Categoría: RELATOS

LA SANGRE DE MAURA.

Perdí el sentido a causa del encontronazo. Desperté y lo vi todo de color blanco. Era el techo de un hospital. Ahí languidecí durante menos de un mes. Nadie evitó tacharme de afortunado. Mi auto había quedado hecho trizas, pero yo sólo me había lastimado la pelvis. Sanaría con el tiempo. Entretanto necesitaría unas muletas. Me vi ante un espejo con aquellos aparatos bajo las axilas y me disgustó la imagen, de modo que compré un bastón de lujo en la tienda de antigüedades de los Chico; me dieron un ejemplar del siglo XVII, cuya metálica empuñadura representaba la cabeza de un engendro. Me contaron una extraña historia relacionada con la antigüedad. Me fui mientras ellos reían por lo bajo a mis espaldas.

Era tal el porte que aquel bastón me confería, que por un momento deseé no mejorar jamás.

Pero no he contado el porqué de mi alteración. ¿Qué me llevó a conducir a doscientos kilómetros por hora en una carretera que demandaba una velocidad razonable? Indignación y furia. Me chocaba no salir airoso de una empresa de conquista. En principio entendí que Maura se hiciera la difícil, pero a la larga no logré explicarme su férrea negativa a caer rendida a mis pies. Miento. Hubo un factor nocivo para el desarrollo de mi proyecto. Osorio era rico y su labia anulaba a la mía; tenía la costumbre de departir con mujeres, y la práctica y el tiempo lo habían convertido en un mago de la seducción. Yo era más sutil que franco; si quería someter a una fulana a mis designios, se lo decía en su cara; en cambio, Osorio echaba a andar un programa de actividades diversas que, invariablemente, lo hacían acreedor a las que fueran mis candidatas.

Soporté que se quedara con muchas, pero no toleraría que Maura fuera suya. Ella debía pertenecerme, pues de lo contrario sólo me convendría morir. Sin embargo, la fatalidad no me condenaría. El accidente fue sólo una experiencia más que contaría luego. Todavía me faltaban cosas por hacer. El Otro Lado me esperaría pacientemente. No me atrevía a debatir esa cuestión. En el hospital se aflojó mi lengua; conté que había estado conduciendo en un estado emocional inconveniente, de ahí que un día me visitara un sujeto parlanchín que al punto se delató como psiquiatra. Aquél era un hospital de lujo, donde más valía tratar bien a los pacientes; tal fue la cólera que me sobrevino por culpa del visitante, que hice un escándalo con tal de quedarme solo. Mis amenazas respecto de una posible demanda produjeron que nadie volviera a incomodarme.
No volvería a proclamar mi pasión de ánimo. Cuando me dieron de alta, volví solo a casa, donde intenté serenarme con la ayuda del silencio y las cavilaciones. Mala compañía. Ciertas circunstancias acentúan el peso de ideas singulares. Recordaba a Maura a cada instante, pero ello no me daba paz. Anduve de acá para allá, con la mirada al suelo y mi mano aferrando el puño del bastón, que en ocasiones me producía extrañas sensaciones en la palma. Nada prometía paliar mi intemperancia, ni siquiera los susurros que un par de veces creí escuchar. Era preciso que me desahogara, pero no se me ocurría forma alguna de lograrlo. Además, cualquier actividad que emprendiera con tal de ocupar mi mente me traería un reposo transitorio, y mi ansiedad debía aplacarse por entero, a riesgo de que el mal físico que me aquejaba se transformara en una afección de los sentidos.

Me cansó andar en diagonales. Aún no me acostumbraba al bastón. Tomé asiento en un sillón, junto a una ventana, y perdí tiempo contemplando el cielo brumoso. Cuando algunas gotas comenzaron a golpear el cristal, escuché el ruido del timbre. Fui incapaz de imaginar quién querría visitarme. Misántropo empedernido, solía gozar tan sólo de compañía femenina, y a la sazón no podía jactarme de contar con una concubina estable. Los timbrazos persistieron y me negué a escucharlos otra vez, así que me levanté y gravemente fui a abrir la puerta.

Hola dijo Maura, mientras las gotas que caían en sus cejas la obligaban a parpadear.
Yo la contemplaba como un imbécil. Prosiguió:
Me enteré de tu accidente. Lo siento muchísimo. Vine para saber cómo estás.
Me aparté del umbral. Ella entró con una mezcla de no sé qué. En ningún momento supuse que su estancia derivaría en un evento gratificante para mí. Mientras cerraba la puerta, intenté concluir que nuestra entrevista sería breve e insustancial. Ella me diría cosas que, a su juicio, yo deseaba escuchar, y luego se marcharía, lista para seguir complaciendo a Osorio. Noté que Maura examinaba mi estampa. A saber qué la hizo pensar mi figura apoyada en un bastón. Acaso sintió lástima, pues me dedicó una sonrisa que sólo cuadraba con ese sentimiento. Pero ¿quién sabe lo que en realidad siente una mujer? Nos sentamos en el sofá y entonces advertí que no le había ofrecido nada a la visitante. De seguro que, siendo abstemia, sólo aceptaría café. Hice ademán de levantarme otra vez, mientras le preguntaba a Maura si quería uno de mis célebres capuchinos, pero ella me dijo que estaba bien y me pidió que me quedara sentado. Obedecí. Nos miramos por unos instantes. Ella comprendió lo que expresaban mis ojos, el maldito despecho que casi me había costado la vida. Por mi parte, no supe qué concluir de su mirada. Entonces, una extraña, extrañísima mueca se dibujó en su rostro. Un asomo de burla. La perra me había visitado para divertirse, para volcar su dicha en el espectáculo que yo daba gracias al bastón.

Sentí algo en la palma de la mano, un cosquilleo. La empuñadura, seguramente. Me desentendí de Maura por un momento y decidí alimentar mi ira con alcohol. Me levanté cuando Maura pretendía decir algo. Celebré que permaneciera en silencio. Una frase suya hubiera equivalido a una audacia imperdonable. Pero ¿qué le perdonaría? Me servía un whisky cuando advertí que últimamente había cavilado sobre lo que ahora podía hacer. Las condiciones eran magníficas, por no hablar de la insistencia de la empuñadura del bastón. La vi de soslayo y palidecí. El whisky, que bebí de un trago, me devolvió el color y la entereza. Maura continuaba en el sofá. Desde el vano de la puerta vi su cabeza y noté que se había puesto a fumar. Ella me había dicho que sólo fumaba cuando estaba nerviosa. Ahora tenía razón para estarlo.
Los Chico no me habían dicho nada, sin duda porque estaban seguros de que el propio bastón lo haría. Me sentí exultante cuando descubrí que mi supuesto bastón era la vaina de un espadín extremadamente filoso. Mi pulgar pagó las consecuencias de mi curiosidad. Chupé la sangre que manó.
Se desató una tormenta. Un trueno me hizo dar un respingo. Me tranquilicé al punto y noté que había pasado mucho tiempo en la cocina. Me chocó la idea de que Maura quisiera alcanzarme allá. Todo estaba listo. Pronto me desahogaría. Con el espadín en ristre volví sobre mis pasos, rengueando, soportando el dolor que me provocaba apoyarme en el pie derecho. No importaba. La calma total sobrevendría pronto. Iba hacia Maura, hacia su cabeza. Ella se levantó de pronto y, mientras se alisaba la falda, miró hacia la izquierda, donde el ventanal que daba al jardín la dejó ver la furia del vendaval. No me detuve. Mi víctima giró sobre los talones. Sólo pudo entreabrir la boca. Por algo alfombré la casa. Siempre he odiado que algo caiga al suelo y haga ruido.

