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El ecologismo empobrece y mata

por Drieu Godefridi

Traducción del texto original: Environmentalism Impoverishes, Kills
Traducido por Voz Media

Las innumerables restricciones en calefacción y electricidad que los europeos tienen que imponerse tendrán consecuencias devastadoras. Debido a los demenciales precios actuales de la energía, The Economist calcula que este invierno morirán 147.000 europeos, una cifra superior a la media anual. En la imagen (Leon Neal/Getty Images), ancianos sentados en una cafetería del Teatro Jacksons Lane de Londres el 30 de noviembre de 2022. El teatro, al igual que algunas organizaciones benéficas, ayuntamientos y grupos comunitarios, ofrece al público el uso gratuito de zonas comunes con calefacción a modo de «banco caliente», donde la gente puede pasar el tiempo sin necesidad de calentar sus casas.

La explosión de los precios de la energía tras el inicio de la guerra en Ucrania, pero sobre todo como consecuencia de la políticas energéticas verdes que han hecho a Europa tan dependiente del gas ruso durante los últimos 20 años, está llevando a cientos de millones de europeos a restringir su consumo energético en calefacción, especialmente este invierno.

Mientras lee esto, algunas familias europeas están en sus salones a 15 grados (59° Fahrenheit). ¡Feliz Año Nuevo!

Y el invierno no está cerca de su fin. Las innumerables restricciones en calefacción y electricidad que los europeos tienen que imponerse –no les queda más remedio– tendrán consecuencias devastadoras. Esta es la conclusión de un sólido estudio estadístico publicado recientemente por la revista británica The Economist.

Debido a los demenciales precios actuales de la energía, explica The Economist, este invierno morirán 147.000 europeos más que en el promedio anual del periodo 2015-2019. Si el invierno es suave, la cifra se reducirá a 79.000 muertes de más. Si el invierno es duro, se prevé que el excedente de muertes ascienda a 185.000:

«La única conclusión firme que ofrece nuestro modelo es que si las pautas de 2000-19 siguen vigentes en 2022-23, el arma energética rusa será muy potente. Con los precios de la electricidad cerca de sus niveles actuales, morirían unas 147.000 personas más (un 4,8% por encima de la media) que si esos precios volvieran a la media de 2015-19. Con temperaturas suaves –utilizando el invierno más cálido de los últimos 20 años para cada país–, esa cifra descendería a 79.000, un 2,7% más. Y con las [temperaturas] gélidas, tomando como referencia el invierno más frío de cada país desde 2000, ascendería a 185.000, un aumento del 6,0%.»

Se calcula que decenas de miles de soldados han muerto en la guerra de Ucrania. Dicho de otro modo, y según The Economist, incluso en el mejor de los casos –un invierno suave–, la explosión de los precios de la energía podría matar a más europeos que soldados han muerto en la guerra de Ucrania. Asombroso.

The Economist se muestra prudente, y con razón: la explosión de los costes energéticos en el último año no tiene precedentes en Europa. La proyección estadística debe tener en cuenta las políticas nacionales de limitación y suavización de los precios de la energía. Sin embargo, siempre es saludable desconfiar de los modelos matemáticos a futuro –pensemos en los informes del IPCC y en las recientes proyecciones de muertes por covid.

El frío mata. El frío mata directamente a los que renuncian a la calefacción, a los que perecen en la calle. El frío favorece las enfermedades mortales propias del invierno. El frío mata a quienes intentan calentarse por medios alternativos e improvisados durante los apagones e interrupciones del suministro.

Esta tragedia es consecuencia directa de las políticas energéticas verdes que se han seguido en Europa durante los últimos 20 años.

La construcción del orden europeo occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial, que aún no era una «Unión Europea», se basó en gran medida en el deseo de fomentar la producción de energía abundante y barata. Dos de las tres comunidades originales –la del carbón y el acero y la de energía atómica– respondieron a ese deseo. El principal objetivo del Euratom era crear «las condiciones para el desarrollo de una potente industria nuclear europea» capaz de garantizar la independencia energética de los seis miembros originales de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (que acabó convirtiéndose en la Unión Europea).

