Dos personas sostienen una bandera trans durante una concentración convocada frente al Congreso de los Diputados. Europa Press
Desde que el Gobierno aprobó la nueva Ley Trans, que permite la libre autodeterminación de género, tengo pesadillas recurrentes sobre cómo defenderé mi intimidad el día que un tipo entre en el vestuario de mujeres de mi gimnasio afirmando que es mujer. No es ninguna excusa para no ir. Es un miedo real ante una posibilidad cada vez más cercana. Como era previsible y constatable, según experiencia de otros países Occidentales perturbados, antaño civilizados, hay un aumento exponencial de solicitudes de cambio registral de sexo, donde más del 95% de éstas son de hombres biológicos.
Me sentiría vejada, incómoda, amenazada e indefensa. Pero, ¿cómo voy a defenderme sola en una situación vulnerable para mi privacidad, ante alguien que accede a ella al resguardo de la ley y contra mi voluntad? ¿Cómo puedo protegerme de esta humillación a la que soy obligada desde el Gobierno a consentir contra mi expreso deseo? Ni siquiera me estaría permitido mostrar mi disconformidad. Sólo podría sonreír y aplaudir, como mujer sumisa que no soy. Me han arrebatado mi derecho a no consentir, a decir ¡no! Ya ni siquiera sé si es posible pensarlo, si puedo compartir mis miedos como mujer a modo casi de auxilio ante la posible situación violenta para mi intimidad, en la que una persona con genitales masculinos esté junto a mí en el vestuario. Tengo que apuntarme a kárate o boxeo, o ir con una bolsa en la que pueda llevar un palo para defenderme si es preciso.
Si pido auxilio al personal del centro no me defenderán. Podrían ser acusados de tránsfobos y cometer infracción muy grave con sanción entre 10.001€ y 150.000€ según la citada Ley. Si hago una foto y lo denuncio en redes, la Policía Nacional vendría a detenerme por delito de odio y no al que se descubre desnudo ante mí contra mi voluntad. Cambiarme de gimnasio no solucionaría el problema, especialmente en aquellos exclusivos para mujeres. Si el feminismo posmoderno considera que todos los hombres biológicos son machistas, violadores y depredadores, ¿cómo es posible que la mera voluntad de estos en su autodefinición como mujer haga desaparecer ese peligro para nosotras? Al contrario, me siento más expuesta a esa minoría que sí son realmente unos delincuentes sexuales, o violentos misóginos que encuentran amparo en esta legislación, con la que acceden a sus víctimas mayor facilidad. Ellos tienen incentivos para la solicitud del cambio de sexo en el Registro Civil, como los presos que lo han solicitado para ser trasladados a cárceles de mujeres. Siento compasión, rabia e impotencia por la situación de vulnerabilidad de las mujeres que no importan a nadie con poder.
Pero quizá haya una salvación en la propia condena de la agenda global del género. Una grieta en el sistema que nos muestra de forma involuntaria el policía Trans. Un opositor a Policía Local en varios municipios de Madrid efectuó la solicitud de cambio registral de sexo para poder conseguir más fácilmente una plaza como policía. Las pruebas físicas del examen de acceso tienen unos baremos inferiores para mujeres. Su innegable superioridad física como hombre biológico le permitió conseguir mejor puntuación que el resto de aspirantes femeninas, y por tanto una enorme ventaja para el acceso a un puesto de Policía.
Pero esta noticia que ha indignado a tantas ilumina el camino. La Ley Trans de libre autodefinición del género es una denuncia a todo ese sistema injusto de acceso al Ejército, a la Guardia Civil, a los bomberos o a la Policía que establece diferentes baremos físicos entre hombres y mujeres. Esa diferencia es un reconocimiento explícito a dos cuestiones clave: que biológicamente los hombres tienen más fuerza física que las mujeres, y que la existencia de esosbaremos diferentes supedita a los ciudadanos, y especialmente de las ciudadanas, a los deseos de unas mujeres de acceder a una profesión por encima de las necesidades de seguridad de la población.
Hay mujeres policías excepcionalmente buenas y capaces para puestos donde la fuerza física no sea lo primordial. Pero ante un ataque de una manada de atacantes, quizá sean capaces de defenderme mejor unos hombres biológicos policías con la misma fuerza que mis atacantes. Quizá ahora los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad cubran todas sus plazas con hombres y personas Trans de origen masculino provocando un incremento de la seguridad ciudadana de las mujeres.
Estas políticas lunáticas de género ya han conseguido su finalidad, que no es proteger a las personas con disforia, sino dividir a la población y enfrentarla. La ruptura del sistema de realidad y el desprecio a la biología para imponer un nuevo orden social en el que no haya mujeres, ni hombres, sino una homogénea sociedad de géneros confusos y fluidos, de clones prescindibles e hipnotizados por la falsa bandera de la diversidad.
Se trata de fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas de la Unión Europea.
Si las analizamos una a una, las normativas aprobadas por la Unión Europea en los últimos años parecen decisiones con un impacto limitado a un único ámbito social, como, por ejemplo, el medio ambiente, la alimentación, la familia o la religión. Ahora bien, si unes todos los puntos, surge con claridad un diseño político muy preciso.
Es entonces cuando nos damos cuenta de que se trata de un proyecto realizado por una parte del establishment europeo para redefinir nuestros estilos de vida, nuestras costumbres y tradiciones: un gran plan de reeducación pedagógica basado en un leitmotiv, el sentido de culpa. Tenemos que cambiar nuestra manera de vivir porque nuestros comportamientos hacen que el planeta se deteriore. Tenemos que dejar de comer carne porque las granjas producen demasiada contaminación. Ya no podemos decir que un niño nace de una madre y un padre porque es discriminatorio. No se pueden celebrar fiestas cristianas porque los fieles de otras religiones se ofenden. Tenemos que renunciar a nuestro pasado a causa del colonialismo y otras gaitas… Todo un desparrame de corrección política.
Es un fenómeno que encuentra su aplicación en la política, pero que hunde sus raíces culturales en el concepto de oikofobia, el odio al hogar, el odio a lo propio. De ahí el deseo de borrar nuestra identidad construyendo una nueva Europa mediante normativas y directivas de la Unión Europea que imponen decisiones de arriba a abajo y deben ser aceptadas e implementadas por los ciudadanos. Se pierde así uno de los pilares básicos del buen gobierno, que es el principio de subsidiariedad. Cuanto más cerca esté una institución del ciudadano, mejor podrá realizar su tarea y más podrá el ciudadano verificar su trabajo. Por el contrario, cuanto más lejos esté el poder de los ciudadanos, más difícil resultará controlar la acción de quienes lo ejercen. Y como es bien sabido, una entidad supranacional como la UE es cualquier cosa menos un organismo local.
El campo de acción de la UE es global y se inmiscuye en todos los ámbitos de nuestra vida, pero hay algunos sectores sobre los que la acción comunitaria se empecina especialmente, en particular el medio ambiente. La nueva Biblia de la UE se llama Green Deal (Acuerdo verde), un gran plan que ya está en marcha y cuyo objetivo es alcanzar la neutralidad energética en 2050, con un plazo inicial en 2030 mediante el “Fit for 55”, es decir, la reducción de emisiones en un 55%. Para entender la relevancia que las instituciones europeas atribuyen a este proyecto, basta citar las palabras de la presidenta de la Comisión Europea Ursula von der Leyen, para quien el Green Deal será “como el aterrizaje del hombre en la luna”.
Aunque el plan de la UE es efectivamente lunático en términos de contenido y de plazos, las consecuencias para los ciudadanos europeos son, lamentablemente, bien concretas.
