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Cómo vencer la cultura del miedo

Nuestros padres y abuelos no vivían obsesionados por la salud ni por vivir cien años. Cierto es que nadie les recomendaba excentricidades como beber dos litros de agua al día, pues en aquel entonces no se bebía por obligación sino cuando se tenía sed, un sistema milenario bastante infalible que recomiendo encarecidamente.

Fernando del Pino Calvo-Sotelo

Vivimos en una sociedad atrapada por el miedo, y ese miedo nos está arrebatando nuestra libertad y nos está impidiendo vivir, porque vivir esclavizado por el miedo no es vivir. El hombre fue creado libre, y no para arrastrar los pies tristemente atado a las herrumbrosas cadenas del miedo.

La sociedad actual es mucho más miedosa que la de nuestros antepasados. Cuando yo era pequeño y montábamos en bicicleta, de vez en cuando nos caíamos y nos hacíamos alguna herida. La culpa no era del exceso de velocidad ni de la impericia del niño, sino de la fuerza de la gravedad. Sin fuerza de gravedad es imposible caerse, ¿verdad? Pero es lo que hay, qué le vamos a hacer. Vivir es arriesgarse. Hoy en día hay niños que van en bici con casco, coderas, rodilleras, guantes (y móvil, naturalmente).

Nuestros padres y abuelos no vivían obsesionados por la salud ni por vivir cien años. Cierto es que nadie les recomendaba excentricidades como beber dos litros de agua al día, pues en aquel entonces no se bebía por obligación sino cuando se tenía sed, un sistema milenario bastante infalible que recomiendo encarecidamente.

Hoy, por el contrario, los medios tienen una sección de “Salud” en la que nos asustan con todo tipo de enfermedades y nos prometen que, si cumplimos con unas normas, seguimos un estilo de vida determinado o la dieta de moda, vamos constantemente al médico y nos atiborramos a medicinas, viviremos eternamente.

El deseo de inmortalidad del hombre moderno

El hombre moderno, controlado por la Cultura del Miedo, vive obsesionado con la eterna juventud fingiendo que la muerte no existe. ¿Han tenido éxito estas ínfulas de inmortalidad?

La respuesta quizá les sorprenda. Naturalmente que la esperanza de vida al nacer ha aumentado mucho, pero no hay que confundir esperanza de vida con longevidad. No es que el ser humano viva mucho más, sino que un número mayor de los que nacen llegan a la vida adulta gracias, sobre todo, a la reducción de la mortalidad infantil.

Platón, en el s. IV a. C, vivió 80 años; san Juan (s. I), cerca de 90; san Alberto Magno, en el s. XIII, 87 y Juan de Mariana, en el s. XVI, 88 años.

De hecho, la esperanza de vida a los 65 años apenas ha aumentado 4 o 5 en el último siglo, lo que significa que un hombre de 65 años que a finales del s. XIX esperaba vivir hasta los 78 ahora puede confiar en vivir hasta los 83[1]. En personas de más de 80 la esperanza de vida apenas ha aumentado en Occidente en los últimos 100 años[2], y esto a pesar de vivir en la sociedad más medicada de la Historia.

¿Necesitamos vivir entre algodones? Una vida de privaciones físicas tampoco parece ser óbice para alcanzar una provecta edad. Diógenes, en el s. IV a.C., caminaba descalzo todo el año, dormía en los pórticos de los templos envuelto en un manto y alcanzó los 90 años. Claro está, lo hizo durante el Período Cálido Romano, cuando la temperatura del planeta era superior a la actual (para desmayo de los cambioclimatistas[3]).

San Antonio Abad, uno de los eremitas del s. III conocidos como los Padres del Desierto, llegó a los 105 de edad de ayuno en ayuno. Y el psicólogo Viktor Frankl, superviviente de Auschwitz, murió con 92, y no fue una excepción, pues los supervivientes de los campos de concentración han sido estadísticamente longevos[4].

El miedo a todo

Pero ¿qué es el miedo? El miedo es la ansiedad anticipatoria de un daño, real o imaginario. Cuando el miedo anticipa un daño real evitable nos protege, pues podemos prevenirlo. Sin embargo, cuando nos anticipa un daño inevitable, o un daño evitable, pero lo hace de forma desproporcionada o, peor aún, cuando nos anticipa un daño meramente imaginario, puede resultar funesto.

La Cultura del Miedo[5] exacerba, interioriza y extiende a la vida cotidiana un miedo desproporcionado, creando una sociedad caracterizada por la búsqueda compulsiva de una seguridad inalcanzable que idealiza una fantasía: que es posible vivir con riesgo cero.

