Etiqueta: ESTADO DEL BIENESTAR

Porque el estado del bienestar destruye a las personas

LA SITUACIÓN DE REINO UNIDO DEBERÍA CONSTITUIR UN TERRIBLE AVISO PARA EL RESTO DE EUROPA. Y NO HABLAMOS DEL ‘BREXIT’, SINO DE LA DEVASTACIÓN SOCIAL QUE PUEDE PROVOCAR LA COMBINACIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR Y CIERTO TIPO DE CULTURA O FILOSOFÍA VITAL. COMPARADO CON ELLA, EL ‘BREXIT’ ES UN ASUNTO TRIVIAL

POR THEODORE DALRYMPLE

En el hospital en el que trabajaba como médico prácticamente ningún niño era hijo de padres casados, excepto los hijos de inmigrantes indios. Tal vez en algunos países la ausencia de vínculo matrimonial no importe, ya que los progenitores se esfuerzan por seguir juntos para no perjudicar a los niños. Pero en Reino Unido ese no era el caso. Cuando un adolescente británico cumple 15 años, es mucho más probable que tenga un televisor en su cuarto a que tenga un padre viviendo en casa. De hecho, el adolescente no habita un hogar tradicional; habita un hogar por el que desfila una serie cambiante de personas. Ese adolescente tiene en realidad tres progenitores: la madre, el Estado y la televisión.

No estoy hablando de una minoría cuya situación es trágica, pero que carece de relevancia social. Más de la mitad de los niños británicos nacen fuera del matrimonio. Para un buen porcentaje de ellos, su modelo de familia consiste en una sucesión de extraños. Los novios de sus madres van y vienen, y lo más probable es que alguno o varios de ellos sean francamente desagradables.

Un indicador de la destrucción de la vida familiar es el hecho de que una quinta parte de los niños británicos no come con otro miembro de su familia (o quizás debería decir: con otro miembro de su hogar) más de una vez cada dos semanas. Vale la pena analizar este hecho.

LA CALLE ES MI CASTILLO

Compartir mesa es seguramente uno de las formas de socialización más importantes, aunque sea algo elemental. El niño aprende a controlarse: tiene que compartir y esperar su turno, tiene que conversar en lugar de simplemente afirmar algo o expresarse con la mayor fuerza posible. En al menos una quinta parte de los hogares británicos, este tipo de relaciones no existen. En la cárcel en la que también trabajé, conocí a muchos prisioneros que nunca habían comido con alguien en su casa.

En esos hogares (en los que, dicho sea de paso, a menudo ni siquiera hay una mesa a la que las personas puedan sentarse juntas, pese a que no faltan varias pantallas enormes de televisión) no se cocina; solo se calientan alimentos preparados en el microondas. A los niños se les deja coger comida de la nevera cuando tienen hambre. Lo que encuentran son alimentos dulces y grasos, que consumen frente a la televisión y que, no por casualidad, han hecho que estén entre los más gordos del mundo. Este patrón también ayuda a explicar el terrible hecho de que la gente tire tanta basura a la calle. Solía decirse que el hogar de un inglés era su castillo, pero ahora la calle es su comedor. Come casi tanto en la calle como en casa y, como es antisocial, arroja los desperdicios a su alrededor igual que una vaca en el campo.

Este patrón de consumo antisocial, derivado de las ideas de los intelectuales progresistas, indica que estas personas no quieren aceptar lo obvio y no quieren enfrentarse a realidades desagradables, que cuestionen su opinión sobre el mundo. La explicación que ofrecen es que existen «desiertos alimentarios» en las zonas donde este patrón es prevalente. En otras palabras, que no hay tiendas en las que las mujeres puedan comprar alimentos frescos.

Pero esto es lo mismo que empezar a construir la casa por el tejado. La razón por la que no hay tales tiendas es que nadie compraría en ellas si las hubiera. En las zonas donde viven inmigrantes asiáticos pobres, existen comercios que venden gran variedad de verduras a un precio tan barato que es muy difícil que una persona pueda llevarse a casa ella sola todo lo que puede comprar a cambio de lo que cuestan unos pocos platos para calentar en el microondas.

El problema es otro: algo ha ido terriblemente mal con nuestra cultura.

SOLEDAD

Cuando trabajaba como médico, preguntarle a un paciente joven quién era su padre era una pregunta un poco delicada. A menudo respondía moviendo la cabeza: no sabía quién era o lo había olvidado, o quizá lo odiaba. Uno me contestó: «¿Se refiere a mi padre actual?» De hecho, los padres en el sentido tradicional casi habían desaparecido: había inseminadores y había padrastros, pero no había padre tradicional. Por cierto, la descomposición extrema de la familia explica en parte las dificultades para encontrar vivienda: mientras una familia nuclear necesita un hogar, una fragmentada necesita dos o más hogares. La cantidad de personas que viven solas en Reino Unido ha aumentado considerablemente como resultado de la ruptura de la estructura familiar. Dado que no se construyen más casas para satisfacer la demanda, los alquileres suben y la calidad de las viviendas existentes disminuye.

No es inconcebible que las buenas escuelas compensen de alguna manera las deficiencias de la vida hogareña, pero de hecho sucede lo contrario. Gracias a la pedagogía «progresista», varias generaciones no saben leer correctamente, de modo que una parte no insignificante de la población ni siquiera entiende que es necesario leer correctamente. Esto explica por qué, incluso en épocas en que la tasa de paro es alta, las empresas británicas a menudo prefieren la mano de obra extranjera a la británica, y por qué la productividad per cápita británica sigue siendo tan baja. Cuando decía a mis pacientes jóvenes que leyeran un texto para analizar su capacidad de lectura, a menudo señalaban una palabra larga y decían: «no la conozco», como si el inglés se escribiera con ideogramas en lugar de con el alfabeto.

PRUDENCIA

¿Qué papel ha desempeñado el estado de bienestar en esta catástrofe social? Como mínimo la ha hecho posible, casi inevitable.

Cuando empecé a trabajar como médico en 1974 todavía existía una generación que había vivido momentos muy difíciles: la Gran Depresión, la guerra mundial o la escasez de la posguerra. Esa generación no tenía la culpa de las dificultades que sufrió y estaba orgullosa de haber sobrevivido a esas penurias sin recurrir a mucha asistencia pública, cosa que les avergonzaba. Recordaba que la prudencia era una virtud y era fiscalmente conservadora, por así decirlo. Para esa generación era una cuestión de honor no comprar lo que no podía pagar; consideraba más vergonzoso el endeudamiento incontrolado que la pobreza.

