Revalorando a los viejos

El filósofo Lisandro Prieto enjuicia a una sociedad que desprecia y margina estructuralmente a los viejos, y nos insta a rescatar su rol y su experiencia.

Por Lisandro Prieto.- “Y si fuego es lo que arde en los ojos de los jóvenes, luz es lo que vemos en los ojos del anciano”. Víctor Hugo.

Hoy quiero invitarlos a reflexionar sobre la vejez, que en distintas tradiciones filosóficas ha sido considerada como una etapa vital en la que la experiencia se materializa en sabiduría.

Para ilustrar brevemente mi interpretativa procedo a comentarles una experiencia personal: en una clase de filosofía para alumnas de un profesorado de inglés, yo pregunté «¿Quién quiere llegar a viejo?». Todas me respondieron afirmativamente. Paso seguido, proseguí la mayéutica inquiriendo: «¿Quién quiere llegar a viejo y ser despreciado?». Todas me respondieron negativamente. Ante estas respuestas, no tuve remedio que indicar que, si bien es casi unánime el afán de vivir muchos años, los adeptos de proteger, cuidar y valorar a los seres más longevos de nuestra comunidad, son muy pocos. Qué paradoja, ¿verdad? Pero había que explicar a Platón para la cátedra.

Platón sugería que la vejez no es solamente un signo del paso del tiempo, sino un momento propicio para el desarrollo de una vida reflexiva y justa. Concretamente, en «La República», Sócrates señala que la vejez trae consigo una gran paz interior y una liberación de muchos deseos desordenados, indicando con ello que al llegar a viejos tenemos la capacidad de poner una distancia crítica a las pasiones que de jóvenes nos quitaban tanto tiempo, es decir, tener una vida más guiada por la razón, en contraste con las inquietudes y deseos propios de una vida joven y ajetreada (y en muchos casos, vacía).

Por su parte, Aristóteles sostenía en su «Ética a Nicómaco» que la sabiduría práctica («phrónesis» o prudencia) sólo se desarrolla plenamente con el tiempo. La experiencia acumulada es esencial para la capacidad de juzgar adecuadamente, ya que «la experiencia es la que produce la sabiduría», por lo que «ser viejo», lejos de ser un obstáculo, se convierte en un recurso valioso para la toma de decisiones más prudentes y justas.

¿Qué bonito todo, no? Pues bien, desde la modernidad hasta n1uestros días se ha desplazado sistemáticamente el valor en la vejez hacia la vereda de la marginalidad. En contraposición a las visiones clásicas presentadas en los párrafos anteriores, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su obra «La sociedad del cansancio» describe cómo esta cochina obsesión contemporánea por la eficiencia y el rendimiento ha marginado violentamente a quienes no se adaptan a la rapidez que exige el sistema productivo actual.

En otras palabras, amigos míos, a la loable capacidad reflexiva propia de un ritmo de vida más pausado y sabio, el mundo la está tratando como obsoleta en su afán ridículo de priorizar la juventud y la velocidad (que va rápido hacia la nada misma).

«La vejez, que representa la lentitud y la pausa, es vista como una anomalía en un mundo donde todo debe estar disponible inmediatamente» (Han, 2017, p. 52). Si no, haz la prueba e intenta que un sexagenario o, aún alguien mayor también, te atienda o te responda el móvil cuando intentas comunicarte con ellos. Imposible, gracias a Dios.

Evidentemente, Han observa que la «hiperactividad» y la «sobreactuación» del individuo contemporáneo lo condenan a vivir en un estado de auto-explotación perpetua. En este contexto, los ancianos, que ya no pueden, ni deben, rendir según esos estándares, son excluidos del mercado laboral, pero también de todos los ámbitos sociales.

La cultura dominante parece despreciar abiertamente el tiempo reflexivo y pausado de la vejez, que en lugar de ser apreciado como un insumo valioso del saber, es descartado como algo que no aporta al ciclo de la productividad o del interés. Y, seamos realistas amigos, salvo los Rolling Stones, ¿cuántos viejos son aclamados por lo que hacen?

Esta marginalización de los viejos no sólo se ve manifestada en la exclusión económica, sino también en una pérdida tristísima de estatus social. En este punto es conveniente recordar a Zygmunt Bauman quien señaló en su «Vida líquida» que la modernidad no tiene lugar para los ancianos, ya que éstos no encajan en un sistema que exalta solamente lo efímero y desechable. Bauman nos advirtió que la vejez ha pasado a ser vista como un estado de debilidad y vulnerabilidad, o sea, decadencia, en lugar de ser un período en el que las personas puedan transmitir sabiduría, experiencia y cariño.