Así, la Cultura del Miedo nos ofrece la manzana envenenada de una falsa promesa de seguridad a cambio de nuestra libertad y lo hace bajo dos premisas. La primera es que todo es peligroso; la segunda es que todo peligro puede ser evitado si obedecemos determinadas normas ordenadas por el Poder, sea político, científico o médico, que nos protegerá de todo mal.

La divinización de la seguridad no deja ser otra idolatría y, como buen ídolo, no es fiel a sus promesas. Efectivamente, la seguridad es elusiva por inexistente.

El miedo al covid, al cambio climático o a la guerra nuclear son sólo ejemplos concretos. Los principales temores con los que nos asusta la Cultura del Miedo son el miedo a la falta de amor, a la soledad, a la enfermedad, a la ancianidad y a la muerte, a la crítica, a la pobreza, y, de forma muy significativa, a la libertad. En definitiva, la Cultura del Miedo nos propone que tengamos miedo a la vida.

Las trampas de la Cultura del Miedo

Lo siniestro es que esta cultura del temor constante no desea solucionar estos miedos, sino hacerlos crónicos. Así, frente al miedo a la pobreza nos propone más Estado, menos libertad y menos propiedad privada, exactamente aquello que aumenta la pobreza.

Frente al miedo a la crítica propone las redes sociales, donde se fomenta precisamente el miedo a no ser aceptado y se censura o lincha a quien no comulga con las ruedas de molino del pensamiento único.

Frente al miedo a la falta de amor y a la soledad propone la destrucción de la familia mediante el divorcio exprés, el aborto y la perversa ideología de género.

Frente al miedo a la enfermedad propone la hiper medicación que conduce a la hipocondría, o los aberrantes confinamientos de personas sanas, el aislamiento social, la farsa de las mascarillas o la vacunación coercitiva con terapias genéticas ineficaces y peligrosas.

Frente al miedo a la ancianidad, propone la eutanasia; y frente al miedo a la muerte, la desesperanza. Hay algo oscuro en todo esto, ¿verdad?

Por último, la Cultura del Miedo, y los yonquis del poder que la promueven, desean fervientemente que tengamos miedo a la libertad, pues libertad implica responsabilidad.

Simultáneamente crean el miedo a lo que ellos llaman “perder la libertad”, pero se trata de un sucedáneo. Por ejemplo, nos proponen que no nos comprometamos de por vida con nuestro cónyuge y que no luchemos por nuestro matrimonio (divórciate y recobra “tu libertad”).

O que no tengamos ese maravilloso hijo que nos atará de por vida con los lazos del amor, sino que lo destruyamos en el vientre de su madre (aborta y recobra “tu libertad”). O que no intentemos, en fin, vencer nuestras pasiones y luchar por obrar bien: “libérate”, hombre, y haz lo que te dé la gana. Esto sólo conduce a la infelicidad y a la esclavitud, pues en vez de elevar al ser humano lo animaliza. Como decía Séneca, “en la virtud radica la dicha verdadera[6]”.

Para los cristianos la historia del miedo está ligada al pecado original, pues la primera vez que aparece el miedo en el Génesis fue después de que Adán comiera del fruto prohibido. De modo significativo, por tanto, el temor y el mal aparecen unidos. En el Nuevo Testamento, por el contrario, la Buena Noticia comienza con el “no temas” del ángel a la Virgen María, y una de las frases más recurrentes de Jesucristo es “no tengáis miedo”.

El miedo también nos paraliza impidiendo que desarrollemos nuestros talentos y demos fruto, no en balde en la parábola de los talentos el motivo que esgrime el siervo para no haberlo hecho fructificar es que sintió miedo (Mt 15, 14-30).

El miedo como instrumento del Poder

¿De dónde proviene la Cultura del Miedo? ¿Es éste un fenómeno espontáneo o responde a factores inducidos? El miedo es consustancial al ser humano, pero existen elementos exógenos interesados en exacerbarlo.

Sin duda, el elemento exógeno más importante es la ofensiva del nuevo totalitarismo, que utiliza el miedo para controlarnos. En efecto, el poder no quiere individuos pensantes que dominen sus temores, sino clones obedientes y asustados, al igual que no desean individuos libres, sino hombres-masa dependientes y controlables.

La libertad, don fundamental de Dios al hombre, siempre está amenazada por el poder. Así, poder y libertad son un juego de suma cero: si aumenta uno, necesariamente tiene que disminuir el otro.

Decía Ralph Waldo Emerson que el antídoto contra el miedo es el conocimiento, y es cierto, pero el conocimiento exige pensar, y Occidente vive hoy un declive de la razón. Cuando hace muchos años preguntaron al Premio Nobel Albert Schweitzer qué le ocurría al hombre moderno, respondió: “El hombre de hoy simplemente no piensa”.

