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ZI ZEÑÓ, DE CÁI CÁI‏

 

Un gaditano está bebiéndose una cervecita en un bar de Sevilla. Recibe una llamada en su móvil. Descuelga, sonríe de oreja a oreja y le dice al camarero que ponga una ronda para todo el bar, porque ha sido padre. Su mujer ha tenido un típico bebé gaditano con un peso al nacer de 11 kilos.
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> Los clientes del bar, todos puros sevillanos, miran con incredulidad al gaditano, pues nadie puede creer que un recién nacido llegue a pesar 11 kilos. Pero el gaditano se encoge de hombros y dice: “Es la media en Cái, pisha. Como he dicho, mi niño s un típico bebé gaditano”.
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> Los sevillanos, no del todo convencidos, se acercan y le felicitan, también se oyen exclamaciones desde otras partes del bar, incluso una mujer se desmaya debido a dolores empáticos.
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> Dos semanas más tarde el gaditano vuelve al bar. El camarero, que le reconoce, le dice, “¡Hola, mi arma!, usted es el padre del típico bebé gaditano que pesó 11 kilos al nacer ¿no? Todo el mundo ha estado haciendo apuestas sobre cuanto pesaría su hijo después de dos semanas. Y ya que esta aquí, díganos cuanto pesa ahora”. Todos los sevillanos que llenan el bar tienen las orejas como radares.
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> El gaditano responde con orgullo paternal: “Ocho kilos”.
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> El camarero, confuso y desconcertado, le dice: “¿Qué ha pasado? Si el bebé pesaba 11 kilos el día que nació”.
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> El orgulloso padre gaditano se toma pausadamente un buen trago de su botellín, se recrea en la suerte, mira vacilón a toda la clientela que espera expectante, se seca los labios en la manga, se inclina levemente ladeado hacia el camarero y con aire cómplice exclama:
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> “Lo hemos operado de fimosis”.

EDGAR ALLAN POE, «EL SISTEMA DEL DOCTOR ALQUITRÁN Y EL PROFESOR PLUMA». RELATO

 

¿Que tal fué con «El Angel de lo extraño», bien?, pues dentro de los «Relatos Humorísticos» de Poe tenemos esta otra pequeña obra maestra cuyo título ya te pone sobre aviso de la que se viene encima.

En este caso se trata de un manicomio donde al parecer se está probando una novedosa terapia y….

Bueno, mejor no digo nada mas, mejor leer.

Delirante, GENIALMENTE DELIRANTE:

 

El sistema del doctor Alquitrán y el Profesor Pluma
Edgard Allan Poe

 

Durante el otoño de 18…, mientras visitaba las provincias del Mediodía de Francia, mi ruta me condujo a las proximidades de cierta casa de salud, hospital particular de locos, del cual había oído hablar en París a notables médicos amigos míos. Como yo no había visitado jamás un estable­cimiento de esta índole, me pareció propicia la ocasión, y para no desper­diciarla propuse a mi compañero de viaje -un gentleman con el cual había entablado amistad casualmente días antes- apartarnos un poco de nuestra ruta, desviarnos alrededor de una hora y visitar el sanatorio. Pero él se negó desde el primer momento, alegando tener mucha prisa y obje­tando después el horror que le había inspirado siempre ver a un alienado. Me rogó, sin embargo, que no sacrificase a un deseo de ser cortés con él la satisfacción de mi curiosidad y me dijo que continuaría cabalgando hacia adelante y despacio, de manera que yo pudiese alcanzarlo en el mismo día o, a lo sumo, al siguiente. Cuando se despedía de mí me vino a la mente que tropezaría quizá con alguna dificultad para penetrar en ese estable­cimiento, y participé a mi camarada mis temores. Me respondió que, en efecto, a no ser que conociese personalmente al señor Maillard, el direc­tor, o que me proveyese de alguna carta de presentación, podría surgir al­guna dificultad, porque los reglamentos de esas casas particulares de locos eran mucho más severos que los de los hospicios públicos. Por su parte, añadió, algunos años antes había conocido a Maillard y podía, al menos, hacerme el servicio de acompañarme hasta la puerta y presentarme; pero la repugnancia que sentía por todas las manifestaciones de la demencia no le permitía entrar en el establecimiento.

 

Se lo agradecí; y separándonos de la carretera, nos internamos en un camino de atajo, bordeado de césped, que, al cabo de media hora, se per­día casi en un bosque espeso, que bordeaba la falda de una montaña. Habíamos andado unas dos leguas a través de este bosque húmedo y som­brío, cuando divisamos la casa de salud. Era un fantástico castillo, muy ruinoso, y que, a juzgar por su aspecto de vetustez y deterioro, apenas de­bía de estar habitado. Su aspecto me produjo verdadero terror, y, dete­niendo mi caballo, casi sentía deseos de tomar las bridas de nuevo. Sin embargo, pronto me avergoncé de mi debilidad y continué el camino. Cuando nos dirigimos a la puerta central noté que estaba entreabierta y vi un rostro de hombre que miraba de reojo. Un momento después, este hombre se adelantaba, se acercaba a mi compañero, llamándolo por su nombre, le estrechaba cordialmente la mano y le rogaba que bajara del caballo. Era el mismo señor Maillard, un verdadero gentleman a la antigua usanza: hermoso rostro, noble continente, modales exquisitos, dignidad y autoridad, a propósito para producir una buena impresión.

 

Mi amigo me presentó y expresó mi deseo de visitar el establecimien­to; Maillard le prometió que tendría conmigo todas las atenciones posi­bles. Mi compañero se despidió y desde entonces no lo he vuelto a ver.

 

Cuando se hubo marchado, el director me introdujo en un locutorio extremadamente pulcro, donde se veían, entre otros indicios de gusto refinado, -muchos libros, dibujos, jarrones con flores e instrumentos de música. Un vivo fuego ardía alegremente en la chimenea. Al piano, can­tando un aria de Bellini, estaba sentada una mujer joven y muy bella, que a mi llegada interrumpió su canto y me recibió con una graciosa cortesía. Hablaba en voz baja y había en todos sus modales algo de atormentado. Creí ver huellas de dolor en todo su rostro, cuya palidez excesiva no deja­ba de tener cierto encanto a mis ojos, al menos. Estaba vestida de riguroso luto, y despertó en mi corazón un sentimiento mezclado de respeto, de in­terés y de admiración.

 

Había oído decir en París que la casa de salud del señor Maillard es­taba organizada conforme a lo que generalmente se llama sistema de benig­nidad; que se evitaba el empleo de todo castigo; que no se recurría a la reclusión sino muy de tarde en tarde; que los enfermos, vigilados secreta­mente, gozaban en apariencia de una gran libertad, y que podían casi siempre circular por la casa y por los jardines vestidos como las personas que están en sus cabales.

 

Todos estos detalles estaban presentes en mi ánimo; por eso cuidé muy bien de lo que podía hablar ante la señora joven; porque nada me certificaba que estuviese en el pleno dominio de su razón; en efecto, había en sus ojos cierto brillo inquieto que me inducía casi a creer que no estaba plenamente cuerda. Restringí, pues, mis observaciones a temas generales o a los que creía que no podían desagradar a una loca, ni siquiera excitar­la. Respondió a todo lo que le dije de una manera perfectamente sensata, y sus observaciones personales estaban robustecidas por el más sólido buen sentido. Pero un detenido estudio de la fisiología de la locura me ha­bía enseñado a no fiarme de semejantes pruebas de salud mental, y conti­nué, durante toda la entrevista, practicando la prudencia que había empleado al principio.

