¿Camino de Alemania o de Grecia?

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Pablo Iglesias saluda a Pedro Sánchez, este viernes, en el Congreso de los Diputados. | EFE

No es fácil llegar a ser un país del primer mundo… pero casi más complicado es dejar de serlo. Eso sí, hay ejemplos de que, si lo intentas, lo puedes conseguir.

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Siempre que me preguntan digo que yo soy optimista (hacia el futuro) porque soy realista (hacia el pasado). España, por ejemplo, ¿cómo será en 2040? Pues lo normal es que sea un país mejor: más rico, más próspero, más avanzado…

No lo digo por decir, es que todo nos empuja a ello. Los últimos 40 años son el asidero más resistente al que atar mi pronóstico: nunca hemos vivido un período que haya combinado así la estabilidad institucional, el crecimiento económico, la integración con las economías más avanzadas del mundo, la paz social. Sí, ha habido enormes dificultades, desde los crímenes de ETA a la crisis de 2008-2014, pero en conjunto podemos decir que hemos vivido el mejor período de nuestra historia. Y no es un cliché.

Además, como dice mi compañero Raúl Vilas, otro optimista-realista, en ese futuro previsible de prosperidad y crecimiento nos ayudan casi todas las grandes fuerzas que llegan del exterior: la globalización y la Unión Europea, el desarrollo tecnológico y la integración de los mercados. Como saben nuestros padres y abuelos (aquellos que nacieron en una terrible postguerra de hambre, miseria y aislamiento), no es nada fácil subirse al vagón del primer mundo… pero es casi más difícil bajarse.

 

Dejar de ser un país rico requiere de un trabajo denodado. Sólo empeñándote con todas tus fuerzas puedes conseguirlo: miren lo que les ha costado a griegos o argentinos. Décadas de un esfuerzo ímprobo. Eso sí, una vez que lo logras, la marcha atrás también es casi imposible.

Hace unos días se viralizó la carta de James Rhodes, un pianista y escritor que nos recordó algo tan obvio como que España es uno de los países con mejor calidad de vida del mundo. Y no lo digo con ese patrioterismo barato de «como mi pueblo no hay ninguno». Pensemos en el clásico juego: si fueras un extraterrestre y te preguntasen dónde querrías que aterrizara tu nave para vivir infiltrado como un humano, ¿Qué dirías? Yo lo tengo clarísimo: España, Francia (excepto París, una ciudad que siempre me ha parecido muy incómoda), el norte de Italia… Y poco más. Intuyo que Australia, sobre todo en esa costa que marcha de Melbourne a Sidney y Brisbane, también tiene que ser un buen sitio.

Hace 50 ó 100 años no creo que hubiera dicho lo mismo, pero ahora me quedo sin ninguna duda con mis tres elecciones mediterráneas: con esa mezcla de buen clima, desarrollo institucional (con todos los defectos que se quieran), democracia liberal (más defectos), progreso económico, cultural y social… Por cierto, que el clima y las playas están ahí porque sí; pero el resto, desde la tranquilidad que da pasear por las calles de Madrid (una de las capitales más seguras del mundo occidental), a tener la esperanza de vida más elevada del planeta junto a la de Japón, pasando por la extraordinaria red de carreteras, los bares pijos de Malasaña donde tomar el brunch este domingo, un sistema judicial capaz de juzgar y condenar al cuñado del Rey o la empresa de moda más importante del mundo (Inditex)… todo eso no ha surgido por generación espontánea. Démosle al César lo que es del César, y a la casta y al bipartidismo (y a los tecnócratas del Opus, que no se nos olviden, que también tiene su parte) lo que les toca.

