Soñaba con ser libre. Cada día pensaba en el mundo exterior, en cómo sería todo. Imaginaba lugares preciosos, paisajes envidiables. La temperatura era perfecta, el clima ideal. Cada día que pasaba en aquella celda soñaba con la libertad. Sueños que le hacían subir en alma hasta el infinito, más allá del cielo. Sueños que hacían de la felicidad un sentimiento en el que encontrarse con cierta facilidad. Provocaban que el estado de éxtasis al que podía aspirar su ser le hiciera olvidar por completo el lúgubre sitio donde se encontraba. Sueños de libertad a los cuales había llegado a dar vida.
El tiempo pasaba en el más absoluto de los silencios. Tan sólo con la compañía de un cielo azul, repleto de blancas y esponjosas nubes, con un radiante sol alumbrando los verdes y extensos prados. Un enorme lugar, idílico para vivir. ¡Para vivir la vida que estaba viviendo!
Llegó…
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