 

En ese momento, un criado muy elegante trajo una bandeja cargada de frutas, de vinos y de refrescos, de los cuales me hicieron participar; al poco tiempo, la dama abandonó la sala. Después que hubo salido, dirigí a mi huésped una mirada interrogante.

 

-No -dijo-. ¡Oh, no! Es una persona de mi familia… mi sobrina… una mujer perfectamente correcta…

 

-Le pido mil perdones por la sospecha -repliqué-; pero sabrá usted disculparme. La excelente administración de su sanatorio es muy conocida en París, y yo creí que sería posible, después de todo…; ¿com­prende usted?…

 

-Sí, sí, no me diga más; yo soy más bien quien debo darle las gracias por la muy loable prudencia que ha demostrado. Encontramos rara vez tanta cautela en los jóvenes y más de una vez hemos presenciado deplo­rables incidentes por la ligereza de nuestros visitantes. Durante la aplica­ción de mi sistema, y cuando mis enfermos tenían el privilegio de pasear por todos los sitios a su capricho, caían algunas veces en crisis peligrosas a causa de las personas irreflexivas, invitadas a visitar nuestro estable­cimiento. Me he visto, pues, forzado a imponer un riguroso sistema de ex­clusión, y en lo sucesivo nadie ha podido tener acceso a nuestra casa si yo no podía contar con su discreción.

 

-¿Durante la aplicación de su primer sistema? -le dije, repitiendo sus propias palabras-. ¿Debo entender con eso que el sistema de benigni­dad, de que tanto se me habló, ha cesado de ser aplicado aquí?

 

– Hace ahora unas semanas -replicó- que hemos decidido aban­donarlo para siempre.

 

– En verdad, me asombra usted.

 

-Hemos juzgado absolutamente necesario -dijo, exhalando un suspiro- volver a los viejos errores. El sistema de lenidad era un espan­toso peligro en todos los momentos y sus ventajas se han avaluado con plusvalía exagerada. Creo, señor mío, que si alguna vez se ha hecho una prueba leal y sincera, ha sido en esta misma casa. Hemos hecho todo lo que razonablemente podía sugerir la humanidad. Siento que usted no nos haya hecho una visita en época anterior. Habría podido juzgar por sí mis­mo. Pero supongo que está usted al corriente del tratamiento de benignidad en todos sus detalles.

 

-Nada absolutamente. Lo que yo sé, lo sé de tercera o cuarta mano.

 

-Definiré, pues, el sistema en términos generales; un sistema en que el enfermo era tratado con cariño, un sistema de dejar hacer. No contra­riábamos ninguno de los caprichos que se incrustaban en el cerebro del enfermo. Por el contrario, no sólo nos prestábamos a ellos, sino que los alentábamos, y así hemos podido operar un gran número de curaciones radicales. No hay razonamiento que impresione tanto la razón debilitada de un demente como la reducción al absurdo. Hemos tenido hombres, por ejemplo, que se creían pollos. El tratamiento consistía en este caso en re­conocer y en aceptar el caso como un hecho evidente; en acusar al enfer­mo de estupidez, porque no reconocía el suyo como un caso positivo, y, desde luego, en negarle durante una semana toda otra alimentación que la que corresponde propiamente a un pollo. Gracias a este método basta­ba un poco de mijo para aperar milagros.

 

-Pero esta especie de aquiescencia a la monomanía por parte de us­tedes, ¿era todo lo que constituía el método?

 

-No. Teníamos gran fe también en las diversiones de índole senci­lla, tales como la música, el baile, los ejercicios gimnásticos en general, los naipes, cierta clase de libros, etcétera. Dábamos indicios de tratar a cada individuo por una afección física corriente y no se pronunciaba jamás la palabra locura. Un detalle de gran importancia era dar a cada loco el en­cargo de vigilar las conversaciones de todos los demás. Poner su confianza en la inteligencia o en la discreción de un loco, es ganarlo en cuerpo y alma. Por esta causa no podíamos prescindir de una tropa de vigilantes que nos salía muy costosa.

 

-¿Y no tenía castigos de ninguna clase?

 

-Ninguno.

 

-¿Y no encerraba jamás a sus enfermos?…

 

– Muy rara vez. De cuando en cuando, la enfermedad de algún in­dividuo se exaltaba hasta una crisis, o se convertía súbitamente en furor; entonces lo transportábamos a una celda secreta, por miedo de que el de­sorden de su cabeza contagiase a los demás, y lo reteníamos allí hasta el momento en que pudiésemos enviarlo a casa de sus parientes o sus ami­gos, porque no queríamos tener nada que ver con un loco furioso. Por lo general, era trasladado a los hospicios públicos.

 

-¿Y ahora ha cambiado todo eso y cree haber acertado?…

 

-Decididamente, sí. El sistema tenía sus inconvenientes y aun sus peligros. Actualmente, está condenado, ¡a Dios gracias!… en todas las ca­sas de salud de Francia.

 

– Estoy muy sorprendido -dije- de todo lo que me cuenta usted…

 

-Pero llegará el día en que aprenda a juzgar por sí mismo todo lo que acontece en el mundo, sin fiarse en la charla de otro. No crea nada de lo que oiga decir y no crea sino la mitad de lo que vea. Ahora bien; con respecto a nuestras casas de salud, es evidente que algún ignaro se ha bur­lado de usted. Después de comer, cuando usted haya descansado de las fa­tigas del viaje, tendré sumo gusto en pasearlo a través de la casa y hacerle apreciar un sistema que, en mi opinión y en la de todas las personas que han podido apreciar sus resultados, es incomparablemente el mejor y más eficaz de todos los concebidos hasta el día.

 

-¿Es su propio sistema? -pregunté-. ¿Un sistema de su inven­ción?…

 

-Estoy orgulloso -replicó- de confesar que es mío, al menos has­ta cierto punto.

 

Conversé así con el señor Maillard durante una hora o dos, durante las cuales me mostró los jardines y los terrenos del establecimiento.

 

– No puedo -me dijo- dejarlo ver a mis enfermos inmediatamen­te. Para un espíritu sensitivo hay algo siempre más o menos repugnante en esta clase de exhibición y no quiero quitarle el apetito para la comida.

 

Porque comeremos juntos. Puedo ofrecerle ternera a la Sainte-Menéhould; coliflores con salsa aterciopelada; después de eso un vaso de Clos de Vou­geót; sus nervios quedarán bien vigorizados…

 

A las seis se anunció la comida y mi anfitrión me introdujo en un am­plio comedor, donde se había congregado una numerosa bandada, veinti­cinco o treinta personas en conjunto. Eran, en apariencia, personas pertenecientes a la buena sociedad, seguramente de esmerada educación, aunque sus trajes, a lo que me pareció, fuesen de una ostentación extra­vagante y participasen algo del fastuoso refinamiento de la antigua corte de Francia[1].

