Categoría: RELATOS

NIÑA MALDITA.

1

Lo crean o no, hubo una vez en la que fui una niña feliz. Era la segunda hija de una familia acomodada de la ciudad de México. Mi padre era un político muy respetado, y mi madre la hija mayor de una familia de clase media alta del estado de Nuevo León. Tenía una hermana mayor de nombre Samanta, que era dos años mayor que yo, y una hermana menor llamada Ágata, que era un año y medio menor. Vivíamos en una casa muy bonita, con un amplio jardín, al norte de la ciudad. En aquellos tiempos la vida era agradable, ahora no podría decir que realmente tengo una vida.

 

Caminé por el viejo cementerio de San Fernando, de la ciudad de México, donde tantas personas ilustres de esté país yacían. Los cementerios siempre me han traído paz, tal vez porque es el lugar al que, según las tradiciones populares, pertenecen los de mi especie. Aunque, yo más bien pienso que es por el hecho de que estos parecen existir alejados de todo lo que me recuerda lo que fui. Los cementerios son pequeñas ciudades hechas para los muertos, y este en especial, está construido a la usanza del viejo siglo XIX, yo no viví en ese siglo, sino en el XX, pero aun así me gusta el estilo que se tenía entonces.

 

Soy una niña eterna, aunque capaz de razonar como un adulto, los juegos infantiles y la manera simplista de ser de un niño siguen presentes en mí. Leí en una novela de vampiros que aunque el cuerpo permanecía igual la mente maduraba. Eso es cierto en muchos sentidos, pero también falso. En ocasiones, como ahora al narrar esto, soy capaz de actuar y expresarme como alguien mayor de edad, pero eso es sólo por la gran cantidad de cosas que he leído, visto y experimentado. En el fondo, aún soy una niña, aún busco muñecas a las que peinar y ataviar con vestidos hermosos, como aquellos con los que visto, aún cantó rondas infantiles y, en las noches más oscuras y solitarias, buscó algún parque vacío, me siento en un columpio y comienzo a mecerme entre risas o tarareando alguna canción infantil. Me siento niña, y sólo pienso con madurez cuando estoy en peligro, o cuando debó de hacer cosas necesarias para mantenerme.

 

Al alimentarme, la mayor parte de las veces, soy una adulta, aunque, algunas otras, juego con mis victimas. A los humanos les aterran muchas cosas, pero ninguna más que una niñita fantasma, o un demonio con forma de niño. Para ellos los niños son símbolo de pureza, y nada les aterra más que la posibilidad que esa pureza se corrompa. Un niño malvado o monstruoso es algo impensable para ellos.

 

Fue en uno de esos momentos en los que me encontré con Raúl. Un chico atormentado por pesadillas, al que era realmente fácil llevar a la locura con esos asuntos. Me deleite con los sueños que su mente era capaz de crear. Quería beber su sangre más que ninguna otra cosa, al tiempo que lo llevaba al colapso, haciendo realidad sus pesadillas. Eso era divertido para mí.

 

Dejé que me escuchara en dos ocasiones, colándome en su casa por la ventana del pasillo del segundo piso, al mismo tiempo que usaba mi poder para despertarlo, y hacer que sus padres no pudieran siquiera moverse, en caso de que Raúl fuera a hacer algo como gritar, aunque era poco probable. Esas dos veces lo aterré como ninguna de sus pesadillas podría hacer jamás. Y luego me mostré ante él, sólo para incrementar más aún ese miedo. Y la última vez, considerando que ya lo había atormentado demasiado, me dispuse a obtener de él lo que quería. Su sangre. Mi alimento.

 

Fue cuando él sacó la vieja fotografía, fue cuando supe quien era él. ¡Mi sobrino nieto! Había encontrado a la familia de la que me separaran tantos años atrás en Guanajuato, o al menos a su descendencia. Esa vieja fotografía, tomada en la Alameda Central de la ciudad de México, justo dos meses antes de ese viaje a Guanajuato, removió los recuerdos ocultos en lo más profundo de mi mente durante setenta años.

 

No atiné a nada más que agradecerle, luego tomé la fotografía como a un gran tesoro, y me alejé de él. No dañaría a mi familia recién encontrada.

 

Esa noche, llegué a la casa de la anciana Clara casi al amanecer.

 

Clara era una mujer de sesenta años, aunque se veía mayor, había perdido a toda su familia en un accidente de trafico veinte años atrás, un accidente en el que ella fue la única superviviente. Apenas si vivía de lo que quedaba de una pensión que su esposo le había dejado. Su esposo había sido el heredero de una familia acomodada de Guadalajara, que se había enamorado de ella cuando la conoció en un hotel en Tampico. Su familia se había opuesto al matrimonio, por supuesto, pero, para ese momento, él ya era un hombre que incluso había tomado la herencia, luego de que su padre muriera de tuberculosis un par de años atrás. Se habían casado y habían tenido dos hijos, un niño y una niña, la joven familia había logrado vivir feliz por unos años. Hasta el fatídico accidente.

 

La familia del hombre había logrado con engaños apoderarse de todo, dejándola a ella solo con una mínima pensión que su esposo había dejado previendo esa situación. La mujer se había derrumbado, usando el dinero dejado por su esposo en alcohol. Cuando la encontré, no fue difícil convencerla de que yo era su hija, en su estado permanente entre la razón y la locura se convenció de ello.

 

—María —dijo Clara, mientras se acercaba a mí para abrazarme. Como siempre, permanecí inmutable, esa mujer sólo me era útil para tener un lugar en donde vivir.

 

El tener el aspecto eterno de una niña me obliga a hacer ese tipo de cosas. Nadie le rentaría o vendería una casa a una niña de siete años que anda por ahí sola. El dinero no es un problema, siempre puede obtenerse de las victimas a las que ataco, o incluso manipular a algunos ladronzuelos para que roben por mí. Conseguir una casa donde pasar algún tiempo es más importante que el dinero, o me veo obligada a descansar en casas abandonadas o cementerios.

 

Ignoré a Clara y camine hacia la habitación que ella me había asignado. Era pequeña y sólo tenía una cama con un colchón duro y sin almohadas, además de un ropero que estaba a punto de caerse en pedazos, pero no necesitaba nada más.

 

Me recosté en la cama y saque la fotografía donde aparecía con mis hermanas. Si pudiera llorar, seguramente lo habría hecho en ese instante. Recordé como había comenzado todo. Recordé lo pasado en el ya lejano 1941.

 

2

Eran años tumultuosos, el mundo estaba en guerra, aunque mis padres no querían que mis hermanas y yo nos enteráramos, eso era complicado, ya que en el colegio de monjas donde estudiábamos, todo el mundo estaba por demás enterado de la situación. Además, en ese mes de marzo, comenzó a circular el rumor de que el país entraría a la guerra en favor de los Aliados. Yo no entendía a que se referían esos rumores, pero sabía que si el país entraba en guerra muchas personas serían enviadas a matar a otras, había incluso posibilidades de que mi padre tuviera que ir. Yo no quería que mi padre se fuera. Luego me enteraría que México sí entró en guerra, pero hasta más de un año después.

 

Una tarde de viernes, cuando mis hermanas y yo volvimos a casa luego de la escuela, nos encontramos con que nuestra madre estaba preparando unas pequeñas maletas. Extrañadas preguntamos lo que ocurría.

 

—Su abuela Martina está muy enferma —respondió, ella, mientras guardaba uno de sus vestidos en una valija de piel—, iremos todo el fin de semana a Guanajuato para visitarla.

 

La abuela Martina era mi abuela paterna. A mi me gustaba mucho ir a su casa durante las vacaciones porque ella vivía en una casa enorme. Era la casa donde mi padre había vivido hasta que se mudó a la ciudad de México para estudiar leyes en la Universidad. La abuela siempre tenía chocolates y me regalaba una muñeca, muchas de ellas muy bonitas, de porcelana con vestidos suntuosos.

 

Salimos de la capital en una tarde lluviosa. El viaje duró hasta muy avanzada la noche, por lo que nosotras estábamos profundamente dormidas cuando llegamos a Guanajuato. La casa de la familia Martínez era una enorme casa estilo colonial en el centro de la ciudad, muy cerca de la Alhóndiga de Granaditas, tenía amplios ventanales recubiertos con protectores de hierro forjado pintado de negro, tres pisos y ocho habitaciones, además de una sala de estar, un amplio comedor, una alacena, una enorme cocina y cuatro baños. En la entrada principal, había una enorme escalera de madera tallada a mano, sus peldaños estaban recubiertos con una alfombra persa color vino y subía hasta el segundo piso. Con gran cansancio, suní esas escaleras hasta la habitación que la criada había preparado para nosotras en el segundo piso. Me quede dormida tan pronto mi cabeza toco la almohada.

 

A la mañana siguiente, desperté encontrándome con la habitación que usaba cada verano cuando íbamos a esa misma casa a pasar dos semanas de sus vacaciones. Era una pieza amplia con tres camas individuales, un closet, cuatro buros, cuatro lámparas y una hermosa vista a un parque a través de un enorme ventanal.

 

Me levanté, mis hermanas ya habían salido de la habitación y la luz del sol se colaba por las cortinas color pastel. Rápidamente me cambié de ropa, me puse un hermoso vestido azul celeste que la tía Sofía me había traído de Europa, antes de que estallara la guerra. Me lavé y traté de peinar mi larga cabellera castaña oscura pero no pude conseguir mucho, más tarde tal vez, mi madre o la criada, Elisa, pudieran peinarme.

 

Encontré a mis hermanas y a mi padre ya en el comedor, listos para el almuerzo. Me senté justo al lado de Ágata y esperé a que Elisa me sirviera mi plato. Al poco rato entró mi madre y se dirigió a hacia mi padre. Hablaban en voz baja, tratando de que nosotras no escucháramos nada. Aun así fui capaz de captar algunas palabras: doctor, grave y poco tiempo. Luego mis padres salieron del comedor, antes de eso mamá nos ordenó permanecer allí y almorzar.

 

—¿A dónde irán? —pregunté, sin comprender muy bien lo que ocurría.

 

Samanta me dedicó una mirada brillante a causa de las lágrimas. Ella había estado más cerca, por lo que había podido escuchar mucho más de la conversación de los adultos.

 

—La abuela está muy mal —respondió, mientras bajaba la mirada al plato de huevos que tenía al frente.

 

—¿Sé pondrá bien? —pregunté.

 

Samanta sólo pudo negar con la cabeza.

 

El día paso de manera extraña. Un doctor llegó cerca del medio día y se quedo en la casa hasta el anochecer. Mis padres y Elisa entraban y salían de la habitación de la abuela cada cierto tiempo. A las cuatro de la tarde, mientras mis hermanas y yo estábamos en la sala de estar jugando con algunas muñecas, mi madre fue a recogernos. Hizo que nos bañaran y nos vistió con nuestra mejor ropa. Ya bien arregladas, nos llevó al cuarto de la abuela. La habitación tenía un olor raro, como a alcohol y otras cosas. La abuela lucia muy mal, y estaba en cama con un trapo empapado en la frente, el cual Elisa retiraba para volverlo a remojar cada pocos minutos. En una silla al lado de la cama, estaba mi padre, se veía cansado y demacrado, pero no tanto como la abuela.

 

—Acérquense niñas —nos pidió, con voz suave.

 

De inmediato obedecimos y nos acercamos a la cama de nuestra convaleciente abuela. Allí el olor era más penetrante. La abuela abrió los ojos por un momento y nos dedico una mirada llena de lágrimas. Alzó la mano como si pretendiera alcanzarnos, pero de inmediato volvió a caer sobre la cama.

 

—Mis niñas, tan grandes —dijo, y su voz era ronca.

Permanecimos un largo rato allí, hasta que la abuela se quedo dormida. Mamá se volvió hacia el doctor, el cual pareció comprender lo que trataba de decirle. El doctor asintió. No era contagioso.

 

—Niñas, den a su abuela un beso de las buenas noches —nos susurró nuestra madre.

 

Luego de obedecerla, Elisa nos llevó al comedor para que cenáramos algo ligero antes de enviarnos a dormir.

 

Al día siguiente había más agitación en la casa. La tía Sofía llegó muy temprano en la mañana, y casi al instante fue a ver a la abuela. El tío Abelardo, por su parte, estaba en la sala donde sostenía una conversación con el doctor. El primo Jorge, por su parte, estaba más inquieto que de costumbre. Pero, al rato, la tía Sofía lo regaño más fuerte de lo que nunca había hecho.

 

Por la tarde, la abuela volvió a dormirse, y esta vez, los adultos se pusieron muy tristes. El mismo doctor del día anterior llegó junto con otras personas, que entraron a la habitación de la abuela y pasaron un largo rato allí. Ninguno de los otros adultos volvió a entrar.

 

Como a las cinco de la tarde, mientras unas personas con trajes comenzaban a llevar enormes candelabros que colocaban en la sala, el tío Abelardo le sugirió a Elisa, quien tenía los ojos rojos, pues había estado llorando, que nos llevara al parque, mientras los hombres de la funeraria se ocupaban de arreglar todo para el velatorio. Según el hombre, lo mejor era que estuviéramos cansadas para que pudiéramos dormir toda la noche y no fuéramos a molestar a los dolientes.

 

Ese viaje al parque marcario el último encuentro que tendría con mi familia hasta décadas después cuando me encontrara con Raúl.

 

Dejé de recordar esas cosas.

 

3

Mientras vagaba por el cementerio, no podía evitar pensar en la familia humana que había dejado atrás. ¿Qué clase de vida habían llevado? ¿Me olvidaron o pasaron el resto de su vida buscándome? Eran preguntas que rondaban mi cabeza en todo momento. Quería saber como habían muerto mis padres, cuando y con quienes se habían casado mis hermanas, cuantos hijos habían tenido, cuantos nietos. Conocía a Raúl, nieto de Ágata, pero aun no sabía nada de Samanta. Necesitaba respuestas, y sólo había un lugar al que podía ir en busca de estás.

 

Hacia ya más de un mes que no estaba en ese lugar, la casa de Raúl, mi sobrino nieto. Sondeé los pensamientos de sus habitantes. Mi rostro debió de ensombrecerse por la culpa y la tristeza. Raúl tenía aún horribles pesadillas causadas por mis apariciones ante él. Me arrepentí por primera vez en años de dejarme llevar por mis sádicos juegos, y deseé nunca haberme topado con ese pobre chico. Pero, por otro lado, me consolaba el hecho de saber que sí no lo hubiera encontrado y elegido cómo a una victima, nunca habría sabido que aún quedaba algo de mí familia humana.

 

Usando mi poder hice que Raúl me olvidara, al menos por un tiempo, de esa manera tendría algo de descanso, deseé poder borrar totalmente el conocimiento sobre mi exigencia de su mente, pero con el poco poder que poseo, comparado con el de otros que son como yo, no soy capaz de tal hazaña, al menos no por ahora.

 

Pasé entonces a buscar en la mente, no sólo de Raúl, sino de todos los habitantes de esa casa, información sobre mi familia. Me entere de que Samanta había muerto apenas unos meses atrás, y de que Ágata vivía felizmente con su esposo en Monterrey, desde hacía al menos veinticinco años. Obtuve la información del lugar donde estaba enterrada mi hermana mayor y la dirección donde vivía la menor.

 

Me dirigí al cementerio donde yacían los restos mortales de Samanta. Me senté sobre la lapida, mientras observaba el grabado con el nombre de mi hermana.

 

«Samanta Martínez Soto

1932–2005″

 

Pasé mis dedos sobre el relieve de su nombre, deseando poder derramar algunas lagrimas, pero mis ojos muertos nuevamente no me lo permite, hace ya casi setenta años que no lo hacen. Allí, sentada sobre la tumba de la que fuera mi hermana querida, rememoré aquella fatídica noche en Guanajuato, cuando mi cuerpo y parte de mi mente fueron estancadas en los siete años por una muerte que no fue muerte, valga la redundancia.

 

El parque en al que Elisa nos llevo era uno enorme. Tenía grandes jardines y un área llena de columpios, toboganes y balancines. Mis hermanas corrieron de inmediato a un tobogán, mientras el primo Jorge hacía lo propio pero hacia un tobogán un poco más alejado. Cómo todo niño de esa edad, no le agradaban las niñas, decía que olían mal y prefería jugar solo a hacerlo con una de nosotras. Yo por mi parte, siempre he sido muy fanática de los columpios, es lo primero que busco cuando voy a un parque. De inmediato divisé unos, pero estaban totalmente ocupados por unos chicos que juagaban a saltar de estos en noviecito.

 

Di algunas vueltas al lugar tratando de encontrar otros columpios. Encontré unos un tanto alejados del resto, estaban en un parte donde la hierba estaba algo crecida, y una gran cantidad de arboles tapaban la vista hacía el resto de los juegos. No me importó, además siempre me gusto explorar, y esa arboleda era un bosque debía atravesar para encontrar un tesoro. Una vez llegué a los columpios, me senté en uno, las cuerdas se tensaron y la estructura pareció temblar, pero luego se estabilizo. Comencé a mecerme, mientras tarareaba la ronda de Doña Blanca.

 

El sol, había estado ya ocultándose cuando llegamos al parque, y mientras yo estaba en el columpio, terminó de oscurecer. Las luces del parque se encendieron, aunque la que estaba en el área donde yo me encontraba, parpadeaban cada pocos minutos, dejándome en completa oscuridad por unos momentos. Fue en uno de esos momentos cuando apareció.

 

Yo cerré los ojos por un instante, mientras trataba de columpiarme más fuerte, tratando de superar mi marca anterior. Cuando abrí los ojos, ella estaba frente a mí, recargada en un árbol viéndome con sus ojos terriblemente amarillos. Llevaba un vestido blanco sencillo, y su larga cabellera negra contrastaba por completo con su piel blanca y de aspecto impío cómo si se tratara de nieve.

 

Dejé de mecerme y volví la cabeza hacía todos lados, tratando de buscar a alguien más, pues esa mujer me daba mucho miedo. Todos estaban demasiado lejos. Aun siendo una niña, comprendí que había cometido un terrible error al alejarme demasiado del lugar donde Elisa y mis hermanas estaban.

 

Rápidamente me puse de pie y traté de correr hacia donde ellas se encontraban, pero la mujer fue más rápida. Me tomó por la espalda, levantándome con mucha facilidad, mientras me tapaba la boca con su mano. Traté de liberarme, pateando y forcejeando, pero ella era más fuerte.

 

—Mi dulce niña —dijo ella en un susurró, tan dulce pero a la vez aterrador—. Te estaba buscando, Sarah.

 

Lo último que supe antes perder la conciencia, fue que algo filoso como alfileres se clavaba en mi cuello.

 

4

No supe cuanto tiempo permanecí inconsciente, pudieron haber sido horas, días o incluso semanas. Me encontré con una habitación desprovista casi por completo de muebles, salvo una cama que rechinaba horriblemente cada vez que me movía. El colchón, la almohada y la manta donde yacía no eran más que un montón de retazos de tela unidos por precarias costuras. Las paredes de ladrillo estaban cubiertas de hollín, dejando ver que en el pasado el sitio había sufrido daños por un incendio. A la derecha de la cama había una ventana con un marco de madera astillado, que al parecer había sido colocado recientemente, pues no había marcas de fuego en él. No tenía cristales y las persianas que pretendían cubrirla estaban mal colocadas. A través de esa ventana se colaba un aire húmedo, y el olor de la lluvia reciente. Frente a la cama había una puerta de madera la cual si parecía haber estrado el fuego.

 

Me puse de pie y camine hasta la ventana. De inmediato note que mi vestido estaba sucio y olía a sudor, el olor era penetrante, además, estaba mezclado con un olor dulzón que de inmediato hizo que mi estómago sintiera abre. Pero no era un hambre común, era como tener sed y hambre al mismo tiempo, mi boca parecía seca y sentía como sí en lugar de estómago tuviera un hueco. Con paso ligero, a pesar del malestar, caminé hacía la ventana. Me encontré con una vista magnifica de Guanajuato al atardecer. Casa estaba ubicada en uno de los cerros cercanos a la ciudad. Dejé atrás esa magnifica vista y me dirigía hacia la puerta.

 

Mis manos de llenaron de tizne cuando empuje la puerta, la cual se abrió con un rechinido. Me encontré con una habitación en penumbras, aunque extrañamente era capaz de distinguir perfectamente cada detalle del lugar. Aquí había muebles antiguos que parecían haber sido sacados recientemente de un incendio. Las paredes lucían un estado mucho peor que el anterior. En el centro, estaba una mesa en mucho mejor estado que el resto, pero no era cualquier tipo de mesa, era de metal. Sobre la mesa yacía el cuerpo de un niño harapiento. Me acerqué y lo observé con cierto asombro.

 

El hambre rugió dentro de mí, y la sed parecía haber transformado mi boca en arena. El olor dulzón que había percibido antes era más fuerte, y provenía de ese niño. El niño, estaba vestido con restos de tela remendados que simulaban ser ropa. Tenía una cabellera negra grasosa y pastosa debido a las plastas de tierra y sudor que la impregnaban. Su piel no estaba en mejor estado, estaba ceniza y demacrada, además de que parecía no haber sido la lavada en mucho tiempo.

 

—Sarah, querida, que bien que despertaras —dijo una voz desde alguna parte de la habitación.

 

Surgida de la misma oscuridad, apareció la misma mujer que había visto en el parque. Sus ojos amarillos, que en otro momento había parecido monstruosos, me miraban con una ternura que me recordaba mucho a mi madre. Su piel blanca parecía brillar en la noche, recién caída, pero extrañamente no resultaba contrastante, cómo si no hubiera otro lugar para ella.

 

—Mi nombre es Isabel —le corregí, con la inocencia infantil destilando de mis palabras.

 

La expresión de la mujer pareció turbarse un momento, antes de volver a verme con esa expresión maternal. Soltó una carcajada que sonaba jovial y con un cierto deje de locura. Se acercó a mí con rapidez y me tomó en brazos, antes de dar algunas vueltas por la habitación. Me besó en ambas mejillas y me estrechó contra sí, de la misma manera que yo hacía con mis muñecas cuando jugaba a ser su mamá.

 

—Mi dulce niña, cuando bromeas de esa manera me recuerdas a tu padre.

 

—¿Mamá? —pregunté con voz temblorosa. En el fondo era consiente que esa mujer no era nada más que mi secuestradora, pero de alguna manera estaba comenzando a caer bajo el influjo de una fuerza extraña, los recuerdos de mi verdadera madre parecían adormecerse, mientras la figura de esa mujer ocupaba lentamente su lugar.

 

—Luces hambrienta, Sarah —me dejó en el suelo y luego me guio hacia niño, el cual parecía estar por despertar—. Necesitas comer bien.

 

Con su mano hizo que agachara la cabeza hasta que mis labios parecieron besar el cuello de ese niño. Sentía la vena principal de ese chico palpitar contra mis labios, y escuchaba cada latido de su corazón. El hambre y la sed aumentaron hasta que se hacían insoportables. Todo a mí alrededor pareció dejar de existir, todo a excepción de ese chico y mis necesidades básicas. Mi boca se abrió y unos dientes y colmillos largos y filosos habían remplazado a mi dentadura humana. Asenté la primera mordedura fatal, el chico despertó y trato de gritar, pero instintivamente tape su boca con mi propia mano. La presión que ejercía era tal que en determinado momento su mandíbula cedió quebrándose majo mi fuerza, pero aun así no le solté.

 

Mientras, mi boca había comenzado a sorber de la vena abierta. La sangre fluía en un torrente de sensaciones, calmando mi sed y saciando mi hambre. El corazón del niño latía cada vez más lento, mientras el mió aceleraba a medida que si sangre era absorbida por cada célula de mi cuerpo y depositada en mi sistema circulatorio, remplazando mi propia sangre, la cual ya había sido consumida por madre.

 

Una vez que la sangre del chico se agotó, madre me alejó del chico.

 

—Sarah, ve a tú habitación mientras recojo la mesa.

 

Hice lo que madre me pedía. Entré a la misma habitación donde había despertado. Me recosté en la cama y fije mi vista en el techo con sus vigas ennegrecidas por el humo de un incendio sucedido demasiado tiempo atrás. Sin saber porque, comencé a sentir muchas ganas de llorar, pero el llanto jamás se presentó, mi cuerpo ya no era capaz de hacerlo. Llorar significaba liberar fluidos, liberar sangre, algo que mi nuevo cuerpo diseñado para desear, beber y consumir sangre no se podía permitir.

 

Cuando madre volvió, me tomó en sus brazos y luego me llevó hacia un sótano. Bloqueó la puerta con un gran tablón de madera, y allí dormimos por mucho tiempo, hechas un ovillo contra una de las esquinas del lugar.

 

Así fue nuestra vida por mucho tiempo, tal vez años. Alimentarnos, yo de algún pobre niño sin hogar o de alguno sustraído de alguna casa pobre o de alguna granja cercana a nuestro refugió, ella de cualquiera que se cruzara en su camino. Madre está loca, esa es la única conclusión a la que puedo llegar respecto a ella. Perdió a su hija la misma noche en la que se transformo en lo que es. Ahora, cuando ve a otra niña con características similares, la toma como a una muñeca para que remplace a esa otra niña. Pero, llegado un momento, se cansa de sus juguetes y los rompe. ¿Cuántas hubo antes de mí? Nunca lo sabré, y sé que habrá muchas más luego de mí.

 

5

Clara está enferma, lo sé, pero no he querido deshacerme de ella todavía. Si supiera cómo, tal vez la transformaría en alguien como yo, para poder usarla como protectora eternamente. Pero, eso es algo que madre jamás me enseñó. Ella sólo me dijo cómo matar. El arte de sobrevivir, mezclarme y ocultarme entre los humanos tuve que aprenderlo yo sola. También a usar los pocos poderes que ella me heredo. Jamás he visto a otros como nosotras, pero sé que los hay, después de todo ¿alguien tuvo que haberla transformado a ella en lo que es?

 

El recuerdo de la tumba de Samanta aún estaba fresco en mi mente, mientras me recostaba en la cama. Esa noche, cuando llegué a casa de Clara, la anciana nuevamente tenía un plato de comida ya fría esperándome en la cocina. Como cada noche, lo comí, aun cuando luego tuve que vomitarlo en el retrete. Esa mujer esta tan convencida de que yo soy su hija muerta, al igual que madre.

 

Luego de leer algunos libros sobre psicología, he llegado a la conclusión de que busco a mujeres en un estado de locura similar al de madre para que hagan de mis protectoras. Debe ser una extraña patología que me hace buscar algo familiar a lo que fue la figura materna que tuve al comenzar con esta no-vida. Aunque, lo más probable es que lo hago por resultar más fácil y más cómodo para mí. Nunca lo sabré realmente.

 

Madre era dulce en su trato conmigo, y una fiera cuando alguien parecía amenazar nuestra falsa felicidad. Pero, a pesar de todo, ella nunca podría conseguir que yo olvidara a mis padres reales, y a la familia que ella me había hecho abandonar. Ella suprimía mis recuerdos de ellos con sus poderes, aunque parecía no darse cuenta de ello. Pero, conforme pasaban los meses y los años, mis propios poderes crecían, causando que poco a poco lograra liberarme de su influjo.

 

Sucedió en algún momento de los años cincuenta. Mi poder era lo suficiente para liberarme totalmente de su influjo. Ella lo intuía, de eso estoy segura, ya que semanas antes de que me alejara definitivamente de ella, se volvió más posesiva y trataba de controlarme en todo momento.

 

Cuando mis recuerdos sobre mi vida mortal estaban totalmente restaurados, comencé a buscar información sobre lo que estaba pasando realmente en el mundo. Mi mente, cómo ya he dicho antes, es capaz de actuar maduramente en ciertos momentos, y esa misma madurez me instaba a buscar conocimiento. Robaba diarios y libros de las casas en las que madre y yo nos colábamos en busca de alimento. Comprendí cuanto habían cambiado las cosas en esos años. La guerra de la que se hablaba cuando yo tenía siete años había acabado en 1945. México había entrado, aunque su participación en ella fue efímera, comparada con la de otros países. Pero eso no era lo que me importaba, quería saber sobre mis padres. Pero, cómo es obvio, no encontré nada sobre ellos en ninguna de las publicaciones que pude leer. Ellos no eran tan importantes como yo había pensado antes.

 

Cuando estaba por rendirme, encontré un pequeño artículo sobre mi padre en una vieja revista sobre política.

 

«Tras la desaparición de su hija, Aurelio Martínez, se sumió en una depresión. Tras terminar con su diputación en 1943 no volvió a presentarse para ningún cargo público y dedico el resto de su vida a buscar a la pequeña Isabel, a la que había buscado con ahínco y desesperación desde que desapareciera en la ciudad de Guanajuato marzo de 1941.

 

Aurelio Martínez, quien murió a los cuarenta y siete años, tuvo una corta pero fructífera carrera política. Una lastima que uno de los más prometedores haya tenido que dejar su carrera. Se sabe que hasta sus últimos días siguió buscando a su hija, con la esperanza de algún día tenerla entre sus brazos nuevamente.

 

Le sobreviven…»

 

No fui capaz de saber nada más ya que faltaba un pedazo de hoja. El artículo estaba adornado con una imagen de mi padre. En la fotografía se veía demacrado y envejecido, a pesar de que aun no llegaba siquiera a los cincuenta años. Ese fue otro de los muchos momentos en los que deseé realmente poder derramar lágrimas, aunque fueran de sangre. Pero eso jamás sucedería.

 

Pase las noches siguientes, y también gran parte de los días, observando esa imagen. Hasta que en un momento de desesperación la hice pedazos. ¡Ese no era el hombre al que había llamado padre! Mi padre era un hombre de cabellera negra y ojos vivaces, no un anciano prematuro de cabellera gris y ojos apagados.

 

La realidad me golpeó con su poderoso puño. Toda la vida que alguna vez tuve estaba destrozada, tal vez mi madre también estaba muerta. E incluso alguna de mis hermanas. Aunque el reportaje indicaba que aún quedaban algunos miembros de mi familia, siempre podían referirse a sobrinos, primos o algún otro familiar. No supe nada de mi familia hasta que me encontré con Raúl.

 

Una noche, cuando llegué a casa, luego de haber estado largo rato en un parque cercano jugando en un viejo columpio, madre me esperaba. Se veía más sombría y triste de lo que nunca antes la había visto. No le di mucha importancia a ese hecho, hasta que posé mi mirada en la misma mesa donde años atrás bebí mi primera sangre. Allí había una niña, de mi estura, con el cabello castaño oscuro y del mismo tamaño que él mió. Era mi remplazo.