Y no es casual que mencione la palabra «cariño». Así como los ancianos son tratados como basura, también los niños lo son, por la misma valoración posmo-vacía de considerarlos vulnerables para justificar el frecuente maltrato, subestimación y negación de su existencia. En este sentido Hannah Arendt, en su ensayo «La crisis de la cultura» nos advierte sobre la posibilidad de una sociedad que descarta a aquellos que no se ajustan a los ideales de eficiencia y productividad al servicio del consumo.

Tanto nuestros chicos como nuestros abuelos, que representan los extremos de la vida, son vistos como molestias dependientes, o peor, gastos innecesarios, prescindibles en un mundo donde la autonomía económica prima por sobre el amor y el compromiso del cuidado del otro.

«El desprecio por los que no pueden participar en la economía productiva es el signo de una civilización que no valora la vida humana»  (Arendt, 1968, p. 43)

A pesar de la tendencia a marginar precedentemente descrita, es necesario recordar que, para los que no intentamos ser idiotas, la vejez sigue siendo una fuente invaluable de sabiduría y afecto. Los viejos, o sea, nuestros viejos (porque no salen de un coliflor, son quienes nos dieron la vida y nos hicieron llegar hasta donde hemos llegado) poseen una capacidad única para ofrecer cariño y transmitir conocimientos que han adquirido a lo largo de sus vidas.

¿En qué mundo cabe la necesidad de tratar como tarado a un viejo, sólo por ser viejo? En éste. Ante esta situación, es preciso explicitar que sólo aquellos que han tenido el honor, el orgullo y el privilegio de haber vivido mucho tiempo, tienen infinitamente más capacidad de comprensión de la vida humana que cualquier joven que se está haciendo camino en la supervivencia de esta jungla y/o picadora de carne que llamamos vida moderna.

Retornando a Platón, recordemos brevemente su alegoría o mito de la caverna, que nos presenta a los prisioneros encadenados, quienes sólo ven sombras proyectadas en una pared, tomando esas sombras como si fueran la realidad. Solo aquellos que logren liberarse y salir de esa prisión, pueden contemplar la verdadera luz del conocimiento y comprender la naturaleza de las cosas. Pues bien amigos, los ancianos, en ese sentido, podrían ser vistos como aquellos que ya han recorrido este arduo camino de liberación. Después de haber atravesado la confusión y las ilusiones que caracterizan la estupidez propia de la juventud, los mayores han tenido el tiempo y la experiencia para salir de la caverna y observar el mundo con una mayor claridad y sabiduría.

Lejos de quedar atrapados en nuestras sombras de apariencias y deseos fugaces y falaces, los viejos han adquirido la capacidad de distinguir (discernir) entre lo esencial y lo superfluo, entre lo verdadero y lo ilusorio. Son nuestros viejos los que portan la llave de entrada y salida de la caverna, pues no sólo han logrado salir de ella, sino que también pueden guiar a las futuras generaciones hacia la luz.

Esta capacidad de ofrecer orientación no debería ser despreciada o menospreciada, y mucho menos marginada, sino valorada como un recurso invaluable para quienes aún permanecen en la confusión de las sombras. Los ancianos, al haber vivido y reflexionado sobre su existencia, se convierten en auténticos custodios de la sabiduría puesto que son aquellos que pueden hacernos comprender cómo es posible una vida más plena y más justa.

Queda claro, entonces, que la vejez no es un estado de inutilidad, sino un tesoro de experiencias que pueden guiarnos en tiempos de incertidumbre: si pudiéramos ver a los viejos como lo que realmente son, queridos amigos lectores, entonces quizá aprenderemos un poco más cómo vivir de manera más digna y plena.

La vejez, lejos de ser una etapa de la vida que deba ser menospreciada y posteriormente descartada, es un período vital glorioso de transmisión de sabiduría: en mi vida nunca nadie me ha enseñado más y mejor, que un viejo, se los aseguro. Y sí, es justo y triste decirlo, también sucede que hay gente que llega a grande y nunca entendió absolutamente nada, pero eso no es culpa de la vejez en sí misma, sino que es un problema más profundo que desarrollaremos en otro artículo: hay gente que pasa por la vida, pero no vive, es decir, no aprende.

Aunque nuestro tiempo tienda a marginar a los ancianos, es preciso revalorizar esta etapa como una fuente de conocimientos indispensables para las generaciones más jóvenes justamente en medio de este mundo cada vez más veloz y efímero, porque la pausa, la calma y la prudencia que traen consigo los viejos nos enseñan a vivir, sin dudas, con mayor profundidad y sentido. Al final, la vejez no es sólo una prueba de cuánto dura una vida, sino una oportunidad de apreciar lo mucho que vale toda vida.