 

Observé también que las dos terceras partes de los convidados eran mujeres, y que algunas de ellas no estaban vestidas conforme a la moda que un parisién de hoy considera como el buen gusto del día. Muchas se­ñoras que no tenían menos de setenta años, estaban adornadas con pro­fusión de cadenas, dijes, sortijas, brazaletes y pendientes, todo un surtido de bisutería, y mostraban sus senos y sus brazos ofensivamente desnudos. Noté igualmente que muy pocos de estos trajes estaban bien cortados o, al menos, muy pocos se adaptaban a las personas que los llevaban. Miran­do alrededor, descubrí a la interesante jovencita a quien el señor Maillard me había presentado en la sala de visitas; pero mi sorpresa fue enorme al verla emperifollada con una enorme falda de volados, con zapatos de ta­cón alto y un gorrito de encaje de Bruselas, demasiado grande para ella, tanto que daba a su figura una ridícula apariencia de pequeñez. La prime­ra vez que la había visto, iba vestida de luto riguroso, que le sentaba a ma­ravilla. En suma, había un aire de extravagancia en toda la indumentaria de esta sociedad, que me trajo a la mente mi idea primitiva del sistema de benignidad y me hizo pensar que el señor Maillard había querido engañar­me hasta el final de la comida por miedo a que experimentase sensaciones desagradables durante el ágape, dándome cuenta de que me sentaba a la mesa con unos lunáticos. Pero me acordé de que me habían hablado en París de los provincianos del Mediodía como de personas singularmente excéntricas y obsesionadas por una multitud de ideas rancias; y, además, hablando con algunos de los convidados, pronto sentí disiparse por com­pleto mis aprensiones…

 

El comedor, aunque ofreciese algunas comodidades y tuviese buenas dimensiones, no ostentaba toda la elegancia deseable. Así el pavimento casi no estaba alfombrado; es cierto que esto ocurre con frecuencia en Francia. Las ventanas no tenían visillos; las contraventanas, cuando esta­ban cerradas, se hallaban sólidamente sujetas por barras de hierro, fijas en diagonal, a la manera usual de las cerraduras de los comercios. Observé que la sala formaba, por sí sola, una de las alas del castillo y que las ven­tanas ocupaban así tres lados del paralelogramo, pues la puerta estaba co­locada en el cuarto lado. No había menos de diez ventanas en total.

 

La mesa estaba espléndidamente servida; cubierta de vajilla de plata y cargada de toda clase de exquisiteces. Era una profusión absolutamente barroca. Había bastantes manjares para regodear a los Anakim. Jamás ha­bía contemplado en mi vida tanta monstruosa ostentación, tan extrava­gante derroche de todas las cosas buenas que la vida ofrece; pero había poco gusto en el arreglo del servicio; y mis ojos, acostumbrados a luces te­nues, sentíanse heridos vivamente por el prodigioso brillo de una multi­tud de bujías, en candelabros de plata que se habían puesto sobre la mesa y diseminado en toda la sala, dondequiera que se había podido encontrar un sitio. El servicio lo hacían muchos domésticos diligentísimos, y, en una gran mesa, al fondo de la sala, estaban sentadas siete u ocho personas con violines, flautas, trombones y un tambor. Esos personajes, en determina­dos intervalos de tiempo, durante la comida, me fatigaron mucho con una infinita variedad de ruidos, que tenían la pretensión de ser música, y que, al parecer, causaban un vivo placer a los circunstantes; bien entendido, con excepción mía.

 

En fin, yo no podía dejar de pensar que había cierta extravagancia en lo que veía; pero, después de todo, el mundo está compuesto de toda clase de gente, que tiene maneras de pensar muy diversas y una porción de usos completamente convencionales. Y, además, ya había viajado lo bastante para ser un perfecto adepto del nil admirari; por consiguiente, tomé tran­quilamente asiento al lado de mi anfitrión, y, dotado de excelente apetito, hice los honores a esa buena comida.

 

La conversación era animada y general. Pronto vi que esa sociedad estaba compuesta, casi por completo, de gente bien educada, y mi hués­ped por sí solo era un tesoro de anécdotas alegres. Parecía que se disponía a hablar de su posición de director de una casa de salud, y con gran sor­presa mía, la misma locura sirvió de tema de conversación favorita a todos los convidados.

 

-Tuvimos aquí en una ocasión un gracioso -dijo un señor grueso sentado a mi derecha- que se creía tetera y, dicho sea de paso, ¿no es no­table que este capricho particular entre tan frecuentemente en el cerebro de los locos? No hay en Francia un manicomio que no pueda suministrar una tetera humana. Nuestro señor era una tetera de fabricación inglesa y tenía cuidado de limpiarse él mismo todas las mañanas con una gamuza y blanco de España…

 

-Y, además -dijo un hombre alto que estaba precisamente enfren­te-, hemos tenido, no hace mucho tiempo, un individuo a quien se le había metido en la cabeza que era un asno, lo cual, metafóricamente ha­blando, era perfectamente cierto. Era un enfermo muy fatigoso y teníamos que tener mucho cuidado para que no se propasara. Durante muchísimo tiempo no quiso comer más que cardos; pero lo curamos pronto de esa idea, insistiendo en que no comiera otra cosa. Se entretenía sin cesar en cocear así… así…

 

-¡Señor de Kock! Le agradecería mucho que se contuviese -inte­rrumpió entonces una señora anciana sentada al lado del orador-. Guar­de, si le parece, las coces para usted. ¡Me ha estropeado mi vestido de brocado! ¿Es necesario aclarar una observación de un modo tan material? Nuestro amigo, que está aquí, lo comprenderá igualmente sin esta demos­tración física. Palabra, que es usted casi tan asno como ese pobre loco que creía serlo. Su agilidad en cocear es completamente natural, tan cierto como yo soy quien soy…

 

-¡Mil perdones, señorita! -respondió el señor de Kock, interpela­do de esa manera-. ¡Mil perdones! Yo no tenía intención de ofenderla. Señorita Laplace; el señor de Kock solicita el honor de brindar una copa de vino con usted.

 

Entonces, el señor de Kock se inclinó, le besó ceremoniosamente la mano y bebió el vino que le ofreció la señorita Laplace.

 

– Permítame usted, amigo mío -dijo el señor Maillard, dirigiéndose a mí-, permítame ofrecerle un pedazo de esta ternera a la Sainte-Mené­hould; la encontrará delicadísima…

 

Tres robustos criados habían conseguido depositar, sin riesgo, sobre la mesa, un enorme plato, que más bien parecía un barco, contenien­do lo que yo suponía ser el monstrum horrendum, informe, ingens, cui lumen ademptum.

 

Un examen más atento me confirmó, no obstante, que sólo era una ternera asada, entera, apoyada en sus rodillas, con una manzana entre los dientes, según la moda usada en Inglaterra para servir una liebre.

 

-No, muchas gracias -repliqué-; para decir verdad, no tengo una gran debilidad por la ternera a la Sainte… ¿cómo dice usted?, porque, ge­neralmente, no me sienta bien. Le suplico que haga cambiar este plato y que me permita probar algo de conejo.

 

Había sobre la mesa algunos platos laterales, que contenían lo que me parecía ser conejo casero, a la francesa; un bocado delicioso que me per­mito recomendaros.

 

-¡Pedro! -gritó mi anfitrión-. Cambie el plato del señor y sírvale un pedazo de ese conejo al gato.

 

-¿De ese… qué? -interrogué.

 

-De ese conejo al gato.

 

-¡Ah, pues lo agradezco mucho!… Pensándolo bien, renuncio a co­merlo y prefiero servirme un poco de jamón.