Admiraba el cuerpo incompleto de Maura cuando el teléfono sonó. Estaban ocurriendo cosas raras. Primero llegaba aquella perdida y ahora alguien me llamaba, cuando normalmente el teléfono me aturdía por su silencio. Contesté y en el acto identifiqué aquella voz. Era Osorio. De entrada me ofreció su simpatía a causa de mi accidente, enseguida me aseguró que estaba a mis órdenes para cualquier cosa que me faltara durante mi convalecencia, y por fin me dio una “buena noticia”: Maura lo había mandado al Infierno el día anterior, pues había notado que me amaba. “Próximamente” me visitaría para hacer las paces conmigo y, con suerte, convertirse en mi novia. Me despedí afablemente del bellaco.

 

EL SEPULTURERO.

Traía en la sangre el carácter corrupto. Su padre había sido un as del fraude y por ello había muerto. Limpió un pequeño banco rural mediante artimañas contables, y huyó con su mujer a San Antonio cuando le pareció que estaban por atraparlo. Poco hábil para eludir la acción de la justicia, fue sorprendido una tarde a las afueras de su casa por ejidatarios descontentos. Lo desnudaron, lo colgaron por los tobillos de una rama y, tras propinarle un sinfín de latigazos, aderezaron sus heridas con jugo de limón. Los campesinos recibieron santo y seña sobre el paradero de sus ahorros robados, pero ello no los disuadió de consumar el linchamiento. Untaron brea en el cuerpo sangrante y le prendieron fuego. Se dispersaron al ver las patrullas que se acercaban, y que habían sido llamadas por Rayo, la esposa del desafortunado. La persecución produjo un solo capturado; los otros, con sabuesos pisándoles los talones, lograron cruzar el río y esconderse aquí y allá. Los paramédicos bajaron el cadáver del linchado y lo declararon muerto. Rayo trató de impedir que Galán viera los despojos de su padre, pero el niño contempló la masa calcinada, humeante, una imagen que se grabó en su memoria para siempre. También presenció el funeral. Le fascinó la gran caja donde yacía su padre, y admiró la pericia con que el enterrador, un viejo correoso infestado de arrugas, dispuso el ataúd en el fondo de un hoyo y lo cubrió de tierra a paletadas.

Rayo volvió a México, a la ciudad fronteriza donde había conocido a su fallecido amor. Galán extrañó San Antonio hasta que se propuso vengar a su padre, quien les había dado una vida que, aparentemente, no recuperarían con facilidad. La barbarie de los campesinos no permanecería impune. Si la policía no había hecho nada porque el delito se había cometido en el extranjero, sería preciso pagar con la misma moneda. Galán contaba quince años cuando dejó la escuela y se sumó a una partida de cosechadores de sorgo. Los extensos campos fueron su hogar durante dos meses, en cuyo transcurso trabó amistad con la mayor parte de sus colegas. Su fin era recabar información que lo llevara a los asesinos de su padre. Poco a poco se enteró del paradero de casi todos, y la adrenalina lo sometió al darse cuenta de que algunos de aquellos canallas se codeaban con él. Como su debut en el mundo adolescente lo había aproximado a barrios donde imperaba el narcotráfico, al punto consiguió una AK-47 y dos granadas de mano. Destinó una noche para masacrar a los campesinos; a la luz del plenilunio cazó a doce miserables que rogaron por su vida antes de caer barridos por la metralla, y encendió fuego a la cosecha para que las llamas envolvieran a los que corrían y calcinaran los cadáveres regados a sus pies. Huyó en una camioneta robada, que hundió discretamente en el río Bravo junto con el arma homicida.

Rayo se enteró de la desgracia y pensó que su hijo había muerto. Inquirió con las autoridades, quienes la dejaron examinar restos inidentificables. Se resignó a no ver por última vez la cara de su hijo y volvió a casa, donde dio un respingo al hallar al supuesto desaparecido en la cocina, descamisado y bebiendo cerveza. La expresión de Galán le dio a entender por qué había logrado salvarse. Tragó saliva y se retiró a su cuarto, donde rezó fervorosamente por que los campesinos no vinieran a quitarle ahora a su hijo. Pero nada pasó, salvo el tiempo. Galán alcanzó dieciocho años de edad y cobró una reputación temible en barrios decadentes. Se entregó al tráfico de drogas y empezó a conducir una pick up cargada de armamento para abastecer a cierto cártel; entonces, una madrugada fue interceptado por la policía y no logró preparar a tiempo sus armas. En la cárcel lo visitó un abogado al servicio de ciertos barones de la droga, quienes le mandaban decir que le convenía callar respecto de las actividades que le habían costado la libertad. Galán comprendió y soportó diversas torturas. Por fin, hartos de conformarse con el cuento de que las armas eran de propiedad particular y que habían sido adquiridas para la defensa doméstica, el reo fue soltado. Galán regresó a casa y halló muerta a su madre, abierta en canal dentro de la bañera. Los narcos no habían querido correr riesgos. El huérfano entendió que tenía la opción de vengarse de aquellos sádicos, pero la seguridad de que no serían víctimas tan fáciles como los campesinos lo hizo olvidar el asunto. No tenía dinero para sepultar a la muerta, así que la cremó en el horno de la casa, pulverizó las cenizas y las arrojó al viento una noche lluviosa.

Sobre su casa pesaba una hipoteca, cuyas mensualidades no se pagaban desde hacía tiempo. La visita de un funcionario bancario bastó para que Galán decidiera mudarse. Vagó un día por las calles antes de entrar en una cantina donde se solicitaba un mesero. Se entrevistó con el dueño y pasó por alto su historial delictivo; el empleador se quedó con la imagen de un joven deseoso de superarse y lo contrató. Galán sirvió bebidas el tiempo suficiente para conocer a Lori y meterse en problemas con el dueño. Una noche, tras barrer el sitio, Galán se acercó de puntillas a la caja y trató de vaciarla, pero lo sorprendió una alarma hipersensible que el mañoso dueño había instalado para esas eventualidades. El ladrón frustrado eludió un escopetazo brindado por su empleador e inició una trifulca con él; llovieron los puñetazos para ambos bandos, pero la tenacidad del contrincante joven derrotó a la furia del viejo. Galán estrelló dos sillas en la cabeza del oponente y salió por una ventana, de forma tan espectacular que los policías que se habían congregado afuera quedaron boquiabiertos. Persiguieron un rato al prófugo, y al fin, cansados de no dar con él y habida cuenta de que no había robado ni un peso, lo olvidaron.

 

Galán se refugió en casa de Lori. Ella estaba encantada con él. Siempre había adorado a los mexicanos, pero nunca había conocido a uno que la tratara como cualquier compatriota enajenado por el sexo. Galán no tenía más límite que el cansancio. Abusaba de Lori de todas las formas posibles, entre las que destacaba el juego de los insectos enfrascados, y luego, rendido por la fatiga, se echaba junto a la mujer y le pedía que le contara cosas. Ella, cuajada de moretones y piquetes de arañas, narraba detalladamente su vida en Nueva York, a merced de sus primos, quienes la violaban una vez al día. Cuando aquellos miserables acabaron encarcelados por haberse sumado a una comunidad de pedófilos recalcitrantes, ella tuvo que procurarse el sustento como pudo. Era tan bella que al punto descubrió su fortuna como prostituta; se convertía en leyenda en el centro de Manhattan cuando un cliente texano, gordo, con bigote de aguacero y acciones en la industria del petróleo, la invitó a vivir con él en su terruño. Lori lo dejó todo y siguió a Don —el texano— a una linda mansión, donde había una esposa esperando a su marido. Sobrevino un lío y las influencias de aquella mujer produjeron que la recién llegada pasara un rato en prisión. Luego quedó libre y sin dinero; volvió a la prostitución y se dejó llevar por un chihuahuense que se hartó de ella en Ciudad Juárez. Como Lori no quisiera sumarse a las muertas regadas por la ciudad, se marchó pidiendo aventón y acabó de mesera en una cantina, donde se enamoró de Galán y se prometió seguirlo para siempre.