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Greta Thunberg, vergonzosa ‘herramienta’ de la degenerada izquierda

DELITOS DE ODIO: LA POTENTE «LEY MORDAZA» QUE NOS TRAGAMOS COMO UN AVANCE PROGRESISTA (VÍDEO)

Censura, persecución y «cancelaciones» en nombre de las minorías y los Derechos Humanos

El llamado «delito de odio», incorporado a la legislación española en el año 2015, se presentó a la opinión pública como una normativa destinada a proteger a colectivos susceptibles de ser agredidos, como los homosexuales, los inmigrantes o las minorías étnicas. Una finalidad más que loable contra la que muy pocos – acaso tan solo algún nazi orgulloso de serlo- se podrían manifestar. Sin embargo – opina nuestro colaborador Cristóbal García Vera – la propia redacción de la ley abría las puertas para que, finalmente, se utilizara como una suerte de nueva «ley mordaza» contra la libertad de expresión (…).

Por CRISTÓBAL GARCÍA VERA PARA CANARIAS-SEMANAL.ORG.-

Un fantasma parece estar recorriendo el mundo. Y no es el del comunismo, sino el de una nueva y recrudecida forma de represión que, cual postmoderno caballo de Troya, ha traspasado nuestras murallas disfrazada de legislación para «defender a los más vulnerables».

   Nos referimos, como apunta el título de este artículo, al llamado «delito de odio», incorporado en el Código Penal de la legislación española mediante la Ley Orgánica 1/2015,  que se presentó a la opinión pública como una normativa destinada a proteger a colectivos susceptibles de ser agredidos, como los homosexuales, los inmigrantes o las minorías étnicas. Una finalidad más que loable contra la que muy pocos  – acaso tan solo algún nazi orgulloso de serlo- se podrían manifestar.

    Según ha apuntado Jon-Mirena Landa, director de la Cátedra Unesco de Derechos Humanos de la Universidad del País Vasco, la expresión  «delito de odio» (hate crimeprocede de los Estados Unidos, donde se acuñó a finales de la década de los ochenta del pasado siglo, y con el tiempo se extendió a los códigos penales de otros países occidentales, con la consecuencia de un incremento de las penas asociadas a acciones delictivas cuando éstas estaban relacionadas con determinados prejuicios.

   Este sería el caso, por ejemplo, de una paliza propinada por un grupo de supremacistas blancos estadounidenses a un hombre o una mujer afroamericana,  un homosexual o una persona transexual, motivada por la propia condición de la víctima.

    Una legislación de ese tipo, huelga decirlo, tiene un sentido evidente que justifica su promulgación y el apoyo a la misma de los sectores progresistas de la sociedad. 

CUANDO EL «DELITO DE ODIO»  COMIENZA A ENCUBRIR  LA CENSURA Y LA INCAPACIDAD PARA CONFRONTAR IDEAS

   El problema con los llamados «delitos de odio», que los convierte de facto en una legislación mordaza y en un peligrosísimo instrumento de censura, se genera cuando el  «odio» perseguido por el Código penal no tiene que ver ya con actos concretos y objetivos, sino que se comienza a buscar, de forma subjetiva, en la simple expresión de ideas u opiniones contrarias al pensamiento dominante.

   En este punto, que ya estamos sufriendo en el Estado español, el «hate crime» es sustituido por el «hate speech». Los «discursos de odio», entendidos como tales por cualquier persona o colectivo que, subjetivamente,  sienta que otra ideología, o incluso argumentos lógicos y evidencias empíricas, «atentan» contra su propia concepción del mundo o contra su identidad.

Si preguntáramos en la calle qué es un delito de odio, muy probablemente, las respuestas se encaminarían hacia declaraciones insultantes, humillantes o amenazantes contra personas que son o piensan diferente. Sin embargo, la mayoría de las acusaciones por este presunto delito que hoy se producen tienen que ver, más bien, con una respuesta, por parte de los más diversos colectivos, pero también del propio Estado,   contra aquellos que cuestionan sus planteamientos o la visión de la realidad que ellos consideran como la única justa y admisible.

      No nos estamos refiriendo, pues, a discursos realmente agresivos o deshumanizantes con los que, en más de una ocasión, se han preparado las condiciones para proceder a auténticos genocidios. Y mucho menos a  llamamientos directos a atacar a los miembros de cualquier colectivo. Hablamos, específicamente, del intento de convertir el disenso en una acción punible por la ley.

   Aunque por el momento no tenemos noticias de que los colapsados tribunales españoles estén dictando condenas al respecto, parece como si, en nombre de los «derechos humanos» o la «defensa de las minorías» se pretendiera sustituir el debate y la confrontación de ideas por el recurso a la judicialización de todo aquel discurso que pueda «ofender» alguna sensibilidad. 

«No nos estamos refiriendo a discursos realmente agresivos o deshumanizantes con los que, en más de una ocasión, se han preparado las condiciones para proceder a auténticos genocidios, sino al intento de convertir el disenso en una acción punible por la ley»

   Este tétrico panorama, cada vez más común en muchos países occidentales, es posible gracias  al efecto conjunto de una creciente e interesada banalización de la política y de una «subcultura» infantilizada que, en efecto, identifica la discrepancia con una agresión. Una forma de pensar, o más propiamente de sentir, cada vez más extendida entre amplios sectores de la juventud, a la que se está maleducando y debilitando hasta el punto de que ya se los empieza a conocer como la generación de cristal.    