Durante mucho tiempo, la política energética europea estuvo bajo la égida de expertos como Samuele Furfari, conscientes de que la energía sustenta la existencia humana en todas sus manifestaciones.

Hoy, la Comisión Europea está dominada por sedicentes ecologistas como Frans Timmermans y la alemana Ursula von der Leyen –y para qué hablar de las andanzas del Parlamento Europeo–. El desprestigio en que ha caído la única fuente de energía sostenible, no intermitente y genuinamente europea –la nuclear– se debe en gran medida a las decisiones de la UE.

Por supuesto, la energía nuclear no está exenta de riesgos y deficiencias. También está la cuestión de los residuos nucleares, que no son tan fáciles de gestionar. Sin embargo, tras el progresivo destierro del carbón en gran parte de Europa, y dado que los países de la UE prácticamente no disponen de gas propio de fácil extracción, sólo quedan dos opciones: la energía nuclear y el gas importado, procedente hasta ahora de RusiaQatar y Argelia, tres regímenes autoritarios. América también tiene gas, pero para eso Europa necesita terminales de gas natural licuado (GNL). Alemania, por ejemplo, sólo tiene una terminal flotante de este tipo. Estas son las razones por las que la energía nuclear debe formar parte del mix energético europeo, si el Viejo Continente quiere seguir siendo un poco independiente, especialmente de países como Rusia y Qatar.

Esto no exime de sus responsabilidades a los Gobiernos nacionales europeos. El presidente francés, Emmanuel Macron, desinvirtió en un primer momento en el parque nuclear francés, y ahora intenta parchearlo a toda prisa. Bélgica es el único país de Occidente que ha seguido cerrando reactores nucleares plenamente operativos desde el estallido de la guerra en Ucrania. Alemania ha sido comprada por Rusia y su gas. Las mayores organizaciones ecologistas europeas han sido financiadas masivamente (compradas, sobornadas) por Gazprom, es decir, por el Gobierno ruso.

La consecuencia de este ecologismo aplicado –el destierro del carbón por parte de los progresistas, la destrucción de las capacidades nucleares europeas, la extrema dependencia del gas ruso– es que nosotros, los arrogantes europeos, estamos pasando el invierno como un puñado de hobbits.

Drieu Godefridi es abogado (Universidad de Saint-Louis, Lovaina), filósofo (Universidad de Saint-Louis, Lovaina) y doctor en Teoría del Derecho (París IV-Sorbona). Es autor de ‘El Reich Verde’.

Los niños de papá se entretienen con el cambio climático

A falta de efectivos, los seudoecologistas se dedican a atraer a las cámaras de la televisión con acciones simbólicas, como arrojar tomates a cuadros famosos, como “Los girasoles” de Van Gogh en la National Gallery de Londres.

Este fin de semana se celebra en El Cairo la COP 27, la Conferencia de la ONU sobre el cambio climático y el capital financiero internacional ha puesto a sus peones en movimiento porque este tipo de fastos ya no logran atraer la atención del mundo.

A falta de efectivos, los seudoecologistas se dedican a atraer a las cámaras de la televisión con acciones simbólicas, como arrojar tomates a cuadros famosos, como “Los girasoles” de Van Gogh en la National Gallery de Londres. En el Museo del Prado posaron ante los cuadros de Goya y con pintura negra escribieron en la pared “+1,5 grados”.

En La Haya dos seudoecologistas que se pegaron a la ventana que protegía el cuadro “La Niña de la Perla” de Johannes Vermeer fueron condenados por un tribunal a dos meses de prisión.

Las corrientes seudoecologistas creen que el clima se puede regular como el grifo del agua fría y caliente. Lo llaman “protección del clima”. La campaña estuvo organizada por la red A22, formada el pasado mes de abril para que los gobiernos reduzcan “drásticamente” las emisiones de CO2.

La red está financiada por el Fondo de Emergencia Climática, un organismo estadounidense creado en 2019 por tres grandes oligarcas. En primer lugar, Trevor Nelson, empresario y antiguo alumno de la Fundación de Bill Gates, cercano a Howard Warren Buffett, nieto del financiero más famoso de Wall Street. Pero también Rory Kennedy, hija del senador Bob Kennedy, y representante de la familia presidencial estadounidense.

