Categoría: ANIMALES

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El fetichismo “ecolojeta” y la supresión del ser humano

POR: JOSÉ MARÍA AIGUABELLA AÍSA

«Aunque los que hablaban eran los más hábiles, los que decidían eran los ignorantes»

Plutarco

Mientras el «contaminador» concienciado tranquiliza su ánimo, mediante la búsqueda por tiendas e hipermercados de eslóganes, rótulos y etiquetas siempre verdes, la pseudorreligión «ecolojeta» sigue avanzando con la fuerza que le proporciona el pánico mediático, escenificado  en espectáculos y proclamas ad hoc, a los que se suman las grandes empresas y el Estado. El ser humano «pensante»,  reducido a ser humano «sintiente», deglute con facilidad la almibarada doctrina para «buenistas low cost».   

La controversia se plantea cuando el ser humano, «poseído por su egoísmo», pretende seguir «viviendo bien». El automóvil privado, el uso del avión, la climatización del hogar, los consumos de refrescos, de carnes, de pescados, en definitiva, su propia existencia le convierte en un contaminador que, insultado por el poder político con el término «derrochocólico», debería desaparecer o reducir su existencia al mínimo, en aras de un planeta impoluto, cuya finalidad, según el fetichismo «neoecolojeta», lo interpreta a modo panteísta.

El barco no existe para cuidarlo –aunque haya que hacerlo- sino para navegar. El medio  ambiente deber ser cuidado con el esmero que merece nuestra casa. El confort no es un fin en sí mismo. Cuando así se concibe, lo único que promueve es  el empequeñecimiento que cobija a la mezquindad.  El consumismo ofrece soluciones de oropel, para dar respuesta a inquietudes humanas muy reales, mediante objetos materiales que falsifican la esperanza. No se pueden satisfacer necesidades de orden espiritual y moral con respuestas de orden material.    

Dicho lo anterior, que debe ser tenido muy en cuenta, hay que respetar la correcta relación entre el ser humano y la naturaleza. La naturaleza no es el absoluto. La dignidad del ser humano procede del reconocimiento del valor absoluto que le que confiere una realidad que le trasciende, que tiene un carácter absoluto. ¿Cómo puede el ser humano merecer respeto absoluto si está privado de todo vínculo con lo absoluto?  Las consecuencias de negar esta realidad pueden conducir a la búsqueda de respuestas sometidas al reduccionismo materialista, bien de orden consumista o de la absolutización fetichista que convierte el medio natural en una pseudodivinidad. Si observamos la realidad del nuevo orden mundial comprobaremos que ambas van más unidas de lo que quieren aparentar.  

La revolucionaria igualdad de clases sociales ha evolucionado hasta plantear la igualdad de las especies. El ecologismo animalista, que humaniza a los animales y animaliza al ser humano,  se amplía a vegetales e incluso minerales. El ser humano no tiene más derechos que las otras especies.  La primera ley ecológica fue proclamada por Hitler en 1933, para la protección  de los animales y dos años después la hizo extensiva a toda la naturaleza -con exclusión de algunos seres humanos, a los que consideró que no debían formar parte de ella-.

Tener derechos implica la capacidad de asumir deberes. Por ello, solo el ser humano reúne está condición. Los animales, vegetales y minerales no poseen derechos. Somos los humanos los que tenemos obligaciones para con ellos. A los que incluyen al animal entre «los pobres del mundo» hay que recordarles que hasta la Internacional canta: «no más deberes sin derechos, ningún derecho sin deber».

La eliminación de la humanidad se plantea en el Deep Ecology. El planeta,  convertido en un fetiche panteísta, debe ser protegido de la actividad humana, sacrificando a millones de personas como precio a pagar.  

El Club de la Islas reúne a miembros de casas reales europeas, así como a grandes multinacionales. El hoy difunto, Felipe de Edimburgo, cabeza del club, propuso la reducción de la humanidad a mil millones de personas. Esto supondría la desaparición de siete mil millones de seres humanos. Doy por supuesto que, tanto su real persona como sus acólitos en el club, no se incluían entre los afectados. 