Pero esta forma de pensar cambió pronto y la antigua cultura de la prudencia dio paso a una nueva de imprevisión, en la que a mucha gente no le importaba contraer deudas e incluso no pagarlas. El estado de bienestar garantizaba un nivel de vida por debajo del cual era imposible caer (independientemente de cómo cada uno eligiera vivir) y que no era muy inferior al de un trabajador no cualificado. Las prestaciones y las ayudas sociales dejaron de ser discrecionales y se convirtieron, al menos según la opinión de quienes las recibían, en derechos inalienables. Este cambio de actitud se reflejó en el lenguaje. En 1974, una persona que recibía dinero de la asistencia social decía: «Me dan el cheque el viernes». Cuatro décadas más tarde, decía: «Me pagan el viernes». Pagar es una remuneración por haber hecho un trabajo, por supuesto, y el trabajo por el que el estado de bienestar paga un cheque es una remuneración por simplemente seguir existiendo.

Al mismo tiempo, se lanzó un ataque a nivel intelectual, fiscal y legal contra el matrimonio como institución. Este último ha sido durante mucho tiempo objeto de crítica por parte de los intelectuales, por supuesto. Marx lo detestaba e Ibsen escribió obras muy fuertes contra él. (Cualquiera se da cuenta de que en Casa de muñecas Nora abandona a sus hijos sin ni siquiera pensarlo). George Bernard Shaw tachó el matrimonio de «prostitución legalizada». Para estos intelectuales, la plenitud de la personalidad humana solo se alcanzaría si se eliminaran todos los aspectos contractuales, convencionales y sacramentales en la relación entre los sexos.

Inspirado por esta crítica utópica e incluso adolescente, el Gobierno fue eliminando progresivamente las ventajas financieras y legales del matrimonio, hasta el punto de que ahora ya no tiene casi ninguna: por extraño que parezca, las clases altas, las que más criticaron la institución del matrimonio en abstracto, han resultado las más tradicionales en la práctica. Si yo creyera en conspiraciones, diría que la política social británica de los últimos 60 años ha sido un complot para mantener baja a la clase más baja.

La destrucción de la familia en Reino Unido no hubiera sido posible sin el estado de bienestar. Ahora hemos llegado a una situación en la que muchas mujeres consideran que la independencia no es la independencia del Estado o del erario público, sino la independencia (tanto económica como emocional) de los padres respecto de sus hijos. La dependencia total del Estado no les parece en absoluto una dependencia, porque lo que el Estado les da es un derecho inalienable. Ni siquiera se plantean si el hombre que va a ser el padre de su próximo hijo es apto para la paternidad. Tampoco se plantean si ese hombre les dará alguna ayuda financiera, porque el Estado siempre pagará. Pero si ni un hombre ni una mujer se plantean nada antes de tener un hijo, ¿en qué tipo de personas se han convertido?

ADICCIÓN

Para un porcentaje considerable de la población británica, la solidaridad social ahora consiste principalmente, o incluso exclusivamente, en las ayudas del Gobierno y sus organismos de asistencia. En Reino Unido nos sorprende la relativa paz social que reinó en España durante la Gran Recesión, porque sabíamos que si sufriéramos una crisis tan profunda (lo que ciertamente no es imposible e incluso podría ser probable), la agitación habría sido incontrolable. Dado que la familia ha sido pulverizada por una combinación de política social y fiscal, de una parte, y por el relativismo moral, de otra, no es una posible fuente de ayuda en tiempos difíciles. La imprudencia no ha sido solo de la población, sino también del Gobierno (supongo que su supuesta preocupación por el bien del país no es solo una máscara que oculta su preocupación por su propio interés). De hecho, el Estado ha actuado como un narcotraficante: ha vuelto a buena parte de la población adicta a sus ayudas, de modo que su eliminación plantea verdaderas dificultades y, como los políticos solo piensan en las próximas elecciones, hacer reformas es muy difícil.

Nuestro estado de bienestar ha corrompido algo más que los modales de los británicos: ha corrompido nuestro pensamiento y nuestra honradez intelectual. Un ejemplo de esto es el uso del término austeridad para referirse a los esfuerzos para equilibrar el presupuesto. No está claro si este intento de hacerlo, o al menos el intento de frenar el crecimiento de la deuda pública (gran parte de la cual es imputable al gasto en prestaciones sociales), es una buena idea desde el punto de vista económico; la opinión de los expertos no es unánime. Pero usar la palabra austeridad para denostar el intento de que la diferencia entre el ingreso y el gasto público no sea mayor del 3% del PIB en el año correspondiente es una infamia. Si tuviera que ir al banco a pedir un crédito porque gasto más que lo que gano y dijera que en el futuro solo gastaré un 3% más de lo que ingreso, ¿estaría siendo austero?

CORRUPCIÓN

En Reino Unido hubo otro ejemplo del efecto del estado de bienestar sobre nuestra honradez intelectual. En 2004 había 2,5 millones de personas que recibían ayudas públicas porque supuestamente estaban demasiado enfermas para trabajar. El estado de bienestar había dado lugar a más inválidos que la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo había logrado esta notable hazaña?

La respuesta es la corrupción. No me refiero al tipo de corrupción en la que se entrega dinero por debajo la mesa, sino a algo mucho peor. (En una situación económica excesivamente regulada, la corrupción de ese tipo puede incluso incrementar la eficiencia). Me refiero a la corrupción del alma, por así decirlo.

Alrededor del 70% de las personas que consideraban que estaban demasiado enfermas para trabajar en 2004 en realidad no tenían ninguna enfermedad. Cuando preguntaba a algunos de mis pacientes que recibían ayudas cuál era su enfermedad, ni siquiera comprendían la pregunta; uno incluso respondió que su enfermedad era el certificado que acreditaba que estaba enfermo, expresando así inconscientemente una verdad. En aquel momento el Gobierno deseaba fervientemente que la gente pensara que había resuelto el problema del paro y, por supuesto, los enfermos no eran desempleados. Por tanto, una transferencia de la categoría de desempleados a la de enfermos era buena para la propaganda electoral (algo que, por cierto, la prensa francesa se tragó en su totalidad).

Los desempleados, por su parte, estaban encantados, porque la prestación por enfermedad era algo mayor que la de desempleo. Por un curioso capricho de la psicología humana, los que fueron transferidos a la prestación por enfermedad empezaron a sentirse realmente mal: si le pagas a un hombre por sentirse mal, comenzará a sentirse mal, especialmente si no quiere considerarse un fraude.