Quizás por eso desde hace tiempo vivo las elecciones con una cierta distancia. No confío mucho en ninguno de los partidos. El 99% de los candidatos me parece de una mediocridad espantosa. Y sí, mis esperanzas de una revolución liberal (aunque sea mini-revolución) son cercanas al 0 absoluto. Pero tampoco me preocupaba especialmente el resultado. De hecho, en algunas ocasiones ni siquiera he ido a votar (y cuando lo he hecho, he apoyado a quien sabía que no iba a ganar, como UPyD al menos en dos ocasiones). Mis amigos forofos, los que siguen la actualidad política con la camiseta de su equipo puesta, le meten mucho dramatismo al asunto: «Si gana el PSOE nos hundimos», «Si vuelve el PP no se podrá vivir aquí», «A saber lo que hace Ciudadanos»… Y yo siempre les digo lo mismo: «Qué más da».

Ya sé que igual-igual no es. Si en los próximos 30 años predominan los presidentes mediocres y unos ministros poco hábiles pues creceremos algo menos y seremos un país más burocratizado y esclerotizado. Si tenemos suerte y caen dos o tres listos por La Moncloa, pues quizás podamos remendar los agujeros que le han ido saliendo a nuestros ropajes, porque no podemos negar que varios necesitan una puesta a punto: tendremos una normativa menos intrusiva, que facilite la creación de tejido empresarial más competitivo, flexible, liberalizado y con menos intromisión del BOE; un sistema de financiación autonómica más lógico; una fiscalidad más moderna; una normativa laboral menos decimonónica… Pero lo primero que debemos tener claro es que, en ese futuro en el que decidamos si queremos que nuestra economía sea más Italia-Francia o más Suiza-Holanda, los partidos harán lo que les pidamos.

Y, en ese relato de aburrida prosperidad o de estable mediocridad, ¿no podemos fastidiarla? Pero lo que se dice fastidiarla de verdad. Sí, claro que podemos. Miren a Grecia, a Argentina, a Venezuela (por cierto, tres países que hace 50-60 años eran más ricos que España). Es complicado pero, si lo intentas, lo consigues. También los habitantes de estos países pensaron que allí no podía pasar. Lo explica muy bien Nassim Taleb en sus libros: el problema de hacer predicciones basándote en las medias, en lo ocurrido en el pasado o en las tendencias… el problema es que obvias los grandes riesgos y lo que ocurre en los extremos de la distribución. Es como una empresa que crece cada año al 2% pero se endeuda cada vez más. Si no se vuelven locos y mantienen controlado el pasivo, es fácil prever dónde estará dentro de 10 años: pues será un 20-25% más grande. Pero si quiebra, la cuenta ya no sale. Da igual que tuviera el potencial de seguir creciendo. Tras la liquidación, lo que queda es la nada. En esa línea continua de mejora, ya hablemos de un país o una compañía, una disrupción que lo arrase todo es lo único que no te puedes permitir.

Nunca había pensado en que esos riesgos pudieran estar presentes en España. Siempre imaginé que íbamos a convertirnos en una de esas predecibles democracias donde la gente ni siquiera conoce a sus políticos o practica la alternancia por aburrimiento. Que estábamos a un pasito de ser Suiza o Alemania (un pasito muy grande, eso es verdad). Y ahora tenemos a un 25-30% del arco parlamentario con la intención declarada de destrozar la arquitectura institucional bajo la que nos hemos organizado en las últimas cuatro décadas (esto son los que hablan de hacer saltar por los aires el candado del 78) o romper directamente la misma unidad que nos ha traído hasta aquí (un nacionalismo de raíz étnica y xenófoba que debería estar enterrado en los campos de batalla centroeuropeos pero que en nuestro país pervive y manda).

Porque además, a estos tipos les da igual tener mayoría que no tenerla: ya lo han demostrado allí donde han podido, su objetivo es el poder y una vez en el mismo (aunque lo hayan alcanzado de milagro, por un diputado que cambió su voto o por una aritmética parlamentaria imposible) no se marcharán. Aquí no vale lo de decir: «Les damos una oportunidad y si no lo hacen bien, los echamos». Volvemos a lo de la normalidad y los extremos. A estos, cuando consiguen lo que quieren, no les echas (de nuevo, miren a Venezuela o a Argentina).

