Categoría: RELATOS

El Elefante Encadenado / The Chained Elephant – JORGE BUCAY

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Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de ellos eran los animales.

Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe era también el animal preferido de otros niños.

Durante la función, la enorme bestía hacía gala de un tamaño, un peso y una fuerza descomunales… Pero, después de la actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el

suelo con una cadena que aprisionaba sus patas.

Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y aunque la madera era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza,podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.

El misterio sigue pareciéndome evidente. ¿Qué lo sujeta entonces?. ¿Por qué no huye?.

Cuando era niño, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces por el misterio del elefante… Alguno de ellos me explicó que el elefante no huía porque estaba amaestrado.

Hice entonces la pregunta obvia: “Si está amaestrado, ¿porqué lo encadenan?”.

No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, me olvidé del misterio del elefante y la estaca…

Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.

Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento el elefantito empujó,tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día y al otro… Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.

Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa, porque, pobre, cree que no puede. Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza.

Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad.

   Vivimos pensando que “no podemos” hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo lo intentamos y no lo conseguimos.
Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré. Hemos crecido llevando este mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.

   Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos: “No puedo y nunca podré”.

   Ésto es lo que te pasa, vives condicionado por el recuerdo de una persona que ya no existe en tí, que no pudo.

   Tu única manera de saber si puedes es intentarlo de nuevo poniendo en ello todo tu corazón…¡ ¡¡Todo tu corazón!!!.

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When I was little I loved circuses, and what I liked most of them were animals. I was particularly struck by the elephant, as I later learned was also favorite animal other children. During the function, the huge beast boasted a size, a weight and a huge force … But after the performance until shortly before returning to the stage, the elephant always remained tied to a small stake in the ground with a chain that held its legs.

However, the stake was only a tiny piece of wood buried just a few inches in the ground. And although the wood was thick and powerful, it seemed obvious that an animal capable of starting a tree with his strength rennet,could be released easily from the stake and run.

The mystery still seems evident. What holds it then?. Why not flee?.

As a child, I still trust the wisdom of the elders. Then I asked about the mystery of the elephant … One of them told me that the elephant ran away because he was not performing.

Then I did the obvious question:»If you are performing, Why they strung?».
I do not remember getting any coherent response.
Over time, I forgot the mystery of the elephant and the stake …

Some years ago, I discovered that, lucky for me, someone had been wise enough to find the answer:

I closed my eyes and imagined the helpless newborn elephant subject to the stake. I am sure that, Impostor elefantito digs at the moment,shot and trying to sweat it loose. And, despite their efforts, he failed, because that stake was too hard for him.
I figured out that I was asleep and the next day I tried again, and the next day and the next … Until, one day, a terrible day for your story, animal accepted his helplessness and resigned himself to his fate.

This huge and powerful elephant in the circus we see no escape, because, poor, believe that it can.

Has recorded memories of the helplessness he felt shortly after birth.
And the worst is that ever has become to seriously question the memory.
Never, never tried again put to test their strength.

We are all a bit like the circus elephant: let the world tied to hundreds of stakes remaining freedom we.

We live thinking «we can not» do lots of things, simply because once, while we try and we fail.
We did the same thing then that the elephant, and recorded in our memory this message: I can not,I can not and I never will.

We grew up taking this message we set ourselves and that’s why we never went back to try to free ourselves from the stake.

When, sometimes, Sorry we ring shackles and chains, look askance at stake and we:»I can not and I never will».

This is what you get, you live conditioned by the memory of a person who no longer exists in you, it could not.

Your only way to know if you can is try again putting it all your heart … Everything your heart!!!.

Fábula del autoestopista impertinente

De: Elentir.

Gonzalo estaba encantado con su coche nuevo. Incluso las gotas de aquella lluvia matutina lucían bien en esa carrocería roja, con un toque algo anaranjado, totalmente nueva, sin un solo arañazo. Los años de trabajo que le había costado comprarlo pasaban por su cabeza mientras circulaba por la carretera de la costa. En ese momento vio al joven autoestopista.

Llovía, y el chaval, ya calado, le dio algo de pena. Su mujer le había insistido muchas veces en que no subiese a nadie al coche, que un día le acarrearía un disgusto, pero él era un poco confiado. Paró.

– ¿A dónde vas?
– A Pontevedra.
– Yo voy a Vigo… Pero te puedo acercar, al menos.
– Vale.

El chaval tenía pinta de estudiante, pero la educación no parecía su fuerte. Que paren a por ti y no dar siquiera las gracias… “En fin”, pensó Gonzalo, “cosas de la juventud de ahora”.

En la radio sonaba la emisora de Radio Clásica. Gonzalo es un melómano, con especial pasión por los impresionistas (le encanta conducir bajo la lluvia oyendo el Arabesco de Debussy), pero escuchaba un poco de todo. Nada más recoger al joven autoestopista sonaba el Nocturno nº20 de Chopin.

– Oye, ¿te importa si pongo otra cosa?
– Vaya, ¿no te gusta la música clásica?
– Es un poco muermazo… Mira, te voy a enseñar algo mejor.

El joven se puso a girar el dial, y por fin encontró lo que buscaba: reguetón. Gonzalo lo odiaba.

– ¿A que mola?
– Si no te molesta, prefiero apagar la radio… Me duele un poco la cabeza.
– Ah, ok.