La última hazaña ha sido prohibir los automóviles diésel y gasolina para 2035, una decisión votada en el Parlamento Europeo la semana pasada. Los efectos socioeconómicos de esta decisión son múltiples y corren el riesgo de desmantelar el liderazgo europeo e italiano en el sector del automóvil. No sólo afecta a las grandes compañías automovilísticas sino también a numerosas PYMES dedicadas a los componentes. Además del impacto en el empleo, esta decisión frenará las inversiones en biocombustibles, motores híbridos y otras tecnologías alternativas a la electricidad menos contaminantes. Pero hay otro aspecto aún más preocupante y se refiere a la seguridad. Tras la crisis energética de los últimos meses en la que comprendimos por fin lo que significa depender en demasía de un único proveedor de gas como Rusia, la UE no parece haber aprendido la lección y está cometiendo un error parecido con China, que tiene un papel preponderante en el vehículo eléctrico.
Lo mismo sucede con las energías renovablesya que Beijing detenta prácticamente el monopolio de las tierras raras, minerales esenciales para los componentes de paneles solares y turbinas eólicas. Centrarse en exclusiva en las energías renovables sin haber desarrollado primero una cadena de suministro europea es un suicidio en términos de seguridad energética.
Otro sablazo para los ciudadanos es la directiva de vivienda verde que aún no ha sido aprobada por el Parlamento Europeo, pero que es casi cosa hecha. Esta directiva presenta numerosos problemas insalvables, en particular para los italianos, que tienen más activos inmobiliarios que otras naciones europeas. La obligación de mejorar la eficiencia es un aumento disfrazado del valor patrimonial que no tiene en cuenta las características de muchos de nuestros edificios, especialmente en los centros históricos, construidos hace siglos y que nunca podrán ser eficientes al 100%. En efecto, la propuesta inicial de la directiva recogía la imposibilidad de vender o alquilar viviendas que no presentaran eficiencia energética. Es un ejemplo perfecto de cierta mentalidad, generalizada en Bruselas, que afecta a la propiedad privada.
La Unión Europea no solo entra en nuestras casas, también nos dice qué debemos comer. La obsesión por la alimentación es la nueva frontera de la reeducación europea, que quiere que dejemos de comer carne porque las granjas contaminan, aunque los insectos sí que son bienvenidos en nuestras mesas. No entiende que estamos perjudicando a un sector como el alimentario que no sólo forma parte de nuestra identidad, sino que también representa uno de los principales sectores económicos del país. De forma reciente, fue el vino el producto que acabó en el banquillo de los acusados con la propuesta irlandesa de incluir las palabras “perjudica gravemente la salud” en las etiquetas de las botellas.
Si no se está de acuerdo con las políticas de la UE, se nos tacha de “negacionista climático” en el tema del medio ambiente y de “teórico de la conspiración” en el caso de los insectos. Pero el caso más llamativo es el asunto de la familia, ya que argumentar que un niño nace de un padre y de una madre o estar en contra del vientre de alquiler lleva a ser acusado de “homofobia”. Así es como asistimos a la ausencia de verdaderas políticas de apoyo a la natalidad y a la familia, y tenemos que aguantar una catarata de normas para las “familias” (estrictamente en plural).
Si el hundimiento de las tasas de natalidad no es una prioridad para la Unión Europea, sí lo es la inmigración, no tanto para regular los flujos migratorios, sino para suplir el declive demográfico con una nueva fuerza de trabajo que sataniza el concepto de fronteras y promueve la sociedad abierta.
Así es como ha surgido la superación del concepto de nación y el deseo de borrar nuestra identidad fundada en raíces cristianas. Y eso a pesar de que, como recuerda Benedicto XVI, el autor de un libro esclarecedor como La nueva Europa: identidad y misión: “Europa no es un concepto geográfico, sino cultural, conformado por un recorrido histórico que, aunque conflictivo, está centrado en la fe cristiana”.
Es difícil olvidar el documento de la Comisión Europea que quería suprimir la palabra Navidad y los nombres de pila. Pero, mientras tanto, la UE, empeñada en denunciar una supuesta islamofobia, no dice ni una palabra sobre los crecientes episodios de intolerancia hacia los cristianos (que mientras no se demuestre lo contrario son la mayoría de los ciudadanos) en los países europeos. En Francia y Bélgica, los casos de iglesias quemadas, estatuas religiosas destrozadas, e incluso sacerdotes asesinados como el padre Jacques Hame, se han vuelto habituales.
Si se considera que lo espiritual y lo religioso son aspectos de la vida humana de los que podemos prescindir (Augusto del Noce ya advertía de los peligros de la secularización), la reeducación europea pasa por el uso de la tecnología y por la tecnocracia. Las redes sociales e internet, que deberían representar una herramienta para la libertad de palabra, corren el riesgo de verse restringidas bajo el pretexto de luchar contra la desinformación y la injerencia extranjera, como lo demuestra la última directiva europea sobre publicidad política.
El enfoque dirigista de la Unión Europea no perdona a ningún sector de la sociedad y está cada vez más omnipresente. Prevalece sobre las naciones y las autoridades locales, sin tener en cuenta las necesidades de las comunidades y favoreciendo una visión homogeneizadora. Una función pedagógica destinada a los europeos, plasmada negro sobre blanco por la UE en las conclusiones de la Conferencia sobre el futuro de Europa. Por un lado, propone una estandarización destinada a borrar las identidades individuales. Por otro, las políticas europeas acaban siendo rehenes de minorías ideológicas que quieren imponer su agenda.
Y por si las normativas y directivas aprobadas hasta la fecha no fueran suficientes, lo peor está por llegar: la reeducación europea no ha hecho más que empezar.
Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria
Momento de la ópera ‘Nixon en China’ Camilla Winther
La ideología ha muerto, ¡viva la ideología! Por exagerado que parezca, nunca ha sido más necesario posicionarse ideológicamente que en nuestros días. La lucha sin cuartel que se libra entre democracia y tecnocracia hace que no sean posibles medias tintas y que, cargados de argumentos y de una concepción concreta del hombre, la sociedad y el rol de la política, debamos apostar por una opción u otra. Nunca ha sido, sin embargo, tan desconcertante tomar partido entre los distintos bloques. La división izquierda/derecha, que sigue corriendo por nuestras venas como si fuese sangre verdadera y no una adulterada sustancia que nos embota la razón, nos impide ver que las realidades ideológicas que cada uno de estos bloques acoge son tan divergentes entre sí que pareciese que una mente diabólica separó en ellas lo que era similar, y unió lo que era diferente, para así condenar la racionalidad política al desarraigo y la psicosis.
Hablando de manera clara: hay cierta parte de la izquierda que siempre ha debido ir de la mano de cierta derecha en su defensa de una vanguardia tecnócrata y autoritaria que dirija los destinos de la población en aras de un futuro pretendidamente utópico (es decir, buena parte de los defensores del comunismo y del capitalismo en su dimensión práctica y real). Existe, sin embargo, un vector de la izquierda que en su defensa del poder político común y del derecho a la autosubsistencia como base de la libertad siempre ha debido ir con la derecha que se enfrenta a la concentración del poder y defiende la eticidad de nuestro legado antropológico (es decir, comuneros y tradicionalistas, aunque incluyendo también a los liberales anti-monopolistas, a los comunistas heterodoxos y, como no, a gran parte de los anarquistas de izquierda y derecha).
El desconcierto ideológico imperante queda claro si acudimos a los medios y prestamos atención a qué es lo que dice defender cada quien, y a lo que realmente defiende. Por ejemplo, si sintonizamos EsRadio, medio apologeta del capitalismo como base de la civilización, no solo escucharemos las proclamas de Jiménez Losantos contra el Foro Económico Mundial e instituciones capitalistas afines, sino también sus alertas contra la expropiación de bienes comunales y privados que está llevando a cabo Forestalia para implantar aerogeneradores eléctricos en Teruel por medio de técnicas de destrucción social y ambiental. El elemento más desconcertante de esta crítica es que, aunque Losantos describe a la perfección el intervencionismo masivo que siempre caracterizó al capitalismo en su lógica de creación forzada de mercados verticales, atribuye este al comunismo que estarían promoviendo las élites financieras mundiales y no al capitalismo verde que estas defienden abiertamente. Por si la confusión fuese poca (¿se ha vuelto comunista el capitalismo?), Mónica García, la médico de Más Madrid que nos recomendaba sustituir el alcohol por un vasito de agua, no tiene ningún problema en declararse, desde su ideología de izquierdas, fan del Foro Económico Mundial (presidido por un individuo de pasado nazi desde 1971 que se declara amante de la más distópica política eugenésica) y de todo lo que la élite empresarial mundial cueza en los resorts de Davos.
Desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha
Este momentum de confusión ideológica queda claro si acudimos a la revista CTXT, que pese a presentarse a sí misma como furibundamente anticapitalista y tener estampitas de Noam Chomsky (el Tamames yanqui) a lo ancho y largo de sus páginas, nos presenta artículos que no solo defienden al Foro Económico Mundial sino que, en su superación del keynesianismo, apuestan a nivel práctico por políticas propias del capitalismo de destrucción creativa schumpetteriano popularizado por Mariana Mazzucato. En este sentido, debemos destacar el blanqueamiento de ChatGPT llevado a cabo por Sebastian Faaber, quien en una apología ye-yé del impacto de esta tecnología en la educación afirmaba que “la aparición de la inteligencia artificial ha sido una sacudida bienvenida: un desafío para inventar una pedagogía inimitable, impredecible, que no trate a los alumnos como si fueran robots”. Es decir, todo profesor que no se reinvente de acuerdo con los dictados del mercado tecnológico y no participe en una competición sin fin, adaptándose a la “sacudida” del capitalismo (“vendavales de destrucción creativa”, que decía Schumpeter), será relegado a la cuneta histórica de los inútiles (¿no es este discurso abiertamente capitalista, añejamente neoliberal?).
En una línea similar, Nuria Alabao, reconocía en otro artículo el problema futuro que supone la baja natalidad existente en España pero tachaba como etnonacionalismo promover políticas de natalidad (que serían una agresión a la mujeres blancas españolas, suponemos) y apostaba por competir, cuando llegue el momento, con otros países para captar el mayor número de inmigrantes posibles, porque, ya sabemos, atraer mano de obra barata que tenga un estatuto de ciudadanía de segunda o tercera clase para que nos pague las pensiones es política humanitaria (¿desconoce Alabao lo que le ha sucedido a los inmigrantes que desde el siglo XIX han acudido a las llamadas de grandes capitales?)
En definitiva, amarrado a su inconsciente ideológico, el capitalismo, en la más deshumanizada y autoritaria de sus versiones, se está convirtiendo en el espíritu de la nueva izquierda global.
La fusión final de capitalismo y socialismo
¿Son estas posiciones ejemplos de disforia ideológica que requieren la aprobación exprés de una Ley Trans de la ideología, o se trata en realidad de tomas de partido coherentes que muestran en este momento de apocalipsis o revelación ideológica que las aguas están volviendo a su cauce y que cada quien defiende aquello que siempre creyó defender con los vocablos equivocados? Si una cosa nos deja claro el momento presente es que capitalismo y socialismo se han finalmente fusionado, dando rienda suelta a la pulsión tecnócrata y autoritaria que siempre los caracterizó. Por muy contradictorio que pueda parecer equiparar estas dos ideologías, debemos reconocer que la única contradicción es la que se produce entre nuestro ego socialista o capitalista y la terca realidad política. Socialismo y capitalismo son dogmas de fe teóricos que, nacidos como dos reversos de la misma moneda (creencia ciega en el progreso, la industria, etcétera), llevan mezclados ya demasiado tiempo en la práctica como para negar su efectiva coexistencia. El bloque capitalista solo pudo sobrevivir mediante la implantación de políticas de inspiración socialista (pensemos en el New Deal de Roosevelt) mientras que el bloque comunista tuvo que resignarse a promover desde muy pronto un capitalismo de estado que ha dado lugar, en cierto sentido, a la distópica quimera sociocapitalista china tras los pactos entre Nixon y Mao de 1972.
En España la situación no ha sido muy diferente, pues desde tiempos del desarrollismo franquista se ha ido implantando un socioliberalismo de facto en el que, una vez entrados en democracia, poca diferencia ha habido entre que gobernase la izquierda o la derecha. Esto no significa negar intentos en diferentes lugares del globo de imponer revoluciones capitalistas o comunistas en las últimas décadas, las diferencias que puedan existir en el estado español entre comunidades autónomas que hayan enfatizado más un modelo u otro, o el impacto que una pequeña variación en la política económica pueda tener en la vida de amplios grupos de ciudadanos. Se trata simplemente de afirmar que la distinción izquierda/derecha ha sido el opio de las sociedades surgidas del proyecto ordoliberal europeo, el muro que nos ha impedido ver quiénes son nuestros potenciales aliados de lucha ideológica y quienes nuestros adversarios.
La implosión de la revolución tecnócrata
El corrimiento de tierras ideológico que ha destrozado los bastiones de izquierda y derecha lleva décadas gestándose, pero se hizo notorio tras la revolución tecnócrata-global declarada en marzo del 2019 a propósito de la crisis de la covid-19. El elemento que demuestra que se trata de toda una revolución es que muchos de los que apoyaron con entusiasmo la caza de brujas y las medidas autoritarias y contracientíficas implantadas en aquel momento, despertaron en cuanto comprobaron que la tecnocracia global autoritaria empleada entonces se normalizaba. Para muchos queda ya claro que el propósito del régimen tecnócrata global en ciernes no es otro que imponer arbitrariamente y al margen la división de poderes, la esfera pública o los protocolos de la ciencia, medidas en nombre del cambio climático, la digitalización, la búsqueda de la igualdad o la resignificación woke de lo que es un individuo. Estas políticas no parecen tener otra finalidad que la de destruir el tejido social y extraer riqueza a unos niveles nunca antes vistos.
La división ya no será entre izquierda y derecha sino entre proactivos y precaucionarios
Este mismo furor revolucionario es el que comenzó a alterar el contenido de las distintas ideologías. En un abrir y cerrar de ojos, todos aquellos que desde la izquierda defendían políticas de redistribución de la riqueza pasaron a ser considerados criptofascistas (rojipardos, neorrancios, etc.), mientras que los defensores de políticas asociales y estamentales que hacen de la identidad un producto de consumo, pasaron a encarnar el verdadero socialismo. Este proceso de expropiación ideológica no tardará en llegar a la derecha capitalista, haciendo que aquellos liberales que dicen estar en contra de los monopolios y defienden la seguridad material y jurídica del individuo sean tachados de capitalistas reaccionarios, de traidores, o de socialistas encubiertos si se atreven a criticar el autoritarismo tecnócrata de los grandes poderes mundiales, y no aceptan entregar su cuerpo, su alma, e incluso su casa, a causas como la de la Agenda 2030.
Es sencillo constatar que la revolución tecnócrata-global iniciada en 2019 ha producido cambios en los cimientos de nuestras estructuras ideológicas que serían impensables antes de esas fechas. La conjunción de intereses más extraña que este atentado contra la ciudadanía llevó a cabo fue la que unió en una agenda de mínimos a anarcocapitalistas seguidores de Hayek, Mises y demás “austríacos” con simpatizantes de la izquierda comunalista. Esta confluencia nos muestra que estamos ya viviendo bajo un ethos posthumano, pues si hay algo que unifica a estos dos colectivos es la negativa a creer que un grupo selecto de individuos, por superdotados cognitivamente que sean, pueda entender cómo funciona una sociedad e imponer medidas verticales que hagan que esta llegue a un estadio superior (proyecto del posthumanismo). En este sentido, la democracia popular defendida por cierta izquierda (“o povo é quen máis ordena”) acaba convergiendo con lo que hasta ahora parecía una parodia de la misma, es decir, la consideración de que un mercado ha de estar desregulado porque es la gente con la lógica de compraventa la que decide los precios, pues solo Dios, según decía Juan de Lugo en el siglo XVIII, puede conocer el valor real de cada cosa, vistos los múltiples factores que intervienen en este.