 

—Te esperábamos, Isabel —dijo madre, y su voz esta vez era fría y distante. Ya no estaba convencida de que yo era su hija perdida—. A Sarah no le gusta compartir, por eso debó de asegurarme de que sea hija única. Sé que lo comprendes, querida.

 

Fue muy veloz, en un instante la tenía sobre mí. Me sujetó por el cuello con ambas manos mientras su cuerpo me aplastaba el pecho y el estómago. Sus manos parecían de acero, mientras ejercían presión sobre mi tráquea. Pero yo permanecí inmóvil, mi cuerpo no necesitaba otra cosa más que sangre, por lo que la perdida de oxígeno no era realmente importante.

 

Fijé mi mirada en los ojos de madre, mientras la miraba indiferente. No me importaba lo que hiciera conmigo, de hecho, si ella sabía una forma de matarme, deseé que la usara en ese mismo momento. Ella pareció intuir esto, pero algo en mi manera de verla hizo que me soltara y se alejara de mí.

 

—¿Cómo lo haces, niña? —preguntó, mientras se agazapaba contra la pared ennegrecida y me miraba llena de preocupación.

 

—¿Hacer qué? —pregunté, sin comprender ese cambio de actitud en ella.

 

—No te importa morir —no era una pregunta, pero me hizo pensar.

 

—No —respondí finalmente, mientras me ponía de pie y me acercaba a ella—. Si realmente sabes cómo, matame.

 

Pero ella río, de la misma manera que lo había hecho esa primera noche tantos años atrás. Aunque, poco a poco, la locura en su risa se iba esfumando, hasta que quedó sólo la jovialidad.

 

—Isabel, eres más fuerte de lo que esperaba —dijo, tras dejar de reír, y por una vez me pareció realmente cuerda—. Si no fuera porque debo cuidar de Sarah, te adoptaría, niña. Ve, sal al mundo y muéstrales lo fuerte que eres, hazlo por mí, por tu madre que te ha criado tan bien.

 

Cerré los ojos, si ella sabía o no como destruirme, no me lo diría, y por supuesto tampoco lo haría. Sabía que no tenía sentido pedírselo, ella nunca aceptaría tal cosa. Estaba, de una manera retorcida y terrible, orgullosa de mí, de su hija inmortal.

 

—¿Cuál es tú nombre? —durante años ella había sido sólo «madre», y yo necesitaba saber que ella realmente tenía un nombre.

 

—Frida —respondió ella, y me dedicó una sonrisa maternal—, nunca olvides mi nombre, hija.

 

Jamás lo olvidaré, no podría hacerlo, ese es el nombre de quien me alejó de todo y me condenó a esta existencia. Por ella he matado, he destrozado y seguiré haciéndolo. Por ella, casi mato a mi sobrino nieto.

 

Me di la vuelta y abandoné ese lugar. Nunca más volvería a verla. Pero, aún sé que sigue buscando a una hija que nunca volverá a estar con ella. Y muchas niñas sufrirán lo que yo he sufrido durante tantos años. Aun no me queda claro si ella realmente sabía cómo destruir a uno de los nuestros. Tal vez por eso creyó que podía hacerlo matándome cómo a un humano cualquiera. Si es así, tal vez hay un montón de niñas monstruosas iguales a mí vagando por el mundo y tratando de saber por qué han tenido que sufrir este destino.

 

6

Luego de dejar a Frida, fui a la casa de la abuela Martina. La casa era ahora una pequeña pensión administrada por alguien que no tenía relación con mi familia. No pude encontrar nada allí que me resultara realmente interesante, por lo que decidí marcharme de allí. Vagué unos días por la ciudad de Guanajuato, pero estaba demasiado cerca de Frida, lo cual me hacia sentir mal.

 

Encontré a mi primera protectora, una mujer con una historia no muy distinta a la de Clara. La usé para viajar por las ciudades más importantes del estado. Residí con ella en León por un tiempo, luego Irapuato, Celaya, Dolores. En Dolores mi protectora murió, y haciendo uso de mis poderes, logré abordar un tren hacia Guadalajara.

 

Continúe recorriendo varios lugares del país, a veces con protectores, otras valiéndome de mis poderes. Finalmente, en 1998, llegué a la ciudad de México. La capital había cambiado mucho, y yo no recordaba en qué parte quedaba la casa donde había vivido mis años mortales, y aunque lo hiciera, no la hubiera podido encontrar. En el 2003 me topé con Clara, quien desde entonces es mi protectora.

 

Una noche, vagaba por las calles solitarias de la parte sur de la ciudad, cuando mi mente captó la de un chico atormentado por pesadillas. Sin saberlo, había encontrado a mi familia mortal.

 

7

Ya lo he decidido, nada me hará cambiara de opinión. Le daré la paz a Clara, quien tanto la necesita, luego iré a Monterrey, necesito ver a Ágata, aunque solo sea de lejos. En un par de años volveré a la capital. Tengo una teoría de cómo podría crear a alguien como yo. Haré algunas pruebas, y si tengo razón, pronto Raúl podrá acompañarme. Necesito un protector permanente, y nadie mejor para el trabajo que alguien de la familia.

AUTOR/A: alucard70

FUENTE: Escalofrio.com

¿SOLO UNA PESADILLA MÁS?

 

 

Las pesadillas son algo común en todas las personas. Desde siempre ha habido ese tipo de cosas, ya sea provocadas, como se cree comúnmente, por cenar demasiado antes de dormir o por otros motivos. Lo cierto es que siempre he tenido pesadillas, y por eso es un tema recurrente en casi todo lo que hago. En la escuela, cuando los profesores solían pedirnos redactar cuentos, siempre escribía sobre mis pesadillas. Recuerdo a la maestra Martha, de mi cuarto año de primaria, quien incluso trató de enviarme al psicólogo escolar, luego de que usara una especialmente desagradable como inspiración para un cuento que nos había pedido para la clase de lenguaje, por ese motivo, deje de usarlas como base en mis redacciones escolares.

 

Mis pesadillas eran extrañas, o al menos es esa la manera en la que yo las percibo. Podían variar de tema de manera abrupta, pero siempre eran similares en el fondo, la representación de uno de mis tantos temores. Soñaba, por ejemplo, que todos en mi familia se habían convertido en vampiros, excepto yo; mis familiares me perseguían intentado morderme para que me uniera a ellos. Sé que suena como algo tonto, pero cuando los soñé debía de tener unos seis años. Un miedo infantil.

 

Otro sueño que recuerdo claramente, y que en verdad resulto aterrador, trataba sobre una muñeca. Mi madre, cuando joven, coleccionaba muñecas de porcelana, esas que parecen inusualmente reales, ataviadas con vestidos victorianos y ese tipo de cosas. Recuerdo que había una habitación llena de ellas en casa de la abuela, que mamá no había querido llevarse a su casa, ya que temía que cuando tuviera hijos estos las destrozaran. Debó de admitir que eso era una posibilidad muy grande cuando yo era un niño. Bueno, sólo hubo una muñeca que ella se llevo a la casa. Media unos cincuenta centímetros y estaba hecha de porcelana blanca, la cual hacia que pareciera tener una piel pálida y lustrosa. Tenía un cabello negro rizado cubierto por un sombrero de ala ancha adornado con encajes blancos y plumas de pavorreal; llevaba un vestido verde oscuro de en estilo victoriano. Esa muñeca me había dado pavor desde que vi una película de miedo sobre una muñeca que estaba viva.

 

Pero, bueno, en el sueño yo era enviado por mi madre a buscar algo a su cuarto. Entraba corriendo, pues sabía que lo que buscaba estaba sobre la cómoda, sólo era cuestión de entrar, tomarla y volver corriendo al primer piso. Abría la puerta con cuidado, veía mi objetivo y corría hacia él, al tomarlo, se escuchaba la puerta cerrarse tras de mí, me volvía para salir y entonces veía a la muñeca parada frente a la puerta. Trataba de gritar, pero de mi boca no salía sonido alguno. La muñeca comenzaba a caminar hacía a mí.

 

—Juega conmigo —decía de pronto ella, mientras extendía sus manos hacia mí. Justo cuando estaba por alcanzarme, despertaba.

 

Ese tipo de sueños han sido comunes durante toda mi vida, lo cierto es que, nunca me he podido deshacer de ellos. En el pasado, despertaba continuamente sintiendo un horror indescriptible. Recuerdo que me levantaba de la cama y me ponía a dar vueltas por la habitación en penumbras, tratando de dejar de pensar en lo que acaba de soñar. Usualmente mi padre se levantaba para decirme que volviera a dormir, cuando más chico inventaba que tenía ganas de ir al baño, pero que me daba miedo bajar solo a la planta baja. Mi padre me acompañaba y se quedaba en el pasillo fuera del cuarto de baño hasta que yo terminaba de hacer mis necesidades. Conforme fui creciendo, deje esa manía de levantarme cuando tenía ese tipo de sueños, y solamente me quedaba acostado, tratando de tranquilizarme pensando cosas agradables.

 

A los doce años, leí en algún lugar que era posible alejar las pesadillas escuchando algo de música relajante mientras se dormía. Antes de eso, había intentado otras cosas, como dormirme en determinada posición. Llegue a creer que si dormía viendo específicamente a la pared este de mí cuarto podía evitarlas. Al final, luego de tanto «remedio casero» intente lo de la música. Elegí música clásica, ya que siempre me ha parecido sumamente relajante, y al poco encontré una estación local que transmitía una selección de música clásica toda la noche. Mis pesadillas disminuyeron considerablemente, o al menos eso pensaba.

 

A los quince años, fue cuando comenzó. Recuerdo que dormía plácidamente, cuando de improviso me desperté. No había soñado algo especialmente desagradable como para que me despertara con un sobresalto, al menos no recuerdo nada. La habitación estaba oscura, salvo por los eventuales destellos de uno que otro coche que pasaba por la calle. En la radio sonaba la Novena de Beethoven. Allí estaba yo, sin saber porque de pronto me había despertado con el corazón latiendo ferozmente y un extraño sudor frio perlándome el cuerpo.

 

Fue la primera vez que la escuche. Una risa como de niña, pero yo era hijo único, así que obviamente no tenía hermana y, aunque la tuviera, era demasiado tarde como para que alguien, salvo el que despierta por una pesadilla, estuviera despierto. La risa parecía provenir de algún lugar del pasillo, fuera de mi habitación. Ya que era invierno, me cubrí con las cobijas hasta la cabeza. Permanecí en vilo, mientras la risa no paraba de sonar. Al poco rato se escucharon unos pasos que se acercaban a la puerta de mi habitación, aún bajo los cobertores y el edredón, apreté los ojos y trate de regular mi respiración agitada, fingir que dormía.

 

Las risas y los pasos se detuvieron justo frente a mi puerta, la cual estaba cerrada por dentro. Se escucharon cuatro golpes quedos, como los que daría una mano pequeña y luego una risita como de burla. Luego de eso, pasaron unos minutos, pero en ese instante debió de haberme parecido más tiempo, antes de que los pasos se alejaran en dirección a la escalera. Se escucho como si alguien bajara las escaleras con pequeños saltos.

 

c

No pude volver a dormir esa noche, o al menos no me di cuenta de en que momento el sueño volvió a alcanzarme.

A la mañana siguiente creí que había sido una de mis inusuales pesadillas, o tal vez sólo trataba de convencerme de eso. Pasaron dos semanas sin que nada de eso volviera a ocurrir, y el incidente se borró de mi mente. Llegaron las vacaciones de navidad y el tiempo en que podía quedarme hasta noche viendo los programas de comedia de la barra nocturna, que termina a las dos de la mañana.

Los primeros días no pasó nada de importancia, hasta el cuarto día. Estaba por terminar el penúltimo programa de ese día, cuando la risa volvió a escucharse en el pasillo. Me quede paralizado. En la tele Ross decía algo sobre paleontología que los demás no entendían, pero a mi no me hizo gracia el chiste, estaba muerto de miedo. Nuevamente escuche que tocaban a la puerta. Trate de quedarme quieto, de no hacer ruido.

—Sé que estas allí —se escucho una voz de niña, tal vez de entre siete y ocho años, no lo sé, tal vez menos, nunca he sido bueno para definir la edad de las personas sólo por su voz—. Vamos, sal a jugar.

Aun paralizado por el miedo, comencé a rezar todas las oraciones que podía recordar de mis días en el catecismo. Nunca he sido muy religioso, pero en momentos como ese toda ayuda, especialmente divina, es bien recibida. El ser fuera de mi cuarto tarareaba una canción infantil, aunque no recuerdo cual, sólo que la forma en que lo hacia tenía un efecto que aumentaba el horror de tal escena.

 

—Eres muy aburrido —dijo de pronto la niña. Se escucho que sus pasos se alejaban nuevamente hacia la escalera, esta vez de manera veloz, como si estuviera corriendo.

 

Me metí a la cama sin preocuparme por apagar el televisor y me cubrí nuevamente con las cobijas. Resulta extraño como unas siempre piezas de tela parecer ser una coraza impenetrable para quien experimenta tales horrores.

 

A la mañana siguiente, algo cansado y asustadizo, baje al comedor a desayunar. Mi padre, que también tenía vacaciones esos días, estaba sentado leyendo el periódico, mientras mi madre preparaba el desayuno.

 

—Deberías de bajar el sonido cuando ves la televisión por las noches, Raúl —me reprendió de pronto—, juró que esta vez estaba tan alto que parecía retumbar por todo el pasillo.

 

Me quede helado ante esto, sólo atine a contestar un escuálido: «Sí, papá».

 

—Hablando de eso —intervino mamá, mientras me servía un plato de huevos revueltos—, ¿qué veías?

 

—Los programas de comedia —respondía, mientras usaba el tenedor para picar distraídamente mi plato.

 

—Me pareció que era otra cosa —agregó ella, sentándose a la mesa—. Creo haber escuchado una canción que no oía desde que mi abuela, que en paz descanse, nos la cantaba cuando niña a tus tíos y a mi.

 

Por la tarde, mis padres salieron para visitar a la tía Samanta que había estado algo enferma, por lo que me quede solo en casa. Por alguna razón me había olvidado de lo ocurrido la noche anterior, quedando sólo como una pesadilla más. Conecte la consola de videojuegos en la televisión de la sala y me dispuse a jugar una partida del juego de guerra que mi abuela me había regalado en mi cumpleaños.

 

Estaba muy entretenido tratando de entrar a un bunker nazi, cuando escuche nuevamente la voz de la niña en el segundo piso. ¡Esta vez a plena luz del día! Creo que deje caer el control del videojuego, mientras el terror volvía a apoderarse de mí. Podía oír claramente como la niña parecía estar jugando a brincar el avión en el piso de arriba, incluso entonando la vieja melodía. Luego se escuchó como corría hacía las escaleras. Desde la sala, es posible ver el inicio y el final de estas, ya que sólo son separadas por un muro, y las escaleras, además, estas defienden en forma de «U».

 

Impulsado por una fuerza extraña, volví la mirada hacía estas. Pude ver la forma de unos pequeños piececillos bajar corriendo. Con temor esperé a que el fantasma apareciera en mi marco de visión. Lo cual sucedió de inmediato.

 

Me encontré frente a una niña de unos seis años. Tenía un largo cabello castaño oscuro y una piel blanca de aspecto cenizo, mostraba una sonrisa inocente en sus pequeños labios sonrosados, aunque esta perdía su fuerza debido al aspecto terrorífico de sus ojos amarillos, los cuales parecían mirar como un depredador. Traía puesto un vestido amarillo de holanes, unas calcetas blancas hasta la rodilla y unos zapatitos negros.

 

Al verme la «niña» sonrió como si se hubiera encontrado con un juguete nuevo. Comenzó a caminar hacia mí con paso lento. A cada movimiento de sus piececillos podía sentir como mí terror se incrementaba. La niña se dio cuenta de eso y su sonrisa abandono su sonrisa inocente para adoptar una más cruel e inhumana. Era una escena surrealista, una niña jamás debe de verse de esa manera. Era aterrador.

 

Salí de mi mutismo y me aleje de ella, lo más que pude, arrastrándome al otro lado del sofá en el que estaba sentado. La cosa hizo una mueca.

 

—¿No quieres jugar, Raúl? —su voz sonaba engañosamente tierna. Se detuvo y me miro con una expresión curiosa. Volvió su mirada a la pantalla del televisor, donde, a esas alturas, se mostraba una imagen de mi personaje muerto y un texto donde se le preguntaba al jugador si quería continuar la partida desde el anterior punto de salve—. Esos son los juegos que te gustan —dijo, mientras parecía analizar la pantalla—. ¡No me gustan! —grito, haciendo una especie de berrinche.

 

La niña se sentó en el sofá, sin apartar sus orbes amarillentos de mí. Yo hacia lo mismo, pero el ente no parecía querer acercarse más sólo estaba allí, sentada mientras balanceaba sus pies y tarareaba una canción infantil.

 

—Sabes, me agradas —dijo, mientras se subía por completo al sillón y comenzaba a gatear hacia a mí. Me paralice nuevamente, la niña se detuvo mientras su rostro quedaba a unos escasos centímetros del mió—. Realmente me agradas mucho.

 

Su aliento olía como a vegetales podridos, aunque sus dientes parecían ser perlas relucientes de lo blancos que estaban. Movió la cabeza cómo si fuera a intentar darme un beso en la mejilla, pero bajo más, de tal manera que pude sentir su fétido aliento en mi cuello. Justo en ese momento se escucho que la puerta automática de la cochera se abría, mis padres habían llegado. La niña se puso de pie de un brinco, y luego subió las escaleras corriendo. No sin antes prometer que jugaríamos en otro momento.

 

Casi no pude dormir esa noche, ni las siguientes, por temor a la extraña niña. Pero ni una sola vez volví a escuchar sus risas y juegos en el pasillo.

 

Cerca de tres meses más tarde, me encontraba ayudado a mi madre a acomodar unas cosas en casa de la tía Samanta, que acaba de morir. Ella en realidad era mi tía abuela, y vivía sola desde que su marido muriera poco antes de que nacieran sus hijos gemelos, y nunca se había vuelto a casar.

 

Estábamos ordenando viejas cajas con fotografías, cuando me tope con una muy extraña. En ella aparecían la tía Samanta, mi abuela y otra niña. Mi abuela era menor que mi tía por cinco años, pero esa otra niña, que estaba a la derecha de mi abuela, quien estaba al centro, parecía ser unos dos años menor que la tía. Traía puesto un vestido blanco de esos que se usaban unos setenta años atrás, en los años cuarenta.

 

—¿Quién es la otra niña? —pregunte a mi madre.

 

Ella tomó la fotografía de mi mano y la observo un momento con semblante triste. Luego volvió a guardarla en una de las cajas.

 

—Era tú tía abuela Isabel —respondió ella, con mirada seria.

 

—¿Murió? —pregunte.

 

—Se podría decir —parecía distraída, por lo que no presione a pesar de que tenía curiosidad—. Desapareció —dijo al fin—, en un viaje a Guanajuato para visitar a tus bisabuelos, se perdió en las calles de la ciudad mientras paseaban una noche. Nunca pudieron hallarla. La verdad dudo que siga con vida.

 

La foto había quedado hasta arriba de las demás. En un momento de descuido de mi madre, la agarré y la guardé en el bolsillo trasero de mis pantalones.

 

Pasó alrededor de un mes, en el que pude dormir tranquilo, confiándome a que el horror que había vivido con ese extraño ente se había acabado. Volvía a mi vida normal, aunque las pesadillas volvían a atormentarme de vez en cuando, algunas veces soñaba con aquella niña pero nada más. Hasta que volvió.

 

Esa noche, convenientemente, había olvidado cerrar la puerta de mi habitación por dentro, puesto que me había quedado hasta tarde terminando con un trabajo de química. Cuando me desperté a las dos treinta de la mañana, de la misma manera en que me había ocurrido la primera vez que la escuche, supe que era lo que ocurría.

 

La escuche reír en el pasillo, mientras sus pasitos de acercaban cada vez más a mi puerta. Cuando ella toco la primera vez, la puerta se entre abrió, causando que ella riera divertida, aunque con un deje de crueldad. Empujó la puerta. Como era verano yo sólo tenía una sabana para cubrirme en caso de mosquitos. Estaba bajo de esta, pero la luz de la luna llena que se colaba por el pasillo me permitía ver perfectamente la silueta de la niña.

 

La pequeña se acercó hacia a mi, tarareando una de esas viejas melodías infantiles que parecían ser una especie de marca personal en ella. Se detuvo justo al lado de mi cama. La radió sobre mi cabeza tocaba una canción de Mozart cuyo nombre no recuerdo. Las manitas de la niña agarraron la sabana y la jalaron para descubrirme.

 

—Hola, Raúl —dijo, con ese todo de inocencia fingida—. Esta vez si vamos a jugar.

 

Aunque estaba paralizado de miedo, me obligue a mi mismo a tomar algo de valor de cualquier lugar. Con voz queda susurré algo.

 

—¡Espera Isabel! —mi voz era tan baja que por un momento temí haberlo pensado en vez de haberlo dicho.

 

La niña, que para ese momento ya se estaba acercando hacia mi cuello, mientras se relamía los labios, se detuvo en seco. Sus ojos me miraron con extrañeza, a la vez que me exigían revelar como era que sabía algo tan personal de ella como su nombre.

 

En un rápido movimiento saqué la fotografía que durante el último mes había permanecido escondida bajo mi almohada. Se la mostré a Isabel quien, tras contemplarla un momento con mudo asombro, la arrebato de mis manos. Siguió observando el retrato, y en cierto momento acarició la imagen como si se tratara de un gran tesoro.

 

—¿Cómo… ? —parecía realmente confundida por el hecho de que yo tuviera algo como eso.

 

—¿Eres la tía abuela Isabel? —pregunté—. La hermana desaparecida de la tía Samanta y la abuela Ágata.

 

Ella me volvió a ver con sus ojos amarillos que parecían tener un destello especial por la noche. No había ningún rastro de malicia en ellos, al contrario, parecían verme con genuina dulzura.

 

—Gracias, hijo —susurró, antes de salir de mi habitación, mientras sostenía la foto en sus manos como su posesión más preciada. Supongo que era lo único que tenía para recordar a sus hermanas.

 

Nunca más volví a verla ni a escucharla siquiera, y al poco tiempo deje de soñar con ella. Las otras pesadillas ya no me molestaban tanto, no luego de haber visto un horror de verdad tangible, como lo era, o más bien, es Isabel. No sé que le habrá pasado cuando niña en ese viaje a Guanajuato, ni que es ella realmente, si un fantasma o algo más. Sólo sé que, de la familia o no, no quiero volver a verla ni a escucharla en mi vida.

 

Al final, al recordarla, deseo que mi encuentro con ella fuera sólo una pesadilla más, aunque el miedo y la incertidumbre que me causo nunca dejaran que tal cosa pasé, ni siquiera en mis pensamientos.

AUTOR:  alucard70

FUENTE: Escalofrío.com

 

NO TENGO SUEÑO (RELATO)

 

Fin de semana. Como muchos Samuel pasa las noches solo en su casa, sin amigos más que sus padres,y con su hermanita que juega a la fuerza a las muñequas con él, ¿patético, no?.

 

Ya pasada la media noche decide salir a la puerta de su casa,echando un vistazo solo encuentra oscuridad,decide salir a caminar, los perros le ladran, está solo. Llegando a la esquina mira como unos muchachos devuelven lo consumido en una fiesta cercana , patéticos como Samuel.

 

Sigue, ya van dos calles y sigue sin siquiera estar cansado. Decide doblar y bajar hacia la avenida principal. Está a dos calles de ella, pero dobla y se encuentra caminando por la calle paralela a su casa. Sin mucha iluminación, estando casi a mitad del camino, ve sentado a un niño llorando no mayor a 10 años. Se acerca, decide preguntarle su nombre, sigue llorando pero le contesta.

 

«Mi nombre es Luis, me duele mucho». Samuel un poco nervioso mira a su alrededor, se pregunta qué hace un niño a esas horas en la oscuridad; lo levanta con cuidado, lo mira bien: no tiene un solo rasguño, pero Luis sigue diciendo lo mucho que le duele…

 

-Vamos, dime dónde está tu casa y cómo se llaman tus padres.

 

Luis señala con un dedo la dirección. No están lejos. Lo carga en brazos y caminan.

 

-Estamos cerca, Luis.

 

-Sí, es allí -apunta con su manito.

 

-Toca el timbre, te abrirá mi mamá, se llama Shara.

 

Lo baja lentamente le dice que espere. Toca un par de veces seguido,una luz se prende en el interior y alguien se asoma por la ventana, sale y es su madre.

 

-¿Quién llama?, es muy tarde, diga su nombre

 

-Me llamo Samuel, vivo en la calle paralela a ésta. Salí y encontré a su hijo llorando, dice llamarse Luis.

 

La madre sale apresurada, al escuchar el nombre de su hijo.

 

-¿Dónde está?, ¿está bien? Dígame…¿cómo conoce a mi hijo?…

 

Samuel mira atrás suyo, le tiemblan las piernas, se queda paralitico, y solo atina a decir “ no está”. Mira a su alrededor, se queda mudo. Su madre insiste en saber dónde está su hijo. Entonces recuerda que hace como una hora su padre y Luis fueron a buscar una farmacia para un medicamento que necesitaba su hijo. Recuerda que salió en moto y ya debían de llegar.

 

Le pide a Samuel que lo acompañe a la avenida, su madre presiente algo.Llegando miran a su alrededor, deciden caminar en dirección a la farmacia, a un lado del camino una moto está desecha y dos cuerpos yacen cerca, sangrando inconcientes los dos.

 

-Busca ayuda rápido. Samuel no sabe qué hacer, logra hacer parar un auto, le pide ayuda, llaman a una ambulancia. Tarda 10 minutos en llegar, los examinan. Sobrevivirán.

 

La madre de Luis da gracias, gracias a Samuel y le pregunta qué hacía a esas horas por allí. Samuel, entre tartamudeos, solo alcanza a decir “no tenía sueño», y «salí a caminar”.

 

Llega a su casa, se pregunta si lo que pasó esta noche fue real, si no lo soñó. El patético de Samuel no sabe que, gracias a su patética vida sin amigos, sin novia o algo en que ocupara su triste existencia, ayudó a una familia.

 

Entra a su casa con la miranda quién sabe dónde. Su madre sale a preguntarle dónde fue a estas horas, y el patético (bueno, ahora no tan patético) de Samuel solo alcansa a decir: “no tenía sueño, salí a caminar”.

AUTOR: loko21 

FUENTE:  Escalofrio.com

 

 

KARMA DE SANGRE.

 

POR: tonyjfc

 

Nunca se enamoraba, era una norma. Nunca se acercaría a chicas demasiado atractivas o que tuvieran esa chispa peligrosa. Sus amigos le admiraban porque era capaz de liarse con la chica que se propusiera, lo que no sabían era que él sabía perfectamente a lo que podía aspirar. En aquella ocasión, Jaime le señaló a una pelirroja y le enseñó un billete de diez euros.

 – Esta vez tendrás premio si te ligas a esa. Fíjate, ha rechazado ya a tres tíos mazas -le retó.

Echó una mirada y vio que la chica estaba sentada en la barra, sola, aburrida, como si estuviera esperando a alguien. Justo en ese momento se le acercó otro chico, un tío de casi dos metros de alto que parecía jugador de baloncesto. Su sonrisa confiada tardó apenas dos segundos en convertirse en una expresión de odio profundo. No podía verle bien la cara a la chica, pero tenía una malla negra y una blusa ceñida que hacía adivinar el cuerpazo que tenía. En un momento giró la cabeza y vio uno de los rostros más bonitos que había visto en su vida. Su mirada era al mismo tiempo confiada y melancólica.

– Lo siento, esa mujer espera a alguien, es casi imposible -explicó Charly.

Jaime soltó una carcajada jocosa y se llevó la mano a la cartera.

– Tío, sé que puedes hacerlo pero necesito verlo. Esa tía está que rompe y tú no fallas nunca.

Está bien,… -Rebuscó en su cartera y extrajo un billete de veinte euros.

– No voy a… -Iba a protestar.

– Este dinero no es para que te la ligues tú, sino para que me ayudes a conocerla. Si puedo enrollarme con esa tía podré morir con una sonrisa en la boca, ¿entiendes?

– Es casi imposible para mí, ¿cómo puedes esperar que te la consiga a ti?

Jaime se sintió ofendido.

– Tú tienes la labia, macho. Yo tengo el cuerpo.

 – Sí claro -replicó Charly. – Cincuenta euros -zanjó Jaime-.

Ahora no tengo tanto, pero te lo doy mañana.

Tío, ese caramelo tiene que ser mío.

– Me das pena -se burló Charly-.

Voy a intentarlo pero si no puede ser, luego no me llores con que te dejó en ridículo.

– Eso es imposible, mi leyenda -señaló hacia su pene, con suma confianza-, siempre satisface a las tías. Lo que me falla es al conocerlas, no sé qué decirles.

Tú preséntanos que yo haré el resto.

 – Como quieras -respondió-. Tú espera aquí. –

Tú puedes, avísame campeón.

Jaime le dio una palmada en el pecho. Charly se acercó a la barra con confianza y se metió entre la chica y el que estaba a su lado, luchando por conseguir una copa.

 – Hola -se presentó, ofreciendo su mano-. Tengo una cosa que proponerte.

 – Piérdete -respondió ella enojada.

– No lo entiendes…

 – Tú sí que no lo entiendes, gilipollas -replicó ella, con la mirada de odio más fuerte que nadie le había echado nunca-. O te largas o tendré que hacerte daño.

– Pero solo es… Los ojos marrones de la pelirroja se incendiaron y por un momento pensó que habían cambiado de color e incluso se habían iluminado en un tono rojo sangre. Le dio tanto miedo que dio varios pasos atrás y tropezó con otros que pasaban por allí.

– ¡Mira por donde andas! -escupió uno al que pisó.

– Perdona…

Volvió con Jaime y éste le miraba con evidente decepción.

– ¿Qué ha pasado? -Preguntó, intrigado.

– Colega, esa tía no es para nosotros. Más vale que te fijes en otras.

 – No me fastidies. ¡Me debes cincuenta napos! Charly negó con la cabeza. Nunca debió aceptar esa estúpida apuesta, no tenía ni para pagar una copa más.