Resultaba un poco incómodo circular en coche con un desconocido llevando la radio apagada. Gonzalo se animó a darle conversación.

– ¿Qué, vas a la universidad?
– No, estoy en el paro, he quedado con unos coleguis.

“Vaya metedura de pata”, pensó Gonzalo. “Si llego a saber que está en el paro no le digo nada… A lo mejor se siente mal.” Decidió intentar salir del atolladero.

– Están las cosas difíciles para encontrar trabajo, ¿eh?
– No sé, tampoco he mirado.
– ¿Acabas de terminar tus estudios?
– No, qué va… Dejé el insti hace un par de años, no me iba mucho lo de estudiar.

“Mala idea también sacarle el tema de los estudios”, pensó Gonzalo. “Mejor hablar de otra cosa”. Pero en ese momento el joven interrumpió sus pensamientos.

– ¿Es de color naranja el coche?
– No, es un rojo ligeramente anaranjado, un color muy especial que…
– No me mola mucho. Molaría más en negro.
– Bueno, para gustos hay colores…

Aquello le tocó un poco las narices. Coges a un autoestopista, no da las gracias y además dice que no le mola el color del coche.

– ¿Seguro que no vas a Pontevedra? Me vendría genial que me pudieras llevar…
– Lo siento, pero tengo trabajo en Vigo, y Pontevedra me queda a desmano.
– Vaya, qué rabia…

“¿Me habrá confundido con un taxista?”, pensó Gonzalo. Decidió concentrarse en la carretera. Quedaban unos diez minutos para llegar a Vigo. Paciencia.

– Le metes poca caña al coche.
– ¿Cómo?
– Pues que le metes poca caña, que vas despacio.
– Me gusta ser prudente al volante. Además, está lloviendo, y la carretera está mojada.

“Hay que fastidiarse”, pensó Gonzalo, ya muy molesto.

– ¿Tú conduces?
– No. Aún no he convencido a mis padres de que me paguen la autoescuela y me compren un buga.
– Bueno, ten paciencia, todo llegará…
– Son un poco muermos, dicen que tengo que conseguir curro, y tal, pero también hay que disfrutar de la vida un poco, ¿no?

Gonzalo se encogió un poco de hombros. No sabía qué contestar.

– Este coche no está mal, aunque molaría más con el pack sport. Yo quiero comprarme un BMW.
– Bueno, esto es lo que me permiten mis ingresos.
– Claro, entiendo. Aunque molan más los BMW. ¿No pensaste en comprarte uno?
– Pues no. He estado años trabajando y ahorrando para poder comprarme este coche.
– Pero ahora el gobierno da ayudas para comprar coches ¿no?
– El gobierno no regala coches, chaval.
– Pues cuando yo tenga pasta me compraré un BMW de color negro. Y le daré mucha caña.

Cinco minutos para llegar a Vigo. “Sólo cinco”, pensaba Gonzalo. “Aguantaré un poco”.

– ¿Y tú en qué trabajas?
– Soy autónomo, tengo una pequeña ferretería.
– ¿Autónomo? Esos son los que dicen que defraudan millones a Hacienda, ¿no?
– ¿Crees que si yo tuviese millones andaría en este coche, chaval?
– Bueno, es lo que dicen, no te mosquees, hombre… Yo quiero ser funcionario, que se gana pasta y tienes las tardes libres.
– Pero los funcionarios también trabajan. Algunos incluso arriesgan la vida en el trabajo, como los policías, los bomberos o los militares.
– Uy, a mí los polis y los militares no me molan nada.
– Pues mi padre era militar, marino, para más señas.
– Qué mal rollo, tío…

Gonzalo redujo la velocidad y detuvo el coche en el arcén. Seguía lloviendo, pero le importaba un rábano.

– Lo siento, chaval, pero te bajas aquí.
– ¿Por qué? Aún no llegamos a Vigo.
– He parado a recogerte, no me has dado ni las gracias, y te has puesto criticar la música que escucho, mi coche, mi forma de conducir, mi trabajo y el trabajo de mi padre. No te aguanto más.
– Tío, qué poco respetas la libertad de expresión.
– Tú me has faltado al respeto a mí, y yo no estoy obligado a escuchar tus opiniones en mi coche. Para eso es mi propiedad.
– Pero bueno, que sea tu propiedad no quiere decir que yo no tenga libertad de expresión, no seas capitalista…
– ¿Te bajas o te bajo?
– Vale, tronco, no te cabrees…

El chaval salió del coche como si no entendiese nada. Cerró la puerta de malos modos. “Primer portazo en mi coche nuevo”, pensó Gonzalo, intentando calmarse. Lo último que escuchó, al arrancar de nuevo, fue al chaval gritándole “facha” en medio de la lluvia.

Moraleja: ahora ya sabes cómo se siente el propietario de un blog cada vez que tiene que aguantar a un comentarista impertinente, de ésos que se piensan que cuando pones tu dinero y tu trabajo en un blog y ofreces un espacio de comentarios a los lectores, estás obligado a aguantar cualquier cosa que te digan, por insolente y maleducada que sea.

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LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: «Tiranos sucesivos»

Durante varias semanas el Mullah Nasrudín no había pagado su deuda al terrateniente local. Cierto día, el noble acudió a cobrar su renta y, viendo que Nasrudín no podía pagar, dijo a sus hombres que cogieran los muebles del Mullah como pago.