Aquellas historias dormían a Galán. Roncaba hasta que los rayos del sol le daban en la cara. Entonces se levantaba, hacía suya a Lori y bebía cerveza para espabilarse. Al día siguiente de la refriega que sostuvo en la cantina, le dijo a Lori que ambos tendrían que hallar otra fuente de trabajo. Ella se dispuso a obedecer, de modo que Galán caviló un instante y resolvió usarla de ama de casa por un rato. Algunos contactos le permitieron entrar en una ferretería, donde despachó sin ánimo a gente que empezó a quejarse con el dueño del establecimiento. Finalmente, como siempre sucedía, Galán se metió con la caja registradora bajo la lente de una cámara de seguridad. Su jefe le dio a escoger: o retirarse previa disculpa o soportar los tratamientos policíacos. El delincuente prefirió la primera opción, se largó sin tardanza y visitó a un viejo amigo que tal vez lo ayudara a recuperarse. El amigo lo condujo ante un funcionario de la aduana, quien tomó en serio la recomendación para pagar un favor recibido hacía tiempo. Galán fue contratado, se le destinó un escritorio y se le explicaron sus funciones, que debería cumplir vestido con un uniforme color caqui. El flamante empleado se sintió orgulloso de haber conseguido un trabajo en tan poco tiempo, y al punto caviló sobre cómo triplicar el rastrero sueldo que le habían designado. Lori felicitó a su hombre, le dijo que su uniforme la excitaba y se le entregó para celebrar el acontecimiento. Galán la ató a la cama, la sodomizó y, por último, le puso en la espalda una cucharada de chocolate, junto con dos cucarachas que encerró bajo un frasco. Observó los movimientos de aquellos insectos y se excitó oyendo los gemidos de Lori, cuyo terror hacia las alimañas databa de la niñez. La idea de que algún bicho le perforara la piel y acabara en sus entrañas le destrozaba los nervios. Pero a Galán le gustaba hacerla sufrir, y se complacía en ahondar sus miedos en beneficio de su propia tranquilidad.

Pasó lo de siempre. Gente que rehusaba declarar ciertas cosas se coludió con Galán para que nadie levantara la voz. El funcionario corrupto recibía a los sinvergüenzas y, sin decir palabra, abría un cajón del escritorio, donde caían sobres repletos de dólares y alhajas auténticas. Falluca y drogas entraron en México gracias a Galán. La administración empezó por sospechar de él, y finalmente echó a andar una estratagema que rindió los frutos esperados. Un policía vestido de civil encaró a Galán y lo movió a realizar su habitual corruptela. En cuanto una placa salió a relucir, el delincuente se abrió paso a codazos y llegó hasta la salida, donde media docena de agentes lo sometió a punta de pistola y de cachiporrazos. Galán recobró el sentido en la cárcel; fue enjuiciado con rapidez y sentenciado a disfrutar la sombra durante casi dos décadas.

Lori equiparó la suerte de su amante con el fin del mundo. Se sintió desamparada, y a punto estuvo de perder la razón cuando supo que esperaba un hijo. Como al visitar a Galán lo hallaba con cara de pocos amigos, calló lo del embarazo, pero tras cuatro meses el propio recluso hizo preguntas. Se puso violento al suponer que Lori se había entregado a otro, pero la intervención de dos guardias y los juramentos de la mujer lo convencieron de que pronto sería padre de familia. Lori sólo quería saber cómo subsistiría sin la ayuda de su hombre.

—¿Acaso estás tullida o algo así? —bramó Galán—. ¿No eres capaz de conseguir trabajo?
Aquel tono de voz era severo y burlón a partes iguales. Lori lloró por su causa, y con tal de evitar otros comentarios aseguró que se las arreglaría para salir adelante por cuenta propia.
—Más te vale —dijo él—. Cuando salga de aquí, querré ver a mi hijo esperándome a las puertas de este agujero. ¡Si te atreves a irte con otro, te buscaré hasta encontrarte…!

Una cachiporra acalló sus alaridos. La visita había terminado. Lori se fue sin saber qué haría. En su casucha ojeó un periódico; los anuncios clasificados demandaban personal femenino instruido, no chicas crecidas al amparo de la depravación y la falta de reglas. Sólo un anuncio resultó prometedor. Lori llamó e hizo una cita para el día siguiente. Hablaría con la dueña de un pequeño salón de belleza, donde se necesitaba a una criada. Para eso no hacía falta ni saber leer.

Galán intentó acostumbrarse a su vida de reo. No era aquélla la primera vez que residía en una prisión, pero jamás le habían tocado instalaciones tan truculentas. Pensar que pasaría años en condiciones infrahumanas lo enloquecía paulatinamente. Compartía la celda con un chicano rarísimo, que le hablaba sin cesar a una estampa percudida donde figuraba un presunto santo. Galán lo toleró algunos meses, hasta que se hartó de escuchar a diario las mismas retahílas salpicadas de fragmentos de oraciones y otras incoherencias. Aguardó que el chicano se durmiera y le robó la estampa, que rompió en pedazos cuyo destino fue el retrete. A la mañana siguiente, el chicano sufrió un colapso nervioso y atentó contra Galán, quien se defendió a puñetazos. Dos guardias los separaron. El chicano, inconsolable, acabó en la enfermería, con el rostro amoratado y las cejas rotas. Le daban puntadas cuando vio de refilón un escalpelo. Nadie lo vio tomarlo y fue tarde para impedir que se lo clavara en el corazón. Galán fue culpado del incidente, pero su sentencia no fue incrementada. El asunto se consideró una típica reyerta entre internos y se olvidó a la larga.

Sin embargo, el brutal reo volvería a compartir la celda, ahora con un liberiano renegrido llamado Craig. Era tranquilo. Prefería no meterse con nadie con tal que le redujeran la sentencia por buen comportamiento. Galán lo encontró más soportable que el chicano y entabló con él una estrecha camaradería. Con el tiempo, las pláticas entre ambos fueron particularmente instructivas para Galán. Se enteró de que Craig había pasado años en Haití, de donde había salido por piernas para evitar que lo convirtieran en zombie, preludio a toda una vida de esclavitud en una plantación. El arte arcano que permitía criar muertos vivientes fue sólo una de las cosas que Craig aprendió en aquel país; llegó a dominar otros ensalmos sumamente efectivos. Cuando Galán le propuso que invirtiera sus conocimientos mágicos en sacarlos del muladar donde languidecían, Craig respondió que nunca había podido dañar ni a una mosca.

—Soy hombre de paz —dijo—, y te repito que debo portarme bien para estar menos años aquí.
—Yo no tengo tanta paciencia, Craig. Necesito tu ayuda. ¿Qué se necesita para convertir a alguien en zombie?

El negro pecó de ingenuidad. Detalló el procedimiento sin sospechar que su compañero pretendía usarlo como conejillo de indias. Galán, por carta o en persona, encargó a Lori que consiguiera diversos ingredientes a cuál más estrambótico. La chica, cerca de dar a luz y agobiada por la carga de trabajo, gastaba lo poco que ganaba en los mejunjes que le solicitaban, y los introducía en prisión tras sobornar a un par de guardias. Fueron formidables los juegos de manos con que Galán adulteró la bebida de Craig, quien no se quejó para evitarse sinsabores. Ingirió varias dosis de una rara sustancia antes de perder el juicio. Si había distintas categorías de zombies, él se inscribió en la de los violentos. Una mañana, mientras los internos erraban por el patio, se dedicó a babear, lanzar alaridos y atacar a quien le quedara a la mano. Arrancó una oreja y una nariz, y estaba por aferrar a un enano de ojos saltones cuando lo abatieron a tiros. Cubierto de orificios sanguinolentos, se aquietó al fin; los paramédicos evitaron formalidades y lo sepultaron enseguida, en un terreno miserable ubicado a las afueras de la prisión. Galán quedó maravillado y se dispuso a trastornar a los guardias para que nadie le impidiera escapar.