Si pensar es al antídoto del miedo y el miedo es el instrumento de los yonquis del poder para controlarnos, éstos procurarán que no pensemos y que nos limitemos a repetir como papagayos la última noticia o el menú ideológico del día.

Dicho sea de paso, el miedo no es el único instrumento que los yonquis del poder utilizan para dominarnos. Conscientes de que el vicio esclaviza y la virtud libera, fomentan el vicio en vez de la virtud, y, como la serpiente del Génesis, lo presentan de modo que sea “atrayente a los ojos y deseable”.

Raro es que un político proponga a los votantes sacrificio, generosidad, esfuerzo, responsabilidad, altruismo, fidelidad, cumplir con la palabra dada, veracidad o respeto a quien opina diferente. Más bien les enseñará a temer (y, por tanto, a detestar) al adversario político, denominará “solidaridad” a la envidia, a la codicia de los bienes ajenos y a fantasías como vivir sin trabajar (o sea, del trabajo de otros) y “derechos” a evitar toda obligación y toda responsabilidad, incluso hacia nuestro cónyuge e hijos.

Las astutas tácticas de la Cultura del Miedo

Los yonquis del poder utilizan el miedo como táctica de control: primero crean un miedo, real o ficticio, que pronto se transforma en ira; luego señalan un culpable, real o inventado, hacia el que dirigir dicha ira; y finalmente se postulan como salvadores si les entregamos nuestra libertad. Así, el miedo acaba conduciendo a la servidumbre.

El caso del covid es revelador: primero crearon el pánico; luego buscaron un chivo expiatorio: los jóvenes, estigmatizados por su comportamiento supuestamente irresponsable, y más tarde los no vacunados, a los que condenaron a un vergonzoso apartheid; y finalmente se postularon como salvadores si les obedecíamos sin rechistar renunciando a nuestra libertad con los confinamientos, mascarillas, “vacunas” y demás tomaduras de pelo.

Pero el miedo también funciona como arma para doblegar voluntades de forma más directa mediante la presión de grupo. El hombre, animal social y gregario, teme el aislamiento, y por tanto es vulnerable a la amenaza de ser estigmatizado y condenado al ostracismo si se atreve a ir contracorriente.

Dios nos creó individuos, únicos e irrepetibles. Los yonquis del poder buscan destruir esa individualidad para transformarnos en dóciles e indistinguibles autómatas.

Un instrumento muy útil para lograrlo son las redes sociales, diseñadas para diluir la individualidad en una masa informe cuyos individuos sean esclavos de su “popularidad” y, por tanto, fácilmente controlables por quien decide lo que es popular. Para eso inventaron los likes, utilizando no sólo el miedo a quedarnos solos, sino nuestra tendencia a construir nuestra opinión sobre nosotros mismos en función del aplauso ajeno, craso y frecuente error.

Al miedo a la presión de grupo se suele unir el abuso del principio de autoridad, que antaño era política, militar o religiosa. Hoy los yonquis del poder han decidido manipular la Ciencia (con mayúscula) para convertirla en la nueva Autoridad, en un nuevo dios, y a los científicos en los nuevos sumos sacerdotes, siervos útiles del poder. Lo dice “la Ciencia”, así que no discutan: obedezcan.

Todo esto está inventado desde hace milenios y los estudiantes de siglos anteriores, más inteligentes que los de hoy (pues carecían de móviles), lo estudiaban en cualquier curso de lógica antes de cumplir los 16.

Se trata de la falacia ad verecundiam, que defiende algo únicamente porque alguien considerado una autoridad lo ha afirmado, la falacia ad hominem, que en lugar de proponer argumentos desacredita a la persona que defiende la postura contraria, y la falacia ad populum, que defiende que algo es verdad sólo porque así lo opina una mayoría o la “opinión pública”.

Durante el covid, las medidas “científicas” más absurdas, las mentiras más descabelladas y las creencias supersticiosas repetidas ad nauseam por los yonquis del poder y sus portavoces mediáticos no han sido más que una sucesión de falacias. En el siguiente artículo recordaré a qué extremo llegamos y propondré cómo combatir la Cultura del Miedo en la que se ha basado la locura que hemos vivido, pues no podemos permitir que se repita.

[1] Life expectancy, 1920–1922 to 2009–2011 (statcan.gc.ca)
[2] Period and cohort-specific trends in life expectancy at different ages: Analysis of survival in high-income countries – ScienceDirect
[3] Persistent warm Mediterranean surface waters during the Roman period | Scientific Reports (nature.com)
[4] Against all odds: Male Holocaust survivors have a longer life-expectancy — ScienceDaily
[5] Cómo Funciona el Miedo, Frank Furedi, Rialp 2022.
[6] Sobre la Vida Feliz, Séneca, Gredos 2011.