¡Un 30%! Y tienen pinta de que podrían ganar. Quien no quiera verlo es un ciego: desde hace 4-5 años estamos ante el asalto a un régimen, el del 78, que con todos sus defectos es el mejor que hemos conseguido hasta la fecha. Esto no tiene nada que ver con la dimisión de Rajoy o con la elección de Sánchez, sino con la destrucción del marco normativo y el armazón institucional. ¿Lo conseguirán? Si tuviera que apostar diría que no. En porcentaje, creo que tenemos un 75% de opciones de que las cosas salgan bien, se reconduzcan y volvamos al camino que nos lleva a Alemania o Francia o Suiza o…. Pero eso quiere decir que nos queda un 25% para el desastre.

Eso sí, ni de broma creo que esto es un argumento para estar relajado. Que un país rico, próspero y desarrollado como España tenga un 20-25% de opciones de entrar en un proceso de argentinización no es nada tranquilizador. De hecho, es una locura total. Y el peligro no terminará tras las próximas elecciones, sea cual sea el resultado. Probablemente la clave será qué partido sale de esta crisis al mando de la izquierda. Ya lo decía Pablo Iglesias en un artículo de la revista New Left Review en 2015: el objetivo no es ganar tal o cuál elección, sino sustituir al PSOE como fuerza hegemónica en la izquierda. Si eso se logra, llegar al poder es cuestión de tiempo, de pura alternancia democrática. Y cuando lleguen, no se irán.

El resultado final depende fundamentalmente de dos cosas: de las ganas de suicidio de los españoles y del PSOE, de si recupera la cordura o entra de forma definitiva en barrena. En este sentido, la elección de Sánchez podría ser hasta una buena noticia, si lograra lo que debería ser su objetivo principal: usar este tiempo en La Moncloa para recuperar para su partido el control de la izquierda, devolverle una idea de España que alguna vez se pudo intuir que tuvo y mandar a Podemos a la marginalidad de la que no debió salir. En sus manos estamos. De acuerdo, muy tranquilizador… no es.

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Posdata: este artículo nace de una doble incredulidad. La de ver que un país como España corre el riesgo cierto de tirar por la borda el mejor período de su historia. Y la de constatar que el 28-30% de los españoles vota a partidos que tienen como razón fundacional acabar con el régimen político que les ha traído hasta aquí (y, ya de paso, con uno de los países en los que mejor se vive del mundo). Yo puedo entender que un tipo en Zimbabwe esté de vuelta de todo, que le dé igual 8 que 80, que esté dispuesto a ir al infierno con tal de ir a alguna parte. Pero, ¿en España? ¿Un 30% de los votos? Pues así es.

Culpables de esto hay muchos. Rajoy desde luego. El PP, también: un partido miedoso y corroído por la corrupción. Zapatero, sin duda. Y el PSOE, una máquina infecta y enferma de poder que, por mantenerse en el mismo, en La Moncloa o en sus taifas regionales, ha estado dispuesto, casi siempre, a casi todo.

Pero que no se nos olvide una cosa. Si hemos llegado hasta aquí es por una razón fundamental: en España se miente y se ha mentido mucho. Ahora nos hemos dado cuenta por lo ocurrido en Cataluña: cómo puede ser, se preguntan los extranjeros, que Cataluña se quiera separar de España. Una de las regiones más prósperas de la UE saliéndose de la Unión. Un territorio con una autonomía real que para sí quisieran en muchos estados federales hablando de opresión. Pues porque la realidad que se ha dibujado es falsa: desde hace 40 años, cada problema, cada caricatura, cada contratiempo, cada revés, se ha asociado a España. El mensaje era «Tú eres mejor que ellos y tienes derecho a todo. Y si no lo consigues, es culpa de Madrid». Lo mezclas con unas gotas de supremacismo racial y superioridad moral y es hasta lógico que quieran irse. Porque, además, no ha habido un relato alternativo.