Mientras él planeaba cómo disolver su pócima en la comida de los guardias, Lori pujaba para expulsar a un niño. Se hallaba en el trabajo cuando le sobrevinieron los dolores del parto. Las clientas del salón se enternecieron y movieron influencias para que la parturienta diera a luz en una clínica. La ayuda fue efectiva y la madre alumbró en condiciones saludables. Tuvo un niño rubicundo, muy pesado para un recién nacido. Lori lo cargó y, bañada en lágrimas, se juró que sería una madre ejemplar, lo que entrañaba anteponer las virtudes a las pasiones. En cuanto terminó de convalecer, visitó a Galán y le presumió a su hijo. El delincuente lo encontró hermoso y pidió que le permitieran cargarlo. El permiso fue denegado, y de las discusiones subsiguientes obtuvo un surtido de patadas. Lori estrechó al niño contra su pecho y se fue, sollozando.

Galán supo cómo salirse con la suya. Empeñado en regenerarlo, el director de la prisión arregló que lo metieran en un curso de repostería. Al principio, el reo se negó a aprender, pero cuando lo dejaron solo para preparar la masa concibió un tremendo plan. Elaboró el inmenso pastel con que los internos obsequiarían al director el día de su cumpleaños. Entre reclusos, guardias, enfermeros y personal administrativo, el patio se llenó. El director probó el pastel y le pareció bueno, aunque un poco amargo, y se remangó antes de partir tantos pedazos como fuera posible. Galán se limitó a observar, y al rato quedó maravillado y horrorizado, atestiguando los cambios que se operaban en quienes degustaban su obra. Reinó la confusión a causa de las bestias. Se atacaron unos a otros, la sangre comenzó a esparcirse por el suelo. Galán eludió a un enajenado que ansiaba sacarle los ojos y alcanzó una torre de vigilancia, donde un solo guardia se había perdido un trozo de pastel. Galán se le echó encima, le arrebató el rifle y un manojo de llaves y desanduvo sus pasos, dejando al desafortunado a merced de un par de brutos antropófagos.

Galán repartió balazos en su camino a la puerta principal, que abrió no tanto gracias a las llaves como a la suerte. Cerró tras sí y se echó a correr bajo el cielo crepuscular, mientas allá atrás evolucionaba una matanza demencial entre seres semihumanos, que acabaron despedazándose antes de que el problema llamara la atención. En casa, descamisado y bebiendo cerveza, Galán se puso a ver un noticiero, y entonces notó las consecuencias de su fatídico plan. Se sintió aliviado porque nadie lo acusaría, y aun supuso que lo considerarían muerto, acaso devorado por los demás, de modo que sin duda no sería buscado. Tal fue el relajamiento que le sobrevino, que se durmió inadvertidamente. Abrió los ojos al escuchar que tocaban a la puerta; como era improbable que Lori hubiera olvidado las llaves, debía de tratarse de un visitante no deseado. Galán se armó con un cuchillo y se acercó a abrir. Abrió la boca para gritar, pero ni un solo ruido salió de su garganta. Vio a Craig en el umbral, cubierto de gusanos de pies a cabeza y con los ojos inyectados en sangre. Despertó sobresaltado y dejó escapar un grito. Seguía echado en el sofá, y ahora escuchó que alguien abría la puerta. Pálido y tembloroso, intentó correr hacia cualquier parte, pero el horror lo dejó inmóvil. Se calmó al ver a Lori.

Galán tuvo que contarle lo que había pasado y Lori le juró que por nada del mundo lo denunciaría. Acordaron vivir en paz de entonces en adelante. Él trabajaría en algo que no despertara su avaricia y ella se dedicaría a cuidar al niño. El día en que Lori renunció al salón de belleza, Galán fue contratado para reemplazar al antiguo sepulturero del pueblo, quien había contraído una infección al disponer de varios cadáveres traídos de la prisión. Galán no se ocuparía de enterrar cadáveres mordisqueados y malolientes. Con el paso del tiempo se limitó a enterrar ancianos, drogadictos infartados y niños muertos al nacer. Era una labor poco redituable, pero que demandaba una dedicación que la volvía noble. Galán comenzó a sentirse una especie de ciudadano modelo, designado para hacer un trabajo benéfico para la sociedad. Aprendió a resistir la tentación de cometer tropelías y se encariñó con el cementerio, a grado tal que combinó sus funciones de enterrador con las de jardinero y grabador de lápidas. Le fascinaba descansar en una de éstas al atardecer, al amor de un cigarrillo y el frescor del viento. Luego, cuando la noche se cernía, encendía un quinqué y hacía una ronda entre las tumbas. Cuadro tenebroso. Se detenía de cuando en cuando para recoger gusanos y encerrarlos en un frasco.
Es que Galán retomó la costumbre de aprovecharse de Lori. Su rechazo al delito no había incluido olvidar el sufrimiento que siempre le había gustado infligir a su mujer. En cuanto Oriol, su hijo, se quedaba dormido, retorcía un brazo de Lori para sujetarla a la cama, y luego de poseerla la colmaba de gusanos y tierra del cementerio. Las bestezuelas hacían su labor típica, pretendiendo devorar aquella piel hasta dejar los huesos al descubierto. Amordazada, Lori sólo podía gemir rabiosamente, tratando de conmover a Galán. Era inútil. Él decidía cuándo suspender su manía, a fin de impedir que algún gusano penetrara donde no debía. La persistente costumbre de Galán hizo que Lori pensara en abandonarlo; se negaba a que Oriol aprendiera prácticas viciosas, preludio a una vida consumida entre crímenes y visitas a prisión, como había sido la de su padre. Mientras afinaba detalles de su plan de evasión, notó que Galán cambiaba, aunque no para bien. Era evidente que perdía la razón a marchas forzadas. Se habituó a verlo pálido, temblando, con la boca entornada y la respiración arrítmica. Tenía miedo.

No era para menos. Las visiones de Galán se habían incrementado. Ya no estaba solo en el cementerio. Craig reapareció, pero ya no en una pesadilla. Enfrentó a Galán y quiso decirle algo, aunque de su boca sólo brotó una ristra de sonidos inarticulados, combinada con salivazos y gusanos masticados. Galán corrió lanzando gritos, tropezó con una lápida y se golpeó la cabeza al caer. Se recuperó del desmayo y se vio en medio de tinieblas. No sabía dónde estaba el quinqué, así que anduvo braceando hacia donde dejaba sus herramientas de trabajo. En el transcurso de su vagabundeo, sintió que lo tocaban y empujaban, y oyó otros galimatías, pronunciados por más de una persona. Cuando al fin encendió el quinqué, lo paseó a su alrededor y la mortecina luz puso ante sus ojos las figuras putrefactas y agusanadas de sus antiguos compañeros de la prisión. Incapaz de hablar, dio un paso al frente y cayó sin sentido. Despertó y notó que era de día. Estaba solo, pero no pudo dudar que la víspera había tenido una experiencia real, no un sueño. Durante días fingió que todo estaba bien; siguió mancillando a Lori y cavando tumbas, tratando de convencerse de que sus nefandas visiones se extinguirían tan repentinamente como habían aparecido. Finalmente, tras una noche donde los espectros lo asediaron con singular tesón, se dedicó a exhumar las tumbas de los antiguos habitantes de la cárcel, para cerciorarse de que alguna vez los habían inhumado. El problema fue que un cortejo, listo para dar el último adiós a un prominente personaje local, pilló al demente en sus actos profanadores. Las autoridades se presentaron y no pudieron calmar al hombre por las buenas; dando mandobles con la pala, Galán trató de repeler el avance de los policías, a quienes veía bañados en gusanos. Fue necesaria una bala para apaciguar al loco. Su cuerpo, cuya cabeza lucía ahora un agujero de notable diámetro, fue enterrado en un rincón, sin lápida.

