Nunca antes en mi vida (que ya supera el medio siglo) había experimentado este sentimiento ante la perspectiva de ir a depositar mi voto en unas elecciones: alegría. He votado siempre por el mal menor; más que a favor de unos, en contra de otros. Pero esta vez es distinto, porque por fin hay un partido que defiende mis ideas y mis principios, al menos en un grado altísimo.
Muchos hablan del voto de miedo. Miedo al “trifachito” o
miedo a un “gobierno Frankenstein”, según el pie del que cojee cada cual. El
miedo no es necesariamente malo, pues se trata de un mecanismo de defensa que
nos impele a evitar el peligro. Pero generalmente, quienes hablan de ese voto
miedoso lo hacen como un reproche contra su supuesta irracionalidad.
Si bien se mira, votar es en sí mismo irracional, al menos
cuando hablamos de censos electorales de millones…
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