LA DERECHA TAMBIÉN SABE VICTIMIZARSE Y DENUNCIAR A «ODIADORES»

  La «caja de Pandora» abierta por estas leyes contra la libertad de expresión, en cualquier caso, no se circunscribe a unos pocos grupos etarios, ni se limita, como podría imaginarse por su origen, al cuadrante «izquierdo» del espectro político institucional. También la derecha más extrema ha aprendido a victimizarse y no manifiesta reparos a la hora de denunciar a sus propios «odiadores». 

En el Estado español, donde hace bastantes años el juez Baltasar Garzón impuso la doctrina del «todo es ETA» para criminalizar a cualquiera que defendiera el derecho a la autodeterminación del pueblo vascotampoco era muy difícil imaginar que el propio Estado, y la derecha política, serían los primeros en sacar provecho de la nueva legislación.

   Así, en el año 2019, la Fiscalía General emitía la circular 7/2019, según la cual el rechazo radical a los grupos nazis expresado por colectivos antifascistas quedaba tipificado como «delito de odio» (1).

   Por su parte, el Partido ultraderechista VOX se permitía denunciar ante la Audiencia Nacional, «por delito de odio y enaltecimiento del terrorismo»,  a colectivos de solidaridad con los jóvenes de Alsasua condenados a desproporcionadas penas de cárcel por un altercado de bar con un grupo de guardias civiles de paisano.

En febrero de 2018, la Policía Nacional ya había denunciado a un humilde mecánico de Reus,  Jordi Perelló, por presunta «incitación al odio», por negarse a reparar el vehículo particular de una agente de este Cuerpo policial (2).

Un año después, en la Isla de Gran CanariaMiguel Ángel Ramírez –presidente de la UD Las Palmas y empresario conocido por no pagar a sus empleados y por cometer otros presuntos delitos contra la Hacienda pública- también se refugiaba en el socorrido «delito de odio» para expulsar a un socio del club que se había atrevido a colocar una pancarta con el lema ‘¡Ramírez vende ya!’, en las lomas que circundan la Ciudad Deportiva de ese equipo de fútbol (3).

Son tan solo un puñado de ejemplos que no representan, como algunos creen, un mal uso de la norma, sino la consecuencia previsible de la formulación de la ley, cuyo artículo 510 establece que:

    «serán castigados con la pena de prisión de uno a cuatro años y multa de seis a doce meses: los que provocaren a la discriminación, al odio o a la violencia contra grupos o asociaciones, por motivos racistas, antisemitas u otros referentes a la ideología, religión o creencias, situación familiar, la pertenencia de sus miembros a una etnia, raza o nación, su origen nacional, su sexo, orientación o identidad sexual, por razones de género, enfermedad o discapacidad».

    Una redacción lo suficientemente ambigua como para que cualquiera pueda ampararse en la ley para tratar de penalizar a quienes le desagradan o lo cuestionan, por motivos meramente ideológicos o, incluso, de inquina personal.

ACALLANDO LA DISIDENCIA EN NOMBRE DE LAS MINORÍAS Y LA «CULTURA DE LA CANCELACIÓN»

   El problema fundamental no es la utilización que nuestros adversarios ideológicos puedan hacer de esta ley, sino el mismo hecho de penalizar la expresión de las ideas ajenas, desde una presunta atalaya moral  cuyas reglas, a la postre, siempre acaban determinando los poderes realmente existentes o sus representantes políticos institucionales.

«Con la coartada de defender a colectivos vulnerables se avanza hacia la penalización de las ideas ajenas, desde una presunta atalaya moral  cuyas reglas, a la postre, siempre acaban determinando los poderes realmente existentes»

   Solo desde una posición de poder, en efecto, se pueden imponer censuras a actos sobre la participación de atletas trans en la categoría de deporte femenino, como hacía el pasado año el Cabildo de Gran Canaria, por mediación de la consejera de Igualdad de Unidas Podemos, Sara Ramírez (5) porque -de acuerdo a la ideología ahora dominante – el mero debate sobre este tema, o la aportación de datos contrastables al respecto, constituiría «un delito de odio». «Delito», por cierto, decretado por la propia consejera podemita como censora y juez,  sin proceso debido, con anterioridad a la celebración del acto y sin ningún derecho a la defensa.

VÍDEO SOBRE LA CENSURA IMPUESTA AL CONGRESO «MUJERES Y DEPORTE», CON LA JUSTIFICACIÓN DE PROTEGER LOS «DERECHOS HUMANOS»

En la misma línea, la nueva ley trans aprobada por el Ejecutivo central del PSOE y Unidas Podemos contempla la imposición de altísimas multas  a quienes se atrevan a cuestionar públicamente algunas de las «verdades» contenidas en la norma, aunque para ello puedan apoyarse en la evidencia científica.