Lori se enteró de lo sucedido y resopló. No pasaría más noches espantosas. Comenzó una vida tranquila, trabajando como cocinera en una casa y cuidando que Oriol creciera como un niño normal. Lo alentaba a estudiar, relacionarse con niños más o menos tranquilos, asistir a misa domingo a domingo y evitar el cementerio. El muchacho creció en paz, descolló en los estudios y, cuando terminó la preparatoria, decidió convertirse en ingeniero. Le parecía una noble profesión. Su madre esperó que estudiara la carrera en la universidad local, pero él había diseñado otros planes: viajaría a la capital para asegurarse mejores oportunidades de trabajo. La separación fue desgarradora para Lori; se calmó apenas al escuchar la promesa de que sería visitada tan frecuentemente como fuera posible. Oriol hizo el viaje con un amigo; ambos rentaron un departamento diminuto y empezaron a adaptarse a la vida de la megalópolis. Combinaron el estudio con el esparcimiento y consiguieron sendas novias. La de Oriol se llamaba Virginia, y era tan conservadora que desde el principio exigió conocer a quien, con suerte, acabaría siendo su suegra. Oriol no tuvo inconveniente y prometió que en su próximo viaje al norte iría acompañado. Mientras se acercaba ese momento, empezó a recibir cartas desalentadoras. Al parecer, Lori había enfermado por culpa de la soledad; no podía concebirse otra causa, dado que físicamente parecía estar bien. Las cosas que escribía se antojaban salidas de una mente deteriorada. ¿Podía creerse que recibía visitas nocturnas de alguien que ya no podía visitar a nadie? Oriol lloró al concluir que su madre había enloquecido. Habló con Virginia y le dijo que aún no viajarían juntos, pues él quería encargarse a solas de asegurar el bienestar de su madre. Desoyó las protestas de la otra y partió.

No pudo haber imaginado lo que encontraría. Lori siempre había sido discreta respecto del estilo de vida a que Galán la había sometido. Oriol llegó a la vieja casa y la encontró decadente. No había sido adecentada desde hacía meses. Era obvio que la enfermedad se había adueñado por completo de la ocupante. Oriol se encaminó al cuarto de Lori, entró cautelosamente y fijó la vista en la cama. Ahí estaba ella, tendida cuan larga era, con los ojos cerrados y cubierta hasta el mentón por una manta. Oriol trató de despertarla verbalmente, pero no obtuvo respuesta. Tocó una frente helada, y al querer percibir una respiración retrocedió espantado. Empezó a llorar. Se sentó en una silla y contempló la mórbida escena. Entonces le pareció que se había equivocado, que su madre vivía. Sí, debía de querer sacar una mano para estrechar la de su hijo. El movimiento de la manta no dejaba lugar a dudas. Oriol se acercó ansiosamente y descubrió el cuerpo de su madre hasta la cintura. El horror sustituyó a su esperanza.

Del cuello hacia abajo, el esqueleto de Lori había sido totalmente descarnado por miles de gusanos famélicos.

 

AUTOR: Underhersoles

DIARIO PAQUISTANI INFORMA – MATRIMONIOS INFANTILES.

 

¿SON NECESARIAS MAS PRUEBAS?.

Y después que digan que son difamaciones «sionistas»!!!

¡¡¡BÁRBAROS, SALVAJES !!!!.

 

 

MEMRI

Middle East Media Research Institute

Despacho Especial No. 3508 – Proyecto de Estudios de Asia Meridional

Para ver este documento en formato HTML, por favor visite:

http://memri.org/bin/espanol/ultimasnoticias.cgi?ID=SD 350811   

Diario paquistaní informa – ´Matrimonios infantiles: Niñas de 10 años negociadas por 100.000 rupias [$ 1.150 aproximadamente]’

El 29 de noviembre del 2010, funcionarios policiales en la ciudad paquistaní de Sheikhupura penetraron en un salón de bodas y detuvieron a los invitados y al novio mientras el matrimonio de una niña de seis años de edad, Uzma, estaba siendo solemnizado. Bilal Zafar, funcionario de la policía local, confirmó la detención de Maulvi Ghaus, el clérigo que solemnizaba el matrimonio, así como también al novio de 23 años de edad. Zafar dijo, hemos recibido un pitazo del matrimonio, pero nos llevó un tiempo encontrar el lugar en que la boda era llevada a cabo en secreto». [1]

El incidente atrajo una airada respuesta de un lector del diario, que escribió: «Sin duda esta es una señal de pedofilia, ¿de qué otra manera puede uno justificar a un hombre de unos 20 años casándose con una chica que tiene sólo seis años? ¿Por qué nosotros como sociedad somos tan tolerante de tales prácticas bárbaras y medievales?» [2] Parece ser que un gran número de matrimonios infantiles se están llevando a cabo en Pakistán, especialmente en las zonas rurales de la provincia de Sindh, aunque sólo unos pocos casos son denunciados por los medios paquistaníes.

La Organización Sujag Sansar, una organización caritativa de derechos para los niños que trabaja en el distrito de Dadu de la provincia de Sindh, llevó a cabo una encuesta el año pasado para evaluar las opiniones de las familias locales en seis pueblos de la comarca. La organización cree que las opiniones de estas familias son representativas de toda la provincia. De acuerdo a los resultados de la encuesta, algunas de las razones de los matrimonios infantiles son: el sistema tribal de Watta Satta (intercambio de esposas entre familias), que se cree es un factor clave, por razones financieras y las familias no creen que el matrimonio de menores de edad tiene algo de mal. Además, la encuesta señala que los ancianos también organizan matrimonios de niños en edades jóvenes, debido a la falta de educación e instalaciones recreativas. [3]

En el distrito de Dadu un periodista local fue muerto el año pasado después de informar sobre el matrimonio de una niña. [4] Un lector del diario argumentó recientemente que los matrimonios infantiles se están llevando a cabo porque funcionarios del gobierno no están aplicando las disposiciones de la Ley de Restricción al Matrimonio Infantil, 1929, que dicta: (1) Castigo para un hombre adulto de más de 18 años de edad que se case con una niña menor de 16 años de edad, (2) castigo por solemnizar tal matrimonio de infantes y (3) castigo por negligencia al no impedir solemnizar un matrimonio de infantes. [5]

El Express Tribune, un diario paquistaní que se ha centrado en este tema, publicó recientemente un informe titulado «Matrimonios infantiles. Niñas de 10 años por 100.000 rupias», destacando el matrimonio de menores en Pakistán.

Lo siguiente son algunos extractos del informe: [6]

«[Niñitas] vestidas en ropa de novia y joyas son con frecuencia esposadas con hombres mucho mayores que ellas»

«Puede parecer un juego de niños, pero las niñas vestidas con trajes de novia y joyas son muy a menudo esposadas con hombres mucho mayores que ellas en un aspecto aterrador de la realidad. Algunos padres pueden casarlas por no tener dinero o dar sus manos en matrimonio para resolver disputas. Otros factores incluyen la motivación política de la familia o las batallas por herencia [especialmente entre la clase de los terratenientes feudales].

«Si bien el número exacto de casos sigue siendo desconocido, puede ser considerado como un fenómeno común con aproximadamente un 58 por ciento sucediendo en las zonas rurales y un 27 por ciento en las zonas urbanas [de Pakistán].  

«Entre las provincias, Sindh encabeza la lista. La Sociedad para la Protección de los Derechos del Niño (SPPDN), una ONG que se centró específicamente en el tema este año [en el 2010], informó que alrededor de 50 casos de matrimonios infantiles se observaron solo en Sindh… La ONG, que frustró 18 intentos de matrimonios infantiles con una intervención exitosa, ha estado trabajando para [cerrar] las lagunas en las leyes que regulan el delito.

«En marzo de este año, Shazia de 10 años de edad, fue cambiada por su madre Zahooran por 100.000 rupias paquistaníes [aproximadamente 1.150 dólares estadounidenses]. El novio, un residente del pueblo Bhangho Behan en Khairpur [distrito de Sindh], quien ´compró´ a su joven esposa, dijo que eran sus costumbres. Al menos otras seis chicas en los pueblos vecinos se habían casado de una manera similar, este sostuvo.