En Estados Unidos, el Movimiento para Extinción Voluntaria de la Humanidad,  proponía el aborto sistemático y la aplicación de incentivos fiscales por la esterilización. 

Más allá todavía, en la publicación Earth First Leter, en 1991, se proponía considerar el infanticidio selectivo de las niñas, para lograr la extinción de la humanidad. 

«Una élite reconvertida en ingenieros sociales determina que es lo correcto y que camino debe seguir el rebaño […] Muchas empresas, bancos, multinacionales, deportistas, influencers etc. abrazan la idea y promueven la nueva agenda ideológica y enormes dosis de moralina al consumidor». (Jano García, El rebaño)

«Llamarnos egoístas a gente como usted y como yo, que además de bellísimas personas pagamos religiosamente los impuestos que financian los ocios de esta barahúnda de megaconcienciados y sus viajes de turismo vía ONG’s, me parece como mínimo una falta de respeto». (Pablo Molina)

Para muestra sirve este botón: «Mis tres objetivos principales serían reducir la humanidad a 100 millones en todo el mundo, destruir la infraestructura industrial y hacer resurgir las zonas silvestres, para que sus especies al completo tomen el mundo» (Dave Foreman, ecologista estadounidense). Las barbaridades, que hoy parecen imposibles, mañana pueden llevarse a la práctica. Solo es necesario que las personas cabales no hagan nada, dejando calar, como lluvia fina, las doctrinas edulcoradas sobre las cabezas de la masa de «buenistas low cost». Los peores momentos del siglo XX así lo atestiguan.

Lo justo no tiene por qué ser legal: El apartheid era legal; la esclavitud era legal; La segregación racial era legal; las leyes de Núremberg eran legales

Jano García

CONTRA EL ANIMALISMO

NOTA: El artículo original es de 2014, pero su argumento vale perfectamente para la actualidad (y para demostrar, una vez mas, que eso que llaman «progresismo», no solo no tiene nada de progreso si no que es una auténtica MAJADERÍA propia de cerebros cortos e inmaduros.

POR: Juan Soto Ivars

La defensa de los animales es un principio de la dignidad humana. El hombre que maltrata a su perro delata su crueldad, y esto se entiende desde los tiempos de Esopo. En la actualidad, muchas personas se preguntan si el sufrimiento de los animales puede reducirse. Más allá de anécdotas como el anormal que pega a su caniche o el encierro de vaquilla de las fiestas de un pueblo, está el dilema de la alimentación. Yo, carnívoro empedernido, no deseo que las reses y polluelos que degluto tengan una existencia parecida a la de los muebles embalados de Ikea. Quisiera que las cadenas de producción ganadera tuvieran mejores condiciones para los animales, aunque sé que la industrialización de la ganadería es un factor esencial en el desarrollo de las grandes sociedades. Al menos, hasta que alguien descubra cómo producir carne a precios asequibles para una sociedad con tantos miles de millones de comensales.

Pero una cosa es tener conciencia de que los animales sienten y padecen, y estar a favor de que se cuide de ellos lo mejor posible, y otra creer que las películas de Disney son como documentales de la 2, es decir: que los animales y los humanos no somos tan distintos como nos había dicho Darwin. En este sentido, animalistas y creacionistas caen en un error con base equiparable.

Esta semana algunos quedamos asombrados por la repercusión de la vida de un perro en una situación de contagio del virus del ébola en España. Cualquiera que asomase el hocico a los mentideros se daba cuenta que la noticia del día era la del perro de Teresa, auxiliar de enfermería contagiada de esta enfermedad. Muchos internautas que llamaban al padre Pajares “el cura ese” se referían al perro por su nombre de pila, y la amenaza del sacrificio preventivo del can, finalmente llevada a cabo, movilizó en change.org a más de 300.000 personas que querían salvar al chucho de la muerte a cualquier precio. Algunas personas llegaron a formar un cordón humano en la puerta de la casa de la enfermera donde permanecía el perro, como cuando el banco desahucia a una familia.