Finalmente, los médicos estuvieron dispuestos en masa a certificar que las personas estaban enfermas aunque sabían perfectamente que no lo estaban. Hicieron esto para evitar problemas o escenas desagradables. La única vez que un paciente (llamémoslo el señor A) presentó una protestó contra mí fue porque me negué a firmarle una baja. El señor A se quejó de mí a los gerentes del hospital, estos me pidieron explicaciones y yo escribí lo siguiente: «El señor A es un borracho que pega a su esposa y no voy a firmarle ningún papel». No volví a tener noticias del señor A, pero estoy convencido de que otro médico le dio su certificado. Después de todo, las personas dependientes son emprendedoras a su manera y, al fin y al cabo, ¿beber demasiado y pegar a la esposa no es una enfermedad?

Así que había tres clases de personas corruptas, una de ellas (no la política) una profesión que antes era distinguida. Esto me lleva a mi conclusión: que mi objeción al estado de bienestar tal como se practica en Reino Unido no es que sea económicamente insostenible, aunque podría serlo, sino que ha ejercido y todavía ejerce un efecto profundamente corruptor sobre la personalidad humana.

Theodore Dalrymple es psiquiatra, articulista y escritor.

El metaverso del estado de bienestar

Para saltar de un modelo a otro basta con un clic. De hecho de un día para otro se tuercen las cosas por cualquier motivo y terminas rellenando formularios en los servicios sociales y una amable trabajadora social te acredita como vulnerable.

Para saltar de un modelo a otro basta con un clic. De hecho un día para otro se tuercen las cosas por cualquier motivo y terminas rellenando formularios en los servicios sociales y una amable trabajadora social te acredita como vulnerable.

Una mala experiencia laboral, una repentina enfermedad, un traspiés financiero y el mundo tal y como lo conocemos se viene abajo. El techo de cristal infinito al que jamás pensaste que llegarías pese a no tener tope, gracias a las mil y unas oportunidades que la vida y el capitalismo te ofreció, se rompe y se te cae encima hecho añicos en un instante.

La tan manoseada clase media comprendida de manera ficticia entre aquellas unidades familiares que ingresaban al menos 2.700€ al mes (con una media de cuatro integrantes), ya no sólo ve cómo pierde poder adquisitivo un día sí y otro también simplemente comprando refrescos y snacks, sino que el mero planteamiento o la simple necesidad de cambiar de teléfono móvil cada dos años o de vehículo cada cinco culmina sacando al churumbel del futbol, o a la nena de sus clases de baile y claro… este traspiés genera tal estrés, que rompe los esquemas de cualquiera. Ese primer paso hacia la pobreza para el que la mayoría de la gente no está preparada, no tiene precio. Prescindir de estos servicios hasta ahora básicos, no sólo nos coloca de golpe ante nuestra triste realidad sino que además, frustra las esperanzas de los papás; esos  niños eternos que trasladan sus sueños en sus pequeñas y repelentes réplicas, tratando de batir así sus propias metas y decepciones.

En otras ocasiones cuando es una enfermedad la que te expulsa del mercado laboral y te arruina como ser humano -como hay miles de casos-, la sensación de necesitar estar muerto entiendo que a veces te arrolla haciéndote menguar exponencialmente hasta límites insospechados. La obligación de reinventarse y renacer de tus propias cenizas con una nueva y humilde personalidad, necesariamente más férrea ante la cruda revelación de nuestra propia debilidad, se hace indispensable para soportar la vida. Respecto a este colectivo, la manipulación es tal que unos se presentan como sus salvadores innatos, ofreciendo miserables ayudas y otros imitan los procedimientos defendiendo que eso es posible además bajando impuestos a todos.

Si el golpe sobreviene por malas elecciones financieras como por ejemplo cuando se nos habla de la ruina de los “criptokers”, podría hasta provocarnos al resto de los sufridores cierta vergüenza ajena y compasión. Este club y otros de sobrados caídos en desgracia, la mayoría de las veces por su propio egoísmo y falta de empatía, sin embargo también han logrado que nos duela en el alma, y así y por estas nos tienen enfrascados a los unos y los otros defendiendo a los ricos para que no les suban o  bajen los tramos del IRPF.

En definitiva cuando por el motivo que sea lo que sucede simplemente es que se pierde el empleo y el tiempo se echa encima y alguien, sin tu permiso te descataloga para seguir activo, la peor cara del Estado del bienestar llama a tu puerta como los de AVON. La descarnada espera para obtener la categoría social de parado tras lograr esa increíble cita te denigra hasta los huesos. Esa fría demostración de indiferencia que el Estado te demuestra te pone en el paredón de los zombis. Pasas de lleno a esa multitud de buscavidas que como “el ratilla del Lazarillo” aprende a golpes a sacar de donde no hay para seguir viviendo en la mentira un poco más, mientras compruebas como va bajando el saldo de las cuentas corrientes.

La pandemia, los ERTES posteriores, el atasco en la economía, la tontería desarrollada por la Unión Europea y desarrollada hasta límites insospechados por el actual Gobierno lleno de felones, han generado miles de inútiles que en las empresas han dejado de preocuparse por su propia actividad, pensando solo en reciclar su existencia recibiendo subvenciones que nadie sabe como pedir, para compensar groseramente sus cuentas de explotación, sin vender un “saci”.

Puntos de protección al colectivo LGTBI dentro de almacenes de construcción o material de oficina, como si “ser o no ser, esa es la cuestión» fuera escrito en la frente (que a veces sí…), está pasando. Tal memez terminará provocando que algún día pite el detector de gays o lesbianas al entrar y el vigilante empático ya no te seguirá para que no robes, sino para protegerte por si eres esto o aquello mientras las alimañas que todos sabemos arrasan el local. 

Por seguir citando idioteces, abundan las compañías que, por ejemplo, alquilan máquinas industriales y vehículos de toda condición que alardean de plantar árboles para compensar lo que sueltan sus máquinas por los tubos de escape, pero luego nadie sabe dónde los plantan. Y de remate tenemos a las bienaventuradas empresas que anuncian trabajo especialmente para mujeres -como si eso fuera algo extraordinario-, puntuando doble si llegas maltratada. En fin…

Esta cantinela buenista ya es algo establecido en nuestro país. Que alguien normal pase a ser catalogado como cafre del sistema (vulnerable), otorga un bonus extra (pero solo por ser sufriente) al empresario gracias a la posibilidad de recibir subvenciones, primando la contratación de ese colectivo cada vez mas grande por la decadencia del Estado del bienestar. El «no va más» ha sido que una mujer maltratada además de serlo -que ya es triste- también sea considerada dependiente (del Estado), y por lo tanto doblemente subvencionable.