 

En realidad (pensaba yo) no sabe uno lo que come en la mesa de estas personas de provincia. No quiero saborear conejo al gato por la misma ra­zón que no querría probar gato al conejo.

 

Y luego -dijo un personaje de figura cadavérica, colocado al ex­tremo de la mesa, reanudando el hilo de la conversación donde se había interrumpido-, entre otras extravagancias, hemos tenido en cierta épo­ca a un enfermo que se obstinaba en creerse un queso y que se paseaba con un cuchillo en la mano, invitando a sus amigos a cortar, para sabo­rearlo, un pedazo de su muslo.

 

-Era, sin duda, un loco perdido -interrumpió otra persona-; pero no se podía comparar con un individuo que todos hemos conocido, con excepción de este caballero extranjero. Me refiero al hombre que se figuraba ser una botella de champaña y que hablaba siempre con un pau… pau… y un pschi… i… i…, de esta manera…

 

Entonces el orador, muy torpemente, a mi juicio, metió su pulgar de­recho bajo su carrillo izquierdo, y lo retiró bruscamente con un ruido se­mejante al estallido de un corcho que salta, y luego, por un hábil movimiento de la lengua sobre los dientes, produjo un silbido agudo, que duró algunos minutos, para imitar el borboteo del champaña. Esta mímica no fue grata al señor Maillard, por lo que pude observar; no obstante, no dijo nada. Entonces la conversación fue reanudada por un hombre menu­do, muy flaco, con una gran peluca.

 

-Había también -dijo- un imbécil que se creía una rana, animal al cual se asemejaba extraordinariamente, dicho sea de paso. Quisiera que usted lo hubiese visto, señor (se dirigía a mí); le habría causado alegría ver el aire de naturalidad que daba a su papel. Señor, si ese hombre no era una rana, puedo decir que era una gran desgracia que no lo fuese. Su croar era, aproximadamente, así: ¡O… o… o… güe… o… ooo… güe…! … Solía dar verdaderamente la nota más limpia del mundo; i un sí bemol!, y cuando ponía los codos sobre la mesa de esta manera, después de haber bebido una o dos copas de vino, y distendía su boca así, y giraba sus ojos de esta manera, y luego los hacía pestañear con excesiva rapidez, así, ¿ve usted?…, señor, le juro de la manera más seria y positiva que usted habría caído en éxtasis ante la genialidad de ese hombre.

 

-No lo dudo -respondí.

 

-Había también (dijo otro personaje) un tal Petit Gaillard que se creía una pizca de tabaco y que estaba desconsolado de no poder tomarse a sí mismo entre su índice y su pulgar.

 

-Hemos tenido también a Julio Deshouliéres, que era verdadera­mente un genio singular y que se volvió loco sugestionado por la idea de que era una calabaza. Perseguía sin cesar al cocinero para hacer que lo pu­siera en un pastel, cosa a la cual el cocinero se negaba con indignación. i Por mi parte, no afirmaré que un pastel a la Deshouliéres no fuese un manjar exquisito, en verdad!…

 

-Usted me asombra -dije.

 

Y miré al señor Maillard con ademán interrogativo.

 

-¡Ah, ah! -dijo éste-. ¡Eh, eh! ¡Ih, ih! ¡Oh, oh, oh! ¡Uh, uh, uh!… Excelente, en verdad. No debe asombrarse, amigo mío; este señor es un extravagante, un gran bromista; no hay que tomar al pie de la letra lo que dice…

 

   ¡Oh!… -dijo otra persona de la reunión-. Pero también hemos conocido a Bouffon-Legrand, otro personaje muy extraordinario en su gé­nero. Se le trastornó el cerebro por una pasión amorosa y se imaginó que era poseedor de dos cabezas. Afirmaba que una de ellas era la de Cicerón; en cuanto a la otra, se la imaginaba compuesta, siendo la de Demóstenes desde la frente hasta la boca y la de Lord Brougham desde la boca hasta el remate de la barbilla. No sería imposible que estuviese engañado; pero lo habría convencido de que tenía razón, porque era un hombre de gran elocuencia. Tenía verdadera pasión por la oratoria y no podía contenerse en manifestarlo. Por ejemplo, tenía la costumbre de saltar así sobre la mesa y luego…

 

En ese momento, un amigo del orador, sentado a su lado, le puso la mano en el hombro y le cuchicheó algunas palabras al oído; al oír esto, el otro cesó inmediatamente de hablar y se dejó caer sobre la silla.

 

– Y luego -dijo el amigo, el que había hablado en voz baja- hubo también un tal Boulard, la girándula. Lo llamo la girándula porque estuvo atacado de la manía singular acaso, pero no absolutamente insensata, de creerse transformado en veleta. Hubieran muerto de risa al verlo girar. Pi­rueteaba sobre sus talones de esta manera: vea usted…

 

Entonces, el amigo a quien él había interrumpido un momento antes, le prestó exactamente, a su vez, el mismo servicio.

 

-Pero -exclamó una anciana con voz chillona- su señor Boulard era un loco y un loco muy estúpido además. Porque, permítame pregun­tarle: ¿quién ha oído hablar jamás de una veleta humana? La cosa es ab­surda en sí misma. Madame Joyeuse era una persona más sensata, como usted sabe. También tenía su manía, pero una manía inspirada por el sen­tido común, y que causaba gran satisfacción a todos los que tenían el ho­nor de conocerla. Había descubierto, tras madura reflexión, que había sido transformada, por un singular accidente, en gallo; pero en su calidad de gallo, se comportaba normalmente. Batía las alas así, así, con un esfuerzo prodigioso, y su canto era deliciosísimo… ¡Coo… o… co… coo… o…! ¡Coo… o… co… coo… oo…!

 

-Madame Joyeuse, le ruego que procure contenerse -interrumpió nuestro anfitrión con cólera-. Si no quiere conducirse correctamente como una dama debe hacerlo, puede abandonar la mesa inmediatamente. ¡Elija usted!…

 

La dama (a quien yo quedé asombrado de oír nombrar Madame Jo­yeuse, después de la descripción de Madame Joyeuse que ella acababa de hacer) se ruborizó hasta las pestañas y pareció profundamente humillada por la reprimenda. Bajó la cabeza y no respondió ni una sílaba. Pero una dama más joven reanudó el tema de conversación. Era la hermosa mu­chacha de la sala de visitas.

 

-¡Oh! -exclamó-. i Madame Joyeuse era una loca! Pero había mucho sentido común en la fantasía de Eugenia Salsafette. Era una her­mosísima joven, de aire modesto y contrito, que juzgaba muy indecente la costumbre vulgar de vestirse y que quería vestirse siempre poniéndose fuera de sus ropas, no dentro. Es cosa muy fácil de hacer, después de todo. No tenéis más que hacer así… y luego así… y después… y finalmente…

 

-¡Dios mío! ¡Señorita Salsafette! -exclamaron una docena de vo­ces a coro-. ¿Qué hace usted? ¡Conténgase!… ¡Basta! ¡Ya vemos cómo puede hacerse! ¡Basta!…

 

Y varias personas saltaban ya de las sillas para impedir a la señorita Salsafette ponerse al igual de la Venus de Médicis, cuando el resultado apetecible fue súbita y eficazmente logrado por consecuencia de los gritos o de los aullidos que provenían de algún departamento principal del cas­tillo. Mis nervios se sintieron muy impresionados, si he de decir la verdad, por esos aullidos; pero los otros convidados me causaron lástima. Nunca he visto en mi vida reunión de personas sensatas tan absolutamente em­pavorecidas. Se tornaron todos pálidos como cadáveres, saltaban sobre la silla, se estremecían y castañeteaban de tenor y parecían esperar con oídos ansiosos la repetición del mismo ruido. Se repitió, en efecto, con tono más alto y como aproximándose; y luego una tercera vez, muy fuerte, muy fuerte, y, por fin, una cuarta vez, con energía que iba en descenso. Ante ese aparente apaciguamiento de la tempestad, toda la reunión recobró in­mediatamente su alegría y su animación y las anécdotas pintorescas comenzaron de nuevo. Me aventuré entonces a indagar cuál era la causa de ese ruido.

