«El engaño del ‘alarmismo climático’ es una advertencia que ha sido emitida por Patrick Moore, cofundador de Greenpeace, para alertar al público sobre la agenda promovida por la élite globalista y la falsedad de la idea de una crisis climática. Moore, quien previamente ocupó el cargo de presidente de Greenpeace Canadá y contribuyó a la creación de la organización internacional en 1971, ha dedicado su vida al activismo ambiental. Sin embargo, tras abandonar el grupo en 1986, ha intentado informar a la sociedad acerca del secuestro del movimiento ambientalista con fines políticos.»
«Dejen de creer todo lo que les dicen los principales medios de comunicación y busquen la verdad», advirtió Moore en una rara entrevista con el presentador de podcasts Dan Proft. Destaca cómo los defensores de la agenda verde han estado utilizando los cambios en el clima para sugerir que el calentamiento global está destruyendo el planeta. «Es importante resolver qué es verdad y qué no lo es», añadió.
En el podcast «Counterculture», Moore le dijo a Proft que el otro día dijeron que era el año más caluroso en la historia de la tierra, pero eso no es cierto. Según Moore, todo el alarmismo climático y la idea de una catástrofe climática son completamente falsos. Él declaró que no estamos enfrentando una crisis climática y que no está sucediendo nada realmente radical con el clima.
Liderando actualmente la Coalición CO2 se encuentra Moore, una fundación no partidista cuyo objetivo es educar a los líderes políticos y al público sobre las valiosas contribuciones del dióxido de carbono tanto en nuestras vidas como en la economía. Con más de 50 años de experiencia como ecologista y activista ambiental, Moore sostiene que un aumento en los niveles de dióxido de carbono en la atmósfera tiene beneficios. Según él, las afirmaciones de que el cambio climático es «causado por el hombre» son consideradas por él como «propaganda» peligrosa.
«Los comentarios de Moore, un destacado experto en ambientalismo, chocan frontalmente con la agenda verde promovida por la administración del presidente demócrata Joe Biden y organizaciones globalistas como las Naciones Unidas (ONU) y el Foro Económico Mundial (WEF). Aquellos que defienden la agenda verde insisten en que el público debe reducir sus ‘huellas de carbono’ para ‘salvar el planeta’.»
Recientemente, la narrativa anti-carbono ha puesto su atención en la industria agrícola. Según un informe de Slay News, John Kerry, el zar climático de Biden, está instando a los agricultores a abandonar la producción de alimentos para cumplir con los objetivos radicales de Net Zero establecidos por la administración para reducir las emisiones.
Mientras escribo estas líneas unos 2.700 seres ilustres, entre los que se cuentan Presidentes de Gobierno y Jefes de Estado; líderes políticos de toda adscripción, con su pin 2030 en la solapa; CEOs de grandes multinacionales y empresas punteras; banqueros de riñón forrado; representantes ilustres de la sociedad civil, y propietarios de grandes medios de comunicación, se hallan reunidos en el Foro de Davos
Mientras escribo estas líneas unos 2.700 seres ilustres, entre los que se cuentan Presidentes de Gobierno y Jefes de Estado; líderes políticos de toda adscripción, con su pin 2030 en la solapa; CEOs de grandes multinacionales y empresas punteras; banqueros de riñón forrado; representantes ilustres de la sociedad civil, y propietarios de grandes medios de comunicación, se hallan reunidos en el Foro de Davos, sacando humo por las orejas durante cuatro días o así, a fin de “impulsar soluciones con visión de futuro y abordar los desafíos globales más apremiantes”. Al menos ese es el objetivo según el portal oficial WEF (World Economic Forum) de la monumental francachela que se montan anualmente aquellos que rigen los destinos del mundo.
Llegan muy ufanos en sus flotillas de jets privados, con sus séquitos de asesores, adláteres, paniaguados y prensa subvencionada; se abrazan y se dejan querer en la alfombra roja; pronuncian discursos trascendentes en tono circunspecto pero con sonrisa ladina; se ponen tibios de pato a la naranja, ostras de Arcade, transportadas en contenedores especiales, y langosta a la meunière –manjares generosamente regados con grandes reservas y con champagne Cuvée Dom Ruinart Blanc de Blancs 2010 de Maison Ruinart–; mitigan la soledad y el insoportable peso que el poder conlleva solazándose con escorts selectas entre sesión y sesión, y, tras unos cuantos eructos, polvos y fotos oficiales para consumo global e interno regresan con expresión triunfal, dejando tras de sí una huella de carbono y un despilfarro inmensurable.
