
En esta España nuestra hay políticos que hace tiempo que mutaron en cómicos de teatro, especialistas en comedias bufas. Por un lado, el diputado de ERC, el tal Rufián, representa cada semana un sainete en el Congreso de los Diputados, el lugar que juró abandonar tras la celebración del referéndum del 1-O, y en el que sus actuaciones se están convirtiendo todo un género propio: el ridículo
Por otro lado, el ministro de la cosa del consumo, incapaz de unir palabras para que de su boca salga media reflexión con sentido. Se encuentra cómodo en el sillón ministerial y parapetado en él, aguanta críticas, burlas, chanzas y hasta envites para ser candidato en las elecciones andaluzas, a lo que se negó por no perder el sueldo de ministro, el despacho y el coche oficial, cosas del comunismo de fe.
Ambos políticos son almas unidas en la tontería de la verborrea más…
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