– Espera, espera, lo intentaré de nuevo.

Jaime sonrió. – Ese es mi colega. ¡Dale caña campeón! Charly se dio la vuelta bastante nervioso. La pelirroja era increíblemente atractiva y encima era una tía con carácter. Ahora le atraía mucho más que al principio y pensó que si la conseguía entrar y ligársela prefería perder los cincuenta euros y quedársela para él. Aunque parecía tan difícil que en lo único que podía pensar era en no perder la apuesta. Solo tenía que conseguir presentársela a Jaime, eso no debía ser tan difícil. Se volvió a acercar a ella y se puso en la barra como si fuera a pedir una copa a su lado. No pasó por alto que la chica le miraba con bastante fastidio.

– Camarero -llamó Charly.

 Ella le ignoró por completo. Volvió a dirigir su atención al resto de la gente, como si buscara a una persona.

– ¿Qué quieres? -Preguntó el camarero, al verle gesticular tanto.

– Ehm… Dame un Malibú con piña, por favor.

Sin decir nada, el camarero se puso manos a la obra para prepararle la mezcla.

 – ¿Quieres que te pida algo? -Preguntó, como si le hiciera un favor a la pelirroja.

– Piérdete -replicó ella, enojada.

 – Mira, te voy a ser sincero -respondió él, como si no la hubiera escuchado-. ¿Ves a ese chico de allí?

– ¿Aún sigues hablándome? -exclamó ella.

– Si vas a hablar con él, te doy veinticinco euros. Puedes decirle que se vaya a la mierda, no importa, pero ve y habla con él.

La pelirroja se volvió lentamente y le miró como si no pudiera creer lo que oía.

– Sabes qué… -sonrió, le mostró los dientes más perfectos y bonitos que había visto nunca.

– ¿Vas a ir?

 – No, vamos a salir fuera tú y yo… Me impresiona tanta insistencia. No parecía una proposición indecente sino una amenaza.

 – Aquí tienes, son doce euros -interrumpió el camarero, al poner el vaso de tubo en el mostrador.

– Tenga -sacó la billetera y pagó.

 – ¿A qué esperas? -insistió ella. Estaba tan nervioso que cogió su bebida y se la bebió de un trago, a pesar de que se le heló la garganta por el paso de un líquido tan frío.

– Cuando quieras, preciosa -aceptó con la voz ronca por el esfuerzo de beber tan deprisa. Ella le cogió de la mano y se lo llevó fuera. Pasaron entre la gente como si fueran sombras. Charly estaba excitado porque no sabía lo que pasaría fuera, aunque estaba seguro de que no quería estar en el pellejo de nadie más. Esa noche sería inolvidable.

 Era el inconveniente de estar hambrienta. Llevaba veinticuatro horas sin probar la sangre y su naturaleza depredadora la hacía tan irresistible que no pasaba desapercibida. Pero lo tenía decidido, esa noche iría a por un chico malo, uno malo de verdad que hiciera daño a las mujeres, alguien que mereciera la muerte. Necesitaba sentirse más humana y cada vez que hacía daño a un chico corriente se sentía vacía, como un monstruo.

 

Esa sensación la llevaba a desear su propia destrucción. Era como el sexo, antes de beber su sangre pensaba que era algo necesario, algo que la haría subir al séptimo cielo y después de dejarles muertos se hundía. No había detectado ningún alma oscura en aquel Pub, muchos se le habían acercado pero solo uno había logrado sacarla de sus casillas. Puede que no mereciera morir por eso, pero estaba volviendo a sentir el dolor intenso en el estómago, un dolor que amenazaba con hacerla gritar. Nunca quería dejar pasar tanto tiempo porque la sed de sangre podía ser tan dolorosa que perdía completamente la razón y podía atacar a cualquiera, lo que la exponía demasiado a la sociedad ya que tenía que usar la fuerza y ser violenta para conseguir la siguiente víctima aceptable. La sed se volvía tan dolorosa que su estómago se contraía como si alguien se lo cogiera desde dentro y se lo apretara con fuerza, tirando de él hacia abajo. Solo la sangre cálida podía calmar ese dolor. Y no bastaba un trago, cuando el dolor la mortificaba tenía que beber hasta la última gota de sangre a su próxima víctima.

– Tienes mucho valor, chico -felicitó con sorna.

– Si puedo conocer a una chica magnífica como tú, cualquier sacrificio merece la pena.

– ¿No dijiste que habías apostado con tu amigo para que me presentaras?

El chico se ruborizó, asustado. Sin conocerla ya sabía que cualquier cosa que dijera podía suponer la muerte prematura.

 Claro que él no lo sabía, para él solo era una muerte figurada. Pensaba que si se enojaba otra vez con él huiría con el rabo entre las piernas…

– Estoy perdiendo los cincuenta euros por salir contigo aquí fuera -reconoció, finalmente.

– Puede que pierdas mucho más que eso -se jactó ella, sonriente.

– Tienes razón, Jaime no volverá a hablarme después de esto…

– ¿Qué piensas que va a pasar entre nosotros? -preguntó, conteniendo una mueca por el dolor del abdomen.

Estaban caminando demasiado despacio y esa calle estaba muy transitada. No podía llamar la atención.

– ¿Tienes coche? -se precipitó, acariciándole el antebrazo, melosa.

– No,… Caray, estás congelada y no hace tanto frío…

– Soy muy friolera.

No solo eso, su piel empezaba a arrugarse por la sed, su belleza estaba a punto de empezar a deteriorarse. Necesitaba beberle la sangre inmediatamente.

– Ven aquí anda -ofreció el muchacho, rodeándola por la cintura con su brazo. La arteria carótida de su cuello estaba tan cerca que el olor agudizaba sus convulsiones internas. Ser vampiresa era la peor tortura que existía, ese sufrimiento era el castigo de Dios por su vida terrible y despiadada. Deseó curarse esa enfermedad si es que era posible, pero no sabía ni dónde encontrar más vampiros, mucho menos cómo curarse el vampirismo.

– Déjame besarte -siseó, empujándolo contra una pared. Golpeó su espalda contra la vitrina de un escaparate y besó su cálido cuello con ansiedad. Le pasó los brazos por detrás, le abrazó con fuerza y él soltó un gemido de placer. Su piel se erizó momentáneamente, le había hecho sufrir un escalofrío con su sensual contacto. Estaba a su merced y nadie que pasara por la calle sospecharía.

Sus comillos se alargaron por el instinto depredador y los clavó en su tierna piel mientras con la mano derecha le tapaba la boca para evitar que gritara. Él forcejeó en sus brazos, trató de luchar pero la sangre ya estaba entrando por su gaznate, el cálido flujo la cegaba por completo, podía sentir cada latido de su corazón e incluso la angustia que sentía. Por la manera de luchar podía saber si esa persona dejaba mucho atrás o no. Ese chico luchó con mucho coraje pero en seguida se rindió a ella, sus rodillas se aflojaron y poco a poco fue perdiendo fuerza hasta que ella le sostenía en sus brazos mientras su corazón bombeaba sus últimos latidos. Cuando sintió que se detenía se sentía repleta, succionó la última sangre que había sido bombeada y pasó la lengua por la herida. Su saliva podía cicatrizar al instante la piel humana, nadie vería los mordiscos y cuando lo encontraran por la mañana la policía pensaría que había muerto por alguna clase de anemia agudizada por la borrachera. La gente que pasaba por la calle se apartaba de ellos pensando que eran una pareja de enamorados. Demasiada gente, maldita sea, sería difícil fingir que su novio se había quedado dormido durante su beso en el cuello. La cabeza del muchacho cayó hacia un lado y una chica que pasaba junto a ellos gritó al verlo. Sam se volvió hacia ella, enfurecida. Iba acompañada por dos amigas y cuando las miró retrocedieron aterradas. Sus ojos debían estar aún rojos, sus labios manchados de sangre, era una vampiresa demasiado llamativa. Y no solo lo era en el aspecto, también era un animal salvaje desbocado. Antes de que pudiera contenerse había matado a dos de ellas de sendas patadas que reventaron sus cajas torácicas y estaba encarando a la que había gritado, que había retrocedido tanto que estaba pisando la carretera. De alguna forma eso le evitó el problema. Un autobús le pasó por encima haciendo un fuerte chirrido con los frenos y el derrape de sus ruedas.

En lo que pareció apenas un pensamiento, estaba sobre la azotea del edificio de al lado. Se estaba clavando las uñas en sus palmas con fuerza, otra vez había perdido el control, otra vez había tenido que matar a muchos más de los necesarios. Pero a quién quería engañar… Ella era un monstruo y no había algo llamado «conciencia» en su interior. Aquella era su rutina. La muerte.

FUENTE: Escalofrio.com

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CARMILLA (RELATO).

POR:  John Sheridan Le Fanu.

Vivíamos en Estiria, en un castillo. No es que nuestra fortuna fuera principesca, pero en aquel rincón del mundo era suficiente una pequeña renta anual para poder llevar una vida de gran señor. En cambio, en nuestro país y con nuestros recursos sólo habríamos podido llevar una existencia acomodada. Mi padre es inglés y yo, naturalmente, tengo un apellido inglés, pero no he visto nunca Inglaterra.

Mi padre servía en el ejército austríaco. Cuando alcanzó la edad del retiro, con su reducido patrimonio pudo adquirir aquella pequeña residencia feudal, rodeada de varias hectáreas de tierra.

No creo que exista nada más pintoresco y solitario. El castillo está situado sobre una suave colina y domina un extenso bosque. Una carretera angosta y abandonada pasa por delante de nuestro puente levadizo, que nunca he visto levantar: en su foso nadan los cisnes entre las blancas corolas de los nenúfares.

Dominando este conjunto se levanta la amplia fachada del castillo con sus numerosas ventanas, sus torres y su capilla gótica. Delante del castillo se extiende el pintoresco bosque; a la derecha, la carretera discurre a lo largo de un puente gótico tendido sobre un torrente que serpentea a través del bosque.

He dicho que es un lugar muy solitario. Juzgad vosotros mismos si digo la verdad. Mirando desde la puerta de entrada hacia la carretera, el bosque que rodea nuestro castillo se extiende quince millas a la derecha y doce a la izquierda. El pueblo habitado mas próximo está en esa última dirección, a una distancia aproximada de siete millas.

El castillo más cercano y de cierta notoriedad histórica es el del general Spieldorf, a unas veinte millas a la derecha.

He dicho el pueblo habitado más próximo, porque al oeste, sólo a tres millas, en dirección al castillo del general Spieldorf, hay un pequeño pueblo en ruinas con su iglesia gótica también en ruinas; allí están las tumbas, casi ocultas entre piedras y follaje, de la orgullosa familia Karnstein, extinguida hace tiempo. La familia Karnstein poseía antaño el desolado castillo que, desde la espesura del bosque, domina las silenciosas ruinas del pueblo.

Hay una leyenda que explica por qué fue abandonado por sus habitantes este extraño y melancólico paraje. Pero ya hablaré de ella más adelante.

El número de habitantes de nuestro castillo era muy exiguo. Excluyendo a los criados y a los habitantes de los edificios anexos, estábamos solamente mi padre, el hombre más simpático del mundo pero de edad bastante avanzada, y yo, que en la época en que ocurrieron los hechos que voy a narrar tenía solamente diecinueve años.

Mi padre y yo constituíamos toda la familia. Mi madre, de una familia noble de Estiria, murió cuando yo era aún una niña. Sin embargo, tuve una inmejorable nana, la señora Perrodon, de Berna. Era la tercera persona en nuestra modesta mesa. La cuarta era la señorita Lafontaine, una dama en toda la extensión de la palabra, que ejercía las funciones de institutriz, para completar mi educación.

Algunas muchachas amigas mías venían de vez en cuando al castillo y, algunas veces, yo les devolvía la visita. Éstas eran nuestras habituales relaciones sociales. Naturalmente, también recibíamos visitas imprevistas de vecinos. Por vecinos se entienden a las personas que habitaban dentro de un radio de cuatro o cinco leguas.

Puedo aseguraros que, en general, era una vida muy aislada.

El primer acontecimiento que me produjo una terrible impresión y que aún ahora sigue grabado en mi mente, es al propio tiempo uno de los primeros sucesos de mi vida que puedo recordar.

Aquí terminaba la carta. Si bien yo no había conocido a Berta Reinfelt, mis ojos se llenaron de lágrimas. La noticia de su muerte me impresionó muchísimo.

Devolví a mi padre la carta del general. El sol se hundía cada vez más en el ocaso y la tarde era dulce y clara. Paseando bajo la tibia luz del atardecer, nos entretuvimos haciendo cábalas sobre el posible sentido de las incoherentes y violentas afirmaciones de aquella carta. En el puente levadizo encontramos a la señorita Lafontaine y a la señora Perrodon, que habían salido a admirar el magnífico claro de luna.

Frente a nosotros se extendía el prado por el cual nos habíamos paseado. A la izquierda, el camino discurría bajo unos venerables árboles y desaparecía en la espesura del bosque. A la derecha, la carretera pasaba sobre un puente severo y pintoresco a la vez, junto al cual se erguía una torre en ruinas. En el fondo del prado, una ligera neblina delimitaba el horizonte con un velo transe, y de cuando en cuando se veían brillar las aguas del torrente a la luz de la luna.

Decía así:

He perdido a mi querida sobrina: la quería como a una hija. La he perdido, y solamente ahora lo sé todo. Ha muerto en la paz de la inocencia y en la fe de un futuro bendito. El monstruo que ha traicionado nuestra ciega hospitalidad ha sido el culpable de todo. Creí recibir en mi casa a la inocencia, a la alegría, a una compañía querida para mi Berta. ¡Dios mío! iQué loco he sido! Consagraré los días que me quedan de vida a la caza y destrucción del monstruo. Sólo me guía una débil luz. Maldigo mi ceguera y La nursery, como la llamábamos, aunque era sólo para mí, estaba en una habitación grandiosa del último piso del castillo, y tenía el techo inclinado, con molduras de madera de castaño. Tendría yo unos seis años cuando una noche, despertándome de improviso, miré a mi alrededor y no vi a la camarera de servicio. Creí que estaba sola. No es que tuviera miedo… pues era una de aquellas afortunadas niñas a quienes han evitado expresamente las historias de fantasmas y los cuentos de hadas, que vuelven a los niños temerosos ante una puerta que chirría o ante la sombra danzante que produce sobre la pared cercana la luz incierta de una vela que se extingue. Si me eché a llorar fue seguramente porque me sentí abandonada; pero, con gran sorpresa, vi al lado de mi cama un rostro bellísimo que me contemplaba con aire grave. Era una joven que estaba arrodillada y tenía sus manos bajo mi manta. La observé con una especie de placentero estupor, y cesé en mi lloriqueo. La joven me acarició, se echó en la cama a mi lado y me abrazó, sonriendo. De repente, me sentí calmada y contenta, y me dormí de nuevo.

De súbito, me desperté con la escalofriante sensación de que dos agujas me atravesaban el pecho profunda y simultáneamente. Proferí un grito. La joven dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo, y me pareció que se escondía debajo de la cama.

Por primera vez sentí miedo y me puse a gritar con todas mis fuerzas. La niñera, la camarera y el ama acudieron precipitadamente, pero cuando les conté lo que me había ocurrido estallaron en risas, a la vez que trataban de tranquilizarme. Aunque yo era solamente una niña, recuerdo sus rostros pálidos y su angustia mal disimulada. Las vi buscar debajo de la cama, por todos los rincones de la habitación, en el armario, y oí a mi ama susurrar a la niñera:

– ¡Mira! Alguien se ha echado en la cama, junto a la niña. Aún está caliente.

Recuerdo que la camarera me acarició y que las tres mujeres examinaron mi pecho, en el punto donde yo les dije que había sentido la punzada. Me aseguraron que no se veía ninguna señal.

El día siguiente lo pasé en un continuo estado de terror: no podía quedarme sola un instante, ni siquiera a plena luz del día.

Recuerdo a mi padre junto a mi cama, hablándome en tono festivo, así como preguntando a la niñera y riéndose de sus respuestas. Luego hacía muecas, me abrazaba y me aseguraba que todo había sido un sueño sin importancia.

Pero yo no estaba tranquila, porque sabía que la visita de aquella extraña criatura no había sido un sueño.

He olvidado todos mis recuerdos anteriores a este acontecimiento, y muchos de los posteriores, pero la escena que acabo de describir aparece vivida en mi mente como los cuadros de una fantasmagoría surgiendo de la oscuridad.

Una tarde de verano, particularmente apacible, mi padre me pidió que le acompañara a dar un paseo por el maravilloso bosque que se extiende ante el castillo.

– El general Spieldorf no vendrá a visitarnos, como esperábamos -me dijo, durante el paseo.

Nuestro vecino debía pasar varias semanas en el castillo. Con él debía venir también su joven sobrina y pupila, la señorita Reinfelt. Yo no conocía a la señorita Reinfelt, pero me la habían descrito como una joven encantadora. Quedé muy desilusionada ante la noticia que acababa de darme mi padre; mucho más de lo que pueda imaginar alguien que viva habitualmente en la ciudad. Aquella visita, y la nueva amistad que seguramente había de surgir de ella, había sido objeto diario de mis pensamientos durante muchas semanas.

– ¿Cuándo vendrán? – pregunté.

– El próximo otoño. Dentro de un par de meses – respondió mi padre, y añadió: – Me alegro, querida, de que no hayas conocido a la señorita Reinfelt.

– ¿Por qué? -inquirí, molesta y curiosa al mismo tiempo.

– Porque la pobre muchacha ha muerto.

Quedé sumamente impresionada. El general Spieldorf decía en su última carta, seis o siete semanas antes, que su sobrina no se encontraba muy bien, pero nada hacía pensar en la posibilidad, ni siquiera remota, de un grave peligro.

– Aquí tienes la carta del general -continuó mi padre, entregándomela-. Me parece que está muy trastornado. Indudablemente, cuando escribió la carta se hallaba muy excitado.

Nos sentamos en un banco de piedra, junto al sendero de los tilos. El sol desaparecía con todo su melancólico esplendor detrás del horizonte selvático, y el torrente que discurría junto a nuestra mansión reflejaba el colorido escarlata del cielo, cada vez más pálido.

La carta del general Spieldorf era tan insólita y apasionada, que la releí detenidamente para comprender su sentido. Quizás el dolor había trastornado su mente.

mi obstinación… todo… Es demasiado tarde. En estos momentos no puedo escribir ni hablar con serenidad; estoy demasiado trastornado. En cuanto esté mejor me dedicaré a la búsqueda e iré posiblemente hasta Viena. Dentro de un par de meses, hacia el otoño, iré a visitaros, si es que aún estoy vivo. Al propio tiempo os contaré lo que ahora no tengo fuerzas para escribir. Adiós. Rogad por mí, queridos amigos.

Lo mismo a mi padre que a mí, nos seducía lo pintoresco y nos quedamos contemplando en silencio la espléndida llanura que se extendía ante nosotros. Las dos buenas señoras, a pocos pasos, discutían acerca del paisaje y hablaban de la luna.

La señora Perrodon era más bien gruesa y veía todas las cosas desde un punto de vista romántico. La señorita Lafontaine pretendía ser psicóloga y algo mística. Aquella tarde afirmó que la intensa luminosidad de la luna estaba en relación directa con una especial actividad espiritual. Los efectos de una luna llena como aquélla podían ser múltiples. Influía en los sueños, en la locura, en la gente nerviosa y hasta en los hechos materiales.

– Esta noche -dijo-, la luna está llena de influjos magnéticos. Mirad cómo brillan las ventanas con un resplandor plateado, como si unas manos invisibles hubieran iluminado las estancias para recibir huéspedes espectrales.

En aquel momento, el insólito rumor de las ruedas de un carruaje y del galope de muchos caballos sobre la carretera atrajo nuestra atención. Parecía aproximarse descendiendo de la colina que dominaba el viejo puente; muy pronto, un pequeño tropel desembocó por aquel punto. Primero cruzaron el puente dos caballeros, luego apareció un carruaje tirado por cuatro corceles, y finalmente otros dos caballeros que cerraban el cortejo.

Parecía el coche de una persona de rango. Nuestra atención quedó prendida en aquel espectáculo inusitado, que no tardó en hacerse aún más interesante, porque, cuando apenas habían pasado la curva del puente, uno de los caballos del tiro se desbocó y, contagiando su pánico a los otros, arrancó a todo el tiro con un galope desenfrenado, irrumpiendo entre los caballeros que precedían al carruaje y avanzando hacia nosotros con la violencia y la furia de un huracán.

En aquel momento culminante, la escena adquirió caracteres de tragedia, debido a unos gritos femeninos procedentes del interior del vehículo.

Mi padre permaneció en silencio, mientras nosotras lanzábamos exclamaciones de terror. El final no se hizo esperar. El punto de enlace de la carretera con el puente levadizo estaba delimitado a un lado por un soberbio tilo, y al otro por una cruz de piedra. Los caballos, que marchaban a una velocidad vertiginosa, se desviaron asustados al ver la cruz, arrastrando las ruedas contra las raíces salientes del árbol. Asustada por lo que podía ocurrir, me tapé el rostro con las manos, no resistiendo la idea de ver cómo la carroza se salía del camino. En aquel mismo instante oí el grito de mis compañeras, que estaban un poco más adelantadas que yo. Abrí los ojos, impulsada por la curiosidad, y contemplé una escena sumamente confusa. Dos caballos yacían en el suelo. El carruaje estaba volcado, apoyado sobre uno de sus lados, con dos ruedas al aire. Los hombres se afanaban arreglando el vehículo, de cuyo interior había salido una señora de aspecto autoritario, que retorcía nerviosamente entre sus manos un pañuelo. Ayudamos a salir del carruaje a una joven, al parecer desmayada. Mi padre se había acercado a la señora de más edad, sombrero en mano, ofreciéndole ayuda y cobijo en el castillo. La señora no parecía oír nada, y sólo tenía ojos para la frágil muchachita que había sido reclinada en el respaldo de un banco.

Me acerqué. La joven había perdido el conocimiento, pero sin duda estaba con vida. Mi padre, que se preciaba de tener algunos conocimientos médicos, le tomó el pulso y aseguró a la señora, que se había presentado a sí misma como madre de la joven, que la pulsación, si bien débil e irregular, era perceptible. La señora juntó sus manos y alzó los ojos al cielo, al parecer en un momentáneo transporte de gratitud; luego, repentinamente, se desahogó haciendo gestos teatrales, que, sin embargo, son espontáneos en cierto tipo de personas. Era una mujer de buen ver, que en su juventud debió haber sido seductora. Delgada, aunque no flaca, iba vestida de terciopelo negro. Su pálida fisonomía conservaba una expresión orgullosa y autoritaria, a pesar de la agitación del momento.

-¡Qué desgracia la mía! -exclamó, retorciéndose las manos-. Estoy efectuando un viaje que es cuestión de vida o muerte. Una hora de retraso puede tener consecuencias irreparables. No es posible que mi hija pueda restablecerse del golpe recibido y continuar un viaje cuya duración no es posible prever. Deberé dejarla forzosamente en el trayecto. No quiero correr el riesgo de llegar con retraso. ¿A qué distancia se encuentra el pueblo más próximo? Es necesario que la lleve hasta allí, para recogerla a mi regreso. ¡Y pensar que tendré que pasar por lo menos tres meses sin ver a mi querida hija, sin tener noticias suyas!

Tiré a mi padre de la chaqueta y le susurré al oído:

– Padre, dile que la deje con nosotros … me gustaría mucho. Hazlo por mí.

– Si la señora quiere confiar su hija a los cuidados de la mía y de nuestra ama, la señora Perrodon, si permite que su hija se quede con nosotros, bajo mi responsabilidad, hasta su regreso, lo consideraremos como un gran honor y tendremos para ella los cuidados y la devoción que el deber de la hospitalidad imponen -dijo mi padre solemnemente.

– No puedo aceptarlo – respondió la desconocida, con mucha circunspección – ; sería abusar demasiado de su amabilidad.

– Al contrario, nos haría un gran favor. Precisamente vendría a llenar un inesperado vacío. Hoy mismo, mi hija ha sufrido una gran desilusión, debido a la noticia de que se ha frustrado una visita que esperábamos. Si confía su hija a nuestros cuidados, será su mejor consuelo.

En el aspecto y actitudes de aquella señora había algo tan especial e imponente, y en cierto sentido fascinante, que, aun prescindiendo del séquito que la acompañaba, daba la impresión de ser una persona de rango.

Entretanto, el carruaje había sido levantado y los caballos, ya calmados, estaban de nuevo enganchados.

La señora dirigió a su hija una mirada que a mí no me pareció afectuosa, como era de esperar después de la terrible escena, y seguidamente llamó a mi padre con un gesto y se apartaron unos pasos de nosotros. Mientras hablaba, la señora mantuvo una expresión fría y grave, muy poco acorde con su anterior conducta.

Conversaron unos minutos; luego, la señora regresó y dio unos pasos hacia su hija, que yacía entre los brazos de la señora Perrodon. Se arrodilló a su lado y le susurró algo al oído. La besó apresuradamente y luego entró precipitadamente en el carruaje, cerrando la portezuela, mientras los portillones trepaban al pescante y los batidores espoleaban sus caballos. Los postillones hicieron restallar sus látigos y los caballos se lanzaron al galope; el carruaje desapareció entre una nube de polvo, seguido de los dos caballeros que cerraban el cortejo.

Seguimos con la mirada su carrera hasta que desapareció definitivamente entre la niebla y dejó de oírse el chirrido de sus ruedas y fragor de los cascos de los caballos lanzados al galope.

Para demostrar que no habíamos sido víctimas de una alucinación quedaba entre nosotros la muchacha, que precisamente en aquel momento estaba recobrando el sentido. No pude verla, porque tenía el rostro vuelto hacia la parte opuesta al lugar donde yo me encontraba, pero oí su voz, muy dulce, que preguntaba en tono suplicante:

– ¿Dónde está mi madre? ¿Dónde estoy? No veo el carruaje …

La señora Perrodon contestó a sus preguntas lo mejor que pudo, y, paulatinamente, la joven fue recordando lo que había sucedido. Al enterarse de que nadie había sufrido el menor daño, quedó muy aliviada. Pero cuando le dijimos que su madre la había dejado a nuestro cuidado y que tardaría unos tres meses en regresar a buscarla, se echó a llorar. Iba a acercarme a ella para ayudar a la señora Perrodon en sus esfuerzos por consolarla, pero la señorita Lafontaine me detuvo, diciendo:

– No se acerque a ella, señorita. En el estado en que se encuentra, no podría soportar más de una persona a la vez.

Pensé que podría visitarla en cuanto la hubieran acomodado en su habitación. Entretanto, mi padre había enviado en busca del médico que vivía a unas dos leguas de distancia, y ordenó preparar una habitación para alojar a la muchacha.

La desconocida se puso en pie y, apoyándose en el brazo de la señora Perrodon, cruzó lentamente el puente levadizo y entró en nuestro jardín. La camarera la acompañó inmediatamente a la habitación que le había sido destinada.

– ¿Le agrada nuestra invitada? – pregunté a la señora Perrodon -. Dígame qué impresión le ha causado.

– Me agrada mucho – contesto -. Creo que es la muchacha más bonita que he visto en toda mi vida. Tiene aproximadamente la edad de usted y es verdaderamente encantadora.

– ¿No se han dado cuenta de que en el carruaje había otra persona? – intervino la señorita Lafontaine-. Una mujer que ni siquiera ha asomado la cabeza.

No, no la habíamos visto. La señorita Lafontaine nos describió a un extraño personaje, vestido de negro, con un turbante rojo en la cabeza, que miraba continuamente por la ventanilla, haciendo gestos y muecas de desprecio en dirección a las dos mujeres. Tenía unos ojos saltones y sus dientes salientes parecían los de una arpía.

– ¿Han notado ustedes el desagradable aspecto que tenían los sirvientes? -preguntó a su vez la señora Perrodon.

– Sí – convino mi padre -, parecían mastines. Nunca había visto tipos como ésos. Espero que cuando crucen el bosque no desvalijen a la señora. Pero, deben ser unos bribones muy hábiles. Lo han arreglado todo en un momento.

— Quizás estaban cansados del largo viaje – dijo la señora Perrodon -. Además de su aspecto poco recomendable, tenían la cara demacrada y parecían estar furiosos. Debo confesar que han despertado mi curiosidad, pero confío en que la muchacha nos lo explicará todo mañana, cuando se encuentre mejor.

– No creo que lo haga – dijo mi padre con una sonrisa ambigua, como si supiera más de lo que decía.

Esto excitó mi curiosidad por saber lo que la señora vestida de negro le había dicho a mi padre en el curso de la breve conversación que sostuvieron. Apenas me quedé a solas con él intenté sonsacarle. Mi padre no se hizo rogar.

– No hay ningún motivo para que te lo oculte. La señora me dijo que temía dejarnos a su hija, porque se trata de una muchacha de salud delicada y tiene los nervios alterados, aunque no padece ataques ni alucinaciones.

– ¿No te parece algo raro que te dijera esto? No tenía ninguna necesidad de aclarar ese extremo…

– De todos modos, eso es lo que me dijo – me interrumpió mi padre -. Me explicó que está efectuando un largo viaje, de vital importancia para ella. Está obligada a viajar con la mayor rapidez y discreción posibles. Dentro de tres meses vendrá a recoger a su hija. Entretanto, no debe decir nada acerca de su personalidad y del lugar a donde se dirige. Al pronunciar la palabra discreción, la ha subrayado con una pausa, mirándome a los ojos con cierta dureza. Creo que es importante. ¿Has visto la rapidez con que se ha marchado? Espero no haber cometido una tontería al hacerme cargo de esa muchacha.

Aunque el médico no llegó hasta la una de la madrugada, no pude irme a la cama. Cuando el doctor regresó al salón, su informe fue muy optimista. La paciente se había levantado y su pulsación era regular. No tenía ninguna herida y el trauma nervioso no había dejado huella. Nada se oponía a que yo la visitara, si ella lo consentía. En consecuencia, le envié recado por medio de la camarera, preguntándole si podía hacerle una breve visita.

La camarera regresó inmediatamente, diciendo que la joven se alegraría mucho con mi visita. No perdí un solo instante.