En nuestro país esta revolución tecnócrata-global ha producido enormes modificaciones al convertir a los nacionalismos subestatales en defensores del globalismo autoritario deseosos de entregar las soberanías nacionales, que debieran proteger, a las grandes estructuras de gobernanza mundial y privilegiando, por lo tanto, tecnocracia frente a democracia. Si Ana Pontón, líder del BNG, pedía durante la pandemia al presidente de la Xunta que implantase las mismas políticas de corte fascista que Jacinda Ardern estaba imponiendo en Nueva Zelanda (curioso que no reclamase medidas como las de Suecia o incluso México), el catedrático de Stanford Joan Ramon Resina proclamaba hace un par de semanas la superioridad racional de los catalanes sobre los españoles, por no caer los primeros, como los segundos, presa de discursos que cuestionasen las medidas tecnócratas relativas a la crisis de la covid-19, el cambio climático o la política otanista en la guerra de Ucrania. Según el eximio iberista, esta supuesta diferencia de criterio se debería a la naturaleza europea de los catalanes versus la naturaleza africano-oriental de los españoles, que los haría ingeniosos e impetuosos pero poco racionales..
El apocalipsis de las ideologías ante el posthumanismo
El proceso de beatificación de la tecnocracia ejemplificado en los casos anteriores lleva tiempo ganando adeptos en la esfera pública española por medio de las defensas que de ella hacen santos varones como Daniel Innerarity al fantasear con la idea de que vivimos en sociedades tan complejas que las decisiones no pueden ser ya tomadas de acuerdo con los protocolos de las democracias liberales. Esta disyuntiva, sin embargo, está intrínsicamente relacionada con el proyecto de dominación política en marcha del posthumanismo. Partiendo de una reconfiguración ideológica similar a la descrita en este artículo, los transhumanistas Fuller y Lipinska nos alertan de que, en la sociedad de la inteligencia artificial, la división ideológica ya no será entre izquierda/derecha sino entre proactivos (aquellos que aceptan los dictados biotecnológicos para mejorar como especie, pese a los riesgos que implican y la anulación de libertades que conllevan) y los precaucionarios (aquellos que prefieren seguir siendo humanos, anteponiendo la seguridad física y material a experimentos de dudoso resultado).
Fuller y Lipinska presentan el transhumanismo/posthumanismo como una evolución natural del capitalismo que acabaría arrastrando a la izquierda hacia sus redes. En este sentido, todo liberal que defienda la libertad individual y jurídica de los individuos, así como su derecho a la propiedad, debiera estar en pie de guerra ante la realidad capitalista que se está conformando a manos de la ortodoxia posthumana. Por ejemplo, los mismos Fuller y Lipinska afirman desde un prisma imperialista cristiano que el ser humano ha recuperado su divinidad al ser absuelto del pecado original por la redención de Cristo y que, por lo tanto, está obligado a tratar su propio material genético como un capital (partiendo de la idea de hedge fund hablan de hedge genetics) y sumirse en una lógica de riesgo extremo que, por medio de ensayo-error, permita a otros individuos de la especie alcanzar mayores niveles de inteligencia y longevidad y alcanzar así el estatus divino prometido. Para conseguir estos objetivos, los autores apuestan por lo que denominan un enfoque proactivo que cambiaría nuestro reglamento civilizatorio en al menos tres niveles fundamentales. En primer lugar, modificando los protocolos científicos (acelerándolos, sin necesidad de testeos rigurosos) y dejando de lado la máxima Primum non nocere (“Lo primero es no hacer daño”) atribuida al juramento hipocrático; en segundo lugar, modificando las bases del contrato social y de los estados de bienestar para que los individuos puedan asumir riesgos genéticos (formar parte de un experimento, etc.) y ser recompensados por ello; por último, acabando con la cultura socioliberal de los derechos individuales.
Estas ideas, por muy delirantes que parezcan, forman parte de un nuevo sentido común en ciernes, y no será extraño encontrarse cada vez con más férreos defensores de ellas. Las instituciones globales están ya recorriendo este camino, como muestra el hecho de que Jeremy Farrar, hasta hace poco presidente de Wellcome Trust, institución que patrocina proyectos transhumanos con una agenda prácticamente idéntica a la descrita arriba, haya sido nombrado científico jefe de la Organización Mundial de la Salud.
Es por eso que la batalla ideológica es inminente. No se trata ya de discutir lo que debiera ser la izquierda o la derecha mientras tarareamos canciones de Ismael Serrano, sino de asumir que el verdadero dilema está en la estructura del poder político, y que las opciones que se nos presentan, ofuscadas entre colores y culturas políticas, son solo dos: tecnocracia o democracia.
El lenguaje político manipula el debate político. Los detractores del aborto que se definen a sí mismos como «pro vida» convierten semánticamente a los partidarios del aborto en «pro muerte». Los partidarios del aborto que se definen como «pro elección» semánticamente convierten cualquier oposición en «anti elección». ¿Quién quiere ser «pro muerte» o «anti elección», después de todo? Tal es la naturaleza de la política. Las palabras son armas: cuando se manejan con destreza, modelan el campo mental de batalla.
Así las cosas, ¿por qué los dirigentes occidentales hablan tanto de democracia y tan poco de derechos individuales? ¿Por qué predican las virtudes de las instituciones internacionales mientras demonizan el nacionalismo como algo xenófobo y peligroso? Eso significa que la soberanía nacional y los derechos naturales e inviolables están siendo atacados frontalmente en todo Occidente.
Se ha vuelto bastante común que los políticos europeos y estadounidenses dividan el mundo entre naciones «democráticas» y «autoritarias»; las primeras son descritas como poseedoras de una bondad inherente y las segundas, despreciadas como una amenaza para la existencia misma del planeta. Por supuesto, después de más de dos años de imposición de mascarillas, vacunas y permisos de viaje por el covid-19, a menudo por medio de acciones ejecutivas o administrativas unilaterales –y no por medio de una decisión del Legislativo o tras un referéndum popular–, cuesta afirmar que las naciones democráticas están libres de impulsos autoritarios.
Cuando los presidentes y primeros ministros elaboran y aplican leyes a su antojo so pretexto de los «poderes de emergencia», la ciudadanía no debería sorprenderse cuando descubren un sinfín de emergencias que requieren una actuación urgente. Si hay alguna duda al respecto, sólo hay que mirar la implacable decisión del primer ministro canadiense, Justin Trudeau, de sofocar las protestas pacíficas del Convoy de la Libertad de los camioneros contra la obligatoriedad de las vacunas experimentales, a principios de este año, confiscando cuentas bancarias y efectuando detenciones por la fuerza, con escasa consideración por el proceso debido o la libertad de expresión de los canadienses. La emergencia decretada por Trudeau prevaleció sobre los derechos individuales de los ciudadanos canadienses.
Ciertamente, la democracia en sí misma no es garantía de una sociedad noble y justa. En una democracia perfectamente funcional de cien ciudadanos, cincuenta y uno pueden votar para negar a los otros cuarenta y nueve la propiedad, la libertad e incluso la vida. Si un miembro de la minoría se ve esclavizado por el Estado o condenado a ser ejecutado simplemente porque la mayoría así lo desea, no cantará las alabanzas de la democracia cuando le pongan la soga al cuello.
Los principios del federalismo (donde la jurisdicción del gobierno soberano se divide entre una autoridad central y sus partes constituyentes locales) y la separación de poderes (donde las funciones judicial, legislativa y ejecutiva del gobierno se dividen en ramas distintas e independientes) procuran controles de peso contra la concentración y el abuso del poder.