   Es decir, que el ala «izquierda» del Ejecutivo más progresista de la historia de España, literalmente, ¡ha prohibido disentir de su discurso oficial!  Y ello, con el silencio cómplice, o incluso el aplauso, de una parte de la izquierda «alternativa» supuestamente crítica con Unidas Podemos, aparentemente incapaz de entender que su acuerdo en este tema concreto con el partido del Gobierno no los tendría que llevar a suscribir el silenciamiento forzado de quienes mantienen otros puntos de vista.

Estas actuaciones impuestas desde las propias instituciones del Estado, y presentadas ante la opinión pública como medidas destinadas a defender a las minorías de supuestos «ataques de odio», constituyen una nueva forma de censura «progresista» que viene de la mano de la «cultura de la cancelación» de lo políticamente incorrecto, importada de Estados Unidos, y representada en ese país norteamericano por el guerrerista Partido Demócrata.

   Más tarde o más temprano, los sectores de la izquierda extraparlamentaria que han asumido esta lógica perversa, influidos de una u otra forma por las ideologías postmodernas, también tendrán que pagar la factura por el  ecosistema político represivo que están contribuyendo a establecer.  Y es muy probable que, como en la Alemania de los años 30 del siglo XX, «cuando vayan a buscarlos a ellos, ya no haya nadie para protestar».

EL ABOGADO Y YOUTUBER RUBÉN GISBERT DENUNCIADO POR INFORMAR Y OPINAR SOBRE LA GUERRA DE UCRANIA

   Nadie con una mínima conciencia crítica podrá quedar para defenderlos, en efecto, si hoy todos decidimos callar, cobardemente, ante esta nueva forma de «inquisición bienpensante». O si no levantamos la voz cuando los censurados, multados o encarcelados solo por expresarse y opinar son otros con quienes no coincidimos ideológicamente o incluso nos situamos en sus antípodas.

   De ahí que también sea obligatorio en un texto como éste denunciar la reciente imputación por la Fiscalía del  abogado y youtuber español Rubén Gisbert, por una presunta «incitación al odio».

   Gisbert ha sido acusado de «dar noticias falsas sobre la guerra de Ucrania y actuar como agente de desestabilización política», solo por atreverse a ofrecer una información alternativa a la impuesta por los medios occidentales sobre este conflicto bélico, contando para ello con la participación de varios especialistas en el tema, como el coronel Pedro Baños, censurados en dichos medios por negarse a reproducir la propaganda de Guerra de la OTAN.

VÍDEO: GISBERT REBATIENDO, DESDE UCRANIA, ALGUNOS ASPECTOS DE LA PROPAGANDA DE GUERRA OCCIDENTAL 

En el vídeo que adjuntamos a esta nota (*), el joven letrado responde con firmeza a su imputación, manifestando que no se dejará amedrentar y explicando claramente cuál es el significado de este ataque que ha recibido.

DEFENDER EL DERECHO BÁSICO A LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN: BATALLA DE IDEAS Y ORGANIZACIÓN POPULAR

   Por nuestra parte, defender el derecho de Gisbert a realizar su labor informativa sin ser represaliado por ello resulta perfectamente compatible con nuestra radical discrepancia con su ideología y muchos de sus posicionamientos políticos. Dicha defensa, como la del derecho de las especialistas en deporte femenino a cuestionar aspectos de la ley trans; el derecho de una activista transexual a disentir a su vez de esas especialistas; el de un ultraconservador católico  a sostener  que solo la familia tradicional debería ser promovida por el Estado o el de un liberal a exponer sus ideas sobre la economía capitalista desregulada, no implica en realidad más que defender un mínimo terreno de juego político en el que nosotros mismos no podamos ser encarcelados, en cualquier momento, solo por hablar sobre la necesidad de que una revolución socialista evite la barbarie  inherente a este sistema económico y político promovido por el liberal. 

«Defender el derecho de los otros a expresar sus opiniones, por «odiosas» que éstas nos resulten, no es más que defender un mínimo terreno de juego político en el que nosotros mismos no seamos represaliados por discrepar del discurso dominante»

   El debate, el intercambio de ideas y la confrontación dialéctica con quienes defienden propuestas contrarias a las nuestras, así como la organización imprescindible para que se escuche la voz de las clases trabajadoras, son las herramientas que debemos utilizar quienes, desde las coordenadas del marxismo, aspiramos a transformar la realidad en un sentido auténticamente progresivo. 