La subvención como solución a la desgracia sobrevenida al individuo por el propio sistema injusto, lo ayuda y denigra a la vez. Lo convierte en un pobre de solemnidad con escasas posibilidades de salir del bucle fatal, a la vez que alimenta su capacidad de odiar a los demás que no corren su misma suerte. Sencillamente y por desgracia son como los hamster agobiados de por vida mientras corren enloquecidos girando sin parar en la rueda de su jaula, eso sí: ahora ya, solo gracias al Estado clientelar que le proporciona las dos pipas gordas que siempre llevan en los mofletes. 

Y el cafre (dicho con todo el cariño) solamente saldrá adelante gracias a su determinación, coraje y un punto de suerte. Solo así será posible que resurja y salga del círculo vicioso al que por la cara lo han invitado y descaradamente lo han hecho actor principal.

Eso sí, pasado el mal trago y maltrato -administrativa y políticamente hablando-, gracias y con la excusa del virus chino (también conocido como covid19), ahora y en los mejores cines tenemos: “La guerra de Putin y la madre que los parió”, “Vamos a morir todos porque hace calor”, “Las mil y una hipotecas variables”, «El edredón gordo, ande o no ande», «Niño apaga la luz» y el clásico: “Si te ha pillao la vaca: jódete, jódete…”.

FRANCISCO GÓMEZ VALENCIA

Puedes seguirle en Twitter en la cuenta @Sr_Gómez

POR QUÉ EL ESTADO DE BIENESTAR DESTRUYE A LAS PERSONAS

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LA SITUACIÓN DE REINO UNIDO DEBERÍA CONSTITUIR UN TERRIBLE AVISO PARA EL RESTO DE EUROPA. Y NO HABLAMOS DEL ‘BREXIT’, SINO DE LA DEVASTACIÓN SOCIAL QUE PUEDE PROVOCAR LA COMBINACIÓN DEL ESTADO DE BIENESTAR Y CIERTO TIPO DE CULTURA O FILOSOFÍA VITAL. COMPARADO CON ELLA, EL ‘BREXIT’ ES UN ASUNTO TRIVIAL

POR THEODORE DALRYMPLE

FUENTE: Expansión

En el hospital en el que trabajaba como médico prácticamente ningún niño era hijo de padres casados, excepto los hijos de inmigrantes indios. Tal vez en algunos países la ausencia de vínculo matrimonial no importe, ya que los progenitores se esfuerzan por seguir juntos para no perjudicar a los niños. Pero en Reino Unido ese no era el caso. Cuando un adolescente británico cumple 15 años, es mucho más probable que tenga un televisor en su cuarto a que tenga un padre viviendo en casa. De hecho, el adolescente no habita un hogar tradicional; habita un hogar por el que desfila una serie cambiante de personas. Ese adolescente tiene en realidad tres progenitores: la madre, el Estado y la televisión.

No estoy hablando de una minoría cuya situación es trágica, pero que carece de relevancia social. Más de la mitad de los niños británicos nacen fuera del matrimonio. Para un buen porcentaje de ellos, su modelo de familia consiste en una sucesión de extraños. Los novios de sus madres van y vienen, y lo más probable es que alguno o varios de ellos sean francamente desagradables.

Un indicador de la destrucción de la vida familiar es el hecho de que una quinta parte de los niños británicos no come con otro miembro de su familia (o quizás debería decir: con otro miembro de su hogar) más de una vez cada dos semanas. Vale la pena analizar este hecho.

LA CALLE ES MI CASTILLO

Compartir mesa es seguramente uno de las formas de socialización más importantes, aunque sea algo elemental. El niño aprende a controlarse: tiene que compartir y esperar su turno, tiene que conversar en lugar de simplemente afirmar algo o expresarse con la mayor fuerza posible. En al menos una quinta parte de los hogares británicos, este tipo de relaciones no existen. En la cárcel en la que también trabajé, conocí a muchos prisioneros que nunca habían comido con alguien en su casa.

En esos hogares (en los que, dicho sea de paso, a menudo ni siquiera hay una mesa a la que las personas puedan sentarse juntas, pese a que no faltan varias pantallas enormes de televisión) no se cocina; solo se calientan alimentos preparados en el microondas. A los niños se les deja coger comida de la nevera cuando tienen hambre. Lo que encuentran son alimentos dulces y grasos, que consumen frente a la televisión y que, no por casualidad, han hecho que estén entre los más gordos del mundo. Este patrón también ayuda a explicar el terrible hecho de que la gente tire tanta basura a la calle. Solía decirse que el hogar de un inglés era su castillo, pero ahora la calle es su comedor. Come casi tanto en la calle como en casa y, como es antisocial, arroja los desperdicios a su alrededor igual que una vaca en el campo.

Este patrón de consumo antisocial, derivado de las ideas de los intelectuales progresistas, indica que estas personas no quieren aceptar lo obvio y no quieren enfrentarse a realidades desagradables, que cuestionen su opinión sobre el mundo. La explicación que ofrecen es que existen «desiertos alimentarios» en las zonas donde este patrón es prevalente. En otras palabras, que no hay tiendas en las que las mujeres puedan comprar alimentos frescos.

Pero esto es lo mismo que empezar a construir la casa por el tejado. La razón por la que no hay tales tiendas es que nadie compraría en ellas si las hubiera. En las zonas donde viven inmigrantes asiáticos pobres, existen comercios que venden gran variedad de verduras a un precio tan barato que es muy difícil que una persona pueda llevarse a casa ella sola todo lo que puede comprar a cambio de lo que cuestan unos pocos platos para calentar en el microondas.

El problema es otro: algo ha ido terriblemente mal con nuestra cultura.

SOLEDAD

Cuando trabajaba como médico, preguntarle a un paciente joven quién era su padre era una pregunta un poco delicada. A menudo respondía moviendo la cabeza: no sabía quién era o lo había olvidado, o quizá lo odiaba. Uno me contestó: «¿Se refiere a mi padre actual?» De hecho, los padres en el sentido tradicional casi habían desaparecido: había inseminadores y había padrastros, pero no había padre tradicional. Por cierto, la descomposición extrema de la familia explica en parte las dificultades para encontrar vivienda: mientras una familia nuclear necesita un hogar, una fragmentada necesita dos o más hogares. La cantidad de personas que viven solas en Reino Unido ha aumentado considerablemente como resultado de la ruptura de la estructura familiar. Dado que no se construyen más casas para satisfacer la demanda, los alquileres suben y la calidad de las viviendas existentes disminuye.