Y las mentiras no se han quedado sólo en la prensa (por llamarla de alguna manera) nacionalista. El retrato que se ha hecho de nuestro país en los últimos años en los medios de comunicación españoles (sobre todo en las televisiones, pero no sólo allí) también es mentira. La imagen de un país arrasado por la pobreza extrema, los desahucios y la desigualdad, tomado por una élite impune que robaba al ciudadano lo que era suyo, al borde de perder las libertades por la Ley Mordaza o por una sentencia judicial discutible… Cada uno de esos problemas existía y era discutible. Pero el conjunto que se ha dibujado, en tertulias, en columnas de opinión, en los titulares y en los reportajes de «interés social» es mentira. Mentira y de las gordas.

Sí, es mentira hacer artículos sobre la miseria en Madrid cuando Carmena hablaba de decenas de miles de niños en Madrid que vivían desnutridos y obviar el tema al día siguiente de que sea elegida. Sí, es mentira asociar la desigualdad, la precariedad o la pobreza con el PP, como si hubieran brotado del subsuelo en diciembre de 2011 y cuando en muchas de estas métricas económicas el peor período de la crisis fue el de 2009-2011. Sí, es mentira publicar 50 noticias al año sobre desigualdad o precariedad entre 2012 y 2018 y dos de 2009 a 2011 (hagan la prueba en un buscador, metan estos términos y vean la diferencia del número de noticias publicadas en función de quién gobierna y dónde). Sí, será mentira que desaparezcan de nuestras mañanas televisivas (y desaparecerán a partir del lunes) los reportajes sobre familias a las que desahucian o han perdido el subsidio del desempleo. Se ha dibujado un país que no existe. Se ha exagerado, sabiendo que se exageraba, por razones puramente ideológicas. Se ha descrito una realidad más norteafricana que europea. Y al mismo tiempo se han blanqueado partidos que hunden sus raíces ideológicas en los más abyectos totalitarismos del siglo XX. Se ha ocultado o minimizado quiénes los trajeron hasta aquí y cuál es su razón de ser (muy fan de esos politólogos socialdemócratas exquisitos que se van de debate con Monedero o con Errejón pero luego llaman derecha extrema al PP). De ahí, de esas mentiras, también salen esas quejas absurdas, ese sentimiento impostado, ese desprecio sel pasado reciente, de los que dicen este domingo que «Este país no puede ir a peor» o «Somos la primera generación que vivirá peor que sus padres» mientras se piden su segundo gin-tonic con pepino en la terraza del Matadero antes de irse a montar en bici por Madrid-Río.

Espero que tengamos suerte y que nos toque ese 75% del que hablaba antes. Pero, si no es así, recordemos quiénes ayudaron a los que nos quieren empujar hacia el abismo.

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JUICE NEWTON – » QUEEN OF HEARTS «

ARTÍCULO COMPLETO Y VÍDEO MUSICAL PINCHANDO «VER ENTRADA ORIGINAL»

#música #country #pop

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JUICENEWTON2

Primer post que me monto sobre esta chica norteaméricana, Judy Kay «Juice» Newton, una cantante de música country, compositora y guitarrista, nacida el el 18 de febrero de 1952 en LakehurstNueva Jersey. La chica comenzó en los 70 formando una banda de country junto con otros dos tíos, a la que llamaron   Juice Newton and Silver Spur, con no mucho éxito que digamos. Lanzaron dos albunes, en el 75 y el 76 pero salvo un single,  «Love Is a Word» que logró colarse en los primeros tops de las listas de country, ni un donnete, así que a finales del 77 se lo montó en solitario, lanzó su primer album en este plan ese año 1977, el «It’s a Heartache» y fue  un gran éxito en México, donde con el tiempo fue certificado como disco de oro. En 1978, Newton lanzó la canción en los Estados Unidos, y se convirtió en el primero de sus 11 «Hot 100»…