Aileen Getty contribuyó al Fondo con 600.000 dólares. Es la tercera generación del imperio Getty, fundado por su padre John Paul Getty, un magnate de los combustibles fósiles. Propietario de la Getty Oil Company, fue considerado en su día el hombre más rico del planeta.

Un museo privado en las alturas de Los Ángeles exhibe las colecciones de arte moderno, fruto de las inversiones del multimillonario. Sus hijos pasaron la página del petróleo en 1984, ocho años después de su muerte. Les dejó una fortuna de 5.400 millones de dólares. Su hermano Mark fundó la agencia de fotografía Getty, pero Aileen se convirtió en la típica pija que se aburre en las grandes mansiones con piscina.

“Creo que la crisis climática ha avanzado hasta un punto en el que tenemos que tomar medidas contundentes para intentar cambiar el rumbo de un planeta que cada vez es más inhabitable. Mi apoyo al activismo climático es una afirmación del valor de la desobediencia civil como la vía más rápida para el cambio. No queda tiempo para otra cosa que no sea una acción climática rápida y completa”, escribió en un reciente artículo para The Guardian.

Dos bisnietos de los Rockefeller, Rebecca Rockefeller Lambert y Peter Gill Case, crearon la Equation Campaign, un organismo que financia a los seudoecologistas. Entregaron 30 millones de dólares, más donaciones de la propia Fundación Rockefeller, o de Open Society, la fundación de Soros.

Las grandes fortunas también suelen codearse con los famosos en las plataformas de filantropía. El director de “No mires hacia arriba”, Adam McKay, una película de Netflix que tuvo una difusión mundial, forma parte de la junta directiva del Fondo de Emergencia Climática.

Estos grandes fondos reivindican un radicalismo infantil y fueron decisivos para la aparición del grupo Extinction Rebellion a finales de la década pasada. Se creó gracias un cheque del Fondo de Emergencia Climática.

Para hacerse con una parte del botín, los “expertos” en el clima han comenzado a imitar a los niños de papá. Han creado colectivos, como la Rebelión de los Científicos, y la primavera pasada asaltaron la sede del banco JPMorgan, acusándolo de financiar los combustibles fósiles. El físico de la NASA Peter Kalmus fue uno de los detenidos.

El apoyo a los niñatos del cambio climático es rentable para las fundaciones filantrópicas, incluso desde un punto de vista estrictamente financiero. Un estudio publicado en la Stanford Social Innovation Review explicaba en primavera que el impacto de las movilizaciones vinculadas a la desobediencia civil era menos costoso en términos de emisiones de gases de efecto invernadero, y más rentable en términos de impacto político y mediático, que la simple financiación de las ONG tradicionales.

La financiación de la seudoecología sigue aumentando, pero el destino del dinero cada vez está menos claro. ClimateWorks estimó en su último informe que de los 750.000 millones de dólares invertidos por las fundaciones filantrópicas, sólo se gastaron entre 6.000 y 10.000 millones en el clima.

mpr21

El ser humano, cien por cien natural

Lo natural está de moda. Vamos al supermercado y nos encontramos con que las patatas, los zumos, los huevos, la leche de coco y hasta las barritas energéticas son cien por cien naturales -quién lo hubiera sospechado de las patatas- y en algunos casos incluso “bio”. Aún recuerdo cuando allá por los setenta y principios de los ochenta, a caballo de los movimientos neohippies, cuatro gatos reclamaban para sí mismos y los demás la vuelta al naturalismo. Hoy, incluso las centrales nucleares diseñan sus campañas publicitarias presentándose como respetuosas con el medioambiente, climaneutrales y, por lo tanto, las mejores aliadas de la naturaleza. La naturaleza es al mismo tiempo pura y sagrada, disponible y un recurso. ¿No se trata de una seria contradicción? De manera enrevesada, reaparece aquí la dialéctica entre la dominación y la liberación. El tipo de concepto de naturaleza que uno elige no solo es decisivo para cuestiones éticas o políticas, sino que también revela la cuestión de la misma naturaleza del ser humano.

