
Caracas asfixia. Vivir en esa ciudad hoy en día es hacerlo en medio de una suerte de permanente inquietud capaz de traspasar tanto los muros del lujosísimo hotel Cayena como las endebles chapas de los ranchitos en Petaré.
La inseguridad fácilmente se convierte en paranoia para el común de los mortales. Caminar por sus calles de día es jugar a la ruleta rusa. Para que no te confíes, la mayoría de los restaurantes y bares tienen un enorme aviso en sus puertas en el que reza la prohibición de entrar con armas o munición y en muchos de ellos incluso hay un “puerta” con un detector para asegurarse de que cumples con el aviso, nadie se confía y nadie confía.
Salir por la noche puede ser una aventura mortal. Caminar 20 metros más allá del hotel es misión de legionarios. Tan pronto empiezas a ver grupos de gente ociosa alrededor…
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