Cuando mesas y sillas estaban siendo cargadas en el carro, Nasrudín se puso de rodillas y empezó a suplicar:

—¡Oh, Alá misericordioso, concede al amo de estos hombres la vida eterna!

—¿Tratas de enfurecerme aún más con tu sarcasmo?, preguntó el noble.

—El sentimiento procede del corazón, respondió Nasrudín. Cuando tu padre vivía todavía, todo hombre de la aldea rogaba por su pronta defunción. Pero cuando tú te convertiste en señor y demostraste ser mil veces peor que él, comprendimos nuestro error. Ahora pedimos a Dios que te haga vivir para siempre. ¿Quién nos dice que tu sucesor no resultará mil veces peor que tú?

¿Cuanto vales?

Un día un sabio maestro recibió la visita de un joven que se dirigió a él para pedirle consejo:

—Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?

El maestro sin mirarlo, le dijo:

—Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mi propio problema. Quizás después… y haciendo una pausa agregó: —si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este problema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar.

—E… encantado, maestro —titubeó el joven, pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas.

—Bien —asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo pequeño y al dárselo al muchacho, agregó:

—Toma el caballo que está allá afuera y cabalga hasta el mercado. Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Ve y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas. El joven tomó el anillo y partió. Apenas llegó, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes, quienes lo miraban con algún interés.

Pero les bastaba el escuchar el precio del anillo; cuando el joven mencionaba la moneda de oro, algunos reían, otros le daban vuelta la cara y sólo un viejito fue tan amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de un anillo. Alguien le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.

¡Cuánto hubiera deseado el joven tener esa moneda de oro! Podría entonces habérsela entregado él mismo al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir entonces su consejo y ayuda. Triste, subió a su caballo y volvió a donde el maestro se encontraba:

—Maestro —dijo— lo siento, no se puede conseguir lo que me pediste. Quizás pudiera obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.

—Qué importante lo que has dicho, joven amigo —contestó sonriente el maestro—. Debemos saber primero el verdadero valor del anillo. Vuelve a montar y vete al joyero. ¿Quién mejor que él para saberlo? Dile que quisieras vender el anillo y pregúntale cuanto te da por él. Pero no importa lo que ofrezca, no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo. El joven volvió a cabalgar.

El joyero examinó el anillo a la luz del candil con su lupa, lo pesó y luego le dijo:

—Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya, no puedo darle más que 58 monedas de oro por su anillo.

—¡58 MONEDAS! —exclamó el joven.

—Sí —replicó el joyero— yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de 70 monedas, pero no sé… si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a la casa del maestro a contarle lo sucedido.

—Siéntate —dijo el maestro después de escucharlo—. Tú eres como este anillo: Una joya, valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte verdaderamente un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?

Sitios OK.

Gritos en el vacio. Relato.

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POR: Unraveling

Una misión sencilla, búsqueda y rescate, nivel de peligro: Casual…participación obligatoria…

Las palabras del general Jackson resonaban nuevamente en los adentros de Stefanovic, mientras deambula con su rifle de pulsos a rastras sobre los ensangrentados pisos de la estación Titan, su pesado traje anti-impactos le molestaba, su casco color azul metálico paso a ser una mezcla entre azul manchado de sangre y color plata desgastado, las garras de las criaturas atravesaron su visor y lo dejaron ciego de uno ojo…el corredor de la muerte era el paraíso comparado con esto. Casi una década en el ejercito aeroespacial para terminar así. Le dieron a elegir entre ser ejecutado por insubordinación o realizar una «sencilla» misión en la colosal estación Titan, ubicada en una de las lunas de Saturno, jamás pensó que tal misión fuese el Infierno en carne11074311_1682301225330599_4217473929599253603_o propia, a través de los ductos del recinto, en cada sistema de ventilación y en los rincones mas oscuros se encontraban aquellas bestias bípedas, se asemejan vagamente a los humanos, garras en vez de brazos, una asquerosa piel que se pudre y regenera constantemente en una especie de horrorífico movimiento perpetuo, parecen ser ciegos y se guían por el sonido, sus dientes son tan diminutos pero en tanta cantidad que podrían arrancar hasta el trozo de carne mas profundo, color carnoso con aspecto rancio…engendros del diablo.

1389582244Pensaba en su amada Lovisa, su hija, esperándolo como siempre dormida, nunca temía que su padre no regresara de sus misiones, era de los mejores, y los mejores siempre regresaban. Ya no había marcha atrás, sus latidos eran cada vez rápidos, la herida de su brazo era muy profundo, una garra provoco una fisura en su hueso, un dolor punzante, la teniente White fue la primera en morir, decapitada por esas cosas, de nada le sirvió tanta rudeza. Eventualmente todos se separaron y fueron cazados lentamente por ellos. ¿Civiles? Por favor, todos se encontraban muertos, destasados y devorados. Al parecer solo quedaba Stefanovic, un pesado serbio que sudaba esteroides, pero ya no le servía tanto músculo. Lentamente, tambaleándose debido a la perdida de sangre logro encontrar una pequeña unidad médica, al menos un par de horas de vida mas, un par de horas en este universo. No quería morir en esa abandonada base de porquería, quería morir en la tierra, en su país de origen al menos, en la gloria del gran ejercito aeroespacial, pero ya nada de eso era posible, nadie sabia de aquella misión, no los iban a calificar como perdidos en acción, un poco de sucia y demente corrupción, serán llamados desertores, enemigos del ejercito…mentiras burocráticas, todos estaban muertos. Inyectó la pequeña jeringa en su herida y esta sano completamente, al menos la medicina era muy avanzada, aunque desearía poder hacer algo por su ojo…

