanidad sita en España (nada menos) un texto tan grotesco, tan contrario a la Historia, la gramática, el sentido común y el sentir general de las mujeres como el que alguna célula femicomunista ha alumbrado para el día 8, homoheterotranshuelga a la que se ha sumado el arzobispo de Madrid en nombre de la Virgen María.

Se ha manipulado algo el sentido de las palabras de Osoro, porque habló del símbolo de la maternidad que sería la Madre de Dios, pero es pura justicia poética que el que traicionó al cura que denunció el asalto a su capilla por Pitita y las chequistas al grito de “¡Arderéis como en el 36!” y “¡El Papa no nos deja comernos las almejas!”, quede en ridículo alistando a la Esclava del Señor en la lucha contra el heteropatriarcado capitalista. A la logorrea politiquera se une el esperpento teológico. Menos mal que las monjas que atienden a los enfermos terminales de sida no harán “huelga de cuidados” y salvarán el honor de la Cruz, envilecido por obispos y curas separatistas.

El comunismo se caracteriza por hablar en nombre de una clase o un grupo social para dividir esa sociedad en dos y alcanzar el Poder absoluto. Desde ese momento, el proletariado en cuyo nombre se hace la revolución queda privado de todos sus derechos, desde el de huelga hasta el de cobrar un salario por trabajar. Y a los que se quejan, paredón. El femicomunismo habla, teóricamente, en nombre de todas las mujeres, pero va en contra de lo que hace y dice la mayoría de las mujeres reales. No aparece en el leñoso panfleto podemita una sola referencia al islam, cárcel real y simbólica de buena parte de las mujeres del mundo. Pero es que para el comunismo del siglo XXI el islam es un aliado, no un enemigo.

MarxLenin o Mao odiaban a los obreros que ellos nunca fueron por buscar mejores condiciones laborales y salariales en vez de quemar las fábricas y entronizarlos como dictadores. Cien millones de muertos han dado la razón a los obreros. Parodiando a Stieg Larsson, diríase que las femicomunistas de cartilla son mujeres que odian a las mujeres, a las reales, que ni aceptan su sexismo, ni odian a todos los hombres, ni van a dejar de cuidar a sus madres un día porque ellas lo manden. ¡Y mira que les gusta mandar!

Federico Jiménez LoSantos ( El Mundo )

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La huelga del “Machete al machito”

FEMICOMUNISTAS

«Que el feminismo actual no es más que una careta de la extrema izquierda resulta evidente a ojos de cualquiera que tenga… bueno… ojos.»

Por 

El año pasado, el día internacional de la mujer estuvo marcado por el ridículo que hizo Podemos, una vez más, con su cartel repleto de mensajes como «Ni una menos» o «Un país con nosotras» y… la foto de Pablo Iglesias. Que, salvo que aceptemos que se siente de género binario no fluido o alguna cosa parecida, no es una mujer. Lo cual, por supuesto, no le ha impedido aparecer como feminista, como tampoco le han restado puntos sus ansias de «azotar hasta que sangre» a una periodista desafecta. Ni ponerse a la cabeza de la reivindicación de este año, que es una huelga de mujeres en la que los hombres no somos bienvenidos, pese a lo cual se supone que es una manifestación más de la lucha contra el sexismo.

Que el feminismo actual no es más que una careta de la extrema izquierdaresulta evidente a ojos de cualquiera que tenga… bueno… ojos. El problema es que abusa de una etiqueta que para muchos significaría abogar por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres para imponer una elusiva y unidireccional igualdad social. Elusiva, porque se pretende una representación igualitaria en sueldos, ocupaciones laborales, parlamentos y prácticamente cualquier ámbito considerado deseable donde las mujeres sean minoría, cuando un vistazo a la historia y al mero sentido común nos desvela que grupos diferenciados –sea por sexo, nacionalidad, cultura o cualquier otro baremo en que se pueda clasificar a los seres humanos en conjuntos con distintos intereses y aptitudes– jamás han tenido una representación igualitaria en nada. Unidireccional, porque jamás les preocupará que los hombres sean la práctica totalidad de los encarcelados, de los fallecidos en accidente laboral, de quienes pierden la custodia de los hijos o de los suicidas. Como tampoco luchan para que las mujeres sean la mitad de los que arreglan nuestros problemas con las fosas sépticas, conducen camiones durante jornadas interminables o consiguen que a nuestras casas llegue ese milagro conocido como electricidad. No. Lo que quieren es que las mujeres sean al menos la mitad de los arquitectos, no de los albañiles.