Científicos entendidos explicaron que el perro no debía ser sacrificado. No porque defendieran su vida perruna, sino porque hubiera debido estudiarse si el animal funcionaba como transmisor pasivo del virus. Los perros lamen a otros perros y llevan una vida errática. Un comportamiento peligroso en una situación de descontrol sobre un virus tan letal. Muchos animalistas estaban tan obsesionados con salvar al perro que compartían el testimonio de estos científicos en las redes sociales, inconscientes de lo que significa poner al animal en cuarentena. Como dijo una amiga veterinaria: ¿se creen que es ponerle un piso en Fuengirola?

Lo importante para esta oleada de animalistas era salvar la vida del perro a toda costa, y así se manifestaron por la vida del perro, y firmaron una petición para salvar la vida del perro. Petición que contenía tantas faltas morales como de ortografía, y que redactó una internauta que, con toda razón, elegía la foto de una niña para su avatar de change.org.

A mí todo aquello me ponía los pelos de punta. No por miedo al ébola, sino por el comportamiento de la multitud.

Excálibur, así se llamaba el perro, pertenecía a una mujer sobre la que pesa todavía el riesgo de muerte. Una auxiliar de enfermería a la que pusieron a trabajar con enfermos de ébola sin haberla adiestrado en profundidad para quitarse el traje, en un nuevo caso de incompetencia de las autoridades. Sin embargo, el perro movilizó más apoyos que la enfermera. Si los negros que caen como moscas en África caminasen a cuatro patas y estuvieran cubiertos de pelo, es posible que consiguieran despertar un poco de esta inmensa, desnortada e infantiloide compasión.

Decían muchos animalistas que una cosa no quitaba a la otra. Que ellos defendían lo mismo al perro que a la enfermera, los misioneros y los negros de África. No percibieron lo terrible que es defender “lo mismo” a unos que otros, no se dieron cuenta, y para colmo mentían: Médicos sin Fronteras sigue pidiendo ayuda para su operativo de emergencia en los países afectados. Por supuesto, no han recibido ni una pequeña parte de los apoyos que recibió el perro. Quizás si Liberia ladrase…

Me pregunto si, en esta situación de imbecilidad generalizada, podría tener éxito una campaña para salvar a las medusas que son asesinadas cada verano en las playas. Miles de perros mueren en perreras, o atropellados porque los anormales de sus dueños los abandonan en la cuneta cuando se van de vacaciones, pero Excálibur se convertía en perro mediático y desataba una inmediata movilización. La velocidad y la trayectoria de la campaña delataba un preocupante relativismo moral. Buscando en Twitter “Excálibur” y “Ana Mato”, aparecían cientos de comentarios de internautas que consideraban la vida del perro más valiosa que la de la ministra. Hubo quien, incluso, comparó el momento del sacrificio del perro con la ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

El infantilismo y el relativismo moral alcanzaban tal grado de notoriedad que asustaban. Pero no es una sorpresa, si uno se para a pensar en las bases de la corriente animalista.

El animalismo existe desde hace siglos en Occidente, pero ha alcanzado una gran popularidad cuando la generación Disney se ha hecho mayor. No es paradójico que en los años de la crisis económica se hayan multiplicado en los medios de comunicación las consignas de los animalistas. Las protestas contra las fiestas populares donde se maltrata a los animales, parrafadas sobre la dieta vegana y manifestaciones antitaurinas aparecen cada pocos días en los medios. Mientras muchas familias españolas no tienen qué comer, los animalistas nos recuerdan lo pecaminoso que les resulta vernos tragar una hamburguesa. Todo esto hace pensar que el animalismo es un movimiento radical con un origen eminentemente burgués, aunque por supuesto muchas personas de origen y de vida humildes se hayan dirigido a esta corriente.

Defienden a los animales porque, según dicen, ellos no pueden defenderse. Creen que esto es una declaración de intenciones, pero en realidad es una falla argumental que los retrata. Uno puede defender la necesidad de llevar la democracia con aviones militares a un país como Irak, pero los iraquíes podrán negarse a ello y montar un Estado Islámico. Uno puede creer que las autoridades mexicanas deben arrancar la lacra de los narcos de la sociedad, pero posiblemente los narcos acaben agujereando al activista a base de balazos. En cambio, perros, gatos, corderos y zarigüeyas permanecen impasibles mientras las legiones de animalistas se dejan las horas del reloj en defenderlos de las agresiones del hombre.

