#Relatos
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Ella era oscura. Las sombras la acechaban desde niña. Podía ver cosas que otros no podían ver, cosas que pasaban desapercibidas para el resto. Su abuela le contaba que aquello era un don, aunque ella lo consideraba más bien una maldición; tal vez estuviera maldita. La gente le temía, quizás por eso nunca tuvo amigas, si bien nunca nadie se tomó la molestia de intentar penetrar su oscuridad.
Pero hacía ya algún tiempo que esta se había intensificado, las tinieblas la acosaban a todas horas, aunque por las noches, en ausencia de luz, era mucho peor. Tenía miedo y este reflejado en sus ojos: unas tenues manchas escarlata nacían bajo su párpado inferior y parecían estar a punto de derramarse por el resto de su nívea tez.
Presa de un pánico indescriptible, una noche de luna negra, para que nadie la viera, subió a la colina donde…
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Resulta que el domingo de pipiripingo pasado, fecha del trino de la Alcatricia, piado a las 14.25 horas, o sea que probablemente la Edila interrumpió el almuerzo, el conductor de un coche pequeño, seguro que hasta los cojones de tanta «llibertat d’expressió» y tanta majadería catatónica, procedió, con poca común audacia y valentía, a derribar cuanta decoración amarilla encontró en la Plaza Mayor de Vic; pese a la forma de cruz de esta decoración, no consta que el Muy Independentista Abate Monserrate haya excomulgado aún a nadie. 