«En otro caso, Koonj y Asma, de seis y siete años de edad, respectivamente, fueron casadas con dos hombres de la parte agraviada en Dadu para apaciguar la disputa sobre el matrimonio a voluntad…»

Activista de los derechos del niño Sohail Ahmed Abro: «Mucha gente en Sindh considera la posibilidad de los matrimonios precoces como una tradición cultural»

«Sohail Ahmed Abro, directora provincial de SPPDN, discutió las observaciones formuladas por su ONG. De acuerdo con la Ley 1929 de Restricción al Matrimonio Infantil, los matrimonios con infantes no son un delito conocible, lo que significa que la policía no puede intervenir directamente [es decir, sin una queja  presentada por alguien]. Además, sigue habiendo una disparidad en la edad legal en el que las niñas y los niños pueden ser casados. De acuerdo con la ley, las niñas que tienen 16 años de edad y los muchachos mayores de 18 años pueden casarse legalmente.

«Abro dijo que cuando la policía interviene en estos casos, suelen detener a los ´perpetradores legales´ que están cometiendo el matrimonio infantil -. Es decir, la novia y el novio. Estos jóvenes muchachos y muchachas, sin embargo, son las víctimas. El ser enviado a la cárcel o a una institución de protección no es considerado justicia… »

«Además, la pena por el delito es un mes escaso en prisión y una multa de 1.000 rupias pakistaníes [unos 11 dólares estadounidenses]… ´Muchas personas en Sindh consideran los matrimonios precoces una tradición cultural´, añadió. Sin embargo, el delito también prevalece en otras provincias, pero la cuestión sigue estando en el fondo debido a que estos casos no son traídos por los medios de comunicación.

«Pakistán tiene también la Ley de la Familia Musulmana así como también la Ley 1929 de Restricción al Matrimonio Infantil en sus estatutos. Además, el país también se convirtió en firmante de la Convención de las Naciones Unidas sobre los Derechos del Niño en 1990, en el que el matrimonio precoz se refiere al matrimonio de personas menores de 18 años de edad. La adhesión del gobierno a la Convención de las Naciones Unidas sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer (ETFDCM), también debería haber servido como elemento disuasorio contra los matrimonios infantiles. Estas promesas y leyes, sin embargo, permanecen en papel, con poca o ninguna aplicación.

«El SPPDN lanzó su campaña contra los matrimonios infantiles de forma simultánea en nueve distritos de Sindh, que incluyen Jacobabad, Shikarpur, Sukkur, Khairpur, Naushehro Feroz, Nawabshah, Larkana, Kambar Shahdadkot y Dadu, donde la costumbre es más frecuente. Los comités de derechos del niño han iniciado un diálogo en todos estos distritos y se están organizando seminarios, caminatas y conferencias de prensa para esparcir consciencia…»

Notas al final:

[1] El Express Tribune (Pakistán), 30 de noviembre, 2010.

[2] El Express Tribune (Pakistán), 1 de diciembre, 2010.

[3] El Express Tribune (Pakistán), 20 de noviembre, 2010.

[4] El Express Tribune (Pakistán), 20 de noviembre, 2010.

[5] El Express Tribune (Pakistán), 2 de diciembre, 2010.

[6] El Express Tribune (Pakistán), 21 de diciembre, 2010. El texto del informe ha sido ligeramente editado para mayor claridad.

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LAS COMPRAS DEL FIN DE SEMANA

16:30

Haces una lista en casa: Cerveza, Whisky, coca-cola para el whisky, frutos secos para el whisky, ginebra por si se acaba el whisky, en fin, lo imprescindible si eres hombre.


Y añades algunos lujos asiáticos: Café, galletitas, espuma de afeitar, cuchillas. Y como no te acuerdas de más, decides improvisar el resto.


No le des más vueltas, la cagarás. Por mucho que pienses: es final de mes…, nadie tiene un duro, Sábado 5 de la tarde todo el mundo debe estar durmiendo la siesta. Te decides y vas al Hiper. Da igual PYCA, INCONTINENTE, ALTRAPO, son todos iguales.


Ya en las inmediaciones del centro, hay un atasco del carajo. Cientos de miles de gilipollas han pensado como tu…


Aguardas la cola hasta llegar al parking. Ni un puto sitio para aparcar.

De pronto, cuando estás a punto de marcharte, ves una maruja (mujer de avanzada edad, muy pesada, insoportable y muy cotilla, cuya afición favorita es meterse en la vida de los demás) que se dirige a su coche. Frenas en seco y te dices para ti: “Ni el séptimo de caballería me mueve de aquí”. Eso si, la maruja no tiene prisa.


Tranquilamente abre el portón del auto, y comienza a meter las bolsas una a una, revisando su interior, como si no fuera su compra, como si le extrañara ver el paquete de garbanzos ahí. Tu tensión nerviosa esta subiendo.


La maruja por fin, después de buscar durante 10 minutos en el bolso las llaves del coche, abre y entra. Oyes como rasca la caja de cambios al intentar meter la marcha atrás. Piensas que si fueras su marido, le habías pegado ya dos hostias. Al final se encienden las luces de marcha atrás.


No te hagas ilusiones, se le cala el coche. Y vuelta a empezar. Punto muerto.


Se asegura moviendo dieciséis veces la palanca, como si tuviera la polla del marido entre las manos… Al fin sale ella y entras tú.


Ya tienes 10 monedas de un euro -jodiéndote los bolsillos- pero ahora en las inmediaciones de la puerta no hay carritos. Te recorres otra vez las diez hectáreas de parking buscándolo. La tensión arterial se te pone en 20-14. «POR FIN», un carrito libre . Lo coges y mientras vuelves al interior del centro te cuestionas ¿Por qué todos los carritos tienen una hoja de lechuga? ¿Es que hay un grupo de empleados que las va colocando por la mañana, una a una? Cuando no es temporada de lechuga, ¿de donde las importan? ¿Contribuye esto al aumento de la inflación y el déficit comercial? más cuestiones: ¿Por qué siempre te toca un carrito con las ruedas jodidas? ¿No sería mejor reciclar el grupo de empleados lechugadores a mecánicos reparadores de carritos?

18:15


Bueno, estamos dentro. Mientras te diriges a tu destino, te asalta una patinadora que te ofrece la tarjeta de crédito del Hiper. La patinadora está buena no, buenísima.


– Señor le voy a comentar las muchísimas ventajas de nuestra tarjeta, bla, bla


Tu no le quitas ojo a las tetas.


– Bla, bla,… solo un 2% de interés.


Preguntas


– ¿Anual?


La pobre que todo lo que tiene de buena lo tiene de boba contesta:


– Si, no, no sé, pero me parece que 2% al mes.


Para despedirte le dices:


– Vamos que con comisiones, te sale un TAE del 25% por lo menos.

Para continuar por megafonía mono, jijiji-fidelity atrona LA MACARENA. De vez en cuando una voz monótona y anodina -como de McDonald pidiendo una cheeseburger- interrumpe para lanzar una oferta. El sonido es tan malo que tu oyes: «RUPERTA, TE FOLLO»…cuando en realidad ha dicho…»OFERTA DE POLLO». Es ahora cuando de verdad empieza tu calvario. Los pasillos están atestados; ¿porque las mujeres dejan el carro en medio del pasillo, mientras se van a buscar productos 200 metros más allá? Siempre hay marujas con su chandal y sus tacones -arreglás pero informal- con un culo tan gordo que obturan el tráfico.


Es una jungla. No hay reglas. Nadie cede el paso. No existen semáforos, ni señales. Una vieja gorda que va detrás de ti te ha golpeado ya tres veces con las defensas metálicas del carro, en los tobillos. La miras con los ojos inyectados en sangre, pero la muy jodida ni siquiera se da por aludida.


Hay familias que han venido al completo para comprar: La María que estudia cada artículo detenidamente, lo compara con la competencia, lo sopesa, analiza ingredientes, fechas de envasado, caducidad, precios, etc. etc. ¿Pero que cojones mira? Es que está preparando una OPA hostil a una empresa de hidrocarburos? ¿Va a realizar una inversión en el mercado de opciones y futuros? Gilipollas de mierda, solo es un paquete de macarrones.