El declive de la razón en Occidente

… los yonquis del poder intentan disuadir al hombre para que no piense por sí mismo, pues no quieren individuos pensantes sino clones obedientes, al igual que no desean hombres libres e independientes sino hombres-masa, dependientes y controlables.

Por Fernando del Pino Calvo-Sotelo

Hace muchos años preguntaron al Premio Nobel Albert Schweitzer en una entrevista: “Doctor, ¿qué le ocurre al hombre de hoy?” Tras meditar unos segundos, Schweitzer respondió: “El hombre de hoy simplemente no piensa”. Si ésta era la respuesta hace décadas, me pregunto cómo sería hoy cuando el móvil ha reducido nuestra capacidad de atención al nivel de un simio.

Porque saber en tiempo real todo lo que acontece o repetir como un papagayo lo que oímos de otros no es pensar. Como escribe el gran filósofo colombiano Nicolás Gómez Dávila, “en un siglo donde los medios de publicidad divulgan infinitas tonterías, el hombre culto no se define por lo que sabe sino por lo que ignora[2]”.

Pensar es formar y combinar ideas en la mente tras atenta reflexión, y eso exige detenimiento, tiempo y esfuerzo. Cotorrear, sin embargo, no exige nada de eso, motivo por el que es una actividad más popular. Pero pensar tiene otro atributo adicional: es el escudo que protege nuestra libertad.

Por este motivo, los yonquis del poder intentan disuadir al hombre para que no piense por sí mismo, pues no quieren individuos pensantes sino clones obedientes, al igual que no desean hombres libres e independientes sino hombres-masa, dependientes y controlables.

Para lograrlo, lo primero que hacen es enardecer sus pasiones, puesto que éstas entorpecen a la razón, e inclinarles hacia el vicio, que siempre esclaviza (del mismo modo que la virtud libera). En efecto, raro es que un político proponga a los votantes sacrificio, generosidad, esfuerzo, responsabilidad, cumplir con la palabra dada, veracidad o respeto a quien opina diferente.

Más bien les enseñará a temer (y, por tanto, a detestar) al adversario político, fomentará la envidia y la codicia de los bienes ajenos (bajo la coartada de la “solidaridad”) y prometerá fantasías como vivir sin trabajar (o sea, del trabajo de otros) evitando asumir ninguna responsabilidad, que asumirá el Estado Leviatán, carcelero benevolente. En palabras de Gómez Dávila, “aun sin querer la tiranía, el pueblo quiere fines que la implican”.

Por lo tanto, el sistema de incentivos perverso de las elecciones en las democracias “del Bienestar” conlleva el paulatino debilitamiento moral del individuo y, como moral y libertad son conceptos indisolublemente ligados, la pérdida de moral conduce a la servidumbre.

El poder del miedo

Los yonquis del poder conocen bien un atajo para lograr que el hombre deje de pensar, se deje dominar por las pasiones y acepte la servidumbre. Se trata del miedo.

El miedo puede ser una táctica de control para dirigir nuestras pasiones (generalmente la ira) hacia terceros: se crea un miedo, real o ficticio; se señala un culpable, real o inventado; y “los salvadores” se postulan para protegernos y devolvernos nuestra seguridad a cambio de entregarles nuestra libertad. Miedo y libertad, por tanto, acaban siendo incompatibles.

Pero el miedo también puede ser utilizado para doblegar voluntades de forma más directa. No olviden que el poder trata siempre de someter la voluntad de los demás utilizando su capacidad de modificar su situación mediante la administración de premios y castigos.

Un modo eficaz de intimidar es mediante la presión de grupo. ¿Cómo funciona? Por un lado, confunde la opinión de la mayoría con la verdad, confusión facilitada por la ficción democrática. Es fácil que el hombre, animal gregario y social, crea que si toda la manada se dirige hacia un lugar, allí debe haber comida y agua (aunque sea un despeñadero). No es estrictamente necesario que la mayoría real piense de un modo; basta con que el individuo así lo crea, y esto lo logran los yonquis del poder a través del martilleo mediático.

Asimismo, esa misma naturaleza social hace que el ser humano considere peligroso ir contracorriente y arriesgarse a ser estigmatizado y condenado al ostracismo, pues la soledad le asusta y frecuentemente construye su opinión sobre sí mismo en función del aplauso ajeno.