   Por el contrario, la «moda» de recurrir a la represión estatal contra quienes tienen un discurso que nosotros rechazamos, por «odioso» que éste nos resulte, constituye un claro síntoma de que, en algún momento, se abandonó el campo de batalla de las ideas y de la construcción popular. O de que, al menos, la ideología dominante ha logrado permear lo suficiente a quienes así actúan como para que su lucha se perdiera en los enrevesados y variopintos senderos del capitalismo woke (5). 

(*) VÍDEO RELACIONADO:

Notas y referencias bibliográficas:

(1) Incitar al odio contra el nazismo es un «delito de odio», dice la Fiscalía General del Estado

(2) Mecánico acusado por «delito de odio» por negarse a arreglar los coches de la Policía Nacional

(3) Miguel Ángel Ramírez expulsa a un socio de la UD Las Palmas por un «delito de odio»

(4) Suspendido por censura el congreso estatal «Mujeres y Deporte» que se iba a celebrar en Gran Canaria

(5) Capitalismo «woke»: A la diversidad rogando y con el mazo dando

El Misterio del Silencio: Intriga y Ausencia de Zapatero

¿Cómo hacer frente a la globalización?

La prensa canallesca

Lo que hemos aprendido de un siglo de comunismo

Es poco probable que un Estado comunista pueda seguir siendo democrático durante mucho tiempo, aunque empezara así

 por FEE

A más de un centenario de la toma del poder por los bolcheviques, que condujo al establecimiento de un régimen comunista en Rusia y, con el tiempo, en muchas otras naciones de todo el mundo. Es un momento apropiado para recordar la inmensa marea de opresión, tiranía y asesinatos en masa que los regímenes comunistas desataron en el mundo. Aunque los historiadores y otras personas han documentado numerosas atrocidades comunistas, gran parte del público sigue sin ser consciente de su enorme magnitud. También es un buen momento para considerar qué lecciones podemos aprender de esta horrenda historia.

Un historial de asesinatos masivos y opresión

En conjunto, los Estados comunistas asesinaron a 100 millones de personas, más que todos los demás regímenes represivos combinados durante el mismo periodo. Los esfuerzos comunistas por colectivizar la agricultura y eliminar a los campesinos propietarios independientes fueron, con diferencia, los que más víctimas causaron. Sólo en China, el Gran Salto Adelante de Mao Zedong provocó una hambruna artificial en la que perecieron 45 millones de personas, el mayor episodio de asesinato masivo de toda la historia mundial. En la Unión Soviética, la colectivización de José Stalin, que sirvió de modelo para iniciativas similares en China y otros países, se cobró entre 6 y 10 millones de vidas. En muchos otros regímenes comunistas, desde Corea del Norte hasta Etiopía, se produjeron hambrunas masivas. En todos estos casos, los gobernantes comunistas eran muy conscientes de que sus políticas estaban causando muertes masivas y, sin embargo, persistieron en ellas, a menudo porque consideraban que el exterminio de los campesinos “kulak” era una característica más que un defecto.

Aunque la colectivización fue la principal causa de muerte, los regímenes comunistas también llevaron a cabo otras formas de asesinato masivo a escala épica. Millones de personas murieron en campos de trabajo esclavo, como el sistema Gulag de la URSS y sus equivalentes en otros lugares. Muchos otros murieron en ejecuciones masivas más convencionales, como las de la Gran Purga de Stalin y los “campos de exterminio” de Camboya.

Las injusticias del comunismo no se limitaron a los asesinatos en masa. Incluso los que tuvieron la suerte de sobrevivir fueron objeto de una severa represión, que incluyó violaciones de la libertad de expresión, la libertad religiosa, la pérdida de los derechos de propiedad y la criminalización de la actividad económica ordinaria. Ninguna tiranía anterior pretendió un control tan completo sobre casi todos los aspectos de la vida de las personas.

Aunque los comunistas prometieron una sociedad utópica en la que la clase trabajadora disfrutaría de una prosperidad sin precedentes, en realidad engendraron una pobreza masiva. Allí donde existían Estados comunistas y no comunistas en las proximidades, eran los comunistas quienes utilizaban los muros y la amenaza de muerte para evitar que su pueblo huyera a sociedades con mayores oportunidades.

Por qué fracasó el comunismo

¿Cómo una ideología de liberación condujo a tanta opresión, tiranía y muerte? ¿Fueron sus fracasos intrínsecos al proyecto comunista o se debieron a defectos evitables de determinados gobernantes o naciones? Como cualquier gran acontecimiento histórico, los fracasos del comunismo no pueden reducirse a una sola causa. Pero, en general, sí fueron inherentes.

Dos factores fueron las causas más importantes de las atrocidades infligidas por los regímenes comunistas: los incentivos perversos y los conocimientos inadecuados. El establecimiento de la economía y la sociedad centralmente planificadas que exigía la ideología socialista requería una enorme concentración de poder. Aunque los comunistas aspiraban a una sociedad utópica en la que el Estado pudiera “desaparecer” con el tiempo, creían que primero tenían que establecer una economía dirigida por el Estado para gestionar la producción en interés del pueblo. En este sentido, tenían mucho en común con otros socialistas.