El Marido, cara de culo estreñido, está a punto de soltarle la tercera hostia al niño de 6 años que lleva tres horas llorando por un chocolate que regala cromos de Pokemon.


La hija mayor, de 18 años, lleva unos pantalones negros talla 48 a punto de estallar. Top que apenas contienen unas desproporcionadas tetas y dejan ver un ombligo perdido entre michelines flácidos. Para más colmo, no deja de aconsejar a la madre:


-Compra los macarrones con salvado que son dietéticos y activan la eliminación.


A ti si que te eliminaba yo, y a tu padre, y a tu hermano y a la madre que te parió y a…


De pronto comprendes por qué en EE.UU. la gente se compra un rifle de asalto, entra en un sitio de estos y organiza una carnicería.

Por megafonía oyes: EN OPORTUNIDADES ENTRE TODOS SE LA MAMAMOS BIEN MAMÁ; después de alucinar con la oportunidad, comprendes que han dicho: EN OPORTUNIDADES VESTIDOS REBAJADOS PRE-MAMÁ.


Estás sudando, jadeas, tienes los riñones al jerez de tanto luchar con el carro. ¿Es que tienen vida propia? ¡Si es que toman sus propias decisiones! Tú quieres ir a la derecha, él se empecina en girar a la izquierda…


Consientes, vas a la izquierda, total tenía que ir a la sección de café e infusiones. De pronto cambia de opinión y se para. No quiere andar el muy cabrón.


Empujas y lo consigues, pero esta vez se escora a la derecha.
Embistes la góndola de las compresas, y caen varios paquetes de compresas con alas.

A quien pueda leer esto: ¡Por amor de Dios, arreglen los carros! ¡Se lo suplico!…


Ya has comprado casi todo. ¡Ah te falta la sal!… Alguien puede decirme que mente retorcida decide la ubicación de la sal en un Hiper. ¿Pero donde cojones está?… Además no hay personal del Hiper a quien preguntar, esto es un selfservice que significa: búscate la vida mamón.


Debería haber una sección para hombres: En los estantes de arriba el whisky, debajo coca-cola, tercer estante frutos secos y a ras de suelo: Sal, pepinillos y papel higiénico. ¡Joder, que es muy sencillo!…


Has terminado, o eso creías. Te diriges a caja. 89 cajas. Todas repletas.


Llevas 14 artículos por lo tanto no puedes ir a una caja rápida. Te preguntas el pack de 6 latas de coca-cola ¿cuenta como uno o como seis? La caja de palillos ¿como una o como cien? La botella de whisky, ¿como una o como 14 cubatas?


Te pones a la cola de la número 64 y esperas.


La cajera, es tan lenta que cazando caracoles se le escaparían todos por velocidad. Tu presión sanguínea no da para más. Eres como una olla express a punto de explotar. La señora que está pasando los artículos en ese momento, vuelve a mirar con asombro cada uno, como si ella no los hubiera puesto ahí.


La que está justo delante de ti, te dice:


– Oiga joven, ¿Podría vigilarme un momento la compra, que he olvidado el perejil?


Y se va antes de que hayas tenido tiempo de abrir la boca.
La cajera se queda sin cambio. Nos quedamos todos quietos esperando a otra patinadora, traiga el cambio.


Siguiente cliente y la del perejil sin aparecer. Al nuevo cliente no le funciona la tarjeta, o no hay línea, yo que sé. Prueba con otra tarjeta.


Piensas en que si hubiera una sección de Armería, te comprabas un kalasnikov y después de vaciar el cargador te ibas a quedar la mar de relajado…


Llega por fin y no solo trae el perejil, viene con las manos llenas de paquetes. Esperas. Esperas más. Por fin, tu turno. La cajera no deja de mascar chicle.


Vaya por Dios, el paquete de papel higiénico tiene mal el código de barras y debe llamar a caja central para consultar el precio.

Miras para atrás y ves odio en la mirada de todos los que están en tu cola.


Sientes vergüenza.


Pagas y mientras sales oyes nuevamente por megafonía: UN CIPOTE Y HASTA LAS NALGAS. O tú estás obsesionado con el tema, o tienes un oído caprichoso.


Mientras te acercas a tu coche, que lo dejaste a tomar por culo, intuyes que el mensaje era: UN BOTE DE ANTI-ALGAS.

17:00

17:55

19:30

19:40

19:50

Mientras piensas: «El partido de fútbol debe estar cerca del descanso, ver si llego para ver la 2º parte». Y la del perejil sin aparecer.

Finalmente tienes que empujar tú mismo el carro de la señora del perejil y aproximarlo a la caja y esperas a que aparezca. Detrás de ti empiezan a protestar y has oído que te han llamado Gilipollas por no saltarte el turno.

En fin, benditas tecnologías que nos permiten hoy en día hacer la compra por internet.

A MI NOVIA NO LE VIENE LA REGLA

¿Alguna vez han oído decir que cuando estás a punto de morir te pasa toda tu vida por delante? Pues no es el único momento… El otro día mi novia me dijo:

– Cariño, no me viene la regla…

Y yo les aseguro que en ese momento, todo, ¿eh?, pero el pasado y el futuro…

Me vi en una ranchera con cuatro niños yendo al híper. Ya sé que estas cosas pasan… ¡Pero que me pase a mí! ¡A mí!, que cuando me decían:

– Paco se ha casado de penalti. Exclamaba:

– ¡Será gilipollas! ¡Con la cantidad de cosas que hay para que no te pase esto!


Sin ir más lejos la marcha atrás. Es mi método. Ya sé que me envidian. Yo es que soy partidario de lo natural, naturópata, vamos. Soy el Carlos Sainz de la marcha atrás. Un control, una pericia, una concentración… Lo que pasa es que hace dos semanas iba yo a mi marcha… Suave, suave, haciendo la tabla del diecisiete: «Diecisiete por uno diecisiete, diecisiete por dos treinta y cuatro…». ¡Claro!, ¡lo que sea antes que la eyaculación precoz!

Yo tengo una técnica infalible para esto: si veo que voy muy deprisa pienso: «Karmele, Karmele, Karmele…» Y me relajo. Y si veo que la cosa baja pienso: «Claudia Schiffer, Claudia Schiffer, Claudia Schiffer…». Y oye, ¡da gloria verme!

Bueno, como decía, iba yo a mi marcha, diecisiete por una diecisiete, diecisiete por dos treinta y cuatro y me llevo tres… Y en el momento clave a ella le dio la tos, y claro, empezó a agitarse y me rompió el ritmo. Yo controlo, ¡pero si ella se pone a improvisar! De todas maneras tiene que ser un retraso. Como mucho se me pudo escapar un espermatozoide, ¡dos todo lo más! ¡También sería casualidad que encontrasen el camino, con la oscuridad que tiene que haber allí!

El caso es que cuando ella te confiesa: «Todavía no me ha venido», te acojonas. Te acojonas tanto que no dices más que tonterías:

– A lo mejor te ha venido y no te has dado cuenta.

– A lo mejor tú te has vuelto imbécil y tampoco lo sabes.

En esas situaciones es cuando se demuestra que los tíos no tenemos ni idea. Nosotros confundimos el método Ogino, con el índice Nikkei:

– Oye tú estás segura de que has contado bien los días, mira que este año es bisiesto.

– Ya, en febrero, pero es que estamos en octubre.

– A lo mejor lo llevas arrastrando desde entonces.

– A ti sí que te arrastraban los huevos, que te da todo igual.
– Huy, qué borde estás. ¡Eso es que te va a venir!


Pero no le viene. Y tu vida cambia. Por la calle no ves más que embarazadas. Bueno, te cambia hasta el humor. Antes, cuando salían en televisión anuncios de compresas, hacías bromas. Ahora no. Ahora se hace un silencio en el salón, una tensión, un mal rollo… Sólo se oye: «Tun, tun, tun, tun, tun, tun, tun… uuuu iiii… ¿A qué huelen las nubes…?». ¿A qué huelen las nubes? ¡A Dodotis!