Salio de la unidad médica y observo un gran ventana presurizada, una vasta vista hacia el infinito vacío, tan calmado, tan frío y solitario, tan lejos de casa. Observaba a Saturno desde lejos, a su gran anillo formado por asteroides…se pregunto si las criaturas eran de ahí. Un par de arañazos que se escuchaban de los ductos de ventilación, habían encontrado a Stefanovic, su casco le dificultaba la vista y le costaba escuchar bien, lo retiro y lo observo un momento, el logo del ejercito aeroespacial a los costados, ya no sentía miedo a
1389578860 morir…Cargo su rifle con su último cartucho de protones y apunto hacia el ducto de ventilación, encendió la linterna del arma y a través de la rejilla de ventilación se observo a la criatura inerte, no le molestaba la luz ya que carecía de vista, su respiración era horrible y su piel caía a través de la rejilla mientras se volvió a regenerar, ese olor a putrefacción hizo que los ojos de Stefanovic se llenaran de lagrimas, sin prisa jalo el gatillo y destrozo la cabeza de aquel engendro, volando casi toda la ventilación y parte de la pared, armas de calidad sin duda alguna, la criatura cayo al suelo y comenzó a agitarse bestialmente, de su destrozado cuello salía una sangre lechosa y unos finos hilillos color carne comenzaban a salir, había empezado a regenerarse y no parecía muy feliz…Stefanovic comenzó a caminar mientras escuchaba aquel sonido carnoso…

Criaturas comenzaron a salir a través de las ventanas de las habitaciones y de10687860_721232094653104_3321376405465303458_o los paneles del suelo, los pasos de Stefanovic eran lentos y precisos, caminaba entre ellos con suma tranquilidad, era como si estuviese detrás de las lineas enemigas. Si daba un paso en falso su cuerpo iba a quedar complemente irreconocible y destrozado. Las criaturas con una desarrollado sentido de la audición trataban de encontrar a su victima, Stefanovic bajo unas largas escaleras metálicas produciendo un sonido causado por el golpe de sus botas de acero contra el frío hierro de las escaleras, las criaturas escucharon el sonido y se dirigieron hacia su fuente de origen.

Un conjunto de pasillos largos y estrechos, hechos para que solo una persona los atravesara, el olor a productos de limpieza causaba un ambiente a muerte, fusionado con el hedor de aquellas criaturas era insoportable, Stefanovic buscaba desesperadamente la «habitación mágica». Los pasillos eran oscuros e interminables, como aquellos de las películas de horror de antaño. Unas letras iluminadas se veían a lo lejos, como una especie de luz al final del túnel, se leía fácilmente «Reactor principal», Stefanovic apresuro el paso mientras desde los oscuros pasillos se escuchaba como las bestias se iban acercando rápidamente a el. Entro y la gran puerta metálica se cerro a sus espaldas, y frente a el estaba el gran reactor principal, al rojo vivo como si estuviese a punto de estallar, con destellos de vapor saliendo desde sus válvulas hidráulicas. Tomo el explosivo C4 de su muslera y lo coloco cuidadosamente en el panel de control y recordó como sus camaradas se burlaban de el por usar un explosivo tan anticuado, la mayoria de los soldados actuales preferian las granadas de IEM, pero Stefanovic era de la vieja escuela, era un yugoslavo clásico. Las garras atravesaban fácilmente la gruesa puerta de acero inoxidable, como si fuese mantequilla. Stefanovic tomo fuertemente el detonador y le dio la espalda al reactor, viendo de frente a la ya magullada puerta metálica… Las palabras de Ratko, su difunto padre sonaban en su cabeza en un lenguaje serbio…»¿Sabes lo que dice el profeta, que permanezca bendito y en paz, sobre la matanza de inocentes?»

Las criaturas entraron al mismo tiempo que el presionaba el botón de detonación…Todo estaba tan en calma…

ap7

El secretario (relato).

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POR: FRIKY

Recién terminados sus estudios, el joven ingeniero de minas Fermín Vázquez decidió abandonar su Galicia natal y viajar a la Argentina, para trabajar a las órdenes de su tío Eduardo, que dirigía una de las principales compañías mineras de Catamarca. O al menos esa era su intención, porque una vez allí lo que sucedió fue que Fermín dejó su puesto en la empresa para casarse con una muchacha de buena familia llamada Lucía Elisa Marconi. Debemos dejar claro que el amor de Fermín hacia la señorita Marconi era completamente sincero y desinteresado, aunque lo cierto es que supuso un importante ascenso social para el joven ingeniero, quien pocos años después era el copropietario de una próspera hacienda situada cerca de la frontera paraguaya.

En aquellos tiempos lo único que enturbiaba la felicidad del matrimonio era la incapacidad de doña Lucía para darle descendencia a su marido. Por este motivo decidieron adoptar a una huerfanita de pocos meses llamada Helena María (siendo hija de padres desconocidos, este nombre había sido elegido por la directora del orfanato y se debía a que la pequeña había llegado al hospicio un 18 de agosto). Todo fue bien hasta que la niña murió antes de cumplir los cuatro años de edad, a causa de la mordedura que le propinó una víbora mientras jugaba en el jardín de la hacienda. Sumidos en el dolor, don Fermín y doña Lucía optaron por adoptar a otra niña, a la que hallaron en el mismo orfanato donde habían encontrado a la primera, y que, por una casualidad que les pareció sumamente agradable, también se llamaba Helena María.