 

-Una bagatela -dijo el señor Maillard-. Estamos ya fatigados de ello y nos preocupamos muy poco. Los locos, a intervalos regulares, se po­nen a aullar a coro, excitándose el uno al otro, y llegando a veces a formar como una jauría de perros por la noche. Ocurre también de cuando en cuando que ese concierto de aullidos va seguido de un esfuerzo simultá­neo de todos para evadirse; en ese caso, hay quien siente algún temor, na­turalmente.

 

-¿Y cuántos tienen ahora encerrados?

 

-Por ahora, diez entre todos.

 

-Supongo que mujeres, principalmente…

 

-¡Oh, no! Todos hombres y robustos mozos; se lo puedo afirmar. – La verdad es que yo había oído decir siempre que la mayoría de los locos pertenecía al sexo amable.

 

-En general, sí; pero no siempre. Hace algún tiempo teníamos aquí unos veintisiete enfermos y de este número no había menos de dieciocho mu­jeres; pero desde hace poco, las cosas han cambiado mucho, como usted ve.

 

– Sí… han cambiado mucho… como usted ve -interrumpió el señor que había destrozado la tibia de Mademoiselle Laplace.

 

– Sí, han cambiado mucho, como usted ve -clamó al unísono la so­ciedad.

 

-¡Cállense ustedes, cállense!… ¡Contengan la lengua!… -gritó mi anfitrión, en un acceso de cólera.

 

Al oír esto, toda la reunión guardó durante un minuto un silencio de muerte. Hubo una dama que obedeció al pie de la letra al señor Maillard, es decir que, sacando la lengua, una lengua excesivamente larga, la agarró con las dos manos y la tuvo así con mucha resignación hasta el fin del banquete.

 

– Y esta señora -dije al señor Maillard, inclinándome hacia él y ha­blándole en voz baja-, esta excelente dama que hablaba hace un mo­mento y que nos lanzaba su ¡cocoricó! y ¡kikirikí!, ¿es absolutamente inofensiva, totalmente inofensiva, eh?

 

-¡Inofensiva! -exclamó con sorpresa no fingida-. ¿Cómo? ¿Qué quiere usted decir?

 

-¿No está más que ligeramente atacada? -dije yo señalándole la frente-. Supongo que no está peligrosamente afectada, ¿eh?

 

-¡Dios mío! ¿Qué se imagina usted? Esta dama, mi particular y an­tigua amiga, Madame Joyeuse, tiene el cerebro tan sano como yo. Padece de algunas excentricidades, sin duda alguna; pero ya sabe usted que todas las ancianas, todas las señoras muy ancianas, son más o menos ex­céntricas…

 

-Sin duda alguna -dije-, sin duda. ¿Y el resto de esas señoras y  señores?…

 

-Todos son mis amigos y mis guardianes -interrumpió el señor Maillard, irguiéndose con altivez-, mis excelentes amigos y mis ayudantes.

 

-¿Cómo? ¿Todos ellos? -pregunté-. ¿Y las mujeres, también, sin excepción?…

 

– Indudablemente -dijo-. No podríamos hacer nada sin las muje­res: son las mejores enfermeras del mundo para los locos; tienen una ma­nera suya especial, ¿sabe usted? Sus ojos producen efectos maravillosos, algo como la fascinación de la serpiente, ¿sabe usted?…

 

– Seguramente -dije yo-, seguramente. Se conducen de un modo algo extravagante, ¿no es eso? Tienen algo de original. ¿No le parece a usted?

 

– ¡Extravagante! ¡Original! ¡Cómo! ¿Opina usted así?… A decir ver­dad, en el Mediodía no somos hipócritas; hacemos todo lo que nos agrada; gozamos de la vida; y todas esas costumbres, ya comprende usted…

 

– Perfectamente -dije-, perfectamente…

 

– Y luego ese Clos de Vougeót es algo capitoso, ¿comprende usted?; un poco fuerte, ¿no es eso?

 

-Seguramente -dije yo-, seguramente. Entre paréntesis, señor, ¿no le he oído yo decir que el sistema adoptado por usted, en sustitución del famoso sistema de benignidad, era de una severidad rigurosa?…

 

-De ningún modo. La reclusión es absolutamente rigurosa; pero el tratamiento -el tratamiento médico, quiero decir- es agradable para los enfermos.

 

– ¿Y el nuevo sistema es de su invención?

 

-Nada de eso, absolutamente. Algunos aspectos de mi sistema de­ben ser atribuidos al profesor Alquitrán y del cual ha oído usted forzosa­mente hablar; y hay en mi plan modificaciones que me es grato reconocer como pertenecientes de derecho al célebre Pluma, a quien ha tenido us­ted el honor, si no me engaño, de conocer íntimamente.

 

– Me siento avergonzado de confesar -repliqué- que hasta ahora jamás había oído pronunciar los nombres de esos señores.

 

-¡Cielo santo! -exclamó mi anfitrión, retirando bruscamente la si­lla y levantando las manos en alto-. i Es posible que yo le haya entendido mal!… ¿No habrá querido usted decir, verdad, que no ha oído hablar ja­más del erudito doctor Alquitrán ni del famoso profesor Pluma?…

 

-Me veo forzado a reconocer mi ignorancia -respondí-; pero la verdad ante todo. Créame que me siento humillado de no conocer las obras de esos dos hombres, sin duda alguna, extraordinarios. Voy a ocu­parme de buscar sus escritos y los leeré con estudiosa diligencia. Señor Maillard, usted me ha hecho, lo confieso, avergonzarme de mí mismo…

 

Y era la pura verdad.

 

-No hablemos más de eso, mi joven y excelente amigo -dijo con bondad, estrechándome la mano-; tomemos cordialmente juntos un vaso de Sauterne.

 

Bebimos ambos. La reunión siguió el ejemplo sin vacilaciones. Char­laban, bromeaban, reían, realizaban mil extravagancias. Los violines ras­caban, el tambor multiplicaba sus rataplanes, los trombones mugían como toros de Phalaris; y toda la cuadrilla, exaltándose a medida que los vinos la dominaban imperiosamente, se convirtió al fin en una especie de pan­demónium in petto. Sin embargo, el señor Maillard y yo, con algunas bo­tellas de Sauterne y de Clos de Vougeót repartidas entre nosotros dos, continuábamos el diálogo a chillidos. Una palabra pronunciada en el dia­pasón ordinario no habría tenido más probabilidades de ser oída que la voz de un pez en el fondo del Niágara.

 

-Señor -le grité al oído-, me hablaba usted, antes de la comida, del peligro que implica el antiguo sistema de lenidad. ¡A qué se refiere usted?