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La ideología de la revolución socialista: dividir para reinar

Movilizaciones de Vox en Madrid y otras ciudades de España para pedir elecciones

POR QUÉ ME GUSTA TRUMP-MIGUEL ÁNGEL BELLOSO

Permita que no me levante, don Mariano.  -Luis Del Pino/LD-

Permita que no me levante, don Mariano. -Luis Del Pino/LD-

Avatar de hispaniafortiusHispaniaFortius

Permítame que no me levante mientras Vd. recoge sus cosas y se marcha, don Mariano. No creo que haga falta aclararle que no me cae Vd. bien: lo he dicho en antena muchas veces. Y no me cae bien porque juzgo a las personas por sus hechos, y resulta difícil encontrar a alguien que haya hecho tanto daño como Vd. a España y a los españoles.

Desde que recibiera Vd. en 2011 el mandato de casi 11 millones de españoles para deshacer el nefasto legado de Zapatero, no ha habido responsabilidad que no haya eludido ni buena causa a la que no haya Vd. traicionado.

Después de seis años y medio en el cargo, cuatro de ellos con mayoría absoluta:

  • Ha perdido casi 3 millones de votos, uno de cada cuatro electores que votaron al PP en 2011. Los sondeos señalan que, de haber elecciones mañana, el resultado sería aun…

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Diario de un Tocapelotas II: El Obseso

Avatar de AeneasContra la ley "antitabaco"

Si en la primera entrega ya hablamos del chivato solitario y de sus cacerías de terrazas salvajes a las que domesticar. Ahora entraremos en otro tipo de perfil, una mente diferente a la anterior pero que comparte el mismo objetivo que nuestro amigo el chivato: el odio visceral al fumador.

Nuestro protagonista de hoy, EL OBSESO, apenas hace de chivato, porque él no va de «cacería», de hecho sus anécdotas fuera de casa, sólo hacen referencia a compromisos familiares. Destaca más por despotricar contra los fumadores, exagerar todas todo tipo de situaciones y quejarse contra todo lo que muestre un cigarrillo o alguien fumándolo; cuando él ve a Humphrey Hogart en la mítica Casablanca fumando, él no ve una película en su contexto, ve una peligrosa película donde se incita a la gente a fumar. En sus sueños desearía tirar todos los soportes audivisuales del humorista Eugenio al fondo…

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Blancanieves, los siete enanitos y un señor con corbata y casco.

Blancanieves, los siete enanitos y un señor con corbata y casco.

#humor

Avatar de IsraEl destrío

(Se ilumina la escena mostrando el interior de una cabaña tipo loft con chimenea de piedra, barra americana con vasos de madera, una mesa alargada y una buena cantidad de sillas bajitas como las de las guarderías)

BLANCANIEVES.─ Siéntese, siéntese, por favor. No, ahí no. Ni ahí. En esa tampoco. Esa… no, mejor no. Espere, espere, que le traigo una caja de cervezas. Para sentarse, ¿eh? Eso está mejor. Pues, usted dirá.

SEÑOR CON CORBATA Y CASCO─ Bien. Mi nombre es Dámaso Domita. Soy inspector de trabajo. En virtud de la normativa vigente, vengo a recabar información sobre la situación laboral de todos ustedes.

(El señor con corbata y casco saca un formulario, toma un bolígrafo y comienza a escribir).

SEÑOR CON CORBATA Y CASCO.─ Por favor, díganme sus nombres y ocupaciones y vayan dejando sobre la mesa sus documentos de identidad.

 BLANCANIEVES.─ Blancanieves, princesa.

MOCOSO.─ Mocoso, minero.