En este sentido, el animalismo es una causa vacía: defiende los derechos de un colectivo que no los ha exigido y que no va a causar ningún problema a sus supuestos benefactores.

El animalismo no tiene malas intenciones, pero puede llegar a ser nocivo como todas las deformaciones grotescas de la bondad humana. Los presupuestos de los animalistas más radicales tienen tintes alienígenas: proclaman la igualdad de todos los seres con sistema nervioso que moramos sobre la tierra, y con una frecuencia alarmante comparan el valor de la vida de un humano con la de cualquier ratón de laboratorio. Cuando un animalista escribe que la vida de su perro es más valiosa que la de mucha gente, recibe un apoyo enorme por parte de otros animalistas. Ahí está lo nocivo de esta corriente que en principio tiene tan buenas intenciones: al equiparar el valor de la vida de los animales con la vida humana, considera que quien mata a un animal, aunque sea en un matadero alimenticio, está cometiendo un asesinato. Por lo tanto, si el animalismo sigue creciendo y logra representación en cámaras legislativas, las consecuencias podrían llegar a ser mucho más serias que los comentarios de cuarenta defensores de los gatos en una red social.

La fragilidad argumental del animalismo contiene una gran paradoja, que se manifiesta en la acusación que los animalistas radicales han elegido para quienes nos rebelamos contra su doctrina. Nos llaman, despectivamente, especistas. Antropocéntrico o especista es aquel humano que se considera superior a un mono titi o una merluza. ¿Dónde está la gran paradoja? En que el animalismo se levanta precisamente sobre un antropocentrismo radical: proyecta en los animales cualidades humanas, hasta el punto de considerar a los animales sujetos de derecho.

Esta confusión, de nuevo motivada por nobles sentimientos, resulta aparatosa desde un punto de vista humanista. El animalista cree que los animales tienen derechos aunque con frecuencia se muestra incapaz de explicar de dónde emanan estos derechos. Suele referirse al derecho a la vida de los animales como si fuera un mandato del reino natural que los humanos deben acatar, pero no especifican dónde está escrita esta ley.

Asumido este dogma, no se dan cuenta de que la ecuación funciona exactamente al revés: somos nosotros, los hombres, quienes tenemos el derecho a disfrutar de los animales. Por supuesto, es un derecho que nos hemos otorgado: son milenios usando a las bestias para acarrear el peso de los carros, a los perdigueros para ayudarnos en la caza, a las lombrices para servir de cebo en nuestros anzuelos. Nosotros inventamos los derechos y tenemos la potestad de repartirlos, y todos los derechos de que disfrutan los animalistas parten de la misma fuente: desde la libertad para expresar sus planteamientos por escrito o para manifestarse en la calle, hasta la garantía de que nadie, por mucho que aborrezca lo que digan, podrá reprimirlos por la fuerza sin recibir un castigo.

Pero ahí está el problema capital de la ideología animalista: en que los animales no tienen derechos, de la misma manera que no tienen obligaciones. No pueden acatar leyes, ni hacerlas cumplir a otros animales1. Cuando educamos a un perro para que no cague en casa estamos imponiéndole reflejos condicionados a su conducta, lo cual es totalmente diferente a imponer una ley. Pero que los animales no tengan derechos no significa que deban ser vulnerables a la crueldad humana: de nuestro derecho a utilizar a los animales emana nuestra obligación de cuidar de ellos. Es decir: no es que mi perro tenga derecho a una vida digna por ser un perro, sino que yo tengo la obligación de dársela, y por lo tanto debo ser castigado si lo maltrato. A cambio de mis cuidados, el perro me premia con su lealtad, su cariño y su simpatía, elementos tan intrínsecos a los perros que cualquiera con un poco de sensibilidad sufre cuando se le arrima por la calle un chucho abandonado.

Entre las dos posturas, la del derecho intrínseco del animal y la de nuestra obligación de cuidar a los animales, hay una distancia tan grande como la que separa a los niños de los adultos. Pero precisamente ahí, en el infantilismo, está el talón de Aquiles de los animalistas contemporáneos.