No olviden que enfrentarse a la masa requiere mucho valor. Como nos recuerda Hannah Arendt en Los Orígenes del Totalitarismo, “han existido hombres capaces de resistir a los más poderosos monarcas y de negarse a someterse ante ellos, pero ha habido pocos que resistieran a la multitud, que permanecieran solos ante las masas manipuladas atreviéndose a decir no cuando se le exigía un sí”.

El último instrumento de manipulación que quiero comentar es el abuso del principio de autoridad. Antaño la autoridad podía ser política, militar o religiosa, pero dado el descrédito de la política, la preterición de lo militar y el declive en las creencias religiosas, los yonquis del poder han decidido convertir a la Ciencia (con mayúscula) en el nuevo dios y a los científicos en los nuevos sumos sacerdotes, siervos útiles del poder. Lo dice “la Ciencia”, así que no discutan: obedezcan.

 Naturalmente, todo esto está inventado desde hace milenios y los estudiantes de siglos anteriores, más inteligentes que los de hoy (pues carecían de móviles), lo estudiaban en cualquier curso de lógica antes de cumplir los 16: es la falacia ad verecundiam, que defiende algo únicamente porque alguien considerado una autoridad lo ha afirmado, la falacia ad hominem, que en lugar de argumentar desacredita a la persona que defiende la postura contraria, y la falacia ad populum, que defiende que algo es verdad sólo porque así lo opina una mayoría o la “opinión pública”.

Finalmente, cuando la intimidación blanda falla, el poder aumentará la presión a través del silenciamiento del disidente mediante la censura o la persecución judicial, y llegados al extremo, utilizará su privilegio de la violencia física, por ejemplo, arrestando al individuo en cuestión, legal o ilegalmente.

Hemos recorrido así el camino por el que los yonquis del poder manipulan, engañan e intimidan al hombre para que no piense y le controlan a través del miedo.

Resulta irónico que esta destrucción de la razón se haya dado precisamente en nombre de la diosa Razón en sociedades que, habiendo abandonado la idea de Dios y el sentido de la trascendencia, se sentían por fin liberadas para alcanzar la iluminación a través de un cientificismo que prometía ser la cúspide de la civilización: el hombre, por fin, se había declarado dios, definidor del bien y del mal y dueño de la vida y la muerte.

“Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra; elegisteis el deshonor, y tendréis la guerra”, espetó un premonitorio Churchill tras el infame acuerdo de Chamberlain con Hitler. Utilizando una paráfrasis, podría decirse de las sociedades occidentales: “Os dieron a elegir falazmente entre fe y razón. Elegisteis perder la fe, y acabareis perdiendo la razón”. Como católico no puedo dejar de admirar la clarividencia de Juan Pablo II cuando defendía en Fides et Ratio que “fe y razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”.

El declive de la razón se ha acelerado en la última década, como muestran la ideología de género o el ecologismo radical que adora a la Madre Tierra como en épocas primitivas, pero voy a centrarme en dos cuestiones: el relato oficial sobre el covid y su paralelismo con la religión climática, cuyo principal punto en común es el control a través del miedo. En ambos casos se nos ordena que no utilicemos la razón y confiemos ciegamente en la autoridad (“científica”, naturalmente). Desobedezcamos.

Terror y mentiras covid

El SAR-CoV-2 apareció a finales del 2019 en una ciudad china en la que un laboratorio (parcialmente financiado por instituciones norteamericanas) estaba investigando o más bien modificando genéticamente ese patógeno en concreto.

Imaginen que se produce un vertido de cacao en un pueblo donde hay una fábrica de chocolate. Como comprenderán ustedes, la probabilidad de que, de todos los lugares de la Tierra, de decenas de miles de ciudades de 195 países de cinco continentes, la epidemia del coronavirus surgiera precisamente en una ciudad donde existía un laboratorio que trabajaba con ese coronavirus sin que el origen sea ese laboratorio es ínfima. Podía haber surgido en cualquier lugar, pero lo hizo precisamente en Wuhan. Fíjense qué puntería.

Luego la razón sugiere claramente que el origen del coronavirus fue una filtración accidental de dicho laboratorio. Digo accidental porque obviamente si el gobierno chino hubiera querido desatar una epidemia no lo habrían hecho en China sino en EEUU.

A pesar de ello, los medios enseguida se hicieron eco de la versión oficial chino-norteamericana respecto al origen supuestamente zoonótico de un pangolín que aún sigue en busca y captura. La irracional e improbable explicación de un salto accidental de animal a humano prevaleció sobre la racional y probable explicación de una negligencia en un laboratorio utilizando la falacia ad verecundiam (algo es verdad porque una autoridad lo dice), y a los que osaban discutir la versión oficial se les tildó de paranoicos de teorías de la conspiración (falacia ad hominem, criticando a la persona y no el argumento).