Ahora bien, es la asunción que ha hecho tradicionalmente Occidente de los derechos naturales, que existen al margen de y son superiores a la autoridad constitucional, lo que brinda la mayor protección contra el poder injusto del gobierno (democrático o no). Cuando los derechos naturales se consideran inviolables, como sucede en la Declaración de Independencia de Estados Unidos, la libertad de expresión no puede ser censurada simplemente por que el gobierno no esté de acuerdo con determinado mensaje. Cuando la propiedad privada se entiende como un derecho inherente a los individuos, Trudeau no puede ir tan fácilmente a por las cuentas bancarias privadas al declarar una emergencia. Sin embargo, cuando los derechos naturales individuales se consideran obsequios del gobierno, desaparecen rápidamente cuando las autoridades lo consideran oportuno.
Cada vez es más frecuente que se ataque a los derechos individuales como «egoístas» y contrarios al «bien común». Si los gobernantes convencen a los ciudadanos de que los derechos personales no existen, o de que no deberían existir, entonces los regímenes autoritarios que adoptan diversos tonos de comunismo o fascismo llaman a la puerta.
El imperio de la ley no sanciona la tiranía simplemente porque lo injusto haya sido promulgado democráticamente. Si una minoría con derecho a voto resulta vulnerable ante los caprichos de la mayoría, entonces percibirá el régimen democrático como excesivamente autoritario. Y si su vida, su libertad o su propiedad están en juego, es muy posible que usted prefiera el juicio de un dictador benévolo antes que las exigencias de una turba resentida pero democrática.
Lo contrario de la tiranía no es la democracia, sino la libertad y los derechos individuales. ¿No resulta sorprendente, pues, que los dirigentes occidentales exalten la democracia pero rindan tan poco homenaje a las libertades personales? Sin duda, la civilización occidental debería ensalzar la libertad de expresión, la libertad de religión y la libertad de acción, tan arduamente conquistados. Sin duda, el avance de la libertad humana debería celebrarse como un triunfo de la razón y la racionalidad sobre los sistemas feudales de poder y sus formas imperiosas de control. Las sociedades libres se distinguen de los regímenes autoritarios por su firme protección de los derechos humanos inviolables, que existen con independencia del derecho estatutario. Sin embargo, rara vez se habla de la libertad y los derechos individuales. Los políticos ensalzan las «virtudes» de la democracia y poco más. Es como si un juego de manos lingüístico hubiera despojado a los ciudadanos occidentales de su patrimonio más valioso.
Los líderes políticos occidentales han recurrido al vudú retórico para sustituir la «libertad individual» por vagas nociones a la «democracia», y utilizado una brujería similar para sustituir la soberanía nacional por formas internacionales de gobierno. ¿Qué son la Unión Europea, las Naciones Unidas y la Organización Mundial de la Salud sino estructuras institucionales para debilitar el poder del voto particular de los ciudadanos de cada nación entregando a no ciudadanos poderes antaño vinculados a la soberanía nacional?
¿No es extraño que los dirigentes occidentales alaben la democracia por encima del autoritarismo mientras, al mismo tiempo, reducen el poder de sus votantes y refuerzan la autoridad de las instituciones extranjeras? ¿No deberían las naciones democráticas decidir sus propios destinos? Si no es así, si deben someterse a la autoridad de la UE, la ONU o la OMS, ¿pueden seguir afirmando que están siendo gobernadas democráticamente?
Hoy en día, nacionalismo es un término denigrante, como si todo lo que se haga en interés de la nación fuera intrínsecamente sospechoso. Los ciudadanos que expresan orgullo patriótico por su cultura y su historia suelen ser tachados de cerriles e intolerantes. Los movimientos políticos que defienden la autodeterminación nacional (como la coalición MAGAdel presidente Trump en Estados Unidos y el Brexit en el Reino Unido) son ridiculizados habitualmente como «fascistas» o «neonazis». Y se les tacha de «amenazas« a la democracia incluso cuando triunfan en elecciones democráticas.
Pero ¿por qué las formas más grandes y vastas de gobierno internacional deberían considerarse más virtuosas y menos corruptas que las formas nacionales? Cuando Roma pasó de República a Imperio, ¿se volvieron sus instituciones, ya internacionales, intrínsecamente más fiables? Cuando el Sacro Imperio Romano Germánico unió gran parte de Europa, ¿lucieron sus emperadores menos autoritarios? Por otra parte, si el Partido Nazi de Hitler hubiera logrado conquistar toda Europa, ¿habría merecido su Unión Europea una mayor legitimidad que los regímenes nacionales de Polonia, Bélgica o Francia?
Seguramente es tan absurdo alabar las instituciones internacionales por encima de los regímenes nacionales sin tener en cuenta las formas que adoptan como lo es alabar la democracia sin tener en cuenta las libertades y los derechos individuales. Seguramente es más fácil fiscalizar las acciones de un político local que exigir responsabilidades a un funcionario de un ente lejano, en Washington DC, Nueva York, Bruselas o Ginebra. Sin embargo, los organismos internacionales gozan hoy de una enorme consideración, mientras que los nacionales son tratados con frecuencia con desdén. Es como si la soberanía nacional hubiera sido demolida porque no se puede confiar en los votos de las naciones democráticas para servir a los intereses internacionales. Cuando los líderes occidentales replican como loros lo quedice el Foro Económico Mundial, no parece que sigan el mandato de sus electores. Recurrir a organizaciones no electas, no transparentes y que no rinden cuentas parece una forma bastante extraña de luchar contra el autoritarismo.
Cuando a las poblaciones nacionales se les niega la autodeterminación y las libertades personales se tratan como privilegios en vez de como derechos, la tiranía nunca está lejos de imponerse. Ocultar esa realidad tras manipulaciones del lenguaje no cambia la poderosa verdad. Simplemente se difiere el conflicto para más tarde, cuando sea más explosivo.
El presidente de Brasil destacó desde Emiratos Árabes Unidos que «acabar con la diseminación del odio en las redes sociales de todos los países» es un tema que debería ser abordado por las mayores potencias del planeta. En febrero envió una carta a la conferencia global Internet for Trust, realizada por la Unesco, en la que pidió que se establezca una regulación de las plataformas digitales a escala mundial con la excusa de evitar que «amenacen la democracia»
El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, fue recibido en Abu Dabi por su homólogo de los Emiratos Árabes Unidos, Mohamed bin Zayed Al Nahyan. (EFE)
La insistencia del presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, de controlar las redes sociales no tiene límites ni fronteras. Luego de haber enviado una carta en febrero a la conferencia global Internet for Trust, realizada por la Unesco en París, en la que pidió que se establezca una regulación a las plataformas digitales a escala mundial, este domingo anunció desde Abu Dabi su intención de elevar este debate al G-20, poniendo así la mirada en la próxima cumbre de jefes de Estado y de Gobierno de este bloque que se celebrará el 9 y 10 de septiembre en Nueva Delhi, India.
“Necesitamos discutir en el G-20 cómo vamos a cuidar de las plataformas digitales, que no tienen ninguna responsabilidad con las ‘fake news’, con la transmisión de odio, con verdaderas prácticas terroristas a través de una red digital que de social tiene muy poco”, dijo a periodistas al finalizar su visita a Emiratos Árabes Unidos, donde hizo una parada a su regreso de China.
Así como en esta ocasión Lula invoca la supuesta lucha contra los discursos de odio, que se ha convertido en un arma de la izquierda para imponer el relato de la políticamente correcto, hace un par de meses argumentaba que su cruzada contra la libertad de expresión en las redes sociales tenía como objetivo evitar que estas “amenacen la democracia”, aprovechando como excusa el asalto a los poderes del 8 de enero en Brasilia.