Habíamos alojado a nuestra invitada en una de las habitaciones más hermosas del castillo. La joven estaba recostada, a la luz de los candelabros, en la cabecera de la cama. Su graciosa figura aparecía envuelta en una bata de seda recamada de flores y orlada con una cinta de raso que su madre le había echado a los pies, cuando aún estaba en el suelo.

Pero, apenas me acerqué a la cama para saludarla, algo me hizo enmudecer y retroceder unos pasos.

Trataré de explicarme. El rostro que tenía ante mí era el mismo que se me había aparecido durante aquella terrible noche de mi infancia, el rostro que tanto me había impresionado y sobre cuya aparición había reflexionado durante años, horrorizándome en secreto.

Era un rostro encantador, y su expresión conservaba la melancólica dulzura que tenía cuando lo vi por primera vez. De repente, se iluminó con una sonrisa, como si también la joven acabara de reconocer a una vieja amiga.

Se produjo un silencio que duró unos instantes. Finalmente, la joven habló: yo no podía hacerlo.

– ¡Qué raro! -exclamó-. Hace unos años vi tu rostro en sueños, y desde entonces me ha obsesionado de tal modo, que no he podido olvidarlo.

– Sí que es curioso -dije, tratando de sobreponerme al horror que me había impedido pronunciar una palabra hasta aquel momento-. También yo te vi hace unos años – doce, exactamente -, no sé si en un sueño o en la realidad. Y tampoco he podido olvidar tu rostro desde entonces.

Su sonrisa se hizo más dulce y desapareció el aire de curiosidad que había notado en los primeros momentos en la joven. Me sentí más confiada, y cumplí con mis deberes de anfitriona, dándole la bienvenida a nuestro hogar y expresándole la satisfacción que a todos los de la casa, y especialmente a mí, nos había producido su imprevista llegada. Mientras hablaba, le cogí la mano. Yo era algo tímida, hecho muy comprensible si se tiene en cuenta la soledad en que vivía, pero aquella situación especial me hizo elocuente, casi audaz. La joven apretó súbitamente mi mano y la estrechó entre las suyas, mirándome con sus ojos brillantes. Sonrojándose, sonrió de nuevo y contestó a mi saludo. Aunque yo no me había recobrado del todo de mi primera impresión, me senté a su lado y la joven me dijo:

– Ante todo, es necesario que te cuente cómo y dónde te vi por primera vez. Es realmente extraordinario que nos hayamos soñado mutuamente tal como somos ahora, a pesar de que el sueño tuvo lugar cuando éramos unas niñas. Yo no tenía más de seis años. Desperté de repente de un sueño agitado y me pareció encontrarme en una habitación muy distinta a mi nursery, una estancia cuyas paredes estaban revestidas de madera de color oscuro y que aparecía llena de camas, sillas y otros muebles. Recuerdo que las camas estaban vacías y que en la habitación no había nadie más que yo. Contemplé la habitación con gran curiosidad, admirando, entre otras cosas, un gran candelabro de hierro de dos brazos que reconocería entre mil si volviera a verlo. Luego me subía a una de las camas para llegar hasta la ventana, pero en aquel mismo instante oí un llanto procedente de una de las camas. Entonces fue cuando te vi. Eras tal como ahora te veo, una muchacha bellísima, de cabellos dorados y enormes ojos azules. También tus labios eran los mismos. Tu modo de mirar me conquistó inmediatamente. Salté a la cama y te abracé; creo que nos quedamos dormidas durante un rato. Me despertó un grito: te habías despertado y estabas chillando. Me asusté y caí al suelo, donde perdí el conocimiento. Cuando recobré el sentido me hallaba de nuevo en mi casa, en mi habitación. Nunca he podido olvidar tu rostro. No es posible que todo aquello fuese un simple sueño. Realmente, la muchacha que vi eres tú.

Le conté entonces mi visión, que suscitó en mi nueva amiga una admiración que no me pareció simulada.

– No sé cuál de las dos se asustó más – dijo, sonriendo -. Si no hubieras sido tan encantadora, creo que me habría asustado más… ¿No te parece que lo mejor será pensar que nos conocimos hace doce años y que, por tanto somos viejas amigas? Yo, por lo menos, creo que desde nuestra infancia estábamos predestinadas a serlo. Y por mi parte nunca he tenido una verdadera amiga. ¿La encontraré ahora?

Suspiró, y me miró apasionadamente con sus hermosos ojos negros. En realidad, aquella joven me atraía de un modo inexplicable, pero al propio tiempo me inspiraba una indefinible repulsión. Sin embargo, pese a lo contradictorio de mis sentimientos, lo que predominaba era la atracción. Aquella joven desconocida – hasta cierto punto – me interesaba y me conquistaba. ¡Era tan hermosa y fascinante! Recuerdo que noté en ella cierto cansancio y me apresuré a desearle las buenas noches. Añadí:

– Será mejor que esta noche duerma una camarera contigo. Fuera, en el pasillo, me aguarda una sirvienta. Es muy seria y no te molestará.

– Eres muy amable – respondió la joven -, pero si hay otra persona en mi habitación no puedo dormir. No necesito ayuda, y quiero confesarte una pequeña debilidad mía: tengo horror a los ladrones. En cierta ocasión, mi casa fue desvalijada y asesinaron a dos camareras. Desde entonces tengo la costumbre de cerrar la puerta con llave. Tendrás que disculparme, pero no puedo evitarlo.

Durante un rato me retuvo entre sus brazos; luego me susurró al oído:

– Buenas noches, querida. Me desagrada separarme de ti, pero es hora de descansar. Hasta mañana. No pasaremos mucho rato separadas.

Se dejó caer sobre la almohada, suspirando, mientras sus hermosos ojos me contemplaban con expresión amorosa y melancólica. Suspiró de nuevo.

– Buenas noches, amiga mía.

Los jóvenes se enamoran y encariñan al primer impulso. Me lisonjeaba el evidente afecto que me demostraba aquella joven, aunque me parecía que yo no había hecho nada para merecerlo. Me encantó la confianza que me había demostrado desde el primer momento. Parecía indudable que estábamos predestinadas a ser amigas intimas.

Llegó el día siguiente, y volvimos a vernos. Su compañía me hacía feliz por muchas razones. A la luz del día no había perdido su encanto. Era, sin duda, la más hermosa criatura que jamás había visto, y el desagradable recuerdo que conservaba de su aparición en el curso de mi sueño infantil se había trocado en una placentera sensación.

La joven me confesó que también ella había experimentado un sobresalto al reconocerme, y el mismo sentimiento de repulsión que se mezclaba a mi simpatía. Las dos nos reímos de nuestro asombro.

He dicho que había en ella muchas cosas que me fascinaban, pero también otras que me desagradaban.

Empezaré por describirla físicamente: era de estatura mediana, delgada y de formas muy armoniosas. Aparte de que sus movimientos eran lánguidos – verdaderamente muy lánguidos -, nada en su aspecto denotaba que estuviera enferma. Tenía una tez sonrosada y luminosa, y sus facciones eran pequeñas y correctas. Sus ojos eran negros y brillantes, sus cabellos realmente espléndidos: no he visto nunca una cabellera tan larga y sedosa como la suya cuando la soltaba sobre sus hombros. A menudo sumergía mi mano entre sus cabellos y reía tontamente ante lo insólito de su peso. Eran unos cabellos mórbidos y vivos, de color castaño oscuro con reflejos dorados. Me gustaba sentirlos en mi mano y luego soltarlos mientras mi amiga, sentada en un sillón, hablaba sin cesar. Me gustaba retorcerlos, entrelazarlos, jugar con ellos. ¡Cielo santo! Si lo hubiese sabido todo!

He señalado que algunas de sus particularidades no me convencían. He dicho que la confianza que me había otorgado desde el primer momento me había conquistado. No obstante, todo cuanto hacía referencia a ella misma, a su madre o a cualquier aspecto de su vida particular o familiar, despertaba en la joven una extraña reticencia. Desde luego, no era razonable por mi parte insistir en esos aspectos, y tal vez no me portaba bien. Mi obligación era la de respetar la solemne orden dada a mi padre por la señora vestida de negro. Pero la curiosidad es un sentimiento que carece de escrúpulos, y ninguna muchacha soporta de buen grado verse desilusionada por lo que le interesa: ¿Qué podía haber de malo en el hecho de que mi amiga me contara lo que tan ardientemente deseaba saber? ¿Acaso no tenía confianza en mi sentido del honor? ¿Por qué no me creía cuando le aseguraba que jamás divulgaría una sola palabra de lo que me dijera?

Su persistente negativa, acompañada siempre de una sonrisa, me parecía una actitud totalmente en desacuerdo con su edad. No puedo decir que el hecho fuera motivo de discusiones entre nosotras, porque resultaba imposible enfadarse con la joven. Tal vez lo inconveniente, e incluso descortés, fuera mi insistencia, pero me sentía realmente acuciada por la curiosidad.

Sus explicaciones no me aclaraban nada, o por lo menos eso creía yo. Pueden resumirse en tres vagas revelaciones.

La primera era su nombre: Carmilla.

La segunda, que los miembros de su familia eran nobles o intelectuales.

Y la tercera, que su casa estaba situada al occidente de la nuestra.

No me dijo su apellido, ni sus títulos nobiliarios, ni el nombre de sus propiedades, ni siquiera la región donde vivía. Y no es que yo la atosigara continuamente con mis preguntas: me limitaba, simplemente, a intercalarlas siempre que la ocasión era propicia. Prefería las fórmulas indirectas. Una o dos veces, en realidad, la ataqué frontalmente. Pero, cualquiera que fuese la táctica que empleaba, el resultado era siempre el mismo: un rotundo fracaso. Los reproches y las caricias no servían de nada, aunque debo confesar que sabía eludir las preguntas con una evidente destreza, y que parecía francamente disgustada por no poder satisfacer mi curiosidad. Siempre que se planteaba una de estas situaciones, me echaba los brazos al cuello, me estrechaba contra su pecho y apoyaba su mejilla en la mía, murmurándome al oído:

– Querida, sé que tu corazón se siente herido. No me juzgues cruel: me limito a obedecer una ley ineludible que constituye mi fuerza y mi debilidad. Si tu corazón está herido, el mío sangra con el tuyo. En medio de mi gran tristeza, vivo de tu exuberante vida, y tú morirás, morirás dulcemente por la mía. Es algo inevitable. Y así como yo me acerco a ti, tú, a tu vez, te acercarás a otros y aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una forma del amor. No intentes saber nada más de mí ni de mi vida, pero ten confianza con todo tu amor.

Y después de haber hablado con una voz suave, queda, me estrechaba entre sus brazos, y sus labios, besándome tiernamente, me inflamaban las mejillas.

Aquella excitación y aquel lenguaje me resultaban incomprensibles. Intentaba eludir sus abrazos, no demasiado frecuentes, pero me faltaban energías. Sus palabras resonaban en mis oídos como una canción de cuna y domeñaban mi resistencia sumergiéndome en una especie de sopor, del cual sólo despertaba cuando me libraba de sus brazos. Aquellas incomprensibles expansiones no me gustaban. Experimentaba una extraña y tumultuosa sensación que, si bien en cierto sentido me resultaba agradable, me inundaba al mismo tiempo de temor y de repulsión. Siempre que tenía lugar una de esas escenas me sentía sumamente turbada, y, al tiempo que aumentaba el placer que me producía, aumentaba también mi repugnancia.

Sé que lo que acabo de explicar podrá parecer paradójico, pero no puedo expresar de otra forma lo que sentía.

Han transcurrido diez años desde que tuvieron lugar aquellos hechos, y la mano me tiembla aún al escribir acerca de la situación en que inconscientemente me vi envuelta.

A veces, después de un largo período de indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente la mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía:

– Serás mía.., debes ser mía… Tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre.

Después se echaba hacia atrás, apoyándose en el respaldo del sillón, cubriéndose los ojos con las manos; y yo me sentía trastornada en lo más profundo de mi ser.

– ¿Qué quieres decir con tus palabras? – intentaba saber-. ¿Te recuerdo acaso a alguna persona a la que amaste mucho? No me gusta que me hables así. Cuando lo haces no pareces la misma. Y tampoco yo me reconozco a mí misma cuando me miras y me hablas de este modo.

No hallaba una explicación satisfactoria a aquellas efusiones. Sin embargo, no parecían afectadas, ni falsas. Indudablemente, se trataba de una explosión espontánea de un instinto o sentimiento reprimido.

¿Acaso Carmilla sufría alucinaciones? ¿Estaría loca, a pesar de lo que afirmó su madre antes de marcharse? ¿O se trataba, simplemente, de una argucia romántica? En más de una ocasión había leído la historia de un joven que se introducía en casa de su amada vestido de mujer y con la ayuda de una aventurera… ¿Sería éste el caso? La hipótesis lisonjeaba mi vanidad, pero no tenía la menor consistencia. Durante largos períodos de tiempo, yo no representaba absolutamente nada para Carmilla, la cual se limitaba a dirigirme alguna mirada ardiente, eso sí. Y aparte de aquellos fugaces momentos de excitación, sus modales eran absolutamente femeninos. Sus costumbres, por otra parte, eran bastante raras. Generalmente, se levantaba muy tarde, nunca antes del mediodía. Entonces tomaba únicamente una taza de chocolate, muy caliente. A continuación paseábamos juntas un rato, muy corto, ya que no tardaba en sentirse fatigada; regresábamos al castillo o nos sentábamos en un banco, debajo de los árboles. Lo más curioso era que su languidez física no iba nunca acompañada de postración mental. Su conversación era siempre chispeante y vivaz.

De cuando en cuando hacía alguna vaga alusión a su hogar, a su infancia o a algún recuerdo de su existencia, y a través de sus palabras se adivinaba que sus hábitos y costumbres eran muy dispares a los nuestros. De esas ocasionales alusiones llegué a colegir que su país natal estaba mucho más lejos de lo que había creído al principio.

Una tarde en que nos hallábamos sentadas bajo los árboles, desfiló ante nosotros un cortejo fúnebre. Se trataba del entierro de una muchacha muy bonita y a la cual yo conocía porque era hija del guarda forestal. El pobre hombre marchaba detrás del féretro que contenía los restos de su querida y única hija y parecía tener el corazón destrozado. Le seguían algunos aldeanos, cantando un himno funerario.

Cuando el cortejo pasó delante nuestro me puse en pie en señal de respeto, y uní mi voz a las suyas. Mi amiga me tiró rudamente del vestido y yo me volví, sorprendida. En tono irritado, me dijo:

-¿Es que no te das cuenta de lo desafinado de sus voces?

– Pues a mí me parece un canto muy dulce- respondí, molesta por aquella intempestiva intromisión, y porque temía que los acompañantes del entierro observaran nuestra discusión.

El canto continuó.

-¡Me destrozan los tímpanos!- exclamó Carmilla en tono rabioso, tapándose los oídos con las manos -. Detesto los entierros y los funerales. iCuántas cosas inútiles! Porque tú has de morir, todos han de morir, y todos, después de la muerte, son mucho más felices. ¡Regresemos a casa!

– Mi padre ha ido también al cementerio. ¿Lo sabías?

-No, no me importa. Ni siquiera sé quién es el muerto – replicó mientras sus ojos centelleaban.

– Se trata de aquella muchacha que hace unos quince días creyó haber visto un fantasma. Desde entonces ha ido empeorando, y ayer por la mañana falleció.

– No me hables de fantasmas: esta noche no podría dormir.

– Espero que no haya una epidemia por estos alrededores. Existen algunos síntomas – continué -. La mujer del pastor murió hace una semana, y también dijo que había notado una extraña opresión en el cuello, como si alguien tratara de ahogarla. Mi padre dice que esas alucinaciones son frecuentes en los casos de fiebres epidémicas. La mujer se hallaba perfectamente el día anterior, pero después de aquella noche se debilitó inesperadamente y al cabo de una semana falleció.

– Bien, supongo que ya habrán terminado con los cantos fúnebres. Nuestros oídos ya no se verán torturados de nuevo. Todas estas cosas me ponen nerviosa. Siéntate a mi lado, más cerca. Cógeme la mano. Apriétala fuerte, más fuerte…

Nos habíamos retirado unos pasos y Carmilla se sentó en un banco. Su semblante se había transformado de tal modo, que me asusté. Se había puesto pálida. Sus dientes rechinaban y apretaba los labios, sacudida por un continuo escalofrío. Todas sus energías parecían empeñadas en luchar contra aquel ataque. Finalmente, profirió un ahogado grito y se tranquilizó paulatinamente, superada la crisis de histerismo.

– Esto sucede cuando se agobia a la gente con himnos funerarios – dijo -. No me sueltes, me siento ya mucho mejor.

Tal vez para desvanecer la profunda impresión que me había producido el verla sumida en aquella crisis, mientras regresábamos a casa se mostró muy animada y parlanchina.

Aquello pasó como una nube de verano. Pero aún tuve ocasión de asistir a una nueva explosión de cólera de Carmilla.

Cierto día estábamos contemplando el paisaje desde uno de los grandes ventanales del salón, cuando vimos a un vagabundo que cruzaba el puente levadizo, encaminándose hacia el patio del castillo. Le conocía perfectamente. Cada seis meses venía al castillo.

Era un jorobado, y su rostro tenía la expresión mordaz que suele verse en los hombres que son víctimas de una deformidad física. Llevaba una barba oscura y puntiaguda y al sonreír abría la boca de oreja a oreja, mostrando unos dientes blanquísimos. Vestía con una zamarra de piel de búfalo, adornada con numerosas cintas y campanillas. De su espalda colgaban una linterna y dos cajas cuyo contenido me era ya conocido: en una de ellas guardaba una salamandra, y en la otra una mandrágora. Llevaba también un violín, una caja de amuletos contra el mal de ojo y varios estuches de contenido diverso. Se apoyaba en un bastón de madera negra, con una contera de cobre. Iba acompañado de un perro esquelético que le seguía fielmente a todas partes. Pero el animal se detuvo en medio del puente levadizo, erizó el pelo y prorrumpió en lúgubres aullidos, negándose a avanzar.

Entretanto, el vagabundo había llegado al centro del patio y, quitándose el grotesco sombrero, se inclinó en una cómica reverencia. Luego empuñó el violín y empezó a tocar una alegre melodía, acompañándola con un canto tan desafinado y unos pasos de danza tan cómicos, que me eché a reír a pesar de lo mucho que me habían impresionado los siniestros aullidos del perro.

– ¿Desean las señoritas comprar un amuleto contra el vampiro, que según he oído decir merodea por estos alrededores como un lobo? -dijo el vagabundo, dejando caer el sombrero al suelo-. La gente muere por doquier, pero yo tengo un talismán que no falla; sólo hay que coserlo a la almohada, y cuando el vampiro se presenta puede uno reírse de él en sus propias barbas.

Los amuletos consistían en unas cintas de papel transe, con cifras y dibujos cabalísticos.

Inopinadamente, Carmilla compró un talismán y yo la imité. El vagabundo nos observaba y nosotras sonreíamos divertidas; al menos yo. Pero, de repente, mientras nos miraba, los ojos del vagabundo – unos avispados ojos azules – parecieron descubrir algo que por un instante atrajo su atención. Inmediatamente sacó un estuche de cuero repleto de toda clase de pequeños instrumentos de acero.

– Mire, señorita – me dijo, mostrándome el estuche -, además de algunas actividades menos útiles, practico la de dentista. ¿Quieres callarte de una vez, animalucho? Si no paras de aullar, la señorita no oirá lo que le digo. Como le iba diciendo, soy dentista, y su amiga tiene los dientes más afilados que he visto en mi vida; largos, afilados, puntiagudos como una lanza, como un alfiler. Sí, los he visto perfectamente; son unos dientes peligrosos. Yo entiendo de estas cosas, y aquí estoy con mi lima, mi punzón y mis pinzas. Se los dejaré redondeados y bonitos. Si la señorita consiente, en vez de dientes de pez tendrá una dentadura digna de su belleza. ¿Se ha enfadado la señorita? ¿He sido demasiado atrevido? ¿La he ofendido?

Carmilla, en efecto, le miraba con una expresión de odio. Se apartó de la ventana, acusándome:

– ¿Y permites que ese charlatán me insulte de ese modo? ¿Dónde está tu padre? Quiero pedirle que lo eche del castillo. Mi padre hubiera ordenado que le apalearan, para quemarlo luego vivo.

Sin embargo, en cuanto no tuvo ante sus ojos al hombre que la había insultado, su cólera desapareció tan rápidamente como había surgido; al cabo de unos instantes había olvidado ya al jorobado y sus extravagantes palabras.

Aquella misma tarde, mi padre llegó muy excitado. Nos contó que se había presentado otro caso parecido a los anteriores y de los cuales ya he hablado. La hermana de un colono de nuestra finca, que vivía a una milla de distancia de nuestro castillo, había enfermado repentinamente. Decía que había sido atacada por un ser monstruoso, y su estado se agravaba, lenta pero inexorablemente.

– En rigor – dijo mi padre -, todo esto puede ser atribuido a causas naturales. Esos infelices se sugestionan con narraciones inverosímiles, y de este modo provocan sus alucinaciones.

– No deja de ser una cosa terrible -observó Carmilla.

– Desde luego – asintió mi padre. – Me asusta pensar que puedo ser víctima de una alucinación semejante. Aunque sólo fuera una alucinación, ha de ser tan horrible como si se tratara de un hecho real.

– Estamos en las manos de Dios – afirmó mi padre -. Nada puede ocurrir sin su consentimiento, y todo terminará bien para aquellos que le aman. Es nuestro Creador. El nos ha hecho y cuidará de nosotros.

– Yo creo – replicó Carmilla – que todas las cosas suceden por imperativo de la naturaleza. Y que la enfermedad que se propaga por la comarca es también cosa de la naturaleza. ¿No le parece?

– Hoy vendrá el médico – dijo mi padre, eludiendo contestar a la pregunta de la muchacha -. Me gustará saber qué opina el doctor de este fenómeno, y qué nos aconseja.

– Los médicos nunca me han servido para nada – replicó Carmilla.

– ¿Has estado enferma? – le pregunté.

– Más enferma de lo que tú hayas estado jamás.

– ¿Hace mucho tiempo?

– Sí, mucho: lo he olvidado todo, excepto el dolor y la debilidad.

– Entonces, serías muy joven…

– Creo que sí. Pero, no hablemos más de esto. No quieras hacer sufrir a tu amiga.

Me miró lánguidamente a los ojos y, cogiéndome del talle, me sacó de la habitación.

– ¿Por qué se divierte tanto tu padre asustándome?- me preguntó, una vez estuvimos fuera, temblando ligeramente.

– No lo creas, querida, no es ésa su intención.

– Y tú, ¿estás asustada?

– Lo estaría si pensara que también nosotras corremos el mismo peligro que esa pobre gente.

– ¿Te asusta la idea de la muerte?

– Desde luego, a todo el mundo le asusta esa idea.

– ¿Crees, por ejemplo, que es espantoso morir mientras se ama? Dos amantes que mueren juntos.., y de este modo pueden vivir juntos para siempre… Las muchachas no son más que orugas y sólo se transforman en mariposas cuando llega el verano. Entretanto, son crisálidas y larvas, cada una con sus formas e inclinaciones particulares. Hay un cierto señor Buffon que así lo cuenta.

Por la noche vino el médico y se encerró con mi padre en su despacho, donde permanecieron durante largo rato. Era un médico con mucha experiencia, de unos sesenta años. Su rasurado rostro aparecía tan liso como la superficie de una calabaza. Cuando salían del despacho, oí que mi padre decía, riendo:

– Me admira oír esas palabras en boca de un hombre tan sensato como usted. ¿Qué opina, entonces, de los hipogrifos y de los dragones?

También el médico se reía, sacudiendo la cabeza.

– En todo caso, la vida y la muerte han sido siempre un misterio y sabemos muy poco acerca de lo que puede suceder.

Se alejaron charlando y yo no pude oír nada más. En aquel momento ignoraba cuáles habían sido las hipótesis aventuradas por el doctor, pero ahora creo adivinarlas.

Una tarde llegó de Gratz el hijo del restaurador de cuadros, transportando en su carro dos grandes cajas llenas de cuadros. Su llegada constituyó un verdadero acontecimiento. Las cajas quedaron en el atrio; los criados se encargaron del joven y lo acompañaron a la cocina para que le dieran de cenar. Luego se unió a nosotros en el atrio grande, donde nos habíamos reunido previamente para abrir las cajas.

Carmilla estaba sentada y miraba distraídamente los viejos cuadros, casi todos retratos, que habían sido enviados a restaurar. Mi madre pertenecía a una antigua familia húngara, y la mayor parte de los cuadros procedían de mi familia materna. Mi padre iba leyendo en una lista los títulos de los cuadros, y el artesano los iba sacando de las cajas. Ignoro el valor que podían tener, aunque eran antiguos y algunos muy curiosos. Yo los veía por primera vez en mi vida, ya que la humedad y el polvo habían ocultado las telas durante mucho tiempo.

– No había visto nunca este cuadro – comentó mi padre, señalando la tela que el restaurador tenía en la mano-. Aquí, en un ángulo, figura el nombre, que pude descifrar antes de enviarlo al restaurador: Marcia Karstein. Lleva la fecha de 1768. Será interesante ver lo que ha surgido ahora…

Me acordé de aquel cuadro. Se trataba de una pequeña tela, sin marco, de forma cuadrangular y tan ennegrecida por el paso del tiempo que jamás pudimos contemplar a aquella Marcia Karstein, si es que en realidad se trataba de su retrato.

El restaurador exhibió la tela con evidente orgullo. Era una joven de rostro hermosísimo, y quedé asombrada por la viveza de su expresión. Pero lo que más me asombró fue su extraordinario parecido con Carmilla.

– ¿Te das cuenta, querida? – le pregunté -. Esto es un verdadero milagro. Eres tú misma, viva y sonriendo. Sólo le falta hablar. ¿No te parece extraordinario? ¡Mira, papá! Tiene también un pequeño lunar en la garganta…

Mi padre esbozó una sonrisa y dijo:

– Realmente, es de un parecido extraordinario.

Pero, ante mi sorpresa, no prestó mayor atención al hecho y continuó su tarea con el restaurador. Por mi parte, sentía aumentar mi admiración a medida que contemplaba el retrato.

– ¿Me permites que lo cuelgue en mi habitación, papá? – le pedí a mi padre.

– Desde luego, querida – dijo -. Me alegra que te guste. Debe ser más hermoso de lo que yo creía, si es que se parece tanto a tu amiga.

Carmilla no pareció haber oído el cumplido. Estaba retrepada en un sillón y me contemplaba fijamente con sus hermosos ojos, con la boca ligeramente entreabierta y sonriendo como en éxtasis.

– Ahora sí que puede leerse bien el nombre – dije -. No es Marcia. Parece escrito con letras de oro. El nombre es Mircalla, condesa de Karstein. Encima del nombre hay una pequeña corona, y debajo una inscripción: Anno Domini 1698. Yo desciendo de los Karstein.

– iAh! – exclamó lánguidamente Carmilla -. También yo creo que soy una descendiente lejana de esa familia. ¿Viven aún algunos de sus miembros?

– No creo que exista nadie que lleve el apellido. La familia quedó extinguida a raíz de la guerra civil, hace muchísimo tiempo. Las ruinas del castillo se encuentran a sólo unas leguas de aquí.

– Muy interesante – murmuró distraídamente Carmilla -. Pero, mira qué hermoso claro de luna tenemos hoy. Miró a través de la entornada puerta. ¿Y si fuésemos a dar un paseo?

– Esta noche me recuerda la de tu llegada – dije.

Carmilla suspiró, esbozando una sonrisa.

Se puso en pie y salimos al patio cogidas por la cintura. Anduvimos lentamente y en silencio hasta el puente levadizo. Ante nuestros ojos se extendía una hermosa llanura, bañada por la luz de la luna.

– ¿De modo que recuerdas aún el día de mi llegada? – me susurró Carmilla al oído-. ¿Te alegra tenerme aquí?

– Soy muy feliz, querida Carmilla – respondí.

– Y has pedido que te dejaran colgar aquel cuadro en tu habitación – murmuró mi amiga, con un suspiro. Luego me apretó más estrechamente con el brazo que ceñía mi talle y apoyó su cabeza en mi hombro.

– ¡Qué romántica eres, Carmilla! – exclamé. Cuando me cuentes la historia de tu vida, estoy segura de que será como si me leyeras una novela de amor.

Me besó silenciosamente.

– Estoy convencida, Carmilla, de que has estado enamorada – proseguí -. Y me atrevería a afirmar que sigues preocupada por algún asunto amoroso.

– Nunca me he enamorado, y nunca me enamoraré – afirmó Carmilla -. A no ser que me enamore de ti…

A la luz de la luna, aparecía más hermosa que nunca. Tras dirigirme una extraña y tímida mirada, ocultó la cara en mi cuello, entre mis cabellos, respirando agitadamente; parecía a punto de estallar en sollozos y me apretaba la mano, temblando. Su mórbida mejilla quemaba contra la mía. Murmuró:

– ¡Querida! Yo vivo en ti, y tú morirás en mí. ¡Te quiero tanto!

Me separé de ella. Carmilla me miraba ahora con unos ojos de los que habían desaparecido el fuego y la vida. Y como si saliera de un sueño, añadió:

– Regresemos. Vámonos a casa.

– Me parece que estás enferma, Carmilla; deberías tomar un vaso de vino – le dije.

– Sí, creo que sí. Ahora me encuentro mucho mejor. Dentro de unos minutos estaré completamente bien. Sí, tomaré un vaso de vino. Y, acercándose a la puerta, añadió: Déjame mirar un instante; quizá sea la última vez que veo la luna contigo.

– ¿De veras te sientes mejor, Carmilla? – pregunté.

Por un instante, temí que se hubiera contagiado de aquella extraña epidemia que azotaba la comarca.

– Papá se apenaría mucho si supiera que te encuentras mal y no lo dices. Nuestro médico es un hombre muy inteligente.

– Todos sois excesivamente buenos conmigo. Pero lo que yo tengo no es cosa de médicos. No estoy enferma, sino solamente un poco débil. El menor esfuerzo me deja agotada. Pero me recobro muy fácilmente. ¿Ves? Ya estoy bien.

Así lo parecía. Seguimos charlando durante un rato, y Carmilla se mostró muy animada. El resto de aquella tarde transcurrió sin que se produjera ninguna recaída en lo que yo llamaba su exaltación.

Las ardientes miradas de Carmilla, su modo absurdo de expresarse, me asustaban a veces, lo confieso.