Dos décadas después, don Fermín, que se había quedado viudo, seguía viviendo en su hacienda, mientras que Helena estudiaba Medicina en Buenos Aires y pasaba la mayor parte del año en su piso de la capital, aunque durante las vacaciones estivales viajaba al norte para reunirse con su padre adoptivo.

Una tórrida tarde de enero (nos hallamos en el hemisferio sur), don Fermín decidió coger su vieja escopeta e ir al monte en busca de caza menor. O al menos esa era su intención, porque allí hacía tanto calor que el hacendado decidió renunciar a la cacería antes de haber encontrado un solo animal y refugiarse en una arboleda particularmente sombría hasta que empezase a refrescar. Pero su tranquilo reposo a la sombra de los árboles no tardaría en ser interrumpido por el súbito estampido de un disparo. Inmediatamente después, el sorprendido don Fermín oyó un gruñido procedente de los arbustos que había a su espalda y al volverse vio cómo un enorme puma, asustado por el disparo, huía velozmente hacia las profundidades del bosque. Alguien había salvado la vida del desprevenido hacendado, disparando al aire para espantar al felino antes de que este hubiera tenido tiempo de iniciar su ataque.

Y don Fermín, todavía pálido de emoción, no tardó en darle las gracias a su misterioso salvador: este era un forastero completamente desconocido, que vestía ropas bastante viejas, cubría su cabeza con un sombrero de ala ancha y sólo llevaba en las manos la escopeta de caza con la cual había espantado al puma. El forastero, que dijo llamarse David Estrada, era un hombre ya maduro, de piel blanca, aunque en algunos puntos muy tostada por el sol, constitución delgada, cuerpo fibroso y expresión enigmática, aunque no desagradable. Don Fermín, bien dispuesto de antemano hacia un hombre que acababa de salvarle la vida, no pudo dejar de alegrarse cuando supo que el señor Estrada también era de origen gallego, lo cual, por otra parte, se reflejaba claramente en su acento. Según sus propias palabras, David Estrada había sido en otro tiempo un hombre de buena posición económica (en todo caso, bastaba con oírle hablar para advertir que no carecía de cultura) y un feliz padre de familia, pero ciertos reveses de fortuna lo habían condenado a la ruina y a la ruptura de su matrimonio, además de obligarlo a cruzar el Atlántico en busca de fortuna.

Una vez en Sudamérica, las cosas no le habían ido mucho mejor y, no teniendo ni un trabajo fijo ni dinero para volver a España, recorría el campo argentino en busca de alguien que quisiera darle algún empleo, por humilde que fuera. Tras oír esto, el agradecido don Fermín lo invitó a acompañarlo a su hacienda, donde podría quedarse todo el tiempo que quisiera, primero en calidad de huésped y luego, cumplidas ciertas formalidades, como su secretario particular (en realidad, don Fermín nunca había necesitado la ayuda de nadie para administrar sus bienes, pero decidió que ofrecerle un puesto de trabajo era lo menos que podía hacer por Estrada). Por supuesto, el vagabundo aceptó su ofrecimiento sin disimular su alegría y, poco después, los dos hombres se encaminaron hacia la hacienda como buenos amigos.

Aquella misma noche don Fermín, tras regalarle a Estrada uno de sus mejores trajes, lo invitó a cenar con él y con su hija Helena en el suntuoso salón de la hacienda, como si fuera un verdadero amigo en vez de un simple empleado. El buen hacendado, que era un hombre agradecido, ya había decidido en su fuero interno que su paisano cenaría siempre en el salón y no con los demás trabajadores de la hacienda. O al menos esa era su intención, pero durante la cena hubo algo que le causó inquietud y enfrió, hasta cierto punto, su sentimiento de gratitud hacia Estrada. Lo cierto es que no le gustó cómo miraba el forastero a su hija Helena, quien se había convertido en una muchacha sumamente atractiva. Don Fermín, con una benevolencia un tanto forzada, se dijo a sí mismo que era normal que los hombres miraran con ojos ardientes a las jóvenes hermosas, pero lo cierto es que Estrada nunca volvió a ser invitado a la mesa de su patrón. Hay que decir que este siempre lo trató con suma amabilidad y le ofreció un buen sueldo, pero lo cierto es que no le dio más oportunidades para intimar con su hija, quien, por su parte, no parecía especialmente interesada por el nuevo habitante de la casa. Después de todo, este, aunque era un hombre atractivo, para ella no dejaba de ser un desconocido que por edad hubiera podido ser su padre.

pumaDurante algunas semanas todo fue bien: David Estrada se mostró muy competente en su nuevo oficio y los negocios de don Fermín iban viento en popa. Pero cuando ya faltaba poco para que terminase el verano y Helena volviera a Buenos Aires, empezaron los problemas. El ganado de la hacienda empezó a sufrir continuos ataques por parte de un puma, quizás el mismo animal que había amenazado la vida de don Fermín y que, aparentemente, buscaba resarcirse devorando a sus animales. No era aquella la primera ni la segunda vez que el hacendado tenía problemas con pumas o gatos monteses, pero, mientras que en otras ocasiones la cuestión había sido solucionada rápidamente de un balazo, aquella fiera parecía sumamente astuta y sabía cómo burlar la vigilancia de los guardias más avezados. Siempre atacaba de noche, pero nunca a la misma hora, y sabía elegir los puntos peor vigilados del rancho: si los guardias se concentraban en el corral donde dormían las ovejas, entraba en el gallinero, o viceversa, y cuando no podía llevarse un cerdo se llevaba un potrillo. Realmente parecía que aquel puma actuaba guiado por una inteligencia humana y entre los peones de sangre india empezaron a circular extrañas supersticiones al respecto.