Tras esta cortina de humo, vino el control a través del miedo: el contubernio político-mediático-farmacéutico puso en marcha una campaña de terror sin precedentes para que la población aceptara alucinantes restricciones a su libertad y se inyectara unas “vacunas” y terapias genéticas en gran medida experimentales.

Este pánico artificialmente creado permitió escenarios propios de dictaduras, como abusos policiales, toques de queda y confinamientos, mientras aparecía la figura del colaboracionista, típica de regímenes totalitarios, que denunciaba a sus vecinos.

La clave de la campaña de terror fue la ocultación de un dato esencial: desde mediados del 2020 se sabía que el covid sólo era una enfermedad peligrosa para una minoría de la población de riesgo, definida por edad y cuatro patologías concomitantes: obesidad, diabetes, hipertensión y cardiopatías. Para el resto el covid era una enfermedad estadísticamente leve, como pusieron de manifiesto numerosos estudios epidemiológicos realizados en muchos países[3], España incluida[4].

Medidas absurdas, despóticas y arbitrarias

Las medidas liberticidas e irracionales se sucedieron una tras otra. Los ilegales confinamientos fueron un completo desastre que arruinaron mental[5] y económicamente a decenas de miles de personas sin beneficio epidemiológico alguno, llegando a la barbarie de condenar a nuestros mayores a morir solos.

Tras negar la utilidad de las mascarillas nos las impusieron caprichosamente hasta en el campo y en la playa, algo tan ridículo que da vergüenza recordarlo. En interiores la obligatoriedad de las mascarillas también constituyó un rotundo fracaso (salvo para los comisionistas), pues no impidió que se sucedieran ola tras ola de contagios[6]. Lo que sí logró la maldita mascarilla fue crear una permanente sensación de peligro que convertía al otro en una potencial amenaza para la salud, contribuyendo a la hipocondría, a la discordia y al aislamiento.

El disparate llegó a obligar a familias que vivían juntas y viajaban en un mismo coche a sentarse separadas en un restaurante, ¿lo recuerdan?

Otro ejemplo de irracionalidad fue la negación de la inmunización natural de mano de quienes sin embargo glorificaban unas terapias genéticas experimentales incluso antes de ser desarrolladas, un acto de fe muy poco científico y una contradicción flagrante, pues casi siempre pasar una enfermedad infecciosa genera una respuesta inmunológica natural más potente y duradera que vacunarse contra ella[7].

Quizá la mayor irracionalidad fue la imposición del pasaporte covid[8]. Las vacunas y terapias genéticas covid nunca previnieron el contagio ni la transmisión de la enfermedad, pero el contubernio político-mediático-farmacéutico, con el único fin de promover torticeramente la vacunación y a sabiendas de la falsedad del argumento, hizo creer que los vacunados estaban protegidos y desató una caza de brujas contra los no vacunados, acusándoles falsamente de propiciar la continuación de la epidemia. Así se completaba la tríada necesaria: un miedo, un culpable, un salvador.

Aunque los vacunados continuaron contagiándose a mansalva y muriendo por covid[9], se siguió proponiendo nuevas dosis de unas inyecciones que no sólo no funcionaban[10], sino que causaban un nivel de efectos adversos sin precedentes[11].

Por último, a quienes denunciaban estas contradicciones basándose en datos se les tildaba de “negacionistas” (crítica ad hominem)y se censuraban sus escritos. Mientras, los colegios médicos amenazaban a los pocos facultativos valientes que osaban alzar su voz en defensa de la evidencia científica. “Limítense a obedecer”, era la consigna. Todo muy científico.

Terror y mentiras climáticas

El experimento totalitario del covid tiene muchos paralelismos con la manipulación climática. Es incluso probable que sus autores intelectuales sean los mismos (malos, pero poco creativos), pues no por casualidad el término denigratorio “negacionista”, elegido para etiquetar a quien no aceptaba comulgar con las ruedas de molino del covid, es el mismo término utilizado para criticar a quienes ponen en duda la teoría del calentamiento global antrópico.

Al igual que con el covid, el fanatismo climático ha construido un Himalaya de falsedades partiendo de algunas premisas reales, como el aumento de CO2 en la atmósfera y el ligero calentamiento global de 0,14°C por década desde 1979[12]. Los datos, sin embargo, desmontan sus eslóganes fetiche, de modo que la letanía catastrofista se ha convertido ya en una cansina reiteración de necedades.

¿Sabían que la población de osos polares está aumentando[13], el coral en la Gran Barrera australiana está en máximos de los últimos 35 años[14] y la superficie de bosques del planeta crece[15]?

