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PASAJES DE LA HISTORIA: ROSALIA DE CASTRO.

 

El relato de Juan Antonio Cebrián nos presenta la historia de Rosalía de Castro. (AUDIO, PINCHAR EN IMAGEN).

EDGAR ALLAN POE – «EL HOMBRE DE NEGOCIOS».

Aquí tenemos otro relato del gran Edgar de los de su colección de «Cuentos humorísticos» o «Relatos humorísticos», en fin, los relatos que no son los que mas conocemos, vaya. Otro de los que van en la linea de «El Angel de lo extraño» y demás.

Una vez mas, es humor pero….un humor….en fin, si, esto es….un hombre de negocios, unos negocios, una forma de hacer negocios…

Bueno, el protagonista, emprededor, lo que es emprendedor….¡¡lo es!! y en cuanto a imaginación…..¡¡¡voto al diablo!!!.

Ahora bien, los resultados…………

Otra magnífica «flipada» de Mr. Allan Poe para hacernos «flipar».

Y la verdad…..casi que no, como que si la cosa es así….pues a mi….hacerme «hombre de negocios»………

 

“El método es el alma de los negocios.” (proverbio antiguo)

Yo soy un hombre de negocios. Soy un hombre metódico. Después de todo, el método es la clave. Pero no hay gente a la que desprecie más de corazón que a esos estúpidos excéntricos, que no hacen más que hablar acerca del método sin entenderlo; ateniéndose exclusivamente a la letra y violando su espíritu. Estos individuos siempre están haciendo las cosas más insospechadas de lo que ellos llaman la forma más ordenada.

Ahora bien, en esto, en mi opinión, existe una clara paradoja. El verdadero método se refiere exclusivamente a lo normal y lo obvio, y no se puede aplicar a lo outré. ¿Qué idea concreta puede aplicarse a expresiones tales como “un metódico Jack o’Dandy”, o “un Will o’the Wisp”?

Mis ideas en torno a este asunto podrían no haber sido tan claras, de no haber sido por un afortunado accidente, que tuve cuando era muy pequeño. Una bondadosa ama irlandesa (a la que recordaré en mi testamento) me agarró por los talones un día que estaba haciendo más ruido del necesario, y dándome dos o tres vueltas por el aire, y diciendo pestes de mí, llamándome “mocoso chillón”, golpeó mi cabeza contra el pie de la cama. Esto, como digo, decidió mi destino y mi gran fortuna.

Inmediatamente me salió un chichón en el sincipucio, que resultó ser un órgano ordenador de los más bonitos que pueda uno ver en parte alguna. A esto debo mi definitiva apetencia por el sistema y la regularidad que me han hecho el distinguido hombre de negocios que soy.

Si hay algo en el mundo que yo odie, ese algo son los genios. Los genios son todos unos asnos declarados, cuanto más geniales, más asnos, y esta es una regla para la que no existe ninguna excepción. Especialmente no se puede hacer de un genio un hombre de negocios, al igual que no se puede sacar dinero de un Judío, ni las mejores nueces moscadas, de los nudos de un pino.

Esas criaturas siempre salen por la tangente, dedicándose a algún fantasioso ejercicio de ridícula especulación, totalmente alejado de la “adecuación de las cosas” y carente de todo lo que pueda ser considerado como nada en absoluto. Por tanto, puede uno identificarse a estos individuos por la naturaleza del trabajo al que se dedica. Si alguna vez ve usted a un hombre que se dedica al comercio o a la manufactura, o al comercio de algodón y tabaco, o a cualquiera otra de esas empresas excéntricas, o que se hace negociante de frutos secos, o fabricante de jabón, o algo por el estilo, o que dice ser un abogado, o un herrero, o un médico, cualquier cosa que se salga de lo corriente, puede usted clasificarle inmediatamente como un genio, y, en consecuencia, de acuerdo con la regla de tres, es un asno.

Yo, en cambio, no soy bajo ningún aspecto un genio, sino simplemente un hombre de negocios normal. Mi agenda y mis libros se lo demostrarán inmediatamente. Están bien hechos, aunque esté mal que yo lo diga, y en mis hábitos de precisión y puntualidad jamás he sido vencido por el reloj. Lo que es más, mis ocupaciones siempre han sido organizadas para adecuarlas a los hábitos normales de mis compañeros de raza. No es que me sienta en absoluto en deuda en este sentido con mis padres, que eran extraordinariamente tontos, y que, sin duda alguna, me hubieran convertido en un genio total si mi ángel de la guarda no hubiera llegado a tiempo para rescatarme. En las biografías, la verdad es el todo, y en las autobiografías, mucho más aún, y, no obstante, tengo poca esperanza de ser creído al afirmar, no importa cuan seriamente, que mi padre me metió, cuando tenía aproximadamente quince años de edad, en la contaduría de lo que él llamaba “un respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”. ¡Una magnífica basura! No obstante, como consecuencia de su insensatez, a los dos o tres días me tuvieron que devolver a casa a reunirme con los cabezas huecas de mi familia, aquejado de una gran fiebre, y con un dolor extremadamente violento y peligroso en el sincipucio, alrededor de mi órgano de orden. Mi caso era de gran gravedad, estuve al borde de la muerte durante seis semanas, los médicos me desahuciaron y todas esas cosas. Pero, aunque sufrí mucho, en general era que me sentía agradecido a mi suerte. Me había salvado de ser un “respetable comerciante de ferretería y a comisión, que tenía un magnífico negocio”, y me sentía agradecido a la protuberancia que había sido la causa de mi salvación, así como también a aquella bondadosa mujer, que había puesto a mi alcance la citada causa.