1 En la Edad Media se escribieron leyes que contemplaban a los animales como sujetos de derecho, y era frecuente que un labrador se querellase contra su burro porque éste no quería andar, o que una población quisiera llevar ante la justicia a una plaga de langostas que había arruinado las cosechas.

Cobayas / Guinea Pigs (V)

Humor Animalista

El infantilismo y el relativismo moral alcanzan tal grado de notoriedad que asustan. Pero no es una sorpresa, si uno se para a pensar en las bases de la corriente animalista.

La defensa de los animales es un principio de la dignidad humana. El hombre que maltrata a su perro delata su crueldad, y esto se entiende desde los tiempos de Esopo. En la actualidad, muchas personas se preguntan si el sufrimiento de los animales puede reducirse. Más allá de anécdotas como el anormal que pega a su caniche o el encierro de vaquilla de las fiestas de un pueblo, está el dilema de la alimentación. Yo, carnívoro empedernido, no deseo que las reses y polluelos que degluto tengan una existencia parecida a la de los muebles embalados de Ikea. Quisiera que las cadenas de producción ganadera tuvieran mejores condiciones para los animales, aunque sé que la industrialización de la ganadería es un factor esencial en el desarrollo de las grandes sociedades. Al menos, hasta que alguien descubra cómo producir carne a precios asequibles para una sociedad con tantos miles de millones de comensales.

«ME PREGUNTO SI, EN ESTA SITUACIÓN DE IMBECILIDAD GENERALIZADA, PODRÍA TENER ÉXITO UNA CAMPAÑA PARA SALVAR A LAS MEDUSAS QUE SON ASESINADAS CADA VERANO EN LAS PLAYAS»

Pero una cosa es tener conciencia de que los animales sienten y padecen, y estar a favor de que se cuide de ellos lo mejor posible, y otra creer que las películas de Disney son como documentales de la 2, es decir: que los animales y los humanos no somos tan distintos como nos había dicho Darwin. En este sentido, animalistas y creacionistas caen en un error con base equiparable.

Esta semana algunos quedamos asombrados por la repercusión de la vida de un perro en una situación de contagio del virus del ébola en España. Cualquiera que asomase el hocico a los mentideros se daba cuenta que la noticia del día era la del perro de Teresa, auxiliar de enfermería contagiada de esta enfermedad. Muchos internautas que llamaban al padre Pajares “el cura ese” se referían al perro por su nombre de pila, y la amenaza del sacrificio preventivo del can, finalmente llevada a cabo, movilizó en change.org a más de 300.000 personas que querían salvar al chucho de la muerte a cualquier precio. Algunas personas llegaron a formar un cordón humano en la puerta de la casa de la enfermera donde permanecía el perro, como cuando el banco desahucia a una familia.

Científicos entendidos explicaron que el perro no debía ser sacrificado. No porque defendieran su vida perruna, sino porque hubiera debido estudiarse si el animal funcionaba como transmisor pasivo del virus. Los perros lamen a otros perros y llevan una vida errática. Un comportamiento peligroso en una situación de descontrol sobre un virus tan letal. Muchos animalistas estaban tan obsesionados con salvar al perro que compartían el testimonio de estos científicos en las redes sociales, inconscientes de lo que significa poner al animal en cuarentena. Como dijo una amiga veterinaria: ¿se creen que es ponerle un piso en Fuengirola?

Lo importante para esta oleada de animalistas era salvar la vida del perro a toda costa, y así se manifestaron por la vida del perro, y firmaron una petición para salvar la vida del perro. Petición que contenía tantas faltas morales como de ortografía, y que redactó una internauta que, con toda razón, elegía la foto de una niña para su avatar de change.org.

A mí todo aquello me ponía los pelos de punta. No por miedo al ébola, sino por el comportamiento de la multitud.

