El cochambroso taller, situado en la parte alta del pueblo, ocupaba una nave con tejado de uralita y paredes de ladrillos sin enfoscar, que había sido antes un gallinero. Las ventanas seguían cubiertas con un paño de tela metálica enmohecida. La única reforma era la relativa al hueco de la puerta que había sido agrandado.
La primera impresión no era alentadora, pero en ese taller disponían de coche grúa y habían accedido a reparar la avería del seíta en el mismo día.
Desde allí arriba se divisaba una buena panorámica de Aracena. Mientras mis tres compañeros disfrutaban de la vista, me di la vuelta y contemplé a un grupo de chavales que jugaban al fútbol.
Luego examiné las maquinarias herrumbrosas que había en la explanada. Sobre cuatro tocones mugrientos, al lado de un montón de hierros retorcidos, se erguía el chasis de un automóvil.
Toda esa chatarra llevaba tanto…
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