Pero aquella noche ocurrió algo que debía provocar un cambio radical en el curso de mis pensamientos.

Acompañé a Carmilla a su habitación, como de costumbre, y me quedé charlando con ella mientras se preparaba para acostarse.

– Creo que llegará un día – dije – en que tendrás una absoluta confianza en mí.

Se volvió, sonriente, pero no contestó.

– No contestas – le dije -, porque no puedes darme una respuesta satisfactoria, ¿verdad? No debería habértelo sugerido…

– Tienes perfecto derecho a hacerlo – replicó Carmilla-. Te quiero mucho, y te considero merecedora de recibir todas mis confidencias, puedes creerlo. Pero estoy atada a una promesa, más atada que una religiosa a sus votos, y no puedo hablar de mí, ni siquiera contigo. Pero se acerca el momento en que lo sabrás todo. Me juzgarás cruel y egoísta, muy egoísta, pero recuerda que el amor es siempre así. Cuanto más intensa es la pasión, más egoísta resulta. No puedes imaginarte lo celosa que estoy de ti. Tú has de venir conmigo; has de quererme hasta la muerte. O puede que me odies, da lo mismo. Pero ven conmigo y ódiame a través de la muerte y del más allá. En mi vocabulario no existe la palabra indiferencia.

– Ya estás otra vez diciendo cosas que no tienen sentido – objeté.

– Soy extravagante, tonta y caprichosa. Pero tranquilízate: en adelante hablaré cuerdamente. ¿Has bailado alguna vez?.

– No. Debe ser encantador, ¿verdad?

– Casi lo he olvidado. Hace tantos años…

Me eché a reír.

– No eres tan vieja como todo eso… No puedes haber olvidado aún tu primer baile.

– Sólo haciendo un gran esfuerzo puedo recordarlo. Lo veo todo a través de algo que se interpone entre el recuerdo y yo, como una cortina tupida y, al mismo tiempo, transe. Aquella noche estaba como muerta en mi cama. Me hirieron aquí – se tocó el pecho – y nunca he vuelto a ser la misma.

– ¿Has estado a punto de morir?

– Sí. Un amor cruel, un amor caprichoso había invadido mi vida. El amor exige sacrificios, y en los sacrificios corre la sangre. Ahora deja que me abandone al sueño. Estoy muy cansada. ¿Cómo podré levantarme a cerrar la puerta con llave?

Le dí las buenas noches y salí de la estancia con una sensación de inquietud.

Los delirios de las personas nerviosas son contagiosos, y casi siempre acaban por ser imitadas por los que tienen un temperamento afín. También yo había adoptado las costumbres de Carmilla; cerraba con llave la puerta de mi habitación, sugestionada por su fantástico miedo a unos hipotéticos agresores nocturnos, asesinos o ladrones. También, como Carmilla, inspeccionaba minuciosamente mi habitación cada noche, antes de acostarme, para asegurarme de que no había nadie escondido en ella.

Después de tomar todas aquellas prudentes medidas, me acosté y me quedé dormida casi inmediatamente. Tenía una luz encendida en mi habitación. Era una antigua costumbre, de cuya inutilidad nadie había podido convencerme. Sólo así podía descansar tranquila. Pero los sueños atraviesan los muros de piedra, iluminan las habitaciones vacías y oscurecen las iluminadas, y los personajes que intervienen en el sueño entran y salen a placer, burlándose de los cerrojos.Aquella noche tuve un sueño que fue el comienzo de una extraña angustia. No podría llamarlo una obsesión, porque tenía la certeza de que estaba dormida, de que me hallaba en mi habitación y yacía en mi cama. Vi, o creí ver, la habitación con sus muebles de siempre, pero más a oscuras; a los pies de mi cama se movía algo escurridizo, que no pude distinguir claramente. De repente, me dí cuenta de que se trataba de un animal grande y negro, como cubierto de hollín. Parecía un monstruoso gato. Tendría aproximadamente un metro y medio de longitud, y lo deduje porque cuando se paseaba al pie de la cama ocupaba toda su anchura. Se paseaba como una fiera enjaulada. Me sentí tan aterrorizada, que no tenía fuerzas ni para gritar. Los pasos del animal eran cada vez más rápidos, y la habitación se oscurecía por momentos. Noté que algo se encaramaba a mi cama. Unos ojos enormes se acercaron a los míos y de pronto sentí un penetrante dolor en el pecho, como si me hubiesen clavado dos alfileres. Me desperté con un grito. La habitación estaba iluminada por la luz que dejaba encendida cada noche, y a los pies de mi cama había una figura femenina vestida de negro y con la cabellera caída en cascada sobre los hombros. Estaba inmóvil como una estatua. No se oía ningún rumor, ni siquiera el de su respiración. La miré, y la figura pareció moverse; se deslizó hasta la puerta, que estaba abierta, y desapareció. Inmediatamente, me sentí como liberada de un gran peso y pude moverme y respirar. Mi primer pensamiento fue que Carmilla había querido gastarme una broma y que yo me había olvidado de cerrar la puerta. Pero me levanté y la encontré cerrada por dentro, como siempre. La idea de abrirla me aterrorizaba. Volví a acostarme y escondí la cabeza debajo de las sábanas, más muerta que viva.

Al día siguiente no quise quedarme sola ni un momento. Debí de habérselo contado todo a mi padre, pero no lo hice por dos motivos opuestos. Primero, porque temí que se burlase de mi historia y me dolían sus burlas; y, segundo, porque temí que creyese que también yo era víctima de aquella misteriosa enfermedad que se propagaba por la comarca. Mi padre tenía el corazón débil y no quería asustarlo.

Pero se lo conté todo a la señora Perrodon y a la señorita Lafontaine. Las dos se dieron cuenta de que me hallaba en un estado de anormal excitación. La señorita Lafontaine se echó a reír, pero vi que la señora Perrodon me miraba preocupada.

– A propósito – dijo la señorita Lafontaine, riendo -, en el camino de los tilos, detrás de la habitación de la señorita Carmilla, hay fantasmas.

– ¡Tonterías! -exclamó la señora Perrodon, la cual debió encontrar inoportuna aquella asociación de ideas -. ¿Quién le ha contado esa historia, querida?

– Martin dice que ha ido dos veces a reparar la vieja balaustrada antes del amanecer, y siempre ha visto la misma figura de mujer andando por el camino de los tilos.

– No le diga nada a Carmilla – supliqué -. Su ventana da al camino, y es una muchacha más impresionable aún que yo.

Aquel día, Carmilla se levantó más tarde que de costumbre.

– Esta noche me he asustado mucho – dijo -. Estoy segura de haber visto algo horrible. Menos mal que tenía el amuleto que le compré al pobre jorobado. ¡Y pensar que lo traté tan mal! He soñado que una cosa negra se acercaba a mi cama, y me he despertado aterrorizada. Durante unos segundos, he visto realmente una figura negra al lado de la chimenea, pero he tocado el amuleto que guardo debajo de la almohada y la figura ha desaparecido. Estoy convencida de que, si se hubiese acercado más, habría terminado degollada como aquellas pobres mujeres…

– Bien, escucha lo que voy a contarte…

Le conté mi aventura nocturna. Pareció asustarse.

– ¿Y tenías el amuleto contigo? – me preguntó.

– No. Lo metí en un jarrón de porcelana del salón, pero esta noche me lo llevaré a la cama, ya que tú crees tanto en su eficacia.

Después de tanto tiempo, no acierto a comprender cómo pude dominar mi terror y dormir sola en mi habitación aquella noche. Recuerdo perfectamente que puse el amuleto debajo de mi almohada y que me quedé casi inmediatamente dormida, con un sueño mucho más profundo que la noche anterior.

También la noche siguiente fue tranquila. Dormí profundamente y sin sueños, pero me desperté cansada y melancólica; aunque no puedo decir que fuese una sensación desagradable.

– También yo he pasado una noche magnífica – me dijo Carmilla por la mañana-. He cosido el amuleto a mi camisón. La noche anterior lo tenía demasiado lejos. Estoy segura de que todo es pura imaginación. Creía que los sueños eran engendrados en nosotros por el espíritu del mal, pero el médico me dijo que no es cierto. Se trata de una fiebre o una enfermedad que llama a la puerta, y al no poder pasar deja aquella señal de alarma.

– ¿Y por qué crees en la eficacia del amuleto?

– Supongo que está empapado en alguna droga que sirve de antídoto contra la malaria.

– Pero, ¿actúa solamente sobre el cuerpo?

– Desde luego. ¿Crees que los espíritus maléficos se asustarían de unas cintas de colores o de un poco de perfume barato? No, seguro que no. Esos males flotan en el aire, atacan primero a los nervios y luego infectan el cerebro, pero antes de que puedan instalarse definitivamente, el antídoto entra en acción y los destruye. Estoy convencida de que ése ha sido el efecto del amuleto. No se trata de magia, sino de un remedio natural.

Durante algunas noches más dormí perfectamente. Pero cada mañana sentía el mismo cansancio, y todo el día estaba dominada por la misma sensación de languidez. Me parecía haber cambiado. Una extraña melancolía se apoderaba de mí. La idea de la muerte se abría camino en mi mente. El estado en que me hallaba sumida era triste, pero también dulce. Y de todos modos, fuera lo que fuese, mi alma lo aceptaba. No quería admitir que estaba enferma, ni decírselo a mi padre; ni llamar al médico.

Durante aquellos días, Carmilla me prodigó sus atenciones mucho más que antes y sus momentos de exaltación fueron también más frecuentes.

Sin darme cuenta la enfermedad se había apoderado de mí, la enfermedad más extraña que jamás haya afectado a un ser mortal. Me acostumbraba cada vez más a la sensación de impotencia que invadía todo mi ser. La primera transformación que descubrí en mí era casi placentera; algo parecido a la curva que inicia el descenso al infierno. Mientras dormía experimentaba una vaga y curiosa sensación. Generalmente era un súbito temblor, agradable, helado, como el que se experimenta cuando uno se baña en un río y nada contra la corriente. Una serie de sueños que parecían interminables seguían al temblor, pero eran sueños tan confusos que nunca conseguía recordar, después, ni el escenario, ni los personajes, ni sus actos. Me dejaban una sensación de terror y de cansancio, como si acabara de realizar un gran esfuerzo mental o de correr un grave peligro. Los únicos recuerdos que me quedaban de todos esos sueños eran la sensación de haber permanecido en un lugar tenebroso, la de haber conversado con gente a la que no podía ver y el eco de una voz femenina tan profunda que parecía hablarme desde muy lejos: una voz que me intimidaba y me sojuzgaba siempre. A veces sentía el roce de una mano que me acariciaba las mejillas; otras, la presión de unos labios ardientes que me besaban, más apasionadamente a medida que los besos descendían hacia mi garganta. Allí sentía el último beso. Mi corazón latía más de prisa, mi respiración se hacía más entrecortada. Luego experimentaba una sensación de ahogo y, en medio de una terrible convulsión, perdía la consciencia.

Estos terribles hechos me sucedían ahora tres veces a la semana y dejaban en mí una profunda huella. Estaba pálida, el círculo morado que rodeaba mis ojos era cada vez más visible y mi languidez aumentaba día a día.

Mi padre me preguntaba frecuentemente si me encontraba mal, pero con una obstinación que ahora me parece inexplicable, le aseguraba una y otra vez que estaba perfectamente bien. En cierto sentido, era verdad. No sentía dolor alguno ni podía quejarme de ningún malestar físico. Mi dolencia me parecía imaginaria y, por penosos que fueran mis sufrimientos, los cultivaba amorosamente y en secreto.

Carmilla se quejaba de sueños y de sensaciones febriles parecidas a las mías, aunque menos alarmantes. Si hubiera sido capaz de comprender mi situación, habría pedido ayuda y consejo de rodillas. Pero el narcótico de una influencia insospechada obraba en mí y mis sentidos estaban embotados.

Hablaré ahora de un sueño que me condujo a un extraño descubrimiento.

Una noche, en vez de la solitaria voz que oía en el vacío, oí otra voz más dulce y más tierna, y al mismo tiempo más terrible, que decía: Tu madre te advierte que tengas cuidado con el asesino. En el mismo instante apareció inesperadamente una luz y vi a Carmilla de pie cerca de mi cama, embutida en su blanco camisón completamente manchado de sangre.

Me desperté sobresaltada, convencida de que Carmilla había sido asesinada. Salté de la cama pidiendo socorro. La señora Perrodon y la señorita Lafontaine salieron de sus habitaciones, alarmadísimas, y encendieron una lámpara del rellano de !a escalera. Les conté lo que me había sucedido e insistí en ver a Carmilla. Acudimos a su dormitorio y la llamamos a través de la puerta. No respondió, a pesar de nuestros gritos, y el hecho nos alarmó a todas, ya que la puerta estaba cerrada por dentro. Regresamos a mi habitación y agitamos furiosamente la campanilla que había a la cabecera de mi cama. Si mi padre hubiese dormido en nuestro mismo piso le hubiésemos llamado inmediatamente, pero dormía en el piso bajo, fuera del alcance de nuestras voces, y para llegar hasta su habitación era necesario organizar una expedición para la cual ninguna de nosotras se sentía con fuerzas. Los criados llegaron corriendo. Entretanto, nos habíamos puesto una bata y calzado unas zapatillas. Volvimos a la habitación de Carmilla, y, después de llamarla de nuevo repetidas veces, ordené a los criados que forzaran la puerta. Una vez abierta, penetramos en el dormitorio: todo estaba en orden, tal como lo había visto al dar las buenas noches a Carmilla. Pero mi amiga había desaparecido.

Al ver que la única señal de desorden en la habitación era la producida por nuestra irrupción, nos tranquilizamos un poco y no tardamos en recobrar el buen sentido y en despedir a los criados. La señorita Lafontaine aventuró la opinión de que Carmilla, despertada repentinamente al sentir que forzaban la puerta, se había asustado y se había escondido debajo de la cama o dentro del armario: era natural que no saliera mientras el mayordomo y los criados se hallaran en la habitación. La llamamos de nuevo, pero no respondió. Eso aumentó nuestra perplejidad y nuestra zozobra. Examinamos las ventanas, pero estaban cerradas. Supliqué a Carmilla, si estaba escondida, que no prolongara por más tiempo aquella burla y acabara con nuestra ansiedad, saliendo de su escondite. Pero todo fue en vano. Era evidente que no estaba en el dormitorio, ni en el tocador. Yo estaba intrigadísima. Tal vez Carmilla había descubierto un pasadizo secreto… El viejo guarda decía que existía uno en el castillo, pero nadie recordaba dónde, exactamente. El misterio se aclararía, indudablemente, pero de momento estábamos perplejas.

Eran las cuatro de la madrugada y preferí pasar el resto de la noche en la habitación de la señora Perrodon. Pero la luz del día no trajo la solución al enigma: Carmilla había desaparecido. Mi padre estaba desesperado, pensando en lo que iba a ocurrir cuando regresara la madre de la muchacha… Yo también estaba desesperada, pero mi desesperación tenía otras causas.

Transcurrió la mañana en medio de la mayor alarma y agitación. Se habló incluso de rastrear el río. Llegó el mediodía y la situación no había cambiado. A eso de la una se me ocurrió echar otro vistazo a la habitación de Carmilla. Llegué allí y mi asombro no tuvo limites: ¡Carmilla estaba en su habitación, mirándose al espejo! No podía creer en lo que estaban viendo mis ojos. Mi amiga me llamó con un gesto. En su rostro se leía el miedo. Corrí hacia ella, la abracé y besé repetidas veces, y luego me precipité hacia la campanilla y la agité desesperadamente para que acudieran todos y se tranquilizaran.

– ¡Querida Carmilla! – exclamé -. ¿Qué te ha sucedido? ¿Dónde has estado?

– Ha sido una noche prodigiosa – me respondió -. Después de cerrar la puerta del dormitorio, como de costumbre, me acosté. He dormido sin interrupción y sin sueños, pero al despertar me he encontrado sobre el diván del tocador, con su puerta abierta y la de la habitación forzada. ¿Cómo es que no me he despertado? Tiene que haberse producido un gran alboroto, y yo tengo el sueño muy ligero… ¿Cómo puede ser que me haya encontrado fuera de mi cama sin haberme enterado de nada?

Entretanto, habían llegado mi padre, la señora Perrodon, la señorita Lafontaine y varios criados. Naturalmente, Carmilla fue asediada a preguntas, pero su respuesta fue siempre la misma. Mi padre daba vueltas por la habitación, sumido, al parecer, en hondas reflexiones. Vi que Carmilla le seguía con la mirada, y en sus ojos había una expresión preocupada. Finalmente, mi padre despidió a los criados, se acercó a mi amiga y, cogiéndola delicadamente por la mano, la condujo hasta el diván, donde se sentaron.

– ¿Me permites que te haga una pregunta, querida? – inquirió mi padre.

– Desde luego. Tiene usted perfecto derecho a preguntar lo que quiera, siempre que no traspase los límites impuestos por mi madre.

– Bien, querida, no hablaremos de lo que tu madre me prohibió, sino de lo ocurrido esta noche. Te has levantado de la cama y has salido de la habitación, sin despertarte. Y todo esto estando puertas y ventanas cerradas por dentro. Tengo una teoría, pero antes quiero hacerte una pregunta.

Todos conteníamos la respiración.

– La pregunta es ésta: ¿eres sonámbula?

– No, ahora no. Pero lo fui en mi infancia.

– Ya. Y, en aquella época, ¿te levantabas con frecuencia de la cama en sueños?

– Sí. Por lo menos, así me lo decía mi niñera.

Mi padre sonrió, asintiendo.

– Lo ocurrido tiene una fácil explicación. Carmilla es sonámbula; abre la puerta y no deja, como de costumbre, la llave en la cerradura, sino que, siempre en sueños, cierra por la parte de afuera y se lleva la llave. Luego recorre las veinticinco habitaciones de este piso, y quizá también las de las otras plantas. Esta casa está llena de escondrijos, de desvanes y de trastos viejos. Se tardaría una semana en explorarla a fondo. ¿Entiendes lo que quiero decir?

– Sí, pero no del todo – respondió Carmilla.

– ¿Y cómo explicas, papá, que se haya despertado en el tocador, que yo había registrado minuciosamente?

– Carmilla regresó cuando vosotras os habíais ya marchado. Regresó dormida, naturalmente, y al despertarse se asombró de encontrarse allí. Ojalá todos los misterios tuvieran una explicación tan sencilla como éste, Carmilla -añadió mi padre, satisfecho.

En aquel momento, Carmilla estaba más hermosa que nunca. Creo que fue entonces cuando mi padre comparó su aspecto con el mío, porque súbitamente dijo:

– Tienes muy mal aspecto, Laura.

Como sea que Carmilla no quería que ninguna sirvienta pasara la noche en su habitación, mi padre ordenó que uno de los criados durmiera delante de la puerta de su dormitorio, a fin de que la muchacha no pudiera salir sin ser vista por nadie.

Aquella noche transcurrió tranquila, y a la mañana siguiente, el médico, que mi padre había enviado a buscar sin yo saberlo, vino a visitarme. La señora Perrodon me acompañó a la biblioteca, donde me aguardaba el doctor. Le expliqué lo que me sucedía de un tiempo a esta parte, y mientras avanzaba en mi relato noté que su aspecto se hacía más pensativo. Nos hallábamos ante una ventana, uno al lado del otro. Cuando terminé de hablar se apoyó en la pared y me miró con un interés que dejaba traslucir cierto horror. Tras meditar unos instantes, mandó llamar a mi padre. Éste llegó sonriendo, pero su sonrisa desapareció al ver la expresión preocupada del médico. Inmediatamente se enfrascaron en una conversación que sostuvieron en voz baja, como si temiendo que la señora Perrodon o yo, que nos manteníamos apartadas, pudiéramos oír lo que hablaban. De pronto, mi padre volvió los ojos hacia mí. Estaba pálido y parecía intensamente preocupado.

– Laura, querida, acércate.

Obedecí, sintiéndome alarmada por primera vez, ya que a pesar de mi creciente debilidad no creía estar enferma.

– Me ha dicho usted antes que tuvo la sensación de que le clavaban dos alfileres en el cuello, la noche en que sufrió aquella pesadilla – me dijo el médico -. ¿Le duele aún en el lugar donde sintió los pinchazos?

– No, en absoluto – respondí.

– ¿Puede señalarme con el dedo el punto exacto?

– Debajo mismo de la garganta, aquí – respondí.

Llevaba un vestido de cuello alto, que cubría la parte señalada.

– ¿Quiere pedirle a su padre, por favor, que le desabroche el cuello? Es necesario que conozca todos los síntomas.

Obedecí: el punto señalado estaba unas dos pulgadas más abajo del cuello.

-¡Dios mío! – exclamó mi padre, palideciendo.

– ¿Se da usted cuenta? – inquirió el médico, con expresión de triunfo.

– ¿Qué pasa? – pregunté, alarmada.

– Nada, señorita, no hay más que una pequeña marca azulada, tan diminuta como una cabeza de alfiler – dijo el médico. Y, volviéndose hacia mi padre, añadió: Veremos lo que se puede hacer.

– ¿Es peligroso? – insistí, angustiada.

– No lo creo – respondió el médico -. Estoy convencido de que mejorará rápidamente. Quisiera hablar con la señora Perrodon -añadió, dirigiéndose a mi padre.

Mi padre llamó a la señora Perrodon.

– La señorita Laura no se encuentra tan bien como sería de desear – le dijo el médico -. No creo que sea nada de cuidado. Sin embargo, hay que adoptar ciertas precauciones, en beneficio suyo. Es indispensable que no deje sola a la señorita Laura ni un solo instante. Por ahora, es el único remedio que puedo prescribir, pero deseo que cumpla mis instrucciones al pie de la letra. ¿Entendido?

Mi padre salió para acompañar al médico. Les vi cruzar el puente levadizo, absortos en una animada discusión. Luego vi cómo el médico montaba a caballo, saludaba a mi padre y se alejaba hacia oriente.

Casi al mismo tiempo llegó el correo de Dranfeld, con un paquete de correspondencia para mi padre.

Media hora después, mi padre se reunió conmigo: tenía una carta en la mano.

– Es del general Spieldorf – dijo. Llegará mañana, o quizás hoy mismo.

Me entregó la carta abierta, pero no parecía satisfecho como de costumbre cuando un huésped, especialmente un buen amigo como el general, venía a visitarnos. Parecía estar ocultándome algo.

– Querido papá, ¿quieres explicármelo todo? – le dije, cogiéndole del brazo y mirándole con expresión suplicante -. ¿Qué te ha dicho el médico? ¿Me ha encontrado muy enferma?

– No, querida. Dice que te repondrás pronto. – Pero su tono era seco -. De todos modos, preferiría que nuestro amigo el general hubiese escogido otro momento para su visita.

– Pero… dime, papá, ¿qué enfermedad tengo?

– Ninguna. No me atormentes con tus preguntas – respondió.

Nunca había dado muestras de tanta irritación al hablar conmigo. Después se dio cuenta de que me había lastimado, y añadió:

– Lo sabrás todo dentro de un par de días, es decir, sabrás lo que sé yo. Entretanto, no me hagas preguntas.

Dio media vuelta, dispuesto a marcharse, pero luego, antes de que yo tuviera tiempo de detenerme a pensar en lo raro que resultaba todo lo que estaba sucediendo, volvió sobre sus pasos para decirme que quería ir a Karstein y que había hecho preparar el carruaje para las doce. La señora Perrodon y yo le acompañaríamos. Quería visitar al sacerdote que vivía en aquel lugar, y, dado que Carmilla no le conocía, podía reunirse con nosotros más tarde, cuando se levantara. Podía venir en compañía de la señorita Lafontaine, la cual llevaría también lo necesario para un almuerzo en las ruinas del castillo.

A las doce en punto nos pusimos en marcha. Pasado el puente levadizo giramos a la derecha y tomamos el camino que conducía al pueblo deshabitado y a las ruinas del castillo de Karstein. Debido a lo accidentado del terreno, la carretera da muchas vueltas y serpentea ora junto a un precipicio, ora por la ladera de una colina, en una inagotable variedad de paisajes. En una de las innumerables revueltas del camino nos encontramos inesperadamente en presencia de nuestro amigo el general, que avanzaba a caballo hacia nosotros, seguido de su criado, también a caballo. Tras las cordiales efusiones de bienvenida, pasó a ocupar el sitio que quedaba libre en nuestro carruaje y envió el caballo al castillo con su criado.

Habían transcurrido solamente diez meses desde la última vez que le habíamos visto, pero su aspecto había cambiado como si hubiesen pasado diez años. Una expresión angustiada había sustituido a su habitual aire de tranquila serenidad. No era sólo la transformación que cabe esperar en una persona que ha sufrido un gran dolor: una especie de furor apasionado parecía haber contribuido a llevarle a la actual situación.

Apenas emprendimos la marcha, el general comenzó a contarnos el engaño – según su propia expresión – que había conducido a la muerte a su joven sobrina. De repente se dejó arrastrar por una ola de furor y de amargura, profiriendo invectivas contra las artes diabólicas de que había sido víctima. Mi padre, comprendiendo que debían existir motivos extraordinarios para que el ecuánime general se expresara en aquellos términos, le pidió que nos contara, si no le resultaba demasiado penoso, los hechos que justificaban tan violentas expresiones.

– Con mucho gusto – replicó el general -. Pero no van a creerlo.

– ¿Y por qué no? – inquirió mi padre.

– Porque usted, amigo mío, sólo cree en lo que responde a sus prejuicios y a sus ilusiones. También yo era como usted. Pero ahora he aprendido algo más.

– Póngame a prueba – insistió mi padre-. Soy menos dogmático de lo que usted cree. Además, me consta que usted basa siempre sus opiniones en pruebas fehacientes, y por lo tanto estoy dispuesto a respetar sus conclusiones.

– Tiene usted razón: si he llegado a creer en la existencia de hechos prodigiosos, no ha sido a la ligera. Y puedo asegurarle que he sido víctima de una verdadera conspiración sobrenatural.

Vi que mi padre, a pesar de su promesa, miraba al general con ojos que reflejaban evidentes dudas acerca de la capacidad intelectual de su viejo amigo. Afortunadamente, el general no se dio cuenta. Miró con ojos impregnados de tristeza el paisaje selvático que se extendía ante nosotros.

– ¿Van ustedes a las ruinas de Karstein? – preguntó -. Curiosa coincidencia… Precisamente quería pedirles que me acompañaran allí. Quiero examinarlas detenidamente. ¿Es cierto que hay una capilla en ruinas con numerosas tumbas de aquella extinguida familia?

– Sí, y son muy interesantes – respondió mi padre -. ¿Se propone usted, quizá, reivindicar su propiedad?

Mi padre hizo aquella pregunta en tono de broma, pero el general respondió completamente en serio.

– De ningún modo – exclamó secamente -. Tengo la intención de exhumar algunos ejemplares de aquella hermosa raza. Espero, con la ayuda de Dios, llevar a cabo un piadoso sacrilegio que librará a la tierra de algunos monstruos y permitirá dormir tranquilamente a personas de bien que tienen derecho a acostarse en paz, sin que sobre sus cabezas penda la amenaza de unos malvados asesinos.

Mi padre le miró de nuevo. Pero esta vez no había desconfianza en su mirada, sino que trataba de ser penetrante y perspicaz.

– La casta de los Karstein – dijo – se extinguió hace mucho tiempo. Cien años, por lo menos. Mi mujer descendía de los Karstein por línea materna. Pero el apellido y el título desaparecieron hace casi un siglo. El castillo está en ruinas y el pueblo deshabitado; hace más de cincuenta años que no sale humo por sus chimeneas.

– Eso es lo que me han contado, exactamente. Y otras cosas que le asombrarán. Pero será mejor que lo cuente siguiendo un orden lógico. ¿Recuerda usted a mi sobrina? Era la muchacha más hermosa del mundo, y hace sólo tres meses estaba aún viva.

Mi padre apretó afectuosamente la mano del general. Las lágrimas llenaron los ojos del anciano, que no trató de ocultarlas.

– Mi sobrina era el consuelo de mi vejez. Y ahora, todo ha terminado. No me queda mucho tiempo de vida, pero, con la ayuda de Dios, confío en que antes de morir podré prestar un gran servicio al género humano.

La cosa empezó así: mi sobrina se preparaba con impaciencia para visitarles a ustedes. En el curso de aquellos preparativos, fuimos invitados a una fiesta ofrecida por mi viejo amigo el conde de Carlofed, cuyo castillo dista unas seis leguas del de Karstein. La noche en que empezó mi desgracia se celebró un fastuoso baile de máscaras. El parque del castillo estaba, iluminado con farolillos de colores, y los fuegos artificiales fueron de una magnificencia nunca vista. ¡Y qué música! Usted ya sabe que la música es mi debilidad. Las mejores orquestas del mundo, y los mejores cantantes de ópera europeos. Nunca, había asistido a una fiesta tan brillante, ni siquiera en París. Mi querida sobrina estaba hermosísima. No iba disfrazada. La emoción y la alegría ponían en su rostro un encanto indefinible. Me di cuenta de que otra joven, que vestía lujosamente y llevaba un antifaz, miraba a mi sobrina con especial interés. La había visto ya al comienzo de la velada, en la terraza del castillo: estaba cerca de nosotros y su actitud demostraba un vivísimo interés. La acompañaba una dama, vestida con el mismo lujo y también cubierta con un antifaz, que tenía el aire autoritario de una persona de rango.

En aquel momento estábamos en un salón. Mi pobre sobrina había bailado mucho y descansaba sentada en una silla, cerca de la puerta. Yo estaba sentado junto a ella. Las dos damas se acercaron a nosotros y la más joven ocupó una silla vacía al lado de mi sobrina en tanto que la de más edad venía a sentarse junto a mí. Empezó hablando consigo misma, como si estuviera refunfuñando. Luego, aprovechándose de la impunidad que le confería el antifaz, se dirigió a mí en el tono de una antigua amiga, llamándome por mi nombre. Sus palabras excitaron mi curiosidad. Se refirió a las numerosas ocasiones en que nos habíamos encontrado, enla Corteo en alguna casa elegante. Hizo alusión a incidentes que yo no recordaba, pero que al serme citados por ella acudieron de nuevo a mi memoria.