Finalmente, don Fermín, furioso ante lo que consideraba el resultado de una negligencia por parte de sus hombres, reunió a todos sus empleados (salvo a Estrada, cuya labor nada tenía que ver con el cuidado del ganado) y les ordenó pasar la noche siguiente en vela, así como todas las noches que fuera necesario, hasta que cazaran al maldito puma. Además les dejó claro que si la fiera moría todos ellos, y especialmente el hombre que la matara, recibirían una generosa recompensa, pero añadió que si volvía a arrebatarle una sola cabeza de ganado, o simplemente si volvía a escaparse, los responsables se lo pagarían con creces. Don Fermín era un buen hombre y un patrón comprensivo, pero aquella vez se hallaba verdaderamente enfadado y así lo comprendieron sus peones, que se armaron con escopetas y se resignaron a pasar por lo menos una noche al aire libre.

Al llegar la noche, todos los habitantes de la hacienda, salvo el patrón, su hija y el secretario, se hallaban apostados en los alrededores del rancho, aguardando la llegada del felino. Como se trataba de cazarlo y no de espantarlo, todos los perros habían sido encerrados para que no lo asustaran con sus ladridos y las puertas de los corrales habían sido abiertas a propósito para tentar al merodeador nocturno. Sin embargo, pasaban las horas y el puma no hacía acto de presencia, lo cual suponía un alivio para los timoratos y un motivo de desesperación para los más ambiciosos. Ya faltaba poco para el alba cuando Juan Moreno, un mestizo paraguayo que ejercía de capataz, creyó distinguir un gemido procedente del interior del rancho. Ninguno de sus compañeros había notado nada, pero Juan, como todos los hombres habituados a la vida en el monte, se jactaba de tener un oído muy fino y, cuanto más lo pensaba, más seguro se sentía de que algo no iba bien en el interior del edificio.

Arriesgándose a recibir una reprimenda del patrón por abandonar su puesto antes de tiempo, Juan les ordenó a los peones que siguieran en sus puestos y se dirigió a la puerta principal. Para su sorpresa, esta había sido cerrada por dentro y además nadie respondió a sus llamadas, por lo que su inquietud instintiva no tardó en convertirse en verdadero temor. Resignándose de antemano a lo que pudiera pasarle, Juan, que era un hombre recio y valiente, derribó la puerta y penetró rápidamente en el amplio y oscuro vestíbulo del edificio, con su escopeta preparada para disparar. Intentó encender la luz, pero esta había sido cortada, sin duda deliberadamente. “Mejor”, se dijo Juan, “ya he hecho bastante ruido al derribar la puerta y, si alguien me está esperando para dispararme, quizás la oscuridad me salve la vida”. Por suerte, Juan estaba acostumbrado a cazar de noche en las tinieblas de la selva y además sabía moverse sin hacer ruido. Llegó sin problemas al salón y, una vez allí, la luz lunar que se colaba por las ventanas abiertas le ofreció un espectáculo horrendo. Una vez más, Juan se alegró de que la visibilidad fuera reducida, pues, cuerpospese a ser un hombre duro, nunca le había gustado contemplar de cerca el rostro de los muertos. Dos cuerpos humanos vestidos con ropa de cama yacían allí sobre sendos charcos de sangre. Eran el patrón y su secretario, y ambos parecían haber sido apuñalados hasta la muerte. Al parecer, y teniendo en cuenta la doble estela de sangre que se distinguía sobre los peldaños de la escalera que llevaba al piso superior, las víctimas no había muerto allí, sino que habían sido acuchilladas en sus habitaciones y luego su asesino (suponiendo que fuera uno solo) había arrastrado los cadáveres hacia el salón, por algún motivo que Juan no acertó a comprender.

Como Juan no podía creer que la señorita Helena pudiera ser la autora del doble crimen, decidió que este sólo podía ser un intruso, que había conseguido colarse dentro del edificio sin ser advertido, y que aún podía estar allí, probablemente oculto en alguna de las habitaciones del segundo piso… quizás en el dormitorio de Helena.

Fuera como fuera, Juan se dijo que su deber más inmediato era ir en busca de la señorita Helena, que quizás se hallara en grave peligro, por lo cual se dirigió a su cuarto, sin detenerse para examinar los cadáveres ni acordarse de llamar a sus hombres. A pesar de los nervios, subió las escaleras con cuidado, no sólo para no delatar sus movimientos con el ruido de unas pisadas demasiado fuertes, sino por miedo a resbalar en la sangre que cubría los peldaños.