Pero calma, calma, que les veo venir… No se sitúen, amigos lectores, en una tesitura conspiranoica. A mí esas teorías me divierten mucho, para qué negarlo, pero fijo que ninguno de estos próceres del mundo mundial es un Illuminati, o aún peor, un Anunnaki reptiliano morador de la Tierra Hueca –aunque algunos tengan una morfología de ofidio que espanta–. No, simplemente son seres superiores (ahí tienen a nuestro insigne Presidente) dispuestos a solventar todos los problemas que nos afligen desde tiempo inmemorial, desde el olvidado agujero de ozono de la Antártida, el SIDA, el Ébola, las crisis económicas, el deshielo de los casquetes polares, las guerras geoestratégicas, las epidemias propagadas por un murciélago cabrón que se escapó de un laboratorio, y mil maldiciones más que requieren de bálsamos de Fierabrás a la voz de ya… porque el mundo, ahora mismo, va de culo, cuesta abajo y sin frenos.
Son muchísimos los problemas y poco el tiempo disponible para atajarlos o paliarlos… ¿Cómo parar una guerra no auspiciada por nadie?, ¿cómo reducir el nivel de contaminación sin dejar de producir y crecer?, ¿cómo reducir la población mundial porque aquí sobra, eso dicen ellos, más de la mitad de la gente?, ¿cómo lidiar con el cambio climático que nos abrasará en breve?, y sobre todo la pregunta más acuciante: ¿cómo alimentar a millones de parias y desheredados en tiempos de crisis, hiperinflación galopante y escasez de materias primas?
Tranquilos, que en 2030 todo esto estará solventado, a base de downsizing, decrecimiento controlado, y seremos felices sin necesidad de comer perdices. Confíen en la famosa Agenda. Estamos en las mejores manos. En lo referido a las hambrunas la solución es el grillo. Pepito Grillo. Nos lo vamos a comer, usted, yo, Vicente y el resto de la gente. La voz de Pepito Grillo, otrora voz de la exigua conciencia de los mentirosos, será ahora conciencia universal. Y también nos zamparemos al escarabajo del estiércol y sus larvas. Hasta en la sopa los vamos a degustar. Luego vendrán los gusanos, las larvas y los artrópodos, que constituyen el filum más numeroso y diverso del reino animal. No se espanten, recuerden a Steve McQueen interpretando a Papillón y cazando cucarachas en su celda en la Guayana francesa.
En medio de la tremenda avalancha de noticias que se generan a diario, quizás a muchos de ustedes les haya pasado inadvertida una medida legislativa de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) que el 23 de marzo de 2022 ratificó la “seguridad” (déjenme poner comillas al término seguridad) en el consumo –en forma de pasta o preparado alimenticio, parcialmente desgrasado, congelado, liofilizado, molido, triturado o en polvo–, del Acheta domesticus (grillo de proximidad, como el de su jardín) y también la del Alphitobius diaperinus, o escarabajo Pelotero, un coleóptero veneradísimo en el antiguo Egipto –hasta el séquito del faraón se detenía a su paso, recuerden el magnífico film de 1966 de Jerzy Kawalerowicz– que redondea con sus patitas dentadas boñigas de estiércol para criar a sus larvas. La UE ha dictado Reglamento de Ejecución con fecha 5 de enero de 2023, a pesar de que admiten posibles efectos secundarios, reacciones adversas, alergénicas –sobre todo en aquellos que presenten intolerancia a moluscos y crustáceos–, e incluso casos de anafilaxia, no recomendando, por tanto, su consumo a menores de 18 años. Nuestro BOE ya ha publicado la normativa.