La izquierda ha reducido su visión del mundo al producto exclusivo de una serie de relaciones de poder, sin que ninguna otra causa pueda explicar nada. Por tanto, cualquier injusticia o desigualdad, real o percibida, en la situación de la mujer no puede sino ser provocada por un poder injusto impuesto por los opresores machos a las pobres oprimidas mujeres. De ahí que Julia Otero, tan incapaz de un pensamiento original como entusiasta portavoz de cualquier ocurrencia políticamente correcta, se dedique a insultar a Cayetana Álvarez de Toledo calificándola de «cómplice de la opresión» por no ser una feminista acrítica, valga la redundancia. Pero resulta difícil tomar en serio la existencia de un patriarcado omnipresente y todopoderoso como explicación de todo cuando existen Soraya Sáenz de Santamaría y Ana Patricia Botín. Si el patriarcado es el Poder y todo se explica por el Poder, no habría ninguna mujer en ningún puesto de tronío en ningún país occidental; el Poder se habría encargado de impedirlo. No se preocupen: las feministas también encuentran explicación a estos casos, como que esas mujeres no son mujeres realmente, porque han interiorizado los valores masculinos y en el fondo son hombres en esencia. Pero quizá es más sencillo y realista concluir que no todo se reduce a esa visión dialéctica simplista de la lucha de opresores y oprimidos.

 

Como el posmodernismo que late por debajo de casi toda la ideología de la izquierda de hoy niega legitimidad o capacidad explicativa a nada que no sea el poder, los esfuerzos de la ciencia por investigar las causas reales de la brecha de género, o de la criminología por intentar averiguar las razones reales que llevan a un hombre a asesinar a su pareja, son criticados como meras justificaciones del patriarcado. Exactamente igual que hace 150 años Marx encontraba en la clase social burguesa a la que pertenecían los demás economistas la razón por la que no estaban de acuerdo con él. Por eso el uso que hace el feminismo de hoy de la ciencia es selectivo: vale lo que valga para la causa. La biología sí sirve para justificar que los hombres tengan de media cinco años menos de esperanza de vida, pero no para explicar que las mujeres opten más a menudo por carreras enfocadas en las personas (de medicina a trabajo social) antes que en las cosas (ciencias e ingenierías), o que sean mayoritariamente ellas quienes prefieran tener una vida más equilibrada entre lo personal y lo profesional.

Pero, oye, igual resulta que esta manifestación es limpia, que no la han organizado este tipo de feministas posmodernas, que no es cosa de esas locas que gritan «Machete al machito» o «Al abortaje». Pero un vistazo siquiera superficial del manifiesto debería llevar a cualquier persona razonable, esté a favor o en contra de la convocatoria, a descartar esa posibilidad. Personas razonables entre las que obviamente no se encuentra el obispo Osoro, que de buenas a primeras ha decidido que la Virgen María estaría a favor del aborto o de la lucha contra «la alianza del patriarcado y el capitalismo que nos quiere dóciles, sumisas y calladas». Según la convocatoria de la huelga, para defender los derechos de las mujeres tienes que ser anticapitalista, antiliberal, abortista, anticlerical, antimilitarista y apoyar las fronteras abiertas. Es decir, tienes que ser de extrema izquierda.

La verdad, no conozco a ningún hombre que quiera a las mujeres «dóciles, sumisas y calladas». Ahora, conozco a muchísimos hombres y mujeres que sí querrían que este tipo de feministas se callara de un puta vez y dejara de darnos la matraca. Y cada vez somos más.