No es inconcebible que las buenas escuelas compensen de alguna manera las deficiencias de la vida hogareña, pero de hecho sucede lo contrario. Gracias a la pedagogía «progresista», varias generaciones no saben leer correctamente, de modo que una parte no insignificante de la población ni siquiera entiende que es necesario leer correctamente. Esto explica por qué, incluso en épocas en que la tasa de paro es alta, las empresas británicas a menudo prefieren la mano de obra extranjera a la británica, y por qué la productividad per cápita británica sigue siendo tan baja. Cuando decía a mis pacientes jóvenes que leyeran un texto para analizar su capacidad de lectura, a menudo señalaban una palabra larga y decían: «no la conozco», como si el inglés se escribiera con ideogramas en lugar de con el alfabeto.

PRUDENCIA

¿Qué papel ha desempeñado el estado de bienestar en esta catástrofe social? Como mínimo la ha hecho posible, casi inevitable.

Cuando empecé a trabajar como médico en 1974 todavía existía una generación que había vivido momentos muy difíciles: la Gran Depresión, la guerra mundial o la escasez de la posguerra. Esa generación no tenía la culpa de las dificultades que sufrió y estaba orgullosa de haber sobrevivido a esas penurias sin recurrir a mucha asistencia pública, cosa que les avergonzaba. Recordaba que la prudencia era una virtud y era fiscalmente conservadora, por así decirlo. Para esa generación era una cuestión de honor no comprar lo que no podía pagar; consideraba más vergonzoso el endeudamiento incontrolado que la pobreza.

Pero esta forma de pensar cambió pronto y la antigua cultura de la prudencia dio paso a una nueva de imprevisión, en la que a mucha gente no le importaba contraer deudas e incluso no pagarlas. El estado de bienestar garantizaba un nivel de vida por debajo del cual era imposible caer (independientemente de cómo cada uno eligiera vivir) y que no era muy inferior al de un trabajador no cualificado. Las prestaciones y las ayudas sociales dejaron de ser discrecionales y se convirtieron, al menos según la opinión de quienes las recibían, en derechos inalienables. Este cambio de actitud se reflejó en el lenguaje. En 1974, una persona que recibía dinero de la asistencia social decía: «Me dan el cheque el viernes». Cuatro décadas más tarde, decía: «Me pagan el viernes». Pagar es una remuneración por haber hecho un trabajo, por supuesto, y el trabajo por el que el estado de bienestar paga un cheque es una remuneración por simplemente seguir existiendo.

Al mismo tiempo, se lanzó un ataque a nivel intelectual, fiscal y legal contra el matrimonio como institución. Este último ha sido durante mucho tiempo objeto de crítica por parte de los intelectuales, por supuesto. Marx lo detestaba e Ibsen escribió obras muy fuertes contra él. (Cualquiera se da cuenta de que en Casa de muñecas Nora abandona a sus hijos sin ni siquiera pensarlo). George Bernard Shaw tachó el matrimonio de «prostitución legalizada». Para estos intelectuales, la plenitud de la personalidad humana solo se alcanzaría si se eliminaran todos los aspectos contractuales, convencionales y sacramentales en la relación entre los sexos.

Inspirado por esta crítica utópica e incluso adolescente, el Gobierno fue eliminando progresivamente las ventajas financieras y legales del matrimonio, hasta el punto de que ahora ya no tiene casi ninguna: por extraño que parezca, las clases altas, las que más criticaron la institución del matrimonio en abstracto, han resultado las más tradicionales en la práctica. Si yo creyera en conspiraciones, diría que la política social británica de los últimos 60 años ha sido un complot para mantener baja a la clase más baja.

La destrucción de la familia en Reino Unido no hubiera sido posible sin el estado de bienestar. Ahora hemos llegado a una situación en la que muchas mujeres consideran que la independencia no es la independencia del Estado o del erario público, sino la independencia (tanto económica como emocional) de los padres respecto de sus hijos. La dependencia total del Estado no les parece en absoluto una dependencia, porque lo que el Estado les da es un derecho inalienable. Ni siquiera se plantean si el hombre que va a ser el padre de su próximo hijo es apto para la paternidad. Tampoco se plantean si ese hombre les dará alguna ayuda financiera, porque el Estado siempre pagará. Pero si ni un hombre ni una mujer se plantean nada antes de tener un hijo, ¿en qué tipo de personas se han convertido?

ADICCIÓN

Para un porcentaje considerable de la población británica, la solidaridad social ahora consiste principalmente, o incluso exclusivamente, en las ayudas del Gobierno y sus organismos de asistencia. En Reino Unido nos sorprende la relativa paz social que reinó en España durante la Gran Recesión, porque sabíamos que si sufriéramos una crisis tan profunda (lo que ciertamente no es imposible e incluso podría ser probable), la agitación habría sido incontrolable. Dado que la familia ha sido pulverizada por una combinación de política social y fiscal, de una parte, y por el relativismo moral, de otra, no es una posible fuente de ayuda en tiempos difíciles. La imprudencia no ha sido solo de la población, sino también del Gobierno (supongo que su supuesta preocupación por el bien del país no es solo una máscara que oculta su preocupación por su propio interés). De hecho, el Estado ha actuado como un narcotraficante: ha vuelto a buena parte de la población adicta a sus ayudas, de modo que su eliminación plantea verdaderas dificultades y, como los políticos solo piensan en las próximas elecciones, hacer reformas es muy difícil.

Nuestro estado de bienestar ha corrompido algo más que los modales de los británicos: ha corrompido nuestro pensamiento y nuestra honradez intelectual. Un ejemplo de esto es el uso del término austeridad para referirse a los esfuerzos para equilibrar el presupuesto. No está claro si este intento de hacerlo, o al menos el intento de frenar el crecimiento de la deuda pública (gran parte de la cual es imputable al gasto en prestaciones sociales), es una buena idea desde el punto de vista económico; la opinión de los expertos no es unánime. Pero usar la palabra austeridad para denostar el intento de que la diferencia entre el ingreso y el gasto público no sea mayor del 3% del PIB en el año correspondiente es una infamia. Si tuviera que ir al banco a pedir un crédito porque gasto más que lo que gano y dijera que en el futuro solo gastaré un 3% más de lo que ingreso, ¿estaría siendo austero?

CORRUPCIÓN

En Reino Unido hubo otro ejemplo del efecto del estado de bienestar sobre nuestra honradez intelectual. En 2004 había 2,5 millones de personas que recibían ayudas públicas porque supuestamente estaban demasiado enfermas para trabajar. El estado de bienestar había dado lugar a más inválidos que la Primera Guerra Mundial. ¿Cómo había logrado esta notable hazaña?