La mayor parte de los muchachos se escapan de sus casas a los diez o doce años de edad, pero yo esperé hasta tener dieciséis.

No sé si me hubiera ido entonces de no haber sido porque oí a mi madre hablar de lanzarme a vivir por mi cuenta con el negocio de las legumbres, ¡De las legumbres! ¡Imagínense ustedes! A raíz de eso decidí marcharme e intentar establecerme con algún trabajo decente, sin tener que seguir bailando con arreglo a los caprichos de aquellos viejos excéntricos, arriesgándome a que me convirtieran finalmente en un genio. En esto tuve un éxito total al primer intento, y cuando tenía dieciocho años cumplidos tenía ya un trabajo amplio y rentable en el sector de Anunciadores ambulantes de Sastres.

Fui capaz de cumplir con las duras labores de esta profesión tan sólo gracias a esa rígida adherencia a un sistema qué era la principal peculiaridad de mi persona. Mis actos se caracterizaban, al igual que mis cuentas, por su escrupuloso método. En mi caso, era el método, y no el dinero el que hacía al hombre: al menos,, aquella parte que no había sido confeccionada por el sastre al que yo servía.

Cada mañana, a las nueve, me presentaba ante aquel individuo para que me suministrara las ropas del día. A las diez estaba ya en algún paseo de moda o en algún otro lugar, dedicado al entretenimiento del público. La perfecta regularidad con la que hacía girar mi hermosa persona, con el fin de poner a la vista hasta el más mínimo detalle del traje que llevaba puesto, producía la admiración de todas las personas iniciadas en aquel negocio.

Nunca pasaba un mediodía sin que yo hubiera conseguido un cliente para mis patronos, los señores Cut y Comeagain.1 Digo esto con orgullo, pero con lágrimas en los ojos, ya que aquella empresa resultó ser de una ingratitud que rayaba en la vileza. La pequeña cuenta acerca de la que discutimos, y por la que finalmente nos separamos, no puede ser considerada en ninguno de sus puntos como exagerada por cualquier caballero que esté verdaderamente familiarizado con la naturaleza de este negocio. No obstante, acerca de esto siento cierto orgullo y satisfacción en permitir al lector que juzgue por sí mismo. Mi factura decía así: “Señores Cut y Comeagain, sastres, A Peter Proffit, anunciador ambulante.” 10 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer un cliente.

0,25 dólares 11 de julio Por pasear, como de costumbre, y por traer 0,25 dólares 1 Cut significa cortar, y Comeagain, vuelva otra vez. (N del T.) un cliente.

12 de julio Por una mentira, segunda clase; una tela negra estropeada, vendida como verde invisible.

0,25 dólares 13 de julio Por una mentira, primera clase, calidad y tamaño extra; recomendar satinete como si fuera paño fino.

0,75 dólares 20 de julio Por la compra de un cuello de camisa de papel nuevo o pechera, para resaltar el Petersham gris.

2 centavos 15 de agosto Por usar una levita de cola corta, con doble forro (temperatura 76 F. a la sombra).

0,25 dólares 16 de agosto Por mantenerse sobre una sola pierna durante tres horas para exhibir pantalones con trabilla, de nuevo esti- 037 ½ dólares lo, a 12 centavos y medio por pierna por hora.

17 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre gordo) 0,50 dólares 18 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (tamaño mediano) 0,50 dólares 19 de agosto Por pasear, como de costumbre, y por un gran cliente (hombre pequeño y mal pagador).

6 centavos 2,96 ½ dólares La causa fundamental de la disputa producida por esta factura fue el muy moderado precio de dos centavos por la pechera. Palabra de honor que éste no era un precio exagerado por esa pechera. Era una de las más limpias y bonitas que jamás he visto, y tengo buenas razones para pensar que fue la causante de la venta de tres Petershams. El socio más antiguo de la firma, no obstante, quería darme tan sólo un penique, y decidió demostrar cómo se pueden sacar cuatro artículos tales del mismo tamaño de un pliego de papel ministro. Pero es innecesario decir que para mí aquello era una cuestión de principios.

Los negocios son los negocios, y deben ser hechos a la manera de los negociantes.

No existía ningún sistema que hiciera posible el escatimarme a mí un penique —un fraude flagrante de un cincuenta por ciento—. Absolutamente ningún método. Abandoné inmediatamente mi trabajo al servicio de los señores Cut y Comeagain, afincándome por mi cuenta en el sector de Lo Ofensivo para la Vista, una de las ocupaciones más lucrativas, res—; potables e independientes de entre las normales.