Excálibur, así se llamaba el perro, pertenecía a una mujer sobre la que pesa todavía el riesgo de muerte. Una auxiliar de enfermería a la que pusieron a trabajar con enfermos de ébola sin haberla adiestrado en profundidad para quitarse el traje, en un nuevo caso de incompetencia de las autoridades. Sin embargo, el perro movilizó más apoyos que la enfermera. Si los negros que caen como moscas en África caminasen a cuatro patas y estuvieran cubiertos de pelo, es posible que consiguieran despertar un poco de esta inmensa, desnortada e infantiloide compasión.

«HUBO QUIEN COMPARÓ EL MOMENTO DEL SACRIFICIO DEL PERRO CON LA EJECUCIÓN DE MIGUEL ÁNGEL BLANCO»

Decían muchos animalistas que una cosa no quitaba a la otra. Que ellos defendían lo mismo al perro que a la enfermera, los misioneros y los negros de África. No percibieron lo terrible que es defender “lo mismo” a unos que otros, no se dieron cuenta, y para colmo mentían: Médicos sin Fronteras sigue pidiendo ayuda para su operativo de emergencia en los países afectados. Por supuesto, no han recibido ni una pequeña parte de los apoyos que recibió el perro. Quizás si Liberia ladrase…

Me pregunto si, en esta situación de imbecilidad generalizada, podría tener éxito una campaña para salvar a las medusas que son asesinadas cada verano en las playas. Miles de perros mueren en perreras, o atropellados porque los anormales de sus dueños los abandonan en la cuneta cuando se van de vacaciones, pero Excálibur se convertía en perro mediático y desataba una inmediata movilización. La velocidad y la trayectoria de la campaña delataba un preocupante relativismo moral. Buscando en Twitter “Excálibur” y “Ana Mato”, aparecían cientos de comentarios de internautas que consideraban la vida del perro más valiosa que la de la ministra. Hubo quien, incluso, comparó el momento del sacrificio del perro con la ejecución de Miguel Ángel Blanco a manos de ETA.

El infantilismo y el relativismo moral alcanzaban tal grado de notoriedad que asustaban. Pero no es una sorpresa, si uno se para a pensar en las bases de la corriente animalista.

El animalismo existe desde hace siglos en Occidente, pero ha alcanzado una gran popularidad cuando la generación Disney se ha hecho mayor. No es paradójico que en los años de la crisis económica se hayan multiplicado en los medios de comunicación las consignas de los animalistas. Las protestas contra las fiestas populares donde se maltrata a los animales, parrafadas sobre la dieta vegana y manifestaciones antitaurinas aparecen cada pocos días en los medios. Mientras muchas familias españolas no tienen qué comer, los animalistas nos recuerdan lo pecaminoso que les resulta vernos tragar una hamburguesa. Todo esto hace pensar que el animalismo es un movimiento radical con un origen eminentemente burgués, aunque por supuesto muchas personas de origen y de vida humildes se hayan dirigido a esta corriente.

Defienden a los animales porque, según dicen, ellos no pueden defenderse. Creen que esto es una declaración de intenciones, pero en realidad es una falla argumental que los retrata. Uno puede defender la necesidad de llevar la democracia con aviones militares a un país como Irak, pero los iraquíes podrán negarse a ello y montar un Estado Islámico. Uno puede creer que las autoridades mexicanas deben arrancar la lacra de los narcos de la sociedad, pero posiblemente los narcos acaben agujereando al activista a base de balazos. En cambio, perros, gatos, corderos y zarigüeyas permanecen impasibles mientras las legiones de animalistas se dejan las horas del reloj en defenderlos de las agresiones del hombre.

En este sentido, el animalismo es una causa vacía: defiende los derechos de un colectivo que no los ha exigido y que no va a causar ningún problema a sus supuestos benefactores.

El animalismo no tiene malas intenciones, pero puede llegar a ser nocivo como todas las deformaciones grotescas de la bondad humana. Los presupuestos de los animalistas más radicales tienen tintes alienígenas: proclaman la igualdad de todos los seres con sistema nervioso que moramos sobre la tierra, y con una frecuencia alarmante comparan el valor de la vida de un humano con la de cualquier ratón de laboratorio. Cuando un animalista escribe que la vida de su perro es más valiosa que la de mucha gente, recibe un apoyo enorme por parte de otros animalistas. Ahí está lo nocivo de esta corriente que en principio tiene tan buenas intenciones: al equiparar el valor de la vida de los animales con la vida humana, considera que quien mata a un animal, aunque sea en un matadero alimenticio, está cometiendo un asesinato. Por lo tanto, si el animalismo sigue creciendo y logra representación en cámaras legislativas, las consecuencias podrían llegar a ser mucho más serias que los comentarios de cuarenta defensores de los gatos en una red social.