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Aunque la llamen así, no es Democracia.

democracia

«El engaño y la desinformación han permitido al los déspotas garantizarse mayorías para realizar sus intereses personales y los de “su grupo”

Por  Luis I. Gómez Fernández  en Disidentia

Casi ninguna otra palabra es utilizada de forma tan manipuladora y corruptora, de forma tan descuidada y para nada meditada como la palabra Democracia. Baste con dar un vistazo a la interminable lista de prefijos y sufijos que casi siempre la adornan (social, cristiana, liberal, popular, …) para comprender los innumerables intentos de apropiación indebida, de adaptación semántica a la que es sometida.

 

Permítanme, antes de nada, recordar cordialmente a los utilizadores y paridores inconscientes de tales adjetivaciones el gigantesco daño que le causan a la verdad cada vez que, en su ensoñación irracional y nada meditada, cualifican a la democracia con uno de tales adjetivos. Su pecado es, sin embargo, claramente venial si lo comparamos con el de aquellos que, a sabiendas de lo vacuo de tales adjetivaciones, las utilizan conscientemente, ya sea para manipular a determinados grupos, ya sea para justificar su propia violentación del concepto Democracia.

La democracia ateniense

La historia de la Democracia cuenta ya unos 2.600 años. Nace de una iniciativa de los griegos atenienses, según la cual las decisiones en las polis, sobre todo aquellas referidas a la guerra y las relaciones con los pueblos vecinos, no deberían ser tomadas exclusivamente por los nobles gobernantes, sino por los miembros del Consejo de la ciudad de Atenas que tuviesen un mayor grado de competencia sobre el asunto.

El reconocimiento personal se lo debemos sin duda a Heráclito de Epheso (aprox. 545 al 480 a.d.C) y al padre de la Historia, Heródoto (aprox. 484 al 425 a.d.C) quien había estudiado, durante sus viajes, los usos y costumbres de lidios, persas, egipcios, babilonios y escitas. Cabe destacar su disputa con Pericles y Sófocles durante las guerras persas, pues de ella surge la primera exposición seria del pensamiento de Heródoto sobre cómo ejercer el gobierno.

Ya antes, la ruptura con la creencia por la que el Gobernador ocupaba su puesto por mandato divino, debiendo justificar sus actos más ante la deidad que ante su pueblo, abrió el pasillo ideológico necesario para que Solon (aprox. 640 al 560 a.d.C) cambiase notoriamente las leyes, condonase las deudas a los pequeños propietarios y eliminase la ley por la que el endeudamiento estaba condenado con la esclavitud. Fué Solon quien por primera vez divide la población (en cuatro clases) según sus propiedades y no según su título familiar, concediendo a cada clase diversos derechos políticos.

La democracia ateniense sería el ingrediente principal de una cultura dominante durante varios siglos. La caída de Atenas y la llegada de los romanos supusieron el fin de aquella primera democracia, sustituida por un sistema elitista senatorial que subsistió, hasta la llegada de Julio Cesar, más como sucedáneo que como verdadero reflejo de los principios atenienses.

Desde el punto de vista semántico, “demos kratein” ha de ser traducido como “gobierno del pueblo”, si bien aquella democracia (ejercida sólo por una parte del pueblo) siempre estuvo sometida, en su capacidad decisoria, al cumplimiento de determinadas normas. Nunca ha existido una “democracia ilimitada y generalizada”. Tampoco hoy. Tampoco podemos identificar “demos kratein” con el gobierno de una nación o un pueblo. De hecho, en la antigua Attika existían unas 30 “demoi” grandes y más de cien pequeñas.

¿Quién tiene derecho a voto en la “demos”?

Una precisión: en democracia, tal y como ha de ser entendida históricamente, los votantes deciden sobre todas las cuestiones. Empecemos con las limitaciones. ¿Tiene todo el mundo derecho a voto? ¿No importan la edad o el género? ¿Cómo se decide a partir de qué edad se consigue el derecho a votar? ¿Es la edad determinante, muestran la misma madurez todas las personas mayores de 18 años? ¿Cuánto vale un voto surgido de un núcleo de población pequeño? ¿Y si surge de un núcleo grande? ¿Valen lo mismo?