Y en esas estamos. Como parece que a nivel planetario debemos ir haciéndonos a la idea de que “the end is near and so we face the final curtain”, que nos cantaba Frank Sinatra, estos dos encantadores bichitos van a pasar a formar parte de panes, multicereales, colines, barritas energéticas, galletas, bizcochos, repostería en general, platos preparados con leguminosas y cereales, sucedáneos de carne, sopas o polvos de sopa, chocolate, pizzas, harinas, aperitivos, snacks, y mil y un productos más.
Nos estábamos quedando sin abejas, cada vez más raras de ver, y ahora se van a cepillar a millones de grillos y escarabajos. Torrefacción y molido. Y eso me lleva a recordar un lejano día en que un brillante profesor de Ciencias Naturales de bachillerato entró en clase y desplegó en la pared un gran mapa ilustrado, taxonómico, mostrando desde la base hasta el vértice de la pirámide todos los reinos y especies de nuestro mundo, desde los protozoos hasta el Homo sapiens. Tras una larga disertación nos preguntó: ¿cuál de estos animalitos consideran ustedes que es el más insignificante y prescindible? Claro, los reptiles, batracios, insectos e himenópteros ganaron por goleada. Aquel profesor fue contundente: “Si eliminan eso, lo pagarán caro, porque el mundo se irá a la mierda”.
Era mentira. Porque nos cepillamos anualmente docenas, centenares de especies, y aquí no pasa nada. Menos mal que tenemos a estas lumbreras al timón, pilotando el big reset que hará que todos seamos felices sin ser dueños del sayo que vistamos o de las alpargatas que calcemos. Tienen solución para todo: ¿Exceso de contaminación? Pues coche eléctrico que te endoso, a precio estratosférico, y ya lo pagarás como puedas y ya te espabilas buscando un enchufe; ¿hambruna en el horizonte?, pues toma grillo y escarabajo, que cuando se acaben ya seguiremos con gusanos, libélulas, hormigas y babosas. Y así, con todo. Absolutamente con todo. Y lo que no arregle la izquierda progresista mejor que lo dejemos en manos de Dios o de quien sea… There’s anybody out there?
A todo nos acostumbramos, amigos. Después de todo, los hábitos alimentarios son una mera cuestión cultural. Estas cosas en muchos puntos de Asia se las comen a diario de entrante, seguido de una buena rodaja de anaconda a la plancha y un licor de “largato” para bajar. Eso sí, aquí se impone que Klaus Schwab, George Soros, Bill Gates, Christine Lagarde, Pedro Sánchez, Alberto Nuñez Feijóo y, sobre todo, Alberto Garzón, el del chuletón descomunal, den ejemplo. Los queremos ver devorar un plato de escarabajos y otro de saltamontes au point en vivo y en directo. Las salsas, al gusto, porque todos ellos son muy finos.
El problema es que una vez iniciado, y aceptado –que eso está aún por ver–, ese camino, nos aproximamos un poco más a la solución final, de corte orwelliano. Les recomiendo encarecidamente que vean, o vuelvan a ver, “Soylent Green” (1973), titulada en España “Cuando el destino nos alcance”, película distópica dirigida por Richard Fleischer, con unos magníficos Charlton Heston y Edward G. Robinson –fue la última película de este inmenso actor–, en la que la humanidad malvive gracias a una «alga marina» salvífica; un último y desesperado recurso alimentario que el Gobierno reparte entre las masas, por el cual todos son capaces de matar a su hermano o a su vecino… Un alga que nace –tremenda revelación final– de la desesperación de millones, de la eutanasia voluntaria y de las morgues habilitadas a tal efecto.
Les dejo, que se desploma la temperatura y tengo que tapar los ajos, puerros, apios y semillas varias que estoy germinando. Sean felices. Bueno, sean lo que puedan ser, o lo que nos dejen ser. El núcleo de la Tierra ya gira a la inversa. Descorche lo que tenga a mano y rece para que cualquiera que no sea Pedro Sánchez esté al timón.
Hemos llegado a un punto en el que cada vez son más las personas que prefieren autocensurarse, eludir la discusión, el debate o, simplemente, no manifestar su opinión ante el riesgo de ser señaladas con el dedo.