Sentí que mi curiosidad iba en aumento. Deseaba ardientemente saber quién se escondía detrás de aquel antifaz, mientras la dama parecía divertirse con el juego. Entretanto, la joven, a la cual la dama de más edad llamaba con el extraño nombre de Millarca, había entablado conversación con mi sobrina. Se presentó a sí misma diciendo que su madre era una antigua amiga mía, elogió el vestido que llevaba mi niña y alabó discretamente su belleza. La divirtió con sus agudas observaciones acerca de la gente que se apiñaba en el salón, y, al poco rato charlaban como si se conocieran de toda la vida. Luego, la joven desconocida se quitó al antifaz; tenía un rostro bellísimo, de facciones tan agradables y seductoras que resultaba imposible escapar a su atractivo. Mi pobre sobrina quedó seducida al instante. También la desconocida parecía haber sido fascinada por mi sobrina. Por mi parte, valiéndome de la familiaridad que permite un baile de disfraces, dirigí algunas preguntas personales a mi interlocutora.

Me ha puesto usted en un aprieto – confesé, riendo -.¿Quiere ser clemente conmigo ahora? ¿Por qué no me hace el honor de quitarse el antifaz, como ha hecho su hija?

– Es una petición descabellada – respondió-. ¡Pedir a una dama que renuncie a un privilegio! Por otra parte, no podría usted reconocerme: han pasado demasiados años desde que me vio por primera vez. Mire a mi hija Millarca y comprenderá que ya no puedo ser joven. Prefiero que no tenga usted ocasión de compararme con la imagen que conserva de mí. Además, usted no lleva antifaz y no puede ofrecerme nada a cambio.

– Recurro a su clemencia – dije.

– Y yo a la suya -replicó.

– Por lo menos, ya que me ha honrado con su conversación, le ruego que me diga su nombre. ¿Debo llamarla señora condesa?

Se echó a reír de buena gana y sin duda hubiera encontrado el medio de eludir mi pretensión, de no haberse producido un hecho fortuito … aunque ahora estoy convencido de que todo había sido planeado minuciosamente.

– Mire … – empezó a decir, pero se vio interrumpida por la presencia de un caballero vestido de negro, de extraña apariencia y rostro exangüe como el de un cadáver. Tampoco iba disfrazado. Se inclinó cortésmente ante mi compañera y dijo:

– ¿Me permite la señora condesa unas palabras en privado?

Mi interlocutora se volvió al instante hacia el recién llegado, llevándose un dedo a los labios para indicarle silencio. Luego, dirigiéndose a mí, se disculpó:

– Le ruego que me guarde el asiento, general: regresaré en seguida.

Se alejó en compañía del caballero vestido de negro. Vi cómo hablaban animadamente, antes de desaparecer entre la multitud.

Mientras me torturaba tratando de identificar a la dama que tan amablemente parecía recordarme, regresó acompañada del mismo caballero de rostro cadavérico. Oí que este último le decía: Le advierto, condesa, que el carruaje espera en la puerta. Y, tras inclinarse profundamente, desapareció.

– ¿De modo que la perdemos a usted, señora condesa? Espero que será por poco tiempo – aventuré. Y me incliné a mi vez ante ella.

– Sí, tengo que marcharme – respondió -. Y es posible que mi ausencia se prolongue unas semanas. Acabo de recibir noticias muy desagradables … y usted, ¿ha recordado ya quién soy?

– Ya le he dicho que no.

– Lo sabrá, descuide. Pero no ahora. Somos amigos, más íntimos y más antiguos de lo que usted sospecha. Pero ahora no le puedo revelar mi identidad. Dentro de tres semanas pasaré por su castillo. Entonces tendré mucho gusto en que reanudemos nuestra vieja amistad. De momento, estoy muy preocupada por la noticia que acaban de darme. Tengo que recorrer más de cien millas con la mayor rapidez posible. Y si no fuese por la reserva que me veo obligada a guardar acerca de mi identidad, le pediría un favor … Mi pobre hija cayó del caballo durante una cacería y fue arrastrada por el animal más de una milla. Quedó con los nervios destrozados y nuestro médico le recomendó descanso absoluto. Yo tendré que viajar día y noche, sin interrupción. Está en juego una vida … pero ya le hablaré de ello la próxima vez que nos veamos.

Y a continuación me pidió el favor a que había aludido. Se trataba de alojar a su hija en mi casa durante su ausencia. Era una petición un poco rara, por no decir atrevida. La condesa me desconcertó adelantándose a todas mis posibles suspicacias, diciéndome que comprendía lo incorrecto de su proceder, pero que, conociéndome como me conocía, sabía que yo me haría cargo de lo insólito de las circunstancias que la obligaban a comportarse de aquel modo. Y en aquel mismo instante, por una fatalidad que debió ser tan premeditada como todo lo que estaba sucediendo, se acercó mi sobrina pidiéndome que invitara a su nueva amiga Millarca a pasar unos días en nuestra casa.

En cualquier otra ocasión hubiera salido del paso diciéndole que aguardara hasta que pudiésemos enterarnos de la identidad de aquellas damas. Pero debo confesar que las facciones delicadas de la joven desconocida, con su extraordinario poder de fascinación, me habían conquistado. De modo que consentí estúpidamente en hacerme cargo de la muchacha mientras durase la ausencia de su madre.

El caballero vestido de negro regresó en busca de mi interlocutora. Lo último que me pidió la dama fue que no tratara de averiguar la identidad de la joven hasta su regreso. Luego susurró algunas palabras al oído de su hija; la abrazó fríamente y se alejó acompañada del fúnebre personaje.

A la mañana siguiente Millarca se instaló en nuestra casa. En el fondo, me sentía satisfecho de haber encontrado a una joven tan agradable para que hiciera compañía a mi sobrina.

Pero no tardó en surgir el reverso de la medalla. Al principio, Millarca se quejaba de una gran debilidad; estaba aún convaleciendo del accidente que había sufrido, y no salía de su habitación antes del mediodía. Luego descubrimos de un modo casual que, a pesar de que cerraba siempre la puerta de su habitación con llave, no estaba en ella todas las horas que la creíamos allí. Un día, de madrugada, la vi andar bajo los árboles, en dirección a oriente: miraba como una persona en trance. Pensé que era sonámbula. Pero esta hipótesis no resolvía las dudas que se me habían planteado. ¿Cómo salía de la habitación, si estaba cerrada por dentro? ¿Cómo salía de la casa sin abrir puertas ni ventanas? Mientras me debatía en esta situación contradictoria, se me presentó una preocupación más grave.

Mi sobrina languidecía de un modo misterioso. Empezó por tener espantosas pesadillas, luego dijo que recibía la visita de un espectro que a veces se parecía a Millarca y otras tenía el aspecto de una bestia inidentificable que daba vueltas alrededor de su cama. No tardaron en presentarse otros síntomas: una sensación dolorosa debajo de la garganta, como si la pincharan con dos alfileres, la impresión de que se ahogaba y una subsiguiente pérdida del conocimiento …

¡Cuál no sería mi emoción al oír describir los síntomas que yo misma había experimentado! Especialmente, después de haber oído la descripción de las costumbres y características de nuestra hermosa invitada, Carmilla.

Habíamos llegado al término de nuestro viaje. Ante nosotros se extendían las ruinas de un pueblo, entre gigantescos árboles.

Descendimos en silencio del carruaje; todos estábamos absortos en nuestros pensamientos. Subimos una empinada cuesta y nos encontramos ante el castillo de Karstein.

– He aquí su palacio – dijo el general -. Era una estirpe malvada. Resulta difícil creer que incluso después de muertos puedan seguir infectando a la humanidad con su horrible concupiscencia. Miren: allí está la capilla.

Señaló un edificio de estilo gótico escondido entre el follaje.

– Oigo el hacha de un leñador muy cerca de aquí – continuó -. Quizá pueda facilitarnos la información que buscamos y señalarnos la tumba de Mircalla, condesa de Karstein. A veces, estos aldeanos conservan el recuerdo de las tradiciones locales acerca de las grandes familias.

– En casa tengo un retrato de Mircalla, condesa de Karstein – dijo mi padre -. ¿Le gustaría verlo?

– Desde luego. Pero tenemos tiempo de sobra – respondió el general -. Creo haber visto el original, y espero convencerme después de explorar la capilla.

– ¡Cómo! – exclamó mi padre -. ¿Pretende haber visto a la condesa Mircalla? Pero, ¡si hace más de un siglo que murió!

– No está tan muerta como la gente cree – replicó el general.

Cuando pasábamos por debajo del arco que daba acceso a la capilla gótica en ruinas, añadió:

– En los pocos años que me quedan de vida sólo deseo tener ocasión de una cosa: vengarme. Y, afortunadamente, la venganza puede realizarse aún por medio de un brazo mortal.

– ¿De qué venganza está hablando? – preguntó mi padre, cada vez más asombrado.

– Quiero cortar la cabeza del monstruo -respondió el general en un acceso de cólera, golpeando el suelo con el pie y alzando sus manos como si empuñara un hacha invisible y la blandiera ferozmente en el aire.

– ¡Qué es lo que dice! – gritó mi padre.

– Le cortaré la cabeza con un hacha, con una hoz, con cualquier herramienta que pueda servir para rebanarle el cuello a un criminal ¡Mirad! – gritó, temblando de rabia -. Esta madera servirá de cepo. Veo que su hija está cansada, déjela reposar.

Me dejé caer sobre un bloque de madera medio oculto entre los hierbajos que salían por entre las losas del pavimento de la capilla. Entretanto, el general llamó al leñador que estaba podando las ramas secas de los árboles, muy cerca de allí. Se nos acercó un viejo fornido, que llevaba un hacha en la mano, pero resultó que no sabía nada acerca de aquellas ruinas. Sin embargo, nos informó que conocía a un guarda forestal que vivía a unas leguas de distancia y que podría hablarnos de todas y cada una de las piedras de la capilla.

– ¿Hace mucho tiempo que trabaja usted en este bosque? – le preguntó mi padre.

– Hasta hace poco tiempo he sido leñador a las órdenes del guarda forestal. Mi padre, mi abuelo y toda mi familia, durante generaciones, hemos tenido el mismo oficio. Podría mostrarles las casas en que vivieron mis antepasados.

– ¿Por qué quedó deshabitado el pueblo?

– Porque recibía la visita de los espectros. Parece ser que los persiguieron hasta sus tumbas, exhumaron los cadáveres con los medios acostumbrados y fueron destruidos en la forma habitual: decapitados, traspasados con un palo y quemados. Sin embargo, muchos aldeanos habían perdido la vida. A pesar de todos los esfuerzos que se hicieron, a pesar de abrir tantas tumbas y de privar a tantos vampiros de su horrible existencia, el pueblo no quedó totalmente libre de la influencia diabólica. Pero un noble moravo, que vino a estudiar esta parte del país, oyó hablar de estos hechos y, siendo experto en la materia como otros muchos compatriotas suyos, se ofreció para librar al pueblo de aquella obsesión. Y he aquí lo que hizo: una noche de luna llena, trepó a la torre de la capilla poco después de ponerse el sol. Se quedó allí de guardia hasta que vio salir al vampiro de la tumba y despojarse de su blanco sudario para dirigirse al pueblo, a fin de atormentar a sus habitantes. Una vez se hubo alejado el vampiro, el extranjero descendió de la torre, recogió el sudario y volvió a encaramarse a su observatorio. Cuando el vampiro regresó de su expedición y no encontró el sudario en el lugar donde lo había dejado, empezó a aullar, enfurecido por la pérdida de su atavío fúnebre. El moravo, entonces, llamó al vampiro y le desafió a que subiera a lo alto de la torre para recuperar su sudario. El vampiro aceptó el reto y empezó a trepar por el campanario. Pero cuando estaba a punto de alcanzar la cima, el moravo le golpeó con su sable en la cabeza, partiéndole el cráneo en dos y haciéndole caer al fondo de la capilla. Luego bajó de la torre, decapitó al vampiro y al día siguiente entregó la cabeza y el cuerpo a los aldeanos, que lo atravesaron con un palo y lo quemaron, según las reglas establecidas para estos casos. El noble moravo estaba autorizado por un documento de la familia Karstein a cambiar el emplazamiento de la tumba de la condesa Mircalla, cosa que hizo, sin que nadie sepa el lugar donde está enterrada actualmente.

– ¿Puede usted decirme dónde estaba antes? -preguntó el general.

Pero el leñador debía tener un trabajo urgente porque, olvidándose de recoger su hacha, se marchó sin contestar a la pregunta. Y mi padre y yo nos quedamos a escuchar el final del relato del general.

– Mi querida sobrina empeoraba a ojos vista. El médico ignoraba la naturaleza exacta de su enfermedad. Al darse cuenta de mi preocupación, propuso una consulta con uno de los mejores médicos de Gratz. Era un hombre que conocía a fondo su profesión y tenía mucha experiencia. Después de haber examinado a mi sobrina, los dos médicos se encerraron en la biblioteca para conferenciar. Desde la habitación contigua pude oír sus voces, de un tono mucho más violento de lo que cabía esperar en una discusión puramente científica. Llamé a la puerta y entré. El viejo médico de Gratz defendía su teoría. Su colega la impugnaba con evidente ironía, y de cuando en cuando no podía evitar el reírse francamente de las sugerencias de su colega. Mi entrada interrumpió la discusión.

– General – me dijo nuestro médico -, parece ser que mi ilustre colega opina que tenemos más necesidad de un brujo que de un médico.

– Perdone, perdone – replicó el viejo médico de Gratz con evidente disgusto -. Daré mi opinión – y a mi modo – en otra ocasión. De momento, siento decirle que mi intervención no puede ser de ninguna utilidad. De todos modos, antes de marcharme tendré el honor de hacerle una sugerencia.

Se sentó ante una mesa y empezó a escribir.

Parecía que la consulta no había dado resultado alguno. Me estaba paseando por el jardín, sumamente agitado, cuando se me acercó el viejo médico de Gratz. Se disculpó por molestarme y me dijo que, en conciencia, no podía marcharse sin ofrecerme una explicación. Dijo que tenía la seguridad de no equivocarse: no existía ninguna enfermedad con aquellos síntomas, y la muerte de mi sobrina era inminente. Le quedaba solamente un día, tal vez dos, de vida. Si lograba detener el proceso fatal, quizá pudiese recobrar las fuerzas. Pero, en su estado actual, bastaría otro ataque para extinguir la última llama de vida.

¿Y de qué naturaleza es el ataque a que alude usted? – le pregunté.

En esta nota se lo explico todo. Llame a un sacerdote y abra y lea la carta solamente en su presencia. Puede que no la comprenda, pero tenga en cuenta que es una cuestión de vida o muerte. Si no encuentra un sacerdote inmediatamente, puede leerla usted solo.

En los alrededores no había ningún sacerdote, por lo que me decidí a leer la carta. En cualquier otro momento me hubiese reído de su contenido. Pero, ¡a cuántas charlatanerías se somete uno cuando está en una situación apurada, cuando todos los medios conocidos han fracasado y está en peligro la vida de un ser querido! El médico decía en su carta que la enferma recibía la visita de un vampiro. Las punzadas que había notado en la garganta habían sido producidas por los dientes afilados y largos de uno de aquellos horripilantes seres. No cabía la menor duda, añadía, dado el lugar donde se habían producido los pinchazos, que se trataba de la mordedura típica de un vampiro, cosa que confirmaría cualquier experto.

Yo era bastante escéptico en lo que respecta a la existencia de fantasmas y vampiros en general. En aquel momento, al pensar en la teoría expuesta por el anciano médico, me dije a mí mismo que una gran erudicción y una despejada inteligencia pueden ir aliadas con la locura. Pero estaba tan desesperado, que decidí seguir las instrucciones contenidas en la carta.

Me escondí en el tocador que comunicaba con el cuarto de la pobre enferma, alumbrada toda la noche por una vela, y esperé a que mi sobrina se durmiera. A través de la rejilla situada encima de la puerta del tocador miraba el sable que había colocado sobre una mesa, por prescripción del médico. Al cabo de un rato vi una forma oscura que se arrastraba a los pies de la cama y que se lanzaba súbitamente al cuello de mi sobrina, al tiempo que se transformaba en una gran masa palpitante. Me quedé como petrificado por espacio de unos segundos. Luego abrí la puerta del tocador, empuñé el sable y me acerqué a la cama. El monstruo se dejó caer al suelo y se quedó inmóvil junto al lecho. Me miraba fijamente, con una expresión de ferocidad en sus pupilas. A pesar de lo horrible de su aspecto, pude reconocer a Millarca. Descargué el sable con todas mis fuerzas, pero el monstruo estaba ya junto a la puerta, ileso. Corrí detrás de él, pero desapareció como por ensalmo. Mi sable se rompió contra la puerta. No sé cómo describir lo que sucedió aquella horrible noche. Todos los moradores de la casa se despertaron y se pusieron en movimiento. El espectro de Millarca había desaparecido. Pero su víctima se agravó rápidamente y a primeras horas de la madrugada falleció.

El anciano general estaba descompuesto. Mi padre y yo permanecimos en silencio. Al cabo de un rato, mi padre avanzó por la capilla, leyendo cuidadosamente las inscripciones de las lápidas. El general, por su parte, se había apoyado en el muro y se enjugó los ojos con un pañuelo. Las voces familiares de Carmilla y de la señorita Lafontaine, que en aquel momento se acercaban, me reanimaron.

De repente, por debajo de un arco rematado por uno de aquellos monstruos grotescos que brotaban de la imaginación de los antiguos escultores góticos, vi aparecer la seductora figura de Carmilla. Me puse en pie para contestar a su sonrisa, particularmente atractiva, cuando el viejo general lanzó un grito y se interpuso entre nosotras, blandiendo el hacha que el leñador había dejado olvidada.

El rostro de Carmilla había sufrido una transformación brutal. Retrocedió. Pero, antes de que yo pudiera gritar, el general descargó el hacha sobre ella con todas sus fuerzas. Carmilla pareció inclinarse hacia delante a consecuencia del golpe, pero en realidad lo que hizo fue coger la muñeca del general con su delicada mano. El anciano se debatió vigorosamente, luchando por soltarse, pero se vio obligado a abrir la mano y dejar caer el hacha. Carmilla desapareció como si se la hubiera tragado el aire. El general, tambaleándose, se apoyó en el muro. Sus cabellos estaban erizados y su rostro aparecía empapado en sudor. Estaba pálido como un muerto. Todo lo que acabo de contar sucedió en un par de segundos. No sé si llegué a perder el conocimiento. Lo primero que recuerdo después de la desaparición de Carmilla es la voz de la señora Perrodon, preguntándome:

– ¿Dónde está la señorita Carmilla?

Por fin pude contestar que no lo sabía.

– Ha salido de aquí hace un momento – dije, señalando la puerta por la cual había entrado la señora Perrodon.

– Yo estaba allí y no la he visto.

Inmediatamente empezó a llamarla por su nombre, sin obtener respuesta.

– ¿Se hace llamar Carmilla? – inquirió el general, que no se había recobrado totalmente.

– Efectivamente – respondí.

– Carmilla… Millarca… – murmuró el general -. No cabe ninguna duda, es la misma que en otro tiempo se llamó Mircalla de Karstein. Querida Laura, márchese inmediatamente de esta tierra maldita. Creo que no verá nunca más a Carmilla.

Mientras el general pronunciaba estas palabras, entró en la capilla uno de los hombres más extraños que he visto en mi vida. Era alto, delgado, muy cargado de hombros y vestía de negro. Tenía la tez morena y surcada de profundas arrugas. Llevaba un sombrero pasado de moda, adornado con una enorme pluma. Sus cabellos largos y grasientos caían sobre su espalda. Andaba lentamente, arrastrando los pies. Usaba anteojos con montura de oro y su mirada se fijaba alternativamente en el techo de la capilla y en el pavimento. Sus largos y delgados brazos oscilaban continuamente, como el péndulo de un reloj.

¡Éste es mi hombre! – gritó el general al verlo, precipitándose a su encuentro con manifiesta alegría-. ¡Mi querido barón! ¡Cuánto me alegra verle! No esperaba encontrarle tan pronto.

Llamó con un gesto a mi padre, que, entretanto, había regresado de su exploración, y le presentó a aquel extraño personaje, llamándole simplemente barón. Inmediatamente, los tres hombres se enfrascaron en una animada conversación. El desconocido sacó de su bolsillo un raído plano y lo extendió sobre el granito rosado de una tumba. Con un lápiz, empezó a trazar líneas de un extremo a otro del plano, consultando con la vista determinados lugares de la capilla, lo cual me hizo suponer que se trataba de un plano del edificio en que nos hallábamos. También consultaba a menudo un cuaderno de notas sucio y amarillento, cuyas páginas estaban llenas de una apretada escritura.

Los tres hombres acabaron por dirigirse hacia el lado opuesto a aquel en que yo me encontraba y luego empezaron a medir la distancia en pasos entre las tumbas. Finalmente, se detuvieron ante el muro y lo examinaron atentamente, levantando la hiedra que lo cubría en aquel lugar. No tardaron en descubrir una lápida de mármol, sobre la cual aparecían esculpidas unas letras.

Ayudados por el leñador, que había regresado en busca de su hacha, arrastraron hasta un lugar iluminado la enorme lápida. Se trataba, en efecto, del sepulcro de Millarca, condesa de Karstein. El general alzó las manos al cielo en silenciosa acción de gracias.

– Mañana – oí que decía – vendrá el Comisario. Actuaremos de acuerdo con los preceptos legales.

Luego, encarándose con el anciano de los lentes con montura de oro, le estrechó calurosamente las manos.

– ¿Cómo puedo agradecerle su ayuda, barón? ¿Cómo podríamos expresarle nuestra gratitud? Ha librado usted a esta comarca de una horrible plaga. Gracias a usted, hemos podido localizar al más odioso de los monstruos.

Mi padre se acercó a mí y me abrazó y besó repetidas veces.

– Ya es hora de que regresemos a casa – dijo.

Sus palabras sonaron a mis oídos como música celestial, pues nunca me había sentido tan cansada como en aquel momento.

Una vez en el castillo, mi satisfacción se trocó en espanto al descubrir que no había noticias de Carmilla. No me dieron ninguna explicación acerca de lo que había ocurrido en las ruinas del castillo, y era evidente que mi padre prefería, por el momento, conservar el secreto.

La ausencia de Carmilla, que en aquellas circunstancias resultaba de lo más siniestro, me tenía en vilo. Y mi inquietud aumentó con los preparativos que se hicieron para pasar aquella noche. Dos sirvientas, además de la señora Perrodon, se quedaron en mi habitación, en tanto que mi padre y uno de los criados montaban guardia ante la puerta.

Al día siguiente, tuvieron lugar en la capilla de Karstein, con las formalidades de rigor, los actos previstos. Se abrió la tumba de la condesa de Karstein. El general y mi padre reconocieron en ella a la bellísima y pérfida invitada. A pesar de que llevaba enterrada más de ciento cincuenta años, sus facciones estaban llenas de vida. Tenía los ojos completamente abiertos. El cadáver no parecía haber sufrido el proceso de descomposición.

Los dos médicos que asistían a la ceremonia atestiguaron el hecho prodigioso de que el cadáver respiraba, aunque muy débilmente, y que era posible captar los leves latidos de su corazón. Los miembros conservaban su flexibilidad y la carne era elástica. El féretro de plomo estaba lleno de sangre, que empapaba al cadáver. Se trataba de un caso irrefutable de vampirismo. De acuerdo con las antiguas prácticas, alzaron el cadáver y atravesaron su pecho con una estaca. Luego le cortaron la cabeza, y del cuello seccionado brotó un chorro de sangre. A continuación colocaron el cuerpo y la cabeza sobre un montón de leña y le prendieron fuego, hasta que no quedó más que un montón de cenizas. Las cenizas fueron dispersadas a los cuatro vientos, y a partir de entonces la región quedó libre de vampiros.

Mi padre conserva una Copia del informe dela Comisión Imperial, con la firma de todos los que presenciaron aquella horrible ceremonia. De este documento oficial he copiado la descripción de la macabra escena.

No he contado estos hechos serenamente. ¡Oh, no! No puedo pensar en aquellos sucesos sin sentirme profundamente trastornada. Si no me lo hubieran solicitado tantas veces, nunca me hubiese decidido a escribir la historia de unos sucesos que destrozaron – quizá para siempre – mis nervios, proyectando la sombra de aquel horror indecible que, a pesar de los años transcurridos, continúa acosándome día y noche, haciéndome insoportable la soledad.

Añadiré algunas palabras acerca del extraño barón de Vonderburg, gracias a cuya erudición fue posible el descubrimiento de la tumba de la condesa Mircalla.

Vivía en Gratz, de una pequeña renta – todo lo que le quedaba de la fortuna de su familia -, y se dedicaba al estudio del vampirismo, en todas sus formas. Había leído todo lo que se había escrito sobre la materia:la Magia Posthuma, el Phlegon de mirabilibus, el Agustinus de cura pro mortuis, el Philosophicae et christianae cogitationes de vampiriis, de John Chistofer Heremberg, y muchos otros libros de los cuales sólo recuerdo algunos de los que prestó a mi padre.

Tenía un voluminoso archivo de todos los casos judiciales incoados por vampirismo, y de ellos había deducido algunos principios fundamentales acerca de los vampiros.

Por ejemplo, la palidez mortal que se atribuye a esa clase de espectros es pura ficción literaria. En realidad, tanto en la tumba como cuando se muestran públicamente tienen un aspecto saludable. Cuando se abre su féretro aparecen las mismas señales que demostraron que la condesa de Karstein, fallecida siglo y medio antes, era un vampiro.

Lo más inexplicable era y sigue siendo cómo pueden salir de su tumba y regresar a ella. La doble vida de los vampiros se mantiene gracias al sueño cotidiano en la tumba. Su monstruosa avidez de sangre de seres vivos les proporciona la energía necesaria para subsistir durante las horas de vigilia. El vampiro está propenso a ser víctima de vehementes pasiones, parecidas a las del amor, ante determinadas personas. Pera obtener su sangre, pone en juego una paciencia infinita y recurre a toda clase de estratagemas a fin de superar los obstáculos que le separan del objeto deseado. No desiste de su empresa hasta que su pasión ha sido colmada y ha podido sorber la vida de la codiciada víctima. Llegan incluso a contraer matrimonio con ella, prorrogando su placer criminal con el refinamiento de un epicúreo. Pero con más frecuencia se encamina directamente a su objetivo, vence por la fuerza y devora a su víctima en un solo festín.

Parece que el vampiro, algunas veces, debe sujetarse a determinadas condiciones. En el ejemplo que acabo de relatar, Mircalla debía limitarse al uso de un nombre que, si no era siempre exactamente el suyo, debía contener todas las letras que lo componían: Mircalla, Carmilla, Millarca …

Mi padre explicó al barón de Vordenburg, que fue nuestro huésped durante un par de semanas, la historia del caballero moravo y del vampiro de la capilla de Karstein, y le preguntó al barón cómo había podido descubrir el emplazamiento exacto de la tumba, tanto tiempo ignorada, de la condesa Mircalla.

El barón sonrió enigmáticamente. Miró el estuche de sus anteojos, que tenía en la mano, lo sopesó unos instantes y luego, alzando de nuevo la mirada, dijo:

– Poseo muchos escritos y documentos de aquel notable personaje. El más curioso es una especie de narración acerca de su visita a Karstein, que usted acaba de mencionar. Naturalmente, la leyenda deforma siempre los hechos. Es posible que le tomaran por un noble moravo, ya que se había cambiado de nombre. En realidad era un noble que había nacido enla Alta Estiria.En su juventud había sido el amante apasionado y predilecto de la bellísima Mircalla, condesa de Karstein. La muerte prematura de su amada le abismó en un dolor inconsolable. Creo necesario aclarar que los vampiros pueden multiplicarse y crecer, de acuerdo con una ley que rige para esos monstruos. Suponed un lugar completamente libre de esta amenaza. ¿Cómo es que se presenta y desarrolla?

Imaginen ustedes que un individuo, suficientemente perverso, se mata. En determinadas circunstancias, los suicidas pueden transformarse en vampiros. Este vampiro empieza a visitar a los seres vivos mientras duermen. Estos últimos se mueren y, una vez sepultados, se transforman casi invariablemente en vampiros. Eso fue lo que le sucedió a la bellísima Mircalla, que era visitada por uno de esos monstruos. Mi antepasado Vordenburg, cuyo título llevo, descubrió esta historia y en el curso de los estudios a los cuales se había dedicado profundizó mucho en esta materia. Entre otras cosas, llegó a la conclusión de que se sospechaba del vampirismo de la condesa que, en vida, fue su ídolo. Se horrorizó ante la idea de que sus restos pudieran ser profanados en una póstuma ejecución. Dejó un curioso documento que demuestra que el vampiro, una vez privado de su doble existencia, queda condenado a otra aún más terrible. Y decidió, en consecuencia, preservar de esa posibilidad a su amada Mircalla. Simulando un viaje de estudios, se trasladó a Karstein y consiguió hacer desaparecer el rastro y el recuerdo de la tumba de Mircalla. Pero, pasados unos años y próximo el final de sus días, pensando en el mundo que pronto iba a abandonar, consideró bajo otro aspecto lo que había hecho y se sintió aterrado.

Trazó los diseños y notas que me han servido de guía, y confesó por escrito lo que había llevado a cabo. Tal vez pensó hacer algo más positivo, pero la muerte se lo impidió. Sólo valiéndose de la mano de uno de sus descendientes ha podido dirigir, demasiado tarde para muchos, la búsqueda del monstruo.

Más tarde, en el curso de una conversación, añadió:

– Una de las pruebas del vampirismo es la fuerza de las manos. La frágil mano de Mircalla apretó como dogal de acero la mano del general, cuando éste levantó el hacha para matarla. La fuerza de la mano de un vampiro deja una huella indeleble en su presa, produciendo una atrofia que se cura sólo muy lentamente, y no en todos los casos.

La primavera siguiente la pasé en Italia con mi padre. Viajamos durante un año. Necesité mucho tiempo para que el horror de aquellos hechos fueran disolviéndose en mi recuerdo. Incluso ahora, a muchos años de distancia, la imagen de Carmilla se me aparece frecuentemente en sus diversos y cambiantes aspectos: unas veces es la hermosísima y lánguida joven; otras, el monstruo que vi en las ruinas del castillo. Y a menudo, en medio de una pesadilla, tiemblo de miedo porque me parece oír los leves pasos de Carmilla que se acercan a la puerta de mi habitación.