Mi estricta integridad, mi economía y mis rigurosos hábitos de negociante entraron de nuevo en juego. Me encontré a la cabeza de un comercio floreciente, y pronto me convertí en un hombre distinguido en el terreno del “Cambio”. La verdad sea dicha, jamás me metí en asuntos llamativos, me limité a la buena, vieja y sobria rutina de la profesión, profesión en la que, sin duda, hubiera permanecido de no haber sido por un pequeño accidente, que me ocurrió llevando a cabo una de las operaciones normales en la dicha profesión. Siempre que a una vieja momia, o a un heredero pródigo, o a una corporación en bancarrota, se les mete en la cabeza construir un palacio, no hay nada en el mundo que pueda disuadirles, y esto es un hecho conocido por todas las personas inteligentes.

Este hecho es en realidad la base del negocio de lo Ofensivo para la Vista. Por lo tanto, en el momento en que un proyecto de construcción está razonablemente en marcha, financiado por alguno de estos individuos, nosotros los comerciantes nos hacemos con algún pequeño rinconcillo del solar elegido, o con algún punto que esté Justo al lado o inmediatamente delante de éste. Una vez hecho esto, esperamos hasta que el palacio está a medio construir, y entonces pagamos a algún arquitecto de buen gusto para que nos construya una choza ornamental de barro, justo al lado, o una pagoda estilo sureste, o estilo holandés, o una cochiquera, o cualquier otro ingenioso juego de la imaginación, ya sea Esquimal, Kickapoo u Hotentote. Por supuesto, no podemos permitirnos derribar estas estructuras si no es por una prima superior al 500 por ciento del precio del costo de nuestro solar y nuestros materiales. ¿No es así? Pregunto yo.

Se lo pregunto a todos los hombres de negocios.

Sería irracional el suponer que podemos.

Y, a pesar de todo, hubo una descarada corporación que me pidió precisamente eso, precisamente eso. Por supuesto que no respondí a su absurda propuesta, pero me sentí en el deber de ir aquella noche y cubrir todo su palacio de negro de humo. Por hacer esto, aquellos villanos insensatos me metieron en la cárcel, y los caballeros del sector de lo Ofensivo para la Vista se vieron obligados a darme de lado cuando salí libre.

El negocio del Asalto con Agresión a que me vi obligado a recurrir para ganarme la vida resultaba» en cierto modo, poco adecuado para mi delicada constitución, pero me dediqué a él con gran entusiasmo, y encontré en él, como en otras ocasiones, el premio a la metódica seriedad y a la precisión de mis hábitos, que había sido fijada a golpes en mi cabeza por aquella deliciosa ama. Sería, desde luego, el más vil de los humanos si no la recordara en mi testamento. Observando, como ya he dicho, el más estricto de los sistemas en todos mis asuntos, y llevando mis libros con gran precisión, fue como conseguí superar muchas dificultades, estableciéndome por fin muy decentemente en mi profesión.

La verdad sea dicha, pocos individuos establecieron un negocio en cualquier rama mejor montado que el mío. Transcribiré aquí una o dos páginas de mi Agenda, y así me ahorraré la necesidad de la autoalabanza, que es una práctica despreciable, a la cual no se rebajará ningún hombre de altas miras. Ahora bien, la agenda es algo que no miente.

1 de enero. Año Nuevo. Me encontré con Snap en la calle; estaba piripi. Memo; él me servirá. Poco después me encontré a Gruff, más borracho que una cuba. Memo; también me servirá. Metí la ficha de estos dos caballeros en mi archivo, y abrí una cuenta corriente con cada uno de ellos.

2 de enero. Vi a Snap en la Bolsa; fui hasta él y le pisé un pie. Me dio un puñetazo y me derribó. ¡Espléndido! Volví a levantarme.

Tuve alguna pequeña dificultad con Bag, mi abogado. Quiero que pida por daños y perjuicios un millón, pero él dice que por un incidente tan trivial no podemos pedir más de quinientos. Memo. Tengo que prescindir de Bag, no tiene ningún sistema.

3 de enero. Fui al teatro a buscar a Gruff.

Le vi sentado en un palco lateral del tercer piso, entre una dama gruesa y otra delgada.

Estuve observando al grupo con unos gemelos hasta que vi a la dama gruesa sonrojarse y susurrarle algo a G. Fui entonces hasta su palco y puse mi nariz al alcance de su mano.

No me tiró de ella, no hubo nada que hacer.

Me la limpié cuidadosamente y volví a intentarlo; nada. Entonces me senté y le hice guiaos a la dama delgada, y entonces tuve la gran satisfacción de sentir que él me levantaba por la piel del pescuezo, arrojándome al patio de butacas. Cuello dislocado y la pierna derecha magníficamente rota. Me fui a casa enormemente animado; bebí una botella de champaña, apunté una petición de cinco mil contra aquel joven. Bag dice que está bien.

15 de febrero. Llegamos a un compromiso en el caso del señor Snap. Cantidad ingresada —50 centavos— por verse.

16 de febrero. Derrotado por el villano de Gruff, que me hizo un regalo de cinco dólares.

Costo del traje, cuatro dólares y 25 centavos.

Ganancia neta —véanse libros—, 75 centavos”.