Es muy probable que usted, querido lector, pertenezca a una familia de clase media, con más o menos posibles, en la que, desde la más tierna infancia, sus padres, abuelos y familiares le educaron en una serie de convenciones morales, algunas de ellas bastante elementales tales como que no se debía abusar de los demás, que estaba mal pegar o pelearse, menos aún hacerlo con personas manifiestamente más débiles. Incluso, tal vez le enseñaran que la violencia de cualquier tipo, no sólo física, sino también verbal, contrariamente a lo que un crío pueda creer, no te colocaba por encima de los demás sino justo lo contrario: te degradaba.
Era difícil siendo muy joven asumir por completo esas enseñanzas, sobre todo en el colegio, sin el amparo de la familia, rodeado de desafiantes competidores, de locos bajitos que buscaban destacar sobre los demás, erigirse en líderes dominantes o, simplemente, colocarse los primeros en la cadena alimenticia de una selva infantil. En ocasiones se fracasaba porque resultaba imposible reprimir el insulto ante una provocación o no recurrir al uso de la fuerza cuando algún chaval te arreaba un mamporro durante una discusión. Sin embargo, los mayores insistían. Así, perseverando, madurabas y desarrollabas un mayor autocontrol. Ya de adulto, eras tú quien transmitías esas mismas convenciones a tus hijos, que a su vez tenían que asumirlas e intentar salir indemnes de sus infantiles selvas particulares.
Evolución social
Sin embargo, pese a esas convenciones nobles, aquellos eran tiempos diferentes. Tiempos en los que hacer chistes sobre maricas, negros, mujeres, discapacitados físicos o mentales no estaba mal visto. Se admitían porque nos hacían reír y se descontaba que su coste moral no recaía sobre nosotros sino que corría a cuenta de minorías testimoniales. La “ofensa” era inocua, en tanto que afectaba a grupos supuestamente residuales o que no manifestaban de forma contundente su indignación. Obviamente esta circunstancia no ennoblecía la costumbre. De hecho, antes de que aparecieran grupos organizados que defendieran a las minorías, estas actitudes ya resultaban incómodas para quienes eran educados en contra del abuso, porque podían intuir cierta incoherencia entre esas elevadas convenciones transmitidas en el seno familiar y la trivialización del menosprecio, aunque fuera para pasar el rato. Así, aunque la actitud mayoritaria consistiera en mirar para otro lado, con el tiempo aquellas actitudes fueron cayendo en desuso.
El progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a cualquier práctica que atente o denigre a los demás
Podríamos decir que el progreso social consiste en desarrollar reglas informales contrarias a cualquier práctica que atente o denigre a los demás. Unas reglas informales que tarde o temprano terminan convirtiéndose en reglas formales. Quizá no a la velocidad que muchos desean, pero la evolución se produce. Sin embargo, lo que hoy entendemos como corrección política (o políticamente correcto) es relativamente reciente. Un fenómeno no tanto surgido de forma espontánea, a través de reglas informales que dimanan de la sociedad, sino dirigido desde las instituciones a exigencia de organizaciones que, se supone, representan a grupos agraviados, discriminados o simplemente vituperados. Esta corrección política ha dado lugar no sólo a legislaciones polémicas, que, esgrimiendo la discriminación positiva, han chocado frontalmente contra el principio de igualdad ante la ley, sino al surgimiento de una policía del lenguaje. Incluso, en ocasiones, lo que puede parecer un avance, una evolución, puede ser un viaje al pasado, como sucede, por ejemplo, con el “novedoso” delito de odio, que es una puesta al día deldelito por convicción ideado en la totalitaria y, se supone, desaparecida Unión Soviética.
La policía del lenguaje
Hoy, cualquiera con una mínima empatía sabe que no sólo la agresión física hace daño sino que también puede hacerlo la palabra. Por lo tanto, la corrección política, que afecta al uso del leguaje, ha progresado sin apenas resistencia, a una velocidad vertiginosa, demasiado vertiginosa como para no producir efectos adversos. Al fin y al cabo, ¿quién osará oponerse a prohibiciones que persiguen actitudes inmorales? Lamentablemente, las sociedades no son masas uniformes de millones de individuos, capaces todos de avanzar a igual velocidad en el complejo terreno de las convenciones. Hay quienes están encantados con que la progresión sea vertiginosa y quienes necesitan más tiempo para asumir situaciones completamente nuevas que, en no pocos casos, les obligan no ya a luchar contra la costumbre, el hábito, sino a girar 180 grados sobre sí mismos.
Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente
Hoy, cualquiera puede meterse en un buen lío por el simple hecho de tener un desliz y usar una expresión inconveniente, quizá anacrónica, aunque sólo sea una frase hecha dentro de una conversación mucho más amplia y, desde luego, sin intención de ofender. Peor aún, se puede sacar de contexto una expresión y que algún desdichado termine siendo linchado socialmente, sin que la turba atienda a razones. De hecho, resulta alarmante la facilidad con la que hoy se adjudican etiquetas como “intolerante”, “machista”, “racista”, “xenófobo”, “homófobo” a cualquiera que, no ya utilice expresiones incorrectas, sino manifieste su desacuerdo o disienta de determinadas iniciativas, leyes o medidas que supuestamente tienen como fin revertir algún tipo de discriminación.
Autocensura y silencio
Así, hemos llegado a un punto en el que cada vez son más las personas que prefieren autocensurarse, eludir la discusión, el debate o, simplemente, no manifestar su parecer ante el riesgo de ser señaladas con el dedo y que su reputación se vea comprometida. En vez de propiciar el acuerdo, el intercambio de ideas y pareceres, se incentiva el silencio, la falta de comunicación y el distanciamiento entre las personas.
Los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder
Para que una sociedad evolucione de forma equilibrada es necesario un clima que favorezca el diálogo, donde las personas puedan expresar libremente sus preocupaciones, inquietudes, dudas y, por qué no, desacuerdos. Una sociedad sana tiene que poder debatir sobre cualquier asunto, abiertamente, sin tabúes, desde todas las perspectivas y dentro de un clima de confianza. Pero si la policía de la corrección política anda al acecho, atenta al menor indicio de disidencia, dispuesta a arrojar a la hoguera a cualquier sospechoso de herejía, ese clima es imposible. Así, lejos de lograr la integración, lo que se perpetúa es la exclusión. Si hay un síntoma de la crisis de la política es la incapacidad de los partidos para sumar, para ser realmente inclusivos. Muy al contrario, los políticos llevan demasiado tiempo jugando al peligroso juega de la polarización, a dividir a la sociedad en facciones, en grupos de intereses de los que se valen para alcanzar el poder. Y están determinados a perseverar en el error.
Como muestra, valga un botón. Tras la victoria de Trump, el partido Demócrata se plantea buscar un candidato que movilice el voto afroamericano y latino, porque ahí ha estado la clave del fracaso de Hillary Clinton. Pero lo que puede parecer un acierto en el corto plazo, es un error a largo plazo. En realidad, el fracaso no ha estado en no movilizar a minorías decisivas sino plantear la política como un juego de desequilibrios, en vez de como un gran proyecto, donde todos los ciudadanos, independientemente de su raza, sexo, religión o preferencias, estén y se sientan debidamente representados.
ENGLISH
We have reached a point where more and more people prefer to self-censor, avoid discussion, debate or simply not express their opinion at the risk of being pointed with the finger.
It is very likely that you, dear reader, belong to a middle-class family, with more or less possibility, in which, from the earliest childhood, their parents, grandparents and relatives educated him in a series of moral conventions, some of them They were quite elementary such as not to abuse others, it was wrong to hit or fight, let alone to manifestly weaker people. They might even teach him that violence of any kind, not only physical but also verbal, contrary to what a child can believe, did not put you above others, but just the opposite: it degraded you.
It was hard to be very young to fully assume these teachings, especially in school, without the protection of the family, surrounded by challenging competitors, crazy little people who wanted to stand out over others, become dominant leaders or simply put the first In the food chain of a children’s jungle. Sometimes it failed because it was impossible to suppress the insult to a provocation or not to resort to the use of force when some guy was driving you a fight during an argument. However, the elders insisted. Thus, persevering, matured and developed a greater self-control. As an adult, it was you who transmitted these same conventions to your children, who in turn had to take them and try to get free of their childish particular jungles.