La nueva excusa de Lula para controlar las redes sociales
Ahora usa la violencia desatada en escuelas de Brasil –siendo el caso más grave el ocurrido el 5 de abril en la ciudad de Blumenau, en el estado de Santa Catarina, donde un hombre mató a cuatro niños con un hacha– para justificar su pretensión de controlar el contenido que se publica en las redes sociales, lo cual viene promoviendo desde mucho antes que ocurrieran los hechos que hoy le sirven de sustento a su tesis.
Y es que a raíz de los ataques ocurridos en escuelas de Brasil, desde el miércoles el Gobierno del líder izquierdista endureció las normas que rigen la actividad de estas empresas en el país, las cuales deberán ahora fiscalizar el grado de “amenaza” y colaborar “inmediatamente” con la Policía en la debida “identificación” de usuarios “peligrosos”, entre otras exigencias.
Si bien los hecho de violencia pueden ameritar la implementación de medidas de seguridad por parte del Estado, la intención de Lula no se limita a estas situaciones. Su idea de controlar las redes sociales no solo es de larga data sino que además pretende buscar el apoyo de otros gobiernos para que se aplique de manera global, quedando una vez más en evidencia que el fin de todo socialista es aumentar el control estatal en todos los ámbitos, tanto el político como el económico, el social y el comunicacional.
¿Copiar el modelo chino?
El régimen chino es el mejor ejemplo, donde todas las plataformas digitales están vigiladas por el Partido Comunista de China (PCCh) que gobierna el país bajo un sistema de partido único sin oposición, lo cual por cierto alabó Lula durante la visita al gigante asiático que culminó el viernes.
Resulta además preocupante que los medios de comunicación y agencias de noticias al servicio del mal llamado progresismo se sumen a este discurso que a la larga terminará marcando el inicio de su propia censura, como es el caso de EFE, que culmina su nota sobre este información destacando que Lula –a quien exalta reiteradamente como “líder progresista” (nunca izquierdista)– subrayó que “acabar con la diseminación del odio en las redes sociales de todos los países” es un tema que está “a la orden del día” y, por tanto, debería ser abordado por las mayores potencias económicas del planeta.
La intención de imponer una censura global es clara y más que evidente.
Así es el nuevo DNI 4.0: cambios y novedades del documento que entra en vigor en toda Europa | Policía Nacional.
El documento de identidad digital entra en su fase de implantación a escala europea. Después de que la Comisión revelara la arquitectura técnica que dará soporte a los distintos proyectos piloto, y de que se eligieran a las empresas que los van a elaborar, el documento digital está ahora en manos de las instituciones europeas, y podría entrar en vigor sin necesidad de votación parlamentaria.
La ley sobre el documento digital de identidad entra esta primavera en la fase de negociaciones institucionales entre el Parlamento Europeo, la Comisión y el Consejo. Inicialmente previsto para ser sometido a votación plenaria de los eurodiputados este mes, el paquete legislativo sobre las posibilidades que permitirá el próximo documento digital europeo podría saltarse esta fase y negociarse al más alto nivel de las instituciones europeas sin contar con la opinión de los eurodiputados.
De acuerdo con el Reglamento del Parlamento Europeo (artículo 71.1), la comisión parlamentaria encargada del expediente de identidad digital (en este caso, la comisión ITRE, responsable de asuntos industriales) votó por mayoría de sus miembros una autorización para llevar la ley directamente a la mesa de negociación, sin debate y sin votación de los eurodiputados.
De este modo, la ley europea del documento de identidad digital continuará su periplo legislativo entre la Comisión Europea (gobierno ejecutivo) y el Consejo Europeo (representación de los Estados miembros), y se saltará el debate parlamentario.
El documento incluye el historial médico
El documento de identidad digital lleva más de año y medio entre los planes de la Unión Europea. En junio de 2021 se modificó el Reglamento sobre Derechos Digitales (Reglamento eIDAS) para incluir el marco jurídico del futuro documento digital.
Desde entonces se han producido dos grandes piruetas. En primer lugar, el típico equipo oscuro de expertos de la Comisión Europea ideó la arquitectura de referencia que dará soporte a los documentos digitales y los hará interoperables. Después, dos empresas (Potential y Nobid) fueron elegidas por la Comisión para construir los primeros pilotos.
El documento digital, una aplicación anclada en el teléfono móvil sobre una nueva generación de tarjetas SIM, contendrá los datos civiles y biométricos (huella dactilar, foto, etc.), permitirá alojar el expediente médico y recibir recetas electrónicas de fármacos, dará acceso a la cuenta bancaria y a servicios gubernamentales (impuestos, prestaciones sociales), contendrá el permiso de conducir y potencialmente todos los documentos y certificados importantes (diplomas, certificados de seguro). Por último, deberá poder servir de terminal de pago, a través de la conectividad NFC de los teléfonos móviles, y será compatible con el próximo euro digital.
Esta tecnología es una herramienta de control político. Otorga a los Estados un conocimiento exhaustivo del comportamiento cotidiano de sus ciudadanos. Las empresas que están coconstruyendo los primeros proyectos piloto (Thales, Idemia), están en la vanguardia de las tecnologías de vigilancia y control policial.
Los documentos dotarán a los ciudadanos europeos de un identificador único que será rastreable por los gobiernos europeos y las empresas que los van a elaborar. Las personas quedan equiparadas al ganado y a sus propias mascotas domésticas.
Tan tenebroso como lo que estos trastornados creen que pueden hacer contra LA HUMANIDAD es que a ésta, – al menos en gran parte – no le parezca anormal que una SELECCIÓN DE PSICÓPATAS unidos asociados, por el hecho de ser quienes fabrican el dinero y se apropiaron de él en cantidades siderales manipulando leyes, políticos, empresas, instituciones, deudas, intereses, valor, comprando almas, medios masivos, puedan o deban ser amos y dueños de lo que ellos ven como una GRANJA HUMANA y DECIDIR SOBRE NUESTRAS VIDAS.
Es la pretensión de la distopía más negra jamás contada y es real.
O sea, todo lo contrario a lo que los mejores humanos han comprendido de sí mismos y en sus semejantes:
RECONOCER DERECHOS INDIVIDUALES NATURALES en La Vida, La Libertad y La Propiedad de cada uno de nosotros y que esos derechos nos fueron concedidos en nuestra esencia y naturaleza. Única forma de edificar comunidades prósperas.
Que ningún humano puede ni debe ser amo de otro por imposición, más allá del natural reconocimiento de LAS JERARQUÍAS O AUTORIDADES NATURALES, por sabiduría, conocimiento, honestidad sin por ello edificar sistemas de sometimiento entre semejantes.
De cualquier modo, su Hybris ya tiene fecha como la tuvieron todos los delirantes chiflados que quisieron ser Dios sobre los hombres.
Y el mal, termina por auto destruirse.
Pero mientras tanto seamos conscientes todos y parte del BIEN, activos cada uno en su lugar y posibilidades. (Individuo Libre)
Las innumerables restricciones en calefacción y electricidad que los europeos tienen que imponerse tendrán consecuencias devastadoras. Debido a los demenciales precios actuales de la energía, The Economist calcula que este invierno morirán 147.000 europeos, una cifra superior a la media anual. En la imagen (Leon Neal/Getty Images), ancianos sentados en una cafetería del Teatro Jacksons Lane de Londres el 30 de noviembre de 2022. El teatro, al igual que algunas organizaciones benéficas, ayuntamientos y grupos comunitarios, ofrece al público el uso gratuito de zonas comunes con calefacción a modo de «banco caliente», donde la gente puede pasar el tiempo sin necesidad de calentar sus casas.
La explosión de los precios de la energía tras el inicio de la guerra en Ucrania, pero sobre todo como consecuencia de la políticas energéticas verdes que han hecho a Europa tan dependiente del gas ruso durante los últimos 20 años, está llevando a cientos de millones de europeos a restringir su consumo energético en calefacción, especialmente este invierno.
Mientras lee esto, algunas familias europeas están en sus salones a 15 grados (59° Fahrenheit). ¡Feliz Año Nuevo!