La fragilidad argumental del animalismo contiene una gran paradoja, que se manifiesta en la acusación que los animalistas radicales han elegido para quienes nos rebelamos contra su doctrina. Nos llaman, despectivamente, especistas. Antropocéntrico o especista es aquel humano que se considera superior a un mono titi o una merluza. ¿Dónde está la gran paradoja? En que el animalismo se levanta precisamente sobre un antropocentrismo radical: proyecta en los animales cualidades humanas, hasta el punto de considerar a los animales sujetos de derecho.

Esta confusión, de nuevo motivada por nobles sentimientos, resulta aparatosa desde un punto de vista humanista. El animalista cree que los animales tienen derechos aunque con frecuencia se muestra incapaz de explicar de dónde emanan estos derechos. Suele referirse al derecho a la vida de los animales como si fuera un mandato del reino natural que los humanos deben acatar, pero no especifican dónde está escrita esta ley.

Asumido este dogma, no se dan cuenta de que la ecuación funciona exactamente al revés: somos nosotros, los hombres, quienes tenemos el derecho a disfrutar de los animales. Por supuesto, es un derecho que nos hemos otorgado: son milenios usando a las bestias para acarrear el peso de los carros, a los perdigueros para ayudarnos en la caza, a las lombrices para servir de cebo en nuestros anzuelos. Nosotros inventamos los derechos y tenemos la potestad de repartirlos, y todos los derechos de que disfrutan los animalistas parten de la misma fuente: desde la libertad para expresar sus planteamientos por escrito o para manifestarse en la calle, hasta la garantía de que nadie, por mucho que aborrezca lo que digan, podrá reprimirlos por la fuerza sin recibir un castigo.

Pero ahí está el problema capital de la ideología animalista: en que los animales no tienen derechos, de la misma manera que no tienen obligaciones. No pueden acatar leyes, ni hacerlas cumplir a otros animales1. Cuando educamos a un perro para que no cague en casa estamos imponiéndole reflejos condicionados a su conducta, lo cual es totalmente diferente a imponer una ley. Pero que los animales no tengan derechos no significa que deban ser vulnerables a la crueldad humana: de nuestro derecho a utilizar a los animales emana nuestra obligación de cuidar de ellos. Es decir: no es que mi perro tenga derecho a una vida digna por ser un perro, sino que yo tengo la obligación de dársela, y por lo tanto debo ser castigado si lo maltrato. A cambio de mis cuidados, el perro me premia con su lealtad, su cariño y su simpatía, elementos tan intrínsecos a los perros que cualquiera con un poco de sensibilidad sufre cuando se le arrima por la calle un chucho abandonado.

Entre las dos posturas, la del derecho intrínseco del animal y la de nuestra obligación de cuidar a los animales, hay una distancia tan grande como la que separa a los niños de los adultos. Pero precisamente ahí, en el infantilismo, está el talón de Aquiles de los animalistas contemporáneos.

FUENTE / SOURCE: EL ESTADO MENTAL

Disparate legal en España: una multa por un aborto ilegal y prisión si lesionas a una rata

Socialistas y comunistas protegen más a los roedores que a los hijos por nacer

Elentir

El extremismo ideológico de la izquierda española vuelve a exhibirse hoy en el Congreso de los Diputados con una reforma que lesiona derechos humanos.