Una vez alcanzada la segunda planta, el valeroso capataz entró en la alcoba de la muchacha, cuya puerta estaba entreabierta. La luz lunar le permitió ver que Helena yacía boca arriba sobre su cama, inconsciente y pálida como una muerta, pero viva y relativamente ilesa. Tenía los miembros fláccidos y respiraba con dificultad, pero a simple vista su cuerpo no había sufrido daños físicos, dejando aparte algunos rasguños de poca importancia. En cambio, sucdn (15) camisón había sido desgarrado en torno a sus pechos y su cintura, como si alguien la hubiera forzado después de drogarla (el extraño olor que emanaba de un vaso vacío que se hallaba sobre la mesilla de noche, al lado de un pequeño objeto brillante, le sugirió a Juan la idea de la droga). Tan nervioso se sentía Juan que en aquel momento cometió su único error fatal: ansioso por atender a Helena, dejó su escopeta en un rincón del cuarto, cerca de la puerta. Apenas se hubo separado unos metros del arma, se percató de su imprudencia y se dio la vuelta para cogerla de nuevo, pero ya era demasiado tarde: en la puerta del cuarto, borroso y casi espectral en la penumbra imperante, se hallaba David Estrada, vivo y sonriente, con la escopeta del capataz bien sujeta en sus manos ensangrentadas. Juan comprendió rápidamente que Estrada era el asesino y que lo había engañado, manchando sus ropas con la sangre de don Fermín para hacerse el muerto, pero también comprendió que se hallaba en sus manos: el secretario sólo tendría que apretar el gatillo de la escopeta para acabar con su vida y lo único que le extrañaba era que estuviese tardando tanto en hacerlo.

521611_104645496375882_1705224933_nEstrada, adivinando el pasmo y la ansiedad del mestizo, le dijo tranquilamente:
-Bien, Juan, en breves vas a morir, por lo que no tengo inconveniente en satisfacer tu curiosidad antes de enviarte a la tumba. Dejando aparte que mi verdadero nombre no es David Estrada, la historia que le conté a don Fermín no estaba muy lejos de la realidad: hace algunos años, yo vivía feliz en mi Galicia natal, con una esposa a la que quería y dos niños pequeños a los que adoraba. Pero, del mismo modo que la luz del Sol apaga la de las estrellas, todo eso se desvaneció de mi alma cuando un capricho del Destino puso en mis manos cierto libro, que me reveló cuáles son la verdadera esencia del Universo y el único camino hacia la sabiduría. Debes saber, pobre ignorante, que la esencia del Universo es el Mal, al que tú llamarías Diablo, y que si un hombre ansía el Poder y el Conocimiento debe abrir su alma a la Maldad Suprema, pasando por encima de cualquier otro interés que pueda estorbar sus propósitos. Tan bien lo comprendí que desde entonces he teñido mi vida con la negrura del pecado y la rojez de la sangre, incluida la de mis propios hijos, y a cambio he adquirido poderes y conocimientos que tú ni siquiera podrías imaginar. Pero me faltaba un pecado para alcanzar la cúspide del Mal y el don supremo que este concede a sus acólitos más avezados, es decir, la inmortalidad. El pecado que me faltaba era el incesto. Por eso he venido aquí y por eso he hecho todo esto, con la ayuda de un puma controlado por mi magia negra, que primero me permitió ganar la confianza de don Fermín y luego apartar de la casa a los peones mientras realizaba mis planes. Esa desdichada que yace sobre la cama no es hija carnal de Fermín Vázquez, sino mía: yo la concebí deliberadamente para poseerla cuando hubiera alcanzado la mayoría de edad, yo rapté y violé a su madre para asesinarla después de que hubiera dado a luz, yo la abandoné a las puertas del orfanato donde la halló su padre adoptivo hace más de veinte años… y yo he gozado esta noche de su carne. ¡Y ahora por fin soy uno con el Mal Supremo, diabólicamente perfecto e indestructible por los siglos de los siglos! ¡Ahora ya siento cómo mi nuevo poder se difunde por mis entrañas y ni siquiera todos vosotros juntos podréis detenerme!

Mientras aquel monstruo terminaba su perorata con una carcajada sardónica, Juan, que sólo comprendía a medias aquellas palabras preñadas de pecado y locura, se había ido acercando lentamente a la mesilla y había agarrado discretamente el abrecartas que había visto brillar débilmente sobre aquel mueble al entrar en el cuarto. Aparentemente, el asesino, que debía sentirse muy seguro de sí mismo, fuera por el arma que sostenían sus manos o porque realmente se creyera inmortal, no se había percatado de sus movimientos. En un arrebato de audacia, Juancuchillo se arrojó sobre el presunto David Estrada y le clavó el abrecartas en el ojo derecho con todas sus fuerzas, antes de que su enemigo pudiera disparar o hacer cualquier otra cosa para impedirlo. Una expresión, no tanto de dolor o de miedo como de sorpresa, se dibujó en el rostro del asesino al mismo tiempo que la punta del abrecartas alcanzaba su cerebro y arrojaba su alma al Olvido. ¿Había sido su presunción de inmortalidad un mero delirio de su mente perturbada? ¿Acaso ignoraba que la muchacha a la que había violado no era su hija y que esta había muerto muchos años antes, en plena infancia y mordida por una víbora? Juan nunca lo supo y, en realidad, ni siquiera se lo planteó. Aquel brujo y asesino había pagado por todos sus crímenes, su alma había alcanzado el Infierno que tanto anhelaba, aunque no precisamente de la forma que a él le hubiera gustado, y no volvería a dañar a nadie nunca más.