Y el invierno no está cerca de su fin. Las innumerables restricciones en calefacción y electricidad que los europeos tienen que imponerse –no les queda más remedio– tendrán consecuencias devastadoras. Esta es la conclusión de un sólido estudio estadístico publicado recientemente por la revista británica The Economist.
Debido a los demenciales precios actuales de la energía, explica The Economist, este invierno morirán 147.000 europeos más que en el promedio anual del periodo 2015-2019. Si el invierno es suave, la cifra se reducirá a 79.000 muertes de más. Si el invierno es duro, se prevé que el excedente de muertes ascienda a 185.000:
«La única conclusión firme que ofrece nuestro modelo es que si las pautas de 2000-19 siguen vigentes en 2022-23, el arma energética rusa será muy potente. Con los precios de la electricidad cerca de sus niveles actuales, morirían unas 147.000 personas más (un 4,8% por encima de la media) que si esos precios volvieran a la media de 2015-19. Con temperaturas suaves –utilizando el invierno más cálido de los últimos 20 años para cada país–, esa cifra descendería a 79.000, un 2,7% más. Y con las [temperaturas] gélidas, tomando como referencia el invierno más frío de cada país desde 2000, ascendería a 185.000, un aumento del 6,0%.»
Se calcula que decenas de miles de soldados han muerto en la guerra de Ucrania. Dicho de otro modo, y según The Economist, incluso en el mejor de los casos –un invierno suave–, la explosión de los precios de la energía podría matar a más europeos que soldados han muerto en la guerra de Ucrania. Asombroso.
The Economist se muestra prudente, y con razón: la explosión de los costes energéticos en el último año no tiene precedentes en Europa. La proyección estadística debe tener en cuenta las políticas nacionales de limitación y suavización de los precios de la energía. Sin embargo, siempre es saludable desconfiar de los modelos matemáticos a futuro –pensemos en los informes del IPCC y en las recientes proyecciones de muertes por covid.
El frío mata. El frío mata directamente a los que renuncian a la calefacción, a los que perecen en la calle. El frío favorece las enfermedades mortales propias del invierno. El frío mata a quienes intentan calentarse por medios alternativos e improvisados durante los apagones e interrupciones del suministro.
Esta tragedia es consecuencia directa de las políticas energéticas verdes que se han seguido en Europa durante los últimos 20 años.
La construcción del orden europeo occidental posterior a la Segunda Guerra Mundial, que aún no era una «Unión Europea», se basó en gran medida en el deseo de fomentar la producción de energía abundante y barata. Dos de las tres comunidades originales –la del carbón y el acero y la de energía atómica– respondieron a ese deseo. El principal objetivo del Euratom era crear «las condiciones para el desarrollo de una potente industria nuclear europea» capaz de garantizar la independencia energética de los seis miembros originales de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (que acabó convirtiéndose en la Unión Europea).
Durante mucho tiempo, la política energética europea estuvo bajo la égida de expertos como Samuele Furfari, conscientes de que la energía sustenta la existencia humana en todas sus manifestaciones.
Hoy, la Comisión Europea está dominada por sedicentes ecologistas como Frans Timmermans y la alemana Ursula von der Leyen –y para qué hablar de las andanzas del Parlamento Europeo–. El desprestigio en que ha caído la única fuente de energía sostenible, no intermitente y genuinamente europea –la nuclear– se debe en gran medida a las decisiones de la UE.
Por supuesto, la energía nuclear no está exenta de riesgos y deficiencias. También está la cuestión de los residuos nucleares, que no son tan fáciles de gestionar. Sin embargo, tras el progresivo destierro del carbón en gran parte de Europa, y dado que los países de la UE prácticamente no disponen de gas propio de fácil extracción, sólo quedan dos opciones: la energía nuclear y el gas importado, procedente hasta ahora de Rusia, Qatar y Argelia, tres regímenes autoritarios. América también tiene gas, pero para eso Europa necesita terminales de gas natural licuado (GNL). Alemania, por ejemplo, sólo tiene una terminal flotante de este tipo. Estas son las razones por las que la energía nuclear debe formar parte del mix energético europeo, si el Viejo Continente quiere seguir siendo un poco independiente, especialmente de países como Rusia y Qatar.
Esto no exime de sus responsabilidades a los Gobiernos nacionales europeos. El presidente francés, Emmanuel Macron, desinvirtió en un primer momento en el parque nuclear francés, y ahora intenta parchearlo a toda prisa. Bélgica es el único país de Occidente que ha seguido cerrando reactores nucleares plenamente operativos desde el estallido de la guerra en Ucrania. Alemania ha sido comprada por Rusia y su gas. Las mayores organizaciones ecologistas europeas han sido financiadas masivamente (compradas, sobornadas) por Gazprom, es decir, por el Gobierno ruso.
La consecuencia de este ecologismo aplicado –el destierro del carbón por parte de los progresistas, la destrucción de las capacidades nucleares europeas, la extrema dependencia del gas ruso– es que nosotros, los arrogantes europeos, estamos pasando el invierno como un puñado de hobbits.
Drieu Godefridi es abogado (Universidad de Saint-Louis, Lovaina), filósofo (Universidad de Saint-Louis, Lovaina) y doctor en Teoría del Derecho (París IV-Sorbona). Es autor de ‘El Reich Verde’.
Son muy pocos quienes notan el punto de inflexión en el que nos encontramos.
Estamos a sólo dos pasos de entrar en una era DISTÓPICA DE CONTROL SOCIAL como nunca antes fue posible, gracias a la tecnología que va a cambiarlo todo: el BlockChain y las divisas digitales de bancos centrales, más conocidas por sus siglas en inglés, las CBDC.
Y no, no tienen nada que ver con BITCOIN o las CRIPTOMONEDAS, pues se trata de algo totalmente distinto.
En la práctica, la digitalización del dinero por parte de los bancos centrales hará posible el SUEÑO TOTALITARIO de muchos NEOKEYNESIANOS, DÉSPOTAS FILO-CHINOS Y CAPITALISTAS DE ESTADO.
Hablamos de FÉRREAS LIMITACIONES A LA LIBERTAD, del FIN DE LA PRIVACIDAD y de la instauración del control absoluto por parte del sistema bancario sobre la vida de las personas, gracias a la programación de códigos digitales cuyos algoritmos van a reemplazar nuestros salarios y honorarios, querámoslo o no.
Una CBDC es una moneda digital emitida y controlada por un BANCO CENTRAL, es decir, por parte del ESTADO, que gracias a la tecnología BLOCKCHAIN puede ser rastreada en tiempo real, de modo que se conozca dónde, cómo, cuándo y quién se ha gastado cada centavo de dicha divisa.
Las CBDC son programables como cualquier código informático, para que de esa forma LOS POLÍTICOS EN EL GOBIERNO PUEDAN IMPONERLE A CADA INDIVIDUO en QUÉpueden gastar su sueldo y en QUÉ no lo pueden ocupar, CUÁNTO TIEMPO tienen para gastarlo y en QUÉ área geográfica específica se puede utilizar.
Con la excusa de una mayor seguridad financiera, CRISIS BANCARIA MEDIANTE, le dirán QUÉ PUEDE COMER, CUÁNTO TIEMPO DURARÁ SU DINERO ANTES DE DESAPARECER, EN QUÉ TIENDAS O ZONAS PUEDE COMPRAR, Y CUÁNTO VAN A QUITARLE POR LA VÍA DE IMPUESTOS AUTOMÁTICAMENTE SUSTRAÍDOS DE TODAS SUS CUENTAS.