Como pueden ver, existe una clara ganancia en el transcurso de un breve período de tiempo de nada menos que un dólar y 25 centavos, y esto tan sólo en los casos de Snap y Gruff, y juro solemnemente al lector que estos extractos han sido tomados al azar de mi agenda.

No obstante, es un viejo proverbio, y perfectamente cierto, que el dinero no es nada en comparación con la buena salud. Las exigencias de la profesión me parecieron un tanto excesivas para mi delicado estado de salud, y una vez que finalmente descubrí que estaba totalmente deformado por los golpes, hasta el punto que no sabía muy bien qué hacer y que mis amigos eran incapaces de reconocerme como Peter Proffit cuando me cruzaba con ellos por la calle, se me ocurrió que lo mejor que podría hacer sería alterar la orientación de mis actividades. En consecuencia, dediqué mi atención a las Salpicaduras de Lodo, y estuve dedicado a ello durante algunos años.

Lo peor de esta ocupación es que hay demasiada gente que se siente atraída por ella, y en consecuencia, la competencia resulta excesiva. Todos aquellos individuos ignorantes que descubren que carecen de cerebro como para hacer carrera como hombreanuncio, o como pisaverde de la rama de lo Ofensivo para la Vista, o como un hombre de Asalto con Agresión, piensan, por supuesto, que su futuro está en las Salpicaduras de Lodo. Pero jamás pudo haber una idea más equivocada que la de pensar que no hace falta cerebro para dedicarse a salpicar de lodo. Especialmente no hay en este negocio nada que hacer si se carece de método. Por lo que a mí respecta, mi negocio era tan sólo al por menor, pero mis antiguos hábitos sistemáticos me hicieron progresar viento en popa. En primer lugar elegí mi cruce de calles con gran cuidado, y jamás utilicé un cepillo en ninguna otra parte de la ciudad que no fuera aquélla. También puse gran atención en tener un buen charco a mano, de tal forma que pudiera llegar a él en cuestión de un momento. Debido a esto, llegué a ser conocido como una persona de fiar; y esto, permítanme que se lo diga, es tener la mitad de la batalla ganada en este oficio. Jamás nadie que me echara una moneda atravesó mi cruce con una mancha en sus pantalones. Y ya que mis costumbres en este sentido eran bien conocidas, jamás tuve que enfrentarme a ninguna imposición. Caso de que esto hubiera ocurrido, me hubiera negado a tolerarlo. Jamás he intentado imponerme a nadie, y en consecuencia, no tolero que nadie haga el indio conmigo. Por supuesto, los fraudes de los bancos eran algo que yo no podía evitar.

Su suspensión me dejó en una situación prácticamente ruinosa. Estos, no obstante, no son individuos, sino corporaciones, y como todo el mundo sabe, las corporaciones no tienen ni cuerpo que patear ni alma que maldecir.

Estaba yo ganando dinero con este negocio cuando en un mal momento me vi inducido a fusionarme con los Viles Difamadores, una profesión en cierto modo análoga, pero ni mucho menos igual de respetable. Mi puesto era sin duda excelente, ya que estaba localizado en un lugar céntrico y tenía unos magníficos cepillos y betún. Mi perrillo, además, estaba bastante gordo y puesto al día en todas las técnicas del olisqueo. Llevaba en el oficio mucho tiempo, y me atrevería a decir que lo comprendía. Nuestra rutina consistía en lo siguiente: Pompey, una vez que se había rebozado bien en el barro, se sentaba a la puerta de la tienda hasta que veía acercarse a un dandy de brillantes botas. Inmediatamente salía a recibirle y se frotaba un par de veces contra sus Wellingtons. Inmediatamente, el dandy se ponía a Jurar profusamente y a mirar a su alrededor en busca de un limpiabotas. Y allí estaba yo, bien a la vista, con mi betún y mis cepillos. Al cabo de un minuto de trabajo recibía mis seis peniques.

Esto funcionó moderadamente bien durante un cierto tiempo. De hecho, yo no era avaricioso, pero mi perro lo era. Yo le daba un tercio de los beneficios, pero él decidió insistir en que quería la mitad. Esto fui incapaz de tolerarlo, de modo que nos peleamos y nos separamos.

Después me dediqué algún tiempo a probar suerte con el Organillo, y puedo decir que se me dio bastante bien. Es un oficio simple y directo, y no requiere ninguna habilidad particular.

Se puede conseguir un organillo a cambio de una simple canción, y para ponerlo al día no hay más que abrir la maquinaria y darle dos o tres golpes secos con un martillo.

Esto produce una mejora en el aparato, de cara al negocio, como no se pueden ustedes imaginar. Una vez hecho esto, no hay más que pasear con el organillo al hombro hasta ver madera fina en la calle y un llamador envuelto en ante. Entonces uno se detiene y se pone a dar vueltas a la manivela, procurando dar la impresión de que está uno dispuesto a seguir haciéndolo hasta el día del juicio. Al cabo de un rato se abre una ventana desde donde arrojan seis peniques junto con la solicitud “cállese y siga su camino”, etc., etc. Yo soy consciente de que algunos organilleros se han permitido el lujo de “seguir su camino” a cambio de esta suma, pero por lo que a mí respecta, yo consideraba que la inversión inicial de capital necesaria había sido excesiva como para permitirme el “seguir mi camino” por menos de un chelín.