La respuesta es la corrupción. No me refiero al tipo de corrupción en la que se entrega dinero por debajo la mesa, sino a algo mucho peor. (En una situación económica excesivamente regulada, la corrupción de ese tipo puede incluso incrementar la eficiencia). Me refiero a la corrupción del alma, por así decirlo.

Alrededor del 70% de las personas que consideraban que estaban demasiado enfermas para trabajar en 2004 en realidad no tenían ninguna enfermedad. Cuando preguntaba a algunos de mis pacientes que recibían ayudas cuál era su enfermedad, ni siquiera comprendían la pregunta; uno incluso respondió que su enfermedad era el certificado que acreditaba que estaba enfermo, expresando así inconscientemente una verdad. En aquel momento el Gobierno deseaba fervientemente que la gente pensara que había resuelto el problema del paro y, por supuesto, los enfermos no eran desempleados. Por tanto, una transferencia de la categoría de desempleados a la de enfermos era buena para la propaganda electoral (algo que, por cierto, la prensa francesa se tragó en su totalidad).

Los desempleados, por su parte, estaban encantados, porque la prestación por enfermedad era algo mayor que la de desempleo. Por un curioso capricho de la psicología humana, los que fueron transferidos a la prestación por enfermedad empezaron a sentirse realmente mal: si le pagas a un hombre por sentirse mal, comenzará a sentirse mal, especialmente si no quiere considerarse un fraude.

Finalmente, los médicos estuvieron dispuestos en masa a certificar que las personas estaban enfermas aunque sabían perfectamente que no lo estaban. Hicieron esto para evitar problemas o escenas desagradables. La única vez que un paciente (llamémoslo el señor A) presentó una protestó contra mí fue porque me negué a firmarle una baja. El señor A se quejó de mí a los gerentes del hospital, estos me pidieron explicaciones y yo escribí lo siguiente: «El señor A es un borracho que pega a su esposa y no voy a firmarle ningún papel». No volví a tener noticias del señor A, pero estoy convencido de que otro médico le dio su certificado. Después de todo, las personas dependientes son emprendedoras a su manera y, al fin y al cabo, ¿beber demasiado y pegar a la esposa no es una enfermedad?

Así que había tres clases de personas corruptas, una de ellas (no la política) una profesión que antes era distinguida. Esto me lleva a mi conclusión: que mi objeción al estado de bienestar tal como se practica en Reino Unido no es que sea económicamente insostenible, aunque podría serlo, sino que ha ejercido y todavía ejerce un efecto profundamente corruptor sobre la personalidad humana.

Theodore Dalrymple es psiquiatra, articulista y escritor.

EL ESTADO DEL BIENESTAR ES EL PROBLEMA (THE STATE OF WELFARE IS THE PROBLEM)

inmigracion

Si en un club privado, exclusivo o de andar por casa, pasara lo que pasa en un país, en un Estado del Bienestar, sus empleados se irían a la calle rápidamente, pero el Estado del Bienestar no es un club privado, es una falacia per se.

Escrito por José Luis Montesinos 

Imaginemos un club de campo, en el que sus miembros pueden disfrutar de unas magníficas instalaciones que incluyen piscina al aire libre para el verano y climatizada en invierno, campo de golf, gimnasio, spa, eventos deportivos y servicio de restaurante, entre otras exclusivas ofertas de ocio. Uno de esos que salen en las películas, con gente muy rica y mucho pijerío. La entrada cuesta un potosí y no digamos la membresía. Cuesta creer que los miembros del club acepten nuevos miembros sin pasar ningún filtro. Los accesos están controlados, hay vallas y cancelas, equipo de seguridad, a veces perros. Se hacen una idea.

Esto es lo que prometen los promotores y mantenedores del Estado del Bienestar. Un club exclusivo con servicios exclusivos y, desde luego que sí, a un precio desorbitado, para mantener la exclusividad. Sin embargo, a la hora de la verdad, dejan entrar a cualquiera, otorgándoles el mismo estatus de miembro, o incluso en ocasiones mejores servicios, a los nuevos recién llegados al club que no han pagado la membresía. Evidentemente, muchos miembros del club del Estado del Bienestar, que llevan años empeñando la mitad de su sueldo en la cuota protestan y se enfadan. Son los empleados de la institución los que, pese a vivir del sueldo que pagan los miembros, se pasan por el arco del triunfo sus reclamaciones y deciden prestar los servicios a quien a ellos les interesa.

Si en un club privado, exclusivo o de andar por casa, pasara lo que pasa en un país, en un Estado del Bienestar, sus empleados se irían a la calle rápidamente, pero el Estado del Bienestar no es un club privado, es una falacia per se.

Muchos españoles (y europeos) que se han tragado la mentira, reclaman que el club es suyo y que no puede entrar nadie a quien ellos no aprueben. Los empleados del club, que obtienen el apoyo, incluso violento, de esos a los que subsidian con el dinero de los socios con pedigrí, prefieren seguir subsidiando. La realidad es que el Estado del Bienestar no es ningún club. No tiene socios. No se basa en la propiedad privada.

¿Qué nos queda? Repetir una y mil veces la gran mentira que supone eso de que la voluntad de unos gobernantes que se presuponen ungidos por las urnas es capaz de traer la felicidad a sus ciudadanos. Repetir que es falso y argumentar que lo es. Nos queda defender lo que la Libertad ha conseguido de forma mucho más eficaz que los políticos, que cualquiera puede y debe ser bienvenido a sumar mientras respete a los demás, mientras sea libre y permita que los demás lo sean y que es en realidad es club quimérico e ilusorio el que crea los problemas que venía a resolver. Sin sanidad y educación falsamente gratuitas, sin trabas al emprendimiento, ni licencias, ni cuota de autónomos, ni impuestos abusivos, cualquier recién llegado puede empezar a ganarse la vida en las mismas condiciones que los que estamos aquí de siempre.

Todo en el Estado del Bienestar es mentira. Todos y cada uno de nosotros nos ganamos el bienestar a pesar del Estado. Y con la inmigración, como en cualquier otro asunto, el problema nace de su existencia y sus pretendidas soluciones. No de las personas que huyen del hambre.