Parece ser que a la hora de definir naturaleza nos ocurra lo mismo que le ocurría a San Agustín con el concepto del tiempo: sabía lo que era, siempre y cuando no le preguntaran al respecto; porque cuando trataba de explicarlo, nunca lo conseguía. Hablar de la naturaleza en la vida cotidiana es tan usual como extrañamente misteriosa cuando pensamos detenidamente en ella. La naturaleza es ambigua y un viejo concepto. En primer lugar, significa transformación, crecimiento, adaptación, desarrollo. Podríamos seguir dándole atributos y ampliando el concepto hasta convertirlo en algo tan abstracto que lo incluya todo o la nada en absoluto. Nuestra mente necesita un “algo” opuesto o al lado -o fuera- de la naturaleza para poder definirla con precisión: frecuentemente hemos recurrido a la razón, la cultura, la costumbre, Dios o incluso la tecnología. Llevamos siglos en busca de una fórmula mágica, una teoría general de la naturaleza, que nos permita mantener intacto el abismo conceptual históricamente generado en occidente entre naturaleza y cultura, o civilización si lo prefieren.

REPASANDO LA HISTORIA

El término «naturaleza» proviene del latín natura, que coincide en su significado lógico con la palabra griega physis. Bajo este concepto se coloca todo aquello que no ha sido hecho por el hombre, la techné, es decir, el arte y la artesanía, que no se consideraban algo natural. En la antigüedad, el término “naturaleza” significaba la totalidad de las cosas que se originaron sin intervención humana y existen independientemente del ser humano. Caracterizando todo el ser y el devenir, el principio orgánico está integrado en la physis / natura. Así, en Platón, el organismo se concibe como una imagen del mundo viviente. En Aristóteles, la naturaleza es el devenir de la materia, la causa de su forma y su propósito. En el caso de los estoicos, la physis se reduce a lo externo, que se distingue precisamente de la naturaleza (racional) superior del hombre: el orden moral como instancia enfrente del orden natural. En la Edad Media cristiana (occidental), la naturaleza aparece como la creación de Dios, independientemente actuante, como el verde viviente. La naturaleza humana se define desde su semejanza a Dios creador. Dios es la naturaleza creativa (natura naturans) que creó las entidades mundanas (natura naturata).

EN JEAN-JACQUES ROUSSEAU, LAS IDEAS DE LA ILUSTRACIÓN SE MEZCLAN CON LA ALABANZA DE LA NATURALEZA, Y NACE LA IDEA DE QUE EL HOMBRE SE HA ALEJADO DEMASIADO DE LA NATURALEZA

El humanismo y el Renacimiento permiten la aparición de la idea de la intervención y la viabilidad de generar naturaleza: ya sea como médico o mago, arquitecto, mecánico o alquimista, la materia se redescubre como algo esencialmente disponible para el ser humano. La comprensión moderna de la naturaleza, que surgió en el período moderno temprano, se puede identificar con dos nombres: René Descartes y Francis Bacon. «Someter a la tierra» – de acuerdo con la palabra bíblica (ver Génesis 28), Bacon equipara el conocimiento natural con su dominación. La naturaleza se convierte en  cuestionable mediante la medición y el experimento, al tiempo que se vuelve autónoma mediante la formulación de las leyes generales de la naturaleza. Déscartes hace una separación entre lo que él llama res extensa y la esfera mental. Esta separación dualista entre la mente y la naturaleza todavía es muy poderosa hoy en día. Mediante el desarrollo tecnológico y los hallazgos científicos, el ser humano ha llegado al antiguo lugar creado y está modelando demiúrgicamente la machina mundi, que se piensa que es una estructura altamente compleja pero controlable.

En Jean-Jacques Rousseau, las ideas de la Ilustración se mezclan con la alabanza de la naturaleza, y nace la idea de que el hombre se ha alejado demasiado de la naturaleza. Los románticos contribuyen como mejor saben a mitificar lo natural como lo primigenio y bueno, mientras que Alexander von Humboldt reúne la naturaleza física y moral del hombre. Más tarde, al valor estético de la naturaleza se le une un valor ético, tal como la religión lo había hecho anteriormente con la naturaleza como producto de la creación.