Con esta ocupación gané bastante, pero por algún motivo no me sentía del todo satisfecho, así que finalmente la abandoné. La verdad es que trabajaba con la desventaja de carecer de un mono, y además las calles americanas están tan embarradas y la muchedumbre democrática es muy molesta y está repleta de niños traviesos.

Estuve entonces sin trabajo durante algunos meses, pero finalmente conseguí, gracias al gran interés que puse en ello, procurarme un puesto en el negocio del Correo Fingido. El trabajo aquí es sencillo y no del todo improductivo.

Por ejemplo: muy de madrugada yo tema que hacer mi paquete de falsas cartas.

En el interior de cada una de éstas tema que garrapatear unas cuantas líneas acerca de cualquier tema que me pareciera lo suficientemente misterioso, y firmar todas estas epístolas como Tom Dobson, o Bobby Tompkins, o algo por el estilo. Una vez dobladas y cerradas todas, y selladas con un falso matasellos de Nueva Orleáns, Bengala, Botany Bay o cualquier otro lugar muy alejado, recorría mí ruta diaria como si tuviera mucha prisa.

Siempre me presentaba en las casas grandes para entregar las cartas y solicitar el pago del sello. Nadie duda en pagar por una carta, especialmente por una doble; la gente es muy tonta y no me costaba nada doblar la esquina antes de que tuvieran tiempo de abrir las epístolas. Lo peor de esta profesión era que tenía que andar tanto y tan deprisa, y que tenía que variar mi ruta tan frecuentemente.

Además, tenía escrúpulos de conciencia.

No puedo aguantar el ver abusar de individuos inocentes, y el entusiasmo con el que toda la ciudad se dedicó a maldecir a Tom Dobson y a Bobby Tompkins era realmente alga horrible de oír. Me lavé las manos de aquel asunto con gran repugnancia.

Mi octava y última especulación ha sido en el terreno de la Cría de Gatos. He encontrado este negocio extraordinariamente agradable y lucrativo, y prácticamente carente de problemas.

Como todo el mundo sabe, el país está infectado de gatos; tanto es así, que recientemente se presentó ante el legislativo, en su última y memorable sesión, una petición para que el problema se resolviera, repleta de numerosas y respetables firmas. La asamblea en aquellos tiempos estaba desusadamente bien informada, y habiendo aceptado otros muchos sabios y sanos proyectos, coronó su actuación con el Acta de los Gatos. En su forma original, esta ley ofrecía una prima por la presentación de “cabezas” de gato (cuatro peniques la pieza), pero el Senado consiguió enmendar la cláusula principal sustituyendo la palabra “cabezas” por “colas”. Esta enmienda era tan evidentemente adecuada que la totalidad de la Cámara la aceptó me, con.

En cuanto el gobernador hubo firmado la ley, invertí la totalidad de mi dinero en la compra de Gatos y Gatas. Al principio sólo podía permitirme el alimentarles con ratones (que resultan baratos), pero aun así cumplieron con la Ordenanza Bíblica a un ritmo tan maravilloso que finalmente consideré que la mejor línea de actuación sería la de la generosidad, de modo que regalé sus paladares con ostras y tortuga. Sus colas, según el precio establecido, me producen ahora unos buenos ingresos, ya que he descubierto un método por medio del cual, gracias al aceite de Macassar, puedo conseguir tres cosechas al año. También me encanta observar que los animales se acostumbran rápidamente a la cosa y acaban prefiriendo el tener el tal apéndice cortado que no tenerlo. Me considero, por lo tanto, realizado y estoy intentando conseguir una residencia en el Hudson.

EL ARTE DE LAS PUTAS por NICOLAS FERNANDEZ DE MORATÍN.

 

Siguiendo con el amigo Moratín, aquí tenemos, nada mas y nada menos que un ejemplo de literatura erótica (y la verdad es que te partes la caja), este poema que estuvo circulando en su época de forma clandestina y que tardó mucho en publicarse.

Cosas de la España del siglo XVIII y la lamentablemente famosa Inquisición.

Se compuso a principios de la década de 1770, no se publicó en vida del autor sino más de un siglo después de su creación, recién en 1898, debido a la férrea censura que impuso laInquisición española, que lo incluyó como libro prohibido en la edición de 1790 del Index Librorum Prohibitorum.1 2 Ello no se convirtió en óbice para que los círculos literarios de la época lo elogiasen y esto demuestra además que, con picardía, uno puede saltarse todo tipo de estupidas censuras.

Se trata, de un anecdotario que relata las peripecias de las trabajadoras de la noche de un pujante Madrid borbónico.

Y repito, TE PARTES LA CAJA.

Nada, nada, en vacaciones navideñas, nada mejor que la literatura, sobre todo si, como me ocurrió a mi este finde, el puñetero monitor del PC me da la tabarra.

Esto es un contubernio musulmano-sociata-nazional-separatista, estoy convencido .