En cuanto al puma, no acudió al rancho aquella noche ni volvió a saberse de él en la región: al parecer, una vez desaparecida la inteligencia diabólica que lo controlaba, volvió a ser un animal inocente y perdió todo interés por el ganado de la hacienda.

Helena recuperó pronto la conciencia, pero necesitó ayuda psicológica para superar el shock traumático provocado por la muerte de su querido padre adoptivo y por el cruel ultraje que ella misma había padecido. Se hizo llegar a las autoridades una versión incompleta de los hechos, de la cual se habían eliminado los elementos más extraños y rocambolescos, y la policía argentina, en colaboración con la española, no tardó en descubrir la verdadera identidad de David Estrada: un erudito aficionada a las ciencias ocultas que, tras muchos años de vida pacífica y laboriosa, había desaparecido, dejando tras él un rastro de cadáveres… sin duda un caso de locura, aunque algunos se nieguen a reconocerlo.

Tras una larga y penosa meditación, Helena decidió abandonar para siempre la hacienda, que vendió a Juan Moreno por un precio muy inferior al real (y aun esto porque el capataz se negó a aceptarla como regalo), se marchó a España y se estableció en Galicia, la tierra natal de su padre adoptivo, para dedicarse a la medicina, buscando en el trabajo la paz y el olvido. O, al menos, tal era su intención, porque una vez allí descubrió que la violación no sólo había tenido consecuencias para su mente, sino también para su cuerpo: Helena estaba embarazada.

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INOLVIDABLE DÍA DE SAN VALENTÍN…

INOLVIDABLE DÍA DE SAN VALENTÍN…

Un empleo a tiempo completo

Avatar de D. BergesLuces de neón

Vine a la ciudad para trabajar, ahorrar y formar una familia, esa era mi única intención. ‘Dios te bendiga, hijo mío, mucha suerte’, me había dicho mi vecino el párroco, don Julián, antes de marchar. ‘Suerte’, me deseó también mi hermana Sofía. ‘Escríbenos de vez en cuando’. Y así me encontré esperando al autobús, con una pequeña maleta de cuero, y una sensación de melancolía por la marcha, y otra simultánea y estimulante de incertidumbre ante el futuro.

La capital olía a basura y a aguas residuales. Había pordioseros pidiendo limosnas en prácticamente todas las esquinas, y la gente pasaba a su lado sin apenas mirarlos a los ojos. Tenía un papelito arrugado en el bolsillo con la dirección de una pensión en el centro y el teléfono de un tal Javier, un cuñado de una amiga de mi hermana, o algo similar. La pensión estaba en una calle peatonal…

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¿VA A PAGAR EUROPA SU FRIVOLIDAD CON EL TERRORISMO PALESTINO?

ERRADICACIÓN TOTAL DEL BÁRBARO Y CRIMINAL ISLAM DE LA FAZ DE LA TIERRA ¡¡¡YA!!!

LOS INGENIOSOS CUENTOS DEL MULLÁH NASRUDIN: » El plano espiritual «

MulahNassredin

Dos viajeros cruzaban junto a Nasrudín las montañas del Himalaya, discutiendo sobre la importancia de poner en práctica todo aquello que habían aprendido en el plano espiritual. Estaban tan entretenidos en el plano espiritual que no fue hasta bien entrada la noche que se dieron cuenta de que solamente llevaban consigo un pedazo de pan.

Decidieron no discutir sobre quién merecía comerlo. Sin duda eran hombres piadosos; dejarían la decisión en manos de los dioses. Rezaron para que durante la noche, un espíritu superior les indicase quién de ellos recibiría el alimento.

A la mañana siguiente, los tres se levantaron al salir el sol.
—He aquí mi sueño, principió el primer viajero. Yo iba cargado hacia lugares donde nunca había estado antes, y experimenté toda la paz y armonía que he buscado en vano en esta vida terrenal. En medio de ese idílico paraíso, un sabio de largas barbas me decía: «Tú eres mi preferido, ya que jamás te entregastes al placer mundano y siempre renunciaste a todo lo vacuo. Sin embargo, para confirmar mi alianza contigo, me gustaría que comieras un pedazo de pan».
—Es bien extraño, comentó el segundo viajero,porque en mi sueño, yo vi mi pasado de santidad y mi futuro de maestro. Mientras miraba el porvenir, encontré un hombre de gran sabiduría diciendome: «Tú necesitas comer más que tus dos amigos porque tendrás que liderar a mucha gente, y para ello necesitarás fuerza y energía.”
—En mi sueño, intervino entonces Nasrudín, yo no vi nada, no visité ningún lugar ni encontré a ningún sabio. Sin embargo, a determinada hora de la noche me desperté de repente. Y me comí el pan.
Los otros dos se enfurecieron:
—¿Dinos, por qué no nos llamaste, antes de tomar una decisión tan personal?
—Vaya, ¿Cómo iba a hacerlo? ¡Estabais tan lejos, encontrándoos con maestros y teniendo visiones sagradas! Ayer argumentábamos sobre la importancia de poner en práctica todo aquello que aprendemos en el plano espiritual. En mi caso, Dios actuó rápido y me hizo despertar a causa del hambre.

Sufi