Estás tan nervioso que no puedes ni trabajar. La llamas cada cinco minutos:

– ¿Ya?

– ¡No! Y deja de llamar que me pones nerviosa.

Así es que te metes en Internet a buscar información. «A ver, regla punto com». Y te sale la Cofradía de la Virgen de la Regla con Rocío Jurado a la cabeza. «No, vamos a probar otra cosa… Retraso punto es». Y te sale Iberia. «Joder, cada vez vamos peor…». Y cuando desesperado pones «Penalti punto com» y te sale José María García… lo dejas. Y es que en Internet no se navega, se naufraga, porque nunca encuentras nada. Y la vuelves a llamar:

– ¿Ya?

– Que noooo, pesao.

Así es que te compras la revista «Ragazza», que has visto que viene un artículo que se llama «La regla, tu mejor amiga». «Vaya, por fin algo científico». Y lees: «El estrés y los nervios pueden retrasar la regla». «Pues ya está, voy a tranquilizarla», te dices. Y la llamas:

– ¿Dígame?

– Ommmmm…

– ¿Quién es?

– Te pesan los párpados…

– Pero tío, ¿tú estás tonto?

– Ommmmm… Imagínate una pradera, con pajaritos… pío, pío, pío… «¡Coño, me ha colgado! ¿Así como le va a venir la regla?… Si es que no colabora». Ya no sabes qué hacer.

Cuando llega a casa y llama a la puerta antes de abrirle le dices por el telefonillo:

– Cariño, ¿ya?, cariño, ¿ya?, cariño, ¿ya?

– ¡Quieres abrirme!

Cuando entras en casa con el Predictor en la mano, ella brama:

– Como salga el circulito, te la corto… ¡Carlos Sainz!

Por cierto ¿por qué se llama Predictor el Predictor? ¡Si no predice nada! Cuando sale el circulito ella ya está embarazada! Si fuese Predictor tendría que haberme avisado antes. Yo creo que en vez de Predictor se debería llamar Terminator.

¿Y lo lento que es? En esos diez minutos te acuerdas de todos los circulitos que han marcado tu vida: los ceros de Matemáticas, las albóndigas de la mili, el Círculo de Lectores, el condón que no te pusiste… Llega un momento en que estás tan nervioso que no quieres ni verlo, y te vas al salón a intentar relajarte: «Diecisiete por uno diecisiete, diecisiete por dos treinta y cuatro… Ommmm, pío, pío, pío… ¡Karmele, Karmele, Karmele!».

Menos mal que no salió el circulito. Y claro, con la alegría del momento… Nos liamos, nos liamos… Pero después del susto lo hicimos con condón. Porque, según el prospecto, un condón es muy seguro, tiene un 97 por cien de fiabilidad. Así que no hay problema, cuando lleve 97 kikis me lo cambio y ya está.

EL COLEGIO

El otro día tuve que ir a recoger a mi sobrino al colegio. Y me quedé alucinado. ¿Se han fijado en cómo salen los niños de la escuela? Es algo espeluznante. Salen despavoridos, corriendo en cualquier dirección, como endemoniados, empujándose y gritando… como huyendo de algo, que piensas: ¿qué les harán ahí dentro?

Yo recuerdo que de pequeño no salía del colegio de esa forma tan violenta.

Francamente, yo la mayoría de las veces… ni entraba. A mí me decían:

– Enriquito: si quieres ser un hombre de provecho, vas a tener que estudiar un poco más.

Y yo les decía:

– Vale, pero si no quiero serlo, ¿puedo seguir como hasta ahora?

Pero a ellos les da igual, te cargan con un mochilón… ¡así de grande!, y te dicen que todo eso te lo tienes que meter en la cabeza…¡Pero qué empeño en meterme cosas en la cabeza! ¿No se dan cuenta de que no cabe?.

Además, en el colegio se aprenden muchas cosas inútiles.
Por ejemplo: ¿para qué se tiran tres meses enseñándote a diseccionar una rana?… Coño, ¡que te enseñen a pelar una gamba!

¿Y las matemáticas? Para empezar, te enseñan los conjuntos: estaban los conjuntos conjuntos y los conjuntos disjuntos. Muy bien, me ha sido muy útil en mi vida saber esto.

Ahora, el que cambió mi vida fue el conjunto vacío: le enseñaba las notas a mi madre y ella me decía:

– Enriquito, ¿y este cero en matemáticas…?

Mamá, no seas antigua, esto no es un cero, es un conjunto vacío.

Luego te enseñan a sumar, restar, multiplicar, dividir.. Y dices:

«Ahora me enseñarán a pedir un crédito en el banco…» Pero no. Lo que te enseñan es la raíz cuadrada… ¡Ay, amigos! ¡Qué gran tema la raíz cuadrada!

¡Lo bien que me ha venido a mí saber calcular la raíz cuadrada…! Sin ir más lejos la he usado… nunca.

Francamente, ¿a ustedes no les parece que ha llegado el momento de plantear este asunto al Gobierno? La raíz cuadrada tendría que ser voluntaria, como la mili.

Y luego llegaba el profesor y decía:

– Chicos, os voy a poner unos problemas.

Pues… cojonudo: Llevo una mochila de ocho kilos, me llaman Carabesugo, me roban el bocadillo… ¡Y encima viene este tío a ponerme más problemas! Y dictaba:

– Si Pedrito tiene seis manzanas, viene su hermana y le quita dos, viene su primo y le quita otras dos y luego el perro se come una… ¿Cuántas manzanas tiene Pedrito?

Pues no lo sé, pero, francamente, si quiere mi opinión… Pedrito es gilipollas.

Otra cosa que te enseñaban era el latín y el griego, las lenguas muertas…

¿A ustedes les parece bien que les enseñen lenguas muertas a los niños?

¡Con razón por la noche no pueden dormir!
¿Y la sinalefa? ¡Eso tiene que ser una guarrada! Yo me negué a estudiarla…

Y hablando de cochinadas: también te enseñaban los gases nobles…

Mire usted, a mí me parece muy bien que los nobles se tiren sus gases como todo el mundo,¿pero es necesario estudiarlos?

La clase de música… Muy bien, en casa no te dejan gritar ni jugar al balón en el pasillo, pero puedes soplar la flauta hasta que se te salgan los higadillos. Y tu madre ni mu… Total para aprender a tocar

«Debajo un botón, ton, ton…»

Por no hablar de la clase de gimnasia… ¿De qué te va a servir en la vida saber dar una voltereta? ¿Y saltar el potro? ¿Se imaginan que en un debate entre Aznar y Zapatero Aznar dijese: «Señor Zapatero, usted va a subir las pensiones y va a bajar la gasolina, pero, ¿sabe saltar el potro…?»

Déjese de demagogias… Salte el potro señor Zapatero, salte el potro»

La única vez que yo estuve atento en el colegio fue cuando explicaron la reproducción humana. Aunque tampoco me sirvió de mucho: primero te hablaban de un guisante… después de unas abejas que salían de su colmena y llevaban el polen por ahí.. Y luego te enseñaban unos dibujitos de una pareja en pelotas… Que yo pensaba: ¿Y aquí quién de los dos tiene el guisante…?» Pero ahí no se acababa el follón, porque yo sabía que había una cosa que se metía en algún sitio… Y además estaba la cigüeña…

Con lo que me fui a mi casa pensando que la reproducción humana consistía en que una cigüeña metía un guisante en una colmena y una abeja lo esparcía…

Muy bien… Yo no quiero molestar, pero entonces. ¿para qué me sirve a mí la polla?

En fin, amigos, que según lo que nos enseñaban en la escuela, un hombre de provecho es un tío que habla lenguas muertas, come guisantes, da volteretas y toca la flauta… ¡Coño, este tío es Kung Fu!.