NOTA: Son EXTRACTOS, pero si alguien quiere leer ABSOLUTAMENTE TODO vale con ir a la casa de pu…diiiigoooo, a «ca tio Google» (¿en que andaría yo pensando?) y poner el título. Es facil.

ARTE DE LAS PUTAS

AUTOR: Nicolás Fernández de Moratín (Madrid, 1737-1780).
Prólogo: Pilar Pedraza.
Ed. La Máscara (Malditos heterodoxos!). Valencia, 1999.

    HERMOSA Venus que el amor presides,
    y sus deleites y contentos mides,
    dando a tus hijos con abiertas manos
    en este mundo bienes soberanos: pues ves lo justo de mi noble intento
    déle a mi canto tu favor aliento,
    para que sepa el orbe con cuál arte las gentes deberán
    solicitarte, cuando entiendan que enseña la voz mía

    tan gran ciencia como es la putería.
    Y tú, Dorisa, que mi amor constante
    te dignaste escuchar, tal vez amante,
    atiende ahora en versos atrevidos
    cómo instruyo a los jóvenes perdidos,

    y escucha las lecciones muy galanas
    que doy a las famosas cortesanas.
    Mas ya advertido mi temor predice
    que al escuchar propuestas semejantes
    tu modesto candor se escandalice;
    pues no, Dorisa bella, no te espantes
    que no es como en el título parece, 
    en la sustancia esta obra abominable.

    […]

    A mi Musa también decir le agrada
    dónde hay la provisión más abundante. 
    La famosa bodega del Chocante 
    y otras muchas, están despatarrando 
    mil mozas con el néctar dulce y blando

    que da el manchego Baco a sus gaznates.
    La gran casa también es bien que trates 
    a quien Jácome Roque dio su nombre, 
    y entrando en ella no saldrás para hambre. 
    Los barrios del Barquillo y Leganitos,

    Lavapiés bajo y altas Maravillas 
    remiten a millares las chiquillas, 
    con achaque de limas y avellanas; 
    salado pasto a lujuriosas ganas. 
    También alrededor de los cuarteles

    rondan los putañeros más noveles 
    las putas mal pagadas de soldados, 
    pues en Madrid hay más de cien burdeles 
    por no haber uno sólo permitido 
    como en otras ciudades, que no pierden

    por eso; y tú, Madrid, nada perdieras, 
    antes menos escándalo así dieras. 
    Pero, ¿de qué me admiro que en serrallos 
    no se gaste el dinero, cuando ha habido 
    sujeto tan sabiondo que decía

    que para nada a la nación servía 
    la Academia Española? Yo a mi cuento 
    vuelvo, y no siento el haberme distraído. 
    Ni le pesará al chusco haber venido 
    debajo de la Real Panadería,

    donde chupando sin cesar cigarros 
    los soldados están de infantería: 
    verá allí a la Morilla, a la Mellada
    y ¡oh Juanita! serás también cantada 
    de mis versos; ¡qué chusca estabas antes

    de haber tantos virotes ablandado, 
    que te encajaron de asquerosas bubas 
    y en un portal baldada te han dejado! 
    A las chicas también que venden uvas 
    por las calles, embiste y logra caza

    de la Cebada en la espaciosa plaza, 
    al tiempo que ya vaya anocheciendo, 
    y allí como dos líos de colchones 
    dará sus grandes tetas la Ramona
    Tú también, Puerta y Puente Toledana,

    franquear soléis el paso a la Gitana
    y ella a los concurrentes su persona. 
    ¿Quién niega de burdel la gran corona 
    a la barranca fiel de Recoletos, 
    las Arcas y la Fuente Castellana?

    En el hoyo vi yo a la Perpiñana
    a vista del camino de Hortaleza 
    plantar nabos con tanta ligereza 
    que una tarde arrancó y plantó hasta ciento. 
    No dejarán tu miembro descontento

    las camaristas chicas del famoso 
    Paseo Verdegay de las Delicias 
    la RosuelaCaturria y Medio Coño 
    (llaman así una moza del trabajo, 
    y en verdad que aunque chico, él es entero),

    te harán venir el golpe a cuatro vientos. 
    Y si de andar te hallares con alientos, 
    el soto de Luzón a la Pelada 
    te ofrece junto a un árbol recostada. 
    No callaré tampoco los nocturnos

    pasatiempos que da también el Prado, 
    vi clérigos y frailes embozados 
    amolar la Vicenta y la Aguedilla 
    y por los granaderos maltratados. 
    Mas sólo con andar toda la Villa

    encontrarás remedio en los portales 
    desarrugando un poco tu resmilla. 
    Supongo que continuo armado sales 
    del condón, tu perenne compañero, 
    y así no ensuciarás los hospitales.

    La calle Angosta que frecuentes quiero, 
    con la Ancha a quien su nombre dio Bernardo, 
    ni en la de Fuencarral has de ser tardo, 
    o en la que al forastero hace notoria 
    de Jacome de Tezzo la memoria.

