
Las elecciones catalanas han confirmado lo que la razón presentía y la ley electoral determina, la partición de la sociedad catalana entre una Cataluña urbana, motor de la economía española y que tiene a la industria automovilística y al turismo como principales referentes. Y donde Barcelona es su mascarón de proa, y una Cataluña rural, entrañable, subsidiaria de los fondos europeos a la ayuda agrícola y cuyo síntoma emocional depende de la visita de fin de semana de los hijos, funcionarios en la ciudad por su dominio del catalán y la relación con el diputado de turno. A esta parte de la población, la salida de empresas no le afecta, ya que depende de un empleo público sostenido por el control del poder político.
En un segundo aspecto, se vuelven a repetir resultados, a pesar de la alta participación electoral, de donde reservas de la abstención han participado para frenar…
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