 

– Sí -respondió-, había algunas veces un gran peligro. No es po­sible darse cuenta de los caprichos de los locos; y, a mi juicio, y asimismo según la opinión del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no es pruden­te jamás dejarlos pasearse libremente y sin vigilantes. Un loco puede ser pacífico, como suele decirse, por algún tiempo, pero al fin es siempre capaz de turbulencias. Además, su astucia es proverbial y verdaderamente muy grande. Si tiene un plan sabe ocultarlo con maravillosa hipocresía; y la habilidad con que remeda la lucidez ofrece al estudio del filósofo uno de los más singulares problemas psíquicos. Cuando un loco parece completa­mente razonable, es ocasión, créamelo, de ponerle la camisa de fuerza.

 

-Pero ese peligro, querido amigo, ¿ese peligro de que usted habla?… Según su propia experiencia, desde que esta casa está bajo su control, ¿ha tenido usted una razón material y positiva para considerar peligrosa la li­bertad en un caso de locura?…

 

     ¿Aquí? ¿Por mi propia experiencia?… Ciertamente, no puedo res­ponder ¡sí!… Por ejemplo, no hace mucho tiempo, una circunstancia singu­lar se ha presentado en esta misma casa. El sistema de benignidad, como usted sabe, estaba entonces en uso y los enfermos se hallaban en libertad. Se conducían notablemente bien, a tal punto que toda persona de buen sentido hubiera podido deducir de esa cordura la prueba de que se fragua­ba entre estos amigos algún plan diabólico. Y, en efecto, una buena ma­ñana, los guardianes aparecieron atados de pies y manos y arrojados a las celdas, donde fueron vigilados por los mismos locos que habían usurpado las funciones de guardianes.

 

-¡Oh! ¿Qué me dice usted? No he oído hablar jamás, en mi vida, de absurdo semejante…

 

– Es un hecho. Todo eso ocurrió, gracias a un necio, a un estúpido, a un loco a quien se le había metido en la cabeza que era el inventor del mejor sistema de gobierno de que se hubiera oído hablar jamás, gobierno de locos, bien entendido. Deseaba dar una prueba de su invento y así per­suadió a los otros enfermos de unirse a él en una conspiración para derri­bar al poder reinante.

 

– ¿Y lo consiguió realmente?…

 

-Completamente. Los vigilantes y los vigilados tuvieron que trocar sus respectivos papeles, con la diferencia muy importante, sin embargo, de que los locos habían quedado libres mientras que los guardianes fueron inmediatamente encerrados en calabozos y tratados (me duele confesar­lo) de una manera muy poco gentil.

 

-Pero presumo que ha debido llevarse a cabo muy pronto una con­trarrevolución. Esta situación no podía durar mucho tiempo. Los campe­sinos de las cercanías y los visitantes que venían a ver el establecimiento habrán dado, sin duda, la voz de alarma.

 

– Está usted en un error. El jefe de los rebeldes era demasiado astuto para que eso pudiera ocurrir. No admitió en lo sucesivo a ningún visitan­te; con excepción, por una sola vez, de un caballero joven, de fisonomía muy boba y que no podía inspirarle desconfianza alguna. Le permitió visi­tar la casa, como para introducir en ella un poco de variedad y para diver­tirse con él. Inmediatamente que le hubo enseñado todo, lo dejó salir…

 

-¿Y cuánto tiempo ha durado el reinado de los locos?…

 

-¡Oh, mucho tiempo, en verdad! Un mes, seguramente; no sé si más; acaso, pero no puedo precisarlo. Sin embargo, los locos se daban buena vida; puedo jurárselo. Desecharon sus trajes viejos y raídos, y apro­vecharon lindamente el guardarropa de familia y las joyas. Las bodegas del castillo estaban bien provistas de vino y esos demonios de locos son buenos catadores y saben beber bien. Han vivido espléndidamente, se lo aseguro…

 

-¿Y el tratamiento? ¿Cuál era el género de tratamiento que aplicaba el jefe de los rebeldes?…

 

– En cuanto a eso, he de decirle que un loco no es necesariamente necio, como ya se lo he hecho observar, y es mi humilde opinión que su tratamiento era un tratamiento bastante mejor que el que había sido mo­dificado. Era un tratamiento verdaderamente fundamental, sencillo, lim­pio, sin obstáculo alguno, realmente delicioso… era…

 

Aquí las observaciones de mi anfitrión fueron bruscamente interrum­pidas por una nueva serie de gritos, de la misma calidad de los que ya nos habían desconcertado. Sin embargo, esta vez parecían proceder de perso­nas que se iban acercando rápidamente.

 

-¡Cielo santo! -exclamé-. Los locos se han escapado, sin duda.

 

-Me temo que tenga usted razón -respondió el señor Maillard, po­niéndose entonces terriblemente pálido.

 

Apenas concluida su frase cuando se hicieron oír grandes clamores e imprecaciones debajo de las ventanas, e inmediatamente después obser­vamos, con toda claridad, que algunos individuos que estaban fuera se in­geniaban para entrar por maña o por fuerza en la sala. Se golpeaba en la puerta con algo que debía de ser una especie de cencerro o un enorme martillo y las contraventanas eran sacudidas y empujadas con prodigiosa violencia.

 

Siguió una escena de la más terrible confusión, el señor Maillard, con gran asombro mío, se escondió debajo del aparador. Hubiera esperado de él más resolución y energía. Los miembros de la orquesta, que desde un cuarto de hora antes parecían demasiado beodos para ejercer sus funcio­nes artísticas, saltaron sobre sus taburetes y sus instrumentos y, escalando el tablado, atacaron al unísono una marcha, el Yankee-Doodle[2],que ejecu­taron, si no con maestría, al menos con una energía sobrehumana, duran­te todo el tiempo que duró el desorden.

 

Con todo, el señor a quien antes se le había impedido, con gran difi­cultad, saltar sobre la mesa, saltó ahora en medio de vasos y botellas. In­mediatamente que estuvo instalado con toda comodidad, inició un discurso que indudablemente hubiera parecido de primer orden si se le hubiera podido oír. En el mismo instante el hombre cuyas predilecciones estaban por la veleta, se puso a piruetear alrededor de la habitación, con inmensa energía, tanto que tenía el aspecto de una verdadera veleta, de­rribando a todos los que encontraba a su paso. Y luego, oyendo increíbles petardeos y chorreos inauditos de champaña, descubrí que todo eso pro­cedía del individuo que durante la comida había desempeñado tan bien el papel de botella. Al mismo tiempo, el hombre-rana croaba con todas sus fuerzas, como si la salvación de su alma dependiese de cada nota que pro­fería. En medio de todo ello, se elevaba, dominando todos los ruidos, el ininterrumpido rebuzno de un asno. En cuanto a mi antigua amiga, Ma­dame Joyeuse, parecía hallarse atacada de tan horrible perplejidad, que me inspiraba deseos de llorar. Estaba de pie en un rincón, cerca de la es­tufa, y se contentaba con cantar, a voz en cuello, ¡cocoricó, kikirikí!

 

Por fin, llegó la crisis suprema, la catástrofe del drama. Como los gri­tos, los aullidos y los kikirikís eran las únicas formas de resistencia, los únicos obstáculos opuestos a los esfuerzos de los asaltantes, las dos venta­nas fueron forzadas rápidamente y casi simultáneamente. Pero no olvida­ré jamás mis sensaciones de aturdimiento y de horror cuando vi saltar por las ventanas y precipitarse atropelladamente entre nosotros, gesticulando con las manos, con los pies, con las uñas, un verdadero ejército aullador de monstruos, que primeramente tomé por chimpancés, orangutanes o grandes babuinos negros del Cabo de Buena Esperanza.