    Los vecinos que habitan la alta calle 
    que acuerda el lugarcillo de Hortaleza, 
    están hechos a hallar en sus zaguanes 
    cuatro patas a oscuras. Se tropieza 
    y se pasa tragando, callandito,

    envidia y miedo, de ambos un poquito. 
    De Jerónimo el Magno en la Carrera, 
    en la Puerta del Sol todas las noches, 
    y en la calle también de la Montera 
    al son de los chasquidos de los coches

    se enfalda la salada Calesera
    la basquiñuela, que al revés se pone 
    de miedo de emporcarla tantas veces, 
    la Rita, arrugando en mil dobleces 
    la mantilla y las sayas que hace almohadas,

    aquella a la cabeza, éstas al culo, 
    con la una mano y grande disimulo 
    te toma los testículos en peso 
    y al verte absorto, con el rabo tieso, 
    dirige a su bolsillo esotra mano

    y de raíz te arranca si no aprietas 
    con tus manos las suyas, y sus tetas. 
    Y en fin, todo Madrid al ser de noche 
    le da a un hombre de bien mil portaleras, 
    y aunque pobres, no gálicos infieras

    que albergan en sus ingles: más seguras 
    que las de rumbo son: éstas no tienen 
    de Holanda y de Cambray las blandas mudas; 
    con todos sus males a los ojos vienen 
    sin que oculte el engaño la limpieza,

    pues nada disimula su pobreza; 
    mas si ésta le fastidia a tus intentos, 
    oye a mi Musa nuevos documentos.

    […]

    PORQUE, según el género de caza, 
    dispone el cazador las prevenciones; 
    no echa a los fieros lobos los hurones, 
    ni dispara a las tímidas alondras

    con balas de cañón de artillería, 
    que aquello poco y mucho esto sería, 
    y así son menester astucias nuevas, 
    si a la Marcela o chusca Sinforosa 
    de tu amor quieres dar líquidas pruebas,

    o a la Isidra que ostenta vanidosa 
    por su cotilla aquel gran mar de tetas 
    donde la vista en su extensión se pierde 
    y mueve tempestad en las braguetas; 
    o si echar a perder un trigo verde

    quieres con la Torre, santificada 
    con el miembro del clérigo que espera 
    fruto de bendición, encarcelado 
    por esto y por hallarse lo guardado; 
    o si a la Coca o Paca la Cochera

    con tu virilidad atragantarlas 
    la garganta de abajo boca arriba; 
    o bien si de la Cándida muy seria 
    te quieres arrastrar por la barriga. 
    Vosotras, madre e hija, las Hueveras,

    en mi canto también seréis loadas, 
    y no menos vosotras, las Canteras
    la Roma, con morros abultados, 
    y el esponjoso empeine muy peludo 
    almohadón a los miembros ya cansados.

    Ni dejarán mis versos en silencio 
    la Antonia de ojos negros, que reciente 
    de mi amorosa herida aún se resiente; 
    ni a la Marina, ni callar yo quiero 
    la Alquiladora que estafó a Talongo,

    ni a ti, la escandalosa Policarpa
    que te hacen más lugar que a un aceitero. 
    No puedo menos de aplaudir, Carrasca
    el acorde vaivén de tu galope; 
    ningún miembro por grande se te atasca,

    ¡Oh Carrasca, blasón de las pobretas, 
    de grandes muslos y pequeñas tetas! 
    Ni serán de mis Musas, no, cantadas 
    la Teresa Mané que ha cuatro días 
    salió de Antón Martín de carenarse,

    la Felipa y majísima Nevera
    LuisaGiralda, y tú, Caracolera
    la Narcisa, célebre gitana, 
    la Carreterota, catalana. 
    También la Vinagrera que de gusto

    tanto tiempo sirvió a su señoría; 
    pero aunque el arte de la putería 
    no tuviera más bien que haberme dado 
    la Alejandra una noche en matrimonio, 
    que luego a la mañana fue anulado,

    eternamente yo lo celebrara. 
    ¡Qué empeine vi, qué pechos y qué cara! 
    Pero dejemos esto, que escribiendo 
    solamente, me estoy humedeciendo, 
    y ¡oh Pepita Guzmán! a ti me vuelvo.

    A cualquier fraile la flaqueza absuelvo 
    de ahorcar por ti los hábitos; disculpa 
    tienen los que por ti se estoquearon, 
    mas no de que los dos no se mataron. 
    Primero el astro que a la luz preside

    faltara al cielo, que mi verso olvide 
    ¡oh Belica! tu gracia y tu belleza; 
    miente la fama que a decir empieza 
    que es tu amor sabrosísimo homicida; 
    no es sino capaz de infundir vida.