El hielo del Ártico, sujeto a enormes variaciones estacionales e influido por fenómenos poco comprendidos como las corrientes oceánicas, está revirtiendo su anterior tendencia y lleva varios años creciendo: 2021 marcó el segundo año con más hielo desde 2003[16]. Además, como flota y ocupa ya un volumen, su derretimiento no supondría un aumento del nivel del mar. Echen hielo a un vaso de agua, esperen a que se derrita y compruébenlo.

Dado que la Antártida contiene 1.250 veces más hielo que el Ártico, el hielo que debería preocuparnos es el antártico, pero la Antártida se ha enfriado ligeramente desde 1979, lo que quizá explique que esté estable o ganando hielo[17]. De hecho, en 2021 vivió los seis meses más fríos jamás registrados[18].

La tranquilizadora realidad es que el nivel de los océanos ha aumentado unos 120 metros desde la última glaciación y en el último siglo ha aumentado entre 1 y 3mm anuales[19], un ritmo despreciable y normal en una época interglaciar.

Asimismo, los huracanes están disminuyendo en número e intensidad al menos desde 1990[20], la superficie total quemada por incendios forestales a nivel global ha descendido un 25% en las últimas dos décadas[21] y “sigue sin haber evidencia a nivel global respecto al signo de la tendencia, magnitud y frecuencia de las inundaciones y de las sequías desde mediados del s. XX” (IPCC, AR5, WG I, capítulo 2.6, p. 214-217).

Con estos datos en la mano, cuando las generaciones venideras estudien las histerias colectivas del s. XXI se preguntarán cómo las sedicentes “élites” occidentales decidieron empobrecer a su población en nombre de una excéntrica teoría sustituyendo fuentes de energía baratas, eficientes y fiables por otras que son caras, ineficientes e intermitentes (alias “renovables”), que sólo funcionan en determinadas latitudes, cuando luce el sol o cuando sopla el viento. Alucinante.

Covid y cambio climático: la anti-ciencia

El contubernio político-mediático primero nos dice de qué debemos asustarnos. Luego busca un culpable: los no vacunados, los “irresponsables” jóvenes o los combustibles fósiles. Seguidamente, nos intimida mediante la presión de grupo y figuras de autoridad (los famosos “expertos”).

Se niega el debate, se censura cualquier información que no coincida con la mentira oficial y quienes osan mostrarse escépticos son tachados de “negacionistas”. Evidentemente, esto no es ciencia sino la antítesis de la ciencia, un dogma de obligada creencia que no está permitido discutir ni puede ser sometido al escrutinio de los datos.

Como es bien sabido, el método científico (o la inferencia de teorías a partir de hechos observados) tiene una parte inductiva, en la que de un número limitado de observaciones se intentan extraer leyes, reglas o principios generales que permiten hacer predicciones, y una parte deductiva en la que se aplica la teoría general y se observa si los datos reales validan la hipótesis.

Tanto con el covid como con el cambio climático el proceso de deducción ha fallado, por lo que si el proceso fuera científico dichas hipótesis habrían sido desechadas.

En el caso del covid, las intervenciones no farmacéuticas (confinamientos, mascarillas, etc.) no han funcionado: Suecia, que no hizo nada, ha tenido un exceso de mortalidad muy inferior a la mayoría de países que sí tomaron dichas medidas, España incluida[22], y en EEUU, estados que no tomaron medida coercitiva alguna (como Dakota del Sur) han tenido similar o menor mortalidad que otros estados que sí las adoptaron[23].

Por otro lado, las “vacunas” y terapias genéticas no sólo han resultado ineficaces para acabar con la epidemia, sino que han causado efectos secundarios adversos sin precedentes (no hay más que ver el “inexplicable” exceso de mortalidad[24]).

En el caso del cambio climático, los modelos de circulación general en cuyas proyecciones se basan las predicciones catastrofistas llevan 30 años fracasando en sus previsiones de un apocalipsis que nunca llega. Si se tratara de ciencia, un historial predictivo tan lamentable hace tiempo habría desautorizado la hipótesis de origen.

En realidad, el hombre aún ignora en gran medida el porqué de las variaciones climáticas, de modo que “los modelos matemáticos simplifican una realidad tremendamente compleja, caótica, en aras a realizar proyecciones – a treinta, cincuenta, setenta años – que carecen de robustez[25]”.

Una realidad orwelliana

En su novela 1984, George Orwell describe una distopía totalitaria en la que un Estado todopoderoso y opresivo tiraniza a la población mediante una vigilancia masiva y una represión implacable.