Bajo el ESQUEMA GLOBAL de las CBDC, coordinadas a través del sistema informático MBRIDGE LEDGE de China y sus socios asiáticos, se podrán realizar transacciones internacionales ABSOLUTAMENTE VIGILADAS por los algoritmos de inteligencia artificial, así como intercambios comerciales entre personas CONOCIENDO EXACTAMENTE cada detalle del proceso. Así, se podrán programar salarios con fecha de vencimiento, PARA QUE NO PODAMOS AHORRAR NADA EN BENEFICIO DEL CONSUMO Y DEL «CRECIMIENTO ECONÓMICO»; SE NOS PODRÁ OBLIGAR a gastar solamente en los productos y servicios que van en línea con la agenda «verde» de Naciones Unidas; se NOS DESCONTARÁN AUTOMÁTICAMENTE LOS IMPUESTOS, así como las sanciones Y LAS MULTAS POR PENSAR DE MODO «INCORRECTO»; o se nos confinará al radio de 15 MINUTOS EN BICICLETA DESDE NUESTRO DOMICILIO, porque más allá de ello no funcionará ninguna de nuestras tarjetas bancarias. Y no existirán más los billetes ni las monedas con que hacerle trampa al sistema.
Ahora bien, si usted cree que exagero, o SI NO TENÍA IDEA DE LO QUE LE ESTOY CONTANDO, significa que ha vivido encerrado en la burbuja de distracciones y espejismos con que los señores del NUEVO FEUDALISMO DIGITAL lo quieren mantener dopado, sumido en el opio de unos bits de «información» que no son otra cosa que TONELADAS Y TONELADAS DE BASURA ENGAÑOSA que le lanzan encima diariamente para que no se entere de lo que ya está en curso dentro del sistema financiero global.
CHINA PUSO EN MARCHA SU YUAN DIGITAL HACE MÁS DE DOS AÑOS, y en la actualidad están en fase de prueba tanto el dólar como el euro y la libra CBDC.
Próximamente vienen los pesos, los reales y todas las divisas del planeta, en paralelo a la desaparición del efectivo. ¿No me cree? Pues no le cuesta nada teclear «CBDC» en un buscador.
Como es obvio, nos dirán que toda la vigilancia y el control de cada centavo que producimos y gastamos ES PARA COMBATIR EL LAVADO DE DINERO, PROTEGERNOS DEL CIBERCRIMEN O PERSEGUIR EL FINANCIAMIENTO DEL TERRORISMO. Y aunque algunas de estas posibilidades sí que pueden usarse para el bien común, combatiendo el crimen organizado, lo cierto es que una herramienta así de poderosa y omnímoda EN MANOS DE LOS POLÍTICOS DE TURNO, es una tentación demasiado grande para los oscuros personajes de cuello y corbata QUE PARASITAN LAS ESTRUCTURAS del Estado, como también para LOS SOCIÓPATAS que dirigen LAS GRANDES EMPRESAS Y CORPORACIONES FINANCIERAS DEL SISTEMA BANCARIO INTERNACIONAl, fuente de la codicia y la desmesura que tiene al mundo patas arriba.
MÁS NOS VALE SALIR DEL LETARGO Y DE LA IGNORANCIA AHORA MISMO, PORQUE LA IMPOSICIÓN DEL NUEVO SISTEMA CBDC ES LA MAYOR REVOLUCIÓN TECNOLÓGICA Y SOCIAL DE LOS ÚLTIMOS DOS SIGLOS, PERO NI SIQUIERA LA ESTAMOS VIENDO VENIR.
(Publicado por FRAN FILIGRANA).
👀 El CBDC y el fin de tu libertad individual y financiera 👀
La única forma que el gobierno tiene para «justificar» su existencia es a través de problemas. Si hay problemas, «necesitamos al gobierno», pero ¿Si no hay problemas? El gobierno los inventa.
Cada nueva ley, política, ordenanza o cualquier forma que el gobierno encuentra para hablar de «un problema» y regular, legislar o controlar en base a ese problema, no es más que la forma en la que el gobierno convence a la gente de que este «es necesario» y así prolongar su existencia.
En Twitter escribí:
Si una persona dice que "el gobierno existe para resolver problemas", esa persona es una potencial amenaza para nuestra libertad.
Si -en cambio- dice que "el gobierno existe para proteger nuestros derechos y nada más", esa persona conoce la base fundacional del gobierno.
Son muchos los ejemplos que existen de cómo el gobierno ha crecido en tamaño e intervención, gracias al brillante trabajo que hacen de convencernos de que «solo ellos pueden resolver ciertos problemas».
El sistema de salud, el educativo y la seguridad nacional, son los temas más populares cuando se habla de la supuesta «necesidad de un gobierno», porque han magnificado estos tres a tal punto que la gente termina creyendo que no hay forma de tenerlos sin el gobierno, o que no pueden ser resueltos de manera local y focalizada.
La estrategia del gobierno para convencernos de la "necesidad de su existencia" es: "Solo yo puedo resolver ciertos problemas".
El gobierno agarra problemas cruciales de la vida en sociedad y los magnifica para que parezcan imposibles de solucionar, a menos que este intervenga.
Mientras el gobierno más mete sus narices, más son los controles, restricciones y robo de libertades de los que somos objeto constantemente por parte de esta institución, que crece constantemente, mientras trata de evitar que otros lo hagan.
¿Qué hace el gobierno cuando encuentra resistencia a sus intenciones de restringir y controlar? Comienza una campaña que se ejecuta de manera gradual pero progresiva, en la que la gente empieza a aceptar poco a poco grandes regulaciones que vienen en paquetes pequeños, pero constantes.
Cuando un gobierno quiere implementar una regulación o control importante, crea un paquete absurdamente interventor.
Sectores organizados de la sociedad muestran resistencia a todo el paquete, así que el gobierno empieza a "negociar" uno por uno, hasta que lo mete todo.
Veamos esto con ejemplos recientes, como el libre porte de armas. Es todo un tema en Estados Unidos, porque la gente está siendo convencida desde los medios de comunicación que «la violencia con armas de fuego en el país es un gran problema».
Una secta política anti-segunda enmienda, financia estas matrices de opinión que aterrorizan a la gente, a pesar de que en la realidad, casi cualquier país de Latinoamérica -con control de armas- es mucho más violento que Estados Unidos.
Caso de la vida real:
Un ala del gobierno quiere restringir el libre porte de armas en EE.UU. ¿Estrategia?
Aterrorizan a la gente. La convencen de que el problema "es masivo". Proponen controles absurdos. No los aprueban. Negocian cambios "pequeños" y la gente empieza a ceder.
Siempre inician la propuesta con un paquete «all-in», en el que está todo lo que quieren hacer: que menos personas puedan tenerlas, que sea imposible comprarlas, que de ser posible sean totalmente prohibidas; así es el paquete inicial.
Cuando consiguen resistencia, empiezan con cambios «graduales», pero progresivos, para que la gente los acepte creyendo que «no alteran el derecho en su conjunto» y -de paso- creen que «es lo racional de hacer».
Por ejemplo:
Puede que tenga sentido incrementar la edad para adquirir un arma, porque un chamo de 18 años hoy día no tiene la misma madurez y responsabilidades de uno de 18 años en 1920.
El problema con eso es que, aceptamos esos "pequeños cambios" y el gobierno sigue impulsando otros.
Cuando nos damos cuenta, de 18 años cambiaron la edad para 21, lo que quiere decir que hay que esperar 3 años más para tener derecho a la legítima defensa. Aceptamos ese cambio y el gobierno viene con otro: aumentemos los controles del chequeo de antecedentes.
Unos años después, 21 años «ya no son suficientes», «subámoslo a 25» grita el gobierno y en un abrir y cerrar de ojos, el libre porte de armas ha sido derogado y con él, el derecho a la legítima defensa.
Cierro con esto:
No hay que ser "inocentes" para creer en las "buenas intenciones del gobierno", lo que hay que ser es tontos.
La función original del gobierno es que "debe ser limitado y para proteger derechos, NO PARA RESTRINGIRLOS". ¿Cualquier otra intención? ¡Hay que oponerse!