    Las putas mienten con decir que matas, 
    Dios guarde al que bien sabe que es mentira. 
    Por desacreditarte y comer ellas 
    tal voz esparcen; mas tus carnes bellas, 
    el alto empeine y su penacho bello

    de negro pelo y tu mimado halago 
    embelesa al que logra merecello. 
    No lo logró el presbítero taimado 
    por más que hizo; rabió de envidia y celos, 
    te acusó de un delito impune en otras

    y por tu gran presencia, a la Galera 
    el baldón le mudó de horrible en fiera, 
    donde, aunque allí mil fueron sentenciados, 
    fueran muchos, mas pocos los forzados. 
    Bien sé yo, aunque eres puta, tus virtudes,

    que bien cabe virtud en una puta; 
    y así no querrás tú que haga injusticia 
    con mi silencio a la Poneta-y-Pona 
    que por treinta dineros a un viejo 
    le entretiene con blanda y dulce risa,

    con genio juguetón, chiste y gracejo, 
    que en esto se parece a mi Dorisa
    Mas ¿dónde, arrebatado, haciendo alarde 
    del batallón de Venus, me transporto? 
    ¿Cuál ingenio será que a tanto baste?

«SABER SIN ESTUDIAR» por NICOLAS FERNANDEZ DE MORATÍN.

 

Aunque esta me la se de memoria desde niño, es muy facil.

D. Nicolas Fernandez de Moratín, uno de los pocos escritores sobresalientes del neoclasicismo español. De esos tuvimos pocos, el siglo de oro fué el anterior, con el barroco, pero desgraciadamente, a la Ilustración se apuntaron pocos, fué también una caida en decadencía.

Y el problema es que esto si que es un mal endémico, ese localismo cazurresco de que «bah, eso es cosa de guiris» y encerrarnos en nosotros mismos, con el consiguiente retraso, es evidente.

El caso es que el poemita tiene su puntito de mala leche, jejejejejejeejejejeje.

SABER SIN ESTUDIAR

Por: Nicolas Fernandez de Moratín.

Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es» 
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho,
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho.

«LOS SANTOS DE FRANCIA» de JUAN VALERA

 

Haciendo una limpieza exahustiva por un armario empotrado de mi casa, en un altillo, encontré varias cosas de cuando iba al «cole», cosas que creia perdidas.

Y entre ellas, un libro, bastante hecho polvo por cierto, con pequeñas narraciones, extractos de obras, cuentos, etc., que se usaban sobre todo, para las clases de lectura y volvian a servir, posteriormente, para hacer análisis sintacticos en clase de gramática.

Y los hay cachondísimos, como este del escritor español del siglo XIX, JUAN VALERA, títulado «Los santos de Francia».

Jis jis jis, como puede cambiar una persona según viva en un ambiente u otro, n’ est ce pas?, aquí queda claro.

LOS SANTOS DE FRANCIA

Por: Juan Valera

En una de las mejores poblaciones de la Mancha vivía, no hace mucho tiempo, un rico labrador, muy chapado a la antigua, cristiano viejo, honrado y querido de todo el mundo. Su mujer, rolliza y saludable, fresca y lozana todavía, a pesar de sus cuarenta y pico de años, le había dado un hijo único, que era muy lindo muchacho, avispado y travieso.

Como este muchacho estaba mimadísimo por su padre y por su madre, era harto difícil hacer carrera con él. A pesar de su mucha inteligencia, a la edad de diez años, leía con dificultad y al escribir hacía unos garrapatos ininteligibles. Lo único que el chico sabía bien era la doctrina cristiana y querer y respetar al autor de sus días y a su señora mamá. El niño era tan gracioso y ocurrente, que tenía embobado a todo el vecindario. Cuantos le conocían le reían los chistes y ponían su ingenio por las nubes, con lo cual al rico labrador se le caía la baba de gusto.

-¡Qué lástima, decía, que este chico se críe cerril en el pueblo, sin hacer más que jugar al hoyuelo, a las chapas, al toro y al salto de la comba, con todos los pilletes! Si yo le enviase a un buen colegio, en una gran ciudad, sin duda que volvería hecho un pozo de ciencia, sería la gloria y el apoyo de mi vejez y serviría y honraría a su patria.

Tanto caviló en esto el labrador, que al fin, sobreponiéndose a la pena que le causaba el separarse de su hijo, le envió a que estudiase en París nada menos.

Seis años estuvo por allí estudiando en uno de los mejores colegios primero y después en la Sorbona.

Como él era, naturalmente, muy despejado, aprovechó mucho, y volvió a casa de sus padres sabiendo cuanto hay que saber, y además elegantísimo y atildadísimo: hecho un verdadero dije; lo que ahora llaman un dandy, un gomoso.

El padre y la madre estaban más encantados que nunca. Sólo no gustaban de cierto irreverente desenfado que el chico tenía y de que daba muestras a cada paso.

Iba a entrar o a salir por una puerta, y exclamando:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní-, pasaba antes que su padre.

Hablaba su padre y le interrumpía, y no le dejaba hablar, diciendo:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní.

Se ponían a la mesa y se servía antes que su padre y madre, tomando lo mejor de cada plato y diciendo siempre:

-San Fasón, San Complimán, San Ceremoní. *

El padre disimuló al principio, ya que por todo lo demás el muchacho le embelesaba: pero, al cabo, hubo de cargarse, perdió la paciencia, y dijo al chico con grande enojo:

-Mira, hijo mío, vete muy enhoramala y no me invoques ni me mientes más en tu vida a esos santos de Francia, que serán muy milagrosos, pero que están infamemente mal criados.

 

* En Francés «Sans façons, sans compliments, sans cérémonies» = Sin cumplidos