 

Recibí unos terribles golpes, y entonces me apelotoné debajo de un diván, donde quedé inmóvil. Después de haber permanecido allí un cuar­to de hora aproximadamente, durante el cual escuché todo lo que ocurría en la sala, obtuve, al fin, con el desenlace, una explicación satisfactoria de esa tragedia. El señor Maillard, al contarme la historia del loco que había excitado a sus camaradas a la rebelión, no había hecho sino relatar sus propias fechorías. Ese señor había sido, en efecto, dos o tres años antes, director del establecimiento; luego su cerebro se había perturbado y había pasado al número de los enfermos. Este hecho no era conocido del com­pañero de viaje que me había presentado a él. Los guardianes, en número de diez, habían sido súbitamente atacados, luego bien alquitranados, lue­go cuidadosamente emplumados, luego, por fin, encerrados en los sóta­nos. Habían estado así encerrados más de un mes, y durante todo ese tiempo el señor Maillard no sólo les había concedido generosamente el al­quitrán y las plumas (lo cual constituía su sistema) sino también… algo de pan y agua en abundancia. Diariamente una bomba impelente les enviaba su ración de duchas…

 

Al fin, uno de ellos, habiéndose evadido por una alcantarilla, devol­vió la libertad a todos los demás.

 

El sistema de benignidad, con importantes modificaciones, ha sido res­taurado en el sanatorio de los locos; pero no puedo menos de reconocer, con el señor Maillard, que su tratamiento, el suyo original y peculiar, era, en su género, un tratamiento fundamental. Como él mismo hacía observar con exactitud, era un tratamiento sencillo, limpio, sin dificultad alguna, abso­lutamente ninguna…

 

Sólo he de añadir unas palabras.

 

Aunque he buscado por todas las bibliotecas de Europa las obras del doctor Alquitrán y del profesor Pluma, no he podido, hasta hoy, a pesar de todos mis esfuerzos, conseguir un ejemplar.

 

LA OFERTA DEL CALIFA (AUDIO).

 

El relato de César Vidal:

 

Es la noche de César

 
Presentado por César Vidal
2:03
La oferta del calífa. 
 

LA BODA REAL BRITÁNICA.

 

 
¿DE QUE OS REIS, CANALLAS?

UNO DE CRETINOS SUPERLATIVOS.

 

 

SLADE – » GIVE US A GOAL «

Weeeeeeell… cardiaco partido el de tonight, afirmo!!!  y para empezar a meter ambiente futbolístico, aquí traigo otro temazo de los Slade dedicado precisamente a eso, al futbol, con hinchadas y todo.

Esto es, de nuevo, rock kañero, pero del kañero, kañero, del de rasgar y machacar el guitarreo a tope y voz potente y bronca del vocalista, batería y demás a tope, todo muy contundente, ritmo frenético, saltos, etc., etc., etc..

No forma parte de ningún album, el single lo sacaron en 1.978 en un momento de muy bajo éxito del grupo y quisieron con el relanzarse, apoyandose esta vez en el futbol y….¡LES DIÓ RESULTADO!, siendo además utilizado por la TV británica para la presentación de los programas de resumenes futbolísticos aunque solo con este single, después volvieron a caer en picado no relanzandose de nuevo hasta entrados los ochenta, aunque ya nunca con el éxito de los primeros setenta y con muchos altos y bajos.

De cualquier manera, esto es otra joyita de lo que es buen «rock duro» británico del «fetén», del de toda la vida.

LET’S GO, PLAY MUSIC!!

SLADE – » GIVE US A GOAL «

Let’s go, Let’s go,
Let’s just call a whip off, A drink before the kick off,
Get in the mood for Saturday’s game.
Five to three let’s zip on, The lads have got the strip on,
We’re gonna thrash you ain’t that a shame.
We’ll beat you, defeat you, we’re ready to roll,
Stop your fancy fooling ‘round and give us a goal.
We’ll chase you, then race you, You can’t catch a cold,
Stop your fancy footwork now and give us a goal.

Give it to the winger, All the crowds a singer,
We’re gonna take the top off the stands.
Rattling there rattles, and powerful in their tackles,
Get together clapping your hands.
We’ll beat you, defeat you, we’re ready to roll,
Get the ball into the net and give us a goal.

A blaster, right past you, You’re losing control,
You’re playing now with two left feet,
And they’ve got a goal.

Let’s Go.

Hear the crowds a howling, and can’t you see the fouling,
The ref needs specs, he’s deaf, dumb and blind.
Shoot you silly fool, Ok now show ‘em we rule,
The goalie’s sat down on his behind.
We’ll beat you, defeat you, we’re ready to roll,
Come on lads now no mistakes just give us a goal.
We’ll skin you, We’ll win you, ‘cause we’re back in control,
Come on lads you got it made now give us a goal.

We’ll chase you and we’ll race you, ‘cause they can’t catch a cold,
More, more, shoot, score give us a goal.
Stop your fancy footwork now and give us a goal.

 

Vamos, Vamos,
Vamos a llamar a un látigo fuera, una bebida antes del comienzo,
Entra en el estado de ánimo para el partido del sábado.
Cinco a tres vamos a zip en, Los muchachos tienen la tira de,
Vamos a thrash no es que una vergüenza.
Vamos a golpear a usted, que la derrota, estamos listos para rodar,
Deje de engañar alrededor de su fantasía »y nos da un objetivo.
Te persiguen, a continuación, la carrera, Usted no puede contraer un resfriado,
Detenga su juego de piernas ahora y nos da un objetivo.

Darle a la lateral, todas las multitudes un cantante,
Vamos a tomar la parte superior de las gradas.
Vibraciones hay sonajeros, y de gran alcance en sus tacleadas,
Reúnase aplaudir.
Vamos a golpear a usted, que la derrota, estamos listos para rodar,
Obtener el balón a la red y nos dan una meta.

Un Blaster, derecha pasado, Estás perdiendo el control,
Usted está jugando ahora con dos pies izquierdos,
Y ellos tienen un objetivo.

Let’s Go.

Escucha a la multitud un aullido, y no puedes ver las incrustaciones,
El árbitro debe especificaciones técnicas, que es sordo, mudo y ciego.
Dispara tonto tonto, Ok ahora enséñales que la regla,
El portero se sentó en el trasero.
Vamos a golpear a usted, que la derrota, estamos listos para rodar,
Vamos muchachos ahora sin errores sólo nos dan una meta.
Vamos a la piel que, Vamos a ganar, porque estamos de vuelta en el control,
Vamos muchachos que se hizo ahora nos dan una meta.

Te persiguen y te la carrera, porque no pueden coger un resfriado,
Más, más, disparar, nos dan una puntuación de meta.
Detenga su juego de piernas ahora y nos da un objetivo.

 

ESPAÑISTAN: ESTE PAÍS SE VA A LA MIERDA.

 

He trincado de mimesacojea.com, a través de Orfeu.es el prólogo del cómic Españistán escrito por Jose A. Pérez. En poco más de veinte líneas pocos han definido la miseria a la que vamos de cabeza como en este prólogo.