A la hora de decidir sobre una cuestión, ¿debe el votante certificar de alguna forma su capacidad para poder tomar esa decisión? ¿Puede un grupo minoritario decidir mayoritariamente no respetar la decisión impuesta por un grupo mayoritario? ¿El derecho a voto es exclusivo de quienes llevan “mucho tiempo” viviendo en un sitio? Tras una decisión democráticamente adoptada, ¿quién asume la responsabilidad en caso de error? ¿Vale más el voto de una persona experimentada que el de una persona analfabeta? En otras palabras: ¿quién decide democráticamente las reglas de juego de la democracia? ¿Cómo es posible decidir democráticamente sobre las reglas de la democracia?

Resulta curioso comprobar como ninguna de esas preguntas ha encontrado respuesta satisfactoria (democrática) durante los últimos 2.500 años. A lo largo de la historia han sido siempre ciertos grupos dominantes los que se han encargado de dictar esas normas, o de heredarlas. El lector avezado me dirá: “esos principios generales forman parte de las constituciones y/o de los programas de los partidos políticos”. Efectivamente: pero nadie ha venido a debatir conmigo sobre la ley electoral, por ejemplo. Han sido ellos quienes la han redactado y aprobado. ¿Se han preguntado alguna vez qué es eso de “una mayoría democrática cualificada”? Pues ya les dejo yo con la pregunta.

La obligación por ley, el engaño y la desinformación han sido siempre armas rentables para no pocos déspotas a la hora de garantizarse las mayorías respectivas, para realizar sus intereses personales y los de “su grupo”. Recuerden que más del 60% de los representantes políticos en nuestra pseudo-democracia ya está decidido mucho antes de ustedes puedan votar: es la magia de los partidos y sus listas de candidatos.

Los políticos y los funcionarios dominan nuestra “democracia” exactamente igual que lo hacían antiguamente los barones, condes y marqueses. Sólo hay que ver la “legitimidad democrática” de tantas y tantas decisiones que alguien toma por nosotros sin más justificación que números paupérrimos de participación o párrafos escondidos en remotos lugares de un programa electoral. Sobre la capacidad cognitiva y profesional de muchos de nuestros “representantes democráticos” a la hora de tomar decisiones prefiero no hablar ahora. Estoy de buen humor.

De la democracia a la fractocracia

Puesto que siempre habrá más pobres que ricos, más arrendatarios que propietarios, más empleados que empresarios, más miedosos que valientes, más colectivistas que individuos responsables y más personas incultas que cultas, resulta facilísimo para los numerosos “héroes políticos”, con su falta de escrúpulos, de sentido de la responsabilidad y su avidez por todo lo que huela a poder, adueñarse de la correspondiente mayoría para expropiar, recortar en sus derechos a la minoría sometiéndola por vía democrática a su voluntad.

Si prefieren que lo exprese de forma más polémica: hazte con la masa de los estúpidosmediante promesas populistas y agitación demagógica y excluyente, y será fácil dominar de “manera legítima y democrática” a cualquier grupo minoritario que pueda amenazar tu privilegio de poder. Es la fórmula mágica que tantas veces ha funcionado en la larga historia de la humanidad, ora disfrazada de despotismo, ora de feudalismo, ora de democracia. Por eso me niego a aceptar que vivo en una sociedad democrática. La nuestra es más bien una democracia fracturada.

Jamás se ha alcanzado por la vía democrática una verdadera reforma de nada. Es cierto que la utilización irresponsable del oportunismo, la comodidad y del continuo estado de dependencia de las masas generó en no pocas ocasiones el espejismo de enormes modificaciones en la situación de la humanidad (revoluciones, derechos humanos, acuerdos de Kioto, Naciones Unidas, …), pero todos esos cambios  (explicados a continuación penosamente por los historiadores) se deben principalmente a la acción de unos pocos que supieron hacer uso de las sociedades fragmentadas para, inculcando primero y recogiendo los parabienes de la mayoría adoctrinada después, alcanzar sus propios objetivos; unas veces loables, otras no.