Para que el socialismo funcionara, los planificadores gubernamentales debían tener autoridad para dirigir la producción y distribución de prácticamente todos los bienes producidos por la sociedad. Además, era necesaria una amplia coerción para obligar a la gente a renunciar a su propiedad privada y realizar el trabajo que el Estado exigía. La hambruna y los asesinatos en masa fueron probablemente la única forma en que los gobernantes de la URSS, China y otros Estados comunistas pudieron obligar a los campesinos a renunciar a sus tierras y ganado y aceptar una nueva forma de servidumbre en las granjas colectivas, que a la mayoría se les prohibía abandonar sin permiso oficial, por temor a que buscaran una vida más fácil en otro lugar.

El enorme poder necesario para establecer y mantener el sistema comunista atrajo naturalmente a personas sin escrúpulos, entre ellas muchos egoístas que priorizaron sus propios intereses sobre los de la causa. Pero es sorprendente que las mayores atrocidades comunistas no fueran perpetradas por jefes corruptos del partido, sino por verdaderos creyentes como Lenin, Stalin y Mao. Precisamente porque eran verdaderos creyentes, estaban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para hacer realidad sus sueños utópicos.

Aunque el sistema socialista creó oportunidades para que los gobernantes cometieran grandes atrocidades, también destruyó los incentivos de producción para la gente corriente. En ausencia de mercados (al menos legales), había pocos incentivos para que los trabajadores fueran productivos o se centraran en fabricar bienes que pudieran ser realmente útiles para los consumidores. Mucha gente intentaba trabajar lo menos posible en sus empleos oficiales y, en la medida de lo posible, reservaba sus verdaderos esfuerzos para la actividad en el mercado negro. Como dice el viejo refrán soviético, los trabajadores tenían la actitud de “nosotros fingimos trabajar y ellos fingen pagar”.

Incluso cuando los planificadores socialistas buscaban realmente producir prosperidad y satisfacer las demandas de los consumidores, a menudo carecían de la información necesaria para hacerlo. Como describió el Premio Nobel de Economía F.A. Hayek en un famoso artículo, una economía de mercado transmite información vital tanto a los productores como a los consumidores a través del sistema de precios. Los precios de mercado permiten a los productores conocer el valor relativo de los distintos bienes y servicios y determinar cuánto valoran los consumidores sus productos. En la planificación central socialista, por el contrario, no hay sustituto para este conocimiento vital. Como resultado, los planificadores socialistas a menudo no tenían forma de saber qué producir, con qué métodos o en qué cantidades. Esta es una de las razones por las que los Estados comunistas sufrían habitualmente escasez de bienes básicos, al tiempo que producían grandes cantidades de productos de mala calidad para los que había poca demanda.

Por qué no se puede explicar el fracaso

Hasta el día de hoy, los defensores de la planificación central socialista sostienen que el comunismo fracasó por razones contingentes evitables, y no por razones intrínsecas a la naturaleza del sistema. Tal vez la afirmación más popular de este tipo sea que una economía planificada puede funcionar bien siempre que sea democrática. La Unión Soviética y otros Estados comunistas eran todos dictaduras. Pero si hubieran sido democráticos, quizá los dirigentes habrían tenido mayores incentivos para hacer que el sistema funcionara en beneficio del pueblo. Si no lo conseguían, los votantes podían “echar a los cabrones” en las siguientes elecciones.

Desgraciadamente, es poco probable que un Estado comunista pueda seguir siendo democrático durante mucho tiempo, aunque empezara así. La democracia requiere partidos de oposición eficaces. Y para funcionar, esos partidos tienen que ser capaces de difundir su mensaje y movilizar a los votantes, lo que a su vez requiere amplios recursos. En un sistema económico en el que todos o casi todos los recursos valiosos están controlados por el Estado, el gobierno en el poder puede estrangular fácilmente a la oposición negándole el acceso a esos recursos. En el socialismo, la oposición no puede funcionar si no se le permite difundir su mensaje en los medios de comunicación estatales o utilizar propiedades estatales para sus mítines y reuniones. No es casualidad que prácticamente todos los regímenes comunistas suprimieran los partidos de la oposición poco después de llegar al poder.

Las atrocidades y los fracasos del comunismo fueron los resultados naturales de un esfuerzo por establecer una economía socialista. Incluso si un Estado comunista pudiera seguir siendo democrático de alguna manera a largo plazo, es difícil ver cómo podría resolver el doble problema del conocimiento y los incentivos. Ya sea democrática o no, una economía socialista seguiría requiriendo una enorme concentración de poder y una amplia coerción. Y los planificadores socialistas democráticos se encontrarían con los mismos problemas de información que sus homólogos autoritarios. Además, en una sociedad en la que el gobierno controla toda o la mayor parte de la economía, sería prácticamente imposible que los votantes adquirieran conocimientos suficientes para supervisar las numerosas actividades del Estado. Esto agravaría enormemente el ya grave problema de la ignorancia de los votantes que aqueja a la democracia moderna.