 

LA VENGANZA DE DJEMAL (RELATO).

POR:  Patricia Highsmith

En las profundidades del desierto arábigo vivía Djemal con su amo Mahmet.Dormían en el desierto porque era más barato. De día iban los dos, Mahmet montado en Djemal, a la ciudad más próxima que era Elu-Bana, en donde Djemal paseaba a losturistas, mujeres que chillaban, con vestidos de verano, y nerviosos hombres conpantalones cortos. Éste era el único tiempo en que Mahmet iba a pie.

Djemal se daba cuenta de que los otros árabes no apreciaban a Mahmet. Los otros camelleros soltaban bajos gruñidos, cuando Djemal y Mahmet se les acercaban.Había muchos regateos sobre los precios, sobre denarios, entre Mahmet y los otroscamelleros, que inmediatamente acosaban a Mahmet. Se levantaban manos y las vocesse tornaban gritos. Pero nadie sacaba los denarios, sólo se hablaba de ellos. Por fin,Mahmet llevaba a Djemal cerca del grupo de turistas que miraban curiosos, daba unapalmada a Djemal y a gritos le ordenaba que se arrodillara.El pelo había- desaparecido de las rodillas de Djemal, tanto en las delanterascomo en las traseras, de modo que en estos lugares su piel parecía cuero viejo. En cuanto al resto del cuerpo, era de peludo color castaño, con algunos lugares de peloamazacotado y otros casi pelados, como si hubieran sido atacados por las polillas.Pero los grandes ojos castaños de Djemal eran límpidos, y sus generosos e inteligentes labios tenían un aspecto agradable, como si sonrieran constantemente, aun cuandoesto último estaba muy lejos de ser verdad. De todas maneras, Djemal sólo tenía diecisiete años, es decir, estaba en la flor de la vida, y era insólitamente corpulento y fuerte.

 Ahora, debido a que era verano, estaba cambiando el pelo.Una señora gorda se balanceó violentamente a uno y otro lado, cuando Djemalse puso en pie, alcanzando su normal e impresionante estatura.-¡Oooooooh! ¡Jiiiiiii! -exclamó la señora-. ¡Parece que el suelo esté aquilómetros de distancia!-¡Ten cuidado! -advirtió la voz de un inglés a- la señora-. ¡No vayas a caerte!¡Agárrate! ¡La arena no es tan suave como parece!El menudo y sucio Mahmet, con sus polvorientas ropas, tiraba de la brida deDjemal, y éste salía a paso de paseo, golpeando con sus anchos pies la arena, ydirigiendo la mirada a donde le diera la gana, ya a las blancas cúpulas de la ciudadrecortadas contra el cielo azul, ya a un automóvil que pasaba zumbando por lacarretera, ya a un montón de limones amarillos junto a la carretera, ya a otros camellos que paseaban o que cargaban o descargaban su humana carga. Aquella mujer, lo mismo que cualquier otro ser humano, parecía no pesar, no podía ni compararse con los grandes sacos de limones o de naranjas que a menudo Djemal tenía quetransportar, o con los sacos de yeso o los haces de arbolillos que a veces cargaba durante largos trayectos por el desierto.De vez en cuando, incluso los turistas discutían, con sus voces dubitativas y deintrigados acentos, con Mahmet. Discutían los precios. Todo tenía un precio. Todo quedaba reducido a denarios. Los denarios, en papel o en moneda, inducían a los hombres a esgrimir las dagas, o á levantar los puños y golpearse en la cara.Mahmet, con su turbante, sus zapatillas puntiagudas y con la punta vuelta hacia arriba, y con su chilaba, parecía el más árabe de todos los árabes. Quería ser una atracción turística, fotogénico (cobraba un módico precio para dejarse fotografiar),con un aro de oro en una oreja, una cara morena y reseca casi oculta por las pobladascejas y una barba absolutamente descuidada. Con tanto pelo, apenas se le veía la boca.La razón por la que los otros camelleros odiaban a Mahmet radicaba en que no respetaba el precio fijo por paseo en camello que los otros camelleros habían acordado. Mahmet había prometido respetar el precio, pero cuando se le acercaba un turista y efectuaba lamentables intentos de regatear (como habían aconsejado a los turistas, lo que Mahmet sabía muy bien), rebajaba ligeramente el precio, con lo que conseguía cerrar el trato, y dejaba al turista de tan buen humor, por haber triunfado en su regateo, que a menudo después del paseo le daba una propina de valor superior a la rebaja conseguida. Por otra parte, cuando había mucha demanda de paseos en camello,Mahmet subía los precios, sabedor de que serían aceptados, y a veces lo hacía alalcance de los oídos de los otros camelleros. Ello no quiere decir que el resto de sus compañeros fuera un ejemplo de honradez, pero existían unos acuerdos verbales, y lamayoría de ellos los respetaban. Por culpa de la falta de escrúpulos de Mahmet, aveces Djemal recibía el golpe de una piedra arrojada contra su jiba, piedra que, en realidad, iba destinada a Mahmet.

Después de un día de buenos negocios con los turistas, día que se prolongaba hasta el ocaso, Mahmet dejaba a Djemal atado a una palmera, en la ciudad, y se pegaba un festín de cuscús, en un barracón transformado en restaurante que tenía una terraza y un loro chillón. Entretanto, Djemal ni siquiera había podido beber agua,debido a que Mahmet atendía primero a sus propias necesidades, y a Djemal no le quedaba más remedio que mordisquear las hojas de los árboles que pudiera alcanzar.Sentado a una mesa, Mahmet comía solo, despreciado por los otros camelleros que sesentaban juntos a otra mesa, armando mucho ruido, un ruido alegre. Entre plato y plato, uno de ellos tocaba un instrumento de cuerda. Mahmet roía los huesos de carnero en silencio, y se limpiaba los dedos en sus ropas. No dejaba propina.

A veces, llevaba a Djemal a la fuente pública y otras no lo hacía, pero siempre iba subido sobre Djemal, mientras éste caminaba por el desierto camino del grupito de árboles en donde Mahmet sentaba sus reales todas las noches. A veces, Djemal no podía ver en la oscuridad, pero su olfato le guiaba hacia el montoncillo de ropas de Mahmet, hacia la tienda enrollada, los sacos de cuero, todo ello empapado por el peculiar hedor agrio del sudor de Mahmet.

En los ardientes meses de verano, generalmente le tocaba a Djemal transportar limones a primeras horas de la mañana.

«Gracias a Alá -pensaba Mahmet-, el gobierno ha decretado que las horas de»paseos en camello» para turistas sean de 10 a 12 por la mañana, y de 6 a 9, por la tarde. Así los camelleros pueden ganar dinero en la parte media del día, y dedicarse al negocio de los turistas en horas fijamente determinadas.»

Mientras el gran sol anaranjado se hundía en el horizonte de arena, Mahmet yDjemal se encontraban fuera del alcance de la voz del muecín, en Elu-Bana. PeroMahmet ponía en funcionamiento su transistor, aparatito no más grande que su puño,que se colocaba en el hombro, sostenido entre los pliegues de su chilaba. Sonaba unainterminable canción quejumbrosa, cantada en falsete por un hombre. Mahmet tarareaba, mientras extendía una maltratada alfombra sobre la arena y echaba sobre ella unos harapos. Esto era su cama.-¡Djemal, ponte ahí! -decía Mahmet.E indicaba un lugar por el que el viento soplaba en dirección a su cama.

Djemal desprendía considerable calor, y al mismo tiempo su cuerpo no dejaba pasar el viento.Djemal seguía comiendo maleza seca a varias yardas de distancia. Pero Mahmet se le acercaba y lo golpeaba con un látigo de cuero trenzado. Los golpes no hacían daño a Djemal. Se trataba de un rito que Djemal dejaba que siguiera durante unos cuantos minutos, antes de decidirse a apartarse de las matas de color verde oscuro.

Aquella noche, afortunadamente Djemal no tenía sed.-Ay… Ay… Ayaya Ayay Ay… -gemía el transistor. Djemal se arrodilló,situándose en posición un tanto apartada de los deseos de Mahmet, de manera que elleve viento casi le daba en la cola. Djemal no quería recibir arena en la nariz. Alargó su largo cuello, apoyó la cabeza en el suelo, casi cerró los orificios de su nariz y cerró completamente los párpados. Al cabo de un rato, sintió que Mahmet se apoyaba en sucostado izquierdo, tirando de la vieja manta roja con la que se arropaba, y clavandosus pies con las sandalias puestas en la arena. Mahmet dormía casi sentado. Era su descanso.

A veces, Mahmet leía unos versículos del Corán, musitando las palabras. Apenas sabía leer, pero desde la infancia se sabía de memoria gran parte del Corán. Las enseñanzas que recibió Mahmet, igual que las que actualmente se impartían, tuvieron lugar en una estancia llena de niños sentados en el suelo que repetían las frases pronunciadas por un hombre alto y con chilaba, que paseaba entre ellos, a grandes zancadas, leyendo por encima de sus cabezas frases del Corán. Esta sabiduría, estas palabras, eran como poesía para Mahmet, muy lindas cuando se leían, pero carentes de toda utilidad en el vivir cotidiano.

Aquella noche, el Corán de Mahmet -un grueso librillo con las puntas de las páginas retorcidas hacia arriba y letra casi borrada- se quedó en el interior de la bolsa de cordel entretejido, juntamente con unos cuantos dátiles pegajosos y una porción de pan seco. Mahmet pensaba en la próxima Carrera Nacional de Camellos. Se rascó la picadura de urca pulga en la parte interior de subrazo izquierdo.

La carrera de camellos comenzaría al día siguiente por la noche y duraría una semana. El trayecto iba desde Elu-Bana a Khassa, importante ciudad del país, con un gran puerto, en la que había todavía más turistas. Desde luego, los camelleros dormirían al aire libre y tenían que llevar consigo suministros de alimentos y agua, y tenían que hacer un alto en Souk Mandela, en donde los camellos beberían,para seguir luego la carrera.

Mahmet revisó sus planes. No se detendría en SoukMandela, naturalmente. Y ésta era la razón por la que, ahora, mantenía a Djemal a régimen seco. Después de que Djemal bebiera y acumulara agua en su cuerpo,mañana, antes de que la carrera comenzara, Mahmet estimaba que Djemal podía pasarse siete días sin agua, y, de todas maneras, Mahmet proyectaba terminar el reco-rrido en seis días.Tradicionalmente, la carrera de Elu-Sana a Khassa era muy reñida, y en su último tramo, los camelleros azotaban constantemente a sus camellos. El premio era de trescientos denarios, lo suficiente para que resultara interesante.

Mahmet puso la manta roja de forma que le tapara la cabeza, y se sintió seguro y autosuficiente. Mahmet no tenía esposa, ni siquiera familia, o mejor dicho, sí que tenía familia en un lejano pueblo, pero sus familiares le tenían antipatía y él se la tenía a ellos, por lo que Mahmet jamás pensaba en sus familiares. Siendo chico, había cometido unos cuantos hurtos, y la policía había acudido con demasiada frecuencia acasa de su familia, para hacer unas cuantas advertencias a Mahmet y a sus padres, por lo que éste había abandonado su hogar a la edad de trece años. A partir de entonces,llevó una vida nómada, lustrando zapatos en la capital, trabajando de camarero durante una temporada hasta que le descubrieron en el acto de hurtar dinero de la caja,  robando carteras en museos y mezquitas, haciendo de ayudante de un alcahuete en una cadena de burdeles de Khassa, y siendo agente de un comprador de objetos robados,en una ocasión en ese trabajo un policía le pegó un tiro en una pantorrilla, a raíz de locual Mahmet cojeaba.

Mahmet tenía treinta y siete o treinta y ocho años, quizá incluso cuarenta, aunque no lo sabía de cierto. Cuando hubiera ganado la Carrera Nacional de Camellos, con el dinero pagaría el anticipo para comprar una casita en Elu-Sana. Ya había visto la casita de dos habitaciones, blanca, con agua corriente y un menudo hogar de leños. La vendían a bajo precio debido a que su anterior propietario había sido asesinado mientras se encontraba en la cama, y nadie quería vivir en ella.

El día siguiente, Djemal quedó sorprendido por la relativa levedad de su trabajo.Djemal y Mahmet anduvieron por entre los montones de limones en las afueras deElu-Sana, y las dos alforjas de Djemal fueron cargadas y descargadas cuatro veces antes del anochecer, lo cual era prácticamente nada.

Por lo general, Djemal hubiera sido obligado a avanzar mucho más de prisa por los caminos.-¡Ho-ya, Djemal! -gritó alguien.-¡Mahmet! ¡Fuisssss…!Allí había excitación. Djemal ignoraba por qué. Los hombres batían palmas. ¿En elogio o en censura? Djemal tenía conciencia de que nadie sentía simpatía hacia su amo, y parte de estas antipatías, y en consecuencia, aprensiones, recaían sobre el propio Djemal. A éste le molestaba en gran manera recibir un golpe traicionero, de algo arrojado contra su cuerpo, que en realidad iba destinado a Mahmet. Los grandes camiones se pusieron en marcha, cargados con los limones que antes habían transportado docenas y docenas de camellos.

Los camelleros descansaban sentados, ya apoyados en las panzas de sus camellos, ya con las piernas cruzadas y el trasero sobre los pies. En el momento en que Djemal salía del recinto, otro camello, sin razón alguna que lo justificara, adelantó la cabeza y pegó un mordisco en la jiba de Djemal.Djemal se volvió rápidamente, levantó su saliente labio superior, poniendo al descubierto largos y poderosos dientes frontales, y contestó con otro mordisco que casi atrapó el morro del otro camello. El otro camellero fue casi derribado por el movimiento de retroceso de su camello, y maldijo a Mahmet, quien contestó lo mejor que pudo.

A pesar de que Djemal ya estaba repleto de agua, Mahmet lo llevó de nuevo al abrevadero de la ciudad. Djemal bebió un poco, despacio, deteniéndose de vez encuando para levantar la cabeza y olisquear la brisa. Desde lejos le llegaba al olfato el perfume de los turistas. Oía música recia, lo cual no era insólito ya que los transistores emitían sus estridentes sonidos durante todo el día y en todas partes, pero esta música era mucho más recia, más sólida. Djemal sintió un golpe en su pata trasera izquierda.Y, acto seguido, Mahmet se puso a caminar delante de él, tirando de sus riendas.Allí había banderas, turistas, una tribuna, y dos altavoces que difundían aquella música. Todo, al borde del desierto. Había camellos alineados. Un hombre hablaba con voz artificialmente fuerte. Los camellos tenían buen aspecto. ¿Se trataría acaso deuna carrera? Djemal había participado en una, montado por Mahmet, y recordaba que había corrido más de prisa que los otros camellos. Eso ocurrió el año anterior, año en que Mahmet compró a Djemal. Éste recordaba borrosamente a su primer amo, que fue quien lo había adiestrado. Se trataba de un hombre alto, amable y bastante viejo.Había discutido con Mahmet, sin duda por cuestión de denarios, y Mahmet había ganado la discusión.

Así lo entendía Djemal. Mahmet se había llevado a Djemal con-sigo.Bruscamente, Djernal se encontró alineado con otros camellos. Sonó un silbato.Mahmet azotó a Djemal, y éste dio un salto al frente y echó a correr, tardando cosa de uno o dos minutos en cogerle el ritmo a la carrera. Después, comenzó a galopar conregularidad hacia el sol poniente. Iba en cabeza. Era fácil. Djemal comenzó a respirar acompasadamente, dispuesto a mantener el ritmo de su galope durante mucho tiempo,si ello fuere necesario. ¿Adónde iban? Djemal no olía hojas o agua, y el terreno no leera conocido.Ca-pa-la-pop, ca-pa-la-pop… El sonido del galope de los camellos que ibandetrás de Djemal iba alejándose. Djemal corrió un poquito menos. Mahmet no lo azotó. Djemal oyó que Mahmet reía un poco.

Salió la luna y siguieron adelante, yendo Djemal al paso. Estaba algo fatigado. Se detuvieron, Mahmet extrajo la cantimplora y bebió, comió algo, y, como de costumbre, se tumbó, arrebujándose, contra el costado de Djemal. Pero en el lugar en que pasaron aquella noche no había árboles ni cobijo alguno. La tierra era llana y ancha.

A la mañana siguiente, al alba, se pusieron en marcha, después de que Mahmetse tomara una jarrita de café dulce, que se preparó en su hornillo de alcohol. Puso enmarcha el transistor y lo sostuvo con la pierna doblada, que se apoyaba en el cuello deDjemal. Detrás de éste no se divisaba camello alguno. A pesar de ello, Mahmet imprimió a Djemal cierta velocidad.

 Mahmet, a juzgar por la firme jiba de Djemal, a su espalda, estimaba que su montura seguiría en buena forma durante cuatro o cinco días más, sin dar muestras de fatiga. A pesar de todo, Mahmet miraba a derecha eizquierda en busca de árboles, o de cualquier tipo de follaje, que los protegieran del sol, aunque sólo fuera por poco tiempo.

Tuvieron que detenerse al mediodía; el calordel sol incluso había penetrado el turbante de Mahmet, a quien el sudor le chorreaba por las cejas. Por primera vez, Mahmet puso un trapo sobre la cabeza de Djemal para protegerla del sol, y así descansaron hasta las cuatro de la tarde. Mahmet no tenía reloj, pero averiguaba con toda exactitud la hora, por el sol.

El día siguiente discurrió de la misma manera, con la salvedad de que Mahmet y Djemal encontraron unos cuantos árboles, aunque no hallaron agua. Mahmet conocía vagamente el territorio. No recordaba si había estado allí años atrás, o si alguien lehabía hablado del paraje.

No había agua salvo en Souk Mandela, en donde los participantes debían detenerse. Ello significaba dar un rodeo, apartándose del trayecto recto, por lo que Mahmet no tenía intención de ir allá. Por otra parte, consideraba que era mejor dar un largo descanso a Djemal al mediodía, y recuperar el tiempo perdido durante la noche. Y esto hicieron. Mahmet se guiaba un poco por las estrellas.

Djemal era perfectamente capaz de pasarse cinco días sin beber agua, siempre y cuando hubiera llevado poca carga y adoptado una velocidad moderada, pero Djemal a menudo se excedía. A la hora del descanso del mediodía de la sexta jornada, Djemal comenzó a sentir las consecuencias del esfuerzo efectuado. Mahmet. farfullaba versículos del Corán.

Soplaba un poco de viento, y éste apagó un par de veces la llamadel hornillo de alcohol que Mahmet utilizaba para preparar café. Djemal reposaba con la cola orientada contra el viento, y los orificios de la nariz abiertos solamente lo su-ficiente para poder respirar.

Mahmet estimó que el estado del tiempo indicaba que se hallaban en los bordesde una tormenta de arena, pero no en la tormenta misma. Dio un par de palmadas en lacabeza de Djemal. Mahmet pensaba que los otros camellos y camelleros se encontraban en plena tormenta, ya que el centro de ésta estaba hacia Souk Mandela,al norte. Mahmet albergaba esperanzas de que todos ellos sufrieran los efectos de la tormenta y los hiciera retrasar notablemente su avance.

Pero Mahmet se equivocaba tal como descubrió el séptimo día. Aquél era el día en que según las previsiones terminaría la carrera. Mahmet inició la marcha al alba, en unos momentos en que la arena se arremolinaba a su alrededor de tal manera que ni siquiera se tomó la molestia de intentar preparar café; se limitó a masticar unos cuantos granos.

Mahmet comenzó a pensar que la tormenta se había desplazado hacíael sur, y que iba a alcanzarle, exactamente en su trayecto hacia Khassa, y. también pensó que quizá sus rivales no se habían equivocado tanto como eso, al hacer un alto en Mandela para abrevar, y, luego, emprender el camino directo hacia Khassa, ya que con eso quedaban en el límite norte de la tormenta y no en medio de ella.

Djemal tenía dificultades en avanzar a buen ritmo, debido a que se veía obligado a mantener los orificios de la nariz casi cerrados para que no entrara arena en ellos, y,en consecuencia, no podía respirar a gusto. Mahmet, montado en las espaldas de Djemal e inclinado sobre su cuello, le azotaba nerviosamente para que corriera más.Djemal se daba cuenta de que Mahmet tenía miedo. ¿Si Djemal no podía ver ni oler hacia dónde iban, cómo iba a poder Mahmet? ¿Se le había acabado el agua a Mahmet?Quizá.

La paletilla derecha de Djemal comenzó a dolerle y, luego, a sangrar a consecuencia de los latigazos que en ella le propinaba Mahmet. En la paletilla derecha era donde más dolían los latigazos, y ésta era la razón por la que según suponía Djemal, Mahmet no le azotaba en la otra paletilla. Ahora, Djemal conocía ya muy bien a Mahmet. Le constaba que esperaba obtener una recompensa gracias a los esfuerzos de Djemal, puesto que, de lo contrario, Mahmet jamás se hubiera prestado a sufrir tantas incomodidades.

Djemal también tenía la vaga idea de que estaba compitiendo con otros camellos, aquellos que había visto en Elu-Bana, debido a que Djemal había sido obligado a participar en otras «carreras», en las que debía correr más de prisa que otros camellos hacia un grupo de turistas que Mahmet había divisado a cosa de un kilómetro de distancia.Mahmet pegaba saltos sobre la espalda de Djemal, esgrimía el látigo y gritaba:-¡Ayé, ayé, ayé!Por fin, comenzaron a salir de la tormenta de arena.

De vez en cuando ya se podía ver el pálido resplandor del sol aunque lejos, cerca del arenoso horizonte.Djemal tropezó, cayó, y con ello derribó a Mahmet. Sin querer, Djemal se tragó un buen puñado de arena. Le hubiera gustado quedarse allí, tumbado durante unos minutos, recobrando fuerzas, pero Mahmet gritó y lo azotó.

Mahmet había perdido su transistor, y anduvo a gatas por la arena, desatentado,con el fin de recobrarlo. Cuando lo encontró atizó una buena patada en la jiba aDjemal, sin que produjera efecto alguno, luego le atizó un despiadado puntapié en el ano, debido a que Djemal seguía tumbado. Mahmet lanzó una sarta de maldiciones.Djemal hizo lo mismo, por el medio de resoplar violentamente y de dejar al descubierto dos formidables dientes frontales, antes de ponerse despacio en pie, conlenta y amargada dignidad.

 Atontado por el calor y la sed, Djemal veía borrosamente a  Mahmet, y estaba tan exasperado que de buena gana le hubiera atacado, pero la fatiga lo había dejado tan debilitado que no podía hacerlo. Mahmet golpeó a Djemal y le ordenó que se arrodillara. Djemal lo hizo y Mahmet montó en él.Volvían a avanzar.

Las pezuñas de Djemal se movían más y más pesadamente, e incluso se arrastraba sobre la arena. Pero Djemal sentía el olor de gente. Agua. Luego oyó música, la habitual música quejumbrosa de los transistores árabes, pero más fuerte, como si sonaran varios al mismo tiempo. Mahmet golpeó a Djemal una y otravez en la paletilla, gritándole frases de ánimo. Djemal no vio razón alguna para esforzarse, debido a que la meta estaba claramente a la vista, pero hizo cuanto pudo para andar a buen paso, animado por la esperanza de que ello induciría a Mahmet a manejar más moderadamente el látigo.

Los gritos de júbilo eran ya más cercanos:-¡Yea!Ahora, Djemal iba con la boca abierta y seca. Poco antes de llegar al lugar enque estaba la gente, a Djemal le falló la vista. También le fallaron los músculos de laspiernas. Y las rodillas. De tal manera que Djemal cayó de costado sobre la arena. La jiba se le bamboleaba inerte, tan vacía como su boca y su estómago.Y Mahmet lo azotó, lanzando gritos.La multitud chillaba y gemía al mismo tiempo.

A Djemal le importaba muy poco. Tenía la impresión de que se estaba muriendo. ¿Por qué alguien no le daba agua? Mahmet se dedicaba a encender cerillas en los talones de Djemal. Este ni siquiera rebulló. Con sumo placer hubiera atravesado de un mordisco el cuello de Mahmet, pero le faltaban las fuerzas precisas. Djemal se desmayó.

Con rabia y rencor, Mahmet vio cómo un camello y su camellero cruzaban la línea de llegada. Luego lo hizo otro. Los camellos tenían aspecto de cansancio, pero no fingían estar muertos de cansancio, como hacía Djemal. En la mente de Mahmet no había lugar para la lástima. Djemal lo había traicionado. Djemal, de quien se decía queera tan fuerte.

Cuando un par de camelleros se rieron de Mahmet e hicieron desagradables observaciones acerca del hecho de que Mahmet no le había dado de beber a Djemal -hecho harto evidente-, Mahmet los maldijo a gritos. Luego arrojó un cubo de agua sobre la cabeza de Djemal, lo que reanimó a éste. Luego, rechinando los dientes,Mahmet vio cómo el vencedor de la carrera (viejo y gordo cerdo, que siempre se burlaba de Mahmet en Elu-Bana) recibía el premio, en forma de cheque.

Naturalmente, el gobierno no iba a dar el dinero en metálico, porque en las apreturas el ganador corría el peligro de que se lo robaran.Aquella noche, Djemal bebió agua, e incluso comió un poco aunque Mahmet no le dio de comer ya que, además, había arbustos y árboles en el lugar en que pasaron la noche. Se encontraban en los aledaños de la ciudad de Khassa.

 Al día siguiente,después de haber adquirido provisiones -pan, dátiles, agua y un par de salchichas, todo para Mahmet- los dos emprendieron el camino de regreso por el desierto. Djemal estaba todavía un poco cansado y descansar durante un día no le hubiera sentado mal.¿Se detendría Mahmet, en esta ocasión para permitir que Djemal bebiera agua en algún lugar u otro? Eso esperaba Djemal. A fin de cuentas, no estaban haciendo una carrera.

Hacia el mediodía, cuando les tocaba descansar a la sombra, a Djemal le falló la rodilla derecha, en el momento en que intentaba arrodillarse para que Mahmet desmontara. Mahmet cayó rodando por la arena, se puso en pie de un salto, y golpeó un par de veces con la empuñadura de su látigo a Djemal, en la cabeza.-¡Estúpido! -gritó Mahmet en árabe.

Djemal mordió el látigo, apoderándose de él. Cuando Mahmet se echó hacia adelante para recobrar el látigo, Djemal volvió a morder y atrapó con sus dientes la muñeca de Mahmet.Mahmet chilló.Djemal se puso en pie, dispuesto a proseguir su ataque. ¡Cuánto odiaba a aquelser menudo y maloliente que se consideraba su «amo»!

Retrocediendo y blandiendo el látigo, Mahmet chilló:-¡Aaah! ¡Atrás! ¡Al suelo!Djemal se acercó despacio a Mahmet, con los dientes al descubierto, y los ojos rojos y dilatados de rabia. Mahmet huyó corriendo y se refugió detrás del inclinado tronco de una palmera. Djemal trazó un círculo alrededor del árbol. A su olfato llegaba el penetrante hedor que despedía el aterrado cuerpo de Mahmet.

Mahmet se quitó la vieja chilaba y el turbante y acto seguido arrojó ambas prendas contra Djemal.Sorprendido, Djemal mordió aquellos malolientes trapos, y lo hizo sacudiendo la cabeza, como si entre sus dientes tuviera el cuello de Mahmet, y sacudiera a aquel hombrecillo, para matarlo.

Djemal resopló y atacó el turbante, que, al quedar desenroscado no era más que un largo y sucio harapo. Se tragó buena parte del turbante, y masticó el resto con sus grandes dientes frontales.

Mahmet, situado detrás del árbol, comenzó a respirar mejor. Sabía que los camellos a veces desfogaban su ira en las ropas del hombre al que odiaban, y que con ello se quedaban tranquilos. Ésta era la esperanza que albergaba Mahmet. No tenía el menor deseo de regresar a pie a Khassa. Quería ir a Elu-Bana, ciudad que consideraba«suya».

Por fin, Djemal se tumbó en el suelo. Estaba cansado, tan cansado que no se tomó la molestia de situarse a la irregular sombra que proyectaba la palmera. Y se durmió.

Cautelosamente, Mahmet lo golpeó hasta despertarlo. El sol se estaba poniendo.Djemal intentó morderle pero falló. Mahmet juzgó oportuno no castigar a Djemal, y dijo:-¡Arriba, Djemal! ¡Arriba que nos vamos!Djemal se puso en marcha. Avanzó en la noche, intuyendo más que viendo, la confusa senda en la arena. La noche era fresca.

En el tercer día, llegaron a Souk Mandela, ajetreada aunque pequeña poblacióncon mercado. Mahmet había decidido vender allí a Djemal. En consecuencia se dirigió al mercado al aire libre en el que se vendían alfombras, joyas, sillas de camello,cacharros, peines, y cuanto se quiera, todo se encontraba en venta, allí, en el suelo.

En un rincón se vendían camellos. Mahmet llevó a Djemal allí, yendo a pie, mirando de vez en cuando hacia atrás, bastante adelantado con respecto a Djemal, no fuera que le mordiera.

Mahmet dijo al tratante de camellos:

-Barato. Seiscientos denarios. Es un hermoso camello, como puedes ver. ¡Yacaba de ganar la carrera de Elu-Bana a Khassa!

Un camellero con turbante oyó estas palabras y se echó a reír, como también lohicieron otros dos. El camellero dijo:-¿De veras? No es esto lo que nos han contado. ¡Tu camello se cayó al suelo!-¡Sí, nos han dicho que no te detuviste para darle de beber, viejo sinvergüenza hijo de mala madre! -dijo otro. -Incluso en este caso… -comenzó a decir Mahmet.

Y pegó un salto para evitar una dentellada de Djemal.

 Un viejo con barbas dijo:-¡Oooh! Ni siquiera su camello le tiene simpatía…-¡Trescientos denarios! -chilló Mahmet-. ¡Silla incluida! Un hombre indicó la golpeada paletilla de Djemal, que estaba todavía ensangrentada y sobre la que se habían posado moscas, como si se tratara de una llaga permanente, y ofreció doscientos cincuenta denarios.

Mahmet aceptó. En metálico. El hombre tenía que ir a su casa, en busca del dinero. Mahmet esperó, taciturno, a la sombra, mientras el tratante en camellos y otro hombre llevaban a Djemal al abrevadero que había en la plaza. 

