Cerca de donde estábamos, había una modesta gasolinera con un solo surtidor y un kiosco de madera pintado a franjas celestes y blancas. En el último tramo de nuestro viaje me había percatado de que el nivel de combustible había descendido casi a cero. Era una buena ocasión para repostar.
“¿No hay nadie?”.
Repetí la pregunta levantando la voz y esperé. Oí el ruido de los muelles de un somier. Al cabo de varios minutos apareció un hombre con los ojos hinchados.
“Buenos días” saludé. El empleado bostezó y dijo: “¿Cuánto le pongo?”.
Caí en la cuenta de que ese asunto tenía que haberlo consultado antes con mis compañeros. Los gastos eran comunes.
“No sé, cuatrocientas pesetas” “¿Cuatrocientas pesetas?”.
La perplejidad del empleado al escuchar esa ridícula cantidad me hizo reaccionar de inmediato. “No. Mil pesetas”.
Regresé adonde estaba aparcado el seíta y comuniqué a sus ocupantes que debían…
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