Otra posible explicación de los fracasos del comunismo es que el problema fue el mal liderazgo. Si los regímenes comunistas no hubieran estado dirigidos por monstruos como Stalin o Mao, les habría ido mejor. No hay duda de que los gobiernos comunistas tuvieron más que su parte de líderes crueles e incluso sociópatas. Pero es poco probable que éste fuera el factor decisivo de su fracaso. Resultados muy similares se dieron en regímenes comunistas con líderes que tenían un amplio abanico de personalidades. En la Unión Soviética, es importante recordar que las principales instituciones de represión (incluidos los gulags y la policía secreta) no fueron establecidas por Stalin, sino por Vladimir Lenin, una persona mucho más “normal”. Tras la muerte de Lenin, el principal rival de Stalin por el poder -León Trotsky- defendió políticas que en algunos aspectos eran incluso más opresivas que las del propio Stalin. Es difícil evitar la conclusión de que, o bien la personalidad del líder no era el factor principal, o bien -alternativamente- los regímenes comunistas tendían a colocar a personas horribles en puestos de poder. O quizá algo de ambas cosas.

Es igualmente difícil dar crédito a las afirmaciones de que el comunismo fracasó sólo por defectos en la cultura de los países que lo adoptaron. Es cierto que Rusia, la primera nación comunista, tenía una larga historia de corrupción, autoritarismo y opresión. Pero también es cierto que los comunistas practicaron la opresión y el asesinato en masa a una escala mucho mayor que los gobiernos rusos anteriores. Y el comunismo también fracasó en muchas otras naciones con culturas muy diferentes. En los casos de Corea, China y Alemania, personas con antecedentes culturales iniciales muy similares soportaron terribles privaciones bajo el comunismo, pero tuvieron mucho más éxito con las economías de mercado.

En general, las atrocidades y los fracasos del comunismo fueron los resultados naturales de un esfuerzo por establecer una economía socialista en la que toda o casi toda la producción está controlada por el Estado. Si no siempre era completamente inevitable, la opresión resultante era al menos muy probable.

Al igual que las atrocidades del nazismo son lecciones abyectas sobre los peligros del nacionalismo, el racismo y el antisemitismo, la historia de los crímenes comunistas enseña los peligros del socialismo. La historia del comunismo no demuestra que deban evitarse todas y cada una de las formas de intervención gubernamental en la economía. Pero sí pone de relieve los peligros de permitir que el Estado se haga con el control de toda o la mayor parte de la economía, y de eliminar la propiedad privada. Además, los problemas de conocimiento e incentivos que surgen en el socialismo también dificultan los esfuerzos de planificación económica a gran escala que no llegan al control total de la producción por parte del gobierno.

Lamentablemente, estas lecciones siguen siendo relevantes hoy en día, en una época en la que el socialismo ha comenzado de nuevo a atraer adeptos en diversas partes del mundo. En Venezuela, el gobierno intenta establecer una nueva dictadura socialista que aplica muchas de las mismas políticas que la anterior, incluyendo incluso el uso de la escasez de alimentos para acabar con la oposición. Incluso en algunas democracias establecidas desde hace tiempo, los recientes problemas económicos y sociales han aumentado la popularidad de socialistas declarados al viejo estilo, como Bernie Sanders en Estados Unidos y Jeremy Corbyn en Gran Bretaña. Tanto Sanders como Corbyn son viejos admiradores de brutales regímenes comunistas. Incluso si quisieran hacerlo, es poco probable que Sanders o Corbyn sean capaces de establecer un socialismo en toda regla en sus respectivos países. Pero, no obstante, pueden hacer un daño considerable.

En el otro lado del espectro político, existen inquietantes similitudes entre el comunismo y varios movimientos nacionalistas de extrema derecha recientemente populares. Ambos combinan tendencias autoritarias con desdén por los valores liberales y un deseo de extender el control gubernamental sobre grandes partes de la economía.

Las peligrosas tendencias actuales, tanto de la derecha como de la izquierda, no son todavía tan amenazadoras como las de hace un siglo, y no tienen por qué causar ni de lejos tanto daño. Cuanto mejor aprendamos las dolorosas lecciones de la historia del comunismo, más probabilidades tendremos de evitar que se repitan sus horrores.

Este artículo fue publicado originalmente en la Fundación para la Educación Económica


Ilya Smoin es profesor de Derecho en la Universidad George Mason. Su investigación se centra en el derecho constitucional, el derecho de propiedad y el estudio de la participación política popular y sus implicaciones para la democracia constitucional.

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