Ciudadanos malcriados a la sombra del Poder

«Como bebés chapoteando en un líquido amniótico embriagador, las personas eligen y consumen por instinto, ignorantes de todos las herramientas y recursos destinados a generar esas mismas elecciones»

Por  Eduardo Fort  en Disidentia

En un capítulo épico de The Simpsons, quizá la serie que mejor analiza la sociedad occidental contemporánea, dos extraterrestres que simulan ser Bill Clinton y Bob Dole(candidatos presidenciales en las elecciones de 1996) debaten sobre los humanos durante una manifestación pro-aborto y afirman: “Esto es muy sencillo. Banderitas estadounidenses para algunos, aborto para otros”. Ante la sonrisa siniestra de los visitantes del espacio exterior, los ciudadanos aparecen reflejados como niños malcriados a quienes hay que satisfacer.

otto_fc3bcrst_von_bismarck-1La segunda mitad del siglo XX marcó el establecimiento definitivo del Estado de Bienestar en la mayoría de los países desarrollados. Este avance, que nació como un sistema dirigido a paliar las desventajas del mercado capitalista así como alejar la amenaza comunista en los países occidentales, se convirtió pronto en un fetiche para casi todo el arco del espectro político. Sin entrar en detalles: con el paso del tiempo, este Frankenstein cuya existencia se remonta a los primeros bosquejos de la Seguridad Social implementada por el mariscal Otto von Bismarck (1815-1898) durante su mandato como primer canciller del Reich Alemán (1871-1890) degeneró en una especie de gigante dadivoso y deficitario que debe, por fuerza, cumplir los deseos de todos los ciudadanos.

¿Suena exagerado? No lo es y convendría no creer que lo sea. Los habitantes de la posmodernidad, herederos involuntarios pero desagradecidos de décadas de luchas políticas y revoluciones, entienden al Estado como un ente distante y etéreo, que sólo cifra su existencia en la consagración de muchos derechos y casi ninguna obligación. No hay una conciencia de la ciudadanía como conjunto de voluntades aunadas en pos de un objetivo común: ya sea por la fuerza, a lo Hobbes, o por la conveniencia armónica, a lo Rousseau.

Los habitantes de las grandes ciudades, como las chicas de la clásica canción de Cyndi Lauper, sólo quieren divertirse. En el imperio de lo efímero y lo fugaz, donde no existe respeto por la Historia y la Tradición, el distanciamiento con el legado ideológico y político de nuestros antepasados, sea cual fuere, es total. A diferencia de lo ocurrido en siglos anteriores, no se asesina a presidentes, no hay movilizaciones sociales que sacudan los cimientos del sistema y la participación política es nula.

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Quizá aquí los honestos espíritus liberales se congratulen de la descripción, pero habría que detenerse a pensar.

El escenario queda planteado, entonces, de la forma más perversa posible. Los miembros de las sociedades contemporáneas suponen que el Estado debe ponerse a su servicio. Hasta aquí, bien. Pero no es tan sencilla ni diáfana la evolución posterior. Los resortes ocultos que realmente detentan el Poder (dicho esto sin ánimo alguno de enfoques conspiranoicos) optan por generar artificialmente esas mismas necesidades que los ciudadanos creen requerir. Conclusión: nos encontramos con falsos talismanes e ídolos de barro que concitan el interés de las multitudes. Esto, que puede sonar televisivo y limitado al marketing publicitario, tiene un trasfondo siniestro; se aplica tanto a un kilo de arroz cuanto a un automóvil último modelo o al candidato presidencial de moda. No es casualidad que asistamos al boom de los asesores de imagen y los consultores de comunicación. Se votan rostros, vestuarios, maquillajes y estilos estéticos.

¿Y qué sucede con los ciudadanos? Como bebés chapoteando en un líquido amniótico embriagador, las personas eligen y consumen por instinto, ignorantes (en la inmensa mayoría de los casos) de todos las herramientas y recursos destinados a generar esas mismas elecciones. Citando al pionero de la publicidad Edward Bernays (1891-1995), se activan pretensiones que no existían y se inventan consumos jamás imaginados. Legiones de especialistas analizan los aspectos más diversos del (permítaseme la licencia poética) alma humana: se utilizan colores, sonidos, sabores y texturas para atraer al gran público.

¿Cuáles son las consecuencias? Es fácil imaginarlas. Mientras los ciudadanos dedican su tiempo al disfrute vacío y a la persecución vana de necesidades irrelevantes, quienes realmente reparten los naipes de la baraja se frotan las manos y pueden dar rienda suelta a sus más complejos diseños políticos. Como muestra, basta un botón: cualquiera puede advertir que las grandes multinacionales diseñan, merced a sus múltiples tentáculos, los productos necesarios para satisfacer a todos los paladares del mundo.

Con estas piezas sobre el tablero, es imperioso no caer en la tentación totalitaria (en términos de Jean François Revel): el sistema democrático que supimos (supieron) conseguir no tiene por qué terminar en el vertedero de la Historia, descartado sin más.

Jorge Luis Borges afirmó alguna vez, en una de sus clásicas boutades, que la democracia no es más que “un abuso de la estadística”. Es probable, pero, lamento decirlo, no hay a la vista otras reglas del juego más ecuánimes y satisfactorias. Aún corriendo el riesgo de parecer “antisistema”, superados los totalitarismos de corte fascista y comunista, impensables en la mayoría de los países del mundo las intervenciones militares sanguinarias que marcaron a fuego el siglo XX, es hora de criticar y repensar la forma y el fondo del “peor sistema político, exceptuando a todos los demás”, en palabras de Winston Churchill.

Los refugiados y el Estado del Bienestar europeo.

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La gente y los medios quieren el bienestar y la seguridad que dan el capitalismo y la democracia liberal pero luego los denuestan y los odian. Se quiere acoger indiscriminadamente a todos refugiados, pero nadie se plantea el coste.

Más de tres años y 250.000 muertos después, y gracias a una fotografía dramática, la gente parece que se da cuenta de que en Siria está ocurriendo una carnicería.

¿No sabía la gente que en Siria había una guerra? Supongo que sí, lo que pasa es que vivimos en un mundo de imágenes, de sentimentalismo y de eslóganes. La racionalidad y la objetividad son rarezas, extravagancias, economicismos…

Ahora parece que se deben de abrir, o más bien eliminar, las fronteras y admitir de forma indiscriminada a cualquier inmigrante (aka refugiado) y de recibirlos con los brazos abiertos. Es la manera de expiar una culpa colectiva que nos han adjudicado los medios y la izquierda.

Porque… ¿Qué culpa tenemos nosotros de lo que pasa en Siria? Es curioso que la izquierda que calló durante décadas ante el régimen criminal de Assad padre e hijo, ahora quiera cargarnos la culpa de la descomposición de Siria. Pero claro la dictadura de los Assad era “laica y progresista” y además aliada de la Unión Soviética, y ahora de la Rusia de Putin, y los “revolucionarios moderados” sirios en un principio estaban apoyados por USA.