Una reforma que desprotege aún más la vida humana en sus inicios

Según indica la agenda del Congreso de los Diputados, hoy se votará en esa cámara la reforma de la ley del aborto de 2010 impulsada por el gobierno de Pedro Sánchez (se puede leer aquí el dosier de esa reforma en la web del Congreso). La reforma, promovida por el gobierno de coalición formado por los socialistas del PSOE y los comunistas de Podemos, tiene como fin desproteger aún más los derechos de los niños por nacer, eliminando el periodo de reflexión para las madres que desean deshacerse de sus hijos no nacidos, eximiendo a las menores de entre 16 y 18 años del permiso paterno para abortar y elaborando un registro de objetores que amenaza con crear listas negras con profesionales sanitarios que se niegan a eliminar vidas humanas en el vientre materno.

Esta reforma viene a agravar todavía más la actual del ley del aborto, que permite matar a los hijos por nacer hasta la 14ª semana de vida o hasta la 22ª si sufren una discapacidad. Esta norma choca con el Artículo 15 de la Constitución, que protege el derecho a la vida, y con la sentencia 53/1985 del Tribunal Constitucional, que señaló: «si la Constitución protege la vida con la relevancia a que antes se ha hecho mención, no puede desprotegerla en aquella etapa de su proceso que no sólo es condición para la vida independiente del claustro materno, sino que es también un momento del desarrollo de la vida misma; por lo que ha de concluirse que la vida del nasciturus, en cuanto éste encarna un valor fundamental –la vida humana– garantizado en el art. 15 de la Constitución constituye un bien jurídico cuya protección encuentra en dicho precepto fundamento constitucional«.

Hace una semana se aprobó una ley que protege a todo animal vertebrado

Además de lo anterior, da la casualidad de que hace sólo una semanael Congreso aprobó otro proyecto de ley del gobierno que protege a todos los animales vertebrados, imponiendo penas de prisión para todos aquellos que maten o incluso lesionen a cualquier animal, aunque no sea doméstico. Esta ley ha generado polémica porque, conforme a su actual redacción, cualquier persona podría ir a la cárcel en España por matar o lesionar a una rata.

Multa por un aborto ilegal y prisión por lesionar a una rata

Esa ley animalista (se puede ver aquí su dosier parlamentario) impone pena de prisión de tres a dieciocho meses a quien lesione a un animal vertebrado, sin establecer ninguna excepción ni especificando si se trata de una cría o de un animal en periodo prenatal. Aquellos que maten a un animal vertebrado se enfrentan a una pena de prisión de doce a veinticuatro meses. Las penas de prisión contempladas por esa reforma resultan aún más chocantes si tenemos en cuenta que la actual ley del aborto modificó el Artículo 145 del Código Penal y estableció una simple multa para aquellas madres que aborten «fuera de los casos permitidos por la ley». En el caso de las personas que provoquen un aborto a una mujer con su consentimiento, el castigo es prisión de uno a tres años.

La ley animalista considera agravantes las circunstancias de los abortos legales

Se da la circunstancia, además, de que la citada ley animalista contempla que las penas se impongan en su mitad superior cuando concurran ciertas circunstancias, como el ánimo de lucro, el uso de veneno o el uso de instrumentos y objetos peligrosos para la vida o la salud del animal. Se trata de las mismas circunstacias que concurren en la práctica de abortos admitidos por la ley.

Así pues, si un médico utiliza un fórceps para matar a un bebé por nacer de 12 semanas de vida no se tiene que enfrentar a ningún reproche penal, pero podría ser condenado a una pena de prisión de hasta dos años si usa esa misma herramienta para matar a una rata. La pena podría llegar a ser superior por dar muerte a esa rata de la que se le impondría a ese médico si perpetrase un aborto ilegal, en caso de que no concurriesen circunstancias agravantes en este último. En España hemos llegado al disparate legal y ético de dar más protección a las ratas que a seres humanos inocentes e indefensos. Y aún hay políticos que consideran que no tiene sentido seguir hablando sobre el aborto…

COBAYAS/GUINEA PIGS IV

HAROLD & WILSON: «Cinéfilos»

HAROLD Y WILSON CINÉFILOS

¡Que mal está el servicio, oiga!

COBAYASCOMIC42

Los negocios de «El Manguis»

COBAYASCOMIC64

MIENTRAS… EN UNA AGRADABLE TERRACITA DE «LAS VISTILLAS», EN EL MADRID «CASTIZO»…

 

ELMANGUIS