 

Hace unos meses un joven y prometedor ilustrador llamado Aleix Saló me pidió que prologara el que sería su primer cómic. Lo hice halagado y encantado. Bien, pues, desde esta semana, el cómic está en librerías. Se titula Españistán, lo edita Glénat y éste es el prólogo: 

Bienvenidos a Españistán

Bienvenidos al país con el mejor sistema educativo de toda África. El país de las hipotecas crecientes y los sueldos menguantes, una democracia joven que lo mismo te patenta la fregona que te planta un adosado sobre una fosa común por aquello de cerrar viejas heridas.

Bienvenidos al país con los directivos mejor pagados de Europa y la tasa de paro más alta del mundo libre. El país donde el 65% del dinero circula en billetes de 500, la nación de naciones con más idiomas, bailes regionales y cocaína por habitante del planeta. La capital mundial del currículum vitae, el neón en los bajos y el inglés nivel medio, orgullosos inventores de la hipoteca a cincuenta años y el minipiso cuco pero asfixiante.

Bienvenidos a este fantástico país donde los ingenieros son parias y las chonis líderes de opinión, ¿me entiendes? Donde la innovación es un anglicismo y la prensa un conglomerado de propagandas con sudoku adjunto. El país donde los políticos inauguran descampados no vaya ser que alguien, algún día, monte ahí un hospital.

Digan hola a nuestros jueces progresistas y a nuestros jueces conservadores. Somos tan demócratas que lo tenemos todo bipolar. Aquí los poderes del Estado están separados por paneles corredizos de Pladur para agilizar el tránsito de maletines.

¡Contemplen el milagro económico erigido con poderosas vigas de arena de playa! Si no te gusta cómo están las cosas, manda un SMS con el texto LA GRAN FIESTA DE LA DEMOCRACIA y entrarás en el sorteo de un contrato como mano de obra barata más allá de Pirineos.

Tomen asiento y disfruten del país donde la corrupción es avalada democráticamente, el balcón desde el que Europa salta a la piscina con resultado de traumatismo craneoencefálico y repatriación de cadáver.

Griten conmigo: ¡bajo los adoquines están las máquinas perforadoras compradas al primo del alcalde!

Bienvenidos a Españistán.

 

MOISÉS, JESUCRISTO Y EL ANCIANO

 

Estaban jugando al golf Moisés, Jesucristo y un anciano. 

Moisés es el primero en golpear. Coge el palo, se prepara y paff: La bola termina en el agua. Pero, volviéndose a sus compañeros, Moisés les dice: 
 
‘No pasa nada’. En efecto, coge el palo, lo hinca en el suelo y las aguas se separan, tras lo cual le pega de nuevo a la bola, que termina en el hoyo. 
 
Llega el turno de Jesucristo. Coge el palo, se prepara y paff: La bola termina también en el agua. ‘No os preocupéis’, dice Jesús a sus compañeros de juego. Y ni corto ni perezoso se dirige al estanque, empieza a caminar sobre el agua, llega a donde está la bola flotando, le pega de nuevo y…al hoyo. 

Por fin, le toca le turno al anciano, que coge el palo, se prepara y paff: La bola va directa al agua, pero, justo antes de llegar, sale un pez y se come la bola. Pero antes de que el pez caiga de nuevo al agua, aparece una gaviota que se come al pez. Tras un corto vuelo, a la gaviota le cae un rayo, que le fulmina en el suelo, donde abre el pico, sale la bola y se cuela en el hoyo. 
 
Entonces Jesucristo se vuelve al anciano y le dice:’ Mira, papá, si empiezas con chulerías, yo no juego’.

UNA JOYA DE HUMOR INGLÉS.

 

LEER este TEXTO y luego CLIQUEAR en el enlace de ABAJO

 
En Alemania, cada Nochevieja, desde 1963, ponen en la televisión alemana “¿Dinner for One?” 
 (también titulado “The 90th Birthday” en inglés o “Der 90ste. Geburtstag” en alemán);
un sketch de humor británico producido por la cadena de televisión Norddeutscher Rundfunk (NDR).
Este

sketch, que se retransmite en inglés desde hace 46 años el último día del año, se ha convertido en una

 película de culto. ¿Dinner for one?, protagonizado por los actores británicos Freddie Frinton y May Warden,
se desarrolla durante una cena, que, como cada año, se celebra con motivo del cumpleaños de una anciana de la
alta sociedad inglesa llamada Miss Sophie. La cena es servida, como siempre, por el viejo mayordomo James.
Cada año, Miss Sophie suele invitar para celebrar su cumpleaños a sus amigos más cercanos: el señor Pommeroy,
el señor Winterbottom, Sir Toby y el almirante von Schneider. El problema es que, con los años, sus amigos han
ido muriendo y sólo quedan Miss Sophie y su mayordomo. Pero el fiel James sirve la cena del nonagésimo
cumpleaños de Miss Sophie como si los invitados siguieran vivos.
Durante la cena, con cada plato se pronuncia un estribillo, que se ha convertido en mítico en Alemania:

James: The same procedure as last year, Miss Sophie? (¿El mismo procedimiento del año pasado,

señorita Sophie?) Miss Sophie: The same procedure as every year, James! (El mismo procedimiento de todos
 los años, James).
Con cada plato, James sirve alcohol: jerez, vino blanco, champán y oporto – a Miss Sophie y sus fallecidos amigos.
A la hora de brindar, el mayordomo hace el papel de cada uno de los invitados y va vaciando las copas de los cuatro.


La interpretación del mayordomo (Freddie Frinton), es genial, desde el principio al final, in crescendo. Una joya. 

 
DISFRÚTALA. (Si sabes inglés y/o francés, mejor. Si no, no pasa nada; lo entenderás igual). 
 
AHORA CLIQUEA ABAJO, EN LA IMAGEN:
 
 

PSICOLOGÍA MASCULINA.

 

Un hombre tenía tres novias y no sabía a cual de ellas elegir para 
casarse. Resolvió entonces hacer un test y ver cuál era la más apta para ser su esposa.

Extrajo 15 mil dólares de su cuenta bancaria y le dio 5 mil a c/u de ellas y les dijo que lo gastaran como quisieran. 

La primera fue al shopping, compró ropas, joyas, fue al salón 
de belleza, etc. Volvió y le dijo al hombre: – «Gasté todo tu dinero 
así, para estar más bonita para ti, para gustarte más. Lo hice porque te amo».

La segunda fue al mismo shopping y compró ropas para él, un cd player,
una televisión de pantalla plana, zapatillas de básquet, palos de 
golf. Volvió y le dijo: – Gasté todo tu dinero en 
regalos para ti. Así te hago más feliz. Lo hice porque te amo.

La tercera tomó el dinero y lo invirtió en la bolsa. En tres días triplicó lo 
invertido, regresó y le devolvió los 5 mil que el hombre le había dado y le dijo: 

– Invertí tu dinero y gané el mío. Ahora puedo hacer lo que quiero con mi propio dinero. Lo hice porque te amo. Entonces, el hombre pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 

pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,

 

 

(los hombres se demoran mucho pensando…),

 

 

 

pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó, pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, pensó,
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó, 
pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, pensó, 
pensó,

Y eligió a la que tenía el culo más grande!!! 
Los hombres son todos iguales!!!!!!!

…Y recuerda, disfruta del hombre equivocado, mientras llega el indicado!!