Social evolution
However, despite these noble conventions, these were different times. Times in which to make jokes about fags, blacks, women, physically or mentally disabled were not frowned upon. They were admitted because they made us laugh and it was deduced that their moral cost did not fall on us but it was run by testimonial minorities. The «offense» was innocuous, while it affected groups supposedly residual or who did not manifest in a forceful way their indignation. Obviously this circumstance did not ennoble the custom. In fact, prior to the emergence of organized groups defending minorities, these attitudes were already uncomfortable for those who were educated against abuse, because they could sense a certain inconsistency between these high conventions conveyed in the family and the trivialization of contempt, Outside to hang out. Thus, although the majority attitude consisted in looking the other way, over time those attitudes were falling into disuse.
Social progress consists of developing informal rules that are contrary to any practice that threatens or denigrates others
We could say that social progress consists in developing informal rules that are contrary to any practice that threatens or denigrates others. Informal rules that sooner or later end up becoming formal rules. Maybe not at the speed that many want, but evolution occurs. However, what we understand today as political correctness (or politically correct) is relatively recent. A phenomenon not so much spontaneously emerged, through informal rules that emanate from society, but directed from the institutions to the demands of organizations that are supposed to represent aggrieved groups, discriminated or simply vituperated. This political correctness has given rise not only to controversial legislation, which, on the basis of positive discrimination, has clashed head-on against the principle of equality before the law, but to the emergence of a language police. Sometimes, what may seem to be an advance, an evolution, can be a journey into the past, as, for example, with the «novel» hate crime, which is an updating of crime by conviction devised in the Totalitarian and, supposedly, disappeared Soviet Union.
The Language Police
Today, anyone with a minimum of empathy knows that not only does physical aggression hurt, but so can the word. Therefore, political correctness, which affects the use of language, has progressed with little resistance, at a vertiginous speed, too dizzying to produce no adverse effects. After all, who dares oppose prohibitions that pursue immoral attitudes? Regrettably, societies are not the uniform masses of millions of individuals, all capable of advancing at the same speed in the complex terrain of conventions. There are those who are delighted that the progression is vertiginous and those who need more time to take on completely new situations that, in a few cases, force them not to fight against habit, but to turn 180 degrees on themselves.
Today, anyone can get into a mess by the simple fact of having a slip and use an expression inconvenient
Today, anyone can get into a mess by the simple fact of having a slip and use an inconvenient, perhaps anachronistic, expression, if only a phrase made into a much broader conversation and certainly not meant to offend. Worse, an expression can be taken out of context and some wretch ends up being socially lynched, without the mob attending to reasons. In fact, it is alarming the ease with which today labels like «intolerant», «macho», «racist», «xenophobic», «homophobic» are given to anyone who does not already use incorrect expressions, but expresses their disagreement or dissents Of certain initiatives, laws or measures that are supposed to reverse some form of discrimination.
Self-censorship and silence
Thus, we have reached a point where more and more people prefer to self-censor, to avoid discussion, debate or simply not to express their opinion to the risk of being pointed with the finger and that their reputation Is compromised. Instead of fostering agreement, the exchange of ideas and opinions, silence is encouraged, lack of communication and distance between people.
Politicians have spent too long playing the dangerous game of polarization, dividing society into factions, groups of interests that are used to achieve power
For a society to evolve in a balanced way, it is necessary a climate that favors dialogue, where people can freely express their concerns, concerns, doubts and, why not, disagreements. A healthy society must be able to discuss any issue, openly, without taboos, from all perspectives and within a climate of trust. But if the politically correct police are on the lookout for the slightest sign of dissent, ready to throw any suspected heresy to the stake, that climate is impossible. Thus, far from achieving integration, what is perpetuated is exclusion. If there is a symptom of the crisis of politics is the inability of parties to add, to be truly inclusive. Quite the contrary, politicians have spent too long playing the dangerous game of polarization, dividing society into factions, into groups of interests that are used to achieve power. And they are determined to persevere in error.
As shown, a button is worth. After Trump’s victory, the Democratic Party plans to seek a candidate who mobilizes the African-American and Latino vote, because that has been the key to Hillary Clinton’s failure. But what may seem like a success in the short term is a long-term mistake. In reality, the failure has not been to not mobilize decisive minorities but to pose politics as a game of imbalances, rather than as a grand project, where all citizens, regardless of race, sex, religion or Feel properly represented.