EL PAISAJE SUPUESTAMENTE NATURAL EN REALIDAD DEBERÍA LLAMARSE PAISAJE CULTURAL

Hoy en día se pueden identificar dos conceptos de la naturaleza en competencia: el mecanicista y el organicista. El primero, basado en la metáfora de la máquina, se caracteriza, en primer lugar, por la división sujeto-objeto, en segundo lugar, por el mecanicismo, en tercer lugar, por el experimento y, en cuarto lugar, por la relación dominación-esclavitud. En el segundo concepto, el órgano sirve como una alegoría, que contiene la idea de totalidad, organicidad, simpatía y la igualdad de todos los seres vivos. Desde ambas concepciones, sin embargo, nos encontramos con un problema nuevo: la naturaleza virgen, la pura, aquella sobre la cual la sociedad no ha trabajado aún, no existe. Desde que existe el ser humano no ha dejado de cambiar su entorno, afectando a la naturaleza. El paisaje supuestamente natural en realidad debería llamarse paisaje cultural.

EL SER HUMANO ES PARTE DE LA NATURALEZA

Hablamos de la naturaleza y nos olvidamos de nosotros mismos: nosotros mismos somos la naturaleza, parte inseparable de ella. En consecuencia, la naturaleza es algo bastante diferente de lo que sentimos cuando pronunciamos su nombre. Convertir nuestras ideas, nuestras percepciones del medio en que vivimos en principios absolutistas no nos acerca a la realidad. En absoluto.

Y, sin embargo, más allá del etiquetado de productos de consumo procedente del entorno (natural), obviamente naturales, con la marca “bio” o “cien por cien natural”, caemos una y otra vez en la tentación de deificar todo aquello que no somos “nosotros” a costa, siempre, de demonizar todo lo que nosotros hacemos. El caso de la llamada “huella ecológica” es aquí un buen ejemplo. Sus promotores describen la influencia humana en la naturaleza como intrínsecamente mala. Somos vistos como una enfermedad en el planeta. La metáfora de la huella ecológica transmite la idea de que pisoteamos la tierra con nuestras sucias botas. En consecuencia, por ejemplo, somos juzgados moralmente por el alcance de nuestras emisiones de CO2. Un viaje a Los Ángeles supone tres toneladas y media de CO2, el viaje al restaurante X kilos, el filete en el plato sigue sumando y así sucesivamente.

SI NO HUBIÉRAMOS AUMENTADO NUESTRA HUELLA ECOLÓGICA, AÚN VIVIRÍAMOS EN CUEVAS, TENDRÍAMOS UNA ESPERANZA DE VIDA DE APROXIMADAMENTE 35 AÑOS Y MORIRÍAMOS DE HAMBRE

Esta actitud hacia la existencia humana está en profunda contradicción con las ideas nacidas del humanismo y la Ilustración. Si no hubiéramos aumentado nuestra huella ecológica, aún viviríamos en cuevas, tendríamos una esperanza de vida de aproximadamente 35 años y moriríamos de hambre. La metáfora de la huella ecológica busca destruir la aspiración histórica e inspiradora de la humanidad de conseguir progreso, bienestar y libertad enfrentándose -adaptándose- a los caprichos crueles de la naturaleza.

Los promotores de este tipo de ideas son como una autoridad religiosa moderna ansiosa por controlar nuestro comportamiento. Recuerda el Galileo Galilei de Bertold Brecht, donde los pobres deben ser felices sabiendo que Dios lo quiere así y les está poniendo a prueba. En el mismo estilo, los ecoverdistas de hoy quieren que los pobres sean felices sabiendo que la naturaleza requiere de su pobreza o les exige lograr un equilibrio místico indefinible. Pero deben seguir siendo pobres.

A diferencia de los ecoverdistas, creo que deberíamos sacar a los pobres de su miseria y mejorar las vidas de todos: hacer crecer nuestras economías, aumentar nuestra huella ambiental y liberar nuestro potencial creativo y adaptativo. O, como habría dicho Francis Bacon, necesitamos dominar más la naturaleza y obligarle a revelar sus secretos.

POR: Luis I. Gómez en DESDE EL EXILIO