#relatos
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Antonio no era un soldado. No había empuñado un arma en su vida, ni siquiera de niño cuando jugaba con otros pequeños a la guerra por las calles sin asfaltar de aquel encantador pueblecito perdido entre montañas. Decía que le quemaban en las manos.
Él era un poeta. La única arma que había blandido a lo largo de su existencia era la estilográfica que le había regalado su madre por su décimo cumpleaños. Y como munición, las palabras.
Su madre… ¡Cuánto la echaba de menos! La estilográfica fue lo último que le pudo regalar aquella mujer de frágil salud. Ella era la única, en un mundo de hombres, con la sensibilidad suficiente para entenderle, apoyarle y alentar sus sueños. Su padre, así como sus hermanos, le decían que aquello no era cosa de hombres y que las letras no le iban a dar de comer.
Mientras tanto…
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Muchas gracias 😊😊
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