¡¡Si a estas alturas todavía en los medios no se llaman dictadores a los hermanos Castro!! No puede sorprender que a Assad se le llame también presidente.

En el colmo de la merma he leido en tuiter que  la guerra de Siria la ha provocado USA, ¡Porque en Siria se han prohibido los transgénicos!

El problema de Siria es muy común en el Tercer Mundo. Países que gracias a los avances de la medicina, la higiene y a la mejora en la alimentación han bajado drásticamente la mortalidad, especialmente la infantil, provocando una explosión demográfica.

Pero a diferencia de lo que ocurrió en los países occidentales a finales del siglo XIX o principios del siglo XX, cuando esa explosión demográfica fue seguida de una industrialización, de un abandono de el dogmatismo religioso, de la progresiva creación de una clase media, de la familia nuclear (matrimonio mas dos hijos), de la incorporación de la mujer al mundo laboral y del uso generalizado de anticonceptivos, en muchos países del Tercer Mundo el crecimiento de la población no ha tenido en paralelo un proceso de industrialización,  capitalismo,  secularización de la religión y de incorporación de las mujeres al mundo laboral.

El resultado es la pobreza, la falta de trabajo para los jóvenes, y   gente viviendo abigarrada en grandes ciudades con entornos contaminados.

Toda esa mezcla explosiva puede conducir a la aparición de movimientos para acabar con la dictadura pero también de iluminados que prometen soluciones mágicas, y finalmente a la guerra.

En Siria antes de la guerra nacían 400.000 niños al año, mientras que las defunciones eran de 100.000 personas.

¡¡300.000 habitantes más cada año!! En un país de 22 millones de habitantes y absolutamente pobre. Eso es como si en España tuviésemos un crecimiento de la población de 600.000 personas todos los años, es decir el de los tiempos de la burbuja.

Pero volvamos a Europa. Sí, ¡Admitamos a 120.000 “refugiados”!

Y pongo refugiados entre comillas porque lo que veo en televisión son hombres jóvenes bien alimentados y mujeres con el pañuelo musulmán y con niños igualmente bien alimentados. Refugiados que están en Europa porque previamente han pagado su “pasaporte” a las mafias, refugiados con teléfono móvil y hablando inglés o dicho de otro modo refugiados de la clase media alta de Siria (los pobres no pueden permitirse el lujo de pagar 5.000 € por cabeza a los traficantes).

Y los demás ¿Qué? El resto de los sirios, las víctimas de otras guerras, de otros regímenes corruptos y criminales… ¿Esos no tienen derecho porque no ha salido una foto terrible en los medios?.

Lo que se ha producido es un gigantesco efecto llamada, aunque haya cretinos integrales que lo nieguen. ¡Alemania, Alemania! gritan los “refugiados”. ¿Por qué no se van a Arabia Saudita que está algunos miles de kilómetros más cerca y que también son musulmanes? Pues porque los saudíes han construido un muro de 1.000 Km. para “evitar la infiltración del ISIS”, pero que también frena entradas de inmigrantes, y sobre todo porque

en Arabia Saudita y en el resto de monarquías del Golfo Pérsico los inmigrantes literalmente no tienen ningún derecho. En cambio en la UE les ofrecemos todos los “derechos” del Estado del bienestar.

¿Qué creen que pensarán las demás personas que viven en países del Tercer Mundo en condiciones horrorosas y sin perspectiva de futuro? Pues ahora reflexionen que esas “demás personas” son ¡¡¡CIENTOS DE MILLONES!!!

Más tarde o temprano las fronteras de la UE tendrán que volver a levantarse y se tendrá que dar la razón a gobiernos como el de Hungría ahora denostados por ser de “extrema derecha”.

Es muy bonito ir a la estación a recibir a unos cientos de inmigrantes, pero cuando esos trenes se hagan una rutina, cuando las ciudades se saturen de inmigrantes sin trabajo y culturalmente desarraigados, cuando los presupuestos públicos empiecen a resentirse del gasto todo cambiará. De hecho ya están cambiando.

En serio, ¿Alguien se puede creer que esta emigración masiva no está consentida y/o propiciada por el régimen de Assad para presionar a Europa?

En serio, ¿Alguien se puede creer que no tiene nada que ver con el envío de tropas y armamento sofisticado de Rusia para defender a Assad?

Y ¿Cual es la solución? El problema, como en muchos casos, es que no hay una solución rápida y de cuento de hadas como quiere la gente y los medios.

La gente y los medios quieren el bienestar y la seguridad que dan el capitalismo y la democracia liberal pero luego los denuestan y los odian. Se quiere acoger indiscriminadamente a todos refugiados, pero nadie se plantea el coste.

La solución sólo puede ser a largo plazo y sólo puede pasar por un proceso similar al que tuvimos en occidente en los países árabes y en los africanos.

Que nadie sueñe con implantar democracias liberales en países pobres y culturalmente antidemocráticos, y el islam es profundamente antidemocrático, por mucho que muchos tontos del culo lo nieguen.

Antidemocrático e intolerante.

Y que nadie sueñe en un desarrollo económico sin capitalismo

Pero la gente sigue pidiendo, o más bien exigiendo, soluciones rápidas, sin coste, sin cambios culturales y como esas soluciones no existen pues toca buscar culpables: gobiernos de “extrema derecha”, capitalismo salvaje, neoliberalismo deshumanizador, multinacionales sin escrúpulos, poderes financieros ocultos.

Incluso se oyen muchas voces diciendo que es mejor mantener a criminales psicópatas como Sadam Hussein, Gadafi o el mismo Asad que intentar aventuras democráticas que pueden acabar en victoria islamista en las urnas (Egipto) o con conflictos interminables entre sectas del Islam (Irak) o en Estados fallidos (Libia).

Es tanto como justificar a Franco diciendo que consiguió la creación de una clase media en España. Lo que pasa es que no parece que las tiranías de esos países lleven el mismo camino que el franquismo.

De momento en lo que va de año 680.000 personas han entrado en Europa ilegalmente o bajo la denominación de refugiado. Hay quien dice que no son muchos, total el 0,14 % de la población de la UE. Pero luego el mismo Martin Schulz dice que para afrontar el gasto que supondrán los refugiados habrá que “flexibilizar los objetivos de déficit”. Vamos que no hay dinero.

Insisto 680.000 inmigrantes en lo que va de año pueden parecer pocos, pero detrás de ellos hay otras decenas de millones de personas que pueden creer que su futuro está en el Estado del bienestar europeo.

Yo sigo pensando que, o llevamos la Civilización Occidental al Tercer Mundo, o el Tercer Mundo llegará a Europa, de hecho está llegando.