Mahmet había perdido un buen camello -y también había perdido dinero, lo cual era todavía más doloroso-,pero estaba muy contento de haberse desembarazado de Djemal. A fin de cuentas, su vida era más valiosa que el dinero.

Aquella tarde, Mahmet tomó un incómodo autobús que iba a Elu-Bana. Llevaba su equipo, sus vacías cantimploras, su hornillo de alcohol, su cazo para guisar y su manta. Durmió como los muertos en una calleja que se encontraba detrás del restaurante en que solía comer cuscús. A la mañana siguiente, teniendo una visión muy clara de su mala suerte, y con el mortificante recuerdo del bajo precio que había obtenido por uno de los mejores camellos del país, Mahmet robó en el automóvil de un turista.

 Consiguió una manta trenzada, y algo inesperado que había debajo de ella -una cámara fotográfica-, se apropió también de un frasco de plata que encontró en la guantera, y de un paquete envuelto en papel castaño que contenía una pequeña alfom-bra, evidentemente recién comprada en el mercado. Tardó menos de un minuto en cometer este hurto, debido a que la portezuela del vehículo no estaba cerrada con llave. El automóvil se encontraba enfrente de un sórdido bar, y un par de descalzos adolescentes sentados a una mesa, se limitaron a reír, al contemplar cómo Mahmet cometía su hurto.

Mahmet vendió su botín, antes del mediodía, por setenta denarios (la cámara eraun buen aparato alemán), con lo cual se sintió un poco mejor. Con esta suma, añadida a los denarios anteriormente atesorados por Mahmet, que llevaba consigo en una bolsa cosida en una manta, ahora ya poseía casi quinientos denarios.

Podía comprar otro camello, aunque no tan bueno como Djemal, que le había costado cuatrocientos denarios. Y aún le quedaría lo suficiente para hacer un primer pago, a cuenta de la casita que quería comprar. La temporada de turismo no había terminado aún, y Mahmet necesitaba un camello para ganar dinero, ya que el oficio de camellero era el único que conocía.

Entretanto, Djemal había ido a parar a buenas manos. Lo había comprado un hombre pobre pero decente, llamado Chak, para añadirlo a los tres con que ya contaba. Principalmente, Chak se dedicaba a transportar limones y naranjas con sus camellos, pero durante la temporada turística también ofrecía paseos en camello. A Chak le encantaba la gracia y la buena voluntad con que Djemal trataba a los turistas.

Y además, debido a su altura, siempre era el. camello preferido por aquellos turistas que querían contemplar el «.panorama.Djemal ya se había curado la paletilla herida, iba bien alimentado, no trabajaba en exceso, y estaba muy contento con su manera de vivir y de su amo.

Sus recuerdos de Mahmet iban borrándose, debido a que nunca le veía, ya que Elu-Bana tenía muchos caminos, tanto de entrada como de salida. A menudo Djemal trabajaba amillas de distancia, y la casa de Chak se encontraba un poco lejos de la ciudad. En ella, Djemal dormía en compañía de los otros camellos, en un cobertizo, cerca de la casa en que Chak vivía con su familia.

A principios de otoño, un día, en que el tiempo era un poquito más fresco y en que la mayoría de los turistas se habían ido, llegó al olfato de Djemal el peculiar hedor que desprendía Mahmet. En aquellos momentos, Djemal estaba entrando en el mercado de fruta de Elu-Bana, con un pesado cargamento de pomelos. Grandes camiones estaban siendo cargados con pesadas cajas de pomelos y de piñas, y allí había mucho ruido, con conversaciones y gritos de los trabajadores, y los transistores difundiendo diferentes programas a todo volumen.

Djemal no vio a Mahmet, pero los pelos del cuello se le erizaron un poco, y temió recibir un golpe. Obedeciendo las órdenes de Chak, Djemal se arrodilló, y le quitaron la carga que llevaba a uno y otro costado.

Entonces vio a Mahmet ante él, a la distancia de un largo de camello. Mahmet también vio a Djemal, se quedó mirándolo durante uno o dos segundos, para tener lacerteza de que realmente se trataba de Djemal, y acto seguido, Mahmet pegó un salto,retrocedió y se metió unos cuantos billetes en algún lugar de su chilaba.

Otro camellero, indicando con el pulgar a Djemal, dijo a Mahmet:-Este es el camello que tenías antes, ¿verdad? ¿Todavía le tienes miedo,Mahmet?-¡Jamás le he tenido miedo! -replicó Mahmet.-¡Ja, ja!

Dos camelleros más se unieron a la conversación. Djemal observó a Mahmet,mientras éste se estremecía, encogía los hombros y no dejaba de hablar. Djemal le olía muy bien ahora, y su odio se despertó de nuevo, en toda su pujanza, y se acercó a Mahmet.

Un camellero con turbante, que había bebido demasiado vino, dijo riendo:-¡Ja, ja …! ¡Ten cuidado, Mahmet! Mahmet retrocedió.Djemal siguió adelante. Siguió caminando, a pesar de que oyó la voz de Chak llamándolo. Luego, Djemal inició el trote, en el instante en que Mahmet se escondía detrás de un camión.

Cuando Djemal llegó al camión, Mahmet echó a correr velozmente hacia una casita, especie de cobijo para camelleros.Ante el horror de Mahmet, resultó que la puerta de la casita estaba cerrada con llave. Corrió a ocultarse detrás de la casita.

Djemal fue tras de él, y con sus dientes atrapó a Mahmet por la chilaba y por parte de su espinazo. Mahmet cayó al suelo, y Djemal le pateó y le pateó, en lacabeza.

-¡Mirad! ¡Una pelea entre un hombre y un camello!

-¡Este hijo de mala madre se lo merece! -gritó alguien.

Diez o doce hombres y, después, veinte se congregaron para contemplar el espectáculo, riendo, y esperando, al principio, que alguien interviniera y pusiera fin aaquello, pero nadie lo hizo.

Contrariamente, alguien hizo pasar de mano en mano una jarra de vino.Mahmet chillaba.

Djemal pateó con fuerza la parte media de la espalda de Mahmet. Entonces todo se acabó. Por lo menos, Mahmet se quedó quieto, muy quieto.

Djemal, reuniendo valor para llevar a cabo su propósito, mordió la desnuda pantorrilla izquierda de Mahmet.La multitud rugió.

 Los que la formaban estaban a salvo, ya que el camello no ibaa atacarlos a ellos, sino que atacaba a un hombre al que detestaban, a Mahmet, que no sólo era tacaño sino absolutamente deshonesto, incluso con personas a las que él inducía a creer que era su amigo.

-¡Qué camello! ¿Cómo se llama?

-¡Djemal! ¡Ja, ja!

Alguien repitió, como si todos no lo supieran:-Hasta hace poco era el camello de Mahmet.

-¡Djemal! ¡Basta, Djemal! -intervino por fin Chak.

-¡Que Djemal nos vengue! -chilló alguien.

-¡Esto es terrible! -gritó Chak.

Los hombres rodearon a Chak, diciéndole que aquello no era terrible, y diciéndole que ellos se encargarían de ocultar el cadáver en algún lugar. No, no, no,no había necesidad alguna de llamar a la policía.

¡Era absurdo! ¡Toma un poco de vino, Chak!

Incluso unos cuantos conductores de camión se habían unido al grupo,sonriendo siniestramente divertidos por lo que había ocurrido detrás del barracón.Djemal, ahora con la cabeza alta, había comenzado a calmarse. Juntamente con el hedor propio de Mahmet, también olía a sangre. Altanero, Djemal pasó por encimade su víctima, alzando cuidadosamente las patas, y acudió al lado de su amo, Chak,que todavía estaba nervioso.

Chak decía:-No, no…Debido a que los hombres, todos ellos un poco borrachos, le ofrecían setecientos denarios y más, por Djemal.

 Lo ocurrido había dejado a Chak estremecido, y, al mismo tiempo, orgulloso de Djemal, de quien no se hubiera desprendido, en aquellos momentos, ni por mil denarios.

Djemal sonreía.

Levantó la cabeza, y miró fríamente, con sus ojos de largas pestañas, hacia el horizonte. Los hombres le acariciaban los costados, las paletillas. Mahmet estaba muerto. La ira de Djemal, como un veneno, ya no corría junto con su sangre. Djemal siguió a Chak, sinque éste cogiera las riendas, cuando Chak se alejó, mirando hacia atrás y llamando aDjemal por su nombre.

FUENTE: Scribd.com

***

RELATOS DE EDGAR ALLAN POE: » HOP FROG «

 

Jamás he conocido a nadie tan dispuesto a celebrar una broma como el rey. Parecía vivir tan sólo para las bromas. La

Edgar Allan Poe (1809-1849)

manera más segura de ganar sus favores consistía en narrarle un cuento donde abundaran las chuscadas, y narrárselo bien. Ocurría así que sus siete ministros descollaban por su excelencia como bromistas. Todos ellos se parecían al rey por ser corpulentos, robustos y sudorosos, así como bromistas inimitables. Nunca he podido determinar si la gente engorda cuando se dedica a hacer bromas, o si hay algo en la grasa que predispone a las chanzas; pero la verdad es que un bromista flaco resulta una rara avis in terris.

Por lo que se refiere a los refinamientos -o, como él los denominaba, los «espíritus» del ingenio-, el rey se preocupaba muy poco. Sentía especial admiración por el volumen de una chanza, y con frecuencia era capaz de agregarle gran amplitud para completarla. Las delicadezas lo fastidiaban. Hubiera preferido el Gargantúa de Rabelais al Zadig de Voltaire; de manera general, las bromas de hecho se adaptaban mejor a sus gustos que las verbales.

En los tiempos de mi relato los bufones gozaban todavía del favor de las cortes. Varias «potencias» continentales conservaban aún sus «locos» profesionales, que vestían traje abigarrado y gorro de cascabeles, y que, a cambio de las migajas de la mesa real, debían mantenerse alerta para prodigar su agudo ingenio.

Nuestro rey tenía también su bufón. Le hacía falta una cierta dosis de locura, aunque más no fuera, para contrabalancear la pesada sabiduría de los siete sabios que formaban su ministerio… y la suya propia.

Su «loco», o bufón profesional, no era tan sólo un loco. Su valor se triplicaba a ojos del rey por el hecho de que además era enano y cojo. En aquella época los enanos abundaban en las cortes tanto como los bufones, y muchos monarcas no hubieran sabido cómo pasar los días (los días son más largos en la corte que en cualquier otra parte) sin un bufón con el cual reírse y un enano de quien reírse. Pero, como ya lo he hecho notar, en el noventa y nueve por ciento de los casos los bufones son gordos, redondeados y de movimientos torpes, por lo cual nuestro rey se congratulaba de tener en Hop-Frog (que así se llamaba su bufón) un triple tesoro en una sola persona.

Creo que el nombre de Hop-Frog no le fue dado al enano por sus padrinos en el momento del bautismo, sino que recayó en su persona por concurso general de los siete ministros, dado que le era imposible caminar como el resto de los mortales. En efecto, Hop-Frog sólo podía avanzar mediante un movimiento convulsivo -algo entre un brinco y un culebreo-, movimiento que divertía interminablemente al rey y a la vez, claro está, le servía de consuelo, aunque la corte, a pesar del vientre protuberante y el enorme tamaño de la cabeza del rey, lo consideraba un dechado de perfección.

Pero si la deformación de las piernas sólo permitía a Hop-Frog moverse con gran dolor y dificultad en un camino o un salón, la naturaleza parecía haber querido compensar aquella deficiencia de sus miembros inferiores concediéndole una prodigiosa fuerza en los brazos, que le permitía efectuar diversas hazañas de maravillosa destreza, siempre que se tratara de trepar por cuerdas o árboles. Y mientras cumplía tales ejercicios se parecía mucho más a una ardilla o a un mono que a una rana.

No puedo afirmar con precisión de qué país había venido Hop-frog. Se trataba, sin embargo, de una región bárbara de la que nadie había oído hablar, situada a mucha distancia de la corte de nuestro rey. Tanto Hop-Frog como una jovencita apenas menos enana que él (pero de exquisitas proporciones y admirable bailarina) habían sido arrancados por la fuerza de sus respectivos hogares, situados en provincias adyacentes, y enviados como regalo al rey por uno de sus siempre victoriosos generales.

No hay que sorprenderse, pues, de que en tales circunstancias se creara una gran intimidad entre los dos pequeños cautivos. Muy pronto llegaron a ser amigos entrañables. Hop-Frog, a pesar de sus continuas exhibiciones, no era nada popular, y no podía, por tanto, prestar mayores servicios a Trippetta; pero ésta, con su gracia y exquisita belleza -pese a ser una enana-, era admirada y mimada por todos, lo cual le daba mucha influencia y le permitía ejercerla en favor de Hop-Frog, cosa que jamás dejaba de hacer.

En ocasión de una gran solemnidad oficial (no recuerdo cuál) el rey resolvió celebrar un baile de máscaras. Ahora bien, toda vez que en la corte se trataba de mascaradas o fiestas semejantes, se acudía sin falta a Hop-Frog y a Trippetta, para que desplegaran sus habilidades. Hop-Frog, sobre todo, tenía tanta inventiva para montar espectáculos, sugerir nuevos personajes y preparar máscaras para los bailes de disfraz, que se hubiera dicho que nada podía hacerse sin su asistencia.

Llegó la noche de la gran fiesta. Bajo la dirección de Trippetta habíase preparado un resplandeciente salón, ornándolo con todo aquello que pudiera agregar éclat a una mascarada. La corte ardía con la fiebre de la expectativa. Por lo que respecta a los trajes y los personajes a representar, es de imaginarse que cada uno se había aprontado convenientemente. Los había que desde semanas antes preparaban sus rôles, y nadie mostraba la menor señal de indecisión… salvo el rey y sus siete ministros. Me es imposible explicar por qué precisamente ellos vacilaban, salvo que lo hicieran con ánimo de broma. Lo más probable es que, dada su gordura, les resultara difícil decidirse. A todo esto el tiempo transcurría; entonces, como postrer recurso, mandaron llamar a Trippetta y a Hop-Frog.

Cuando los dos pequeños amigos obedecieron al llamado del rey, lo encontraron bebiendo vino con los siete miembros de su Consejo; el monarca, sin embargo, parecía de muy mal humor. No ignoraba que a Hop-Frog le desagradaba el vino, pues producía en el pobre lisiado una especie de locura, y la locura no es una sensación agradable. Pero el rey amaba sus bromas y le pareció divertido obligar a Hop-Frog a beber y (como él decía) «a estar alegre».

-Ven aquí, Hop-Frog -mandó, cuando el bufón y su amiga entraron en la sala-. Bébete esta copa a la salud de tus amigos ausentes… (Hop-Frog suspiró)… y veamos si eres capaz de inventar algo. Necesitamos personajes… personajes, ¿entiendes? Algo fuera de lo común, algo raro. Estamos cansados de hacer siempre lo mismo. ¡Ven, bebe! El vino te avivará el ingenio.

Como de costumbre, Hop-Frog trató de contestar con una chanza a las palabras del rey, pero sus esfuerzos fueron inútiles. Sucedió que aquel día era el cumpleaños del pobre enano, y la orden de beber a la salud de «sus amigos ausentes» hizo acudir las lágrimas a sus ojos. Grandes y amargas gotas cayeron en la copa mientras la tomaba, humildemente, de manos del tirano.

-¡Ja, ja, ja! -rió éste con todas sus fuerzas-. ¡Ved lo que puede un vaso de buen vino! ¡Si ya le brillan los ojos!

¡Pobre infeliz! Sus grandes ojos fulguraban en vez de brillar, pues el efecto del vino en su excitable cerebro era tan potente como instantáneo. Dejando la copa en la mesa con un movimiento nervioso, Hop-Frog contempló a sus amos con una mirada casi insana. Todos ellos parecían divertirse muchísimo con la «broma» del rey.

-Y ahora, ocupémonos de cosas serias -dijo el primer ministro, que era un hombre muy gordo.

-Sí -aprobó el rey-. Ven aquí, Hop-Frog, y ayúdanos. Personajes, querido muchacho. Personajes es lo que necesitamos… ¡Ja, ja, ja!.

Y como sus palabras pretendían ser una nueva chanza, los siete las celebraron a coro.

También rió Hop-Frog, aunque débilmente y como si estuviera distraído.

-Vamos, vamos -dijo impaciente el rey-. ¿No tienes nada que sugerirnos?

-Estoy tratando de pensar algo nuevo -repuso vagamente el enano, a quien el vino había confundido por completo.

-¡Tratando! -gritó furioso el tirano-. ¿Qué quieres decir con eso? ¡Ah, ya entiendo! Estás melancólico y te hace falta más vino. ¡Toma, bebe esto! -y llenando otra copa la alcanzó al lisiado, que no hizo más que mirarla, tratando de recobrar el aliento-. ¡Bebe, te digo -aulló el monstruo-, o por todos los diablos que…!

El enano vaciló, mientras el rey se ponía púrpura de rabia. Los cortesanos sonreían bobamente. Pálida como un cadáver, Trippetta avanzó hasta el sitial del monarca y, cayendo de rodillas, le imploró que dejara en paz a su amigo.

Durante unos instantes el tirano la miró lleno de asombro ante tal audacia. Parecía incapaz de decir o de hacer algo… de expresar adecuadamente su indignación. Por fin, sin pronunciar una sílaba, la rechazó con violencia y le tiró a la cara el contenido de la copa.

La pobre niña se levantó como pudo y, sin atreverse a suspirar siquiera, volvió a su sitio a los pies de la mesa.

Durante casi un minuto reinó un silencio tan mortal que se hubiera escuchado caer una hoja o una pluma. Aquel silencio fue interrumpido por un áspero y prolongado rechinar, que parecía venir de todos los ángulos de la sala al mismo tiempo.

-¿Qué… qué es ese ruido que estás haciendo? -preguntó el rey, volviéndose furioso hacia el enano.

Este último parecía haberse recobrado en gran medida de su embriaguez y, mientras miraba fija y tranquilamente al tirano en los ojos, respondió:

-¿Yo? Yo no hago ningún ruido.

-Parecía como si el sonido viniera de afuera -observó uno de los cortesanos-. Se me ocurre que es el loro de la ventana, que se frotaba el pico contra los barrotes de la jaula.

-Eso ha de ser -afirmó el monarca, como si la sugestión lo aliviara grandemente-. Pero hubiera jurado por el honor de un caballero que el ruido lo hacía este imbécil con los dientes.

Al oír tales palabras el enano se echó a reír (y el rey era un bromista demasiado empedernido para oponerse a la risa ajena), mientras dejaba ver unos enormes, poderosos y repulsivos dientes. Lo que es más, declaró que estaba dispuesto a beber todo el vino que quisiera su majestad, con lo cual éste se calmó en seguida. Y luego de apurar otra copa sin efectos demasiado perceptibles, Hop-Frog comenzó a exponer vivamente sus planes para la mascarada.

-No puedo explicarme la asociación de ideas -dijo tranquilamente y como si jamás en su vida hubiese bebido vino-, pero apenas vuestra majestad empujó a esa niña y le arrojó el vino a la cara, apenas hubo hecho eso, y en momentos en que el loro producía ese extraño ruido en la ventana, se me ocurrió una diversión extraordinaria… una de las extravagancias que se hacen en mi país, y que con frecuencia se llevan a cabo en nuestras mascaradas. Aquí será completamente nuevo. Lo malo es que hace falta un grupo de ocho personas, y…

-¡Pues aquí estamos! -exclamó el rey, riendo ante su agudo descubrimiento de la coincidencia-. ¡Justamente ocho: yo y mis ministros! ¡Veamos! ¿En qué consiste esa diversión?

-La llamamos -repuso el enano- los Ocho Orangutanes Encadenados, y si se la representa bien, resulta extraordinaria.

Nosotros la representaremos bien -observó el rey, enderezándose y alzando las cejas.

-Lo divertido de la cosa -continuó Hop-Frog- está en el espanto que produce entre las mujeres.

-¡Magnífico! -gritaron a coro el monarca y su Consejo.

Yo os disfrazaré de orangutanes -continuó el enano-. Dejadlo todo por mi cuenta. El parecido será tan grande, que los asistentes a la mascarada os tomarán por bestias de verdad… y, como es natural, sentirán tanto terror como asombro.

-¡Exquisito! -exclamó el rey-. ¡Hop-Frog, yo haré un hombre de ti!

-Usaremos cadenas para que su ruido aumente la confusión. Haremos correr el rumor de que os habéis escapado en masse de vuestras jaulas. Vuestra majestad no puede imaginar el efecto que en un baile de máscaras causan ocho orangutanes encadenados, los que todos toman por verdaderos, y que se lanzan con gritos salvajes entre damas y caballeros delicada y lujosamente ataviados. El contraste es inimitable.

-¡Así debe ser! -declaró el rey, mientras el Consejo se levantaba precipitadamente (se hacía tarde) para poner en ejecución el plan de Hop-Frog.

La forma en que procedió éste a fin de convertir a sus amos en orangutanes era muy sencilla, pero suficientemente eficaz para lo que se proponía. En la época en que se desarrolla mi relato los orangutanes eran poco conocidos en el mundo civilizado, y como las imitaciones preparadas por el enano resultaban suficientemente bestiales y más que suficientemente horrorosas, nadie pondría en duda que se trataba de una exacta reproducción de la naturaleza.

Ante todo, el rey y sus ministros vistieron ropa interior de tejido elástico y sumamente ajustado. Se procedió inmediatamente a untarlos con brea. Alguien del grupo sugirió cubrirse de plumas, pero esta idea fue rechazada al punto por el enano, quien no tardó en convencer a los ocho bromistas, mediante demostración práctica, que el pelo de orangután puede imitarse mucho mejor con lino. Una espesa capa de este último fue por tanto aplicada sobre la brea. Buscóse luego una larga cadena. Hop-Frog la pasó por la cintura del rey y la aseguró; en seguida hizo lo propio con otro del grupo, y luego con el resto. Completados los preparativos, los integrantes se apartaron lo más posible unos de otros, hasta formar un círculo, y, para dar a la cosa su apariencia más natural, Hop-Frog tendió el sobrante de la cadena formando dos diámetros en el círculo, cruzados en ángulo recto, tal como lo hacen en la actualidad los cazadores de chimpancés y otros grandes monos en Borneo.

El vasto salón donde iba a celebrarse el baile de máscaras era una estancia circular, de techo muy elevado y que sólo recibía luz del sol a través de una claraboya situada en su punto más alto. De noche (momento para el cual había sido especialmente concebido dicho salón) se lo iluminaba por medio de un gran lustro que colgaba de una cadena procedente del centro del tragaluz, y que se hacía subir y bajar por medio de un contrapeso, según el sistema corriente; sólo que, para que dicho contrapeso no se viera, hallábase instalado del otro lado de la cúpula, sobre el techo.

El arreglo del salón había sido confiado a la dirección de Trippetta; pero, por lo visto, ésta se había dejado guiar en ciertos detalles por el más sereno discernimiento de su amigo el enano. De acuerdo con sus indicaciones, el lustro fue retirado. Las gotas de cera de las bujías (que en esos días calurosos resultaba imposible evitar) hubiera estropeado las ricas vestiduras de los invitados, quienes, debido a la multitud que llenaría el salón, no podrían mantenerse alejados del centro, o sea debajo del lustro. En su reemplazo se instalaron candelabros adicionales en diversas partes del salón, de modo que no molestaran, a la vez que se fijaban antorchas que despedían agradable perfume en la mano derecha de cada una de las cariátides que se erguían contra las paredes, y que sumaban entre cincuenta y sesenta.

Siguiendo el consejo de Hop-Frog, los ocho orangutanes esperaron pacientemente hasta medianoche, hora en que el salón estaba repleto de máscaras, para hacer su entrada. Tan pronto se hubo apagado la última campanada del reloj, precipitáronse -o, mejor, rodaron juntos, ya que la cadena que trababa sus movimientos hacía caer a la mayoría y trastrabillar a todos mientras entraban en el salón.

El revuelo producido en la asistencia fue prodigioso y llenó de júbilo el corazón del rey. Tal como se había anticipado, no pocos invitados creyeron que aquellas criaturas de feroz aspecto eran, si no orangutanes, por lo menos verdaderas bestias de alguna otra especie. Muchas damas se desmayaron de terror, y si el rey no hubiera tenido la precaución de prohibir toda portación de armas en la sala, la alegre banda no habría tardado en expiar sangrientamente su extravagancia. A falta de medios de defensa, produjese una carrera general hacia las puertas; pero el rey había ordenado que fueran cerradas inmediatamente después de su entrada, y, siguiendo una sugestión del enano, las llaves le habían sido confiadas a él.

Mientras el tumulto llegaba a su apogeo y cada máscara se ocupaba tan sólo de su seguridad personal (pues ahora había verdadero peligro a causa del apretujamiento de la excitada multitud), hubiera podido advertirse que la cadena de la cual colgaba habitualmente el lustro, y que había sido remontada al prescindirse de aquél, descendía gradualmente hasta que el gancho de su extremidad quedó a unos tres pies del suelo.

Poco después el rey y sus siete amigos, que habían recorrido haciendo eses todo el salón, terminaron por encontrarse en su centro y, como es natural, en contacto con la cadena. Mientras se hallaban allí, el enano, que no se apartaba de ellos y los incitaba a continuar la broma, se apoderó de la cadena de los orangutanes en el punto de intersección de los dos diámetros que cruzaban el círculo en ángulo recto. Con la rapidez del rayo insertó allí el gancho del cual colgaba antes el lustro; en un instante, y por obra de una intervención desconocida, la cadena del lustro subió lo bastante para dejar el gancho fuera del alcance de toda mano y, como consecuencia inevitable, arrastró a los orangutanes unos contra otros y cara a cara.

A esta altura, los invitados iban recobrándose en parte de su alarma y comenzaban a considerar todo aquello como una estupenda broma, por lo cual estallaron risas estentóreas al ver la desgarbada situación en que se encontraban los monos.

-¡Dejádmelos a mi!-gritó entonces Hop-Frog, cuya voz penetrante se hacía escuchar fácilmente en medio del estrépito-, ¡Dejádmelos a mí! ¡Me parece que los conozco! ¡Si solamente pudiera mirarlos más de cerca, pronto podría deciros quiénes son!

Trepando por sobre las cabezas de la multitud, consiguió llegar hasta la pared, donde se apoderó de una de las antorchas que empuñaban las cariátides. En un instante estuvo de vuelta en el centro del salón y, saltando con agilidad de simio sobre la cabeza del rey, encaramóse unos cuantos pies por la cadena, mientras bajaba la antorcha para examinar el grupo de orangutanes y gritaba una vez más:

-¡Pronto podré deciros quiénes son!

Y entonces, mientras todos los presentes (incluidos los monos) se retorcían de risa, el bufón lanzó un agudo silbido; instantáneamente, la cadena remontó con violencia a una altura de treinta pies, arrastrando consigo a los aterrados orangutanes, que luchaban por soltarse, y los dejó suspendidos en el aire, a media altura entre la claraboya y el suelo. Aferrado a la cadena, Hop-Frog seguía en la misma posición, por encima de los ocho disfrazados, y, como si nada hubiese ocurrido, continuaba acercando su antorcha fingiendo averiguar de quiénes se trataba.

Tan estupefacta quedó la asamblea ante esta ascensión, que se produjo un profundo silencio. Duraba ya un minuto, cuando fue roto por un áspero y profundo rechinar, semejante al que había llamado la atención del rey y sus consejeros después que aquél hubo arrojado el vino a la cara de Trippetta. Pero en esta ocasión no cabía dudar de dónde procedía el sonido. Venía de los dientes del enano, semejantes a colmillos de fiera; rechinaban, mientras de su boca brotaba la espuma, y sus ojos, como los de un loco furioso, se clavaban en los rostros del rey y sus siete compañeros.

-¡Ah, ya veo! -gritó, por fin, el enfurecido bufón-. ¡Ya veo quiénes son!

Y entonces, fingiendo mirar más de cerca al rey, aplicó la antorcha a la capa de lino que lo envolvía y que instantáneamente se llenó de lívidas llamaradas. En menos de medio minuto los ocho orangutanes ardían horriblemente entre los alaridos de la multitud, que los miraba desde abajo, aterrada, y que nada podía hacer para prestarles ayuda.

Por fin, creciendo en su violencia, las llamas obligaron al bufón a encaramarse por la cadena para escapar a su alcance; al ver sus movimientos, la multitud volvió a guardar silencio. El enano aprovechó la oportunidad para hablar una vez más:

-Ahora veo claramente quiénes son esos hombres -dijo-. Son un gran rey y sus siete consejeros privados. Un rey que no tiene escrúpulos en golpear a una niña indefensa, y sus siete consejeros, que consienten ese ultraje. En cuanto a mí, no soy nada más que Hop-Frog, el bufón… y ésta es mi última bufonada.

A causa de la alta combustibilidad del lino y la brea, la obra de venganza quedó cumplida apenas el enano hubo terminado de pronunciar estas palabras. Los ocho cadáveres colgaban de sus cadenas en una masa irreconocible, fétida, negruzca, repugnante. El bufón arrojó su antorcha sobre ellos y luego, trepando tranquilamente hasta el techo, desapareció a través de la claraboya.

Se supone que Trippetta, instalada en el tejado del salón, fue cómplice de su amigo en su ígnea venganza, y que ambos escaparon juntamente a su país, ya que jamás se los volvió a ver.

FUENTE: Rincón Castellano.

 

LOS RELATOS DE CESAR VIDAL: » LOS LOCOS QUE DIRIGIAN EL HOSPITAL » (AUDIO).

 

Presentado por César Vidal
2:13
Los locos que dirigían el hospital. PINCHAR EN LA IMÁGEN.

LOS ASESINATOS DEL LIGUERO.

 

Eso del «liguero» suena picantito ¿ein?, well, well, well, pues……..ADELANTE, ADELANTE, ECOUTEZ.

Je jee jeee jeeee jeeeeeee……

RELATO EN AUDIO, PINCHAR EN LA IMÁGEN

EL ESPEJO DE MATSUYAMA.

 

En Matsuyama, lugar remoto de la provincia japonesa de Echigo, vivía un matrimonio de jóvenes campesinos con su pequeña hija. Un día, el marido tuvo que viajar a la capital y, después de u…na larga tiempo, vio por fin a su esposo de vuelta a casa y escuchó lo que le había sucedido y las cosas extraordinarias que había visto, mientras que la niña jugaba feliz con los juguetes que su padre le había comprado.

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