No son el fruto del “gobierno de todos”, sino más bien el del gobierno de unas mayorías manipuladas y cebadas en promesas, por lo general no involucradas en el proceso más allá de lo que les permitieron los prometedores de turno. No asistimos a una democracia: se trata de una fractocracia (el poder de una parte del demos).

Desde los tiempos de la Ilustración los pensadores y filósofos europeos se devanan las neuronas (en ocasiones con irrisorios resultados) sobre la madre de todas las preguntas: ¿qué reglas y leyes han de regular la base de un Estado moderno y democrático? Situados al principio frente a la negación de cualquier sistema que pretendiese usurpar las prerrogativas de la nobleza, Hegel Kant carecieron de la fuerza necesaria para llevar sus tesis a buen puerto. Fracasaron ante el desinterés de las masas, a las que no consiguieron comunicar, ni con las palabras ni con sus escritos, la necesidad de asumir responsabilidad por la propia vida, los propios actos.

Otros fueron retirándose a la esquina apolítica (GoetheSchopenhauerNietzsche) incluso prefiriendo ahogarse en un mar lírico e insustancial (Schiller). Los representantes de la llamada “Escuela de Frankfurt”, peligrosísimos pseudodemócratas cuyo pensamiento nace del socialista y criminal Marx (de quien como “pensador” sólo cabe decir que nunca entendió ni una sola palabra de “su” Hegel), apenas si pueden ser denominados colaboracionistas a la hora de implantar una conciencia pseudodemocrática por la que se concede a las masas ignorantes el espejismo de ejercer el poder. Todos ellos olvidaron uno de los principios básicos de la democracia clásica: la demos debe ser capaz de compartir cualificadamente (no cuantificadamente) las decisiones que le afectan.

Los individuos deben ser escuchados y deben inmiscuirse en las labores de gobierno. Todos los individuos. Según su capacidad en esta o aquella tarea. No existen los inútiles totales. En una verdadera democracia no existiría un sólo modelo educativo, o sanitario, o agrícola, o de seguridad. En una verdadera democracia los mentirosos crónicos que hoy gobiernan y opositan en nuestro país jamás habrían durado más de tres meses en sus puestos.

Sólo de la libertad individual nacen los derechos democráticos personales. Del mismo modo, los derechos democráticos de cada uno exigen un ejercicio individual de autocrítica a la hora de ejercer el derecho a voto: ¿soy consciente, me he informado suficientemente, dispongo de capacidad real para emitir un juicio sobre aquello que se me pregunta? ¿O prefiero unirme a una masa vociferante y esconderme así de mi propia responsabilidad, cediendo mis derechos a los políticos de turno?

La verdadera democracia presupone una entidad social pequeña, agrupada generalmente en torno a unos objetivos comunes y que protege tanto el derecho de cada uno de sus miembros a someterse a la voluntad de la mayoría como el derecho a la disidencia, sin ver por ello amenazada su existencia dentro del grupo. La verdadera democracia protege y alienta la individualidad, pues sólo desde ella es posible generar pluralidad y sólo desde la pluralidad es posible dar solución al mayor número imaginable de cuestiones. De forma cualificada y no cuantificada.

Miren a su alrededor. ¿Qué ven? Exacto: somos niños peleándonos por los caramelos que nos arrojan los políticos desde sus boyantes carrozas. ¿Hasta cuándo?

¡Cuando un sinvergüenza no tiene vergüenza…!

Avatar de jesaalAnálisis en clave liberal

En decenas de ocasiones ha sido pillado en su salsa y haciendo aquello en lo que es especialista: mentir y enredar. Nunca un aspirante había caído tan bajo ni sus votantes se habían convertido en más despreciables.

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