Parte importante del sistema es el control del pensamiento mediante la perversión del lenguaje, de modo que el significado real de las palabras sea el opuesto al que le corresponde. Así, el Ministerio del Amor se ocupa de administrar los castigos y la tortura , el Ministerio de la Paz se encarga de lograr un estado de guerra perpetua (¿epidemia perpetua?), el Ministerio de la Abundancia está encargado de conseguir que la gente viva siempre al borde de la subsistencia mediante un duro racionamiento (¿de la electricidad?) y el Ministerio de la Verdad se dedica a engañar constantemente (¿a través de los medios?).

¿Estamos viviendo el comienzo de esta pesadilla distópica? A la superstición la llaman ciencia; a la censura, libertad; a la envidia y la codicia de los bienes ajenos, solidaridad; a la histeria, sensatez; a un totalitarismo creciente, democracia; a los que ofrecen datos, “negacionistas”, y a los que los niegan, “científicos”; a los que aplican razonamientos lógicos, “paranoicos de la conspiración”, pero los que repiten la consigna como papagayos, ciudadanos ejemplares.

Tanto la Cultura del Miedo como el declive de la razón, que difumina los contornos que separan la verdad de la mentira, son incompatibles con la libertad. Como nos advierte Hannah Arendt, filósofa judía alemana superviviente del nazismo, “el objeto ideal de la dominación totalitaria no eran el nazi o el comunista convencidos, sino las personas para quienes ya no existía la distinción entre el hecho y la ficción, entre lo verdadero y lo falso”.

Querido lector: yo quiero interpelarle directamente. Cuando llegue el nuevo totalitarismo encontrará dos grupos de personas. El primero, mayoritario, estará compuesto por personas aborregadas, supersticiosas, esclavizadas por el miedo y las adicciones y corrompidas por las promesas de los demagogos. Éstas recibirán a los nuevos tiranos entre vítores, pues los considerarán sus salvadores.

El segundo grupo, minoritario, estará formado por los centinelas de la verdad y de la libertad, personas sobrias, libres, valientes y pensantes que le plantarán cara. Constituirán la última línea de defensa, y yo le pregunto: ¿a qué grupo se unirá usted?


[1] Conferencia pronunciada en la II Escuela de Liderazgo y Vida Pública del CEU-CEFAS
[2] N. Gómez Dávila, Escolios a un Texto Implícito, Ed. Atalanta.
[3] An empirical estimate of the infection fatality rate of COVID-19 from the first Italian outbreak (medrxiv.org) y Bulletin of the World Health Organization (nih.gov)
[4] ITCoronavirus.pdf (sanidad.gob.es)
[5] Mental Health and COVID-19: Early evidence of the pandemic’s impact: Scientific brief, 2 March 2022 (who.int)
[6] ¿Las medidas físicas, como el lavado de manos o el uso de mascarillas, detienen o frenan la propagación de los virus respiratorios? | Cochrane y Landmark Danish study finds no significant effect for facemask wearers | The Spectator
[7] Frontiers | Will SARS-CoV-2 Infection Elicit Long-Lasting Protective or Sterilising Immunity? Implications for Vaccine Strategies (2020) (frontiersin.org)
[8] Tribunal Supremo y pasaporte covid – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[9] Actualizacion_585_COVID-19.pdf (sanidad.gob.es)
[10] La ley del silencio (II) – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[11] La ley del silencio (II) – Fernando del Pino Calvo-Sotelo (fpcs.es)
[12] Latest Global Temps « Roy Spencer, PhD (drroyspencer.com)
[13] The State of the Polar Bear Report 2021 (thegwpf.org)
[14] AIMS_LTMP_Report_on GBR_coral_status_2021_2022_040822F3.pdf
[15] Global land change from 1982 to 2016 | Nature
[16] Arctic Sea Ice Extent Second Highest in 18 Years at the end of 2021, Now Close to 13 million square kilometers, while the Hudson Bay Finally Froze in the Last 2 weeks (severe-weather.eu)
[17] NASA Study: Mass Gains of Antarctic Ice Sheet Greater than Losses | NASA
[18] Antarctica’s last 6 months were the coldest on record – CNN
[19] Climate Change: Global Sea Level | NOAA Climate.gov
[20] Trends in Global Tropical Cyclone Activity: 1990–2021 – Klotzbach – 2022 – Geophysical Research Letters – Wiley Online Library
[21] A human-driven decline in global burned area | Science
[22] Excess mortality during the Coronavirus pandemic (COVID-19) – Our World in Data
[23] • U.S. COVID death rate by state 2022 | Statista
[24] MoMo (isciii.es)
[25] La difícil modelización sin una teoría más sólida del clima, J. J. Calaza, CLAVES núm. 268, ene 2020.